Descarga: Peter Singer - Liberación animal

Esta revolucionaria obra ha inspirado un movimiento mundial de defensa de los derechos de los animales que aspira a transformar nuestra actitud y eliminar la crueldad que se les inflige. Peter Singer niega el «especismo», es decir, la creencia de que la especie humana es superior a todas las demás. Expone la escalofriante realidad de las granjas y los procedimientos de experimentación, destrozando las justificaciones que los defienden y ofreciendo alternativas a un dilema moral, social y medioambiental.




Christopher Hitchens - La religión como pecado original


En realidad, hay aspectos en los que la religión no solo es amoral, sino positivamente inmoral. Y estos delitos y faltas no deben buscarse en la conducta de sus fieles (que a veces puede ser ejemplar), sino en sus preceptos originales.

Estos delitos son los siguientes:

Presentar una imagen falsa del mundo para los ingenuos y los crédulos.

La doctrina del sacrificio de sangre.

La doctrina de la expiación.

La doctrina de la recompensa y/o el castigo eternos.

La imposición de tareas y normas imposibles.

Ya nos hemos ocupado del primer aspecto. Se sabe desde hace mucho tiempo que todos los mitos de creación de todos los pueblos son falsos, y que recientemente han sido sustituidos por explicaciones infinitamente superiores y más majestuosas. A su lista de disculpas, la religión debería añadir sencillamente una disculpa por endilgar parches artificiales y mitos populares a las personas confiadas y por tardar tanto tiempo en reconocer que lo habían hecho. Se percibe cierta reticencia para hacer este reconocimiento, puesto que podría hacer estallar la visión del mundo religiosa en su conjunto; pero cuanto más se demore, más abyecta será la negación.

Sacrificios de sangre
 
Antes de que apareciera el monoteísmo, los altares de la sociedad primitiva apestaban a sangre, gran parte de ella humana y alguna incluso infantil. La sed de ella, al menos en su variante animal, todavía nos acompaña. Los judíos devotos intentan criar actualmente la «vaca roja» pura e inmaculada que se menciona en el capítulo 19 del libro de Números, la cual, si se sacrifica de nuevo siguiendo el ritual preciso y meticuloso, provocará el regreso de los sacrificios humanos en el Tercer Templo y acelerará el fin de los tiempos y la llegada del Mesías. Tal vez esto parezca sencillamente absurdo, pero mientras escribo estas palabras un grupo de agricultores cristianos obsesionados con esta idea trata de ayudar a sus colegas fundamentalistas empleando técnicas de cría especiales (prestadas o robadas de la ciencia moderna) para criar una bestial «Vaca Roja» en Nebraska. Mientras tanto, en Israel los judíos fanáticos de la Biblia también intentan criar en una «burbuja» pura y libre de contaminación un niño que cuando alcance la mayoría de edad tendrá el privilegio de degollar a esa vaca. En condiciones ideales, esto debería llevarse a cabo en la Explanada de las Mezquitas, la inoportuna sede de los santos lugares musulmanes; pero, en todo caso, el auténtico lugar en el que supuestamente Abraham blandió el cuchillo sobre el cuerpo vivo de su propio hijo. En el mundo cristiano y musulmán se producen otros degollamientos y destripamientos sacramentales a diario, ya sea para celebrar la Pascua o la fiesta del Eid.

Esta última, que alaba la disposición de Abraham para realizar el sacrificio humano de su hijo, es común a todos los monoteísmos y proviene de sus antepasados primitivos. No hay forma de suavizar el evidente sentido de esta escalofriante historia. El preludio tiene que ver con una serie de vilezas y decepciones, desde la seducción de Lot por parte de sus hijas hasta el matrimonio de Abraham con su hermanastra, el nacimiento de Isaac de Sara cuando Abraham tenía cien años y muchos otros delitos y faltas toscos e increíbles. Afligido tal vez por los remordimientos, pero en todo caso creyendo seguir los dictados de dios, Abraham se aviene a asesinar a su hijo. Recoge las astillas, tiende al muchacho atado sobre ellas (mostrando así que conocía el procedimiento) y toma el cuchillo para matar al chico como a un animal. En el último instante posible, su mano se detiene; no ha sido dios, según parece, sino un ángel, y desde las nubes se le alaba por demostrar su inquebrantable disposición para asesinar a un inocente con el fin de expiar sus pecados. En recompensa a su fidelidad, se le augura una larga posteridad en la abundancia.

No mucho después de esto (aunque la narración del Génesis no resulta muy ilustrativa en lo tocante al tiempo) fallecía su esposa Sara a la edad de ciento veintisiete años, y su respetuoso marido encuentra una sepultura para ella en una cueva de la ciudad de Hebrón. Habiéndola sobrevivido hasta alcanzar la excelente edad de ciento setenta y cinco años, y tras haber engendrado mientras tanto a otros seis hijos, Abraham es enterrado finalmente en la misma cueva. Hasta el día de hoy, las personas religiosas se matan entre sí y matan a los hijos de los demás por el derecho a la propiedad exclusiva de este agujero ilocalizable e imposible de identificar en una montaña.

Durante la revuelta árabe de 1929 hubo una terrible matanza en la que fueron asesinados sesenta y siete judíos residentes en Hebrón. Muchos de ellos eran lubavitchers, que consideran que todos los no judíos son inferiores desde el punto de vista racial, y que se habían trasladado a Hebrón porque creían en el mito del Génesis, si bien esto no es excusa para el pogromo. La ciudad, que hasta 1967 se encontraba al otro lado de la frontera de Israel, fue tomada aquel año a bombo y platillo por las fuerzas israelíes e incorporada al territorio de Cisjordania. Los colonos judíos bajo la dirección de un rabino particularmente violento y repelente llamado Moshe Levinger empezaron a «regresar» y a construir en lo alto de la ciudad una fortificación llamada Kiryat Arba, así como algunos asentamientos más reducidos en su interior. Entre los habitantes principalmente árabes, los musulmanes siguieron afirmando que el meritorio Abraham se había mostrado dispuesto a asesinar de verdad a su hijo, pero tan solo por su religión, y no por la de los judíos. Esto es lo que significa «sumisión». Cuando visité aquel lugar descubrí que la supuesta gruta de los Patriarcas o cueva de Machpela contaba con accesos independientes y lugares de oración separados para los dos grupos en liza que reclamaban el derecho a conmemorar esta atrocidad en su propio nombre.

Poco antes de mi llegada se había cometido otra atrocidad. Un fanático doctor israelí llamado Baruch Goldstein había entrado en la cueva y, tras descolgarse el arma automática que se le había permitido portar la descargó sobre la congregación musulmana. Mató a veintisiete feligreses e hirió a otros muchos antes de ser aplastado y morir apaleado. Resultaba que muchas personas ya sabían que el doctor Goldstein era peligroso. Mientras sirvió como médico en el ejército israelí había anunciado que no trataría a pacientes no judíos, como los árabes israelíes, sobre todo en sabbat. Según parece, muchos tribunales religiosos israelíes han confirmado que al negarse a hacerlo estaba obedeciendo la ley rabínica; de manera que un modo sencillo de descubrir a un asesino inhumano era apreciar que le guiaba un respeto sincero y literal a las instrucciones divinas. Desde entonces, los judíos más obstinadamente observantes han levantado santuarios en su nombre; y de los rabinos que condenaron su acción no todos lo hicieron en términos inequívocos. La maldición de Abraham continúa envenenando Hebrón, pero el mandato divino de realizar sacrificios de sangre envenena toda nuestra civilización.

