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    sábado, 28 de marzo de 2015

    Vigencia de la visión fanoniana de la sociedad Por Mario Wainfeld FRANZ FANON Los condenados de la tierra



    "El sabía perfectamente que sus trastornos psíquicos eran provocados por lo que hacía en las salas de interrogatorio, aunque trataba de rechazar globalmente su responsabilidad. (...) Como no pensaba dejar de torturar me pidió sin ambages que como psiquiatra lo ayudara a torturar a los patriotas argelinos sin remordimientos de conciencia, sin trastornos de conducta, con serenidad." 

    "El entierro me repugnó. Todos esos oficiales que venían a llorar por la muerte de mi padre, 'cuyas altas cualidades morales habían conquistado a la población indígena', me producían náuseas. Todo el mundo sabía que era falso. Nadie ignoraba que mi padre dirigía los centros de interrogatorio de toda la región. Todos sabían que el número de muertos de la tortura era de diez diarios y venían a contar mentiras sobre la devoción, la abnegación, el amor a la patria, etc... Debo decir que ahora las palabras para mí no tienen ningún sentido o no tienen mucho." 
    Franz Fanon, Los condenados de la tierra 

    El mencionado libro del argelino Fanon se escribió cuando despuntaba la década del 60, lo prologó Jean Paul Sartre y fue texto canónico de las izquierdas latinoamericanas en ese decenio y en el que lo siguió. Los capítulos más recordados, a fuer de haber sido los más transitados por entonces, eran los primeros, un formidable alegato a favor de la descolonización y el nacionalismo africano. Pero el libro contenía un capítulo (del cual se extraen las citas del epígrafe, una referida al tratamiento de un torturador, la otra un textual de la hija de un represor) en los que el autor, psiquiatra de profesión, narraba patologías producto directo del salvajismo del dominador. Patologías que sufrían los colonizados y, como se refiere en la cita, los colonizadores. Lo que transmitía, memorable, el ensayo era la negación de la identidad de la víctima y la funcionalidad del salvajismo de los represores. La funcionalidad a un proyecto político.

    Franz Fanon(Martinica, 20 de julio de 1925 – 6 de diciembre de 1961) es uno de los intelectuales que con mayor precisión ha trabajado el tema de la colonización política, ideológica y cultural. Su presencia en la Revolución argelina fue decisiva para corroborar en la práctica todo lo que del poder colonial había aprendido cuando cursaba sus estudios en París. 
    Los condenados de la tierra -ensayo prologado por Jean Paul Sartre- es su obra más emblemática, publicada tras su muerte, en 1961. Para Fanon, la liberación nacional significaba mucho más que la independencia, ya que se constituía en un proceso de autoliberación y reconocimiento.
    El ejército francés sirvió de modelo a las Fuerzas Armadas argentinas, que se autorizaron un par de "licencias poéticas" respecto de sus idolatrados ejemplos: aplicar su barbarie a compatriotas e incorporar a sus recursos tácticos la desaparición forzada de personas.
    Recordemos. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial discurrió un cuarto de siglo (y acaso un fleco más) de vigencia del Estado de Bienestar, pero ya en los 70 su agotamiento era patente. En la Argentina, esa etapa se expresa bastante bien en el intervalo que medió entre dos fechas emblemáticas del peronismo: el 45, el de las vísperas y el 75 el del rodrigazo y el de una interna que se dirimía a balazo puro. La crisis del estado benefactor generaba, entre otras, dos respuestas radicales: las de quienes leían a Fanon y predicaban la liberación nacional adunada con distintas formas de socialismo y las que proponían un formidable salto hacia atrás, un desmantelamiento de las instituciones y las salvaguardas que habían hecho menos ominoso al capitalismo. La Argentina complejizaba ese mapa común de la época, añadiendo una bastante sólida estructura armada al calor del estado protector, en especial (pero no exclusivamente) una poderosa organización sindical, implantada en todo el país, potenciada por el pleno empleo y capaz de variadísimas formas de resistencia y de adaptación. Arrasar con las nuevas corrientes revolucionarias y con las conquistas y los portavoces de una época reformista en aras de un proyecto de minorías, técnicamente reaccionario, era una tarea inconcebible en democracia. Falta hacía una dictadura sangrienta y la hubo. 

    Un cuarto de siglo después la Argentina ha optado mayoritariamente por la democracia, limitada, imperfecta, lenta pero también con atisbos de garantismo constitucional. Tras un genocidio planificado, un serpenteante camino ha llevado al juzgamiento de quienes tuvieron flagrantes responsabilidades penales en el exterminio. Rara es la naturaleza humana y paradójica la historia. Quienes sólo pretenden aplicar las leyes son tildados de extremistas. Quienes procuran gambetear las normas son los represores que alegan, como los franceses de la cita que encabeza esta nota, "la devoción, la abnegación, el amor a la patria". Y reclaman como lo hacía el torturador a Franz Fanon, que se les permita seguir desapareciendo a sus víctimas sin dilemas, sin estorbos de conciencia.

    Página/12, 27/07/03


    LOS CONDENADOS DE LA TIERRA
    PROLOGO DE JEAN-PAUL SARTRETraducción de JULIETA CAMPOS
    FONDO DE CULTURA ECONÓMICA. MÉXICO
    COLECCIÓN POPULAR TIEMPO PRESENTETítulo original: Les damnés de la terre
    © 1961 François Maspero, París
    D. R. © 1963, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA 
    Av. de la Universidad 975, 03100 México, D. F.
    ISBN 968-16-0971-9 

    INDICE

    Prólogo por Jean-Paul Sartre (en esta página)

    I. La violencia (en esta página)

                                  
                                               
                                             

    INTRODUCCION

    (Reseña publicada en Revista de la Liberación antes de la aparición del libro en castellano)
    Por Jose Sazbon (1937-2008)

    Cuando un (explotado de las colonias) escucha un discurso sobre la cultura occidental, saca su machete o por lo menos se asegura que lo tiene al alcance de la mano”. La constatación la hace Fanón, en su libro “Los condenados de la tierra”, próximo a aparecer en castellano (FCE) con prólogo de J. P. Sartre, que “Liberación” da a conocer en este número. Este trabajo fue redactado en setiembre de 1961, cuando la energía revolucionaria del pueblo argelino engendraba su réplica reaccionaria más virulenta en los “ultras” fascistas, en el golpismo de los generales, en la desesperación de la derecha. Cuando los comandos de la CAS ametrallaban a musulmanes en las colas de los ómnibus. Cuando “el sol de la tortura estaba en el zenit”, como dice Sartre. Cuando barrios enteros eran incendiados, bombardeados, pulverizados.

    Pero también, cuando la unidad popular en torno al ejército de liberación era más firme y más insoslayable que nunca, para los que pretendían engañarse con la imagen de “bandoleros” y “bandidos” que ponían en peligro la sabia contribución de la cultura francesa. A esta cultura, ya lo vemos, se respondía con el machete; con la organización, con el coraje. Un pueblo en armas se daba su propia humanidad, que no era sino violencia revolucionaria contra la violencia colon al. Restauración del suelo nacional, destrucción del ejercito ocupante.

    Se representaba, entonces, el último acto de un proceso histórico que había disfrazado la expoliación de las colonias con los brillantes barnices de los valores liberales. Estos valores valen, como se sabe, en tanto los liberales son fuertes. Y la eliminación de la base económica y política de éstos hace que aquéllos se conviertan en hoja-libertad-igualdad-fraternidad y racismo coloniales. Es rasca, en “basura histórica”. Este es el hilo conductor del prólogo apasionado que Sartre coloca a la cabeza del libro de Frantz Fanón. Sartre quiere desmitificar. Muchos siglos de cultura en la metrópolis y explotación en la colonia, hombre universal y hombre subdesarrollado, demasiado. Sartre explica a los burgueses de su país el fundamento violento de la cultura europea, cuyos supuestos valores (de vigencia episódica ya transcurrida) no pueden alcanzar a absorber el sufrimiento vivido de una clas3 de hombres a los que se les niega su humanidad. Y cuando la violencia colonial es un estado natural en que el argelino nace, vive, sufre, sólo una violencia equiparable (la propia revolución) restituye al explotado colonial en su tierra, en su pueblo, en sí mismo. Liberales, no se asusten del furor popular —les dice—; no inventaron ellos la violencia, la llevamos nosotros y ahora nos la devuelven, para ;ser hombres contra sus explotadores. Porque quieren entrar definitivamente en la Historia.

    Ahora bien, esta irrupción de los pueblos coloniales a la definitiva Historia —característica principalísima de la posguerra— debe efectuarse, según las tesis de Fanon, como una aceleración creciente de los objetivos, marginando las gestiones dilatorias de las burguesías locales, bajo un signo claro y preciso: el socialismo. Fanon desenmascara las corrientes burguesas de los partidos nacionalistas que aún en plena etapa revolucionaria, vacían a esta acción de contenidos concretos sustituyéndola con ambiguos programas de independencia nacional e improvisación en el terreno económico. Las masas, dice, deben perseverar en el mantenimiento de la democracia interna de los movimientos revolucionarios, sustrayéndose a la tutela del “líder” y sobre todo, no dando oportunidades a las “élites” burguesas conciliadoras de afirmarse en el poder. En los países coloniales, las burguesías no pueden ofrecer un desarrollo creador de la nación, como sus similares europeas tuvieron oportunidad de hacerlo en el pasado. El socialismo revolucionario es el destino de los movimientos de liberación.

    En el contexto de las guerras coloniales, realizadas en países donde la magnitud de la miseria golpea con mayor ferocidad a las masas campesinas, que coexisten con reducidos sectores del proletario y clases urbanas, determina Fanon que el motor de la revolución, el elemento dinámico más radicalizado es el campesinado. Su teoría de la violencia arranca de la comprobación de que estos grandes grupos pauperizados, nada acostumbrados a las mediaciones y al tipo de contacto con la burguesía propio del sindicalismo urbano, arrastran a estos y a toda la nación a una lucha sin tregua hasta la expulsión total del colonialismo. Es, también, una comprobación de facto de la revolución argelina.

    Y cuando Sartre defiende la violencia argelina lo hace en el marco de la violencia reaccionaria desatada por la derecha en pleno territorio francés. La unión del pueblo argelino provoca la desunión del pueblo francés, dice. La estropeada guerra colonial ha producido una. transfusión de rabia, de impotencia acumulada que se vuelca en la metrópolis misma. Y entonces viene la hora del balance: la responsabilidad conjunta por la pasividad frente a la aniquilación de un número intolerable de víctimas. La confusión política derivada de las maniobras del Gran Hechicero De Gaulle, la hipocresía de la intelectualidad liberal, la ineficacia y las dilaciones de la política de izquierda.

    El hecho irrevocable, está ahí. Con el limitado apoyo que contaba, con su poderosa energía, el pueblo argelino se ha liberado del opresor colonial. La evolución del movimiento está abierta a una superación continua de sus fines. A una trascendencia incesante. El africano Frantz Fanon lo dice bien claro: “La movilización de Jas masas, cuando se realiza con ocasión de la guerra de liberación, introduce en cada conciencia la noción de causa común, de historia nacional, de historia colectiva… Durante el período colonial, se invita al pueblo a luchar contra la opresión. Después de la liberación nacional, se lo invita a luchar contra la miseria, el analfabetismo, contra el subdesarrollo. Se afirma: la lucha continúa. El pueblo verifica que la vida es un combate interminable”.

    Jose Sazbon

                                              

    PROLOGO
    Por Jean-Paul Sartre
    No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las "metrópolis" la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la Edad de Oro.

    Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad Nosotros escuchábamos sin disgusto esas corteses expresiones de amargura. Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, ¿hablan solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos! No dudábamos de que aceptasen nuestro ideal, puesto que nos acusaban de no serles fieles; Europa creyó en su misión: había helenizado a los asiáticos, había creado esa especie nueva. Los negros grecolatinos. Y añadíamos, entre nosotros, con sentido práctico: hay que dejarlos gritar, eso los calma: perro que ladra no muerde.

    Vino otra generación que desplazó el problema. Sus escritores, sus poetas, con una increíble paciencia, trataron de explicarnos que nuestros valores no se ajustaban a la verdad de su vida, que no podían ni rechazarlos del todo ni asimilarlos. Eso quería decir, más o menos: ustedes nos han convertido en monstruos, su humanismo pretende que somos universales y sus prácticas racistas nos particularizan. Nosotros los escuchamos, muy tranquilos: a los administradores coloniales no se les paga para que lean a Hegel, por eso lo leen poco, pero no necesitan de ese filósofo para saber que las conciencias infelices se enredan en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de pues, su infelicidad, no surgirá sino el viento. Si hubiera, nos decían los expertos, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría arruinado el sistema que descansa, como ustedes saben, en la sobreexplotación. Pero bastaría hacerles creer el embuste: seguirían adelante. En cuanto a la rebeldía, estamos muy tranquilos. ¿Qué indígena consciente se dedicaría a matar a los bellos hijos de Europa con el único fin de convertirse en europeo como ellos? En resumen, alentábamos esa melancolía y no nos parecía mal, por una vez, otorgar el premio Goncourt a un negro: eso era antes de 1939.

    1961. Escuchen: "No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo. Hace siglos....que en nombre de una pretendida aventura espiritual' ahoga a casi toda la humanidad." El tono es nuevo. ¿Quién se atreve a usarlo? Un africano, hombre del Tercer Mundo, ex colonizado. Añade: "Europa ha adquirido tal velocidad, local y desordenada... que va... hacia un abismo del que vale más alejarse." En otras palabras: está perdida. Una verdad que a nadie le gusta declarar, pero de la que estamos convencidos todos - ¿no es cierto, queridos europeos?

    Hay que hacer, sin embargo, una salvedad. Cuando un francés, por ejemplo, dice a otros franceses: "Estamos perdidos" -lo que, por lo que yo sé, ocurre casi todos los días desde 1930- se trata de un discurso emotivo, inflamado de coraje y de amor, y el orador se incluye a sí mismo con todos sus compatriotas. Y además, casi siempre añade: "A menos que...". Todos ven de qué se trata: no puede cometerse un solo error más; si no se siguen sus recomendaciones al pie de la letra, entonces y sólo entonces el país se desintegrará. En resumen: es una amenaza seguida de un consejo y esas ideas chocan tanto menos cuanto que brotan de la intersubjetividad nacional. Cuando Fanon, por el contrario, dice que Europa se precipita a la perdición, lejos de lanzar un grito de alarma hace un diagnóstico. Este médico no pretende ni condenarla sin recurso -otros milagros se han visto- ni darle los medios para sanar; comprueba que está agonizando, desde fuera, basándose en los síntomas que ha podido recoger. En cuanto a curarla, no: él tiene otras preocupaciones; le da igual que se hunda o que sobreviva. Por eso su libro es escandaloso. Y si ustedes murmuran, medio en broma, medio molestos: "¡Qué cosas nos dice!", se les escapa la verdadera naturaleza del escándalo: porque Fanon no les "dice" absolutamente nada; su obra -tan ardiente para otros- permanece helada para ustedes; con frecuencia se habla de ustedes en ella, jamás a ustedes. Se acabaron los Goncourt negros y los Nobel amarillos: no volverá la época de los colonizados laureados. Un ex indígena "de lengua francesa" adapta esa lengua a nuevas exigencias, la utiliza para dirigirse únicamente a los colonizados: "¡Indígenas de todos los países subdesarrollados, uníos!" Qué decadencia la nuestra: para sus padres, éramos los únicos interlocutores; los hijos no nos consideran ni siquiera interlocutores válidos: somos los objetos del razonamiento. Por supuesto, Fanon menciona de pasada nuestros crímenes famosos, Setif, Hanoi, Madagascar, pero no se molesta en condenarlos: los utiliza. Si descubre las tácticas del colonialismo, el juego complejo de las relaciones que unen y oponen a los colonos y los "de la metrópoli" lo hace para sus hermanos; su finalidad es enseñarles a derrotarnos.

    En una palabra, el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de una agresión imperialista. Esas diferencias han nacido de la historia colonial, es decir, de la opresión. Aquí la Metrópoli se ha contentado con pagar a algunos señores feudales; allá, con el lema de “dividir para vencer", ha fabricado de una sola pieza una burguesía de colonizados; en otra parte ha dado un doble golpe: la colonia es a la vez de explotación y de población. Así Europa ha fomentado las divisiones, las oposiciones, ha forjado clases y racismos, ha intentado por todos los medios provocar y aumentar la estratificación de las sociedades colonizadas. Fanon no oculta nada: para luchar contra nosotros, la antigua colonia debe luchar contra sí misma. O más bien ambas luchas no son sino una sola. En el fuego del combate, todas las barreras interiores deben desaparecer, la impotencia burguesa de los negociantes y los compradores, el proletariado urbano, siempre privilegiado, el lumpen-proletariat de los barrios miserables, todos deben alinearse en la misma posición de las masas rurales, verdadera fuente del ejército colonial y revolucionario; en esas regiones cuyo desarrollo ha sido detenido deliberadamente por el colonialismo, el campesinado, cuando se rebela, aparece de inmediato como la clase radical: conoce la opresión al desnudo, la ha sufrido mucho más que los trabajadores de las ciudades y, para que no muera de hambre, se necesita nada menos que un desplome de todas las estructuras. Si triunfa, la Revolución nacional será socialista; si se corta su aliento, si la burguesía colonizada toma el poder, el nuevo Estado, a pesar de una soberanía formal, queda en manos de los imperialistas. El ejemplo de Katanga lo ilustra muy bien. Así, pues, la unidad del Tercer Mundo no está hecha: es una empresa en vías de realizarse, que ha de pasar en cada país, tanto después como antes de la independencia, por la unión de todos los colonizados bajo el mando de la clase campesina. Esto es lo que Fanon explica a sus hermanos de África, de Asia, de América Latina: realizaremos todos juntos y en todas partes el socialismo revolucionario o seremos derrotados uno a uno por nuestros antiguos tiranos. No oculta nada; ni las debilidades, ni las discordias, ni las mixtificaciones. Aquí, el movimiento tiene un mal comienzo; allí, tras brillantes éxitos, pierde velocidad; en otra parte se detiene; si se quiere reanudarlo, será necesario que los campesinos lancen al mar a su burguesía. Se advierte seriamente al lector contra las enajenaciones más peligrosas: el dirigente, el culto a la personalidad, la cultura occidental e, igualmente, el retorno al lejano pasado de la cultura africana: la verdadera cultura es la Revolución, lo que quiere decir que se forja al rojo. Fanon habla en voz alta; nosotros los europeos podemos escucharlo: la prueba es que aquí tienen ustedes este libro en sus manos; ¿no teme que las potencias coloniales se aprovechen de su sinceridad?
    No. No teme nada. Nuestros procedimientos están anticuados: pueden retardar ocasionalmente la emancipación, pero no la detendrán. Y no hay que imaginar que podemos modificar nuestros métodos: el neocolonialismo, ese sueño lánguido de las metrópolis, no es más que aire; las "Terceras Fuerzas" no existen o bien son las burguesías de hojalata que el colonialismo ya ha colocado en el poder. Nuestro maquiavelismo tiene poca influencia sobre ese mundo, ya muy despierto, que ha descubierto una tras otra nuestras mentiras. El colono no tiene más que un recurso: la fuerza cuando todavía le queda; el indígena no tiene más que una alternativa: la servidumbre o la soberanía. ¿Qué puede importarle a Fanon que ustedes lean o no su obra? Es a sus hermanos a quienes denuncia nuestras viejas malicias, seguro de que no tenemos alternativa. A ellos les dice: Europa ha dado un zarpazo a nuestros continentes; hay que acuchillarle las garras hasta que las retire. El momento nos favorece: no sucede nada en Bizerta, en Elizabethville, en el campo argelino sin que la tierra entera sea informada; los bloques asumen posiciones contrarias, se respetan mutuamente, aprovechemos esa parálisis, entremos en la historia y que nuestra irrupción la haga universal por primera vez; luchemos: a falta de otras armas, bastará la paciencia del cuchillo.

    Europeos, abran este libro, .penetren en él. Después de dar algunos pasos en la oscuridad, verán a algunos extranjeros reunidos en torno al fuego, acérquense, escuchen: discuten la suerte que reservan a las agencias de ustedes, a los mercenarios que las defienden. Quizá estos extranjeros se den cuenta de su presencia, pero seguirán hablando entre sí, sin tan siquiera bajar la voz. Esa indiferencia hiere en lo más hondo: sus padres, criaturas de sombra, criaturas de ustedes, eran almas muertas, ustedes les dispensaban la luz, no hablaban sino a ustedes y nadie se ocupaba de responder a esos zombis. Los hijos, en cambio, los ignoran: los ilumina y los calienta un fuego que no es el de ustedes, que a distancia respetable se sentirán furtivos, nocturnos, estremecidos: a cada quien su turno; en esas tinieblas de donde va a surgir otra aurora, los zombis son ustedes.

    En ese caso, dirán, arrojemos este libro por la ventana. ¿Para qué leerlo si no está escrito para nosotros? Por dos motivos, el primero de los cuales es que Fanon explica a sus hermanos cómo somos y les descubre el mecanismo de nuestras enajenaciones: aprovéchenlo para revelarse a ustedes mismos en su verdad de objetos. Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su testimonio. Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos. ¿Resulta útil? Sí, porque Europa está en gran peligro de muerte. Pero, dirán ustedes, nosotros vivimos en la Metrópoli y reprobamos los excesos. Es verdad, ustedes no son colonos, pero no valen más que ellos. Ellos son sus pioneros, ustedes los enviaron a las regiones de ultramar, ellos los han enriquecido; ustedes se lo habían advertido: si hacían correr demasiada sangre, los desautorizarían de labios afuera; de la misma manera, un Estado -cualquiera que sea- mantiene en el extranjero una turba de agitadores, de provocadores y de espías a los que desautoriza cuando se les sorprende. Ustedes, tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre. Fanon revela a sus camaradas -a algunos de ellos, sobre todo, que todavía están demasiado occidentalizados- la solidaridad de los "metropolitanos" con sus agentes coloniales. Tengan el valor de leerlo: porque les hará avergonzarse y la vergüenza, como ha dicho Marx, es un sentimiento revolucionario. Como ustedes ven, tampoco yo puedo desprenderme de la ilusión subjetiva. Yo también les digo: "Todo está perdido, a menos que..." Como europeo, me apodero del libro de un enemigo y lo convierto en un medio para curar a Europa. Aprovéchenlo.

    Y he aquí la segunda razón: si descartan la verborrea fascista de Sorel, comprenderán que Fanon es el primero después de Engels que ha vuelto a sacar a la superficie a la partera de la historia. Y no vayan a creer que una sangre demasiado ardiente o una infancia desgraciada le han creado algún gusto singular por la violencia: simplemente se convierte en intérprete de la situación: nada más. Pero esto basta para que constituya, etapa por etapa, la dialéctica que la hipocresía liberal les oculta a ustedes y que nos ha producido a nosotros lo mismo que a él.

    En el siglo pasado, la burguesía consideraba a los obreros como envidiosos, desquiciados por groseros apetitos, pero se preocupaba por incluir a esos seres brutales en nuestra especie: de no ser hombres y libres ¿cómo podrían vender libremente su fuerza de trabajo? En Francia, en Inglaterra, el humanismo presume de universal.
    Con el trabajo forzado sucede todo lo contrario. No hay contrato. Además, hay que intimidar: la opresión resulta evidente. Nuestros soldados, en ultramar, rechazan el universalismo metropolitano, aplican al género humano el numerus clausus: como nadie puede despojar a su semejante sin cometer un crimen, sin someterlo o matarlo, plantean como principio que el colonizado no es el semejante del hombre. Nuestra fuerza de choque ha recibido la misión de convertir en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir a los habitantes del territorio anexado al nivel de monos superiores, para justificar que el colono los trate como bestias. La violencia colonial no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir su cultura sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio. Desnutridos, enfermos, si resisten todavía al miedo se llevará la tarea hasta el fin: se dirigen contra el campesino los fusiles; vienen civiles que se instalan en su tierra y con el látigo lo obligan a cultivarla para ellos. Si se resiste, los soldados disparan, es un hombre muerto; si cede, se degrada, deja de ser un hombre; la vergüenza y el miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar su persona. Todo se hace a tambor batiente, por expertos: los "servicios psicológicos" no datan de hoy. Ni el lavado de cerebro. Y sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, no se alcanza el fin en ninguna parte: ni en el Congo, donde se cortaban las manos a los negros ni en Angola donde, recientemente, se horadaban los labios de los descontentos, para cerrarlos con cadenas. Y no sostengo que sea imposible convertir a un hombre en bestia. Solo afirmo que no se logra sin debilitarlo considerablemente; no bastan los golpes, hay que presionar con la desnutrición. Es lo malo con la servidumbre: cuando se domestica a un miembro de nuestra especie, se disminuye su rendimiento y, por poco que se le dé, un hombre de corral acaba por costar más de lo que rinde. Por esa razón los colonos se ven obligados a dejar a medias la domesticación: el resultado, ni hombre ni bestia, es el indígena. Golpeado, subalimentado, enfermo, temeroso, pero sólo hasta cierto punto, tiene siempre, ya sea amarillo, negro o blanco, los mismos rasgos de carácter: es perezoso, taimado y ladrón, vive de cualquier cosa y sólo conoce la fuerza.

    ¡Pobre colono!: su contradicción queda al desnudo. Debería, como hace, según se dice, el ogro, matar al que captura. Pero eso no es posible. ¿No hace falta acaso que los explote? Al no poder llevar la matanza hasta el genocidio y la servidumbre hasta el embrutecimiento animal, pierde el control, la operación se invierte, una implacable lógica lo llevará hasta la descolonización.

    Pero no de inmediato. Primero, reina el europeo: ya ha perdido, pero no se da cuenta; no sabe todavía que los indígenas son falsos indígenas; afirma que les hace daño para destruir el mal que existe en ellos; al cabo de tres generaciones, sus perniciosos instintos ya no resurgirán. ¿Qué instintos? ¿Los que impulsan al esclavo a matar al amo? ¿Cómo no reconoce su propia crueldad dirigida ahora contra él mismo? ¿Cómo no reconoce en el salvajismo de esos campesinos oprimidos el salvajismo del colono que han absorbido por todos sus poros y del que no se han curado? La razón es sencilla: ese personaje déspota, enloquecido por su omnipotencia y por el miedo de perderla, ya no se acuerda de que ha sido un hombre: se considera un látigo o un fusil; ha llegado a creer que la domesticación de las "razas inferiores" se obtiene mediante el condicionamiento de sus reflejos. No toma en cuenta la memoria humana, los recuerdos imborrables; y, sobre todo, hay algo que quizá no ha sabido jamás: no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros. ¿Tres generaciones? Desde la segunda, apenas abrían los ojos, los hijos han visto cómo golpeaban a sus padres. En términos de psiquiatría, están "traumatizados". Para toda la vida. Pero esas agresiones renovadas sin cesar, lejos de llevarlos a someterse, los sitúan en una contradicción insoportable que el europeo pagará, tarde o temprano. Después de eso, aunque se les domestique a su vez, aunque se les enseñe la vergüenza, el dolor y el hambre, no se provocará en sus cuerpos sino una rabia volcánica cuya fuerza es igual a la de la presión que se ejerce sobre ellos. ¿Decían ustedes que no conocen sino la fuerza? Es cierto; primero será sólo la del colono y pronto después la suya propia: es decir, la misma, que incide sobre nosotros como nuestro reflejo que, desde el fondo de un espejo, viene a nuestro encuentro. No se equivoquen; por esa loca roña, por esa bilis y esa hiel, por su constante deseo de matarnos, por la contracción permanente de músculos fuertes que temen reposar, son hombres: por el colono, que quiere hacerlos esclavos, y contra él. Todavía ciego, abstracto, el odio es su único tesoro: el Amo lo provoca porque trata de embrutecerlos, no puede llegar a quebrantarlo porque sus intereses lo detienen a medio camino; así, los falsos indígenas son todavía humanos, por el poder y la impotencia del -opresor que se transforman, en ellos, en un Techazo obstinado de la condición animal. Por lo demás ya se sabe; por supuesto, son perezosos: es sabotaje. Taimados, ladrones. ¡Claro! Sus pequeños hurtos marcan el comienzo de una resistencia todavía desorganizada. Eso no basta: hay quienes se afirman lanzándose con las manos desnudas contra los fusiles; son sus héroes; y otros se hacen hombres asesinando europeos. Se les mata: bandidos y mártires, su suplicio exalta a las masas aterrorizadas.

    Aterrorizadas, sí: en ese momento, la agresión colonial se interioriza como Terror en los colonizados. No me refiero sólo al miedo que experimentan frente a nuestros inagotables medios de represión, sino también al que les inspira su propio furor. Se encuentran acorralados entre nuestras armas que les apuntan y esos tremendos impulsos, esos deseos de matar que surgen del fondo de su .corazón y que no siempre reconocen: porque no es en principio su violencia, es la nuestra, invertida, que crece y los desgarra; y el primer movimiento de esos oprimidos es ocultar profundamente esa inaceptable cólera, reprobada por su moral y por la nuestra y que no es, sin embargo, sino el último reducto de su humanidad. Lean a Fanon: comprenderán que, en el momento de impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo de los colonizados.

    Esa furia contenida, al no estallar, gira en redondo y daña a los propios oprimidos. Para liberarse de ella, acaban por matarse entre sí: las tribus luchan unas contra otras al no poder enfrentarse al enemigo verdadero -y, naturalmente, la política colonial fomenta sus rivalidades; el hermano, al levantar el cuchillo contra su hermano, cree destruir de una vez por todas la imagen detestada de su envilecimiento común. Pero esas víctimas expiatorias no apaciguan su sed de sangre; no evitarán lanzarse contra las ametralladoras, sino haciéndose nuestros cómplices: ellos mismos van a acelerar el progreso de esa deshumanización que rechazan. Bajo la mirada zumbona del colono, se protegerán contra sí mismos con barreras sobrenaturales, reanimando antiguos mitos terribles o atándose mediante ritos meticulosos: el obseso evade así su exigencia profunda, infligiéndose manías que lo ocupan en todo momento. Bailan: eso los ocupa; relaja sus músculos dolorosamente contraídos y además la danza simula secretamente, con frecuencia a pesar de ellos, el No que no pueden decir, los asesinatos que no se atreven a cometer. En ciertas regiones utilizan este último recurso: el trance. Lo que antes era el hecho religioso en su simplicidad, cierta comunicación del fiel con lo sagrado, lo convierten en un arma contra la desesperanza y la humillación: los zars, las loas, los santos de la santería descienden sobre ellos, gobiernan su violencia y la gastan en el trance hasta el agotamiento. Al mismo tiempo, esos altos personajes los protegen: esto quiere decir que los colonizados se defienden de la enajenación colonial acrecentando la enajenación religiosa. El único resultado a fin de cuentas, es que se acumulan ambas enajenaciones y que cada una refuerza a la otra. Así, en ciertas psicosis, cansados de ser insultados todos los días, los alucinados creen un buen día que han escuchado la voz de un ángel que los elogia; los denuestos no desaparecen, sin embargo: en lo sucesivo, alternan con el elogio. Es una defensa y el final de su aventura: la persona está disociada, el enfermo se encamina a la demencia. Hay que añadir, en el caso de algunos desgraciados rigurosamente seleccionados, ese otro trance de que he hablado más arriba: la cultura occidental. En su lugar, dirán ustedes, yo preferiría mis zars a la Acrópolis. Bueno, eso quiere decir que han comprendido. Pero no del todo, sin embargo, porque ustedes no se encuentran en su lugar. Todavía no. De otra manera sabrían que ellos no pueden escoger: acumulan. Dos mundos, es decir, dos trances: se baila toda la noche, al alba se apretujan en las iglesias para oír misa; día a día, la grieta se ensancha. Nuestro enemigo traiciona a sus hermanos y se hace nuestro cómplice; sus hermanos hacen lo mismo. La condición del indígena es una neurosis introducida y mantenida por el colono entre los colonizados, con su consentimiento.

    Reclamar y negar, a la vez, la condición humana: la contradicción es explosiva. Y hace explosión, ustedes lo saben lo mismo que yo. Vivimos en la época de la deflagración: basta que el aumento de los nacimientos acreciente la escasez, que los recién llegados tengan que temer a la vida un poco más que a la muerte, y el torrente de violencia rompe todas las barreras. En Argelia, en Angola, se mata al azar a los europeos. Es el momento del boomerang, el tercer tiempo de la violencia: se vuelve contra nosotros, nos alcanza y, como de costumbre, no comprendemos que es la nuestra. Los "liberales" se quedan confusos: reconocen que no éramos lo bastante corteses con los indígenas, que habría sido más justo y más prudente otorgarles ciertos derechos en la medida de lo posible; no pedían otra cosa sino que se les admitiera por hornadas y sin padrinos en ese club tan cerrado, nuestra especie: y he aquí que ese desencadenamiento bárbaro y loco no los respeta en mayor medida que a los malos colonos. La izquierda metropolitana se siente molesta: conoce la verdadera suerte de los indígenas, la opresión sin piedad de que son objeto y no condena su rebeldía, sabiendo que hemos hecho todo por provocarla. Pero de todos modos, piensa, hay límites: esos "guerrilleros"? deberían esforzarse por mostrarse caballeros; sería el mejor medio de probar que son hombres. A veces los reprende: "Van ustedes demasiado lejos, no seguiremos apoyándolos;" A ellos no les importa; para lo que sirve el apoyo que les presta, ya puede hacer con él lo que más le plazca. Desde que empezó su guerra, comprendieron esa rigurosa verdad: todos valemos lo que somos, todos nos hemos aprovechado de ellos, no tienen que probar nada, no harán distinciones con nadie. Un solo deber, un objetivo único: expulsar al colonialismo por todos los medios. Y los más alertas entre nosotros estarían dispuestos, en rigor, a admitirlo, pero no pueden dejar de ver en esa prueba de fuerza el medio inhumano que los subhombres han asumido para lograr que se les otorgue carta de humanidad: que se les otorgue lo más pronto posible y que traten luego, por medios pacíficos, de merecerla. Nuestras almas bellas son racistas.

    Nos servirá la lectura de Fanon; esa violencia irreprimible, lo demuestra plenamente, no es una absurda tempestad ni la resurrección de instintos salvajes ni siquiera un efecto del resentimiento: es el hombre mismo reintegrándose. Esa verdad, me parece, la hemos conocido y la hemos olvidado: ninguna dulzura borrará las señales de la violencia; sólo la violencia puede destruirlas. Y el colonizado se cura de la neurosis colonial expulsando al colono con las armas. Cuando su ira estalla, recupera su transparencia perdida, se conoce en la medida misma en que se hace; de lejos, consideramos su guerra como el triunfo de la barbarie; pero procede por sí misma a la emancipación progresiva del combatiente, liquida en él y fuera de él, progresivamente, las tinieblas coloniales. Desde que empieza, es una guerra sin piedad. O se sigue aterrorizado o se vuelve uno terrible; es decir: o se abandona uno a las disociaciones de una vida falseada o se conquista la unidad innata. Cuando los campesinos reciben los fusiles, los viejos mitos palidecen, las prohibiciones desaparecen una por una; el arma de un combatiente es su humanidad. Porque, en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pujaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional bajo la planta de los pies. En ese instante, la Nación no se aleja de él: se encuentra dondequiera que él va, allí donde él está -nunca más lejos, se confunde con su libertad. Pero, tras la primera sorpresa, el ejército colonial reacciona: hay que unirse o dejarse matar. Las discordias tribales se atenúan, tienden a desaparecer; primero porque ponen en peligro la Revolución y, más hondamente, porque no tenían más finalidad que derivar la violencia hacia falsos enemigos. Cuando persisten -como en el Congo- es porque son alimentadas por los agentes del colonialismo. La Nación se pone en marcha: para cada hermano está en dondequiera que combaten otros hermanos. Su amor fraternal es lo contrario del odio que les tienen a ustedes: son hermanos porque cada uno de ellos ha matado o puede, de un momento a otro, haber matado. Fanon muestra a sus lectores los límites de la "espontaneidad", la necesidad y los peligros de la "organización". Pero, cualquiera que sea la inmensidad de la tarea, en cada paso de la empresa se profundiza la conciencia social. Los últimos complejos desaparecen: que nos hablen del "complejo de dependencia" en el soldado del A.L.N. Liberado de sus anteojeras, el campesino toma conciencia de sus necesidades: ellos lo mataban, pero él trataba de ignorarlos; ahora los descubre como exigencias infinitas. En esta violencia popular, para sostenerse cinco años, ocho años como han hecho los argelinos, las necesidades militares, sociales y políticas no pueden distinguirse. La guerra -aunque sólo fuera planteando el asunto del mando y las responsabilidades- instituye nuevas estructuras que serán las primeras instituciones de la paz. He aquí, pues, al hombre instaurado hasta en las nuevas tradiciones, hijas futuras de un horrible presente, helo aquí legitimado por un derecho que va a nacer, que nace cada día en el fuego mismo: con el último colono muerto, reembarcado o asimilado, la especie minoritaria desaparece y cede su lugar a la fraternidad socialista. Y esto no basta: ese combatiente quema las etapas; por supuesto no arriesga su piel para encontrarse al nivel del viejo "metropolitano". Tiene mucha paciencia: quizá sueña a veces con un nuevo Dien-Bien-Phu; pero en realidad no cuenta con eso: es un mendigo que lucha, en su miseria, contra ricos fuertemente armados. En espera de las victorias decisivas y con frecuencia sin esperar nada, hostiga a sus adversarios hasta exacerbarlos. Esto no se hace sin espantosas pérdidas; el ejército colonial se vuelve feroz: cuadrillas, ratissages,? concentraciones, expediciones punitivas; se asesina a mujeres y niños. Él lo sabe: ese hombre nuevo comienza su vida de hombre por el final; se sabe muerto en potencia. Lo matarán: no sólo acepta el riesgo sino que tiene la certidumbre; ese muerto en potencia ha perdido a su mujer, a sus hijos; ha visto tantas agonías que prefiere vencer a sobrevivir; otros gozarán de la victoria, él no: está demasiado cansado. Pero esa fatiga del corazón es la fuente de un increíble valor. Encontramos nuestra humanidad más acá de la muerte y de la desesperación, él la encuentra más allá de los suplicios y de la muerte. Nosotros hemos sembrado el viento, él es la tempestad. Hijo de la violencia, en ella encuentra a cada instante su humanidad: éramos hombres a sus expensas, él se hace hombre a expensas nuestras. Otro hombre: de mejor calidad.

    Aquí se detiene Fanon. Ha mostrado el camino: vocero de los combatientes, ha reclamado la unión, la unidad del Continente africano contra todas las discordias y todos los particularismos. Su fin está logrado. Si quisiera describir integralmente el hecho histórico de la descolonización, tendría que hablar de nosotros, y ése no es, sin duda, su propósito. Pero, cuando cerramos el libro, continúa en nosotros, a pesar de su autor, porque experimentamos la fuerza de los pueblos en revolución y respondemos con la fuerza. Hay, pues, un nuevo momento de violencia y nos es necesario volvernos hacia nosotros esta vez porque esa violencia nos está cambiando en la medida en que el falso indígena cambia a través de ella. Que cada cual reflexione como quiera, con tal de que reflexione: en la Europa de hoy, aturdida por los golpes que recibe, en Francia, en Bélgica, en Inglaterra, la menor distracción del pensamiento es una complicidad criminal con el colonialismo. Este libro no necesitaba un prefacio. Sobre todo, porque no se dirige a nosotros. Lo escribí, sin embargo, para llevar la dialéctica hasta sus últimas consecuencias: también a nosotros, los europeos, nos están descolonizando; es decir, están extirpando en una sangrienta operación al colono que vive en cada uno de nosotros. Debemos volver la mirada hacia nosotros mismos, si tenemos el valor de hacerlo, para ver qué hay en nosotros. Primero hay que afrontar un espectáculo inesperado: el striptease de nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no era sino una ideología mentirosa, la exquisita justificación del pillaje; sus ternuras y su preciosismo justificaban nuestras agresiones. ¡Qué bello predicar la no violencia!: ¡Ni víctimas ni verdugos! ¡Vamos! Si no son ustedes víctimas, cuando el gobierno que han aceptado en un plebiscito, cuando el ejército en que han servido sus hermanos menores, sin vacilación ni remordimiento, han emprendido un "genocidio", indudablemente son verdugos. Y si prefieren ser víctimas, arriesgarse a uno o dos días de cárcel, simplemente optan por retirar su carta del juego. No pueden retirarla: tiene que permanecer allí hasta el final. Compréndanlo de una vez: si la violencia acaba de empezar, si la explotación y la opresión no han existido jamás sobre la Tierra, quizá la pregonada "no violencia" podría poner fin a la querella. Pero si el régimen todo y hasta sus ideas sobre la no violencia están condicionados por una opresión milenaria, su pasividad no sirve sino para alinearlos del lado de los opresores.

    Ustedes saben bien que somos explotadores. Saben que nos apoderamos del oro y los metales y el petróleo de los "continentes nuevos" para traerlos a las viejas metrópolis. No sin excelentes resultados: palacios, catedrales, capitales industriales; y cuando amenazaba la crisis, ahí estaban los mercados coloniales para amortiguarla o desviarla. Europa, cargada de riquezas, otorgó de jure la humanidad a todos sus habitantes: un hombre, entre nosotros, quiere decir un cómplice puesto que todos nos hemos beneficiado con la explotación colonial. Ese continente gordo y lívido acaba por caer en lo que Fanon llama justamente el "narcisismo". Cocteau se irritaba con París, "esa ciudad que habla todo el tiempo de sí misma". ¿Y qué otra cosa hace Europa? ¿Y ese monstruo supereuropeo, la América del Norte? Palabras: libertad, igualdad, fraternidad, amor, honor, patria. ¿Qué se yo? Esto no nos impedía pronunciar al mismo tiempo frases racistas, cochino negro, cochino judío, cochino ratón. Los buenos espíritus, liberales y tiernos -los neocolonialistas, en una palabra- pretendían sentirse asqueados por esa inconsecuencia; error o mala fe: nada más consecuente, entre nosotros, que un humanismo racista, puesto que el europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos. Mientras existió la condición de indígena, la impostura no se descubrió; se encontraba en el género humano una abstracta formulación de universalidad que servía para encubrir prácticas más realistas: había, del otro lado del mar, una raza de subhombres que, gracias a nosotros, en mil años quizá, alcanzarían nuestra condición. En resumen, se confundía el género con la élite. Actualmente el indígena revela su verdad; de un golpe, nuestro club tan cerrado revela su debilidad: no era ni más ni menos que una minoría. Lo que es peor: puesto que los otros se hacen hombres en contra nuestra, se demuestra que somos los enemigos del género humano; la élite descubre su verdadera naturaleza: la de una pandilla. Nuestros caros valores pierden sus alas; si los contemplamos de cerca, no encontraremos uno solo que no esté manchado de sangre. Si necesitan ustedes un ejemplo, recuerden las grandes frases: ¡cuan generosa es Francia! ¿Generosos nosotros? ¿Y Setif? ¿Y esos ocho años de guerra feroz que han costado la vida a más de un millón de argelinos? Y la tortura. Pero comprendan que no se nos reprocha haber traicionado una misión: simplemente porque no teníamos ninguna. Es la generosidad misma la que se pone en duda; esa hermosa palabra cantarina no tiene más que un sentido: condición otorgada. Para los hombres de enfrente, nuevos y liberados, nadie tiene el poder ni el privilegio de dar nada a nadie. Cada uno tiene todos los derechos. Sobre todos; y nuestra especie, cuando un día llegue a ser, no se definirá como la suma de los habitantes del globo sino como la unidad infinita de sus reciprocidades. Aquí me detengo; ustedes pueden seguir la labor sin dificultad. Basta mirar de frente, por primera y última vez, nuestras aristocráticas virtudes: se mueren; ¿cómo podrían sobrevivir a la aristocracia de subhombres que las han engendrado? Hace años, un comentador burgués -y colonialista- para defender a Occidente no pudo decir nada mejor que esto: "No somos ángeles. Pero, al menos, tenemos remordimientos." ¡Qué declaración! En otra época, nuestro Continente tenía otros salvavidas: el Partenón, Chartres, los Derechos del Hombre, la svástica. Ahora sabemos lo que valen: y ya no pretenden salvarnos del naufragio sino a través del muy cristiano sentimiento de nuestra culpabilidad. Es el fin, como verán ustedes: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente, que éramos los sujetos de la historia y que ahora somos sus objetos. La relación de fuerzas se ha invertido, la descolonización está en camino; lo único que pueden intentar nuestros mercenarios es retrasar su realización.

    Hace falta aún que las viejas "metrópolis" intervengan, que comprometan todas sus fuerzas en una batalla perdida de antemano. Esa vieja brutalidad colonial que hizo la dudosa gloria de los Bugeaud volvemos a encontrarla, al final de la aventura, decuplicada e insuficiente. Se envía al ejército a Argelia y allí se mantiene desde hace siete años sin resultado. La violencia ha cambiado de sentido; victoriosos, la ejercíamos sin que pareciera alterarnos: descomponía a los demás y en nosotros, los hombres, nuestro humanismo permanecía intacto; unidos por la ganancia, los "metropolitanos" bautizaban como fraternidad, como amor, la comunidad de sus crímenes; actualmente, bloqueada por todas partes, vuelve sobre nosotros a través de nuestros soldados, se interioriza y nos posee. La involución comienza: el colonizado se reintegra y nosotros, ultras y liberales, y colonos y "metropolitanos" nos descomponemos. Ya la rabia y el miedo están al desnudo: se muestran al descubierto en las "cacerías de ratas" de Argel. ¿Dónde están ahora los salvajes? ¿Dónde está la barbarie? Nada falta, ni siquiera el tam-tam: las bocinas corean "Argelia francesa" mientras los europeos queman vivos a los musulmanes. No hace mucho, recuerda Fanon, los psiquiatras se afligían en un congreso por la criminalidad de los indígenas: esa gente se mata entre sí, decían, eso no es normal; su corteza cerebral debe estar subdesarrollada. En África central, otros han establecido que "el africano utiliza muy poco sus lóbulos frontales". Ésos sabios deberían proseguir ahora su encuesta en Europa y particularmente entre los franceses. Porque también nosotros, desde hace algunos años, debemos estar afectados de pereza mental: los Patriotas empiezan a asesinar a sus compatriotas; en caso de ausencia, hacen volar en trozos al conserje y su casa. No es más que el principio: la guerra civil está prevista para el otoño o la próxima primavera. Nuestros lóbulos parecen, sin embargo, en perfecto estado: ¿no será, más bien, que al no poder aplastar al indígena, la violencia se vuelve sobre sí misma, se acumula en el fondo de nosotros y busca una salida? La unión del pueblo argelino produce la desunión del pueblo francés; en todo el territorio de la antigua metrópoli, las tribus danzan y se preparan para el combate. El terror ha salido de África para instalarse aquí: porque están los furiosos, que quieren hacernos pagar con nuestra sangre la vergüenza de haber sido derrotados por el indígena y están los demás, todos los demás, igualmente culpables -después de Bizerta, después de los linchamientos de septiembre ¿quién salió a la calle para decir: basta?-, pero más sosegados: los liberales, los más duros de los duros de la izquierda muelle. También a ellos les sube la fiebre. Y el malhumor. ¡Pero qué espanto! Disimulan su rabia con mitos, con ritos complicados; para retrasar el arreglo final de cuentas y la hora de la verdad, han puesto a la cabeza del país a un Gran Brujo cuyo oficio es mantenernos a cualquier precio en la oscuridad. Nada se logra; proclamada por unos, rechazada por otros, la violencia gira en redondo: un día hace explosión en Metz, al día siguiente en Burdeos; ha pasado por aquí, pasará por allá, es el juego de prendas. Ahora nos toca el turno de recorrer, paso a paso, el camino que lleva a la condición de indígena. Pero para convertirnos en indígenas del todo, sería necesario que nuestro suelo fuera ocupado por los antiguos colonizados y que nos muriéramos de hambre. Esto no sucederá: no, es el colonialismo decadente el que nos posee, el que nos cabalgará pronto, chocho y soberbio; ése es nuestro zar, nuestro loa. Y al leer el último capítulo de Fanon uno se convence de que vale más ser un indígena en el peor momento de la desdicha que un ex colono. No es bueno que un funcionario de la policía se vea obligado a torturar diez horas diarias: a ese paso, sus nervios llegarán a quebrarse a no ser que se prohíba a los verdugos, por su propio bien, el trabajo en horas suplementarias. Cuando se quiere proteger con el rigor de las leyes la moral de la Nación y del Ejército, no es bueno que éste desmoralice sistemáticamente a aquélla. Ni que un país de tradición republicana confíe a cientos de miles de sus jóvenes a oficiales putchistas. No es bueno, compatriotas, ustedes que conocen todos los crímenes cometidos en nuestro nombre, no es realmente bueno que no digan a nadie una sola palabra, ni siquiera a su propia alma, por miedo a tener que juzgarse a sí mismos. Al principio ustedes ignoraban, quiero creerlo, luego dudaron y ahora saben, pero siguen callados. Ocho años de silencio degradan. Y en vano: ahora, el sol cegador de la tortura está en el cenit, alumbra a todo el país; bajo esa luz, ninguna risa suena bien, no hay una cara que no se cubra de afeites para disimular la cólera o el miedo, no hay un acto que no traicione nuestra repugnancia y complicidad. Basta actualmente que dos franceses se encuentren para que haya entre ellos un cadáver. Y cuando digo uno... Francia era antes el nombre de un país, hay que tener cuidado de que no sea, en 1961, el nombre de una neurosis.

