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    viernes, 18 de septiembre de 2015

    Vida y Obra: Flannery O'Connor (dossier)


    Un libro de oraciones recién publicado pone a la escritora del estado sureño de Georgia, Estados Unidos, bajo una nueva luz. Murió en 1964 a los 39 años de edad de lupus. Sin embargo, tuvo una rica obra que consiste de dos novelas, 39 cuentos cortos y volúmenes de cartas y ensayos. Heredera de la tradición de Faulkner de ninguna manera fue imitativa o una escritora secundaria. Siempre se supo de su devoción religiosa pero este nuevo libro de oraciones por ella escritas muestra en más profundidad cómo la escritura y la oración se combinaban en un solo acto.
    POR ANDRÉS HAX



    Flannery O’Connor
    I.

    Si en el año 1956 hubieramos enviado una carta a Milledgeville, Georgia sin dirección postal con el solo nombre de la escritora Flannery´Connor en el sobre, esa carta habría llegado. Y en ese escenario, es muy probable que O´Connor —que en ese momento tenía 31 años, y le quedaban sólo ocho por vivir— nos hubiera invitado a su casa. De hecho tuvo varias amistades que comenzaron de esa manera.

    Sigamos en ese pasado hipotético. Si sólo hubiéramos leído superficialmente su primera novela, Sangre sabia (1952) y algunos de sus cuentos, podríamos haber esperado un encuentro con un personaje sombrío y morboso; tal vez un alcohólico, antisocial y anárquico. El mundo literario de Flannery O'Connor (el sur profundo de los Estados Unidos) está poblado por freaks, como un predicador ateo que crea una “iglesia de Cristo sin Cristo”; un asesino nihilista de los campos rurales de Georgia; un vendedor itinerante de biblias que seduce a una mujer con una pierna ortopédica de madera (en su biblia, que es hueca, guarda naipes pornográficos, whisky y condónes...).

    Pero no. A la inversa, lo que hubierámos encontrado sería una mujer sencilla y amorosa con la cara y los modales de una bondadosa bibliotecaria de pueblo chico. Habría salido al porch de su casa con muletas (tenía lupus, un enfermedad auto-inmune sin cura) vestida con jeans (que aun no estaban de moda) y una simple camisa de tela escocesa. No lo hubiésemos imaginado. Ella vivía con con su madre, era soltera, profundamente católica y aparte de escribir, críaba pavos reales. Si nos hubiéramos sentado en el porch,  tomando una limonada, habríamos visto veinte de esas aves chillonas desfilando con arrogancia.

    Después de esta visita tendríamos que releer a O´Connor con otra mirada para finalmente darnos cuenta que en su literatura se juegan cuestiones ligadas a los misterios religiosos centrales: la salvación, la redención y la gracia. Flannery O'Connor no es una directora de un anómalo circo itinerante, como podría parecerle a primera vista a quiens la encasillan como una exponente del Gótico Sureño. Al contrario, es una devota de la iglesia católica apostólica romana y su arte no es otra cosa que una ofrenda a su Dios.

    En un cuaderno de oraciones originales que escribió en 1947 (a los 20 años) y que recién se publicó este año, O'Connor le implora a su creador: “Querido Señor, por favor, haz que te desee. Sería el éxtasis más grande. No solo desearlo cuando piense en Usted sino desearlo todo el tiempo, tenerlo desgarrándome, tenerlo dentro de mí como un cáncer. Me mataría como un cáncer y eso sería mi gran realización.”

    También escribió: “Por favor Dios, ayúdeme a ser una buena escritora.” Y exista dios o no, esta oración fue correspondida.


    II.

