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    miércoles, 25 de noviembre de 2015

    ANAIS NIN (fragmentos)


    PRINCIPIOS DE JUNIO DE 1932

    Es el rol de Fred, inconcientemente, el de envenenar mi felicidad. Señala lo inadecuado del amor de Henry. No me merezco un amor a medias, me dice. Me merezco cosas extraordinarias. Mierda, el amor a medias de Henry vale más para mí que todos los amores de mil hombres.
    Por un momento imaginé un mundo sin Henry. Y juro que el día que pierda a Henry voy a asesinar mi vulnerabilidad, mi capacidad para el verdadero amor y mis sentimientos, con el libertinaje más frenético. Después de Henry no quiero más amor. Sólo coger, por un lado, y el trabajo y la soledad, por el otro. No más dolor.
    Después de no ver a Henry por cinco días por mil obligaciones, no pude soportarlo más. Le pedí de vernos una hora entre un compromiso y otro. Hablamos por un rato y nos fuimos al hotel más cercano. Qué profunda necesidad de él. Sólo cuando estoy en sus brazos todo parece estar bien. Después de una hora con él yo pude seguir con mi día, haciendo cosas que no quiero hacer, viendo a gente que no me interesa.
    Un cuarto de hotel para mí tiene una implicación de voluptuosidad, de cosa furtiva, rápida. Quizás no ver a Hnery alzó todavía más mi hambre. Me masturbo a menudo, con lujuria, sin remordimiento o una sensación de desagrado posterior. Por primera vez sé lo que es comer. Subí casi dos kilos. Tengo un hambre frenética y la comida que como me da un placer prolongado. Nunca antes comí de esta manera, tan profundamente carnal. Tengo tres deseos ahora: comer, dormir y coger. Los cabarets me excitan. Quiero escuchar música estridente, ver caras, frotarme con otros cuerpos, beber fogosos licores. Hermosas mujeres y hombres apuestos me despiertan feroces deseos. Quiero bailar. Quiero drogas. Quiero conocer gente perversa, intimar con ellos. Nunca miro caras ingenuas. Quiero llegar a mordiscos a la vida y ser desgarrada por ella. Henry no me da todo esto. Yo desperté su amor. A la mierda con su amor. Me puede coger como ningún otro puede, pero yo quiero más que eso. Me estoy yendo al infierno, al infierno, al infierno. Salvaje, salvaje, salvajemente.



    EN ALGÚN MOMENTO DE AGOSTO DE 1932

    Los días que siguieron fueron únicos, resplandecientes. Charla y pasión, trabajo y pasión. Lo que necesito guardar, tomar con calidez contra mi pecho, son las horas en ese piso de arriba. Henry no me pudo dejar. Se quedó dos días, que culminaron en semejantes estallidos de sexo frenético que quedé ardiendo por mucho tiempo.
    Me dejé de preocupar. Me recuesto y lo amo, y recibo tal amor de él que justificaría toda mi existencia. Tartamudeo cuando digo su nombre. Cada día es un hombre nuevo con nuevas profundidades y nuevas sensibilidades.
    Recibí una foto de él hoy. Fue algo raro ver tan claramente toda su boca, la nariz bestial, los pálidos ojos fáusticos – esa mezcla de delicadeza y animalidad, de dureza y sensibilidad. Siento que amé al hombre más extraordinario de nuestra época.

    La mayor parte de mi vida la pasé enriqueciéndome tanto como pude durante la larga, larga espera de los grandes acontecimientos que ahora me llenan tanto y tan profundamente que me abruman. Ahora entiendo la tremenda preocupación, el trágico sentido de fracaso, el profundo descontento. Estaba esperando. Ésta es la hora de la expansión, de la verdadera vida. Todo lo demás fue una preparación. Treinta años de vigilancia angustiosa. Y ahora estos son los días para los que viví. Y ser conciente de esto, tan conciente, es lo que me resulta casi insoportable. Los seres humanos no pueden soportar conocer el futuro. Para mí, conocer el presente es igual de deslumbrante. Que sea tan intensamente rico¡y saberlo!




    Versión de Tom Maver

    ANAÏS NIN - DE SU DIARIO AMOROSO I
    No tenemos un lenguaje para los sentidos. Los sentimientos son las imágenes, las sensaciones son como sonidos musicales.



    6 de Octubre de 1933

    Me siento infernalmente sola. Lo que necesito es alguien que pueda darme lo que doy a Henry: esta atención constante. Leo cada página que escribe, continúo sus lecturas, contesto sus cartas, lo escucho, recuerdo todo lo que dice, escribo sobre él, le hago regalos, lo protejo, estoy dispuesta en cualquier momento a renunciar todo por él, sigo sus pensamientos, intervengo en sus planes. Un desvelo apasionado, maternal e intelectual.

    Él. Él no puede hacer esto. Nadie puede. Nadie sabe cómo. Es un arte, un don. Hugh me protege, pero no responde. Henry responde, pero no tiene tiempo para leer lo que escribo. No capta todos mis estados de ánimo ni escribe sobre mí. Sólo es solícito, como una mujer. Todo lo consigo en fragmentos, de modo incompleto, insuficiente, tentador. Y me quedo sola, y he de volver a mi diario para darme la clase de respuesta que necesito. Tengo que alimentarme yo misma. Tengo amor; pero no es suficiente. La gente no sabe cómo amar.



    (fragmento de su diario I - 1930-1934)

    The Four-Chambered Heart. Corazón cuarteado (fragmento)
    La guitarra destilaba su música.
    Rango la tocaba con el cálido color cobrizo de su piel, con la pupila de carboncillo de los ojos, con la espesa fronda de sus cejas, derramando en la caja color miel los sabores del camino abierto en el que vivía su vida de zíngaro: tomillo, romero, orégano, mejorana y salvia. Derramando en la caja de resonancia el vaivén sensual de su hamaca colgada en la carreta gitana y los sueños nacidos en su colchón de crin negra.ídolo de los clubs nocturnos, en donde hombres y mujeres obstruían puertas y ventanas, encendían velas, bebían alcohol, y bebían de su voz y de su guitarra, las pociones y las hierbas del camino abierto, las cencerradas de la libertad, las drogas del ocio y de la pereza.