    ¿Sanaremos? Sí. La violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las heridas que ha infligido. En este momento estamos encadenados, humillados, enfermos de miedo: en lo más bajo. Felizmente esto no basta todavía a la aristocracia colonialista: no puede concluir su misión retardataria en Argelia sin colonizar primero a los franceses. Cada día retrocedemos frente a la contienda, pero pueden estar seguros de que no la evitaremos: ellos, los asesinos, la necesitan; van a seguir revoloteando a nuestro alrededor, a seguir golpeando el yunque. Así se acabará la época de los brujos y los fetiches: tendrán ustedes que pelear o se pudrirán en los campos de concentración. Es el momento final de la dialéctica: ustedes condenan esa guerra, pero no se atreven todavía a declararse solidarios de los combatientes argelinos; no tengan miedo, los colonos y los mercenarios los obligarán a dar este paso. Quizá entonces, acorralados contra la pared, liberarán ustedes por fin esa violencia nueva suscitada por los viejos crímenes rezumados. Pero eso, como suele decirse, es otra historia. La historia del hombre. Estoy seguro de que ya se acerca el momento en que nos uniremos a quienes la están haciendo.

    Jean-Paul Sartre, septiembre de 1961.


                                            


    I. LA VIOLENCIA
    Liberación nacional, renacimiento nacional, restitución de la nación al pueblo, Commonwealth, cualesquiera que sean las rúbricas utilizadas o las nuevas fórmulas introducidas, la descolonización es siempre un fenómeno violento. En cualquier nivel que se la estudie: encuentros entre individuos, nuevos nombres de los clubes deportivos, composición humana de los cocktail-parties, de la policía, de los consejos de administración, de los bancos nacionales o privados, la descolonización es simplemente la sustitución de una "especie" de hombres por otra "especie" de hombres. Sin transición, hay una sustitución total, completa, absoluta. Por supuesto, podría mostrarse igualmente el surgimiento de una nueva nación, la instauración de un Estado nuevo, sus relaciones diplomáticas, su orientación política, económica. Pero hemos querido hablar precisamente de esa tabla rasa que define toda descolonización en el punto de partida. Su importancia inusitada es que constituye, desde el primer momento, la reivindicación mínima del colonizado. A decir verdad, la prueba del éxito reside en un panorama social modificado en su totalidad. La importancia extraordinaria de ese cambio es que es deseado, reclamado, exigido. La necesidad de ese cambio existe en estado bruto, impetuoso y apremiante, en la conciencia y en la vida de los hombres y mujeres colonizados. Pero la eventualidad de ese cambio es igualmente vivida en la forma de un futuro aterrador en la conciencia de otra "especie" de hombres y mujeres: los colonos.
    La descolonización, que se propone cambiar el orden del mundo es, como se ve, un programa de desorden absoluto. Pero no puede ser el resultado de una operación mágica, de un sacudimiento natural o de un entendimiento amigable. La descolonización, como se sabe, es un proceso histórico: es decir, que no puede ser comprendida, que no resulta inteligible, traslúcida a sí misma, sino en la medida exacta en que se discierne el movimiento historizante que le da forma y contenido. La descolonización es el encuentro de dos fuerzas congénitamente antagónicas que extraen precisamente su originalidad de esa especie de sustanciación que segrega y alimenta la situación colonial. Su primera confrontación se ha desarrollado bajo el signo de la violencia y su cohabitación -más precisamente la explotación del colonizado por el colono- se ha realizado con gran despliegue de bayonetas y de cañones. El colono y el colonizado se conocen desde hace tiempo. Y, en realidad, tiene razón el colono cuando dice conocerlos. Es el colono el que ha hecho y sigue haciendo al colonizado. El colono saca su verdad, es decir, sus bienes, del sistema colonial.
    La descolonización no pasa jamás inadvertida puesto que afecta al ser, modifica fundamentalmente al ser, transforma a los espectadores aplastados por la falta de esencia en actores privilegiados, recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la historia. Introduce en el ser un ritmo propio, aportado por los nuevos hombres, un nuevo lenguaje, una nueva humanidad. La descolonización realmente es creación de hombres nuevos. Pero esta creación no recibe su legitimidad de ninguna potencia sobrenatural: la "cosa" colonizada se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera.
    En la descolonización hay, pues, exigencia de un replanteamiento integral de la situación colonial. Su definición puede encontrarse, si se quiere describirla con precisión, en la frase bien conocida: "los últimos serán los primeros". La descolonización es la comprobación de esa frase. Por eso, en el plano de la rescripción, toda descolonización es un logro.
    Expuesta en su desnudez, la descolonización permite adivinar a través de todos sus poros, balas sangrientas, cuchillos sangrientos. Porque si los últimos deben ser los primeros, no puede ser sino tras un afrontamiento decisivo y a muerte de los dos protagonistas. Esa voluntad afirmada de hacer pasar a los últimos a la cabeza de la fila, de hacerlos subir a un ritmo (demasiado rápido, dicen algunos) los famosos escalones que definen a una sociedad organizada, no puede triunfar sino cuando se colocan en la balanza todos los medios incluida, por supuesto, la violencia.
    No se desorganiza una sociedad, por primitiva que sea, con semejante programa si no se está decidido desde un principio, es decir, desde la formulación misma de ese programa, a vencer todos los obstáculos con que se tropiece en el camino. El colonizado que decide realizar ese programa, convertirse en su motor, está dispuesto en todo momento a la violencia. Desde su nacimiento, le resulta claro que ese mundo estrecho, sembrado de contradicciones, no puede ser impugnado sino por la violencia absoluta.
    El mundo colonial es un mundo en compartimientos. Sin duda resulta superfluo, en el plano de la descripción, recordar la existencia de ciudades indígenas y ciudades europeas, de escuelas para indígenas y escuelas para europeos, así como es superfluo recordar el apartheid en Sudáfrica. No obstante, si penetramos en la intimidad de esa separación en compartimientos, podremos al menos poner en evidencia algunas de las líneas de fuerza que presupone. Este enfoque del mundo colonial, de su distribución, de su disposición geográfica va a permitirnos delimitar los ángulos desde los cuales se reorganizará la sociedad descolonizada.
    El mundo colonizado es un mundo cortado en dos. La línea divisoria, la frontera está indicada por los cuarteles y las delegaciones de policía. En las colonias, el interlocutor válido e institucional del colonizado, el vocero del colono y del régimen de opresión es el gendarme o el soldado. En las sociedades de tipo capitalista, la enseñanza, religiosa o laica, la formación de reflejos morales trasmisibles de padres a hijos, la honestidad ejemplar de obreros condecorados después de cincuenta años de buenos y leales servicios, el amor alentado por la armonía y la prudencia, esas formas estéticas del respeto al orden establecido, crean en torno al explotado una atmósfera de sumisión y de inhibición que aligera considerablemente la tarea de las fuerzas del orden. En los países capitalistas, entre el explotado ? el poder se interponen una multitud de profesores de moral, de consejeros, de "desorientadores". En las regiones coloniales, por el contrario, el gendarme y el soldado, por su presencia inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto con el colonizado y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus poblados, que no se mueva. El intermediario del poder utiliza un lenguaje de pura violencia. El intermediario no aligera la opresión, no hace más velado el dominio. Los expone, los manifiesta con la buena conciencia de las fuerzas del orden. El intermediario lleva la violencia a la casa y al cerebro del colonizado.
    La zona habitada por los colonizados no es complementaria de la zona habitada por los colonos. Esas dos zonas se oponen, pero no al servicio de una unidad superior. Regidas por una lógica puramente aristotélica, obedecen al principio de exclusión recíproca: no hay conciliación posible, uno de los términos sobra. La ciudad del colono es una ciudad dura, toda de piedra y hierro. Es una ciudad iluminada, asfaltada, donde los cubos de basura están siempre llenos de restos desconocidos, nunca vistos, ni siquiera soñados. Los pies del colono no se ven nunca, salvo quizá en el mar, pero jamás se está muy cerca de ellos. Pies protegidos por zapatos fuertes, mientras las calles de su ciudad son limpias, lisas, sin hoyos, sin piedras. La ciudad del colono es una ciudad harta, perezosa, su vientre está lleno de cosas buenas permanentemente. La ciudad del colono es una ciudad de blancos, de extranjeros. La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la "medina" o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de boicots. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo. Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer. El colonizado es un envidioso. El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: "Quieren ocupar nuestro lugar." Es verdad, no hay un colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono.
    Ese mundo en compartimientos, ese mundo cortado en dos está habitado por especies diferentes. La originalidad del contexto colonial es que las realidades económicas, las desigualdades, la enorme diferencia de los modos de vida, no llegan nunca a ocultar las realidades humanas. Cuando se percibe en su aspecto inmediato el contexto colonial, es evidente que lo que divide al mundo es primero el hecho de pertenecer o no a tal especie, a tal raza. En las colonias, la infraestructura es igualmente una superestructura. La causa es consecuencia: se es rico porque se es blanco, se es blanco porque se es rico. Por eso los análisis marxistas deben modificarse ligeramente siempre que se aborda el sistema colonial. Hasta el concepto de sociedad precapitalista, bien estudiado por Marx, tendría que ser reformulado. El siervo es de una esencia distinta que el caballero, pero es necesaria una referencia al derecho divino para legitimar esa diferencia de clases. En las colonias, el extranjero venido de fuera se ha impuesto con la ayuda de sus cañones y de sus máquinas. A pesar de la domesticación lograda, a pesar de la apropiación, el colono sigue siendo siempre un extranjero. No son ni las fábricas, ni las propiedades, ni la cuenta en el banco lo que caracteriza principalmente a la "clase dirigente". La especie dirigente es, antes que nada, la que viene de afuera, la que no se parece a los autóctonos, a "los otros".
    La violencia que ha presidido la constitución del mundo colonial, que ha ritmado incansablemente la destrucción de las formas sociales autóctonas, que ha demolido sin restricciones los sistemas de referencias de la economía, los modos de apariencia, la ropa, será reivindicada y asumida por el colonizado desde el momento en que, decidida a convertirse en la historia en acción, la masa colonizada penetre violentamente en las ciudades prohibidas. Provocar un estallido del mundo colonial será, en lo sucesivo, una imagen de acción muy clara, muy comprensible y capaz de ser asumida por cada uno de los individuos que constituyen el pueblo colonizado. Dislocar al mundo colonial no significa que después de la abolición de las fronteras se arreglará la comunicación entre las dos zonas. Destruir el mundo colonial es, ni más ni menos, abolir una zona, enterrarla en lo más profundo de la tierra o expulsarla del territorio.
    La impugnación del mundo colonial por el colonizado no es una confrontación racional de los puntos de vista. No es un discurso sobre lo universal, sino la afirmación desenfrenada de una originalidad formulada como absoluta. El mundo colonial es un mundo maniqueo. No le basta al colono limitar físicamente, es decir, con ayuda de su policía y de sus gendarmes, el espacio del colonizado. Como para ilustrar el carácter totalitario de la explotación colonial, el colono hace del colonizado una especie de quintaesencia del mal.1 La sociedad colonizada no sólo se define como una sociedad sin valores. No le basta al colono afirmar que los valores han abandonado o, mejor aún, no han habitado jamás el mundo colonizado. El indígena es declarado impermeable a la ética; ausencia de valores, pero también negación de los valores. Es, nos atrevemos a decirlo, el enemigo de los valores. En este sentido, es el mal absoluto. Elemento corrosivo, destructor de todo lo que está cerca, elemento deformador, capaz de desfigurar todo lo que se refiere a la estética o la moral, depositario de fuerzas maléficas, instrumento inconsciente e irrecuperable de fuerzas ciegas. Y M. Meyer podía decir seriamente a la Asamblea Nacional Francesa que no había que prostituir la República haciendo penetrar en ella al pueblo argelino. Los valores, en efecto, son irreversiblemente envenenados e infectados cuando se les pone en contacto con el pueblo colonizado. Las costumbres del colonizado, sus tradiciones, sus mitos, sobre todo sus mitos, son la señal misma de esa indigencia, de esa depravación constitucional. Por eso hay que poner en el mismo plano al D.D.T, que destruye los parásitos, trasmisores de enfermedades, y a la religión cristiana, que extirpa de raíz las, herejías, los instintos, el mal. El retroceso de la fiebre amarilla y los progresos de la evangelización forman parte de un mismo balance. Pero los comunicados triunfantes de las misiones, informan realmente acerca de la importancia de los fermentos de enajenación introducidos en el seno del pueblo colonizado. Hablo de la religión cristiana y nadie tiene derecho a sorprenderse. La Iglesia en las colonias es una Iglesia de blancos, una Iglesia de extranjeros. No llama al hombre colonizado al camino de Dios sino al camino del Blanco, del amo, del opresor. Y, como se sabe, en esta historia son muchos los llamados y pocos los elegidos.
    A veces ese maniqueísmo llega a los extremos de su lógica y deshumaniza al colonizado. Propiamente hablando lo animaliza. Y, en realidad, el lenguaje del colono, cuando habla del colonizado, es un lenguaje zoológico. Se alude a los movimientos de reptil del amarillo, a las emanaciones de la ciudad indígena, a las hordas, a la peste, el pulular, el hormigueo, las gesticulaciones. El colono, cuando quiere describir y encontrar la palabra justa, se refiere constantemente al bestiario. El europeo raramente utiliza "imágenes". Pero el colonizado, que comprende el proyecto del colono, el proceso exacto que se pretende hacerle seguir, sabe inmediatamente en qué piensa. Esa demografía galopante, esas masas histéricas, esos rostros de los que ha desaparecido toda humanidad, esos cuerpos obesos que no se parecen ya a nada, esa cohorte sin cabeza ni cola, esos niños que parecen no pertenecer a nadie, esa pereza desplegada al sol, ese ritmo vegetal, todo eso forma parte del vocabulario colonial. El general De Gaulle habla de las "multitudes amarillas" y el señor Mauriac de las masas negras, cobrizas y amarillas que pronto van a irrumpir en oleadas. El colonizado sabe todo eso y ríe cada vez que se descubre como animal en las palabras del otro. Porque sabe que no es un animal. Y precisamente, al mismo tiempo que descubre su humanidad, comienza a bruñir sus armas para hacerla triunfar.
    Cuando el colonizado comienza a presionar sus amarras, a inquietar al colono, se le envían almas buenas que, en los "Congresos de cultura" le exponen las calidades específicas, las riquezas de los valores occidentales. Pero cada vez que se trata de valores occidentales se produce en el colonizado una especie de endurecimiento, de tetania muscular. En el periodo de descolonización, se apela a la razón de los colonizados. Se les proponed valores seguros, se les explica prolijamente que la descolonización no debe significar regresión, que hay que apoyarse en valores experimentados, sólidos, bien considerados. Pero sucede que cuando un colonizado oye un discurso sobre la cultura occidental, saca su machete o al menos se asegura de que está al alcance de su mano. La violencia con la cual se ha afirmado la supremacía de los valores blancos, la agresividad que ha impregnado la confrontación victoriosa de esos valores con los modos de vida o de pensamiento de los colonizados hacen que, por una justa inversión de las cosas, el colonizado se burle cuando se evocan frente a él esos valores. En el contexto colonial, el colono no se detiene en su labor de crítica violenta del colonizado, sino cuando este último ha reconocido en voz alta e inteligible la supremacía de los valores blancos. En el periodo de descolonización, la masa colonizada se burla de esos mismos valores, los insulta, los vomita con todas sus fuerzas.
    Ese fenómeno se disimula generalmente porque, durante el periodo de descolonización, ciertos intelectuales colonizados han entablado un diálogo con la burguesía del país colonialista. Durante ese periodo, la población autóctona es percibida como masa indistinta. Las pocas individualidades autóctonas que los burgueses colonialistas han tenido ocasión de conocer aquí y allá no pesan suficientemente sobre esa percepción inmediata para dar origen a matices. Por el contrario, durante el periodo de liberación, la burguesía colonialista busca febrilmente establecer contactos con las "élites". Es con esas élites con las que se establece el famoso diálogo sobre los valores. La burguesía colonialista, cuando advierte la imposibilidad de mantener su dominio sobre los países coloniales, decide entablar un combate en la retaguardia, en el terreno de la cultura, de los valores, de las técnicas, etc. Pero lo que no hay que perder nunca de vista es que la inmensa mayoría de los pueblos colonizados es impermeable a esos problemas. Para el pueblo colonizado, el valor más esencial, por ser el más concreto, es primordialmente la tierra: la tierra que debe asegurar el pan y, por supuesto, la dignidad. Pero esa dignidad no tiene nada que ver con la dignidad de la "persona humana". Esa persona humana ideal, jamás ha oído hablar de ella. Lo que el colonizado ha visto en su tierra es que podían arrestarlo, golpearlo hambrearlo impunemente; y ningún profesor de moral, ningún cura, vino jamás a recibir los golpes en su lugar ni a compartir con él su pan. Para el colonizado, ser moralista es, muy concretamente, silenciar la actitud déspota del colono, y así quebrantar su violencia desplegada, en una palabra, expulsarlo definitivamente del panorama. El famoso principio que pretende que todos los hombres sean iguales encontrará su ilustración en las colonias cuando el colonizado plantee que es el igual del colono. Un paso más querrá pelear para ser más que el colono. En realidad, ya ha decidido reemplazar al colono, tomar su lugar. Como se ve, es todo un universo material y moral el que se desploma. El intelectual que ha seguido, por su parte, al colonialista en el plano de lo universal abstracto va a pelear porque el colono y el colonizado puedan vivir en paz en un mundo nuevo. Pero o que no ve, porque precisamente el colonialismo se ha infiltrado en él con todos sus modos de pensamiento, es que el colono, cuando desaparece el contexto colonial, no tiene ya interés en quedarse, en coexistir. No es un azar si, inclusive antes de cualquier negociación entre el gobierno argelino y el gobierno francés, la minoría europea llamada "liberal" ya ha dado a conocer su posición: reclama, ni más ni menos, la doble ciudadanía. Es que acantonándose en el plano abstracto, se quiere condenar al colono a dar un salto muy concreto a lo desconocido. Digámoslo: el colono sabe perfectamente que ninguna fraseología sustituye a la realidad. El colonizado, por tanto, descubre que su vida, su respiración, los latidos de su corazón son los mismos que los del colono. Descubre que una piel de colono no vale más que una piel de indígena. Hay que decir, que ese descubrimiento introduce una sacudida esencial en el mundo. Toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto. Si, en efecto, mi vida tiene el mismo peso que la del colono, su mirada ya no me fulmina, ya no me inmoviliza, su voz no me petrifica. Ya no me turbo en su presencia. Prácticamente, lo fastidio. No sólo su presencia no me afecta ya, sino que le preparo emboscadas tales que pronto no tendrá más salida que la huida.
    El contexto colonial, hemos dicho, se caracteriza por la dicotomía que inflige al mundo. La descolonización unifica ese mundo, quitándole por una decisión radical su heterogeneidad, unificándolo sobre la base de la nación, a veces de la raza. Conocemos esa frase feroz de los patriotas senegaleses, al evocar las maniobras de su presidente Senghor: "Hemos pedido la africanización de los cuadros, y resulta que Senghor africaniza a los europeos." Lo que quiere decir que el colonizado tiene la posibilidad de percibir en una inmediatez absoluta si la descolonización tiene lugar o no: el mínimo exigido es que los últimos sean los primeros.
    Pero el intelectual colonizado aporta variantes a esta demanda y, en realidad, las motivaciones no parecen faltarle: cuadros administrativos, cuadros técnicos, especialistas. Pero el colonizado interpreta esos salvoconductos ilegales como otras tantas .maniobras de sabotaje y no es raro oír a un colonizado declarar aquí y allá: "No valía la pena, entonces, ser independientes..."
    En las regiones colonizadas donde se ha llevado a cabo una verdadera lucha de liberación, donde la sangre del pueblo ha corrido y donde la duración de la fase armada ha favorecido el reflujo de los intelectuales sobre bases populares, se asiste a una verdadera erradicación de la superestructura bebida por esos intelectuales en los medios burgueses colonialistas. En su monólogo narcisista, la burguesía colonialista, a través de sus universitarios, había arraigado profundamente, en efecto, en el espíritu del colonizado que las esencias son eternas a pesar de todos los errores imputables a los hombres. Las esencias occidentales, por supuesto. El colonizado aceptaba lo bien fundado de estas ideas y en un repliegue de su cerebro podía descubrirse un centinela vigilante encargado de defender el pedestal grecolatino. Pero, durante la lucha de liberación, cuando el colonizado vuelve a establecer contacto con su pueblo, ese centinela ficticio se pulveriza. Todos los valores mediterráneos, triunfo de la persona humana, de la claridad y de la Belleza, se convierten en adornos sin vida y sin color. Todos esos argumentos parecen ensambles de palabras muertas. Esos valores que parecían ennoblecer el alma se revelan inutilizables porque no se refieren al combate concreto que ha emprendido el pueblo.
    Y, en primer lugar, el individualismo. El intelectual colonizado había aprendido de sus maestros que el individuo debe afirmarse. La burguesía colonialista había introducido a martillazos, en el espíritu del colonizado, la idea de una sociedad de individuos donde cada cual se encierra en su subjetividad, donde la riqueza es la del pensamiento. Pero el colonizado qué tenga la oportunidad de sumergirse en el pueblo durante la lucha de liberación va a descubrir la falsedad de esa teoría. Las formas de organización de la lucha van a proponerle ya un vocabulario inhabitual. El hermano, la hermana, el camarada son palabras proscritas por la burguesía colonialista porque, para ella, mi hermana es mi cartera, mi camarada mi compinche en la maniobra turbia. El intelectual colonizado asiste, en una especie de auto de fe, a la destrucción de todos sus ídolos: el egoísmo, la recriminación orgullosa, la imbecilidad infantil del que siempre quiere decir la última palabra. Ese intelectual colonizado, atonizado por la cultura colonialista, descubrirá igualmente la consistencia de las asambleas de las aldeas, la densidad de las comisiones del pueblo, la extraordinaria fecundidad de las reuniones de barrio y de célula. Los asuntos de cada uno ya no dejarán jamás de ser asuntos de todos porque, concretamente, todos serán descubiertos por los legionarios y asesinados, o todos se salvarán. La indiferencia hacia los demás, esa forma atea de la salvación, está prohibida en este contexto.
    Se habla mucho desde hace tiempo de la autocrítica: ¿se sabe acaso que fue primero una institución africana? Ya sea en los djemaas de África del Norte o en las reuniones de África Occidental, la tradición quiere que los conflictos que estallan en una aldea sean debatidos en público. Autocrítica en común, sin duda, con una nota de humor, sin embargo, porque todo el mundo se siente sin presiones, porque en última instancia todos queremos las mismas cosas. El cálculo, los silencios insólitos, las reservas, el espíritu subterráneo, el secreto, todo eso lo abandona el intelectual a medida que se sumerge en el pueblo. Y es verdad que entonces puede decirse que la comunidad triunfa ya en ese nivel, que segrega su propia luz, su propia razón.
    Pero puede suceder que la descolonización se produzca en regiones que no han sido suficientemente sacudidas por la lucha de liberación y allí se encuentran esos mismos intelectuales hábiles, maliciosos, astutos. En ellos se encuentran intactas las formas de conducta y de pensamiento recogidas en el curso de su trato con la burguesía colonialista. Ayer niños mimados del colonialismo, hoy de la autoridad nacional, organizan el pillaje de los recursos nacionales. Despiadados, suben por combinaciones o por robos legales: importación-exportación, sociedades anónimas, juegos de bolsa, privilegios ilegales, sobre esa miseria actualmente nacional. Demandan con insistencia la nacionalización de las empresas comerciales, es decir, la reserva de los mercados y las buenas ocasiones sólo para los nacionales. Doctrinalmente, proclaman la necesidad imperiosa de nacionalizar el robo de la nación. En esa aridez del periodo nacional, en, la fase llamada de austeridad, el éxito de sus rapiñas provoca rápidamente la cólera la violencia del pueblo. Ese pueblo miserable e independiente, en el contexto africano e internacional actual, adquiere la conciencia social a un ritmo acelerado. Las pequeñas individualidades no tardarán en comprenderlo. Para asimilar la cultura del opresor y aventurarse en ella, el colonizado ha tenido que dar garantías. Entre otras, ha tenido que hacer suyas las formas de pensamiento de la burguesía colonial. Esto se comprueba en la ineptitud del intelectual colonizado para dialogar. Porque no sabe hacerse inesencial frente al objeto o la idea. Por el contrario, cuando milita en el seno del pueblo se maravilla continuamente. Se ve literalmente desarmado por la buena fe y la honestidad del pueblo. El riesgo permanente que lo acecha entonces es hacer populismo. Se transforma en una especie de bendito-sí-sí, que asiente ante cada frase del pueblo, convertida por él en sentencia. Pero el fellah, el desempleado, el hambriento no pretende la verdad. No dice que él es la verdad, puesto que lo es en su ser mismo.
    El intelectual se comporta objetivamente, en esta etapa, como un vulgar oportunista. Sus maniobras, en realidad, no han cesado. El pueblo no piensa en rechazarlo ni en acorralarlo. Lo que el pueblo exige es que todo se ponga en común. La inserción del intelectual colonizado en la marea popular va a demorarse por la existencia en él de un curioso culto por el detalle. No es que el pueblo sea rebelde, si se le analiza. Le gusta que le expliquen, le gusta comprender las articulaciones de un razonamiento, le gusta ver hacia dónde va. Pero el intelectual colonizado, al principio de su cohabitación con el pueblo, da mayor importancia al detalle y llega a olvidar la derrota del colonialismo, el objeto mismo de la lucha. Arrastrado en el movimiento multiforme de la lucha, tiene tendencia a fijarse en tareas locales, realizadas con ardor, pero casi siempre demasiado solemnizadas. No ve siempre la totalidad. Introduce la noción de disciplinas, especialidades, campos, en esa terrible máquina de mezclar y triturar que es una revolución popular. Dedicado a puntos precisos del frente, suele perder de vista la unidad del movimiento y, en caso de fracaso local, se deja llevar por la duda, la decepción. El pueblo, al contrario, adopta desde el principio posiciones globales. La tierra y el pan: ¿qué hacer para obtener la tierra y el pan? Y ese aspecto preciso, aparentemente limitado, restringido del pueblo es, en definitiva, el modelo operatorio más enriquecedor y más eficaz.
    El problema de la verdad debe solicitar igualmente nuestra atención. En el seno del pueblo, desde siempre, la verdad sólo corresponde a los nacionales. Ninguna verdad absoluta, ningún argumento sobre la transparencia del alma puede destruir esa posición. A la mentira de la situación colonial, el colonizado responde con una mentira semejante. La conducta con los nacionales es abierta; crispada e ilegible con los colonos. La verdad es lo que precipita la dislocación del régimen colonial y pierde a los extranjeros. En el contexto colonial no existe una conducta regida por la verdad. Y el bien es simplemente lo que les hace mal a los otros.
    Se advierte entonces que el maniqueísmo primario que regía la sociedad colonial se conserva intacto en el periodo de descolonización. Es que el colono no deja de ser nunca el enemigo, el antagonista, precisamente el hombre que hay que eliminar. El opresor, en su zona, hace existir el movimiento, movimiento de dominio, de explotación, de pillaje. En la otra zona, la cosa colonizada, arrollada, expoliada, alimenta como puede ese movimiento, que va sin cesar desde las márgenes del territorio a los palacios y los muelles de la "metrópoli". En esa zona fija, la superficie está quieta, la palmera se balancea frente a las nubes, las olas del mar rebotan sobre los guijarros, las materias primas van y vienen, legitimando la presencia del colono mientras que agachado, más muerto que vivo, el colonizado se eterniza en un sueño siempre igual. El colono hace la historia. Su vida es una epopeya, una odisea. Es el comienzo absoluto: "Esta tierra, nosotros la hemos hecho." Es la causa permanente: "Si nos vamos, todo está perdido, esta tierra volverá a la Edad Media." Frente a él, seres embotados, roídos desde dentro por las fiebres y las costumbres ancestrales, constituyen un marco casi mineral del dinamismo innovador del mercantilismo colonial.
    El colono hace la historia y sabe que la hace. Y como se refiere constantemente a la historia de la metrópoli, indica claramente que está aquí como prolongación de esa metrópoli. La historia que escribe no es, pues, la historia del país al que despoja, sino la historia de su nación en tanto que ésta piratea, viola y hambrea. La inmovilidad a que está condenado el colonizado no puede ser impugnada sino cuando el colonizado decide poner término a la historia de la colonización, a la historia del pillaje, para hacer existir la historia de la nación, la historia de la descolonización.
    Mundo dividido en compartimientos, maniqueo, inmóvil, mundo de estatuas: la estatua del general que ha hecho la conquista, la estatua del ingeniero que ha construido el puente. Mundo seguro de sí, que aplasta con sus piedras las espaldas desolladas por el látigo. He ahí el mundo colonial. El indígena es un ser acorralado, el apartheid no es sino una modalidad de la división en compartimientos del mundo colonial. La primera cosa que aprende el indígena es a ponerse en su lugar, a no pasarse de sus límites. Por eso sus sueños son sueños musculares, sueños de acción, sueños agresivos. Sueño que salto, que nado, que corro, que brinco. Sueño que río a carcajadas, que atravieso el río de un salto, que me persiguen muchos autos que no me alcanzan jamás. Durante la colonización, el colonizado no deja de liberarse entre las nueve de la noche y las seis de la mañana.
    Esa agresividad sedimentada en sus músculos, va a manifestarla el colonizado primero contra los suyos. Es el periodo en que los negros se pelean entre sí y los policías, los jueces de instrucción no saben qué hacer frente a la sorprendente criminalidad norafricana. Más adelante veremos lo que debe pensarse de este fenómeno.2 Frente a la situación colonial, el colonizado se encuentra en un estado de tensión permanente. El mundo del colono es un mundo hostil, que rechaza, pero al mismo tiempo es un mundo que suscita envidia. Hemos visto cómo el colonizado siempre sueña con instalarse en el lugar del colono. No con convertirse en colono, sino con sustituir al colono. Ese mundo hostil, pesado, agresivo, porque rechaza con todas sus asperezas a la masa colonizada, representa no el infierno del que habría que alejarse lo más pronto posible, sino un paraíso al alcance de la mano protegido por terribles canes.
    El colonizado está siempre alerta, descifrando difícilmente los múltiples signos del mundo colonial; nunca sabe si ha pasado o no del límite. Frente al mundo determinado por el colonialista, el colonizado siempre se presume culpable. La culpabilidad del colonizado no es una culpabilidad asumida, es más bien una especie de maldición, una espada de Damocles. Pero, en lo más profundo de sí mismo, el colonizado no reconoce ninguna instancia. Está dominado, pero no domesticado. Está inferiorizado, pero no convencido de su inferioridad. Espera pacientemente que el colono descuide su vigilancia para echársele encima. En sus músculos, el colonizado siempre está en actitud expectativa. No puede decirse que esté inquieto, que esté aterrorizado En realidad, siempre está presto a abandonar su papel de presa y asumir el de cazador. El colonizado es un perseguido que sueña permanentemente con transformarse en perseguidor. Los símbolos sociales -gendarmes, clarines que suenan en los cuarteles, desfiles militares y la bandera allá arriba- sirven a la vez de inhibidores y de excitantes. No significan: "No te muevas", sino "Prepara bien el golpe". Y de hecho, si el colonizado tuviera tendencia a dormirse, a olvidar, la altivez del colono y su preocupación por experimentar la solidez del sistema colonial, le recordarían constantemente que la gran confrontación no podrá ser indefinidamente demorada. Ese impulso de tomar el lugar del colono mantiene constantemente su tensión muscular. Sabemos, en efecto, que en condiciones emocionales dadas, la presencia del obstáculo acentúa la tendencia al movimiento.
    Las relaciones entre colono y colonizado son relaciones de masa. Al número, el colono opone su fuerza. El colono es un exhibicionista. Su deseo de seguridad lo lleva a recordar en alta voz al colonizado que: "Aquí el amo soy yo." El colono alimenta en el colonizado una cólera que detiene al manifestarse. El colonizado se ve apresado entre las mallas cerradas del colonialismo. Pero ya hemos visto cómo, en su interior, el colono sólo obtiene una seudopetrificación. La tensión muscular del colonizado se libera periódicamente en explosiones sanguinarias: luchas tribales, luchas de çofs, luchas entre individuos.
    Al nivel de los individuos, asistimos a una verdadera negación del buen sentido. Mientras que el colono o el policía pueden, diariamente, golpear al colonizado, insultarlo, ponerlo de rodillas, se verá al colonizado sacar su cuchillo a la menor mirada hostil o agresiva de otro colonizado. Porque el último recurso del colonizado es defender su personalidad frente a su igual. Las luchas tribales no hacen sino perpetuar los viejos rencores arraigados en la memoria. Al lanzarse con todas sus fuerzas a su venganza, el colonizado trata de convencerse de que el colonialismo no existe, que todo sigue como antes, que la historia continúa. Observamos con plena claridad, en el nivel de las colectividades, esas famosas formas de conducta de prevención, como si anegarse en la sangre fraterna permitiera no ver el obstáculo, diferir hasta más tarde la opción, sin embargo, inevitable, la que desemboca en la lucha armada contra el colonialismo. Autodestrucción colectiva muy concreta en las luchas tribales, tal es, pues, uno de los caminos por donde se libera la tensión muscular del colonizado. Todos esos comportamientos son reflejos de muerte frente al peligro, conductas suicidas que permiten al colono, cuya vida y dominio resultan tanto más consolidados, comprobar que esos hombres no son racionales. El colonizado logra igualmente, mediante la religión, no tomar en cuenta al colono. Por el fatalismo, se retira al opresor toda iniciativa, la causa de los males, de la miseria, del destino está en Dios. El individuo acepta así la disolución decidida por Dios, se aplasta frente al colono y frente a la suerte y, por una especie de reequilibrio interior, logra una serenidad de piedra.
    Mientras tanto, la vida continúa y es de los mitos terroríficos, tan prolíficos en las sociedades subdesarrolladas, de donde el colonizado va a extraer las inhibiciones de su agresividad: genios maléficos que intervienen cada vez que alguien se mueve de lado, hombres leopardos, hombres serpientes, canes con seis patas, zombis, toda una gama inagotable de formas animales o de gigantes crea en torno del colonizado un mundo de prohibiciones, de barreras, de inhibiciones, mucho más terrible que el mundo colonialista. Esta superestructura mágica que impregna a la sociedad autóctona cumple, dentro del dinamismo de la economía de la libido, funciones precisas. Una de las características, en efecto, de las sociedades subdesarrolladas es que la libido es principalmente cuestión de grupo, de familia. Conocemos ese rasgo, bien descrito por los etnólogos, de sociedades donde el hombre que sueña que tiene relaciones sexuales con una mujer que no es la suya debe confesar públicamente ese sueño y pagar el impuesto en especie o en jornadas de trabajo al marido o a la familia afectada. Lo que prueba de paso, que las sociedades llamadas prehistóricas dan una gran importancia la inconsciente.
    La atmósfera de mito y de magia, al provocar miedo, actúa como una realidad indudable. Al aterrorizarme, me integra en las tradiciones, en la historia de mi comarca o de mi tribu, pero al mismo tiempo me asegura, me señala un status, un acta de registro civil. El plano del secreto, en los países subdesarrollados, es un plano colectivo que depende exclusivamente de la magia. Al circunscribirme dentro de esa red inextricable donde los actos se repiten con una permanencia cristalina, lo que se afirma es la perennidad de un mundo mío, de un mundo nuestro. Los zombis son más aterrorizantes, créamelo, que los colonos. Y el problema no está ya entonces, en ponerse en regla con el mundo bardado de hierro del colonialismo, sino en pensarlo tres veces antes de orinar, escupir o salir de noche.
    Las fuerzas sobrenaturales, mágicas, son fuerzas sorprendentemente yoicas. Las fuerzas del colono quedan infinitamente empequeñecidas, resultan ajenas. Ya no hay que luchar realmente contra ellas puesto que lo que cuenta es la temible adversidad de las estructuras míticas. Todo se resuelve como se ve, en un permanente enfrentamiento en el plano fantasmagórico.
    De cualquier manera, en la lucha de liberación, ese pueblo antes lanzado en círculos irreales, presa de un terror indecible, pero feliz de perderse en una tormenta onírica, se disloca, se reorganiza y engendra, con sangre y lágrimas, confrontaciones reales e inmediatas. Dar de comer a los mudjahidines, apostar centinelas, ayudar a las familias creyentes de lo más necesario, reemplazar al marido muerto o prisionero: ésas son las tareas concretas que debe emprender el pueblo en la lucha por la liberación.
    En el mundo colonial, la efectividad del colonizado se mantiene a flor de piel como una llaga viva que no puede ser cauterizada. Y la psique se retracta, se oblitera, se descarga en demostraciones musculares que han hecho decir a hombres muy sabios que el colonizado es un histérico. Esta afectividad erecta, espiada por vigías invisibles, pero que se comunican directamente con el núcleo de la personalidad, va a complacerse eróticamente en las disoluciones motrices de la crisis.
    En otro ángulo, veremos cómo la afectividad del colonizado se agota en danzas más o menos tendientes al éxtasis. Por eso un estudio del mundo colonial debe tratar de comprender, forzosamente, el fenómeno de la danza y el trance. El relajamiento del colonizado es, precisamente, esa orgía muscular en el curso de la cual la agresividad más aguda, la violencia más inmediata se canalizan, se transforman, se escamotean. El círculo de la danza es un círculo permisible. Protege y autoriza. A horas fijas, en fechas fijas, hombres y mujeres se encuentran en un lugar determinado y, bajo la mirada grave de la tribu, se lanzan a una pantomima aparentemente desordenada, pero en realidad muy sistematizada en la que, por múltiples vías, negaciones con la cabeza, curvatura de la columna vertebral, inclinación hacia atrás de todo el cuerpo, se descifra abiertamente el esfuerzo grandioso de una colectividad para exorcizarse, liberarse, expresarse. Todo está permitido... en el ámbito de la danza. El montículo al que han subido como para estar más cerca de la luna, el ribazo en el que se han deslizado como para manifestar la equivalencia de la danza y la ablución, la purificación, son lugares sagrados. Todo está permitido porque, en realidad, no se reúnen sino para dejar que surja volcánicamente la libido acumulada, la agresividad reprimida. Muertes simbólicas, cabalgatas figuradas, múltiples asesinatos imaginarios todo eso tiene que salir. Los malos humores se derraman, tumultuosos como torrentes de lava.
    Un paso más y caemos en pleno trance. En verdad, son sesiones de posesión-desposesión las que se organizan: vampirismo, posesión por los djinns, por los zombis, por Legba, el dios ilustre del Vudú. Estas trituraciones de la personalidad, esos desdoblamientos, esas disoluciones cumplen una función económica primordial en la estabilidad del mundo colonizado. A la ida, los hombres y las mujeres estaban impacientes, excitados, "nerviosos". Al regreso, vuelven a la aldea la calma, la paz, la inmovilidad.
    En el curso de la lucha de liberación, se asistirá a un despego singular por esas prácticas. Frente a paredón, con el cuchillo en la garganta o, para ser más precisos, con los electrodos en las partes genitales, el colonizado va a verse obligado a dejar de narrarse historias.
    Después de azos de irrealismo, después de haberse revolcado entre los fantasmas más increíbles, el colonizado, empuñando la ametralladora, se enfrenta por fin a las únicas fuerzas que negaban su ser: las del colonialismo. Y el joven colonizado que crece en una atmósfera de hierro y fuego puede burlarse -y no se abstiene de hacerlo- de los antepasados zombis, de los caballos de dos cabezas, de los muertos que resucitan, de los djinns que se aprovechan de un bostezo para penetrar en nuestro cuerpo. El colonizado descubre lo real y lo transforma en el movimiento de su praxis, en el ejercicio de la violencia, en su proyecto de liberación.
    Hemos visto que durante todo el periodo colonial esta violencia, aunque a flor de piel, gira en el vacío. La hemos visto canalizada por las descargas emocionales de la danza o el trance. La hemos visto agotarse en luchas fratricidas. Ahora se plantea el problema de captar esa violencia en camino de reorientarse. Mientras antes se expresaba en los mitos y se ingeniaba en descubrir ocasiones de suicidio colectivo, he aquí que las condiciones nuevas van a permitirle cambiar de orientación.
    En el plano de la táctica política y de la Historia, en la época contemporánea se plantea un problema teórico de importancia capital con motivo de la liberación de las colonias; ¿cuando puede decirse que la situación está madura para un movimiento de liberación nacional? ¿Cuál debe ser su vanguardia? Como las descolonizaciones han revestido formas múltiples, la razón vacila y se prohíbe decir lo que es una verdadera descolonización y una falsa descolonización. Veremos que para el hombre comprometido es urgente decidir los medios, es decir, la conducta y la organización. Fuera de eso, no hay sino un voluntarismo ciego con los albures terriblemente reaccionarios que supone.
    ¿Cuáles, son las fuerzas que, en el periodo colonial, proponen a la violencia del colonizado nuevas vías nuevos polos de inversión? Primero los partidos políticos y las élites intelectuales o comerciales. Pero lo que caracteriza a ciertas formas políticas es el hecho de que proclaman principios, pero se abstienen de dar consignas. Toda la actividad de esos partidos políticos nacionalistas en el periodo colonial es una actividad de tipo electoral, una serie de disertaciones filosófico-políticas sobre el tema del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, del derecho de los hombres a la dignidad y al pan, la afirmación continua de “cada hombre un voto”. Los partidos políticos nacionalistas no insisten jamás en la necesidad de la prueba de fuerza, porque su objetivo no es precisamente la transformación radical del sistema. Pacifistas, legalistas, de hecho partidarios del orden… nuevo, esas formaciones políticas plantean crudamente a la burguesía colonialista el problema que les parece esencial: “Dennos el poder.” Sobre el problema específico de la violencia, las élites son ambiguas. Son violentas en las palabras y reformistas en las actitudes. Cuando los cuadros políticos nacionalistas burgueses dicen una cosa, advierten sin ambages que no la piensan realmente.
    Hay que interpretar esa característica de los partidos nacionalistas tanto por la calidad de sus cuadros como por la de sus partidarios. Los partidarios de los partidos nacionalistas son partidarios urbanos. Esos obreros, esos maestros, esos artesanos y comerciantes han empezado -en el nivel menor, por supuesto- a aprovechar ala situación colonial, tienen intereses particulares. Lo que esos partidarios reclaman es el mejoramiento de su suerte, el aumento de sus salarios. El diálogo entre estos partidarios políticos y el colonialismo no se rompe jamás. Se discuten arreglos, representación electoral, libertad de prensa, libertad de asociación. Se discuten reformas. No hay que sorprenderse; pues, de ver a gran húmero de indígenas militar en las sucursales de las formaciones políticas de la metrópoli: Esos indígenas luchan por un lema abstracto "él poder para el proletariado" olvidando que, en su región; hay que fundar el combate principalmente en lemas carácter nacionalista. El intelectual colonizado ha invertido su agresividad en su voluntad apenas velada de asimilarse al mundo colonial. Ha puesto su agresividad al servicio de sus propios intereses, de sus intereses de individuo; Así surge fácilmente una especie de esclavos manumisos: lo qué reclama el intelectual es la posibilidad de multiplicar los manumisos, la posibilidad de organizar una auténtica clase de manumisos. Las masas, por el contrario, no pretenden el aumento de las oportunidades de éxito de los individuos. Lo que exigen no es el status del colono, sino el lugar del colono. Los colonizados, en su inmensa mayoría, quieren la finca del colono. No se trata de entrar en competencia con él. Quieren su lugar.
    El campesinado es descuidado sistemáticamente por la propaganda de la mayoría de los partidos nacionalistas Y es evidente que en los países coloniales sólo el campesinado es revolucionario. No tiene nada que perder y tiene todo por ganar. El campesinado, el desclasado, el hambriento, es el explotado que descubre más pronto que sólo vale la violencia. Para él no hay transacciones, no hay posibilidad de arreglos. La colonización o la descolonización, son simplemente una relación de fuerzas. El explotado percibe que su liberación exige todos los medios y en primer lugar la fuerza. Cuando en 1956, después de la capitulación de Guy Mollet frente a los colonos de Argelia, el Frente de Liberación Nacional, en un célebre folleto, advertía que el colonialismo no cede sino con el cuchillo al cuello, ningún argelino consideró realmente que esos términos eran demasiado violentos. El folleto no hacía sino expresar lo que todos los argelinos resentían en lo más profundo de sí mismos: el colonialismo no es una máquina de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de naturaleza y no puede inclinarse sino ante una violencia mayor.
    En el momento de la explicación decisiva, la burguesía colonialista que había permanecido hasta entonces en su lecho de plumas, entra en acción. Introduce esta nueva noción que es, hablando propiamente, una creación de la situación colonial: la no violencia. En su forma bruta, esa no violencia significa para las élites intelectuales y económicas colonizadas que la burguesía colonialista tiene los mismos intereses que ellas y que resulta entonces indispensable, urgente, llegar a un acuerdo en pro de la salvación común. La no violencia es un intento de arreglar el problema colonial en torno al tapete verde de una mesa de juego, antes de cualquier gesto irreversible, cualquier efusión de sangre, cualquier acto lamentable. Pero si las masas, sin esperar a que se dispongan las sillas, no oyen sino su propia voz y comienzan los incendios y los atentados, se advierte entonces cómo las "élites" y los dirigentes de los partidos burgueses nacionalistas se precipitan hacia los colonialistas para decirles: "¡Esto es muy grave! Nadie sabe como va a acabar todo esto, hay que encontrar una solución hay que encontrar una transacción."
    Ésta idea de la transacción es muy importante en el fenómeno de la descolonización, ya que está lejos de ser simple. La transacción, en efecto, concierne tanto al sistema colonial como a la joven burguesía nacional. Los sustentadores del sistema colonial descubren que las masas corren el riesgo de destruirlo todo. El sabotaje de puentes, la destrucción de las fincas, las represiones, la guerra afectan duramente a la economía. Transacción igualmente para la burguesía nacional que, sin determinar muy bien las posibles consecuencias del tifón, teme en realidad ser barrida por esa formidable borrasca y no deja de decir a los colonos: "Todavía somos capaces de detener la carnicería, las masas tienen aún confianza en nosotros, apúrense si no quieren comprometer todo." Un paso más y el dirigente del partido nacionalista guarda su distancia en relación con esa violencia. Afirma en alta voz que no tiene nada que ver con esos Mau-Mau, con esos terroristas, con esos degolladores. En el mejor de los casos, se atrinchera en un no man's land entre los terroristas y los colonos y se presenta gustosamente como "interlocutor": lo que significa que, como los colonos no pueden discutir con los Mau-Mau, él está dispuesto a facilitarles las negociaciones. Es así como la retaguardia de la lucha nacional, esa parte del pueblo que nunca ha dejado de estar del otro lado de la lucha, se encuentra situada por una especie de gimnasia a la vanguardia de las negociaciones y de la transacción -porque precisamente siempre se ha cuidado de no romper el contacto con el colonialismo.
    Antes de la negociación, la mayoría de los partidos nacionalistas se contentan en el mejor de los casos, con explicar, excusar ese “salvajismo”. No reivindican la lucha popular y no es raro que se dejen ir, en círculos cerrados, hasta condenar esos actos espectaculares declarados odiosos por la prensa y la oposición de la metrópoli. La preocupación por ver las cosas objetivamente constituye la excusa legítima de esta política de inmovilidad. Pero esa actitud clásica de intelectual colonizado y de los dirigentes de los partidos nacionalistas, no es verdaderamente objetiva. En realidad no están seguros de que esa violencia impaciente de las masas sea el medio más eficaz para defender sus propios intereses. Además están convencidos de la ineficacia de los métodos violentos. Para ellos no hay duda: todo intento de quebrar la opresión colonial mediante la fuerza es una medida desesperada, una conducta suicida. Es que, en sus cerebros, los tanques de los colonos y los aviones de caza ocupan un lugar enorme. Cuando se les dice: hay que actuar, ven las bombas sobre sus cabezas, los tanques blindados avanzando por las carreteras, la metralla, la policía… y se quedan sentados. Desde un principio se sienten perdedores. Su incapacidad para triunfar por la violencia no necesita demostrarse, la asumen en su vida cotidiana y en sus maniobras. Se han quedado en la posición pueril que Engels adoptaba en su célebre polémica con esa montaña de puerilidad que era Dühring: “Lo mismo que Robinson pudo procurarse una espada, podemos admitir igualmente que Viernes aparezca un buen día con un revolver cargado en la mano y entonces toda la relación de 'violencia' se invierte: Viernes manda y Robinson se obliga a trabajar… En consecuencia, el revolver vence a la espada y hasta el más pueril amante de axiomas concebirá sin duda que la violencia no es un simple acto de voluntas, sino que exige para ponerse en práctica condiciones previas muy reales, especialmente instrumentos, el más perfecto de los cuales prevalece sobre le menos imperfecto; que, además, esos instrumentos pueden ser producidos, lo que significa que el productor de instrumentos de violencia más perfectos, hablando en términos gruesos de las armas, prevalece sobre el productor de los menos perfectos y que, en una palabra, la victoria de la violencia descansa en la producción de armas y ésta, a su vez, en la producción en general, por tanto… en el “poder económico”, en el Estado económico, en los medios materiales que están a disposición de la violencia.”3 En realidad, los dirigentes reformistas no dicen otra cosa: “¿Con qué quieren ustedes luchar contra los colonos? ¿Con sus cuchillos? ¿Con sus escopetas de caza?
    Es verdad que los instrumentos son tan importantes en el campo de la violencia puesto que todo descansa en definitiva en el reparto de esos instrumentos. Pero resulta que, en ese terreno, la liberación de los territorios coloniales aporta una nueva luz. Hemos visto, por ejemplo, que en la campaña de España, esa auténtica guerra colonial, Napoleón, a pesar de los efectivos, que alcanzaron durante las ofensivas de primavera de 1810 la cifra enorme de 400 000 hombres, se vio obligado a retroceder. No obstante, el ejército francés hacía temblar a toda Europa por sus instrumentos bélicos, por el valor de sus soldados, por el genio militar de sus capitanes. Frente a los medios enormes de las tropas napoleónicas, los españoles, animados por una fe nacional inquebrantable, descubrieron la famosa guerrilla que, veinticinco años antes, las milicias norteamericanas habían experimentado contra las tropas inglesas. Pero la guerrilla del colonolizado no sería nada como instrumento de violencia opuesto a otros instrumentos de violencia, si no fuera un elemento nuevo en el proceso global de la competencia entre trust y monopolios.
    Al principio de la colonización, una columna podía ocupar territorios inmensos: el Congo, Nigeria, la Costa de Marfil, etc... Pero actualmente la lucha nacional del colonizado se inserta en una situación absolutamente nueva El capitalismo, en su periodo de ascenso, veía en las colonias una fuente de materias primas que, elaboradas, podían ser vendidas en el mercado europeo. Tras una fase de acumulación del capital, ahora modifica su concepción de la rentabilidad de un negocio. Las colonias se han convertido en un mercado. La población colonial es una clientela que compra. Si la guarnición debe ser eternamente reforzada, si el comercio disminuye, es decir, si los productos manufacturados e industriales no pueden ser exportados ya, eso prueba que la solución militar debe ser descartada. Un dominio ciego de tipo esclavista no es económicamente rentable para la metrópoli. La fracción monopolista de la burguesía metropolitana no sostiene a un gobierno cuya política es únicamente la de la espada. Lo que esperan de su gobierno los industriales y los financieros de la metrópoli no es que diezme a la población, sino que proteja con ayuda de convenios económicos, sus "intereses legítimos''.
    Existe, pues, una complicidad objetiva del capitalismo con las fuerzas violentas que brotan en el territorio colonial. Además, el colonizado no está solo frente al opresor. Existe, por supuesto, la ayuda política y diplomática de los países y pueblos progresistas. Pero, sobre todo, está la competencia, la guerra despiadada a que se entregan los grupos financieros. Una Conferencia de Berlín pudo repartir el África despedazada entre tres o cuatro banderas. Actualmente, lo que importa no es que tal región africana sea territorio de soberanía francesa o belga: lo que importa es que las zonas económicas estén protegidas. El bombardeo de artillería, la política de la tierra quemada han cedido el paso a la sujeción económica. Hoy no se dirige ya una guerra de represión contra cualquier sultán rebelde. La actitud es más elegante, menos sanguinaria, y se decide la liquidación pacífica del régimen castrista. Se trata a estrangular a Guinea, se suprime a Mossadegh. El dirigente nacional que tiene miedo a la violencia se equivoca, pues, si imagina que el colonialismo "va a matarnos a todos”. Los militares, por supuesto, siguen jugando con las muñecas que datan de la conquista, pero los medios financieros se apresuran a volverlos a la realidad.
    Por eso se pide a los partidos políticos nacionales razonables que expongan lo más claramente posible sus reivindicaciones y que busquen con la parte colonialista, con calma y sin apasionamiento, una solución que respete los intereses de las dos partes. Si ese reformismo nacionalista, que se presenta con frecuencia como una caricatura del sindicalismo, se decide a actuar lo hará por vías altamente pacíficas: paros en las pocas industrias establecidas en las ciudades, manifestaciones de masas para aclamar al dirigente, boicot de los autobuses o de los productos importados. Todas estas acciones sirven a la vez para presionar al colonialismo y permitir que el pueblo se desgaste. Esta práctica de hibernoterapia, esa "cura de sueño" del pueblo puede en ocasiones tener éxito. En la discusión en torno al tapete verde surge la promoción política que permite a M. M'ba, presidente de la República de Gabón afirmar solemnemente a su llegada en visita oficial a París: "Gabón es independiente, pero nada ha cambiado entre Gabón y Francia, todo sigue como antes." En realidad, el único cambio es que M. M'ba es presidente de la República gabonesa y que es recibido por el presidente de la República francesa.
    La burguesía colonialista es auxiliada en su labor de tranquilizar a los colonizados, por la inevitable religión. Todos los santos que han ofrecido la otra mejilla, que han perdonado las ofensas, que han recibido sin estremecerse los escupitajos y los insultos, son citados y puestos como ejemplo. Las élites de los países colonizados, esos esclavos manumisos, cuando se encuentran a la cabeza del movimiento, acaban inevitablemente por producir un ersatz del combate. Utilizan la esclavitud de sus hermanos para provocar la vergüenza de los esclavistas o para dar un contenido ideológico de humanismo ridículo a los grupos financieros competidores de sus opresores. Nunca en realidad, apelan realmente a los esclavos, jamás los movilizan concretamente. Por el contrario, a la hora de la verdad, es decir, para ellos de la mentira, enarbolan la amenaza de una movilización de masas como el arma decisiva que provocaría como por encanto el “fin del régimen colonial”. Hay evidentemente en el seno de esos partidos políticos, entre sus cuadros, revolucionarios que dan deliberadamente la espalda a la farsa de la independencia nacional. Pero en seguida sus intervenciones, sus iniciativas, sus movimientos de cólera molestan a la maquinaria del partido. Progresivamente, esos elementos son aislados y luego, definitivamente separados. Al mismo tiempo, como si hubiera concomitancia dialéctica, la policía colonialista se les hecha encima. Sin seguridad en las ciudades, evitados por los militantes, rechazados por las autoridades del partido, esos indeseables de mirada incendiaria van a parar al campo. Es entonces cuando perciben concierto vértigo que las masas campesinas comprenden de inmediato sus palabras y directamente les plantean la pregunta para la cual no tienen preparada la respuesta: “¿Para cuando?”
    Este encuentro de revolucionarios procedentes de las ciudades con los campesinos ocupará más adelante nuestra atención. Conviene ahora volver a los partidos políticos, para mostrar el carácter progresista, a pesar de todo, de su acción. En sus discursos, los dirigentes políticos “nombran” a la nación. Las reivindicaciones del colonizado reciben así una forma. No hay contenido, no hay programa político ni social. Hay una forma vaga, pero no obstante nacional, un marco, lo llamaremos la exigencia mínima. Los partidos políticos toman la palabra, que escriben en los periódicos nacionalistas, hacen soñar al pueblo. Evitan la subversión, pero de hecho introducen terribles fermentos de subversión en la conciencia de oyentes o lectores. Con frecuencia se utiliza la lengua nacional o tribal. Esto es también fomentar el sueño, permitir que la imaginación se libere del orden colonial. A veces esos políticos dicen: “Nosotros los negros, nosotros lo árabes” y esa apelación cargada de ambivalencias durante el periodo colonial recibe una especie de consagración. Los partidos nacionalistas juegan con fuego. Porque, como decía recientemente un dirigente africano a grupo de jóvenes intelectuales: “Reflexionen antes de hablar a las masas, pues se inflaman pronto.” Hay, pues, una astucia de la historia, que actúa terriblemente en las colonias.
    Cuando un dirigente político invita al pueblo a un mitin puede decirse que hay sangre en el ambiente. Sin embargo, el dirigente, con mucha frecuencia, se preocupa sobre todo por “mostrar” sus fuerzas… para no tener que utilizarlas. Pero la agitación así mantenida - ir, venir, oír discursos, ver al pueblo reunido, a los policías alrededor, las demostraciones militares, los arrestos, las deportaciones de los dirigentes- todo ese revuelo le da al pueblo la impresión de que ha llegado el momento de hacer algo. En esos periodos de inestabilidad, los partidos políticos dirigen a la izquierda múltiples llamados a la calma, mientras que, a la derecha, escrutan el horizonte, tratando de descifrar las intenciones liberales del colonialismo.
    El pueblo utiliza igualmente para mantenerse en forma, para conservar su capacidad revolucionaria, ciertos episodios de la vida de la colectividad. El bandido, por ejemplo, que se sostiene en el campo durante varios días frente a gendarmes lanzados en su persecución, quien, en combate singular, sucumbe después de haber matado a cuatro o cinco policías, quien se suicida para no delatar a sus cómplices son para el pueblo faros, modelos de acción, “héroes”. Y de nada sirve decir, evidentemente, que ese héroe es un ladrón, un crapuloso o un depravado. Si el acto por el que ese hombre es perseguido por las autoridades colonialistas es un acto dirigido exclusivamente contra una persona o un bien colonial, la demarcación es clara, flagrante. El proceso de identificación es automático.
    Hay que señalar igualmente el papel que desempeña, en ese fenómeno de maduración, la historia de la resistencia nacional a la conquista. Las grandes figuras del pueblo colonizado son siempre las que han dirigido la resistencia nacional a la invasión. Behanzin, Soundiata, Samory, Abd-el-Kader reviven con singular intensidad en el periodo que precede a la acción. Es la prueba de que el pueblo se dispone a reanudar la marcha, a interrumpir el tiempo muerto introducido por el colonialismo, a hacer la Historia.
    El surgimiento de la nación nueva, la demolición de las estructuras coloniales son el resultado de una lucha violenta del pueblo independiente, o de la acción, que presiona al régimen colonial, de la violencia periférica asumida por otros pueblos colonizados.
    El pueblo colonizado no está solo. A pesar de los esfuerzos del colonialismo, sus fronteras son permeables a las noticias, a los ecos. Descubre que la violencia es atmosférica, que estalla aquí y allá y aquí y allá barre con el régimen colonial. Esta violencia que triunfa tiene un papel no sólo informativo sino operatorio para el colonizado. La gran victoria del pueblo vietnamita en Dien-Bien-Phu no es ya, estrictamente hablando, una victoria vietnamita. Desde julio de 1954, el problema que se han planteado los pueblos colonialistas ha sido el siguiente: "¿Qué hay que hacer para lograr un Dien-Bien-Phu? ¿Cómo empezar?" Ningún colonizado podía dudar ya de la posibilidad de ese Dien-Bien-Phu. Lo que constituía el problema era la distribución de las fuerzas, su organización, el momento de su entrada en acción. Esta violencia del ambiente no modifica sólo a los colonizados, sino igualmente a los colonialistas que toman conciencia de múltiples Dien-Bien-Phu. Por eso un verdadero pánico ordenado va a apoderarse de los gobiernos colonialistas. Su propósito es tomar la delantera, inclinar hacia la derecha los movimientos de liberación, desarmar al pueblo: descolonicemos rápidamente. Descolonicemos el Congo antes de que se transforme en Argelia. Votemos la ley fundamental para África, formemos la Comunidad, renovemos esta Comunidad, pero, os conjuro, descolonicemos, descolonicemos... Se descoloniza a tal ritmo que se impone la independencia a Houphouet-Boigny. A la estrategia del Dien-Bien-Phu, definida por el colonizado, el colonialista responde con la estrategia del encuadramiento... respetando la soberanía de los Estados.
    Pero volvamos a esa violencia atmosférica, a esa violencia a flor de piel. Hemos visto en el desarrollo de su maduración cómo es impulsada hacia la salida. A pesar de las metamorfosis que el régimen colonial le impone en las luchas tribales o regionalistas, la violencia se abre paso, el colonizado identifica a su enemigo, da un nombre a todas sus desgracias y lanza por esa nueva vía toda la fuerza exacerbada de su odio y de su cólera. ¿Pero cómo pasamos de la atmósfera de violencia a la violencia en acción? ¿Qué es lo que provoca la explosión de la caldera? En primer lugar, está el hecho de que ese proceso no deja incólume la tranquilidad del colono. El colono que "conoce" a los indígenas se da cuenta por múltiples indicios, de que algo está cambiando. Los buenos indígenas van escaseando, se hace el silencio al acercarse el opresor. En ocasiones, las miradas se endurecen, las actitudes y las expresiones son abiertamente agresivas. Los partidos nacionalistas se agitan, multiplican los mítines y, al mismo tiempo, se aumentan las fuerzas policíacas, llegan refuerzos del ejército. Los colonos, los agricultores sobre todo, aislados en sus fincas, son los primeros en alarmarse. Reclaman medidas enérgicas.
    Las autoridades toman, en efecto medidas espectaculares, arrestan a uno o dos dirigentes, organizan desfiles militares, maniobras, incursiones aéreas. Las demostraciones, lo ejércitos bélicos, el olor a pólvora que carga ahora la atmósfera no hace retroceder al pueblo. Esas bayonetas y esos cañonazos fortalecen su agresividad. Una atmósfera dramática se instala, cada cual quiere probar que está dispuesto a todo. Es en estas circunstancias cuando la cosa estalla sola, porque los nervios se han debilitado, se ha instalado el miedo y a la menor cosa se tiene sensibilidad para poner el dedo en el garillo. Un accidente trivial y empieza el ametrallamiento: Sétif en Argelia, las Canteras Centrales en Marruecos, Moramanga en Madagascar.
    Las represiones, lejos de quebrantar el impuso, favorecen el avance de la conciencia nacional. En las colonias, las hecatombes, a partir de ciertos estadios de desarrollo embrionario de la conciencia, fortalecen esa conciencia, porque indican que entre opresores y oprimidos todo se resuelve por la fuerza. Hay que señalar aquí que los partidos políticos no han lanzado la consigna de la insurrección armada, no han preparado esa insurrección. Todas esas represiones, todos esos actos suscitados por el miedo, no son deseados por los dirigentes. Los acontecimientos los pillan por sorpresa. Es entonces cuando los colonialistas pueden decidir el arresto de los dirigentes nacionalistas. Pero actualmente los gobiernos de los países colonialistas saben perfectamente que es muy peligroso privar a las masas de sus dirigentes. Porque entonces el pueblo, ya sin bridas, se lanza a la sublevación, a los motines y a los “instintos sanguinarios” e imponen al colonialismo la liberación de los dirigentes a los que tocará la difícil tarea de restablecer la calma. El pueblo colonizado, que había encauzado espontáneamente su violencia en la tarea colosal de la destrucción del sistema colonial, va a encontrarse pronto con la consigna inerte, infecunda: "Hay que liberar a X o a Y."4 Entonces el colonialismo liberará a esos hombres y discutirá con ellos. Ha empezado la etapa de los bailes populares.
    En otro caso, el aparato de los partidos políticos puede permanecer intacto. Pero después de la represión colonialista y de la reacción espontánea del pueblo, los partidos son desbordados por sus militantes. La violencia de las masas se opone vigorosamente a las fuerzas militares del ocupante, la situación empeora y se pudre. Los dirigentes en libertad se encuentran entonces en una situación difícil. Convertidos de pronto en inútiles, con su burocracia y su programa razonable se les ve, lejos de los acontecimientos, intentar la suprema impostura de "hablar en nombre de la nación amordazada". Por regla general, el colonialismo se lanza ávidamente sobre esa oportunidad, transforma a esos inútiles en interlocutores y, en cuatro segundos, les otorga la independencia, encargándolos de restablecer el orden.
    Se advierte, pues, que todo el mundo tiene conciencia de esa violencia y que no se trata siempre de responder con una mayor violencia sino más bien de ver cómo resolver la crisis.
    ¿Qué es pues, en realidad, esa violencia? Ya lo hemos visto: es la intuición que tienen las masas colonizadas de que su liberación debe hacerse, y no puede hacerse más que por la fuerza. ¿Por qué aberración del espíritu esos hombres sin técnica, hambrientos y debilitados, no conocedores de los métodos de organización llegan a convencerse, frente al poderío económico y militar del ocupante, de que sólo la violencia podrá liberarlos? ¿Cómo pueden esperar el triunfo?
    Porque la violencia, y ahí está el escándalo, puede constituir, como método, la consigna de un partido político. Los cuadros pueden llamar al pueblo a la lucha armada. Hay que reflexionar sobre esta problemática de la violencia. Que el militarismo alemán decida resolver sus problemas de fronteras por la fuerza no nos sorprende, pero que el pueblo angolés, por ejemplo, decida tomar las armas, que el pueblo argelino rechace todo método que no sea violento, prueba que algo ha pasado o está pasando. Los hombres colonizados, esos esclavos de los tiempos modernos, están impacientes. Saben que sólo esa locura puede sustraerlos de la opresión colonial. Un nuevo tipo de relaciones se ha establecido en el mundo. Los pueblos subdesarrollados hacen saltar sus cadenas y lo extraordinario es que lo logran. Puede afirmarse que en la época del sputnik es ridículo morirse de hambre, pero para las masas colonizadas la explicación es menos lunar. La verdad es que ningún país colonialista es capaz actualmente de adoptar la única forma de lucha que tendría posibilidades de éxito: el establecimiento prolongado de importantes fuerzas de ocupación.
    En el plano interior, los países colonialistas se enfrentan a contradicciones, a reivindicaciones obreras que exigen el empleo de sus fuerzas policíacas. Además, en la coyuntura internacional actual, esos países necesitan de sus tropas para proteger su régimen. Por último, es bien conocido el mito de los movimientos de liberación dirigidos desde Moscú. En la argumentación del régimen para causar pánico, eso significa: "si esto continúa, existe el peligro de que los comunistas se aprovechen de los trastornos para infiltrarse en esas regiones".
    En la impaciencia del colonizado, el hecho de que esgrima la amenaza de la violencia prueba que tiene conciencia del carácter excepcional de la situación contemporánea y que esta dispuesto a aprovecharla. Pero, también en el plano de la experiencia inmediata, el colonizado, que tiene oportunidad de ver la penetración del mundo moderno hasta los rincones más apartados de la selva, cobra conciencia muy aguda de lo que no posee. Las masas, por una especie de razonamiento... infantil, se convencen de que todas esas cosas les han sido robadas. Por eso en ciertos países subdesarrollados, las masas van muy de prisa y comprenden, dos o tres años después de la independencia, que han sido frustradas, que "no valía la pena" pelear si la situación no iba a cambiar realmente. En 1789, después de la Revolución burguesa, los pequeños agricultores franceses se beneficiaron sustancialmente de esa transformación. Pero resulta trivial comprobar y decir que en la mayoría de los casos, para el 95 por ciento de la población de los países subdesarrollados, la independencia no aporta un cambio inmediato. El observador alerta se da cuenta de la existencia de una especie de descontento larvado, como esas brasas que, después de la extinción de un incendio, amenazan siempre con reanimarlo.
    Se dice entonces que los colonizados quieren ir demasiado de prisa. Pero no hay que olvidar nunca que no hace mucho tiempo se afirmaba su lentitud, su pereza, su fatalismo. Ya se percibe que la violencia encauzada en vías muy precisas en el momento de la lucha de liberación, no se apaga mágicamente después de la ceremonia de izar la bandera nacional. Tanto menos cuanto que la construcción nacional sigue inscrita dentro del marco de la competencia decisiva entre capitalismo y socialismo.
    Esta competencia da una dimensión casi universal a las reivindicaciones más localizadas. Cada mitin, cada acto de represión repercute en la arena internacional. Los asesinatos de Sharpeville sacudieron la opinión mundial durante meses. En los periódicos, en los radios, en las conversaciones privadas, Sharpeville se convirtió en un símbolo. A través de Sharpeville, hombres y mujeres han abordado el problema del apartheid en África del Sur. Y no puede afirmarse que sólo la demagogia explica el súbito interés de los Grandes por los pequeños problemas de las regiones subdesarrolladas. Cada rebelión, cada sedición en el Tercer Mundo se inserta en el marco de la Guerra Fría. Dos hombres son apaleados en Salisbury y todo un bloque se conmueve, habla de esos dos hombres y, con motivo de ese apaleamiento plantea el problema particular de Rodesia -ligándolo al conjunto de África y a la totalidad de los hombres colonizados. Pero el otro bloque mide igualmente, por la amplitud de la campaña realizada, las debilidades locales de su sistema. Los pueblos colonizados se dan cuenta de que ningún clan se desinteresa de los incidentes locales. Dejan de limitarse à sus horizontes regionales, inmersos como están en esa atmósfera de agitación universal. Cuando, cada tres meses, nos enteramos de que la 6ª o la 7ª flota se dirige hacia tal o cual costa, cuando Jruschof amenaza con salvar a Castro mediante los cohetes, cuando Kennedy, a propósito de Laos, decide recurrir a las soluciones extremas, el colonizado o el recién independizado tiene la impresión de que, de buen o mal grado, se ve arrastrado a una especie de marcha desenfrenada. En realidad, ya está marchando. Tomemos, por ejemplo, el caso de los gobiernos de países recientemente liberados. Los hombres en el poder pasan dos terceras partes de su tiempo vigilando los alrededores, previendo el peligro que los amenaza, y la otra tercera parte trabajando para su país. Al mismo tiempo, buscan apoyos. Obedeciendo a la misma dialéctica, las oposiciones nacionales se apartan con desprecio de las vías parlamentarias. Buscan aliados que acepten apoyarlos en su empresa brutal de sedición. La atmósfera de violencia, después de haber impregnado la fase colonial, sigue dominando la vida nacional. Porque, como hemos dicho, el Tercer Mundo no está excluido. Está, por el contrario, en el centro de la tormenta. Por eso, en sus discursos, los hombres de Estado de los países subdesarrollados mantienen indefinidamente el tono de agresividad y de exasperación que habría debido desaparecer normalmente. De la misma manera se comprende la descortesía tan frecuentemente señalada de los nuevos dirigentes. Pero lo que menos se advierte es la extremada cortesía de esos mismos dirigentes en sus contactos con sus hermanos o camaradas. La descortesía es una forma de conducta con los otros, con los ex colonialistas que vienen a ver y a preguntar. El ex colonizado tiene con demasiada frecuencia la impresión de que la conclusión de esas encuestas ya ha sido redactada. El viaje del periodista no es sino una justificación. Las fotografías que ilustran el artículo son la prueba de que se sabe de lo que se está hablando, que se ha ido al lugar. La encuesta se propone comprobar la evidencia: todo marcha mal por allá desde que nosotros no estamos. Los periodistas se quejan frecuentemente de que son mal recibidos, de que no pueden trabajar en buenas condiciones, de que tropiezan con un muro de indiferencia o de hostilidad. Todo eso es normal. Los dirigentes nacionalistas saben que la opinión internacional se forja únicamente a través de la prensa occidental. Pero cuando un periodista occidental nos interroga casi nunca es para hacernos un servicio. En la guerra de Argelia, por ejemplo, los reporteros franceses más liberales no han dejado de utilizar epítetos ambiguos para caracterizar nuestra lucha. Cuando se les reprocha, responden de buena fe que son objetivos. Para el colonizado, la objetividad siempre va dirigida contra él. También se comprende ese nuevo tono que invadió a la diplomacia internacional en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre de 1960. Los representantes de los países coloniales eran agresivos, violentos, excesivos, pero los pueblos coloniales no sintieron que estuvieran exagerando. El radicalismo de los voceros africanos provocó la maduración del absceso y permitió advertir mejor el carácter inadmisible de los vetos, del diálogo de los Grandes y, sobre todo, del papel ínfimo reservado al Tercer Mundo.
    La diplomacia, tal como ha sido iniciada por los pueblos recién independizados, no está ya en los matices, los sobrentendidos, los pases magnéticos. Y es porque esos voceros han sido designados por sus pueblos para defender a la vez la unidad de la nación, el progreso de las masas hacia el bienestar y el derecho de los pueblos a la libertad y al pan.
    Es, pues, una diplomacia en movimiento, furiosa, que contrasta extrañamente con el mundo inmóvil, petrificado, de la colonización. Y cuando Jruschof blande su zapato en la ONU y golpea la mesa con él, ningún colonizado, ningún representante de los países subdesarrollados ríe. Porque lo que Jruschof demuestra a los países colonizados que lo contemplan es que él, el mujik, que además posee cohetes, trata a esos miserables capitalistas como se lo merecen. Lo mismo que Castro al acudir a la ONU con uniforme militar, no escandaliza a los países subdesarrollados. Lo que demuestra Castro es que tiene conciencia de la existencia del régimen persistente de la violencia. Lo sorprendente es que no haya entrado en la ONU con su ametralladora. ¿Se habrían opuesto quizá? Las sublevaciones, los actos desesperados, los grupos armados con cuchillos o hachas encuentran su nacionalidad en la lucha implacable que enfrenta mutuamente al capitalismo y al socialismo.
    En 1945, los 45 000 muertos de Setif podían pasar inadvertidos; en 1947, los 90 000 muertos de Madagascar podían ser objeto de una simple noticia en los periódicos; en 1952, las 200 000 víctimas de la represión en Kenya podían no suscitar más que una indiferencia relativa. Las contradicciones internacionales no estaban suficientemente definidas. Ya la guerra de Corea y la guerra de Indochina abrieron una nueva etapa. Pero sobre todo Budapest y Suez constituyen los momentos decisivos de esa confrontación.
    Fortalecidos por el apoyo incondicional de los países socialistas, los colonizados se lanzan con las armas que poseen contra la ciudadela inexpugnable del colonialismo. Si esa ciudadela es invulnerable a los cuchillos y a los puños desnudos, no lo es cuando se decide tener en cuenta el contexto de la guerra fría.
    En esta nueva coyuntura, los norteamericanos toman muy en serio su papel de patronos del capitalismo internacional. En una primera etapa, aconsejan amistosamente a los países europeos que deben descolonizar. En una segunda etapa, no vacilan en proclamar primero el respeto y luego el apoyo del principio: África para los africanos. Los Estados Unidos no temen afirmar oficialmente en la actualidad que son los defensores del derecho de los pueblos a la autodeterminación. El último viaje de Mennen Williams no hace ilustrar la conciencia que tienen los norteamericanos de que el Tercer Mundo no debe ser sacrificado. Se comprende entonces por qué la violencia del colonizado no es desesperada, sino cuando se la compara en abstracto con la maquinaria militar de los opresores. Por el contrario, si se la sitúa dentro de la dinámica internacional, se percibe que constituye una terrible amenaza para el opresor. La persistencia de las sublevaciones y de la agitación Mau-Mau desequilibra la vida económica de la colonia, pero no pone en peligro a la metrópoli. Lo que resulta más importante a los ojos del imperialismo es la posibilidad de que la propaganda socialista se infiltre entre las masas, las contamine. Ya resulta un grave peligro durante la etapa fría del conflicto; ¿pero qué sucedería en caso de guerra caliente, con esa colonia podrida por las guerrillas asesinas?
    El capitalismo comprende entonces que su estrategia militar lleva todas las de perder en el desarrollo de las guerras nacionales. En el marco de la coexistencia pacífica, todas las colonias están llamadas a desaparecer y, en última instancia, la neutralidad ha sido respetada por el capitalismo. Lo que hay que evitar antes que nada es la inseguridad estratégica, el acceso a las masas de una doctrina enemiga, el odio radical de decenas de millones de hombres. Los pueblos colonizados son perfectamente conscientes de esos imperativos que dominan la vida política internacional. Y por eso, aun aquellos que se expresan contra la violencia deciden y actúan siempre en función de esa violencia universal. Actualmente, la coexistencia pacífica entre los dos bloques mantiene y provoca la violencia en los países coloniales. Mañana quizá veamos desplazarse ese campo de la violencia después de la liberación integral de los territorios coloniales. Quizá se plantee la cuestión de las minorías. Ya algunas de ellas no vacilan en favorecer los métodos violentos para resolver sus problemas y no es por azar si, como se nos afirma, los extremistas negros en los Estados Unidos forman milicias y en consecuencia se arman. Tampoco se debe al azar que, en el mundo llamado libre, existan comités de defensa de las minorías judías de la URSS o que el general De Gaulle, en uno de sus discursos, haya derramado algunas lágrimas por los millones de musulmanes oprimidos por la dictadura comunista. El capitalismo y el imperialismo están convencidos de que la lucha contra el racismo y los movimientos de liberación nacional son pura y simplemente trastornos teledirigidos, fomentados "desde el exterior". Entonces deciden utilizar la siguiente táctica eficaz: Radio-Europa Libre, comité de apoyo a las minorías dominadas... Hacen anticolonialismo, como los coroneles franceses en Argelia hacían la guerra subversiva con los S.A.S. o los servicios psicológicos. "Utilizaban al pueblo contra el pueblo." Ya sabemos el resultado de esto.
    Esta atmósfera de violencia, de amenaza, esos cohetes apostados no asustan ni desorientan a los colonizados. Hemos visto cómo toda la historia reciente los predispone a "comprender" esa situación. Entre la violencia colonial y la violencia pacífica en la que está inmerso el mundo contemporáneo hay una especie de correspondencia cómplice, una homogeneidad. Los colonizados están adaptados a esta atmósfera. Son, por una vez, de su tiempo. A veces sorprende que los colonizados, en vez de comprarle un vestido a su mujer, compren un radio de transistores. No debería sorprender. Los colonizados están convencidos de que ahora se juega su destino. Viven en una atmósfera de fin del mundo y estiman que nada debe escapárseles. Por eso comprenden muy bien a Fuma y a Fumi, a Lumumba y a Chombé, a Ahidjo y Mumié, a Kenyatta y a los que periódicamente lanzan para sustituirlo. Comprenden muy bien a todos esos hombres porque desenmascaran a las fuerzas que están tras ellos. El colonizado, el subdesarrollado son actualmente animales políticos en el sentido más universal del término.
    La independencia ha aportado ciertamente a los hombres colonizados la reparación moral y ha consagrado su dignidad. Pero todavía no han tenido tiempo de elaborar una sociedad, de construir y afirmar valores. El hogar incandescente en que el ciudadano y el hombre se desarrollan y se enriquecen en campos cada vez más amplios no existe todavía. Situados en una especie de indeterminación, esos hombres se convencen fácilmente de que todo va a decidirse en otra parte y para todo el mundo al mismo tiempo. En cuanto a los dirigentes, frente a esta coyuntura, vacilan y optan por el neutralismo.
    Habría mucho que decir sobre el neutralismo. Algunos lo asimilan a una especie de mercantilismo infecto que consistiría en aceptar a diestra y siniestra. Ahora bien, el neutralismo, esa creación de la guerra fría, si permite a los países subdesarrollados recibir la ayuda económica de las dos partes, no permite en realidad a ninguna de esas dos partes ayudar en la medida necesaria a las regiones subdesarrolladas. Esas sumas literalmente astronómicas que se invierten en las investigaciones militares, esos ingenieros transformados en técnicos de la guerra nuclear podrían aumentar, en quince años, el nivel de vida de los países subdesarrollados en un 60 por ciento. Es evidente entonces que el interés bien entendido de los países subdesarrollados no reside ni en la prolongación ni en la acentuación de la guerra fría. Pero sucede que no se les pide su opinión. Entonces, cuando tienen posibilidad de hacerlo, dejan de comprometerse. ¿Pero pueden hacerlo realmente? He aquí, por ejemplo, que Francia experimenta en África sus bombas atómicas. Si se exceptúan las mociones, los mítines y las rupturas diplomáticas no puede decirse que los pueblos africanos hayan pesado, en ese sector preciso, en la actitud de Francia.
    El neutralismo produce en el ciudadano del Tercer Mundo una actitud de espíritu que se traduce en la vida corriente por una intrepidez y un orgullo hierático que se parecen mucho al desafío. Ese rechazo declarado de la transacción, esa voluntad rígida de no comprometerse recuerdan el comportamiento de esos adolescentes orgullosos y desinteresados, siempre dispuestos a sacrificarse por una palabra. Todo esto desconcierta a los observadores occidentales. Porque, propiamente hablando, hay un abismo entre lo que esos hombres pretenden ser y lo que tienen detrás. Esos países sin tranvías, sin tropas, sin dinero no justifican la bravata que despliegan. Sin duda se trata de una impostura. El Tercer Mundo da la impresión, frecuentemente, de que se goza en el drama y necesita su dosis semanal de crisis. Esos dirigentes de países vacíos, que hablan fuerte, irritan. Dan ganas de hacerlos callar. Se les corteja. Se les envían flores. Se les invita. Digámoslo: se los disputan. Eso es neutralismo. Iletrados en un 98 por ciento, existe, sin embargo, una colosal bibliografía acerca de ellos. Viajan enormemente. Los dirigentes de los países subdesarrollados, los estudiantes de los países subdesarrollados son la clientela dorada de las compañías de aviación. Los responsables africanos y asiáticos tienen la posibilidad de seguir en un mismo mes un curso sobre la planificación socialista, en Moscú, y sobre los beneficios de la economía liberal, en Londres o en la Columbia University. Los sindicalistas africanos, por su parte, progresan a un ritmo acelerado. Apenas se les confían puestos en los organismos de dirección, cuando deciden constituirse en centrales autónomas. No tienen cincuenta años de práctica sindical en el marco de un país industrializado, pero ya saben que el sindicalismo apolítico no tiene sentido. No han tenido que hacer frente a la maquinaria burguesa, no han desarrollado su conciencia en la lucha de clases, pero quizá no sea necesario. Quizá. Veremos cómo esa voluntad totalizadora, que frecuentemente se caricaturiza como globalismo es una de las características fundamentales de los países subdesarrollados.
    Pero volvamos al combate singular entre el colonizado y el colono. Se trata, como se ha visto, de la franca lucha armada. Los ejemplos históricos son: Indochina, Indonesia y, por supuesto, el norte de África. Pero lo que no hay que perder de vista es que habría podido estallar en cualquier parte, en Guinea o en Somalia y que todavía hoy puede estallar en dondequiera que el colonialismo pretende durar aún, en Angola por ejemplo-. La existencia de la lucha armada indica que el pueblo decide no confiar, sino en los medios violentos. El pueblo, a quien ha dicho incesantemente que no entendía sino el lenguaje de la fuerza, decide expresarse mediante la fuerza. En realidad, el colono le ha señalado desde siempre el camino que habría de ser el suyo, si quería liberarse. El argumento que escoge el colonizado se lo ha indicado el colono y, por una irónica inversión de las cosas es el colonizado el que afirma ahora que el colonialista sólo entiende el lenguaje de la fuerza. El régimen colonial adquiere de la fuerza su legitimidad y en ningún momento trata de engañar acerca de esa naturaleza de las cosas. Cada estatua, la de Faidherbe o Lyautey, la de Bugeaud o la del sargento Blandan, todos estos conquistadores encaramados sobre el suelo colonial no dejan de significar una y la misma cosa: "Estamos aquí por la fuerza de las bayonetas..." Es fácil completar la frase. Durante la fase insurreccional, cada colono razona con una aritmética precisa. Esta lógica no sorprende a los demás colonos, pero resulta importante decir que tampoco sorprende a los colonizados. Y, en primer lugar, la afirmación de principio: "Se trata de ellos o nosotros" no es una paradoja, puesto que el colonialismo, lo hemos visto, es justamente la organización de un mundo maniqueo, de un mundo dividido en compartimientos. Y cuando, preconizando medios precisos, el colono pide a cada representante de la minoría opresora que mate a 30, 100 o 200 indígenas, se dan cuenta de que nadie se indigna y de que, en última instancia, todo el problema consiste en saber si puede hacerse de un solo golpe o por etapas.5
    Este razonamiento, que prevé aritméticamente la desaparición del pueblo colonizado, no llena al colonizado de indignación moral. Siempre ha sabido que sus encuentros con el colono se desarrollarían en un campo cerrado. Por eso el colonizado no pierde tiempo en lamentaciones ni trata, casi nunca, de que se le haga justicia dentro del marco colonial. En realidad, si la argumentación del colono tropieza con un colonizado inconmovible, es porque este último ha planteado prácticamente el problema de su liberación en términos idénticos. "Debemos constituir grupos de doscientos o de quinientos y cada grupo se ocupara de un colono." Es en esta disposición de ánimo recíproca como cada uno de los protagonistas comienza la lucha.
    Para el colonizado, esta violencia representa la praxis absoluta. El militante es, además, el que trabaja. Las preguntas que la organización formula al militante llevan la marca de esa visión de las cosas: "¿Dónde has trabajado? ¿Con quién? ¿Qué has hecho?" El grupo exige que cada individuo realice un acto irreversible. En Argelia, por ejemplo, donde la casi totalidad de los hombres que han llamado al pueblo a la lucha nacional estaban condenados a muerte o eran buscados por la policía francesa, la confianza era proporcional al carácter desesperado de cada caso. Un nuevo militante era "seguro" cuando ya no podía volver a entrar en el sistema colonial. Ese mecanismo existió, al parecer, en Kenya entre los Mau-Mau que exigían que cada miembro del grupo golpeara a la víctima. Cada uno era así personalmente responsable de la muerte de esa víctima. Trabajar es trabajar por la muerte del colono. La violencia asumida permite a la vez a los extraviados y a los proscritos del grupo volver, recuperar su lugar, reintegrarse. La violencia es entendida así como la mediación real. El hombre colonizado se libera en y por la violencia. Esta praxis ilumina al agente porque le indica los medios y el fin. La poesía de Césaire adquiere en la perspectiva precisa de la violencia una significación profética. Es bueno recordar una página decisiva de su tragedia, donde el Rebelde (¡cosa extraña!) se explica:

    EL REBELDE (duramente)

    Mi apellido: ofendido; mi nombre: humillado; mi estado civil: la rebeldía; mi edad: la edad de piedra.
    LA MADRE
    Mi la raza humana. Mi religión: la fraternidad...
    EL REBELDE
    Mi raza: la raza caída. Mi religión...
    pero no serás tú quien la prepares con su desarme...
    soy yo con mi rebeldía y mis pobres puños cenados y mi cabeza hirsuta.
    (Muy tranquilo).
    Me acuerdo de un día de noviembre; no tenía seis meses [mi hijo] cuando el amo entró en la casucha fuliginosa como una luna de abril y palpó sus pequeños miembros musculosos, era un amo muy bueno, paseaba en una caricia sus dedos gruesos por la carita llena de hoyuelos. Sus ojos azules reían y su boca le decía cosas azucaradas: será una buena pieza, dijo mirándome, y decía otras cosas amables, el amo, que había que empezar temprano, que veinte años no eran demasiados para hacer un buen cristiano y un buen esclavo, buen súbdito y leal, un buen capataz, con la mirada viva y el brazo firme. Y aquel hombre especulaba sobre la cuna de mi hijo, una cuna de capataz.

    Nos arrastramos con el cuchillo en la mano...
    LA MADRE
    ¡Ay! tú morirás
    EL REBELDE
    Muerto... lo he matado con mis propias manos...
    Sí: de muerte fecunda y fértil...
    era de noche. Nos arrastramos entre las cañas.
    Los cuchillos reían bajo las estrellas, pero no nos importaban las estrellas.
    Las cañas nos pintaban la cara de arroyos de hojas verdes.
    LA MADRE
    Yo había soñado con un hijo que cenara los ojos de su madre.
    EL REBELDE
    Yo he decidido abrir bajo otro sol los ojos de mi hijo.
    LA MADRE
    Oh hijo mío... de muerte mala y perniciosa.
    EL REBELDE
    Madre, de muerte vivaz y suntuosa
    LA MADRE
    por haber amado demasiado...
    EL REBELDE
    por haber amado demasiado...
    LA MADRE
    Evítame todo esto, me asfixian tus ataduras. Sangro por tus heridas.
    EL REBELDE
    Y a mí el mundo no me da cuartel...
    No hay en el mundo un pobre tipo linchado, un pobre hombre torturado, en el que no sea yo asesinado y humillado.
    LA MADRE
    Dios del cielo, líbralo.
    EL REBELDE
    Corazón mío, tú no me librarás de mis recuerdos...
    Era una noche de noviembre...
    Y súbitamente los clamores iluminaron el silencio.

    Nos habíamos movido, los esclavos; nosotros, el abono; nosotros, las bestias amarradas al poste de la paciencia. Corríamos como arrebatados; sonaron los tiros...
    Golpeamos.
    El sudor y la sangre nos refrescaban.
    Golpeamos entre los gritos y los gritos se hicieron más estridentes y un gran clamor se elevó hacia el este, eran los barracones que ardían y la llama lamía suavemente nuestras mejillas.
    Entonces asaltamos la casa del amo.
    Tiraban desde las ventanas.
    Forzamos las puertas.
    La alcoba del amo estaba abierta de par en par.
    La alcoba del amo estaba brillantemente iluminada, y el amo estaba allí muy tranquilo... y los nuestros se detuvieron... era el amo... Yo entré. Eres tú, me dijo, muy tranquilo... Era yo, sí soy yo, le dije, el buen esclavo, el fiel esclavo, el esclavo esclavo, y de súbito sus ojos fueron dos alimañas asustadas en días de lluvia... lo herí, chorreó la sangre: es el único bautismo que recuerdo.6

    Se comprende cómo en esta atmósfera lo cotidiano se vuelve simplemente imposible. Ya no se puede ser fellah, rufián ni alcohólico como antes. La violencia del régimen colonial y la contraviolencia del colonizado se equilibran y se responden mutuamente con una homogeneidad recíproca extraordinaria. Ese reino de la violencia será tanto más terrible cuanto mayor sea la sobrepoblación metropolitana. El desarrollo de la violencia en el seno del pueblo colonizado será proporcional a la violencia ejercida por el régimen colonial impugnado. Los gobiernos de la metrópoli son, en esta primera fase del periodo insurreccional, esclavos de los colonos. Esos colonos amenazan a la vez a los colonizados y a sus gobiernos. Utilizarán contra unos y otros los mismos métodos. El asesinato del alcalde de Évain, en su mecanismo y motivaciones, se identifica con el asesinato de Alí Boumendjel. Para los colonos, la alternativa no está entre una Argelia argelina y una Argelia francesa sino entre una Argelia independiente y una Argelia colonial. Todo lo demás es literatura o intento de traición. La lógica del colono es implacable y no nos desconcierta la contralógica descifrada en la conducta del colonizado sino en la medida en que no se han descubierto previamente los mecanismos de reflexión del colono. Desde el momento en que el colonizado escoge la contraviolencia, las represalias policíacas provocan mecánicamente las represalias de las fuerzas nacionales. No hay equivalencia de resultados, sin embargo, porque los ametrallamientos por avión o los cañonazos de la flota superan en horror y en importancia a las respuestas del colonizado. Ese ir y venir del terror desmixtifica definitivamente a los más enajenados de los colonizados. Comprueban sobre el terreno, en efecto, que todos los discursos sobre la igualdad de la persona humana acumulados unos sobre otros no ocultan esa banalidad que pretende que los siete franceses muertos o heridos en el paso de Sakamody despierten la indignación de las conciencias civilizadas en tanto que "no cuentan" la entrada a saco en los aduares Guergour, de la derecha Djerah, la matanza de poblaciones en masa que fueron precisamente la causa de la emboscada. Terror, contra-terror, violencia, contraviolencia. .. He aquí lo que registran con amargura los observadores cuando describen el círculo del odio, tan manifiesto y tan tenaz en Argelia.
    En las luchas armadas, hay lo que podría llamarse el point of no return. Es casi siempre la enorme represión que engloba a todos los sectores del pueblo colonizado, lo que lleva a él. Ese punto fue alcanzado en Argelia, en 1955, con las 12 000 víctimas de Philippeville y, en 1956, con la instauración, por Lacoste, de las milicias urbanas y rurales.7 Entonces se hizo evidente para todo el mundo y aun para los colonos que "eso no podía volver a empezar" como antes. De todos modos, el pueblo colonizado no lleva la contabilidad de sus muertos. Registra los enormes vacíos causados en sus filas como una especie de mal necesario. Porque tan pronto como ha decidido responder con la violencia, admite todas sus consecuencias. Sólo exige que tampoco se le pida que lleve la contabilidad de los muertos de los otros. A la fórmula "Todos los indígenas son iguales", el colonizado responde: "Todos los colonos son iguales."8 El colonizado, cuando se le tortura, cuando matan a su mujer o la violan, no va a quejarse a nadie. El gobierno que oprime podría nombrar cada día comisiones de encuesta y de información. A los ojos del colonizado, esas comisiones no existen. Y de hecho, ya han pasado siete años de crímenes en Argelia y ni un solo francés ha sido presentado a un tribunal francés por el asesinato de un argelino. En Indochina, en Madagascar, en las colonias, el indígena siempre ha sabido que no tenía nada que esperar del otro lado. La labor del colono es hacer imposible hasta los sueños de libertad del colonizado. La labor del colonizado es imaginar todas las combinaciones eventuales para aniquilar al colono. En el plano del razonamiento, el maniqueísmo del colono produce un maniqueísmo del colonizado. A la teoría del "indígena como mal absoluto" responde la teoría del "colono como mal absoluto".
    La aparición del colono ha significado sincréticamente la muerte de la sociedad autóctona, letargo cultural, petrificación de los individuos. Para el colonizado, la vida no puede surgir sino del cadáver en descomposición del colono. Tal es, pues, esa correspondencia estricta de los dos razonamientos.
    Pero resulta que para el pueblo colonizado esta violencia, como constituye su única labor, reviste caracteres positivos, formativos. Esta praxis violenta es totalizadora, puesto que cada uno se convierte en un eslabón violento de la gran cadena, del gran organismo violento surgido como reacción a la violencia primaria del colonialista. Los grupos se reconocen entre sí y la nación futura ya es indivisible. La lucha armada moviliza al pueblo, es decir, lo lanza en una misma dirección, en un sentido único.
    La movilización de las masas, cuando se realiza con motivo de la guerra de liberación, introduce en cada conciencia la noción de causa común, de destino nacional, de historia colectiva. Así la segunda fase, la de la construcción de la nación, se facilita por la existencia de esa mezcla hecha de sangre y de cólera. Se comprende mejor entonces la originalidad del vocabulario utilizado en los países subdesarrollados. Durante el periodo colonial, se invitaba al pueblo a luchar contra la opresión. Después de la liberación nacional, se le invita a luchar contra la miseria, el analfabetismo, el subdesarrollo. La lucha, se afirma, continúa. El pueblo comprueba que la vida es un combate interminable.
    La violencia del colonizado, lo hemos dicho, unifica al pueblo. Efectivamente, el colonialismo es, por su estructura, separatista y regionalista. El colonialismo no se contenta con comprobar la existencia de tribus; las fomenta, las diferencia. El sistema colonial alimenta a los jefes locales y reactiva las viejas cofradías morabíticas. La violencia en su práctica es totalizadora, nacional. Por este hecho, lleva en lo más íntimo la eliminación del regionalismo y-del tribalismo. Los partidos nacionalistas se muestran particularmente despiadados con los caids y con los jefes tradicionales. La eliminación de los caids y de los jefes es una condición previa para la unificación del pueblo.
    En el plano de los individuos, la violencia desintoxica. Libra al colonizado de su complejo de inferioridad, de sus actitudes contemplativas o desesperadas. Lo hace intrépido, lo rehabilita ante sus propios ojos. Aunque la lucha armada haya sido simbólica y aunque se haya desmovilizado por una rápida descolonización, el pueblo tiene tiempo de convencerse de que la liberación ha sido labor de todos y de cada uno de ellos, que el dirigente no tiene mérito especial. La violencia eleva al pueblo a la altura del dirigente. De ahí esa especie de reticencia agresiva hacia la maquinaria protocolar que los jóvenes gobiernos se apresuran a instalar. Cuando han participado, mediante la violencia, en la liberación nacional, las masas no permiten a nadie posar como "liberador". Se muestran celosas del resultado de su acción y se cuidan de no entregar a un dios vivo su futuro, su destino, la suerte de la patria. Totalmente irresponsables ayer, ahora quieren comprender todo y decidir todo. Iluminada por la violencia, la conciencia del pueblo se rebela contra toda pacificación. Los demagogos, los optimistas, los magos tropiezan ya con una tarea difícil. La praxis que las ha lanzado a un cuerpo a cuerpo desesperado confiere a las masas un gesto voraz por lo concreto. La empresa de mixtificación se convierte, a largo plazo, en algo prácticamente imposible.

