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    sábado, 28 de marzo de 2015

    John Dos Passos MANHATTAN TRANSFER (fragmento)




    Por José Robles Pazos

    John Dos Passos, de origen portugués; seis pies de talla, desgarbado, miope, hizo sus estudios en la Universidad de Harvard. A poco de graduarse fue por primera vez a España. Luego, cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, sirvió en el frente hasta que se firmó el armisticio. Desde entonces no ha parado seis meses en el mismo sitio. Tan pronto está en México como en Teherán o en Constantinopla. De cuando en cuando reaparece en Nueva York, que puede llamarse, aunque algo impropiamente, su residencia fija. Barzonea algún tiempo por Greenwich Village, y un día cualquiera, sin que nadie se entere, toma de nuevo el portante.

    Sin embargo, Dos Passos no es de esos americanos que, como él mismo dice, viajan por pasear sus baúles. Su insaciable curiosidad no se contenta con ver. Necesita vivir la vida que le rodea, amoldarse a las costumbres, aprender la lengua del país que visita. Es, en una palabra, todo lo contrario de un turista.

    Radical hasta la médula de los huesos, tomó parte activa en la tragedia Sacco-Vanzetti, colabora en las revistas avanzadas, simpatiza con el bolchevismo. Como escritor se limita a transcribir lo que ve, lo que siente, lo que oye y lo que huele, sin tratar de hacer a la fuerza una obra trascendental. No se nota en él ese ingenuo prurito de escribir libros profundos y definitivos, tan común entre los literatos norteamericanos que, por temor a parecer superficiales, pontifican a menudo en tono pedantesco y solemne. Es admirable la modestia de este novelista. Siempre ausente de su obra, deja a sus personajes en absoluta libertad y no se interpone nunca en su camino.

    Three Soldiers, 1921, le hizo célebre en los Estados Unidos. Un año antes había publicado en Inglaterra One man´s initiation, su primer protesta contra los traficantes de carne humana; pero esta novela pasó injustamente desapercibida. Tres soldados por el contrario, tuvo un gran éxito. Los radicales aludieron, los patrioteros se escandalizaron: todo el mundo discutió; la censura intervino. Tratábase, en efecto, de una pintura muy poco aduladora de aquella cosa tan extraña que de 1917 a 1919 se llamó el ejército americano. Los tres soldados, Fuselli, Chrifield y Andrews, salen de la esclavitud militar, física y moralmente destrozados. El primero cae enfermo y pierde el respeto a sí mismo; Chrisfield sufre la persecución de la justicia; Andrews deserta y se expone a veinte años de presidio para poder “conservar la integridad de su pensamiento". En segundo término aparece una multitud de oficiales, enfermeras, aristócratas, empleados, campesinos, cuyas relaciones perfectamente normales contrastan con la rebeldía del triple protagonista.

    Estas dos novelas de la guerra fueron en parte redactadas en España, donde el autor pasó una larga temporada después de librarse del uniforme. La España de Dos Passos no es la España convencional que suelen ver los extranjeros. Sus ensayos sobre nuestras costumbres, nuestra psicología, nuestra literatura, nuestras ciudades, publicados en revistas neoyorquinas y reunidos después en el volumen Rocinante to the road again, 1922, así como los croquis madrileños incluidos en el libro de poesías A pushcart at the curb, publicado en la misma fecha, rebelan una perspicacia y una agudeza de observación que ya quisieran para sí muchos de nuestros ensayistas y poetas.En 1923, con Streets of Night, Dos Passos vuelve a la novela. Ha abandonado el tema belicoso. Le atrae ahora la tragedia de la juventud intelectual americana, juventud presa de un malestar sordo, de una vaga neurastenia que conduce a veces al suicidio. Tal es el caso de Wenny, uno de los protagonistas que se pega un tiro para acabar con la angustia que le atormenta. La censura prohibió Calles de noche en diversos estados de la Unión. No porque el estilo sea demasiado crudo para las sensibilidades puritanas -reproche que actualmente se hace a Dos Passos-, sino porque Wenny, hijo de un pastor protestante, no ve en su padre más que un ser mezquino y un tanto ridículo con su cuello abrochado por detrás. Se comprende que la rigidez de tal hombre no es ajena al suicidio de su hijo; y la gente mojigata clamó contra semejante falta de respeto a la sagrada institución de la familia.






    Así como La iniciación de un hombre es un boceto de Tres soldados, en Calles de noche está el germen de Manhattan Transfer donde Dos Passos aborda el problema técnico de pintar una ciudad enorme y lo resuelve por un procedimiento dramático. Su novela es una sucesión de escenas. La masa en bloque no aparece nunca, pero los personajes se suman, se multiplican, hasta formar una multitud abigarrada de rentistas, negociantes, cómicos, obreros, millonarios, prostitutas, militares. Unos nacen, otros mueren, otros se casan, otros terminan en la cárcel, otros se eclipsan durante años para reaparecer con el cabello gris enriquecidos o arruinados. La habilidad con que el autor pone en contacto a todos estos personajes tan heterogéneos es asombrosa.

    Sería necesario cruzar cien veces la ciudad de punta a punta, meterse en todos sus rincones, viajar en todos sus trenes, para sacar la misma impresión de vértigo que causa la lectura de esta serie de cuadros impresionistas, hilvanados con un hilo apenas perceptible que el autor rompe cuando lo tiene por conveniente. Como en la pantalla del cine, la acción, que abarca veintitantos años, cambia bruscamente de lugar. Los personajes, más de ciento, andan de aquí para allá, subiendo y bajando en los ascensores, yendo y viniendo en el Metro, saliendo y entrando en los hoteles, en los vapores, en las tiendas, en los music-hall, en las peluquerías, en los teatros, en los rascacielos, en los teléfonos, en los Bancos. Y todas estas personas y personillas que bullen por las páginas de la novela como por las aceras de la gran metrópoli, aparecen sin la convencional presentación y se despiden del lector “a la francesa”. Cada uno tiene su personalidad bien marcada, pero todos se asemejan en la falta de escrúpulos. Son gentes materialistas dominadas por el sexo y por el estómago, cuyo fin único parece ser la prosperidad económica. A unos los sorprendemos emborrachándose discretamente, a otros, cohabitando detrás de las cortinas; a otros estafando al prójimo sin salirse de la ley.. Los abogados viven de chanchullos, los banqueros seducen a sus secretarias, los policías se dejan sobornar y los médicos hacen abortar a las actrices. Los más decentes son los que atracan las tiendas con pistolas de pega. Entre toda esta gentuza destaca Jimmy Herí, tipo de burgués idealista repetido en otras obras de Dos Passos. Pero el verdadero protagonista no es Jimmy, sino Manhattan mismo, con sus viejas iglesias empotradas entre geométricos rascacielos, con sus cabarets resplandecientes, con su puerto brumoso y humeante y con su puerto brumoso y humeante, y con sus carteles luminosos, que parpadean de noche en las avenidas donde la gente se atropella ensordecida por el trepidar de los trenes elevados. Dos Passos no ha tenido miedo de pintarlo tal como es, cruel, obsceno, ruidoso y magnífico, en una de las mejores novelas que ha producido la nueva literatura norteamericana.


                                  
    Manhattan Transfer
    Traducción José Robles
    PRIMERA SECCIÓN



    I. EMBARCADERO


    Tres gaviotas giran sobre las cajas rotas, las cáscaras de naranja, los repollos podridos que flotan entre los tablones astillados de la valla. Las olas verdes espumajean bajo la redonda proa del ferry que, arrastrado por la marea, corta el agua, resbala, atraca lentamente en el embarcadero. Manubrios que dan vueltas con un tintineo de cadenas, compuertas que se levantan, pies que saltan a tierra. Hombres y mujeres entran a empellones en el maloliente túnel de madera, apretujándose y estrujándose como las manzanas al caer del saetín a la prensa.


