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    domingo, 6 de septiembre de 2015

    La vida de Sabina Spielrein destapa las miserias ocultas de Jung y Freud




    Uno de los capítulos más interesantes de la historia del movimiento psicoanalítico ha capturado la atención de escritores y cineastas: concierne a las relaciones entre Jung y Freud, más concretamente, a la situación crítica acaecida en el mal llamado triángulo formado por ambos y una mujer fascinante, Sabina Spielrein.

    Ella había nacido en el seno de una rica y cosmopolita familia judía en Rusia. Su padre le había respaldado en su intención de estudiar Medicina. Llegó a Zurich en 1904 para inscribirse en la facultad y al poco tiempo fue ingresada, a causa de una gravísima crisis, en el hospital más famoso de Europa para el tratamiento de las enfermedades mentales: la clínica Burghölzi, dirigido por Bleuler.

    Allí toparía con Carl Gustav Jung, quien intentó tratarla con el método freudiano pero, preso de los encantos de la joven, acabó enredado en una relación amorosa. Gracias a la intervención de Freud, Sabina consiguió salir del atolladero en el que estaba atrapada debido al abuso perpetrado por Jung en la relación transferencial. Inició entonces su análisis con Freud convirtiéndose más tarde en una prestigiosa psicoanalista.

    Cuando el asunto llegó a mayores, es decir, a oídos de los padres de la joven a partir de la intriga perpetrada por la señora Jung, el astuto doctor, su marido, actuó según su apreciado arquetipo, negando toda responsabilidad y dirigiéndose a Freud para cubrirse las espaldas. En su carta acusa a la paciente de traición por no haber accedido a su deseo de tener un hijo con él. Alega haberse topado con el “diablo”, aunque tímidamente deja caer que “no se siente completamente limpio de culpa aunque sus intenciones eran puras.”[1] Llegará a vanagloriarse de los beneficios que le ha reportado esta dolorosa experiencia, también a su relación de pareja.

    En su respuesta, Freud, aún confiado en las excelencias de su prometedor discípulo, se muestra condescendiente y se dedica a advertir al joven practicante acerca del material explosivo con el que se opera en la cura. “De esa paciente, a través de la cual ha recibido usted el agradecimiento neurótico de la desdeñada, me han llegado a mi también noticias (…) Ser calumniados y quemarnos a causa del amor con que operamos, he aquí los riesgos de nuestro oficio, pero no por ello renunciaremos (…). Navigare necesse est, vivere non necesse.[2]” Concluye la carta citando a Fausto: “Estás con el diablo y quieres asustarte de la llama?”[3]

    Valora también Freud el aprendizaje que puede extraer el analista de las dificultades de la contratransferencia, viendo en ellas una “bendición encubierta” porque permite descubrir el más “grandioso espectáculo natural” del deseo femenino, esto es, “la capacidad de las mujeres para sacar a relucir, como encantos, todas las perfecciones psíquicas imaginables hasta lograr su objetivo. Cuando ha sucedido esto último o queda confirmado lo contrario, se asombra uno ante la constelación opuesta.”[4]

    Jung respondió inmediatamente con agradecimiento y juramento de fidelidad: “…puede estar seguro de que no pasará nada análogo a lo de Fliess” (¡!). Menciona la integridad de su espíritu y niega los rumores: “…jamás he tenido una amante, soy el marido más inocente que pueda imaginar:”

    Simultáneamente Freud recibe la carta de Sabina. Le escribe a Jung, adjuntándosela y preguntándole si tiene noticias sobre su autora. ¿Qué es esto? Le pregunta, ¿Busca darse importancia, es afán de chismorreo o bien paranoia?

    A regañadientes Jung le explica que su “complejo paterno” le había impulsado a la ocultación -de que la firmante es la paciente que le trajo tanto pesar y de la que le había hablado recientemente-, por temor al castigo. Arguye que, en su condición de “hijo y heredero” (Freud le había nombrado de ese modo), flaco favor hacía a dicha herencia al dilapidarla comportándose de manera inadecuada.

    En el curso del intercambio epistolar de Sabina con Freud, le sugirió él que saliera del aprieto sin necesidad de recurrir a un tercero. Ella así lo hizo, y lo resolvió con creces, obligando a Jung a confesar su mentira a Freud y a pedirle que reconociera por escrito que había recibido su confesión. Jung accedió.

    Aliviado por la respuesta de Sabina, con quien “pudo hablar en el modo más correcto” puesto que, según su interpretación, ella sólo perseguía, al involucrar a Freud, verle nuevamente a él, entona su mea culpa: “Sin incurrir en un impotente arrepentimiento, me acuso de los pecados que he cometido, pues soy en gran medida culpable de las exaltadas esperanzas de mi antigua paciente.”[5] Pero la denegación tiñe su argumentación, así como la acritud se trasunta al confesar a Freud, su padre –así le llama otra vez- de mala gana, una “ canallada inducida por el miedo.”

    Eso sí, expresa su esperanza de que tanto Freud como Spielrein se convenzan de su “perfect honesty”. Asume la responsabilidad de la carta a los padres de Sabina y concluye pidiendo disculpas por haber inmiscuido a Freud en ese asunto debido a su necedad. Al final se manifiesta contento de no haberse equivocado en cuanto al juicio sobre el carácter de su paciente, porque de lo contrario, habría quedado sumido en grandes dudas y ello le habría significado grandes obstáculos. Algo inadmisible, debemos suponer, a un narcisismo de tal calibre. Años más tarde, al mencionar lo que el encuentro con Sabina había significado para él, llegará a admitir que “a veces es necesario ser indigno para seguir viviendo.”

    Freud se disculpó con Sabina por haberla tratado como paciente y a Jung como médico cuando, en realidad, la relación entre ellos era un vínculo entre un hombre y una mujer. “El hecho de que me haya equivocado y deba responsabilizar del desliz al hombre y no a la mujer, como mi joven amigo admite, satisface mi necesidad de mantener a las mujeres en alta estima.”[6]

    Freud continuó mencionando su nombre con total naturalidad en las posteriores cartas a Jung. Con sólo veintiséis años, Sabina Spielrein se convertiría en la única mujer de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Sus contribuciones sobre la tendencia a la destrucción y a la autodestrucción constituyen un anticipo de la tesis freudiana sobre la pulsión de muerte. Cuando Freud le comenta a Jung la noche en que ella presentó este trabajo en las Noches de los Miércoles deja constancia de que estuvo a punto de escribir “su” trabajo con mayúsculas.

    En el otoño de 1911 Sabina comenta a Freud el análisis de un sueño con Sigfrido (el nombre del hijo que fantaseara con Jung). La maniobra de Freud es asombrosa, le comenta: “Podría tener un hijo, si lo deseara, pero qué desperdicio de talentos.”[7] Spielrein ubica correctamente la influencia determinante que tuvieron esas palabras. Favorecieron la transferencia hacia el análisis con Freud de ese falo imaginado, ídolo de un amor desdichado.

    Tiempo después de la crisis Sabina y Jung retomaron una relación epistolar que continuó varios años.

    Cuando, recién casada con el doctor Paul Scheftel, Sabine se dirigió a Freud con la intención de retomar el análisis, recibió de él la sorprendente respuesta: “primero permita a su esposo que intente ver qué tanto puede unirla a él y hacerla olvidar sus viejos sueños. Sólo el remanente de lo que él no logre dilucidar pertenece propiamente al psicoanálisis.”[8]

    Luego del difícil nacimiento de su hija Renata en 1913 (estuvo a punto de abortar), retornaron los sueños de Sigfrido. En su nota de felicitación Freud le dice: “es mejor que sea ella”, así hay ocasión de reflexionar y de que caiga el ídolo. Renata valdrá por sí misma.