    Al amanecer, las mujeres, sin contentarse con la transfusión de vida proporcionada por las cuerdas de tripa, henchidas de la savia de su voz traspasada a sus venas, querían tocar su cuerpo con sus manos. Pero al amanecer, Rango se echaba la guitarra al hombro y alejábase caminando.
    -¿Estarás mañana aquí, Rango?
    El mañana podía encontrarle tocando y cantando a la cola negra que su caballo meneaba filosóficamente, camino hacia el Sur de Francia.
    Djuna se inclinaba hacia ese Rango ambulante para captar todo lo que su música contenía, y su oído detectaba la presencia de aquella inalcanzable isla de felicidad que había estado persiguiendo, que había entrevisto en la fiesta a la que nunca asistiera pero que, siendo niña, había contemplado desde la ventana. Y como un viajero perdido en un desierto, se inclinaba más y más anhelante hacia aquel espejismo musical de un placer desconocido para ella, el placer de la libertad.
    -Rango, ¿querrías tocar alguna vez para que yo bailase? –preguntó con dulzura y fervor, y Rango, que iba a salir, se detuvo para inclinarse ante ella, con una inclinación de asentimiento que se había ido creando durante siglos de estilización y nobleza de porte, con una inclinación que denotaba la generosidad del gesto de un hombre que nunca había estado atado.
    –Cuando quieras.
    Mientras concertaban el día y la hora, y mientras ella le daba su dirección, caminaron instintivamente hacia el río.
    Sus sombras, que avanzaban ante ellos, revelaban el contraste existente entre ambos. El cuerpo de él era dos veces mayor que el de ella. Djuna caminaba en línea recta, como una flecha; Rango deambulaba. Mientras le encendía un cigarrillo, las manos de él temblaban, las de ella permanecían firmes.

    (…) Me enseñaron a tocar. Me enseñaron a vivir como ellos. Los hombres no trabajan; tocan la guitarra y cantan. Las mujeres les cuidan robando comida bajo sus amplias faldas. ¡Zora nunca logró aprenderlo! Se puso muy enferma. Tuve que dejar de vagar. Ya hemos llegado a mi casa. ¿Quieres pasar?
    Djuna contempló la casa de piedra grisácea.
    Todavía no había borrado de sus ojos la imagen de Rango en los caminos abiertos. El contraste resultaba doloroso y dio un paso atrás, súbitamente intimidada por un Rango sin caballo, sin libertad.

    Las ventanas de la casa eran largas y estrechas. Parecían enrejadas. Djuna todavía no podía soportar la visión de cómo Rango había sido capturado, domesticado, enjaulado, de cuáles habían sido las circunstancias, y quién su artífice.
    Estrechó su mano grandota, la mano grande y cálida de un cautivo, y le abandonó con tanta rapidez que él quedó aturdido. Permaneció sorprendido, balanceándose, encendiendo torpemente otro cigarrillo, preguntándose por qué ella había salido huyendo.
    No sabía que Djuna acababa de perder de vista una isla de felicidad. La imagen de una isla de felicidad evocada por su guitarra se había desvanecido. Avanzando hacia un espejismo de libertad, había penetrado en un bosque lóbrego, el bosque lóbrego de sus ojos oscureciéndose al decir: «Zora está muy enferma». El bosque lóbrego de su pelo despeinado al inclinar la cabeza, arrepentido: «Mi familia se sentiría avergonzada de la vida que ahora llevo». El bosque lóbrego de su perplejidad en el momento de ir a entrar en una casa demasiado gris, demasiado mísera, demasiado hacinada para su cuerpo grande y potente.

    Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
    Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban.
    Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y, cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
    La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos.
    La poción es la suma de toda nuestra existencia.
    Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
    La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
    No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes aflicciones, crecimientos y esfuerzos.
    Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en plena eclosión... amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico otorgaba clarividencia a las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales… imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para que el beso pudiese ser bautizado en las aguas sagradas de la continuidad.
    A la mañana siguiente, Djuna recorrió el Sena preguntando a los pescadores y a los marinos de las barcazas si había por alquilar alguna barcaza en la que ella y Rango pudieran vivir.
    Mientras permanecía junto al parapeto del pretil, inclinándose luego a contemplar las gabarras, un policía la estuvo vigilando.
    (¿Acaso piensa que voy a suicidarme? ¿Tengo aspecto de alguien a punto de suicidarse?¡Él sí que está ciego!¡Nunca he tenido tan pocas ganas de morir, precisamente el día en que empiezo a vivir!)

    (…) Alí Baba protege a los amantes! Les da suerte como a los bandidos, y sin culpabilidad alguna; porque el amor llena a algunas personas y las lleva más allá de toda ley; no existe tiempo ni lugar para lamentaciones, dudas, cobardías. El amor corre libre y atolondrado; y todas las simpáticas añagazas perpetradas para proteger de sus quemaduras a otros –los que no son amantes, sino tal vez víctimas de esa expansión del amor– les permiten tomárselas con cariño y alegría, tomárselas con cariño y alegría como Robin Hood, u otros juegos infantiles; porque Anahita, la diosa de la luna, ya vendrá a juzgarnos e imponer un castigo, señor policía. De modo que mejor será que espere sus órdenes, porque estoy segura de que no me comprendería si le dijese que mi padre es deliciosamente claro y egoísta, tierno y mentiroso, formal e incurable. Agota todos los amores que se le ofrecen. Si no abandonase su casa por la noche para calentarme en las manos ardientes de Rango, moriría en mi empeño, árida y estéril, reseca, mientras mi padre monologa sobre su pasado, y yo bostezo bostezo bostezo...

