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    viernes, 3 de abril de 2015

    La condición humana, de André Malraux

    Personaje contradictorio, amante del oropel y los himnos, gran escritor, André Malraux vivió con inusitada fuerza el siglo xx. En 1996, a raíz de su ingreso al Panteón, se desató una cacería en su contra liderada por el pensamiento políticamente correcto. Este es un alegato a favor del aventurero parisino.
    Noviembre 2010 

    Cuando, en noviembre de 1996, el gobierno francés decidió trasladar al Panteón los restos de André Malraux, como contrapunto a los homenajes montados en su honor por el presidente Jacques Chirac y sus partidarios, una severísima reacción crítica de su obra tuvo lugar en Estados Unidos y en Europa. Una revisión que, en algunos casos, consistió en un linchamiento literario. Véase, como ejemplo, el feroz artículo en The New York Review of Books –barómetro de la corrección política intelectual en el mundo anglosajón– de una pluma tan respetable como la de Simon Leys. De creerles a él y otros críticos, Malraux fue un escritor sobrevalorado, mediocre novelista y ensayista lenguaraz y jactancioso, de estilo declamatorio, cuyas delirantes 
    afirmaciones históricofilosóficas en sus ensayos estéticos representaban un fuego de artificio, el ilusionismo de un charlatán.