    La enfermera, llevando la cesta en el brazo estirado, como si fuera una silleta, abrió la puerta de una gran sala excesivamente caldeada. En el aire impregnado de olor a alcohol y a yodoformo, ásperos berridos subían en espiral de otras cestas colocadas a lo largo de las paredes verdosas. Al dejar la cesta en el suelo le echó una mirada con los labios fruncidos. El recién nacido se retorció débilmente entre algodones como un hervidero de gusanos.
    En el ferry iba un viejo tocando el violín. Tenía una cara de mona, toda torcida de un lado, y seguía el compás con la punta de un zapato de charol resquebrajado. Bud Korpenning, sentado en la barandilla de espaldas al río, le miraba. La brisa le alborotaba el pelo alrededor del borde ajustado de su gorra, y secaba el sudor de su frente. Tenía los pies llenos de ampollas, estaba hecho polvo, pero cuando el ferry se alejó del embarcadero, sintió por todas sus venas un cálido hormigueo.
    -Oiga, amigo, ¿hay mucho desde donde desembarcamos hasta la ciudad?-preguntó a un joven de sombrero de paja y corbata a rayas blancas y azules, que estaba en pie junto a él.
    La mirada del muchacho subió desde los zapatos deformados por la caminata hasta las muñecas rojas de Bud, que asomaban por las rozadas mangas de su chaqueta, atravesó su delgado pescuezo de pavo y fue a clavarse impúdicamente en sus ojos resueltos, sombreados por una visera rota.
    -Depende de adonde quiera usted ir.
    -¿Dónde está Broadway ?... Quiero ir al centro.
    -Tome usted hacia el este, baje luego por Broadway y llegará al mismo centro si anda un trecho.
    -Gracias. Eso haré.
    El violinista recorría la multitud, tendiendo su sombrero, y el viento agitaba mechones de pelo gris en su calva raída. Bud le vio volver hacia él su rostro triste, con dos ojos negros como cabezas de alfiler, que le miraban fijamente.
    -Nada -dijo con aspereza.
    Y se volvió a mirar la inmensidad del río, brillante como un cuchillo. Los tablones del embarcadero se unieron, crujieron al choque del ferry. Hubo un rechinar de cadenas, y Bud fue arrastrado por la multitud muelle adelante. Salió por entre dos vagones de carbón a una calle polvorienta por donde pasaban tranvías amarillos. Las rodillas le empezaron a temblar. Hundió las manos hasta el fondo de sus bolsillos.
    Entró en un figón antes de la esquina. Se instaló con dificultad en una banqueta giratoria y se puso a estudiar con cuidado la lista de precios.
    -Huevos fritos y un café.
    -¿Vueltos?-preguntó un hombre pelirrojo que detrás del mostrador se limpiaba con el delantal sus brazos gordos llenos de pecas.
    -¿Qué?-preguntó Bud sobresaltado.
    -Los huevos, si los quiere usted vueltos o con la yema encima.
    -Ah, sí, vueltos.
    Bud se dejó caer de nuevo sobre el mostrador, con la cabeza entre las manos.
    -Mala cara trae usted, amigo -dijo el hombre cascando los huevos en la grasa chirriante de la sartén.
    -Vengo andando desde el norte del Estado. Esta mañana anduve quince millas.
    El del mostrador lanzó un sonido silbante entre dientes.
    -Y viene usted aquí a buscar trabajo, ¿eh?
    Bud hizo un signo afirmativo con la cabeza. El otro echó los huevos crepitantes en un plato que empujó hacia Bud después de poner un poco de pan y mantequilla en el borde.
    -Voy a darle un consejito, amigo, que no le costará nada. Antes de ponerse a buscar, aféitese, córtese el pelo, cepíllese el traje, que está lleno de pajas. Así le será más fácil encontrar algo. En esta ciudad lo que cuenta es la facha.
    -Yo puedo trabajar como cualquiera. Soy un buen trabajador -gruñó Bud con la boca llena.
    -Le digo a usted que eso es todo -replicó el pelirrojo.
    Y se volvió a su hornillo.

    Ed Thatcher subía temblando las escaleras de mármol del gran vestíbulo del hospital. El olor de las medicinas se le pegaba a la garganta. Una mujer de cara almidonada le miraba por encima de una mesa de escritorio. Él trató de hablar con voz firme.