Expiación

Los sacrificios humanos anteriores, como los de los aztecas u otras ceremonias que nos repugnan, eran habituales en el mundo antiguo y adoptaban la forma de asesinato propiciatorio. Se suponía que la ofrenda de una virgen, de un niño o de un prisionero aplacaba a los dioses; una vez más, no es muy buena publicidad de las cualidades morales de la religión. El «martirio» o sacrificio deliberado de uno mismo puede considerarse bajo un prisma ligeramente distinto, si bien en la India los británicos lo castigaban tanto por razones imperiales como cristianas cuando lo practicaban los hinduistas en forma de suttee o «suicidio» insinuado con persistencia a las viudas. Los «mártires» que en un acto de exaltación religiosa desean matar a otros además de a sí mismos reciben una consideración muy distinta: el islam se opone abiertamente al suicidio per se, pero parece no poder decidir si debe condenar o recomendar la acción de un shahid valiente.

De todos modos, la idea de expiación vicaria como las que tanto perturbaron incluso a C. S. Lewis representa un refinamiento adicional de la antigua superstición. De nuevo nos encontramos a un padre manifestando su amor por someter a un hijo a la muerte mediante tormento, pero en esta ocasión el padre no trata de impresionar a dios. Es dios, y trata de impresionar a los seres humanos. Formúlese usted la pregunta: ¿qué moral subyace a lo siguiente? Me hablan de un sacrificio humano que tuvo lugar hace dos mil años, sin que fuera mi deseo y en unas circunstancias tan horrendas que, en caso de haber estado presente y haber podido ejercer alguna influencia, me habría sentido obligado a tratar de impedirlo. Como consecuencia de este crimen, mis múltiples pecados son perdonados y puedo esperar gozar de vida eterna.

De momento pasemos por alto todas las contradicciones entre las narraciones del episodio original y supongamos que es esencialmente cierto. ¿Qué consecuencias tiene? No son tan tranquilizadoras como aparentan ser a primera vista. Para empezar, para poder obtener el beneficio de esta maravillosa ofrenda tengo que aceptar que soy responsable de los azotes, las burlas y la crucifixión, algo en lo que no tuve arte ni parte, y aceptar que cada vez que declino esta responsabilidad, o que peco de palabra u obra, incremento la agonía del mismo. Además, se me exige que crea que la agonía era necesaria con el fin de compensar un delito anterior en el que tampoco tomé parte: el pecado de Adán. Es inútil objetar que Adán parece haber sido creado con una insatisfacción y curiosidad insaciables y que después se le prohíbe saciarlas: todo esto se dispuso mucho antes de que el propio Jesús hubiera nacido. Por consiguiente, mi culpa en el asunto se considera «original» e ineludible. No obstante, se me asigna en todo caso una voluntad libre con la que rechazar la oferta de la redención vicaria. Sin embargo, en caso de que haga valer esta opción debo afrontar una eternidad de tormentos mucho más atroces que cualquiera de los sufridos en el Calvario, o que cualquiera de aquellos otros con los que se amenazó a los primeros que escucharon los Diez Mandamientos.

El relato no se vuelve más fácil de seguir por el hecho de descubrir necesariamente que Jesús deseaba y tenía que morir, o que acudió a Jerusalén en Pascua con el fin de hacerlo, o que todos los que participaron en su asesinato estaban haciendo la voluntad de dios sin saberlo y cumpliendo antiguas profecías. (En ausencia de la versión gnóstica, esto convierte en algo lamentablemente inexplicable que Judas, que se supone que llevó a cabo el acto curiosamente redundante de identificar a un predicador muy famoso ante aquellos que llevaban buscándolo mucho tiempo, sufriera semejante oprobio. Sin él, no habría habido ningún «Viernes Santo», que es como los cristianos lo llaman con ingenuidad incluso cuando no tienen un ánimo vengativo.)

Hay una acusación (presente solo en uno de los cuatro evangelios) de que los judíos que condenaron a Jesús pidieron que su sangre recayera «sobre sus cabezas» durante las futuras generaciones. No es un problema que afecte solo a los judíos o a los católicos preocupados por la historia del antisemitismo cristiano. Supongamos que el sanedrín judío hubiera hecho realmente ese llamamiento, como Maimónides pensaba que hizo y debía hacer. ¿Cómo podría mantenerse de algún modo vinculado a las futuras generaciones? Recordemos que el Vaticano no afirmó que fueran algunos judíos los que mataron a Cristo, sino que quienes habían ordenado su muerte fueron los judíos y que el pueblo judío en su conjunto era portador de una responsabilidad colectiva. Parece estrafalario que la Iglesia no consiguiera abandonar la acusación de «deicidio» judío generalizado hasta hace muy poco. Pero la clave de su reticencia puede encontrarse con facilidad. Si se reconoce que los descendientes de los judíos no están implicados, resulta muy duro sostener que cualquier otra persona que no estuviera allí presente tampoco estaba implicada. Como suele suceder, una grieta en el tejido amenaza con romper toda la tela (o en convertirla en algo tejido y fabricado sencillamente por el hombre, como la vergüenza del sudario de Turín). En resumen: la colectivización de la culpa es intrínsecamente inmoral, como la religión se ha visto obligada a reconocer de vez en cuando.

El castigo eterno y las tareas imposibles

Cuando era niño, el episodio del huerto de Getsemaní del Evangelio me atraía mucho porque su «irrupción» en la acción y su llanto humano hacía que me preguntara si algo de aquel fabuloso drama podía ser al fin y al cabo cierto. Jesús pregunta de hecho. «¿ Tengo que seguir con esto?». Es una pregunta impresionante e inolvidable y hace mucho que decidí que de buena gana apostaría mi alma por la idea de que la única respuesta correcta a ella es «no». No podemos esperar, como si fuéramos campesinos atemorizados de la Antigüedad, cargar todos nuestros delitos en un chivo inocente y después arrojar al desventurado animal al desierto. Hay una expresión cotidiana bastante sensata que trata con desprecio la idea de ser un «chivo expiatorio». Y la religión nos convierte de forma muy acusada en chivos expiatorios. Yo pago tus deudas, amor mío, si tú has sido imprudente; y si yo fuera un héroe como Sidney Cartón en Historia de dos ciudades podría incluso cumplir tu condena u ocupar tu lugar en el patíbulo. Ningún hombre experimenta amor tan grande. Pero no puedo absolverte de tus responsabilidades. Sería inmoral por mi parte ofrecerlo e inmoral por tu parte aceptarlo. Y si se nos hace esa misma oferta desde otra época y otro mundo, a través de intermediarios y acompañada de incentivos, pierde toda su grandeza y se degrada en fantasias ilusorias o, peor aún, en una combinación de chantaje y soborno.

Blaise Pascal, cuya teología no carece de cierta sordidez, dejó incómodamente patente que todo esto era una degeneración absoluta rayana en el mero regateo. Su famosa «apuesta» lo plantea de forma un tanto charlatana: ¿qué tiene uno que perder? Si uno cree en él y se equivoca, ¿qué más da? En una ocasión escribí una réplica a este astuto texto de cobertura de apuestas que adoptaba dos formas. La primera era una versión de la hipotética respuesta de Bertrand Russell a una pregunta también hipotética: ¿qué diría usted si muriera y fuera llevado ante su Creador? ¿Cuál sería su respuesta? «Yo diría, ¡Oh Dios!, no nos diste suficientes pruebas». Mi respuesta: Imponderable señor, en virtud de parte de la fama que se te atribuye, no de toda, supongo que preferirías a un no creyente honrado y convencido antes que el fingimiento hipócrita e interesado de una fe falsa o los humeantes tributos de unos altares sangrientos. Pero no estaría tan seguro.