    Mary Flannery O'Connor nació en Savannah, Georgia, el 25 de marzo de 1925. Sus padres eran católicos --una minoría despreciada en ese momento y ese lugar del mundo--. Por eso recibió toda la educación primaria y secundaria en colegios religiosos. Desde chica, su vocación se manifiestó en el dibujo más que en la escritura. Por mucho tiempo su ambición fue ser historietista. Llevaba una vida tranquila, idílicaque se destruyó cuando su padre murió de lupus en 1941. O'Connor tenía 15 años. Diez años después, en 1951, le diagnosticaron la misma enfermedad, de la que finalmente murió en 1964, a los 39 años. Había escrito dos novelas, treinta y dos cuentos, decenas de ensayos y miles de cartas (que algunos críticos se atreven comparar con las de Kafka, Van Gogh y Keats).

    El título universitario obtenido por O'Connor fue en literatura y el destino para una mujer con esos estudios en Georgia, en 1944, no era otro que el de profesora de lengua en la escuela secundaria. Algunos profesores la animaron a postularse a un programa de posgrado en periodismo en la Universidad de Lowa. Consiguió una beca y por primera vez salió de Georgia. Pero una vez instalada en el campus, se cambió a la facultad de escritura creativa, la primera de esa disciplina en los Estados Unidos. Ya estaba escribiendo su primera novela, Sangre Sabia, que le llevaría unos seis años de trabajo.

    Sobre este periodo de su vida O'Connor dijo: “La verdad es que no comencé a leer hasta que fuí a la escuela de posgrado y entonces comenzé a escribir al mismo tiempo. Cuando entré a Lowa nunca había oido hablar de Faulkner, Kafka, Joyce, mucho menos los había leído. Pero en ese momento me puse a leer todo al mismo tiempo, tanto es así que no creo que haya sido influida por un solo autor.”

    Su vocación literaria nunca le hizo cuestionar su fe, aunque tampoco fue ingenua sobre la influencia que podría llegar a tener esa vocación en términos espirituales. En una carta a una amiga íntima que conoció en una situación parecida a la que hemos planteado en esta nota, dijo: “Una de las cosas terribles de escribir cuando eres un cristiano es que para ti la realidad suprema es la encarnación, la realidad presente es la encarnación, y nadie cree en la encarnación; es decir, no tienes un público. El público está compuesto de personas que creen que Dios ha muerto. Al menos tengo la conciencia de estar escribiendo para esas personas.”

    Mientras perfeccionaba su arte y desarrollaba una teoría personal sobre la ficción Flannery O'Connor siempre tuvo su religión en el primer plano. En otra carta a la misma amiga escribió: “La ficción es la expresión concreta del misterio – un misterio vivido. Los católicos creen que toda la creación es buena y que la maldad es el mal uso del bien y que sin Gracia lo usamos mal casi todo el tiempo. Es casi imposible escribir sobre la gracia sobrenatural en la ficción. Casi siempre lo tenemos que encarar de una forma negativa. En cuanto a la Gracia natural, tenemos que recibirla como llega, por la naturaleza. En todo caso opera rodeada por la maldad.”

    Tras terminar sus estudios en Lowa, vivió un tiempo en la colonia de escritores Yaddo, en el estado de Nueva York. Allí se hizo amiga del poeta Robert Lowell, quien a su vez le presentó al editor Robert Giroux, editor de todos sus libros. También en este periodo comenzó su amistad con el traductor y poeta Robert Fitzgerald y su esposa. Vivió casi un año con ellos en Connecticut escribiendo por las mañanas y cuidando los hijos de la pareja por las tardes.

    El diagnostico de Lupus le cambió la vida y abandonó sus planes de vivir en el norte. Volvió a Georgia y se instaló en una casa con su madre, escribiendo, criando sus pavos reales, leyendo teología y manteniendo decenas de amistades epistolares.

    III.

    El único propósito de esta serie de Vidas Breves es motivar al lector a tomar o retomar la obra de la retratada y tal vez bocetar una mínima guía de lectura. La obra de O'Connor es parte de una de las grandes tradiciones literarias de los Estados Unidos, que incluye a William Faulkner, Eudora Welty, Carson McCullers, Tennessee Williams, entre decenas de otros. Se podría decir que la literatura del sur de los Estados Unidos del Siglo XX es comparable en vitalidad con la novela rusa del siglo XIX, pero eso es un tema para otra nota.

