Es el pensador más influyente de la actualidad y hay quien dice que el más importante después de Heidegger. Junto con Chomsky tiene el honor de ser considerado en vida "un clásico". Hablamos con él sobre su trayectoria, sobre el presente y sobre las posibilidades del futuro.




Para Juan Carlos Velasco, la obra de Habermas “probablemente constituye el esfuerzo más original y coherente de elaborar una filosofía a la altura del espíritu posmetafísico que caracteriza a nuestro tiempo”. Sus esfuerzos –continúa Velasco en su excelente estudio introductorio– pueden conceptualizarse como “un intento bastante logrado de filosofía sistemática capaz de alcanzar, en el estado actual de conocimientos, una reconciliación entre la sofisticación adquirida por las ciencias sociales y las ineludibles cuestiones prácticas de la vida social”. Se le puede considerar tanto un filósofo como un sociólogo, pues “sus planteamientos y respuestas traspasan los confines tradicionales de la filosofía como materia académica y logran fusionar de manera magistral un amplio repertorio de enfoques filosóficos, teorías sociológicas y otras disciplinas afines”.
En 1981 escribió su obra más importante, Teoría de la acción comunicativa, donde cambió el paradigma epistemológico que desde Descartes se basaba en la conciencia por un paradigma comunicativo para fundar una teoría de la racionalidad que pudiese superar las aporías a las que había llegado la primera generación de la Escuela de Frankfurt (Adorno y Horkheimer, fundamentalmente, y Marcuse).
Nacido en 1929, Habermas forma parte de la segunda generación de esta escuela, y todavía sigue ubicándose en la tradición marxista. Varias veces ha insistido en “que su teoría social no es sino una continuación de la teoría marxista adaptada a las circunstancias contemporáneas” y se ha referido al marxismo como una tradición que “he decidido defender férreamente como una empresa que todavía tiene sentido”, escribe John Sitton en Habermas y la sociedad contemporánea. Incluso ha llegado a describirse a sí mismo medio en broma como “el último marxista” (aunque mejor había que llamarlo “posmarxista”). Pero Habermas no es solo un reputado teórico de las ciencias sociales, sino también un intelectual imprescindible en la vida pública alemana (y europea), y su relevancia en la esfera pública puede compararse con la que en otro tiempo representaron en sus respectivos países filósofos como Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre u Ortega y Gasset. De hecho, ha participado desde hace más de un siglo en todos los debates políticos de importancia que se han suscitado desde entonces.

Habermas recuerda en muchos aspectos a Kant (sobre todo en su hincapié en el cosmopolitismo y en sus últimas reflexiones sobre la religión) y no sabríamos decir si es más poskantiano que posmarxista. Después de varios años sin conceder ninguna entrevista a un medio español, ha consentido respondernos por correo electrónico a algunas preguntas (es una pena que no contestase también a las que le hicimos sobre su polémica con Sloteridjk y sobre su diálogo con Ratzinger).


Desde el principio de su carrera, ha luchado contra la fascinación del pensamiento neoconservador de algunos alemanes, como Heidegger, Schmitt, Jünger o Gehlen –y de sus herederos posmodernos–, y ha defendido la continuación del proyecto ilustrado (sobre todo en El discurso filosófico de la modernidad). ¿Por qué la modernidad es un proyecto inacabado y qué queda del acalorado debate sobre la modernidad y la posmodernidad de los años 80? 