    ¡Es como si mirase álbumes familiares, colecciones de sellos! Compréndame, señor policía, si puede: si lo único que yo tuviese fuera eso, entonces sí que estaría en peligro de saltar al Sena, y usted tendría que darse un buen remojón para salvarme. Mire, tengo dinero para un taxi, canto una canción de acción de gracias al taxi que alimenta el sueño y lo transporta incólume, frágil pero incólume, a todas partes. El taxi es el objeto que más se asemeja a las botas de siete leguas, perpetúa el ensueño, mi vicio, mi lujo. Oh, si lo desea puede arrestarme por soñar, por ese vagabundeo desaforado, puesto que en él reside la célula, el germen misterioso, acolchado, fecundo, del que todo nace; todo lo que el hombre ha alcanzado alguna vez ha nacido de esa pequeña célula...)

    El policía pasó y no la arrestó, de modo que confió en él y descubrió que sabía muchas cosas. Conocía muchas barcazas aquí y allá. Conocía una en la que servían patatas fritas y vino tinto a los pescadores, otra en la que los trotamundos podían pasar la noche por cuatro cuartos, una en la que una mujer con pantalones esculpía grandes estatuas, otra convertida en piscina para niños, otra más, para hombres, llamada el lanchón de las luces rojas y más allá de ésa todavía, otra que había sido utilizada por una compañía de actores para viajar por toda Francia, y en ésa podía preguntar, porque estaba vacía y desahuciada para efectuar largos viajes...(…)

    (…) A través de Rango había vislumbrado algún otro reino al que hasta entonces jamás había tenido acceso. A través de su acción había palpado cierto clima de violencia que nunca había antes conocido.

    (,,,) Así es como amor y deseo devolvían toda su dimensión a los actos insignificantes, renovando en una sola noche invernal de París toda la grandeza del mito.
    Ella se echó a reír cuando Rango logró encender la primera llama, y le dijo:
    –Eres el Dios del Fuego.
    Él la llevó tan al fondo de su calor, cerrando tan íntimamente la puerta de su amor, que era imposible que entrase el aire exterior y corrosivo.
    Y ahora estaban contentos, habían alcanzado el sueño de todos los amantes: la isla desierta, la celda, el capullo en el que crear juntos y, desde el principio, un mundo.
    En la oscuridad se ofrendaban sus múltiples personalidades, evitando sólo las más recientes, la historia de los años anteriores a su encuentro, por ser terreno peligroso del que podían surgir disensiones, dudas y celos. En la oscuridad más bien buscaban ofrecerse mutuamente su personalidad más antigua, más inocente, menos poseída.
    Éste era el paraíso al que todo amante desea volver con el ser amado, recobrando una personalidad virgen que brindarse mutuamente.
    En ese momento Djuna se sentía una muchachita jovencísima, volvía a notar el contacto del crucifijo que había llevado atado al cuello, y el incienso de la misa en las ventanas de la nariz. Recordaba el altarcito situado junto a su cama, el olor de las velas, las ajadas flores artificiales, el rostro de la virgen, y la sensación de muerte y de pecado inextricablemente enlazadas en su cabecita infantil. Volvió a sentir sus senos pequeños contra el vestido modesto, y las piernas apretadas con fuerza. Ahora era la primera chica que él había querido, la que había ido a visitar en su caballo, después de viajar toda la noche por las montañas para lograr verla fugazmente. Su rostro era el rostro de aquella muchacha a la que Rango sólo había hablado a través de una verja de hierro. Su rostro era el rostro de sus sueños, un rostro con el dilatado entrecejo de las madonnas del siglo XVI. Él se casaría con esa muchacha y la guardaría celosamente, como un esposo árabe, y el mundo jamás la vería ni sabría de ella.

    En el fondo de ese amor, bajo la vasta tienda de ese amor, mientras él hablaba de su infancia recobraba, también, la inocencia, una inocencia mucho mayor que la primera pues no brotaba de la ignorancia, del temor, o de la neutralidad de la experiencia, sino que nacía como un oro puro y refinado, producto de muchas pruebas y selecciones, del rechazo voluntario de las heces; nacía, tras múltiples profanaciones, del valor que emanaba de capas del ser mucho más profundas, inaccesibles a la juventud.
    Rango hablaba en la noche:




    (…) La llamita azul de la música y la poesía sólo titilaba por la noche, durante las largas noches de amor, eso era todo. Durante el día era invisible. En cuanto llegaba el día, su cuerpo se erguía con tal energía que Djuna pensaba: conquistará el mundo. Su cuerpo: un cuerpo que no había sido esculpido como el de un hombre de ciudad, con la precisión y la finura de una estatua acabada hasta el más mínimo detalle, sino modelado en un barro más compacto, más tosco incluso, de contornos más bastos, más cercano a la escultura primitiva, como si hubiera mantenido un tanto los perfiles más duros del indio, de los animales, de las rocas, la tierra y las plantas.
    (…) Para Djuna la importancia del ritmo era tan fuerte que, estuviera donde estuviese, incluso sin reloj, notaba que se aproximaba la medianoche y tomaba un autobús, con tal exactitud instintiva que, a menudo, cuando se apeaba, el gran reloj de la estación daba las doce sonoras campanadas de la medianoche.
    Esta obediencia a la puntualidad correspondía a su conciencia de lo rara que resulta la unión completa entre los seres humanos. Era total y dolorosamente consciente de que, en dos corazones, la medianoche sólo suena al unísono en contadas ocasiones, de que muy raramente la medianoche despierta dos deseos iguales, y de que cualquier desajuste en ese aspecto, cualquier indiferencia, representa un indicio de desunión, de las dificultades, las imposibilidades de fusión entre seres humanos.
    Su propia ligereza, su libertad de movimiento, su costumbre de súbitas desapariciones hacían que sus escapadas fuesen más factibles, mientras que Rango, por el contrario, jamás se había ido, que se supiese, hasta que las botellas, la gente, la noche, el café, las calles quedaban completamente vacías.
    Pero, para Djuna, la torpeza de Rango en superar los obstáculos que le retrasaban disminuía el poder de su amor.
    Poco a poco comprendió que Rango tenía que encender dos fuegos, uno para Zora, en su hogar, y otro en la barcaza. Cuando llegaba tarde y empapado, Djuna se sentía conmovida por su cansancio y porque comprendía las cargas que él soportaba en su hogar, y empezaba a encenderle el fuego.
    A Rango le gustaba dormir hasta avanzadas horas, pero ella se despertaba con el paso de las gabarras de carbón, con sus sirenas antiniebla y con el denso tráfico que cruzaba por el puente. De modo que se vestía quedamente, corría al café de la esquina y regresaba con café y bollos para sorprenderle cuando despertase.
    –Eres tan humana, Djuna, tan humana y cálida...

