En esta lúcida entrevista, realizada en 2010, en su casa de Leeds, el conocido pensador polaco nos expone su punto de vista sobre temas de actualidad, como la crisis económica, la globalización, los medios de comunicación o incluso su propia obra, comenzando con una breve pero aclaratoria explicación de uno de sus más famosos conceptos, "la modernidad líquida" aplicada a la realidad social del momento.

Bauman es uno de esos sociólogos incansables y de corazón que a pesar de sus más de ochenta años vividos, sigue sorprendiéndonos por la brillantez de su pensamiento y por su implicación en todos los movimientos sociales, destacando últimamente sus declaraciones sobre elMovimiento 15M. Bauman continúa siendo una de las voces más críticas con el sistema capitalista y con la globalización.

Es un lujo poder escuchar el profundo análisis de este pensador. 

¿Alguién puede imaginar a Durkheim explicándonos la división del trabajo social en vídeo?



Nuestra Biblioteca del Pensamiento Sociológico alberga alguna de sus obras.

Hoy os presentamos una colección imprescindible de documentales de poco más de una hora sobre 10 de las figuras más importantes del S.XX en el desarrollo del pensamiento social y político contemporáneo.

Empezando por Lacan y Foucault, pasando por Bourdieu, Arendt o Laclau, grandes pensadores del siglo XX nos acerca la voz y la imagen de hombres y mujeres cuyas ideas trascendieron las fronteras de Europa para influir en el pensamiento humano. A lo largo de diez capítulos, Ricardo Forster -doctor en Filosofía, profesor e investigador- presenta entrevistas a destacados pensadores. Valiéndose de su experiencia como docente, Forster acercará los conceptos y contextos de la época en que surgieron las teorías de estos intelectuales.

1. Jaques Lacan
2.Michel Foucault

3. Pierre Bourdieu

4. Hannah Arendt

5.Edgar Morin

 
6. Cornelius Castoriadis


7. Claude Lévi-Strauss


8. Ilya Prigogine


9. Jean Paul Sartre [2 capítulos]



  
10. Ernesto Laclau




http://refugiosociologico.blogspot.com/2015/08/10-documentales-para-entender-los.html