Pascal me recuerda a los hipócritas y los impostores que abundan en la racionalización talmúdica judía. No realices ningún trabajo el sabbat, pero paga a algún otro para que lo haga. Si uno obedece la letra de la ley, ¿a quién le importa? El Dalai Lama nos dice que se puede visitar a una prostituta siempre que sea otro el que la pague. Los musulmanes chiíes ofrecen «matrimonios temporales» vendiendo a los hombres la autorización para tomar una esposa durante una o dos horas profesando los votos habituales para después divorciarse de ella cuando han terminado. La mitad de los espléndidos edificios de Roma jamás se habrían erigido si la venta de indulgencias no hubiera sido tan lucrativa: la propia basilica de San Pedro se financió mediante una única ofrenda especial de este tipo. El actual Papa, el otrora Joseph Ratzinger, atrajo hace poco a los jóvenes católicos a un festival ofreciendo a quienes asistieran cierta «remisión del pecado».

Este patético espectáculo moral no sería necesario si las reglas originales fueran tales que se pudieran obedecer. Pero a los edictos totalitarios que comienzan con la revelación emanada de una autoridad absoluta, se imponen mediante el miedo y se fundan en un pecado que habría sido cometido hace mucho tiempo, se suman normas que a menudo son inmorales e imposibles al mismo tiempo. El principio esencial del totalitarismo consiste en promulgar leyes que sean imposibles de obedecer. La tiranía resultante es aún más impresionante si puede imponerse mediante una casta o partido privilegiado que vigila con mucho celo la detección del error. A lo largo de su historia la mayor parte de la humanidad ha vivido bajo una u otra modalidad de esta estupefaciente dictadura y una gran parte de ella todavía continúa viviendo así. Permítaseme aportar unos cuantos ejemplos de reglas que deben pero no pueden obedecerse.

El mandamiento del Sinaí que prohibía a las personas pensar siquiera en codiciar bienes constituye el primer indicio. El Nuevo Testamento vuelve a hacerse eco de él en el mandamiento que afirma que un hombre que piensa en una mujer de forma incorrecta ya ha cometido realmente adulterio. Y es casi igualado por la actual prohibición musulmana, y anteriormente cristiana, que impide prestar dinero obteniendo un interés. Todos ellos, en sus diferentes formas, tratan de imponer restricciones imposibles sobre la iniciativa humana. Solo pueden cumplirse de una de dos maneras posibles. La primera es mediante el azote y la mortificación continuos de la carne acompañados por una incesante lucha con los pensamientos «impuros», que se hacen realidad en cuanto son nombrados, o incluso imaginados. De ello se derivan confesiones histéricas de culpa, falsos propósitos de enmienda y sonoras y violentas denuncias de otros pecadores y reincidentes: un estado policial espiritual. La segunda solución es la hipocresía organizada, donde se rebautiza a los alimentos prohibidos con el nombre de otra cosa, o donde una donación a las autoridades religiosas sirve para alquilar un reservado, o donde la ostentación de la ortodoxia servirá para comprar algo de tiempo, o donde el dinero se puede ingresar en una cuenta y después recuperarse en otra, tal vez con un ligero incremento porcentual y de forma no usurera. A esto podríamos denominarlo «república bananera espiritual». Muchas teocracias, desde la Roma medieval hasta la actual Arabia Saudí wahabí, han conseguido ser al mismo tiempo estados policiales espirituales y repúblicas bananeras espirituales.

Esta objeción sirve incluso para algunos de los preceptos más nobles y fundamentales. La orden «Ama a tu prójimo» es dulce y sin embargo severa: es un recordatorio de nuestras obligaciones para con los demás. La orden «ama a tu prójimo como a ti mismo» es demasiado radical y demasiado enérgica para poder obedecerla, como también lo es la instrucción muy difícil de interpretar de amar a los demás «como yo os he amado». La constitución de los seres humanos impide que se preocupen por los demás tanto como por ellos mismos: eso sencillamente no se puede hacer (como cualquier «creador» inteligente habría comprendido muy bien tras estudiar su propio diseño). Instar a los seres humanos a ser sobrehumanos so pena de muerte y tortura es instar a una terrible autodegradación y al reiterado e inevitable fracaso a la hora de respetar las reglas. ¡Menuda mueca burlona, además, en el rostro de quienes aceptan los donativos en efectivo que se hacen para sustituirlo! La denominada Regla de Oro, a veces identificada innecesariamente con una leyenda popular sobre el rabino Hillel de Babilonia, simplemente nos anima a tratar a los demás como hubiéramos deseado que nos trataran ellos. Este precepto sobrio y racional que podemos enseñar a cualquier niño con su innato sentido de la justicia (y que es anterior a todas las «bienaventuranzas» y parábolas de Jesús) queda perfectamente al alcance de cualquier ateo y cuando se infringe no exige masoquismo e histeria, ni sadismo e histeria. Se aprende de forma gradual, integrada en la lenta y dolorosa evolución de la especie y, una vez captado, jamás se olvida. Bastará la conciencia ordinaria sin necesidad de que lo respalde ninguna cólera celestial.

Por lo que se refiere a las normas más fundamentales, solo es preciso consultar una vez más el argumento del diseño. La gente desea enriquecerse y prosperar, y aunque pueden muy bien prestar o incluso regalar dinero a algún amigo o pariente que lo necesite y no pedir a cambio nada más que se lo devuelvan en algún momento o que les den las gracias, no adelantarán dinero a un absoluto desconocido sin esperar algún interés a cambio. Por una bonita casualidad, la codicia y la avaricia son los acicates del desarrollo económico. Nadie que haya estudiado este tema desde David Ricardo hasta Karl Marx o Adam Smith ha dejado de ser consciente de este hecho. «No es la benevolencia» del panadero, señalaba Smith con su sagaz estilo escocés, la que nos procura el pan nuestro de cada día, sino su propio interés por cocerlo y venderlo. En cualquier caso, podemos optar por ser altruistas (lo que quiera que esto signifique), pero por definición no se nos puede obligar a ser altruistas. Tal vez fuéramos mejores mamíferos si no estuviéramos «hechos» así, pero nada puede ser sin duda más absurdo que tener un «creador» que luego te prohíbe el instinto que él mismo instiló en ti.

«Libre albedrío», responden los casuistas. Tampoco hay que obedecer las leyes que prohíben el asesinato o el robo. Bueno, uno puede estar genéticamente programado para hacer gala de determinadas dosis de agresividad, odio y gula, y no obstante también lo bastante evolucionado para tener cautela antes de dejarse llevar por cualquier impulso. Si nos entregáramos siempre a todos y cada uno de nuestros instintos más básicos, la civilización habría sido imposible y no existiría escritura con la que proseguir esta discusión. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que un ser humano, hombre o mujer, de pie o tumbado, ve que su mano llega justo hasta los genitales. Resulta útil sin duda para protegerse de agresores primitivos una vez que nuestros antepasados decidieron asumir el riesgo de ponerse en pie y exponer sus vísceras a las agresiones, y es al mismo tiempo un privilegio y una provocación negada a la mayoría de los cuadrúpedos (algunos de los cuales pueden compensarlo aproximando el hocico al mismo lugar al que nosotros podemos llegar con los dedos y las palmas de las manos). Ahora bien: ¿quién concibió la regla de que esta fácil aposición entre lo manual y lo genital estuviera prohibida, incluso como pensamiento? Por decirlo más claramente, ¿quién ordenó que se debe tocar (por otros motivos que no tengan nada que ver con el sexo ni la reproducción) pero también que no se debe? Ni siquiera parece haber aquí ninguna auténtica autoridad de las escrituras, y sin embargo casi todas las religiones han convertido esta prohibición en algo casi absoluto.

