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    sábado, 28 de marzo de 2015

    Tomás Eloy Martínez Lugar común la muerte

    Editorial Alfaguara, Montevideo, 2009.


    El profeta
    Apareció arrastrando las pantuflas, con la cara sumida y quieta, sin decir otra cosa que "Aquí está el viejo", como si las palabras no sonaran afuera de él sino adentro, entre los pobres huesos embozados bajo la bata de cama. Hasta que se dejó caer en un sillón raído y volvió la mirada hacia la ventana: por la vere­da paseaban marineros y ciclistas, y el sol de la siesta se batía en lucha libre con el viento.
    Apoyó los pies en las riberas de una Remington prehistórica, custodiada por dos altos pedestales de libros: en el tope estaba el último, Realidad y fantasía en Balzac, un desaguadero de 900 páginas que había brotado, cinco años atrás, de cierto artículo breve escri­to para la Unesco. Debajo, el silencio de los críticos seguía dejando su estela sobre otros libros inadverti­dos: Las 40(1957), Exhortaciones (1958), y aun el memorable Diferencias y semejanzas entre los países de América latina, que la Universidad Nacional Autónoma de México había distribuido en 1963 a un público de argentinos desdeñosos.
    "Soy un ídolo en desgracia", dijo con naturali­dad, como si aludiera a otro. No era preciso: bastaba revisar los vituperios que se habían acumulado en tor­no de él desde 1957 (cuando, sin dejar de apostrofar a Perón, exigió que se pusiera fin a las desventuras del pueblo peronista: el mismo pueblo al que, un año antes, él había confundido con una panoplia de canallas); bastaba advertir la soledad de su confinamiento y el menosprecio en que lo habían sumido los profesores y los académicos para saber que tenía razón: el ídolo era ahora un muerto de cuidado.
    El14 de septiembre iba a cumplir 69 años, pero el cuerpo daba cabida a muchos años más: las enfermedades del pasado volvían a él como si las atrajera el recuerdo de sus antiguas visitas. Había entrado ya tantas veces en la muerte que, al hablar, se sorprendía esquivándola como a una amante impre­sentable.
    Había nacido en San José de la Esquina, pro­vincia de Santa Fe, en un campo de trigos y ganado que aún ahora se le introducía con puntualidad en todos los sueños: volvía a ver el horizonte violeta, la ondulación de las vacas y de los caballos lavando el cielo de los potreros, la indiferencia de las tardes siempre iguales. Pero la felicidad era sólo patrimonio de los sueños. En estado de lucidez, no retenía de la infancia sino el recuerdo de un padre omnipotente y de los torpes maestros. Seguía cultivando con proliji­dad el rencor que había sembrado en él un profesor de matemáticas, cuando lo escarneció ante toda el aula con adjetivos ilevantables: idiota, disminuido, pobre monstruo.. "Yo —dirá más tarde—, que tenía 14 años, era un alumno brillante, pero no toleraba el álgebra ni la geometría. El insulto de aquel maestro me marcó. El día de la ofensa, volví a casa y le anun­cié a mi padre que ya no estudiaría más. Sobrevino una escena terrible. Me amenazaron con encerrar­me en el ejército o en algún otro cuerpo disciplina­rio. No me importaba. Me fui de la casa y, desde entonces, abominé de todo aprendizaje que tuviera un fin utilitario. Creo, sin embargo, que con el tiem­po llegué a ser un buen profesor".
    La familia vivía en Coyena, al sur de Buenos Aires, y los lazos que Martínez Estrada había tejido con la gente de campo eran tan felices, tan espontá­neos, que lo seguían a todas partes. El trigo y el gana­do se pervertían en la Argentina decadente, pero los bellos dedos del pasado acariciaban sus sentimientos de ahora con tanta delicadeza, que, a veces, no sabía si era él o algún otro el objeto de esas caricias.
    Se marchó de Coyena y volvió a ella en 1937, para invertir los treinta mil pesos del Premio Nacional de Literatura en un predio de cuatrocientas hectáreas, que tenía un casco desvencijado y unos pocos anima­les. Con el tiempo, ocuparía los domingos en reparar el techo, construir una chimenea y apuntalar los muros. Después, Coyena le serviría de retiro, y los aza­res de las cosechas serían la única distracción que lo consolaría de su infeliz matrimonio con la literatura.