    Además de la ficción, O'Connor tuvo una obra literaria paralela (los ensayos, las cartas y ahora sus oraciones) que permite conocer cómo construyó su literatura. Cerremos esta fragmentaria biografía con citas de su libro Mistery and Manners, una collección de prosa.

    “...cuando miro los cuentos que he escrito encuentro que son, en su mayoría, sobre personas que que están afligidas y son pobres, tanto de cuerpo como de alma, y que tienen poco sentido espiritual, y cuyas acciónes no dan, aparentemente, al lector ninguna seguridad sobre la alegría de vivir. ¿Como puede ser esto? Porque yo no descreo de la cuestión espiritual ni soy  ambigua en mis creencias. Miro desde la perspectiva de la ortodoxia cristiana. Esto significa que el sentido de la vida esta centrada en nuestra redención por parte de Cristo. Y lo que veo en el mundo lo veo en relación con esto. No creo que sea una posición que se pueda tomar a medias o que sea, en estos tiempos, particularmente fácil hacerlo de manera transparente en la ficción.”

    “Lo mejor de la ficción Americana siempre ha sido regional. La ascendencia pasó, aproximadamente, desde Nueva Inglaterra hasta la llanura central y después al sur; ha pasado hacía lugares -y ha prosperada en ellos- donde existe un pasado compartido, una sensación de comunidad, y la posibilidad de leer una historia pequeña bajo una luz universal.”

    “El novelista hace sus declaraciónes por selección y, si es bueno, seleccióna cada palabra con un propósito, cada incidente con un motivo, y los arregla en una secuencia de tiempo con un propósito. Demuestra algo que no puede ser demostrado de ninguna otra forma, salvo en una novela.”

    “El hecho es que cualquier persona que haya sobrevivido a su infancia tiene suficiente información sobre la vida para que le dure hasta el fin de sus días. Si no puedes armar algo con poca experiencia no es probable que lo puedas hacer con mucha experiencia. El quehacer del escritor es contemplar la experiencia, no fundirse con ella.”

    “Una sensación de pérdida es natural para nosotros, y es sólo en estos siglos en los cuales estamos afligidos con la doctrina de la perfectibilidad de la naturaleza humana que la visión del freak en la ficción es tan inquietante. El freak en la ficción moderna nos inquieta porque nos impide olvidarnos del hecho de que compartimos su condición...”

    http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Flannery-O-Connor_0_1042696230.html




    Una escritora 

    mansamente brutal

    En sólo 39 años de vida escribió una serie de cuentos que están
    entre lo mejor de la literatura del siglo XX. Conservadora,
    alejada de los círculos literarios, ahora acaban de aparecer
    su extraña biografía y sus dos únicas novelas.