    LA VIOLENCIA EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL
    Repetidas veces hemos señalado en las páginas anteriores que en las regiones subdesarrolladas el responsable político siempre está llamando a su pueblo al combate. Combate contra el colonialismo, combate contra la miseria y el subdesarrollo, combate contra las tradiciones esterilizantes. El vocabulario que utiliza en sus llamadas es un vocabulario de jefe de estado mayor: "movilización de las masas", "frente de la agricultura", "frente del analfabetismo", "derrotas sufridas", "victorias logradas". La joven nación independiente evoluciona durante los primeros años en una atmósfera de campo de batalla. Es que el dirigente político de un país subdesarrollado mide con espanto el camino inmenso que debe recorrer su país. Llama al pueblo y le dice: "Hay que apretarse el cinturón y trabajar." El país, tenazmente transido de una especie de locura creadora, se lanza a un esfuerzo gigantesco y desproporcionado. El programa es no sólo salir adelante sino alcanzar a las demás naciones con los medios al alcance. Si los pueblos europeos, se piensa, han llegado a esta etapa de desarrollo, ha sido por sus esfuerzos. Probemos, pues, al mundo y a nosotros mismos que somos capaces de las mismas realizaciones. Esta manera de plantear el problema de la evolución de los países subdesarrollados no nos parece ni justa ni razonable.
    Los europeos hicieron su unidad nacional en un momento en que las burguesías nacionales habían concentrado en sus manos la mayoría de las riquezas. Comerciantes y artesanos, intelectuales y banqueros monopolizaban en el marco nacional las finanzas, el comercio y las ciencias. La burguesía representaba la clase más dinámica, la más próspera. Su acceso al poder le permitía lanzarse a operaciones decisivas: industrialización, desarrollo de las comunicaciones y muy pronto busca de mercados de "ultramar".
    En Europa, con excepción de ciertos matices (Inglaterra, por ejemplo, había cobrado cierto adelanto) los diferentes Estados en el momento en que se realizaba su unidad nacional conocían una situación económica más o menos uniforme. Realmente ninguna nación, por los caracteres de su desarrollo y de su evolución, insultaba a las demás.
    Actualmente, la independencia nacional, la formación nacional en las regiones subdesarrolladas revisten aspectos totalmente nuevos. En esas regiones, con excepción de algunas realizaciones espectaculares, los diferentes países presentan la misma ausencia de infraestructura. Las masas luchan contra la misma miseria, se debaten con los mismos gestos y dibujan con sus estómagos reducidos lo que ha podido llamarse la geografía del hambre. Mundo subdesarrollado, mundo de miseria e inhumano. Pero también mundo sin médicos, sin ingenieros, sin funcionarios. Frente a ese mundo, las naciones europeas se regodean en la opulencia más ostentosa. Esta opulencia europea es literalmente escandalosa porque ha sido construida sobre-las espaldas de los esclavos, se ha alimentado de la sangre de los esclavos, viene directamente del suelo y del subsuelo de ese mundo subdesarrollado. El bienestar y el progreso de Europa han sido construidos con el sudor y los cadáveres de los negros, los árabes, los indios y los amarillos. Hemos decidido no olvidarlo. Cuando un país colonialista, molesto por las reivindicaciones de independencia de una colonia, proclama aludiendo a los dirigentes nacionalistas: "Si quieren ustedes la independencia, tómenla y vuelvan a la Edad Media", el pueblo recién independizado propende a aceptar y recoger el desafío. Y, efectivamente, el colonialismo retira sus capitales y sus técnicos y rodea al nuevo Estado con un mecanismo de presión económica.9 La apoteosis de la independencia se transforma en maldición de la independencia. La potencia colonial, por medios enormes de coacción condena a la joven nación a la regresión. La potencia colonial afirma claramente: "Si ustedes quieren la independencia, tómenla y muéranse.” Los dirigentes nacionalistas no tienen otro recurso entonces sino acudir a su pueblo y pedirle un gran esfuerzo. A esos hombres hambrientos se les exige régimen de austeridad, a esos músculos atrofiados se les pide un trabajo desproporcionado. Un régimen autárquico se intuye en cada Estado, con los medios miserables de que dispone, trata de responder a la inmensa hambre nacional. Asistimos a la movilización del pueblo que se abruma y se agota frente a una Europa harta y despectiva.
    Otros países del Tercer mundo rechazan esa prueba y aceptan las condiciones de la antigua potencia tutelar. Utilizando su posición estratégica, posición que les otorga un privilegio en la lucha de los bloques, esos países firman acuerdos, se comprometen. El antiguo país dominado se transforma en país económicamente dependiente. La ex potencia colonial que ha mantenido intactos e inclusive ha reforzado los circuitos comerciales de tipo colonialista, acepta alimentar mediante pequeñas inyecciones el presupuesto de la nación independiente. Entonces se advierto como el acceso a la independencia de los países coloniales sitúa al mundo frente a un problema capital: la liberación nacional de los países colonizados revela y hace más insoportable su situación real. La confrontación fundamental, que parecía ser la del colonialismo y el anticolonialismo, es decir, el capitalismo y socialismo, pierde importancia. Lo que cuenta ahora, el problema que cierra el horizonte, es la necesidad de una redistribución de las riquezas. La humanidad, so pena de verse sacudida, debe responder a este problema.

    Generalmente, se ha pensado que había llegado la hora para el mundo, y singularmente para el Tercer Mundo, de escoger entre el sistema capitalista y el sistema socialista. Los países subdesarrollados, que han utilizado la competencia feroz que existe entre los dos sistemas para asegurar el triunfo de su lucha de liberación nacional, deben negarse, sin embargo, a participar en esa competencia. El Tercer Mundo no debe contentarse con definirse en relación con valores previos. Los países subdesarrollados, por el contrario, deben esforzarse por descubrir valores propios, métodos y un estilo específicos. El problema concreto frente al cual nos encontramos no es el de la opción, a toda costa, entre socialismo y capitalismo tal como son definidos por hombres de continentes y épocas diferentes. Sabemos, ciertamente, que el régimen capitalista no puede, como modo de vida, permitirnos realizar nuestra tarea nacional y universal. La explotación capitalista, los trusts y los monopolios son los enemigos de los países subdesarrollados. Por otra parte, la elección de un régimen socialista, de un régimen dirigido a la totalidad del pueblo, basado en el principio de que el hombre es el bien más precioso, nos permitirá ir más rápidamente, más armónicamente, imposibilitando así esa caricatura de sociedad donde unos cuantos poseen todos los poderes económicos y políticos a expensas de la totalidad nacional.
    Pero para que este régimen pueda funcionar válidamente, para que podamos en todo momento respetar los principios en los que nos inspiramos, hace falta algo más que la inversión humana. Ciertos países subdesarrollados despliegan un esfuerzo colosal en esta dirección. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se entregan con entusiasmo a un verdadero trabajo forzado y se proclaman esclavos de la nación. El don de sí, el desprecio de toda preocupación que no sea colectiva, crean una moral nacional que reconforta al hombre, le da confianza en el destino del mundo y desarma a los observadores más reticentes. Creemos, sin embargo, que semejante esfuerzo no podrá prolongarse largo tiempo a ese ritmo infernal. Esos jóvenes países han aceptado el desafío después de la retirada incondicional del antiguo país colonial. El país se encuentra en manos del nuevo equipo, pero, en realidad, hay que recomenzar todo, que reformular todo. El sistema colonial se interesaba, en efecto, por ciertas riquezas, por ciertos recursos, precisamente los que alimentaban a sus industrias. Ningún balance serio se había hecho hasta entonces del suelo o del subsuelo. La joven nación independiente se ve obligada entonces a continuar los circuitos económicos establecidos por el régimen colonial. Puede exportar, ciertamente, a otros países, a otras áreas monetarias, pero la base de sus exportaciones no se modifica fundamentalmente. El régimen colonial ha cristalizado determinados circuitos y hay que limitarse, so pena de sufrir una catástrofe, a mantenerlos. Habría que recomenzar todo quizá, cambiar la naturaleza de las exportaciones y no sólo su destino, interrogar nuevamente al suelo, a los ríos y ¿por qué no? también al Sol. Pero para hacerlo hace falta algo más que la inversión humana. Hacen falta capitales, técnicos, ingenieros, mecánicos, etc... Hay que decirlo: creemos que el esfuerzo colosal al que son instados los pueblos subdesarrollados por sus dirigentes no dará los resultados previstos. Si las condiciones de trabajo no se modifican, pasarán siglos para humanizar ese mundo animalizado por las fuerzas imperialistas.10
    La verdad es que no debemos aceptar esas condiciones. Debemos rechazar de plano la situación a la que quieren condenarnos los países occidentales. El colonialismo y el imperialismo no saldaron sus cuentas con nosotros cuando retiraron de nuestros territorios sus banderas y sus fuerzas policíacas. Durante siglos, los capitalistas se han comportado en el mundo subdesarrollado como verdaderos criminales de guerra. Las deportaciones, las matanzas, el trabajo forzado, la esclavitud han sido los principales medios utilizados por el capitalismo para aumentar sus reservas en oro y en diamantes, sus riquezas y para establecer su poder. Hace poco tiempo, el nazismo transformó a toda Europa en una verdadera colonia. Las riquezas de las diversas naciones europeas exigieron reparaciones y demandaron la restitución en dinero y en especie de las riquezas que les habían sido robadas: obras culturales, cuadros, esculturas, vitrales fueron devueltos a sus propietarios. Una sola frase se escuchaba en boca de los europeos en 1945: "Alemania pagará." Por su parte Adenauer, cuando se abrió el proceso Eichmann, en nombre del pueblo alemán pidió perdón una vez más al pueblo judío. Adenauer renovó el compromiso de su país de seguir pagando al Estado de Israel las sumas enormes que deben servir de compensación a los crímenes nazis.11
    Decimos igualmente que los Estados imperialistas cometerían un grave error y una injusticia incalificable si se contentaran con retirar de nuestro territorio las cohortes militares, los servicios administrativos y de intendencia cuya función era descubrir riquezas, extraerlas y expedirlas hacia las metrópolis. La reparación moral de la independencia nacional no nos ciega, no nos satisface. La riqueza de los países imperialistas es también nuestra riqueza. En el plano dé lo universal, esta afirmación no significa absolutamente que nos sintamos afectados por las creaciones de la técnica o las artes occidentales. Muy concretamente, Europa se ha inflado de manera desmesurada con el oro y las materias primas de los países coloniales; América Latina, China, África. De todos esos continentes, frente a los cuales la Europa de hoy eleva su torre opulenta, parten desde hace siglos hacia esa misma Europa los diamantes y el petróleo, la seda y el algodón, las maderas y los productos exóticos. Europa es, literalmente, la creación del Tercer Mundo. Las riquezas que la ahogan son las que han sido robadas a los pueblos subdesarrollados. Los puertos de Holanda, de Liverpool, los muelles de Burdeos y de Liverpool especializados en la trata de negros deben su renombre a los millones de esclavos deportados. Y cuando escuchamos a un jefe de Estado europeo declarar, con la mano sobre el corazón, que hay que ir en ayuda de los infelices pueblos subdesarrollados, no temblamos de agradecimiento. Por el contrario, nos decimos, "es una justa reparación que van a hacernos". No aceptaremos que la ayuda a los países subdesarrollados sea un programa de "Hermanas de la Caridad". Esa ayuda debe ser la consagración de una doble toma de conciencia, toma de conciencia para los colonizados de que las potencias capitalistas se la deben y, para éstas, de que efectivamente tienen que pagar.12 Que si, por falta de inteligencia -no hablemos de ingratitud- los países capitalistas se negaran a pagar, entonces la dialéctica implacable de su propio sistema se encargaría de asfixiarlos. Las jóvenes naciones, es un hecho, atraen poco a los capitales privados. Múltiples razones legitiman y explican esta reserva de los monopolios. Cuando los capitalistas saben, y son evidentemente los primeros en saberlo, que su gobierno se dispone a descolonizar, se apresuran a retirar de la colonia la totalidad de sus capitales. La evasión espectacular de capitales es uno de los fenómenos más constantes de la descolonización.
    Las compañías privadas, para invertir en los países independientes, exigen condiciones que la experiencia califica de inaceptables o irrealizables. Fieles al principio de rentabilidad inmediata, que sostienen cuando actúan en "ultramar", los capitalistas se muestran reticentes acerca de cualquier inversión a largo plazo. Son rebeldes y con frecuencia abiertamente hostiles a los programas de planificación de los jóvenes equipos en el poder. En rigor, aceptarían gustosamente prestar dinero a los jóvenes estados, pero a condición de que ese dinero sirviera para comprar productos manufacturados, máquinas, es decir, a mantener activas las fábricas de la metrópoli.
    En realidad, la desconfianza de los grupos financieros occidentales se explica por su deseo de no correr ningún riesgo. Exigen, además, una estabilidad política y un clima social sereno que es imposible obtener si se tiene en cuenta la situación lamentable de la población global inmediatamente después de la independencia. Entonces, en busca de esa garantía, que no puede asegurar la ex colonia, exigen el mantenimiento de ciertas tropas o la entrada del joven Estado en pactos económicos o militares. Las compañías privadas presionan sobre su propio gobierno para que, al menos, las bases militares sean instaladas en esos países con la misión de asegurar la protección de sus intereses. En última instancia, esas compañías exigen a su gobierno la garantía de las inversiones que deciden hacer en tal o cual región subdesarrollada.
    Resulta que pocos países satisfacen las condiciones exigidas por los trusts y los monopolios. Los capitales, faltos de mercados seguros, siguen bloqueados en Europa y se inmovilizan. Tanto más cuanto que los capitalistas se niegan a invertir en su propio territorio. La rentabilidad en ese caso es, en efecto, irrisoria y el control fiscal desespera a los más audaces.
    La situación es catastrófica a largo plazo. Los capitales no circulan o ven considerablemente disminuida su circulación. Los bancos suizos rechazan los capitales, Europa se ahoga. A pesar de las sumas enormes que se tragan los gastos militares, el capitalismo internacional se encuentra acorralado.
    Pero otro peligro lo amenaza. En la medida en que el Tercer Mundo está abandonado y condenado a la regresión, o al estancamiento en todo caso, por el egoísmo y la inmoralidad de las naciones occidentales, los pueblos subdesarrollados decidirán evolucionar en autarquía colectiva. Las industrias occidentales se verán rápidamente privadas de sus mercados de ultramar. Las máquinas se amontonarán en los depósitos y, en el mercado europeo, se desarrollará una lucha inexorable entre los grupos financieros y los trusts. Cierre de fábricas, lock-out o desempleo conducirán al proletariado europeo a desencadenar una lucha abierta contra el régimen capitalista. Los monopolios comprenderán entonces que su interés bien entendido consiste en ayudar y hacerlo masivamente y sin demasiadas condiciones a los países subdesarrollados. Vemos, pues, que las jóvenes naciones del Tercer Mundo no deben ser objeto de risa para los países capitalistas. Somos fuertes por derecho propio y por lo justo de nuestras posiciones. Por el contrario, debemos decir y explicar a los países capitalistas que el problema fundamental de la época contemporánea no es la guerra entre el régimen socialista y ellos. Hay que poner fin a esa guerra fría que no lleva a ninguna parte, detener los preparativos de la destrucción nuclear del mundo, invertir generosamente y ayudar técnicamente a las regiones subdesarrolladas. La suerte del mundo depende de la respuesta que se dé a esta cuestión.
    Y que los regímenes capitalistas no traten de ligar a los regímenes socialistas a la "suerte de Europa" frente a las hambrientas multitudes de color. La hazaña del comandante Gagarin, aunque se disguste el general De Gaulle, no es un triunfo "que honre a Europa". Desde hace algún tiempo, los jefes de Estado de los regímenes capitalistas, los nombres de cultura abrigan una actitud ambivalente respecto de la Unión Soviética. Después de haber coligado todas sus fuerzas para aniquilar al régimen socialista, ahora comprenden que hay que contar con él. Entonces se vuelven amables, multiplican las maniobras de seducción y recuerdan constantemente al pueblo soviético que "pertenece a Europa".
    Agitando al Tercer Mundo como una marea que amenazara tragarse a toda Europa, no se logrará dividir a las fuerzas progresistas que tratan de conducir a la humanidad a la felicidad. El Tercer Mundo no pretende organizar una inmensa cruzada del hambre contra toda Europa. Lo que espera de quienes lo han mantenido en la esclavitud durante siglos es que lo ayuden a rehabilitar al hombre, a hacer triunfar al hombre en todas partes, de una vez por todas.
    Pero es claro que nuestra ingenuidad no llega hasta creer que esto va a hacerse con la cooperación y la buena voluntad de los gobiernos europeos. Ese trabajo colosal que consiste en reintroducir al hombre en el mundo, al hombre total, se hará con la ayuda decisiva de las masas europeas que, es necesario que lo reconozcan, se han alineado en cuanto a los problemas coloniales en las posiciones de nuestros amos comunes. Para ello, será necesario primero que las masas europeas decidan despertarse, se desempolven el cerebro y abandonen el juego irresponsable de la bella durmiente del bosque.



