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    viernes, 11 de septiembre de 2015

    Palabra de Pavese Por Rodolfo Alonso y DOSSIER




    Palabra de Pavese

    Por Rodolfo Alonso *

    Piamontés universal, Cesare Pavese es sin duda uno de los más significativos escritores italianos del siglo XX. Nacido el 9 de septiembre de 1908 en el medio campesino de Santo Stefano Belbo, hijo de un secretario de juzgado en Turín, iba a concluir poniendo fin a su vida (“Palabras no. Un gesto. No escribiré más”, son las líneas finales de su indeleble diario, El oficio de vivir), en un cuarto de hotel en Turín, el 27 de agosto de 1950. Esa vida y esa obra se irían cubriendo (y los argentinos fuimos tal vez de los primeros en percibirlo fuera de Italia) de significados a la vez entrañables y nítidos, donde conviven voces ancestrales y moderna lucidez, cuya riqueza, perfección formal, perdurabilidad y resonancia permiten considerarlo un auténtico clásico.

    Dueño de una apasionada inteligencia, una bella sensibilidad y una indomable voluntad de raciocinio, en pocos como en él se reunieron en su época, a la vez como evidencia estética y como testimonio intelectual, por un lado la entereza de un humanismo capaz de pensar y de intentar un mundo para todos (“en medio de la sangre y el fragor de los días que vivimos va articulándose una concepción distinta del hombre. El hombre nuevo será puesto en condiciones de vivir la propia cultura y de reproducirla para los otros, no en abstracto, sino en un intercambio cotidiano y fecundo de vida”). Junto a ello, la devoción por una belleza que no se niega a ninguna verdad, por aparentemente oscura que parezca (“La fuente de la poesía es siempre un misterio, una inspiración, una conmovida perplejidad ante lo irracional, tierra desconocida”). En esa tensión, que no supo dejar fuera a su propia vida, alcanza una hondura y calidad especialmente tocantes. Y aunque el suicidio parece constituir el broche de la angustia, una tozuda, lúcida y fecunda voluntad de vida, de belleza y de trabajo emerge limpiamente de sus palabras.

    Su juventud creció con el fascismo, que lo arrestó el 15 de mayo de 1935 y lo confinó, como opositor político, en Brancaleone Calabro, de donde volvió en marzo de 1936. Pero no cambiado. A la bochinchera y grandilocuente cultura oficial del fascismo supo enfrentarse, lúcidamente, como su impar compañero de generación, Elio Vittorini, con la traducción y el análisis crítico de la gran literatura norteamericana. Heredero de un mundo campesino que nunca cesó de nutrirlo, su primer libro, Trabajar cansa (Solaria, 1936, con reedición aumentada de Einaudi, 1943), es un nuevo ciclo abierto y cerrado por él en la poesía italiana moderna, tanto como una revisión exhaustiva de ese mundo natal, lleno de atavismos que, a pura luz de razón, se convierten en auténticas iluminaciones. Y ese mundo está siempre presente en su gran narrativa. Y hasta en sus resplandecientes ensayos, donde la percepción del claro espacio mítico que es el campo, la viña, el bosque, la sangre, la noche, los astros, se convierte en alimento de esclarecedoras conclusiones.

    Llegó a triunfar en Turín, la gran ciudad de sus sueños de infancia, como intelectual y como artista: pudo ser director literario de la prestigiosa editorial Einaudi y poco antes de morir recibió el consagratorio Premio Strega. “Narrar es como nadar”, supo decir, aludiendo a los ritmos combinados con que el nadador desplaza su cuerpo en el agua, y también “Narrar es monótono”, por supuesto en el sentido de la insistencia, de la persistencia en un tono, en un clima, que nunca es puramente verbal aunque está hecho de lenguaje. Las palabras de los hombres a las que supo aludir cálida y sabiamente como “esas tiernas cosas, intratables y vivas”.

    Italo Calvino advirtió lo imposible de imaginar hacia dónde habrían llevado a Pavese las inquietudes etnográficas y antropológicas que lo apasionaban. Y percibió su compleja y angustiada personalidad, esa voluntad de razón iluminista que sin embargo no abandona una temblorosa auscultación instintiva. Mucho de ello se advierte en los inteligentes y lúcidos ensayos que reunimos y tradujimos con Hugo Gola, no mucho después de su muerte, con el título de El oficio de poeta (Nueva Visión 1957), donde en “El mito” escribe: “Antes que fábula, casi maravilloso, el mito fue una simple norma, un comportamiento significativo, un rito que santificó la realidad. Y fue también el impulso, la carga magnética que pudo, ella sola, inducir a los hombres a realizar obras”.

    Hay en todo Pavese la felicidad del trabajo consumado, esa satisfacción por el logro tras el esfuerzo, pero también la insatisfacción permanente ante el vacío posterior, ante la incapacidad de volver a colmarlo o el temor de no lograrlo. A ese vacío aludió como uno de los motivos de su suicidio, y aunque nunca lo sepamos con exactitud (¿quién podría?), se hace imposible no advertir que el hombre capaz de realizar en sólo 42 años de vida una obra semejante, difícilmente estuviera terminado como artista. El mismo que, horas antes de tomar una trágica decisión, escribía en su diario: “Mi parte pública la he hecho –lo que podía–. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos”.

    No pocas veces reiteró Pavese que consideraba a Diálogos con Leucó “la cosa menos infeliz que yo haya escrito”. ¿Cómo no coincidir con él ante esos diálogos de transido lirismo y honda resonancia, que logran el casi milagroso resurgir, como una moderna fuente de vida, de los fundacionales mitos griegos? Y recordemos que ese libro quedó abierto junto a su lecho, en el cuarto de hotel donde se suicidó. Que su palabra fue escuchada, lo probaron tanto su persistente repercusión como la estima de sus contemporáneos. Emilio Cecchi lo dijo quizá mejor que nadie: “Reconozcamos, una vez más, que de su generación Pavese fue de los espíritus no sólo artísticamente más dotados, sino, en el conjunto de todas las facultades, intelectual y moralmente más ejemplares”.