    -¿Quiere usted decirme cómo está la señora Thatcher ?
    -Sí, puede usted subir.
    -¿Pero marcha todo bien?
    -La enfermera del piso le podrá dar cualquier información que usted le pida. Escalera de la izquierda, tercer piso, sala de maternidad.
    Ed Thatcher llevaba un ramo de flores envuelto en un papel verde. La gran escalera oscilaba al subir él tropezando con las puntas de los pies en las varillas de bronce que sujetaban la esterilla. Una puerta cortó, al cerrarse, un chillido ahogado. Ed detuvo a una enfermera.
    -Me hace el favor, quisiera ver a la señora Thatcher.
    -Bueno, vaya usted, si sabe dónde está.
    -Pero la han cambiado de sitio.
    -Entonces tendrá usted que preguntar en el escritorio, al fondo de la galería.
    Se mordió los labios. En el fondo de la galería una mujer colorada le miró sonriendo.
    -Todo va bien. Es usted feliz padre de una robusta niñita.
    -Sabe usted, es nuestro primer hijo y Susie es tan delicada -balbuceó parpadeando.
    -Ah, sí, comprendo, a usted le preocupaba, naturalmente... Puede usted entrar y hablarle cuando se despierte. La niña nació hace dos horas. Tenga mucho cuidado de no fatigarla.
    Ed Thatcher, un hombre pequeño con un bigotillo rubio y unos ojos descoloridos, le cogió la mano a la enfermera y se la sacudió, mostrando en una sonrisa sus dientes amarillos y desiguales.
    -Es el primero, sabe usted.
    -Mi enhorabuena -dijo la enfermera.
    Filas de camas bajo la biliosa luz de los mecheros, un olor nauseabundo a sábanas constantemente sacudidas, caras gordas, demacradas, amarillas, blancas. Aquí está. Las trenzas rubias de Susie ceñían su carita torcida y crispada. Desenvolvió sus rosas y las puso sobre la mesilla de noche. Mirar por la ventana era lo mismo que mirar al fondo del agua. Los árboles de la plaza se entretejían como azules telarañas. A lo largo de la avenida se encendían lámparas que proyectaban reflejos verdes sobre los violáceos bloques color ladrillo de las casas. Chimeneas y tanques de agua se recortaban en un cielo sonrosado como carne. Los párpados azulados se levantaron.
    -¿Tú, Ed?... ¡Oh, pero son Jacks! ¡Qué locura!
    -No lo pude remediar, queridita. Sabía que te gustarían.
    Una enfermera rondaba a los pies de la cama.
    -¿No podría usted dejarnos ver a la niña ?
    La enfermera asintió. Era una mujer carienjuta, de labios delgados.
    -La odio -murmuró Susie-, me ataca los nervios esa mujer. Es el tipo perfecto de la solterona ruin.
    -No hagas caso, querida. Esto es cosa de un día o dos.
    Susie cerró los ojos.
    -¿Sigues pensando en llamarla Ellen ?
    La enfermera volvió con una cesta y la puso en la cama al lado de Susie.
    -¡Qué preciosidad! -dijo Ed-. Mira cómo respira... Y le han dado una untura.
    Ed ayudó a su mujer a incorporarse sobre un codo; la rubia trenza de su pelo se soltó cubriéndole el brazo y la mano.
    -¿Cómo puede usted distinguirlos, enfermera ?
    -A veces no podemos -dijo ésta rasgando la boca con una sonrisa.
    Susie, desconfiando, miraba la diminuta cara amoratada.
    -¿Está usted segura de que ésta es la mía?
    -Por supuesto.
    -Pero no tiene etiqueta.
    -Se la pondré en seguida.
    -Pero la mía era morena.
    Susie se tendió en la almohada tratando de respirar mejor.
    -Tiene una pelusilla clara del mismo color que su pelo.
    Susie, extendiendo los brazos, gritó:
    -¡No es la mía, no es la mía... Que se lleven eso... Esta mujer me ha robado mi niña!
    -¡Querida, por amor de Dios! -suplicó el marido tratando de arroparla con el cobertor.
    -Malo, malo -dijo tranquilamente la enfermera recogiendo la cesta-; tendré que darle un calmante.
    Susie se había sentado en la cama.
    -¡Que se lleven eso! -gritó y cayó hacia atrás con un ataque de nervios, profiriendo continuamente débiles quejidos.
    -¡Dios mío! -exclamó Ed Thatcher juntando las manos.
    -Mejor sería que se marchara usted ya, señor Thatcher... La enferma se tranquilizará en cuanto usted se vaya... Voy a poner las rosas en agua.
    En el último tramo alcanzó a un hombre rechoncho que bajaba lentamente, frotándose las manos. Sus ojos se encontraron.
    -¿Todo fa pien, señor?-preguntó el hombre rechoncho.
    -Sí, creo que sí -respondió Thatcher débilmente.
    El gordo se volvió a él, bulléndole la alegría en su voz ronca:
    -Felisíteme, felisíteme; mein mujer ha dado a lus un chico.
    Thatcher estrechó una mano regordeta. -La mía es niña -confesó tímidamente.
    -Yo en sinco años sinco niñas, y ahora, figúrese, ¡un chico!
    -Sí -dijo Thatcher al llegar a la acera- es un gran momento.
    -¿Me permite ustet, señor, que le infite a selebrarlo con un traquito ?
    En la esquina de la Tercera Avenida se batían las medias puertas de rejilla de un bar. Después de restregarse los pies delicadamente pasaron a la sala del fondo.
    -Ach! -dijo el alemán mientras tomaba asiento en una mesa toda rajada- la fida de familia está llena de cuidados.
    -Así es, señor, éste es mi primero.
    -¿Quiere ustet serfesa ?
    -Sí, cualquier cosa.
    -Dos potellas de Culmbacher importado, para peper a la salud de nuestra gente menuda.
    -Las botellas detonaron y la espuma veteada de sepia subió a los vasos.
    -A la suya... Prosit! -dijo el germano alzando el vaso, y luego limpiándose la espuma del bigote y dando un puñetazo en la mesa con su puño rosado-: Sería intiscreto, señor...
    -Me llamo Thatcher.
    -¿Sería indiscreto, señor Thatcher, precuntarle su profesión ?
    -Contable. Espero que pronto me nombrarán definitivamente.
    -Yo soy impresor y me llamo Zucher, Marco Antonio Zucher.
    -Mucho gusto en conocerle, señor Zucher.
    Se estrecharon las manos a través de la mesa por entre las botellas.
    -Un contable gana mucho dinero -dijo el señor Zucher.
    -Mucho dinero es lo que yo necesito para mi pequeña.
    -Los chicos comen dinero -continuó el señor Zucher con voz grave.
    -¿No me dejará usted pagar una botella?-dijo Thatcher calculando lo que tenía en el bolsillo-. A la pobre Susie no le gustaría verme bebiendo en un tugurio como éste; pero por una vez.., y además me estoy instruyendo en el arte de ser padre.
    -Cuantos más, mejor... -dijo Zucher-, pero los chicos comen dinero..., no hasen más que comer y destrosar ropa. Cuando yo ponga mi negosio en pie... Ach! Ahora con las hipotecas y las dificultades para optener préstamos y los salarios que supen mit esos locos de sosialistas y dinamiteros...
    -En fin, a su salud, señor Zucher.
    El señor Zucher con el pulgar y el índice de cada mano exprimió la espuma de su bigote:
    -No todos los días traemos al mundo un niño, señor Thatcher.
    -O una niña, señor Zucher.
    El del bar trajo otras botellas, limpió la mesa y se quedó escuchando, con el trapo entre las manos.
    -Y me da el corasón que cuando mi chico pepa a la salud del suyo, será con champaña. Ach! Así son las cosas en esta cran siudat.
    -A mí me gustaría que mi hija fuese una muchacha casera, tranquila, no como éstas de ahora, todo perifollos, volantes y cinturitas. Yo para entonces ya me habré retirado y tendré una finquita a orillas del Hudson. Por las tardes trabajaré en el jardín... Conozco tipos que se han retirado con tres mil dólares de renta. Ahorrando se llega a eso.
    -El ahorro no sirve de ná -dijo el del bar-. Yo he estao ahorrando diez años, y el Banco quebró y no me quedó más que un talonario pa recuerdo. No hay más que un sistema, que le den a uno el soplo y aventurarse.
    -Eso es jugar -interrumpió Thatcher.
    -Sí, señor; es jugar -dijo el otro.
    Y se volvió a su bar balanceando las botellas vacías.
    -Jugar. No va descaminado -dijo el Sr. Zucher clavando en su cerveza una mirada vidriosa y pensativa-. El hombre ampisioso tiene que afenturarse. La ampisión fue lo que me trajo aquí desde Francfort a los dose años, und ahora que tengo que trabajar para un hijo... Ach!, le pondremos Wilhelm como el káiser.
    -Mi hijita se llamará Ellen, como mi madre.
    A Ed Thatcher se le llenaron los ojos de lágrimas. El señor Zucher se levantó.
    -Pueno, adiós, Sr. Thatcher. Encantado de haperle conocido. Me fuelfo a casa con mis hijitas.
    Thatcher estrechó otra vez la mano regordeta, y absorto en dulces pensamientos de maternidad, paternidad, cumpleaños y navidades, vio entre una espumosa niebla sepia al señor Zucher salir anadeando por las puertas batientes. Después de un rato estiró los brazos. Bueno, a la pobre Susie no le gustaría verle allí... Todo por ella y por aquel encanto de chiquilla.
    -Eh, eh, que se olvida usted de pagar -le gritó el del bar cuando ya estaba en la puerta.
    -¿No pagó el otro?
    -¡Qué diablos va a pagar!
    -Pero si es que él me había convidado...
    El del bar se echó a reír guardándose el dinero.
    -Nada, que este tío cree en el ahorro.
    Un hombrecillo barbudo y patizambo, de sombrero hongo, subía por Allen Street, túnel rayado de sol, tendido de colchas azul celeste, salmón ahumado y amarillo-mostaza, rebosante de muebles de ocasión color jengibre. Con las manos frías cruzadas sobre los faldones de su levita, iba abriéndose paso entre cajas de embalaje y chiquillos que correteaban. No cesaba de morderse los labios ni de trenzar y destrenzar los dedos. Marchaba sin oír los gritos de la chiquillería ni el anonadante trepitar de los trenes elevados. Tampoco notaba el olor rancio y agridulce de las viviendas atestadas.
    En la esquina de Canal Street se paró ante una droguería amarilla y se quedó mirando la cara pintada en un anunció. Era una cara afeitada, distinguida, con cejas arqueadas y un bigotazo bien recortado: la cara de un hombre que tiene dinero en el Banco, portentosamente colocada sobre un cuello de pajarita ceñido por amplia corbata negra. Debajo, en letra inglesa, se leía la firma KING C. GILLETE. Sobre la cabeza campeaba el lema: no stropping no honning. El hombrecillo barbudo se echó el hongo atrás descubriendo su frente sudorosa, y se quedó largo rato mirando los ojos de KING C. GILLETE, llenos del orgullo que da el dólar. Luego apretó los puños, sacó pecho y entró en la droguería.
    Su mujer y sus hijas habían salido. Calentó un jarro de agua en el gas. Después, con las tijeras que encontró encima de una repisa, se cortó los largos rizos de la barba. En seguida empezó a afeitarse muy cuidadosamente con la nueva maquinilla de níquel. Estaba en pie, tembloroso, pasándose los dedos por las mejillas blancas y suaves, frente al espejo empañado, y comenzaba a recortarse el bigote, cuando oyó ruido detrás. Volvió hacia ellas una cara lisa como la cara de KING C. GILLETE, una cara que sonreía con el orgullo que da el dólar. Los ojos de las dos niñas se salían de las órbitas.
    -¡Mamá..., es papá! -gritó la mayor.
    Su mujer se desplomó como un saco de ropa en la mecedora y se tapó la cabeza con el delantal.
    -¡Huy, huy! ¡Huy, huy! -gemía meciéndose.
    -¿Pero qué te pasa?¿Es que no te gusta?
    El andaba de un lado para otro con su flamante maquinilla en la mano, frotándose suavemente de cuando en cuando la barbilla lisa.


    II. METRÓPOLI

    Babilonia y Nínive eran de ladrillo. Toda Atenas era doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno del Cuerno de Oro... Acero, vidrio, baldosas, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta.


    Cuando la puerta del cuarto se cerró tras él, Ed Thatcher se sintió muy solo, lleno de punzante inquietud. Si Susie estuviera allí le diría cuánto dinero iba a ganar, le diría que cada semana depositaría diez dólares en la caja de ahorros para la pequeña Ellen, lo cual haría quinientos veinte dólares al cabo del año... En diez años, sin contar el interés, más de cinco mil dólares. Tengo que calcular el interés compuesto de quinientos veinte dólares al cuatro por ciento. Ed daba vueltas por el cuarto, muy agitado. La luz de gas ronroneaba confortablemente como un gato. Sus ojos cayeron sobre el titular de un periódico que andaba por los suelos junto al cubo de carbón donde lo había tirado cuando salió a buscar un coche para llevar a Susie al hospital.

    MORTON FIRMA EL PROYECTO DE ENSANCHE
    DE NUEVA YORK
    Aprueba el decreto que hará de Nueva York la segunda
    metrópoli del mundo