    (…) Cuando descubrió lo mucho que Rango necesitaba el vino, nunca dijo: «No bebas». Compró un pequeño tonel en el rastro, lo hizo llenar de vino tinto y lo colocó junto a la cabecera de la cama, al alcance de su mano, confiando que su vida juntos, sus aventuras juntos, y las historias que se contaban para pasar el rato, no tardarían en ocupar el lugar del vino. Confiando que el calor de ambos sustituiría al calor del vino, creyendo que todas las intoxicaciones naturales de las caricias emanarían de ella y no del pequeño tonel...
    Luego, un día, Rango apareció con unas tijeras en el bolsillo. Zora había ingresado en el hospital por algunos días. Ella era quien siempre le cortaba el pelo. Rango odiaba a los peluqueros. ¿Le gustaría a Djuna cortarle el pelo?
    Su pelo espeso, brillante, rizado, negro, que no podía dominar el agua ni el aceite. Se lo cortó tal como él deseaba y sintiose, por un momento, como su verdadera esposa.
    (…) -No veo por qué tienes que dar importancia a eso. No significa nada. No te comprendo lo más mínimo.
    De no ser por la música, podríamos olvidarnos de la propia vida y nacer de nuevo, limpios de recuerdos. De no ser por la música podríamos deambular por los mercados de Guatemala, por las nieves del Tibet, subir los peldaños de los templos hindúes, podríamos cambiar de costumbres, desprendernos de nuestras posesiones, no retener nada del pasado.
    Pero la música nos persigue con cierto aire familiar y el corazón ya no late en un bosque anónimo de latidos, ya no es un templo, un mercado, una calle como un decorado teatral, sino que se ha convertido en escenario de una crisis humana inexorablemente repetida en todos sus detalles, como si la música hubiese sido la propia partitura del drama y no su acompañamiento.

    La última escena entre Rango y Djuna hubiera podido diluirse en el sueño, y ella tal vez habría olvidado la negativa de Rango a dejarse cortar el pelo una vez más, pero ahora el organillero del muelle hacía girar la manivela maliciosamente, despertando en ella la evocación de otra escena. No se habría sentido tan turbada por la evasividad de Rango, o por su defensa del derecho de Zora a cortarle el pelo, si eso no se hubiera sumado a otras escenas que el organillero había presenciado con tonadas similares, recreados ahora para ella, escenas en las que Djuna no había satisfecho su deseo, no había obtenido respuesta.
    El organillero que tocaba Carmen la devolvía inexorablemente, como un mago maligno, a aquel día de su infancia en que había pedido un huevo de Pascua tan grande como ella, y su padre le había replicado, impaciente: «¡Qué deseo tan tonto!». O a otra ocasión en que le había pedido que le dejase besarle los párpados y él se había burlado de ella, o todavía a aquella otra en la que ella había llorado porque su padre se iba de viaje y él le había dicho: «No comprendo cómo puedes dar tanta importancia a eso».

    (…) Ella quería decir: «Oh, Rango, cuídate. El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no sabemos cómo volver a colmar su fuente, muere de ceguera, y errores y traiciones. Muere de enfermedades y heridas, muere de cansancio, de envejecimiento, de rutina, pero nunca de muerte natural. Todo amante podría ser juzgado como asesino de su propio amor. Cuando algo te duele, te entristece, me apresuro a evitarlo, a alterarlo, a sentir lo que tú sientes, pero tú te vuelves con un gesto de impaciencia y dices: "No lo comprendo".»

    Jamás hubo una escena que se desarrollase entre seres humanos, sino múltiples escenas convergiendo como grandes afluyentes fluviales. Rango creía que aquella escena no contenía nada que no fuera capricho de Djuna, un capricho que debía serle negado.

    (…) La besó, y la lluvia y las lágrimas y su aliento se confundieron. En su beso había tal desesperación que Djuna se ablandó. Era como si la pelea hubiese arrancado una capa y dejado un núcleo cual un nervio al descubierto, de modo que el beso quedó magnificado, intensificado, como si el dolor hubiese producido una aguda incisión para una más honda penetración del placer.
    –¿Qué puedo hacer? –murmuró ella–. ¿Qué puedo hacer?
    –Estoy celoso porque te amo.
    –Pero, Rango, no tienes motivos para estarlo.
    Era como si ambos compartiesen su enfermedad de duda y, juntos, buscaran un remedio.

    (…) «El corazón... es un órgano... dividido en cuatro cavidades o compartimentos... Un tabique separa los compartimientos de la izquierda de los de la derecha y entre ellos no es posible ninguna comunicación directa...»

