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    viernes, 3 de abril de 2015

    'Justine', de Lawrence Durrell y Dossier sobre Lawrence Durrell


    'Justine', de Lawrence Durrell

    Una de las más brillantes novelas eróticas, en la colección de libros de EL PAÍS


    Hay amistades que pueden llegar a ser esenciales en la vida y en la obra de una persona. Es el caso de Lawrence Durrell. Este británico nacido en 1912 en Jullundur, en India, donde su padre trabajaba como ingeniero, conoció en París a los 25 años de edad a una pareja de escritores que, sin duda, influyeron decisivamente en su vocación literaria. Se llamaban Henry Miller y Anaïs Nin. Un año después, en 1938, Lawrence Durrell publicaba bajo el patrocinio de sus amigos El libro negro. Fue el principio de una larga y brillante obra que alcanzó su cumbre con la publicación deJustine, la novela que podrá comprar mañana por 1 euro quien adquiera el diario EL PAÍS, y que, con la posterior publicación de Balthazar, Mountolive y Clea, formó El cuarteto de Alejandría, su obra maestra. Desde 1957, año en que apareció Justine y en la que su protagonista se encargará de buscar el placer como forma plena de aprendizaje, Lawrence Durrell entró a formar parte del selecto Olimpo de la literatura erótica del siglo XX, privilegiado lugar en el que ya estaban sus grandes amigos Henry Miller y Anaïs Nin. Tres miradas, sensibilidades y estilos distintos que comparten una misma convicción vital y un anhelo literario común: la celebración de los placeres de la carne.



    (Eve Cohen, Lawrence Durrell's second wife, and the muse for Justine)




    Gerry y Larry

    Gerald Durrell, el hermano menor de Lawrence, fue un famoso naturalista bendecido por un carácter jovial y un sentido del humor afilado y socarrón.
    Fue su hermano mayor, conocido en familia como Larry, quien le animó a trasladar al papel su pasión por los animales. El resultado último fueron más de 40 obras traducidas a más de 30 idiomas. Los dos hermanos, Gerry y Larry, se dedicaron durante los últimos años de su vida a fingir una rivalidad literaria ante la prensa que no lograba ocultar el enorme cariño que sentían el uno por el otro.
    El libro más famoso de Gerald Durrell, Mi familia y otros animales, es una crónica sobre los años que pasaron en Corfú en la que mezcla realidad y ficción. Lawrence aparece allí como un joven glotón, bebedor, neurótico y algo cínico, capaz de bromas como ésta: "Yo conocía a un artista que se cayó de una escalera, se rompió la espalda y estuvo andando como si tal cosa una semana hasta que se dieron cuenta", comenta en el libro. "¡Caray! ¿Y qué pasó luego?", le preguntan. "Se murió", concluyó Lawrence.










    Justine, de Lawrence Durrell

    Por Javier Aparicio Maydeu

    Octubre 2007 | 


    Edhasa reedita Justine en su colección Diamante, la que alberga los sesenta títulos más emblemáticos de su catálogo, entre los que la obra más aplaudida de Durrell –primer volumen de su legendaria tetralogía Cuarteto de Alejandría: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive(1958) y Clea (1969)–, destaca por ventas, por número de reimpresiones en distintos formatos y por la calidad de la traducción de Aurora Bernárdez, que a un tiempo ensalza la densidad lírica y la fastuosa imaginería del texto y redime al lector de la insoportable y gravedosa retórica de algunos pasajes de la novela que, por otra parte y como sucede en las demás obras del ciclo, encarna en forma de epígono buena parte de las virtudes de la vanguardia narrativa, comenzando por esa poética caleidoscópica que presenta perspectivas distintas de un mismo haz de personajes y de acontecimientos que los envuelven. Si por un lado elCuarteto es repetitivo, pues explica n veces lo que sucede una sola vez debido al cambio de punto de vista (“si algunos personajes tienden a ser peleles es porque estoy tratando de iluminarlos desde diferentes ángulos”, se excusaba Durrell en una entrevista a The Paris Review), enJustine, como en las demás novelas, el autor británico fragmenta el status emocional de sus personajes como si lo descompusiese en un cuadro de Georges Braque o en un espejo múltiple, analizándolo de forma obsesiva y laberíntica de la mano de merodeos y de coquetas complacencias verbales y asimismo conceptuales, circunstancia que, unida a la querencia filosófica de su prosa, le advierte al lector de estar enfrentándose a una obra compleja que se muestra realista o tradicional sólo en apariencia. También resultan deudas contraídas con la vanguardia las audaces imágenes nacidas del futurismo tecnófilo y de la irracionalidad surrealista (puesta de manifiesto en la fantasía sexual de Justine o en los delirios oníricos y las alucinaciones de Nessim, acomodados en un universo freudiano que adopta formas que satisfarían sin duda a Marcel Duchamp). Durrell, aventajado lector de Henry Miller, le rinde una suerte de velado homenaje tiñendo las páginas de Justine de un hedonismo libertino inspirado por la Justine del Marqués de Sade, que va convirtiendo la novela en una enredada madeja de amoríos cruzados y de sexo sórdido a la vez que trascendido por bizantinas disquisiciones. Recorre la novela un paganismo frío que corre parejo a un erotismo picassiano, cinético y bíblico (“Desnudos, riendo, chapotearon en el agua tomados de la mano hasta entrar en el mar helado. Era como la primera mañana del mundo”), en el que sobre todo se relee al Miller del Trópico de cáncer, “La carne despierta. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura. Los cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez cómplice”. Ecos de Al faro de Virginia Woolf en el párrafo inicial y de la obra entera de la autora de La señora Dalloway en la comunión de la naturaleza y de la ciudad con el estado anímico de los protagonistas: “somos hijos de nuestro paisaje. Nos dicta nuestra conducta en la medida en que armonizamos con él”, proclama Darley.Justine abre de par en par las puertas de la ciudad de Alejandría, iluminada en cada página como el Dublín de Joyce, el Berlín de Döblin o el Nueva York de Dos Passos, una tradición del modernism a la que contribuye Durrell con su ciudad egipcia convertida en una cornice o en la escenografía que arropa al amor saliendo a escena a causar estragos irreparables en las vidas de Darley, Melissa, Justine y Nessim, unidas en una danza agorera y extenuante por el amor que las truncará. La propia prosa abigarrada de Durrell sale a la escena de la novela, su obra entera tiene un aire teatral, se exhibe en el escenario de la página, se gusta. Una atmósfera proustiana, el exotismo del espacio narrativo del que tanto fruto extrajo E. M. Forster.