    * Poeta, traductor, ensayista.

    http://www.elortiba.org/notatapa16.html

                                                                         


      Cesare Pavese



    Poco a poco se ha impuesto la imagen de un Cesare Pavese doliente, atormentado, un poco melodramático. Alejandro Zambra vuelve a la vida y obra de este autor para desmontar ese mito y revalorar sus libros, todo en el centenario de Pavese y en el marco de una FIL de Guadalajara que tiene a Italia como país invitado.
    Diciembre 2008 

    En el poema “La habitación del suicida”, Wislawa Szymborska recrea la perplejidad de los amigos ante el suicidio de alguien que solamente deja, a manera de explicación, un sobre vacío apoyado en un vaso. Cesare Pavese, en cambio, escribió durante quince años una larguísima carta de despedida que hasta aquí hemos leído en calidad de obra maestra. En las cuatrocientas páginas deEl oficio de vivir, Pavese cultiva la idea del suicidio como si se tratara de una meta o de un requisito o de un sacramento, al punto que, finalmente, se hace difícil moderar la caricatura: no es el enigmático amigo de Wislawa Szymborska o el suicida que en un poema de Borges dice “Lego la nada a nadie”. Por el contrario, Pavese es consciente de su legado: sabe que deja una obra importante, cumplida, sabe que ha escrito alta poesía, sabe que sus novelas soportarán con decoro el paso del tiempo. No tenía motivos para quitarse la vida, pero se encargó de inventarlos, de darles realidad. El oficio de vivir es un registro de teorías y de planes, de diatribas y digresiones, pero sin duda en la lectura prevalece el recuento de pensamientos fúnebres, casi siempre extremos y a veces más bien peregrinos, propios de un joven envejecido que de a poco va convirtiéndose en un viejo adolescente. Tal vez hay que ser como ese joven o como ese viejo para valorar, en plenitud, el diario de Pavese. Tal vez hay que querer suicidarse para leer El oficio de vivir.


    Pero no es necesario querer suicidarse para disfrutar de libros perfectos como La luna y las fogatasLa playa,Trabajar cansa Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. La mayor virtud de El oficio de vivir es que da pistas sobre la obra de Pavese: si quitamos las referencias a su vida amorosa quedaría un libro delgado y excelente. Ahora me parece que al diario le sobran muchas páginas: sus impresiones sobre las mujeres, por ejemplo, no se compadecen con la comprensión verdadera o al menos verosímil de lo femenino que uno cree leer en La luna y las fogatasEntre mujeres solas o en algunos de sus poemas.Por momentos Pavese es solamente ingenioso y más bien vulgar: “Ninguna mujer contrae matrimonio por conveniencia: todas tienen la sagacidad, antes de casarse con un millonario, de enamorarse de él.” Su misoginia es, con frecuencia, rudimentaria: “En la vida, les sucede a todos que se encuentran con una puerca. A poquísimos, que conozcan a una mujer amante y decente. De cada cien, noventa y nueve son puercas.” Más divertido y negrísimo es el humor de un pasaje en que comenta aquello de que un clavo saca a otro clavo: para las mujeres el asunto es muy simple, dice, pues les basta con cambiarse de clavo, pero los hombres están condenados a tener un solo clavo. No sé si hay humor, en cambio, en estas frases: “Las putas trabajan a sueldo. ¿Pero qué mujer se entrega sin haberlo calculado?” El siguiente chiste, en todo caso, me parece muy bueno: “Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán.”


    Es cierto que cometo una injusticia al presentar a Pavese como un precursor de la stand up comedy, pero denigrarlo es seguir el juego que él mismo propuso. Otro libro breve o no tan breve que podría extraerse de El oficio de vivir es el de la ya mencionada autoflagelación literaria. Al comienzo duda, razonablemente, de su escritura: se queja de su idioma, de su mundo, de su lugar en la sociedad, se retracta de sus poemas, quiere escribirlos de nuevo o no haberlos escrito. Desea experimentar el placer de negarse, de partir, siempre, desde cero: “He simplificado el mundo en una trivial galería de gestos de fuerza y de placer. En esas páginas está el espectáculo de la vida, no la vida. Hay que empezarlo todo de nuevo.” La observación no es casual, porque contiene una ética: el artista es siempre un eternoamateur, sus triunfos amenazan el progreso de la obra. Pero se queja tanto que escucharlo a veces se vuelve insoportable. Poco después de los lamentos iniciales, Pavese ha construido una obra inmensa que le da satisfacciones reales, que le permite ser alguien muy parecido a quien siempre quiso ser. Pero ahora se queja lo mismo y un poco más: “Estás consagrado por los grandes maestros de ceremonias. Te dicen: tienes cuarenta años y ya lo has logrado, eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y auténtico... ¿Soñabas otra cosa a los veinte años?” La respuesta es, en cierto modo, conmovedora: “No quería sólo esto. Quería continuar, ir más allá, comerme a otra generación, volverme perenne como una colina.”