    Respirando profundamente dobló el periódico y lo dejó en la mesa. La segunda metrópoli del mundo... Y papá quería que me quedara en su viejo tenducho de Onteora. Y quizá me hubiese quedado si no fuera por Susie... Señores, esta noche que ustedes me hacen el señalado favor de ofrecerme una participación en su casa, quiero presentarles a mi mujercita. Todo se lo debo a ella.
    En la reverencia que hizo a la chimenea, tropezó con la consola próxima a la librería y tiró una figurilla de China. Chasqueando la lengua, se agachó a recogerla. La cabeza de la holandesita, en porcelana azul, estaba separada del cuerpo. Y la pobre Susie, tan encariñada con sus bibelots... Mejor será irse a la cama.
    Levantó la ventana y se asomó. Un tren elevado retumbaba al extremo de la calle. Una fumarada de carbón le dio en las narices. Con medio cuerpo fuera de la ventana se quedó largo rato mirando a la calle a derecha y a izquierda. La segunda metrópoli del mundo. Las casas de ladrillo, la luz empañada de los faroles, las voces de un grupo de granujillas que se peleaban en las escaleras de la casa fronteriza, el paso firme y regular de un policía, le daban una impresión de movimiento, como de soldados en marcha, como un vapor de ruedas remontando el Hudson, como una parada electoral que se dirigiese por las largas calles hacia algo muy grande, muy blanco, lleno de columnas, majestuoso, Metrópoli.
    De pronto, carreras por la calle. Una voz ahogada gritó:
    -¡Fuego!
    -¿Dónde?
    Los chiquillos desaparecieron de las escaleras de enfrente. Thatcher se volvió a su cuarto. Hacia un calor sofocante. Estaba ansioso de verse fuera. En la calle sonaban los cascos de los caballos y la campanilla frenética de un coche de bomberos. Sólo un vistazo. Echó a correr escaleras abajo con el sombrero en la mano.
    -¿Hacia dónde es?
    -Ahí al lado.
    -Es una casa de vecinos.
    Era un edificio de seis pisos, con ventanas estrechas. Acababan de poner las escalas. Un humo negruzco salpicado de chispas salía violentamente por las ventanas más bajas. Tres policías blandían sus porras empujando a la multitud contra las escaleras y las verjas de las casas de enfrente. En el espacio vacío, en medio de la calle, resplandecía el latón de la bomba v de la manguera. La gente miraba en silencio las ventanas superiores, por donde cruzaban sombras entre fulgores intermitentes. Una llama delgada empezó a brillar sobre la casa como una bengala.
    -La ventilación -murmuró un hombre al oído de Thatcher.
    Una ráfaga de viento llenó la calle de humo y de un olor a trapos quemados. Thatcher se sintió repentinamente indispuesto. Cuando el humo se disipó vio un racimo de gente que pataleaba colgada del saliente de una ventana. Del otro lado los bomberos ayudaban a las mujeres a bajar por una escala. La llama central se avivaba por momentos. Un bulto negro se había desprendido de una ventana y yacía en el pavimento dando gritos. Los policías hacían retroceder al gentío hacia esquinas de la manzana. Llegaban más coches de bomberos.
    -Hay cinco timbres de alarma en la casa -dijo uno-. ¿Qué le parece? Los de los pisos superiores han sido bloqueados. Esto es obra de un incendiario, de un cochino incendiario.
    Un joven estaba agazapado en la acera junto a un farol. Thatcher, empujado por la muchedumbre, se encontró frente a él.
    -Es un italiano.
    -Su mujer está dentro de la casa.
    -La policía no le deja acercarse. Su mujer está encinta. No habla inglés y no puede preguntar a los polizontes.
    El italiano llevaba unos tirantes azules atados atrás con un trozo de bramante. Le temblaba la espalda y de cuando en cuando soltaba una ristra de palabras que nadie entendía.
    Thatcher se abrió paso entre la multitud. En la esquina, un hombre examinaba la señal de alarma. Al rozarse con él, Thatcher notó que sus ropas olían a petróleo. El hombre le miró cara a cara sonriendo. Tenía unas mejillas sebosas, colgantes, y los ojos brillantes y saltones. Thatcher sintió que se le enfriaban de repente los pies y las manos. El incendiario. Los periódicos dicen que se quedan así, rondando para mirar. Se fue a casa corriendo, subió a toda prisa la escalera y cerró la puerta con llave. El cuarto estaba callado y vacío. Había olvidado que Susie no estaría allí esperándole. Comenzó a desnudarse. No podía olvidar el olor a petróleo de las ropas de aquel hombre.

    Mr. Perry sacudía las hojas de bardana con su bastón. El agente de negocios argüía con voz cantarina:
    -No tengo inconveniente en decir a usted, Sr. Perry, que esta ocasión no la debe desperdiciar. Ya sabe usted lo que dice el refrán...: la fortuna llama sólo una vez a la puerta de la juventud. Le garantizo que en seis meses estos solares valdrán el doble. Y ahora que formamos parte de Nueva York, la segunda ciudad del mundo, fíjese bien... No tardará en llegar el día, y nosotros seguramente lo veremos, en que puentes y más puentes sobre el East River hagan de Long Island y Manhattan un solo todo. Entonces Borough Queens será corazón y centro de la gran metrópoli como Astor Place lo es hoy.
    -Sí, sí; pero yo busco algo totalmente seguro. Y además quiero edificar. Mi mujer no ha estado bien de salud estos últimos años.
    -Pero ¿puede haber nada más seguro que mi proposición? Comprenda usted, Sr. Perry, que, con gran perjuicio mío, le meto a usted en una de las mayores empresas de propiedad urbana de los tiempos modernos. Pongo a su disposición no sólo seguridad, sino comodidad, confort, lujo. Sr. Perry, queramos o no, somos arrastrados por una gran ola de expansión y progreso. Grandes acontecimientos nos esperan en años muy próximos. Todas estas invenciones mecánicas -teléfonos, electricidad, puentes de acero, vehículos sin caballos- tienen que dar algún resultado. De nosotros depende ir a la cabeza del progreso... Dios, no puedo decirle a usted todo lo que esto significará...
    Hurgando la hierba seca y las hojas de bardana, el señor Perry había removido algo con su bastón. Se agachó y recogió un cráneo triangular con un par de cuernos retorcidos.
    -¡Caray! -dijo-. Debió ser un buen morueco.

    Entontecido con el olor de la espuma, de lociones, de pelo chamuscado, que flotaba en el aire enrarecido de la peluquería, Bud se sentó cabeceando, las manazas rojas entre las rodillas. A través del tijereteo sentía aún en sus oídos el golpear de sus pies sobre el camino de Nyak.
    -¡Primero!
    -¿Qué?... ¡Ah, sí!; afeitarme y cortarme el pelo.
    Las regordetas manos del barbero se hundieron en su pelambre, las tijeras zumbaron como un avispón detrás de sus orejas. Se le cerraban los ojos y él se esforzaba en abrirlos luchando con el sueño. Más allá del paño rayado, sembrado de pelos rojos, veía la rizada cabeza del negro que le limpiaba las botas.
    -Sí, señor -zumbó el vozarrón del que ocupaba la silla contigua-; ya es hora de que el partido democrático nombre un fuerte...
    -¿Le afeito el cogote también?
    La grasienta cara de luna del peluquero se pegó a la suya. Bud hizo un gesto afirmativo.
    -¿Shampoo?
    -No.
    Cuando el barbero echó atrás la silla para afeitarle, él trató de estirar el cuello como una tortuga patas arriba. La espuma iba extendiéndose lentamente por sus mejillas, le hacía cosquillas en la nariz, se le metía por las orejas. Se ahogaba en olas de espuma azul, negra, cortadas por el lejano brillo de la navaja, el brillo del azadón a través de nubes de espuma azulnegra. El viejo tendido de espaldas en el patatar, la barba al aire, de un blanco espumoso, llena de sangre. Llenos de sangre los calcetines, de aquellas ampollas en los talones. Sus manos se crisparon frías y callosas como las manos de un cadáver bajo la sábana. Déjeme levantar... Abrió los ojos. Unos dedos blandos le frotaban la barbilla. Miró al techo donde cuatro moscas trazaban ochos alrededor de una campana roja de papel crepé. Sentía en la boca la lengua seca como un pedazo de cuero. El barbero enderezó de nuevo la silla. Bud miró a un lado y a otro entornando los ojos.
    -Cincuenta centavos, y un «níquel»1 por los zapatos.

    «CONFIESA HABER MATADO A SU MADRE
    INVALIDA...»

    -¿Puedo sentarme aquí un momento a leer el periódico? Su propia voz le golpeaba en los oídos.
    -¡No faltaba más!...

    «LOS AMIGOS DE PARKER PROTEGEN...»

    Los caracteres negros bailan ante sus ojos. Los rusos...

    LA CHUSMA APEDREA... (DESPACHO ESPECIAL
    PARA EL HERALD)

    «Trentón, N.J.
    Nathan Sibbetts, de catorce años, después de haber negado rotundamente durante dos semanas su delito, confesó hoy a la policía que había matado a su anciana y baldada madre, Hannah Sibbetts, a consecuencia de una discusión en su casa de Jacor Creek, seis millas al norte de esta ciudad. Esta noche ha sido encarcelado en espera de la decisión del jurado.»

    «SOCORRE A PUERTO ARTURO, CARA AL ENEMIGO»

    « ...Mrs. Rix pierde las cenizas de su marido.»
    «El martes, 24 de mayo, a eso de las ocho y media, volví a casa después de dormir en la aplastadora toda la noche, dijo, y subí para dormir otro poco. Apenas había cerrado los ojos cuando mi madre subió también y me dijo que me levantase, que sino, me tiraba por las escaleras. Yo la tiré primero. Rodó hasta abajo. Luego bajé y la encontré con la cabeza torcida. Vi que estaba muerta y entonces la tapé con el cobertor de mi cama.»

    Bud dobla el periódico cuidadosamente, lo deja en la silla y sale. Fuera, el aire huele a muchedumbre, está lleno de ruidos y de sol. No soy más que una aguja en un montón de heno... «Y tengo veinticinco años», murmuró en voz alta. «Pensar que un chico de catorce...» Bud aprieta el paso a lo largo del estruendoso pavimento donde el sol, atravesando la armazón del tren elevado, traza en la calle azul franjas de un amarillo cálido. «No soy más que una aguja en un montón de heno.»