Yo tenía quince años al acabar la guerra y consideré que, después de la catástrofe nazi, necesitábamos comenzar de nuevo. Cuando empecé mis estudios universitarios en 1949, descubrí una abrumadora continuidad personal en todos los ámbitos, incluida la Universidad: el profesorado y la mentalidad seguían siendo los mismos; solo se habían adaptado a las nuevas circunstancias. Precisamente, los dos filósofos más importantes que más me influyeron entonces (es decir, Heidegger y Gehlen) no solo habían sido nazis desde 1933, sino que siguieron siéndolo obstinadamente después de que la guerra hubiese acabado. En ningún momento admitieron haber cometido un error político trascendental. Estos tristes apologetas (a los que pertenecía Carl Schmitt) habían perdido toda autoridad personal. Era natural preguntarse hasta qué punto su fracaso personal y político estaba relacionado con su forma de pensar. En Heidegger, era fácil descubrir en sus escritos posteriores a Ser y tiempo (e incluso también en ese mismo libro, que tanta importancia filosófica ha tenido), las huellas del antiigualitarismo, del desprecio elitista por la argumentación y la Ilustración, por la democracia y la sociedad de masas y un profundo pensamiento antihumanístico. El último Heidegger afirmaba de manera arrogante un acceso privilegiado a la verdad que finalmente le condujo a un abandono de la ciencia y a una pálida imitación de la profundidad religiosa.
Por esa razón, no me ha entusiasmado la recepción francesa de esta tradición que parte de Nietzsche y desemboca en los líderes intelectuales del régimen nazi. Y es más enojoso que esta recepción se haya producido en Francia entre las filas izquierdistas, lo que ha dado lugar a malentendidos a ambos lados del Rin. He conocido a Foucault y Derrida, que como personas son impresionantes, y les considero unos pensadores productivos, pero desgraciadamente ha sido ya demasiado tarde para que pudieran darse entre nosotros discusiones filosóficas serias. Y lo lamento. Hemos pertenecido a la misma generación y en nuestros últimos diálogos hemos entrevisto una base común a nuestros planteamientos filosóficos. El Kant de ¿Qué es la ilustración? es el punto de intersección de nuestras reflexiones filosóficas.
Para mí, sigue teniendo vigencia el proyecto desarrollado desde Kant hasta Marx, pero las polarizadas discusiones sobre modernidad y posmodernidad que se llevaron a cabo en los 80 son agua pasada.


Como autor que pertenece a la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, ¿qué elementos del marxismo siguen valiendo? 

Depende de lo que usted quiera decir con ello. Hay elementos esenciales de la economía política de Marx que hoy están superados (como la teoría de la plusvalía o la tasa decreciente de ganancia), es decir, los supuestos que sacaron a la luz el funcionalismo marxista de los años 70 del siglo XX. Pero si considera a Marx como el fundador de la tradición de una teoría crítica de la sociedad que ha continuado en el marxismo occidental del siglo XX, entonces todavía me encuentro en esa tradición. En mis escritos políticos, por ejemplo, critico con gran severidad las consecuencias de la aplicación de las políticas neoliberales en todo el mundo desde 1990.


En El Occidente escindido, usted afirma sobre las multitudinarias manifestaciones europeas del 15 de febrero de 2003 contra la segunda guerra de Irak que “la simultaneidad de estas impresionantes manifestaciones, las mayores desde el final de la segunda guerra mundial, podría ingresar retrospectivamente en los libros de historia como la señal del nacimiento de una esfera pública europea”. ¿Cuál sería su análisis de las revueltas árabes, del 15-M en España, en EE. UU. con el movimiento Ocupa Wall Street y ahora recientemente en Brasil, Turquía y Egipto? ¿Se anuncia ya el inicio de una esfera pública mundial? 

No hay que meter en el mismo saco las manifestaciones, los movimientos de resistencia y los acontecimientos revolucionarios. Las protestas masivas contra la guerra de Irak de Bush, contraria al derecho internacional, eran por motivos muy diferentes a las rebeliones árabes que observamos desde hace algunos años en los países del Norte de África y en Oriente Medio, y cuyos resultados aún no están claros. Por supuesto que hay una conexión entre el movimiento Ocupa Wall Street –ahora paralizado– y las protestas que se han desencadenado en el sur de Europa a raíz de que los mercados financieros dictasen las medidas de austeridad del Consejo Europeo. Los dos movimientos se dirigen directamente contra la continuación de las políticas que han hecho posible un capitalismo dominado por los mercados financieros.


En Israel o Atenas considera usted que “la sociedad mundial capitalista no nos deja ya ninguna opción de salida racional tras el errado experimento comunista soviético” y que solo son posibles “transformaciones del capitalismo global”. Y en La constitución de Europa sigue defendiendo la misma idea: “Desde 1989-1990 ya no hay escapatoria del universo capitalista”. Pero un número creciente de intelectuales (entre ellos Žižek, Vattimo y Badiou) están diciendo que la crisis económica actual refleja la incapacidad estructural del orden capitalista para eliminar las injusticias sociales y que por ello debemos considerar otra vez la “idea comunista” como una alternativa seria. ¿Podría explicarnos por qué es imposible un renacimiento socialista (o comunista)?

