SUPERFICIALE

biblio3.url.edu.gt/Libros/2014/Superficiales-Carr-2010.pdf

Un mundo distraído

La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Uno de sus grandes pensadores, Nicholas Carr, da claves de su existencia en el libro 'Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?' El experto advierte de que se "está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma".


El correo electrónico parpadea con un mensaje inquietante: "Twitter te echa de menos. ¿No tienes curiosidad por saber las muchas cosas que te estás perdiendo? ¡Vuelve!". Ocurre cuando uno deja de entrar asiduamente en la red social: es una anomalía, no cumplir con la norma no escrita de ser un voraz consumidor de twitters hace saltar las alarmas de la empresa, que en su intento por parecer más y más humana, como la mayoría de las herramientas que pueblan nuestra vida digital, nos habla con una cercanía y una calidez que solo puede o enamorarte o indignarte. Nicholas Carr se ríe al escuchar la preocupación de la periodista ante la llegada de este mensaje a su buzón de correo. "Yo no he parado de recibirlos desde el día que suspendí mis cuentas en Facebook y Twitter. No me salí de estas redes sociales porque no me interesen. Al contrario, creo que son muy prácticas, incluso fascinantes, pero precisamente porque su esencia son los micromensajes lanzados sin pausa, su capacidad de distracción es enorme". Y esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital, y que según Carr es inherente a las nuevas tecnologías, es sobre la que este autor que fue director del Harvard Business Review y que escribe sobre tecnología desde hace casi dos décadas nos alerta en su tercer libro,Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?(Taurus).

"Aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro"

