No puedo imaginar lo que representa vivir confinado, afrontando cada día la posibilidad de morir por cualquier nimiedad. No logro concebir el temor, la inseguridad, la indefensión del que ha sido deportado a un campo de concentración por atreverse a desafiar a un Estado totalitario, pertenecer a una minoría racial o haber deslizado una frase imprudente en un lugar público. La delación es uno de los pilares de los regímenes que utilizan el terror para intimidar y silenciar a los ciudadanos. En mi jardín, hay una valla metálica que permite contemplar la estepa castellana, con sus planicies interminables y sus austeros pedregales. Cuando llueve, los campos de trigo y cebada se transforman en barrizales, que convierten cualquier paseo en algo penoso e ingrato. En Si esto es un hombre (1946), Primo Levi relata que en Auschwitz les entregaban como único calzado unos incómodos zuecos. Era una forma de tortura y humillación, pues enseguida se formaban llagas y cada paso representaba una pirueta grotesca, que despertaba las burlas de los kapos y los SS. Puedo representar esa vivencia, pero no apropiármela, pues se halla fuera del campo de mis experiencias personales.
La Shoah ya no es un simple acontecimiento histórico, sino una nueva categoría cultural que no cesa de inspirar libros, películas, cuadros y cómics. A veces, el tema produce hastío, pero el compromiso moral con las víctimas nos exige que no rehuyamos su dolor. La memoria es nuestro deber con los muertos, particularmente cuando han perdido la vida de una forma injusta y cruenta. Por desgracia, las víctimas del Gulag han sido relegadas a un trágico segundo plano. De hecho, algunos se ofenden cuando se establecen analogías con el Lager nazi. Son muchos los que ignoran que el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin incluyó la entrega de los comunistas alemanes refugiados en la Unión Soviética. Para la mayoría, significó pasar de un campo de concentración a otro, pues ya cumplían condenas por «trotskistas» o «actos contrarrevolucionarios». Es el caso de Margarete Buber-Neumann, que pasó dos años en Siberia por ser la «esposa de un enemigo del pueblo» y cinco en Ravensbrück, el mayor campo de concentración de mujeres en suelo alemán. Su marido era el comunista alemán Heinz Neumann, fusilado en 1937 por las autoridades soviéticas. Nunca le comunicaron la noticia, ni le informaron sobre el paradero de sus restos.
La crisis económica que empezó en 2008 ha propiciado el regreso del estalinismo. Es un fenómeno marginal, pero inquietante. Los que alaban su legado se apoyan en las tesis revisionistas del historiador belga Ludo Martens, que intentó rehabilitar al dictador georgiano en Otra mirada sobre Stalin (1994). Martens se define como «prosoviético», «prochino», «procubano» y «proalbanés», intentando unificar las cuatro grandes tendencias del marxismo-leninismo, y acusa a Aleksandr Solzhenitsyn de ser el portavoz de burgueses, zaristas, pronazis, explotadores, kulaks y mafiosos, una insignificante minoría que «sufrió la legítima represión de un Estado socialista». En Tierras de sangre(2011), el historiador Timothy Snyder ofrece una versión mucho más creíble, después de exhumar archivos y leer cuidadosamente documentos desclasificados. Entre 1932 y 1933, murieron en Ucrania unos 3,3 millones de personas por inanición o por enfermedades relacionadas con el hambre. El censo soviético de 1937 reflejaba un descenso de ocho millones en las poblaciones de Ucrania, Kazajistán y Rusia. Stalin ordenó que se destruyeran los datos y se fusilara a los demógrafos implicados en la investigación. La colectivización forzosa, responsable de este genocidio, incluyó la requisa de las semillas de siembra, base de la agricultura y elemento básico de la supervivencia. Arthur Koestler viajó a la Unión Soviética con el firme propósito de contribuir a la construcción del socialismo, pero en la estación de Járkov presenció los efectos de la colectivización y la lucha contra los kulaks: niños con la apariencia de «embriones extraídos de frascos de alcohol», madres campesinas acercando «a las ventanas del vagón a horribles criaturas de enormes cabezas bamboleantes, miembros como palillos y vientres hinchados». Abundaron los casos de canibalismo: «Madre dice que, si se muere, nos la comamos». Muchos niños ucranios escucharon este terrible consejo. Después de la gran hambruna (también conocida como Holodomor), las calamidades prosiguieron con el Gran Terror. Entre 1937 y 1938, cerca de setecientos mil ciudadanos soviéticos fueron ejecutados sumariamente. El 7 de noviembre de 1937, vigésimo aniversario de la revolución bolchevique, Stalin hizo un brindis anunciando claramente sus intenciones: «Destruiremos sin piedad a todo aquel que, por sus hechos o por sus pensamientos –sí, ¡sus pensamientos!