EL FILÓSOFO MOSQUETERO
o cómo transformar el martillo en hoz 
Santiago Espinosa


Me da escalofríos pensar en todos aquellos que, sin estar hechos para mis ideas, se reclamarán de mi autoridad. F. Nietzsche, Ecce Homo Existe actualmente en Francia, y desde hace ya bastante tiempo, una especie de pensamiento que se autodenomina “nietzscheanismo de izquierda”. Sin duda lo mismo podría decirse a propósito del nietzscheanismo “de derecha”, pero como ambos están equidistantes de la “política” de Nietzsche, si es que tal cosa existe, en última instancia da lo mismo. Como nietzscheanos de izquierda se reconocieron muchos de los intelectuales hoy llamados “sesentayocheros”, Foucault y Deleuze entre ellos; y un poco más joven, Michel Onfray, quien se ha empeñado en construir una especie de mundo mejorado política, académica, estética, ética y sexualmente, reivindicando lo que él llama “hedonismo materialista” que surge directamente, afirma, de una lectura gauchisante de Nietzsche. Sabemos que Nietzsche era bastante reacio con respecto al hedonismo y que sus críticas a Epicuro fueron copiosas, pero dejemos eso a un lado. Lo que es en verdad sorprendente es la capacidad que tiene Onfray de hacer comulgar al que se autocalificaba el “menos liberal de todos los hombres” con las ideas socialistas y comunistas, o simplemente, con la idea de progreso en el sentido colectivo que busca Onfray. Nietzsche es un pensador individualista. La “masa” está lejos de ser una conciencia abstracta capaz de autocuestionarse; muy por el contrario, es ella misma la que comporta esa doxa de la que es imperativo liberarse, “¡Que se la lleve el diablo, y la estadística!”. Imposible pensar, desde el individualismo —y sabemos hasta qué punto Nietzsche es heredero directo de Stirner—, en una “salvación” colectiva. El propio Deleuze lo había ya confirmado. De lo único que es posible salvarse es precisamente de esa “mente colectiva” —una contradictio in terminis— que decide por uno. Yo soy incapaz de pensar por los otros, por consiguiente, soy incapaz de decidir por ellos. Lo que es bueno para mí puede no serlo para el otro, sea o no mi prójimo. Por eso el proyecto de Onfray viene a ser más hegeliano que nietzscheano, y más evangélico que anticristiano: se trata de fundar una “nueva sociedad”, esta vez encaminada hacia el “bienestar común”, es decir, se trata de “pro- gresar” en conjunto hacia ese “mundo mejor” que él ya ha descubierto por nosotros. Y para ello, mejor instaurar de una buena vez los valores que hemos de seguir. Así pues nuestro autor se impone la ardua tarea de describir muy copiosamente su “nueva ética del rebelde” en sus múltiples variedades: en qué (no) debemos creer en adelante (Traité d’athéologie), cómo debemos relacionarnos, en todos los sentidos, con el otro (Théorie du corps amoureux, L’art de jouir), cómo debemos regirnos (Politique du rebelle), cómo debemos hacer/contemplar el arte (La sculpture de soi), etcétera. Eventualmente, una consigna musical: qué debe escuchar el “rebelde libertino”, y entre tanto, consejos de viaje, de cocina, de docencia, de historia de la filosofía (los volúmenes 5 a 8 están ya en preparación) y los hasta ahora cinco volúmenes de su Diario hedonista, esa “celebración del genio colérico”, como él mismo la llama, la “escritura de sí que sólo puede acabar con la muerte de su autor”. Tranquilos que el mes que viene aparecerá otro libro de Onfray, y el siguiente, otro, etc. Eso a lo que Nietzsche dedicó apenas cien páginas, en Ecce Homo, viene a ser la mayor fuente de reflexión de Michel Onfray. No nos preocupemos por las ideas, que han sido y serán siempre las mismas, sino por el increíble esfuerzo que implica encontrarlas en cada texto, que, por mor a aparecer en lo inmediato —¿no será que “el suicidio del nietzscheano” está más próximo de lo que nos imaginamos?—, requiere de una cantidad extraordinaria de relleno anecdótico y erudito. Quizá por esta misma razón, como se propone como —¿efímero?— líder intelectual del hombre del futuro, y para que éste lo escuche sin mayor tropiezo, Onfray ha decidido leer y grabar sus propios libros, disponibles ahora en CD en todas las Fnac de Francia. Muy en el espíritu del mosquetero. Así, no sólo “se conduce al rebaño” por la buena senda (o sea, según Onfray, la vía “mala”, dado que es “anticristiana”) sino que se obtiene además un beneficio económico difícilmente desdeñable. No nos extraña escuchar a menudo que se trata del “mayor filósofo actual en Francia”: pues la nación que más se vanagloria de sus “intelectuales”, de su “laicismo” y de su “democracia” necesita por fuerza un líder que repita los discursos que la reivindican y que lo haga al alcance de todos. Y como de costumbre, aquí el “todos” representa desde luego una “media”, en el más amplio sentido; así, si esa media es además, como su nombre lo indica, mediocre, no habrá más que ajustarse —mediáticamente— a ella. De modo que ¿quién habla, Onfray o la media —los medios, la masa? Si hoy —¿acaso no huía Nietzsche precisamente de toda actualidad?