MÁS INFORMACIÓN

Sin tiempo para pensar
Internet cambia la forma de leer... ¿y de pensar?
Google ya es parte de tu memoria
Cuando Carr (1959) se percató, hace unos años, de que su capacidad de concentración había disminuido, de que leer artículos largos y libros se había convertido en una ardua tarea precisamente para alguien licenciado en Literatura que se había dejado mecer toda su vida por ella, comenzó a preguntarse si la causa no sería precisamente su entrega diaria a las multitareas digitales: pasar muchas horas frente a la computadora, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página de Internet a otra, mientras hablamos por Skype, contestamos a un correo electrónico y ponemos un link en Facebook. Su búsqueda de respuestas le llevó a escribir Superficiales... (antes publicó los polémicos El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google yLas tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?), "una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Apoyándose en múltiples estudios científicos que avalan su teoría y remontándose a la célebre frase de Marshall McLuhan "el medio es el mensaje", Carr ahonda en cómo las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad: la creación de la cartografía, del reloj y la más definitiva, la imprenta. Ahora, más de quinientos años después, le ha llegado el turno al efecto Internet.
Pero no hay que equivocarse: Carr no defiende el conservadurismo cultural. Él mismo es un usuario compulsivo de la web y prueba de ello es que no puede evitar despertar a su ordenador durante una breve pausa en la entrevista. Descubierto in fraganti por la periodista, esboza una tímida sonrisa, "¡lo confieso, me has cazado!". Su oficina está en su residencia, una casa sobre las Montañas Rocosas, en las afueras de Boulder (Colorado), rodeada de pinares y silencio, con ciervos que atraviesan las sinuosas carreteras y la portentosa naturaleza estadounidense como principal acompañante.
PREGUNTA. Su libro ha levantado críticas entre periodistas como Nick Bilton, responsable del blog de tecnología Bits de The New York Times, quien defiende que es mucho más natural para el ser humano diversificar la atención que concentrarla en una sola cosa.
RESPUESTA. Más primitivo o más natural no significa mejor. Leer libros probablemente sea menos natural, pero ¿por qué va a ser peor? Hemos tenido que entrenarnos para conseguirlo, pero a cambio alcanzamos una valiosa capacidad de utilización de nuestra mente que no existía cuando teníamos que estar constantemente alerta ante el exterior muchos siglos atrás. Quizás no debamos volver a ese estado primitivo si eso nos hace perder formas de pensamiento más profundo.
P. Internet invita a moverse constantemente entre contenidos, pero precisamente por eso ofrece una cantidad de información inmensa. Hace apenas dos décadas hubiera sido impensable.
R. Es cierto y eso es muy valioso, pero Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Lo que yo defiendo en mi libro es que las diferentes formas de tecnología incentivan diferentes formas de pensamiento y por diferentes razones Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador te llegan mensajes por todas partes, es una máquina de interrupciones constantes.
P. ¿Pero, en última instancia, cómo utilizamos la web no es una elección personal?
R. Lo es y no lo es. Tú puedes elegir tus tiempos y formas de uso, pero la tecnología te incita a comportarte de una determinada manera. Si en tu trabajo tus colegas te envían treinta e-mails al día y tú decides no mirar el correo, tu carrera sufrirá. La tecnología, como ocurrió con el reloj o la cartografía, no es neutral, cambia las normas sociales e influye en nuestras elecciones.
P. En su libro habla de lo que perdemos y aunque mencione lo que ganamos apenas toca el tema de las redes sociales y cómo gracias a ellas tenemos una herramienta valiosísima para compartir información.
R. Es verdad, la capacidad de compartir se ha multiplicado aunque antes también lo hacíamos. Lo que ocurre con Internet es que la escala, a todos los niveles, se dispara. Y sin duda hay cosas muy positivas. La Red nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir nuestros pensamientos, estar en contacto con los amigos y hasta nos ofrece oportunidades laborales. No hay que olvidar que la única razón por la que Internet y las nuevas tecnologías están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar es porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran no nos sentiríamos tan atraídos por ellas y no tendrían efecto sobre nuestra forma de pensar. En el fondo, nadie nos obliga a utilizarlas.