Creo que es poco serio fundar una teoría en la expectativa del big bang. No se debería menospreciar el espacio de contingencia donde acontece la historia, como tampoco la capacidad de aprendizaje del capitalismo. En la actual situación de crisis se hace dolorosamente evidente la falta de una amplia acción política de las élites y de una correspondiente base social para una clara política socialdemócrata o socialista sin concesiones. De lo contrario, el capitalismo podría ser “deformado desde dentro hasta hacerse irreconocible”, que es otra formulación que yo uso desde 1989-90. Pero eso no tiene nada que ver con las imágenes históricas de la revolución. Si solo se tuviera una ligera idea de la complejidad de la sociedad mundial emergente (eso se puede aprender en Niklas Luhmann), se reconocerían las rasgos surrealistas de una tenaz adhesión a la retórica revolucionaria.


En La constitución de Europa advierte sobre el error de una “unión monetaria sin las necesarias capacidades políticas de regulación” y afirma que “los países de la Zona euro se enfrentan a la alternativa entre una profundización de la cooperación europea o la renuncia al euro”. En suma, solo existe una opción coherente para Europa: la “continuación consecuente de la juridificación democrática de la Unión Europea”. ¿Piensa usted que los líderes europeos están preparados para continuar el proceso político de la Unión Europea o más bien están empujado en la dirección equivocada?

Hasta ahora, lo que veo en las élites políticas de Europa, en especial en Alemania, es que nadie tiene el valor de cambiar la situación actual, aunque uno podría esperar más de Peer Steinbrück [el candidato socialdemócrata en las últimas elecciones alemanas] que del oportunismo político de Merkel. El Gobierno federal de Alemania debería tomar la iniciativa para que se produzca el cambio de política que tanto necesitamos. Entonces sí tendríamos una posibilidad. Pero, por el momento, domina en la población general –que nunca se ha enfrentado seriamente a las cuestiones europeas– una conciencia de la normalidad sorda e insolidaria que es ciega al momento histórico. En Alemania hay una peligrosa autocomplacencia como consecuencia de haber recuperado la “normalidad” tras la reunificación nacional. El presidente alemán [Joachim Gauck], procedente también de Alemania del Este [como Angela Merkel], no tiene la menor conciencia del verdadero peligro: Alemania se sitúa de nuevo con respecto a Europa en aquella posición semihegemónica que nos condujo a las dos guerras mundiales.Gabriel Arnaiz


http://filosofiahoy.es/index.php/mod.pags/mem.detalle/relcategoria.4212/idpag.6482/v_mod.pags/v_mem.listado/chk.a3ba98db2302ae9b2dfad002095d0013.html



Jürgen Habermas

(Düsseldorf, Alemania, 1929) Sociólogo y filósofo alemán. Principal representante de la "segunda generación" de la Escuela de Frankfurt, entre 1955 y 1959 trabajó en el Instituto de Investigación Social de la ciudad. Enseñó filosofía en Heidelberg y sociología en Frankfurt, y dirigió el Instituto Max Planck de Starnberg entre 1971 y 1980. En 1983 obtuvo la cátedra de Filosofía y Sociología en la Universidad de Frankfurt.



Jürgen Habermas
Heredero de la "dialéctica de la ilustración" de Adorno y Horkheimer en su proyecto sociológico y filosófico de una reflexión moral sobre el desarrollo del capitalismo avanzado, Habermas propone un marxismo no ortodoxo que abandona la idea marxista de una organización exclusivamente productivista de la sociedad, causa de un empobrecimiento de la esfera vital.
Su obra filosófica trata de recuperar un punto de contacto entre teoría y praxis, frente a la pretendida neutralidad de los saberes positivos y científicos. Según Habermas, no es posible una objetividad ajena a valores e intereses, razón por la cual aquellos saberes resultan reductores, en la medida en que se basan en una razón meramente instrumental. Resultado de ello, siguiendo su crítica, es la creciente burocratización de la sociedad a todos los niveles y la despolitización de los ciudadanos.
A través del proyecto de una racionalidad discursiva, que contrapone a la tecnológica, Habermas indica, en una teoría de la acción comunicativa, el método para escapar a la continua desvalorización de lo vivido. Las acciones comunicativas, al contrario de las de tipo instrumental o estratégico, no se basan en la estructura de la actividad dedicada a un objetivo. En ellas los proyectos de acción de los participantes se coordinan con actos de comprensión, que se basan en el supuesto de un entendimiento posible y en una coincidencia de sus proyectos vitales. Esta "razón comunicativa", fundamentada en el carácter intersubjetivo y consensual de todo saber, devolvería a la sociedad el control crítico y la orientación consciente de fines y valores respecto de sus propios procesos.
Entre sus principales escritos destacan Historia y crítica de la opinión pública(1962), Teoría y práctica (1963), La lógica de las ciencias sociales (1967),Conocimiento e interés (1968), Ciencia y técnica como ideología (1968), Cultura y crítica (1973), La crisis de la racionalidad en el capitalismo evolucionado (1973),La reconstrucción del materialismo histórico (1976), Teoría de la acción comunicativa (1981), Conciencia moral y acción comunicativa (1983) y El discurso filosófico de la modernidad (1985). En 2003 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales y en 2005 el Premio Holberg.