    II. GRANDEZA Y DEBILIDADES DEL ESPONTANEÍSMO
    Las reflexiones sobre la violencia nos han llevado a tomar conciencia de la existencia frecuente de un desequilibrio, de una diferencia de ritmo entre los cuadros del partido nacionalista y las masas. En toda organización política o sindical existe clásicamente un abismo entre las masas que exigen la mejora inmediata y total de su situación y los cuadros que, midiendo las dificultades que pueden crear los patronos, limitan y restringen sus reivindicaciones. Por eso se advierte con frecuencia un descontento tenaz de las masas respecto de los cuadros. Después de cada jornada de reivindicación, cuando los cuadros celebran la victoria, las masas tienen la impresión de haber sido traicionadas. Es la multiplicación de las manifestaciones reivindicadoras, la multiplicación de los conflictos sindicales lo que provocará la politización de esas masas. Un sindicalista politizado es aquel que sabe que un conflicto local no es una explicación decisiva entre él y el patrono. Los intelectuales colonizados que han estudiado en sus metrópolis respectivas el funcionamiento de los partidos políticos crean formaciones semejantes con el fin de movilizar a las masas y de presionar a la administración colonial. El nacimiento de partidos nacionalistas en los países colonizados es contemporáneo de la constitución de una élite intelectual y comerciante. Las élites van a atribuir una importancia fundamental a la organización como tal y el fetichismo de la organización prevalecerá frecuentemente sobre el estudio racional de la sociedad colonial. La noción de partido es una noción importada de la metrópoli. Ese instrumento de las luchas modernas es colocado sobre una realidad proteiforme, desequilibrada, donde coexisten a la vez la esclavitud, la servidumbre, el trueque, la artesanía y las operaciones bursátiles.
    La debilidad de los partidos políticos no reside sólo en la utilización mecánica de una organización que dirige la lucha del proletariado en el seno de una sociedad capitalista altamente industrializada. En el plano limitado del tipo de organización, deberían haber surgido innovaciones y adaptaciones. El gran error, el vicio congénito de la mayoría de los partidos políticos en las regiones subdesarrolladas ha sido dirigirse, según el esquema clásico, principalmente a las élites más conscientes: el proletariado de las ciudades, los artesanos y los funcionarios, es decir, una ínfima parte de la población que no representa mucho más del uno por ciento.
    Pero si ese proletariado comprendía la propaganda del partido y leía su literatura, estaba mucho menos preparado para responder a las consignas eventuales de lucha implacable por la liberación nacional. Muchas veces se ha señalado: en los territorios coloniales, el proletariado es el núcleo del pueblo colonizado más mimado por el régimen colonial. El proletariado embrionario de las ciudades es relativamente privilegiado. En los países capitalistas, el proletariado no tiene nada que perder; eventualmente tendría todo por ganar. En los países colonialistas, el proletariado tiene mucho que perder. Representa, en efecto, la fracción del pueblo colonizado necesaria e irreemplazable para la buena marcha de la maquinaria colonial: conductores de tranvías, mineros, estibadores, intérpretes, enfermeros, etc... Son esos elementos los partidarios más fieles de los partidos nacionalistas y que, por el sitio privilegiado que ocupan en el sistema colonial, constituyen la fracción "burguesa" del pueblo colonizado.
    Así se comprende que los partidarios de los partidos políticos nacionalistas sean la fracción principalmente urbana: capataces, obreros, intelectuales y comerciantes que residen esencialmente en las ciudades. Su tipo de pensamiento lleva ya en numerosos puntos el sello del medio técnico y relativamente acomodado en que se desenvuelven.
    Aquí el "modernismo" reina. Son esos mismos medios los que van a luchar contra las tradiciones oscurantistas, los que van a reformar las costumbres, entrando así en lucha abierta contra el viejo pedestal de granito que constituye la heredad nacional.
    Los partidos nacionalistas, en su inmensa mayoría sienten una gran desconfianza hacia las masas rurales. Esas masas les dan, en efecto, la impresión de deslizarse en la inercia y la infecundidad. Rápidamente, los miembros de los partidos nacionalistas (obreros de las ciudades e intelectuales) se forman sobre el campo el mismo juicio peyorativo que los colonos. Pero si se trata de comprender las razones de esa desconfianza de los partidos políticos hacia las masas rurales, hay que recordar el hecho de que el colonialismo ha fortalecido o asentado frecuentemente su dominio organizando la petrificación del campo. Encuadradas por los morabitos, los brujos y los jefes tradicionales, las masas rurales viven todavía en la etapa feudal, alimentada la omnipotencia de esa estructura medieval por los agentes administrativos o militares colonialistas.
    La joven burguesía nacional, sobre todo comerciante, va a entrar en competencia con esos señores feudales en sectores múltiples: morabitos y brujos que obstaculizan el camino a los enfermos que podrían consultar al médico, djemaas que juzgan, inutilizando a los abogados, caids que utilizan su poder político y administrativo para lanzar un comercio o una línea de transportes, jefes tradicionales que se oponen en nombre de la religión y la tradición a la introducción de negocios o productos nuevos.
    La joven clase de comerciantes y negociantes colonizados requiere, para desarrollarse, la desaparición de esas prohibiciones y barreras. La clientela indígena que representa el coto de los señores feudales y a la que se prohíbe más o menos la compra de productos nuevos, constituye pues, un mercado objeto de disputa.
    Los cuadros feudales son una pantalla entre los jóvenes nacionalistas occidentalizados y las masas. Cada vez que las élites hacen un esfuerzo dirigido a las masas rurales, los jefes de tribus, los jefes de sectas, las autoridades tradicionales multiplican las advertencias, las amenazas, las excomuniones. Esas autoridades tradicionales que han sido confirmadas por la potencia ocupante ven a disgusto cómo se desarrollan las tentativas de infiltración de las élites en el campo. Saben que las ideas susceptibles de ser introducidas por esos elementos procedentes de las ciudades impugnan el principio mismo de la perennidad del feudalismo. Su enemigo no es la potencia de ocupación, con la que se llevan bien en definitiva, sino esos modernistas que tratan de desarticular la sociedad autóctona y, de ese modo, quitarles el pan de la boca.
    Los elementos occidentalizados experimentan hacia las masas campesinas sentimientos que recuerdan los que se encuentran en el seno del proletariado de los países industrializados. La historia de las revoluciones burguesas y la historia de las revoluciones proletarias han demostrado que las masas campesinas constituyen frecuentemente el freno de la revolución. Las masas campesinas en los países industrializados son, generalmente, los elementos menos conscientes, los menos organizados y también los más anarquistas. Presentan todo un conjunto de rasgos, individualismo, indisciplina, amor al lucro, aptitud para las grandes cóleras y los profundos desalientos, que definen una conducta objetivamente reaccionaria.
    Ya hemos visto cómo los partidos nacionalistas calcan sus métodos y sus doctrinas de los partidos occidentales y, en la mayoría de los casos, no orientan su propaganda hacia esas masas. En realidad, el análisis racional de la sociedad colonizada, si se hubiera practicado, les habría demostrado que los campesinos colonizados viven en un medio tradicional cuyas estructuras han permanecido intactas, mientras que en los países industrializados es ese medio tradicional el que ha sido agrietado por los progresos de la industrialización. Es en el seno del proletariado embrionario donde encontramos en las colonias comportamientos individualistas. Al abandonar el campo, donde la demografía plantea problemas insolubles, los campesinos sin tierra, que constituyen el lumpen-proletariat, se dirigen hacia las ciudades, se amontonan en los barrios miserables de la periferia y tratan de infiltrarse en los puertos y las ciudades creados por el dominio colonial. Las masas campesinas siguen viviendo en un marco inmóvil y las bocas excedentes no tienen otro recurso que emigrar hacia las ciudades. El campesino que se queda defiende con tenacidad sus tradiciones y, en la sociedad colonizada, representa el elemento disciplinado cuya estructura social sigue siendo comunitaria. Es verdad que esta vida inmóvil, crispada en marcos rígidos, puede dar origen episódicamente a movimientos basados en el fanatismo religioso, a guerras tribales. Pero en su espontaneidad, las masas rurales siguen siendo disciplinadas, altruistas. El individuo se borra ante la comunidad.
    Los campesinos desconfían del hombre de la ciudad. Vestido como un europeo, hablando su lengua, trabajando con él, viviendo a veces en su barrio es considerado por los campesinos como un tránsfuga que ha abandonado todo lo que constituye el patrimonio nacional. Los habitantes de la ciudad son "traidores, vendidos", que parecen llevarse bien con el ocupante y tratan de "triunfar dentro del marco del sistema colonial. Por eso oímos decir frecuentemente a los campesinos que la gente de la ciudad carece de moral. Nos encontramos en presencia de la clásica oposición entre el campo y la ciudad. Es la oposición entre el colonizado, excluido de las ventajas del colonialismo y el que se las arregla para sacar partido de la explotación colonial.
    Los colonialistas utilizan esta oposición, además, en su lucha contra los partidos nacionalistas. Movilizan a los montañeses, a los habitantes del bled, contra los habitantes de la ciudad. Colocan al interior contra las costas reactivan a las tribus y no hay que sorprenderse si Kalondji se hace coronar rey de Kasai, como no había que sorprenderse hace algunos años de ver a la Asamblea de jefes de Ghana haciéndose pagar caro su apoyo a Kwame Nkrumah.
    Los partidos políticos no logran implantar su organización en el campo. En vez de utilizar las estructuras existentes para darles un contenido nacionalista o progresista tratan de trastornar la realidad tradicional dentro del marco del sistema colonial. Creen en la posibilidad de imprimir un impulso a la nación, cuando todavía pesan las mallas del sistema colonial. No van al encuentro de las masas. No ponen sus conocimientos teóricos al servicio del pueblo, sino que tratan de encuadrar a las masas según un esquema a priori. Desde la capital envían a las aldeas, como paracaidistas, dirigentes desconocidos o demasiado jóvenes que, investidos por la autoridad central, tratan de manejar el aduar o la aldea como una célula de empresa. Los jefes tradicionales son ignorados, a veces molestados. La historia de la nación futura pisotea con singular desenvoltura las pequeñas historias locales, es decir, la única actualidad nacional, cuando habría que insertar armónicamente la historia de la aldea, la historia de los conflictos tradicionales de los clanes y las tribus en la acción decisiva para la que se llama al pueblo. Los ancianos, rodeados de respeto en las sociedades tradicionales y generalmente revestidos de una autoridad moral indiscutible, son públicamente ridiculizados. Los servicios del ocupante no dejan de utilizar esos rencores y están al corriente de las menores decisiones adoptadas por esa caricatura de autoridad. La represión policíaca, bien dirigida puesto que se basa en informes precisos, se desata. Los dirigentes paracaidistas y los miembros importantes de la nueva asamblea son arrestados.
    Los fracasos sufridos confirman "el análisis teórico" de los partidos nacionalistas. La experiencia desastrosa del intento de encuadramiento de las masas rurales fomenta su desconfianza y cristaliza su agresividad contra esa parte del pueblo. Después del triunfo de la lucha de liberación nacional, los mismos errores se renuevan, alimentando las tendencias descentralizadoras y autonomistas. El tribalismo de la fase colonial es sustituido por el regionalismo de la fase nacional, con su expresión institucional: el federalismo.
    Pero resulta que las masas rurales, a pesar de la escasa influencia que sobre ellas tienen los partidos nacionalistas, intervienen de manera decisiva en el proceso de maduración de la conciencia nacional, para completar la acción de los partidos nacionalistas o, más raramente, para suplir pura y simplemente la esterilidad de esos partidos.
    La propaganda de los partidos nacionalistas encuentra siempre un eco en el seno de las masas campesinas. El recuerdo del periodo anticolonial permanece vivo en las aldeas. Las mujeres todavía murmuran al oído de los niños las canciones que acompañaron a los guerreros que resistían a la conquista. A los 12 o 13 años, los pequeños aldeanos conocen el nombre de los ancianos que asistieron a la última insurrección y los sueños en los aduares, en las aldeas no son los sueños de lujo o de éxito en los exámenes de los niños de las ciudades, sino sueños de identificación con tal o cual combatiente, el relato de cuya muerte heroica hace brotar todavía hoy abundantes lágrimas.
    En el momento en que los partidos nacionalistas tratan de organizar a la clase obrera embrionaria de las ciudades, en el campo se producen explosiones aparentemente inexplicables. Así, por ejemplo, la famosa insurrección de 1947 en Madagascar. Los servicios colonialistas son formalistas: se trata de una revuelta campesina. En realidad, ahora sabemos que las cosas, como siempre, fueron mucho más complicadas. En el curso de la segunda Guerra Mundial, las grandes compañías coloniales extendieron su poder y se apoderaron de la totalidad de las tierras todavía libres. Siempre en esa misma época se habló de la implantación eventual en la isla de refugiados judíos, de las kabilas y antillanos. Corrió igualmente el rumor de la próxima invasión de la isla, con la complicidad de los colonos, por los blancos de la Unión Surafricana. Después de la guerra, los candidatos de la planilla nacionalista fueron triunfalmente elegidos. Inmediatamente después, se organizó la represión contra las células del partido M.D.R.M. (Movimiento Democrático de la Renovación Malgache). El colonialismo, para lograr sus fines, utilizó los medios más clásicos: múltiples arrestos, propaganda racista intertribal y creación de un partido con los elementos desorganizados del lumpen-proletariat. Ese partido, llamado de los Desheredados de Madagascar (P.A.D.E.S.M.) daría a la autoridad colonial, con sus provocaciones decisivas, el pretexto legal para el mantenimiento del orden. Pero esa operación trivial de la liquidación de un partido preparada de antemano toma aquí proporciones gigantescas. Las masas rurales, a la defensiva desde hacía tres o cuatro años, se sienten súbitamente en peligro de muerte y deciden oponerse ferozmente a las fuerzas colonialistas. Armado de azagayas y más a menudo de piedras y palos, el pueblo se lanza a la insurrección generalizada en pro de la liberación nacional. Ya se conocen los resultados.
    Esas insurrecciones armadas no representan sino uno de los medios utilizados por las masas rurales para intervenir en la lucha nacional. Algunas veces los campesinos relevan a la agitación urbana, cuando el partido nacionalista de las ciudades es objeto de la represión policíaca. Las noticias llegan al campo ampliadas, desmesuradamente ampliadas: dirigentes arrestados, múltiples ametrallamientos, la sangre de los negros inunda la ciudad, los pequeños colonos se bañan en sangre árabe. Entonces el odio acumulado, exacerbado, estalla. La delegación de policía más cercana es asaltada, los gendarmes son despedazados, el maestro es asesinado, el médico sólo conserva la vida porque se encontraba ausente, etc... Columnas de pacificación son enviadas al lugar, la aviación bombardea. El estandarte de la rebelión se despliega entonces, resurgen las viejas tradiciones guerreras, las mujeres aplauden, los hombres se organizan y toman posición en las montañas, comienzan las guerrillas. Espontáneamente los campesinos crean la inseguridad generalizada, el colonialismo se asusta, emprende la guerra o negocia.
    ¿Cómo reaccionan los partidos nacionalistas ante esta irrupción decisiva de las masas campesinas en la lucha nacional? Hemos visto cómo la mayoría de los partidos nacionalistas no han inscrito en su propaganda la necesidad de acción armada. No se oponen a la persistencia de la insurrección, pero se contentan con fiarse en el espontaneísmo de los campesinos. En general, se comportan en relación con este elemento nuevo como si se tratara de maná caído del cielo, pidiéndole a la suerte que continúe. Explotan ese maná, pero no tratan de organizar la insurrección. No envían al campo cuadros para politizar a las masas, para aclarar las conciencias, para elevar el nivel del combate. Esperan que, arrebatada por su propio movimiento, la acción de esas masas no se detendrá. No hay contaminación del movimiento rural por el movimiento urbano. Cada cual evoluciona según su dialéctica propia.
    Los partidos nacionalistas no intentan introducir consignas en las masas rurales, que se encuentran en ese momento enteramente disponibles. No les proponen un objetivo, esperan con naturalidad que ese movimiento se perpetuará indefinidamente y que los bombardeos no acabarán con él. Ni siquiera en esta ocasión, pues, los partidos nacionalistas explotan la posibilidad que se les brinda de integrar a las masas rurales, de politizarlas, de elevar el nivel de su lucha. Se mantiene la posición criminal de desconfianza hacia el campo.
    Los cuadros políticos se recluyen en las ciudades, dan a entender al colonialismo que no tienen nada que ver con los insurgentes o se marchan al extranjero. Casi nunca sucede que se unan al pueblo en las montañas. En Kenya, por ejemplo, durante la insurrección Mau-Mau, ningún nacionalista conocido reivindicó su adhesión a ese movimiento ni trató de defender a esos hombres.
    No hay explicación fecunda, no se produce una confrontación entre las diferentes capas de la nación. En el momento de la independencia, que se produce después de la represión ejercida sobre las masas rurales y el arreglo entre el colonialismo y los partidos nacionalistas, la impresión se acentúa. Los campesinos se muestran reticentes respecto de las reformas de estructura propuestas por el gobierno así como de las innovaciones sociales, aunque sean objetivamente progresistas, porque precisamente los responsables actuales del régimen no han explicado a la totalidad del pueblo, durante el período colonial, los objetivos del partido, la orientación nacional, los problemas internacionales, etcétera...
    A la desconfianza que los campesinos y los feudales abrigaban hacia los partidos nacionalistas durante la etapa colonial sigue una hostilidad semejante en la etapa nacional. Los servicios secretos colonialistas, que no se han disuelto después de la independencia, mantiene el descontento y llegan inclusive a crear graves dificultades a los jóvenes gobiernos. En resumen, el gobierno no hace sino pagar su pereza del periodo de liberación y su constante desprecio por los campesinos. La nación podrá tener una cabeza racional, hasta progresista, pero el cuerpo inmenso permanecerá débil, reacio, incapaz de cooperar.
    Entonces surgirá la tentación de quebrantar ese cuerpo, centralizando la administración y encuadrando firmemente al pueblo. Ésta es una de las razones por las cuales se escucha frecuentemente que en los países subdesarrollados hace falta cierta dosis de dictadura. Los dirigentes desconfían de las masas rurales. Además, esa desconfianza puede tomar formas graves. Es el caso, por ejemplo, de ciertos gobiernos que mucho tiempo después de la independencia nacional consideran al interior del país como una región no pacificada donde el jefe de Estado y los ministros no se aventuran, sino con motivo de maniobras del ejército nacional. Ese interior del país se asimila prácticamente a lo desconocido. Paradójicamente, el gobierno nacional recuerda, en su comportamiento hacia las masas rurales, ciertos rasgos del poder colonial. "No se sabe a ciencia cierta cómo reaccionarán esas masas" y los jóvenes dirigentes no vacilan en decir: "Hace falta el garrote, si se quiere sacar al país de la Edad Media." Pero, como hemos visto, la desenvoltura con que han actuado los partidos políticos en relación con las masas rurales durante la fase colonial no podía ser sino perjudicial para la unidad nacional, para el impulso acelerado de la nación.
    Algunas veces el colonialismo intenta diversificar, dislocar el impulso nacionalista. En vez de incitar a los cheiks y los jefes contra los "revolucionarios" de las ciudades, las oficinas de asuntos indígenas organizan a las tribus y las sectas en partidos. Frente al partido urbano que empezaba a "encarnar la voluntad nacional" y a constituir un peligro para el régimen colonial, surgen pequeños grupos, tendencias, partidos con base étnica o regionalista. Es la tribu, integralmente, la que se transforma en partido político aconsejado de cerca por los colonialistas. Puede comenzar la mesa redonda. El partido unitario se ahogará en la aritmética de las tendencias. Los partidos tribales se oponen a la centralización, a la unidad y denuncian la dictadura del partido unitario.
    Más tarde, esa táctica será utilizada por la oposición nacional. Entre los dos o tres partidos nacionalistas que han realizado la lucha de liberación, el ocupante ha escogido. Las modalidades de esa selección son clásicas: cuando un partido ha logrado la unanimidad nacional y se ha impuesto al ocupante como único interlocutor, el ocupante multiplica las maniobras y retrasa al máximo la hora de las negociaciones. Ese retraso será utilizado para desmenuzar las exigencias de ese partido u obtener de la dirección la separación de ciertos elementos "extremistas".
    Si, por el contrario, ningún partido se ha impuesto realmente, el ocupante se contenta con favorecer a aquel que le parece más "razonable". Los partidos nacionalistas que no han participado en las negociaciones se lanzan entonces a una denuncia del acuerdo establecido entre el otro partido y el ocupante. El partido que recibe el poder del ocupante, consciente del peligro que constituyen las posiciones estrictamente demagógicas y confusas del partido rival, trata de disolverlo y lo condena a la ilegalidad. El partido perseguido no tiene otro recurso que refugiarse en la periferia de las ciudades y en el campo. Trata de levantar a las masas rurales contra los "vendidos de la costa y los corrompidos de la capital". Entonces se utilizan todos los pretextos: argumentos religiosos, disposiciones innovadoras tomadas por la nueva autoridad nacional y que rompen con la tradición. Se explota la tendencia oscurantista de las masas rurales. La doctrina llamada revolucionaria descansa en realidad en el carácter retrógrado, emocional y espontaneísta del campo. Aquí y allá se murmura que hay movimiento en la sierra, que hay descontento en el campo. Se afirma que en tal rincón los gendarmes abrieron fuego contra los campesinos, que se enviaron refuerzos, que el régimen está a punto de desplomarse. Los partidos de oposición, sin programa claro, sin otro fin que sustituir al equipo dirigente, ponen su destino en las manos espontáneas y oscuras de las masas campesinas.
    A la inversa, sucede que la oposición no se apoye ya en las masas rurales sino en los elementos progresistas, los sindicatos de la joven nación. En ese caso, el gobierno recurre a las masas para resistir a las reivindicaciones de los trabajadores, denunciadas entonces como maniobras de aventureros antitradicionalistas. Las comprobaciones que hemos tenido oportunidad de hacer en el nivel de los partidos políticos se encuentran, mutatis mutandis, en el nivel de los sindicatos. Al principio, las formaciones sindicales en los territorios coloniales son casi siempre ramas locales de los sindicatos metropolitanos y las consignas responden como eco a las de la metrópoli.
    Al precisarse la fase decisiva de la lucha de liberación algunos sindicatos indígenas van a decidir la creación de sindicatos nacionales. La antigua formación, importada de la metrópoli, será objeto de una deserción en masa por los indígenas. Esta creación sindical es para la población urbana un nuevo elemento de presión sobre el colonialismo. Hemos dicho que el proletariado en las colonias es embrionario y representa la fracción del pueblo más favorecida. Los sindicatos nacionales surgidos en la lucha se organizan en las ciudades y su programa es antes que nada un programa político, un programa nacionalista. Pero ese sindicato nacional nacido en el curso de la fase decisiva del combate por la independencia es, en realidad, el encuadramiento legal de los elementos nacionalistas conscientes y dinámicos.
    Las masas rurales, desdeñadas por los partidos políticos, siguen manteniéndose aisladas. Habrá, por supuesto, un sindicato de trabajadores agrícolas, pero esta creación se contenta con responder a la necesidad formal de "presentar un frente unido al colonialismo". Los responsables sindicales que han hecho sus armas en el marco de las formaciones sindicales de la metrópoli no saben organizar a las masas urbanas. Han perdido todo contacto con el campesinado y se preocupan en primer lugar por el encuadramiento de los obreros metalúrgicos, los estibadores, los empleados del gas y la electricidad, etcétera...
    Durante la etapa colonial, las formaciones sindicales nacionalistas constituyen una espectacular fuerza de presión. En las ciudades, los sindicatos pueden inmovilizar, o en todo caso frenar en cualquier momento, la economía colonialista. Como la población europea está frecuentemente acantonada en las ciudades, las repercusiones psicológicas de las manifestaciones son considerables en esa población: no hay electricidad, falta el gas, no se recogen los desperdicios, las mercancías se pudren en los muelles.
    Ésos islotes metropolitanos que constituyen las ciudades en el marco colonial resienten profundamente la acción sindical. La fortaleza del colonialismo, representada por la capital, soporta difícilmente esos golpes. Pero "el interior" (las masas rurales) permanece ajeno a esta confrontación.
    Así, como se ve, hay una desproporción desde el punto de vista nacional entre la importancia de los sindicatos y el resto de la nación. Después de la independencia, los obreros encuadrados en los sindicatos tienen la impresión de moverse en el vacío. El objetivo limitado que se habían fijado aparece, en el momento mismo en que se alcanza, muy precario en relación con la inmensidad de la tarea de construcción nacional. Frente a la burguesía nacional cuyas relaciones con el poder son con frecuencia muy estrechas, los dirigentes sindicales descubren que no pueden limitarse ya a la agitación obrerista. Congénitamente aislados de las masas rurales, incapaces de difundir consignas más allá de los barrios limítrofes, los sindicatos adoptan posiciones cada vez más políticas. En realidad, los sindicatos son candidatos al poder. Tratan por todos los medios de acorralar a la burguesía: protestas contra el mantenimiento de bases extranjeras en el territorio nacional, denuncia de los acuerdos comerciales, tomas de posición contra la política exterior del gobierno nacional. Los obreros ahora "independientes" giran en el vacío. Los sindicatos comprenden al día siguiente de la independencia que las reinvidicaciones sociales, si se expresaran, escandalizarían al resto de la nación. Los obreros son, en efecto, los favorecidos del régimen. Representan la fracción más acomodada del pueblo. Una agitación tendiente a mejorar las condiciones de vida de los obreros y los estibadores no sólo sería impopular sino que correría el riesgo de provocar la hostilidad de las masas desheredadas del campo. Los sindicatos a los que se impide todo sindicalismo, no hacen sino patalear.
    Este malestar traduce la necesidad objetiva de un programa social que interese, por fin, a la totalidad de la nación. Los sindicatos descubren de pronto que el interior del país debe ser igualmente instruido y organizado. Pero como en ningún momento se han preocupado por establecer medios de comunicación entre ellos y las masas campesinas, y como precisamente esas masas constituyen las únicas fuerzas espontáneamente revolucionarias del país, los sindicatos van a comprobar su ineficacia y a descubrir el carácter anacrónico de su programa.
    Los dirigentes sindicales, sumergidos en la agitación político-obrerista, llegan mecánicamente a la preparación de un golpe de Estado. Pero también entonces se excluye al interior. Es una explicación limitada entre la burguesía nacional y el obrerismo sindical. La burguesía nacional, recogiendo las viejas tradiciones del colonialismo, muestra sus fuerzas militares y policíacas, mientras que los sindicatos organizan mítines, movilizan decenas de miles de miembros. Los campesinos, frente a esta burguesía nacional y a estos obreros que, en suma, comen muy bien, sólo miran y se encogen de hombros. Los campesinos se encogen de hombros porque se dan cuenta de que unos y otros los consideran como una fuerza de apoyo. Los sindicatos, los partidos o el gobierno, en una especie de maquiavelismo inmoral utilizan a las masas campesinas como fuerza de maniobra, inerte y ciega. Como fuerza bruta.
    En ciertas circunstancias, por el contrario, las masas campesinas van a intervenir de manera decisiva, tanto en la lucha de liberación nacional como en las perspectivas que adopte la nación futura. Este fenómeno reviste una importancia fundamental para los países subdesarrollados; por eso nos proponemos estudiarlo en detalle.
    Hemos visto cómo, en los partidos nacionalistas, la voluntad de quebrar el colonialismo va unida a otra voluntad: la de entenderse amigablemente con él. Dentro de esos partidos van a producirse algunas veces dos procesos. Primero, elementos intelectuales que han procedido a un análisis sostenido de la realidad colonial y de la situación internacional empezarán a criticar el vacío ideológico del partido nacional y su indigencia táctica y estratégica. Plantean incansablemente a los dirigentes preguntas cruciales: "¿Qué es el nacionalismo? ¿Qué ponen ustedes detrás de esa palabra? ¿Qué contiene ese vocablo? ¿Independencia para qué? Y, en primer lugar ¿cómo esperan ustedes lograrla?" exigiendo que los problemas metodológicos sean abordados vigorosamente. Van a sugerir que a los medios electorales se añadan "otros medios". En las primeras polémicas, los dirigentes se desembarazan rápidamente de esa efervescencia que califican de juvenil. Pero, como esas reivindicaciones no son ni la expresión de una agitación, ni un signo de juventud los elementos revolucionarios que defienden esas posiciones van a ser rápidamente aislados. Los dirigentes, revestidos por su experiencia, van a rechazar implacablemente a "esos aventureros, esos anarquistas".
    La maquinaria del partido se muestra rebelde a toda innovación. La minería revolucionaria se encuentra sola, frente a una dirección asustada y angustiada ante la idea de que podría ser arrastrada por una tormenta cuyo aspecto y cuya fuerza de orientación ni siquiera imagina. Él segundo proceso se refiere a los cuadros dirigentes o subalternos que, por sus actividades, han tropezado con las persecuciones policíacas colonialistas. Lo que resulta interesante señalar es que esos hombres han llegado a las esferas dirigentes del partido por su trabajo obstinado, su espíritu de sacrificio y un patriotismo ejemplar. Esos hombres, venidos de la base, son frecuentemente pequeños peones, trabajadores temporáneos y hasta, algunas veces, auténticos desempleados. Para ellos, militar en un partido nacional no es hacer política, es escoger el único medio de pasar de la condición animal a la condición humana. Esos hombres, limitados por el legalismo exacerbado del partido, van a revelar en los límites de las actividades que se les confían un espíritu de iniciativa, un valor y un sentido de la lucha que casi mecánicamente los señalan a las fuerzas de represión del colonialismo. Detenidos, condenados, torturados, amnistiados, emplean el periodo de detención para confrontar sus ideas y fortalecer su determinación. En las huelgas de hambre, en la solidaridad violenta de los calabozos comunes de la prisión, viven su liberación como una ocasión para desencadenar la lucha armada. Pero al mismo tiempo, fuera, el colonialismo que comienza a ser hostigado por todas partes, hace insinuaciones a los nacionalistas moderados.
    Asistimos, pues, a una separación cercana a la ruptura entre la tendencia ilegalista y la tendencia legalista del partido. Los ilegales se sienten indeseables. Se les evita. Tomando infinitas precauciones, los legales del partido les prestan ayuda, pero ya se sienten ajenos. Esos hombres van a entrar en contacto entonces con los elementos intelectuales cuyas posiciones habían podido apreciar algunos años antes. Un partido clandestino, colateral del partido legal, consagra este encuentro. Pero la represión contra esos elementos irrecuperables se intensifica a medida que el partido legal se acerca al colonialismo tratando de modificarlo "desde dentro". El equipo ilegal se encuentra entonces en un histórico callejón sin salida.
    Rechazados de las ciudades, esos hombres se agrupan, al principio, en los suburbios periféricos. Pero la red policíaca los encuentra y los obliga a abandonar definitivamente las ciudades, a irse de los sitios donde se realiza la lucha política. Retroceden hacia el campo, hacia la montaña, hacia las masas campesinas. En un primer momento, las masas se cierran a su alrededor, sustrayéndolos a la búsqueda policíaca. El militante nacionalista que, en vez de jugar al escondite con los policías en los centros urbanos, decide poner su destino en manos de las masas campesinas no pierde jamás. El manto campesino lo cubre con una ternura y un vigor insospechados. Verdaderos exiliados en el interior, cortados del medio urbano donde habían precisado las nociones de nación y de lucha política, esos hombres se han convertido de hecho en guerrilleros. Obligados constantemente a cambiar de lugar para escapar a los policías, caminando de noche para no llamar la atención, van a tener ocasión de recorrer el país y conocerlo. Se olvidan entonces los cafés, las discusiones sobre las próximas elecciones, la maldad de aquel policía. Sus oídos escuchan la verdadera voz del país y sus ojos contemplan la grande, la infinita miseria del pueblo. Se dan cuenta del tiempo precioso que se ha perdido en vanos comentarios sobre el régimen colonial. Comprenden, finalmente, que el cambio no será una reforma, no será una mejoría. Comprenden, en una especie de vértigo que no dejará ya de asediarlos, que la agitación política en las ciudades será siempre impotente para modificar y derrocar al régimen colonial.
    Esos hombres se acostumbran a hablar a los campesinos. Descubren que las masas rurales no han dejado de plantear jamás el problema de su liberación en términos de violencia, de recuperación de la tierra en manos extranjeras, de lucha nacional, de insurrección armada. Todo se simplifica. Esos hombres descubren un pueblo coherente que se perpetúa en una especie de inmovilidad, pero que conserva intactos sus valores morales, su lealtad a la nación. Descubren un pueblo generoso, dispuesto al sacrificio, deseoso de entregarse, impaciente y de un orgullo de piedra. Se comprende que el encuentro de esos militantes maltratados por la policía y de esas masas agitadas y de espíritu rebelde puede producir una mezcla detonante de inusitada fuerza. Los hombres procedentes de las ciudades acuden a la escuela del pueblo y, al mismo tiempo, aleccionan a éste en formación política y militar. El pueblo bruñe sus armas. En realidad, los cursos no duran mucho tiempo porque las masas, restableciendo el contactó con lo más íntimo de sus músculos, conducen a los dirigentes a precipitar las cosas. La lucha armada se desencadena.
    La insurrección desorienta a los partidos políticos. Su doctrina, en efecto, ha afirmado siempre la ineficacia de toda prueba de fuerza y su existencia misma es una constante condena de toda insurrección. Secretamente, ciertos partidos políticos comparten el optimismo de los colonos y se congratulan por encontrarse fuera de esa locura que, según se dice, será reprimida en forma sangrienta. Pero una vez prendido el fuego, como una epidemia galopante se propaga al resto del país. Los tanques blindados y los aviones no aportan los éxitos esperados. Frente a la amplitud del mal, el colonialismo comienza a reflexionar. En el seno mismo del pueblo opresor, se escuchan voces que llaman la atención sobre la gravedad de la situación.
    El pueblo, en sus chozas y en sus sueños, se pone en comunicación con el nuevo ritmo nacional. En voz baja, desde el fondo de su corazón, canta a los gloriosos combatientes himnos interminables. La insurrección ha invadido ya la nación. Ahora les toca aislarse a los partidos.
    Sin embargo, los dirigentes de la insurrección toman conciencia, un día u otro, de la necesidad de extender esa insurrección a las ciudades. Esa toma de conciencia no es fortuita. Consagra la dialéctica que preside el desarrollo de una lucha armada de liberación nacional. Aunque el campo represente inagotables reservas de energía popular y los grupos armados hagan reinar allí la inseguridad, el colonialismo no duda realmente de la solidez de su sistema. No se siente fundamentalmente en peligro. El dirigente de la insurrección decide entonces llevar la guerra al enemigo, es decir, a las ciudades tranquilas y grandilocuentes.
    La entrada de la insurrección en las ciudades plantea a la dirección problemas difíciles. Hemos visto como la mayoría de los dirigentes, nacidos o formados en las ciudades, abandonaron su medio natural al ser perseguidos por la policía colonialista y al no ser comprendidos por los cuadros prudentes y razonables de los partidos políticos. Su retiro al campo ha sido a la vez una huida ante la represión y una muestra de desconfianza hacia las viejas formaciones políticas. Las antenas urbanas naturales de esos dirigentes son los nacionalistas conocidos dentro de los partidos políticos. Pero, precisamente, hemos visto cómo su historia reciente se había desarrollado al margen de esos dirigentes timoratos y crispados en una reflexión in
    os. Parece existir una especie de organización interna, una ley de la expresión que quiere que las manifestaciones poéticas escaseen a minterrumpida sobre los males del colonialismo.
    Además, los primeros intentos que los hombres de las guerrillas realicen en dirección de sus antiguos amigos, precisamente aquellos que consideran más de izquierda, confirmarán sus aprehensiones y les quitarán hasta el deseo mismo de reanudar viejas relaciones. La insurrección, surgida del campo, va a penetrar en las ciudades por la fracción del campesinado bloqueada en la periferia urbana, la cual no ha podido encontrar aún un hueso que roer en el sistema colonial. Los hombres obligados por la creciente población del campo y la expropiación colonial a abandonar la tierra familiar, giran incansablemente en torno a las distintas ciudades, esperando que un día u otro se les permita entrar. Es en ésa masa, en ese pueblo de los cinturones de miseria, de las casas "de lata", en el seno del lumpen-proletariat donde la insurrección va a encontrar su punta de lanza urbana. El lumpen-proletariat, cohorte de hambrientos destribalizados, desclanizados, constituye una de las fuerzas .más espontánea y radicalmente revolucionarias de un pueblo colonizado.
    En Kenya, en los años que precedieron a la rebelión de los Mau-Mau, las autoridades coloniales británicas multiplicaron las medidas de intimidación contra el lumpen-proletariat. Fuerzas de policía y misioneros coordinaron sus esfuerzos, en los años 1950-1951, para responder como convenía a la afluencia enorme de jóvenes kenyenses venidos del campo y de la selva y que, al no poder colocarse en el mercado de trabajo, robaban, se entregaban al vicio, al alcoholismo, etc... La delincuencia juvenil en los países colonizados es el producto directo de la existencia del lumpen-proletariat. Igualmente, en el Congo, se tomaron medidas draconianas a partir de 1957 para devolver al campo a los "jóvenes granujas" que perturbaban el orden establecido. Se abrieron campos de confinamiento y se confiaron a las misiones evangélicas, bajo la protección, por supuesto, del ejército belga.
    La constitución de un lumpen-proletariat es un fenómeno que obedece a una lógica propia y ni la actividad desbordante de los misioneros, ni las órdenes del poder central pueden impedir su desarrollo. Ese lumpen-proletariat, como una jauría de ratas, a pesar de las patadas, de las pedradas, sigue royendo las raíces del árbol.
    El cinturón de miseria consagra la decisión biológica del colonizado de invadir a cualquier precio, y si hace falta por las vías más subterráneas, la ciudadela enemiga. El lumpen-proletariat constituido y pesando con todas sus fuerzas sobre la "seguridad" de la ciudad significa la podredumbre irreversible, la gangrena, instaladas en el corazón del dominio colonial. Entonces los rufianes, los granujas, los desempleados, los vagos, atraídos, se lanzan a la lucha de liberación como robustos trabajadores. Esos vagos, esos desclasados van a encontrar, por el canal de la acción militante y decisiva, el camino de la nación. No se rehabilitan en relación con la sociedad colonial, ni con la moral del dominador. Por el contrario, asumen su incapacidad para entrar en la ciudad salvo por la fuerza de la granada o del revólver. Esos desempleados y esos subhombres se rehabilitan en relación consigo mismos y con la historia. También las prostitutas, las sirvientas que ganan 2 000 francos, las desesperadas, todas y todos los que oscilan entre la locura y el suicidio van a reequilibrarse, a actuar y a participar de manera decisiva en la gran procesión de la nación que despierta.
    Los partidos nacionalistas no comprenden este fenómeno nuevo que precipita su desintegración. La irrupción de la insurrección en las ciudades modifica la fisonomía de la lucha. Mientras las tropas colonialistas habían sido dirigidas en su totalidad hacia el campo, he aquí que refluyen precipitadamente hacia las ciudades para proteger la seguridad de las personas y sus bienes. La represión dispersa sus fuerzas, el peligro está presente en todas partes. Es el territorio nacional, el conjunto de la colonia lo que está en juego. Los grupos armados campesinos ven cómo se afloja la presión militar. La insurrección en las ciudades es un inesperado tanque de oxígeno.
    Los dirigentes de la insurrección que ven cómo el pueblo entusiasta y ardiente da golpes decisivos a la maquinaria colonialista, acrecientan su desconfianza respecto de la política tradicional. Cada éxito obtenido legitima su hostilidad respecto de lo que llamarán en lo sucesivo el gargarismo, el verbalismo, la "blagología", la agitación estéril. Odian la "política", la demagogia. Por eso asistimos al principio a un verdadero triunfo del culto al espontaneísmo.
    Las múltiples sublevaciones surgidas en el campo son la prueba, dondequiera que estallan, de la ubicuidad y la presencia generalizada y densa de la nación. Cada colonizado en armas es un pedazo de la nación viva. Esas sublevaciones campesinas ponen en peligro al régimen colonial, movilizan sus fuerzas y las dispersan, amenazan en todo momento con asfixiarlo. Obedecen a una doctrina simple: haced que la nación exista. No hay programa, no hay discursos, no hay resoluciones, no hay tendencias. El problema es claro: es necesario que los extranjeros se vayan. Hay que constituir un frente común contra el opresor y fortalecer ese frente mediante la lucha armada.
    Mientras dure la inquietud del colonialismo, la causa nacional progresa y se convierte en la causa de cada uno. La empresa de liberación se dibuja y ya afecta a la totalidad del país. En esta etapa, reina lo espontáneo. La iniciativa se localiza. En cada cerro se constituye un gobierno en miniatura que asume el poder. En los valles y en los bosques, en la selva y en las aldeas, en todas partes se encuentra una autoridad nacional. Cada cual, mediante su acción, hace existir a la nación y se dedica a hacerla triunfar localmente. Nos encontramos con una estrategia de lo inmediato, totalitaria y radical. El fin, el programa de cada grupo espontáneamente constituido es la liberación local. Si la nación está en todas partes, está aquí. Un paso más y está solo aquí. La táctica y la estrategia se confunden. El arte política se transforma simplemente en arte militar. El militante político es el combatiente. Hacer la guerra y hacer política es una y la misma cosa.
    Ese pueblo desheredado, habituado a vivir en el círculo estrecho de las luchas y las rivalidades, va a proceder en una atmósfera solemne a la limpieza y purificación del semblante local de la nación. En un verdadero éxtasis colectivo, familias enemigas deciden borrar todo, olvidarlo todo. Las reconciliaciones se multiplican. Los odios tenaces y escondidos son despertados para extirparlos más seguramente. El asumir la nación hace avanzar la conciencia. La · unidad nacional es primero unidad del grupo, la desaparición de las viejas querellas y la liquidación definitiva de las reticencias. Al mismo tiempo, la purificación englobará a los pocos indígenas que por sus actividades, por su complicidad con el ocupante, han deshonrado al país. Los traidores, los vendidos, serán juzgados y castigados. El pueblo, en esa marcha continua que ha emprendido, legisla, se descubre y quiere ser soberano. Cada punto despertado así del sueño colonial vive a una temperatura insoportable. Una efusión permanente reina en las aldeas, una generosidad espectacular, una bondad que desarma, una voluntad nunca desmentida de morir por la "causa". Todo esto evoca a la vez una secta, una iglesia, una mística. Ningún indígena puede permanecer indiferente a este nuevo ritmo que arrastra a la nación. Se envían emisarios a las tribus vecinas. Constituyen el primer sistema de enlace de la insurrección y aportan ritmo y movimiento a las regiones todavía inmóviles. Tribus cuya rivalidad obstinada es, sin embargo, bien conocida, abandonan la lucha y, en medio de alegría y lágrimas, se juran ayuda y sostén. En un codo con codo fraternal, en la lucha armada, los hombres se acercan a sus enemigos de ayer. El círculo nacional se agranda y son nuevas emboscadas las que saludan la entrada en escena de nuevas tribus. Cada aldea se descubre como agente absoluto y relevo. La solidaridad intertribal, entre las aldeas, la solidaridad nacional se advierten primero en la multiplicación de los golpes asestados al enemigo. Cada nuevo grupo que se constituye, cada nueva salva que estalla indican que cada uno hostiga al enemigo, que cada uno se le enfrenta.
    Esta solidaridad va a manifestarse mucho más claramente en el curso del segundo periodo, que se caracteriza por el desencadenamiento de la ofensiva enemiga. Las fuerzas coloniales, después de la explosión, se reagrupan, se reorganizan y ponen en práctica métodos de combate correspondientes a la naturaleza de la insurrección. Esta ofensiva va a conmover la atmósfera eufórica y paradisíaca del primer periodo. El enemigo lanza el ataque y concentra en puntos precisos numerosas fuerzas. El grupo local resulta rápidamente desbordado. Tanto más cuanto que tiene tendencia, al principio, a aceptar el combate de frente. El optimismo que ha reinado en la primera etapa hace al grupo intrépido, es decir, inconsciente. El grupo, que está convencido de que su cerro es la nación no acepta desarmarse, no soporta batirse en retirada. Las pérdidas son numerosas y la duda se infiltra masivamente en los espíritus. El grupo sufre el asalto local como una prueba decisiva. Se comporta literalmente como si la suerte del país se jugara aquí y ahora.
    Pero, como se comprende, esta impetuosidad voluntarista que pretende decidir de inmediato la suerte del sistema colonial está condenada, como doctrina del instantaneísmo, a negarse. El realismo más cotidiano, más práctico sustituye a las efusiones de ayer y a la ilusión de eternidad. La lección de los hechos, los cuerpos atravesados por la metralla, provocan una reinterpretación global de los acontecimientos. El simple instinto de supervivencia rige una actitud más dinámica, más móvil. Esta modificación en la técnica de combate es característica de los primeros meses de la guerra de liberación del pueblo angolés. Recordamos que el 15 de marzo de 1961, los campesinos angoleses se lanzaron por grupos de dos o tres mil contra las posiciones portuguesas. Hombres, mujeres y niños, armados o no, con su coraje, su entusiasmo, se volcaron en masas compactas y por olas sucesivas sobre regiones donde dominaban el colono, el soldado y la bandera portuguesa. Aldeas, aeródromos fueron rodeados y sufrieron asaltos múltiples, pero también miles de angoleses fueron atravesados por la metralla colonialista. No necesitaron mucho tiempo los jefes de la insurrección angolesa para comprender que debían recurrir a algo distinto si querían realmente liberar al país. Así, desde hace algunos meses, el líder angolés Haldane Roberto reorganizó el Ejército Nacional Angolés tomando en cuenta las distintas guerras de liberación y utilizando las técnicas de las guerrillas.
    En la guerrilla, efectivamente, la lucha no es ya donde se está sino adonde se va. Cada combatiente lleva a la patria en guerra entre sus manos desnudas. El ejército de liberación nacional no es el que se enfrenta de una vez por todas al enemigo, sino el que va de aldea en aldea, que se repliega en la selva y que salta de júbilo cuando se percibe en el valle la nube de polvo levantada por las columnas del adversario. Las tribus se ponen en movimiento, los grupos se desplazan, cambiando de terreno Los del norte se mueven hacia el oeste, los de la llanura suben a la montaña. Ninguna posición estratégica es privilegiada. El enemigo se imagina perseguirnos, pero siempre nos las arreglamos para marchar sobre sus talones, hostigándolo en el momento mismo en que nos cree aniquilados. En lo sucesivo, somos nosotros los que perseguimos. Con toda su técnica y su capacidad de fuego, el enemigo da la impresión de embrollarse y hundirse en arenas movedizas. Nosotros cantamos y cantamos.
    Mientras tanto, no obstante, los dirigentes de la insurrección comprenden que hay que enseñar a los grupos, instruirlos, adoctrinarlos, crear un ejército, centralizar la autoridad. El desmenuzamiento de la nación, que manifestaba la nación en armas, exige ser corregido y superado. Los dirigentes que habían evadido la atmósfera de vana política de las ciudades redescubren la política, no ya como técnica de adormecimiento o de mixtificación sino como medio único de intensificar la lucha y de preparar al pueblo para la dirección lúcida del país. Los dirigentes de la insurrección advierten que las sublevaciones campesinas, aunque muy importantes, tienen que ser controladas y orientadas. Los dirigentes acaban por negar el movimiento en tanto que sublevación campesina, transformándolo así en guerra revolucionaria. Descubren que el éxito de la lucha exige la claridad de los objetivos, la precisión de la metodología y sobre todo el conocimiento por las masas de la dinámica temporal de sus esfuerzos. Es posible sostenerse tres días y hasta tres meses utilizando la dosis de resentimiento contenida en las masas, pero no se triunfa en una guerra nacional, no se descompone la terrible maquinaria del enemigo, no se transforma a los hombres si se olvida elevar la conciencia del combatiente. Ni el valor encarnizado ni la belleza de los lemas son suficientes.
    El desarrollo de la guerra de liberación se encarga, por lo demás, de dar un golpe decisivo a la fe de los dirigentes. El enemigo modifica, en efecto, su táctica. A la política brutal de represión une oportunamente los gestos espectaculares de relajamiento, las maniobras de división, “la acción psicológica”. Intenta aquí y allá, y con éxito, revivir las luchas tribales, utilizando a los provocadores, haciendo lo que se llama la contrasubversión. El colonialismo empleará para realizar sus objetivos a dos tipos de indígenas. Y en primer lugar a los colaboradores tradicionales, los jefes, caids, brujos. Las masas campesinas sumergidas, como hemos visto, en la repetición sin historia de una existencia inmóvil siguen venerando a los jefes religiosos, a los descendientes de las viejas familias. La tribu, como un solo hombre, sigue el camino que le señala el jefe tradicional. A fuerza de prebendas, a precio de oro, el colonialismo obtendrá los servicios de esos hombres de confianza.
    El colonialismo va a encontrar igualmente en el lumpen-proletarit una masa considerable propicia a la maniobra. Todo movimiento de liberación nacional debe prestar el máximo de atención, pues, a ese lumpen-proletariat. Éste responde siempre a la llamada a la insurrección, pero si la insurrección cree poder desarrollarse ignorándolo, el lumpen-proletariat, esa masa de hambrientos y desclasados, se lanzará a la lucha armada, participará en el conflicto, pero al lado del opresor. El opresor, que jamás pierde la ocasión de hacer que los negros se peleen entre sí, utilizará con una singular alegría la inconsciencia y la ignorancia que son las taras del lumpen-proletariat. Esta reserva humana disponible, si no es organizada de inmediato por la insurrección, se encontrará, como mercenaria, al lado de las tropas colonialistas. En Argelia, el lumpen-proletarit integró los harkis y los messalistas; en Angola, aporta los contingentes que abren el camino, precediendo a las columnas armadas portuguesas; en el Congo, se encuentra al lumpen-proletariat en las manifestaciones regionalistas de Kasai y Katanga, mientras que en la ciudad de Leopoldville fue utilizado por los enemigos del Congo para organizar mítines "espontáneos" antilumumbistas.
    El adversario, que analiza las fuerzas de la insurrección, que estudia cada vez mejor al enemigo global que constituye el pueblo colonizado se da cuenta de la debilidad ideológica, de la inestabilidad espiritual de ciertas capas de la población. El adversario descubre, junto a una vanguardia insurrecta rigurosa y bien estructurada, una masa de hombres cuya participación puede ser puesta en peligro constantemente por un hábito demasiado grande de la miseria fisiológica, las humillaciones y la irresponsabilidad. El adversario utilizará a esa masa, para evitar males mayores. Creará la espontaneidad a golpes de bayoneta o de castigos ejemplares. Los dólares y los francos belgas se vierten sobre el Congo mientras que, en Madagascar, se multiplican las exacciones anti-Hova y que en Argelia son enrolados reclutas, auténticos rehenes, en las fuerzas francesas. Literalmente, el jefe de la insurrección ve zozobrar a la nación. Tribus enteras se constituyen en harkis y, dotadas de armas modernas, toman el camino de la guerra y atacan a la tribu rival, calificada por las conveniencias del momento como nacionalista. La unanimidad en el combate, tan fecunda y grandiosa en las primeras horas de la insurrección, se altera. La unidad nacional se rompe, la insurrección se encuentra en una disyuntiva decisiva.
    La politización de las masas es reconocida entonces como necesidad histórica.
    Este voluntarismo espectacular que pretendía llevar de un solo golpe al pueblo colonizado a la soberanía absoluta, esta certidumbre que se tenía de arrastrar consigo, al mismo paso y con idéntica claridad, a todos los sectores de la nación, esa fuerza que fundaba la esperanza se revela, con la experiencia, como una gran debilidad. Mientras imaginaba poder pasar sin transición de la situación de colonizado a la de ciudadano soberano de una nación independiente, mientras se dejaba admirar por el espejismo de la inmediatez de sus músculos, el colonizado no hacía verdaderos progresos en la vía del conocimiento. Su conciencia seguía siendo rudimentaria. El colonizado se entrega a la lucha con pasión, ya lo hemos visto, sobre todo si esa lucha es armada. Los campesinos se lanzaron a la insurrección con tanto más entusiasmo cuanto que no habían dejado de llegar a un modo de vida prácticamente anticolonial. Desde toda la eternidad y como consecuencia de múltiples astucias, de reequilibrios que evocan las proezas del prestidigitador, los campesinos habían preservado relativamente su subjetividad de la imposición colonial. Llegaron a creer que el colonialismo no era realmente vencedor. El orgullo del campesino, su reticencia para bajar a las ciudades, para codearse con el mundo edificado por el extranjero, sus perpetuos movimientos de retroceso frente al acercamiento de los representantes de la administración colonial, no dejaban de significar que oponía a la dicotomía del colono su propia dicotomía.
    El racismo antirracista, la voluntad de defender la propia piel que caracteriza la respuesta del colonizado a la opresión colonial representan evidentemente razones suficientes para entregarse a la lucha. Pero no se sostiene una guerra, no se sufre una enorme represión, no se asiste a la desaparición de toda la familia para hacer triunfar el odio o el racismo. El racismo, el odio, el resentimiento, "el deseo legítimo de venganza" no pueden alimentar una guerra de liberación. Esos relámpagos en la conciencia que lanzan al cuerpo por caminos tumultuosos, que lo lanzan a un onirismo cuasipatológico donde el rostro del otro me invita al vértigo, donde mi sangre llama a la sangre del otro, esa gran pasión de las primeras horas se disloca si pretende nutriste de su propia sustancia. Es verdad que las interminables exacciones de las fuerzas colonialistas reintroducen los elementos emocionales en la lucha, dan al militante nuevos motivos de odio, nuevas razones de salir en busca del colono "para matarlo". Pero el dirigente comprende día tras día que el odio no podría constituir un programa. No se puede, sino por perversión, confiar en el adversario que evidentemente se las arregla siempre para multiplicar los crímenes, agrandar el "abismo", empujando así a la totalidad del pueblo del lado de la insurrección. En todo caso, el adversario, como lo hemos señalado, trata de ganarse la simpatía de ciertos grupos de la población, de determinadas regiones, de diversos jefes. En el curso de la lucha, se dan consignas a los colonos y a las fuerzas de policía. El comportamiento se matiza, "se humaniza". Se llegará inclusive a introducir en las relaciones entre colono y colonizado tratamientos tales como Señor o Señora. Se multiplicarán las cortesías, los cumplidos. Concretamente, el colonizado tiene la impresión de asistir a un cambio.
    El colonizado que no sólo ha tomado las armas porque se moría de hambre y contemplaba la desintegración de su sociedad, sino también porque el colono lo consideraba como un animal, lo trataba como a un animal, se muestra muy sensible a esas medidas. El odio es desviado mediante esos hallazgos psicológicos. Los tecnólogos y los sociólogos iluminan las maniobras colonialistas y multiplican los estudios sobre los "complejos": complejo de frustración, complejo belicoso, complejo de "colonizabilidad". Se promueve al indígena, se intenta desarmarlo mediante la psicología y, naturalmente, con algunas monedas. Esas medidas miserables, esos revocos de fachada, sabiamente dosificados por otra parte, llegan a producir ciertos éxitos. El hambre del colonizado es tal, su hambre de cualquier cosa que lo humanice —aun limitadamente— es hasta tal punto incoercible, que esas limosnas consiguen hacerlo vacilar localmente. Su conciencia es de tal precariedad, de tal opacidad, que responde a la menor chispa. La gran sed de luz indiferenciada de los comienzos se ve amenazada constantemente por la mixtificación. Las exigencias violentas y globales que tendían al cielo se repliegan, se hacen modestas. El lobo impetuoso que quería devorarlo todo, que quería efectuar una auténtica revolución puede volverse, si la lucha dura, y efectivamente dura, en irreconocible. El colonizado corre el riesgo, constantemente, de dejarse desarmar por cualquier concesión.
    Los dirigentes de la insurrección descubren con temor esa inestabilidad del colonizado. Desorientados primero, comprenden, por esta nueva desviación, la necesidad de explicar y de realizar el rescate radical de la conciencia. Porque la guerra dura, el enemigo se organiza, se fortalece, adivina la estrategia del colonizado. La lucha de liberación nacional no consiste en franquear un espacio de una sola pisada. La epopeya es cotidiana, difícil y los sufrimientos que se experimentan superan a todos los del periodo colonial. Abajo, en las ciudades, parece que los colonos han cambiado. Los nuestros son más felices. Se les respeta. Los días suceden a los días y lace falta que el colonizado entregado a la lucha y el pueblo que debe seguir brindándole su apoyo, no se quebranten. No deben imaginar que han alcanzado el fin. No deben imaginar, cuando sé les precisen los objetivos reales de la lucha, que eso no es posible. Una vez más, hay que explicar, es necesario que el pueblo sepa hacia dónde va, que sepa cómo llegar allá. La guerra no es una batalla sino una sucesión de combates locales, ninguno de los cuales es, en verdad, decisivo.
    Es necesario, pues, cuidar las propias fuerzas, no lanzarlas de un solo golpe en la balanza. Las reservas del colonialismo son más ricas, más importantes que las del colonizado. La guerra se prolonga, el adversario se defiende. El gran entendimiento no será hoy ni mañana. En realidad, ha comenzado desde el primer día y no terminará porque no exista el adversario sino simplemente porque este último, por múltiples razones, se dará cuenta de que le interesa terminar esa lucha y reconocer la soberanía del pueblo colonizado. Los objetivos de la lucha no deben permanecer en la indiferenciación de los primeros días. Si no se tiene cuidado, se corre el riesgo en todo momento de que el pueblo se pregunte, ante la menor concesión hecha por el enemigo, las razones de la prolongación de la guerra. Existe hasta tal punto el hábito del desprecio del ocupante, de su voluntad afirmada de mantener a cualquier precio su opresión que toda iniciativa de aspecto generoso, toda buena disposición manifestada es saludada con sorpresa y alegría. El colonizado tiene tendencia entonces a cantar. Hay que multiplicar las explicaciones y hacer comprender al militante que las concesiones del adversario no deben cegarlo. Esas concesiones, que no son otra cosa que concesiones, no afectan a lo esencial y, desde la perspectiva del colonizado, puede afirmarse que una concesión no se refiere a lo esencial cuando no afecta al régimen colonial en lo que éste tiene de esencial.
    Precisamente, las formas brutales de presencia del ocupante pueden desaparecer perfectamente. En realidad, esta desaparición espectacular se revela como un aligeramiento de los gastos del ocupante y una medida positiva contra el despilfarro de fuerzas. Pero esta desaparición será cobrada cara. Exactamente al precio de un encuadra-miento más coercitivo del destino del país. Se evocarán ejemplos históricos con ayuda de los cuales el pueblo podrá convencerse de que la mascarada de la concesión, la aplicación del principio de la concesión a todo precio se han saldado en ciertos países por una servidumbre más discreta, pero más total. El pueblo, la totalidad de los militantes, deberán conocer esa ley histórica que estipula que ciertas concesiones son, en realidad, nuevas cadenas. Cuando la labor de clarificación no se ha hecho, sorprende la facilidad con que los dirigentes de ciertos partidos políticos establecen innumerables compromisos con el antiguo colonizador. El colonizado debe convencerse de que el colonialismo no le hace ningún don. Lo que el colonizado obtiene por la lucha política o armada no es el resultado de la buena voluntad o del buen corazón del colono, sino que traduce su imposibilidad para demorar las concesiones. Más aún, el colonizado debe saber que esas concesiones no las hace el colonialismo, sino él mismo. Cuando el gobierno británico decide otorgar a la población africana algunas curules más en la Asamblea de Kenya, se necesitaría mucho impudor o inconsciencia para pretender que el gobierno británico ha hecho concesiones. ¿No es evidente que es el pueblo de Kenya el que hace concesiones? Es necesario que los pueblos colonizados, los pueblos que han sido despojados, pierdan la actitud mental que los ha caracterizado hasta ahora. En rigor, el colonizado puede aceptar una transacción con el colonialismo, pero jamás un compromiso.
    Todas estas explicaciones, estas aclaraciones sucesivas de la conciencia, este encaminamiento por la vía del conocimiento de la historia de las sociedades no son posibles sino en el marco de una organización, de no encuadramiento del pueblo. Esta organización es construida mediante el empleo de los elementos revolucionarios procedentes de las ciudades al principio de la insurrección y de los que vuelven al campo a medida que se desarrolla la lucha. Es ese núcleo el que constituye el organismo político embrionario de la insurrección. Pero, por su parte, los campesinos que elaboran sus conocimientos al contacto con la experiencia, se mostrarán aptos para dirigir la lucha popular. Se establece una corriente de edificación y enriquecimiento recíproco entre la nación en pie de guerra y sus dirigentes. Las instituciones tradicionales son reforzadas, profundizadas y algunas veces literalmente transformadas. El tribunal de conflictos, las djemaas, las asambleas de aldea se transforman en tribunal revolucionario, en comité político-militar. En cada grupo de combate, en cada aldea, surgen legiones de comisarios políticos. El pueblo, que comienza a tropezar con islotes de incomprensión, será aleccionado por esos comisarios políticos. Es así como estos últimos no temerán abordar los problemas que, si no fueran aclarados, contribuirían a desorientar al pueblo. El militante en armas se irrita, en efecto, al ver cómo muchos indígenas siguen haciendo su vida en las ciudades como si fueran ajenos a lo que pasa en las montañas, como si ignoraran que el movimiento esencial ha comenzado. El silencio de las ciudades, la continuación del trajín cotidiano dan al campesino la impresión amarga de que todo un sector de la nación se contenta con llevar la cuenta de los tantos ganados o perdidos. Estas comprobaciones repugnan a los campesinos y fortalecen su tendencia a despreciar y condenar globalmente a los citadinos. El comisario político deberá lograr que maticen esa posición, haciéndolos tomar conciencia de que ciertas fracciones de la población poseen intereses particulares que no siempre coinciden con el interés nacional. El pueblo comprende entonces que la independencia nacional descubre realidades múltiples que, algunas veces, son divergentes y antagónicas. La explicación, en ese momento preciso de la lucha, es decisiva porque hace pasar al pueblo del nacionalismo global e indiferenciado a una conciencia social y económica. El pueblo, que al principio de la lucha había adoptado el maniqueísmo primitivo del colono: blancos y negros, árabes y rumies, percibe que hay negros que son más blancos que los blancos y que la eventualidad de una bandera nacional, la posibilidad de una nación independiente no conducen automáticamente a ciertas capas de la población a renunciar a sus privilegios o a sus intereses. El pueblo advierte que otros indígenas no pierden ventajas sino, por el contrario, parecen aprovecharse de la guerra para mejorar su posición material y su poder naciente. Los indígenas trafican y obtienen verdaderas utilidades de guerra a expensas del pueblo que, como siempre, se sacrifica sin restricciones y riega con su sangre el suelo nacional. El militante que se enfrenta, con medios rudimentarios, a la maquinaria bélica del colonialismo se da cuenta de que, al mismo tiempo que destruye la opresión colonial contribuye a construir otro aparato de explotación. Este descubrimiento es desagradable, doloroso y repugnante. Todo era tan sencillo, sin embargo: de un lado los malos, del otro los buenos. A la claridad idílica e irreal del principio, la sustituye una penumbra que quebranta la conciencia. El pueblo descubre que el fenómeno inicuo de la explotación puede presentar una apariencia negra o árabe. Clama que existe una traición, pero hay que corregir ese grito. La traición no es nacional, es una traición social, hay que enseñar al pueblo a denunciar al ladrón. En su marcha laboriosa hacia el conocimiento racional, el pueblo deberá igualmente abandonar el simplismo que caracterizaba su percepción del dominador. La especie se descompone ante sus ojos. En torno a él advierte que ciertos colonos no participan en la histeria criminal, que se diferencian de la especie. Estos hombres, que eran rechazados indiferentemente en el bloque monolítico de la presencia extranjera, condenan la guerra colonial. El escándalo estalla realmente cuando algunos prototipos de esta especie se pasan del otro lado, se convierten en negros o árabes y aceptan los sufrimientos, la tortura, la muerte.
    Estos ejemplos desarman el odio global que el colonizado sentía respecto de la población extranjera. El colonizado rodea a esos hombres de un afecto caluroso y tiende, por una especie de puja, afectiva, a otorgarles su confianza de una manera absoluta. En la metrópoli, concebida como madrastra implacable y sanguinaria, voces numerosas y a veces ilustres toman posición, condenan sin reserva la política de guerra de su gobierno y aconsejan tomar en cuenta finalmente la voluntad nacional del pueblo colonizado. Algunos moldados desertan de las filas colonialistas, otros se niegan explícitamente a pelear contra la libertad del pueblo, son encarcelados y sufren en nombre del derecho de ese pueblo a la independencia y la dirección de sus propios asuntos.
    El colono no es ya simplemente el hombre que hay que matar. Los miembros de la masa colonialista se muestran más cercanos, infinitamente más cercanos de la lucha nacionalista que algunos hijos de la nación. El nivel racial y racista es superado en los dos sentidos. Ya no se entrega una patente de autenticidad a todos los negros o a todos los musulmanes. Ya no se busca el fusil o el machete ante la aparición de cualquier colono. La conciencia descubre laboriosamente verdades parciales, limitadas, inestables. Todo esto, sin duda, es muy difícil. La tarea de convertir al pueblo en adulto será facilitada a la vez por el rigor de la organización y por el nivel ideológico de sus dirigentes. La fuerza del nivel ideológico se elabora y crece a medida que se desarrolla la lucha, las maniobras del adversario, las victorias y los reveses. La dirección revela su fuerza y su autoridad denunciando los errores, aprovechando cada retroceso de la conciencia para obtener una lección, para asegurar nuevas condiciones de progreso. Cada reflujo local será aprovechado para replantear la cuestión en la escala de todas las aldeas, de todas las redes. La insurrección se prueba a sí misma su racionalidad, expresa su madurez cada vez que a partir de un caso hace avanzar la conciencia del pueblo. A pesar del ambiente, que inclina algunas veces a pensar que los matices constituyen peligros e introducen grietas en el bloque popular, la dirección permanece firme sobre los principios fijados en la lucha nacional y en la lucha general que el hombre realiza por su liberación. Hay una brutalidad y un desprecio de las sutilezas y de los casos individuales típicamente contrarrevolucionaria, aventurera y anarquista. Esta brutalidad pura, total, si no es combatida de inmediato provoca inevitablemente la derrota del movimiento al cabo de algunas semanas.
    El militante nacionalista que había huido de la ciudad, herido por las maniobras demagógicas y reformistas de los dirigentes, decepcionado por la "política", descubre en la praxis concreta una nueva política que no se parece en nada a la antigua. Esta política es una política de responsables, de dirigentes insertados en la historia que asumen con sus músculos y sus cerebros la dirección de la lucha de liberación. Esta política es nacional, revolucionaria, social. Esta nueva realidad que el colonizado va a conocer ahora no existe, sino a través de la acción. Es la lucha la que, al hacer estallar la antigua realidad colonial, revela facetas desconocidas, hace surgir significaciones nuevas y pone el dedo sobre las contradicciones disfrazadas por esta realidad. El pueblo que lucha, el pueblo que, gracias a la lucha, dispone esta nueva realidad y la conoce, avanza, liberado del colonialismo, advertido por anticipado contra todos los intentos de mixtificación, contra todos los himnos a la nación. Sólo la violencia ejercida por el pueblo, violencia organizada y aclarada por la dirección, permite a las masas descifrar la realidad social, le da la clave de ésta. Sin esa lucha, sin ese conocimiento en la praxis, no hay sino carnaval y estribillos. Un mínimo de readaptación, algunas reformas en la cima, una bandera y, allá abajo, la masa indivisa siempre "medieval", que continúa su movimiento perpetuo.
    III. DESVENTURAS DE LA CONCIENCIA NACIONAL