P. Sin embargo, a través de su libro usted parece sugerir que las nuevas tecnologías merman nuestra libertad como individuos...
R. La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Google es una base de datos inmensa en la que voluntariamente introducimos información sobre nosotros y a cambio recibimos información cada vez más personalizada y adaptada a nuestros gustos y necesidades. Eso tiene ventajas para el consumidor. Pero todos los pasos que damos online se convierten en información para empresas y Gobiernos. Y la gran pregunta a la que tendremos que contestar en la próxima década es qué valor le damos a la privacidad y cuánta estamos dispuestos a ceder a cambio de comodidad y beneficios comerciales. Mi sensación es que a la gente le importa poco su privacidad, al menos esa parece ser la tendencia, y si continúa siendo así la gente asumirá y aceptará que siempre están siendo observados y dejándose empujar más y más aún hacia la sociedad de consumo en detrimento de beneficios menos mensurables que van unidos a la privacidad.
P. Entonces... ¿nos dirigimos hacia una sociedad tipo Gran Hermano?
R. Creo que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984.Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones.
P. Wikipedia es un buen ejemplo de colaboración a gran escala impensable antes de Internet. Acaba de cumplir diez años...
R. Wikipedia encierra una contradicción muy clara que reproduce esa tensión inherente a Internet. Comenzó siendo una web completamente abierta pero con el tiempo, para ganar calidad, ha tenido que cerrarse un poco, se han creado jerarquías y formas de control. De ahí que una de sus lecciones sea que la libertad total no funciona demasiado bien. Aparte, no hay duda de su utilidad y creo que ha ganado en calidad y fiabilidad en los últimos años.
P. ¿Y qué opina de proyectos como Google Books? En su libro no parece muy optimista al respecto...
R. Las ventajas de disponer de todos los libros online son innegables. Pero mi preocupación es cómo la tecnología nos incita a leer esos libros. Es diferente el acceso que la forma de uso. Google piensa en función desnippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos sobre nosotros cuando navegamos. Cuando vas a Google Books aparecen iconos y links sobre los que pinchar, el libro deja de serlo para convertirse en otra web. Creo que es ingenuo pensar que los libros no van a cambiar en sus versiones digitales. Ya lo estamos viendo con la aparición de vídeos y otros tipos de media en las propias páginas de Google Books. Y eso ejercerá presión también sobre los escritores. Ya les ocurre a los periodistas con los titulares de las informaciones, sus noticias tienen que ser buscables, atractivas. Internet ha influido en su forma de titular y también podría cambiar la forma de escribir de los escritores. Yo creo que aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro.
P. ¿Cuánto falta para eso?
R. Creo que tardará entre cinco y diez años.
P. Pero aparatos como el Kindle permiten leer muy a gusto y sin distracciones...
R. Es cierto, pero sabemos que en el mundo de las nuevas tecnologías los fabricantes compiten entre ellos y siempre aspiran a ofrecer más que el otro, así que no creo que tarden mucho en hacerlos más y más sofisticados, y por tanto con mayores distracciones.
P. El economista Max Otte afirma que pese a la cantidad de información disponible, estamos más desinformados que nunca y eso está contribuyendo a acercarnos a una forma de neofeudalismo que está destruyendo las clases medias. ¿Está de acuerdo?
R. Hasta cierto punto, sí. Cuando observas cómo el mundo del softwareha afectado a la creación de empleo y a la distribución de la riqueza, sin duda las clases medias están sufriendo y la concentración de la riqueza en pocas manos se está acentuando. Es un tema que toqué en mi libro El gran interruptor. El crecimiento que experimentó la clase media tras la II Guerra Mundial se está revirtiendo claramente.
P. Internet también ha creado un nuevo fenómeno, el de las microcelebridades. Todos podemos hacer publicidad de nosotros mismos y hay quien lo persigue con ahínco. ¿Qué le parece esa nueva obsesión por el yo instigado por las nuevas tecnologías?
R. Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática -porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades.
P. ¿Hay alguna receta para salvarnos'?
R. Mi interés como escritor es describir un fenómeno complejo, no hacer libros de autoayuda. En mi opinión, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso para escapar es ser conscientes de ello. Como individuos, quizás aún estemos a tiempo, pero como sociedad creo que no hay marcha atrás.
http://elpais.com/diario/2011/01/29/babelia/1296263535_850215.html  