    A fines de 1963, Juan José Hernández, un hojalatero de San Genaro, Santa Fe, le escribió ofre­ciéndole sus ahorros para que evitara "las miserias de preparar la comida por sí mismo y alimentar a los pájaros". "Son tres mil pesos, don Ezequiel
    —decía la carta—, y me gustaría prestárselos sin compromi­so de devolución." El viejo le respondió: "No, Juan José, muchas gracias. No me hace falta ese dinero. Soy un asqueroso burgués".
    Al oír contar la historia, yo sentía al viejo caminar con incomodidad sobre el vientecito suave de las palabras, como si se diera cuenta de que las palabras eran crueles y lo desvestían. ¿Sería por eso que, reponiéndose, apartó la anécdota y procuró posarse sobre la moraleja? "Me basta -dijo- un solo gesto para entenderme con el pueblo, pero todos los discursos y los libros del mundo me son insufi­cientes cuando hablo con un profesor".
    Para Martínez Estrada, la desventura empezó en 1929, cuando se le concedió, por influencia de Leopoldo Lugones, el Premio Nacional de Literatura. El novelista Manuel Gálvez, que había sido posterga­do, no toleró la afrenta y se declaró en campaña para infamar al mediocre que agraviaba su prestigio. "Perdí la cabeza", admitiría después Gálvez en sus memorias, sin dejar de insistir en que Martínez Estrada "se trabajaba los premios lindamente" y que los conseguía por ser un imitador prolijo de Lugones.
    Desde entonces, el encono por la inmoralidad argentina puso a la conciencia del viejo en estado de sitio. Tres años más tarde, cuando explicó las mise­rias del país en Radiografía de la pampa,fue reducido al aislamiento. "Me acosaron —diría Martínez Estrada aquella tarde de Bahía Blanca—. Se me acusó de haber obtenido con fraude la libreta de enrolamiento, y aunque demostré lo contrario, los jefes de Correos y Telecomunicaciones, donde yo trabajaba, me infli­gieron una sanción artera. En vez de despedirme, me designaron encargado del servicio de encomiendas para España, al empezar la guerra civil. Se abrieron ante mí meses de pesadilla. Por mi escritorio desfila­ban millares de seres humanos, deudos, comedidos o militantes, que me confiaban toneladas de paquetes: desde las siete de la mañana hasta las tres de la madrugada siguiente".
    Yo veía acercarse su silencio como si fuera una tempestad que me dejaba indefenso. El viejo se pre­paraba para el silencio trayendo desde los rincones más sanos del cuerpo alguna tos, un jadeo corto, imperioso, y un repentino eclipse de la atención. Yo no conseguía acostumbrarme a la aparición del silen­cio, y cuando me sentía tomado de sorpresa por él, trataba de retenerlo, por temor a que también a mí me desvistieran las palabras.
    Hablé tan poco que creo haber retenido de aquella tarde sólo lo que no dije. "Vivo tan abando­nado —insistió— que hasta los objetos domésticos se resisten a servirme". Le comenté, recuerdo, que los objetos tienen también su lógica de comportamien­to, y que cuando el cuerpo regresa a una lámpara o a un sillón que han sido largamente desdeñados, sien­te de inmediato su rechazo. Le referí la historia de una taza de café que me había acompañado durante años y que había resuelto destrozarse a sí misma la noche en que la dejé por otra. La taza estaba en una mesa, en estado de reposo, y de pronto vi que se abrían en ella unos pequeños canales lastimeros, hasta que se desmoronó.
    "Quién sabe, quién sabe", asentía el viejo. "Los límites de la realidad siempre están más allá, como las aguas de los espejismos". Dijo que la inteli­gencia se le había retirado durante siete años, desde 1933 a 1940, y que al sentirse infértil, desesperado, sin agallas para escribir, emprendió el estudio del violín. "Hubiera debido matarme, pero no me atrevía".
    Desplegaba un lenguaje apocalíptico, tan dies­tro para la compunción como para la cólera. Sus dis­cípulos argentinos solían encontrar en esos vahos del humor una cierta calidad profética. A mí me parecían tan artificiales como una representación de teatro. No creo que sus padecimientos fueran fingidos ni irreales, pero sentí aquella tarde que se servía de ellos con demasiada ostentación, como si fueran el ardor que justificaba su literatura demoledora.
    Había padecido una enfermedad monstruosa, sin nombre preciso, entre 1948 y 1952. "¿Era yo el enfermo o era mi pueblo?", le oí decir. "Vagué de hospital en hospital, del Rawson de Buenos Aires a la clínica de Gregorio Berman en Córdoba, con la piel negra como el carbón y dura como la corteza de un árbol. Los médicos no pudieron diagnosticar con precisión. Sólo averiguaron que el mal provenía de ciertas deficiencias en el funcionamiento de la glán­dula hipófisis".