Podríamos escribir todo un libro dedicado únicamente a la grotesca historia de la religión y el sexo y al sagrado pánico al acto procreador y a los impulsos y necesidades asociados a él, desde la emisión de semen hasta la efusión de sangre menstrual. Pero un modo adecuado de condensar toda esta fascinante historia puede ser formular una única pregunta provocativa.


En Dios no es bueno

Descarga: Henry Miller - Nueva York ida y vuelta

Es verdaderamente fascinante cómo Henry Miller sabe crearse a voluntad el instrumento expresivo que se adapte con natural elasticidad a lo que tiene que decir en determinado momento. En este caso particular, el vehículo es una especie de carta-diario en la cual ha vertido torrencialmente de su memoria la sustancia vital o el costado insólito de una serie de experiencias cotidianas, vividas casi todas sobre el filo de la madrugada y en compañía de los más dispares, sórdidos o extraños personajes del secreto submundo neoyorquino. Miller es un hombre y un escritor impar, conectado a la vitalidad terrestre por varios cordones umbilicales y dotado de una percepción multifacetada pero justa, aunque nunca común, de los verdaderos valores existenciales de nuestro tiempo.

El descreído, insobornable autor de Trópico de Cáncer, Pesadilla de aire acondicionado, Nexus, Plexus, Sexus,Los libros de mi Vida y otras obras, tiene como permanentes compañeros de navegación, en Nueva York, ida y vuelta, los agridulces componentes de su intelecto: la ironía, la crítica implacable, el elogio generoso, el humor sin diques, el desprecio absoluto, la inocencia vital, el sarcasmo, la estremecida pero no sensiblera evocación de su juventud y sus luchas y, sobre todo, su indiscutible genio verbal. Así viaja en el «Champlain», de Nueva York a Europa, y absorbe tanto del aire del mar como de la respiración interior de los hombres y las cosas. Se siente un ser en marcha, al revés de ese neoyorkino que vive en una cadena de montaje, que tiene el mejor reloj, pero que ignora qué es el tiempo.

Miller ha dinamitado las bases del idioma meramente inteligible y lo ha trasmutado en material altamente comunicante. Es como él mismo dijo de su amigo Blaise Gondrars «un hombre realmente desplegado».


Ezra Pound en su laberinto

Por Juan Malpartida

Más allá de las adhesiones y rechazos que suscita, o tal vez por eso mismo, Ezra Pound es una de las figuras literarias que más estudios ha generado alrededor de su obra y persona. Juan Malpartida pone los puntos sobre las íes en este nuevo acercamiento al controvertido y genial poeta de Idaho.
Enero 2003