    Que el combate anticolonialista no se inscribe de golpe en una perspectiva nacionalista es lo que la historia nos enseña. Durante mucho tiempo el colonizado dirige sus esfuerzos hacia la supresión de ciertas iniquidades: trabajo forzado, sanciones corporales, desigualdad en los salarios, limitación de los derechos políticos, etc.. Este hombre por la democracia contra la opresión del hombre va a salir progresivamente de la confusión neoliberal universalista para desembocar, a veces laboriosamente, en la reivindicación nacional. Pero la impreparación de las élites, la ausencia de enlace orgánico entre ellas y las masas, su pereza y, hay que decirlo, la cobardía en el momento decisivo de la lucha van a dar origen a trágicas desventuras.
    La conciencia nacional, en vez de ser la cristalización coordinada de las aspiraciones más íntimas de la totalidad del pueblo, en vez de ser el producto inmediato más palpable de la movilización popular, no será en todo caso sino una forma sin contenido, frágil, aproximada. Las fallas que se descubren en ella explican ampliamente la facilidad con la cual, en los jóvenes países independientes, se pasa de la nación a lo étnico, del Estado a la tribu. Son esas grietas las que explican los retrocesos, tan penosos y perjudiciales para el desarrollo y la unidad nacionales. Veremos cómo esas debilidades y los peligros graves que encierran son el resultado histórico de la incapacidad de la burguesía nacional de los países subdesarrollados para racionalizar la praxis popular, es decir, descubrir su razón.
    La debilidad clásica, casi congénita, de la conciencia nacional de los países subdesarrollados no es sólo la consecuencia de la mutilación del hombre colonizado por el régimen colonial. Es también el resultado de la pereza de la burguesía nacional, de su limitación, de la formación profundamente cosmopolita de su espíritu.
    La burguesía nacional, que toma el poder al concluir el régimen colonial, es una burguesía subdesarrollada. Su poder económico es casi nulo y, en todo caso, sin semejanza con el de la burguesía metropolitana a la que pretende sustituir. En su narcisismo voluntarista, la burguesía nacional se ha convencido fácilmente de que podía sustituir con ventaja a la burguesía metropolitana. Pero la independencia que la pone literalmente contra la pared va a desencadenar en ella reacciones catastróficas y a obligarla a lanzar llamadas angustiosas a la antigua metrópoli. Los cuadros universitarios y los comerciantes que constituyen la fracción más ilustrada del nuevo Estado se caracterizan, en efecto, por su escaso número, su concentración en la capital, el tipo de sus actividades: negocios, explotaciones agrícolas, profesiones liberales. En el seno de esta burguesía nacional no hay ni industriales ni financieros. La burguesía nacional de los países subdesarrollados no se orienta hacia la producción, los inventos, la construcción, el trabajo. Se canaliza totalmente hacia actividades de tipo intermedio. Estar en el circuito, en las combinaciones, parece ser su vocación profunda. La burguesía nacional tiene una psicología de hombre de negocios no de capitán de industria. Y en verdad que la rapacidad de los colonos y el sistema de embargo establecido por el colonialismo no le permitieron escoger.
    En el sistema colonial, una burguesía que acumula capital es imposible. Pero, precisamente, parece que la vocación histórica de una burguesía nacional auténtica en un país subdesarrollado es negarse como burguesía, negarse en tanto que instrumento del capital y esclavizarse absolutamente al capital revolucionario que constituye el pueblo.
    En un país subdesarrollado, una burguesía nacional auténtica debe convertir en deber imperioso la traición de la vocación a la que estaba destinada, ir a la escuela del pueblo, es decir, poner a disposición del pueblo el capita] intelectual y técnico que ha extraído a su paso por las universidades coloniales. Veremos cómo, desgraciadamente, la burguesía nacional se desvía frecuentemente de ese camino heroico y positivo, fecundo y justo para emprender, con el alma tranquila, el camino terrible, por antinacional, de una burguesía clásica, de una burguesía burguesa, lisa, estúpida y cínicamente burguesa.
    El objetivo de los partidos nacionalistas a partir de cierta época es, ya lo hemos visto, estrictamente nacional. Movilizan al pueblo en torno a la consigna de independencia y, en cuanto a lo demás, se remiten al futuro. Cuando se interroga a esos partidos acerca del programa económico del Estado que propugnan, sobre el régimen que se proponen instaurar, se muestran incapaces de responder porque, precisamente, ignoran en absoluto todo lo que se refiere a la economía de su propio país.
    Esta economía se ha desarrollado siempre al margen de ellos. De los recursos actuales y potenciales del suelo y del subsuelo de su país no tienen sino un conocimiento libresco, aproximado. No pueden hablar de eso, en consecuencia, sino en un plano abstracto, general. Después de la independencia, esta burguesía subdesarrollada, numéricamente reducida, sin capitales, que rechaza la vía revolucionaria, va a estancarse lamentablemente. No puede dar libre curso a su genio del que podía afirmar, un poco ligeramente, que fue coartado por el dominio colonial. Lo precario de sus medios y la escasez de sus cuadros la reducen durante años a una economía de tipo artesanal. En su perspectiva inevitablemente muy limitada, una economía nacional es una economía basada en lo que se llama los productos locales. Se pronunciarán grandes discursos sobre la artesanía. En la imposibilidad en que se encuentra de establecer fábricas más rentables para el país y para ella, la burguesía va a rodear a la artesanía de una ternura chauvinista que coincide con la nueva dignidad nacional además, le procurará sustanciales utilidades. Ese culto a los productos locales, esa imposibilidad de crear nuevas direcciones se manifestarán igualmente por el hundimiento de la burguesía nacional en la producción agrícola característica del periodo colonial.
    La economía nacional del periodo de independencia no es reorientada. Siempre se trata de la cosecha de cacahuate, de la cosecha de cacao, de la cosecha de aceituna. Ninguna modificación se introduce tampoco en la elaboración de los productos básicos. Ninguna industria se instala en el país. Se siguen exportando las materias primas, se sigue en el plano de pequeños agricultores de Europa, de especialistas en productos sin elaborar.
    No obstante, la burguesía nacional no deja de exigir la nacionalización de la economía y de los sectores comerciales. Es que, para ella, nacionalizar no significa poner la totalidad de la economía al servicio de la nación, decidir la satisfacción de todas las necesidades de la nación. Para ella, nacionalizar no significa ordenar el Estado en función de relaciones sociales nuevas cuya eclosión se decide facilitar. Nacionalización significa para ella, exactamente, transferencia a los autóctonos de los privilegios heredados de la etapa colonial.
    Como, la burguesía no tiene ni los medios materiales, ni los medios intelectuales suficientes (ingenieros, técnicos), limitará sus pretensiones al manejo de los despachos y las casas de comercio ocupados antes por los colonos. La burguesía nacional ocupa el lugar de la antigua población europea: médicos, abogados, comerciantes, representantes, agentes generales, agentes aduanales. Estima que, por la dignidad del país y su propia seguridad, debe ocupar todos esos puestos. En lo sucesivo exigirá que las grandes compañías extranjeras recurran a ella, ya sea que deseen mantenerse en el país, ya sea que tengan la intención de penetrar en éste. La burguesía nacional descubre como misión histórica la de servir de intermediario. Como se ve, no se trata de una vocación de transformar a la nación, sino prosaicamente de servir de correa de transmisión a un capitalismo reducido al camuflaje y que se cubre ahora con la máscara neocolonialista. La burguesía nacional va a complacerse, sin complejos y muy digna, con el papel de agente de negocios de la burguesía occidental. Ese papel lucrativo, esa función de pequeño gananciero, esa estrechez de visión, esa ausencia de ambición simbolizan la incapacidad de la burguesía nacional para cumplir su papel histórico de burguesía. El aspecto dinámico ? de adelantado, el aspecto de inventor y descubridor de mundos que se encuentra en toda burguesía nacional está aquí lamentablemente ausente. En el seno de la burguesía nacional de los países coloniales domina el espíritu de disfrute. Es que en el plano psicológico se identifica a la burguesía occidental cuyas enseñanzas ha absorbido. Sigue a la burguesía occidental en su lado negativo y decadente, sin haber franqueado las primeras etapas de explotación e invención que son, en todo caso, un mérito de esa burguesía occidental. En sus inicios, la burguesía nacional de los países coloniales se identifica con la burguesía occidental en sus finales. No debe creerse que quema etapas. En realidad, comienza por el final. La está en la senectud sin haber conocido ni la petulancia, ni la intrepidez, ni el voluntarismo de la juventud y la adolescencia.
    En su aspecto decadente, la burguesía nacional será considerablemente ayudada por las burguesías occidentales que se presentan como turistas enamorados del exotismo, de la caza, de los casinos. La burguesía nacional organiza centros de descanso y recreo, curas de placer para la burguesía occidental. Esta actividad tomará el nombre de turismo y se asimilará circunstancialmente a una industria nacional. Si se quiere una prueba de esta eventual transformación de los elementos de la burguesía ex colonial en organizadores de fiestas para la burguesía occidental, vale la pena evocar lo que ha pasado en América Latina. Los casinos de La Habana, de México, las playas de Río, las jovencitas brasileñas o mexicanas, las mestizas de trece años, Acapulco, Copacabana, son los estigmas de esa actitud de la burguesía nacional. Como no tiene ideas, como está encerrada en sí misma, aislada del pueblo, mimada por su incapacidad congénita para pensar en la totalidad de los problemas en función de la totalidad de la nación, la burguesía nacional va a asumir el papel de gerente de las empresas occidentales y convertirá a su país, prácticamente, en lupanar de Europa.
    Una vez más hay que tener ante los ojos el espectáculo lamentable de ciertas repúblicas de América Latina. Tras un corto vuelo, los hombres de negocios de los Estados Unidos, los grandes banqueros, los tecnócratas desembarcan "en el trópico" y durante ocho o diez días se entregan a la dulce depravación que les ofrecen sus "reservas".
    El comportamiento de los propietarios rurales nacionales se identifica con el de la burguesía de las ciudades. Los grandes agricultores han exigido, desde la proclamación de la independencia, la nacionalización de las propiedades agrícolas. Con ayuda de múltiples combinaciones, logran apoderarse de las fincas poseídas antes por los colonos, reforzando así su dominio sobre la región. Pero no tratan de renovar la agricultura, de intensificarla ni de integrarla dentro de una economía realmente nacional.
    En realidad, los propietarios agrícolas exigirán de los poderes públicos que centupliquen a su favor las facilidades y los privilegios de que se beneficiaban antes los colonos extranjeros. La explotación de los obreros agrícolas será reforzada y legitimada. Manipulando dos o tres slogans, estos nuevos colonos van a exigir de los obreros agrícolas un trabajo enorme, por supuesto en nombre del esfuerzo nacional. No habrá modernización de la agricultura, no habrá plan de desarrollo, no habrá iniciativas porque las iniciativas, que implican un mínimo de riesgos producen pánico en esos medios y desorientan a la burguesía rural vacilante, prudente, que se sumerge cada vez más en los circuitos creados por el colonialismo. En esas regiones, las iniciativas se deben al gobierno. Es el gobierno quien las ordena, las alimenta, las financia. La burguesía agrícola se niega a correr el menor riesgo. Es contraria al azar, a la aventura. No quiere trabajar sobre la arena. Exige solidez, rapidez. Los beneficios que se embolsa, enormes si se tiene en cuenta el ingreso nacional, no son reinvertidos. El atesoramiento en el colchón domina la psicología de esos propietarios rurales. Algunas veces, sobre todo en los años que siguen a la independencia, la burguesía no vacila en confiar a los bancos extranjeros los beneficios que obtiene en el territorio nacional. Por otra parte, importantes sumas son utilizadas en gastos de aparato, en automóviles, en mansiones, caracterizados por los economistas como típicos de la burguesía subdesarrollada.
    Hemos dicho que la burguesía colonizada que llega al poder emplea su agresividad de clase para acaparar los puestos detentados antes por los extranjeros. Inmediatamente después de la independencia tropieza, en efecto, con las secuelas humanas del colonialismo: abogados, comerciantes, propietarios rurales, médicos, funcionarios superiores. Va a combatir implacablemente a esa gente "que insulta la dignidad nacional". Esgrime enérgicamente las ideas de nacionalización de los cuadros, de africanización de los cuadros. En realidad, su actitud va a teñirse cada vez más de racismo. Brutalmente, plantea al gobierno un problema preciso: necesitamos esos puestos. Y no disminuirá su malhumor, sino cuando los haya ocupado en su totalidad.
    Por su parte, el proletariado de las ciudades, la masa de desempleados, los pequeños artesanos, los que suelen llamarse los pequeños oficios, se unen a esa actitud nacionalista, pero hay que hacerles justicia: no hacen sino calcar su actitud de la actitud burguesa. Si la burguesía nacional entra en competencia con los europeos, los artesanos y los pequeños oficios desencadenan la lucha contra los africanos no nacionales. En la Costa de Marfil, son los motines propiamente racistas contra los dahomeyanos o los naturales del Volta. Los dahomeyanos y los voltianos que ocupaban importantes sectores en el pequeño negocio son objeto, inmediatamente después de la independencia, de manifestaciones de hostilidad por parte de los indígenas de la Costa de Marfil. Del nacionalismo hemos pasado al ultranacionalismo, al chauvinismo, al racismo. Se exige la partida de esos extranjeros, se queman sus tiendas, se destruyen sus puestos, se les lincha y, efectivamente, el gobierno de la Costa de Marfil los insta a partir, para complacer a los nacionales. En Senegal, son las manifestaciones antisudanesas las que harán decir a Mamadou-Dia: "En verdad el pueblo senegalés no ha adoptado la mística de Mali sino por apego a sus dirigentes. Su adhesión a Mali no tiene otro valor que la de un nuevo acto de fe en la política de esos últimos. El territorio senegalés no estaba menos vivo, tanto más cuanto que la presencia sudanesa en Dakar se manifestaba con demasiada indiscreción para hacerlo olvidar. Es este hecho lo que explica que, lejos de suscitar lamentaciones, el final de la Federación haya sido acogido por las masas populares con alivio y que en ninguna parte se haya manifestado una opinión tendiente a mantenerla." 1
    Mientras que ciertas capas del pueblo senegalés aprovechan la ocasión, que les ofrecen sus propios dirigentes para desembarazarse de los sudaneses que les molestan, sea en el sector comercial o en el de la administración, los congoleños, que asistían sin creerlo a la partida en masa de los belgas, deciden presionar a los senegaleses instalados en Leopoldville y en Elizabethville para que se vayan.
    Como se ve, el mecanismo es idéntico en los dos tipos de fenómenos. Si los europeos limitan la voracidad de los intelectuales y de la burguesía de los negocios de la joven nación, para la masa popular de las ciudades la competencia está representada principalmente por los africanos de una nación distinta. En la Costa de Marfil son, los dahomeyanos, en Ghana, los nigerianos, en Senegal, los sudaneses.
    Cuando la exigencia de negrificación o arabización de los cuadros planteada por la burguesía no procede de una empresa auténtica de nacionalización, sino que corresponde simplemente al deseo de confiar a la burguesía el poder detentado hasta entonces por el extranjero, las masas plantean en su nivel la misma reivindicación, pero restringiendo a los límites territoriales la noción de negro o de árabe. Entre las afirmaciones cibrantes sobre la unidad del Continente y ese comportamiento inspirado a las masas por los cuadros, pueden describirse múltiples actitudes. Asistimos a un ir y venir permanente entre la unidad africana, que se desvanece cada vez más, y la vuelta desesperante al chauvinismo más odioso, al más arisco.
    "Por el lado senegalés, los dirigentes que han sido los principales teóricos de la unificación africana y que, en más de una ocasión, han sacrificado sus organizaciones políticas locales y sus posiciones personales a esta idea tienen, de buena fe es verdad, innegables responsabilidades. Su error, nuestro error, ha sido, con pretexto de luchar con la balcanización, de no tomar en consideración ese hecho precolonial, que es el territorialismo. Nuestro error ha sido no haber prestado suficiente atención en nuestros análisis a ese fenómeno, fruto del colonialismo, pero también hecho sociológico que una teoría sobre la unidad, por loable o simpática que sea, no puede abolir. Nos hemos dejado seducir por el espejismo de la elaboración más satisfactoria para el espíritu y, tomando nuestro ideal como una realidad, hemos creído que bastaba condenar el territorialismo y su producto natural, el micro-nacionalismo, para suprimirlos y asegurar el éxito de nuestra quimérica empresa."2
    Del chauvinismo senegalés al tribalismo uluf la distancia no es muy grande. Y, en realidad, dondequiera que la burguesía nacional por su comportamiento mezquino y la imprecisión de sus posiciones doctrinales no ha podido lograr ilustrar a la totalidad del pueblo, plantear los problemas principalmente en función del pueblo, dondequiera que esa burguesía nacional se ha mostrado incapaz de dilatar suficientemente su visión del mundo, asistimos a un reflujo hacia las posiciones tribalistas; asistimos, airados, al triunfo exacerbado de las diferencias raciales. Como la única consigna de la burguesía es: hay que sustituir a los extranjeros, y en todos los sectores se apresura a hacerse justicia y tomar sus lugares, los demás nacionales, menos elevados —choferes de taxi, vendedores callejeros, limpiabotas— van a exigir igualmente que los dahomeyanos se vayan a su país o, yendo más lejos, que los fulbés y los peules vuelvan a su selva o a sus montañas.
    En esta perspectiva hay que interpretar el hecho de que, en los jóvenes países independientes, triunfe aquí y allá el federalismo. El dominio colonial ha privilegiado, como se sabe, a ciertas regiones. La economía de la colonia no está integrada a la totalidad de la nación. Siempre está dispuesta en relaciones de complemento con las diferentes metrópolis. El colonialismo no explota casi nunca la totalidad del país. Se contenta con algunos recursos naturales que extrae y exporta a las industrias metropolitanas, permitiendo así una relativa riqueza por sectores mientras el resto de la colonia continúa, si no lo ahonda, su subdesarrollo y su miseria.
    Después de la independencia, los nacionales que habitan las regiones prósperas toman conciencia de su suerte y por un reflejo visceral y primario se niegan a alimentar al resto de los nacionales. Las regiones ricas en cacahuate cacao, diamantes, se destacan frente al panorama vacío constituido por el resto de la nación. Los nacionales de esas regiones observan con odio a los otros, en quienes descubren la envidia, el apetito, impulsos homicidas. Las viejas rivalidades anticoloniales, los viejos odios interraciales resucitan. Los balubas se niegan a alimentar a los luluas. Katanga se constituye en Estado y Albert Kalondji se hace coronar rey del sur de Kasai.
    La unidad africana, fórmula vaga a la que los hombres y mujeres de África se habían ligado emocionalmente y cuyo valor funcional consistía en presionar terriblemente al colonialismo, revela su verdadero rostro y se desmenuza en regionalismos dentro de una misma realidad nacional. La burguesía nacional, como piensa sólo en sus intereses inmediatos, como no ve más allá de sus narices, se muestra incapaz de realizar la simple unidad nacional, incapaz de edificar a la nación sobre bases sólidas y fecundas. El frente nacional que había hecho retroceder al colonialismo se desintegra y consuma su derrota.
    Esta lucha implacable que libran las razas y las tribus, esa preocupación agresiva por ocupar los puestos que han quedado libres por la marcha del extranjero van a dar origen igualmente, a competencias religiosas. En el campo y en la selva, las pequeñas sectas, las religiones locales, los cultos morabíticos vuelven a cobrar vitalidad y reiniciarán el ciclo de las excomuniones. En las grandes ciudades, en el nivel de los cuadros administrativos, asistiremos a la confrontación entre las dos grandes religiones reveladas: islamismo y catolicismo.
    El colonialismo, que se tambaleó frente al nacimiento de la unidad africana, recupera sus dimensiones y trata ahora de quebrantar esa voluntad utilizando todas las debilidades del movimiento. El colonialismo va a movilizar a los pueblos africanos revelándoles la existencia de rivalidades "espirituales". En Senegal, es el periódico África Nueva, que cada semana destilará odio hacia el Islam y los árabes. Los libaneses, que poseen en la costa occidental la mayoría del pequeño comercio, son señalados a la vindicta nacional. Los misioneros recuerdan oportunamente a las masas que grandes imperios negros, mucho antes de la llegada del colonialismo europeo, habían sido destruidos por la invasión árabe. No se vacila en afirmar que fue la ocupación árabe la que preparó el camino al colonialismo europeo; se habla de imperialismo árabe y se denuncia al imperialismo cultural del Islam. Los musulmanes son apartados generalmente dé los puestos de dirección. En otras regiones se produce el fenómeno inverso y los indígenas cristianizados son señalados como enemigos objetivos y conscientes de la independencia nacional.
    El colonialismo utiliza desvergonzadamente todos sus hilos, feliz de enfrentar entre sí a los africanos que ayer se habían ligado contra él. La noche de San Bartolomé resucita en ciertos espíritus y el colonialismo se burla por lo bajo cuando escucha las magníficas declaraciones sobre la unidad africana. Dentro de una misma nación, la religión divide al pueblo y enfrenta entre sí a las comunidades espirituales mantenidas y fortalecidas por el colonialismo y sus instrumentos. Fenómenos totalmente inesperados irrumpen aquí y allá. En países con predominio católico o protestante, las minorías musulmanas demuestran una devoción inusitada. Las fiestas islámicas son estimuladas, la religión musulmana se defiende del absolutismo violento de la religión católica. Algunos sacerdotes afirman entonces que si esos individuos no están contentos, pueden irse a El Cairo. Algunas veces, el protestantismo norteamericano transporta a territorio africano sus prejuicios anticatólicos y fomenta a través de la religión las rivalidades tribales.
    En el plano continental, esta tensión religiosa puede revestir la forma del racismo más vulgar. Se divide al África en una parte blanca y una parte negra. Los términos sustitutos de: África del Sur o al norte del Sahara no logran disimular ese racismo latente. Aquí se afirma que el África Blanca tiene una tradición cultural milenaria, que es mediterránea, que prolonga a Europa, que participa de la cultura grecolatina. Se concibe al África Negra como una región inerte, brutal, no civilizada... salvaje. Allá se escuchan todo el día reflexiones odiosas sobre violaciones de mujeres, sobre la poligamia, sobre el supuesto desprecio de los árabes por el sexo femenino. Todas estas reflexiones recuerdan por su agresividad las que se han descrito tan frecuentemente como propias del colono. La burguesía nacional de cada una de esas dos grandes regiones, que ha asimilado hasta las raíces más podridas del pensamiento colonialista, sustituye a los europeos y establece en el Continente una filosofía racista terriblemente perjudicial para el futuro de África. Por su pereza y su mimetismo favorece la implantación y el fortalecimiento del racismo que caracterizaba a la etapa colonial. No es sorprendente así, en un país que se dice africano, escuchar reflexiones racistas y comprobar la existencia de comportamientos paternalistas que dejan la impresión amarga de que uno se encuentra en París, en Bruselas o en Londres.
    En ciertas regiones de África los balidos paternalistas respecto de los negros, la idea obscena tomada de la cultura occidental de que el negro es impermeable a la lógica y a las ciencias reinan en toda su desnudez. Inclusive algunas veces se tiene la ocasión de comprobar que las minorías negras se encuentran confinadas en una semiesclavitud que justifica esa especie de circunspección, de desconfianza, que los países del África Negra sienten por los países del África Blanca. No es raro que un ciudadano del África Negra, al visitar una gran ciudad del África Blanca, se oiga llamar "negro" por los niños o sea tratado como "negrito" por los funcionarios.
    No, desgraciadamente no es raro que los estudiantes del África Negra inscritos en colegios establecidos al norte del Sahara escuchen preguntas de sus compañeros de colegio acerca de si hay casas en su país, si conocen la electricidad, si en su familia practican la antropofagia. No, desgraciadamente no es raro que en ciertas regiones al norte del Sahara, africanos procedentes de países situados al sur del Sahara se encuentren con individuos que les pidan "llevarlos a cualquier parte donde haya negras". Igualmente, en algunos estados jóvenes del África Negra parlamentarios y ministros afirman seriamente que el peligro no está en una nueva ocupación de su país por el colonialismo, sino en la eventual invasión de "los árabes vándalos del Norte".
    Como se ve, las limitaciones de la burguesía no se manifiestan únicamente en el plano económico. Después de llegar al poder en nombre de un nacionalismo mezquino, en nombre de la raza, la burguesía, a pesar de hermosas declaraciones formales totalmente desprovistas de contenido, manejando con absoluta irresponsabilidad frases salidas directamente de los tratados de moral o de filosofía política de Europa, va a dar prueba de su incapacidad para hacer triunfar un catecismo humanista mínimo. La burguesía, cuando es fuerte, cuando dispone el mundo en función de su poder, no vacila en afirmar ideas democráticas con pretensión universitaria. Esa burguesía, sólida económicamente, necesita condiciones excepcionales para no respetar su ideología humanista. La burguesía occidental, aunque fundamentalmente racista, consigue casi siempre disfrazar ese racismo multiplicando los matices, lo que le permite conservar intacta su proclamación de la eminente dignidad humana.
    La burguesía occidental ha levantado suficientes barreras y alambradas para no temer realmente la competencia de aquellos a quienes explota y desprecia. El racismo burgués occidental respecto del negro y del bicot es un racismo de desprecio; es un racismo empequeñecedor. Pero la ideología burguesa, que proclama una igualdad esencial entre los hombres, se las arregla para permanecer lógicamente consigo misma invitando a los subhombres a humanizarse por medio del tipo de humanidad occidental que ella encarna.
    El racismo de la joven burguesía nacional es un racismo defensivo, un racismo basado en el miedo. No difiere esencialmente del vulgar tribalismo, es decir, de las rivalidades entre çofs o sectas. Es comprensible que los observadores internacionales perspicaces no hayan tomado en serio las grandes parrafadas sobre la unidad africana. Es que el número de grietas perceptibles a simple vista es tal que se presiente claramente que tendrán que resolverse todas esas contradicciones antes de que pueda sonar la hora de la unidad.
    Los pueblos africanos se han descubierto recientemente y han decidido, en nombre del Continente, pesar de manera radical sobre el régimen colonial. Pero las burguesías nacionalistas que se apresuran, región tras región, a entablar su propia lucha y a crear un sistema nacional de explotación, multiplican los obstáculos para la realización de esa "utopía". Las burguesías nacionales, perfectamente conscientes de sus objetivos están decididas a cerrar el camino a esa unidad, a ese esfuerzo coordinado de doscientos cincuenta millones de hombres por vencer al mismo, tiempo la ignorancia, el hambre y la inhumanidad. Por eso es necesario saber que la unidad africana no puede hacerse, sino bajo el impulso y la dirección de los pueblos, es decir, descartando los intereses de la burguesía.
    En el plano interior y en el marco institucional, la burguesía nacional va a demostrar igualmente su incapacidad. En cierto número de países subdesarrollados, el juego parlamentario es fundamentalmente falseado. Económicamente impotente, sin poder crear relaciones sociales coherentes, fundadas en el principio de su dominio como clase, la burguesía escoge la solución que le parece más fácil, la del partido único. No posee todavía esa buena conciencia y esa tranquilidad que sólo el poder económico y el dominio del sistema estatal podrían conferirle. No crea un Estado que dé seguridades al ciudadano sino que lo inquieta.
    El Estado que, por su robustez y al mismo tiempo por su discreción debería dar confianza, desarmar, adormecer, se impone al contrario espectacularmente, se exhibe, maltrata, molesta, haciendo ver al ciudadano que está en peligro permanente. El partido único es la forma moderna de la dictadura burguesa sin máscara, sin afeites, sin escrúpulos, cínica.
    Esta dictadura, es un hecho, no va muy lejos. No deja de segregar su propia contradicción. Como la burguesía no tiene los medios económicos para asegurar su dominio y distribuir algunas migajas a todo el país; como, además, está ocupada en llenarse los bolsillos lo más rápidamente posible, pero también lo más prosaicamente, el país se sumerge más en el marasmo. Y para esconder ese marasmo, para disfrazar esa regresión, para asegurar y darse pretextos de enorgullecerse, a la burguesía no le queda más recurso que elevar en la capital grandiosos edificios, hacer lo que se llama gastos de ostentación.
    La burguesía nacional vuelve la espalda cada vez más al interior, a las realidades del país baldío y mira hacia la antigua metrópoli, hacia los capitalistas extranjeros que buscan sus servicios. Como no comparte sus beneficios con el pueblo y no le permite aprovechar las prebendas que le otorgan las grandes compañías extranjeras, va a descubrir la necesidad de un dirigente popular al que corresponderá el doble papel de estabilizar al régimen y perpetuar el dominio de la burguesía. La dictadura burguesa de los países subdesarrollados obtiene su solidez de la existencia de un dirigente. En los países desarrollados, como se sabe, la dictadura burguesa es el producto del poder económico de la burguesía. En los países subdesarrollados, por el contrario, el líder representa la fuerza moral al abrigo de la cual la burguesía desguarnecida y desmedrada de la joven nación decide enriquecerse.
    El pueblo que, durante años, le ha visto u oído hablar; que de lejos, en una especie de sueño, ha seguido las relaciones del dirigente con la potencia colonial, otorga espontáneamente su confianza a ese patriota. Antes de la independencia, el dirigente encamaba en general las aspiraciones del pueblo: independencia, libertades políticas, dignidad nacional. Pero, después de la independencia, lejos de encarnar concretamente las necesidades del pueblo, lejos de convertirse en el promotor de la verdadera dignidad del pueblo, el dirigente va a revelar su función íntima: ser el presidente general de la sociedad de usufructuarios impacientes de disfrutar, que constituye la burguesía nacional.
    A pesar de su frecuente honestidad y a pesar de sus sinceras declaraciones, el dirigente es objetivamente el defensor decidido de los intereses, ahora conjugados, de la burguesía nacional y de las antiguas compañías coloniales. Su honestidad, que era un puro estado de ánimo, se desvanece progresivamente. El contacto con las masas es tan irreal que el dirigente llega a convencerse de que se quiere atentar contra su autoridad y que se ponen en duda los servicios que prestó a la patria. El dirigente juzga duramente la ingratitud de las masas y se sitúa cada día un poco más resueltamente en el campo de los explotadores. Se transforma entonces, con conocimiento de causa, en cómplice de la nueva burguesía que se mueve en la corrupción y el disfrute.
    Los circuitos económicos del joven Estado se hunden irreversiblemente en la estructura neocolonialista. La economía nacional, antes protegida, es ahora literalmente dirigida. El presupuesto se alimenta de préstamos y donaciones. Cada trimestre, los mismos jefes de Estado o las delegaciones gubernamentales se dirigen a las antiguas metrópolis o a otros países, a caza de capitales.
    La antigua potencia colonial multiplica las exigencias, acumula concesiones y garantías, tomando cada vez menos precauciones para disfrazar la sujeción en que mantiene al poder nacional. El pueblo se estanca lamentablemente en una miseria insoportable y poco a poco pierde conciencia de la traición incalificable de sus dirigentes. Esa conciencia es tanto más aguda cuanto que la burguesía es incapaz de constituirse en clase. La distribución de las riquezas que organiza no se distingue en sectores múltiples, no es escalonada, no se jerarquiza por semitonos. La nueva casta es tanto más insultante y repulsiva cuanto que la inmensa mayoría, las nueve décimas partes de la población siguen muriéndose de hambre. El enriquecimiento escandaloso, rápido, implacable de esa casta va acompañado de un despertar decisivo del pueblo, de una toma de conciencia prometedora de violencias futuras. La casta burguesa, esa parte de la nación que suma a sus ganancias la totalidad de las riquezas del país, por una especie de lógica, por lo demás inesperada, va a formular sobre los demás negros o los demás árabes juicios peyorativos que recuerdan en más de un concepto la doctrina racista de los antiguos representantes de la potencia colonial. Es a la vez la miseria del pueblo, el enriquecimiento desordenado de la casta burguesa, su desprecio por el resto de la nación lo que va a endurecer las ideas y las actitudes.
    Pero las amenazas que estallan van a provocar el fortalecimiento de la autoridad y la aparición de la dictadura. El dirigente, que tiene tras de sí una vida de militante y de patriota dedicado, al avalar la actividad de esa casta y cerrar los ojos ante su insolencia, ante la mediocridad y h inmoralidad arraigadas de esos burgueses, actúa de pantalla entre el pueblo y la burguesía rapaz. Contribuye a frenar la toma de conciencia del pueblo. Ayuda a la casta, oculta al pueblo sus maniobras y se convierte así en e] artesano más celoso de la obra de mixtificación y embotamiento de las masas. Cada vez que habla al pueblo recuerda su vida, que ha sido con frecuencia heroica, los combates que ha librado en nombre del pueblo, las victorias que ha obtenido en su nombre, haciendo saber así a las masas que deben seguir teniéndole confianza. Abundan los ejemplos de patriotas africanos que indujeron en la lucha política precavida de sus mayores un estilo decisivo de carácter nacionalista. Esos hombres vinieron de la selva. Decían, con gran escándalo del dominador y gran vergüenza de los nacionales de la capital, que venían de esa selva y que hablaban en nombre de los negros. Esos hombres, que cantaron a la raza, que asumieron todo el pasado, la degeneración y la antropofagia, se encuentran ahora a la cabeza de un equipo que da la espalda a la selva y proclama que la vocación de su pueblo es seguir, seguir todavía y eternamente a otros.
    El dirigente apacigua al pueblo. Años después de la independencia, incapaz de invitar al pueblo a una obra concreta, incapaz de abrir realmente el futuro al pueblo, de lanzar al pueblo por el camino de la construcción de la nación, de su propia construcción en consecuencia, vemos cómo el líder resucita la historia de la independencia, recuerda la unión sagrada de la lucha de liberación. El dirigente, como se niega a quebrantar a la burguesía nacional, solicita del pueblo que refluya hacia el pasado y se embriague con la epopeya que ha conducido a la independencia. El dirigente —objetivamente— detiene al pueblo y se dedica a expulsarlo de la historia o a impedir que penetre en ella. Durante la lucha de liberación, el líder despertaba al pueblo y le prometía una marcha heroica y radical. Ahora, multiplica los esfuerzos por adormecerlo y tres o cuatro veces al año le pide que se acuerde de la época colonial y aprecie el inmenso camino recorrido.
    Pero, hay que decirlo, las masas muestran una incapacidad total para apreciar el camino recorrido. El campesino que sigue arañando la tierra, el desempleado que no deja de serlo no logran convencerse, a pesar de las fiestas, a pesar de las banderas nuevas, de que algo ha cambiado realmente en sus vidas. La burguesía en el poder puede multiplicar las manifestaciones, las masas no logran ilusionarse. Las masas tienen hambre y los comisarios de policía, ahora africanos, no les merecen mucha confianza. Las masas empiezan a enfadarse, a desviarse, a desinteresarse por esa nación que no les reserva ningún lugar.
    Cada cierto tiempo, sin embargo, el líder se moviliza, habla por radio, hace una gira para apaciguar, calmar, mixtificar. El líder es tanto más necesario cuanto que no tiene partido. Existía durante el período de lucha por la independencia un partido que el dirigente actual dirigió. Pero el partido se ha desintegrado lamentablemente desde entonces. No subsiste el partido sino formalmente, nominalmente, por su emblema y su divisa. El partido orgánico, que debía facilitar la libre circulación de un pensamiento elaborado con las necesidades reales de las masas, se ha transformado en un sindicato de intereses individuales. Después de la independencia, el partido no ayuda ya al pueblo a formular sus reivindicaciones, a cobrar mayor conciencia de sus necesidades y a asentar mejor su poder. El partido, actualmente, tiene como misión hacer llegar al pueblo las instrucciones que emanan de la cima. Ya no existe ese ir y venir fecundo de la base a la cima de la cima a la base, que funda y garantiza la democracia en un partido. Por el contrario, el partido se ha constituido en pantalla entre las masas y la dirección. Ya no existe la vida de partido. Las células creadas durante la etapa colonial se encuentran ahora en un estado de desmovilización total.
    El militante tasca el freno. Es entonces cuando se comprende la justeza de las posiciones asumidas por ciertos militantes durante la lucha de liberación. En realidad, en el momento del combate, varios militantes habían pedido a los organismos dirigentes la elaboración de una doctrina, la precisión de los objetivos; la formulación de un programa. Pero, con el pretexto de salvaguardar la unidad nacional, los dirigentes se negaron categóricamente a abordar esa tarea. La doctrina, se repetía, es la unión nacional contra el colonialismo. Y se seguía adelante, llevando como arma un impetuoso lema convertid o en doctrina, limitándose toda la actividad ideológica a una serie de variantes sobre el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, arrastrados por el viento de la-historia que irreversiblemente hará desaparecer al colonialismo. Cuando los militantes pedían que se analizara un poco más en qué consistía el viento de la historia, los dirigentes les oponían la esperanza, la descolonización necesaria e inevitable, etcétera.
    Después de la independencia, el partido se sumerge en un letargo espectacular. Ya no se moviliza a los militantes sino para las manifestaciones llamadas populares, las conferencias internacionales, las fiestas de la independencia. Los cuadros locales del partido son designados para los puestos administrativos, el partido se convierte en administración, los militantes entran en el orden y reciben el título vacío de ciudadano.
    Ahora que han cumplido su misión historio, que era llevar a la burguesía al poder, son invitados con firmeza a retirarse para que la burguesía pueda cumplir tranquilamente su propia misión. Pero, ya lo hemos visto, la burguesía nacional de los países subdesarrollados s incapaz de cumplir ninguna misión. Al cabo de algunos años, la desintegración del partido se hace manifiesta cualquier observador, aun superficial, puede darse cuenta le que el antiguo partido, ahora esquelético, no sirve sin para inmovilizar al pueblo. El partido, que durante el combate había atraído hacia sí a toda la nación, se descompone. Los intelectuales que en vísperas de la independencia se habían afiliado al partido confirman con su comportamiento actual que esa afiliación no tuvo otro fin que participar en el reparto del pastel de la independencia. El partido se convierte en medio del éxito individual.
    No obstante, existe dentro del nuevo régimen una desigualdad en el enriquecimiento y el acaparamiento. Algunos comen a dos carrillos y se muestran brillantes especialistas en oportunismo. Los privilegios se multiplican, triunfa la corrupción, las costumbres se corrompen. Los cuervos son ahora demasiado numerosos y demasiado voraces, dado lo precario del botín nacional. El partido, verdadero instrumento del poder en manos de la burguesía, fortalece el aparato del Estado y precisa el encuadramiento del pueblo, su inmovilización. El partido auxilia al poder para contener al pueblo. Es, cada vez más, un instrumento de coerción y netamente antidemocrático. El partido es objetivamente, y a veces subjetivamente, el cómplice de la burguesía mercantil. Lo mismo que la burguesía nacional escamotea su etapa de construcción para entregarse al disfrute, en el plano institucional salva la etapa parlamentaria y escoge una dictadura de tipo nacionalsocialista. Ahora sabemos que esa caricatura de fascismo que ha triunfado durante medio siglo en América Latina es el resultado dialéctico del Estado semicolonial de la etapa de independencia.
    En esos países pobres, subdesarrollados donde, por regla general, la mayor riqueza se da al lado de la mayor miseria, el ejército y la policía son los pilares del régimen. Un ejército y una policía que —otra regla que habrá que recordar— están aconsejados por expertos extranjeros. La fuerza de esa policía, el poder de ese ejército son proporcionales al marasmo en que se sumerge el resto de la nación. La burguesía nacional se vende cada vez más abiertamente a las grandes compañías extranjeras. A base de prebendas, el extranjero obtiene concesiones, los escándalos se multiplican, los ministros se enriquecen, sus mujeres se convierten en cocottes, los diputados maniobran y hasta el agente de policía o el agente aduanal participan en esa gran caravana de la corrupción.
    La oposición se vuelve más agresiva y el pueblo comprende a medias palabras su propaganda. La hostilidad respecto de la burguesía es manifiesta. La joven burguesía, que parece afectada de senilidad precoz, no toma en cuenta los consejos que se le prodigan y se muestra incapaz de comprender que le conviene velar, aunque sea ligeramente, su explotación.
    El cristolisísimo periódico La Semaine Africaine, de Brazzaville, ha escrito dirigiéndose a los príncipes del régimen: “Hombres situados en los más altos puestos, y ustedes sus esposas, ahora enriquecidos con vuestro confort, con vuestra instrucción quizá, con vuestra hermosa mansión, con vuestras relaciones, con las múltiples misiones que os son otorgadas y que os abren nuevos horizontes. Pero toda vuestra riqueza os construye un caparazón que os impide ver la miseria que os rodea. Tened cuidado.” Esta llamada de atención de La Semaine Africaine dirigida a los colaboradores de M. Youlou no tiene, como puede adivinarse, nada de revolucionario. Lo que quiere decir La Semaine Africaine a los hambreadores del pueblo congolés es que Dios castigará su conducta: "Si no existe un lugar en vuestro corazón para los que están situados por debajo de vosotros, no habrá sitio para vosotros en la casa de Dios."
    Es claro que la burguesía nacional no se inquieta por tales acusaciones. Recostada en Europa, está firmemente resuelta a aprovechar la situación. Los beneficios enormes que obtiene de la explotación del pueblo son exportados al extranjero. La nueva burguesía nacional tiene frecuentemente más desconfianza hacia el régimen que ha instaurado que las compañías extranjeras. Se niega a invertir en el territorio nacional y se comporta en relación con el Estado que la protege y la alimenta con una ingratitud notable que vale la pena señalar. En los mercados europeos adquiere valores bursátiles extranjeros y va a pasar el fin de semana a París o a Hamburgo. Por su comportamiento, la burguesía nacional de ciertos países subdesarrollados recuerda a los miembros de una banda que, después de cada atraco, ocultan su parte a los demás participantes y preparan prudentemente la retirada. Este comportamiento revela que, más o menos conscientemente, la burguesía nacional juega como perdedora a largo plazo. Adivina que esa situación no durará indefinidamente, pero quiere aprovecharla al máximo. No obstante, semejante explotación y semejante desconfianza respecto del Estado desencadenan inevitablemente el descontento al nivel de las masas. En esas condiciones el régimen se endurece. Entonces el ejército se convierte en el sostén indispensable de una represión sistematizada. A falta de un parlamento es el ejército el que se convierte en árbitro. Pero tarde o temprano descubrirá su importancia y hará pesar sobre el gobierno el riesgo siempre en puerta de un pronunciamiento.
    Como se ve, la burguesía nacional de algunos países subdesarrollados no ha aprendido nada en los libros. Si hubiera observado mejor a los países de América Latina, habría identificado sin duda los peligros que la acechan. Llegamos, pues, a la conclusión de que esta microburguesía que hace tanto ruido está condenada a seguir pataleando. En los países subdesarrollados, la etapa burguesa es imposible. Habrá por supuesto una dictadura policíaca, una casta de usufructuarios, pero la creación de una sociedad burguesa está destinada al fracaso. El grupo de usufructuarios galoneados, que se arrebatan los billetes frente al panorama de un país miserable, será más tarde o más temprano una brizna de paja en manos del ejército hábilmente manejado por expertos extranjeros. Así, la antigua metrópoli practica el gobierno indirecto, a través de los burgueses a quienes alimenta y de un ejército nacional formado por sus expertos y que tratan de detener al pueblo, lo inmoviliza y lo aterroriza.
    Estas observaciones que hemos podido hacer sobre la burguesía nacional nos conducen a una conclusión que no debería sorprendernos. En los países subdesarrollados, la burguesía no debe encontrar condiciones para su existencia y desarrollo. En otras palabras, el esfuerzo conjugado de las masas encuadradas en un partido y de los intelectuales altamente conscientes y armados de principios revolucionarios debe cerrar el camino a esa burguesía nociva.
    La cuestión teórica que se plantea desde hace unos cincuenta años cuando se aborda la historia de los países subdesarrollados, esto es, saber si puede saltarse o no la etapa burguesa, debe resolverse en el plano de la acción revolucionaria y no mediante un razonamiento. La fase burguesa en los países subdesarrollados no se justificaría, sino en la medida en que la burguesía nacional fuera lo suficientemente poderosa económica y técnicamente como para edificar una sociedad burguesa, crear las condiciones de desarrollo de un proletariado importante, industrializar la agricultura, posibilitar, en fin, una auténtica cultura nacional.
    Una burguesía tal como se ha desarrollado en Europa ha podido, fortaleciendo su propio poder, elaborar una ideología. Esta burguesía dinámica, instruida, laica ha realizado plenamente su empresa de acumulación del capital y ha dado a la nación un mínimo de prosperidad. En los países subdesarrollados, hemos visto que no hay verdadera burguesía sino una especie de pequeña casta con dientes afilados, ávida y voraz, dominada por el espíritu usurario y que se contenta con los dividendos que le asegura la antigua potencia colonial. Esta burguesía caricaturesca es incapaz de grandes ideas, de inventiva. Se acuerda de lo que ha leído en los manuales occidentales e imperceptiblemente se transforma no ya en réplica de Europa sino en su caricatura.
    La lucha contra la burguesía de los países subdesarrollados está lejos de ser una posición teórica. No se trata de descifrar la condenación pronunciada contra ella por el juicio de la historia. No hay que combatir a la burguesía nacional en los países subdesarrollados porque amenaza frenar el desarrollo global y armónico de la nación. Hay que oponerse resueltamente a ella porque literalmente no sirve para nada. Esa burguesía, mediocre en sus ganancias, en sus realizaciones, en su pensamiento, trata de disfrazar esa mediocridad mediante construcciones prestigiosas en el plano individual, por los cromados de los automóviles norteamericanos, vacaciones en la Riviera, fines de semana en los centros nocturnos alumbrados con luz neón.
    Esta burguesía que se desvía cada vez más del pueblo en general no llega siquiera a arrancar concesiones espectaculares a Occidente: inversiones interesantes para la economía del país, creación de algunas industrias. Por el contrario, las fábricas de montaje se multiplican, consagrando así el patrón neocolonialista en que se debate la economía nacional. No hay que decir, pues, que la burguesía nacional retrasa la evolución del país, que le hace perder el tiempo o que amenaza conducir a la nación por callejones sin salida. En realidad, la fase burguesa en la historia de los países subdesarrollados es una etapa inútil. Cuando esa casta sea aniquilada, devorada por sus propias contradicciones, se advertirá que no ha sucedido nada desde la independencia, que hay que recomenzar todo, que hay que partir de cero. La reconversión no se realizará en el nivel de las estructuras creadas por la burguesía durante su reinado, porque esa casta no ha hecho otra cosa sino recoger intacta la herencia de la economía, el pensamiento y las instituciones coloniales.
    Resulta tanto más fácil neutralizar a esta clase burguesa cuanto que es numérica, intelectual y económicamente débil. En los territorios colonizados, la casta burguesa después de la independencia obtiene principalmente su fuerza de los acuerdos contraídos con la antigua potencia colonial. La burguesía nacional tendrá mayores oportunidades de sustituir al opresor colonialista si se le ha dado la oportunidad de entablar negociaciones con la ex potencia colonial. Pero profundas contradicciones agitan las filas de esa burguesía, lo que da al observador atento, una impresión de inestabilidad. No hay todavía homogeneidad de casta. Muchos intelectuales, por ejemplo, condenan ese régimen basado en el dominio de unos cuantos. En los países subdesarrollados, existen intelectuales, funcionarios, élites sinceras que sienten la necesidad de una planificación de la economía, de la proscripción de los usufructuarios, de una prohibición rigurosa de la mixtificación. Además, esos nombres luchan en cierta medida por la participación masiva del pueblo en la gestión de los asuntos públicos.
    En los países subdesarrollados que obtienen la independencia, existe casi siempre un pequeño número de intelectuales honestos, sin ideas políticas muy precisas que, instintivamente, desconfían de esa carrera por los puestos y las prebendas, sintomática de la etapa inmediatamente posterior a la independencia en los países colonizados. La situación particular de esos hombres (sostén de familia numerosa) o su historia (experiencias difíciles, formación moral rigurosa) explica ese desprecio tan manifiesto por los maniobreros y usufructuarios. Hay que saber utilizar a esos hombres en el combate decisivo que se quiere emprender para una orientación sana de la nación. Cerrar el camino a la burguesía nacional es, por supuesto, descartar las peripecias dramáticas posteriores a la independencia, las desventuras de la unidad nacional, la degradación de las costumbres, el asedio del país por la corrupción, la regresión económica y, a corto plazo, un régimen antidemocrático fundado en la fuerza y la intimidación. Pero también es escoger el único medio de avanzar.
    Lo que retrasa la decisión y vuelve tímidos a los elementos profundamente democráticos y progresistas de la joven nación es la aparente solidez de la burguesía. En los países subdesarrollados recién independientes, en el seno de las ciudades construidas por el colonialismo bulle la totalidad de los cuadros. La ausencia de análisis de la población global induce a los observadores a creer en la existencia de una burguesía poderosa y perfectamente organizada. En realidad, ahora lo sabemos, no existe burguesía en los países subdesarrollados. Lo que crea a la burguesía no es el espíritu, el gusto o las maneras. No son siquiera las esperanzas. La burguesía es antes que nada el producto directo de realidades económicas precisas.
    Pero, en las colonias, la realidad económica es una realidad burguesa extranjera. A través de sus representantes, es la burguesía metropolitana la que está representada en las ciudades coloniales. La burguesía en las colonias, es antes de la independencia, una burguesía occidental, verdadera sucursal de la burguesía metropolitana y que obtiene su legitimidad, su fuerza, su estabilidad de esa burguesía metropolitana. Durante la fase de agitación que precede a la independencia, elementos intelectuales y comerciantes autóctonos en el seno de esa burguesía importada, tratan de identificarse con ella. Existe entre los intelectuales y los comerciantes autóctonos una voluntad permanente de identificación con los representantes burgueses de la metrópoli.
    Esta burguesía que ha adoptado sin reservas y con entusiasmo los mecanismos de pensamiento característicos de la metrópoli, que ha enajenado maravillosamente su propio pensamiento y fundado su conciencia en bases típicamente ajenas, va a advertir con la garganta seca que le falta eso que hace a una burguesía, es decir, el dinero. La burguesía de los países subdesarrollados es una burguesía en espíritu. No son ni su poder económico ni el dinamismo de sus cuadros, ni la envergadura de sus concepciones los que le aseguran su calidad de burguesía. Es al principio y durante mucho tiempo una burguesía de funcionarios. Son los puestos que ocupa en la nueva administración nacional los que le darán serenidad y solidez. Si el poder le deja tiempo y posibilidades, esa burguesía llegará a acumular unos pocos ahorros que fortalecerán su dominio. Pero se mostrará siempre incapaz de dar origen a una auténtica sociedad burguesa con todas las consecuencias económicas e industriales que esto supone.
    La burguesía nacional se orienta desde un principio hacia actividades de tipo intermediario. La base de su poder reside en su sentido del comercio y del pequeño negocio, en su aptitud para arramblar con todas las comisiones. No es su dinero lo que funciona, sino su sentido de los negocios. No invierte, no puede realizar esa acumulación del capital necesaria para la eclosión y el desarrollo de una burguesía auténtica. A este ritmo, harían falta siglos para crear un embrión de industrialización. En todo caso, tropezará con la oposición implacable de la antigua metrópoli que, en el marco de los convenios neocolonialistas, habrá tomado todas sus precauciones.
    Si el poder quiere sacar al país del estancamiento y conducirlo a grandes pasos hacia el desarrollo y el progreso tiene, en primer lugar, que nacionalizar el sector terciario. La burguesía que quiere hacer triunfar el espíritu de lucro y de disfrute, sus actitudes despreciativas hacia la masa y el aspecto escandaloso de las utilidades —del robo, habría que decir—, invierte en efecto masivamente en este sector. Pero es claro que esa nacionalización no debe adquirir el aspecto de una rígida estatización. No se trata de situar a la cabeza de los servicios a ciudadanos no formados políticamente. Cada vez que este procedimiento ha sido adoptado se ha advertido que el poder había contribuido en efecto al triunfo de una dictadura de funcionarios formados por la antigua metrópoli que se mostraban rápidamente incapaces de pensar en la nación como un todo. Esos funcionarios empiezan pronto a sabotear la economía nacional, a dislocar los organismos y así, la corrupción, la prevaricación, la malversación de las reservas, el mercado negro se establecen. Nacionalizar el sector terciario es organizar democráticamente las cooperativas de venta y de compra. Es descentralizar esas cooperativas, interesando a las masas en la gestión de los asuntos públicos. Todo esto, como se ve, no puede realizarse sino politizando al pueblo. Antes se advertía la necesidad de clarificar de una vez por todas un problema capital. Ahora, en efecto, el principio de una politización de las masas es generalmente sostenido en los países subdesarrollados. Pero no parece asimilarse auténticamente esa tarea primordial. Cuando se afirma la necesidad de politizar al pueblo se decide expresar al mismo tiempo que se quiere el sostén del pueblo en la acción que va a emprenderse. Un gobierno que declara su deseo de politizar al pueblo expresa su deseo de gobernar con el pueblo y para el pueblo. No debe ser un lenguaje destinado a camuflar una dirección burguesa. Los gobiernos burgueses de los países capitalistas han superado desde hace tiempo esa fase infantil del poder. Fríamente, gobiernan con ayuda de sus leyes, de su poder económico y de su policía. No están obligados, ahora que su poder está sólidamente establecido, a perder su tiempo en actitudes demagógicas. Gobiernan en su propio interés y tienen el valor que les da su poder. Han creado una legitimidad y confían en su derecho.
    La casta burguesa de los países recién independizados no tiene todavía ni el cinismo, ni la serenidad fundados en el poder de las viejas burguesías. De ahí cierta preocupación por disimular sus convicciones profundas, por engañar, en una palabra, por mostrarse popular. La politización de las masas no es la movilización tres o cuatro veces al año de decenas o centenares de miles de hombres y mujeres. Esos mítines, esas asambleas espectaculares, se emparientan con la vieja táctica anterior a la independencia, cuando se exhibían las propias fuerzas para probarse a sí mismos y a los demás que se tenía el apoyo popular. La politización de las masas se propone no infantilizar a las masas, sino hacerlas adultas.
    Esto nos conduce a determinar el papel del partido político en un país subdesarrollado. Hemos visto en las páginas anteriores cómo con mucha frecuencia espíritus simplistas, pertenecientes por lo demás a la naciente burguesía, no dejan de repetir que en un país subdesarrollado la dirección de los asuntos por un poder fuerte, una dictadura, es una necesidad. En esta perspectiva, se encarga al partido de una misión de vigilancia de las masas. El partido se añade a la administración y a la policía ? controla a las masas no para asegurarse su participación real en los asuntos de la nación, sino para recordarles constantemente que el poder espera de ellas obediencia ? disciplina. Esta dictadura que se cree sostenida por la historia, que se estima indispensable después de la independencia simboliza en realidad la decisión de la casta burguesa de dirigir al país subdesarrollado primero con el apoyo del pueblo, pero pronto en su contra. La transformación progresiva del partido en un servicio de información es el índice de que el poder cada vez se encuentra más a la defensiva. La masa informe del pueblo es concebida como la forma ciega que hay que controlar constantemente, sea por la mixtificación o por el miedo que le inspiran las fuerzas de la policía. El partido sirve de barómetro, de servicio de información. Se transforma al militante en delator. Se le confían misiones punitivas en las aldeas. Los embriones de partidos de oposición son liquidados a palos y pedradas. Los candidatos de la oposición ven sus casas incendiadas. La policía multiplica las provocaciones. En esas condiciones, por supuesto, el partido es único y el 99.99 por ciento de los votos corresponden al candidato gubernamental. Hay que decir que en África cierto número de gobiernos se comportan de acuerdo con este modelo. Todos los partidos de oposición, por lo demás generalmente progresistas, que favorecían una mayor influencia de las masas en la gestión de los asuntos públicos, que deseaban poner coto a la burguesía despreciativa y mercantil han sido condenados, por la fuerza de los golpes y de la prisión, al silencio y a la clandestinidad.
    El partido político en muchas regiones africanas ahora independientes conoce una inflación terriblemente grave. Frente a un miembro del partido, el pueblo se calla, se convierte en carnero y manifiesta elogios al gobierno y al líder. Pero en la calle, por la' noche, en la soledad de la aldea, en el café o junto al río, hay que oír esa amarga decepción del pueblo, esa desesperanza, pero también esa cólera contenida. El partido, en vez de favorecer la expresión de las quejas populares, en vez de fijarse como misión fundamental la libre circulación de las ideas del pueblo hacia la dirección, forma una pantalla y la impide. Los dirigentes del partido se comportan como vulgares sargentos y recuerdan constantemente al pueblo que "hay que guardar silencio en las filas". Ese partido que afirmaba ser el servidor del pueblo, que pretendía favorecer el desarrollo del pueblo, desde que el poder colonial le entregó el país se apresura a conducir de nuevo al pueblo a su caverna. En el plano de la unidad nacional, el partido va a multiplicar igualmente sus errores. Es así como el partido llamado nacional se comporta como partido racial. Es una verdadera tribu constituida en partido. Este partido que se proclama voluntariamente nacional, que afirma hablar en nombre de todo el pueblo, secretamente y a veces abiertamente organiza una auténtica dictadura racial. Presenciamos no ya una dictadura burguesa sino una dictadura tribal. Los ministros, los jefes de gabinete, los embajadores, los prefectos son escogidos en la tribu del dirigente, algunas veces hasta directamente en su familia. Esos regímenes de tipo familiar parecen restablecer las viejas leyes de la endogamia y se siente no cólera, sino vergüenza frente a tanta tontería, tanta impostura, tanta miseria intelectual y espiritual. Esos jefes de gobierno son los verdaderos traidores al África porque la venden al más terrible de sus enemigos: la ignorancia. Esa tribalización del poder provoca sin duda el espíritu regionalista, el separatismo. Las tendencias descentralizadoras surgen y triunfan, la nación se desintegra, se desmembra. El líder que gritaba: "Unidad africana" y que pensaba en su pequeña familia se despierta un buen día con cinco tribus que también quieren tener sus embajadores y sus ministros; y siempre irresponsable, siempre inconsciente, siempre miserable, denuncia "la traición".
    Hemos señalado repetidas veces el papel, con frecuencia nefasto, del líder. Es que el partido, en algunas regiones, está organizado como una banda en la que el individuo más duro asumiera la dirección. Se habla del ascendiente de ese líder, de su fuerza y no se vacila en decir, en un tono cómplice y ligeramente admirativo, que hace temblar a sus más próximos colaboradores. Para evitar esos múltiples escollos, hay que luchar tenazmente a fin de que el partido no se convierta jamás en un instrumento dócil en manos de un líder. Líder, del verbo inglés que significa conducir. El conductor del pueblo ya no existe. Los pueblos no son rebaños y no tienen necesidad de ser conducidos. Si el líder me conduce quiero que sepa que, al mismo tiempo, yo lo conduzco. La nación no debe ser una cuestión dirigida por un manitú. Así se entiende el pánico que se posesiona de las esferas dirigentes cada vez que uno de sus líderes se enferma. Les obsesiona el problema de la sucesión. ¿Qué sucederá al país si desaparece el líder? Las esferas dirigentes que han abdicado frente al líder, irresponsables, inconscientes, preocupados esencialmente por la buena vida que llevan, los cócteles organizados, los viajes pagados y la productividad de las combinaciones descubren de pronto el vacío espiritual en el corazón de la nación.
    Un país que quiere responder realmente a las cuestiones que le plantea la historia, que quiere desarrollar sus ciudades y el cerebro de sus habitantes debe poseer un verdadero partido. El partido no es un instrumento en manos del gobierno. Por el contrario, el partido es un instrumento en manos del pueblo. Es éste el que determina la política que el gobierno aplica. El partido no es, no debe ser jamás la simple oficina política donde se encuentran a sus anchas todos los miembros del gobierno y los grandes dignatarios del régimen. El buró político, con demasiada frecuencia por desgracia, constituye todo el partido y sus miembros residen permanentemente en la capital. En un país subdesarrollado, los miembros dirigentes del partido tienen que huir de la capital como de la peste. Deben residir, con excepción de unos cuantos, en las regiones rurales. Hay que evitar centralizarlo todo en la gran ciudad. Ninguna excusa de tipo administrativo puede legitimar esa efervescencia de una capital ya sobrepoblada y superdesarrollada en relación con las nueve décimas partes del territorio. El partido debe ser descentralizado al extremo. Es el único medio de activar las regiones muertas, las regiones que todavía no despiertan a la vida.
    Prácticamente habrá cuando menos un miembro del buró político en cada región y se evitará nombrarlo jefe regional. No tendrá en sus manos el poder administrativo. El miembro del buró político regional no debe ocupar el más alto rango en el aparato administrativo regional. No debe formar parte forzosamente del poder. Para el pueblo, el partido no es la autoridad, sino el organismo a través del cual ejerce su autoridad y su voluntad como pueblo. Cuanto menor sea la confusión y la dualidad de poderes, más desempeñará el partido su papel de guía y más constituirá para el pueblo la garantía decisiva. Si el partido se confunde con el poder, ser militante del partido equivale a tomar el camino más corto para lograr fines egoístas, para tener un puesto en la administración, para subir de grado, cambiar de escalón, hacer carrera.
    En un país subdesarrollado, la creación de direcciones regionales dinámicas detiene el proceso de macrocefalia de las ciudades, la afluencia incoherente de las masas rurales hacia las ciudades. La creación, desde los primeros días de la independencia, de direcciones regionales en una región con plena competencia, para despertarla, hacerla vivir, acelerar la toma de conciencia de los ciudadanos, es una necesidad a la que no podría escapar un país deseoso de avanzar. De lo contrario, en torno al líder se amontonan los responsables del partido y los dignatarios del régimen. Las administraciones se inflan, no porque se desarrollen y se diferencien, sino porque nuevos primos y nuevos militantes esperan un lugar para infiltrarse en el engranaje. Y el sueño de todo ciudadano es ir a la capital, cortar un trozo del queso. Las localidades son abandonadas, las masas rurales sin encuadrar, sin educación y sin sostén se alejan de una tierra mal trabajada y se dirigen hacia las periferias de las ciudades, inflando desmesuradamente el lumpen-proletariat.
    La hora de una nueva crisis nacional no está lejos. Pensemos, por el contrario, que el interior del país debería ser privilegiado. En última instancia, no habría ningún inconveniente en que el gobierno tuviera su sede fuera de la capital. Hay que desconsagrar a la capital y mostrar a las masas desheredadas que es para ellas para lo que se quiere trabajar. Es, en cierto sentido, lo que el gobierno brasileño ha tratado de hacer con Brasilia. La altivez de Río de Janeiro era un insulto para el pueblo brasileño. Pero desgraciadamente Brasilia es todavía una nueva capital tan monstruosa como la primera. El único interés de esa realización es que ahora existe una carretera a través de la selva. No, ningún motivo serio puede oponerse a la elección de otra capital, al desplazamiento del gobierno completo hacia una de las regiones más desfavorecidas La capital de los países subdesarrollados es una noción comercial heredada del periodo colonial. Pero en los países subdesarrollados tenemos que multiplicar los contactos con las masas rurales. Tenemos que hacer una política nacional, es decir, antes que nada una política para las masas. No hay que perder nunca el contacto con el pueblo que ha luchado por su independencia y por el mejoramiento concreto de su existencia.
    Los funcionarios y los técnicos indígenas no deben sumergirse en los diagramas y estadísticas, sino en el corazón del pueblo. No deben erizarse cada vez que se trata de un traslado "al interior". Ya no deben darse casos de las jóvenes esposas de los países subdesarrollados que amenazan a sus maridos con el divorcio, si no consiguen evitar un nombramiento para un puesto' rural. Por eso el buró político del partido debe privilegiar a las regiones desheredadas, y la vida de la capital, vida ficticia, superficial, superpuesta a la realidad nacional como un cuerpo extraño, debe ocupar el menor lugar posible en la vida de la nación, que es fundamental y sagrada.
    En un país subdesarrollado, el partido debe organizarse de tal manera que no se contente con mantener contactos con las masas. El partido debe ser la expresión directa de las masas. El partido no es una administración encargada de trasmitir las órdenes del gobierno. Es el portavoz enérgico y el defensor incorruptible de las masas. Para llegar a esta concepción del partido, es necesario antes que nada desembarazarse de la idea muy occidental, muy burguesa y, por tanto, muy despreciativa de que las masas son incapaces de dirigirse. La experiencia prueba, en realidad, que las masas comprenden perfectamente los problemas más complicados. Uno de los mayores servicios que la revolución argelina habrá prestado a los intelectuales argelinos es haberlos puesto en contacto con el pueblo, haberles permitido contemplar la extrema, inefable miseria del pueblo y asistir, al mismo tiempo, al despertar de su inteligencia, a los progresos de su conciencia. El pueblo argelino, esa masa de hambrientos y analfabetos, esos hombres y mujeres sumergidos durante siglos en la oscuridad más terrible se han sostenido contra los tanques y los aviones, contra las bombas incendiarias y los servicios psicológicos, pero sobre todo contra la corrupción y el lavado de cerebro, contra los traidores y los ejércitos "nacionales" del general Bellounis. Ese pueblo se ha sostenido a pesar de los débiles, de los vacilantes, de los aprendices de dictadores. Este pueblo se ha tenido porque durante siete años su lucha le ha abierto campos cuya existencia ni siquiera sospechaba. Ahora trabajan armerías en pleno djebel varios metros bajo tierra, los tribunales del pueblo funcionan en todos los niveles, comisiones locales de planificación organizan el desmembramiento de las grandes propiedades, elaboran la Argelia de mañana. Un hombre aislado puede mostrarse rebelde a la comprensión de un problema, pero el grupo, la aldea, comprende con una rapidez desconcertante. Es verdad que si se toma la precaución de emplear un lenguaje sólo comprensible para los licenciados en derecho o en ciencias económicas, se probará fácilmente que las masas deben ser dirigidas. Pero si se habla el lenguaje concreto, si no se está obsesionado por la voluntad perversa de confundir las cartas, de desembarazarse del pueblo, se advierte entonces que las masas captan todos los matices, todas las astucias. Recurrir a un lenguaje técnico significa que se quiere considerar a las masas como profanas. Ese lenguaje disimula mal el deseo de los conferenciantes de engañar al pueblo, de dejarlo fuera. La empresa de oscurecimiento del lenguaje es una máscara tras la cual se perfila una más amplia empresa de despojo. Se pretende al mismo tiempo arrebatarle al pueblo sus bienes y su soberanía. Todo puede explicarse al pueblo a condición de que se quiera que comprenda realmente. Y si se piensa que no se necesita de él, que por el contrario amenaza con romper la buena marcha de las múltiples sociedades privadas y de responsabilidad limitada cuyo fin es hacer al pueblo todavía más miserable, el problema está zanjado.
    Si se piensa que puede dirigirse perfectamente un país sin que el pueblo meta las narices, si se piensa que el pueblo por su sola presencia obstaculiza el juego, sea porque lo retrase o porque por su natural inconsciencia lo sabotee, no debe haber ninguna vacilación: hay que apartar al pueblo. Pero resulta que el pueblo, cuando se le invita a la dirección del país no retrasa, sino que acelera el movimiento. Nosotros, los argelinos, hemos tenido en el curso de esta guerra la oportunidad, la fortuna de palpar algunas cosas. En ciertas regiones rurales, los responsables político-militares de la revolución se han enfrentado en efecto a situaciones que han exigido soluciones radicales. Abordaremos algunas de esas situaciones.
    En el curso de los años 1956-1957, el colonialismo francés había prohibido ciertas zonas, y la circulación de personas en esas regiones estaba estrictamente reglamentada. Los campesinos no tenían, pues, la posibilidad de acudir libremente a la ciudad para renovar sus provisiones. Los abarroteros acumularon enormes utilidades durante ese periodo. El té, el café, el azúcar, el tabaco y la sal alcanzaron precios exorbitantes. El mercado negro triunfaba con una singular insolencia. Los campesinos que no podían pagar en especie hipotecaban sus cosechas, sus tierras, o desmembraban a pedazos el patrimonio familiar y, en una segunda etapa, ya lo trabajaban a cuenta del abarrotero. Los comisarios políticos, cuando tomaron conciencia de ese peligro, reaccionaron de manera inmediata. Así se instituyó un sistema racional de aprovisionamiento: el abarrotero que va a la ciudad está obligado a hacer sus compras en los almacenes de dueños nacionalistas que le entregan una factura donde se precisan los precios de las mercancías. Cuando el detallista llega al aduar, debe presentarse antes que nada al comisario político, que controla la factura, fija el margen de utilidades y determina el precio de venta. Los precios fijados son anunciados en la tienda y un miembro del aduar, una especie de inspector, está presente para informar al fellah sobre los precios a que deben ser vendidos los productos. Pero el detallista descubre rápidamente un amaño y, después de tres o cuatro días, declara que se han agotado sus existencias. Por debajo, reanuda su tráfico y continúa la venta en el mercado negro. La reacción de la autoridad político-militar fue radical. Importantes sanciones se formularon; las multas recogidas y pagadas a la caja de la aldea sirvieron para obras sociales o de interés colectivo. Algunas veces, se decidió cerrar durante algún tiempo el comercio. Y en caso de reincidencia, los fondos del comercio son inmediatamente requisados y un comité de gestión electo los administra, entregando una mensualidad al ex propietario. A partir de estas experiencias, se explicó al pueblo el funcionamiento de las grandes leyes económicas basándose en casos concretos. La acumulación del capital dejó de ser una teoría para convertirse en un comportamiento muy real y muy presente. El pueblo comprendió cómo a base de un comercio es posible enriquecerse y agrandar el comercio. Sólo entonces los campesinos contaron cómo ese abarrotero les prestaba a tasas de usura; otros recordaron cómo los habían expulsado de sus tierras y cómo se habían convertido de propietarios en obreros. A medida que el pueblo comprende mejor, se hace más vigilante, más consciente de que en definitiva todo depende de él y de que su salvación reside en su cohesión, en el conocimiento de sus intereses y la identificación de sus enemigos. El pueblo comprende que la riqueza no es el fruto del trabajo, sino el resultado de un robo organizado y protegido. Los ricos dejan de ser hombres respetables, no son ya sino bestias carnívoras, chacales y cuervos que se ceban en la sangre del pueblo. En otra perspectiva, los comisarios políticos han tenido que decidir que ya nadie trabajaría para nadie. La tierra es de quienes la trabajan. Es un principio que se ha convertido en ley fundamental de la Revolución argelina. Los campesinos que empleaban peones se han visto obligados a dar participación a sus antiguos empleados.
    Se advirtió entonces que el rendimiento por hectárea se triplicaba, a pesar de los asaltos numerosos de los franceses, los bombardeos aéreos y la dificultad de adquisición de abonos. Los fellahs que, en el momento de la cosecha, podían apreciar y pesar los productos obtenidos, trataron de comprender el fenómeno. Fácilmente descubrieron que el trabajo no es una noción simple, que la esclavitud no permite el trabajo, que el trabajo supone la libertad, la responsabilidad y la conciencia.
    En esas regiones donde pudimos realizar experiencias edificantes, donde asistimos a la construcción del hombre por la institución revolucionaria, los campesinos comprendieron muy claramente el principio que establece que se trabaja con tanto mayor gusto cuando uno se compromete más lúcidamente en el esfuerzo. Se pudo hacer entender a las masas que el trabajo no es un gasto de energía, ni el funcionamiento de ciertos músculos, sino que se trabaja más con el cerebro y el corazón que con los músculos y el sudor. Igualmente, en esas regiones liberadas, pero al mismo tiempo excluidas del antiguo circuito comercial hubo que modificar la producción, dirigida antes únicamente hacia las ciudades y la exportación. Se estableció una producción de consumo para el pueblo y para las unidades del ejército de liberación nacional. Se cuadruplicó la producción de lentejas y se organizó la obtención de carbón de madera. Las legumbres verdes y el carbón se dirigieron de las regiones del Norte hacia el Sur por las montañas, mientras que las zonas del Sur enviaban carne hacia el Norte. Fue el F.L.N. quien decidió esa coordinación, quien implantó el sistema de comunicaciones. No teníamos técnicos, planificadores procedentes de las grandes escuelas occidentales. Pero en esas regiones liberadas, la ración diaria alcanzaba la cifra hasta entonces desconocida de 3 200 calorías. El pueblo no se contentó con triunfar de esa prueba. Se planteó problemas teóricos. Por ejemplo: ¿por qué ciertas regiones no veían jamás una naranja antes de la guerra de liberación, cuando se expedían anualmente millares de toneladas hacia el extranjero? ¿Por qué las uvas eran desconocidas para un gran número de argelinos cuando millones de racimos hacían las delicias de los pueblos europeos? El pueblo tiene ahora una noción muy clara de lo que le pertenece. El pueblo argelino sabe ahora que es el propietario exclusivo del suelo y del subsuelo de su país. Y si algunos no comprenden la decisión del F.L.N. de no tolerar ninguna violación de esa propiedad y su feroz voluntad de rechazar toda transacción en cuestión de principios, unos y otros harían bien en recordar que el pueblo argelino es ahora un pueblo adulto, responsable, consciente. En resumen, el pueblo argelino es un pueblo propietario.
    Si hemos tomado el ejemplo argelino para aclarar nuestros puntos de vista no es para enaltecer a nuestro pueblo, sino simplemente para mostrar la importancia que ha tenido su lucha para llegar a tomar conciencia. Es claro que otros pueblos han llegado a otros resultados por vías diferentes. En Argelia, ahora lo sabemos mejor, la prueba de fuerza era inevitable, pero otras regiones han conducido a sus pueblos a los mismos resultados a través de la lucha política y el trabajo de clarificación realizado por el partido. En Argelia, comprendimos que las masas están a la altura de los problemas con los que se enfrentan. En un país subdesarrollado, la experiencia prueba que lo importante no es que trescientas personas conciban y decidan, sino que todos, aun al precio de un tiempo doble o triple, comprendan y decidan. En realidad, el tiempo perdido en explicar, el "perdido" en humanizar al trabajador será recuperado en la ejecución. La gente debe saber hacia dónde va y por qué. El político no debe ignorar que el futuro permanecerá cerrado mientras la conciencia del pueblo sea rudimentaria, primaria, opaca. Nosotros, políticos africanos debemos tener ideas muy claras sobre la situación de nuestro pueblo. Pero esa lucidez debe ser profundamente dialéctica. El despertar de todo el pueblo no se hará de un solo golpe, su dedicación racional a la obra de edificación nacional será lineal, primero porque las vías de comunicación y los medios de trasmisión están poco desarrollados y además porque la temporalidad debe dejar de ser la del instante o de la próxima cosecha para convertirse en la del mundo; porque, por último, el desaliento instalado muy hondamente en el cerebro por el dominio colonial siempre está a flor de piel. Pero no debemos ignorar que la victoria sobre los nudos de menor resistencia, herencias del dominio material y espiritual del país es una necesidad que ningún gobierno podría evadir. Veamos el ejemplo del trabajo en régimen colonial. El colono no ha dejado de afirmar que el indígena es lento. Ahora, en algunos países independientes, oímos a los cuadros repetir esa acusación. En verdad, el colono quería que el esclavo fuera entusiasta. Quería, por una especie de mixtificación que constituye la más sublime enajenación, persuadir al esclavo de que la tierra que trabaja le pertenece, que las minas donde pierde su salud son de su propiedad. El colono olvidaba singularmente que se enriquecía con la agonía del esclavo. Prácticamente, el colono decía al colonizado: "Muérete, pero que yo me enriquezca." Ahora debemos proceder de otra manera. No debemos decir al pueblo: "Muérete, pero que se enriquezca el país." Si queremos aumentar el ingreso nacional, disminuir la importación de ciertos productos inútiles o nocivos, aumentar la producción agrícola y luchar contra el analfabetismo, tenemos que explicar. Es necesario que el pueblo comprenda la importancia de lo que está en juego. La cosa pública debe ser la .cosa del público. Se desemboca, pues, en la necesidad de multiplicar las células de base. Con demasiada frecuencia, en efecto, se instalan sólo organismos nacionales en la cima y siempre en la capital: la Unión de Mujeres, la Unión de Jóvenes, los sindicatos, etcétera. Pero si se va a buscar detrás de la oficina instalada en la capital, si se pasa a la trastienda donde deberían estar los archivos, asusta el vacío, la nada, el bluff. Hace falta una base, células que dan precisamente el contenido y el dinamismo. Las masas deben poder reunirse, discutir, proponer, recibir instrucciones. Los ciudadanos deben tener la posibilidad de hablar, de expresarse, de inventar. La reunión de célula, la reunión del comité es un acto litúrgico. Es una ocasión privilegiada que tiene el hombre para oír y decir. En cada reunión, el cerebro multiplica sus vías de asociación, el ojo descubre un panorama cada vez más humanizado.
    La gran proporción de jóvenes en los países subdesarrollados plantea al gobierno problemas específicos que debe abordar lúcidamente. La juventud urbana inactiva y con frecuencia analfabeta se entrega a toda clase de experiencias disolventes. A la juventud subdesarrollada se le ofrecen casi siempre distracciones de los países industrializados. Normalmente, en efecto, existe homogeneidad entre el nivel mental y material de los miembros de una sociedad y los placeres que brinda esa sociedad. Pero, en los países subdesarrollados, la juventud dispone de distracciones pensadas para la juventud de los países capitalistas: novelas policíacas, máquinas traganíqueles, fotografías obscenas, literatura pornográfica, filmes prohibidos a los menores de dieciséis años, y sobre todo el alcohol... En Occidente, el marco familiar, la escolarización, el nivel de vida relativamente elevado de las masas trabajadoras sirven de barrera relativa a la acción nefasta de esas distracciones. Pero en un país africano donde el desarrollo mental es desigual, donde el choque violento de dos mundos ha quebrantado considerablemente las viejas tradiciones y ha dislocado el universo de la percepción, la afectividad del joven africano, su sensibilidad están a merced de las distintas agresiones contenidas en la cultura occidental. Su familia se muestra con frecuencia incapaz de oponer a esas violencias la estabilidad, la homogeneidad.
    En este campo, el gobierno debe servir de filtro y de estabilizador. Los comisarios encargados de la juventud en los países subdesarrollados cometen frecuentemente errores. Conciben su papel a la manera de los comisarios encargados de la juventud en los países desarrollados. Hablan de fortalecer el alma, de desarrollar el cuerpo, de facilitar la manifestación de cualidades deportivas. En nuestra opinión, deben cuidarse de esta concepción. La juventud de un país subdesarrollado es frecuentemente una juventud ociosa. Primero hay que darle ocupación. Por eso el comisario para la juventud debe depender institucionalmente del Ministerio del Trabajo. El Ministerio del Trabajo, que es una necesidad en un país subdesarrollado, funciona en estrecha colaboración con el Ministerio de Planificación, otra necesidad en un país subdesarrollado. La juventud africana no debe dirigirse a los estadios, sino al campo, al campo y a las escuelas. El estadio no es ese sitio de exhibición instalado en las ciudades, sino un espacio en medio de las tierras que se siembran, que se trabaja y se ofrece a la nación. La concepción capitalista del deporte es fundamentalmente distinta de la que debe-tía existir en un país subdesarrollado. El político africano no debe preocuparse por formar deportistas sino, hombres conscientes que, además, sean deportistas. Si el deporte no se integra a la vida nacional, es decir, a la construcción nacional, si se forman deportistas nacionales y lo hombres conscientes pronto se contemplará la podredumbre del deporte por el profesionalismo, el comercialismo. El deporte no debe ser un juego, una distracción que se brinda la burguesía de las ciudades. La tarea más importante es comprender en todo momento lo que sucede en el país. No hay que cultivar lo excepcional, buscar el héroe, otra forma del líder. Hay que elevar al pueblo, ampliar el cerebro del pueblo, llenarlo, diferenciarlo, humanizarlo.
    Volvemos a caer en la obsesión que nos gustaría ver compartida por todos los políticos africanos, la necesidad de ilustrar el esfuerzo popular, de iluminar el trabajo, de desembarazarlo de su opacidad histórica. Ser responsable en un país subdesarrollado es saber que todo descansa en definitiva en la educación de las masas, en la elevación del pensamiento, en lo que suele llamarse demasiado apresuradamente la politización.
    Con frecuencia se cree, en efecto, con una ligereza criminal, que politizar a las masas es dirigirles episódicamente un gran discurso político. Se piensa que le basta al líder o a un dirigente hablar en tono doctoral de las grandes cosas de la actualidad para cumplir con ese imperioso deber de politización de las masas. Pero politizar es abrir el espíritu, despertar el espíritu, dar a luz el espíritu. Es como decía Césaire: "inventar almas". Politizar a las masas no es, no puede ser hacer un discurso político. Es dedicarse con todas las fuerzas a hacer comprender a las masas que todo depende de ellas, que si nos estancamos es por su culpa y si avanzamos también es por ellas, que no hay demiurgo, que no hay hombre ilustre y responsable de todo, que el demiurgo es el pueblo y que las manos mágicas no son en definitiva sino las manos del pueblo. Para realizar esas cosas, para encarnarlas verdaderamente, hay que repetirlo, es necesario descentralizar al extremo. La circulación de la cima a la base y de la base a la cima debe ser un principio rígido, no por preocupación de formalismo, sino porque simplemente el respeto de ese principio es la garantía de la salvación. Es de la base de donde suben las fuerzas que dinamizan a la cima y le permiten dialécticamente dar un nuevo paso hacia adelante. También en este caso los argelinos hemos comprendido rápidamente estas cosas porque ningún miembro de ninguna cima ha tenido la posibilidad de revestirse de ninguna misión de salvación. Es la base la que pelea en Argelia y esa base no ignora que sin su combate cotidiano, heroico y difícil, la cima no se sostendría. Como sabe que sin una cima y sin una dirección, la base se dispersaría en la incoherencia y la anarquía. La cima no recibe su valor y su solidez, sino de la existencia del pueblo en el combate. Literalmente, es el pueblo el que se da libremente a la cima y no la cima la que tolera al pueblo.
    Las masas deben saber que el gobierno y el partido están a su servicio. Un pueblo digno, es decir, consciente de su dignidad es un pueblo que no olvida jamás esas evidencias. Durante la ocupación colonial se dijo al pueblo que era necesario que diera su vida por el triunfo de la dignidad. Pero los pueblos africanos comprendieron pronto que su dignidad no sólo era impugnada por el ocupante. Los pueblos africanos comprendieron en seguida que había una equivalencia absoluta entre la dignidad y la soberanía. En realidad, un pueblo digno y libre es un pueblo soberano. Un pueblo digno es un pueblo responsable. Y de nada sirve "demostrar" que los pueblos africanos son infantiles o débiles. Un gobierno y un partido tienen el pueblo que se merecen. Y en un plazo más o menos largo un pueblo tiene el gobierno que se merece.
    La experiencia concreta en ciertas regiones comprueba estas posiciones. En el curso de reuniones, sucede a veces que algunos militantes, para resolver los problemas difíciles, se refieren a la fórmula: "no hay más que...". Esta reducción voluntarista donde culminan peligrosamente espontaneidad, sincretismo simplificador, falta de elaboración intelectual, triunfa con frecuencia. Cada, vez que encontramos esta abdicación de la responsabilidad en un militante no basta con decirle que está equivocado. Hay que hacerlo responsable, invitarlo a llegar al final de su razonamiento y hacerle comprender el carácter, con frecuencia atroz, inhumano y en definitiva estéril de ese "no hay más que...". Nadie posee la verdad, ni el dirigente ni el militante. La busca de la verdad en situaciones locales es asunto colectivo. Algunos tienen una experiencia más rica, elaboran más rápidamente su pensamiento, han podido establecer en el pasado un mayor número de asociaciones mentales. Pero deben evitar sofocar al pueblo, porque el éxito de la decisión adoptada depende de la participación coordinada y consciente de todo el pueblo. Nadie puede retirar su alfiler del juego. Todos serán muertos o torturados y en el marco de la nación independiente todos tendrán hambre y participarán del marasmo. El combate colectivo supone una responsabilidad colectiva en la base y una responsabilidad colegiada en la cima. Sí, hay que comprometer a todo el mundo en el combate por la salvación común. No hay manos puras, no hay inocentes, no hay espectadores. Todos nos ensuciamos las manos en los pantanos de nuestro suelo y el vacío tremendo de nuestros cerebros. Todo espectador es un cobarde o un traidor.
    El deber de una dirección es tener a las masas con ella. Pero la adhesión supone la conciencia, la comprensión de la misión a cumplir, una intelectualización aunque sea embrionaria. No hay que hechizar al pueblo, no hay que disolverlo en la emoción y la confusión. Sólo los países subdesarrollados dirigidos por élites revolucionarias salidas del pueblo pueden permitir en la actualidad el acceso de las masas al escenario de la historia. Pero, una vez más, debemos oponernos vigorosa y definitivamente al surgimiento de una burguesía nacional, de una casta de privilegiados. Politizar a las masas es actualizar a toda la nación en cada ciudadano. Es hacer de la experiencia de la nación la experiencia de cada ciudadano. Como lo recordó tan oportunamente el presidente Sekou Touré en su mensaje al Segundo Congreso de Escritores Africanos: "En el campo del pensamiento, el hombre puede pretender ser el cerebro del mundo, pero en el plano de la vida concreta donde toda intervención afecta al ser físico y espiritual, el mundo es siempre el cerebro del hombre porque es en ese nivel donde se encuentran la totalización de las potencias y unidades pensantes, las fuerzas dinámicas de desarrollo y perfeccionamiento, es allí donde se opera la fusión de las energías y donde se inscribe en definitiva la suma de los valores intelectuales del hombre." La experiencia individual, por ser nacional, eslabón de la existencia nacional, deja de ser individual, limitada, restringida y puede desembocar en la verdad de la nación y del mundo. Lo mismo que en la etapa de lucha cada combatiente tenía la nación al alcance de la mano, en la fase de la construcción nacional cada ciudadano debe continuar, en su acción concreta de todos los días, asociado a la totalidad de la nación, encarnando la verdad constantemente dialéctica de la nación, propugnando aquí y ahora por el triunfo del hombre total. Si la construcción de un puente no ha de enriquecer la conciencia de los que trabajan allí, vale más que no se construya el puente, que los ciudadanos sigan atravesando el río a nado o en barcazas. El puente no debe caer en paracaídas, no debe ser impuesto por un deus ex machina al panorama social, sino que debe surgir por el contrario de los músculos y del cerebro de los ciudadanos. Y por supuesto, harán falta quizá ingenieros y arquitectos absolutamente extranjeros, pero los responsables locales del partido deben estar presentes para que la técnica se infiltre en el desierto cerebral del ciudadano, para que el puente, en sus detalles y en su conjunto, sea deseado, concebido y asumido. Hace falta que el ciudadano se apropie el puente. Sólo entonces todo es posible. Un gobierno que se proclama nacional debe asumir la totalidad de la nación y en los países subdesarrollados la juventud representa uno de los sectores más importantes. Hay que elevar la conciencia de los jóvenes, esclarecerla. Es esa juventud la que encontramos en el ejército nacional. Si la labor de explicación se ha hecho al nivel de los jóvenes, si la Unión Nacional de la Juventud ha cumplido su tarea que es integrar a la juventud en la nación, entonces podrán evitarse los errores que han hipotecado y minado el futuro de las repúblicas de América Latina. El ejército no es nunca una escuela de guerra sino una escuela de civismo, una escuela política. El soldado de una nación adulta no es un mercenario, sino un ciudadano que defiende a la nación por medio de las armas. Por eso es fundamental que el soldado sepa que está al servicio del país y no de un oficial, por prestigioso que éste sea. Hay que aprovechar el servicio nacional, civil y militar, para elevar el nivel de la conciencia nacional, para destribalizar y unificar. En un país subdesarrollado hay que esforzarse, lo más rápidamente posible, por movilizar a hombres y mujeres. El país subdesarrollado debe abstenerse de perpetuar las tradiciones, feudales que consagran la prioridad del elemento masculino sobre el elemento femenino. Las mujeres recibirán un lugar idéntico a los hombres, no sólo en los artículos de la constitución, sino en la vida cotidiana, en la fábrica, en la escuela, en las asambleas. Si en los países occidentales se acuartela a los militares, eso no quiere decir que sea siempre la mejor fórmula. No es indispensable militarizar a los reclutas. El Servicio puede ser civil o militar y de todas maneras es recomendable que cada ciudadano capacitado pueda ingresar en cualquier momento en una unidad de combate y defender las conquistas nacionales y sociales.
    Las grandes obras de interés colectivo deberán ser ejecutadas por los soldados. Es un medio prodigioso para activar las regiones inertes, para dar a conocer a un mayor número de ciudadanos las realidades del país. Hay que evitar la conversión del ejército en un cuerpo autónomo que tarde o temprano, ocioso y sin misión, se dedicará a "hacer política" y a amenazar al poder. Los generales de salón, a fuerza de frecuentar las antecámaras del poder, sueñan con los pronunciamientos. El único medio de evitarlo es politizar al ejército, es decir, nacionalizarlo. Igualmente es urgente multiplicar las milicias. En caso de guerra, es la nación entera la que combate y trabaja. No debe haber soldados de oficio y el número de oficiales de carrera debe reducirse al mínimo. Primero, porque con mucha frecuencia los oficiales son escogidos entre los cuadros universitarios que podrían ser mucho más útiles en otra parte: un ingeniero es mil veces más indispensable a la nación que un oficial. Después, porque hay que evitar la cristalización de un espíritu de casta. Hemos visto en las páginas anteriores que el nacionalismo, ese canto magnífico que sublevó a las masas contra el opresor, se desintegra después de la independencia. El nacionalismo no es una doctrina política, no es un programa. Si se quiere evitar realmente al país ese retroceso, esas interrupciones, esas fallas hay que pasar rápidamente de la conciencia nacional a la conciencia política y social. La nación no existe en ninguna parte, si no es en un programa elaborado por una dirección revolucionaria y recogido lúcidamente y con entusiasmo por las masas. Hay que situar constantemente el esfuerzo nacional en el marco general de los países subdesarrollados. El frente del hambre y la oscuridad, el frente de la miseria y la conciencia embrionaria debe estar presente en el espíritu y en los músculos de hombres y mujeres. El trabajo de las masas, su voluntad de vencer las plagas que las han excluido de la historia del pensamiento humano durante siglos deben fundarse en los de todos los pueblos subdesarrollados. Las noticias que interesan a los pueblos del Tercer Mundo no son las que se refieren al matrimonio del rey Balduino o a los escándalos de la burguesía italiana. Lo que queremos saber son las experiencias de los argentinos o los birmanes en el marco de la lucha contra el analfabetismo o contra las tendencias dictatoriales de los dirigentes. Éstos son elementos que nos fortalecen, nos instruyen y decuplican nuestra eficacia. Como se ve, un gobierno que quiera realmente liberar política y socialmente al pueblo necesita un programa. Programa económico, pero también doctrina sobre la distribución de las riquezas y sobre las relaciones sociales. En realidad, hace falta una concepción del hombre, una concepción del futuro de la humanidad. Lo que quiere decir que ninguna fórmula demagógica, ninguna complicidad con el antiguo ocupante sustituye a un programa. Los pueblos, primero inconscientes, pero cada vez más lúcidos exigirán vigorosamente ese programa. Los pueblos africanos, los pueblos subdesarrollados —al contrario de lo que suele creerse— edifican rápidamente su conciencia política y social. Lo que puede ser grave es que con mucha frecuencia llegan a esa conciencia social antes de la fase nacional. Así es posible encontrar en los países subdesarrollados la exigencia violenta de una justicia social que, paradójicamente, está aliada a un tribalismo con frecuencia primitivo. Los pueblos subdesarrollados tienen un comportamiento de gente hambrienta. Lo que significa que los días de quienes se divierten en África están rigurosamente contados. Queremos decir con esto que su poder no podría prolongarse indefinidamente. Una burguesía que da a las masas el único alimento del nacionalismo fracasa en su misión y se enreda necesariamente en una sucesión de desventuras. El nacionalismo, sí no se hace explícito, si no se enriquece y se profundiza, si no se transforma rápidamente en conciencia política y social, en humanismo, conduce a un callejón sin salida. La dirección burguesa de los países subdesarrollados confina a la conciencia nacional en un formalismo esterilizante. Solo la dedicación masiva de hombres y mujeres a tareas inteligentes y fecundas presta contenido y densidad a esta conciencia. Si no es así, la bandera y el palacio de gobierno dejan de ser los símbolos de la nación. La nación se aleja de esos sitios iluminados y ficticios y se refugia en el campo donde recibe vida y dinamismo. La expresión viva de la nación es la conciencia dinámica de todo e pueblo. Es la práctica coherente e inteligente de hombres y mujeres. La construcción colectiva de un destino supone asumir una responsabilidad a la medida de la historia. De otra manera es la anarquía, la represión, el surgimiento de partidos tribalizados, del federalismo, etcétera. El gobierno nacional, si quiere ser nacional, debe gobernar por el pueblo y para el pueblo, por los desheredados y para los desheredados. Ningún líder, cualquiera que sea su valor, puede sustituir a la voluntad popular, y el gobierno nacional debe, antes de preocuparse por el prestigio internacional, devolver la dignidad a cada ciudadano, poblar los cerebros, llenar los ojos de cosas humanas, desarrollar un panorama humano, habitado por hombres conscientes y soberanos.
    IV. SOBRE LA CULTURA NACIONAL