    Radicada en Berlín, y atrapada entre la antipatía a Abraham y la defensa de Jung, Freud supo colocarla ante una elección: “… imagino que todavía ama profundamente a Jung porque aún no ha sacado a la luz el odio que él merece.” Debe tomar, le dice, una decisión drástica, “vacilar no le saldrá mejor que al bravo Pfister que vuelve a encontrarse sentado en dos sillas. No se imponga violencia, pero llegue hasta el final en lo que decida.

    Por supuesto, deseo que logre desembarazarse, como de una baratija, del ideal infantil del héroe y del caballero germánico que disimula toda su oposición a su medio y a su origen; y deseo que no espere de esta imagen tramposa el niño que en el principio quería ciertamente, de su padre. (…) Que su fuego interior avive sus ambiciones en lugar de agotarlas. Nada hay más fuerte que una pasión dominada y derivada.”[9]

    Más tarde, afincada en Ginebra, prosiguió sus investigaciones sobre el desarrollo infantil y la lingüística. Estos trabajos propiciaron los estudios de Vygotsky y Piaget, quien fue su paciente.

    Atraída por la Revolución Rusa, Sabina se trasladó a Moscú en 1923 donde desarrolló una potente actividad como analista y docente. Fundó La Clínica Psicoanalítica de Niños. Pero el régimen bolchevique acabó prohibiendo la práctica del psicoanálisis en 1936, si bien Sabina siguió ejerciéndolo en secreto. En 1924 se trasladó a su ciudad natal, Rostov, donde las penurias no fueron pocas. Enviudó, sus tres hermanos menores murieron en las purgas “contrarrevolucionarias”.

    Sabina Spielrein murió junto a sus dos hijas y todos los demás habitantes judíos de su pueblo, a manos de los nazis, en una trágica noche de 1941.





    [1] S.Freud. C.Jung. Correspondencia. Taurus. Madrid 1978. P.254

    [2] “Navegar es necesario. Vivir no lo es.” Plutarco, Pompeius, 50. Pompeyo dirigió estas palabras a unos marinos cobardes. Citado por Freud.. P. 257/8.

    [3] Ibídem.

    [4] Idem. P.280

    [5] Freud, Jung. Correspondencia. Op.Cit. p.285

    [6] S. Freud. Correspondencia. Tomo III. Edit Biblioteca Nueva. P.55 (he incluido una modificación de la traducción que figura en otros textos.)

    [7] L. Piranesi-J.Forester. Las mujeres de Freud. Planeta. Buenos Aires.1994. P.244

    [8] S. Freud, Op. cit. P. 414


    [9] Ibídem, p. 560

    http://crisis.jornadaselp.com/textos/crisis-en-la-transferencia-freud-jung-sabina-spielrein/




    Su biógrafo, Karsten Alnaes, 
    rescata su dramática memoria íntima
    IGNACIO CARRIÓN OSLO 27 DIC 1996

    Karsten Alnaes, periodista e historiador noruego, desconocía la existencia de Sabina Spielrein hasta que su esposa, maestra de escuela en Oslo, leyó un artículo sobre la paciente y amante de C. G. Jung, víctima de plagio en alguna teoría psicoanalítica por parte de Sigmund Freud, y finalmente carne de cañón de los nazis, ya que, por pertenecer a una familia judía, la fusilaron con sus dos hijas frente a, la sinagoga de Rostov, en la antigua Unión Soviética. La biografía novelada de una personalidad extremadamente conflictiva e inusual estaba por hacer, pensó Karsten Alnaes. Y decidió que valía la pena intentarlo.

    Psicótica
    Karsten Alnaes estudió el diario íntimo y las cartas de Sabina Spielrein, hallados accidentalmente en el Instituto Rousseau de Ginebra por una mujer de la limpieza. Al parecer, Sabina los olvidó allí en un descuido de última hora, cuando ya había decidido regresar de la URSS, falsamente ilusionada con la idea de crear allí un centro especial para el tratamiento de niños mentalmente perturbados. En el Instituto Rousseau de Ginebra, Sabina Spielrein trabajó como psicoanalista, una vez que fue dada de alta por su terapeuta C. G. Jung y abandonada por éste en calidad de amante suyo.El historiador Alnaes visitó los lugares donde había vivido Sabina Spielrein y entrevistó a cuantas personas pudieran suministrarle información de primera mano acerca de ella. Una vez recopilado todo el material disponible, regresó a su casa de Oslo, lo ordenó pacientemente y comenzó a redactar el libro que daría por concluido al cabo de dos años.

    Pero cuando el autor ya había entregado su manuscrito a los editores tuvo conocimiento del hallazgo en archivos rusos de nuevos escritos de Sabina, sobre todo cartas, que completaban ciertas lagunas en su historial clínico producido durante su tratamiento psicoanalítico a cargo de C. G. Jung. Estos informes, por ejemplo, revelaban que de niña había sido víctima de palizas propinadas por sus padres (él, un distinguido comerciante; y ella, una dentista educada en Odessa), así como que Sabina, que se sentía incomprendida y estaba desesperada, amenazó a su familia con suicidarse en varias ocasiones. La violencia física la excitaba sexualmente hasta el punto de que cuando su padre la maltrataba ella sentía la urgencia de masturbarse.

    Estos y otros rasgos de la personalidad de Sabina intuidos por Alnaes en la novela confirmaban con los documentos lo certero que había sido su perfil biográfico. La imaginación del novelista había llenado perfectamente las lagunas del historiador. Todo esto se ha incluido oportunamente en la versión española del libro, a cargo de Ediciones Siruela, donde se ofrece un epílogo que completa y potencia el valor documental de la obra.

    Una profetisa

    "De todas formas, lo que deseo resaltar de mi trabajo", dijo Alnaes en la entrevista mantenida en su casa de Oslo, "es la imagen de Sabina Spielrein que me ha quedado fija en la mente después de escribir el libro, del que todavía no he conseguido liberarme. Es la imagen de la Sibila, de una profetisa, de lo que en los países nórdicos llamamos la volva, una persona elegida, excepcional, alguien que a través del destino de su pueblo y de su propio sufrimiento fue capaz de penetrar en el fondo del alma, en la profundidad del ser humano". Y, como es lógico, añade Karsten Alnaes, "una persona así jamás es aceptada en su tiempo, nadie la cree, es sistemáticamente rechazada por todos".Rechazada y explotada. Aunque Alnaes no se ensaña con los santones del psicoanálisis Freud y Jung, como otros autores menos imparciales que él podrían hacerlo, el lector queda perfectamente persuadido de la mala fe demostrada por ambos con Sabina, así como de la manipulación a que, por distintas razones, la sometieron. De ello da prueba la correspondencia entre uno y otro, donde la culpa de Jung (un analista no puede éticamente practicar el sexo con su paciente) encuentra en la absolución interesada de Freud el espaldarazo para el ascenso profesional que a ambos beneficiaba.

    En cuanto a la talla moral de Freud mismo, el libro de Alnaes -y sus palabras en esta entrevista- dejan poco espacio para la duda: "Freud se sentía escéptico ante la tesis de Sabina sobre un instinto de autodestrucción, siendo mérito de ella haberlo desvelado en los círculos psicoanalíticos que se limitaban a conceder importancia únicamente a la fuerza de la libido. Lo que hace Freud es copiar la tesis de Sabina Spielrein y simplificarla creando el instinto de muerte. Se limita a citar, en Más allá del principio de placer, a Sabina en una sola nota. Pero esto es algo que Freud acostumbraba a hacer. Tomaba cosas de otros. Las utilizaba, las falsificaba o las incorporaba en su obra".