— se le reconoce como “el más grande de todos”, es que justamente encarna la voz de ese extraño “todos". II. Durante la mitad de su vida, Wagner creyó en la Revolución, como sólo un francés hubiera podido creer. F. Nietzsche, El caso Wagner 2 Es posible que el problema sea algo más complicado. No es que Onfray no pueda ser nietzscheano. Francia por puede serlo, con todo lo que ello comporta; porque no puede permitirse atacarse a sí misma. Nietzsche representa lo contrario de, cuando menos, dos de los tres ideales franceses: 1) no somos iguales; no sólo somos diferentes del vecino (y en general de cualquier otro individuo), sino de nosotros mismos: “devenir lo que se es” significa grosso modo dejar de ser lo que “el resto” me permite ser, para ser por fin “yo”. En ello consiste la labor de autosuperación. Y esta labor es prácticamente infinita, no siendo “yo” otra cosa que devenir, es decir, un cambio —una “inversión”— incesante de perspectiva, en tanto que carente de toda ideología. Pessoa se preguntaba si la persona que terminaba un libro era la misma que lo comenzaba, —aquí lo que se cuestiona es el concepto de identidad: yo no soy idéntico ni siquiera a mí mismo; el verbo ser no tiene sentido más que en gerundio. Por lo demás, sabido es que Nietzsche se enfrenta —el individuo es aquél que se otorga la posibilidad de ser enemigo, de mostrar su pathos agresivo— ante todo a sí mismo, reflejado en lo que él mismo fue: Schopenhauer, Wagner, por ejemplo; de aquí la única posibilidad de libertad. En otras palabras, 2) no se es libre en plural; toda “comunidad”, al menos si se entiende por ello un corpus social, es incapaz de ser libre. Ser libre significa en esencia (de nuevo Stirner), no estar constreñido por nada en absoluto. Pero esto es impensable: me constriñe la materia, me constriñe mi cuerpo, etc. Sólo cabe pensar una “libertad total” en Dios. En todo caso, aquí abajo el término sólo cobra sentido si indica libertad de los otros, y no porque sean el infierno, desde luego, sino porque es de ellos que “el único” debe desprenderse para no guiarse por ideas que él mismo no ha concebido; “ideas fijas”, las llama Stirner. Nietzsche irá aún más lejos, como se acaba de ver, tomándose como “otro”: las ideas que hasta hace poco me movían en una dirección pierden su fuerza sobre mí. Así, si yo mismo no puedo estar de acuerdo conmigo mismo, bastante más difícil que “todos juntos” lleguemos a un acuerdo. A la masa, al gobierno, al corpus social, no le gusta que el individuo se “autoafirme”. Cuando esto ocurre, resulta naturalmente peligroso, aunque más peligroso es considerar a los individuos como niños —o “débiles”— que requieren de la protección de un adulto. De ahí que sea preciso eliminar todo “yo puedo” e intercambiarlo por un “yo debo” (aquí tanto el francés como el español caen en la trampa de no hacer diferencia entre el may y el can del inglés, que existe también en alemán). Evidentemente, lo que yo debo — querer, desear, etc., no debe ser nunca sólo para mí, sino para “nosotros”, por abstracto que resulte este nombre. Así sería el pensamiento de “izquierda”. La “fraternidad” no podría aparecer más que como una asociación —no una comunidad— de individuos, y en cuanto tales, libres de toda restricción exterior, llámese padre o Estado. Pero en Francia difícilmente se puede decir “yo”: Le moi est haïssable, decía Pascal; por consiguiente, también es muy difícil “ser nietzscheano”, a menos que se haga un extraño batido que puede no ser peligroso, pero sí ignominioso. Naturalmente, hay honrosas excepciones, que se defenderán solas. El libro de aquellos personajes tan politizados, ¿Por qué no somos nietzscheanos?, quizá sea una consecuencia forzosa de aquella ideología incompatible expuesta por Dumas y de la que los filósofos se apropian de buen grado (“¡Todos para uno y uno para todos!”) y ya sabemos a expensas de quiénes. 3 La “nueva política del rebelde” de Onfray no es pues, como él propone, en absoluto novedosa sino simplemente una recuperación de los valores que los franceses han reivindicado desde 1789; ¡el francés ya es, desde antiguo, un “rebelde”, e incluso un “libertino”! No se trata aquí de un pensamiento individual, “único”, sino de una especie de reverberación del pensamiento colectivo. La revisión que hace Nietzsche en Ecce Homo consistía en mostrar por qué no había ni “orejas ni manos” que pudieran captar sus “verdades” en su “actualidad”. Foucault y Heidegger analizarán con cuidado esas nuevas formas de “estar en la verdad” que radican en su incapacidad de ser comprendidas por la discursividad contemporánea. “Non legor, non legar” —”no me leen, no me leerán”, decía parafraseando al revés a Schopenhauer; no porque no deseara ser leído, sino porque sería a fortiori incomprendido. Ser “comprendido” quiere decir aquí, hablar la misma lengua de la doxa, estar dentro de los límites de un discurso predeterminado. Onfray seguirá sin duda produciendo en (y para la) masa, en la misma medida en que no rompa con tal discurso, o lo que es lo mismo, en la medida en que no piense por sí mismo. Aquí no es el individuo el que escribe, sino Narciso, reflejado en la laguna del discurso de la izquierda: “¡Legor, legar, fieles demócratas!”