    Pavese era un buen amigo, dice Natalia Ginzburg, pues la amistad se le daba sin complicaciones, naturalmente: “Tenía un modo avaro y cauto de estrechar la mano al saludar: daba pocos dedos y los retiraba enseguida; tenía un modo arisco y parsimonioso de sacar el tabaco de la bolsa y llenar la pipa; y tenía un modo brusco y repentino de regalarnos dinero, si sabía que nos hacía falta, un modo tan brusco y repentino que nos dejaba boquiabiertos.” En un fragmento de Léxico familiar y en un breve y bellísimo ensayo de ese libro breve y bellísimo que se llama Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg evoca los años en que ella y su primer marido trabajaron con Pavese en Einaudi, tiempos difíciles a los que el poeta se integra trabajosamente: “Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.”


    “Pavese cometía errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor, en cambio los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia”, agrega Natalia Ginzburg, y luego señala que la virtud principal de Pavese como amigo era la ironía, pero que a la hora de escribir y a la hora de amar enfermaba, súbitamente, de seriedad. La observación es decisiva y, a decir verdad, ha sobrevolado con persistencia mi relectura de Pavese: “A veces, cuando ahora pienso en él, su ironía es lo que más recuerdo y lloro, porque ya no existe: de ella no queda ningún rastro en sus libros, y sólo es posible hallarla en el relámpago de aquella maligna sonrisa suya.” Decir de un amigo que en sus libros no hay ironía es decir bastante. En las páginas de El oficio de vivir, en efecto, por largos pasajes el humor se limita a inyecciones de sarcasmo o a meros manotazos de inocencia.


    “Mi creciente antipatía por Natalia Ginzburg”, anota Pavese en 1946, “se debe al hecho de que toma por granted, con una espontaneidad también granted, demasiadas cosas de la naturaleza y de la vida. Tiene siempre el corazón en la mano –el parto, el monstruo, las viejecitas. Desde que Benedetto Rognetta ha descubierto que es sincera y primitiva, ya no hay manera de vivir.” La amistad admite estos matices, y a su manera tajante y delicada la escritora responde: “Nos dábamos perfecta cuenta de las absurdas y tortuosas complicaciones de pensamiento en que aprisionaba su alma sencilla, y habríamos querido enseñarle algunas cosas, enseñarle a vivir de un modo más elemental y respirable; pero nunca hubo manera de enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, levantaba una mano y decía que él ya lo sabía todo.” Debo decir que me quedo con la sincera y primitiva y no con el sabelotodo. Porque sin duda Pavese era un sabelotodo. Por eso mismo su soliloquio se vuelve enojoso. Lo que mejor sabía era, en todo caso, que sufría inmensamente: “Es quizás ésta mi verdadera cualidad (no el ingenio, no la bondad, no nada): estar encenagado por un sentimiento que no me deja célula del cuerpo sana.” Acaso estaba secretamente de acuerdo con su amiga Natalia. Pienso en este fragmento del diario, que tal vez da la clave del sufrimiento de Pavese: “Quien no sabe vivir con caridad y abrazar el dolor de los demás, es castigado sintiendo con violencia intolerable el propio. El dolor sólo puede ser acogido elevándolo a suerte común y compadeciendo a los otros que sufren.”

    Algo va mal en este artículo. Mi intención era recordar a un escritor que admiro, y ya se ve que la admiración ha amainado. Lo comento con una amiga, por teléfono, a quien no le gusta y nunca le ha gustado Pavese. Tal vez la primera vez que leíste El oficio de vivir, me dice, querías suicidarte. Todos los estudiantes de literatura quieren suicidarse, dice, y yo me río pero enseguida respondo, con pavesiana seriedad, que no, que nunca quise suicidarme. Tal vez entonces, a los veinte años, me impresionaba la forma de expresar el malestar; la descripción precisa de un dolor que parecía enorme y que sin embargo no rivalizaba con la posibilidad de plasmarlo. Es curioso, pienso ahora: Pavese lucha con el lenguaje, construye un italiano propio o nuevo, valida las palabras de la tribu y los problemas de su tiempo. No se adhiere a fórmulas, desconfía de las proclamas, de los falsos atavismos. Es, en un punto, el escritor perfecto. Pero en otro sentido es un pobre hombre que anhela exhibir su pequeña herida. Me pregunto si era necesario saber tanto sobre Pavese. Me pregunto si verdaderamente a alguien le importa saber sobre su impotencia, su eyaculación precoz, sus masturbaciones. No lo creo.


    Pavese solía releer su diario para echar tierra sobre alguna observación apresurada o, más frecuentemente, para enfatizar una intensidad que ya era alta. Las numerosas referencias internas y el uso de la segunda persona constituyen la retórica de El oficio de vivir. La segunda persona reprende, humilla, pero a veces también infunde ánimo: “Ten valor, Pavese, ten valor.” El efecto, en todo caso, nunca me parece esencial: cualquiera de esos fragmentos funcionaría mejor en primera persona. Más que una complejidad del yo, la segunda persona comunica la dificultad del desdoblamiento y suena siempre tremendista: “También has conseguido el don de la fecundidad. Eres dueño de ti mismo, de tu destino. Eres célebre como quien no trata de serlo. Pero todo esto se acabará.” Hay pedazos, sin embargo, notables: “Recuerdas mejor las voces que las caras de las personas. Porque la voz tiene algo de tangencial, de no recogido. Dada la cara, no piensas en la voz. Dada la voz –que no es nada– tiendes a hacer de ella una persona y buscas una cara.”


    Releí El oficio de vivir, pues había comprometido un reportaje sobre Santo Stefano Belbo, el pueblo natal del escritor, con la excusa del centenario de su nacimiento. Alguien criado en el país de Neruda no debería hacer este tipo de viajes: crecimos en el culto al poeta feliz, crecimos con la idea de que un poeta soltaba sus metáforas a la menor provocación, que acumulaba casas y mujeres y dedicaba la vida a decorarlas (las casas y a las mujeres). Crecimos pensando que los poetas coleccionaban –además de casas y de mujeres– mascarones de proa y botellas deChivas de cinco litros. Para nosotros el turismo literario es cosa de gringos, de japoneses que adoran el dinero que han pagado para maravillarse con historias asombrosas. Por fortuna, nada de eso hay en Santo Stefano Belbo, un pueblo de cuatro mil tranquilos habitantes, que vive de las viñas y goza de una estabilidad muy parecida al aburrimiento.