Ezra Pound (Hailey, Idaho, 1885-Venecia, 1972) fue un poeta de la estirpe de los viejos colonos y conquistadores de los Estados Unidos de América, tanto en el sentido literal (sus antepasados llegaron inmediatamente después delMayflower) como en el figurado: se internó en la literatura y la historia social y política de medio mundo como un aventurero que quisiera refundar (al darle un fondo lanzado hacia el futuro) su patria con los tesoros acaparados en sus apasionadas y no pocas veces confusas incursiones: tesoros formados de fragmentos, retazos de culturas y civilizaciones orillados a un canto inmenso y, tal vez, ilegible, quiero decir, un canto que no termina de revelar su rostro, si es que lo tiene. Pound fue esencialmente un poeta pero dedicó ímprobos esfuerzos a la crítica literaria y política, especialmente a ciertas ideas económicas relativas a la usura y el crédito social. No es muy seguro que de toda la obra ensayística pueda leerse con provecho más de un volumen de cierta extensión, y creo que el mismo T. S. Eliot lo vio así al publicar una antología de sus ensayos literarios que todavía hoy sigue reeditándose. En cuanto a sus miles de artículos sobre política y economía, sólo sirven para entender al personaje que los escribió, no a la realidad que tratan de designar. No se puede olvidar que fue, además, un animador cultural, en el mejor sentido de esta expresión: dio movimiento y alma a la poesía de lengua inglesa en un momento en que parecía estancada en el romanticismo tardío y el simbolismo. Y fue también algo poco habitual en el medio intelectual: un hombre generoso con muchos artistas y escritores. Esta generosidad tomó en ocasiones la forma de la colaboración, en el sentido mayéutico del término. Se recordará la frase suya relativa a su "lectura" deLa tierra baldía: "Ezra Performed the caesarean operation". Alguien dirá que no puede olvidarse su tarea de traductor: lo fue en un sentido profundo; entendió que la cultura es, si quiere estar realmente viva, traducción, y buena parte de su poesía es una prueba evidente de esta idea: traducir en él es volver a hacer nuevo, y no sólo traduce de otras lenguas sino de la propia. De cualquier manera, ahí están (Translations, 1953) las versiones y recreaciones (lecturas interesadas, en suma) de Cavalcanti, Arnaut Daniel, el teatro Noh y la poesía china, Catulo, Bertrand de Born, Ventadour y muchos otros que muestran, entre otras cosas, algo precioso: traducir no es un acto nostálgico de un texto previo definitivo, originario en el sentido ontológico, sino una búsqueda de formas y de sentidos a través de una herencia que se abre paso en el tiempo: en las nuevas obras. "Las historias de la literatura inglesa —escribió Pound, y nosotros podríamos añadir: la española— siempre saltan sobre las traducciones (supongo que será por un complejo de inferioridad); sin embargo, algunos de los mejores libros en lengua inglesa son traducciones". Esta sugerencia fue recogida en 1980 por Charles Tomlinson —un poeta que, muy lejos de los modales de Pound, retomó con destreza varias de sus enseñanzas relativas al verso— al editar The Oxford Book of Verse in English Translation.
     A diferencia de Eliot, no creo que fuera un lector agudo de la tradición literaria inglesa (ni de ninguna otra), pero es indudable que se le puede tener por un descubridor de lo que apenas se estaba haciendo entonces y un inventor de caminos no sólo en su propia obra sino en la de otros. Le interesaban las obras que se abrían, o parecían hacerlo, hacia el futuro. En cuanto al pasado, lo vio como una materia presente, viva, incluso a veces mostró una cierta petulancia en la que lo adivinamos tuteando a Platón, Dante y Confucio como si hubieran asistido con él al mismo colegio de Filadelfia. Hizo, para la lengua inglesa y tal vez para algunas otras, dos rescates fundamentales: por un lado, la poesía trovadoresca, especialmente Arnaut Daniel y Cavalcanti, y por el otro, la poesía china y japonesa, vía Fenollosa, de quien fue albacea literario. De la poesía japonesa aprendió una lección fundamental para su poética y que cerró las puertas a buena parte de la tardía retórica romántica y simbolista: la concisión, el tono directo y el simultaneísmo, procedimiento éste que se dio primeramente en la literatura francesa y en la plástica (cubismo) de los primeros años del siglo XX. Fue antirromántico, aunque un crítico inglés, F. R. Leavis, sugirió, creo que con alguna razón, que la Provenza de Pound es, a pesar de todo, una forma de evasión romántica ("Ezra Pound", recogido en Ezra Pound. A Collection of Critical Essays, ed. Walter Sutton, 1963). El mundo amoroso de los poetas provenzales, tan felizmente presente en Personae, volumen que recoge su poesía comprendida entre 1908 y 1920, fue motivo de numerosos estudios por parte de Pound, pero curiosamente no estudió la originalidad de su concepción amorosa. Hay que decir, además, que en la poesía provenzal Pound encontró la alianza entre música y poema, ya que se trataba de composiciones que solían cantarse, aunque no habitualmente por el poeta, acompañadas de algún instrumento. ¿La poesía provenzal fue el romanticismo que Pound quiso desechar de sí? La idea es arriesgada porque, salvo lo esencial de la concepción amorosa, las características de ambos momentos literarios son muy distintas.
     Aunque le interesó la novedad no fue ciego a la superstición de la misma, y ya muy tempranamente se dio cuenta de que el pasado (Dante, por ejemplo) podía ser cualquier cosa menos sinónimo de ignorancia. No fue con la historia pasada ni jactancioso ni nostálgico. De educación presbiteriana, Pound evoluciona hacia un escepticismo trufado de paganismo, peleado, especialmente a partir de los años veinte, con el catolicismo y el judaísmo. Como Hemingway, Joyce, Eliot y algunos otros, fue un americano que buscó y se buscó en Europa, pero no en Francia, Inglaterra o España sino en Italia, una Italia musoliniana y trovadoresca en la que pergeñó una épica antinarrativa, un paraíso y un inferno de la modernidad que tituló The Cantos,compuesto por 117 fragmentos de gran extensión, usando un sistema verbal de elisión y síntesis extremas. Cantos, oCantares (como le dijo Pound a Vázquez Amaral que debía traducirse al español), fue una de las más grandes tentativas poéticas del siglo XX, por eso su fracaso —para los que piensan, y me cuento entre ellos, que no es una obra lograda— es tan digno. No cualquiera puede fracasar así. La carencia de sentido, de forma, de coherencia en suma, le fue criticada desde muy temprano, aunque pocos fueron insensibles a la profunda belleza de algunos de los cantos, o de momentos de éstos.
     Ezra Pound fue el más americano de los poetas del siglo XX. Sólo Walt Whitman ("We have one sap and one root", dijo de él en un poema de Personae) tiene en buena medida el mismo perfil. Los dos se empeñaron en un cantar de gesta, sólo que el poema de Pound es un poema crítico, una revuelta, por momentos de gran acritud, contra la modernidad, justo la que Whitman parece encarnar en susHojas de hierba. La confianza en la democracia americana de Whitman es en Pound recelo y, quizás, nostalgia de la sociedad estamental (su periodo más querido puede situarse en la Italia del final del Medioevo y comienzo del Renacimiento). Criticó, dentro y fuera de este poema, con obsesión rayana en la locura, lo que él conceptuó como usura con una actitud generosa, ingenua y reaccionaria. Dicha generosidad fue en cierta medida ciega y obtusa: veía su idea pero no la realidad, hasta el punto de que la idea le impidió ver a los otros y a la historia de gran parte de su siglo. No puede decirse que desde 1945 hasta 1972 (casi treinta años), a pesar de las revelaciones sobre la verdad del fascismo, del nazismo y del comunismo, se hubiera dado en él una reacción intelectual responsable. A los 72 años confesó en una entrevista que "El mundo contemporáneo no existe. No existe nada que no esté en relación con el pasado y con el futuro. El mundo actual es una fusión, un arco en el tiempo". Aunque esta frase está dicha dentro de una confesión mayor de ignorancia y error respecto a sus ideas y su aventura poética, creo que su sentido apunta a una actitud intelectual poco novedosa en él: desde una perspectiva política sus Cantos quizás estén demasiado inclinados hacia el futuro, en menoscabo del tiempo presente, que siempre suele ser más vital, ambiguo, reticente y melancólico. Sin embargo, ese desafío hercúleo y mefistofélico no debe leerse, finalmente, como un texto político sino como lo que es, un poema capaz, cuando lo logra, de convertir los errores en imágenes, en ritmo, y así trascender las ideas en presencias más allá del error y del acierto. No discutimos las verdades políticas, históricas y filosóficas de Homero o Dante, aunque podamos tenerlas en cuenta cuando tratamos de entender asuntos como la política, la historia y la filosofía, pero difícilmente accederemos a entender esos poemas si los leemos con Sócrates y le pedimos a Homero que se atenga a la lógica (filosófica) o con Russell e, instalados en el primer tercio del siglo XX, exigimos razones al catolicismo de Dante. Con esto no quiero decir que el hombre Ezra Pound esté más allá de un intento por parte de cualquier lector de comprender sus móviles e ideas, sus conocimientos e ignorancias, sino que al acercarnos a aquello que realmente lo hace o lo puede hacer permanente (trascendiendo su biografía) nos vemos empujados a aproximarnos más y más al núcleo resistente de su escritura: la poesía.
     Es admirable, e inolvidable —no tanto por su valor conceptual o analítico como por su gesto—, un artículo que Pound publicó en la revista Poetry, en junio de 1916, respondiendo a alguien que había escrito que la poesía se escribe para entretener: "¿Acaso ha leído quien afirma estoThe Seafarer en anglosajón? ¿Nos quiere decir el autor para quién fueron escritas estas líneas, únicas entre las obras de nuestros antepasados que se pueden comparar con Homero..., para el entretenimiento de quién? No se hicieron para entretener a nadie, sino porque un hombre que se aferraba al silencio no pudo dejar de hablar". ¿No es admirable? ¿No lo es más en un tiempo, el nuestro, tan obsesionado con entretenernos a costa de nuestras propias vidas y a cambio de nada? No estoy en contra de la distracción, pero no quiero dejar de expresar mi sospecha de una cultura empeñada en distraernos. Para los muy dados a la distracción les pondré un ejemplo de lo que trato de decir: el sultán se distrae con los cuentos de Sherezade, pero Sherezade, con sus cuentos, se recrea: salva su vida diariamente; por eso, como el marino de The Seafarer ,"no pudo dejar de hablar".