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    Flannery O’Connor fue siempre una señorita, una señorita incomprendida. Pertenecía a una familia ultracatólica de Savannah, en el sur profundo de los Estados Unidos. Los que creían conocerla bien, su círculo más cercano, sus parientes, la gente de su ciudad, pensaban que era una chica tímida, callada y respetuosa, un modelo de virtud cristiana que se movía, casi sin hacerse notar, a la sombra de una madre demasiado enérgica y un poco tirana. Hasta que ella publicó su primera novela. Entonces, no pudieron creer que la señorita Flannery escribiera lo que Flannery O’Connor escribía.
    En la ciudad, los más viejos, todavía recuerdan la anécdota: una de las primas de la señorita Flannery, sin leer el libro, ordenó ejemplares por correo para que fueran enviados a sus amigos, entre ellos, los sacerdotes y el obispo. Buscaba ufanarse gracias a la niña escritora y ni por asomo se imaginaba que la novela estaría plagada de escenas grotescas, de freaks, de profetas cegados por la locura. Mucho menos podía prever que, en un papel secundario pero vital, aparecía una adolescente lasciva que se adelantaba en seis años a la Lolita de Nabokov. Los libros llegaron y la prima de la señorita Flannery lo comenzó a leer casi al mismo tiempo en que lo leían los curas y el obispo. Terrible ignominia. Fue el escándalo de la temporada. La gente forraba el libro en papel de estraza para ocultar qué estaba leyendo. Los niños lo leían sólo porque era el libro prohibido que sus padres, en lugar de poner en la biblioteca, escondían en la profundidad de los placares. Y la señorita Flannery, mientras tanto, como si nada, siempre tan callada, en la misa diaria, a un costado de su mamá.
    Por otro lado, los que leían las obras de Flannery O’Connor y peregrinaban hasta Georgia para conocerla quedaban sorprendidísimos y descolocados. Antes de reunirse con ella, la también escritora sureña Louise Abbot, por ejemplo, esperaba encontrar a una agnóstica con quien podría tomarse algunas cervezas y criticar los fanatismos religiosos y los modos de vida del sur de los Estados Unidos. Nunca se imaginó que le abriría la puerta una católica recalcitrante, una mujer dura y enferma, que caminaba con muletas y que dependía de una madre que la avergonzaba y a la que la unía una relación de amor y odio incapaz de ser disimulada. Louise Abbot la saludó y sólo por ser cortés hizo alguna referencia a cuánto había crecido la fama de O’Connor en los últimos tiempos. La señorita Flannery le clavó sus ojos de ardilla y le dedicó una mirada de desaprobación. “Creo que hay una gran cantidad de fuego del infierno en este mundo”, le dijo, “y si sólo por un instante me atreviera a creer que soy famosa, caería enseguida en él”. Después la invitó a ir a dar un paseo por su granja, para mostrarle sus treinta pavos reales y su colección de gallinas exóticas. A pesar del mal comienzo, la señorita Flannery y Louise Abbot llegaron a ser amigas.
    Flannery O’Connor fue una señorita incomprendida y vivió siempre en esa incomprensión. Demasiado sureña para los del norte. Demasiado liberal para los del sur. Demasiado católica para los círculos intelectuales. Demasiado decadente para un buen cristiano. Demasiado frágil, casi una santa, para sus contemporáneos. Demasiado dura e impiadosa para muchos de sus lectores. En ese cruce incómodo estaba ella, la señorita Flannery, rezando para ser buena, preguntándose cómo un escritor católico debería escribir, aguantando los dolores de la enfermedad como una cruz que debía cargar, apagándose de a poco, secándose de a poco, hasta que la timidez y el recato se avinagraron y la pátina de candidez y simpatía que se autoimponía dio paso al cinismo oscuro y al humor negrísimo que siempre había estado allí abajo.