    Justine es narrativa de vanguardia après la lettre, efectivamente. ¿Acaso no es vanguardista su narrador autoconsciente Darley, profesor y escritor que narra su historia mirando de reojo al lector por medio de una retórica del apóstrofe constante? ¿No remite a Proust su empleo poderoso de la primera persona al servicio de la más meticulosa introspección, del tiempo suspendido en la memoria (“Esos momentos son los que colman al escritor […] y perduran para siempre. Podemos evocarlos cuantas veces queramos o utilizarlos como fundamento para construir esa parte de la vida que es la tarea de escribir”)? A Darley le halaga la impostura literaria, detiene su discurso para justificarlo, afila el lápiz con el que escribe las palabras, se escucha escribiendo. De ahí el manierismo de sus descripciones plásticas (“en verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes”), su codicia lingüística (tiene párrafos, reconozcámoslo, de lo que a Marsé le gusta llamar “prosa de sonajero”) y su sofisticada imaginería (“yace Melissa respirando levemente, como una gaviota, mecida por los esplendores oceánicos de una lengua que no conocerá jamás”).

    La belleza de sus palabras, la maravilla de la proximidad física que procura su talento para las imágenes y el ardor con el que Darley refleja en su relato el deletéreo poder de la pasión amorosa que Justine le inyecta a su vida son capaces de mitigar la irrefrenable inclinación de Durrell hacia la grandilocuencia, y su no menos palmaria vocación narcisista. Justine abre la fruta madura del Cuarteto de Alejandría, una de las obras imperfectas más perfectas de la narrativa de la segunda mitad del veinte. ~

    Esta mujer de asombrosa belleza, Eve Cohen, fue la modelo para Justine.