    Discrepo de esa injusta, y, creo, prejuiciada visión de la obra de Malraux. Es verdad, había en él cierta predisposición a la palabrería de lujo –vicio congénito a la tradición literaria francesa–, y, a veces, en sus ensayos sobre el arte, incurrió en el efectismo retórico, la tramposa oscuridad (como muchos de sus colegas, por lo demás). Pero hay charlatanes y charlatanes. Malraux lo fue en la más alta acepción posible de ese lucimiento retórico, con una dosis tan potente de inteligencia y cultura que, a menudo, en su caso el vicio mudaba en virtud. Aun cuando no dijera nada la tumultuosa prosa que escribía, como ocurre en páginas de Las voces del silencio, lo decía con tanta belleza que ese vacío enredado en palabras resultaba subyugante. Pero si, como crítico, pecó a veces de palabrería, como novelista fue un modelo de eficacia y precisión. Entre sus novelas, figura una de las más admirables de este siglo: La condición humana (1933).
    Desde que la leí, de corrido, en una sola noche y, por un libro de Pierre de Boisdeffre, conocí algo de su autor, supe que la vida que hubiera querido tener era la de Malraux. Lo seguí pensando en los años sesenta, en Francia, cuando me tocó informar como periodista sobre los empeños, polémicas y discursos del Ministro de Asuntos Culturales de la Quinta República, y lo pienso cada vez que leo sus testimonios autobiográficos o las biografías que, luego de la de Jean Lacouture, han aparecido en los últimos años con nuevos datos sobre su vida, una vida tan fecunda y dramática como la de los grandes aventureros que fraguó.
    Soy también fetichista literario y de los escritores que admiro me encanta saberlo todo: lo que hicieron, lo que no hicieron, lo que les atribuyeron amigos y enemigos y lo que ellos mismos se inventaron, a fin de no defraudar a la posteridad. Estoy, pues, colmado con la fantástica efusión pública de revelaciones, infidencias, delaciones y chismografías que en estos momentos robustecen la ya riquísima mitología de André Malraux, quien, como si no hubiera bastado ser un sobresaliente escribidor, se las arregló, en sus 75 años de vida (19011976), para estar presente, a menudo en roles estelares, en los grandes acontecimientos de su siglo –la Revolución china, las luchas anticolonialistas de Asia, el movimiento antifascista europeo, la guerra de España, la resistencia contra el nazismo, la descolonización y reforma de Francia bajo De Gaulle– y dejar una marca en el rostro de su tiempo.
    Fue compañero de viaje de los comunistas y nacionalista ferviente; editor de pornografía clandestina; jugador a la Bolsa, donde se hizo rico y arruinó (dilapidando todo el dinero de su mujer) en el curso de pocos meses; saqueador de estatuas del templo de Banteal Sreï, en Camboya, por lo que fue condenado a tres años de cárcel (su precoz prestigio literario le ganó una amnistía); conspirador anticolonialista en Saigón; animador de revistas de vanguardia y promotor del expresionismo alemán, del cubismo y de todos los experimentos plásticos y poéticos de los años veinte y treinta; uno de los primeros analistas y teóricos del cine; testigo implicado en las huelgas revolucionarias de Cantón del año 1925; gestor y protagonista de una expedición (en un monomotor de juguete) a Arabia, en busca de la capital de la Reina de Saba; intelectual comprometido y figura descollante en todos los congresos y organizaciones de artistas y escritores europeos antifascistas en los años treinta; organizador de la escuadrilla España (que después se llamaría André Malraux) en defensa de la República, durante la Guerra Civil española; héroe de la Resistencia francesa y coronel de la Brigada AlsaciaLorena; colaborador político y ministro en todos los gobiernos del general De Gaulle, a quien, desde que lo conoció en agosto de 1945 hasta su muerte, profesó una admiración cuasi religiosa.
    Esta vida es tan intensa y múltiple como contradictoria, y de ella se pueden extraer materiales para defender los gustos e ideologías más enconadamente hostiles. Sobre lo que no cabe duda es que en ella se dio esa rarísima alianza entre pensamiento y acción, y en el grado más alto, pues quien participaba con tanto brío en las grandes hazañas y desgracias de su tiempo, era un ser dotado de lucidez y vigor creativo fuera de lo común, que le permitían tomar una distancia inteligente con la experiencia vivida y trasmutarla en reflexión crítica y vigorosas ficciones. Un puñado de escritores contemporáneos suyos estuvieron, también, como Malraux, metidos hasta el tuétano en la historia viviente: Orwell, Koestler, T.E. Lawrence. Los tres escribieron admirables ensayos sobre esa actualidad trágica que absorbieron en sus propias vidas hasta las heces; pero ninguno lo hizo, en la ficción, con el talento de Malraux. Todas sus novelas son excelentes, aunque a La esperanza le sobren páginas y a Los conquistadoresLa vía real y El tiempo del desprecio les falten. La condición humana es una obra maestra, digna de ser citada junto a las que escribieron Joyce, Proust, Faulkner, Thomas Mann o Kafka, como una de las más fulgurantes creaciones de nuestra época. Lo digo con la tranquila seguridad de quien la ha leído por lo menos media docena de veces, sintiendo, cada vez, el mismo estremecimiento agónico del terrorista Tchen antes de clavar el cuchillo en su víctima dormida y lágrimas en los ojos por el gesto de grandeza final de Katow, cuando cede su pastilla de cianuro a los dos jóvenes chinos condenados, como él, por los torturadores del Kuomintang, a ser quemados vivos. Todo es, en ese libro, perfecto: la historia épica, sazonada de toques románticos; el contraste entre la aventura personal y el debate ideológico colectivo; las psicologías y culturas enfrentadas de los personajes y las payasadas del barón de Clappique, que pespuntan de extravagancia y absurdo –es decir, de imprevisibilidad y libertad–, una vida que, de otro modo, podría parecer excesivamente lógica; pero, sobre todo, la eficacia de la prosa sincopada, reducida a un mínimo esencial, que obliga al lector a ejercitar su fantasía todo el tiempo para llenar los espacios apenas sugeridos en los diálogos y descripciones.
    La condición humana está basada en una revolución real, que tuvo lugar en 1927, en Shanghái, del Partido Comunista chino y su aliado, el Kuomintang, contra los “señores de la guerra”, como se llamaba a los autócratas militares que gobernaban esa China descuartizada, en la que las potencias occidentales habían obtenido, por la fuerza o la corrupción, enclaves coloniales. Esta revolución fue dirigida por un enviado de Mao, Chou Enlai, en quien está inspirado, en parte, el personaje de Kyo. Pero, a diferencia de este, Chou Enlai no murió cuando, luego de derrotar al gobierno militar, el Kuomintang de Chiang Kaishek se volvió contra sus aliados comunistas y, como describe la novela, los reprimió con salvajismo; consiguió huir y reunirse con Mao, a quien acompañaría en la Gran Marcha y secundaría como lugarteniente el resto de su vida.