    Según explica Alnaes, los freudianos noruegos no han rechazado su visión poco elogiosa de la figura de Freud. Nadie puede negar que en 1911 y en una de las reuniones de los miércoles en casa de Freud, en Viena, Sabina expuso la conexión existente entre el retorno a la materia de origen y el volver a nacer, y en la relación entre el elemento agresivo y destructor en lo erótico del comportamiento humano, algo que ella, por su experiencia personal, estaba mejor capacitada que otros para intuir.

    "Sabina aparece como una Casandra moderna que anticipa el destino, que vislumbra, cuando nadie lo vislumbra, el holocausto y la tragedia. Ella advierte a sus colegas de los peligros que todavía nadie ve", afirma Alnaes. Y por eso la considera también víctima y mártir del psicoanálisis.

    En la URSS


    El regreso de Sabina, como el de tantos otros intelectuales y artistas judíos, a la Unión Soviética, lo atribuye Alnaes a la fe que éstos depositaban en un futuro idílico que les garantizaba verse libres de persecuciones. "Sabina, que había publicado artículos, que había psicoanalizado a Jean Piaget, creyó que sus conocimientos debía ponerlos a disposición de la nueva URSS. Allí deseaba abrir una clínica para niños con trastornos psíquicos, como ella lo había sido, y confiaba en que el psicoanálisis recibiría, . si no un apoyo abierto, sí, al menos, una satisfactoria tolerancia oficial. Se equivocó. Lo que encontró fue la muerte".Estas páginas finales del libro (como las del comienzo, cuando la enfermedad avanza hacia ella) son las más conmovedoras. Karsten Alnaes reconstruye aquella procesión forzosa de judíos por las calles de Rostov. Es el año 1941. Sabina va con ellos, de la mano de sus dos hijas, hacia la sinagoga, donde encuentran armados a los nazis que habían vuelto a adueñarse de la ciudad. Los camiones que se llevaría a los ejecutados esperan con los motores en marcha. El oficial Fritz Neuman dio la señal. Todo fue rápido.

    http://elpais.com/diario/1996/12/27/cultura/851641209_850215.html




    Sabina Spielrein, la primera mujer que enriqueció la teoría psicoanalítica
    Sabina Spielrein, the first woman what enriched the psychoanalytic theorie


    Reyes Vallejo Orellana1, Antonio Sánchez-Barranco Ruiz
    1 Facultad de Psicología de la Universidad de Sevilla, Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación.


    RESUMEN
    Sabina Spielrein produjo un impacto en la doctrina psicoanalítica a través de una interesante teoría de la represión que ponía en primer plano la tendencia a la destructividad que subyace en el ser humano, que Freud estimó como un antecedente de la pulsión de muerte. Además fue una fuente de inspiración para algunas de las ideas de Jung, como las de ánima y sombra, y para las teorías lingüísticas de Piaget.
    Palabras clave: Represión, pulsión de muerte, Freud, Jung, Piaget.

    ABSTRACT
    Sabina Spielrein had a great impact on psychoanalytic doctrine with an interesting repression theory that outstanded the role of destructiveness impulse that underlies within the human being, what Freud stimated as a antecedent of death's drive. Furthermore, she was a source of inspiration for some Jung's ideas, like anima and shadow, as well as for Piaget's linguistic theories.
    Key words: Repression, Death's drive, Freud, Jung, Piaget.


    Introducción
    La primera referencia a la presencia de mujeres en los grupos psicoanalíticos aparece en el I Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado el 27 de abril de 1908 en el hotel Bristol de Salzburgo. Allí estaba una doctora de Zúrich llamada Sophie Erismann, esposa de un conocido internista, así como Frieda Gross, de soltera Schloffer, mujer de Otto Gross (1877-1920), que había acudido para vigilarlo ya que su comportamiento suponía en muchas ocasiones un problema. Sophie desapareció del movimiento psicoanalítico tras el II Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado en Nuremberg en 1910, sin que dejara aportaciones de interés en la literatura especializada y Frieda también pasó pronto al anonimato. En las Actas de las reuniones de los miércoles que inicialmente se celebraban en la consulta de Freud, consta que el 6 de abril de 1910 Paul Federn presentó como candidata a miembro de la Asociación Psicoanalítica a la doctora Margarethe Hilferding (1871-1942), propuesta que fue aceptada el día 27 del citado mes de abril con tres votos en contra. Margarethe (de soltera Honigsberg) había nacido en Viena, donde se doctoró en medicina, era de ideología social-demócrata y seguidora de Adler, por lo que abandonó el grupo freudiano cuando aquél formó su asociación independiente.
    También han de destacarse como nombres importantes de los primeros tiempos psicoanalíticos a Emma Eckstein (1865-1924), ex-paciente de Freud y protagonista central del sueño paradigmático la inyección de IrmaEsta mujer en 1897 trataba pacientes psicoanalíticamente, aunque nunca formó parte de las instituciones oficiales. Por otro lado está nuestra Sabina Nicolaievna Spielrein (1885-1941), miembro de la Asociación Psicoanalítica de Viena desde el 11 de octubre de 1911, justamente el mismo día que Margarethe Hilferding renunció a la membresía.
    Otras mujeres pioneras del movimiento psicoanalítico fueron la doctora Tatiana Rosenthal (1885-1921), una psiquiatra rusa formada en Zúrich, que se suicidó con 36 años, que fue miembro de la Asociación de Viena desde 1911. Poco tiempo después se trasladó a su ciudad natal, San Petersburgo, trabajando a partir de 1919 bajo la dirección de Vladímir Béjterev (1857-1927) en el Instituto de Investigaciones sobre Patología Cerebral, dirigiendo la sección de neurosis y psicosis infantiles y posteriormente en una clínica para niños minusválidos. De ella partió la idea del Hogar-Laboratorio para chicos que dirigió Vera Schmidt (1889-1937).
    Igualmente merecen un lugar en el recuerdo Lou Andreas-Salomé (1861-1937), que asistió a las reuniones de los miércoles desde octubre de 1912 hasta abril del siguiente año y Hermine Hug-Hellmuth (1871-1924) que fue miembro de la Asociación Psicoanalítica de Viena desde octubre de 1913 hasta su muerte en 1924. Finalmente, en las Actas de las reuniones de los miércoles figuran referencias a otras mujeres, generalmente como invitadas, tales como la señora de Ernst Oppenheim (un profesor de lenguas clásicas y miembro de la Asociación Psicoanalítica de Viena), la cual asistió a algunas reuniones en octubre y diciembre de 1910, la mujer del doctor Stegmann (uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica de Berlín), la cual acudió a algunas sesiones en noviembre y diciembre de 1911, la señora de Hans Sachs, cuyo nombre está registrado en sesiones de 1912, 1913 y de años sucesivos, así como otras mujeres menos relevantes. Con posterioridad, ya comenzarán a ser conocidas las psicoanalistas de la segunda generación, como Erzsebet Radó-Revesz (1887-1923), Helene Deutsch (1884-1982), Beata (Tola) Rank (1896-1967), Anna Freud (1895-1982), Eugénie Sokolnicka (1884-1934), Karen Horney (1885-1952), Melanie Klein (1882-1960), Sophie Morgenstern (1875-1940), Marie Bonaparte (1882-1962) y Ruth Mack-Brunswick (1897-1946). Eran, en su mayor parte mujeres centroeuropeas que tuvieron que sufrir y tratar de superar el ambiente conservador que las empujaba hacia tres únicas funciones, esposa, madre y ama de casa, y, en algún caso, a hija destinada a cuidar a los padres en la vejez. Todas ellas deben ser estimadas no sólo como pioneras del psicoanálisis, sino también como las primeras abanderadas del feminismo constructivo (1, 2).

