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    sábado, 28 de marzo de 2015

    Fernando Pessoa (Bernardo Soarez) LIBRO DEL DESASOSIEGO


    En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo,
    narro indiferentemente mi autobiografía sin hechos,
    mi historia sin vida. Son mis Confesiones y
    si en ellas nada digo, es que nada tengo que decir.

    Fragmento 12





    1

    Nací en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón que sus mayores habían creído en Él sin saber por qué. Siendo así, y dado que el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente y no porque piensa, la mayoría de esos jóvenes eligió la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen y no ven sólo la multitud de la que forman parte, sino también los grandes espacios que hay a sus costados. Por eso, ni abandoné a Dios tan ampliamente como ellos, ni acepté nunca la Humanidad. Consideré que Dios, si bien improbable, podría ser y en consecuencia, también ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica cuyo significado se limita la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.
    De tal manera, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me ubiqué, como alguna otra gente marginal, a esa distancia de todo a la que vulgarmente se llama Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se detendría.
    A quien como yo no sabe, viviendo, tener vida, ¿qué le resta sino como a mis pocos pares, la renuncia como actitud y la contemplación como destino? No sabiendo qué es la vida religiosa, incapaces de saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tampoco tener fe en esa abstracción llamada Hombre ni sabiendo incluso que hacer con ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo para tener alma, la contemplación estética de la vida. Y así, ajenos a la solemnidad de todos los mundos, indiferente a lo divino y desdeñosos de lo humano, nos entregamos con frivolidad a la sensación sin propósito, cultivada en un epicureísmo refinado, como conviene a nuestros nervios cerebrales.
    Reteniendo de la ciencia aquel precepto suyo y tan central, de que todo está sujeto a leyes fatales, contra las cuales no hay cómo reaccionar con independencia, porque incluso esa reacción responde al mandato que ella nos impone; y verificando de qué modo ese precepto se ajusta a otro, más antiguo, de la divina fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles del entretenimiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de las sensaciones con un gran escrúpulo de sentida erudición.
    No tomando nada en serio, ni considerando que nos haya sido dada como cierta otra realidad que la de nuestras sensaciones, en ellas nos amparamos, y a ellas las exploramos como a dilatados territorios desconocidos. Y si nos abocamos asiduamente, no sólo a la contemplación estética, sino también a la expresión de sus modos y resultados, es porque la prosa o el verso que escribimos, destituidos de la intención de querer persuadir al ajeno entendimiento o estimular la ajena voluntad, son apenas como el dejar oír su voz por parte de quien lee, un acto que aspira sino a dar plena objetividad al placer subjetivo de la lectura.
    Sabemos bien que toda obra debe ser imperfecta, y que la menos segura de nuestras contemplaciones estéticas, será la de aquello que escribamos. Pero imperfecto es todo; no hay ocaso tan bello que no pudiese serlo más aún, y brisa leve que nos adormezca que pudiese brindarnos un sueño más apacible todavía. Y de tal modo, contempladores ecuánimes de montañas y de estatuas, gozando por igual días y libros, soñándolo todo, y ante todo para convertirlo en nuestra íntima sustancia, también haremos descripciones y análisis que, una vez efectuados, pasarán a ser cosas ajenas que podremos disfrutar como si brotaran de la tarde.
    No es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para quien la vida es una celda donde él trenzaba paja buscando distracción. Ser pesimista es tomarlo todo como a la tremenda y esa actitud es una desmesura y una molestia. No contamos, es cierto, con un concepto válido para aplicar a la obra que producimos. La producimos, es verdad, para distraernos, pero no como el preso que trenza paja para distraerse del Destino, sino como la niña que borda almohadones, distrayéndose sin más.
    Para mí, la vida es como una posada del camino, donde demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo. Ignoro adonde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esa posada como una prisión, pues estoy obligado a aguardar en ella; podría considerarla un sitio propicio para la sociabilidad, porque en ella me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni convencional. Dejo el encierro a los que se aíslan en sus cuartos indolentes, echados en la cama donde esperan sin sueño; dejo a los que en ellas se complacen las charlas de los salones, desde donde la música y voces llegan confortables hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos y oídos en los colores y sonidos del paisaje, y en tono lento, para mí sólo, vagos cantos que compongo mientras espero.
    Sobre todos caerá la noche y arribará la diligencia. Disfruto de la brisa que me dan y del alma que me dieron para ello, y no pregunto más ni busco. Si cuanto dejé escrito en el libro de los viajeros puede, releído un día por otros, entretenerlos también en la travesía, estará bien. Si no lo leyeran ni los entretuviera, estará bien de todos modos.