– amenace la unidad del Estado socialista. ¡Por la completa destrucción de todos los enemigos, de ellos y de su estirpe!» En los meses siguientes, se ejecutó a la mitad de los generales del Ejército Rojo y a noventa y ocho de los ciento treinta y cuatro miembros del Comité Central que habían participado en el congreso del Partido de 1934. Stalin autorizó personalmente el uso de la tortura el 21 de julio de 1937. Las troikas –tribunales compuestos por tres comisarios políticos– celebraban farsas judiciales a un ritmo de setenta causas a la hora. En Omsk se llegó a sentenciar a 1.301 personas en una noche. Los verdugos eran siempre agentes del NKVD, que trabajaban en grupos de tres. Dos sujetaban al reo y el tercero le pegaba un tiro en la base del cráneo y otro en la sien. En algo menos de un año, un equipo de quince hombres del NKVD asesinó a 20.761 personas en Butovo, a las afueras de Moscú. Durante el Gran Terror, se liquidó a doscientas cincuenta mil personas por razones étnicas. Ochenta y cinco mil eran polacos. Stalin felicitó a Nikolái Yezhov, Comisario del Pueblo de Asuntos Interiores, por su eficacia letal. En 1940, el número de víctimas polacas se incrementaría con la masacre de Katyn, donde un NKVD dirigido por Lavrenti Beria exterminó a casi veintidós mil personas que ocupaban puestos de responsabilidad en el ejército, la policía, la universidad, la administración, la actividad empresarial o la Iglesia católica. Hacia el final de su existencia, Stalin encontró un nuevo enemigo. El 1 de diciembre de 1952 declaró ante el Politburó: «Todo sionista es agente del espionaje estadounidense». Docenas de médicos judíos fueron arrestados, incluido Mirón Vovsi, médico personal del dictador, pero la muerte del padrecito Stalin el 1 de marzo de 1953 atenuó y, finalmente, paralizó lo que podría haber sido una nueva purga, esta vez de tintes antisemitas.
No descubro nada nuevo, pero sí considero importante subrayar dos cuestiones. En primer lugar, la lucha contra el totalitarismo incluye al comunismo, una ideología que ejerce la violencia revolucionaria antes y después de conquistar el poder. El revisionismo de Ludo Martens es tan abominable como el de Paul Raissinier, quien en 1950 inició el negacionismo de la Shoah con el panfleto titulado La mentira de Ulises. La izquierda debería renovar su discurso, rompiendo definitivamente con el comunismo. No hacerlo es tan insensato y aberrante como reivindicar el fascismo desde el punto de vista de una derecha revisionista. En segundo lugar, las víctimas del comunismo merecen una visibilidad más notable. Andrzej Wajda estrenó Katyn en 2007, una película que cosechó críticas desiguales, pero que conmueve profundamente en sus intensos veinte minutos finales. Sería deseable que las víctimas del totalitarismo comunista inspiraran algo parecido a Shoah (1985), el brillante documental de Claude Lanzmann, que consiguió fundir testimonio, horror moral y desoladora poesía en un metraje monumental, sin minutos innecesarios o redundantes. Todos los que han sucumbido a la retórica comunista –por desgracia, yo fui uno de ellos–, deberían leer y releer «Polvos de aquellos lodos» (1974), el clarividente artículo de Octavio Paz, cuyo final es un demoledor examen de conciencia: «Nuestras opiniones en esta materia no han sido meros errores o fallas en nuestra facultad de juzgar. Han sido un pecado, en el antiguo sentido religioso de la palabra: algo que afecta al ser entero. Muy pocos entre nosotros podrían ver frente a frente a un Solzhenitsyn o a una Nadeja Mandelstam. Ese pecado nos ha manchado y, faltamente, ha manchado también nuestros escritos. Digo esto con tristeza y humildad». La autocrítica de Octavio Paz no debería caer en el olvido, pues es una admirable lección de humanidad, que siempre servirá para alertar contra los riesgos de la seducción totalitaria.
RAFAEL NARBONA
Publicado en Revista de Libros (18-12-2014). Si quieres leer el enlace original, pinchaaquí.
Fotografía: Pacto Ribbentrop-Mólotov, con Iósif Stalin en el papel de anfitrión.