     Pound y Eliot no se preguntaron mucho acerca de qué fuera el arte y la poesía; ambos prestaron más atención a cuestiones formales y temáticas. En concreto, Pound fue un gran entendido en estilística y retórica, y en este sentido se explica su alto interés en una pequeña e inacabada obra de Dante: De Vulgaris Eloquentia. En "El arte de la poesía", comprendido en Literary Essays of Ezra Pound (ny, 1954), dejó claro que detestaba escribir acerca del arte pero fue maestro, como he señalado, de muchos, y quizás no fuera necesario recordar la famosa dedicatoria de Eliot (il miglior fabbro) para, desde una gran autoridad, valorar su habilidad en el manejo del verso. No puede decirse lo mismo en el campo de la prosa, quizás porque la prosa es más mental y exige una mayor coherencia lógica. Pound podía ser prosaico pero no escribir verdaderamente en prosa. Se interesó vivamente por la épica, y de hecho fue una de sus grandes pasiones como lector y estudioso, pero en realidad lo que le define no es la gesta como la lírica. Pound, que también fue músico y un gran amante de la música (sobre la que también tuvo muchas opiniones), creía en la existencia de un "ritmo absoluto" y que por lo tanto el poeta debía buscar el ritmo que correspondiera a la emoción que quisiera expresar. Su obsesión con la música del verso fue tan profunda que a veces llega a convencernos de que la música del verso es ajena a su significado (alianza entre la imagen, el nivel semántico y el rítmico), es decir, que podría leerse un poema sin entenderlo, lo que es una verdadera necedad: la música verbal de un poema, ajena a su entendimiento, es incomparable a cualquier música de mediano valor. Quizás la riqueza de vocales de la lengua inglesa y su ágil articulación casi monosilábica hayan tendido a equivocar —en este sentido— a más de un poeta de esa lengua.
     Pound creyó en la poesía, creo que por encima de cualquier cosa, salvo algún periodo de obsesión política en su primera etapa italiana. Quizás no tuvo grandes ideas sobre la poesía: repitió una y otra vez estas características que consideraba necesarias para el arte venidero: economía verbal, capacidad sintética, dureza, un rigor relacionado con su verdad y no con la proliferación retórica y el lujo verbal. Acaso por ello, exagerando un poco, escribió Stephen Spender en su diario de 1953: "Sus ideas generales sobre poesía son negativas, estériles y secas. La poesía debe ser concentrada y dura, afirma, pero muy poco más". Ciertamente, con estas premisas, aunque no sólo con éstas, se puede escribir toda la obra de Hilda Doolittle, y La tierra baldía, de Eliot, pero no Anábasis, de Perse, Poeta en Nueva York de Lorca o las novelas de Stendhal (sí Madame BovaryTres cuentos de su admirado Flaubert).
     Antes que Borges, dijo esta frase humilde en la que se expresa el orgullo de un verdadero lector: "Es de enorme importancia que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba". Buscó en su poesía y en la de sus coetáneos, con furia vanguardista, la precisión y lo definido (enseñanza que le agradeció Yeats), y aquello que, en línea con Antonio Machado, se denomina señal del tiempo. Pound hablaba refiriéndose tanto a la naturaleza externa como a la emoción, pero como testimonios oculares o síntomas de primera mano. La falta de temporalidad, por decirlo de manera abstracta, es lo que Machado le criticaba a buena parte del barroco y de la poesía moderna, que él denominaba del "nuevo gaitrinar". Por eso Pound reivindica a Daniel y a Cavalcanti y no digamos ya a François Villon, frente a lo que entendía como vaguedad en la poesía victoriana. Y antes que éstos a Catulo, Ovidio y Propercio, tres latinos muy presentes en algunos cantos. En fin, no es el lugar de continuar con sus gustos y disgustos, con sus imperdonables condenaciones (la de Baudelaire) o sus exageradas exaltaciones (la de Gautier, por ejemplo). Sí habría que decir que sus gustos suelen ser coherentes, tanto como sus disgustos, asistidas la afirmación y la negación por una percepción excesivamente nítida de lo que debía ser y no debía ser la literatura.
     Ezra Pound es un poeta con unos principios tan firmes como un moralista. Supo, desde muy temprano, lo que se debía hacer. Tuvo carácter y talento de líder en una época de ruptura, lanzada hacia nuevos órdenes estéticos y poéticos. Sin embargo no siempre fue el mejor maestro para su propia obra, algo que vio tempranamente su amigo Yeats. Mucho más tarde, Octavio Paz insistió en que Los Cantos no tuvieron el lector que sí tuvo La tierra baldía.Quizás se debió a que Pound era más creativo —se entiende que exagero un poco— cuando trabajaba haciendo palimpsestos, es decir sobre textos previos. En Personae, varios de los momentos más perdurables son traducciones, recreaciones de poetas provenzales, de Cavalcanti, de Catulo o de poesía china. A esto se puede contraponer algunos poemas de Lustra (1913-15) o el bellísimo Hugh Selwyn Mauberly (1920), que numerosos críticos han señalado como antecedente de La tierra baldía (1922) y en el que es visible, al contrario, un poco de la atmósfera y de ciertas líneas de Prufrock. Aunque no hay que engañarse. Eliot, otro enmascarado y señor de metamorfosis, tomó del poema de Pound y de otros tantos lo que le vino bien para su obra, pero la comparación entre ambos no resiste un análisis profundo: Pound no tuvo las preocupaciones religiosas y antropológicas que tuvo Eliot. La Roma cristiana de Eliot se llama en Pound Confucio, y, aunque admiradores ambos de Dante, lo hacen por razones no siempre parecidas, cuando no claramente divergentes. Los dos fueron críticos con su tiempo, pero Eliot vio la ausencia de alma en el mundo moderno, mientras Pound criticó con verdadera obsesión la falta de generosidad y la rapiña no tanto en la gente común como en los políticos y financieros. Confuciano, Pound creía en una verdadera reforma de nuestro sistema social, basada en unas cuantas ideas éticas y un puñado de teorías sobre el dinero. Pound, incluso en los momentos más confusos de su vida, y tuvo varios, creyó en la capacidad transformadora del amor. Fue un poeta amoroso, algo que no podemos decir de Eliot. En éste hay pequeñas visiones del amor, pero perdidas en un mundo seco o bien salvado por la religión. En Pound no hay religión, salvo la de la poesía. En fin, esto y muchas otras cosas no nos permiten hablar de verdadera influencia.
     The Cantos ha sido una realidad problemática en la literatura del siglo XX. Sin duda contiene varios momentos de poesía verdadera, pero la mayor parte de sus más de setecientas páginas —que se convierten en más de dos mil en cualquier edición mínimamente anotada— es ilegible o intrascendente. Es, curiosamente, uno de los pocos poemas modernos que no pueden leerse sin un inmenso aparato de explicaciones. Es cierto que ha alimentado a muchos profesores pero, en cambio, a muy pocos poetas. El hermetismo de buena parte de este texto no le viene de que la realidad sea oscura o requiera una iniciación en el lector que lo transforme, intelectual, sensiblemente, en el lector que el poema requiere, sino de un procedimiento erudito basado en la referencia velada o elidida que una vez reconstruida no tiene más valor que si hubiera sido dicho en buena prosa. Su sistema, inspirado en la poesía china, o más exactamente en el sistema pictográfico de la lengua china, enfrenta sobre un plano realidades diversas, elidiendo los nexos y buscando un alto grado de síntesis. De esta manera, Pound nos cuenta, haciendo uso abusivo de textos previos (de nuevo: el palimpsesto), la vida de Malatesta y las perversas acciones de los Sforza, los Médicis, etcétera, o parafrasea para mostrarnos a Kublai Khan El libro de las maravillas de Marco Polo. Usa el mismo procedimiento en los capítulos en que revisa críticamente los milagros y pecados de algunos de los "Padres Fundadores" de la república americana, o bien en los muchos cantos dedicados a la historia de China, tomada, capítulo a capítulo, principalmente, de la obra del jesuita francés Père Joseph-Anne-Marie de Moyrac: Historia general de la China. Algún sinólogo dijo, contra cualquier observación sensata, que era la mejor introducción a la historia de este pueblo que se podía leer. No quiero ni pensar cómo serían sus clases si Pound le parecía claro. Como boutade puede ser admitida, pero no podemos admitirle ninguna otra licencia. Nada de esto podría ser considerado una crítica si el resultado fuera excelente poesía, pero no lo es: no lo es buena parte de esta obra en la que se salvan, como conjuntos, cantos como el ii (en el que el tema de la metamorfosis se expresa con una fuerza imaginativa asombrosa), el XLV y, dentro del conjunto final, donde la calidad y el sentido poético son más evidentes, el famoso CXVI. Pero estos cantos, y algunos más (no trato de ser exhaustivo en mi selección), al rescatarlos, desgajándolos de un conjunto que no termina de revelar su sentido, no hacemos otra cosa que alzarlos de manera crítica contra buena parte de los demás en los que, en realidad, Pound se dedica durante páginas y páginas a pegar recortes de frases, de manera literal o casi, apoyándose en su gran facilidad para usar el verso libre. Algunos críticos, bien intencionados, han discutido sobre cuál sea el tema de esta inmensa obra, o bien su coherencia. Cuando esté puesta la última pieza, todo encajará, dijo Hemingway con verdadera amistad; otros sospecharon que era una huida hacia adelante. Un número grande de profesores y de poetas que juran sobre el tocho de los cantos sin haberlo leído (en el doble sentido del término) pone los ojos en blanco ante el nuevo traje del emperador. No hay por qué cerrar los ojos: Pound es autor de diez o doce poemas, contenidos en Personae, realmente memorables, un conjunto de traducciones que tampoco podemos separar de sus mejores y más personales logros, además de los fragmentos citados de su obra (pretendidamente) magna. No es necesario, pues, admirarlo por lo que no logró hacer. El citado canto CXVI resume, retomando Pound todos sus poderes de poeta, lo que fue su aventura: "La belleza no es locura/ Aunque yo esté rodeado por mis errores y mis ruinas". ~