    No basta con escribir un canto revolucionario para participar en la revolución africana, hay que hacer esa revolución con el pueblo. Con el pueblo, y tos cantos vendrán solos y por sí mismos.
    Para realizar una acción auténtica, hay que ser una parte viva de África ? de su pensamiento, un elemento de esa energía popular movilizada toda para la liberación, el progreso y la felicidad de África. No hay lugar, fuera de ese combate único, ni para el artista ni para el intelectual que no esté comprometido y totalmente movilizado con el pueblo en el gran combate de África y de la humanidad que sufre.
    SEKOU TOURÉ1

    Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla. En los países subdesarrollados, las generaciones anteriores han resistido la labor de erosión realizada por el colonialismo y, al mismo tiempo, han preparado la maduración de las luchas actuales. Hay que abandonar la costumbre, ahora que estamos en el corazón del combate, de reducir al mínimo la acción de nuestros padres o fingir incomprensión frente a su silencio o su pasividad. Ellos lucharon como pudieron, con las armas que poseían entonces y si los ecos de su lucha no repercutieron en la arena internacional hay que Ver la razón menos en la falta de heroísmo que en una situación internacional fundamentalmente diferente. Fue necesario que más de un colonizado dijera "esto ya no puede durar", que más de una tribu se rebelara, más de una sublevación campesina aplastada, más de una manifestación reprimida para que ahora pudiéramos sostenernos con esta certidumbre de victoria.
    Nuestra misión histórica, para nosotros que hemos tomado la decisión de romper las riendas del colonialismo, es ordenar todas las rebeldías, todos los actos desesperados, todas las tentativas abortadas o ahogadas en sangre.
    Analizaremos en este capítulo el problema, que nos parece fundamental, de la legitimidad de la reivindicación de una nación. Hay que reconocer que el partido político que moviliza al pueblo no se preocupa mucho por este problema de la legitimidad. Los partidos políticos parten de la realidad vivida y deciden la acción en nombre de esa realidad, en nombre de esa actualidad que pesa sobre el presente y sobre el futuro de los hombres y las mujeres. El partido político puede hablar en términos conmovedores de la nación, pero lo que le interesa es que el pueblo que lo escucha comprenda la necesidad de participar en el combate si aspira simplemente a existir.
    Ahora sabemos que en la primera etapa de la lucha nacional, el colonialismo trata de descartar la reivindicación nacional haciendo economismo. Desde las primeras reivindicaciones, el colonialismo finge la comprensión reconociendo con una humildad ostentosa que el territorio sufre un grave subdesarrollo, que exige un esfuerzo económico y social importante.
    Y, en realidad, algunas medidas espectaculares, obras para combatir el desempleo abiertas aquí y allá, retrasan en algunos años la cristalización de la conciencia nacional. Pero tarde o temprano, el colonialismo advierte que no le es posible realizar un proyecto de reformas económico-sociales que satisfaga las aspiraciones de las masas colonizadas. Aun en el plano del estómago, el colonialismo da muestras de su impotencia congénita. El Estado colonialista descubre muy pronto que querer desarmar a los partidos nacionales en el campo estrictamente económico, equivaldría a hacer a las colonias lo que no ha querido hacer en su propio territorio. Y no es un azar si ahora florece un poco por todas partes la doctrina del "cartierismo".
    La amargura desilusionada de Cartier frente a la obstinación de Francia por procurarse gente que ha de alimentar mientras tantos franceses viven en malas condiciones, traduce la imposibilidad en la que se encuentra el colonialismo para transformarse en programa desinteresado de ayuda y sostén. Por eso, una vez más, no hay que perder el tiempo en repetir que vale más hambre con dignidad que pan con servidumbre. Hay que convencerse, por el contrario, de que el colonialismo es incapaz de procurar a los pueblos colonizados las condiciones materiales susceptibles de hacerles olvidar su anhelo de dignidad. Una vez que el colonialismo ha comprendido a dónde lo llevaría su táctica de reformas sociales vemos cómo recupera sus viejos reflejos, fortalece sus fuerzas policíacas, envía tropas e instala un régimen de terror, más adecuado a sus intereses y a su psicología.
    Dentro de los partidos políticos, casi siempre lateralmente a éstos, aparecen hombres de cultura colonizados. Para estos hombres, la reivindicación de una cultura nacional, la afirmación de la existencia de esa cultura representa un campo de batalla privilegiado. Mientras que los políticos inscriben su acción en la realidad, los hombres de cultura se sitúan en el marco de la historia. Frente al intelectual colonizado que decide responder agresivamente a la teoría colonialista de una barbarie anterior a la etapa colonial, el colonialismo apenas va a reaccionar. Tanto menos cuanto que las ideas desarrolladas por la joven intelligentzia colonizada son ampliamente profesadas por los especialistas de la metrópoli. Es trivial, en efecto, comprobar que desde hace varias décadas numerosos investigadores europeos han rehabilitado, en general, las civilizaciones africanas, mexicanas o peruanas. Ha podido sorprender la pasión dedicada por los intelectuales colonizados para defender la existencia de una cultura nacional. Pero los que condenan esa pasión exacerbada olvidan singularmente que su mentalidad, su yo se abrigan cómodamente tras una cultura francesa o alemana que ya ha sido demostrada y que nadie pone en duda.
    Concedo que, en el plano de la existencia, el hecho de que haya existido una civilización azteca no cambia en gran cosa el régimen alimenticio del campesino mexicano de hoy. Concedo que todas las pruebas que podrían darse de la existencia de una prodigiosa civilización songái no cambian por el hecho que los songáis de hoy estén subalimentados, analfabetos, huérfanos entre el cielo y el agua, con la cabeza vacía, con los ojos vacíos. Pero, ya lo hemos dicho varias veces, esta búsqueda apasionada de una cultura nacional más allá de la etapa colonial se legitima por la preocupación que comparten los intelectuales colonizados de fijar distancias en relación con la cultura occidental en la que corren el peligro de sumergirse. Porque comprenden que están a punto de perderse, de perderse para su pueblo, esos hombres, con rabia en el corazón y el cerebro enloquecido, se afanan por restablecer el contacto con la savia más antigua, la más anticolonial de su pueblo.
    Vayamos más lejos: quizá esas pasiones y esa ira sean mantenidas o al menos orientadas por la secreta esperanza de descubrir, más allá de esa miseria actual, de ese desprecio de uno mismo, de esa dimisión y esa negación, una era muy hermosa y resplandeciente que nos rehabilite, tanto frente a nosotros mismos como ante los demás. Digo que estoy decidido a ir lejos. Inconscientemente quizá los intelectuales colonizados, ante la imposibilidad de enamorarse de la historia presente de su pueblo oprimido, de maravillarse ante la historia de sus barbaries actuales han decidido ir más lejos, descender más y es, no lo dudemos, con excepcional alegría cómo han descubierto que el pasado no era de vergüenza sino de dignidad, de gloria y de solemnidad. La reivindicación de una cultura nacional pasada no rehabilita sólo, no justifica únicamente una cultura nacional futura. En el plano del equilibrio psicoafectivo provoca en el colonizado una mutación de una importancia fundamental. No se ha demostrado suficientemente quizá que el colonialismo no se contenta con imponer su ley al presente y al futuro del país dominado. El colonialismo no se contenta con apretar al pueblo entre sus redes, con vaciar el cerebro colonizado de toda forma y de todo contenido. Por una especie de perversión de la lógica, se orienta hacia el pasado del pueblo oprimido, lo distorsiona, lo desfigura, lo aniquila. Esa empresa de desvalorización de la historia anterior a la colonización adquiere ahora su significación dialéctica.
    Cuando se reflexiona acerca de los esfuerzos que han desplegado para realizar la enajenación cultural, tan característica de la época colonial, se comprende que nada se ha hecho al azar y que el resultado global buscado por el dominio colonial era efectivamente convencer a los indígenas de que el colonialismo venía a arrancarlos de la noche. El resultado, conscientemente perseguido por el colonialismo, era meter en la cabeza de los indígenas que la partida del colono significaría para ellos la vuelta a la barbarie, a encanallamiento, a la animalización. En el plano del inconsciente, el colonialismo no quería ser percibido por el indígena como una madre dulce y bienhechora que protege al niño contra un medio hostil, sino como una madre que impide sin cesar a un niño fundamentalmente perverso caer en el suicidio, dar rienda suelta a sus instintos maléficos. La madre colonial defiende al niño contra sí mismo, contra su yo, contra su fisiología, su biología, su desgracia ontológica.
    En esta situación, la reivindicación del intelectual colonizado no es un lujo, sino exigencia de programa coherente. El intelectual colonizado que sitúa su lucha en el plano de la legitimidad, que quiere aportar pruebas, que acepta desnudarse para exhibir mejor la historia de su cuerpo está condenado a esa sumersión en las entrañas de su pueblo.
    Esa sumersión no es específicamente nacional. El intelectual colonizado que decide librar combate a las mentiras colonialistas, lo hará en escala continental. El pasado es valorizado. La cultura, que es arrancada del pasado para desplegarla en todo su esplendor, no es la de su país. El colonialismo, que no ha matizado sus esfuerzos, no ha dejado de afirmar que el negro es un salvaje y el negro no era para él ni el angolés ni el nigeriano. Hablaba del Negro. Para el colonialismo, ese vasto Continente era una guarida de salvajes, un país infestado de supersticiones y fanatismo, merecedor del desprecio, con el peso de la maldición de Dios, país de antropófagos, país de negros. La condenación del colonialismo es continental. La afirmación del colonialismo de que la noche humana caracterizó el periodo precolonial se refiere a todo el Continente africano. Los esfuerzos del colonizado por rehabilitarse y escapar de la mordedura colonial, se inscriben lógicamente en misma perspectiva que los del colonialismo. El intelectual colonizado que ha partido de la cultura occidental y que decide proclamar la existencia de una cultura no lo hace jamás en nombre de Angola o de Dahomey. La cultura que se afirma es la cultura africana. El negro, que jamás ha sido tan negro como desde que fue dominado por el blanco, cuando decide probar su cultura, hacer cultura, comprende que la historia le impone un terreno preciso, que la historia le indica una vía precisa y que tiene que manifestar una cultura negra.
    Y es verdad que los grandes responsables de esa racialización del pensamiento, o al menos de los pasos que dará el pensamiento, son y siguen siendo los europeos que no han dejado de oponer la cultura blanca a las demás inculturas. El colonialismo no ha creído necesario perder su tiempo en negar, una tras otra, las culturas de las diferentes naciones. La respuesta del colonizado ser también, de entrada, continental. En África, la literatura colonizada de los últimos veinte años no es una literatura nacional, sino una literatura de negros. El concepto de la "negritud", por ejemplo, era la antítesis afectiva si no lógica de ese insulto que el hombre blanco hacía a la humanidad. Esa negritud opuesta al desprecio del blanco se ha revelado en ciertos sectores como la única capaz de suprimir prohibiciones y maldiciones. Como los intelectuales de Guinea o de Kenya se vieron confrontados antes que nada con el ostracismo global, con el desprecio sincrético del dominador, su reacción fue admirarse y elogiarse. A la afirmación incondicional de la cultura europea sucedió la afirmación incondicional de la cultura africana. En general, los cantores de la negritud opusieron la vieja Europa a la joven África, la razón fatigosa a la poesía, la lógica opresiva a la naturaleza piafante; por un lado rigidez, ceremonia, protocolo, escepticismo, por el otro ingenuidad, petulancia, libertad, hasta exuberancia. Pero también irresponsabilidad.
    Los cantores de la negritud no vacilarán en trascender los límites del Continente. Desde América, voces negras van a repetir ese himno con una creciente amplitud. El "mundo negro" surgirá y Busia de Ghana, Birago Diop de Senegal, Hampaté Ba de Sudán, Saint-Clair Drake, de Chicago, no vacilarán en afirmar la existencia de lazos comunes, de líneas de fuerza idénticas.
    El ejemplo del mundo árabe podría proponerse igualmente aquí. Se sabe que la mayoría de los territorios árabes ha estado sometida al dominio colonial. El colonialismo ha desplegado en esas regiones los mismos esfuerzos para arraigar en el espíritu de los indígenas que su historia anterior a la colonización era una historia dominada por la barbarie. La lucha de liberación nacional ha ido acompañada de un fenómeno cultural conocido con el nombre de despertar del Islam. La pasión puesta por los autores árabes contemporáneos en recordar a su pueblo las grandes páginas de la historia árabe es una respuesta a las mentiras del ocupante. Los grandes nombres de la literatura árabe han sido enumerados y el pasado de la civilización árabe ha sido ensalzado con el mismo entusiasmo, el mismo ardor que el de las civilizaciones africanas. Los dirigentes árabes han tratado de resucitar esa famosa Dar. El Islam que irradió tan brillantemente en los siglos xii, xiii y xiv.
    Ahora, en el plano político, la Liga Árabe concretiza esa voluntad de recoger la herencia del pasado y hacerla culminar. Ahora, médicos y poetas árabes se interpelan a través de las fronteras, esforzándose por lanzar una nueva cultura árabe, una nueva civilización árabe. En nombre del arabismo esos hombres se reúnen, en su nombre se esfuerzan por pensar. De todos modos, en el mundo árabe, el sentimiento nacional ha conservado, aun bajo el dominio colonial, una vivacidad que no se encuentra en África. En la Liga Árabe no se advierte esa comunión espontánea de cada uno con todos. Por el contrario, paradójicamente, cada uno trata de cantar las realizaciones de su nación. Como el fenómeno cultural se ha desprendido de la diferenciación que lo caracterizaba en el mundo africano, los árabes no logran siempre borrarse ante el objeto. La vivencia cultural no es nacional, sino árabe. El problema no es todavía asegurar una cultura nacional, captar el movimiento de las naciones, sino asumir una cultura árabe o africana frente a la condenación global expresada por el dominador. En el plano africano, como en el plano árabe, se advierte que la reivindicación del hombre de cultura del país colonizado es sincrética, continental, universalista en el caso de los árabes.
    Esta obligación histórica en la que se han encontrado los hombres de cultura africanos, de racializar sus reivindicaciones, de hablar más de la cultura africana que de cultura nacional va a conducirlos a un callejón sin salida. Tomemos, por ejemplo, el caso de la Sociedad Africana de Cultura. Esta sociedad ha sido creada por intelectuales africanos que deseaban conocerse, intercambiar sus experiencias y sus investigaciones respectivas. El fin de esta sociedad era, pues, afirmar la existencia de una cultura africana, incluir esta cultura en el marco de las naciones definidas, revelar el dinamismo interno de cada una de las culturas nacionales. Pero, al mismo tiempo, esta sociedad respondía a otra exigencia: la de participar en la Sociedad Europea de Cultura, que amenazaba con transformarse en Sociedad Universal de Cultura. Había, pues, en la raíz de esta decisión la preocupación por estar presentes en la cita universal con todas las armas, con una cultura surgida de las entrañas mismas del Continente africano. Pero muy rápidamente esta Sociedad va a mostrar su incapacidad para asumir esas diversas tareas y se limitará a manifestaciones exhibicionistas: mostrar a los europeos que existe una cultura africana, oponerse a los europeos ostentosos y narcisistas, ése será el comportamiento habitual de los miembros de esta Sociedad. Hemos demostrado que esa actitud era normal y se justificaba por la mentira propagada por los hombres de cultura occidental. Pero la degradación de los fines de esa Sociedad va a ahondarse con la elaboración del concepto de negritud. La Sociedad Africana va a convertirse: en la sociedad cultural del mundo negro y tendrá que incluir la diáspora negra, es decir, las decenas de millones de negros repartidos en el Continente americano.
    Los negros que estaré en los Estados Unidos, en América Central o en América del Sur necesitaban, en efecto, ligarse a una matriz cultural. El problema que se les planteaba no era fundamentalmente distinto del que se enfrentaba a los africanos. Respecto de ellos, los blancos de América no se han comportado de manera distinta a la de los que dominaban a los africanos. Hemos visto cómo los blancos se habían acostumbrado a poner a todos los negros en el mismo saco. En el primer congreso de la Sociedad Africana de Cultura, que se celebró en París en 1956, los negros norteamericanos formularon espontáneamente sus problemas en el mismo plano que los de sus congéneres africanos. Los hombres de cultura africanos, al hablar de civilizaciones africanas, reconocían una condición civil racional a los antiguos esclavos. Pero, progresivamente, los negros norteamericanos comprendieron que los problemas existenciales que se les planteaban no coincidían con los que enfrentaban los negros africanos. Los negros de Chicago no se parecían a los nigerianos ni a los habitantes de Tangañica, sino en la medida exacta en que todos se definían en relación con los blancos. Pero tras las primeras confrontaciones, cuando la subjetividad se tranquilizó, los negros norteamericanos advirtieron que los problemas objetivos eran fundamentalmente heterogéneos. Los autobuses de la libertad, donde negros y blancos norteamericanos intentan hacer retroceder la discriminación racial no tienen en sus principios y sus objetivos, sino escasas relaciones con la lucha heroica del pueblo angolés contra el odioso colonialismo portugués. Así en el transcurso del segundo congreso de la Sociedad Africana de Cultura, los negros norteamericanos decidieron la creación de una Sociedad Americana de hombres de cultura negros.
    La negritud encontró su primer límite en los fenómenos que explican la historización de los hombres. La cultura negra, la cultura negro-africana se fraccionaba porque los hombres que se proponían encarnarla comprendían que toda cultura es primero nacional y que los problemas que mantenían alertas a Richard Wright o a Langston Hughes eran fundamentalmente distintos de los que podían afrontar Leopold Senghor o Jomo Kenyatta. Igualmente, algunos estados árabes que habían entonado, sin embargo, el canto prestigioso de la renovación árabe debían percibir que su posición geográfica, la interdependencia económica de su región, eran más fuertes que el pasado que se quería revivir. Así encontramos ahora a los estados árabes orgánicamente ligados a las sociedades mediterráneas de cultura. Es que esos estados están sometidos a presiones modernas, a nuevos circuitos comerciales mientras que las redes que dominaban en la era del esplendor árabe han desaparecido. Pero sobre todo existe el hecho de que los regímenes políticos de ciertos estados árabes son hasta tal punto heterogéneos, ajenos unos a otros, que un encuentro, aun sólo cultura entre esos estados, carece de sentido.
    Se advierte, pues, que el problema cultural, tal como se plantea a veces en los países colonizados, puede dar lugar a graves ambigüedades. La incultura de los negros, la barbarie congénita de los árabes, proclamadas por el colonialismo, debían conducir lógicamente a una exaltación de los fenómenos culturales no ya nacionales sino continentales y singularmente racializados. En África, la orientación de un hombre de cultura es una orientación negro-africana a arábigo-musulmana. No es específicamente nacional. La cultura está cada vez más cortada de la actualidad. Encuentra refugio en un lugar emocional-mente incandescente y se abre difícilmente caminos concretos que serían, sin embargo, los únicos susceptibles de procurarle los atributos de fecundidad, de homogeneidad y de densidad.
    Si la empresa del intelectual colonizado es históricamente limitada contribuye, sin embargo, en gran medida a sostener, a legitimar la acción de los políticos. Y es verdad que la actividad del intelectual colonizado toma algunas veces el aspecto de un culto, de una religión. Pero si se quiere analizar como es necesario esta actitud, se advierte que traduce en el colonizado la toma de conciencia del peligro que le acecha de romper las últimas amarras su pueblo. Esta fe proclamada en la existencia de Una cultura nacional es en realidad un retorna ardiente, desesperado, hacia cualquier cosa. Para asegurar su salvación, para escapar a la supremacía de la cultura blanca el colonizado siente la necesidad de volver hacia las raíces ignoradas, de perderse, suceda lo que suceda, en ese pueblo bárbaro. Porque se siente enajenado, es decir, el centro viviente de contradicciones que amenazan ser insuperables, el colonizado se desprende del pantano en que corría el peligro de hundirse y decide, en cuerpo y alma, aceptar, asumir y confirmar. El colonizado descubre que debe responder por todo y por todos. No sólo es el defensor, acepta ocupar su sitio al lado de los demás y en lo sucesivo puede permitirse reír de su cobardía pasada.
    Ese despego penoso y doloroso es, no obstante, necesario. Por no realizarlo se producirán mutilaciones psicoafectivas extremadamente graves. Individuos sin asideros, sin límites, sin color, apátridas, desarraigados, ángeles. Del mismo modo no será sorprendente oír a algunos colonizados declarar: "En tanto que senegalés y francés... En tanto que argelino y francés... hablo." Llegada la necesidad, si quiere ser verídico, en vez de asumir dos nacionalidades, dos determinaciones, el intelectual árabe y francés, el intelectual nigeriano e inglés escoge la negación de una de esas determinaciones. Casi siempre, no queriendo o no pudiendo escoger, esos intelectuales recogen todas las determinaciones históricas que los han condicionado y se sitúan radicalmente en una "perspectiva universal".
    Es que el intelectual colonizado se ha lanzado con avidez a la cultura occidental. Parecido a los hijos adoptivos, que no abandonan sus investigaciones del nuevo cuadro familiar sino en el momento en que se cristaliza en su mentalidad un núcleo mínimo de seguridad, el intelectual colonizado va a intentar hacer suya la cultura europea. No se contentará con conocer a Rabelais o a Diderot, a Shakespeare o a Edgar Poe, pondrá su cerebro en tensión hasta lograr la más extrema complicidad con esas figuras,

    La dame n’était pas seule
    Elle avait un mari
    Un mari très comme il faut
    Qui citait Racine et Corneille
    Et Voltaire et Rousseau
    Et le Père Hugo et le jeune Musset
    Et Gide et Valéry
    Et tant d'autres encore.2

    "La dama no estaba sola / Tenía un marido / Un marido muy elegante / Que citaba a Racine y a Corneille / A Voltaire y a Rousseau / Al padre Hugo y al joven Musset / A Gide y a Valéry /Ya tantos otros más."