PORTADA

Política del rebelde

Tratado de resistencia e insumisión

A 420
En este vigoroso libro, Onfray expone su ideario político libertario, construido sobre la base del nietzscheanismo de izquierda, entre cuyas figuras principales destaca a Foucault, Derrida y Bourdieu. A partir de sus vivencias de infancia y adolescencia en la fábrica de quesos de su pueblo natal, desarrolla la imagen de la sociedad capitalista como el gran Leviatán que engulle la humanidad de los seres humanos, y presenta, sobre el modelo del infierno dantesco, el de nuestro mundo actual. Luego expone los principios de su utopía social sobre la base del hedonismo filosófico, cuya máxima es «Gozar y hacer gozar». Propone este proyecto como la culminación del movimiento de Mayo del 68 y contra toda ideología que invoque conceptos universales, absolutos o trascendencias más allá de la muerte, para reivindicar los derechos del cuerpo que sufre y goza en este mundo.

«El discurso de Onfray es indiscutiblemente revolucionario» (Denis Sieffert, Politis).
«Un libro arrebatado, a veces lírico, inadecuado para prudentes y para tibios» (François Salvaing, Humanité Dimanche).

M. Onfray - Política Del Rebelde. Tratado De Resistencia E ...

https://zoonpolitikonmx.files.wordpress.com/.../michel-onfray-politica-d...


Por Manuel Vázquez Montalbán, El País, 11/99

La caída del muro de Berlin es a la vez línea y catástrofe imaginaria. Habermas se plantea si hay que aprender a fuerza de catástrofes cuando se enfrenta a la obligación de hacer un diagnóstico del siglo XX, convergente con el de Hobsbawn en La Era de los extremos: El corto siglo XX, 1917-1991. Si bien la caída del muro fue saludada como el inicio de una historia sin bipolarizaciones y sin chantajes atómicos, diez años después asistimos a algo parecido a una deconstrucción de lo tan difícilmente construido por la razón solidaria y humanista a lo largo de más de un siglo: la filosofía del desarme, la descolonización y la construcción del Estado social. Como si mediante la ingeniería genética el ave fénix del capitalismo se resignificara emergente de los cascotes del muro de Berlín, su antigua lógica reaparece maquillada de modernidad, justificando con la coartada de la globalización el desarrollo armamentista y el intervencionismo militar, las relaciones de dependencia fatales entre globalizadores y globalizados y la no función del Estado social, presentado como un lastre para la extensión de la red de poder económico y mediático que fijará un nuevo orden.
Una inteligentísima derecha que niega la división entre izquierdas y derechas, hegemoniza el discurso cultural mientras copa la parte sustancial de la red mediática global y deja la iniciativa programadora en manos de los centros de diseño económico, propiciando un economicismo determinista ciego ante el coste social y ecológico del crecimiento. Si bien el mercado aparece como el Gran Legitimador de lo bueno y lo malo y por lo tanto de lo necesario, el discurso se uniforma y se centraliza mediante la progresiva inculcación de pautas culturales regresivas en consonancia con el totalitarismo del pensamiento único neoliberal. En ocasiones se produce la aparente contradicción de que esa reforma neoliberal basada en la libertad de iniciativa frente al gregarismo estatalista debe apoyarse en un neoautoritarismo militarizado para cumplir sus objetivos de hegemonía, como ocurrió en el Chile de Pinochet. Los neoliberales tienen en Monte Peregrino su montaña sagrada, de la que descendió Hayeck en 1948 con las tablas de la ley antimarxistas y antikeynesianas, pero la derecha neoliberal autoritaria se ha apoderado del mensaje y lo ha convertido en los mandamientos canónicos de su proyecto histórico. El control economicista de la política ha dejado casi sin función a los políticos y tiende a convertir los Parlamentos nacional-estatales en simples teatros donde se desarrolla la dramaturgia de una democracia para profesionales.

Aunque al parecer el muro de Berlín sólo se desmoronó sobre el costillaje comunista, diez años después se constata la impotencia de respuesta por parte de otras izquierdas, la socialdemócrata la más importante. Al final de la década de la catarsis y la autocomplacencia, las propuestas de la Tercera Vía de Blair, Giddens y Shroeder son meros restos del naufragio keynesiano disfrazados de radicalidad de verbo y de propósitos, aunque el propio Giddens es consciente del riesgo y lo exorciza por el simple procedimiento de enunciarlo: "(...) la imagen sola no es suficiente. Debe haber algo sólido tras el montaje pues si no el público ve muy pronto lo que hay detrás de la apariencia. Si todo lo que el Nuevo Laborismo tuviera que ofrecer fuera astucia mediática, su permanencia en la escena política sería corta y su contribución a la revitalización de la socialdemocracia, limitada". La propia lógica interna de los aparatos de poder de la socialdemocracia real fuerza a ocupar el espacio del social-liberalismo para disputar la hegemonía al neoliberalismo puro y duro, pero en ningún momento de esos análisis emerge la idea de la alternativa realmente modificadora: se trata de paliar los efectos de los nuevos centros de poder factuales que al pertenecer a la galaxia de lo cosmopolita han perdido incluso el carácter inquietante que tuvieron las grandes potencias o la en otro tiempo llamada oligarquía monopolista. Sólo se asume lo lingüísticamente correcto.

