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    martes, 22 de septiembre de 2015

    Orhan Pamuk Premio Nobel Entrevistas,Textos,reseñas

    Orhan Pamuk habla del momento “realmente dramático” que atraviesa Europa

    A propósito de la publicación en español de su novela 
    Una sensación extrañaOrhan Pamuk hizo declaraciones respecto al momento “realmente dramático” por el que está pasando Europa respecto de los refugiados, advirtiendo que la opción de “cerrar muros” puede dañar “la idea de integridad de Europa”.
    “El cierre de muros, puertas, carreteras… Me temo que puede dañar un poco la idea de la integridad de Europa”, indicó el Premio Nobel de Literatura, quien dijo que aunque muchos llegan a causa de la guerra, las “razones son más hondas” y citó entre ellas “las económicas y quizás la libertad”.
    Este es “uno de los retos más grandes a los que se enfrenta Europa desde hace mucho tiempo, incluso aunque no hubiera una guerra esta situación continuaría y continuará”, agregó el autor turco.
    Su nuevo libro, publicado por Ramdom House (del que puedes leer las primeras páginas desde aquí), plantea el relato de la vida y sueños de Mevlut, quien llega a Estambul desde Anatolia a los 12 años y a través de su historia dibuja la transformación de la capital turca desde los 60 hasta la primera década de este siglo.
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    MEVLUT Y RAYİHA
    NO ES TAREA FÁCIL FUGARSE CON UNA CHICA
    Esta es la historia de la vida de Mevlut Karatas, vendedor de yogur y de boza. Mevlut nació en 1957 en cierto lugar en el extremo occidental de Asia, en un pueblecito pobre de la Anatolia Central que miraba desde lo lejos a un lago brumoso. A los doce años llegó a Estambul, la capital del mundo, donde a partir de entonces ha vivido siempre. A los veinticinco años, se fugó con una muchacha de su pueblo; fue un suceso extraño que determinó su vida entera. Al regresar a Estambul, se casó y tuvo dos niñas. Se dedicó incesantemente a toda clase de trabajos, como el de vendedor de yogur, de helado, de arroz, o el de camarero. Pero por las noches nunca dejó de vender boza ni de construir fantasías extrañas por las calles de Estambul.
    Mevlut, nuestro protagonista, era alto, recio pero esbelto, bien parecido. Tenía cara de niño, lo que despertaba ternura en las mujeres, el pelo castaño y la mirada atenta y perspicaz. Lo de que tuviera cara de niño, y no solo cuando era joven, sino incluso pasados ya los cuarenta, y lo de que esa cara resultara atractiva a las mujeres, estos dos rasgos fundamentales de Mevlut, se los recordaré de vez en cuando a mis lectores para que la historia se entienda. En cuanto a que Mevlut fuera siempre optimista y bienintencionado –ingenuo, según algunos–, no va a ser necesario que esté recordándolo expresamente, lo podréis comprobar por vosotros mismos. Si mis lectores hubieran conocido a Mevlut, como yo, les darían la razón a las mujeres que lo consideraban guapo y pueril, y admitirían que no estoy exagerando para dar color a la historia. Por cierto, aprovecho para dejar bien claro que este libro se basa en sucesos reales y no pienso incurrir en ni una sola exageración, que de hecho me voy a limitar a exponer una serie de sucesos insólitos de un modo que ayude a mis lectores a seguirlos y a comprenderlos adecuadamente.
    Para poder narrar mejor la historia y los sueños de nuestro protagonista, voy a partir de cierto punto hacia la mitad del relato, contaré primero cuando Mevlut se escapó con una chica del pueblo vecino de Gümüsdere (adscrito al distrito de Beysehir, provincia de Konya) en junio de 1982. La primera vez que Mevlut había visto a la muchacha que se acabaría escapando con él fue cuatro años antes, en una boda en Estambul. Se trataba de la boda de Korkut, su primo mayor por parte de padre, que se casó en 1978 en el barrio de Mecidiyeköy. Mevlut jamás pensó que podría llegar a gustar a esa chica tan preciosa que todavía era una niña (tenía trece años). Era la hermana pequeña de la mujer de su primo Korkut, y aquella era la primera vez en su vida que la chica veía Estambul, adonde había ido para asistir a la boda de su hermana. Mevlut se pasó los siguientes tres años mandándole cartas de amor. La chica no respondía, pero Süleyman, el hermano pequeño de Korkut, el que le entregaba las cartas, no dejó de darle esperanzas y de repetirle que no se rindiera.
    Ahora Süleyman está ayudando otra vez a su primo Mevlut a fugarse con la muchacha: se ha puesto al volante de su camioneta Ford y ha vuelto desde Estambul con Mevlut al pueblo de su infancia. Los dos amigos habían ideado un plan para huir con la muchacha sin que nadie los viera. Según el plan, Süleyman se situaría en cierto punto a una hora de distancia del pueblo de Gümüsdere y esperaría en la camioneta a Mevlut y a la chica que se iba a fugar con él, y mientras todo el mundo pensaría que se habían marchado en dirección a Beysehir, él conduciría a los dos amantes hacia el norte y atravesaría las montañas para dejarlos en la estación de tren de Aksehir.
    Mevlut había repasado el plan cuatro o cinco veces, había visitado en un par de ocasiones a escondidas los puntos clave, como la fuente fría, el sendero estrecho, la montaña arbolada y el huerto trasero de la casa de la muchacha. Se había bajado media hora antes de la camioneta que conducía Süleyman, y tras entrar en el cementerio de un pueblo que encontraron por el camino, se puso a contemplar las tumbas y a rezar, suplicando a Dios que todo saliera bien. No podía confesárselo ni a sí mismo, pero sentía cierta desconfianza hacia Süleyman. ¿Y si no se presenta con el vehículo donde hemos quedado, en la fuente?, pensó. Se prohibió a sí mismo albergar ese temor, que no iba sino a confundirlo.
    Mevlut llevaba puesta una camisa azul y un pantalón de tela nuevo que había comprado en una tienda de Beyoğlu que seguía allí desde sus años de secundaria, cuando vendía yogur con su padre, y calzaba unos zapatos comprados en el Sümerbank antes de irse al servicio militar.
    Poco después de que anocheciera, Mevlut se acercó al muro derruido. La luz de la ventana trasera de la casa blanca de Abdurrahman el Cuellitorcido, el padre de la muchacha, estaba apagada. Había llegado diez minutos antes de tiempo. Estaba que no cabía en sí, con la mirada clavada en la ventana sin luz. Se acordaba de aquellos que antiguamente, cuando habían tratado de llevarse a alguna muchacha, se habían visto envueltos en venganzas de honor y habían caído a balazos, y de aquellos que se habían extraviado corriendo en la oscuridad de la noche y habían sido descubiertos. Pensó también en quienes habían sufrido el deshonor de ver cómo la muchacha se rajaba en el último momento y no se atrevía finalmente a irse de casa, y se puso en pie con impaciencia. Se dijo a sí mismo que Dios lo protegería.
    Unos perros ladraron. La luz de la ventana se encendió un segundo y se volvió a apagar. El corazón empezó a latirle deprisa. Caminó hacia la casa. Oyó un ruido entre los árboles y la chica susurró su nombre:
    –¡Meevluut!
    Era la voz cariñosa de alguien que había leído las cartas que le envió desde el ejército y que confiaba en él. Mevlut se acordó de los cientos de cartas rebosantes de amor y de deseo, de cómo se había entregado en cuerpo y alma a intentar persuadir a aquella preciosa muchacha, de sus sueños de felicidad junto a ella. Y por fin ahí estaba, había logrado conmover a la chica. No veía nada, pero en la mágica noche caminaba como sonámbulo en dirección a la voz.
    Se encontraron en la oscuridad. Se cogieron de la mano espontáneamente y echaron a correr. Pero al cabo de diez pasos los perros se pusieron a ladrar, Mevlut se quedó en blanco y perdió la orientación. Trató de avanzar siguiendo sus instintos, pero tenía la cabeza hecha un lío. En mitad de la noche, los árboles eran como muros de hormigón que aparecían y desaparecían a la vera de la pareja sin llegar nunca a chocar con ellos, como sucedía en sus sueños.
    Al final del sendero, se toparon por fin con la cuesta, tal como Mevlut esperaba. El angosto camino que subía tortuosamente por entre rocas hacia las laderas se empinó tanto que parecía que fuera a ascender hasta aquel cielo nublado completamente oscuro. Subieron durante cerca de media hora, cogidos de la mano por la ladera sin detenerse ni un segundo. Desde lo alto de la colina se veían las luces de Gümüsdere y, más a lo lejos, Cennetpınar, donde él había nacido y crecido. Por si alguien los estaba siguiendo, Mevlut había caminado en dirección opuesta para evitar conducirlos a su pueblo, protegiéndose también instintivamente de algún posible plan oculto de Süleyman.
    Los perros seguían ladrando como posesos. Mevlut comprendió que se había convertido en un desconocido en esa tierra, que ni los perros lo reconocían. Poco después llegó el sonido de disparos desde la zona del pueblo de Gümüsdere. Se agacharon y siguieron sin alterar la velocidad de la marcha, pero cuando los perros, que se habían callado un instante, comenzaron a ladrar de nuevo, echaron a correr ladera abajo. Hojas y ramas les arañaban la cara, y en los bajos de los pantalones se enganchaban las espinas. Mevlut no veía en la oscuridad, pensaba que en cualquier momento iban a tropezarse con una roca y a caerse, pero nada de eso sucedía. Le daban miedo los perros, pero había comprendido que Dios les protegería a Rayiha y a él, y que iban a tener en Estambul una vida muy feliz.
    Cuando llegaron jadeando a la carretera de Aksehir, Mevlut estaba seguro de que no se habían retrasado. Si Süleyman aparecía con la camioneta, ya nadie iba a poder arrebatarle a Rayiha. Al empezar cada una de sus cartas, Mevlut solía pensar en esa cara tan bonita y en los inolvidables ojos de la muchacha, y al principio de la página escribía entusiasmado y con esmero su hermoso nombre, Rayiha. Al acordarse de todo esto sus pasos se iban acelerando, porque la alegría le impedía estarse quieto.
    Y ahora, en plena oscuridad, era incapaz de ver ni un ápice de la muchacha con la que se había fugado. Quiso cuando menos tocarla, besarla, pero Rayiha opuso una sutil resistencia con el petate que transportaba. Esto gustó a Mevlut. Estaba decidido a no tocar antes de casarse a la persona con la que iba a pasar el resto de su vida.
    Caminando de la mano, atravesaron el pequeño puente que cruzaba el arroyo Sarp. La mano de Rayiha era ligera y delicada como un pájaro. Del arroyo fragoroso llegaba un aire fresco que olía a orégano y a laurel.
    La noche se iluminó con una luz morada; a continuación tronó el cielo. Mevlut temió que la lluvia los sorprendiera antes del largo trayecto en tren, pero tampoco aceleró el paso.
    Al cabo de diez minutos, vieron a lo lejos los faros traseros de la camioneta que conducía Süleyman, junto a la fuente que borboteaba a espasmos. Mevlut estaba que reventaba de felicidad. Se culpó por haber recelado de su primo. Y entonces se puso a llover. Corrieron con alegría, pero ambos estaban cansados y los faros de la camioneta Ford estaban más lejos de lo que habían pensado. Para cuando alcanzaron el vehículo, la lluvia torrencial los había dejado totalmente calados.
    Rayiha subió con su petate a la parte trasera de la camioneta, que estaba a oscuras. Era lo que Mevlut y Süleyman habían planeado: tanto por si enviaban a agentes a rastrear las carreteras cuando descubrieran que Rayiha se había fugado, como para evitar que esta viera a Süleyman y lo reconociera.
    –Süleyman, jamás en la vida olvidaré este gesto de amigo, de hermano –dijo Mevlut mientras se sentaba delante.
    No se pudo contener y abrazó a su primo con todas sus fuerzas.
    Süleyman no mostró el mismo entusiasmo, supuso que porque aún estaba resentido por la desconfianza que había mostrado hacia él.
    –Jura que no le vas a decir a nadie que te he ayudado –dijo Süleyman.
    Mevlut lo juró.
    –La chica no puede cerrar la puerta –dijo Süleyman.
    Mevlut se bajó y se dirigió hacia la parte de atrás de la camioneta, que estaba a oscuras. Cuando estaba cerrando la puerta trasera ante la chica, estalló un relámpago y todo el cielo, las montañas, los peñascales y los árboles, todos los rincones se iluminaron por un instante como si fueran recuerdos lejanos. Fue la primera vez que Mevlut vio de cerca la cara de la muchacha con la que iba a pasar toda su existencia.
    A lo largo de su vida recordaría muchas veces ese momento, esa sensación extraña.
    Tras poner la camioneta en marcha, Süleyman sacó un trapo de la guantera y se lo pasó a Mevlut.
    –Ten, sécate –le dijo.
    Mevlut olió el trapo, y cuando se convenció de que no estaba sucio, se lo pasó a la chica por un agujero que daba a la parte de atrás de la camioneta.
    Al cabo de un buen rato, Süleyman le dijo:
    –Tú no te has secado… Pues ya no hay más trapos.