    Cartas secretas en el Palacio Wilson de Ginebra: el hallazgo de una mujer olvidada
    En 1977 se encontró por azar en el sótano del Palacio Wilson de Ginebra una caja con documentos personales de Sabina Spielrein, una rusa que había estado por última vez en esta ciudad suiza en 1923 ocupando un puesto como docente de psicoanálisis en el Instituto Rousseau, que tenía entonces su sede en este edificio. Cuando tuvo lugar el descubrimiento de tales documentos personales se sabía bastante poco de Sabina, a pesar de haber sido una de las primeras mujeres que perteneció a la Asociación Psicoanalítica de Viena. Se conocía si acaso que había sido paciente y discípula de Carl Gustav Jung y que Freud la había citado a pie de página en Más allá del principio de placer, refiriendo un trabajo suyo que consideraba como un antecedente del concepto de pulsión de muerte (3).
    A mitad de la década de los setenta, tras la publicación de la Correspondencia Freud-Jung (4), se pudo ampliar lo que hasta entonces sabíamos de Sabina, pues Jung en las cartas que envió a Freud le hace varios comentarios de ella como caso clínico y como responsable de determinados conflictos personales. Todos esos datos se enriquecieron el año siguiente, tras de ver la luz el cuarto tomo de Minutes of the Viena Psychoanalytic Society (5), aunque ya en el tomo tercero consta la participación de Sabina en varias sesiones en la Asociación Psicoanalítica vienesa entre el 11 de octubre de 1911, fecha en que fue propuesta como miembro de dicho grupo profesional, hasta el 27 de marzo de 1912, que es su última asistencia registrada (6).
    Sabina Spielrein era una psicoanalista de orientación junguiana, como señala Aldo Carotenuto, quien en 1977 habló de ella en Sentido y contenido de la psicología analítica (7), donde refiere la influencia que tuvo sobre algunas de las principales ideas de Jung, especialmente en los conceptos de ánima y sombra. Según refiere en otro lugar el propio Carotenuto (8), en octubre de 1977 su colega y amigo Carlo Trombetta contactó con el profesor George Morsier de Ginebra, responsable del hallazgo de la caja de documentos de Sabina en el Palacio Wilson, los cuales remitió a Carotenuto. Basándose en este material, Carotenuto y Trombetta editaron en 1980 Diario de una secreta simetría. Sabina Spielrein entre Jung y Freud (8). Poco después se descubrieron más documentos en el archivo personal de la familia del psicólogo Edouard Claparède y en el archivo de Morsier, con cuya nueva información apareció en una reedición de la anterior obra en 1983 (9).
    En 1988 Mireille Cifali nos enriquecerá el conocimiento de Sabina con un artículo titulado Una mujer en el psicoanálisis (10) y en 1990 Christine Brinkgreve, Annet Mooij y Adeline van Waning publican el artículo Hermine Hug-Hellmuth y Sabina Spielrein: ignoradas pioneras del psicoanálisis (11) y tres años después John Kerr edita La historia secreta del psicoanálisis (12), donde se tiene en cuenta toda la documentación citada para ir dando una interesante visión de los avatares del movimiento psicoanalítico en sus primeros años, resaltando el papel que en todo ello tuvo Sabina, especialmente en las conflictivas relaciones entre Freud y Jung. En 1992 aparece en inglésLas mujeres de Freud de Lisa Appignanesi y John Forrester, donde hay un extenso capítulo dedicado a Sabina y Loë Kanh, que fue esposa de Ernst Jones y paciente de Freud (13). En 1994 Bernhard Minder da a la luz el artículoSabina Spielrein, paciente de Jung (14) y el año siguiente se edita en francés Histoire de la psychanalyse en Russie, que había escrito en ruso Alexandre Etkind (15), donde hay un extenso capítulo dedicado a Spielrein. Por fin, en 1996, aparece en nuestro país la novela biográfica de Alnaes intitulada Sabina (16), que aportó algunas novedosas informaciones, aunque debe subrayarse que se trata de una construcción novelada sin el rigor de los trabajos históricos. El mismo defecto suelen tener, salvo excepciones, la mayor parte de trabajos que están apareciendo en Internet.