Vértigos de la nueva época

Manuel Castells. Sostiene que la tecnología, los movimientos, los migrantes moldean esta era.

POR ALEX RODRIGUEZ



El mundo está asistiendo a momentos históricos. Los movimientos sociales están cambiando dinámicas, como lo hicieron la Comuna de París en 1871 o las huelgas de Glasgow en 1915. Ambos empezaron como una huelga de alquileres contra la especulación inmobiliaria y, la de Glasgow, dio origen a la vivienda pública en el Reino Unido. Un siglo después, otros movimientos están propiciando otro gran cambio, dice Manuel Castells. Acaba de publicar la segunda edición actualizada y ampliada de su libro Redes de indignación y esperanza .
–¿Estamos comenzando una nueva era?–En términos tecnológicos, económicos y culturales, la hemos comenzado hace tiempo. Ahora empezamos una nueva era en términos políticos e institucionales.
–¿Y cómo será?–Lo que sabemos es que no será como antes. Las instituciones actuales no tienen legitimidad, y esto, en las sociedades democráticas, no puede durar mucho tiempo. De hecho, no está durando. Las instituciones serán, por un lado, cada vez más supranacionales, como la Unión Europea, pero por otro lado, las identidades, en su mayoría, serán cada vez más locales, específicas, nacionales o religiosas, o étnicas. Y aquí hay una contradicción fundamental: hay una sociedad global, una economía global conectada en red, pero al mismo tiempo la gente, ante ese cambio vertiginoso de lo que eran las coordenadas de la vida, se refugia en sus identidades y, entre medio, las instituciones tienen que relacionarse cada vez más. Los estados europeos no pueden funcionar por su cuenta sin la Unión Europea, pero al hacer eso se alejan de sus ciudadanos. Si no se establecen mecanismos de participación, control, representación, etcétera, entonces la europeización, que es la forma de globalización en Europa, se convierte en una amenaza para lo que la gente piensa sobre su vida. Se ven sin control.
–Una contradicción…
–Sí, y como no puede durar mucho tiempo, estamos asistiendo a la formación de nuevos actores políticos, de nuevas redes institucionales y de nuevas crisis, porque nadie dice que todo eso acaba en que la Unión Europea se consolida y se hace más democrática y participativa. Se puede romper. Se puede romper por identidades nacionales fraccionadas que no aceptan la soberanía compartida porque esa cosoberanía nunca es igual, porque hay poderes mayores que otros.
–Y todo ocurre con una Unión Europea débil y que enfrentará nuevas crisis: Rusia y Ucrania, la acogida de inmigrantes, la griega…
–Y, además, están las identidades sub Estado-nación, como ocurre en Catalunya o Escocia. Escocia no ganó el referéndum, pero la política escocesa se ha transformado y hay unas tensiones muy fuertes con Inglaterra