    La lluvia tintineaba sobre el capó del vehículo y los limpiaparabrisas funcionaban al son de un extraño gemido, pero Mevlut sabía que estaban adentrándose en un lugar de profundo silencio. En el bosque, alumbrado por los pálidos faros anaranjados de la camioneta, reinaba una espesa oscuridad. Mevlut había oído muchas veces que, después de la medianoche, los lobos, los chacales y los osos se encontraban con los espíritus del submundo, y muchas noches, en las calles de Estambul, se había topado con las sombras de criaturas y demonios legendarios. Esta era la oscuridad en que demonios de cola puntiaguda, gigantes de enormes pezuñas y cíclopes cornudos atrapaban a los descarriados y a los pecadores irredentos y los arrastraban al mundo subterráneo.
    –Chico, pareces una tumba –le dijo Süleyman a Mevlut en tono de broma.
    Mevlut había comprendido que el extraño silencio en que se estaba adentrando iba a prolongarse durante años.
    Cada vez que intentaba comprender cómo había caído en aquella trampa que le había tendido la vida, recurría a argumentos como «Ha sido porque los perros han ladrado y me he desorientado en la oscuridad», y aunque sabía perfectamente que esa explicación no era cierta, creía inconscientemente en ella para consolarse.
    –¿Hay algún problema? –preguntó Süleyman.
    –No.
    Cuando la camioneta aminoraba en las curvas del estrecho camino embarrado y apuntaba con los faros a las rocas, los fantasmas arbóreos, las sombras inciertas y demás cosas misteriosas, Mevlut se quedaba contemplando esas maravillas con la profunda atención de quien sabe perfectamente que ya no las olvidará en la vida. Iban ascendiendo a lo largo del estrecho camino que se retorcía por momentos, y justo entonces descendían y atravesaban como ladrones furtivos la oscuridad de una aldea perdida en medio de los barrizales. Al pasar por los pueblos los perros ladraban, y más tarde se imponía de nuevo un silencio tan profundo que Mevlut no alcanzaba a adivinar si esa sensación extraña estaba tan solo en su cabeza o en el mundo en general. Vio en la oscuridad las sombras de pájaros legendarios. Vio letras incomprensibles hechas con trazos insólitos, los restos de los ejércitos infernales que habían pasado por aquellos lugares recónditos tiempo atrás. Vio las sombras de quienes se habían convertido en piedra por sus pecados.
    –No vayas a arrepentirte ahora –dijo Süleyman–. No hay por qué temer. No nos sigue nadie. De hecho, es muy probable que todos menos el padre, el Cuellitorcido, supieran que la chica se iba a fugar. Ni se te ocurra hablarle de mí a nadie. Os será fácil convencer a Abdurrahman el Cuellitorcido. En un par de meses os habrá perdonado a ambos. Antes de que acabe el verano, tu mujer y tú ya estaréis viniendo a besarle la mano.
    Al tomar una curva cerrada en una pendiente empinada, las ruedas traseras de la camioneta se quedaron atascadas en el barro. Mevlut se imaginó por un momento que todo se había acabado, que Rayiha volvía a su pueblo sin incidentes, y él a Estambul, a su casa.
    Pero el vehículo siguió su camino.
    Una hora más tarde, los faros de la camioneta alumbraron un par de casas desperdigadas, las calles estrechas del pueblo de Aksehir. La estación estaba al otro lado de la ciudad, en las afueras.
    –Ni se os ocurra separaros ahora –dijo Süleyman mientras los dejaba en la estación de Aksehir. Se giró para mirar a la muchacha, que aguardaba en la oscuridad con el petate en la mano–. Que no me vea, yo no me bajo de la camioneta. Ahora yo también soy cómplice de toda esta historia. Seguro que vas a hacer muy feliz a Rayiha, ¿de acuerdo, Mevlut? Ella ya es tu mujer, la suerte está echada. Cuando lleguéis a Estambul, permaneced escondidos durante un tiempo.
    Mevlut y Rayiha se quedaron mirando hasta que las luces traseras rojas de la camioneta de Süleyman desaparecieron en la oscuridad. Sin cogerse de la mano, entraron en el viejo edificio de la estación de Aksehir.
    El interior resplandecía bajo la luz de los fluorescentes. Por segunda vez miró Mevlut un instante la cara de la muchacha con la que se había escapado, esta vez ya de cerca y con toda su atención, y confirmó lo que había visto al cerrar la puerta trasera de la camioneta, algo que era totalmente incapaz de creerse. Y apartó la mirada.
    Aquella no era la chica que había visto en la boda de Korkut, el hijo mayor de su tío. La que ahora estaba a su lado era su hermana mayor. En la boda le habían mostrado a la muchacha guapa, y en su lugar le habían entregado a su hermana. Mevlut comprendió que lo habían engañado, y se sentía abochornado y era incapaz de mirar a la joven a la cara, ni siquiera estaba seguro de que se llamara Rayiha.
    ¿Quién se la había jugado de ese modo? ¿Y cómo? Mientras se acercaba a la taquilla de la estación, oía el eco distante de sus propias pisadas como si se tratara de pasos ajenos. Hasta el final de sus días, las estaciones de tren antiguas le recordarían a Mevlut aquellos breves instantes.
    Compró dos billetes para Estambul como si se hallara en medio de un sueño.
    Según el empleado, el tren llegaría en un momento. Pero el tren no llegó. Se quedaron sentados en el extremo de un banco en una pequeña sala de espera abarrotada de cestas, bultos, maletas y una multitud exhausta, y entretanto no abrieron la boca ni se dijeron una sola palabra.
    Mevlut recordaba que Rayiha, o, bueno, aquella muchacha hermosa a la que él llamaba «Rayiha», tenía una hermana mayor. Porque la joven que estaba ahora a su lado tenía que ser Rayiha. Süleyman acababa de referirse así a ella. Y Mevlut había dirigido sus cartas de amor a Rayiha, aunque tuviera en mente a otra persona, o al menos otra cara. También pensó que no sabía cómo se llamaba la hermana pequeña, la muchacha hermosa de la que se quedó prendado. No podía comprender, ni siquiera recordar claramente, cómo lo habían engañado, lo cual convertía esa sensación extraña en su cabeza en parte de la trampa en la que había caído.
    Sentados en el banco, se limitó a mirar la mano de Rayiha. Poco antes había sujetado esta misma mano con amor; era la mano que, en sus cartas de enamorado, había declarado que anhelaba sostener entre las suyas; era una mano proporcionada, hermosa, impecable. Reposaba sosegadamente sobre su regazo, y de vez en cuando la movía para arreglar con cuidado los bordes del fardo o de la falda.
    Mevlut se levantó y fue a comprar dos rosquillas rancias al quiosco de la plaza de la estación. Mientras regresaba a su asiento, volvió a observar de lejos la cabeza cubierta y la cara de Rayiha. Aquella no era la hermosa muchacha que había visto en la boda de Korkut, a la que había acudido desobedeciendo a su difunto padre. Mevlut volvió a confirmar que era la primera vez que veía a Rayiha en su vida, que reparaba en ella. Pero ¿cómo había podido ocurrir algo así? ¿Era consciente Rayiha de que aquellas cartas de amor las había escrito Mevlut pensando en su hermana?
    –¿Quieres una rosquilla?
    Rayiha alargó su armoniosa mano y cogió una. Mevlut no distinguió en su cara la emoción de los amantes fugados, sino una expresión de gratitud.
    Mientras Rayiha se comía su rosca lenta y cautelosamente, como quien comete un delito, Mevlut se sentó a su vera. Observó sus movimientos con el rabillo del ojo. No le apetecía mucho la rosca rancia que tenía en la mano, pero como tampoco sabía muy bien qué hacer, también se la comió.
    Se quedaron sentados sin mediar palabra. Como un niño que piensa que la jornada escolar no va a terminarse nunca, Mevlut tenía la sensación de que el tiempo no transcurría. La cabeza no paraba de darle vueltas, tratando de localizar inconscientemente el error de su pasado que había desencadenado aquella terrible situación.
    No dejaba de venirle a la mente la boda en que había visto a la hermosa muchacha a la que había escrito todas aquellas cartas. Su difunto padre, Mustafa Efendi, no quería que acudiera a aquel enlace, pero aun así Mevlut se había escapado del pueblo y se había marchado a Estambul. ¿Acaso era esta la consecuencia de aquel error? Entre las sombras y los recuerdos entre tinieblas de sus veinticinco años de vida, Mevlut buscaba en su interior algo que, al igual que los faros de la camioneta de Süleyman, arrojara algo de luz a su situación actual.
    El tren no llegaba. Mevlut se levantó y se dirigió de nuevo al quiosco, pero ya había cerrado. Junto al bordillo aguardaban los dos coches de caballos que transportarían a la ciudad a los viajeros que se apearan del tren. Uno de los cocheros estaba fumándose un cigarro. La plaza estaba sumida en un silencio infinito. Reparó en un platanero gigante justo al lado del edificio de la estación y se acercó.
    Debajo del árbol habían fijado una placa, y sobre ella se reflejaba la pálida luz procedente de la estación.
    MUSTAFA KEMAL ATATÜRK,
    FUNDADOR DE NUESTRA REPÚBLICA,
    TOMÓ CAFÉ BAJO ESTE ÁRBOL CENTENARIO
    EN SU VISITA A AKSEHIR EN 1922
    El nombre de Aksehir había salido a relucir varias veces durante las clases de historia del colegio, y Mevlut había comprendido la importancia que había tenido ese pueblo vecino para la historia de Turquía, pero en ese momento le resultaba imposible acordarse de esos conocimientos librescos. Se culpó por su incompetencia. No se había esforzado suficiente en el colegio como para convertirse en el alumno que a los maestros les habría gustado. Quizá ese fuera su fallo. Pero solo tenía veinticinco años, y pensó con optimismo que aún podía solventar sus carencias.
    Regresó y observó de nuevo a Rayiha mientras se sentaba a su lado. No, no recordaba haberla visto siquiera de lejos en la boda hacía cuatro años.
    El tren, herrumbroso y chirriante, llegó con cuatro horas de retraso, y se subieron a un vagón vacío. En su compartimento no había nadie, pero Mevlut no se sentó enfrente de Rayiha, sino junto a ella. Cada vez que el tren de Estambul se zarandeaba en los desvíos y en los puntos deteriorados de la vía del ferrocarril, el brazo y el hombro de Mevlut se rozaban con el brazo y el hombro de ella. Incluso esto le parecía extraño.
    Mevlut fue al lavabo del vagón y se quedó escuchando el traqueteo que procedía del agujero del retrete metálico, como hacía de pequeño. Cuando regresó, la chica se había quedado dormida. ¿Cómo podía dormir tan tranquila la noche que se había escapado de su casa? La llamó al oído: «¡Rayiha, Rayiha!». La chica se despertó con la misma naturalidad con que lo habría hecho alguien que realmente se llamara Rayiha, y sonrió con dulzura. Mevlut se sentó en silencio a su lado.
    Se quedaron mirando por la ventana del vagón sin decirse nada, como un matrimonio que ya no tiene de qué hablar tras muchos años de casados. De vez en cuando veían las farolas de algún pueblecillo, los faros de un vehículo circulando por algún camino remoto, las luces ferroviarias de colores verde y rojo, aunque durante la mayor parte del tiempo todo estaba sumido en una oscuridad absoluta y en el cristal no se distinguían más que sus propios reflejos.
    Dos horas más tarde, al despuntar el alba, Mevlut vio que unas lágrimas recorrían el rostro de Rayiha. No había nadie más en su compartimento y el tren avanzaba estrepitoso por un paisaje de tonos violáceos plagado de precipicios.
    –¿Quieres volver a casa? –le preguntó Mevlut–. ¿Te arrepientes?
    Rayiha se echó a llorar con más fuerza. Mevlut le pasó torpemente el brazo por el hombro. No se sintió cómodo y lo retiró. Rayiha se pasó un buen rato llorando desconsoladamente. Mevlut sentía cierta culpa, cierto arrepentimiento.
    –Tú no me quieres –dijo mucho después Rayiha.
    –¿Por qué?
    –Tus cartas estaban llenas de amor, me has engañado. ¿De verdad que esas cartas las escribiste tú?
    –Las cartas las escribí yo todas –respondió Mevlut.
    Pero Rayiha siguió llorando.
    Una hora más tarde, en la estación de Afyonkarahisar, Mevlut se bajó corriendo del vagón y compró en el quiosco pan, dos cuñas de queso envasado y un paquete de galletas. Mientras el tren avanzaba a lo largo del arroyo Aksu, ellos se tomaron su desayuno acompañándolo del té que un chaval iba vendiendo en una bandeja. Mevlut se alegró al observar cómo Rayiha contemplaba por la ventana del vagón las ciudades por las que pasaban, álamos, tractores, coches de caballos, niños jugando al fútbol, ríos bajo puentes metálicos. El mundo entero, todo era interesante.
    Entre las estaciones de Alayurt y Uluköy, Rayiha se quedó dormida y apoyó la cabeza en el hombro de Mevlut, incapaz de ocultarse a sí mismo que empezaba a sentir cierta responsabilidad y a la vez cierta felicidad por ello. Dos guardias y un anciano entraron en el compartimento y se sentaron. Los postes de la luz, los camiones que circulaban por las carreteras asfaltadas y los nuevos puentes de hormigón Mevlut los veía como signos del enriquecimiento y el progreso del país, y le disgustaban las consignas políticas que había pintadas en los muros de las fábricas y de los barrios pobres.
    Mevlut se quedó dormido, sorprendido de lograr conciliar el sueño.
    Cuando el tren se detuvo en Eskisehir, se despertaron a la par y durante un segundo tuvieron la sensación de que los guardias iban a apresarlos; acto seguido se tranquilizaron y se sonrieron.
    La sonrisa de Rayiha era sincera. Uno no podía pensar que ocultara nada, que tuviera dobleces. Tenía un rostro nítido, pulcro, luminoso. Basándose en la lógica de sus razonamientos, Mevlut llegaba a la conclusión de que ella estaba compinchada con quienes lo hubieran engañado, pero cuando la miraba a la cara no podía sino pensar que la joven era inocente.