    Peto cuando los partidos nacionalistas movilizan al pueblo en nombre de la independencia nacional, el intelectual colonizado puede rechazar algunas veces esas adquisiciones, que resiente de súbito como enajenantes. De todos modos, es más fácil proclamar que se rechaza que rechazar realmente. Ese intelectual que, por intermedio de la cultura, se había infiltrado en la civilización occidental, que había llegado a formar un solo cuerpo con la civilización europea, es decir, a cambiar de cuerpo, va a advertir que la matriz cultural, que querría asumir por deseo de originalidad, no le ofrece figuras que puedan soportar la comparación con aquéllas, numerosas y prestigiosas, de la civilización del ocupante. La historia, por supuesto, escrita además por occidentales y dirigida a los occidentales, podrá episódicamente valorizar ciertos periodos del pasado africano. Pero, frente al presente de su país, observando con lucimiento, "objetivamente" la situación actual del continente que querría hacer suyo, el intelectual se asusta ante el vacío, la ignorancia, el salvajismo. Siente que tiene que salir de esa cultura blanca, que debe buscar en otra parte, en cualquier parte, y al no encontrar un alimento cultural a la medida del panorama glorioso desplegado por el dominador, el intelectual colonizado va a refluir con frecuencia sobre posiciones emocionales y desarrollará una psicología dominada por una sensibilidad, una sensitividad, una susceptibilidad excepcionales. Este movimiento de repliegue que procede primero de una petición de principios, en su mecanismo interno y su fisonomía evoca sobre todo un reflejo, una contracción muscular.
    Así se explica suficientemente el estilo de los intelectuales colonizados que deciden expresar esta fase de la conciencia en vías de liberarse. Estilo lleno de contrastes, de imágenes, porque la imagen es el puente levadizo que permite a las energías inconscientes desperdigarse por las pradras vecinas. Estilo nervioso, animado de ritmos, poblado por una vida eruptiva. Coloreado también, bronceado, asoleado y violento. Ese estilo, que en un momento dado sorprendió a los occidentales, no es como ha querido afirmarse un carácter racial, sino que traduce antes que nada un cuerpo a cuerpo, revela la necesidad en la que se encuentra ese hombre de lastimarse, de sangrar realmente sangre roja, de liberarse de una parte de su ser que ya encerraba los gérmenes de la podredumbre. Combate doloroso, rápido, donde inevitablemente el músculo debía sustituir al concepto.
    Si en el plano poético esta tendencia alcanza alturas inusitadas, en el plano de la existencia intelectual desemboca frecuentemente en un callejón sin salida. Cuando, en el apogeo del celo por su pueblo, cualquiera que fuera y cualquiera que sea, el intelectual decide reencontrar el camino de la cotidianeidad, no trae de su aventura sino fórmulas terriblemente infecundas. Elogia las costumbres, las tradiciones, los modos de aparecer y su busca forzada, dolorosa, no hace sino evocar una banal intención de exotismo. Es la etapa en que los intelectuales cantan las menores determinaciones del panorama autóctono. El bubu se consagra, el calzado francés o italiano es abandonado en favor de las babuchas. El lenguaje del dominador erosiona con frecuencia los labios. Reencontrar a su pueblo es algunas veces, en esta etapa, querer ser negro, no un negro como los demás sino un verdadero negro, un perro negro, como lo quiere el blanco. Reencontrar a su pueblo es hacerse bubu, hacerse lo más autónomo posible, lo más irreconocible, es cortarse las alas que se habían dejado crecer.
    El intelectual colonizado decide proceder al inventario de las malas maneras aprendidas en el mundo colonial y se apresura a recordar las buenas maneras del pueblo, de ese pueblo del que se ha decidido que detentaba toda la verdad. El escándalo que desencadena esta actitud en las filas de los colonialistas instalados en el territorio fortalece la decisión del colonizado. Cuando los colonialistas, que habían saboreado su victoria sobre esos asimilados, se dan cuenta de que esos hombres a quienes se creía salvados comienzan a disolverse en la negrada, todo el sistema vacila. Cada colonizado ganado, cada colonizado que había servido de testimonio, cuando decide perderse es no sólo un fracaso para la empresa colonial, sino que simboliza la inutilidad y la falta de profundidad de la labor realizada. Cada colonizado que vuelve a atravesar la línea, es una condenación radical del método y del régimen y el intelectual colonizado encuentra en el escándalo que provoca una justificación de su dimisión y un estímulo para perseverar en ella.
    Si quisiéramos encontrar a través de las obras de los escritores colonizados las diferentes fases que caracterizan esa evolución, veríamos perfilarse ante nuestros ojos un panorama en tres tiempos. En una primera fase, el intelectual colonizado prueba que ha asimilado la cultura del ocupante. Sus obras corresponden punto por punto a las de sus homólogos metropolitanos. La inspiración es europea y fácilmente pueden ligarse esas obras a una corriente bien definida de la literatura metropolitana. Es el periodo asimilacionista integral. Se encontrarán en esta literatura del colonizado parnasianos simbolistas y surrealistas.
    En un segundo momento, el colonizado se estremece y decide recordar. Este periodo de creación corresponde aproximadamente a la reinmersión que acabamos de describir. Pero como el colonizado no está inserto en su pueblo, como mantiene relaciones de exterioridad con su pueblo, se contenta con recordar. Viejos episodios de la infancia serán recogidos del fondo de la memoria; viejas leyendas serán reinterpretadas en función de una estética prestada y de una concepción del mundo descubierta bajo otros cielos. Algunas veces esa literatura previa al combate estará dominada por el buen humor y la alegoría. Periodo de angustia, de malestar, experiencia de la muerte, experiencia de la náusea. Se vomita, pero ya, por debajo, se prepara la risa.
    Por último, en un tercer periodo, llamado de lucha, el colonizado —tras haber intentado perderse en el pueblo, perderse con el pueblo— va por el contrario a sacudir al pueblo. En vez de favorecer el letargo del pueblo se transforma en el que despierta al pueblo. Literatura de combate, literatura revolucionaria, literatura nacional. En el curso de esta fase un gran número de hombres y mujeres que antes no habían pensado jamás en hacer una obra literaria, ahora que se encuentran en situaciones excepcionales, en prisión, en la guerrilla o en víspera de ser ejecutados sienten la necesidad de expresar su nación, de componer la frase que exprese al pueblo, de convertirse en portavoces de una nueva realidad en acción.
    El intelectual colonizado se dará cuenta, sin embargo, más tarde o más temprano, de que no se prueba la nación con la cultura, sino que se manifiesta en la lucha que realiza el pueblo contra las fuerzas de ocupación. Ningún colonialismo recibe su legitimidad de la inexistencia cultural de los territorios que domina. Jamás se avergonzará al colonialismo desplegando ante su mirada tesoros culturales desconocidos. El intelectual colonizado, en el momento mismo en que se inquieta por hacer una obra cultural no se da cuenta de que utiliza técnicas y una lengua tomadas al ocupante. Se contenta con revestir esos instrumentos de un tono que pretende ser nacional, pero que recuerda extrañamente al exotismo. El intelectual colonizado que vuelve a su pueblo a través de las obras culturales se comporta de hecho como un extranjero. Algunas veces no vacilará en utilizar los dialectos para manifestar su voluntad de estar lo más cerca posible del pueblo, pero las ideas que expresa, las preocupaciones que lo invaden no tienen nada en común con la situación concreta que conocen los hombres y mujeres de su país. La cultura hacia la cual se inclina el intelectual no es con frecuencia sino un acervo de particularismos. Queriendo apegarse al pueblo, se apega al revestimiento visible. Pero ese revestimiento no es sino el reflejo de una vida subterránea, densa, en perpetua renovación. Esa objetividad, que salta a la vista y que parece caracterizar al pueblo no es, en realidad, sino el resultado inerte y ya negado de adaptaciones múltiples y no siempre coherentes de una sustancia más fundamental que está en plena renovación. El hombre de cultura, en vez de ir en busca de esa sustancia, va a dejarse hipnotizar por esos jirones momificados que, estabilizados, significan por el contrario la negación, la superación, la invención. La cultura no tiene jamás la traslucidez de la costumbre. La cultura evade eminentemente toda simplificación. En su esencia, se opone al hábito que es siempre un deterioro de la costumbre. Querer apegarse a la tradición o reactualizar las tradiciones abandonadas es no sólo ir contra la historia sino contra su pueblo. Cuando un pueblo sostiene una lucha armada o aun política contra un colonialismo implacable, la tradición cambia de significado. Lo que era técnica de resistencia pasiva puede ser radicalmente condenado en este periodo. En un país subdesarrollado en fase de lucha las tradiciones son fundamentalmente inestables y surcadas de corrientes centrifugas. Por eso el intelectual corre el riesgo, frecuentemente, de ir a contracorriente. Los pueblos que han luchado son cada vez más impermeable a la demagogia y si se trata de seguirlos demasiado se muestra uno como vulgar oportunista, como retardatario.
    En el plano de las artes plásticas, por ejemplo, el creador colonizado que a toda costa quiere hacer una obra nacional se limita a una reproducción estereotipada de los detalles. Esos artistas que han profundizado, sin embargo, las técnicas modernas y que han participado en las grandes corrientes de la pintura o de la arquitectura contemporáneas, dan la espalda, impugnan la cultura extranjera y yendo en busca de la verdad nacional favorecen lo que consideran las constantes de un arte nacional. Pero esos seres olvidan que las formas de pensamiento, la alimentación, las técnicas modernas de información, de lenguaje y de vestido han reorganizado dialécticamente el cerebro del pueblo y que las constantes que fueron las alambradas durante el periodo colonial están sufriendo mutaciones terriblemente radicales.
    Ese creador que decide describir la verdad nacional, se vuelve paradójicamente hacia el pasado, hacia lo inactual. Lo que busca en su profunda intencionalidad son las deyecciones del pensamiento, las apariencias, los cadáveres, el saber definitivamente estabilizado. Pero el intelectual colonizado que quiere hacer una obra auténtica debe saber que la verdad nacional es primero que la realidad nacional. Tiene que llegar al núcleo en ebullición donde se prefigura el saber.
    Antes de la independencia, el pintor colonizado era insensible al panorama nacional. Prefería el arte no figurativo o, con mayor frecuencia, se especializaba en las naturalezas muertas. Después de la independencia, su preocupación por acercarse al pueblo lo confinará a la representación de la realidad nacional punto por punto. Se trata de una representación no ritmada, serena, inmóvil que no evoca la vida sino la muerte. Los medios ilustrados se extasían frente a esa verdad bien lograda, pero tenemos derecho a preguntarnos si esa verdad es real, si realmente no es superada, negada, impugnada por la epopeya a través de la cual el pueblo se abre el camino de la historia.
    En el plano de la poesía podríamos hacer las mismas comprobaciones. Después de la fase asimilacionista de la poesía rimada, estalla el ritmo del tam-tam poético. Poesía de rebeldía, pero poesía analítica, descriptiva. El poeta debe comprender, sin embargo, que nada sustituye al compromiso racional e irreversible al lado del pueblo en armas Una vez más citemos a Depestre:

    La dame n’était pas seule
    Elle avait un mari
    Un mari qui savait tout
    Mais à parler franc qui ne savait rien
    Parce que la culture ne va pas sans concessions
    One concession de sa chair et de son sang
    Une concession de soi-même aux autres
    Une concession qui vaut le
    Classicisme et le romantisme
    Et tout ce dont on abreuve notre esprit?3

    "La dama no estaba sola / Tenía un marido / Un marido que sabía todo / Pero, hablando francamente, que no sabía nada / Porque la cultura no se hace sin concesiones / Una concesión de la carne y de la sangre / Una concesión de sí mismo a los demás / Una concesión que vale el / Clasicismo y el romanticismo / Y todo aquello que nutre nuestro espíritu."

    El poeta colonizado que se preocupa por hacer una obra nacional, que se obstina en describir a su pueblo, fracasa porque no hace antes esa concesión fundamental de que habla Depestre. El poeta francés René Char lo comprendió cuando recordó que: "el poema surge de una imposición subjetiva y de una selección objetiva. El poema es una asamblea en movimiento de valores originales determinantes, en relaciones contemporáneas con alguien a quien esta circunstancia hace primero".4
    Sí, el primer deber del poeta colonizado es determinar claramente el tema popular de su creación. No puede avanzarse resueltamente, sino cuando se toma conciencia primero de la enajenación. Todo lo hemos tomado del otro lado. Pero el otro lado no nos da nada sin inclinarnos, por mil desviaciones, en su dirección; sin atraernos, seducirnos, apresarnos a través de diez mil artificios, de cien mil astucias. Tomas es también, en múltiples planos, ser tomado. No basta tratar de desprenderse acumulando las proclamaciones o las negaciones. No basta con unirse al pueblo en ese pasado donde ya no se encuentra sino en ese movimiento oscilante que acaba de esbozar y a partir del cual, súbitamente, todo va a ser impugnado. A ese sitio de oculto desequilibrio, donde se encuentra el pueblo, es adonde debemos dirigirnos porque, no hay que dudarlo, allí se escarcha su alma y se iluminan su percepción y su respiración.
    Keita Fodeba, ahora Ministro del Interior de la República de Guinea, cuando era director de los Ballets Africanos no mixtificó la realidad que le ofrecía el pueblo de Guinea. Con una perspectiva revolucionaria reinterpretó todas las imágenes rítmicas de su país. Pero hizo más. En su obra poética, poco conocida, encontramos una constante preocupación por precisar el momento histórico de la lucha, por delimitar el campo en que se desarrollará la acción, las ideas en torno a las cuales se cristalizará la voluntad popular. He aquí un poema de Keita Fodeba, auténtica invitación a la reflexión, a la desmixtificación, al combate.

    AMANECER AFRICANO

    (Música de guitarra)

    Era el amanecer. La pequeña aldea que había danzado durante media noche al son de los tam-tams despertaba poco a poco. Los pastores semidesnudos y tocando la flauta conducían a los rebaños hacia el valle. Las muchachas, armadas de canarios, se perseguían por el tortuoso sendero de la fuente. En el patio del morabito, un grupo de niños canturreaba en coro versículos del Corán.

    (Música de guitarra)

    Era el amanecer. Combate del día y la noche. Pero ésta, extenuada, no podía más y lentamente expiraba. Algunos rayos de sol, señal que anticipaba esta victoria del día, arrastraban todavía, tímidas y pálidas, en el horizonte, las últimas estrellas que se deslizaban suavemente bajo las nubes, como framboyanes en flor.

    (Música de guitarra)

    Era el amanecer. Y allá al fondo de la vasta llanura de contornos de púrpura, una silueta de hombre encorvado cavaba la tierra: silueta de Naman, el agricultor. A cada golpe de su daba, los pájaros asustados volaban hasta las apacibles riberas del Djoliba, el gran río nigeriano. Su pantalón de algodón gris, húmedo de rocío, sacudía la hierba a sus costados. Sudaba, infatigable, siempre encorvado, manejando hábilmente su herramienta; porque era ¡necesario que sus semillas estuvieran sembradas antes de las próximas lluvias.

    (Música de coro)

    Era el amanecer. Siempre el amanecer. Los come-mijo, ¡en el follaje, revoloteaban anunciando el día. En la pista húmeda de la llanura, un niño con su pequeño carcaj colgado, corría sin aliento hacia Naman. Le dijo: "Hermano Naman, el jefe de la aldea quiere verte bajo el árbol de las conversaciones."

    (Música de coro)

    Sorprendido ante una llamada tan matinal, el cultivador dejó su herramienta y caminó hacia la aldea que ahora brillaba al resplandor del sol naciente. Ya los Ancianos, más graves que nunca, estaban sentados. Al lado de ellos un hombre uniformado, un agente impasible, fumaba tranquilamente su pipa.

    (Música de coro)

    Naman se sentó sobre una piel de carnero. El vocero del jefe se levantó para transmitir a la asamblea la voluntad de los Ancianos: "Los Blancos han enviado un agente para solicitar que un hombre de la aldea vaya a la guerra en su país. Los notables, después de deliberar, han decidido designar al joven más representativo de nuestra raza para que vaya a probar en la batalla de los Blancos el coraje que siempre ha caracterizado a nuestro Mandinga."

    (Música de guitarra)

    Naman, cuya imponente estatura y apariencia muscular elogiaban cada noche las muchachas en coplas armoniosas, fue designado de oficio. La dulce Kadia, su joven esposa, conmovida por la noticia, dejó de repente de moler, puso el mortero en el granero y, sin decir palabra, se encerró en su choza para llorar su desgracia entre sollozos ahogados: La muerte le había arrebatado a su primer marido y no podía concebir que los Blancos le arrebataran a Naman, en quien descansaban todas sus nuevas esperanzas.

    (Música de guitarra)

    Al día siguiente, a pesar de sus lágrimas ? sus quejas, el sonido grave de los tam-tams de guerra acompañó a Naman hasta el pequeño muelle de la aldea donde se embarcó en una chalana con destino a la cabecera de la región. Por la noche, en vez de bailar en la plaza pública como era la costumbre, las muchachas velaron en la antecámara de Naman, donde hablaron hasta la mañana en torno a la lumbre.

    (Música de guitarra)
    Varios meses pasaron sin que ninguna noticia de Naman llegara a la aldea. La pequeña Kadia estaba tan inquieta que recurrió al experto mago de la aldea vecina. Los mismos Ancianos sostuvieron un breve conciliábulo secreto sobre el tema, del que nada se supo.

    (Música de coro)

    Un día por fin llegó a la aldea una carta de Naman dirigida a Kadia. Ésta, preocupada por la situación de su esposo, fue esa misma noche, tras penosas horas de camino, a la cabecera de la región donde un traductor leyó la misiva.
    Naman estaba en África del Norte, con buena salud y pedía noticias de la cosecha, de las fiestas della mare, de las danzas, del árbol de las conversaciones, de la aldea...

    (Balafong)

    Esa noche, las comadres permitieron que la joven Kadia asistiera, en el patio de las más ancianas, a sus pláticas acostumbradas de la noche. El jefe de la aldea, contento con la noticia, ofreció un gran festín a todos los mendigos de los alrededores.

    (Balafong)

    Pasaron todavía varios meses y todos volvieron a estar ansiosos porque no se sabía nada de Naman. Kadia pensaba ir de nuevo a consultar al mago cuando recibió una segunda carta. Naman, después de Córcega e Italia, estaba ahora en Alemania y se felicitaba por haber sido ?? condecorado.

    (Balafong)

    Otra vez fue una simple carta informando que Naman había caído prisionero de los alemanes. Esta noticia pesó mucho sobre la aldea. Los Ancianos celebraron consejo y decidieron que Naman quedaba autorizado para danzar el Douga, esa danza sagrada del buitre que nadie baila sin haber realizado una acción importante, esa danza de los emperadores malinkés cada uno de cuyos pasos es una etapa de la historia de Mali. Fue un consuelo para Kadia ver cómo elevaban a su marido a h dignidad de los héroes del país.

    (Música de guitarra)

    Pasó el tiempo... Pasaron dos años... Naman seguía en Alemania. Ya no escribía.

    (Música de guitarra)

    Un buen día, el jefe de la aldea recibió de Dakar un mensaje que anunciaba la próxima llegada de Naman. En seguida vibraron los tam-tams. Se bailó ? se cantó hasta el amanecer, has muchachas compusieron nuevas tonadas para la recepción porque las que antes le estaban dedicadas no decían nada del Douga, esa célebre danza del Mandinga.

    (Tams-tams)

    Pero, un mes más tarde, el cabo Moussa, un gran amigo de Naman, dirigió esta trágica carta a Kadia: "Era al amanecer. Estábamos en Tiaroye-sur-Mer. En una gran contienda contra nuestros jefes blancos de Dakar, una bala traicionó a Naman. Descansa en tierra senegalesa."

    (Música de guitarra)

    Efectivamente, era el amanecer. Los primeros rayos de sol apenas rozaban la superficie del mar, doraban sus pequeñas olas encrespadas. Al soplo de la brisa, las palmeras, como asqueadas por ese combate matinal, inclinaban suavemente sus troncos hacia el océano. Los cuervos, en bandadas ruidosas, venían a anunciar a los alrededores, con sus graznidos, la tragedia que ensangrentaba el alba de Tiaroye. .. Y, en el azur incendiado, precisamente encima del cadáver de Naman, un gigantesco buitre planeaba pesadamente. Parecía decirle: "¡Naman! No bailaste esa danza que lleva mi nombre. Otros la bailarán."

    (Música de coro)

    Si he escogido este largo poema, es por su indudable valor pedagógico. Aquí las cosas son claras. Es una exposición precisa, progresiva. La comprensión del poema no es sólo una actividad intelectual, sino una actividad política. Comprender ese poema es comprender el papel que hay que desempeñar, reconocer el propio camino, bruñir las armas. No hay un colonizado que no reciba el mensaje contenido en este poema. Naman, héroe de los campos de batalla de Europa, Naman que no deja de asegurar a la metrópoli poder y perennidad, Naman ametrallado por las fuerzas de policía en el momento en que vuelve a establecer contacto con la tierra natal es Setif en 1945, Fort de France, Saigon, Dakar, Lagos. Todos esos negros y todos esos bicots que pelearon para defender la libertad de Francia o la civilización británica se identifican en ese poema de Keita Fodeba.
    Pero Keita Fodeba ve más lejos. En los países colonizados, el colonialismo después de haber utilizado a los indígenas en los campos de batalla, los utiliza como ex combatientes para aplastar los movimientos de independencia. Las asociaciones de antiguos combatientes son en las colonias una de las fuerzas más antinacionalistas. El poeta Keita Fodeba preparaba al ministro del Interior de la República de Guinea para desenmascarar los complots organizados por el colonialismo francés. Fue, en efecto, con la ayuda de los antiguos combatientes cómo los servicios secretos franceses planeaban, entre otros medios, aplastar la nueva independencia de Guinea.
    El hombre colonizado que escribe para su pueblo, cuando utiliza el pasado debe hacerlo con la intención de abrir el futuro, de invitar a la acción, de fundar la esperanza. Pero para asegurar la esperanza, para darle densidad, hay que participar en la acción, comprometerse en cuerpo y alma en la lucha nacional. Puede hablarse de todo, pero cuando se decide hablar de esa cosa única en la vida de un hombre que representa el hecho de abrir el horizonte, de llevar la luz a la propia tierra, de levantarse a sí mismo y a su pueblo, entonces hay que colaborar muscularmente.
    La responsabilidad del hombre de cultura colonizado no es una responsabilidad frente a la cultura nacional, sino una responsabilidad global frente a la nación como un todo, de la que la cultura no es, en definitiva, sino un aspecto. El hombre de cultura colonizado no debe preocuparse por escoger el nivel de su lucha, el sector donde decide dar la lucha nacional. Luchar por la cultura nacional es, en primer lugar, luchar por la liberación de la nación, matriz material a partir de la cual resulta posible la cultura. No hay un combate cultural que se desarrolle paralelamente a la lucha popular. Por ejemplo, todos esos hombres y mujeres que luchan con los puños desnudos contra el colonialismo francés en Argelia no son ajenos a la cultura nacional argelina. La cultura nacional argelina cobra cuerpo y consistencia en el curso de esos combates, en la cárcel, frente a la guillotina, en los puestos militares franceses sitiados y destruidos.
    No hay que contentarse, pues, con rastrear en el pasado del pueblo para encontrar allí elementos de coherencia que enfrentar a las empresas falsificadoras y peyorativas del colonialismo. Hay que trabajar, luchar con el mismo ritmo que el pueblo para precisar el futuro, preparar el terreno donde ya crecen retoños vigorosos. La cultura nacional no es el folklore donde un populismo abstracto ha creído descubrir la verdad del pueblo. No es esa masa sedimentada de gestos puros, es decir, cada vez menos atribuibles a la realidad presente del pueblo. La cultura nacional es el conjunto de esfuerzos hechos por un pueblo en el plano del pensamiento para describir, justificar y cantar la acción a través de la cual el pueblo se ha constituido y mantenido. La cultura nacional, en los países subdesarrollados, debe situarse, pues, en el centro mismo de la lucha de liberación que realizan esos países. Los hombres de cultura africanos que luchan todavía en nombre de la cultura negro-africana, que han multiplicado los congresos en nombre de la unidad de esa cultura, deben comprender ahora que su actividad se ha reducido a examinar piezas o comparar sarcófagos.
    No hay comunidad de destino de las culturas nacionales senegalesa y guinea, sino comunidad de destino de las naciones guinea y senegalesa dominadas por el mismo colonialismo francés. Si se quiere que la cultura nacional senegalesa se parezca a la cultura nacional guinea, no basta que los dirigentes de los dos pueblos decidan plantear los problemas en perspectivas parecidas: problema de la liberación, problemas sindicales, problemas económicos. Aun entonces no podría haber identidad absoluta porque el ritmo del pueblo y el de los dirigentes no son uniformes.
    No podría haber culturas rigurosamente idénticas. Imaginar que se va a hacer una cultura negra es olvidar singularmente que los negros están en vías de desaparecer, puesto que aquellos que los han creado están contemplando la disolución de su supremacía económica y cultural.5 No habrá cultura negra porque ningún político piensa tener vocación para dar origen a repúblicas negras. El problema está en saber el sitio que esos hombres piensan reservar a su pueblo, el tipo de relaciones sociales que decidan instaurar, la concepción que tienen del futuro de la humanidad. Eso es lo que cuenta. Todo lo demás es literatura y mixtificación.
    En 1959, los hombres de cultura africanos reunidos en Roma no dejaron de hablar de la unidad. Pero uno de los mayores cantores de esa unidad cultural, Jacques Rabe-mananjara, es ahora ministro del gobierno malgache y, como tal, decidió con su gobierno tomar posición contra el pueblo argelino en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Rabe, si fuera fiel a sí mismo, habría debido presentar su dimisión a ese' gobierno, denunciar a los hombres que pretenden encarnar la voluntad del pueblo malgache. Los 90 mil muertos de Madagascar no dieron a Rabe la misión de oponerse, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, a las aspiraciones del pueblo argelino.
    La cultura negro-africana se condensa en torno a la lucha de los pueblos y no en torno a los cantos, los poemas o el folklore; Senghor, que es igualmente miembro de la Sociedad Africana de Cultura y que ha trabajado con nosotros en torno a esta cuestión de la cultura africana, no vaciló tampoco en ordenar a su delegación que apoyara las tesis franceses sobre Argelia. La adhesión a la cultura negro-africana, a la unidad cultural de África exige primero un apoyo incondicional a la lucha de liberación de los pueblos. No puede desearse el esplendor de la cultura africana, si no se contribuye concretamente a la existencia de las condiciones para esa cultura, es decir, a la liberación del Continente.
    Afirmo que ningún discurso, ninguna proclamación sobre la cultura nos desviarán de nuestras tareas fundamentales, que son la liberación del territorio nacional, una lucha constante contra las nuevas formas del colonialismo y una negación obstinada a ilusionarnos en la cima.

    FUNDAMENTOS RECÍPROCOS DE LA CULTURA NACIONAL Y LAS LUCHAS DE LIBERACIÓN

    El dominio colonial, por ser total y simplificador, tiende de inmediato a desintegrar de manera espectacular la existencia cultural del pueblo sometido. La negación de la realidad nacional, las relaciones jurídicas nuevas introducidas por la potencia ocupante, el rechazo a la periferia, por la sociedad colonial, de los indígenas y sus costumbres, las expropiaciones, el sometimiento sistemático de hombres y mujeres hacen posible esa obliteración cultural. 
    Hace tres años demostré, en nuestro primer congreso, que el dinamismo es sustituido muy pronto, en la situación colonial, por una sustantificación de las actitudes. El área cultural es delimitada entonces por muros, por postes indicadores. Son otros tantos mecanismos de defensa del tipo más elemental, asimilables por más de un motivo al simple instinto de conservación. El interés de este periodo es que el opresor llegue a no contentarse ya con la inexistencia objetiva de la nación y de la cultura oprimida. Se hacen todos los esfuerzos para llevar al colonizado a confesar abiertamente la inferioridad de su cultura transformada en conductas instintivas, a reconocer la irrealidad de su nación y, en última instancia, el carácter desorganizado y no elaborado de su propia estructura biológica.
    Frente a esta situación, la reacción del colonizado no es unitaria. Mientras que las masas mantienen intactas las tradiciones más heterogéneas respecto de la situación colonial, mientras que el estilo artesanal se solidifica en un formalismo cada vez más estereotipado, el intelectual se lanza frenéticamente a una adquisición furiosa de la cultura del ocupante, cuidándose de caracterizar peyorativamente su cultura nacional, o se limita a la enumeración circunstanciada, metódica, pasional y rápidamente estéril de esta cultura.
    El carácter común de esas dos tentativas es que desembocan una y otra en contradicciones insoportables. Tránsfuga o sustancialista, el colonizado es ineficaz porque precisamente el análisis de la situación colonial no es realizado rigurosamente. La situación colonial paraliza, casi totalmente, la cultura nacional. No hay, no podría haber cultura nacional, vida cultural nacional, inventos culturales o transformaciones culturales nacionales en el marco de una dominación colonial. Aquí y allá surgen a veces intentos audaces de reimpulsar el dinamismo cultural, de reorientar los temas, las formas, las tonalidades.
    El interés inmediato, palpable, evidente de esos sobresaltos es nulo. Pero, llevando sus consecuencias hasta el límite extremo, se advierte que se prepara una despacificación de la conciencia nacional, una impugnación de la opresión, una apertura a la lucha de liberación.
    La cultura nacional es, bajo el dominio colonial, una cultura impugnada, cuya destrucción es perseguida de manera sistemática. Muy pronto es una cultura condenada a la clandestinidad. Esta noción de clandestinidad es percibida de inmediato en las reacciones del ocupante, que interpreta la complacencia en las tradiciones como una fidelidad al espíritu nacional, como una negación a someterse. Esta persistencia de formas culturales condenadas por la sociedad colonial es ya una manifestación nacional. Pero esta manifestación obedece a las leyes de la inercia. No hay ofensiva, no hay nueva definición de las relacionas. Hay crispamiento en un núcleo cada vez más estrecho, cada vez más inerte, cada vez más vacío.
    Al cabo de uno o dos siglos de explotación, se produce un verdadero empobrecimiento del panorama cultural nacional. La cultura nacional se convierte en un acervo de hábitos motrices, de tradiciones de vestimenta, de instituciones despedazadas. Se advierte escasa movilidad. No hay verdadera creatividad, no hay efervescencia. Miseria del pueblo, opresión nacional e inhibición de la cultura son una misma cosa. Tras un siglo de dominio colonial se encuentra una cultura rígida en extremo, sedimentada, mineralizada. El deterioro de la realidad nacional y la agonía de la cultura nacional mantienen relaciones de dependencia recíproca. Por eso resulta capital seguir la evolución de esas relaciones en el curso de la lucha de liberación. La negación cultural, el desprecio por las manifestaciones nacionales motrices o emocionales, la proscripción de toda especialidad de organización contribuyen a engendrar conductas agresivas en el colonizado. Pero esas conductas son de carácter reflejo, mal diferenciadas, anárquicas, ineficaces. La explotación colonial, la miseria, el hambre endémica empujan cada vez más al colonizado a la lucha abierta y organizada. Progresivamente y de manera imperceptible la necesidad de un enfrentamiento decisivo se hace urgente y es experimentada por la gran mayoría del pueblo. Las tensiones, inexistentes antes, se multiplican. Los acontecimientos internacionales, el desplome en grandes pedazos de los imperios coloniales, las contradicciones inherentes al sistema colonialista sostienen y fortalecen la combatividad, promueven y dan fuerza a la conciencia nacional.
    Esas nuevas tensiones, presentes en todas las etapas de la realidad colonial, repercuten en el plano cultural. En literatura, por ejemplo, hay relativa superproducción. De réplica menor del dominador que era, la producción autóctona se diferencia y se convierte en voluntad particularizante. Esencialmente consumidora durante la etapa de opresión, la intelligentzia se vuelve productora. Esta literatura se limita primero voluntariamente al género poético y trágico. Después se abordarán las novelas, los cuentos y los ensayos. Parece existir una especie de organización interna, una ley de la expresión que quiere que las manifestaciones poéticas escaseen a medida que se precisan los objetivos y los métodos de la lucha de liberación. Los temas se renuevan fundamentalmente. En realidad, cada vez se encuentran menos esas recriminaciones amargas y desesperadas, esas violencias abiertas y sonoras que, en definitiva, tranquilizan al ocupante. Los colonialistas, en el periodo anterior, alentaron esos intentos, les facilitaron la existencia. Las denuncias aceradas, las miserias manifiestas, la pasión expresada son asimiladas efectivamente por el ocupante a una operación de catarsis. Facilitar esas operaciones es, en cierto sentido, evitar la dramatización, aligerar la atmósfera.
    Pero esta situación no puede ser sino transitoria. En efecto, el progreso de la conciencia nacional en el pueblo modifica y precisa las manifestaciones literarias del intelectual colonizado. La cohesión persistente del pueblo constituye para el intelectual una invitación a ir más allá del grito. El lamento da paso a la acusación y a la llamada. En el periodo siguiente aparece la consigna. La cristalización de la conciencia nacional va a transformar los géneros y los temas literarios y, al mismo tiempo, a crear un nuevo público. Mientras que al principio el intelectual colonizado producía exclusivamente para el opresor, sea para halagarlo o para denunciarlo a través de categorías étnicas o subjetivistas, progresivamente adopta el hábito de dirigirse a su pueblo.
    Sólo a partir de ese momento puede hablarse de literatura nacional. Hay, en el plano de la creación literaria, reformulación y clarificación de los temas típicamente nacionalistas. Es la literatura de combate propiamente dicha, en el sentido de que convoca a todo un pueblo a la lucha por la existencia nacional. Literatura de combate, porque informa la conciencia nacional, le da forma y contornos y le abre nuevas e ilimitadas perspectivas. Literatura de combate, porque se responsabiliza, porque es voluntad temporalizada.
    En otro nivel, la literatura oral, los cuentos, las epopeyas, los cantos populares antes transcritos y fijados empiezan a transformarse. Los cuentistas que recitaban episodios inertes los animan e introducen modificaciones cada vez más fundamentales. Hay intento de actualizar los conflictos, de modernizar las formas de lucha evocadas, los nombres de los héroes, el tipo de las armas. El método alusivo se hace cada vez más frecuente. A la fórmula: "Hace mucho tiempo" la sustituye otra más ambigua: "Lo que vamos a contar pasó en alguna parte, pero habría podido pasar aquí hoy o mañana." El ejemplo de Argelia es significativo a este respecto. A partir de 1952-53 los narradores de cuentos, estereotipados y fatigosos para los oyentes, transformaron totalmente sus métodos de exposición y el contenido de sus relatos. El público, antes escaso, se vuelve compacto. La epopeya, con sus categorías de tipificación, reaparece. Es un auténtico espectáculo que recupera valor cultural. El colonialismo no se equivocó cuando, desde 1955, procedió al arresto sistemático de estos narradores.
    El contacto del pueblo con la nueva gesta suscita un nuevo ritmo respiratorio, tensiones musculares olvidadas y desarrolla la imaginación. Cada vez que el narrador expone frente a su público un episodio nuevo, asistimos a una verdadera invocación. Se le revela al público la existencia de un nuevo tipo de hombre. El presente no está ya cerrado sobre sí mismo sino acuartelado. El narrador libera su imaginación, innova, hace obra creadora. Sucede inclusive que figuras mal preparadas para esta trasmutación, bandidos de despoblado o vagabundos más o menos asociales sean recogidas y reformadas. Hay que seguir paso a paso en un país colonizado el surgimiento de la imaginación, de la creación en las canciones y los relatos épicos populares. El cuentista responde por aproximaciones sucesivas a la expectación del pueblo y marcha, aparentemente solitario, pero en realidad apoyado por su ayuda, en busca de modelos nuevos, de modelos nacionales. La comedia y la farsa desaparecen o pierden su atractivo. En cuanto a la dramatización, no se sitúa ya en el plano de la conciencia en crisis del intelectual. Perdiendo sus caracteres de desesperación y de rebeldía, se ha convertido en la suerte común del pueblo, en parte de una acción en preparación o ya en curso.
    En el plano artesanal, las formas sedimentadas y como tensas de estupor, progresivamente se relajan. El trabajo en madera, por ejemplo, que reeditaba por millares ciertas caras o ciertas posiciones, se diferencia. La máscara inexpresiva o trastornada se anima y los brazos tienden a alejarse del cuerpo, a esbozar la acción. La composición de dos, tres, cinco personajes aparece. Las escuelas tradicionales son invitadas a la creación con el surgimiento en avalancha de aficionados o disidentes. Este vigor nuevo en ese sector de la vida cultural pasa con frecuencia inadvertido. Sin embargo, su contribución a la lucha nacional es capital. Al animar caras y cuerpos, al tomar como tema de creación un grupo atornillado sobre un mismo pedestal el artista invita al movimiento organizado.
    Si se estudian las repercusiones del despertar de la conciencia nacional en el campo de la cerámica o de la alfarería, pueden señalarse las mismas observaciones. Las creaciones abandonan su formalismo. Cántaros, vasijas, bandejas varían, primero de manera imperceptible y después en forma brutal. Los colores, antes restringidos en número y que obedecían a leyes armónicas tradicionales se multiplican y sufren el contragolpe del impulso revolucionario. Algunos ocres, algunos azules, prohibidos al parecer desde siempre dentro de un área cultural dada, se imponen sin escándalo. Igualmente la no figuración del semblante humano característica según los sociólogos de regiones perfectamente delimitadas, se convierte de pronto en algo absolutamente relativo. El especialista metropolitano, el etnólogo perciben pronto esas mutaciones. En general, todas esas mutaciones son condenadas en nombre de un estilo artístico codificado, de una vida cultural desarrollada dentro de la situación colonial. Los especialistas colonialistas no reconocen esa nueva forma y apoyan las tradiciones de la sociedad autóctona. Son los colonialistas los que se convierten en defensores del estilo autóctono. Recordamos perfectamente, y el ejemplo reviste cierta importancia porque no se trata totalmente de una realidad colonial, las reacciones de los especialistas blancos del jazz cuando, después de la segunda Guerra Mundial, cristalizaron de manera estable nuevos estilos como el be-bop. Es que el jazz no debe ser sino la nostalgia quebrada y desesperada de un viejo negro atrapado entre cinco whiskies, su propia maldición y el odio racista de los blancos. Cuando el negro se comprende a sí mismo y concibe el mundo de una manera distinta, hace nacer la esperanza e impone un retroceso al universo racista, es claro que su trompeta tiende a destaparse y su voz a perder la ronquera. Los nuevos estilos en materia de jazz no surgen sólo de la competencia económica. Hay que ver en ellos, sin duda, una de las consecuencias de la derrota, inevitable aunque lenta, del mundo sureño de los Estados Unidos. Y no resulta utópico suponer que en unos cincuenta años la categoría jazz-grito hipada, de un pobre negro maldito, será defendida sólo por los blancos fieles a la imagen estereotipada de un tipo de relaciones, de una forma de la negritud.
    Podríamos igualmente buscar y encontrar, en el plano de la danza, del canto melódico, de los ritos, de las ceremonias tradicionales el mismo impulso, advertir las mismas mutaciones, la misma impaciencia. Mucho antes de la fase política o armada de la lucha nacional, un lector atento puede sentir, pues, y ver cómo se manifiesta el nuevo vigor, la lucha próxima. Formas de expresión desacostumbradas, temas inéditos y dotados de una fuerza no ya de invocación sino de agrupación, de convocación "con un fin". Todo concurre para despertar la sensibilidad del colonizado, para hacer inactuales, inaceptables, las actitudes contemplativas o de fracaso. Al renovar las intenciones y la dinámica de la artesanía, de la danza y de la música, de la literatura y la epopeya oral, el colonizado reestructura su percepción. El mundo pierde su carácter maldito. Se dan las condiciones para la inevitable confrontación.
    Hemos asistido a la aparición del movimiento en las manifestaciones culturales. Hemos visto cómo ese movimiento, esas nuevas formas estaban ligadas a la maduración de la conciencia nacional. Pero ese movimiento tiende cada vez más a objetivarse, a institucionalizarse. De ahí la necesidad de una existencia nacional cueste lo que cueste.
    Uno de los errores, difícilmente sostenible por lo demás, es intentar inventos culturales, tratar de revalorizar la cultura autóctona dentro del marco del dominio colonial. Por eso llegamos a una tesis aparentemente paradójica: en un país colonizado, el nacionalismo más elemental, el más brutal, el más indiferenciado es la forma más ferviente y más eficaz de defensa de la cultura nacional. La cultura es, en primer lugar, expresión de una nación, de sus preferencias, de sus tabús, de sus modelos. En todos los niveles de la sociedad global se constituyen otros tabús, otros valores, otros modelos. La cultura nacional es la suma de todas esas apreciaciones, la resultante de las tensiones internas y externas en la sociedad global y en las diferentes capas de esa sociedad. En la situación colonial, la cultura, privada del doble sostén de la nación y del Estado se deteriora y agoniza. La condición de existencia de la cultura es, por tanto, la liberación nacional, el renacimiento del Estado.
    La nación no es sólo condición de la cultura, de su efervescencia, de su continua renovación, de su profundización. Es también una exigencia. Es, en primer lugar, el combate por la existencia nacional lo que levanta el bloqueo de la cultura, lo que le abre las puertas de la creación. Más tarde la nación asegurará a la cultura las condiciones, el marco de expresión. La nación reúne para la cultura los distintos elementos indispensables, los únicos que pueden conferirle credibilidad, validez, dinamismo, creatividad. Es igualmente su carácter nacional lo que hará a la cultura permeable a las demás culturas y le permitirá influir, penetrar a otras culturas. Lo que no existe no puede actuar sobre la realidad, ni siquiera influir en esa realidad. Es necesario primero que el restablecimiento de la nación dé vida, en el sentido más biológico del término, a la cultura nacional.
    Hemos seguido, pues, el quebrantamiento cada vez más esencial de los viejos sedimentos culturales y hemos percibido, en vísperas del combate decisivo por la liberación nacional, la renovación de la expresión, el arranque de ¡a imaginación.
    Queda por plantear una cuestión fundamental. ¿Cuáles son las relaciones que existen entre la lucha, el conflicto —político o armado— y la cultura? ¿Se suspende la cultura durante el conflicto? ¿Es la lucha nacional una manifestación cultural? ¿Hay que afirmar, por último, que el combate liberador, aunque fecundo a posteriori para la cultura, es en sí mismo una negación de la cultura? ¿Es o no la lucha de liberación un fenómeno cultural?
    Creemos que la lucha organizada y consciente emprendida por un pueblo colonizado para restablecer la soberanía de la nación constituye la manifestación más plenamente cultural que existe. No es únicamente el triunfo de la lucha lo que da validez y vigor a la cultura, no hay amodorramiento de la cultura durante el combate. La lucha misma, en su desarrollo, en su proceso interno desarrolla las diferentes direcciones de la cultura y esboza otras nuevas. La lucha de liberación no restituye a la cultura nacional su valor y sus antiguos contornos. Esta lucha, que tiende a una redistribución fundamental de las relaciones entre los hombres, no puede dejar intactas ni las formas ni los contenidos culturales de ese pueblo. Después de la lucha no sólo desaparece el colonialismo, sino que también desaparece el colonizado.
    Esta nueva humanidad, para sí y para los otros, no puede dejar de definir un nuevo humanismo. En los objetivos y los métodos de la lucha se prefigura ese nuevo humanismo. Una lucha que moviliza todas las capas del pueblo, que expresa las intenciones y las impaciencias del pueblo, que no teme apoyarse casi exclusivamente en ese pueblo, es necesariamente victoriosa. El valor de ese tipo de lucha es que realiza el máximo de condiciones para el desarrollo y la creación culturales. Después de la liberación nacional, obtenida en esas condiciones, no existe esa indecisión cultural tan dolorosa que se encuentra en ciertos países recién independizados. Es que la nación en su forma de advenimiento al mundo, en sus modalidades de existencia influye fundamentalmente en la cultura. Una nación surgida de la acción concertada del pueblo, que encarna las aspiraciones reales del pueblo, que modifica al Estado no puede existir sino en medio de excepcionales formas de fecundidad cultural.
    Los colonizados que se inquietan por la cultura de su país y quieren darle dimensión universal no deben confiar, pues, únicamente, en el principio de la independencia inevitable y sin arraigo, en la conciencia del pueblo para realizar esta tarea. La liberación nacional como objetivo es una cosa, los métodos y el contenido popular de la lucha son otra. Nos parece que el futuro de la cultura, la riqueza de una cultura nacional se dan igualmente en función de los valores que han rodeado a la lucha liberadora.
    Y ha llegado el momento de denunciar el fariseísmo de algunos. La reivindicación nacional, se dice aquí y allá, es una fase quería humanidad ha superado. Ha llegado la hora de los grandes conjuntos y los anticuados del nacionalismo deben corregir, en consecuencia, sus errores. Creemos, por el contrario, que el error, cargado de consecuencias, consistiría en querer salvar la etapa nacional. Si la cultura es la manifestación de la conciencia nacional, no vacilaría en afirmar, en el caso que nos ocupa, que la conciencia nacional es la forma más elaborada de la cultura.
    La conciencia de sí no es cerrazón a la comunicación. La reflexión filosófica nos enseña, al contrario, que es su garantía. La conciencia nacional, que no es el nacionalismo, es la única que nos da dimensión internacional. Este problema de la conciencia nacional, de la cultura nacional adquiere en África dimensiones singulares. El surgimiento de la conciencia nacional en África sostiene con la conciencia africana relaciones de estricta contemporaneidad. La responsabilidad del africano frente a su cultura nacional es también responsabilidad frente a la cultura negro-africana. Esta responsabilidad conjunta no se debe a un principio metafísico, sino que es la conciencia de una ley trivial que postula que toda nación independiente, en África donde el colonialismo sigue aferrado, sea una nación sitiada, frágil, en peligro permanente.
    Si el hombre es su obra, afirmaremos que lo más urgente actualmente para el intelectual africano es la construcción de su nación. Si esa construcción es verdadera, es decir, si traduce la voluntad manifiesta del pueblo, si revela, en su impaciencia, a los pueblos africanos, entonces la construcción nacional va acompañada necesariamente del descubrimiento y la promoción de valores universales. Lejos de alejarse, pues, de otras naciones, es la liberación nacional la que hace presente a la nación en el escenario de la historia. Es en el corazón de la conciencia nacional donde se eleva y se aviva la conciencia internacional. Y ese doble nacimiento no es, en definitiva, sino el núcleo de toda cultura.

    Comunicación dirigida al Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros, Roma, 1959.


    MAS: http://www.elortiba.org/fanon3.html

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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