    Así como repasar el diario de Pavese ha sido decepcionante, visitar el pueblo que sirve de escenario a La luna y las fogatas constituye una emoción compleja. Pavese interrogó este paisaje con preguntas verdaderas, movido por el vértigo de quien busca recuerdos en los recuerdos. Walter Benjamin lo dice con precisión, cuando habla, en un texto sobre Proust, de la “legalidad” del recuerdo. Es este el paisaje que recordaba Pavese cuando invocaba esa “legalidad”: el valle, la colina, la iglesia, las ruinas de una torre medieval; un verde apacible queda en los ojos y todo parece caber en una sola mirada larga. Encuadro la imagen para situar el río Belbo y el camino a Canelli, que en La luna y las fogatas es el camino donde empieza el mundo. De puro diletante planeo alojarme en el Albergo dell’Angelo, donde se hospeda el narrador en la novela, pero el recinto ya no funciona como hotel, por lo que me quedo en un razonable bed & breakfast. Reconozco el terreno mientras pienso en versos de “Los mares del Sur” y en el poema “Agonía”, que no es el mejor de Pavese pero sí el que más me gusta: “Están lejos las mañanas cuando tenía veinte años./ Ahora, veintiuno: ahora saldré a la calle,/ recuerdo cada piedra y las estrías del cielo.” Mientras camino recupero a Pavese: “Nos hace falta un país, aunque sólo sea por el placer de abandonarlo”, digo, de memoria: “Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando.”


    Ya me gusta, de nuevo, Pavese.


    Según Italo Calvino, la zona de las Langhe del Piamonte era famosa no sólo por sus vinos y sus trufas, sino también por la desesperación de las familias que allí habitaban. Calvino pensaba, claro, en el brutal desenlace de La luna y las fogatas y no en esta tarde agradableBusco, absurdamente, indicios de desesperación en ese mundo de niños en bicicleta y gente que vuelve a paso lento del trabajo.


    Los extranjeros vienen a Santo Stefano solamente para ver, como yo, la casa natal de Pavese, un sitio más bien desangelado que es como la casa natal de cualquiera: en esta cama nació el poeta, dice el guía, y no queda mucho más que imaginarse al pequeño Cesare, en 1908, llorando como condenado. También hay una galería atiborrada de pinturas de los más diversos estilos. Son, en su gran mayoría, bocetos nada buenos, puestos unos junto a otros por orden de llegada. El guía me dice que se trata de las obras ganadoras de un concurso anual destinado a recordar la vida y la obra del escritor. Pienso que esas murallas atestadas de primeros lugares y menciones honrosas lucieron, en su momento, una acogedora desnudez. Pero es mejor, quizás, el desorden del homenaje.


    Tomo fotos, muchas fotos: soy, por dos días, el japonés que visita el pueblo donde nació Cesare Pavese. Hay una que me gusta especialmente, donde figura su retrato en la vitrina de una tienda de zapatillas para niños. Hay alusiones, hay dibujos, hay grafitis de Pavese por todas partes: Santo Stefano ha hecho lo posible por rendirle culto al poeta y hay belleza en ese esfuerzo. Pero el centenario de Pavese no invita, en general, a estridencias. No era, finalmente, tan buen personaje como Neruda. Menos mal.


    Los niños de Santo Stefano Belbo aprenden, desde pequeños, que en este pueblo nació un gran escritor que nunca fue feliz. Los niños de este pueblo aprenden desde temprano la palabra “suicidio”. Los niños saben de antemano que, en este pueblo, trabajar cansa.


    Me oriento gracias a Anka, una joven rumana que conocí en el restorán cercano a la estación de trenes. Está de paso en Italia, visitando a su hermana. Le pregunto si se aburre y me responde que sí, porque acá casi nadie habla inglés y menos rumano (y muchos cultivan, todavía, el piamontés). Anka me dice que hay un chileno en el pueblo y que debería verlo. No busco chilenos, le respondo, y me mira desconcertada. Me retracto, por cortesía. Le digo que me gustaría mucho conocer a ese chileno y ella arregla la cita. Es en el bar Fiorina, frente a la plaza principal. Poco antes de llegar copio en un disco toda la música chilena que tengo en el computador. Pero Luis, el chileno, es en realidad un peruano de Arequipa. Le regalo el disco de todos modos. Luis tiene 35 años, desde hace seis vive en Italia y hace cuatro vino a dar a Santo Stefano Belbo. Trabaja en una fábrica de bombas de agua y da la impresión de que vive bien. Yo no he leído a Pavese, me dice de repente: para miserias basta con las propias, dice, y tiene toda la razón.

    Hablo con varios amigos de Luis. Fabio, de 26 años, es el más cordial. Hablamos lento y logramos entendernos. No le gusta leer, dice, pero como todo santostefanino que se precie, conoce bien la obra de Pavese. Me gusta porque habla de este pueblo, dice, pero en el fondo no me gusta, rectifica, como pensando en voz alta, como decidiendo: no, no me gusta Pavese. A mí tampoco me gusta el chileno Neruda, le respondo. Yo me sé varios poemas de Pavese de memoria, dice Fabio, riendo. Yo también me sé algunos de Neruda, le digo, y seguimos riendo largo rato y ya tengo un amigo con quien beber las siguientes botellas de nebbiolo.