    Mientras el tren se aproximaba a Estambul, hablaron de las grandes fábricas diseminadas a lo largo del camino, de las llamaradas que arrojaban las altas chimeneas de la refinería de Izmit, de lo grandes que eran los cargueros y de quién sabe a qué extremo del planeta irían a poner rumbo. Rayiha, igual que sus hermanas, había terminado la primaria. Podía enumerar sin demasiado esfuerzo los nombres de remotos países costeros. Mevlut se sintió orgulloso de ella.
    Rayiha había viajado a Estambul cuatro años atrás para la boda de su hermana. Aun así, preguntó con humildad:
    –¿Esto ya es Estambul?
    –Es Kartal, pero se considera Estambul –dijo Mevlut con la seguridad de quien conoce el tema–. Pero aún hay más.
    Entonces le señaló a Rayiha las islas que tenían enfrente. Algún día, sin falta, irían a visitarlas.
    Pero nunca llegarían a hacerlo en el transcurso de la fugaz vida de Rayiha.
    MEVLUT, TODAS LAS NOCHES DE INVIERNO
    DESDE HACE VEINTICINCO AÑOS
    DEJAD EN PAZ AL SEÑOR DE LA BOZA
    Doce años después de que Rayiha y él se fugaran a Estambul, estaba Mevlut vendiendo boza una noche muy oscura de marzo de 1994, cuando se encontró delante una cesta que habían descolgado desde arriba veloz pero silenciosamente.
    –¡Tendero, el de la boza, pon para dos! –le gritó una voz de niño.
    La cesta había descendido en plena oscuridad desde el cielo, como un ángel ante él. Y puede que Mevlut se sorprendiera tanto porque era ya una costumbre olvidada que los habitantes de Estambul compraran a los vendedores callejeros descolgando desde la ventana una cesta con una cuerda. Se acordó de los días en que vendía yogur y boza con su padre cuando era estudiante de secundaria, hacía ya veinticinco años. Vertió en el recipiente esmaltado que había en la cesta de estera más de lo que le habían pedido los niños que lo habían llamado desde arriba, no dos vasos sino prácticamente un litro de boza. Y se sintió bien, como si hubiera sido tocado por un ángel. En los últimos años, los pensamientos y las ensoñaciones de Mevlut habían estado ocupados a menudo con cuestiones religiosas.
    En este punto, para que se entienda mejor la historia y no resulte demasiado extraña, por mucho que esté llena de acontecimientos extraños, debo detenerme un segundo para explicarles tanto a los lectores extranjeros como a los lectores turcos de generaciones futuras, que me temo que en los próximos veinte o treinta años desgraciadamente lo habrán olvidado, que la boza es una bebida tradicional asiática, de consistencia densa, aroma agradable, color amarillento oscuro y ligeramente alcohólica, que se produce a partir de la fermentación del mijo.
    En el viejo Estambul, en la época otomana, la boza solía venderse en locales cerrados y solo durante el invierno, porque con el calor se agriaba y se estropeaba rápido. Muchos de los comercios de boza de Estambul cerraron en 1923, cuando se fundó la República, por el empuje de las cervecerías alemanas. Pero en las calles nunca faltaron vendedores de esta bebida tradicional, como Mevlut. A partir de los años cincuenta, la boza pasó a ser patrimonio exclusivo de los vendedores que, al grito de «¡Boozaa!», deambulaban en las noches de invierno por las calles de los barrios adoquinados, pobres y descuidados, y que nos traían a la memoria los siglos pasados, los buenos y viejos tiempos.
    Mevlut percibió la impaciencia de los niños que estaban en la ventana del quinto piso, se metió en el bolsillo el billete que había en la cesta y dejó la vuelta en monedas sueltas junto al recipiente esmaltado. Acto seguido hizo una señal a los de arriba dando un ligero tirón de la cuerda, igual que hacía cuando era niño, en la época en que se dedicaba a la venta callejera con su padre.
    La cesta de estera ascendió rápidamente. Oscilaba de un lado a otro sacudida por el viento frío, golpeando ligeramente los alféizares de las ventanas y las cañerías de los pisos inferiores, complicándoles la tarea a los niños que tiraban de la cuerda desde arriba. Al llegar al quinto piso, la cesta pareció quedarse suspendida durante un segundo en el aire, como una feliz gaviota que hubiera dado con la corriente apropiada. Cuando la cesta se perdió de repente en la oscuridad como algo misterioso y prohibido, Mevlut prosiguió su camino.
    –¡Booo-zaaaa! –gritó a la calle en tinieblas que tenía ante él–. ¡Booo-zaaaa buenaaa!
    Usar la cesta para comprar era una costumbre de los viejos tiempos, cuando los inmuebles no contaban con ascensores ni con portero automático, tiempos en los que raramente se construían edificios de más de cinco o seis plantas. En 1969, cuando Mevlut empezó a vender con su padre, las amas de casa empleaban ese sistema no solo para la boza, sino también cuando querían yogur del día e incluso hacerle la compra al mozo del tendero sin bajar a la calle; entonces enganchaban una campanilla en el culo de las cestas y las descolgaban hasta la acera para anunciar a tenderos y vendedores callejeros desde sus casas sin teléfono que arriba tenían una clienta. El vendedor, por su parte, meneaba la campanilla para darles a entender que había colocado apropiadamente el yogur o la boza dentro. Mevlut siempre disfrutaba contemplando cómo ascendían las cestas a medida que tiraban de ellas hacia arriba: con el viento, algunas iban golpeándolo todo a su paso, ventanas, ramas de árboles, cables de luz o de teléfono, cuerdas de la ropa tendidas entre los edificios, y hacían tintinear con una agradable armonía la campanilla que llevaban debajo. Algunos de los clientes habituales metían en las cestas la libreta de las cuentas, y antes de que tiraran de la cuerda para arriba Mevlut anotaba cuántos kilos de yogur les había puesto ese día. Su padre, que no sabía leer ni escribir, y que antes de que Mevlut se viniera del pueblo a vivir con él anotaba las deudas mediante símbolos (un palito, un kilo; medio palito, medio kilo), observaba orgulloso a su hijo escribir las cifras en la libreta y hacer anotaciones sobre algunos de los clientes («Yogur entero, lunes y viernes»).
    Pero todo aquello eran vestigios de tiempos ya muy antiguos. Estambul había cambiado tanto en esos últimos veinticinco años que a Mevlut estos recuerdos le parecían ahora un cuento de hadas. Las calles, adoquinadas prácticamente todas cuando llegó por primera vez a la ciudad, ahora eran de asfalto. Se habían demolido la mayoría de las casas de tres plantas con jardín que conformaban una parte importante de la ciudad, y en su lugar se habían alzado inmuebles tan altos que a los que vivían en los últimos pisos no les llegaba el grito de los vendedores que pasaban por las calles. Las radios habían sido reemplazadas por televisores, que por la noche estaban a menudo encendidos y con su ruido ahogaban la voz de los vendedores de boza. Las personas calladas y pusilánimes vestidas de tonos pardos y colores apagados habían desaparecido de las calles y habían dado paso a multitudes ruidosas, dinámicas y pretenciosas. Mevlut había experimentado estos grandes cambios en pequeñas dosis diarias, no de forma brutal y repentina, y por eso nunca se lamentaba como otros de la transformación que había sufrido Estambul. En vez de eso, siempre había intentado adaptarse a estos colosales cambios, y por eso iba siempre a barrios en los que sabía que sería bien recibido y apreciado.
    Por ejemplo, al barrio más populoso, el que le pillaba más cerca de casa: ¡Beyoğlu! Quince años atrás, a finales de los setenta, cuando los tugurios de música en directo, los clubs nocturnos y las casas de citas semiclandestinas que poblaban Beyoğlu seguían abiertos hasta la medianoche, Mevlut podía vender en sus callejuelas hasta altas horas. Las mujeres que cantaban o alternaban en los clubes y sótanos caldeados con estufas; sus admiradores; aquellos hombres bigotudos y exhaustos de mediana edad que, después de venir de Anatolia para hacer compras, invitaban a copas a las chicas de alterne; los nuevos pobres de Estambul, que consideraban excitante sentarse a la mesa de un club cerca de las mujeres, y los turistas árabes y paquistaníes, los camareros, los escoltas y los porteros, todos ellos solían comprarle boza a Mevlut hasta la medianoche. Pero en los últimos diez años, como ocurría siempre en esta ciudad, el diablo del cambio había hecho desaparecer con su toque mágico todo ese entramado, esa gente se había marchado, aquellos lugares de diversión donde se cantaban canciones turcas y occidentales al estilo otomano y europeo habían cerrado, y en su lugar se habían abierto locales ruidosos donde comer brochetas y carne a la parrilla al estilo de Adana y donde beber rakı. La boza no interesaba ya a las masas de jóvenes que se divertían bailando al estilo oriental, por lo que Mevlut ya ni siquiera se pasaba por los alrededores de la avenida İstiklal.
    Como todas las noches de invierno desde hacía veinticinco años, Mevlut empezaba a prepararse hacia las ocho y media para salir de su casa de alquiler en el barrio de Tarlabası mientras terminaba el noticiario nocturno en la televisión, se ponía el jersey marrón que le había tejido su mujer, se tapaba la cabeza con su gorro de lana, se plantaba el delantal azul que tanto impresionaba a sus clientes, agarraba el cántaro rebosante de la boza que su mujer o sus hijas habían azucarado y sazonado con especias exclusivas, lo pesaba a ojo («Habéis echado poco, esta noche hace frío», decía a veces), se ponía su abrigo negro y se despedía de la gente de la casa. Antiguamente solía volverse hacia sus dos niñas pequeñas y les decía: «No me esperéis despiertas, vosotras acostaos». Ahora, en cambio, Mevlut si acaso les decía alguna vez que no llegaría tarde, mientras ellas continuaban con la mirada fija en la televisión.
    El primer cometido que solía realizar una vez fuera, en pleno frío, era colocarse sobre los hombros y por detrás del cuello su vara de vendedor, la vara de roble que llevaba veinticinco años transportando, amarrar a los ganchos de ambos extremos los cántaros de plástico llenos de boza, y comprobar que llevaba las bolsitas de garbanzos tostados y de canela que se metía por dentro del fajín y en los bolsillos interiores de la chaqueta, como un soldado que verifica por última vez que las balas están en su sitio antes de salir al campo de batalla (unas veces era su mujer la que le llenaba de garbanzos o canela las bolsitas de plástico del tamaño de un dedo, otras veces sus impacientes hijas, y otras el mismo Mevlut); y entonces emprendía su inagotable andadura.
    –¡Booozaaa bueeenaaa!
    Llegaba enseguida a los barrios altos, hasta Taksim, y desde allí se encaminaba a paso ligero hacia el lugar que hubiera elegido esa noche, donde se dedicaba a vender sin descanso, salvo una pausa de media hora para echarse un pitillo en algún café.
    Eran las nueve y media y Mevlut se encontraba en Pangaltı cuando aquella cesta descendió desde el cielo como un ángel ante él. A las diez y media, ya en las callejuelas de Gümüssuyu, en una calle oscura que conducía hasta una pequeña mezquita, avistó una jauría de perros que ya le había llamado la atención hacía unas cuantas semanas. Los perros callejeros no se metían con los vendedores como él, por lo que hasta hacía poco Mevlut no les había tenido miedo. Pero en ese momento tuvo un extraño presentimiento, los latidos se le aceleraron y se angustió. Sabía que los perros callejeros olían el miedo y entonces atacaban. Así que intentó concentrarse en otra cosa.
    Trató de pensar en los momentos en que bromeaba con sus hijas viendo la televisión; en los cipreses de los cementerios; en que dentro de un rato volvería a casa y se pondría a charlar con su mujer; en las palabras de Su Eminencia: «Conservad el corazón puro»; en el ángel con el que había soñado la otra noche. Pero fue incapaz de ahuyentar su miedo a los perros.
    ¡Guau, guau, guau, guau!, se acercó un perro ladrando.
    Otro más se aproximaba a sus espaldas, avanzando con pesadez. Costaba distinguirlos en la oscuridad, eran del color del barro. A lo lejos divisó Mevlut a otro perro negro.
    Los tres animales, y también un cuarto que no había llegado a ver, se pusieron a ladrar a la vez. Lo invadió una clase de miedo que en toda su vida como vendedor solo había sentido un par de veces, cuando era pequeño. Y tampoco lograba acordarse de los versículos y las oraciones que había que recitar para repeler a los perros; estaba totalmente paralizado. Pero los canes seguían ladrando.
    Mevlut estaba ahora buscando con la mirada alguna puerta abierta por la que escabullirse, algún portal en el que refugiarse. ¿Podría quitarse la vara que llevaba a la espalda y usarla a modo de porra?
    Se abrió una ventana.
    –¡Chuuucho! –gritó alguien–. ¡Dejad en paz al señor de la boza, hombre…! ¡Chuuucho! ¡Chuuucho!
    Los perros se sobresaltaron; a continuación se callaron y se alejaron en silencio.
    Mevlut dio gracias a Dios por el hombre de la ventana del tercer piso.
    –Tendero, no hay que tener miedo –dijo el hombre–. Estas perras son unas miserables, enseguida detectan quién tiene miedo. ¿Lo entiendes?