Ezra Pound: santo laico, poeta loco

El escritor demostró desde el principio que su audacia literaria no tenía límites. Y su alma, entre el egocentrismo legendario y la generosidad sin límites, tuvo siempre dos vertientes: una le llevaba a la santidad; otra, a cometer cualquier bajeza

La mezcla de un santo laico y de un poeta loco da como resultado un profeta. Hubo uno que se llamó Ezra Pound. Nació por casualidad el 30 de octubre de 1885 en el poblado perdido de Hailey, en Idaho, profundo Oeste de Norteamérica, donde su padre fue a inspeccionar una mina de oro de su propiedad, pero a los seis meses lo devolvieron a Nueva York y allí paseó la adolescencia como un perro urbano sin collar ni gloria alguna. Se licenció en lenguas románicas por la Universidad de Pensilvania. Fue maestro de escuela, recusado muy pronto por raro. Tuvo una primera novia, Mary Moore, que un día le preguntó por su casa. Ezra contestó que su casa era solo su mochila y cargó con ella. Cuando su madre, Isabel Weston, abandonada por el marido, se recluyó en un asilo, el poeta, con 20 años, cogió los bártulos y se fue a Inglaterra en busca de los escritores y otros colegas que admiraba, Joyce, D. H. Lawrence, Eliot, Yeats, y compartió con ellos la admiración con la emulación, alimentado solo con patatas. Desde el principio demostró que su audacia literaria carecía de límites. Yeats le entregó unos poemas para que los mandara a la revista Poetry de Chicago y el joven discípulo se permitió corregirle algunos versos de propia mano antes de ponerlos en el correo. Después del ataque de cólera, Yeats admitió que las correcciones habían mejorado el original y añadió: "Ezra tiene una naturaleza áspera y testaruda, y siempre está hiriendo los sentimientos de las personas, pero creo que es un genio".

Se consideraba un hombre reducido a fragmentos e imaginaba el universo como un poema roto. Para recomponerlo lo reducía todo a poesía

"Tiene una naturaleza áspera y testaruda, y siempre está hiriendo los sentimientos de las personas, pero creo que es un genio", dijo Yeats
Parece que este zumbado vino al mundo, como los fieros catequistas, con el único propósito de hacer cambiar de opinión o de convencer de algo inútil a cuantos le rodeaban, siempre y en cualquier lugar, un empeño que estuvo a punto de llevarle ante el pelotón de fusilamiento. Fue uno de esos tipos que luchan denodadamente a lo largo de la vida para alcanzar el propio fracaso y no cesan de combatir hasta conseguirlo. Ezra Pound inició su aventura literaria en Londres, la siguió en el París de entreguerras, luego en Rapallo, después en el manicomio penitenciario de St. Isabel en Washington, donde estuvo condenado 12 años por traición a la patria, y finalmente entregó su alma atormentada en Venecia el 1 de noviembre de 1972.
La primera regla era hacerse notar, bien por la suprema actitud de desvivirse siempre por sus colegas, bien por cometer cualquier excentricidad que le hiciera visible en todo momento, entre aristócratas y bohemios. Durante un banquete en Londres en homenaje a D. H. Lawrence, sintió que Yeats estaba acaparando toda la atención. Para contrarrestar esta pequeña gloria, a la hora de los postres Ezra Pound se comió un tulipán rojo del ramo que adornaba la mesa y viendo que no era suficiente con uno se comió otro más y no cesó de comer flores hasta reclamar todas las miradas. Total para nada, pero al final en aquel banquete levantó una buena pieza, la que sería su mujer, Dorothy, hija de la aristócrata Olivia Shakespear, amante de Yeats.
Se consideraba un hombre reducido a fragmentos e imaginaba el universo como un poema roto. Para recomponerlo lo reducía todo a poesía, su propia vida, las noticias de los periódicos, los datos de la economía, los episodios de la Biblia, las cotizaciones de Wall Street, los partes meteorológicos, la filosofía de Lao Tse, el carro de la basura, la gloria de los griegos y todos los desechos de la historia. Metabolizaba textos ajenos, aspiraba el detritus que el ganado humano iba dejando a su paso y convertía cada mínimo excremento en una punta de diamante, como si recogiera todo el material que había quedado fuera de la Divina Comedia para someterlo a ritmo interno y forma libre.
Pero en medio de esta elevada vorágine del espíritu tuvo una bajada. Un día se hartó de ser pobre y volvió a Nueva York tentado por el dinero crudo. A medias con un socio tostado como él emprendió un negocio de medicamentos antisifilíticos para vendérselos a los ricachones de África. La ruina le llevó de nuevo a la poesía y esta al París del Barrio Latino, años veinte, y allí formó parte de la Generación Perdida en torno a la gallina clueca de Gertrude Stein y de la celeste librera Sylvia Beach, junto con Dos Passos, Scott Fitzgerald y la recua de pintores de Montparnasse. Aunque Hemingway había dicho que Ezra tenía ojos de violador fracasado, luego en 1925 escribió: "Pound, el gran poeta, dedica una quinta parte de su tiempo a su poesía y emplea el resto en tratar de mejorar la suerte de sus amigos. Los defiende cuando son atacados, hace que las revistas publiquen obras suyas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Vende sus cuadros. Les organiza conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores acepten sus libros. Los acompaña toda la noche cuando aseguran que se están muriendo y firma como testigo sus testamentos. Les adelanta los gastos del hospital y los disuade de suicidarse. Y al final algunos de ellos se contienen para no acuchillarse a la primera oportunidad". De hecho Pound reunió el dinero que permitió a Joyce terminar el Ulises, aunque luego no pudiera soportar la fama que estaba acaparando el libro. Antes ya le había ayudado a publicar Retrato de artista adolescente por capítulos en la revista americana The Egoist.
Entre su egocentrismo legendario y la generosidad sin límites, el alma de Ezra Pound tuvo siempre dos vertientes: una le llevaba a la santidad; otra, a cometer cualquier bajeza. De la misma forma que no encontraba barrera alguna entre la prosa y el verso, tampoco distinguió el judaísmo de la usura y la estética fascista de la redención de la especie humana. Un día le dio por la economía y la política y la emprendió con ellas como un filósofo individualista, esteta desesperado, socialista aristocrático y anticapitalista. Había asistido a la marcha de Mussolini sobre Roma. Comenzó a clamar contra los que se lucraban con el trabajo ajeno, y su propia exaltación poética le llevó a atacar la plusvalía y los préstamos usureros que practicaban los judíos. De pronto, en 1939 se encontró ante un micrófono en Italia transmitiendo por Radio Roma alegatos fascistas contra su propio país, primero bajo su firma, luego con soflamas anónimas. Cuando el Ejército norteamericano invadió Italia, el poeta fue apresado y primero lo exhibieron públicamente en una jaula como a un mono durante varias semanas en Pisa. Después lo llevaron a Washington para ser juzgado como traidor a la patria. Los amigos le echaron una mano. Se prestaron a testificar que ya era un demente en Londres y en París. El juez asumió estos testimonios en su veredicto y lo salvó de morir fusilado a cambio de pasar 12 años encerrado en un manicomio. Y al final de esta condena un juez llamado Bolitha J. Laws, en 1958, lo volvió a declarar loco, pero inofensivo, y lo dejó en libertad, con la barba ya florida de ceniza. Y entonces Pound anunció: "Cualquier hombre que soporte vivir en Estados Unidos está loco" y se fue a Italia. Murió en Venecia a los 87 años en brazos de su hija. Poco antes se paseaba por el jardín entonando sus excelsos cantares rotos e inconexos como si aún estuviera exhibido en público como un mono en la jaula. En realidad solo fue un incendiario que trató de quemar el mundo con sus versos.
http://elpais.com/diario/2010/07/24/babelia/1279930366_850215.html