–El Reino Unido va a convocar un referéndum y se puede ir de Europa, y Escocia del Reino Unido...–Hoy por hoy, el referéndum de pertenencia lo pierde Europa, pero si se acentúa la hegemonía alemana sobre la UE, eso es algo que el Reino Unido no va a aceptar, pero tampoco Francia. Y Marine Le Pen está empatada en primer lugar de cara a las presidenciales. En su programa, figura salir de la UE o renegociarlo todo, y no aceptar la hegemonía de Alemania. Además está tejiendo alianzas para crear un frente antieuropeo dentro de Europa. Estarían Francia y el Reino Unido, o bien marginadas o con muy poca relación institucional con la UE, y Alemania con sus súbditos. Esto no sería sostenible. Por tanto, creo que ese tema de no legitimidad de las instituciones que se han creado en la últimas décadas es lo que va a marcar el cambio en los próximos años, más todavía que la tecnología, porque el corte tecnológico ya se ha producido.
–Entramos en época de cambios…
–Una cosa importante en Europa es que hay dos procesos de cambio: uno deriva de los movimientos sociales y por lo tanto apuesta por nuevos actores, y otro deriva de posiciones nacionalistas, xenófobas y defensivas contra la globalización, contra el extranjero en defensa de la nación. Hoy en Europa esas posiciones son mayoritarias. Europa del Norte es otra cosa que Europa del Sur, Europa se ha cortado cultural y políticamente entre el norte y el sur, y Francia se encuentra en medio por razones de historia y cultura política.
–Sorprende que pese a la crisis económica y de legitimidad de las instituciones y de los políticos, los ciudadanos hayan recurrido, como en España, a las urnas para expresar su voluntad de cambio optando por opciones prácticamente recién nacidas. Es la revolución en las urnas, no en las calles…
–Bueno, sí, pero al mismo tiempo recuerde que, primero, salieron a las calles y, segundo, están en las redes. Las urnas son la consecuencia de esto. Han salido a las calles y están en las redes y han constituido unos movimientos sociales que son los que han creado presión sobre la opinión pública. Entonces, es posible un cambio político como consecuencia de que hay un cambio de mentalidad ligado a los movimientos sociales. Ese cambio luego tiene que expresarse de alguna forma, y como los partidos tradicionales no aparecen a ojos de muchos ciudadanos como cauces posibles de ese cambio, buscan otras opciones. Además, también empujan a los partidos tradicionales a cambiar, porque algo está cambiando: primarias, medidas anticorrupción… Ahora bien, apuestan por nuevas opciones, pero dentro de marcos que legal y constitucionalmente no funcionan.
–En su libro Comunicación y poder habla de los medios como instrumentos desde donde cambiar la mente de la gente. Y recuerdo que Pablo Iglesias ha dicho que el triunfo de Podemos ha sido posible gracias a la combinación de lo nuevo –las redes sociales– con lo viejo, la tv. ¿Hasta qué punto los medios pueden crear estados de opinión que generen revoluciones?–Yo siempre he apuntado la idea de que los medios no son la expresión del poder sino el espacio donde se juega el poder, que no es un espacio neutro. Lo que ha cambiado es que además de los medios de masas están las redes, donde también se juega el poder. El espacio de la comunicación es el espacio donde se juega el poder porque es a través del cual se construyen y difunden las ideas. Los medios son esenciales además de las redes porque, hoy por hoy, para una parte sustancial de la población a partir de los cincuenta años son la televisión y la radio, un poco menos los diarios, los medios que son importantes. El ejemplo de Podemos ha sido clave porque la intervención de una persona, pero de una persona que tuvo un discurso articulado y capacidad de comunicarlo, satisfizo una demanda social que se vio reflejada en lo que él pensaba.
–Un discurso basado en el populismo del cientista político argentino Ernesto Laclau, de buenos y malos, del pueblo y su enemigo, la casta.–Ahora todo eso se ha moderado. Pero fue una estrategia muy inteligente con un discurso rompedor y definido.
–El cambio también llegó a países como Túnez, Islandia, EE.UU., Brasil… Son movimientos que se crean en comunidad, hacen comunidad, ayuda a perder miedos y a superar indecisiones. ¿Cree que se ha perdido el miedo?–No, pero se está perdiendo. El miedo nunca se pierde en el fondo, pero todos estos movimientos que ha habido estos años indican una pérdida del miedo. Cuando la gente dice sí se puede, aunque sea una llamarada y luego desaparezca. Bueno, no desaparece, casi nunca desaparece. Se transforma. Por ejemplo, en las revoluciones que han cambiado totalmente el mundo árabe. Lo que pasa es que luego hay actores geopolíticos, intereses, islamistas que han aprovechado el vacío creado por EE.UU., todo ese tipo de cosas han degenerado en violencia y barbarie.
–Hay gente que cree que las primaveras árabes han fracasado, y así se lo han preguntado más de una vez. Usted defiende lo contrario.–Estoy de acuerdo. Las revoluciones de verdad son un largo proceso, recordemos las revoluciones europeas del siglo XIX. Esto es un proceso que se ha iniciado y que sigue, que no sabemos adónde va. No se ha parado. Está en la mente y en los corazones de las personas. Lo mismo pasó en EE.UU. No se acabó Occupy, se acabó sólo como forma de ocupación porque las ocupaciones físicas del espacio tienen un límite. Las últimas ocupaciones se pararon en- diciembre porque la gente estaba congelada. Empíricamente, todas las revueltas de 2014 y 2015, de Ferguson a Nueva York y Baltimore, contra los abusos de la policía, la campaña “las vidas negras también valen”, son los mismos activistas los que las han organizado y salido a la calle en contacto con movimientos negros y blancos. Esto es Occupy Wall Street de otra manera.
–Hillary Clinton abogaba en 2010 por el papel democratizador de Internet. ¿Es el apóstol de la democracia?–No es el apóstol, pero es un instrumento clave de democracia en el sentido de que si comunicación es poder e Internet es la libre comunicación, Internet puede difundir, expresar y organizar proyectos fuera de las instituciones. Eso es un papel fundamental. Y por otro lado, permite la información, la participación práctica en la gestión, sobre todo local, muy importante. Claro que sí, es un instrumento de democracia, pero quienes la hacen son los actores sociales y políticos.
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Vertigos-nueva-epoca_0_1438056199.html