    (…) Ahora existen dos reinos en los que vivir. (¿Estoy en posesión de la droga secreta que me permite mantener los éxtasis mientras penetro en la vida del mundo, en las actividades del mundo, en sus contingencias? Siento que se apodera de mí mientras paseo. Es una sensación extraña, como de embriaguez. Me sorprende en mitad de la calle, como una tremenda ola y, a través de mis venas, discurre un entumecimiento que es el torpor de lo maravilloso. Lo conozco por su poder, por su modo de elevar mi cuerpo, por el aire que pasa bajo mis pies. La habitación fría que he abandonado por la mañana, el cubrecama amarillento, la estufa llena de cenizas, el vino agrio en el fondo del vaso, todo ello estaba iluminado por la fuerza del amor de Rango. Era como si hubiera aprendido a volar por encima de la calle y me hubiesen permitido hacerlo por un instante... tornando cada color más intenso, cada caricia más penetrante, cada momento más espléndido... Pero la ansiedad me decía que no podía durar. Es un estado de gracia amorosa que algunos alcanzan por medio del vino y otros rezando y ayunando. Es un estado de gracia, pero no puedo descubrir por qué podamos perderlo. El peligro estriba en volar bajo, en despertarse.» Djuna sabía que ahora que Rango tenía que actuar en el mundo ella volaba más bajo. El aire de la política estaba lleno de polvo. La gente aspiraba a alcanzar planetas, pero era un viaje superfluo; había cierto modo de respirar, de caminar, de mirar, que transportaba a los seres humanos al espacio, a la transparencia. La extraordinaria brillantez de los juegos a los que la gente jugaba más allá de sí misma, los juegos de sus personalidades estelares...)
    Compró leña para el fuego. Barrió la barcaza. Ocultó la cama y el barril de vino.
    Rango se encargaría de guiar a los recién llegados hasta la barcaza, y permanecería en el puente para orientarles.

    (…) Se detuvo, como si no tuviera coraje suficiente para revivir la escena. La mano de Djuna entre las suyas le calmó. Pero mantuvo la cabeza agachada. –Esta noche han hablado, tranquila y moderadamente, como suelen hacer los franceses... Me han estado analizando mi forma de trabajar. Me han dicho algunas de las cosas que tú solías decirme. Han analizado mi carácter. Lo han observado todo, lo bueno y lo malo. No sólo la pereza, el desorden, la falta de disciplina, el poner la vida privada por delante de las necesidades del partido, las noches en el café, la conversación desmedida, la irresponsabilidad; también han mencionado mis capacidades, y eso ha sido peor, porque han mostrado cómo me saboteo a mí mismo... Han analizado mi capacidad de influir en otros, mi elocuencia, mi fervor y entusiasmo, mi pasión y energía contagiosas, mi facilidad para impresionar a las masas, el hecho de que la gente se sienta inclinada a confiar en mí, a elegirme como jefe. Todo. También conocían mi fatalismo. Han hablado de cambio de carácter, como haces tú. Incluso han aludido a la posibilidad de que Zora fuese internada en una institución, porque conocen su comportamiento.
    Seguía manteniendo la cabeza agachada.
    –Cuando tú me decías estas cosas amablemente, no me dolía. Era nuestro secreto y podía enojarme contigo, o contradecirte. Pero cuando las han dicho delante de todos los camaradas he comprendido que eran ciertas y, lo que todavía es peor, he comprendido que si no he podido cambiar con todo lo que tú me has dado, con años de amor y devoción, tampoco cambiaría con el partido... Cualquier otro hombre, tomando lo que tú dabas, habría hecho enormes progresos..., cualquier otro, pero yo no.


    Un viaje a Marruecos
    Fragmento de Los Diarios, 1934-39

    Un viaje a Marruecos. Corto pero intenso. Me enamoré de Fez. Paz, Dignidad. Humildad. Dejo el balcón donde estaba escuchando la oración del anochecer que sube desde la ciudad blanca. Una emoción religiosa que se despierta por la vida de los árabes, por su simplicidad, su belleza fundamental. Pisar el laberinto de sus calles, calles como intestinos, apenas dos yardas de ancho, hasta dentro del abismo de sus ojos oscuros, hasta dentro de la paz. Es el ritmo que afecta primero. Lento. Mucha gente por las calles. Los codos se rozan. Ellos se respiran en la cara pero con un silencio, una profundidad, un ensueño. Sólo los niños gritan, ríen y corren. Los árabes son silenciosos. El pequeño cuarto cuadrado abierto a la calle donde se sientan en el piso, en el lodo, con su mercancía alrededor. Están tejiendo, están cosiendo, horneando pan, cincelando joyas, arreglando cuchillos, fabricando pistolas para los beréberes en las montañas. Están tiñendo lana en amplios calderones, grandes calderones llenos de tinte verde esmeralda, violeta, azul oriente. Están haciendo alfarería de tierra de Siena, tejiendo tapetes, afeitando, lavan cabellos y escriben documentos ahí mismo, debajo de mis ojos. Un árabe está dormido sobre su bolsa de azafrán. Otro reza con cuentas y vende hierbas al mismo tiempo. Más lejos, un gran estruendo, la calle donde se trabaja el cobre. Los niños están martilleando charolas de cobre con pequeños martillos, martilleando un diseño, martilleando lámparas de cobre, lámparas de Aladino. Son los niños y los viejos quienes hacen el trabajo. Mantienen la bandeja entre sus piernas. Los hombres más jóvenes pasan por la calle con sus túnicas, camino a quien sabe dónde, algunos tan bellos que se piensa que son mujeres. Las mujeres llevan velo. Ellos probablemente van a la mezquita. A cierta hora, todos los negocios, todos los trabajos cesan y todo el mundo se dirige a la mezquita. Pero primero se lavan la cara en la fuente, los pies, los ojos irritados, la nariz leprosa, la piel picada de viruela. Se quitan las babuchas. Algunos de los viejos, hombres y mujeres, nunca se van de la mezquita. Ahí se quedan para siempre hasta que la muerte se los lleve. Las mujeres tienen su propia entrada. Besan la pared de la mezquita al pasar. Para dejar el paso a un asno cargado de leña, me meto en un portal oscuro. Un olor apestoso y sofocante me aplasta. Esta peste está por todos lados. Cuesta un día para acostumbrarse. Al principio da asco. Es un olor a excremento, a azafrán, a cuero que se está curtiendo, a sándalo, a aceite de olivo frito, a aceite de nuez en los cuerpos, a incienso, a ratón; al principio es tan fuerte que no se puede comer nada. Hay lodo en los vestidos blancos de los hombres, en las piernas árabes. Cabezas rapadas de niños, con sólo un mechón. Las mujeres de caras descubiertas y tatuadas son primitivas beréberes de las montañas, mujeres de guerreros, incivilizadas. Vi a las esposas de un árabe, eran cinco sobre un diván, como montañas de carne, enormes, con varios mentones y varios estómagos y diamantes en la frente.