    JUAN LUIS PANERO 9 NOV 1990



















































































    Mito literario


    Misteriosa y extraña es la vida. Ayer por la noche, una semana después de la muerte de mi madre, estaba hojeando su libro de memorias Espejo de sombras y me detuve en la página donde habla de nuestro viaje a Alejandría, en el ya remoto verano de 1965.Allí menciona el Cuarteto de Alejandría y afirma que pocas ciudades le han parecido tan hermosas. Doce horas después me llamaban para comunicarme que Lawrence Durrell había muerto.
    Yo descubrí a Durrell un año antes, gracias a una amiga inglesa que me prestó el primer -y para mí el mejor- volumen del Cuarteto, Justine. Pocas veces la evocación poética de una ciudad, de un mundo desaparecido y de los seres que lo poblaron alcanza al mismo tiempo tanta fuerza narrativa. Es decir, ese justo y milagroso equilibrio entre la poesía y la narración que apreciamos también en otras grandes novelas contemporáneas como La muerte de Virgilio de Broche, Bajo el volcán de Lowry, o Pedro Páramo de Rulfo.
    Pero en las páginas de Justine además de descubrir al poeta Lawrence Durrell, leí por primera vez a otro asombroso poeta que hasta entonces no era para mí más que un nombre borroso, me refiero a Constantino Cavafis, el viejo poeta de la ciudad.
    Dos de sus mejores poemas, el titulado precisamente La ciudad y otro El Dios abandona a Antonio figuran como apéndice del libro en las versiones libres hechas por Durrell. Creo que a esos dos descubrimientos ha debido mi madre unos días felices y yo unas imágenes memorables. En un poema de mi libro Antes que llegue la noche, titulado Alejandría,traté de repetir y repetirme algunos de los intensos momentos de aquella estancia. Recuerdo el largo viaje en barco desde Barcelona, pasando por Marsella, donde pude comprar una antología de la poesía de Cavafis en francés, después de Génova y por fin, en un amanecer rosa y dorado, entre los blancos minaretes, la mítica Alejandría.
    Durrell y el viejo poeta de la ciudad fueron los guías más fieles de aquella ciudad en decadencia, pero que como todas las ciudades del espíritu, en cuyas calles y plazas se mezclaron la leyenda y la magia con la historia y sus brutales hechos, guarda para el viajero un misterio imposible de definir.
    Durrell habla así de esa Alejandría: "¿Qué es esa ciudad, la nuestra? ¿Qué resume la palabra Alejandría? Evoco en seguida innumerables calles donde se arremolina el polvo. Hoy es de las moscas y los mendigos y, entre ambas especies, de todos aquellos que llevan una existencia vicaria". Miseria y grandeza que pueden resumir muy bien la ciudad y por supuesto las mejores páginas de Durrell.
    Tiempo después en su prólogo a la guía de Alejandría, de Forster, escribió otras palabras que resumen la atracción fatal de esta ciudad para muchas gentes: "Es un lugar para separaciones dramáticas, decisiones irrevocables, últimos pensamientos, todo el mundo se siente empujado hacia lo extremo, hacia el límite de su capacidad de resistencia".
    De aquella ciudad en donde Marco Antonio había escuchado "una invisible compañía con exquisitas músicas" la noche de su derrota definitiva y la que Cleopatra sintió el terco aleteo de la muerte, la ciudad tantas veces destruida y reconstruida, la misma que según Cavafis, te seguirá siempre y por cuyas calles él y sus eróticos fantasmas se perdían y se transfiguraban, se convirtió gracias a Durrell, en uno de los grandes mitos literarios de nuestro siglo, como la Venecia de Thomas Mann o el Buenos Aires de Borges.
    Cinco años después de aquel viaje escuché una lectura de poemas de Durrell en Nueva York. No hay que olvidar que era también un memorable y significativo poeta en verso. Allí cambiamos unas breves e intrascendentes palabras de presentación en las que yo por timidez apenas intervine, mientras él comentaba las diferencias entre la ginebra inglesa y la norteamericana (por lo visto más fuerte). Claro está que yo no escuchaba al ser humano Lawrence Durrell sino al símbolo de aquella ciudad y sus soñados habitantes.
    Ahora, sobre el puente de un barco hundido hace muchos años, donde el paso del tiempo y la derrota de la vida se ennoblecen con aquella luz persistente del amanecer, miro esfumarse, por una voz unidas, las sombras de Felicidad Blanc y de Lawrence Durrell, mientras despido a la querida ciudad que me abandona.




    Vuelve 'El Quinteto de Avignon', de Durrell

    Edhasa recupera la obra, a los 23 años de su publicación

    CARLES GELI Barcelona 30 AGO 2009






  • Una de las escasas ventajas que la crisis ha traído a los lectores, amén del asentamiento de los libros de bolsillo, es la operación rescate de grandes títulos clásicos, valores seguros en lo literario (y muy rentables por los escasos derechos de autor). En esa vía se inscribe la operación de Edhasa de recuperar El quinteto de Avignon, de Lawrence Durrell, más de 2.000 páginas que llevaban fuera del circuito editorial en castellano en formato rústica desde hace 23 años.
    La traducción que Jordi Fibla realizara para Versal en 1986 es también la que recuperará Edhasa en la rentrée literaria y a lo largo de 2010. En septiembre sale Monsieur o el Príncipe de las tinieblas, primera entrega de una pentalogía que siempre quedó a la sombra del famoso Cuarteto de Alejandría tetralogía que catapultó a Durrell (India, 1912-Francia, 1990) y que aún hoy vende en España casi 2.000 ejemplares anuales. "Hemos sido toda la vida los editores del Cuarteto y no podíamos dejar de hacer el Quinteto", argumenta ufano el editor, Daniel Fernández, que recuerda que Durrell bautizó su obra como quincunx o quincunce, la forma de ordenar los cinco puntos de los dados y que respondería a lasmiradas de la novela.

    Un paso más

    Y es que, de alguna manera, con Monsieur (1974), Livia (1978),Constance (1982), Sebastian (1983) y Quinx (1985), Durrell quiso engarzar y, a la vez, dar un paso más en su experimentación literaria que inició con el Cuarteto. Si en ése el amor, la pasión y la política daban pie a una innovación técnica notable (un mismo tema visto desde cuatro ángulos distintos), en el Quinteto el esfuerzo aún será más experimental y con mayor penetración psicológica en los personajes.
    "El Quinteto trata de la muerte en vez del amor; no lo puedes leer a los 20 años, necesitas ya estar más cerca de los 40", dice el editor. La trama parece conducir a esa reflexión: huyendo de los hedores sociales que llevarán a la Segunda Guerra Mundial, cinco amigos se agrupan en Avignon. La guerra marcará la psicología de los personajes y hasta les llegará a enfrentar, como ocurrirá entre Constance y Sebastian, personificaciones del duelo entre Oriente y Occidente. En definitiva, cruces de destinos que se concentrarán en la última obra.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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