Cine. ¿Cuánto de la vida tumultuosa de Woody Allen aparece en sus filmes? ¿Alguna vez consideró matar a alguien? A punto de estrenarse su película “Irrational Man”, el director habla de estos temas.

POR ROBBIE COLLIN


Por más que lo intente, Woody Allen no puede no ser gracioso. El director, de 79 años, es cortejado por un grupo de periodistas europeos en el Festival de Cannes, y aunque sus pensamientos no puedan ser más sombríos, el tono conserva el brillo de la caricatura.
“Las religiones, los filósofos, los artistas, todos tratan de venderles humo –dice–. Y no sirve para nada. No importa cuán intelectuales sean tus conversaciones. La vida va a los pisotones justo encima tuyo. Al final, aunque hayas invertido en Platón –su nasal acento neoyorquino convierte el nombre del filósofo en “Play-Doh”–, Nietzsche, o Wittgenstein, vas a morir.” La risa crece. “Saben –continúa, con ojos melancólicos de perro salchicha–, el poeta Auden llamó a la muerte (no recuerdo la frase exacta, pero estoy cerca) ‘el lejano sonido del trueno durante un picnic’. Bueno, yo escucho ese trueno casi todo el tiempo desde que tengo 5 años. Arruinó mi vida por completo.” Es difícil pensar en otro director de cine que haya usado el clamor de la muerte de manera tan astuta y disparatada en contra de sí misma –como un luchador de ju-jitsu enano, volteando a un oponente gigantesco, tomándolo de un pie casualmente extendido. Para Allen, la muerte es la gran cáscara de banana, el báculo del pastor que viene del costado del escenario y se enrosca en tu cuello. Es mortificante en todo sentido, y la pura humillación de estirar la pata ha sido un tema importante en su obra desde los tempranos días en el circuito neoyorquino de stand-up.
“Mi abuelo era un hombre muy insignificante. En el entierro, su coche fúnebre seguía al resto de los autos.” Ese era un típico chiste corto de una rutina de 1963. Pero no hay duda de que, 52 años y 46 películas más tarde, el tema parece un poco más –¿cómo ser delicado al decirlo?– inmediatamente relevante.
En su suite en el Hotel Martinez, esa misma tarde, Allen es una presencia más apagada: el fantasma de las películas del pasado, a lo mejor, viene a recordarnos un tiempo en que las películas podían mencionar nombres como Kant o Kierkegaard y confiar que la audiencia no tropezaría con ellos.
El sol está cubierto por las persianas que bajaron para una entrevista de televisión. El pelo grisáceo de Allen, la camisa de cambray a cuadros azules y los pantalones claros de gabardina brillan de manera espectral en la granulada media luz. Su mente zigzaguea entre Camus, el estar en pareja, el clarinete (las tres cosas, dice, son simpáticas evasiones de lo inevitable) más rápido de lo que le llevaría a uno multiplicar doce por ocho.
Allen vino a Cannes para el estreno mundial de su último filme, Irrational Man , un batido de asesinato y misterio que llega a los cines del Reino Unido el próximo mes. El filme vuelve a una premisa favorita de Allen –la posibilidad de un asesinato perfecto– que medita los diversos impedimentos logísticos y espirituales para salirse con la suya.
Joaquin Phoenix tiene un rol protagónico, como Abe Lucas, un profesor de filosofía panzón y en un bajón existencial. Este Raskolnikov de Rhode Island se convence de que la única manera en que podrá sentirse verdaderamente vivo es matando a alguien –y un giro de la fortuna le presenta al blanco ideal.
Mientras almuerza un día con Jill (Emma Stone), su vivaz estudiante, Abe escucha a una mujer recientemente divorciada hablando dolorosamente a sus amigas sobre la próxima audiencia por la custodia parental. El juez asignado al caso es amigo de su ex-esposo, y los dos han conspirado secretamente en su contra. Como Abe no tiene conexión con el juez, decide que este hombre evidentemente horrible habrá de ser su víctima. En teoría, matarlo constituirá el crimen perfecto. En teoría.
Allen ya se ha adentrado en estas cavernas morales con anterioridad –de manera brillante en su obra maestra de 1989 Crímenes y pecados y luego, en Match Point y El sueño de Cassandra – de modo que es claro que el tema lo atrapa. Pero aquí, parece estar ejecutado con un amargo giro personal.
La elección de un juez de familia como merecida víctima de Abe recuerda la batalla por la custodia con Mía Farrow, desencadenada por la relación que el director entabló con Soon-Yi Previn, hija de Farrow de otra relación, y que terminó negando a Allen el acceso a los tres hijos de la pareja. (Allen se casó con Soon-Yi en 1997 y ambos siguen felizmente casados.) Incluso cuando Allen no actúa, su persona cinematográfica emerge en todos sus filmes: en Medianoche en París es el afable guionista de Hollywood interpretado por Owen Wilson, mientras que en Scoop es la desgarbada estudiante de periodismo que interpreta Scarlett Johansson. A lo mejor en Irrational Man el espíritu afín no sea el filósofo sino la madre.