    Una joven católica entre artistas disolutos. “No habrá ninguna biografía sobre mí”, escribió alguna vez la señorita Flannery, “simplemente porque las vidas que transcurren entre la casa y el gallinero no son apasionantes para nadie”. Y, sin embargo, la biografía que Brad Gooch escribió sobre ella y que ahora se distribuye en la Argentina fue un best seller en los Estados Unidos, tal vez porque la vida de la señorita Flannery es tan grotesca, paradójica y mansamente brutal como la vida de sus personajes. Y está, también, cargada del mismo humor negro, las mismas contradicciones y los mismos giros imprevistos.
    La señorita Flannery tuvo dos vidas, bien diferenciadas. Hasta los 26 años fue una chica católica y solitaria. Su papá había muerto de lupus cuando ella tenía 15 y desde entonces se había vuelto cada vez más sobre sí misma. En su infancia y adolescencia, nunca soñó con ser escritora. Dibujaba y se dedicaba a las caricaturas. Se inscribió en un programa para estudiar periodismo en la Universidad de Iowa, pero al poco tiempo desistió y se cambió al curso de escritura creativa. Para ese entonces, casi no había leído, no sabía quiénes eran Kafka, Faulkner ni Joyce y sólo había escrito un par de relatos. Pero eran relatos terriblemente buenos. La señorita Flannery se pasó los próximos dos años encerrada, leyendo sin descanso y escribiendo cuentos y relatos que mejoraban día a día. Su timidez y cierta mojigatería no la ayudaban demasiado, pero estar lejos del sur opresivo y de su familia le dieron soltura, aunque sus miradas de reprobación asesina seguían siendo su marca registrada. Muchos de sus compañeros no se sentían cómodos con ella, pero no importaba, porque su escritura la hacía brillar. Pronto era la estrella del programa y sus cuentos comenzaron a publicarse en revistas de primer orden. Cuando recibió su título, la señorita Flannery no quería regresar al sur, así que uno de sus profesores la recomendó para una residencia en la Colonia de Artistas de Yaddo, al norte de Nueva York. En 1948 llegó a Yaddo con una pequeña valija, el comienzo de una novela y su seriedad y timidez de siempre. Cuando tuvo que presentarse, dijo que era una católica muy devota, “como salida del siglo XIII”. Es de suponer que el resto de los residentes la miraron sin entender de qué hablaba.
    En Yaddo, Flannery se encontró con conversaciones sobre seconal y barbitúricos en el desayuno y con borracheras e intercambios sexuales durante la noche. Escribió a una amiga horrorizada porque “todos se acuestan con todos, no lo consideran pecado, sino experiencia, y si no te acuestas con el sexo opuesto, se asume que te acuestas con el tuyo”.
    El ambiente artístico fue demasiado para la joven católica y provinciana que ella era y la señorita Flannery se recluyó en sí misma, casi sin interactuar con sus compañeros, entre los que se hallaba una Patricia Highsmith en pleno desenfreno. Una noche en que Highsmith volvía borracha del pueblo en medio de una tormenta de truenos y rayos, se encontró a Flannery arrodillada en la galería de la Colonia. “¿Qué estás haciendo?”, le preguntó. La señorita Flannery señaló un nudo en la madera del porche. “Mirá –le dijo–, la cara de Jesús”.
    Otro de los compañeros de O’Connor en Yaddo fue el poeta Robert Lowell que, en el comienzo de una crisis maníaco-depresiva, acababa de regresar al catolicismo y gritaba a los cuatro vientos que la señorita Flannery era una escritora genial… y una santa. Ella era tan reservada y moralista que nadie puso muchos reparos en aceptarlo como una verdad y el rumor ganó los círculos literarios neoyorquinos. Decían de ella que, además de venerable, era una escritora escandalosamente buena, de la que cabía esperar grandes cosas. Los editores cazatalentos comenzaban a rondarla cuando Lowell, ya en plena crisis, la arrastró hacia una caza de brujas, convenciéndola para que denunciaran por actividades filocomunistas a la directora de Yaddo. La señorita Flannery declaró contra ella y abandonó la Colonia. Menos de un mes después, Lowell estaba encerrado en un manicomio y una treintena de escritores y editores brindaban su apoyo a la directora. Lowell, la señorita Flannery y los dos o tres escritores católicos que se habían animado a seguirlos fueron señalados por sus métodos inquisitoriales. La señorita Flannery escribió a una amiga, contando que “en cuanto al demonio, creo no sólo que existe, sino que tiene familia, Yaddo me lo ha confirmado”.