    178

    Somos muerte. Esto que consideramos vida, es el sueño de la vida real, la muerte de lo que verdaderamente somos. Los muertos nacen, no mueren. Nuestros mundos están invertidos. Cuando consideramos que vivimos, estamos muertos; vamos a empezar a vivir, en cambio, cuando seamos moribundos.
    La relación que hay entre el sueño y la vida es la misma que hay entre lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte. Estamos durmiendo, y esta vida es sueño, no en un sentido metafórico o poético, sino en un sentido verdadero.
    Todo aquello que en nuestras actividades consideramos superior, todo eso participa de la muerte, todo eso es la muerte. ¿Qué es lo ideal, sino la confesión de que la vida no sirve? ¿Qué es el arte, sino la negación de la vida? Una estatua es un cuerpo muerto, esculpido para fijar la muerte, en materia incorruptible. Incluso el placer, que tanto parece una inmersión en la vida, es más bien una inmersión en nosotros mismos, una destrucción de las relaciones entre nosotros y la vida, una sombra convulsiva de la muerte.
    Y hasta vivir es morir, porque podemos contar con un día más en nuestra vida que no sea, a la vez, un día menos.
    Poblamos sueños, somos sombras vagando a través de florestas imposibles, en las que los árboles son casas, costumbres, ideales, ideales y filosofías.
    ¡No encontrar nunca a Dios, no saber nunca, ni siquiera, si Dios existe! Pasar de mundo a mundo, de encarnación a encarnación, siempre inmersos en la ilusión que protege, siempre en el error que acaricia.
    ¡La verdad nunca, la intemperie nunca! ¡La unión con Dios nunca! ¡Nunca enteramente en paz, pero siempre un poco de paz, siempre un anhelo de paz!

    191

    Pienso a veces, con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que ya no perteneceré, estas frases que escribo perdurasen reconocidas, habré encontrado por fin a la gente que me “comprenda”, a los míos, a la familia verdadera en cuyo seno nacer y ser amado.
    Pero lo cierto es que, lejos de nacer en ella, para ese entonces ya habré muerto hará mucho. La comprensión recaerá sólo sobre mi esfinge, cuando el cariño ya no pueda consolar a quien ha muerto, de la indiferencia exclusiva que conoció cuando vivo.
    Tal vez un día comprendan que cumplí, como ningún otro, mi deber innato de intérprete de una parte de nuestro siglo; y cuando lo comprendan, escribirán que en mi época fui incomprendido, que desgraciadamente viví entre el desinterés y las frialdades de los que me rodeaban, y que es una pena que tal cosa me sucediera. Y el que esto escriba será, en la época en que lo haga, tan poco comprensivo de mi análogo de aquel tiempo futuro, como lo son hoy aquellos con quienes convivo. Porque los hombres sólo aprenden para uso de sus bisabuelos, que ya murieron. A los muertos y a nadie más, sabemos enseñarles las verdaderas reglas para vivir.

    En la tarde en que escribo, el día de lluvia paró. Corre una alegría del aire demasiado fresca contra la piel. El día se va acabando no en gris sino en azul pálido. Un azul tenue que se refleja, incluso, en los adoquines de la calle. Duele vivir pero de lejos. Sentir no importa. Se prende uno u otro farol.
    En una ventana tan alta como la mía hay gente que se entretiene viendo cómo termino la jornada de trabajo. El mendigo que al pasar me roza se asombraría, si me conociese.
    En el azul menos pálido y menos azul, que se refleja en los edificios, atardece un poco más de la hora indefinida.
    Cae leve, hacia su fin, el día cierto, en que los que creen y se equivocan encajan en el trabajo de costumbre, y tienen en su propio dolor la felicidad de la inconsciencia. Cae leve, onda de luz que cesa, melancolía de la tarde inútil, bruma sin niebla que entra en mi corazón. Cae leve, suave, indefinida palidez lúcida y azul de la tarde acuática leve, suave, triste sobre la tierra simple y fría. Cae leve, gris, invisible, monotonía apenada, hastío sin pesadez.