    –Gracias –dijo Mevlut, y se dispuso a proseguir su camino.
    –Y vente para acá, sube, que te compre un poco de boza.
    A Mevlut no le había gustado la actitud soberbia del hombre, pero se encaminó hacia el portal.
    La entrada del edificio se abrió con el bippp del portero automático. Dentro olía a gas, a aceite de freír y a pintura. Mevlut subió sin apresurarse los tres pisos de escaleras. Y una vez arriba no lo dejaron en la puerta, sino que procedieron como la buena gente de antaño:
    –Vamos, pasa dentro, tendero, que tendrás frío.
    Varios zapatos se alineaban delante de la puerta. Cuando se agachó para desabrocharse los suyos, le vino de repente a la cabeza. Su viejo amigo Ferhat le había dicho una vez que los inmuebles de Estambul se dividían en tres clases: 1) las casas de los devotos, donde se hacía la oración y en cuya entrada uno se descalzaba, 2) las casas de los ricos occidentalizados, donde podías entrar calzado, y 3) los nuevos inmuebles de muchas plantas, donde convivían familias de ambos tipos.
    Este edificio estaba en un barrio de ricos, por aquí la gente no se quitaba los zapatos y los dejaba en la entrada de la casa. Sin embargo, por algún motivo, Mevlut se sintió como si estuviera en alguno de los inmuebles altos en los que convivían toda clase de familias, devotas y occidentalizadas. Por respeto, Mevlut se descalzaba siempre a la entrada del piso, fuera la casa de una familia de clase media o la de una rica. Y solía hacer caso omiso cuando los de la casa le decían: «¡Pero, hombre, no hace falta que te descalces!».
    El piso en el que Mevlut acababa de entrar desprendía un intenso olor a rakı. Oyó la animada charla de un grupo de gente de buen humor que, antes de que acabara la noche, estaba ya bastante borracha. Había unas seis o siete personas, hombres y mujeres mezclados sentados a una mesa de banquete que ocupaba prácticamente todo el espacio de un pequeño salón, bebiendo, riendo y charlando mientras estaban pendientes de la televisión, que, como en todas las casas, tenía el volumen a tope.
    Cuando se percataron de que Mevlut había entrado en la cocina, se hizo el silencio en torno a la mesa.
    –Venga, tendero, danos un poco de boza –le dijo en la cocina un hombre bastante borracho de rakı. Este no era el que había visto por la ventana–. ¿Llevas también garbanzos y canela?
    –¡Sí!
    Mevlut sabía que a esa clase de gente no se le preguntaba la cantidad que quería.
    –¿Cuántos son ustedes?
    –¿Cuántos son ustedes? –preguntó con sorna el hombre de la cocina en dirección al salón, que ahora ya no se veía.
    Los de la mesa se tiraron un buen rato bromeando, riendo y discutiendo entre ellos, contando cuántos eran.
    –Si está muy ácida yo no quiero –oyó gritar a una mujer.
    –Mi boza es dulce –le respondió Mevlut a gritos.
    –Pues entonces a mí no me pongas –dijo una voz de hombre–. La mejor boza es la que está ácida.
    Se pusieron a discutir entre ellos.
    –Vente aquí, tendero –dijo otra voz de borracho.
    Mevlut entró en el salón, donde se sintió pobre y fuera de lugar. Se produjo de repente un silencio, todo se detuvo. En la mesa del banquete todo el mundo estaba sonriendo, mirándolo con curiosidad, una curiosidad que seguramente se debía al hecho de estar contemplando una especie de vestigio de los viejos tiempos, algo pasado de moda. En los últimos años Mevlut había percibido esa mirada a menudo.
    –Tendero, ¿cuál es la auténtica boza, la dulce o la ácida? –dijo un hombre bigotudo.
    Las tres mujeres llevaban el pelo teñido de rubio. Mevlut divisó en el extremo de la mesa, sentado frente a dos rubias, al hombre que hacía un momento había salido a la ventana y lo había salvado de los perros.
    –Las dos bozas son auténticas, la dulce y la ácida. –Era la respuesta que llevaba veinticinco años recitando de carrerilla.
    –¿Y ganas dinero con esto?
    –Vamos tirando, a Dios gracias.
    –Es decir, que el negocio da dinero… ¿Cuánto tiempo llevas dedicándote a esto?
    –Llevo veinticinco años vendiendo boza. Antiguamente también vendía yogur por las mañanas.
    –Si llevas veinticinco años en esto y se gana dinero, ya debes de ser rico, ¿no?
    –Por desgracia, no nos hemos hecho ricos –dijo Mevlut.
    –¿Por qué?
    –Todos los parientes con los que nos vinimos del pueblo ahora son ricos, pero no parece que esa sea nuestra suerte.
    –¿Y por qué no ha sido tu suerte?
    –Porque yo soy honrado –dijo Mevlut–. Yo no miento para tener una casa buena ni para poder darle una gran boda a mi hija, no vendo productos en mal estado, no como cosas prohibidas…
    –¿Eres religioso?
    Mevlut era consciente de que, en casa de los ricos, esa pregunta había cobrado connotaciones políticas. Las elecciones municipales que se habían celebrado hacía tres días las había ganado el partido islamista al que votaban sobre todo los pobres. Mevlut también había votado al candidato, que, contra todo pronóstico, había salido elegido alcalde de Estambul, y lo había votado tanto por ser religioso como por haber estudiado en el colegio de Piyalepasa, en Kasımpasa, al que ahora iban sus hijas.
    –Yo soy vendedor –dijo Mevlut con astucia–. ¿Puede ser religioso un vendedor?
    –¿Y por qué no va a poder serlo?
    –Me paso el día trabajando. Si te pasas desde por la mañana hasta por la noche en las calles, cómo vas a hacer las cinco oraciones…
    –¿Por las mañanas qué haces?
    –He hecho de todo… He vendido garbanzos con arroz, he trabajado de camarero, de heladero, de gerente… Puedo con todo.
    –¿Gerente de qué?
    –Del Binbom Büfe. Estaba en Beyoğlu, pero cerró. ¿Lo conocen?
    –¿Y a qué te dedicas ahora por las mañanas? –dijo el hombre de la ventana.
    –Ahora no hago nada.
    –¿No tienes mujer, familia? –dijo una mujer rubia de rostro amable.
    –Sí, a Dios gracias, tenemos dos niñas preciosas, como dos ángeles.
    –Vas a llevarlas al colegio, ¿verdad? ¿Les pondrás pañuelo cuando crezcan?
    –Somos gente de pueblo, del campo –dijo Mevlut–. Estamos apegados a nuestras costumbres.
    –¿Y por eso vendes boza?
    –La mayoría de la gente de allí, de nuestra tierra, se vino a Estambul para vender yogur y boza, pero en realidad en el pueblo no conocíamos ni la boza ni el yogur.
    –O sea que descubriste la boza ya en la ciudad.
    –Sí.
    –¿Cómo has aprendido a gritar como los vendedores de boza?
    –Por cierto, bravo, tienes una voz preciosa, como la de los buenos muecines.
    –Lo que hace que la boza se venda es la emoción en la voz del vendedor –dijo Mevlut.
    –Y oye, ¿no pasas miedo por las noches en las calles oscuras? ¿No te aburres?
    –El Altísimo asiste al pobre vendedor de boza. Siempre se me pasan cosas agradables por la cabeza.
    –¿Hasta cuando caminas por calles oscuras y recónditas, cuando pasas por cementerios o ves perros y demonios y hadas?
    Mevlut guardó silencio.
    –¿Cómo te llamas?
    –Mevlut Karatas.
    –Venga, Mevlut Efendi, a ver cómo dices eso de «boozaa», enséñanoslo.
    Mevlut había visto ya muchas otras mesas de borrachos como esta. En sus primeros años como vendedor por las calles, también había oído a muchos borrachos preguntarle cosas como si tenían electricidad en el pueblo (cuando llegó a Estambul por primera vez no había, pero ahora, en 1994, sí), o si había ido a la escuela, y luego cosas como qué había sentido al montarse por primera vez en un ascensor, o cuándo había ido por primera vez al cine. Por aquel entonces, para agradar a los clientes que lo habían metido hasta sus salones, solía responder a estas preguntas de algún modo que les hiciera gracia, no tenía reparos en mostrarse más ingenuo, menos habituado a la ciudad y menos inteligente de lo que era, y a sus clientes más asiduos y amistosos les repetía su grito callejero de «boozaa» sin que tampoco hubiera que insistirle demasiado.
    Pero todo eso era antes. Ahora Mevlut albergaba una rabia que no sabía de dónde venía. De no ser por la gratitud que sentía por el hombre que lo había salvado de los perros, habría interrumpido la tertulia, les habría dado su boza y se habría marchado.
    –¿Cuántos quieren boza? –preguntó.
    –Ah, pero ¿no vienes de la cocina? Creíamos que ya la habías dejado ahí.
    –¿Dónde compras tú la boza?
    –La hago yo mismo.
    –Venga ya… Todos los vendedores compran la boza en la fábrica de Vefa.
    –Desde hace cinco años hay también una manufactura en Eskisehir –dijo Mevlut–. Pero yo compro la boza en bruto en Vefa, la de antaño, la mejor. Luego la proceso, le añado mis propios ingredientes y la hago más bebible.
    –O sea que le echas azúcar en casa, ¿no?
    –Tanto la boza dulce como la ácida son las dos naturales.
    –Venga, hombre, ¿cómo va a ser eso posible? La boza es ácida. La fermentación, el alcohol, es lo que le da la acidez, igual que al vino.
    –¿La boza tiene alcohol? –preguntó una de las mujeres levantando las cejas.
    –¡Chica, tú también es que no te enteras de nada! –le dijo uno de los hombres–. La boza era la bebida preferida de los otomanos, hasta que prohibieron el alcohol y el vino. Cuando Murad IV se disfrazaba y salía por las noches, no solo encontraba cerradas las casas de vino y las de café, sino también los locales de boza.
    –¿Y por qué también las casas de café?
    Y así daba comienzo una discusión que Mevlut presenciaba a menudo en las mesas de los bebedores nocturnos y en las tabernas. Durante un instante, se olvidaron de él.
    –Tendero, dilo tú, ¿a que la boza tiene alcohol?
    –La boza no tiene alcohol –dijo Mevlut, a sabiendas de que no era cierto.
    A este respecto, su padre también solía mentir deliberadamente.
    –Tendero, ¿cómo que no tiene? La boza tiene alcohol, pero muy poco. Por eso en la época otomana, los devotos que querían tomar alcohol y emborracharse decían «Hombre, pero si la boza no tiene alcohol», y entonces se bebían diez vasos con la conciencia tranquila y se agarraban su buena merluza. Pero lo de vender boza se acabó ya hace setenta años, no tenía sentido después de que la República de Atatürk diera vía libre al rakı y al vino.
    –A lo mejor vuelven ahora las prohibiciones del islam, y también prohíben la boza… –dijo uno de los borrachos de nariz fina, lanzándole a Mevlut una mirada provocadora–. ¿Qué te parecen los resultados de las elecciones?
    –No –dijo Mevlut sin perder la compostura–. La boza no tiene alcohol. De hecho, si tuviera yo no la vendería.
    –Mira, ¿has visto? Este hombre no es como tú, él sí que es fiel a su religión –le dijo uno de los hombres al de la nariz fina.
    –Tú habla por ti. Yo soy fiel a mi religión, pero también me tomo mi rakı –repuso este–. Tendero, ¿dices que la boza no tiene alcohol porque tienes miedo?
    –Yo no le tengo miedo más que a Dios –dijo Mevlut.
    –¡Ostras! ¡Toma respuesta!
    –¿Y no te dan miedo los bandidos o los perros que hay en las calles por las noches?
    –Nadie se mete con un pobre vendedor de boza –dijo Mevlut sonriendo. Esta respuesta era también una de las que brindaba a menudo–. Ni los bandidos, ni los atracadores ni los ladrones se meten con los vendedores de boza. Llevo veinticinco años dedicándome a esto. No me han atracado ni una sola vez. Al vendedor de boza lo respeta todo el mundo.
    –¿Por qué?
    –Porque la boza es un vestigio de un pasado lejano, de nuestros ancestros. Esta noche apenas deben de haber cuarenta vendedores de boza por las calles de Estambul. Queda muy poca gente que compre boza como ustedes. La mayoría oye la voz del vendedor, rememora los tiempos antiguos y se siente bien. Esto es lo que mantiene en pie al vendedor de boza, lo que lo hace feliz.
    –¿Y tú eres religioso?
    –Sí, le temo a Dios –dijo Mevlut sabiendo que estas palabras los amilanarían un poco.
    –¿Y Atatürk? ¿Te gusta?
    –En 1922, el excelentísimo general Mustafa Kemal visitó Aksehir, mi tierra –informó Mevlut–. Más tarde funda la República en Ankara, y por fin se viene a Estambul y se aloja en el hotel Park de Taksim… Un día se asoma a la ventana de su habitación y entonces nota que a Estambul le falta algo, la alegría, la voz. Le pregunta a su ayudante, que le responde: «Mi general, como en Europa no hay vendedores callejeros, les hemos prohibido salir a las calles, por si se enfadaba usted». Pero precisamente es esto lo que enfada a Atatürk. «Los vendedores callejeros son los ruiseñores de las calles, la alegría y la vida de Estambul –dice–. Ni se os ocurra prohibirlos.» Y desde aquel día se permite la venta callejera en Estambul.
    –¡Viva Atatürk! –exclamó una de la mujeres.
    –¡Viva Atatürk! –repitieron algunos de los de la mesa, y Mevlut se sumó a ellos.
    –Bueno, pero si los islamistas llegan al poder, ¿Turquía no se volverá como Irán?
    –Tú no te preocupes, el ejército no autorizará a esos santurrones. Dará un golpe de Estado, prohibirá los partidos y los meterá a todos en el trullo. ¿Verdad, tendero?
    –Yo me dedico a vender boza –dijo Mevlut–. No entro en política de altas esferas. La política es para ustedes, los grandes.
    Estaban borrachos, pero captaron la pulla que Mevlut les había lanzado.
    –Amigo, yo soy igual que tú. Solo le temo a Dios. Y a la suegra.