San Petersburgo, 1955, ciudad donde transcurre buena parte de la acción de 'La quinta columna'.

Se reedita ‘La quinta esquina’, la gran novela de Izraíl Métter que se ocultó dos décadas

 Madrid 17 ENE 2015 - 

  • A casi 20 años de la primera edición de La quinta esquina por la editorial Lumen en 1995, Libros del Asteroide ha recuperado este título prodigioso y al que se le puede poner el adjetivo de subyugante. Se trata de la obra cumbre de Izraíl Métter (Járkov, 1909-San Petersburgo, 1996), un desgarrador testigo literario de la barbarie estalinista. Lumen también editó en 2001 Genealogías, unos relatos autobiográficos que en muchos sentidos entroncan con este libro sin género preciso. Si se quiere, llamémoslo novela.
    El traductor y prologuista de Genealogías, Ricardo San Vicente, recogía una entrevista esclarecedora con el escritor. Métter dice: “Mi patria, Rusia, es un campo de pruebas donde la historia realiza sus experimentos sociales, y donde además no tiene en cuenta el destino de cada uno de los hombres aislados. El individuo se enreda entre las patas de la historia y ésta pasa por encima de él y lo convierte en polvo, y por muchas veces que el hecho se produzca, sólo llegamos a comprenderlo, preparados ya para una nueva espiral de errores". Todas estas palabras caben en un resumen argumental de La quinta esquina.
    Judío, marcado por unos discretos orígenes burgueses, sin acceso a la universidad, forjándose una profesión guarnecido por sus propias y piadosas mentiras, Méttel dibuja al Boria de la novela con sus mismas heridas y vivencias, con su amor desaforado, trágico y caótico por Katia.
    El libro se publicó en 1989, tras la desintegración de la URSS
    Ese Boria se dice a sí mismo: “¿Por qué no hemos dejado ninguna huella en la tierra?”. En la entrevista citada, recapitula: “Desde niño me he acostumbrado a percibir el aliento pestilente del antisemitismo a mis espaldas. Tal vez suene terrible, pero ¿se puede uno acostumbrar a la inmundicia?”. Pero ¿qué es la quinta esquina a que se refiere el título? Un tenebroso sistema, una tortura que inventaron en aquellos tiempos y que luego enseñaron generación tras generación: al torturado, entre golpes, se le impelía a encontrar la quinta esquina de una habitación cuadrada.
    No hay un orden cronológico en las escenas porque acaso no lo hay tampoco en la mente del escritor; el respaldo de cualquier ordenación más lógica está sustituido por un borrascoso torrente de angustia, a veces con un anárquico, tozudo sentido del papel de los recuerdos.
    Narrador de potente estilo propio, tan poético como seco, Méttel escondió celosamente el libro más de 20 años después de darlo por terminado. Es verdad que en 1964 apareció Katia, breve librito con algunas escenas entresacadas del original de La quinta esquina y del que expurgó todas las escenas políticas o citaciones comprometidas; lo que quedó era bonito, pero sabía a poco. Como asegura la crítica literaria Mercedes Monmany, su mayor atractivo es su estilo, y este se despliega a plenitud con el total de las páginas escondidas. Era un manuscrito que quemaba, unas páginas que ardían solas, como ese fuego mítico por espontáneo de que hablan las leyendas. Nunca hubo copias de La quinta esquina. La esposa de Izraíl la tecleó pacientemente con un dedo, aporreando —con mucho miedo— la vieja y sonora máquina de escribir. Una vez hecho, el manuscrito pasó por diversos escondites domésticos, imaginando cada vez un escondrijo inaccesible a la imaginación y olfato de los sabuesos del KGB. Tuvo que surgir la perestroika y la glásnost, tuvo que caer el muro de Berlín y desaparecer la Unión Soviética, tuvieron que rodar las estatuas de Lenin y Stalin (no todas) para que finalmente en 1989 viera la luz de la impresión este libro, un texto que hace pensar que todos los totalitarismos se merecen tener, por lo menos, un Izraíl Métter que sustituye olvido por memoria.
    Pero este libro es también y sobre todo una poderosa obra acerca de la soledad, una soledad substancial y sobrehumana, esa que en la literatura rusa se informa en profundidad desde antes en Gogol y Chéjov y que ya habita y domina el discurso, su lírica interior, desde los tiempos del Oblómov de Iván Goncharov (paradigma del personaje superfluo) a los personajes de Turguéniev. Mucho después, en el también ucraniano Mijail Bulgakov, se volverá a encontrar a estos observadores desgraciados del mundo, un arquetipo del que muy autobiográfico Boria de La quinta esquina es parte y hace coro, amén de los ruidosos fantasmas de tantos sacrificados en vano, de Isaac Babel a Meyerhold.
    Al final de la obra aparece un personaje con visos de fantasma corporeizado, deambulador y grotesco, rechazado por el grupo. Se trata de otro jubilado como nuestro triste héroe que todos los veranos, mochila al hombro, peregrina más que ir de excursión a los lugares donde cayó todo su batallón. Allí escarba y señala de vez en cuando una tumba. “Pero eso se ha convertido en la idea central de su vida”, escribe Métter: “El caminante continúa yendo de un lado a otro por la región, aburriendo con sus preguntas y sus peticiones”. Métter concluye que padecen “la misma locura”: “Los dos erramos entre tumbas imposibles de encontrar”.

    http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/17/actualidad/1421518574_698974.html

    IZRAÍL METTER:

     LA QUINTA ESQUINA


    La quinta esquina es una aberración geométrica en una habitación convencional, con sus cuatro ángulos de noventa grados, pero en los totalitarismos lo irracional y lo monstruoso adquieren el rango de norma. En la Unión Soviética de Stalin, Boria es un profesor de matemáticas que carece de título para ejercer la docencia. No es un estafador, sino un autodidacta que sufre las consecuencias del socialismo real. El régimen comunista divide a los trabajadores en cinco categorías: obreros, campesinos, intelectuales, funcionarios, artesanos y otros. De origen judío, Boria es clasificado como ciudadano de quinta categoría, pues su padre es comerciante. Eso significa que sus posibilidades de realizar estudios superiores son remotísimas. Los baremos no responden a criterios de excelencia, sino a planteamientos ideológicos. Ser hijo de obreros o campesinos insinúa una fidelidad instintiva, casi genética, a la revolución del proletariado. Por el contrario, ser hijo de un comerciante implica una indeseable connivencia con el espíritu capitalista. Si es cierto que “el ser determina la conciencia”, Boria nunca será un socialista ejemplar.
    Es evidente que Boria es la versión literaria del propio Izraíl Métter. Ambos nacen en Járkov (Ucrania) y sufren el sitio de Leningrado, sorteando el hambre, el miedo y la represión del estalinismo. Es fácil solidarizarse con las víctimas del totalitarismo, pero no es tan sencillo entender su dolor cotidiano, la rutina de una existencia dominada por la inseguridad, la arbitrariedad y la intimidación. Métter nos ayuda a comprender ese sufrimiento.  No es una hipérbole afirmar que escribe con la intensidad de los grandes clásicos rusos. En algunos momentos, recuerda a Dostoievski, con sus complejos dilemas éticos, pero su fluidez narrativa y la cuidadosa arquitectura de la trama le acercan a Tolstoi. Por otro lado, el tono intimista y desesperanzado le aproxima a Chejov, pero nada sería más injusto que reducir sus méritos a la mera resonancia de otros autores. La quinta esquina no es un simple testimonio de las penurias del ser humano en las sociedades totalitarias, sino un estudio de las edades del hombre, con sus pasiones, esperanzas y fracasos. “En la memoria de un viejo –escribe Métter- hay cierta mística: a mí no me parece que mi niñez haya terminado para siempre; existió y ha de volver”. Boria solo pide que su “futura infancia” no le sorprenda con la inevitable inexperiencia de los que empiezan a vivir, descubriendo poco a poco la asimetría entre la realidad y el deseo. Una segunda infancia es una forma de desafiar al tiempo y a la lógica, pero esa vivencia imaginaria no resuelve el problema de las ilusiones perdidas. Sasha era el mejor amigo de Boria. Katia es la única mujer a la que amó de verdad. Sin embargo, perderá a los dos por culpa de su carácter áspero, huraño y melancólico. En cambio, sobrevivirá al cruel sitio de Leningrado. A veces, se pregunta si su capacidad para sobrevivir a la adversidad  procede de su condición de judío. A fin de cuentas, la infelicidad es el estado natural de un pueblo acosado, maltratado y menospreciado.metter
    En realidad, la hosquedad de Boria es una máscara que esconde una increíble ternura. Se conmueve al contemplar la desnudez de su padre agonizante, ama el carácter compasivo e irrepetible de su madre, los locos le inspiran piedad y simpatía, responde a las privaciones con humor, examina cuidadosamente lo que no entiende para superar su perplejidad, admite que se equivoca a menudo, pero no titubea al acusar a Stalin de usurpar el nombre del pueblo para cometer las mayores iniquidades. Su autoestima es baja, pero juzga con lástima a los esbirros del régimen, “amaestrados para odiar”. El destino de los verdugos es renunciar a los afectos, pues incluso los hijos pueden ser potenciales delatores. Boria no se considera especialmente afortunado. Sabe que la santa despreocupación de la adolescencia es irrecuperable y que la vejez consiste en pasear por calles “aburridas como chimeneas”. Solo queda el consuelo de hablar con uno mismo, ironizando sobre los sueños incumplidos. Nunca es un desperdicio evocar la juventud perdida, “pues un hombre sin pasado es como el insecto que solo vive un día”. Boria entiende que el pasado es tan importante como el carácter irrepetible de cada ser humano. En un régimen que exalta el nosotros, el yo se desdibuja y muere, pero algo tan trivial como hacerse un traje a medida puede restituir la identidad diluida. Cuando un sastre anota sus medidas, Boria siente que le tratan como una persona, es decir, como a un individuo que no se parece a ningún otro. Es un verdadero milagro, pues Stalin ha propagado el desprecio a la persona, un concepto burgués,  “superfluo e incluso embarazoso”.
    Al igual que otras víctimas del totalitarismo, Boria se refugia en la poesía. No compone poemas, pero la pasión por la belleza de las palabras que se someten a la disciplina del verso, le ayuda a tolerar la crueldad de un régimen que detiene arbitrariamente, tortura con impunidad y asesina a sus enemigos reales o imaginarios: “Me enamoraba de poemas que no llegaba a comprender del todo. Un susurro poético me inquietaba como un sortilegio, como la magia”. Mientras tanto, anestesiada o manipulada, gran parte de la sociedad considera que el fin justifica los medios, pues “cuando se tala el bosque, vuelan las astillas”. Boria también encuentra consuelo en las matemáticas, pues poseen el equilibrio y la armonía que no halla en el mundo: “…pueblos enteros se sumen en la barbarie, las diferentes épocas se traicionan a sí mismas, pero las líneas paralelas cortan solo en el infinito”. En las dictaduras, siempre anida un sentimiento de culpa colectiva. Por eso, “la sed de confesarse es insaciable”. “¿Quiénes somos los de mi generación? –se pregunta Boria-. Los soñadores de los años veinte, diezmados y torturados en los treinta, segados en los cuarenta, agotados por la fe ciega y sin haber reunido fuerzas al recobrar la vista, erramos en soledad. Somos elementos difíciles de combinar. Cuando nos miramos los unos a los otros, como en un espejo, nos asombramos de nuestra propia fealdad. Nosotros, que queríamos lo mejor”. Stalin despertó la misma devoción histérica en las masas que Hitler: “Yo fui testigo de eso. Y no puedo entenderlo”.
    El insomnio persigue a Boria desde joven. Durante sus noches en blanco, busca esa inexistente quinta esquina en una habitación cuadrada, pero esa quinta esquina no es un lugar de encuentro, sino un punto de fuga. Al final de sus días, Boria ya no tiene alumnos. La ausencia de un título académico que certifique sus conocimientos le ha creado algunos problemas, pero su afán didáctico no se ha extinguido. Simplemente, en la vejez su pasión por enseñar se ha “dirigido a su interior”. ¿Qué es el hombre?, inquiere con cierto humor, pero no comete la temeridad de proporcionar una respuesta. Tal vez porque el hombre solo es una pregunta que se aplaza interminablemente. La quinta esquina es un libro esencial para comprender el siglo XX, un ejercicio magistral de sabiduría narrativa y una invitación a seguir luchando por nuestras libertades, pues los totalitarismos, lejos de ser episodios marginales, fluyen como grandes ríos envenenados por el subsuelo de la historia, esperando la ocasión propicia para salir a la luz y liberar las tendencias más destructivas del ser humano.
    RAFAEL NARBONA
    Traducción de Selma Ancira. Barcelona, Libros del Asteroide, 2014.
    Versión extendida de la reseña publicada en El Cultural (23-01-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