    La ciudad de Pavese fue Turín, allí vivió casi todo el tiempo y allí decidió, en 1950, morir. Santo Stefano Belbo es el lugar de origen y de ensoñación: una aldea a medias real y a medias inventada, un escenario para la infancia. “El arte moderno es una vuelta a la infancia”, dice Pavese: “Su motivo perenne es el descubrimiento de las cosas, descubrimiento que después puede acontecer, en su forma más pura, sólo en el recuerdo de la infancia.” Su pensamiento es cercano al de Baudelaire: el artista es un convaleciente que vuelve de la muerte para observar todo como por primera vez. Pavese incluso va más lejos: “En el arte sólo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e inspirarse en ella, y esta época es la infancia.”


    “Se admiran solamente aquellos paisajes que ya hemos admirado”, dice Pavese en el diario. Me pregunto si Santo Stefano Belbo ha cambiado mucho en estas décadas. Seguramente. Pero me gusta pensar que Pavese observaría una sutil permanencia.


    Mientras espero el tren de vuelta, releo los fragmentos deLa luna y las fogatas. Santo Stefano Belbo ha dejado atrás la violencia, pienso, y tal vez me engaño. Imagino las hogueras en la colina, recuerdo a Nuto y al niño rengo de la novela, los pasajes en que el narrador relata su vida en California, en fin, conjeturo la distancia de que se vale Pavese para construir un libro leve y oscuro. Pienso que me ha gustado Santo Stefano Belbo o que me ha gustado saber que a Pavese le gustaba. Para él la atracción llevaba implícita, siempre, una zona de rechazo, y es eso lo que me sucede también a mí: que he odiado el diario de Pavese –que he odiado el diario que amaba– y he amado sus demás libros. No llego a una conclusión o sí llego, pero se parece demasiado al comienzo: en La luna y las fogatas, por lo pronto, está todo lo que Pavese tenía que decir. El resto, su vida, es una extensa nota al margen, nada más que la larga carta de un demorado suicida.


    “Pero la gran, la tremenda verdad es ésta: sufrir no sirve para nada”, dice Pavese. “En el fondo, tú escribes para estar como muerto, para hablar desde fuera del tiempo, para convertirte para todos en un recuerdo”, dice Pavese. Son citas lapidarias, ya clásicas. Pero me parece mejor terminar este texto con el blues delicioso que escribió en inglés poco antes de morir, acaso ya resignado a la música menor, al fraseo final del olvido: “All is the same/ time has gone by—/ some day you came/ some day you’ll die.// Someone has died/ long time ago—/ someone who tried/ but didn’t know.” ~

     http://www.letraslibres.com/revista/entrevista/cesare-pavese?page=0,2

    Cesare Pavese 
    (1908/09/09 - 1950/08/27)


    Cesare Pavese

    Escritor italiano



    Nació el 9 de septiembre de 1908 en San Stefano Belbo (Cúneo).

    Cursó estudios de filología inglesa en la universidad de Turín. En 1932 se licencia en letras con una tesis sobre Walt Whitman.

    Fue uno de los fundadores de la editorial Einaudi y por sus escritosantifascistas, publicados en la revista La Cultura, es detenido en mayo de 1935 y confinado en Brancaleone Calabro. En 1936 regresa a Turín y publica el libro de poesía "Lavorare stanca". Durante la guerra, se refugia con su hermana enSerralunga y, cuando termina, se afilia al Partido Comunista Italiano (PCI).

    En 1945, publica "I dialoghi col compagno" en el diario "L'Unità". Publica La luna y las fogatas (1950), considerada como su mejor novela. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos(1951), está considerado como uno de sus más bellos poemas.

    Pavese se suicidó en Turín el 27 de agosto de 1950 ingiriendo doce sobres de somníferos en una habitación de hotel después de haber recibido un premio literario por su libro El bello verano (1949).

    En el año 1957, se creó un premio literario con su nombre para honrar su memoria. Algunas de las mejores y más conmovedoras páginas de Pavese se encuentran en su diario, que fue publicado póstumamente, en 1952, bajo el título El oficio de vivir.


    Obras

    Poesía

    Lavorare stanca — 1936
    La terra e la morte
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

    Narrativa

    Il carcere — 1938-39
    Notte di fiesta — 1936-38
    Paesi tuoi — 1941
    La spiaggia — 1942
    Feria d'agosto — 1944
    Fuoco grande — 1946
    Il compagno — 1947
    La casa in collina 1948
    Tra donne sole — 1949
    El bello verano — 1949
    La luna e i falò — 1950
    Diálogos con Leucò — 1947
    El diablo sobre las colinas

    Otras

    La letteratura americana e altri saggi
    Il mestiere di vivere — (1935-1950)
    http://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/1623/Cesare%20Pavese


    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
    ¿Cuánto influyeron en el suicidio de Pavese las circunstancias que rodearon el suicidio de Maiakovski? ¿Planeaba publicar su diario, en vida o póstumamente? ¿Qué pasó entre la última anotación que hizo en su diario y su muerte, nueve días después? El filólogo Cesare Segre, responsable de la nueva edición sin cortes de El oficio de vivir, realizada en estos días por Einaudi para conmemorar los cincuenta años de la muerte del poeta italiano, arriesga sus hipótesis.