    –Tendero, ¿tú tienes suegra?
    –Por desgracia no la llegué a conocer –dijo Mevlut.
    –¿Cómo te casaste?
    –Nos enamoramos y nos fugamos. No todo el mundo es capaz de hacer algo así.
    –¿Cómo os conocisteis?
    –Nos miramos de lejos en la boda de un familiar y nos enamoramos. Me pasé tres años escribiéndole cartas.
    –¡Qué barbaridad, tendero! ¡Y parecías poca cosa!
    –¿Y qué hace tu mujer ahora?
    –Está en casa haciendo labores. La artesanía que ella hace tampoco la puede hacer todo el mundo.
    –Tendero, y si bebemos de tu boza, ¿nos vamos a emborrachar todavía más?
    –Mi boza no emborracha –dijo Mevlut–. Son ustedes siete, les pongo dos kilos.
    Regresó a la cocina, pero le llevó un buen rato ponerles la boza, los garbanzos, la canela y cobrarles. Luego Mevlut se calzó con una determinación heredada de los viejos tiempos en que los clientes esperaban haciendo cola y tenía a menudo que darse prisa.
    –Tendero, ten cuidado, que la calle está embarrada –le gritaron desde dentro–. Que no den contigo los ladrones y que los perros no te ataquen.
    –¡Vuelve otro día, tendero! –dijo una de las mujeres.
    Mevlut sabía perfectamente que aquella gente en realidad no iba a volver a pedirle boza, que no lo habían llamado por la bebida, sino porque lo habían oído gritar y querían que los entretuviera mientras estaban borrachos. El frío de la calle estaba sentándole ahora fenomenal.
    –¡Booo-zaaa!
    En veinticinco años, había visto muchas casas, personas y familias como esas, había oído miles de veces esas mismas preguntas y estaba ya acostumbrado. También se había topado muchas veces con esas mesas de borrachos en las callejuelas oscuras de Beyoğlu y Dolapdere a finales de los años setenta, entre gerentes de clubes, jugadores de cartas, matones, chulos y putas. Mevlut sabía muy bien cómo manejar a los borrachos sin dejarse enredar por ellos, «sin llamar la atención de nadie», como decían los espabilados en la mili, y volver a la calle sin perder mucho tiempo.
    En los últimos tiempos ya apenas lo invitaban a entrar en las casas, en las familias. Hacía veinticinco años, casi todo el mundo lo metía en la cocina de sus pisos, y muchos le preguntaban si no tenía frío, si por las mañanas iba a clase, si quería tomar té, y algunos lo invitaban a pasar al salón e incluso lo sentaban a cenar con ellos. En aquella época tan hermosa había mucho trabajo y tenía que entregar a tiempo los pedidos de los clientes habituales, con lo que solía apresurarse y marcharse sin poder disfrutar de esas invitaciones ni de ese cariño. Esta era la primera vez en mucho tiempo que alguien le mostraba tanto interés, y Mevlut comprendió que se había dejado avasallar un poco. Encima era un grupo de gente extraño; antiguamente semejantes tertulias de borrachos, con rakı y hombres y mujeres mezclados, en casas familiares con cocina y todo lo demás, no solían darse a menudo. «Pudiendo estar la gente en familia bebiendo todos juntos rakı de cuarenta y cinco grados del monopolio, ¿para qué van a querer tu boza de tres grados? ¡Esto está acabado, Mevlut, déjalo, por el amor de Dios! –decía tomándole el pelo su amigo Ferhat, medio en broma, medio en serio–. A la gente ya no le hace falta tu boza para emborracharse.»
    Se metió por las callejuelas secundarias que bajaban hasta Fındıklı, donde le entregó a toda prisa medio kilo a uno de sus clientes habituales, y al salir advirtió dos sombras sospechosas en el portal de un inmueble. Si prestaba demasiada atención a esas personas que le habían parecido «sospechosas», estas sabrían (como en un sueño) lo que Mevlut estaba pensando de ellas y podrían intentar hacerle algo malo. Pero ya no podía sacarse esas dos sombras de la cabeza.
    Al girarse instintivamente para ver si llevaba detrás algún perro, confirmó al instante que esas sombras lo iban siguiendo. Aunque tampoco estaba completamente seguro. Sacudió con fuerza dos veces la campana que llevaba en la mano, y luego dos veces más, débilmente pero con angustia. Gritó: «¡Boo-zaa!». Decidió no subir hasta Taksim y atajar hasta su casa bajando rápidamente por las escaleras hasta el valle para luego subir de nuevo hasta Cihangir.
    Mientras bajaba las escaleras, una de las sombras a su espalda le gritó:
    –¡Tendero, el de la boza, espera!
    Mevlut fingió no haber oído nada. Con la vara al hombro, bajó cuidadosamente pero con paso ligero algunos peldaños. Sin embargo, se vio obligado a aminorar la velocidad en un rincón que las farolas no llegaban a iluminar.
    –¡Eh, te hemos dicho que te esperes! No te vamos a hacer nada. Vamos a comprarte boza.
    Mevlut se detuvo, abochornado por su cobardía. Por culpa de una higuera que bloqueaba la luz de las farolas, el rellano al pie de las escaleras estaba muy oscuro. Ahí era donde solía aparcar su carro de tres ruedas para vender helado en las noches de aquel verano en que se había fugado con Rayiha.
    –¿A cuánto tienes la boza? –dijo con aires de perdonavidas uno de los que estaban bajando las escaleras.
    Ahora los tres estaban bajo la higuera, en plena oscuridad. Normalmente, quien quería boza solía preguntar el precio en voz baja y tragando saliva, educadamente y no de un modo agresivo. Mevlut desconfió. Le dijo la mitad del precio habitual.
    –Pero ¡qué caro! –soltó el más corpulento de los dos hombres–. A ver, danos dos vasos. A saber cuánto te estarás ganando tú.
    Mevlut soltó los cántaros y se sacó un vaso de plástico grande del bolsillo del delantal. Lo llenó de boza. Se lo alargó al más joven y pequeño de ellos.
    –Aquí tienes.
    –Gracias.
    Casi se sentía culpable por el extraño silencio que había en el ambiente mientras llenaba el segundo vaso. El hombre corpulento lo percibió.
    –Parece que tienes prisa, tendero, ¿es que tienes mucho trabajo?
    –Qué va –dijo Mevlut–. El negocio está estancado. La venta de boza está acabada, ya no hay trabajo como antes. Ya nadie compra boza. La verdad es que hoy no iba a salir, pero tenemos en casa a una enferma y están esperando algo de dinero para comprar sopa.
    –¿Cuánto ganas al día?
    –Dicen que a las mujeres no se les pregunta la edad ni a los hombres el sueldo –respondió Mevlut–. Pero ya que me habéis preguntado, os lo cuento. –Le entregó el vaso con la boza a la sombra corpulenta–. Cuando hay ventas, ese día comemos. Cuando no hay, como hoy, volvemos a casa con hambre.
    –Tú no parece que pases mucha hambre. ¿De dónde eres?
    –De Beysehir.
    –¿Beysehir? ¿Dónde está eso?
    Mevlut no respondió.
    –¿Cuánto llevas en Estambul?
    –Llevo ya veinticinco años.
    –¿Llevas aquí veinticinco años y todavía dices que eres de Beysehir?
    –No… Es lo que me habéis preguntado.
    –Después de tanto tiempo aquí, habrás ganado mucho.
    –Para nada… Fíjate, medianoche y seguimos trabajando. ¿Vosotros de dónde sois?
    Los hombres no contestaron y a Mevlut le entró miedo.
    –¿Canela queréis? –preguntó.
    –Venga, a ver. ¿A cuánto sale?
    Mevlut se sacó del delantal el bote de latón.
    –Nada, la canela y los garbanzos son para nuestros clientes, invita la casa –dijo espolvoreando sobre los vasos.
    Se sacó del bolsillo dos bolsitas de garbanzos tostados. En lugar de entregárselas al cliente, como solía hacer siempre, abrió los paquetitos y los esparció como un camarero diligente sobre los vasos de los hombres que estaban en la oscuridad.
    –Los garbanzos tostados son lo que mejor le va a la boza –dijo.
    Los hombres se miraron y se bebieron sus vasos de un trago.
    –Pero mira, en este día tan malo, por lo menos has trabajado para nosotros –dijo el más mayor y corpulento de ellos al terminarse su boza.
    Mevlut comprendió dónde iba a desembocar la conversación y lo interrumpió.
    –Si no tenéis dinero, ya me lo pagaréis en otro momento, hermano; si en esta inmensa ciudad nosotros los pobres no nos apoyamos en los momentos duros, no sé qué vamos a hacer. O mejor invita la casa, como gustes.
    Y se dispuso a colocarse la vara sobre los hombros para proseguir su camino.
    –A ver, tendero, un segundo –dijo el hombre corpulento–. Hoy has trabajado para nosotros, ¿no hemos dicho eso? Pues bien, danos el dinero que llevas encima.
    –Pero si no llevo nada, hermano –dijo Mevlut–. El dinero de la boza que le he cobrado a un par de clientes. Y es para la medicina de la enferma que tenemos en casa, y por lo demás…
    El pequeñajo sacó de pronto una navaja automática del bolsillo. Apretó el botón y la hoja se abrió con un clic en medio de aquel silencio. Apoyó la punta afilada de la navaja en el vientre de Mevlut. Mientras tanto, el más corpulento se había puesto a su espalda y lo tenía agarrado estrechamente de los brazos. Mevlut se quedó callado.
    El más pequeño usó una mano para registrar deprisa y minuciosamente los bolsillos del delantal de Mevlut, cada rincón de su chaqueta, mientras que con la otra mantenía apoyada la navaja contra su vientre. Lo que se iba encontrando, billetes pequeños y dinero suelto, se lo iba metiendo rápidamente al bolsillo. Mevlut vio que era muy joven y feo.
    Su mirada se quedó clavada en la cara del chaval.
    –Tendero, mira al frente –le dijo el hombre corpulento que tenía en la espalda–. Fíjate, qué bien, parece que sí que tenías pasta. Y querías irte de rositas.
    –Ya es suficiente –dijo Mevlut, estremeciéndose.
    –¿Ya es suficiente? –replicó el que tenía detrás–. ¡Ni hablar! Todavía no es suficiente. Conque tú vas y te plantas aquí hace veinticinco años y saqueas la ciudad, y cuando nos toca a nosotros dices que ya es suficiente y a Dios gracias. ¿Qué culpa tenemos nosotros de haber llegado tarde?
    –No digas eso, nadie tiene la culpa –dijo Mevlut.
    –¿Qué tienes tú en Estambul, casa, piso?
    –Por Dios que no tenemos ni donde caernos muertos –mintió Mevlut–. No tengo nada.
    –¿Por qué? ¿Es que eres tonto?
    –No he tenido suerte.
    –Tío, todos los que se vinieron a Estambul hace veinticinco años se hicieron una chabola. Y ahora en esos terrenos se están levantando edificios.
    Mevlut se revolvió nervioso, pero con eso solo consiguió que la navaja se le hincara un poco más en el vientre («Ay, Dios», dijo Mevlut) y que volvieran a registrarle escrupulosamente por todas partes.
    –Pero dinos, ¿tú eres tonto, o es que eres un embustero y te estás haciendo el tonto?
    Mevlut seguía callado. El hombre a su espalda le retorció con habilidad y pericia el brazo izquierdo hasta llevarle la mano hacia atrás.
    –Oooh, fenómeno, fíjate en esto. El hermano de Beysehir no quiere pasta para casas ni grandes propiedades, la quiere para un buen peluco. Ahora se entiende.
    El reloj de marca suiza que hacía doce años le habían regalado en su boda desapareció al instante de su muñeca.
    –¿Qué clase de gente puede robar a un vendedor de boza? –dijo Mevlut.
    –Para todo hay una primera vez –dijo el hombre que le tenía agarrados los brazos–. Quédate calladito y no mires hacia atrás.
    Mientras se alejaban los dos atracadores, uno viejo y el otro joven, Mevlut se dio la vuelta y los miró en silencio. En ese instante comprendió que tenían que ser padre e hijo. El que lo había agarrado por detrás debía de ser el padre, y el que sostenía la navaja contra su vientre, el hijo. Con su padre, Mevlut jamás había conseguido establecer esa clase de complicidad. Su difunto padre no había sido su compinche, sino alguien que siempre estaba echándole la culpa de algo. Bajó en silencio las escaleras. Llegó a una de las calles laterales que daban a la cuesta Kazancı. Todo alrededor estaba en silencio, en la calle no había ni un alma. ¿Qué le diría a Rayiha cuando llegara a casa? ¿Podría aguantar sin compartir con nadie lo que acababa de sucederle?
    Se imaginó que el atraco había sido un sueño, que todo estaba como antes. A Rayiha no le iba a contar que le habían robado. Porque no le habían robado. Poder creer unos segundos en esta fantasía atenuó su pesar. Agitó la campana.
    –¡Booozaaa! –gritó movido por la costumbre, pero se dio cuenta de que de su garganta no había salido siquiera un hilo de voz, como en un sueño.
    Antiguamente, cuando estaba triste por algo que había ocurrido en la calle, cuando lo humillaban o sufría alguna decepción, Rayiha sabía muy bien cómo consolar y animar a Mevlut al llegar a casa.
    En sus veinticinco años vendiendo boza, fue la primera vez que se apresuró a volver a casa sin gritar aquello de «¡Boo-zaa!», a pesar de que los cántaros aún no estaban vacíos.
    Nada más entrar en su piso de una única estancia, dedujo por el silencio reinante que sus dos hijas, aún en edad escolar, ya dormían.
    Como todas las noches, Rayiha estaba sentada en el borde de la cama haciendo labores y esperando a Mevlut, mientras echaba algún que otro vistazo a la televisión, que tenía puesta muy bajita.
    –Dejo de vender boza –anunció Mevlut.
    –¿Y eso a qué viene? –replicó Rayiha–. Tú no puedes dejar la boza. Aunque también es cierto, tienes que buscarte otro trabajo sí o sí. Con mis labores no nos llega.
    –Te estoy diciendo que dejo la boza.
    –Al parecer, Ferhat gana mucho en la oficina de la compañía eléctrica –dijo Rayiha–. Llámalo y que te busque un trabajo.