    Ruth Klüger nació en Viena en 1931. Cuando se produjo el Anschluss sólo era una niña de seis años. Su padre ejercía la ginecología, pero perdió su licencia por su condición de judío. Acusado de practicar un aborto ilegal, huyó a Italia y, más tarde, a Francia, donde los nazis finalmente lo capturaron y lo deportaron a un campo de exterminio. Murió en una cámara de gas. La Shoah no cesa de producir asombro. Parece demasiado atroz para ser una obra humana. Podría descargarse toda la responsabilidad sobre Hitler y sus ministros, pero sin una amplia base social, que apoyó las medidas antisemitas y aceptó tácita o explícitamente el genocidio de judíos, gitanos, eslavos, homosexuales, discapacitados y otras minorías, la máquina de triturar seres humanos no habría trabajado con tanta eficacia. Ruth y su madre soportaron la brutalidad gradual del invasor alemán contra la población judía: expulsión de sus hogares, confinamiento en guetos, privación de los derechos de ciudadanía, prohibiciones vejatorias, hambre, malos tratos. En 1942, serían deportadas a Theresienstadt y, un año más tarde, a Auschwitz. Ambas sobrevivieron y en 1947 emigraron a Estados Unidos, pero el recuerdo de las penalidades sufridas les acompañaría de por vida. Profesora de literatura alemana en varias universidades norteamericanas, Ruth Klüger se especializó en Gotthold Ephraim Lessing y Heinrich von Kleist. En 1992 publicó Seguir viviendo (weiter leben). Desde entonces, ha manifestado en muchas ocasiones que la memoria del Holocausto no debería convertirse en una pornografía del horror, pues la prioridad es llevar a cabo una reflexión crítica. Auschwitz no es algo diabólico, sino una obra humana que revela las pasiones más turbias de la cultura europea. El antisemitismo nace de un prejuicio cristiano, pero prospera gracias al racismo y el darwinismo social, dos fuerzas que no han cesado de causar estragos desde el siglo XIX. Me permito añadir: Eichmann no encarna la banalidad del mal, sino la depuración de un legado cultural, que justifica las diferentes formas de colonialismo y exclusión del otro, del diferente, del que presuntamente no puede integrarse en un determinado concepto de civilización. La Ilustración no es causa eficiente de Auschwitz, pero sí causa indirecta de una interpretación ascendente, donde el ideal de progreso se deforma hasta convertirse en una utopía regresiva.
    Los testimonios masculinos sobre la Shoah son más abundantes que los femeninos. Esa circunstancia le aporta al libro un valor añadido, «una dimensión existencial específica», de acuerdo con el prólogo que escribió Jorge Semprún. Ruth Klüger encabeza su obra con unos versos de Simone Weil: «Soportar el desacuerdo entre la / imaginación y el hecho. / “Sufro”. Eso es mejor que / “este paisaje es feo”». Esta cita expresa claramente su voluntad de no hacer literatura, sino de ir al fondo, sin miedo a abrir las viejas heridas. De acuerdo con este programa, la primera frase de Seguir viviendo formula un enunciado demoledor: «La muerte, no el sexo, era el secreto del que hablaban a media voz las personas mayores, el secreto del que a una le hubiese gustado oír más». La muerte es un secreto, sí, pero la tortura es la expresión más radical del mal. Al escuchar a un primo de su madre relatando cómo lo habían torturado en Auschwitz, apunta que no es necesario prestar atención a los detalles truculentos: «el tono de voz deja adivinar lo diferente, lo ajeno, lo maligno. Pues la tortura no abandona al torturado nunca, a lo largo de toda su vida». Klüger no sufrió la tortura, pero entiende el irreparable daño psíquico que causa en sus víctimas. El que ha sido torturado nunca volverá a percibir el mundo como un hogar. Jean Améry jamás olvidó las torturas de la Gestapo, que le rompió los dos brazos en Front Breendonk (Bélgica). Su suicidio es el eco de ese horror físico y metafísico, pues el desamparo del torturado impugna cualquier forma de optimismo moral o histórico. André Malraux no conoció la tortura, pero sí la expectativa de ser torturado en un interrogatorio y comprendió que no podía concebirse mayor ignominia. En un sentido ético y antropológico. La tortura es una vivencia límite que abre una sima entre víctimas y verdugos, rompiendo el anhelo de una humanidad ligada por lazos de respeto y fraternidad. El torturador se deshumaniza y deshumaniza a la víctima, creando una espiral de perversidad y degradación.
    Es injusto establecer escalas en el infortunio, pues nadie puede sondear la desgracia ajena. Ruth se libró de la tortura y los experimentos médicos, pero sus primeros atisbos de conciencia coinciden con la promulgación de leyes antisemitas en Austria: «Lo que todos los niños mayores que yo, hijos de parientes y amigos, aprendieron e hicieron cuando tenían mi edad, yo no pude aprenderlo ni hacerlo». Ruth no pudo patinar sobre hielo, bañarse en la piscina municipal o acudir al cine. La conciencia de una injusta discriminación provocó en ella una prematura rebeldía: «Con los letreros antijudíos hice las primeras prácticas de lectura y desarrollé los primeros sentimientos de superioridad». Para los judíos, Viena era una prisión y la única alternativa era emigrar, pero muchos especulaban que era preferible esperar: las cosas cambiarían, los alemanes acabarían marchándose, el nazismo era un fenómeno pasajero. Sin embargo, «cuando se espera lo bastante, llega la muerte. Hay que aprender a huir». Ruth reivindica el derecho a recitar elKaddish por el padre muerto, incluso desde una posición de escepticismo religioso. Sus recuerdos son escasos, pero cualquier anécdota –por pequeña que sea– resulta esencial para contrarrestar el horrible final en una cámara de gas. Su padre tenía una máquina de escribir y no permitía que Ruth jugara con ella, pues procedía de un hogar humilde y apreciaba mucho los bienes materiales adquiridos con su esfuerzo. Parece imposible encajar este detalle, casi una bagatela, con una agonía particularmente abyecta: «El hecho de que acabara desnudo en una cámara de gas, buscando convulsivamente una salida, convierte en fútiles todos estos recuerdos, los desvirtúa. Sigue sin resolver el problema de que yo no pueda sustituirlos por otros ni tampoco borrarlos. No consigo hacerlos encajar con lo otro, hay una hendidura en medio. […] Yo consigo tener los sentimientos adecuados para con el padre vivo o para el padre agonizante, pero lo que no puedo es reunir ambos sentimientos y aplicarlos a una sola persona, única e indisoluble».