Tres poemas de Ezra Pound
 Traducción: Andrés A. Ugueruaga


“Simplemente quiero una nueva civilización...”. Vaya personalidad la del dueño de esta leyenda. Se trata de Ezra Pound: el poeta norteamericano que viajó a Europa para buscarse a sí mismo. El poeta que en la Italia del Duce se convirtió en “el fascista de izquierda”; fue la celebridad que ayudó a difundir los libros de James Joyce, y la de sus pares como Robert Frost, William Carlos Williams o Rabindranath Tagore, entre otros; también a poetas chinos como Li Po; el poeta de vanguardia por excelencia que quería traducir Horizon Carré de Vicente Huidobro.

Su producción como poeta ha sido vasta: Personae (1909), Provença (1910), Canzoni (1911), Sonetos y baladas de Guido Cavalcanti (1912), Cathay (1915), Lustra (1916) y Hugh Selwyn Mauberley (1920), Cantos pisanos (1949) y los Cantares (1956). Más allá de sus célebres y desacertadas preferencias políticas (las cuales le valieron un verdadero infierno), ¿cabe decir que su obra es la síntesis de muchos años de poesía, la depuración máxima tras siglos de labor, la síntesis de varias tradiciones, la depuración estilística al extremo? A menudo sus versos me hacen recordar las pretensiones de Joseph Joubert: dejar que sus nubes se amontonen y condensen. La univocidad, la precisión y la claridad como sus mayores rasgos, lejos de cualquier sentimentalism0. Como pocos ha revolucionado la poesía: condensó al máximo cada palabra, consiguió comunicarnos más mediante sus poemas, ha hecho hablar de alguna manera al silencio.


En su libro de ensayos El ABC de la lectura, fiel a su estilo, escribió: “La gran literatura es sencillamente el idioma cargado de sentido hasta el grado máximo (...). Empiezo con la poesía pues es la forma más concentrada de la expresión verbal”. He traducido algunos de sus poemas breves, en donde creo advertir sus piezas mejor logradas. Además de sus poesías, Pound nos ha dejado tres libros como ensayista: el ya citado El ABC de la lectura, El ABC de la economía y Cómo leer.

Ezra Loomis Pound nació en Hailey (Idaho) en 1885 y falleció en Venecia en 1972.


La chica
El árbol ha penetrado mis manos
La savia ha remontado mis brazos,
El árbol ha crecido en mi pecho
Hacia abajo,
Las ramas salen de mí, como brazos.
Árbol tú eres,
Musgo tú eres,
Eres las violetas con el viento encima de ellas.
Una chica —muy alta— tú eres,
Y todo esto es locura para el mundo.

The Girl
The tree has entered my hands,
The sap has ascended my arms,
The tree has grown in my breast —
Downward,
The branches grow out of me, like arms.
Tree you are,
Moss you are,
You are violets with wind above them.
A child —so high— you are,
And all this is folly to the world.


Una canción de progresiones
I
Descanso entre colores chinos
Porque pienso que el vidrio es vil

II
El viento se sacude sobre el centeno —
con un combate plateado,
Una escuálida guerra de metal.
He sabido de un redondel dorado
Lo he visto derretirse sobre mí
He conocido el sitio de piedras brillantes
El recinto de colores diáfanos.

III
¡Oh vidrio! ¡insidioso mal!, ¡Oh confusión de colores!
Oh luz encadenada y corrupta en espíritu de cautivo,
¿Por qué estoy inquieto? ¿Para qué fui tirado?
¿Por qué está tu brillo lleno de curiosa desconfianza?
Oh vidrio insidioso y tímido. ¡Oh explosivo oro!
Oh filamentos de ámbar, con dos caras tornasoladas.

A Song Of The Degrees
I
Rest me with Chinese colours,
For I think the glass is evil.

II
The wind moves above the wheat —
With a silver crashing,
A thin war of metal.
I have known the golden disc,
I have seen it melting above me.
I have known the stone-bright place,
The hall of clear colours.

III
O glass subtly evil, O confusion of colours!
O light bound and bent in, soul of the captive,
Why am I warned? Why am I sent away?
Why is your glitter full of curious mistrust?
O glass subtle and cunning, O powdery gold!
O filaments of amber, two-faced iridescence!


Griego
Vive en mí como las atmósferas inmortales
del desamparado viento, y no
Como temporales objetos que son —
el regocijo de las flores.
Me retienen en la fuerte soledad
de peñascos sin soles
Y de aguas grises.
Que los dioses nos hablen mansamente
En los días por venir,
Las sombrías flores del Orco
Te conmemoran.

Greek
Be in me as the eternal moods
of the bleak wind, and not
As transient things are —
gaiety of flowers.
Have me in the strong loneliness
of sunless cliffs
And of gray waters.
Let the gods speak softly of us
In days hereafter,
the shadowy flowers of Orcus
Remember thee.

 http://www.letralia.com/transletralia/pound/01.htm

7 POEMAS DE EZRA POUND



Francesca


Saliste de la noche
y había flores en tus manos,
ahora saldrás de una muchedumbre,
de un tumulto de dichos sobre vos.

Yo que te ví entre las cosas primordiales
me enojé cuando pronunciaron tu nombre
en lugares comunes.
Yo quisiera que las olas frías fluyeran en mi mente,
y que el mundo se secara como una hoja muerta,
o una semilla de diente de león y así fuese barrido,
para volver a encontrarte,
a solas.




Una chica

El árbol ha entrado por mis manos,
la savia ha subido por mis brazos,
el árbol ha crecido en mi pecho –
hacia abajo,
las ramas salen de mí, como brazos.

Árbol eres,
musgo eres,
y las violetas en el viento.
Un niña – tan alta- eres,
Y para el mundo todo esto es un delirio.




Δώρια 

Sé en mí como el ánimo eterno
del viento frío, y no
como las cosas efímeras—
regocijo de flores.
Tenme en la intensa soledad
de los riscos sin sol
y de las aguas grises.
Deja que los dioses hablen de nosotros en voz baja
de ahora en más,
y que las flores sombrías de Orco
te recuerden. 


*


Y los días no son tan plenos
Y las noches no son tan plenas
Y la vida se desliza como un ratón de campo
     Sin agitar la hierba.





Meditación

Cuando considero detenidamente las costumbres curiosas de los perros
me veo obligado a concluir
que el hombre es el animal superior

Cuando considero las costumbres curiosas de los hombres
te confieso, amigo, que estoy desconcertado.




El Encuentro

Mientras estuvieron hablando de la nueva moral
Sus ojos me exploraban.
Y cuando me levanté para irme
Sus dedos fueron como el tissue
de una servilleta de papel japonés.



Erat Hora

“Gracias, que sea lo que sea.” Y se volvió
y, como se desvanece un rayo de sol
sobre las flores suspendidas cuando el viento las mueve,
rápido se alejó de mí. No, sea lo que sea
una hora fue soleada y los dioses más altos
no pueden jactarse de mejor cosa
que de haber visto esa hora mientras pasó.