    Una rusa judía en Burghölzli: ¿una curación por amor?
    Sabina Nicolaievna Spielrein (1885-1941) nació en la ciudad rusa de Róstov sobre el Don (Rusia) en 1885 (hay otras referencias que dan 1886), en el seno de una familia judía y cosmopolita que pasaba sus vacaciones en San Petersburgo, en París, en las orillas del lago Constanza de Suiza y en otros lugares de élite. Tenía cuatro hermanos menores, tres varones y una chica, Isaak (1891-1935?), Jean, Emile (que murió de tifus a los 6 años) y Emil, el primero de los cuales fue un reconocido psicólogo, que llegó a ser director en 1923 de la sección psicotécnica del Instituto de Filosofía Científica y Laboratorio de Psicotecnia Industrial del Comisariado del Pueblo en el Trabajo y en 1928 redactor de la revista Psicotécnica y Psicofisiología del Trabajo, así como presidente de la Sociedad de Psicotécnica de Rusia. En enero de 1935 fue acusado de trotskismo, siendo arrestado y posiblemente fusilado (15).
    El padre de Sabina, Nikólai Spielrein, era un hombre de negocios, representante de una importante sociedad mercantil europea y que al parecer tenía un carácter colérico, por lo que con frecuencia pegaba a sus hijos. Eva, la madre, era una licenciada universitaria que ejerció como odontóloga cuando sus hijos eran pequeños. Se ha escrito que educó a Sabina, la mayor de los cinco descendientes, en la más absoluta ignorancia sexual, llegando incluso a conseguir que se modificase el contenido curricular del Gymnasium de Róstov a donde acudía Sabina, para que no tuviera que estudiar la reproducción de los organismos durante las clases de biología.
    Sabina manifestó desde su infancia una imaginación desbordante, sufriendo mucho a causa de una especie de alucinación visual en la que veía dos gatos amenazantes sentados en una cómoda, lo que abocó en manifestaciones de angustia nocturna y fobias a los animales. Poco después, alrededor de los cuatro años, comenzó con una sintomatología consistente en retener sus heces, incluso durante dos semanas, tomando el hábito de sentarse sobre sus talones para impedir la defecación y conseguir así una placentera excitación sexual. A los siete años esta práctica la cambió por una masturbación genital compulsiva, manifestando también ideas obsesivas escatológicas cuando comía. Ya a los dieciocho años su estado clínico empeoró, apareciendo crisis depresivas, así como risas y gritos impulsivos, lo que hizo que sus padres la ingresaran en el hospital cantonal de Zúrich, más conocido como Burghölzli, en donde estuvo desde el 17 de agosto de 1904 hasta el 1 de junio de 1905. Con anterioridad Sabina había estado ingresada en dos clínicas privadas de Suiza, siendo tratada por el doctor Heller y el doctor Monakow respectivamente (16). Cuando ingresó en Burghölzli tenía 19 años, siendo diagnosticada por Jung de una grave histeria (aunque en su historia clínica que aún se conserva consta un primer diagnóstico de demencia precoz), iniciando con él una especie de tratamiento psicoanalítico a lo largo de unos tres meses, terapia cargada de sugestiones y otros ingredientes ajenos a lo que hoy entendemos por psicoanálisis. Aun con todo esto, Sabina era una chica que se había beneficiado de la apertura liberal zarista de su época, lo que le permitió realizar los estudios de bachillerato, oportunidad poco frecuente para las jóvenes de entonces, habiendo sido una alumna excelente que incluso llevó a cabo eruditos trabajos sobre historia de la religión (16).
    Según consta en la historia clínica del hospital zuriqués, Sabina era una muchacha correcta y educada, aunque por su origen ruso y por su etnia judía se la consideraba como una persona exótica. En lo que toca a su psicopatología, Jung en una conferencia que dictó en Amsterdam en 1907 bajo el título La teoría freudiana de la histeria (17), comentó que la paciente había aquejado a partir de los 13 años fantasías de carácter perverso que la acosaban de forma obsesiva, como, por ejemplo, el no poder sentarse en la mesa para comer o ver a alguien alimentándose, particularmente a su padre, sin pensar en la defecación. Tampoco era capaz de mirar o tocar las manos de su progenitor sin experimentar excitación sexual, y, si le reñían por cualquier motivo, reaccionaba sacando compulsivamente la lengua o dando una fuerte carcajada. Además, inesperadamente emitía gritos de horror y gestos de asco, lo que se acompañaba de la visión de la mano castigadora de su padre combinada con excitación sexual, imágenes que abocaban en una masturbación mal disimulada. En el momento de su ingreso en el hospital, su estado clínico se caracterizaba por profundas depresiones que alternaban con accesos de risas, llantos y gritos, así como los referidos gestos de sacar la lengua cuando era tocada, dando en esos momentos la impresión de estar a punto de echarse a reír (17).
    Cuando Sabina empezó a ser tratada, Jung y Riklin estaban interesados en los experimentos de asociación verbal y ambos se iniciaban en la terapia psicoanalítica, habiendo sido ella la primera paciente que Jung abordó con tal modelo de intervención a lo largo de unos tres meses (12, 13). En cuanto Sabina empezó a restablecerse, dados sus intereses vocacionales, se integró como ayudante voluntaria en los experimentos de Jung y Riklin, matriculándose en la licenciatura de medicina en 1905 en la Universidad de Zúrich, unos meses antes de ser dada de alta, lo que tuvo lugar el 1 de junio de ese año.
    Poco a poco se fue fortaleciendo la relación personal entre Sabina y Carl Gustav, hasta llegar a ser algo más que una mera amistad, existiendo abundantes referencias a variados intercambios erótico-sexuales entre ambos (8, 9). En enero de 1909, la mujer de Jung con el fin de tratar de dar fin a estos amores extraconyugales, escribió en forma anónima a la madre de Sabina, relatándole lo que sucedía. Ante esto, la señora Spielrein remitió una indignada carta a Jung indicándole que no debía destruir a su hija después de haberla salvado. Jung le respondió de forma cínica y fría, echándole en cara que no cobraba honorarios en los encuentros con Sabina, lo que impedía el establecimiento de los límites propios de una relación profesional. Por tales motivos, el 26 de febrero de 1909 tuvo lugar un borrascoso encuentro entre Jung y Spielrein, que acabó con un ataque físico de ésta a aquél con un abrecartas que estaba en el escritorio, para salir después huyendo despavorida del consultorio (12). Tras haber transcurrido algunos días Jung le escribió a Freud manifestándole entre otras cosas que su primer paciente psicoanalítico lo había traicionado, poniendo en marcha un terrible escándalo, exclusivamente por haber renunciado a darle un hijo (12). Freud, en su respuesta, no hizo referencias explícitas al tema, comentando de pasada que ser difamados era un precio a pagar en el oficio psicoanalítico, aunque no por ello había que renunciar a seguir con la tarea.
    En lo que toca a Sabina, estaba indignada por el curso de los acontecimientos, como se evidencia en los borradores de las cartas que escribió en junio de 1909 (8, 9). Algo antes, el 30 de mayo, se había dirigido a Freud solicitándole una breve entrevista (12), carta que llegó el 3 de junio, remitiéndosela Freud a Jung el mismo día, a la par que le cuestionaba si sabía algo de la persona que firmaba o si tenía alguna opinión al respecto y rogándole que le pusiera un telegrama, que no ha sido encontrado. El día siguiente Freud le escribió a Sabina para que le informara sobre el motivo concreto de su demanda de cita y Jung por su parte mandó el mismo día un telegrama a Freud indicándole que quien le solicitaba la cita era la misma persona de la que ya le había escrito con anterioridad, su primer caso psicoanalítico, señalando que tenía hacia ella especial consideración y afecto (4). La contestación de Freud el 7 de junio se centró en un comentario con relación a que tales experiencias también le habían sucedido a él y que ayudaban a endurecer la piel para poder controlar la contratransferencia (siendo ésta una de las primeras referencias a este concepto), poniendo la última responsabilidad de los hechos en las pacientes histéricas, señalando que estas mujeres pueden sacar a relucir, como encantos, todas las perfecciones psíquicas imaginables, hasta que han logrado su objetivo (4). En cuanto al contenido de la nueva misiva que Freud remitió a Sabina el 8 de junio de 1909, tras conocer ya el asunto con cierta profundidad, era un claro intento de justificar y proteger a Jung, recomendándole a la chica que reprimiera todas esas vivencias (8). En su respuesta del 10 de junio, Sabina le comentó a Freud que la represión no era un buen camino, pues se quedaría sin la posibilidad de amar a otro hombre, optando por enfrentarse a Jung y ponerle ciertas condiciones para dar fin al asunto, como reparar su reputación ante sus padres y ante Freud, lo que Jung llevó finalmente a cabo, lamentando la bellaqueríaque había cometido con la señora Spielrein y admitiendo su parte de responsabilidad en el affaire, aunque sin mencionar que hubieran tenido lugar entre ellos relaciones genuínamente sexuales. Sin embargo, en el diario personal que por entonces escribía Sabina, aparece constantemente la palabra poesía como sinónimo de los encuentros sexuales que tenía con él (12).