    AUSCHWITZ 5La pequeña Ruth se refugia en la poesía desde el primer instante. En Viena, se acostumbra a recitar poemas para combatir los sentimientos de angustia e impotencia. De adulta, se rebelará contra la idea de que la poesía sea un despilfarro inútil después de Auschwitz. Por el contrario, sólo la poesía puede absolver al ser humano de haber creado Auschwitz. La belleza no es algo gratuito, sino un signo de excelencia moral. Antes de ser segregada, Ruth asistía a la escuela con niñas cristianas que componían cruces gamadas con papeles de colores. Los maestros alababan su trabajo y estimulaban la exaltación de la simbología nazi. Ruth empezó entonces a avergonzarse de su patria natal y se hizo «judía por una reacción defensiva». Su fe tendrá poco recorrido. Con el tiempo, sentirá que se había aferrado a «una tabla de salvación podrida» y no a una alternativa razonable. La fragilidad del ser humano se manifiesta en su búsqueda de un padre omnipotente. Pocos buscarían a Dios si les dijeran que su poder es limitado o inexistente. El dolor no espiritualiza. Sólo acentúa el egoísmo y la insolidaridad. Pensar lo contrario «es necio sentimentalismo». El sufrimiento no es un camino de perfección: «En su fuero interno cada uno sabe, por propia experiencia, cómo es la realidad: cuando hay que soportar más, la paciencia, siempre precaria, con el prójimo, se vuelve más endeble, y los lazos familiares se desgarran. Durante un terremoto se rompe, como la experiencia enseña, más porcelana de la normal». La conducta de su propia madre es un fiel reflejo de este hecho: «A veces, de puro nerviosismo, me abofeteaba o me besaba, por el mero hecho de estar yo allí». Antes de ser deportada, Ruth ya ha desarrollado un carácter depresivo, incubado por la neurosis de su madre: «La vida me resultaba una carga absolutamente insoportable. Me había convertido en un ser raro, excéntrico, asocial. Nada me hacía ilusión».
    Ruth Klüger considera que la Shoah no debe convertirse en una próspera industria, que produce incansablemente libros, películas, ensayos, sino que es ineludible evocar a las víctimas: «El nudo desecho que deja tras de sí un tabú violado como son los asesinatos en masa, las matanzas de niños, se transforma en fantasma no redimido, al que tenemos que dar una especie de hogar en que moverse». Eso no significa que Auschwitz constituya una anomalía, algo insólito en la historia del devenir humano. «En el fondo lo sabemos todos, judíos y cristianos: parte de lo que sucedió en los campos se repite en muchos sitios, hoy y ayer, y los campos fueron también imitaciones (por supuesto que imitaciones de carácter único) de lo de anteayer». Auschwitz no es lugar para rezar, pues allí no habita Dios Padre, sino los fantasmas, los «no redimidos». Los muertos sólo son un pálido vestigio. No hay un mañana para ellos porque Dios, sencillamente, no existe.
    Klüger no está de acuerdo con Primo Levi. No es cierto que sobrevivieran los peores. La supervivencia dependió del azar, del curso de la guerra, de contingencias imprevisibles: «Cada uno lo vivió de forma irrepetible». Eso sí, «Auschwitz no fue un centro de enseñanza de nada y mucho menos de humanidad y tolerancia». Durante la primera noche, su madre le propone que se suiciden juntas, lanzándose contra la valla electrificada. Ruth se niega, pues la adversidad le ha inculcado incomprensiblemente el deseo de vivir: «Si amar la vida y aferrarse a la vida son una misma cosa, entonces yo nunca he tenido tanto amor a la vida como en el verano de 1944, en Birkenau, en el campo B 2 B». El deseo de vivir se manifiesta en la composición de los primeros poemas. Es posible hacer poesíadesde Auschwitz y esos versos son el alegato más contundente contra la barbarie. Escribir es un ejercicio de resistencia y una forma de preservar la humanidad. El alemán es el idioma que hablan los nazis, pero Ruth siente que no les pertenece. La lengua es un legado común, universal. La disciplina del verso es un ejercicio de depuración que ofrece una salvación real, un firme y sólido asidero. Tal vez por eso los nazis utilizan nombres poéticos para sus campos de exterminio. Buchenwald significa «bosque de hayas»,Birkenau «campo de abedules». Los alemanes pisotean su propia herencia cultural, asociando la belleza al asesinato de masas. Su sentido estético está pervertido de raíz.
    Para Klüger, Auschwitz es el grado cero de la libertad. Cuando se pisotea a un niño en una cámara de gas para buscar compulsivamente un poco de oxígeno, el ser humano ya sólo es un automatismo biológico. Tal vez por esa razón, la madre de Ruth se humanizó, adoptando a Ditha, una joven que no habría sobrevivido sin sus cuidados. Cuando al fin se produce la liberación, Klüger tiene una cosa muy clara: «en esa guerra no se había luchado por nosotros». De hecho, unos adolescentes judíos son condenados por las autoridades norteamericanas por robar fruta en un huerto particular. Su estancia en un campo de concentración no actúa como atenuante, sino como agravante, pues el tribunal interpreta sus años de encierro como antecedentes penales. Durante su estancia en Baviera, comprueba que el odio hacia los judíos sigue vivo en los alemanes: «Nos aborrecían, éramos parásitos de un gobierno militar infestado de judíos». Los procesos de Núremberg se interpretan como una humillación, no como un juicio contra los responsables del genocidio.
    Madre e hija deciden emigrar a Estados Unidos. Seguir viviendo no pierde interés al llegar a este punto, pero la amistad, las relaciones conyugales y la carrera profesional desplazan a la reflexión sobre la Shoah. Klüger no oculta su hastío. Su mente no acepta dar vueltas alrededor de un solo objeto y, menos aún, participar en un circo que disfruta, exhibiendo los aspectos más atroces de la matanza. Es significativo que finalice el texto, subrayando que ha compuesto «un libro alemán». Hitler no es Alemania. Alemania es Goethe, Beethoven, Thomas Mann. Alemania es Ruth Klüger, componiendo versos con doce años en mitad del espanto de Auschwitz.
    KlugerBW
    RAFAEL NARBONA
    Publicado en Revista de Libros. Del blog Viaje a Siracusa (13-02-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.