    Las calles y las casas están indescifrablemente entrelazadas por puentes que van de una casa a otra, pasillos cubiertos de celosías que crean sombras en el piso. Parece que se cruzan adentro de las casas; uno nunca sabe si está en la calle, en un patio, o en un pasillo, porque todas las casas dan a la calle, y uno se pierde de inmediato. Las mezquitas invaden la casa del comerciante, las tiendas las mezquitas, ahora estás bajo un techo emparrado cubierto de rosales trepadores, ahora te encuentras caminando en la oscuridad de un túnel, detrás de un asno esquelético que sangra por los golpes recibidos, y ahora atraviesas un puente construido por los portugueses. Admira ahora el enrejado de encaje hecho por los andaluces y observa la plaza junto a la mezquita donde los pobres pueden quedarse a dormir sobre esteras.

    En todas partes los árabes se instalan y esperan. Donde sea. Un viejo árabe le enseña a un joven un canto religioso. Otro está defecando cuidadosamente, concienzudamente. Otro está pidiendo limosna y enseña todas sus heridas abiertas, al lado del panadero que hornea panes en hornos de tierra.

    La atmósfera es tan clara, tan blanca y azul que uno siente que puede ver el mundo entero tan claramente como ve Fez. Los pájaros no pían como lo hacen en París, cantan, gorjean con un fervor operístico y tropical. Los pobres se visten de harapos, los menos pobres de sábanas y toallas, las mujeres ricas de seda y muselina. Los judíos llevan un vestido negro. En las calles y en las casas de los pobres el suelo es de tierra batida. Las casas están construidas de tierra roja de Siena, a veces encaladas. El aceite de oliva también se exprime en la calle, bajo enormes ruedas de madera.

    Tenía cartas de presentación. Primero visité a Si Boubekertazi. Se sentó en su patio, sobre cojines. Una hermosa mujer negra, una concubina, trajo una bandeja de cobre cubierta de dulces. Té servido en minúsculas tazas sin asas.

    En casa de Driss Mokri Montasseb me dejaron visitar el harem. Siete mujeres de diferentes edades, pero todas gordas, se sentaron alrededor de una mesa baja a comer dulces y dátiles. Platicamos de esmalte de uñas. Querían el mío, nacarado. Me explicaron cómo se pintaban los ojos. Compran polvo de kohl en el mercado, y se llenan los ojos con él. Les pican los ojos, lloran y el kohl negro marca los bordes que da ese efecto tan profundo.

    Pasha El Glaoui de Marrakech me ofreció una escolta militar para visitar la ciudad. Dijo que era absolutamente necesario. Le hizo una señal al soldado que guarda su puerta y a partir de ese momento nunca me dejó salvo cuando iba a dormir al cuarto de hotel.

    De Sidi Asan Benanai me recibió bajo unas columnatas finamente hiladas de oro. Apenas había empezado un periodo de cuarenta días de ayuno y oraciones, así que se sentó en silencio, pasando las cuentas de su plegaria; sirvieron el té en silencio, siguió rezando, a veces me sonreía e inclinaba la cabeza, hasta que me retiré
    Desde afuera, las casas son uniformemente simples, de paredes altas cubiertas de flores. No se puede saber si uno está entrando a un domicilio lujoso. La puerta puede estar bellamente ornada con hierro. Quizás habrá dos, o cuatro, o seis guardas en la puerta. Pero adentro, las paredes son de azulejos o están pintadas, y el estuco trabajado como encaje, los plafones pintados de oro. Las almohadas son de seda. Las mujeres negras están vestidas de manera simple pero siempre hermosa. No se ven ni a los niños ni a las esposas.

    El vestido blanco se llama jelabba.

    Misterio y laberinto. Calles complejas. Paredes anónimas. Lujo secreto. El secreto de estas casas sin ventanas a la calle. Las ventanas y la puerta dan sobre el patio. El patio tiene una fuente y bonitas plantas. Hay un diseño de laberinto en el arreglo de los jardines. Unos arbustos forman un rompecabezas para que podamos perdernos. Adoran la impresión de perderse. Se interpretó como un deseo de reproducir el infinito.

    Fez. Tarde o temprano, uno se encuentra con una ciudad que es una imagen de sus ciudades interiores. Fez es una imagen de mi yo interior. Esto podría explicar mi fascinación por ella. Al llevar un velo, lleno e inagotable, laberíntico, tan rico y variado, yo misma me perdí. Pasión por el misterio, lo desconocido, por lo infinito y lo inexplorado.

    Con mi guía, visité el Quartier Réservé. Reposa entre paredes medievales, cada puerta es vigilada por un soldado francés. Las casas estaban llenas de prostitutas. Sólo los árabes pobres van allá porque los demás tienen suficientes esposas para satisfacer su necesidad de variedad. Calles oscuras, dramáticas, tortuosas. Sótanos vacíos que se han transformado en cafés. Árabes que entran y salen furtivamente. Negros. Limosneros. Música árabe que se escucha de vez en cuando. Paredes, plafones cubiertos de alfarería y tapetes desarrapados. Sirven Thé à menthe o cerveza. No se toma vino pero hay un gran tráfico de drogas. Cuartos como de sótano, vacíos. Puertas cubiertas de cortinas musulmanas o cortinas de cuentas. El cuarto de la entrada es un bar o un café donde se sientan los hombres y tocan los músicos. El cuarto de atrás es para las prostitutas. Se abrió la cortina musulmana y me encontré frente a Fátima, reina de las prostitutas.