    Discípula de Freud: una nueva teoría de la represión
    A finales de agosto de 1910, transcurridos ya cinco meses del Congreso Psicoanalítico de Nuremberg, Sabina dio un paso definitivo en su vida personal y profesional: tomó la decisión de trasladarse a Viena para seguir su formación con Freud, con lo que además se alejaba de Jung. Poco antes había dado los toques finales a su tesis de doctorado, que dirigía Eugen Bleuler, en la que había llevado a cabo una investigación de carácter psicoanalítico sobre la demencia precoz (esquizofrenia) crónica, titulada Sobre el contenido psicológico de un caso de demencia precoz, que fue editada por el Jahrbuch en 1911 (18). Presentó este trabajo el 11 de febrero de ese año, un mes después de haber superado los exámenes finales de la licenciatura de medicina, en donde obtuvo matrícula de honor en psiquiatría, dando fin a sus estudios oficiales en el mes de junio de 1911.
    La tesis consistía en el estudio clínico de una paciente esquizofrénica, hostil y deteriorada, que sólo estaba preocupada por la muerte y la decadencia, aunque era incapaz de coordinar verbalmente la mayor parte de sus pensamientos. Sabina fue descifrando pacientemente los contenidos psicológicos de sus diferentes delirios, llegando a la conclusión de que en éstos podía verse la participación de dos ingredientes antagónicos en el deseo sexual, un elemento disgregador y por tanto destructivo, y un elemento constructivo que llamó componente de transformación, algo cercano a lo que Freud bautizaría después como sublimación. En estas ideas algunos han situado la semilla de la pulsión de muerte, aunque realmente se trata de los inicios de una elegante teoría de la represión, que Spielrein desarrollaría más profundamente en un trabajo ulterior.
    El miércoles 29 de noviembre de 1911, tras haber sido aceptada como miembro de la Asociación Psicoanalítica de Viena, Sabina es recibida por Freud para discutir el contenido de su tesis, en la que aquélla defendía que los conflictos fundamentales que tienen lugar en la mente humana no son el enfrentamiento entre las pulsiones del yo y las pulsiones sexuales, sino, como antes se ha insinuado, entre la vida y la muerte, de modo que la tendencia destructiva humana ha de luchar contra la misma sexualidad: el núcleo de su trabajo es que la destructividad es la última causa de la vida.
    Cuando Spielrein elaboró esta teoría tenía sin duda en la mente las ideas de Élie Metchnikoff, un ruso expatriado en Francia que llegó a ser director del Instituto Pasteur de París y premio Nobel de medicina en 1907, quien en su obra El ritmo de la vida, editada en 1903, había especulado sobre la existencia en el ser humano de un deseo de morir, que se pondría en evidencia al final de una larga vida (12). Spielrein puso este deseo de muerte en relación con un aspecto destructivo de la pulsión sexual: la sexualidad sería intrínsecamente ambivalente respecto al yo, pues busca la disolución de éste para producir la vida (12). Esta teoría de Spielrein sobre la destrucción, el sacrificio y la transformación tenía también una indudable deuda con Nietzsche y Wagner.
    Entendemos, en todo caso, que lo importante a destacar es que tal teoría, que cuajaría un año después, ha de estimarse como una novedosa explicación de la represión y no como una demostración de la existencia de la pulsión de muerte. Tales ideas se consolidaron tras pasar Spielrein un semestre en Múnich, donde asistió a clases de historia del arte durante la primavera de 1911, regresando a Viena en agosto: la coexistencia de la destructividad y la sexualidad en los humanos daría cuenta de por qué la represión actúa específicamente contra los deseos sexuales. Todo ello aparecería bien organizado en el trabajo La destrucción como causa del nacimientoque se publicará por primera vez en 1912 (19) y del que Freud dijo que no había terminado de comprender (3).
    Para Spielrein, el misterio de la específica actuación de la represión sobre los deseos sexuales individuales, y no respecto a otros deseos, residía en su original concepción de la sexualidad, que superaba el enfoque freudiano, centrado en el enfrentamiento de las pulsiones sexuales con las pulsiones de autoconservación, en el placer/displacer por medio de la descarga y en la represión como una consecuencia de la naturaleza prohibida de la pulsión libidinal, fundamentalmente por el objeto hacia el que se dirige. Sin embargo, al modo de ver de Spielrein, habría una pulsión de conservación del individuo y otra de la especie, defendiendo paralelamente la existencia de dos estructuras psíquicas, el yo y el inconsciente, funcionando el yo gracias a la energía aportada por la pulsión de autoconservación, siendo su máximo objetivo mantener indemne la propia individualidad, rechazando todo aquello que pudiera imponerle un cambio no deseado. En cuanto al inconsciente, sería más bien colectivo que individual, procediendo su energía de la pulsión de conservación de la especie, esto es, de la sexualidad, persiguiendo el mantenimiento de la especie por encima del individuo, por lo que actuaría en contra del yo, por lo que éste viviría como una amenaza la presencia del deseo sexual. De aquí que el yo siempre respondiera con una actitud de represión ante la activación del deseo sexual, mostrando en la mente imágenes de destrucción y muerte, las cuales representarían las protestas de dicho yo ante la amenaza de su disolución, radicando en ello la última fuente de la represión de los deseos sexuales. No se trata exactamente, por tanto, de lo que en 1920 Freud delimitaría como pulsión de muerte, como señala en la antes referida nota a pie de página de una de sus obras (3).
    El 20 y 21 de septiembre de 1911 se celebró en Weimar el III Congreso Internacional de Psicoanálisis, al que, entre otras mujeres, asistieron Lou Andreas-Salomé. Al evento también iba a acudir Sabina, pero finalmente no pudo hacerlo a causa de una inflamación de un tobillo, aunque suponemos que ello no era sino una excusa, siendo la causa real el no encontrarse con Toni Wolff, la nueva discípula y el nuevo amor de Jung, el cual también iba acompañado de Emma, su mujer. Tras la celebración del citado congreso, fue cuando Sabina trató de contactar con Freud, para lo que pidió a Jung una carta de presentación, que éste no consideró necesaria, puesto que ya le había hablado de ella con anterioridad (12).
    El 11 de octubre de 1911 tenía lugar la primera reunión del nuevo curso de la Asociación Psicoanalítica de Viena, que, como era costumbre en la primera sesión, se celebró en el café Arkaden. Adler y algunos de sus seguidores ya habían abandonado el grupo freudiano, aunque aún asistían, entre otros, Wilhelm Stekel y Margarethe Hilferding. Curiosamente el mismo día en que Sabina presentaba su petición para ser miembro de la Asociación Psicoanalítica de Viena, dimitía la referida Margarethe que se unió a la Sociedad para el Psicoanálisis Libre liderada por Alfred Adler desde el mes de junio anterior (6).
    Sabina fue aceptada por unanimidad, en contra de las maniobras de Isidor Sadger, que pensaba que las mujeres no debían formar parte de la Asociación, acudiendo durante todo el curso de forma regular a las reuniones de los miércoles que ya no tenían lugar en la consulta de Freud, sino en la sede del Colegio de Doctores de Viena. Según consta en los Minutes (5, 6), Sabina intervino por vez primera en la sesión del 8 de noviembre de 1911, dando su opinión en el debate que se abrió en relación con una comunicación presentada por Stekel y Reinhold tituladaSobre la pretendida atemporalidad del inconsciente, estando presentes Dattner, Federn, Freud, Friedjung, Heller, Hitschmann, Jekels, Nepallek, Rank, Reitler, Rosenstein, Sachs, Sadger, Steiner, Stekel y Tausk, y, como invitado, un tal Krauss (6). Sabina empezó diciendo que ella sólo podía ver las cosas según el punto de vista de su escuela, haciendo referencia a Jung, señalando el origen filogenético de los contenidos del inconsciente para justificar su atemporalidad. Federn y Tausk acogieron bien esta aportación, pero Freud atacó la tesis de la influencia filogenética, sin duda como expresión del desacuerdo con Jung, aunque comentó de forma favorable la puesta en primer plano del rasgo desconocedor del tiempo del inconsciente, dado que ello completaba el retrato del mismo como sistema.
    En la reunión del 15 de noviembre de 1911, Reik presentó la comunicación titulada Sobre la muerte y sobre la sexualidad, aprovechando Spielrein el debate para presentar algunas de sus ideas sobre La destrucción como causa del nacimiento, que discutiría con más detalle en la siguiente sesión del 29 de noviembre. Entonces se puso en marcha un confuso debate con críticas y contracríticas, manifestando el lúcido Viktor Tausk que consideraba muy valiosa la idea central de Spielrein acerca de que la represión de la sexualidad procedía de su componente destructivo, pues ello fundamentaba una nueva y más profunda teoría de la represión. Lo más sorpresivo fue la intervención de Freud, que planteó una crítica directa a la utilización por parte de Jung del material mitológico para tratar de solucionar las cuestiones psicoanalíticas, comentando también de pasada que Spielrein había tratado de fundamentar la teoría de las pulsiones con proposiciones biológicas y no psicológicas. Desde la perspectiva de Sabina aquella reunión debió ser muy decepcionante, pues no sólo había fracasado en el intento de dar a conocer sus nuevas ideas, sino que también se había percatado de que su mentor, Jung, no tenía buena acogida entre los vieneses. Y es que ella desconocía que entre Freud y Jung se estaba planteando un enfrentamiento personal, aunque encubierto en razones aparentemente teóricas, que la mujer de éste había estado tratando de evitar limando asperezas (12).
    El 30 de noviembre de 1911, Freud escribió a Jung comentándole su postura en la sesión del día anterior en la Asociación Psicoanalítica de Viena, describiéndole entre otras cosas las objeciones que había puesto a Sabina, además de criticarle a él su progresivo alejamiento de la teoría libidinal. Jung, en efecto, estaba por entonces asimilando la libido a cualquier tipo de deseo a través de una concepción genética, en donde lo energético vital primaba sobre lo estrictamente sexual. Tal desexualización de la libido no podía ser asumida por Freud, pues rompía todo su edificio teórico.
    A finales de diciembre de 1911, Sabina pasó dos semanas de vacaciones en su ciudad natal, en cuya universidad dictó una conferencia sobre psicología infantil. A su vuelta a Viena, empezó a hacerse cargo en 1912 de sus dos primeros pacientes remitidos por Freud y a los que no cobraba (13). Por entonces también redactó el ensayoContribuciones a la comprensión del alma de un niño (20), primera muestra del interés de Spielrein por el campo de la psicología infantil.
    El 27 de marzo de 1912, Tausk dio una conferencia en la Asociación Psicoanalítica de Viena con el título La sexualidad y el yo, donde había claras muestras de la aceptación de la teoría de Spielrein sobre el componente destructivo que portaba la sexualidad, estableciendo que tal elemento tendría una naturaleza sádica en el hombre y masoquista en la mujer, añadiendo que toda emoción fuerte, según ideas de Klages, tenía como propiedad un peligro de disolución para el yo. Sabina intervino manifestando que el problema del sado-masoquismo expuesto por Tausk era idéntico al de sus ideas sobre el componente destructivo de la sexualidad, lo que fue corroborado por Freud (5).