    http://rafaelnarbona.es/?paged=7


    Los milagros son infrecuentes, pero a veces se producen de la forma más inesperada. Peter Graf, editor alemán, rescató del olvido en 2013 una novela extraordinaria que narraba la peripecia de una pandilla de jóvenes atrapados por la miseria en el Berlín de los años 30. Se conocen muy pocos datos sobre el autor, salvo que era periodista y asistente social. Entre 1925 y 1933, vivió en la ciudad que contemplaría el ascenso y la caída de Hitler. Publicada en 1932 con el título Juventud en la carretera a Berlín, los nazis prohibieron la obra apenas subieron al poder y ordenaron que se arrojara al fuego, con otros libros supuestamente indeseables. Cuando Graf publicó la novela, el periódico Bild hizo un llamamiento público para localizar al autor o a sus familiares. Nadie contestó. ¿Cómo murió Haffner o acaso aún vive, con un siglo a sus espaldas y la memoria afectada por el Alzheimer? ¿Tal vez perdió la vida en un campo de concentración o bajo las bombas aliadas? ¿Era judío? Solo cabe especular y esperar. Quizás más adelante aparezcan documentos que permitan recrear su historia, parcial o totalmente. De momento, hemos de celebrar la recuperación del texto, con una escalofriante actualidad en una Europa hundida en una inacabable crisis política, económica y social, donde comunismo y fascismo han regresado, con su agresiva retórica y sus promesas demagógicas.
    “Hermanos de sangre” es el nombre de un grupo de niños y adolescentes que se enfrentan a una sociedad estragada por el paro y las desigualdades. La mayoría ha huido de hogares desestructurados, orfanatos o correccionales. No conocen otra familia que la camaradería surgida al calor de la pobreza. No son grandes criminales, sino rateros de poca monta, que cometen pequeños hurtos o se prostituyen. Duermen en inmundas pensiones o deambulan por las calles, esperando que los bares y las bibliotecas públicas abran sus puertas. Sus armas son la violencia y la astucia. Las leyes no se preocupan de su bienestar, sino de mantenerlos bajo control y castigar sus infracciones, con una desproporcionada severidad. Gracias a la amistad, algunos hallarán las fuerzas necesarias para desempeñar un trabajo miserable y sobrevivir con escasos recursos. Es el caso de Willi y Ludwig, pero se trata de raros e infrecuentes ejemplos, pues la mayoría se deslizará por la pendiente de la marginalidad, perpetrando fechorías cada vez más graves. En esas circunstancias, no hay espacio para la compasión. Cuando los “Hermanos de sangre” capturan a un delator, lo azotan sin piedad. Es inevitable pensar en los campos de concentración, donde se azotaba con brutalidad a los que infringían las normas. Igualmente, los correccionales descritos por Haffner (“cualquier asomo de individualidad es cruelmente aniquilado”), prefiguran los barracones de Auschwitz, con sus temibles kapos. Kertész ya denunció que incluso los colegios de la época, con su estricto sentido de la disciplina, ya albergaban la semilla del totalitarismo y su furor exterminador.
    heramanos de sangre 3Hermanos de sangre nos recuerda que “el huevo de la serpiente” se incuba en sociedades clamorosamente injustas, donde se somete y humilla a los ciudadanos, hasta transformarlos en “hombre[s] sin espina dorsal, con naturaleza de siervo[s]”. Esa forma de actuar sólo despierta odio y resentimiento. Por eso, los bajos fondos de la Alexanderplatz son la mejor escuela para los nuevos bárbaros. Muchos pandilleros se alistarán a las SA o a las Juventudes Hitlerianas, donde podrán liberar su rabia. De hecho, Hitler vivió en Berlín como un vagabundo. Hermanos de sangre es una lección formal y moral. Prosa limpia y eficaz, personajes creíbles, un gran sentido narrativo. La traducción de Fernando Aramburu nos hace olvidar desde la primera línea que  leemos una admirable versión en castellano y no el original. Ernst Haffner nos deja una advertencia: no puede haber democracia sin equidad; no es suficiente la caridad, hace falta justicia. La Europa de nuestros días podría despeñarse otra vez por el abismo totalitario. La pobreza y la marginación se convierten en ira, cuando no existe la expectativa de un cambio real. En este paisaje desolador, ¿dónde está la ternura? Según Haffner, en el corazón de las almas sencillas, como la buena mujer que ayuda a Willi y Ludwig en su lucha por no volver a las calles. La historia y la literatura nos enseñan una y otra vez que el bien siempre brota de lo pequeño y humilde.
    RAFAEL NARBONA
    Traducción de Fernando Aramburu. Barcelona, Seix-Barral, 2015.
    Publicado en El Cultural (20-02-2015). Si quieres leer el original, pincha aquí.
    http://rafaelnarbona.es/?paged=5





    Copio aquí con permiso los párrafos iniciales de uno de los trabajos que me ha entregado Octavio Escalante para Narrativas de la identidad al que agradezco tanto la información como la luz que me regala sobre la cuestión de la abyección (como lo contrario del reconocimiento con el que ando a vueltas últimamente en este blog):
                           
    "A  finales  de  los  ochenta  aparece  un  personaje  entre  las  catacumbas  del  mundo  cultural  de California. Su nombre de nacimiento es Johnny Baima y su seudónimo es the  Goddess  Bunny. Algunos  de  sus  estigmas  son  la  homosexualidad,  el  travestismo, la  prostitución, la  polio, la violación, el sida, la drogadicción, el ser una cabaretera de poco más de un metro de altura y el llevar atravesada en la columna vertebral una barra de hierro, debido a una negligencia médica.
                                    