    POR ALICIA MARTINEZ PARDIES, DESDE TURIN
    “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.” Pocas, muy pocas palabras apuntó en su diario personal Cesare Pavese el 18 de agosto de 1950, nueve días antes de suicidarse en uno de los hoteles más conocidos de Turín, el Roma, frente a la estación del ferrocarril donde, durante la noche del 26 al 27, intentó –en vano– que algunos amigos fueran a verlo, quizá con la idea de que pudieran disuadirlo de su decisión final. Tenía 42 años; pocos meses antes había sido consagrado con el prestigioso Premio Strega, pero la tormentosa relación que lo unía a una actriz de cine norteamericana (Constance Dowling, que inspiró su libro Vendrá la muerte y tendrá tus ojos) lo enfrentó a una variante aun más intensa del vacío existencial que había signado su vida desde la adolescencia. La muerte del poeta recibió una amplia cobertura en la prensa italiana, con hipótesis que iban de lo escandaloso a lo morboso. Dos años después, cuando se publicó en forma de libro el diario íntimo de Pavese, con el título El oficio de vivir, pudo delinearse más nítidamente el proceso interior que lo llevó al suicidio (no sólo la desilusión amorosa sino una crisis ideológica y un bloqueo creativo, entre otros motivos). La edición inicial del manuscrito estuvo al cuidado de Natalia Ginzburg e Italo Calvino, quienes realizaron una treintena de cortes al manuscrito original. En estos días, con motivo del medio siglo de su muerte, el sello Einaudi, donde Pavese trabajó como editor y publicó además toda su obra, presentará al público una nueva edición de El oficio de vivir, con un extenso estudio del filólogo Cesare Segre, uno de los más respetados de Italia. En diálogo con Radar, Segre anticipa los puntos más significativos de su trabajo sobre Pavese.
    ¿Esta nueva edición propone una nueva lectura de El oficio de vivir?
    –Creo que no sería lícito sacrificar los aspectos psicológicos que el diario mismo denuncia como predominantes y determinantes. Pero, al mismo tiempo, hoy es posible ver la obra en su naturaleza literaria, como si hubiera sido llevada adelante según un proyecto. El mismo Pavese nos autoriza a contemplarla así, ya que, no obstante, y como para reforzar el carácter “literario” de este diario, vale releer otra de las entradas del libro, donde Pavese apunta: “El interés de este diario sería el imprevisto pulular de pensamientos, estados conceptuales que, de por sí, mecánicamente, indican los grandes hilos de tu vida interior. De vez en cuando tratas de entender qué piensas, y sólo aprés-coup vas a toparte con los engranajes con los días pasados. Ésa es la originalidad de estas páginas: dejar que la construcción se haga por sí misma, y ponerte delante, objetivamente, en espíritu. Hay una confianza metafísica en este esperar que la sucesión psicológica de tus pensamientos se configure en construcción”.
    ¿Pavese deseaba la publicación de su diario?
    –Pocos días antes de suicidarse, Pavese incluyó una suerte de carátula en la carpeta verde donde solía conservar el manuscrito, en la que podía leerse El oficio de vivir, 1935-1950, seguido de su nombre. El hecho de escribir una fecha final puede interpretarse como una decisión de anular su propia existencia, en cuyo caso el verbo “vivir” aludía al pasado. Pero hoy se sabe que Pavese previó una forma, quizá parcial, de publicación de este texto (al menos como mensaje a las mujeres amadas). Y no póstuma, tal como se desprende de una de sus notas: “¿Por qué escribir estas cosas, que ella leerá y acaso la decidan a intervenir, a dar un giro?”. Debemos pensar que hasta la última página de este libro debe haber sido escrita bajo la obsesión de que la amada lo leería (“que lo sepa, que lo sepa”, escribió el 27 de mayo de 1950). No puede obviarse la penúltima entrada, del 16 de agosto, que está dirigida a ella: “Querida, acaso tú eres de verdad la mejor, la verdadera. Pero ya no tengo tiempo de decírtelo, de hacértelo saber. Y además, aunque pudiese, queda la prueba, la prueba, el fracaso”. ¿Qué pasó por la mente de Pavese, entre esa última entrada deldiario, ya legendaria, escrita el 18 de agosto, y el suicidio, ocurrido en la noche entre el 26 y el 27 de agosto? Nadie puede decirlo. Cierto, la desesperación se debe haber hecho cada vez más honda, quizá amplificada por cualquier mínimo episodio, llevándolo a cerrar de hecho la parábola, tal como ya había cerrado la redacción de ese diario. Es como si la escritura precediera y condicionara la acción. Si El oficio de vivir fuera solamente una obra literaria, diríamos que se trata de un “gesto violento y seguro que anonada y resume con autoridad toda una vida”, tal como el mismo Pavese había escrito sobre Edgar Lee Masters, en noviembre de 1938, a propósito de la única obra de ese autor, Antología de Spoon River. Hoy sabemos, en cambio, que El oficio de vivir es también la historia íntima de una desesperación y de la lucha contra esta desesperación; sabemos que esta angustia fue de un hombre concreto, y que signó gran parte de su vida. Pero Pavese era, sobre todo, un escritor. No por nada describió así la premisa de narrar: “Uno de los menos observados gustos humanos es el de prepararse eventos a plazos, organizarse un grupo de acontecimientos que tengan una construcción, una lógica, un principio y un fin. El fin es divisado casi siempre como un acné sentimental, una alegre y lisonjera crisis de autoconocimiento. Esto se extiende desde la construcción de un ataque o una defensa hasta la estrategia que rige una vida. ¿Y qué cosa es esto sino la premisa de narrar?”.
    Entre los textos inéditos que usted analiza en su prólogo, hay un mensaje que Pavese escribió, la noche de su muerte, en la primera página de su libro Diálogos con Leucó...
    –Se trata de un mensaje de saludo y de perdón, que dice: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No murmuren demasiados chismes”. Curiosamente el mensaje es muy parecido al que dejó otro poeta suicida, Maiakovski, quien dejó una carta que decía: “No se culpe a nadie. Y por favor, nada de chismes”. De alguna manera, Pavese eligió a Maiakovski como “fuente de inspiración” de su propio suicidio, acaso porque veía en la vida del poeta ruso singulares similitudes con la suya: Maiakovski se suicida al final del primer cuarto de siglo, Pavese al término del segundo cuarto. Maiakovski había sido encarcelado por el gobierno zarista, Pavese fue confinado por el régimen fascista. Los dos autores trabajaron para el cine. El último amor de Maiakovski fue una actriz, Veronika Polonskaia, tal como el de Pavese fue la norteamericana Constance Dowling. La noche de su muerte, Maiakovski le ruega en vano a la Polonskaia que suba a su habitación; horas antes de matarse, Pavese llama por teléfono a varias amigas, pidiéndoles, también en vano, que fueran a verlo al hotel. Pueden ser todas coincidencias, pero la similitud del mensaje final hace pensar que Pavese consideraba a Maiakovski como una especie de modelo.
    ¿Cuál es su análisis de la entrada final de El oficio de vivir?
    –Pavese escribió esa última página no ya para sí mismo sino para su mujer, y para nosotros. Es una página literaria, de frases breves, aisladas, que ocultan la incapacidad o el rechazo de ordenar y enunciar racionalmente sus pensamientos turbados, la lucha entre el instinto vital y el de la muerte. Mientras invocaba piedad, no se sabe si a Dios o a su mujer (“Oh, Tú, ten piedad”), mientras tenía ya preparados quizá los somníferos que lo liberarían finalmente de la angustia (“Parecía fácil, al pensarlo. Y, sin embargo, lo han hecho mujercitas. Se necesita humildad, no orgullo”), Pavese escribe esos tres sintagmas postreros, los dos primeros nominales (“Basta de palabras. Un gesto”) y un tercero de tremenda elocuencia verbal (“No escribiré más”), donde ejerce por última vez el acto de escribir. Pavese muere allí, como escritor. Es un escritor que no escribirá más. Nada más sabremos de él.