    Estancia en Berlín: un casamiento de conveniencia
    En torno a la tercera semana de abril de 1912, Sabina se traslada a Berlín, probablemente buscando un ambiente más favorable que el vienés para desarrollar sus ideas. Allí conocerá a Paul Scheftel, un atractivo médico judío de personalidad algo difícil, 21 años mayor que ella, con el que se casará el 14 de junio de ese año, aunque sin duda aún seguía enamorada de Jung. En el curso de este año Sabina desaparece de la correspondencia entre Freud y Jung, aunque ella siguió carteándose con ambos, constando documental-mente que la última carta que Freud le dirigió fue el 9 de febrero de 1923, en la que la anima para instalarse en Moscú, rogándole que, cuando esté allí indique su domicilio en el encabezamiento de la carta, cosa, dice Freud, que demasiadas pocas mujeres hacen.
    En una carta muy anterior, fechada el 20 de agosto de 1912, Freud la había felicitado, diciéndole que ya estaba medio curada de su ligazón neurótica con Jung, aunque aún restase la otra mitad, recordándole si todavía desea combatir al tirano por medio de un análisis con él (8). Poco después, en otoño de 1912, Sabina se inscribe en la Asociación Psicoanalítica de Berlín, pero enseguida se percató de que no congeniaba con Karl Abraham, el principal líder del grupo, aunque siguió su trabajo en Alemania.
    El 20 de enero de 1913, Freud le comenta a Sabina en una carta que la amistad de él con Jung se había roto definitivamente, comunicándole también que próximamente iba a salir una crítica de Paul Federn acerca de su trabajo sobre la destrucción como causa del nacimiento, recomendándole que la leyera con benevolencia. En tal reseña, Federn caricaturizó la argumentación de Spielrein, dando la impresión de que ésta lo único que intentaba probar era que la participación de la destructividad era indispensable en la sexualidad, atacando además su método de trabajo, dado que intentaba dar cuenta de formaciones psíquicas aparecidas tardíamente recurriendo a causas muy lejanas, ignorando los determinantes más inmediatos, lo que recordaba a la forma de actuar de los pensadores místicos, admitiendo en todo caso que su contribución era interesante (8). Leyendo esta crítica entre líneas, hay un ataque a las ideas de Jung más que a las de Spielrein.
    A mediados de 1913 Sabina estaba a punto de tener su primera hija, a la que llamaría Renata, y, así mismo, su productividad intelectual era notable, como la confirma la publicación de cinco ensayos cortos: Amor materno (21),Autosatisfacción en el simbolismo del pie (22), El sueño del Padre Freudenreich (23), El soñar inconsciente en el duelo de Kuprins (24) y La suegra (25), que se editaron en Imago, en Zentralblatt y en Internationale Zeitschrift. Pero aún con ello Sabina no terminaba de encontrar su lugar en el psicoanálisis, por lo que decidió regresar a Suiza y emprender un nuevo camino al margen del mismo, comprometiéndose en tareas puramente médicas y en componer música (13). Sin embargo, por estos años redactó cinco trabajos sin mucha inspiración: El nombre olvidado (26), Simbolismo animal y fobia en un niño (27) y Dos sueños sobre la menstruación (28) en 1914; Una decisión judicial inconsciente (29) en 1915; y Las manifestaciones del complejo de Edipo en edad infantil (30) en 1916.
    Una vez finalizada la guerra, Sabina reanuda sus compromisos con el psicoanálisis, editando nuevos trabajos y reintegrándose a la Asociación Psicoanalítica de Viena en 1919, año en el que publica una crítica sobre la literatura psicoanalítica rusa, Literatura rusa (31), y en el siguiente cinco artículos titulados El sentimiento del pudor en los niños (32), Sobre el problema del origen y desarrollo del lenguaje articulado (33), que había presentado en el Congreso de La Haya, abriendo una línea de investigación que sería muy productiva para Piaget, La mujer débil(34), Erotismo oral reprimido (35) y La teoría de la pequeña Renata sobre el nacimiento del hombre (36), los cuales aparecieron en la prestigiosa Internationale Zeitschrift für ärztliche Psychoanalyse.