Haciéndome el tonto, pregunto de dónde vino la idea de asesinar a un juez de familia, y Allen cuenta en detalle la historia de un amigo que intentó demandar a un turbio contratista inmobiliario. “Era injusto y frustrante, pero muy débil comparado a perder a tus hijos”, dice. Cambiar la historia, involucrando una batalla legal por la custodia, dice, fue una decisión que pretendió más bien lograr una mayor solidez dramática, antes que satisfacer un resentimiento personal.
“Si un juez condena a alguien a la silla eléctrica, o lo manda a la cárcel, no hay nada que puedas hacer –continúa–, pero si es algo vinculado a la familia y se puede ayudar, bueno, eso me pareció lo mejor.” Según este relato, la trama de Irrational Man gira en torno a una ominosa coincidencia… Particularmente porque el filme entró en producción apenas meses después de que Dylan, la hija adoptiva de Allen y Farrow, hablase por primera vez sobre las no demostradas acusaciones de abuso que resonaron en la audiencia por la custodia parental en 1992. ¿Es improbable que Allen tuviese aquello en mente?
Pero a él no le interesa. “Esta es la historia de mi vida”, se encoje, implicando que no lo es. “Paso toda mi vida diciendo ‘Este no soy yo’, pero el público no quiere escucharlo. Cuando hice Annie Hall , la gente pensaba que era una película autobiográfica. Yo dije ‘Bueno, miren, no es. La inventé, la escribí con Marshal Brickman. Muchos chistes e ideas ni siquiera vinieron de mi lado.’ Pero ellos no quieren saberlo. Hay algo reconfortante, no porque a mí me pase, pero ocurre con ciertas personas, cuando se piensa que las películas le dan a uno la historia verídica.” Dice todo esto de una manera para nada defensiva, con una convicción sólida que me hace sentir un poco tonto por haber preguntado. No me creo ni por un segundo que el paralelo sea una coincidencia, pero es posible –y mientras hablamos, parece probable– que él no haya pensado al respecto.
Más tarde, recuerdo cómo de manera similar refutaba que Blue Jasmine , el indiscutido éxito en la reciente serie de dramas fatalistas de Allen, tuviese algo que ver con el escándalo Madoff o con Un tranvía llamado deseo , a pesar de que la película se vale del esquema piramidal y que el protagónico de Cate Blanchett funciona como un compuesto de Blanche Dubois y la esposa de Madoff. También repitió aquella vez que se había inspirado en las experiencias del amigo de un amigo. A lo mejor se mueve en un círculo social particularmente desafortunado.
En lo que Allen sí reflexionó con cierto detenimiento, sin embargo, es en las ideas sobre libre albedrío y culpa que estructuran su última película. Su título proviene de un manual de filosofía de los años 50 –una especie de nihilismo para principiantes– que él describe como “una muy, muy grata lectura en mi juventud”.
Woody Allen dice que descubrió el existencialismo a través de su primera esposa, lo que parece tener la forma de un chiste de Woody Allen. Se casó con Harlene Rosen, su amorío adolescente, cuando era un escritor de bromas freelance de 19 años, y ella una estudiante de filosofía de 16 años: ella tenía la costumbre de desparramar sus libros de texto por toda la mesa del comedor en su departamento diminuto.
Allen, habiendo dejado dos veces sus estudios, fue “reclutado para ayudarla” con sus monografías, y descubrió que las mismas ideas que leía con Harlene en Más allá del bien y el mal , de Nietzsche o Temor y temblor de Kierkegaard, aparecían en los filmes de Ingmar Bergman y las grandes novelas rusas que estaba devorando en ese momento. “Siempre eran crisis de vida o muerte, asesinatos, suicidios, asaltos. Entonces era atractivo. Me interesé mucho en eso.” ¿Vivió él mismo según los principios existencialistas, tallando con audacia un camino inconformista a través de un universo sin sentido?
“A uno le parece que sí –dice incómodo–, me gusta imaginar que todas mis decisiones fueron pensadas en la línea de Temor y temblor . Pero estoy seguro de que fueron decisiones muy prosaicas, de alguien de clase media y llevadas por la necesidad práctica. La verdad es que lo que terminas siendo, lo que yo terminé siendo, es un admirador… sólo un admirador que querría pedir un autógrafo.” Recuerda que visitó París por primera vez en 1965 durante la producción de What’s New Pussycat?, su primer filme como guionista, y que pasó la mayor parte del viaje tratando infructuosamente de arreglar un encuentro con Jean-Paul Sartre.