    ANDRÉ MALRAUX: LA CONDICIÓN HUMANA (CLÁSICOS DEL SIGLO XX)

    La condición humana, galardonada con el premio Goncourt, significó la consagración como escritor de André Malraux. La crítica todavía utiliza el título de la novela para designar al grupo de escritores que irrumpieron en el panorama literario francés a principios de los años 30. Dentro de esa generación, se encontraban autores como Céline, Bernanos, Saint-Exupéry, Montherlant y Aragon. Las diferencias ideológicas que separan a unos de otros no impiden que todos en conjunto representen un cambio radical en la forma de concebir la novela como género. Por esas fechas, la creación literaria tenía como modelo los cánones establecidos por Gide y Proust, pero en un siglo dominado por las revoluciones políticas y las transformaciones sociales se imponía otro tipo de escritura. La introspección psicológica y la reflexión sobre el hecho artístico parecían caminos agotados. La exploración del inconsciente y el análisis de la realidad política se convertirían en los nuevos temas, ampliando el horizonte de un género en perpetua transformación. La condición humana surge al hilo de esta tendencia. En ella, Malraux reflexiona sobre la revolución,el compromiso político, el erotismo, la muerte.
    La trama de La condición humana transcurre en Shanghai en 1927 y narra los enfrentamientos entre los comunistas y las tropas del Kuomintang. La controversia ideológica y la aventura romántica se conciertan para producir personajes complejos, creíbles (Chen, Gisors o el ruso Katow) y momentos de una dolorosa intensidad: la imagen inicial de Chen rasgando la muselina de un mosquitero para clavar su cuchillo en el vientre de un enemigo dormido, la espeluznante escena en la que los soldados de Chan Kai-shek arrojan vivos al fuego de una caldera a los prisioneros comunistas, la muerte de Chen, el activista político que no desea desprenderse de su malestar interior,  pues alimenta su determinación de luchar hasta el final.
    Chen refleja todas las contradicciones de la violencia política. Se lamenta de su soledad, pero es incapaz de sentir amor. Cuando otro personaje le pregunta qué sintió después de consumar su primera relación sexual, Chen contesta que “orgullo”, cerrando los dedos con crispación. “¿De ser un hombre?”,  pregunta el otro. “De no ser una mujer”, responde Chen con desprecio. Chen no aspira a la gloria ni a la felicidad: sólo desea la muerte, porque representa la culminación de su compromiso revolucionarioa. La angustia de no ser más que un hombre le empuja a la violencia: “es preciso que algo sea seguro y matar lo es”. Al igual que otros activistas políticos, Chen desecha las dudas y sólo se alimenta de certezas. Forma parte de un grupo “unido en una estrecha colectividad trágica”. Ante la interrogación de un pastor protestante que le pregunta si ha recuperado la fe perdida, contesta que no busca la felicidad. El religioso le recuerda que también existe la paz. “No. Para mí, no. Además,  yo no busco la paz. Busco… lo contrario”. Al activista político le mueve la sed de absoluto; por eso, tiene “algo de loco, pero también algo de sagrado: lo que siempre tiene de sagrado la presencia de lo inhumano”. Cuando más adelante uno de sus camaradas le pregunta si ha hecho de la violencia una especie de religión, Chen replica que para él la destrucción no es una religión, sino el único medio de poner fin a la incesante búsqueda de principios y deberes. La violencia es algo concreto que borra cualquier incertidumbre. Chen es como “una luciérnaga que segrega su propia luz, en la cual se va a destruir…”. Tal vez, el hombre mismo no sea otra cosa. La violencia política refleja el lado más sobrecogedor de la condición humana. “Siempre encuentra uno el espanto en sí mismo -señala Chen. -Basta con buscarlo lo suficientemente profundo”. 
    La idea de la soledad y de comunión con otros hombres recorre toda la novela. Kyo intenta escapar al vacío mediante el erotismo y la acción política. Todo resulta más sencillo cuando uno no se encuentra solo. Incluso la muerte toma otro aspecto. En cambio, nada resulta más atroz que verse obligado a buscar refugio en uno mismo. La muerte de Katow -un comunista ruso que lucha con sus camaradas chinos- responde a la necesidad de romper ese aislamiento. Katow cede su cápsula de cianuro a dos prisioneros condenados a morir en la caldera de un tren, ardiendo como teas. Aunque le aguarda la misma suerte, prefiere una muerte horrible al espantoso suplicio de sentirse cercado por la soledad. La solidaridad con otros hombres y otras mujeres es más fuerte que la muerte y sólo ella puede vencer el sentimiento de soledad y desamparo.
    El viejo Gisors -una especie de monje entregado a la contemplación- tiene la convicción de que “todos sufren y cada uno sufre porque piensa. En el fondo, el espíritu del hombre no piensa más que en lo eterno, y la conciencia de la vida no puede ser más que angustia. No hay que pensar en la vida con la imaginación, sino con el opio. ¡Cuántos sufrimientos, esparcidos en esta luz, desaparecerían, si desapareciese el pensamiento!”. El sufrimiento es inherente a la naturaleza humana, pues “es muy raro que un hombre pueda aceptar su condición de hombre”. Oriente combate esta paradoja mediante el opio y el hachís; Occidente se refugia en el amor. “Quizá el amor sea -reflexiona Gisors- el medio que emplea el occidental para emanciparse de su condición de hombre”. El barón de Clappique -un aristócrata extravagante y algo absurdo atrapado por la guerra en una trama que le desborda- combina el sexo y las drogas en un esfuerzo desesperado por ignorar la vida y oscurecer la conciencia. Chen resuelve el conflicto mediante el odio y la destrucción.
    En La condición humana, Malraux se enfrenta a la angustia planteada por los existencialismos (Sartre, Camus, Heidegger) con un escepticismo desesperanzador. A pesar de su participación en la guerra civil española y en la Resistencia antifascista, Malraux no aprecia en la militancia política la fuerza capaz de redimir al ser humano de su soledad existencial. La finitud nos limita de forma terrible. El ser humano necesita toda una vida para adquirir a un conocimiento imperfecto de sí mismo y de los demás, pero cuando llega a ese estado sólo le queda morir. Saber que puede escoger el suicidio y rehusar no alivia su imperfección ontológica. Implicarse en la lucha política no resuelve su inevitable disolución en el no-ser. Buscar la existencia auténtica y la muerte propia, no mitiga nuestra inquietud ante la perspectiva de desaparecer como individuos. Para Malraux, el ser humano no es el testigo ontológico de la verdad. El ser humano sólo es el testigo de una dolorosa impotencia: saber que va a morir y no poder hacer nada para evitarlo. Saber que muere y que la muerte es el umbral de un vacío desolador. Ionesco afirmó que le faltaba audacia para creer en el más allá. Tal vez la perspectiva de la resurrección no sea tan ingenua. Tal vez es la única forma de plenitud y victoria que pueden soñar los olvidados de la historia.
    RAFAEL NARBONA
    La condición humana (fragmento)