    El ataque. La señorita Flannery debía regresar al sur para pasar las fiestas con su madre. En el transcurso del viaje comenzó a sentirse mal, muy mal. Al llegar a Savannah tuvieron que bajarla en camilla y llevarla al hospital. El lupus había atacado por primera vez. Los médicos fueron claros y le aseguraron que sus días estaban contados. Regresar al norte, en ese estado, era inconcebible. Fue en ese momento en que el mito terminó de consolidarse. Al salir del hospital, la señorita Flannery se mudó a vivir con su madre en una granja de vacas lecheras, rodeada de pavos reales, acosada por dolores, sin dejar de escribir en ningún momento. Hasta su muerte, 14 años más tarde, sólo saldría de la granja muy de tanto en tanto, para dar conferencias en universidades y, una única vez, para viajar a Europa a conocer al Papa y tomar baños en el santuario de Lourdes.
    Durante esos 14 años de vida recluida, la señorita Flannery publicó dos novelas, un libro de cuentos que fue su consagración literaria, y otro más –igual de genial– que quedó inédito. Escribió cientos de cartas con las que se mantuvo unida al mundo y en las que desplegó su lengua viperina, su humor negro, su dureza y sus prejuicios. Fue una excelente cristiana y evitó de todas formas apoyar cualquier movimiento a favor del fin de la segregación racial en su Georgia natal. La escritora Caroline Gordon, que durante años mantuvo correspondencia con ella, dijo que Flannery O’Connor era “un fenómeno poco común: una escritora católica con un verdadero sentido de lo dramático, que confía más en su técnica que en su piedad”. Algo que es completamente cierto: Flannery O’Connor es una escritora impiadosa y maneja la técnica, sobre todo la técnica del cuento, como pocos escritores podrían hacerlo. Prefería alejarse de la corriente que pensaba a la literatura sureña como una literatura “gótica” y se refería a sí misma como una escritora del “grotesco”, al que entendía como una distorsión, una forma de recrear la experiencia que le escapa a la vida cotidiana y al hombre común y corriente. Antes que la normalidad, busca lo freak, el fenómeno, los personajes desaforados “enfrentados a los misterios de la existencia humana”. ¿Por qué no escribís sobre gente normal?, le preguntaba una y otra vez su madre cuando quería avergonzarla frente a las visitas.
    La señorita Flannery le dedicaba una mirada de fuego, se callaba y la dejaba sin respuesta, pero en sus cartas y en sus conferencias insistía en que con sus personajes pretendía transmitir una visión cristiana del pecado original que generara un shock en el lector, que lo hiciera reaccionar y convertirse. Esa búsqueda, casi catequística, aleccionadora, se hace demasiado evidente en sus novelas, que casi naufragan. En sus cuentos, en cambio, tal vez por considerarlos piezas menores, la señorita Flannery escondía tan bien su ironía y su desprecio por esos personajes perdidos en mundos de falsos dioses que por momentos, por grandes y extensos y geniales momentos, parece amarlos con toda su alma. Sus personajes siguen siendo ejemplos de lo que un hombre bueno no debe ser, están modelados en el negativo de una serie de preceptos y valores férreos, pero también es como si, a veces, la señorita Flannery se olvidara de sus deberes de buena cristiana y escribiera regodeándose en el pecado. O se permitiera hacer travesuras para escandalizar a su mamá y sus compañeras de banco en la iglesia. En muchos de sus cuentos las historias pierden su moraleja, se vuelven sarcásticas, terribles, incluso divertidas. Y es allí, en cuentos como Un hombre bueno es difícil de encontrar, La buena gente del campo, El negro artificial, donde la señorita Flannery alcanza esa genialidad incómoda, perturbadora, perfecta y pulida que la caracteriza.
    http://www.perfil.com/ediciones/cultura/-20119-610-0001.html