Las izquierdas no reconocen enemigos, la Historia se ha quedado sin culpables, salvo en el caso de genocidas psicópatas. Nadie espera nada del futuro que no aporte la tecnología y la esperanza humanista emancipadora e igualitaria se convierte en espera no de lo bueno o lo malo, sino de lo inevitable. Es tan grave y tediosa la expectativa que será insoportable. Ésa es la gran esperanza.

«Muchas películas se realizan hoy con un grado de penetración y de madurez que alcanza el nivel de los textos escolares. El Enrique V y el Ricardo III de Olivier reúnen una riqueza cultural y artística que revela a Shakespeare a un nivel muy alto, aunque de una forma de la que pueden disfrutar fácilmente los jóvenes.












La película es a la representación teatral lo que el   libro fue al manuscrito. Pone a disposición de muchos en muchos momentos y lugares lo que de otro modo quedaría restringido a unos pocos y a pocos momentos y lugares. La película, igual que el libro, es un mecanismo de duplicación» (de El aula sin muros, McLuhan)


Laurence Kerr Olivier, nombrado Barón Olivier Reino Unido22 de mayo de 1907 - Steyning, Reino Unido11 de julio de1989) fue un actor y director británico catalogado por ciertos críticos como el más grande actor del siglo XX. Trabajó a lo largo de su vida en 120 obras teatrales, 60 películas y 15 series de televisión. Recibió en 1989 el premio Óscar por toda su carrera profesional.


¿Qué es en el fondo actuar sino mentir?, ¿y qué es actuar bien sino mentir convenciendo? 
Un actor debe ser capaz de crear el universo en la palma de su mano.
Laurence Olivier



Richard III
Año
Duración
161 min.
País
 Reino Unido
Director
Guión
Alan Dent & Laurence Olivier (Teatro: William Shakespeare)
Música
William Walton
Fotografía
Otto Heller
Reparto
Laurence OlivierRalph RichardsonJohn GielgudClaire BloomCedric Hardwicke,Stanley BakerAlec ClunesNorman WoolandLaurence NaismithPamela Brown,John LaurieMichael Gough
Productora
London Films
Género
Drama | HistóricoSiglo XV
Sinopsis
En la segunda mitad del siglo XV, en Inglaterra, estalla una guerra civil: la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485) entre la Casa de Lancaster (rosa roja) y la de York (rosa blanca), que será el último enfrentamiento entre el absolutismo real y la nobleza La victoria de Mortimer Cross desplazó del trono a los Lancaster y Eduardo IV de York, fue proclamado rey. A su victoria contribuyeron sus hermanos Ricardo de Gloucester y Jorge Clarence. La siniestra figura de Ricardo -deforme, siempre a la sombra y al acecho- protagoniza una de las páginas más negras de la historia de Inglaterra. Célebre adaptación de la obra de Shakespeare. (FILMAFFINITY)
Premios
1956: Nominada al Oscar: Mejor actor (Laurence Olivier)

Henry V
ítulo original
The Chronicle History of King Henry the Fift with His Battell Fought at Agincourt in France (Henry V)
Año
Duración
137 min.
País
 Reino Unido
Director
Guión
Laurence Olivier, Dallas Bower, Alan Dent (Obra: William Shakespeare)
Música
William Walton
Fotografía
Robert Krasker
Reparto
Laurence OlivierRobert NewtonLeslie BanksFelix AylmerRenée AshersonLeo Genn
Productora
Two Cities Films
Género
Drama | HistóricoSiglo XVBiográfico
Sinopsis
Guerra de los Cien Años. Tras una vida disoluta, Enrique V (1413-1422) hereda el trono de Inglaterra y toma conciencia de sus responsabilidades. En 1415 reúne un ejército de 30.000 hombres y reanuda la guerra contra los franceses. Ese mismo año los derrota en la batalla de Azincourt y, a continuación, ocupa Normandía y París. (FILMAFFINITY)