    –Antes muerto que llamar a Ferhat –dijo Mevlut.

    ¿Te gustó lo que leíste? ¡Disfrutá del libro entero!

    *******************

    Las islas, cuento de Orhan Pamuk


    Una semana después de nacer me llevaron a las islas a pasar el verano de 1952. Mi abuela tenía una casa de dos pisos bastante grande en Heybeli, al lado del bosque, cerca del mar y en medio de un gran jardín. Un año más tarde, en el balcón de esa misma casa, grande como un porche, me hicieron mi primera fotografía andando. En la primavera de 2002, cuando escribí esto, alquilé una casa también en Heybeli, cerca de la de mi infancia. En estos cincuenta años he pasado muchos veranos en las islas de Estambul, en Burgaz, Büyükada y Sedefadasi, y en ellas he escrito bastantes novelas. En la casa de Heybeli había un rincón en el que cada año se marcaba lo que habíamos crecido nuestros primos y nosotros. A pesar de que la vendimos a causa de peleas familiares, cuestiones de herencias y bancarrotas, todavía voy de vez en cuando a mirar esas marcas fascinantes de la pared que muestran mi crecimiento dedo a dedo a lo largo de los años.
    El verano en Estambul comienza para mí con la mudanza a las islas. Para ello es necesario que se hayan terminado las clases y que el tiempo sea lo suficientemente cálido como para poder bañarse en el mar, o sea, cuando el precio de fresas y cerezas ha bajado bastante. Cuando era niño los preparativos previos a la marcha a las islas duraban mucho más que ahora. Como en la casa de verano no había nevera y un frigorífico era un carísimo lujo occidental, la abuela descongelaba el de su casa y hacía que los porteadores que llamaba a casa lo envolvieran en tela de saco y lo bajaran con poleas; la loza se envolvía en papel de periódico; se le ponía naftalina a las alfombras y se enrollaban; y, entre el continuo bullicio de lavadoras, aspiradoras, discusiones y faena, se clavaban periódicos con chinchetas en las ventanas de la casa de invierno para que tapicerías, sillones y cortinas no perdieran el color con el sol. Por fin, cuando nos subíamos apurados a uno de los vapores de las líneas urbanas, que éramos capaces de diferenciar por su forma, me poseía la emoción. Me daba la impresión de que aquel viaje de hora y media a principios de verano no terminaría nunca. Aspirando la frescura y el olor a mar y primavera, mi hermano y yo dábamos un par de vueltas arriba y abajo por el barco, presionábamos a mi abuela o a mi madre para que le compraran al vendedor de camisa blanca que paseaba con la bandeja en la mano una gaseosa para cada uno, bajábamos para charlar con el cocinero, que vigilaba la nevera, las maletas y los baúles junto a las amarras, y seguíamos con todo interés y observando cada detalle cómo el barco se aproximaba a las islas previas de Kinali y Burgaz, cómo ataban las amarras y cómo lo acercaban al muelle. (Cada ciudad tiene sus propios sonidos que es imposible escuchar en cualquier otro sitio y que los que viven en ella conocen perfectamente y comparten como un secreto: de la misma forma que París tiene el silbato del metro, Roma los aullidos de las motocicletas y Nueva York su extraño estruendo, Estambul tiene desde hace sesenta años el mismo sonido metálico de la pasarela de madera con ruedas de hierro siendo arrastrada al vapor que se acerca y la ciudad entera reconoce ese incomparable ruido.) Por fin, cuando el vapor se arrimaba al muelle de Heybeli y era amarrado, mi hermano y yo, sin hacer el menor caso a los gritos de nuestra madre y nuestra abuela de “¡Quietos, os vais a caer!”, echábamos a correr felices hacia la isla.
    No fue hasta mediados del siglo XIX cuando los más adinerados de Estambul y la clase media alta comenzaron a usar las islas como lugares de excursión y veraneo. Hasta finales del XVIII sólo algunas barcas de remos para el comercio hacían el viaje a las islas y llevaba cerca de medio día llegar desde el puerto de Tophane. Antes de eso las islas eran el destino al que los bizantinos desterraban a los políticos y emperadores caídos, espacios vacíos que servían de prisión cubiertos de monasterios, monjes, huertos y pequeñas aldeas de pescadores. A partir de principios del siglo XIX comenzaron a convertirse en el lugar donde pasaban el verano los cristianos de Estambul, los levantinos y diversos miembros de embajadas extranjeras. El que en 1894 se establecieran viajes diarios durante el verano de manera regular con los barcos de vapor ingleses que habían sido traídos a Estambul, redujo la travesía de la ciudad a Büyükada a hora y media o dos horas. Aquel viaje en barca de medio día al destierro en el que morirían y serían olvidados, que en tiempos hacían una vez en la vida para no regresar nunca más los emperadores, príncipes y emperatrices bizantinos derribados del poder y los políticos que habían sido derrotados en la lucha por el trono, a quienes habían cegado con un hierro candente, a partir de los cincuenta, gracias a las travesías ‘express’, fue heredado por la multitud de estambulíes adinerados que cada tarde regresaban en cuarenta y cinco minutos de la ciudad a las islas. En los sesenta y los setenta, cuando los grandes ricos de Estambul todavía no habían descubierto el sur, Antalia y Bodrum, en las tardes de verano era tan difícil encontrar un sitio para sentarse en los ‘express’ que salían de Karaköy que una hora antes de que zarpara, los potentados enviaban a alguien, a un propio, para que ocupara el lugar en el que preferían sentarse y cuando el señorito llegaba al barco a su hora, el propio dejaba su sitio al patrón y se bajaba del barco. Como los varones ricos y adultos de Estambul, fueran judíos, cristianos o musulmanes, no tenían costumbres como la de leer, para divertir a esa masa de hombres que volvían del trabajo intentando matar el tiempo fumando, observando el mar y mirándose unos a otros, una serie de emprendedores particulares comenzaron a organizar por aquellos años juegos y rifas. Recuerdo cómo mi tío llegó sonriendo una noche a nuestra casa de Heybeli con una enorme langosta que había ganado en uno de aquellos sorteos en los que los premios consistían en símbolos de lujo inencontrables en el país, como grandes piñas tropicales o botellas de whisky.
    A partir de principios de los ochenta, cuando el mar de Mármara empezó a contaminarse, las islas dejaron lentamente de ser el lugar donde los ricos de Estambul se arrimaban unos a otros por conciencia de clase, donde por las noches se lucía la ropa traída de Europa, donde no se avergonzaban de demostrar su poderío económico. Una tarde del verano de 1958 fuimos con nuestros padres a una recepción a la orilla del mar en un suntuoso yate que nos llevó de Heybeli a Büyükada. Recuerdo ver hermosas mujeres en bañador que se bronceaban en la orilla del mar untándose cremas, hombres ricos que bromeaban a voces y camareros de camisas blancas que les ofrecían a todos ellos bandejas de canapés y bebidas. Como en Heybeli, a causa de la Academia Naval, había multitud de militares y funcionarios, a mí siempre me resultaba más rica Büyükada, y los quesos de importación y las bebidas alcohólicas de contrabando que veía en las tiendas y el sonido de música y diversión procedente del Gran Club se unían en mi imaginación con la idea de que allí estaban “los ricos de verdad”. Eran los años de niñez en que prestaba muchísima atención, entre avergonzado y ambicioso, a las diferencias de caballos entre los motores adosados a la popa de las lanchas rápidas, entre el caballero que se instalaba cómodamente en su coche de caballos en cuanto bajaba del vapor y los que iban andando, entre las mujeres que bajaban a la compra y las señoras que enviaban a otras a que se la hicieran.
    Otra cosa que diferencia a las islas de Estambul proporcionándoles un ambiente completamente distinto, más que las ricas mansiones, la belleza de sus jardines, el hecho de que sean un lugar de vacaciones, las palmeras y los limoneros, son los coches de caballos. De niño me ponía muy contento cuando me dejaban subir al pescante desde donde el cochero gobernaba los caballos; en casa jugaba en el jardín a los coches de caballos imitando el ruido de los cascabeles y las herraduras y los movimientos del cochero. Cuarenta años después volví a jugar en las islas a lo mismo con mi hija. La condición indispensable para que te gusten esos faetones que todavía viven con toda naturalidad, no por ser una atracción turística sino porque son prácticos, baratos y silenciosos, es que no te incomode el denso olor a bosta de caballo que envuelve mercados, calles atestadas y paradas; al contrario, que te guste tanto como para buscarlo y cuando, durante el paseo, el cansado caballo (a veces despiadadamente azotado) levanta de repente con elegancia su tupida cola y comienza a vaciar en la calle su caliente y húmeda carga, contemplar el suceso sonriendo y con una curiosidad infantil.
    Hasta principios del siglo XIX, las islas en invierno era donde vivían sacerdotes, seminaristas y pescadores rumíes. Cuando se instalaron en ellas algunos rusos blancos emigrados a Estambul tras la revolución de 1917, se abrieron en aquellas aldeas, cada vez más grandes, lujosos restaurantes y cabarets. La creación de la Academia Naval en Heybeli, la apertura de sanatorios para tuberculosos, el que en el último siglo se asentaran comunitariamente los judíos en Büyükada y los armenios en Kinali y el que en verano emigrara a las islas la población necesaria para alimentar a los veraneantes, provocó que se masificaran bastante, pero no las cambió. El hecho de que el gran terremoto de 1999 en Izmit se sintiera en las islas con fuerza y el que se sepa con certeza que el esperado gran terremoto de Estambul las golpeará mucho más de cerca están volviendo a dejarlas desiertas.
    En otoño, cuando empiezan las clases en los colegios y termina la temporada, me gusta soñar que pasaré el invierno en las islas para sentir los anocheceres tempranos y la amargura de la llegada del otoño en los jardines vacíos. El año pasado, en uno de esos días de otoño, estuve paseando por los jardines y los porches desiertos de Heybeli y recordé mi infancia mientras comía higos y uvas que las familias que habían regresado a Estambul no habían podido recoger. Era una triste alegría entrar en los vacíos jardines de familias a las que conocíamos de lejos sin tener nunca la oportunidad de intimar con ellas, subir por sus escaleras, balancearse en sus columpios y ver el mundo desde sus porches. Después de aquel paseo, tan parecido a los que hacía en mi niñez saltando muros, llegué a la casa de Ismet Bajá, en la que sólo había podido entrar una vez. La casa, de la que recordaba vagamente haberla visitado con mi padre hacía cuarenta y cinco años y que el antiguo presidente de la República me había sentado sobre sus rodillas y me había dado un beso, ahora tiene las paredes decoradas con fotografías de la vida del Bajá como político, hombre de Estado y veraneante, bañándose en el mar con un bañador negro con un único tirante. Lo que me produjo un escalofrío fue el vacío y el silencio profundos que envolvían la casa, como a toda la isla. Un olor indefinido a moho, polvo y pino en los baños, en los lavabos, en los detalles de la cocina, en el pozo, en la cisterna, en la tarima de los suelos, en los viejos armarios, en las molduras de las ventanas y en muchos otros detalles me recordó la casa familiar que ya no era nuestra.
    Las cigüeñas que, procedentes del noroeste, bajan desde los Balcanes a finales de agosto y principios de septiembre para pasar el invierno en el sur, vuelan siempre en bandadas sobre las islas. Ahora también, como en mi infancia, salgo al jardín cuando pasan las cigüeñas y contemplo admirado el decidido y misterioso viaje de las “peregrinas”, el rumor de cuyas alas puede oírse en el silencio. De pequeño regresábamos tristes a Estambul dos semanas después del paso de la última bandada de cigüeñas. Una vez en casa, leyendo las noticias de hacía tres meses de los periódicos colgados de las ventanas, amarillentos por el sol del verano, notaba fascinado lo lento que pasaba el tiempo.