    255

    Si algo hay en esta vida que nos está destinado y que, salvo la misma vida, debamos agradecer a los Dioses, ese algo es el don de desconocernos: de desconocernos a nosotros mismos y de desconocernos los unos a los otros. El alma humana es un abismo oscuro y viscoso, un pozo fuera de uso situado en la superficie del mundo. Nadie se amaría a sí mismo si de veras se conociese, y así, no existiendo la vanidad, que es la sangre de la vida espiritual, nos moriríamos de anemia en el alma. Nadie conoce a otro, y menos mal que no lo conoce; y si llegara a conocerlo, conocería en él, aunque fuera su madre , mujer o hijo, al íntimo, metafísico enemigo.
    Nos entendemos porque nos ignoramos. ¿Qué sería de tantos cónyuges felices si cada uno de ellos tuviese acceso al ama del otro, si pudiesen comprenderse, como dicen los románticos; si advirtieran que ignoran el peligro —si bien no es más que un peligro fútil— de lo que dicen? Todos los casados del mundo están mal casados, porque cada uno guarda en lo recóndito de sí, los secretos donde el alma del Diablo, la imagen sutil del hombre deseado que no es aquél, la figura voluble de la mujer sublime, que aquélla no realizó. Los más felices ignoran en sí mismos sus disposiciones frustradas; los menos felices no las ignoran, pero no las conocen, y sólo uno u otro arranque frustrado, una u otra aspereza en el trato evoca, en la superficie casual de los gestos y las palabras, el Demonio oculto, la Eva antigua, el Caballero y la Sílfide.
    La vida que se vive es un desentendimiento fluido, un promedio alegre entre la grandeza que no hay y la felicidad que no puede haber. Estamos contentos porque, hasta cuando pensamos y sentimos, somos capaces de no creer en la existencia del alma. En el baile de máscaras en que vivimos, nos basta el agrado producido por el disfraz que vestimos, disfraz que en el baile es todo. Somos siervos de las luces y los colores, nos deslizamos en la danza como en la verdad, y no hay para nosotros —salvo si, despiertos, no bailamos— conocimiento del gran frío de lo alto de la noche externa, del cuerpo mortal por debajo de los trapos que le sobreviven, de todo cuanto, a solas, nos parece que es esencialmente nosotros, pero que, al fin de cuentas, no es sino la parodia íntima de la verdad de lo que nos suponemos.
    Todo lo que hacemos o decimos, todo lo que pensamos o sentimos, muestra la misma máscara o el mismo disfraz. Por más que nos quitemos lo que vestimos, no alcanzamos nunca la desnudez, pues la desnudez es un fenómeno del alma y no de cosas que se sacan. De este modo, vestidos en cuerpo y alma, con nuestros múltiples trajes tan pegados a nosotros como las plumas a las aves, vivimos felices o infelices, o sin saber lo que somos, el breve espacio que nos dan los dioses para que los entretengamos, como niños que juegan a juegos serios.
    Uno u otro de nosotros, liberado o maldito, ve de repente —pero incluso éste rara vez lo ve— que todo lo que somos es lo que no somos, que nos engañamos acerca de lo que está bien y no tenemos razón en lo que nos parece justo. Y ese que, en un breve momento, ve el universo desnudo, crea una filosofía, o sueña una religión; y la filosofía se expande y la religión se propaga, y los que creen en la filosofía pasan a usarla como indumentaria que no ven, y quienes creen en la religión terminan poniéndosela como una máscara de la que se olvidan.
    Y siempre, desconociéndonos a nosotros y a los demás, y por eso entendiéndonos alegremente, pasamos en las volutas de la danza o en las charlas de las pausas, humanos, fútiles, serios, al son de la gran orquesta de los astros, bajo las miradas desdeñosas y ajenas de los organizadores del espectáculo.
    Sólo ellos saben que nosotros somos víctimas de la ilusión que nos impusieron. Pero cuál pueda ser la razón de esa ilusión, y por qué ella, o cualquier otra ilusión existe, o por qué ellos, ilusos también, nos entregaron la ilusión que nos dieron — eso, por cierto, ni siquiera lo saben.