    Ed Thatcher, encorvado sobre las teclas del piano, trataba de sacar la Parada del mosquito. El sol de la tarde dominguera se filtraba entre las rojas rosas de la alfombra, llenaba el desordenado gabinete de motas y esquirlas de luz. Susie Thatcher, desfallecida, sentada junto a la ventana, miraba a su marido con ojos demasiado azules para su cara pálida. Entre los dos, pisando cuidadosamente por entre las rosas del soleado campo de la alfombra, la pequeña Ellen bailaba. Dos manitas levantaban el vestido rosa plisado y de cuando en cuando una vocecilla enfática decía: «Mamita, fíjate en mi expresión.»
    -Mira la niña -dijo Thatcher sin dejar el piano-: es una verdadera bailarina.
    El periódico del domingo se había caído de la mesa. Ellen se puso bailar encima, desgarrando las hojas con sus piececitos ágiles.
    -No hagas eso, Ellen querida -suspiró Susie desde su silla de felpa rosa.
    -Pero, mamita, si lo puedo hacer sin dejar de bailar.
    -No lo hagas, te dice mamá.
    Ed Thatcher había atacado La barcarola. Ellen la bailaba cimbreando los brazos, desgarrando el periódico con sus pies ágiles.
    -Ed, por amor de Dios, saca de ahí a esa niña; esta rompiendo el periódico.
    El dejó caer los dedos en un acorde lánguido.
    -Queridita, no hagas eso, papá no ha acabado de leerlo.
    Ellen continuó. Thatcher saltó del taburete y la sentó en sus rodillas. La pequeña se retorcía de risa.
    -Ellen, debes hacer caso siempre a lo que mamá te diga, y no ser tan destrozona, rica. Hacer ese periódico cuesta dinero, muchos obreros han trabajado en él, y papá fue a comprarlo, y no ha terminado de leerlo. Ellen comprende ahora, ¿verdad? Lo que necesitamos en este mundo es cons-trucción y no des-trucción.
    Luego volvió a su barcarola y Ellen siguió bailando, poniendo cuidadosamente los pies entre las rosas del soleado campo de la alfombra.

    En la mesa del lunch-room seis hombres, con los sombreros en la coronilla, comían apresuradamente.
    -¡Recristo! -gritó desde un extremo de la mesa el joven que tenía en una mano un periódico y una taza de café en la otra -. ¿Se ha visto semejante cosa?
    -¿El qué?-gruñó un hombre carilargo que mascaba un palillo.
    -Un culebrón aparece en la Quinta Avenida... Esta mañana a las once y media, las mujeres escaparon gritando a la vista de un culebrón que, saliendo por una grieta del muro del depósito de aguas, empezó a cruzar la acera en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 42...
    -Un camelo.
    -Eso no tiene ná de particular -dijo un viejo-; cuando yo era chico tirábamos a los becardones en Brooklyn.
    -;Dios santo, las nueve y cuarto!-murmuró el joven doblando el periódico.
    Y apresuradamente salió a Hudson Street. Hombres y muchachas marchaban a buen paso en la luz rosada de la mañana. El martilleo de las herraduras de los caballos, de cascos peludos, y el chirriar de las ruedas de los camiones, cargados de víveres, levantaban un ruido ensordecedor. El aire se llenaba de un polvillo cortante. Delante de la puerta de M. Sullivan & Co., Guardamuebles y Almacén, le esperaba una chica. Llevaba un sombrero de flores y bajo la barbilla levantada con impertinencia, un gran lazo malva. El joven se sintió lleno de efervescencia como una botella de gaseosa recién descorchada.
    -¡Hola, Emily!... Oye, me han ascendido. 
    -Por poco llegas tarde, ¿sabes?
    -Pero es de veras, me han aumentado dos dólares.
    Ella ladeó su barbilla, primero a un lado, luego al otro.
    -No me importa un bledo.
    -Ya sabes lo que me prometiste si me ascendían.
    Le clavó los ojos burlona.
    -Y esto no es más que el principio...
    -Pero ¿qué se hace con quince dólares a la semana?
    -Pues son sesenta al mes, y de paso aprendo el comercio de importación.
    -Llegarás tarde por tonto.
    Dio media vuelta y subió corriendo las sucias escaleras. Su falda, plisada en forma de campana, se balanceaba de un lado para otro.
    -¡Dios! ¡La odio, la odio!
    Y sorbiéndose las lágrimas que le abrasaban los ojos, bajó rápidamente Hudson Street hasta las oficinas de Winkle & Gulick, importadores de las Antillas.

    La cubierta, junto al torno delantero, estaba caliente, húmeda, salobre. Tendidos el uno junto al otro, cuchicheaban soñolientos. En sus oídos resonaba el espumajeo del agua hendida por la proa, que cortaba brutalmente el oleaje verdoso del Gulf Stream.
    -J'te dis, mon vieux, moi j’fous le camp a New York...2 En cuanto amarremos, salto a tierra y allí me quedo. ¡Estoy harto de esta vida de perros!
    El camarero tenía el pelo rubio y una cara ovalada entre rosa y crema. Una colilla apagada se desprendió de sus labios al hablar:
    -¡Mon Dieu!
    Trató de atraparle mientras rodaba por la cubierta, pero se le escapó de las manos y desapareció por el imbornal.
    -Déjala, yo tengo de sobra -dijo el otro que, echado de bruces, agitaba en el sol brumoso un par de pies sucios-. Seguramente el cónsul te embarcará otra vez.
    -Si me agarra.
    -¿Y tu servicio militar?
    -Al cuerno con él. Y con Francia también por lo mismo.
    -¿Te vas a hacer ciudadano americano?
    -¿Por qué no? Todo hombre tiene derecho a escoger su patria.
    El otro, como meditando, se restregó la nariz con el puño, y dio un largo silbido.
    -Emile, tú eres un cuco -dijo.
    -Pero, Congo, ¿por qué no vienes tú también? Supongo que no querrás pasarte la vida recogiendo basura en la cocina de un cochino barco.
    Congo dio una vuelta, se sentó con las piernas cruzadas, y se rascó la cabellera negra y crespa.
    -Oye, ¿cuánto cuesta una mujer en Nueva York?
    -No sé; mucho, me figuro... Yo no voy a tierra a correrla. Voy a buscar un buen empleo y a trabajar. ¿No puedes pensar más que en mujeres?
    -¡Qué más da! ¿Por qué no?-dijo Congo.
    Y se tendió otra vez cuan largo era en la cubierta, hundiendo la cara negra de hollín en sus brazos cruzados.
    -Lo que yo digo es que quiero llegar a algo en este mundo. Europa está podrida, apesta. En América uno puede abrirse camino. El nacimiento no importa, la educación no importa. Todo es abrirse camino.
    -Y si hubiera aquí ahora una buena hembra, cachonda, aquí mismo en la cubierta, ¿no te gustaría revolcarte con ella?
    -Cuando seamos ricos tendremos sobra de todo.
    -¿Y no tienen servicio militar?
    -¿Para qué? Lo único que buscan son los cuartos. No quieren pelearse con el prójimo, sino negociar con él.
    Congo no respondió.
    El camarero tendido boca arriba miraba las nubes, que flotaban hacia el este, apiñadas como enormes edificios, traspasados por la luz del sol, blanca y brillante como papel de estaño. El se paseaba por largas calles blancas, bordeadas de altos edificios, y, pavoneándose con su levita y su gran cuello blanco, subía escaleras de estaño, amplias, relucientes. Por portales azules, entraba en halls de veteados mármoles, donde el dinero corría y tintineaba en grandes mesas de papel de estaño. Billetes, plata, oro.
    -¡Mon Dieu, v'là l'heure! 3
    La doble campana del vigía llegó débilmente a sus oídos.
    -Que no te olvides. Congo, la primera noche que echemos pie a tierra... (chasqueó los labios) ni visto ni oído.
    -Estaba dormido. Soñaba con una rubia. La hubiera atrapado, si no me despiertas.
    El camarero se levantó gruñendo y se quedó un momento en pie mirando al poniente, donde el oleaje terminaba en una línea ondulante que cortaba un cielo de níquel. Luego empujó la cabeza de Congo contra el suelo y corrió a popa. Los zuecos le repiqueteaban en los pies desnudos.