POR ILIANA OLMEDO MUÑOZ Autora de Itinerarios de exilio (Renacimiento, 2014); @Ilianaolmedom



La madrugada del once de febrero de 1963, la poeta norteamericana Sylvia Plath introdujo la cabeza en el horno de su residencia londinense y acabó con su vida. No era su primer intento: de acuerdo con sus biógrafos desde la muerte de su padre, cuando ella tenía ocho años, había comenzado a desarrollar un carácter oscuro e incluso empezó entonces a sopesar la idea de matarse. Llegó a intentarlo un par de veces sin éxito. Entre estos intentos, en 1953, tomó las pastillas para dormir de su madre, suceso por el que fue internada en una institución mental y recibió tratamiento psiquiátrico.

En aquel invierno de 1963, a los 31 años, consiguió su propósito, “Morir/ es un arte, como todo lo demás”, escribió en el poema “Lady Lazarus”, “lo hago excepcionalmente bien”. Sobre la mesa de la cocina fue encontrado, junto al cadáver, un manuscrito con 40 poemas, titulado Ariel y otros poemas, al que se consideró una muestra esencial de los sentimientos finales de Plath. En las páginas siguientes había varios títulos tachados que había descartado (“The Rival”, “A Birthday Present”, “Daddy”, “The Rabbit Catcher” y “A Birthday to Daddy”). Esta imagen gusta por lo doméstica: la cocina, el horno abierto, dos bebés duermen en otra habitación y el manuscrito hecho en los ratos que podía robarle a la crianza, a la maternidad, a la batalla consigo misma.

Dos años más tarde, en 1965, el manuscrito apareció publicado por Faber and Faber, de Londres, editado por su esposo, el también poeta Ted Hughes (1930-1998), con quien se había casado en junio de 1956 (a pesar de que el nombre de Hughes no aparece en la edición ni en el prólogo). La edición publicada en Estados Unidos contenía tres poemas más que la edición británica y estaba convenientemente prologada por Robert Lowell, que había sido mentor de Plath en sus años escolares en Boston. Lowell fue el primero en dar las pautas de lectura de la obra Plath al asociar su voz poética con el carácter sufriente y con tendencias suicidas. Poco tiempo pasó para que Plath se convirtiera en ejemplo de la personalidad torturada del artista, por un lado y, por  otro, en un icono de la opresión femenina. Al final de cuentas, las infidelidades de Hughes la habían orillado a la muerte.

Si bien las aventuras de Hughes habían comenzado años antes e incluso algunos de sus biógrafos aseguran que gozaba de fama de casanova (esta es la premisa que desarrolla la película Sylvia, de 2003, protagonizada por Gwyneth Paltrow y Daniel Craig), también fue sin duda una exitosa medida editorial que determinó la percepción de Plath como poeta. La hija mayor de Plath, Frieda Hughes, escribió al respecto: “Para mí, la colección de  poemas de Ariel se convirtió en simbólica de esta posesión de la imagen de mi madre y de la amplia vilificación que se hizo de mi padre”. Aunque no era una poética accesible, esta edición, titulada simplemente Ariel, fue un éxito comercial y vendió 15,000 ejemplares en un año.

De ser una poeta un tanto minoritaria que sólo había publicado The Colossus and Other Poems (1960), Sylvia Plath ingresó en las filas mayores de la poesía contemporánea. Ariel ratificó el valor de su obra, que significó durante décadas uno de los paradigmas poéticos canónicos de la creación femenina y certificó la voz poética desde el punto de vista de la mujer. Plath se convirtió en maestra y legitimación de las siguientes poetas. Su mirada es singular y al mismo tiempo muy contemporánea. Del poema “Danzas nocturnas”:
¿Por qué me dieron

estas luces, estos planetas,
que caen como bendiciones, como copos

hexagonales, blancos,
en mis ojos, mis labios, mi cabello

que se derriten al tocarlos?
En la nada.