    http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/radar/00-08/00-08-27/nota4.htm


    REPORTAJE:EL POETA DE PIAMONTE
    Cesare Pavese, el solitario de las colinas
    El centenario del escritor revela la permanente actualidad de su literatura
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    La literatura de Cesare Pavese está inundada de reflexiones sobre la soledad, pero también sobre la familia, el sexo, el amor y, sobre todo, la muerte. Su diario es reflejo del lado trágico de la vida que siempre le persiguió. Definió el suicidio como "un homicidio tímido", y eso no le impidió acabar con su vida a los 41 años.
    En una carta que Italo Calvino le envió al crítico Geno Pampaloni en 1951 le decía: "No has tomado bastantes precauciones contra la infección de uno de los males más tristes y comunes de nuestra época: el anticomunismo". Le hacía algunas consideraciones sobre sus comentarios, poco favorables, a la edición de la poesía de Cesare Pavese, y le advertía que no esperara encontrar en su diario, que no había aparecido aún, muchos comentarios políticos: "Pavese quería darnos con su diario un testimonio del antiguo lado trágico de la vida humana del cual nadie escapa", comentaba Calvino.
    ¿Qué queda del gran escritor italiano cien años después de su nacimiento? ¿Siguen pesando prejuicios anticomunistas a la hora de leerlo o con el tiempo se ha impuesto su finura para contar con verdadera maestría las turbulencias de hombres y mujeres? El episodio que con más fuerza marca la trayectoria de Pavese es su suicidio. Alquiló una habitación en el hotel Roma de Turín y se tomó el contenido de unos veinte sobres de los somníferos que utilizaba para combatir el insomnio. El 27 de agosto de 1950 descubrieron su cuerpo sin vida y una nota en el ejemplar de Diálogos con Leucò que tenía en la mesa de noche: "Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado".
    La obra del creador italiano tiene la melodía de las cosas cercanas
    Se edita 'Fuego grande', su única novela inédita en España
    ¿Sus ideas políticas, su inmensa obra literaria, un montón de cotilleos? ¿Qué ha quedado de Pavese? Nació el 9 de septiembre de 1908 en una pequeña localidad del Piamonte, Santo Stefano Belbo, y su obra está llena de los paisajes de su infancia, pero también palpita en toda ella Turín, la ciudad en la que creció, en la que se licenció en Literatura, en la que fue detenido por su complicidad con los comunistas, en la que trabajó durante largos años en la editorial Einaudi (junto a Natalia Ginzburg e Italo Calvino), en la que se quitó la vida. Los soportales de la zona antigua, los barrios obreros, los cafés y restaurantes, la vida de sus calles, el río Po, y las colinas próximas a la ciudad, a la que tantas veces se dirigen sus personajes en busca de consuelo, de diversión, de compañía, de paz interior, de júbilo.
    La Fundación Cesare Pavese y el Premio Grinzane Cavour, con el apoyo de la Región del Piamonte, presentaron antes de verano un extenso programa para celebrar la efeméride y así recuperar la voz del gran escritor: seminarios, exposiciones, obras teatrales, ciclos de cine, conciertos, algún premio. Se celebrarán en Turín y Roma, y en distintos lugares del Piamonte, pero también en París y San Petersburgo, y en la Feria del Libro de Guadalajara, en México. El nombre de Pavese, en su país natal, estará ahí todo el tiempo (durante este fin de semana, por ejemplo, varios actos del Festival de Literatura de Mantova lo han recordado). En España, Lumen inicia una biblioteca dedicada al escritor italiano con la publicación de La literatura norteamericana y otros ensayos, y Entre mujeres solas, y en ella aparecerá Fuego grande, la única novela que sigue inédita en nuestro país, y que escribió a cuatro manos con Bianca Garufi. Pre-Textos, por su parte, reedita La luna y las hogueras, y más adelante ofrecerá nuevas traducciones de Tierra adentro y de Antes de que cante el gallo.
    Hay todo el rato en la obra de Pavese la melodía de las cosas cercanas que afectan a hombres y mujeres de la manera más radical. La propia soledad, en primer lugar. Pero también la familia, el descubrimiento del amor y del sexo, la mala suerte, la amistad, el atractivo de lo desconocido y, claro, la muerte. Cuando definía cómo era su obra, comentaba que su ambición era la de fundir dos actitudes que en principio son opuestas: la de sumergirse en el mundo próximo ("mirada abierta a la realidad inmediata, cotidiana, rugosa") y la de mantener al mismo tiempo un distanciamiento contemplativo y formal ("recato profesional, artesano, humanista"). Así que contaba cosas que pasaban en Turín, pero que siguen ahí, agarrando las entrañas de todos. "¿Por qué, si alguien puede, no debería pararse en el camino y disfrutar del día? ¿Es necesario siempre haber padecido y salir de un agujero?", le pregunta Morelli a Clelia en Entre mujeres solas.