    Fátima tenía una hermosa cara, una nariz griega, unos enormes ojos negros de terciopelo, una piel morena suave, llena pero firme, y los atributos árabes de siempre, varios pliegues de estomago, varios mentones. Sólo podía moverse con dificultad sobre sus piernas enormes. Era a la vez regia y magnífica, opulenta y voluptuosa. Llevaba puesto un vestido de novia, un vestido de gasa rosa bordado de lentejuelas doradas colocadas sobre varias capas de fondos de gasa. Un cinturón de oro pesado, pulseras, anillos, una cinta dorada sobre la frente, enormes pendientes de oro. Sobre su cabello brillante, un turbante de seda coloreada en la parte posterior de su cabeza descubría sus rizos negros. Tenía cuatro dientes de oro, algo que las mujeres árabes consideran hermoso. El delineado negro carbón exageraba el tamaño de sus ojos como en las pinturas egipcias.

    Se sentó en medio de cojines en un cuarto largo y estrecho como muchos cuartos en Fez. En cada extremo del cuarto había una cama de latón, signo de lujo y de éxito. No se usan como camas, son sólo un símbolo de riqueza. Entre las dos camas de latón se colocan todos los cojines, tapetes y sofás bajos (en las casas ricas se azulejan los suelos pero también lucen las camas de latón). Fátima no sólo coleccionaba camas de latón sino también relojes de cuco suizos. Cubrían una pared, cada uno dando una hora diferente. Las otras paredes estaban cubiertas de cretona floreada. El ambiente se cargaba de perfume, encerrado y voluptuoso, el vientre mismo. Una joven entró con un vaporizador y levantó mi falda para vaporizar ligeramente mi ropa interior con agua de rosa. Entró otra vez para esparcir pétalos de rosa alrededor de mis pies. Regresó con una bandeja que llevaba vasos de cristal con asas de cobre para el té. Nos sentamos con las piernas cruzadas sobre inmensos cojines, Fátima en el centro. Nunca hizo un gesto vulgar. Invitaron a pasar a dos músicos ciegos y encorvados que tocaron con monotonía, pero con tal ritmo que mi excitación creció como si hubiera tomado vino. Fátima empezó a preparar el té en la bandeja. Luego nos pasó una botella de agua de rosas y nos perfumamos las manos. Luego encendió un brasero de sándalo y lo colocó a mis pies. Me estaba perfumando generosamente como se debía y el aire se hizo más pesado. El soldado árabe se recostó sobre las almohadas. El guapo guardaespaldas con su túnica blanca, su turbante blanco y su uniforme militar azul empezó a conversar con Fátima que no hablaba francés. Tradujo mis cumplidos sobre su belleza. Ella le pidió que tradujera una pregunta sobre mi esmalte de uñas. Le prometí mandárselo. Mientras estábamos sentados allí soñando entre cada frase, afuera estalló una pelea. Un joven árabe entró corriendo, la cara ensangrentada. Gritaba, "Aii, Aii, Aiii". Fátima envió a su criada a ver qué podía hacerse por el joven árabe. Nunca perdió la calma. Los músicos tocaron más fuerte y más rápido para que yo no me diera cuenta de la agitación y para que mi placer no fuera interrumpido. Permanecí dos horas con Fátima, pues aquí es incorrecto apresurarse. Es un insulto mortal irse demasiado rápido o mostrar prisa. Se ofenden profundamente. La amistad no depende tanto de una conversación o de un intercambio, sino de la creación de un ambiente favorable, soñador, meditativo, contemplativo, un modo de ser. Finalmente, cuando estuve lista, mi escolta pronunció unas palabras de despedida.

    Era pasada la medianoche. La ciudad, tan llena de gente e intransitable durante el día, estaba silenciosa y vacía. El vigilante nocturno duerme en el umbral. Hay puertas entre los diferentes barrios. Nos abrieron seis puertas con unas llaves enormes. No está permitido circular de noche salvo con permiso especial y con un pase que el soldado debió enseñar a cada vigilante.

    Las ranas croaban en los estanques de los jardines tras de las paredes, los grillos anunciaban el calor del día siguiente. El olor a rosas ganó la batalla de los olores. De pronto una ventana se abrió, una vieja se asomó en lo alto y, maldiciendo, aventó una rata enorme que acababa de atrapar. Cayó a mis pies.

     Fez es una droga. Enreda. La vida de los sentidos, de la poesía (hasta los pobres que van a ver a una prostituta se encuentran con una mujer vestida de novia como una virgen), la vida de la ilusión y de los sueños. Me volví apasionada, sólo por estar sentada ahí en los cojines, con la música, los pájaros, las fuentes, la infinita belleza del diseño de los azulejos, el canto de la tetera, las numerosas y brillantes bandejas de cobre, las doce botellas de perfume de rosa y el sándalo humeando en el incensario, los relojes de cuco que suenan a destiempo, cuando quieren

    Las capas de la ciudad de Fez son como las capas y los secretos de la vida interior. Uno necesita un guía

    Adoré la nobleza intrínseca de los árabes, la soberbia, el gusto por los dulces en vez del alcohol, la suavidad, la paz, la hospitalidad, la reserva, el orgullo, el amor a los colores turquesa y coral, el porte digno, sus silencios. Adoro como los hombres se abrazan en la calle con soberbia y nobleza. Adoro la expresión de sus ojos, pensativa o ardiente pero profunda

    El río bajo el puente estaba asqueroso. Los hombres se tomaban de la mano mientras conversaban en la calle. Condujeron a un árabe muerto en una camilla, iba envuelto en vendas estrechas y blancas como una momia egipcia. Habían echado una estera roja sobre sus pies. Silencio y quietud. Contemplación y letanías. Música. Té servido de un samovar sobre una bandeja de cobre. Los bordes de los vasos son coloridos. En otra bandeja, una gran caja de plata llena de generosos trozos de azúcar candi. Bandejas de botellas de perfume. Bandejas de pasteles de almendras cubiertos con un pañuelo de seda o con tapas de cobre pintadas

    Me encontré con las mujeres árabes que se dirigían al baño. Siempre iban en grupos y llevaban un cambio de ropa en una canasta sobre la cabeza. Caminaban con sus velos y se reían, enseñaban solamente sus ojos y las extremidades de sus manos, decoradas con hena, sostenían sus velos. Parecían pesadas y llenas por sus faldas inmaculadas y sus cinturones cargados de bordados, como las almohadas en las que les gustaban sentarse. Eran carnes pesadas que se movían en telas blancas, nutridas de dulces y de inercia, de miradas pasivas detrás de las ventanas con reja. Era uno de sus pocos momentos de libertad, una de las pocas veces en que aparecían en la calle. Caminaban en grupos con sus sirvientas, sus hijos y sus bultos de ropa limpia, se reían y platicaban y arrastraban sus pies en babuchas bordadas.