    Lo trataban como a un indeseable. "Yo, que siempre me había negado a ser instrumento de los enemigos del país, aparecí ante ellos como la conciencia que los acusaba. Y con mi enferme­dad —explicó, con un aire de queja que no excluía el
    orgullo— expié también la sordera de mi pueblo enfermo.
    Cuando, al cabo de cinco años de yacencia, no había nadie que lo aceptara, Victoria Ocampo le dio cobijo en su casa de Buenos Aires. "Ella también —agradeció el viejo— estaba entre las víctimas de la barbarie. Los impugnadores olvidaban que había debido renunciar a su casta, que era mal vista por los de su propia clase, y que los burgueses y proletarios la repudiaban. Sus únicos aliados eran los advenedizos que buscaban la hospitalidad de la revista Sur para ocultar sus venalidades".
    Desde que se supo convaleciente, se negó a callar. Pasó por alto los infartos cardíacos que se le declararon en 1960 y 1964, sin interrumpir su traba­jo torrencial
    —diez horas por día—, poblando la casa con los manuscritos de su obra magna sobre José Martí y los aún desconocidos Filosofía del ajedrez, La vida del violín y los milagros de Niccoló Paganini eHistoria natural de las ciudades.
    En 1959 emigró a Cuba, porque la jubilación de tres mil pesos "no me alcanzaba ya para vivir con cierto decoro en la Argentina". Durante los dos años de exilio voluntario, en un pequeño y austero departa­mento de La Habana contiguo a la Casa de las Améri­cas, recibió "más bienes que en toda mi vida anterior, sin que nadie me apremiara a escribir una sola línea sobre la revolución o sobre Fidel Castro". Escribió millares, sin embargo. Al mes del regreso, el semanario Marcha de Montevideo dio a conocer un artículo en el que Martínez Estrada explicaba, con la fe de un conver­so, que "la libertad para el pueblo de Cuba consiste en decidir su destino y no en cambiar de amo".

    El viejo había vuelto a la patria para ser feliz. Pero la aventura cubana volvió a ponerlo en estado de indefensión ante los enemigos. Tuvo que salir, una vez más, al paso de Manuel Gálvez, quien había advertido insidiosamente en sus memorias: "Martí­nez Estrada, (que) parece ser ahora comunista, par­ticipó (hacia 1930) en un homenaje a la Revolución Rusa, a la par de conocidos comunistas, realizado en el comité de ese partido". Replicó el viejo: "No quiero mancillarme admitiendo la dictadura del proletariado ni la dictadura de ninguna otra clase". Se defendió de quienes lo amonestaban por haber pedi­do la ciudadanía cubana insistiendo en que la petición era un infundio y en que, de todas maneras, la nacio­nalidad nunca había sido para él, "un simple asunto de Registro Civil".
    Vi que aquella tarde lo incomodaba el pensamiento y que, para apartarlo, hablaba con los ciclis­tas que paseaban por la vereda. Acercaba la cabeza a la ventana y les preguntaba si el viento de Bahía Blanca no amortiguaba la fuerza del pedaleo o si el peso del sol no les apagaba los músculos, como en el sueño. "Comprendan mi curiosidad o mi envidia —les decía— Yo he sido confinado a la penumbra de esta casa por el abuso de los médicos".
    Pero no bien los ciclistas le respondían, el vie­jo dejaba de prestarles atención, porque lo que trata­ba de esquivar —entonces lo advertí— era el acoso de los pensamientos ajenos y el temor de que la muerte lo sorprendiera cuando estaba invadido por el rastro de algún otro. "He aquí a un cristiano que está fuera de la Iglesia —le oí decir aquella tarde—, uno de los que caminan aliado de Moisés, de los Gracos y de Cristo. O, para ser más claro, he aquí a un partidario de la libertad y de la dignidad humana".
    ¿Por qué no volver a Cuba?, se había pregun­tado. Para eso tendría que contar con la autorización de médicos benévolos que le enseñaran los ejercicios que tenía vedados. Aprendería primero a desplazarse por la casa y subir hasta el altillo; luego, reuniría fuer­zas para empujar hacia alguna otra orilla del vestíbu­lo el aparador con el que siempre tropezaba Agustina, su mujer; por fin, iría acostumbrándose poco a poco al aire de la calle, y cuando tomara confianza, se encontraría con los vendedores de frutas, con los mercaderes de botellas vacías y con los compradores de diarios viejos hasta que, tras algunos días de amis­tad, les pediría permiso para arrastrar sus carritos por el empedrado, e imitar sus pregones. ¿Por qué no ir a buscar la vida de vez en cuando?