    Fuera, el caluroso sábado de junio arrastraba sus extremidades por la calle 1 10 abajo. Susie Thatcher, incómodamente tendida en la cama, con las manos azules y huesudas sobre la colcha, oía voces a través del tabique. Una joven gritaba nasalizando:
    -Te digo, mamá, que no vuelvo con él.
    Una voz vieja y ponderada de judía respondió en tono de reconvención:
    -Pero, Rosie, la vida de matrimonio no consiste sólo en beber y divertirse. La mujer debe someterse y trabajar para su marido.
    -No quiero. No puedo. No quiero volver con ese asqueroso bruto.
    Susie se sentó en la cama, pero no pudo oír lo que a continuación dijo la vieja.
    -Es que ya no soy judía -chilló súbitamente la joven-. No estamos en Rusia; estamos en Nueva York. Una mujer tiene aquí sus derechos.
    Sonó un portazo y todo volvió a quedar en silencio.
    Susie Thatcher, malhumorada, rebullía en la cama. Esa gentuza no me deja un momento en paz. De abajo llegaba el tintín de una pianola que tocaba el vals de La viuda alegre. «Oh, Dios, ¿por qué no vuelve Ed a casa? Es una crueldad dejar a una enferma así sola. Egoísta.» Hizo una mueca y se echó a llorar. Luego se quedó otra vez quieta, con los ojos fijos en el techo, mirando las pesadas moscas que zumbaban alrededor de la lámpara. Un coche trepitaba calle abajo. Los chiquillos gritaban. Un chaval pasó voceando un «extra». ¡Si fuera un incendio! Aquel horrible fuego en un teatro de Chicago. ¡Voy a volverme loca! Se revolvía en la cama, clavándose las uñas puntiagudas en las palmas de las manos. «Tomaré otra pastilla. A ver si logro dormirme.» Se incorporó sobre el codo y sacó la última tableta de una cajita de lata. El sorbo de agua que arrastró la tableta le suavizó la garganta. Cerró los ojos y se quedó tranquila.
    Despertó sobresaltada. Ellen correteaba por el cuarto, con su boina verde caída hacia atrás y los bucles cobrizos en desorden. -Mamá, yo quiero ser chico.
    -No grites, rica. Mamá no se siente nada bien.
    -Yo quiero ser chico.
    -¿Qué le has hecho a la niña, Ed? Está desatada.
    -Los dos estamos excitadísimos. Hemos visto una comedia maravillosa. A ti te hubiera encantado, tan poética y... ya sabes. Maude Adams estaba estupenda. Ellen no se aburrió un minuto.
    -Ya te lo dije. Ed: es ridículo llevar a esa criatura...
    -Yo quiero ser un chico, papaíto.
    -A mí me gusta mi niña tal como es. Tendremos que volver contigo, Susie.
    -Bien sabes, Ed, que nunca me hallaré en estado de ir. -Se incorporó de repente, rígida. El pelo lacio y amarillento le colgaba por la espalda-. Quisiera morirme..., quisiera morirme y no ser más una carga para vosotros. Me odiáis los dos. Si no me odiarais no me dejaríais así sola.
    Y se echó a llorar tapándose la cara.
    -Quiero morirme, quiero morirme -sollozó entre los dedos.
    -Vamos, Susie, por amor de Dios, no está bien que digas esas cosas.
    La abrazó y se sentó en la cama a su lado. Llorando en silencio, Susie dejó caer la cabeza sobre el hombro de su marido. Ellen, en pie, los miraba con sus grandes ojos grises. Luego se puso a saltar por el cuarto canturreando: «Ellie va a ser un chico, Ellie va a ser un chico.»
    A grandes zancadas, cojeando un poco a causa de sus pies ampollados, Bud descendía Broadway. Pasó por delante de solares vacíos donde brillaban latas de conserva entre hierbas y matojos de zumaque y zuzón; pasó entre filas de carteleras y anuncios de Bull Durham; pasó por delante de chozas y casucas abandonadas, dejando atrás vertederos llenos de escombros y ruedas, donde los volquetes descargaban cenizas y escorias; pasó ante moles de roca gris que las perforadoras de vapor taladraban y roían continuamente, ante excavaciones desde las cuales subían trabajosamente a la calle carros cargados de cascote y greda. Hasta que se encontró andando por aceras nuevas, entre filas de casas de ladrillo amarillo. Bud miraba los escaparates de las tiendas de comestibles, de las lavanderías chinas, de los lunch-rooms, de las tiendas de flores, de las verdulerías, sastrerías y reposterías. Al pasar por debajo del andamiaje de un edificio en construcción, su mirada se cruzó con la de un viejo que estaba sentado al borde de la acera, componiendo lámparas de aceite. Bud se paró a su lado, se subió los pantalones, carraspeó:
    -Oiga, ¿no puede usté decirme de un buen sitio donde me den trabajo?...
    -Buenos sitios donde den trabajo no los hay, amigo... Malos, si, de sobra... Yo dentro de un mes y cuatro días cumpliré los sesenta y cinco, y he trabajado desde que tenía cinco años, creo, y no he encontrado un buen empleo aún.
    -Yo con cualquier trabajo me contento.
    -¿Tiene usté tarjeta de la Unión?
    -No tengo ná.
    -Sin tarjeta no le darán trabajo en el gremio de constructores -dijo el viejo.
    Se restregó los pelos grises de su barbilla con el dorso de la mano, y volvió a sus lámparas. Bud se quedó mirando la selva de vigas de hierro, blancas de polvo, del nuevo edificio, pero al fijarse en un hombre de sombrero hongo que le miraba por la ventanilla de la caseta del vigilante, echó a andar, molesto, arrastrando penosamente sus pies: «Si pudiera meterme en el mismo centro...»
    En la otra esquina se agolpaba la gente alrededor de un automóvil blanco, muy alto. Nubes de humo salían de la parte de atrás. Un policía sostenía a un chiquillo por los sobacos. Desde el coche un hombre colorado, blancas patillas de morsa, gritaba enfurecido:
    -Le digo a usted, guardia, que tiró una piedra... Esto tiene que acabar. Un policía ponerse de parte de los pillos y granujas...
    Una mujer con el pelo recogido sobre la coronilla en un moño tieso, vociferaba amenazando con el puño al hombre del auto:
    -¡Por poco me pilla, guardia, por poco me pilla!
    Bud se arrimó aun joven, con mandil de carnicero, que llevaba una gorra de baseball echada hacia atrás.
    -¿Qué pasa?
    -¡Yo qué sé!... Uno d'esos jaleos d'autos, me figuro. ¿No lé usté los periódicos? Hacen bien, ¿no cré usté? ¿Con qué derecho van ésos malditos chismes disparaos por las calles atropellando mujeres y críos?
    -¡Arrea!, pero ¿hacen eso?
    -Pos claro que lo hacen.
    -Oiga... mmm... ¿puede usté decirme d'un buen sitio ande me den trabajo?
    El carnicero soltó una carcajada echando atrás la cabeza.
    -¡Anda!... Y yo que pensé que m'iba usté a pedir limosna... Apuesto a que no es usté neoyorquino... Yo le diré lo que tiene qu'hacer... Siga tó derecho por Broadway abajo, hasta el Yuntamiento...
    -¿Es ahí el centro de los negocios?
    -Esatamente... Aluego sube usté arriba... Pregunta al alcalde... Dígame, ¿hay alguna vacante en el concejo?...
    -¡Qué diablos va a haber! -gruñó Bud alejándose rápidamente.