    331

    Me duelen la cabeza y el universo. Los dolores físicos, más nítidos como dolores que los morales, desarrollan, por un reflejo en el espíritu, tragedias no contenidas en ellos. Provocan una impaciencia de todo que, como es de todo, no excluye ninguna de las estrellas.
    No comulgo, no comulgué nunca, no podría, supongo, comulgar jamás con aquel concepto bastardo según el cual somos, como almas, consecuencias de una cosa llamada cerebro, dada por naturaleza, dentro de otra cosa material llamada cráneo. No puedo ser materialista, que es como creo que se designa a aquel concepto, porque no logro establecer una relación nítida —una relación visual, diría— entre una masa visible de materia gris, o de otro color cualquiera, y esta cosa yo que por detrás de mi mirada ve los cielos y piensa, e imagina cielos que no existen. Pero aun cuando no pueda caer en el abismo de suponer que una cosa pueda ser otra sólo porque ambas están en el mismo lugar, como la pared y mi sombra en ella, o que, por depender del alma el cerebro, sea más que el hecho que yo dependa, para mi trayecto, del vehículo en el que voy, creo, no obstante, que hay entre aquello que en nosotros es sólo espíritu y lo que en nosotros es espíritu del cuerpo, una relación de convivencia en la que pueden surgir discrepancias. Y la que vulgarmente surge es aquella que consiste en que la persona más ordinaria moleste a la que lo es menos.
    Hoy me duele la cabeza, y es tal vez porque el estómago me duele. Pero el dolor, una vez impuesto por el estómago a la cabeza, terminará interrumpiendo las meditaciones que me ocupan por detrás del hecho de tener cerebro. Quien me tapa los ojos no me ciega, pero me impide ver. Y así, ahora, porque me duele la cabeza, doy vida, sin valía ni nobleza, al espectáculo, en este momento monótono y absurdo, de lo que ahí afuera quiero ver como mundo. Me duele la cabeza, y esto quiere decir que tengo conciencia de una ofensa que la materia me hace, y que, por indignarme como todas las ofensas, me predispone a estar mal con todo el mundo, incluyendo a la gente cercana que sin embargo no me ofendió.
    Mi deseo es morir, por lo menos transitoriamente, pero eso, como dije, nada más que porque me duele la cabeza. Y en este momento, de pronto, me recuerda ese deseo con qué nobleza más alta diría esto un prosista de los grandes. Desarrollaría, frase a frase, la pena anónima del mundo; ante sus ojos imaginativos surgirían incontables párrafos variados, los dramas humanos que pueblan la tierra, y a través del palpitar de las fuentes febriles, se alzaría en el papel toda una metafísica de la desgracia. Yo, empero, no tengo nobleza estilística. Me duele la cabeza porque me duele la cabeza. Me duele el universo porque la cabeza me duele. Pero el universo que realmente me duele no es el verdadero, el que existe porque ignora que existo, si yo me pasara las manos por el cabello, me haría creer que siento que todo ese cabello sufre nada más que para hacerme sufrir.