    El campo de Goyena ya no lo retenía. Con la enfermedad se le había aventado también el asombro ante las heladas imprevistas y las lluvias prematuras, y ya no le importaban el gozo de las cosechas ni el sabor áspero de los guisos que solía comer con los peones.
    Le habían aumentado la jubilación a poco más de siete mil pesos, pero como aún era insuficiente, la completaba con algunas colaboraciones ocasionales en la revista Cuadernos Americanos de México, que le pagaba dos dólares y medio por página. Podía acep­tar como una fatalidad las estrecheces de su vida, pero con las del país era intolerante. "Desde hace muchos años —dijo—, la Argentina está en manos de los usurpadores. A partir de 1930, hemos vivido con tres ruedas sobre los rieles y una cuarta en el aire. La cuar­ta rueda es el símbolo de aquellos períodos efímeros en que contamos con un gobierno supuestamente legítimo que era de inmediato derrocado".
    Sentí que el espíritu de profecía se le retiraba de pronto y el viejo volvía a ser él mismo en la sala a oscuras. La ira avanzaba con una dignidad conmove­dora a recibir los aplausos, mientras el viejo iba bus­cando discretamente algún pliegue del telón para ocultarse. "¡Pobrecitos, pobrecita gente!", se turbó. "Cuando tuvimos un gran hombre como Hipólito Yrigoyen o Juan Perón, o era un incapaz o era un canalla". La voz cayó como un ave de rapiña sobre los otros nombres: Uriburu, Castillo, Patrón Costas, Aramburu, hasta que se detuvo en el de Arturo Frondizi: "Un hombre que debiera sentir vergüenza por el manoseo a que se sometió, y que sin embargo hizo de esos vejámenes un título honorífico".
    Agustina Morriconi, su mujer, se dejó caer entonces en la conversación como la hojita de un árbol que no ha encontrado un viento adecuado para mecerse. Tenía el pelo tan crespo y los aros de los anteojos tan juntos sobre la cresta de la nariz, que la creí una estampa recortada de los libros de cuentos. Yo traté de darle alcance en alguna de las huellas que la realidad había dejado aquella tarde, pero apenas ponía los dedos sobre la sospecha de que ella estaba allí, desaparecía, y sobre mi tacto sólo quedaba la cer­teza de su paso. No he rescatado por eso lo que dijo. Sé, apenas, que trató de apaciguar al viejo y que él la disuadió: "Si tengo que hablar, Agustina, no debo mentir”.
    Lo oí enredarse en un acceso de tos, domesti­car la respiración y preparar otra embestida: "Estamos muertos de silencio —dijo el viejo—. Todos en mi país saben tanto o más que yo, pero tienen la sagaci­dad de callarlo. En la conspiración está comprometi­do el ochenta por ciento de los argentinos. El único tonto fui yo, porque me atreví a revelar el secreto de nuestra desgracia".
    Depositó la inquina sobre los tratadistas de Derecho, "que no han señalado con el dedo las usur­paciones políticas"; contra los jueces, "que han abra­zado la corrupción general como si fuera una cruzada patriótica"; contra los profesores de literatura que, "cuando ven luchar a un hombre como yo, se le arrojan encima para que sus amos les ofrezcan un poco mas de carne”.
    Lo vi alzarse hacia el largo cuello de los libros que se inclinaban sobre la Remington y acariciar con ternura los ojitos del Balzac, la pelambre de Exhortaciones, la cresta verde de Qué es esto. "Me siento abatido ahora —suspiró—, destruido
    moral­mente, solísimo. Tengo miedo de que, a los 70 años, quieran ponerme preso. Vivo acobardado. . . ¿Pero quién en este país no vive acobardado?"
    No me atreví a repetir delante de él los fáciles adjetivos que habían prodigado a su obra los críticos y profesores, porque en algún momento de la con­versación las palabras escéptico y pesimista lo habían sublevado. "¿Es pesimista acaso -había dicho- el médico que diagnostica un cáncer?"
    Por miedo, el viejo había renunciado a seguir leyendo los periódicos después del asesinato de John F. Kennedy, y había aceptado la inmovili­dad y el retiro como un signo místico de su indig­nación. No encontraba en la vida otro sentido que hablar en nombre de los ofendidos y de los humi­llados, y creía que la muerte, al lavar a los lectores de resentimientos, permitiría que su obra fuera oída sin interferencias.