    Resulta cierta riqueza de lo freak al unir todas estas cualidades en un solo sujeto. Es con mucho un queer en la expresión más ofensiva de la palabra, y como consecuencia de esa rareza ha  tenido su  éxito dentro  del  ámbito underground en Los Angeles y  posteriormente entre  los consumidores  de  fenómenos  desconcertantes  en  internet. Su  historia  de  vida,  que  apenas alcanzaré a pintarrajear en estas páginas, legitima su figura como representante de lo extraño e incluso de lo inhumano o al menos de lo indeseable. Escasos momentos históricos llenan las biografías repetidas o ligeramente modificadas de sus seguidores o calumniadores: Tuvo polio; mantuvo (aquí no serían arriesgadas las nociones de violación) relaciones sexuales con su padre durante la niñez; los médicos le insertaron a lo largo de toda su columna vertebral una barra de hierro para que pudiera mantenerse de pie, lo que le provocó que no pudiera crecer más; se convirtió en drag queen al terminar su infancia; fue prostituta; dio positivo en el examen de sida; comenzó su exitosa carrera artística, principalmente por un video documental independiente de un director “llamado” Aes-Nihil. Fue ampliamente conocido en internet por un fragmento de ese video documental donde aparece bailando tap, vestido de niña, mientras una voz le dice:“Baila para mí, maldito infeliz” (quienes quieran más información, pueden mirar este vídeo)

    Si lo abyecto y lo obsceno son lo que se echa a la cuneta, se saca de escena y se oculta a la mirada, en la sociedad del espectáculo se invierten las visibilidades. Drag queens, y sujetos múltiplemente dañados  como Goodess Bunny se manifiestan en la pantalla exhibiendo la rareza (lo queer) que les exilia de las categorías de la normalidad.  La hipervisibilidad se transmuta en una suerte de venganza por la falta de reconocimiento. Grupos que han quedado en el trastero de la historia se apropian de su relato mediante la exhibición de su estigma. 

    Judith Butler fue la primera que puso de manifiesto este fenómeno y explicó que se trataba de resignificaciones y de ejercicios de parodia que producían una ruptura de las líneas divisorias entre lo normal y lo abyecto. Resaltar mediante lo escénico la ob-scenidad de la existencia cotidiana por parte de quienes han sido privados del reconocimiento es una suerte de transformación en las mismas tramas sobre las que se sostiene el reconocimiento. Si el abyecto no es reconocido como igual, la hipervisibilidad le hará ser reconocido como diferente.

    Ahora bien, vayamos con cuidado:  la exhibición de la diferencia que realizan héroes epistémicos como Goodess Bunny es algo muy distinto de las cortes de los milagros barrocas donde  los seres dañados mostraban en público sus miserias para mover la compasión. Algo ha cambiado cuando los freaks y monstruos salen de los oscuros armarios de la normalización. No se mueve a la compasión sino que la escenificación de la anormalidad interpela a los que se sienten seguros en su estatus y afirmados en su lugar social. Un acto valiente que devuelve la pregunta por la ob-scenidad a la mirada desde arriba:  "y tú, ¿qué?".

    Esta interpelación no debería interpretarse como una especie de ventilador, "todos somos monstruos", "todos somos excluidos",  "tú también"... No. La exclusión es un fenómeno que secciona la sociedad en grupos asimétricos. No todos son ni están excluidos. La exclusión implica una actitud proactiva por parte de quien excluye. Owen Jones ha explicado en Chavs: la demonización de la clase obrerala convergencia de las políticas que inició Margaret Thatcher de ruptura de las organizaciones, redes y lazos sociales del proletariado inglés con un proceso cultural de exclusión social. El laborismo se convierte en una ideología de escapar de la clase obrera y su cultura en una burla continua de los gestos, modos de vestir y hablar de sus miembros. Observamos así un complejo proyecto histórico de exclusión que produce la abyección de una parte de la sociedad convirtiéndola en ob-scena y maldita. Son procesos históricos reales que constan de múltiples niveles. Recuerdo aún cuando tantas adolescentes y preadolescentes de primaria y secundaria se encolerizaban con sus madres porque las prendas de vestir que les habían comprado les hacían parecer una choni, (uno de los equivalentes en español del término inglés "chavs", que viene por cierto, como "chaval"  "chavala" del romaní, otro de los grupos abyectos).  Fenómenos históricos como el punk fueron producto de estas resignificaciones de lo abyecto. Los chavs se convirtieron en freaks que interpelaban las miradas de quienes querían escapar al destino de clase (el iluminador estudio de Dick Hebdige, Subcultura. El significado del estiloes un lugar para analizar las transformaciones de la visibilidad que llamamos tribus urbanas como redistribución política de las sensibilidades). 

    La abyección como acción y como resultado tiene, pues, componentes políticos, sociales, culturales y psicológicos (Julia  Kristeva ofreció en Pouvoirs de l'horror. Essai sur l'abjection una interpretación psicoanalítica de estos procesos. Es un libro que aún merece una lectura).  Es una suerte de reconocimiento inverso, de política activa de exclusión que nace de los deseos de "no ser como ellos", de escapar a un cierto lugar de la sociedad. Pierre Bourdieu, el gran sociólogo del campo social, nos hizo ver los micromecanismos de la exclusión en las políticas de distinción que se producen en el seno de los círculos con diferentes cantidades de capital: económico, social, cultural, simbólico. Dibujó el mapa de la sociedad como un conjunto de fronteras y puertas de acceso. La abyección es la principal fuerza de autoprotección de estos círculos de poder. Las fuerzas de reconocimiento que rigen entre los miembros del círculo se transmutan en fuerzas de abyección para los de abajo. 

    Se le olvidó decir que los círculos de arriba se protegen pero no pueden evitar los espectáculos de la abyección. Si la sociedad se ha convertido en una ilimitada secuencia de puertas de acceso, también es cierto que son puertas de cristal, vallas de alambre, que no impiden la visión de los bailes de los que han quedado fuera. Que, a veces, cuando cambian los vientos de la historia, hacen que estas danzas se conviertan en conjuros contra la opresión, la discriminación, la desigualdad. 
    http://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2015_02_01_archive.html