“Finalmente encontré un hombre que decía poder juntarnos a los dos por un buen precio, pero yo no podía pagarlo”, dice con seriedad.
En ese momento, o desde entonces, ¿alguna vez consideró llevar a cabo el crimen perfecto con sus propias manos? “Te lo digo, si empezara matando a una persona, pronto no quedaría nadie más que yo en el mundo”, dispara.
Los padres de Allen no eran exactamente lo que se dice existencialistas. Como bromea el documentalista en Crímenes y pecados , “donde crecí, en Brooklyn, todos estaban demasiado tristes como para suicidarse.” Su madre Nettie, recuerda, dijo que él se volvió “un chico desagradable, amargo y podrido” a los cinco años, cuando tomó consciencia de su propia mortalidad. Su padre Martin trabajó como taxista, bartender y camarero, “y si no hubiese logrado escribir chistes –dice– estaría haciendo lo mismo.” Pero podía escribir chistes, y a los 16 años, los gags que mandaba a los comediantes y escritores en teatro y televisión le daban más dinero de lo que su padre había ganado nunca.
El humor, dice, es “algo genético. Siempre fui divertido por alguna razón… No sé por qué. Fue así.” De manera similar, describe su éxito temprano como “suerte, pura suerte… un accidente, de la misma manera que alguien tiene oído para la música o talento para el dibujo.” Reconoce que escribió su material temprano pensando en sí mismo –primero los chistes cortos, después guiones enteros, como Bananas , El dormilón y La última noche de Boris Grushenko , en los que ocurrentes tontines (siempre Allen, por supuesto) tienen éxito con mujeres muy por encima de su categoría. “Las bromas siempre eran sobre cómo conseguir chicas”. El cambio vino, dice, con Diane Keaton, con quien tuvo un breve amorío en 1970, después de incluirla en su producción de Broadway de Play it Again, Sam .
“Era tan inteligente y divertida que empecé a ver las cosas con su perspectiva, y a escribir para ella –dice–. Y escribí para ella durante años.” Los resultados incluyen Annie Hall , a lo mejor la más fina comedia romántica jamás producida. Allen se sintió tan en deuda con su coprotagonista que, buscando un título, luego de coquetear con ‘Anhedonia’ por un rato, nombró a la película por su nombre. Diane Hall es el nombre de nacimiento de Keaton.
Emma Stone, que encarna la voz de la razón, todo lo que puede permitirse en el filmIrrational Man , hizo pensar a Allen en Keaton, cuando la vio por primera vez en la comedia de secundaria Easy A , que descubrió accidentalmente mientras hacía zapping corriendo en la cinta.
“Me recuerda a Diane porque ambas son ilimitadas en su talento”, dice, antes de agregar que Stone tiene una simpatía tan pura como la de June Allyson, un encanto de la Edad Dorada de Hollywood celebrada por la candidez que trasmitía en la pantalla.
Irrational Man es el segundo filme de Stone con Allen, luego del romance de época del año anterior, Magia a la luz de la luna : “Y me encantaría trabajar con ella de nuevo; es genial”, dice.
El peculiar equilibrio entre drama ferozmente analítico y risas nerviosas le queda tan bien a Stone como le quedaba a Keaton, Dianne Wiest, Gena Rowlands y Mia Farrow, y Allen describe sus intentos de escribir papeles que ella aceptaría como una “simpática distracción” mientras se acerca al punto inevitable en el que no vendrán más películas de Woody Allen.
¿Tiene importancia para él este régimen loco de una película al año que sostiene desdeSueño sexual de una noche de verano en 1982, con el añadido de una todavía no titulada película y una serie para Amazon Prime (“la peor decisión de mi vida”) que saldrá en 2016?
“¿A quién le importa, al final? –se queja–. Es una distracción, como practicar mi clarinete, ir al cine o mirar a Fred Astaire bailar durante una hora y media.” ¿Y el amor? “El amor es también una distracción. Uno conoce a alguien y es en lo único que puede pensar, después si tiene suerte puede estar felizmente casado 25 o 30 años. Después uno ve algo en una radiografía, acá –apunta a su pecho– y la esposa puede darle a uno cierto consuelo. Pero el consuelo es una curita. No hace nada más. No puede salvarte. Sólo hace las cosas un poco menos horribles.” Sus palabras no son para nada graciosas, pero me estoy riendo.
© FIFA . Traducción: Andrés Kusminsky

http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/Wody-Allen-interesan-muerte-asesinato_0_1438056216.html