    Una sensación extraña, de Orhan Pamuk: el relato épico y metafísico de una ciudad y de una clase




    Una sensación extraña de Orhan Pamuk



    Como en los viejos cuentos,
    ser turco era un sentimiento

    mucho mejor que el de ser pobre.
    La nueva y monumental novela del turco Orhan Pamuk, publicada por Ramdom House, narra vida y sueños de Mevlut Karatas, quien llega a Estambul desde Anatolia a los 12 años y a través de su historia dibuja la transformación de la capital turca desde los 60 hasta la primera década de este siglo.
    Una sensación extraña implica el relato “épico sobre los problemas de la gente que vino a vivir a Estambul en los años 50, 60 y 70 e hicieron sus casas con sus propias manos”, según ha declarado el autor turco a la agencia EFE.
    El hilo conductor es Mevlut, ese vendedor callejero de ‘boza’ (bebida tradicional fermentada turca), quien, a pesar de todos los giros que da su vida y de los profundos cambios en su derredor, se aferra durante medio siglo a sus paseos nocturnos por Estambul al grito de “¡boza!”.
    Épico pero también metafísico, indica el Premio Nobel en una reciente entrevista con Babelia. “La novela tiene también un tono metafísico, el del Mevlut solitario, introvertido, que siente la extrañeza de su mente, pero se pregunta también cosas como: ¿qué nos hace felices, que nuestros deseos sean satisfechos o que tengamos la capacidad de ser felices con cualquier cosa que se nos ofrezca?”
    Por esa razón Mevlut “es un tipo muy querible” que establece fácilmente empatía con el lector. “Primero, porque es de clase baja y no le va bien económicamente. Segundo, porque es bienintencionado. Tercero, porque no es escéptico, es inteligente, perceptivo, y tiene una mente muy singular”.
    Pero a la hora de definir su nueva obra, Pamuk insiste: “La novela es un intento de elevar las pequeñas historias cotidianas de la gente a una escala épica. La historia principal en esta novela son las pequeñas historias cotidianas de la gente, las pequeñas cocinas, los pequeños lugares, las callejuelas, el ambiente que forman en las calles las pequeñas pandillas, los pequeños grupos y las pequeñas tiendecillas…”


    Orhan Pamuk propone “entregarse con creencia mística en los poderes de la escritura”

    Publicado por ZL  el 21/12/2011
    Orhan PamukEl escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura 2006, dijo que la ingenuidad en la creación es “entregarse con creencia mística en los poderes de la escritura”, en la presentación de su último libro, El novelista ingenuo y el sentimental, que se llevó a cabo en el Malba de Buenos Aires.
    El libro, publicado por Random House Mondadori, reúne seis conferencias públicas que pronunció el autor cuando estuvo a cargo del seminario Charles Eliot Norton en la Universidad de Harvard, durante 2009.
    “Soy un escritor enciclopédico, me gustan las series y las descripciones; pero, sin embargo, me interesa intercalar chistes entre líneas, porque solamente listas es muy aburrido: hay que saber disfrutar”, expresó el autor.
    Y explicó: “tengo enorme energía, como Walt Whitman, para abrazar todo y salir, ver y buscar; me gusta ser creativo y algo irresponsable también: eso es el novelista ingenuo. Se puede ser juguetón e infantil de forma calculada, dejarse llevar por la fuerza de la historia, avanzar, confiar en uno, navegar como un marinero por la historia. Eso es la ingenuidad, y es lo que todos los escritores deberían tener”.
    “Hay dos tipos de novelistas: uno tiene que ver con la forma ingenua de pensar la historia, no preocuparse mucho por el poder de las palabras, estar seguro de ellas; y el otro, el que especula, que trata de saber si las palabras sirven para algo, que piensa la función de la literatura: esas cosas quitan naturalidad a la ingenuidad de la creación”, indicó el autor de Nieve.
    Para Pamuk, “las novelas deben tener un centro, un meollo secreto, misterioso, que a medida que lo leemos debemos develarlo. Lo que hace que las novelas sean interesantes es que sabemos que los escritores tienen un significado más profundo de la vida, algo trascendental, que si bien no fluye libremente, la composición en su total lo sugiere”.
    “Esas son las novelas que me gustan, donde uno lee para saber qué pasa, para encontrar al asesino, o para tener un idea del significado mismo de la vida; no sólo se trata de circunstancias o tramas; por ejemplo, uno lee Ana Karenina (1877) y sabe que la protagonista está preocupada por su marido, por su novio, por lo que sea, pero hay una implicancia mucho más profunda: ¿Qué es la vida?, ¿Por qué estamos aquí?, ¿Qué sucede?”
    El novelista —quien tiene como máximos referentes a León Tolstoi, Fedor Dostoievski, Marcel Proust y Thomas Mann, y que también reconoce como sus “héroes” a Jorge Luis Borges, Ítalo Calvino y Vladimir Nabokov, así como a William Faulkner y Gabriel García Márquez— bromeó acerca de su libro La vida nueva, definiéndolo como “un libro oscuro, si no quieren torturarse, no lo compren”.
    Traducido a más de 40 idiomas, Pamuk (Estambul, Turquía, 1952) es autor de las novelasLa casa del silencio (1983); El astrologo y el sultán (1985); El castillo blanco (1985); El libro negro (1990); La vida nueva (1995); Me llamo Rojo (1998); Nieve (2001) y El museo de la inocencia (2008); sus memorias Estambul. Ciudad y recuerdos (2005); y los ensayos Otros colores (1999); La maleta de mi padre (2007) y el reciente, El novelista ingenuo y el sentimental (2011).
    Sobre El castillo blanco (1985) —celebrado por John Updike—, dijo que “uno escribe, luego la novela toma su propio ritmo lúdico”. Nieve la consideró su primera y última novela política, donde refleja, a su manera, parte de su vida en la ciudad de Kars.Estambul. Ciudad y recuerdos, tiene que ver con una forma de melancolía que viene de su infancia.
    Pamuk volvió sobre Anna Karenina para decir que es “una de las novelas perfectas: la conozco muy bien y la enseño en la universidad; cada vez que la releo es como sentir una experiencia de vida”.
    “La novela es una forma de organizar los eventos de forma tal que el lector los sienta y los explore —expresó el escritor—. La literatura es sobre todo y cualquiera puede hacerla. Creo en la literatura como algo sencillo, una sintonía fina de los detalles para encontrar el significado profundo”, finalizó.


    Orhan Pamuk: “El arte de la novela se basa ante todo en la compasión”

    Perseguido, atacado, Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, en muchos países sería una gloria, salvo para ciertos sectores de la Turquía más ancestral

    Profesor en la Universidad de Columbia, laico amarrado a la tradición de un islam cultural, la obra de Pamuk es un crisol de verdades tan volátiles como asentadas, una corriente inaprensible de energía cruzada, un mosaico complejo que le ha valido para ser una de las voces más autorizadas en el panorama narrativo mundial


    Muchos creyeron que había ganado el Premio Nobel demasiado joven cuando con 54 años lo recibió de manos del rey Gustavo de Suecia. Pero Orhan Pamuk y su país, Turquía, habían esperado muchas décadas para un reconocimiento así. El autor de El castillo blanco, consagrado para el panorama internacional por voces como las de John Updike, llevaba ya una larga carrera de potentes novelas que han navegado varias épocas por las aguas del Bósforo. Relajado, y tras darse una vuelta por la Alhóndiga de Bilbao, donde participó en el ciclo Gutun Zuria, Pamuk desgrana las tensiones latentes entre el Este y el Oeste, el carácter de quien mira hacia ambas orillas para poder entender mejor los desencuentros.
    Aquí, en la Alhóndiga de Bilbao, da por pensar, después de que usted se haya mostrado un gran defensor del papel de los lugares públicos en el mundo de hoy, para qué sirven estos grandiosos espacios de encuentro. ¿Cuál es su papel en la cultura, en el civismo? Estos lugares son concebidos como ágoras, donde la gente se reúne, interactúa… son esencialmente eso.
    ¿Ágoras posmodernas? Más o menos, muy cercanos a la actividad de la gente. Consiguen aumentar nuestro sentimiento de pertenencia hacia algo más trascendente que la propia individualidad.
    Ha reflexionado usted a menudo sobre su obsesión acerca de la imposibilidad de trazar un final a las historias. ¿Ser consciente de eso le limita como escritor? ¿Existe el final ideal cuando sabes que todo continúa? Bueno, al final, casi todo acaba. Un final, en cierto modo, es una declaración de principios. Como nuestro epitafio en la tumba. Soy novelista, de este tiempo, y debo contar con ello, no como en las grandes epopeyas de la antigüedad, donde las historias podían continuar sin fin y se sumaba, se sumaba… Todo empieza y termina en el individuo, las personas. Cada una nos sugiere un todo. Eso nos otorga una especie de mandato, aunque nos resistimos a que las cosas se cierren. Más si esas historias que contamos le gustan a la gente.
    Pero incluso las novelas, si son buenas, nunca acaban en nosotros, siempre podemos agarrarlas por segunda vez y hacer una lectura completamente diferente. ¿No será que comenzar y terminar una novela sencillamente se convierte en una convención, más que en un deber? Yo nunca decido el final de mis novelas antes de alcanzar la mitad. Puede que reescriba mucho los comienzos, hasta 50 veces, pero cuando llego al medio y me doy cuenta realmente de qué va, entonces decido el final. Debe aparecer espontáneamente. La naturaleza de los personajes lo da. Aparece con el proceso de la escritura. Les dedico tiempo a las criaturas que pueblan mis historias, me paso con ellos tres y cuatro años, lo voy descubriendo poco a poco, aunque domino plenamente su temática. Los contextos son claros, pero qué les ocurre singularmente a cada uno, no tanto; con quién se casan o se pelean no lo llego a saber hasta un tiempo después. Ahora, cuando se me ocurren, no lo reescribo tantas veces como el principio, sale de una, así… Sin embargo, las primeras frases deben estar muy meditadas.
    Se nota en usted: “Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. Así comienza La nueva vida. ¿No es ese el íntimo y tremendo deseo de cualquier escritor? ¿Cambiar la existencia de sus lectores? Todo el mundo se sabe de memoria ese comienzo en Turquía, incluso se han hecho anuncios. A veces me hace feliz, otras me entran ganas de demandarlos, pero se me pasan.
    ¿Cuándo considera usted que está escribiendo? ¿Cuando lo hace sobre el papel o cuando piensa en cualquier circunstancia lo que va a redactar? Yo puedo escribir en cualquier parte. Pero antes, cada historia se va sembrando en la cabeza, bien sedimentada en la memoria o sobre la marcha. Tomas notas, debes estar atento a cada paso, porque te sobrevienen capítulos, situaciones. Aunque la mayor parte de los detalles llegan mientras estás sentado, redactando. O soñando también. Pero lo importante en el trabajo, mientras estás ante el papel, es que te concentres en todo ese mundo y convivas con él mientras la vida sigue en otro sitio.
    ¿Obsesivamente? No, pero conscientes de que necesitamos nuestros mundos imaginarios, que nos hacen felices. O desgraciados, como cuando debes afrontar asuntos como los celos, la rabia, la ruina económica. Nuestra imaginación es nuestro negocio, nuestro modo de vida, y eso nos hace también ser conscientes de que la realidad, a los escritores, no nos hace felices. Eso nos convierte en seres muy afortunados, porque existe mucha gente a quien la vida le desmoraliza y no pueden recluirse en un mundo literario. Nosotros sí. Llevo 40 años haciéndolo. Me siento a la mesa, con mi café, y ahí estoy preparado para cualquier cosa. ¿Lo llamas obsesión? Bueno, a mí no me gusta, duermo bien, pero aunque me quite el sueño, no lo llamaría así. Si no logro cerrar los ojos, muy bien, me levanto y, en pijama, me pongo a resolver lo que sea. En ese trance, ni leo los periódicos; me molestan las malas noticias y están llenos de ellas.
    ¿No se alimenta de eso, como otros colegas suyos? Las historias llegan a mí de una manera natural, me limito a seguirlas y a controlarlas. Confío mucho en mi imaginación, mis visiones, mis sueños, pero debo evitar que se descontrolen, se extralimiten. También la lectura de asuntos relacionados con lo que escribo aumenta mi inspiración, influye mucho en mí el ánimo de cada día. Me afectan a veces los bloqueos, entonces me aparto de según qué y regreso a ello cuando salgo de ese estado. Voy saltando de personaje en personaje dependiendo con quién quiera estar, especialmente me ocurre eso con los personajes femeninos.
    ¿Por qué? Es duro meterse en su piel, pero una vez estás ahí, lo disfruto mucho, no puedo dejarlo. Pregunto a mis amigas, a mi madre, a mi hija, cómo se sienten.
    ¿Hasta el punto de llegar a experimentar algo parecido a un orgasmo femenino? Bueno, si has experimentado orgasmos masculinos y gozas de cierta imaginación, puedes llegar a aproximarte. Si preguntas a tus amigas y te lo cuentan, lo escribes, y luego se ríen de ti, te aguantas, es mejor eso que no escribirlo de ninguna manera. El arte de la novela se basa, ante todo, en una cualidad humana: la compasión.
    También la rabia. También, también. Pero la compasión es más útil para la literatura, porque te identifica con el dolor del prójimo. Debes compartir el dolor, la rabia; la compasión incluye la rabia misma. Incluso para llegar a figurarte esos orgasmos, hablar, hablar con el prójimo, pensar por él, y así, al final, te sale.