    Sé que murió el 3 de noviembre de 1964, a los tres meses exactos de nuestro encuentro, y que hasta el cementerio de Bahía Blanca no lo siguieron sino unos pocos deudos y los caudalosos pájaros que siem­pre trae el verano. Los diarios fueron mezquinos al describir su talento y enconados al evocar su rebeldía.
    Aquella tarde, en Bahía Blanca, negó —recuer­do— toda salida a las tragedias argentinas. "Para encontrarla —dijo— debiéramos conocer el mapa de la cárcel donde estamos confinados. Si lo tuviéramos, podríamos matar al gendarme. Pero no hay mapas. Quizá ni siquiera hay gendarmes. Todo lo que nos queda, entonces, es sentarnos a la puerta de nuestra celda y ponernos a llorar".
    (1964-1965)


    Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934) es el autor de dos novelas ya clásicas en la literatura argentina: La novela de Perón (1985; Alfaguara, 2003) y Santa Evita(1995; Alfaguara, 2002). Ambas han sido traducidas a más de treinta idiomas y publicadas en más de sesenta países.
    Ha publicado también otras cuatro novelas, vertidas a por lo menos diez lenguas. Entre ellas: La mano del amo (1991; Alfaguara, 2005), El vuelo de la reina (Alfaguara, 2002), El cantor de tango (2004) yPurgatorio (Alfaguara, 2008). Es autor de los volúmenes de relatos Lugar común la muerte(1979) y La pasión según Trelew (1973; Aguilar, 2004).
    Desde 1991 es profesor distinguido y escritor residente en Rutgers, The State University of New Jersey. Es columnista permanente de La Nación de Buenos Aires, El País de Madrid y The New York Times Syndicate


    Ezequiel Martínez Estrada es, sin dudas, uno de los más importantes ensayistas argentinos del siglo XX. Nació en San José de la Esquina, pequeño pueblo de Santa Fe, en septiembre de 1895, y murió en Bahía Blanca, en noviembre de 1964. Hijo de padres humildísimos, fue un verdadero autodidacta que, durante largas décadas, trabajó en un puesto burocrático del Correo Central de Buenos Aires. Entre 1950 y 1955 una cruel enfermedad desconocida lo mantuvo postrado en camas de hospitales.
    A fines de 1927 viajó a Europa con su mujer, Agustina, y recorrió Italia, Francia y España. Desde 1933 a 1940 una crisis íntima le impidió escribir y se dedicó al estudio del violín y el ajedrez, temas sobre los cuales compuso más tarde sendos volúmenes inéditos. En 1959 viajó a México y en 1960 a Cuba, donde permaneció un año trabajando en su obra sobre Martí.
    Un discurso pronunciado en esas islas del Caribe, con motivos de los 18 años de la revista Cuadernos Americanos, hizo que cayera sobre él la calumnia de haber renunciado a su ciudadanía. Varios escritores argentinos lo atacaron duramente y él se defendió escribiendo en Marcha de Montevideo que "la libertad para el pueblo de Cuba consiste en decidir su destino y no en cambiar de amo" y que su patria no estaba determinada por el Registro Civil. Además, declaró públicamente que no aceptaba ninguna acusación de comunismo porque "no quiero mancillarme admitiendo la dictadura del proletariado ni la dictadura de ninguna otra clase". Pocos meses antes de morir se definió a sí mismo como "un cristiano fuera de la Iglesia… esto es, un partidario de la libertad y la dignidad humana". La lluviosa tarde de su entierro en Bahía Blanca, acompañaron su féretro treinta personas.
    Toda la obra en prosa de Martínez Estrada refleja su visión del mundo contradictoria y pesimista. Cultivó el teatro, el cuento y la poesía, con éxito dispar. Pero sus libros fundamentales son los que testimonian su actividad de ensayista: Radiografía de la Pampa(1933), La cabeza de Goliath (1940), Sarmiento(1946), Invariantes históricos en el Facundo (1947) yMuerte y transfiguración de Martín Fierro (1948).
    La magia de su estilo comunica al lector un peculiar estado de ánimo: la conciencia indignada de un moralista descontento que enfrenta con tristeza y pesimismo una realidad agria, manejada por fuerzas que niegan la justicia, la verdad, el amor, la belleza y la fe.
    La Radiografía es una ácida exposición de los males argentinos: fallas éticas, pobreza espiritual, falsedad de los valores y carencia de autenticidad.



    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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