    Ginebra: una embajadora de Freud que fracasa
    Tras detenerse unos días en Zúrich para saludar a Bleuler y a Jung, Sabina viajó a Mónaco y luego a Lausana, donde entró a trabajar como médico en una clínica quirúrgica, dejando prácticamente de lado el psicoanálisis. Incluso, tras un sueño en el que se veía como artista, se dirigió al conservatorio de la ciudad para formarse en música. Tenía entonces 35 años y su hija 7 y no acababa de centrarse profesionalmente. En otoño de 1920, resurge en la documentación psicoanalítica con ocasión del VI Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado en La Haya desde el 8 al 11 de septiembre, donde presenta la comunicación antes referida Sobre el problema del origen y desarrollo del lenguaje articulado (33), que reaparecerá en 1922 con el título El origen de las palabras infantiles papá y mamá (37), significando un acercamiento del psicoanálisis a la psicología académica. Aquí plantea Spielrein que las primeras palabras que pronuncia un niño, papá y mamá, están impregnadas de una cualidad mágica y del cumplimiento del deseo de mamar, siendo la expresión de la actuación del principio de placer, último origen de las manifestaciones comunicativas del ser humano. Este trabajo sería citado por Piaget incluso antes de ser publicado.
    Tras el Congreso de La Haya, Sabina se estableció en Ginebra, siendo nombrada profesora de psicoanálisis en el Instituto Rousseau, que había nacido de una fundación previa de carácter pedagógico creada en 1912 por Edouard Claparède, un sobrino de Théodore Flournoy, a la que estaban adscritos Pierre Bovet, Raymond de Saussure, Gustav Bally, Charles Odier y Jean Piaget, a los que Spielrein analizaría. El análisis didáctico del último de ellos se extendería durante ocho meses del año 1921, con sesiones diarias, siendo interrumpido porque a Piaget no le resultaba grata la experiencia de la transferencia (12), dado que se reeditaban asuntos relacionados con su excéntrica madre (13), habiendo afirmado en 1978 que Sabina le dijo que era impermeable a la teoría psicoanalítica, aunque él admitió que le había resultado extraordinario descubrir todos sus complejos (13). Alrededor del tiempo de dar fin a su análisis y ser nombrado director del Instituto Rousseau, presentó en el VII Congreso Psicoanalítico de La Haya, en 1922, la comunicación titulada El pensamiento simbólico y el pensamiento del niño, tema seguramente inspirado en las conversaciones que tuvo con Sabina. Años después, en La concepción infantil del mundo, se ilustraría con parte del contenido del artículo de Spielrein sobre su hija Renata (13).
    Spielrein acudió a Ginebra por recomendación y financiación del Comité secreto reunido en La Haya, con el fin de que ejerciera de analista didacta y de supervisora de los miembros del Instituto Rousseau interesados por el psicoanálisis, es decir, como una especie de embajadora de Freud. Pero lo cierto es que no terminó de triunfar, habiendo criticado Bovet (38) el papel que Spielrein hizo en Ginebra, calificándola de misionera y señalando que no consiguió hacer progresar el psicoanálisis tal como se proponía. A pesar de esta negativa opinión de Bovet, Sabina fue intelectualmente productiva, pues entre 1921 y 1923 redactó once artículos, uno de ellos en colaboración con Piaget titulado Algunas analogías entre el pensamiento del niño y el del afásico y el pensamiento subconsciente(39), en el que se trataba de mostrar que las tres formas de pensamiento son formas rudimentarias de un pensamiento adaptativo al entorno y no meros productos autísticos. Los restantes títulos fueron Análisis inmediato de una fobia infantil (40), El sueño de los timbres postales (41), el anteriormente citado El origen de las palabras infantiles papá y mamá (37), Suiza (42), Sueños y visiones de las estrellas fugaces (43), Las tres preguntas (44),El automóvil, símbolo de la potencia masculina (45), Un nuevo tipo de voyeur (46), Algunas breves consideraciones de la vida infantil (47) y El tiempo de la vida psíquica subliminal (48).
    En todo caso, es cierto que Sabina no fue bien acogida en Ginebra, por lo que decidió abandonar esta ciudad para dirigirse a Berlín y tantear si podía asentarse aquí, tomando parte del VII Congreso Internacional de Psicoanálisis que se celebró en esta ciudad en septiembre de 1922, donde presentó la comunicación antes citada El tiempo de la vida psíquica subliminal (48), en el que argumentaba que los pensamientos en desarrollo de los niños y la estructura de los sueños muestran instrumentos similares para representar el tiempo, como el futuro por medio de la acción repetida, el pasado por medio de metáforas especiales que indican lejanía del presente, etc. (13).

    Retorno a sus orígenes y oscuro final
    Freud dudaba si Sabina debía instalarse en Berlín o trasladarse a Moscú. Finalmente le recomendó esta ciudad, donde el Instituto Psicoanalítico estaba en un buen momento bajo la dirección de Moshe Wulff, contando entre sus miembros a Lev Vygotski y Alexander R. Luria, que actuaba como secretario. Cuando Sabina partió hacia Rusia llevaba en su bolso una carta de presentación de Freud y muchos libros. Su prestigio era indudable y ello le facilitó la integración en el grupo psicoanalítico moscovita, siendo nombrada inmediatamente miembro de la Asociación Psicoanalítica de Moscú, empezando a trabajar en el campo infantil donde las mujeres tenían mayor aceptación social y actuando también como docente en el Instituto adscrito a aquella Asociación. Estos años de gloria se tornarían un infierno cuando el régimen soviético dejó de ser proclive al freudismo, de lo que se percataron Vygotski y Luria que abandonaron el psicoanálisis antes de que se establecieran las purgas estalinistas y la prohibición explícita del psicoanálisis que fue tachado de ciencia burguesa, lo que aconteció en 1936, antes de lo cual había sido clausurada en noviembre de 1929 la Asociación Psicoanalítica de Moscú. Previamente a todo ello, Sabina traducirá al ruso Más allá del principio de placer (3) con un extenso prólogo de Vygotski y Luria y dos años después vería la luz en Imago su último trabajo conocido, Dibujos infantiles con los ojos cerrados y abiertos (49).
    A partir de tales fechas la historia de Sabina se cubre de nubarrones, hasta el punto de no poder precisarse la fecha de nacimiento de su segunda hija, Eva, que Kerr sitúa en 1919, Alnaes en torno a 1924 y Etkind en 1926, año que parece el más razonable. Se conoce, de todos modos, que en 1923 Sabina se había instalado en Moscú y un año o año y medio después en Róstov, su ciudad natal, donde trabajó como paidóloga en una escuela, aunque, tras la prohibición de esta actividad por el Comisariado del Pueblo en 1936, actuó como médico escolar a medio tiempo (15).
    Trascurridas unas décadas de silencio y gracias a la apertura política que se dio en Rusia en 1989, hemos sabido que Sabina y sus hijas fueron fusiladas en Róstov por soldados de la Wermacht a las órdenes del capitán Fritz Neumann delante de una sinagoga, y no por miembros de las SS de la Gestapo, según unos el 25 de noviembre de 1941 (13, 50), y, según otros, el 22 de julio de 1942, cuando los nazis volvieron a conquistar Róstov, situándose en este caso la muerte en el barranco del Madero de la Serpiente (15, 51), inclinándonos nosotros por aceptar la primera versión.
    El marido de Sabina, Paul (Pável) Scheftel, había fallecido en 1937 de una trombosis cerebral o de un infarto cardíaco, el mismo año en que murió Nikólai Spielrein en el Gulag. Diez años antes, Pável había abandonado a su esposa, existiendo el rumor de que regresó a mitad de la década de los veinte con una hija de otra mujer, que Sabina crio como propia Eva y de ella si le ocurría algo a una de tras la muerte de su esposo, rumor que Etkind ha confirmado en parte, en el sentido de verificar que tal hija existió 
    y se llamaba Nina, habiendo huido de la masacre junto a su verdadera madre, pero sin que hubiese vivido en ningún momento con Sabina, aunque Nina ha contado que ésta y su madre habían llegado al acuerdo de hacerse cargo de Eva y de ella si le ocurría algo a una de las dos (15). 
    En resumen, Sabina fue una mujer notable, que aportó ideas muy valiosas a la teoría freudiana y a la teoría lingüística, habiendo tenido una existencia conflictiva y finalmente trágica, mereciendo en todo caso un recuerdo respetuoso por sus interesantes aportaciones al psicoanálisis.

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    http://scielo.isciii.es/scielo.php?pid=S0211-57352003000100007&script=sci_arttext

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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