    SOPHIE BASSOULS
    Volviendo a los principios y los finales. Resulta difícil pensar en un escritor de Estambul encerrado en esa obligación de empezar o acabar algo, porque esa ciudad no tiene fin, es una auténtica frontera eterna. Muchas gracias. Pero si la vida no tiene fin, la obligación de un autor como yo, que se toma su trabajo muy en serio, por desgracia, es, al menos, dotarla de un comienzo. Al menos colocar las cosas en perspectiva. Dotar todo de mirada propia.
    ¿Es usted el autor del Estambul moderno? Deje que me tome eso un poco en broma. Yo vivo también en Nueva York, allí enseño, pero cada vez que me encuentro a alguien me recuerdan lo bonito que es Estambul. ¿Qué se supone que debo hacer? Pues dar las gracias. No me di cuenta de que era un escritor tan identificado con Estambul hasta que cumplí 45 años, más o menos. Con las traducciones, todo el mundo me consideró eso: escritor de Estambul, y aquello me dio conciencia, que está bien, vale, no me quejo. Pero la ciudad ha cambiado mucho. Desde que yo nací en 1952, no ha dejado de crecer y crecer, pasó en esa época de un millón y medio de habitantes a 14 ahora. Eso es muy insólito. Poca gente ha tenido el privilegio de experimentar un cambio así en su ciudad. Y la transformación en los últimos 15 años ha sido todavía mucho más profunda que en los 45 anteriores. Para mí es complicadísimo de entender. Y ahora que todo el mundo me considera escritor de allí, eso implica mayor atención pese a todo lo complejo que es. Cada minuto aparece un libro sobre un barrio, me emborracha toda esa avalancha.
    Pero ocurre en todas partes igual. Quizá una de sus singularidades contemporáneas más marcadas aún, porque viene de lejos, es esa esquizofrenia sobre la pertenencia a Europa o no. ¿Cómo andan los ánimos en ese sentido? Bueno, divididos. Los partidos políticos andan enfangados. Eso me enfurece, me preocupa. Viene de lejos. Las élites del imperio otomano fueron conscientes en su día de que o se occidentalizaban, o caían derrotados por diversos oponentes occidentales. Doscientos años después, aplicadas múltiples reformas en términos de vestimenta, calendario, ejército, ingeniería, ciencia, artes, modos de pensar… aun así, se produjeron resistencias que dieron lugar a tensiones hasta hoy. Llámalo, en términos dialécticos, nueva sociedad contra antigua; Europa, Oriente; ahora, islamismo contra modernidad. Es lo mismo, mismo perro, distinto collar. A veces se envenena y se pone feo o se suaviza.
    Se envenena hasta el punto de obligar a gente como usted a abandonar el país. Bueno, como me ocurrió entre 2005 y 2010, que me vi obligado a ir con guardaespaldas, alejarme un poco. La situación, para mí, hoy es mejor. Pero observo otra vez, con un Gobierno que lleva ya 12 años en el poder, que va tensándose el ambiente. Es lógico, tanto tiempo gobernando produce resentimiento, autoritarismo, la gente decide quién gobierna, pero ese ambiente ha dañado la libertad de expresión, la tentativa a cerrar canales como YouTube, Twitter, aunque los tribunales lo pararon. ¿Mi posición? Limitarme a ser testigo, escribir, dar cuenta, llamar al entendimiento mutuo aunque se resistan.
    Y ahora que Europa vive una crisis de identidad, ¿siguen teniendo ganas de formar parte de ella? Pues mire lo que le digo, ojalá lo fuéramos y pudiéramos quejarnos desde dentro.
    Bueno, es que el empeño de muchos en destruir los principios solidarios de la Unión, a un amplio sector les está convirtiendo en nostálgicos de cómo solía funcionar. Y así vemos que los ucranios lo contemplan como una esperanza de salvación, o ustedes. Y entiendo a los ucranios, obviamente.
    ¿Cree usted que ganó el Premio Nobel demasiado joven? Eso es lo que dicen muchos, también las estadísticas, pero no lo que habían esperado los turcos en su historia a ganar uno. Hubo mucha sorpresa en ese sentido. Hasta algunos periódicos que decían que algún día me lo tendrían que dar se mostraron impactados y llegaron a decir: “¡Está bien que lo haya ganado, pero cómo ha podido conseguirlo tan joven!”. Por mí, vale haberlo logrado tan joven, así me ahorro el suplicio de esperar cada año que me lo den y a todos esos señores opinando sobre si me lo merezco o no.


    Pahmuk recibe el Nobel de manos de Gustavo de Suecia en 2006. / BOB STRONG (REUTERS)
    ¡Hombre! ¡Menudo estrés! Eso en el caso de que quisiera ganarlo, porque a lo mejor era usted de esos a los que no les hacía ilusión.No, no, me encanta, ha sido un honor y un placer, y le aseguro que no hay nada malo en ello. Aunque cada uno de los periodistas me pinche para que les haga comentarios negativos al respecto.
    Con Nobel y todo, ¿se contempla usted a veces como un niño? Sí, y aliento ese resquicio de juguetón de chaval dentro de mí. Incluso en ese contexto de ganador del Nobel, que te obliga de alguna manera a representar a tu país casi como un embajador, y eso que yo odio a los diplomáticos, intento conservar eso. Me veo en la literatura y en mi oficio como ese niño que solo quería encerrarse en su cuarto a jugar. Yo soy feliz también metido en esa habitación, con mis historias. Ser un escritor, en parte, consiste en arreglárselas para mantener vivo ese niño dentro de ti. ¿Cómo? No sé. En mi caso, creo que mostrando esa beligerancia ante las instituciones, la etiqueta, las reglas, la disciplina, aunque de esa me aprovecho para mi trabajo. Pero sin dejar de contemplarlo como un juego. Ese mundo de mentiras, formalidades, rituales, no va conmigo. Soy profesor de la Universidad de Columbia, mis amigos me conocen por no satisfacer precisamente las reglas. Los creadores que más admiro son quienes han conseguido mantener esa pureza, esa inocencia y esa rebeldía infantil dentro. Ser directos, abalanzarse sobre un pastel o una hamburguesa, eso es lo que tienen los niños.
    Desde luego. Inventar, aunque sea sobre las superficialidades de lo cotidiano; para eso hay que ser un poco infantil, incluso para fijarse en las cosas que a nadie llaman la atención y otorgarles nuevos sentidos, son manías de niño, pero muy importantes para escribir. Ser capaz de ver un coche deportivo de juguete en un bote, esa clase de frutos que parecen monstruos, esa intuición que les hace confiar en su imaginación o en sus sueños. Los más pequeños rompen las reglas, y así sigues las pautas para inventar tu mundo, tus paraísos. Y cómo opera la memoria sobre esos detalles de tu juventud que vas juntando para construir la catedral de tus percepciones.
    Aunque usted reivindica la imaginación como reina de su mundo, también se considera un escritor realista. ¿Cuál es su frontera? La realidad opera en mí en muchos niveles. En Me llamo Rojoes fundamental, pero como punto de partida para reunir a artistas en un café que luego dan voz a unos cuadros. Luego, cuando estos empiezan a hablar, pasamos a otro nivel. Creo en la fantasía, en el surrealismo, el dadaísmo, collages en los que después mi narrativa se basa manipulándolos. Pueden parecer grotescos, extraños, pero después cobran sentido, aunque no explico los porqués. Soy un realista que cree que la realidad aburre, necesita su evasión y confía en los oscuros secretos de su alma para que le susurren historias, aunque de la mayoría de estas no desee siquiera ser consciente.
    Comenta usted que no explica mucho su trabajo; sin embargo, en un anexo a la edición española de El castillo blanco va demasiado lejos en cuanto a las revelaciones sobre el mismo. ¿El rigor del profesor desvanece el misterio del escritor? ¿Por qué lo hizo? En mis clases, los alumnos discutían quién quedó en el castillo y quién se fue de Estambul. Mi deber como escritor es apartarme de las conclusiones; quizá en este caso cometí el error de explicar demasiadas cosas.
    Es que apenas importa. ¿Cree que, una vez el autor pone el punto final, comienza la novela que el lector se hace en la cabeza? Mis novelas están abiertas a muchas interpretaciones que no quiero aclarar. En Me llamo Rojo, me muestro más misterioso sobre ciertos periodos de la historia de Estambul y sus agujeros; en Nieve salió un libro muy abierto a la crónica periodística, pero con sus parte de drama, historia contemporánea, testimonio, golpes militares. Creo que escribir novelas se compone de un balance entre el realismo, hechos, personajes e imaginación propia.
    ¿Sus raíces estilísticas son más orientales u occidentales?Ambas, creo. Vengo de una familia de clase alta muy cercana a los fundadores de la República, proeuropeos; mis padres tenían una biblioteca llena de clásicos franceses e ingleses. Mi educación fue muy secular, y en eso continúo por esa senda, aunque el peso de la cultura religiosa de mi ambiente sea musulmán y pese sobre mis historias porque pertenezco a esa tradición que se nota en El libro negro, Me llamo Rojo yEl museo de la inocencia. En mis inicios me mostré muy secular de todas formas.
    Bueno, las raíces religiosas siempre quedan planeando sobre cualquier cultura, por muy occidental que sea esta. Especialmente en el Mediterráneo, que viene a resultar a menudo intensa, pero cuanto más intensa se muestra, más se las arregla la gente para escabullirse de su peso, para despistar a los fanáticos. Cuanto más avanzamos, los ciudadanos se van enterando que de lo que va esto apenas tiene que ver con la religión, sino con la influencia de los negocios, con el poder. No me preocupan los fanáticos lo más mínimo.

    Orhan Pamuk

    (Estambul, 1952) es el escritor turco más reconocido del mundo contemporáneo. Premio Nobel en 2006, creció en el entorno de una familia laica muy apegada a Occidente que se reconoce en obras suyas como ‘El libro negro’ o ‘Cevdet Bey y sus hijos’. Su novela ‘El castillo blanco’ llamó la atención de autores consagrados en Estados Unidos, donde el autor imparte semestres en la Universidad de Columbia. Reconocido como el mejor radiógrafo de su ciudad, la magistral interpretación en la historia de su lugar de origen queda reflejada en toda su obra, pero especialmente en libros como ‘Estambul, memorias y la ciudad’. Ha conseguido también el France Culture y el Médicis, y el de los libreros alemanes.

    Novelas

    • 1982 - Cevdet Bey ve Oğulları (Cevdet Bey e hijos, Mondadori, 2013). La novela, con el título de Karanlık ve Işık (Oscuridad y luz), había compartido el premio de la editorial Milliyet 3 años antes con el escritor Mehmet Eroğlu
    • 1983 - Sessiz Ev (La casa del silencio, Metáfora Ediciones, 2001)
    • 1985 - Beyaz Kale (El astrólogo y el sultán, Edhasa, 1994; El castillo Blanco, Mondadori, 2007)
    • 1990 - Kara Kitap (El libro negro, Alfaguara, 2001)8
    • 1995 - Yeni Hayat (La vida nueva, Alfaguara, 2002)
    • 1998 - Benim Adım Kırmızı (Me llamo Rojo, Alfaguara, 2003)
    • 2001 - Kar (Nieve, Alfaguara, 2005)
    • 2008 - Masumiyet Müzesi (El museo de la inocencia, Mondadori, 2009)
    • 2014 - Kafamda Bir Tuhaflık (Una sensación extraña, Literatura Random House, 2015)

    Memorias

    • 2005 - İstanbul: Hatıralar ve Şehir (Estambul. Ciudad y recuerdos, Mondadori, 2006)

    Ensayos

    • 1999 - Öteki Renkler (Otros colores, Mondadori, 2008)
    • 2007 - Babamın Bavulu (La maleta de mi padre, Mondadori, 2007)
    • 2010 - The Naive and Sentimental Novelist (El novelista ingenuo y el sentimental, Mondadori, 2011; primero fue publicado por Harvard Press en 2010 y al año siguiente en turco Saf ve Düşünceli Romancı)
    • //es.wikipedia.org/wiki/Orhan_Pamuk

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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