    Las seguí. Cuando entraron en el edificio cubierto de azulejos junto a la mezquita, entré con ellas. El primer cuarto era amplio, cuadrado, todo de piedra, con bancas de piedra y tapetes en el suelo. Aquí las mujeres dejaron sus bultos y empezaron a desvestirse. Era una ceremonia larga por tantas faldas y camisas, cinturones que parecían vendas, tanto percal blanco, lino, algodón que desenrollar, desplegar y plegar otra vez en la banca. Luego había que quitarse las pulseras, los aretes, las ajorcas de tobillo y luego desenrollar el largo cabello negro de las cintas trenzadas en el pelo. Tanto algodón blanco caído en el suelo, un campo de pétalos blancos, hojas, cintas que se habían quitado estas mujeres carnales, y mientras las estaba viendo sentí que nunca podrían estar realmente desnudas, que todo lo que llevaban puesto tenía que adherirse a ellas para siempre, crecer con sus cuerpos. Yo ya me había desvestido y esperaba de pie, porque no deseaba sentarme desnuda en la banca de piedra. Ellas aguardaban a que las criadas africanas luego de desvestir a los niños hicieran lo mismo.

    Nos esperaba una vieja, totalmente arrugada y con un solo ojo. Sus senos eran dos calabazas vacías que colgaban hasta la mitad de abdomen. Llevaba una arpillera alrededor de la cintura. Me dio un golpecito de aprobación en el hombro y sonrió. Señaló mis uñas y dijo algo que no entendí. Sonreí

    Abrió la puerta del vapor, otro cuarto cuadrado, amplio, todo de piedra gris. Pero allí no había bancas. Todas las mujeres estaban sentadas en el suelo. La vieja llenó varias cubetas de agua en una de las fuentes y a veces vertía una sobre las que se habían enjabonado. El cuarto se llenó de vapor. Las mujeres se sentaron en el piso, tomaron a sus hijos entre sus rodillas y los tallaron. Luego la vieja echó una cubeta de agua sobre ellos. Esa agua corría por todos lados a nuestro alrededor, y era sucia. Estábamos sentadas sobre arroyos de agua sucia, jabonosa. Las mujeres no tenían prisa. Usaron el jabón, luego un pedazo de piedra pómez, y luego utilizaron cera depilatoria con mucho cuidado y concentración. Todas eran enormes. La carne se ondulaba, se doblaba, se plegaba en unas tremendas y pesadas olas. Parecían sentadas en almohadas de carne de todos los colores, desde la pálida piel de los árabes del norte hasta la piel africana. Yo estaba asombrada de ver que podían levantar esos brazos tan pesados para peinar sus largos cabellos. Vine a verlas porque la belleza de sus rostros era legendaria y en nada exagerada. Tenían rostros realmente hermosos, enormes, ojos como joyas, narices rectas, nobles, un espacio amplio entre los ojos, bocas llenas y voluptuosas, piel perfecta y un porte siempre majestuoso. Sus rostros asemejaban a una estatua mas que a una pintura, por sus líneas tan claras y puras. Me senté a admirar sus rostros, y de pronto me di cuenta de que me miraban. Se sentaron en grupo, me observaron y sonrieron. Me explicaron con mímica que debía lavar mi cara y mi pelo. Era difícil explicarles que deseaba apresurar el ritual porque no me agradaba estar sentada sobre aguas sucias. Me ofrecieron la piedra pómez después de haberla usado largamente sobre sus cuerpos voluminosos. Lo intenté pero me irritó la cara. La piel de las mujeres árabes era más dura. Las mujeres platicaban en círculos mientras se lavaban y lavaban a sus hijos. No pude lavarme la cara con el jabón que todas habían usado para sus pies y axilas. Se burlaron de una mujer europea que desconoce las reglas de la limpieza.

    También quisieron quitarme vellos superfluos de las cejas, las axilas, y rasurar mi pubis. Al final logré escaparme al siguiente cuarto donde me rociaron cubetas de agua fresca.

    Quería ver a las mujeres árabes vestidas otra vez, escondidas en metros de algodón blanco. Cabezas tan preciosas habían emergido de esas montañas de carne, cabezas de una perfección increíble, ojos deslumbrantes, fuertemente orlados, rasgos sensuales. A veces unos ojos verde musgo en una piel oscura de Siena, a veces unos ojos negro carbón en una piel pálida como claro de luna, y siempre el largo y pesado cabello negro, las trenzas onduladas. Pero esas cabezas emergían de masas de carne amorfa, flotando como plantas en el mar, hinchadas, oscilantes, los senos cayendo como anémonas, los estómagos boyantes de mujeres siempre embarazadas, las piernas como almohadas, las espaldas como cojines, las caderas estriadas como un colchón.

    Todas me veían e inclinaban la cabeza de manera amigable al comentar mi figura. Contaban con los dedos y preguntaban si yo era adolescente. Yo no tenía grasa. Tenía que ser una niña. Se acercaron y comparamos los colores de piel. Parecían asombradas por mi cintura. La podían encerrar entre sus manos. Querían lavar mi pelo. Enjabonaron mi cara con ternura. Me tocaban y cotorreaban. La vieja llegó con dos cubetas y las volcó sobre mí. Estaba lista para irme pero las mujeres árabes me enviaron todo tipo de mensajes con sus ojos, sonrisas, pláticas. La vieja me llevó al tercer cuarto que era más fresco, me roció agua fría y luego me condujo de regreso al tocador.


    Anaïs Nin

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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