Además, la poesía de Plath muestra la voz afligida del depresivo, cuya existencia se vive como si estuviera dentro de una Campana de cristal (The Bell Jar), título de la única novela que publicó Plath bajo seudónimo en enero de 1963. Más que una exploración sobre la adolescencia, esta novela narra una educación sentimental en el Nueva York de los años cincuenta y la batalla constante ante las dudas, los cambios, las ambiciones y los demonios interiores.

La depresión y el suicidio se convirtieron en las dos líneas de acercamiento principales a Sylvia Plath y fueron tan llamativas que empezaron a desplazar la lectura de sus poemas. La figura del artista atormentado que construyó Plath dio lugar, por ejemplo, a que el psicólogo James C. Kaufman, cuya tesis de estudio es la mente creativa, concibiera el apelativo Sylvia Plath effect, suerte de síndrome autodestructivo  al que son más susceptibles las mujeres poetas. Según Kaufman ellas tendrían tendencias suicidas más marcadas que las que cualquier otro artista. Su teoría se basa en que muchas veces la escritura sirve para expresar conflictos interiores, puesto que al ordenarlos se construye la narración de una historia y así se borra la angustia; pero como la mayoría de los poemas no tienen trama ni argumento, generan en el poeta un efecto de repetición, de estar rumiando los problemas o los conflictos, acto que es más perjudicial que benéfico, ya que este constante darle vueltas a las cosas sostiene la depresión y puede derivar en la locura.

Los estudios de Kaufman demuestran que las poetas suelen caer con mayor facilidad en estos estadosrumiantes, más que sus pares masculinos o las que escriben prosa. Los detalles sobre esta tesis pueden consultarse en la página de internet del teórico, aunque en cierta manera hacen pensar en la existencia de algún tipo de prejuicio de género implícito, ya que es bien sabido que las mujeres que salen de la media han sido consideradas brujas o locas a lo largo de la historia y a la cabeza se encuentra Plath.

De manera simultánea, el personaje de Plath empezó a construir su mito como ejemplo de la mujer oprimida por el sistema masculino, encarnado tanto por su padre como por su esposo. La poeta feminista Robin Morgan publicó en su libro Monster (1972) el poema “Arraigment” en el que sin tapujos acusaba a Ted Hughes de la muerte (más exactamente del asesinato) de Plath. Hughes amenazó a la editorial con una demanda y el poema fue excluido de la colección. Sin embargo, circularon varias ediciones piratas en Australia y Canadá. Con estos sucesos la imagen de Hughes (y el manejo que hizo de la obra de Plath) empezó a deteriorarse. Tampoco ayudó  el hecho de que la poeta Assia Wevill (1927-1969) que tuvo una relación y una hija con él se suicidara tan sólo seis años después que Plath. Sobre el perfil de esta poeta y su relación con Hughes se publicó una interesante biografía de Yehuda Koren y Eilat Negev, cuya traducción está editada por la española Circe. De hecho la lápida de Plath, que tiene un epígrafe elegido por Hughes y en la que aparece con su nombre de casada como Sylvia Plath Hughes, fue atacada varias veces en las décadas de los ochenta y noventa con la intención de eliminar el apellido de Ted. Aunque en el 2012 sorprendió a propios y extraños que de la tumba fuera eliminado el apellido Plath y que el grupo “masculinistas por Ted Hughes” se achara la autoría dentro del anonimato que permite twitter.

Transcurrieron un par de décadas, aparecieron nuevas poéticas y se diluyó un poco la tragedia intrínseca a la historia de Plath. En 1981 Hughes reunió la obra completa de Plath bajo el título Collected Poems e incluyó las notas del contenido original del manuscrito de Ariel. El poeta británico fue severamente criticado por no haber respetado el orden original propuesto por Plath. Se publicaron distintas reacciones críticas en las que se compara ambas versiones. Los cambios se resumían en la modificación del orden, exclusión de algunos poemas y el añadido de otros que Plath había escrito poco antes. De esta forma, eliminó doce poemas, entre ellos, “El otro”, “Un secreto” y “El detective”, y agregó otros, como, “Ovejas en la niebla”, “Los maniquíes de Múnich” y “Tótem”, que conformaron la identidad de Ariel y desde el cual provienen la mayoría de sus traducciones.