    Flannery O'Connor

    (Savannah, 1925 - Milledgeville, 1964) Escritora estadounidense. Autora de novelas y relatos en los que, desde una perspectiva cristiana, indaga sobre la miseria espiritual del ser humano y su rechazo de la salvación eterna, está considerada como una de las mejores cultivadoras del género cuentístico entre los más jóvenes representantes de la generación de escritores del Sur que floreció en su país natal en la segunda mitad del siglo XX.
    Tras haber completado su formación secundaria en el State College femenino de Georgia, cursó estudios superiores en la Universidad de Iowa. Aquejada desde 1951 de una grave enfermedad en la sangre, que le afectó los huesos de las piernas, y la obligó a andar con muletas, la desdichada escritora pasó los trece últimos años de su vida en la granja familiar de Milledgeville, dedicada a la creación literaria y a la cría de pavos reales.
    Puede considerársela, incluso desde el punto de vista de la ubicación geográfica, como una de los integrantes paradigmáticos de dicha generación del Sur. De hecho, buena parte de la crítica norteamericana contemporánea ha señalado las concomitancias existentes entre las vidas y la obra de Flannery O'Connor y el mismísimo William Faulkner, maestro, guía y mentor de la segunda generación de autores sureños.

    Flannery O'Connor
    Sus protagonistas son personajes locales blancos y negros; predicadores que van de pueblo en pueblo, pequeños campesinos al borde de la miseria y las historias que relata tienen como escenario los campos o las pequeñas ciudades de la región. Una constante de toda la narrativa de OConnor es la preocupación por la divinidad, o la búsqueda de las huellas de Dios, en contraposición a sucesos o conductas perversos o violentos.

    Su primera entrega narrativa fue una novela extensa titulada Wise Blood (Sangre sabia, de 1952), obra que enseguida llamó la atención de críticos y lectores, por su extraña combinación del subgénero gótico, la profecía mistérica y el mensaje del Evangelio católico. Es la historia de un predicador traumatizado, que se automutila y queda ciego, además de ser luego asesinado, lo que genera un escándalo. La buena acogida que el público norteamericano deparó a esta novela propició que, casi cuarenta años después de su publicación (y al cabo de quince años de la muerte de la propia O'Connor), el gran cineasta John Huston filmara una espléndida versión cinematográfica de Sangre sabia, enriquecida con la banda sonora del compositor estadounidense Alex North.
    http://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/o_connor_flannery.htm



    Obras

    Novela

    Wise Blood 1952 
    The Violent Bear It Away 1960
    Why Do the Heathen Rage? (inacabada)

    Libros de relatos

    A Good Man Is Hard To Find 1955
    Everything That Rises Must Converge 1965


    *buscabiografias.com


    La admiración de sus contemporáneos

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    Cuando murió, en 1962, a los 39 años, Flannery O’Connor era una escritora reconocida y de extendido prestigio. Muchos de sus contemporáneos la respetaban y admiraban. Katherine Anne Porter y Elizabeth Bishop mantenían correspondencia con ella. T.S. Eliot leyó uno de sus libros de cuentos y tuvo que admitir que quedó horrorizado. “Sin duda tiene un talento de orden superior, pero no tengo los nervios lo bastante templados para resistir tanta perturbación”, escribió. William Faulkner, a quien O’Connor admiraba y al que hace múltiples referencias en sus obras, en una ocasión, cuando su traductor al francés le comentó que trabajaría en Sangre sabia, “levantó la cabeza, lo señaló con un dedo y afirmó con énfasis: es un buen material”. El escritor inglés Evelyn Waugh, en cambio, no estaba tan convencido. Sobre Sangre sabia dijo: “Si la ha escrito realmente una joven dama sin ayuda de nadie, es una obra singular”.
    En 1972, cuando se publicaron por primera vez sus Cuentos completos, el libro obtuvo el National Book Award. Subió a recibir el premio Robert Giroux, quien había sido editor de O’Connor a lo largo de toda su vida. Unos minutos antes, un autor famoso, de quien Giroux no revela el nombre, le preguntó si en verdad creía que O’Connor era una gran escritora.
    “¡Era tan católica!”, se quejó el autor famoso.
    “No es posible encasillarla, esa es la cuestión”, le respondió Giroux. “Si ella estuviera aquí te abriría los ojos. Te dejaría impresionado. Te costaría superarla en ingenio.”

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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