    Desde 1930, cuando lee su tesis sobre Walt Whitman, hasta 1950, cuando se suicida en Turín, esos 20 años cubren la vida literaria de Pavese, y son años, hasta su derrota en 1945, en que reina el fascismo en Italia. Es imposible acercarse a su obra sin tener en cuenta que se realiza en ese clima de "miedo al porvenir", de desorden y violencia, de permanente inquietud y prepotencia y verborrea grandilocuente. Es la literatura norteamericana (Melville, Sherwood Anderson, Edgar Lee Masters, Sinclair Lewis...) la que le permite, en primer lugar, vislumbrar "un orden nuevo", otra manera de ver las cosas, un soplo de frescura. Para salir de esa "vida encogida" que imponía el fascismo.
    Cuenta mucho en Pavese su tarea de traductor de los grandes escritores estadounidenses, y cuenta también su labor como editor en Einaudi, ofreciendo a una sociedad cerrada de ventanas para abrirse al mundo de fuera. Luego está su aproximación a los comunistas, porque encontró en ellos el instrumento más eficaz "para la realización de una libertad intelectual concreta", y su querencia por el mundo obrero, donde se estaba gestando el hombre nuevo.
    Cuando lo detuvieron en 1935 por ayudar a "la mujer de voz ronca", que desempeñaba importantes labores clandestinas en el partido comunista y de la que estaba enamorado, Italia combatía en Abisinia. Pavese encontró en las palabras la mejor manera de levantarse por encima del vacuo nacionalismo de los fascistas. El fracaso amoroso fue la otra corriente que sacudió la vida de un hombre del que han dicho sus amigos que era triste. "Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros", escribió en su diario. Su respuesta fue su literatura.
    http://elpais.com/diario/2008/09/08/cultura/1220824801_850215.html
    Piezas de una autobiografía intelectual
    Fascismo. "La naturaleza del fascismo, como la de todos los vicios, era por el contrario rodar por la pendiente convirtiéndose en alud, escapando incluso al control de sus jefes".
    Arte. "El arte, en resumidas cuentas, es artificio, y nada en él está dado de una vez para siempre; cada época vuelve a plantearse la cuestión de las raíces y recrea su arte moderno".
    Consenso. "Es muy fácil aceptar la perspectiva más trivial e instalarse en ella, al calor del consenso de la mayoría. Es muy cómodo suponer que se han acabado los esfuerzos y ya conocemos la belleza, la verdad y la justicia. Es cómodo y cobarde".
    Libertad. "Nada valioso puede salir de la pluma o de las manos sin fricción, sin choque con las cosas y los hombres. Libre es solamente aquel que se inserta en la realidad y la transforma, no quien anda por las nubes. Por lo demás, ni siquiera los vencejos consiguen volar en el vacío absoluto".
    - Palabras. "Por las palabras que un escritor emplea puedes saber quién es. Mira los camaradas de la guerra de España: unos les llamaban rojos, otros leales, unos, comunistas y subversivos, otros, patriotas. Esas palabras te indicaban con quién hablabas, y en cada caso significaban una cosa distinta. En las palabras que usas están tu clase y tu trabajo, lo que sabes, lo que comes, las personas que tratas. En las palabras está todo".
    Reglas de juego. "Cuando Pavese empieza un relato, una fábula, un libro, nunca se propone un ambiente socialmente determinado, un personaje o unos personajes, una tesis. Casi siempre sólo apunta a un ritmo indistinto, a un juego de acontecimientos que son sobre todo sensaciones y ambientes".
    Comunistas. "No ha habido una propuesta, una medida, una polémica genuinamente democrática -es decir, dirigida a garantizar y profundizar la libertad de los ciudadanos- que no tuviera en ellos a sus inspiradores y sus defensores más ardientes".
    Libros. "Incluso un libro en chino está hecho para ti. Se trata siempre de aprender las palabras de un hombre. Todos los libros que valen están escritos en chino, y no siempre hay un traductor. Llega el momento en que estás solo ante la página, así como estaba solo el que la escribió".
    - El hombre. "Nosotros no iremos hacia el pueblo, porque ya somos pueblo y todo lo demás en inexistente. Iremos, en todo caso, hacia el hombre. Porque el obstáculo, la corteza que debemos romper es la soledad del hombre, la nuestra y la de los demás. Toda la nueva leyenda, todo el nuevo estilo reside en eso, y entraña nuestra felicidad".
    Fragmentos de La literatura norteamericana y otros ensayos, el libro que Italo Calvino calificó como "la más rica y explícita autobiografía intelectual de Cesare Pavese".

    LA-TERRA-TREMA_01

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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