    Santiago Kovadloff nació en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1942. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires con una tesis sobre el pensamiento de Martín Buber titulada "El oyente de Dios".
    Es ensayista, poeta, traductor y antólogo de literatura de lengua portuguesa. Es, asimismo, profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid. Se desempeña profesionalmente como profesor privado de filosofia, coordinador de un taller literario y conferencista.
    Ha vertido al castellano, entre otros escritores de Brasil y Portugal, a Vinicius de Moraes, Mário de Andrade, Manuel Bandeira, Murilo Mendes, Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Machado de Assis, João Guimarães Rosa, Noemia de Souza, Mário de Sá-Carneiro y Fernando Pessoa. En los años 80 tradujo al portugués a numerosos poetas argentinos y muchas de las composiciones de Joan Manuel Serrat, así como, una década antes, uno de los espectáculos del conjunto humorístico musical argentino “Les Luthiers”, presentado en San Pablo, Brasil, en 1975. Es co-fundador e integrante del Conjunto de Música de Cámara y Poesía “Tomás Tichauer” y del Trío “Babel” de música klezmer y poesía.
    Santiago Kovadloff ha obtenido numerosas becas y distinciones nacionales y extranjeras. Entre las primeras, y en repetidas ocasiones, las de Fundação Calouste Gulbenkian de Lisboa y de la Secretaria de Estado da Cultura de Portugal. Entre las segundas, la Faja de Honor en Poesía y Ensayo concedida a su obra en dos oportunidades (1986 y 1987) por la Sociedad Argentina de Escritores; el Primer Premio Internacional de Ensayo “Común Presencia” de Bogotá, Colombia, en 1991; el Primer Premio Nacional de Literatura de la República Argentina en 1992, como ensayista. En 1994, el Premio Konex a las Letras Argentinas de la década 1984-1994, concedido en la categoría Ensayo Literario. En 1995 se lo designó Lector Emérito de la Biblioteca Nacional de la República Argentina. En 1997, la agrupación Gente de Letras le otorgó el Premio “Esteban Echeverría” por su labor como ensayista. En el año 2000 obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires. En 2003, el Fondo Nacional de las Artes de la República Argentina le otorgó el Premio "Trayectoria" en reconocimiento a su obra literaria.
    Algunos de sus ensayos han sido traducidos al alemán, al italiano, al portugués y al francés; otros se han difundido en España. Poemas suyos han sido traducidos al francés, italiano, inglés, alemán y hebreo. Su obra poética incluye: Zonas e indagaciones (Botella al mar, Buenos Aires, 1978), Canto abierto (Botella al mar, Buenos Aires, 1979), Ciertos Hechos (El lagrimal trifulca, Rosario, 1985), Ben David (Torres Agüero, Buenos Aires, 1988), El fondo de los días (Torres Agüero, Buenos Aires, 1992) y Hombre en la tarde (Vinciguerra, Buenos Aires, 1997). Como cuentista ha dado a conocer Mundo menor (Torres Agüero, Buenos Aires, 1986) y como autor de relatos para niños, Agustina y cada cosa (Colihue, Buenos Aires, 1993), Natalia, queluces y cierto lugar (Magisterio del Río de la Plata, Buenos Aires, 1990), El tobillo abandonado (Colihue, Buenos Aires, 1994) y República de evidencia (Lugar Editorial, Buenos Aires, 1993). Sus libros de ensayo son: El silencio primordial (Emecé, Buenos Aires, 1993), Lo irremediable (Emecé, Buenos Aires, 1996), Sentido y riesgo de la vida cotidiana (Emecé, Buenos Aires, 1998), La nueva ignorancia (Emecé, Buenos Aires, 2001) y Ensayos de intimidad (Emecé, Buenos Aires, 2002).
    En 1998 se incorporó, como miembro de número, a la Academia Argentina de Letras y en 2002, como miembro correspondiente, a la Real Academia Española.


    Fernando Pessoa
    (Lisboa 1888 - Lisboa 1935), el más importante de los poetas portugueses, pasó su infancia y juventud en la República de Sudáfrica e inició estudios de derecho en la Universidad de El Cabo. Regresó a Lisboa en 1905. Inició su obra literaria en inglés, aunque a partir de 1908 creció su interés por la lengua portuguesa. Su obra es una de las más originales de la literatura portuguesa y fue, junto con Sá Carneiro, uno de los introductores en su país de los movimientos de vanguardia.
    A partir de 1914 proyectó su obra sobre tres heterónimos: Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, para quienes inventó personalidades divergentes y estilos literarios distintos. Frente a la espontaneidad expresiva y sensual de Caeiro, Ricardo Reis trabaja minuciosamente la sintaxis y el léxico, inspirándose en los arcadistas del s. XVIII. Álvaro de Campos evoluciona desde una estética próxima a la de Whitman hasta unas preocupaciones metafísicas en la tarea de explicar la vida desde una perspectiva racional. Sobre estos desdoblamientos del poeta en varias personalidades, se reflejan sus distintos yos conflictivos, y elabora su propia obra poética, a veces experimental, una de las más importantes del s. XX y que en su mayor parte permaneció inédita hasta su muerte.
    Su poesía, que supone un intento por superar la dualidad entre razón y vida, fue recogida en los volúmenes Obras completas: I. Poesías, 1942, de Fernando Pessoa; II. Poesías, 1944, de Álvaro de Campos; III. Poemas, 1946, de Alberto Caeiro; IV. Odas, 1946, de Ricardo Reis; V. Mensagem, 1945; VI. Poemas dramáticos; VII. y VIIIPoesías inéditas, 1955-1956. Su obra ensayística ha sido recogida en Páginas íntimas de autointerpretación (1966),Páginas de estética y de teoría y crítica literarias (1967) y Textos filosóficos(1968). En 1982 apareció Libro del desasosiego, compendio de apuntes, aforismos, divagaciones y fragmentos del diario que dejó al morir.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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