    ¿Intentaría Chen levantar el mosquitero? ¿Golpearía a través de él? La angustia le retorcía el estómago. Conocía su propia firmeza, pero sólo era capaz, en aquel instante, de pensarlo con el embrutecimiento, fascinado por aquel montón de muselina blanca que caía desde el techo sobre un cuerpo menos visible que una sombra y de donde emergía sólo aquel pie medio inclinado por el sueño, vivo, no obstante, de la carne del hombre. La única luz procedía del building vecino; un gran rectángulo pálido de electricidad, cortado por los barrotes de la ventana, uno de los cuales rayaba el lecho precisamente por debajo del pie, como para acentuarle el volumen y la vida. Cuatro o cinco claxons sonaron a la vez. ¿Descubierto? ¡Combatir, combatir con enemigos que se defienden, con enemigos despiertos, qué liberación!
    La ola de estruendo decreció: algún estrépito de carruajes -todavía había estrépito de carruajes allá, en el mundo de los hombres...-. Volvió a verse frente a la gran mancha blanca de la muselina y del rectángulo de luz, inmóviles en aquella noche en que el tiempo había dejado de existir.
    Se repetía que aquel hombre debía morir. Tontamente, porque él sabía que lo mataría, capturado o no, ejecutado o no, poco importaba. Sólo existía aquel pie, aquel hombre al que debía herir sin que se defendiese, porque, si llegara a defenderse, llamaría. 
    "

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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