En español la editorial Bartleby incorporó la edición restaurada de Ariel a la traducción de Xoán Abeleira de la Poesía completa, en 2008.  El cotejo de versiones ponía a la luz que estos cambios transformaban la narrativa del libro como conjunto. Mientras que en el orden propuesto por Plath quedaba retratada la degradación gradual que conduce a una mentalidad conflictiva, en la de Hughes aparecía una mirada crítica —aunque también afectada y sin restricciones— de la realidad. Frieda Hughes recuerda las palabras de su padre: “Yo sólo quería hacer el mejor libro posible”.
La principal pregunta es cuál de las dos versiones refleja mejor el carácter poético de Plath. ¿Qué tanto era un borrador? Otras muchas objeciones brotan de manera inmediata y natural: ¿cuál de estas versiones es mejor? ¿Es superior la versión de Ted Hughes que la original, como muchos críticos han concluido? ¿Cuál de las dos es la más válida? ¿Cuál es el papel del editor? Ciertamente entre los dos poetas había un diálogo creativo que está documentado en cartas y diarios, pero qué tan válida era la intromisión de Hughes y hasta dónde llegaban sus límites. ¿Conocía tanto la obra de su esposa al punto de editarla y transformarla?

Ante estas cuestiones, en 2004, Frieda Hughes publicó una nueva edición de Ariel, “the restored edition”, como muestra el subtítulo de la editorial Faber and Faber. En ella no sólo respeta el manuscrito original, sino que incluye el facsímil en la parte final y algunos de los borradores de las distintas versiones del poema “Ariel” escritos a mano y en máquina. A pesar de que estaba restituyendo la primera versión, en el prólogo ella no puede más que defender la decisión de su padre (para entonces ya fallecido), y no sólo justifica la primera edición, sino la infidelidad paterna. Afirma: “Muchos años después él me dijo que creía que pese a la aparente determinación de mi madre [de separarse], él siempre pensó que ella iba a reconsiderar: ‘estábamos trabajando en ello’, dijo”. No cuestionó las elecciones de su padre, en cambio, Frieda cuestionó la recepción crítica que se había hecho de Sylvia como artista. “El suicidio de mi madre, más que su vida, fue la verdadera causa de su elevación como icono feminista”. No fue su obra. Para ejemplificar esto menciona el hecho de que la placa para honrar la memoria de Plath se quisiera poner en la casa en la que se suicidó, no en la que vivió. Al final vende más la casa donde surgió la leyenda que el lugar donde creó su poesía. Además de que forma parte importante del suicidio el drama de la infidelidad de Hughes con otra poeta, suceso del que se enteró Plath en junio de 1962 y que desató la tormenta entre ellos.

La inserción de la mano de Hughes marcó la lectura de la obra de Plath, no sólo en la edición de Ariel, sino en el resto de los textos que había dejado. Fue él quien se encargó de publicar la mayor parte de la obra que dibuja el conjunto poético de Plath, basta sólo observar que el número de sus libros póstumos supera a lo que publicó en vida. Hughes le dio el espaldarazo y el suicidio le abrió el espacio en el medio literario. Ahora los poetas jóvenes llegan primero a Plath y después empiezan a leer a su esposo, ¿será entonces que algo cambiado en las dinámicas de legitimación literaria o sólo será uno más de los espejismos que sostienen nuestras aspiraciones de una cultura igualitaria? Lo cierto es que más allá de la culpa de Hughes y del impulso que el contexto alrededor del suicido le hayan dado a Plath, su obra se sostiene por su valor.

A lo largo de su vida, Hughes trató de evitar las polémicas y mantuvo en silencio —dentro de lo posible— los pormenores de su vida privada, incluso desapareció el último tomo de los diarios de Plath, pero en 1988 publicó una colección de poemas, Birthday Letters, en donde expuso su punto de vista y su argumento acerca de su relación con Plath. Hughes sabía que ese año iba a morir del cáncer que padecía. Con ese libro ganó tres de los premios más importantes de la poesía en lengua inglesa y fue un éxito de ventas inmediato.

La controversia y la desgracia han marcado por igual la percepción crítica de la obra de Sylvia Plath, que suele ser más conocida por su repentino (y poco maternal) suicidio que por el indudable valor de su obra y el aprendizaje que su lectura deja. Esto demuestra, cuando se cumplen cincuenta años de la publicaciónAriel, el más sólido de los libros de Plath, que a nuestra aspiración de igualdad entre los sexos todavía le queda camino por recorrer, ya que explica mucho el mundo en que vivimos y la forma en que solemos acercarnos a los creadores y al arte.

http://confabulario.eluniversal.com.mx/sylvia-plath-o-el-arte-de-morir/