    -Venga de ahí... rodar, rodar, canallas.
    -Eso es hablar, Slats.
    -¡Sal, siete, sal!
    Slats tiró los dados, chasqueando el pulgar contra sus dedos sudorosos.
    -¡Demontre!
    -¡Vaya una manera de tirar, Slats!
    Las manos sucias añadieron cada una un níquel al montón que se elevaba en el centro del círculo formado por rodillas remendadas. Los cinco chicos estaban sentados sobre sus talones a la luz de un farol en South Street.
    -Vamos, ricos, que estamos esperando. ¡Venga de ahí, granujas, venga de ahí!
    -¡Chicos, a pirárselas! Ahí baja ese grandullón de Leonard con su pandilla.
    Le rompería el bautismo por un...
    Cuatro de ellos se largaban ya muelle adelante desparramándose sin volver la cabeza. El más pequeño, con su cara de pico, se quedó atrás tranquilamente para recoger el dinero. Luego corrió pegado a la pared y desapareció por un oscuro pasadizo entre dos casas. Allí esperó aplastado detrás de una chimenea. Las voces contusas de la pandilla irrumpieron en el pasadizo; luego se perdieron calle abajo. El chaval contaba los cuartos que tenía en la mano. Diez «¡Atiza! Cincuenta centavos... Les diré que Leonard arreó con el parné.» Como sus bolsillos no tenían fondo, anudó los cuartos en los faldones de la camisa.
    En cada sitio de la mesa ovalada, resplandeciente de blancura, una copa de gin alternaba con otra de champaña. En ocho platos blancos, lustrosos, ocho canapés de caviar, flanqueados por rajas de limón, rociados con salpicón de cebolla y clara de huevo, parecían redondeles de perlas negras sobre las hojas de lechuga.
    -Beaucoup de soin,4 no lo olvides -advirtió el viejo camarero arrugando una frente llena de bultos.
    Era un hombre menudo, con andares de pato, y unas hebras de pelo negro muy pegadas al cráneo abombado.
    -Bien -aprobó Emile con un gesto de cabeza.
    Le apretaba el cuello. Estaba removiendo la última botella de champaña en un cubo de hielo, encintado de níquel, que había en el trinchero.
    -Beaucoup de soin, ¡madonna!...5 El tío este tira el dinero como si fuera confetti, ¿sabes?... Da propinas, ¿sabes?... Es muy rico. No le importa gastar.
    Emile pasó la mano por el mantel para estirarlo.
    -Fais pas como ça...6 Tienes las manos sucias. Puedes dejar la señal.
    Descansando primero sobre un pie, luego sobre el otro, esperaban con la servilleta al brazo. Del piso bajo, entre el olor a mantequilla de la comida y el retintín de cuchillos, tenedores y platos, subía la giratoria melodía de un vals.
    Cuando vio al viejo camarero inclinarse en la puerta, Emile apretó los labios en una sonrisa deferente. Una rubia de dientes largos, envuelta en una salida de teatro color salmón, entraba dando el brazo a un hombre con cara de luna que llevaba la chistera delante como un tope., Venían tras ellos una jovenzuela de azul, muy rizada, que reía enseñando los dientes; una mujerona con una diadema y una cinta de terciopelo negro alrededor del cuello; unas narizotas como apagavelas, una cara larga color cigarrillo..., pecheras almidonadas, manos que enderezaban corbatas blancas, negros reflejos en los sombreros de copa y en los zapatos de charol. Venía también un señor que parecía una comadreja con dientes de oro. No paraba de mover los brazos, escupiendo saludos a diestro y siniestro. Llevaba en la pechera un diamante del tamaño de un níquel. La muchacha rubicunda del guardarropa recogía los abrigos. El viejo camarero le dio con el codo a Emile:
    -Es él, el pez gordo -dijo entre dientes, inclinándose.
    Emile se aplastó contra la pared mientras ellos pasaban con un crujido de sedas y de zapatos. Una ráfaga de pacholí le hizo enrojecer hasta la raíz del pelo.
    -Pero ¿dónde anda Fifí Waters?-gritó el del diamante.
    -Dijo que no podría estar aquí antes de media hora. Me figuro que los tenorios no la dejan franquear la puerta del escenario.
    -Lo siento, no podemos esperarla, por más que sea su cumpleaños. En mi vida he esperado yo a nadie.
    Se quedó un momento en pie pasando revista a las mujeres que rodeaban la mesa. Después sacó un poco los puños de las mangas de su frac, y se sentó bruscamente. El caviar desapareció en un abrir v cerrar de ojos.
    -Eh, camarero, ¿y ese vino del Rin?-graznó secamente.
    -De suite, monsieur.7
    Emile, conteniendo la respiración y mordiéndose los carrillos; se llevaba los platos. Las copas se cubrieron de vaho cuando el viejo camarero escanció el vino de una jarra de cristal tallado, donde flotaban hojas de menta, trozos de hielo, cortezas de limón y largas tiras de pepino.
    -Ajajá, esto es lo que nos hace falta.
    El del diamante se llevó el vaso a los labios, los chasqueó, y lo volvió a dejar, mirando de reojo a su vecina. Ella untaba de mantequilla trocitos de pan y se los metía en la boca murmurando:
    -Yo sólo puedo comer bocaditos, sólo bocaditos.
    -Lo cual no te impide beber, ¿verdad, Mary?
    Ella cacareó como una gallina y le dio en el hombro con el abanico cerrado:
    -¡Eres un número!
    -Allume-moi ça, ¡madonna! 8 -siseó el camarero viejo al oído de Emile.
    Cuando encendió los dos calientaplatos del trinchero, un olor a jerez caliente, crema y langosta se esparció por el comedor. El aire estaba caldeado, lleno de vibraciones, de perfumes y de humo. Después de ayudar a servir la langosta a la Newburg y de llenar los vasos, Emile se apoyé contra la pared y se pasó la mano por el pelo húmedo. Sus ojos, resbalando por los rollizos hombros de la mujer que tenía enfrente, bajaron por la empolvada espalda hasta un diminuto broche de plata que se había soltado bajo un mar de encajes. El calvo que estaba a su lado le había enganchado una pierna con la suya. Ella era joven, de la edad de Emile, y, con los labios húmedos, entreabiertos, no dejaba un momento de mirar al calvo. Esto le daba el vértigo a Emile, pero no podía apartar la vista.
    -Pero ¿qué le habrá ocurrido a la bella Fifí?-chirrié el señor del diamante con la boca llena de langosta . Supongo que habrá tenido esta noche otro éxito tal que nuestra modesta reunioncita ya no le dice nada.
    -Hay de sobra para trastornar a cualquier muchacha.
    -Bueno, se va a llevar el primer chasco de su vida si pensaba que íbamos a esperar. ¡Ja, ja, ja! -carcajeó el hombre del diamante-. Yo en mi vida he esperado por nadie y no voy a empezar ahora.
    Al otro extremo de la mesa el cara de luna había retirado su plato y jugueteaba con la pulsera de su vecina.
    -Es usted la perfecta Gibson Girl esta noche, Olga.
    -Estoy posando ahora para mi retrato -dijo ella alzando su copa a contraluz.
    -¿Para Gibson?
    -No, para un pintor de veras.
    -Como hay Dios que lo compraré.
    -Tal vez no tendrá usted ocasión.
    Olga inclinó hacia él su peinado Pompadour.
    -Es usted una guasona insoportable, Olga.
    Ella sonrió apretando los labios contra sus largos dientes.
    Un individuo, inclinándose hacia el señor del diamante, golpeaba la mesa con un dedo cuadrado.
    -De ningún modo; como negocio de fincas la calle 23 ha fracasado... Es la opinión corriente... Pero lo que yo quiero decirle reservadamente algún día, señor Godalming, es esto... Cómo se han hecho las grandes fortunas en Nueva York, Astor, Vanderbilt, Fish... Con los inmuebles, claro está. Ahora depende de nosotros participar o no de los próximos beneficios... No tardará mucho la cosa... Compre en la 40...
    El del diamante arqueó una ceja y sacudió la cabeza.
    -«Por una noche de belleza, demos de lado a nuestras cuitas»... o algo por el estilo... Eh, mozo, ¿por qué demonios tarda usted tanto en servir el champaña?
    Se puso de pie, tosió en la mano y comenzó a cantar dando graznidos:

    Si todo el Atlántico fuera de champaña,
    brillantes y pálidas olas de champaña.

    Todo el mundo aplaudió. El viejo camarero acababa de trinchar un Alaska asado y, rojo como una remolacha, descorchaba con grandes apuros una botella de champaña. Con el estampido del corcho, la señora de la diadema dio un chillido. Se brindó por el del diamante.

    Porque es un tipo jovial...

    -Bueno, ¿cómo le llaman ustedes a este plato?-preguntó el narizotas inclinándose hacia su vecina, que llevaba el pelo partido al medio y un vestido verdeclaro con mangas ahuecadas.
    Guiñó un ojo despacio y luego se quedó mirándole fijo a las pupilas negras.
    -Es el guiso más fantástico que nunca me he llevado a la boca... ¿Sabe usted, señorita?; yo no vengo a menudo a esta ciudad... (Se tragó el resto del vaso). Y cuando lo hago me voy generalmente bastante asqueado...
    Su mirada brillante y febril, efecto del champaña, exploraba el contorno del cuello y de los hombros y resbalaba por el brazo desnudo.
    -Pero esta vez creo que...
    -Debe ser una vida espléndida la del buscador de oro -interrumpió ella ruborizándose.
    -Era, sí, en otros tiempos, una vida ruda, pero una vida de hombre... Me alegro mucho de haber hecho mi agosto entonces... No tendría la misma suerte ahora.
    Levantó los ojos hacia él:
    -Qué modestia, ¡llamar suerte a eso!
    Emile estaba en pie ante la puerta del gabinete reservado. No había nada más que servir. La rubia del guardarropa pasó con una gran capa de volantes al brazo. El sonrió tratando de llamarle la atención. La chica torció la nariz y se retiró con la cabeza alta. «No me quiere mirar porque soy un camarero. Cuando haga dinero ya verán.»
    -Dis, pide a Charlie otras dos botellas de Moet y Chandon, goût américain -le dijo al oído su compañero, con voz silbante.
    El cara de luna estaba en pie:
    -Señoras y señores...
    -Silencio en la pocilga...
    -El gran cerdo quiere hablar -dijo Olga a media voz.
    -Señoras y señores, debido a la ausencia de nuestra estrella de Belén y primera act...
    -Gilly, no blasfemes -dijo la dama de la diadema.
    -Señoras y señores, no teniendo costumbre de...
    -Gilly, estás borracho.
    -...si la marea... digo, si las aguas están con nosotros o contra nosotros...
    Uno le dio un tirón del frac y el cara de luna se sentó bruscamente en su silla.
    -Es horrible... -dijo la dama de la diadema dirigiéndose al hombre cara larga color tabaco, que estaba sentado a la cabecera de la mesa-, es horrible, coronel, lo que blasfema Gilly cuando ha bebido...
    El coronel desenrollaba meticulosamente el papel de plata de un cigarro.
    -¿Es posible, querida?-dijo arrastrando las palabras.
    Su cara, sobre el bigote gris erizado, no tenía expresión.
    -Se cuenta una historia horrorosa de ese pobre Atkins, Elliot Atkins, el que actuaba con Mansfield...
    -¿De veras?-dijo fríamente el coronel cortando la punta del cigarro con un pequeño cortaplumas de mango nacarado.
    -Oiga, Chester, ¿ha oído usted decir que Mabie Evans estaba haciendo furor?
    -Verdaderamente, Olga, no sé cómo. No tiene figura...
    -Pues bien, una noche que pararon en Kansas, durante una tournée, empezó a discursear, borracho perdido, ¿comprende usted...?
    -Si no sabe cantar...
    -El pobre nunca hizo gran cosa en Broadway...
    -De figura no vale ni pizca...
    -Y pronunció un discurso estilo Bob Ingersoll.
    -¡Qué hombre simpático!... Ah, yo le traté mucho, en nuestros buenos tiempos, en Chicago...
    -¡Imposible!
    El coronel acercó cuidadosamente una cerilla encendida a la punta de su cigarro.
    -Entonces brilló un relámpago y una bola de fuego entró por una ventana y salió por otra.
    -Y... mmm... ¿murió?
    El coronel lanzó al techo una bocanada de humo azul.
    -¿Cómo decía usted?¿Que a Bob Ingersoll lo mató un rayo?-chilló Olga-. Bien empleado, por ateo.
    -No, no es eso exactamente; pero con el escarmiento se ha dado cuenta de lo que importa esta vida, y ahora se ha hecho metodista.
    -Es curioso que tantos cómicos se metan a pastores.
    -Es la única manera de asegurarse un auditorio -graznó el señor del diamante.
    Los dos camareros, del otro lado de la puerta, escuchaban el jaleo del interior.
    -Tas de sacrés cochons, ¡madonna!9 -siseó el viejo a Emile, que se encogió de hombros-. La morena se ha estado timando contigo toda la noche -añadió guiñándole un ojo a su compañero-. Puede que algo bueno te espere.
    -No quiero nada con ellas ni con sus puercas enfermedades tampoco.
    El otro se dio una palmada en el muslo.
    -Ya no hay hombres... Cuando yo era joven no reparaba en nada.
    -Ni siquiera le miran a uno -dijo Emile apretando los dientes-. Un maniquí animado: eso somos para ellas.
    -Espera un poco, ya irás aprendiendo.
    La puerta se abrió. Ambos se inclinaron respetuosamente ante el diamante. Alguien le había dibujado dos piernas de mujer en la pechera. Tenía un rosetón rojo en cada mejilla. El párpado inferior de un ojo se abolsaba, dando a su cara de comadreja una estrambótica asimetría.
    -¡Qué diablo, Marco, qué diablo! -rezongaba-. No tenemos nada que beber... Tráete el Océano Az-lántico y otras dos botellas.
    -De suite, monsieur...10
    El mayordomo se inclinó.
    -Emile, dícelo a Augusto, inmediatamente et bien frappé.11
    Por el corredor, Emile les oía cantar:

    Si todo el Atlántico fuera de champaña,
    brillantes y páaáa...

    La luna llena y el apagavelas volvían del lavabo tambaleándose del brazo, entre las palmeras de hall,
    -Esos majaderos me dan cien patadas en el estómago.
    -¡Ah, sí! No son éstos los champañas «supers» de Frisco. ¡Tiempos aquéllos!
    -Entonces nos dábamos la gran vida...
    -A propósito, amigo Holyoke (el cara de luna se apoyó contra la pared), ¿has visto mi precioso articulito sobre el comercio de gomas en los periódicos de esta mañana?... Los accionistas van a caer como ratoncitos.
    -¿Qué shabes tú de gomas?... No te sirve el truco.
    -Eshpera y abre el ojo, Holyoke, mi querido amigo, si no quieres perder la gran ocashión... Borracho o no, yo huelo el dinero... en el aire...
    -¿Por qué no lo tienes entonces?
    La cara roja del narizotas se puso violeta. La risa le hacía doblarse en dos.
    -Porque siempre les soplo a mis amigos lo que sé -dijo el otro con calma-. Eh, tú, mozo, ¿dónde está el comedor reservado ese?
    -Par ici, monsieur.12
    Un vestido rojo con pliegues de acordeón pasó junto a ellos como un torbellino: una carita ovalada, con marco de bucles castaños, dientes nacarados en una boca abierta de risa.
    -¡Fifí Waters! -gritaron todos-. Ah, Fifí, queridita, ven a mis brazos.
    La subieron a una silla, donde ella se quedó balanceándose, ya en un pie, ya en el otro. El champaña chorreaba de una copa ladeada.
    -¡Felices Pascuas!
    -¡Buen año nuevo!
    -Que cumplas muchos...
    -Llame un coche, mozo,
    Un joven que había entrado tras ella, hacía complicadas eses alrededor de la mesa cantando:

    Fuimos a la feria de los animales,
    pájaros y fieras tenían allí,
    y al claro de luna su pelo rojizo
    estaba peinándose el viejo mandril.

    -¡Hurra! -gritó Fifí Waters, alborotándole el pelo al señor del diamante-. ¡Hurra!
    Se bajó de un salto y se puso a hacer cabriolas por la sala, levantando mucho la pierna, con la falda por la rodilla.
    -¡Oh là là! ¡Qué bien jalea las piernas la francesita!
    -Atención al Pony Ballet.
    Las esbeltas piernas, las medias de seda negra, los rojos zapatitos de borla, relampagueaban ante las caras de los hombres.
    -¡Qué loca! -gritó la dama de la diadema.
    -¡Upa!
    Holyoke se tambaleaba en la puerta. Fifí, dando un grito, le tiró de un puntapié la chistera ladeada sobre el bulbo colorado de su nariz.
    -¡Gol! -gritó todo el mundo.
    -¡Recristo, me has dado una patada en el ojo!
    Ella le miró un segundo y luego estalló en lágrimas sobre la pechera del señor del diamante:
    -A mí no se me insulta de ese modo -sollozó.
    -Frótate el otro ojo.
    -Busque una venda alguno.
    -¡Diantre, pudo saltarle el ojo!
    -Llame un coche, mozo.
    -¿Dónde hay un doctor?
    -¡Va a ser dificilillo!
    Apretándose el ojo con un pañuelo lleno de lágrimas y sangre, el narizotas salió dando tropezones. Hombres y mujeres le siguieron apresuradamente. El joven rubio salió el último haciendo eses y cantando:

    y al claro de luna su pelo rojizo
    estaba peinándose el viejo mandril.

    Fifí Waters sollozaba con la cabeza sobre la mesa.
    -No llores, Fifí -dijo el coronel, que seguía en el mismo sitio donde había estado sentado toda la noche-. Aquí tienes algo que me figuro te sentará bien.
    Y a través de la mesa empujó hacia ella una copa de champaña.
    Ella se sorbió las lágrimas y empezó a beber a traguitos.
    -Hola, ¿cómo vamos, amigo Rogers?
    -Vamos muy bien, gracias... Bastante aburridos... ¡Una noche con semejantes juerguistas!...
    -Tengo hambre.
    -Creo que no queda nada comestible.
    -De saber que estabas aquí, hubiera venido más temprano.
    -¿De veras?... Eso sí que es amabilidad.
    La larga ceniza se desprendió del cigarro del coronel. Este se levantó.
    -Oye, Fifí, tomaremos un coche y daremos una vuelta por el parque...
    Fifí terminó de un trago el champaña y aceptó radiante.
    -¡Dios mío, son las cuatro!...
    -Tendrás abrigo a propósito, ¿eh?
    Ella dijo que sí con la cabeza.
    -Espléndido. Fifí... Estás de primera.
    La cara tabacosa del coronel se deshacía en sonrisas.
    -Bueno, vamos.
    Fifí miraba a su alrededor como aturdida.
    -¿No había venido yo con alguien?
    -¡No había para qué!
    En el hall encontraron al joven rubio vomitando tranquilamente en un cubo de incendios, bajo una palmera artificial.
    -Oh, dejémosle -dijo ella respingando la nariz.
    -¡No había para qué! -repitió el coronel.
    Emile les trajo los abrigos. La del pelo rojo se había ido a casa.
    -Oiga, mozo (el coronel blandió su bastón), llame un coche, haga el favor... Procure que el caballo sea decente y que el cochero no esté borracho.
    -De suite, monsieur.
    Más allá de los tejados y de las chimeneas, un cielo de zafiro. El coronel aspiró fuertemente tres o cuatro veces el aire de la madrugada y tiró el cigarro a la alcantarilla.
    -¿Y si nos fuéramos a desayunar a Cleremont? No encontré nada comible esta noche. ¡Uf, qué asco de champaña dulce!
    Fifí rió como una tonta. Después que el coronel hubo examinado las cernejas del caballo, le acarició la cabeza, y subieron al coche. El coronel acurrucó a Fifí cuidadosamente bajo su brazo y partieron. Emile se .quedó un momento en la puerta del restaurante, desarrugando un billete de cinco dólares. Estaba cansado, le dolían los empeines.
    Cuando Emile salió por la puerta trasera del restaurante encontró a Congo que le esperaba sentado en un escalón, con el cuello de la chaqueta subido. Su tez estaba de un verde que daba frío.
    -Este es mi amigo -dijo Emile a Marco-, vinimos en el mismo vapor.
    -Di, ¿no tienes una botella de fine en la chaqueta? Sapristi, he visto salir de aquí una pollitas muy aceptables.
    -Pero ¿qué te pasa?
    -Ná, que perdí mi colocación... No quiero ná con ese tío. Vamos a tomarnos un café.
    Pidieron café y buñuelos en una cantina instalada en un solar.
    -Y bien, ¿le gusta a usté esta porquería de país?-preguntó Marco.
    -¿Por qué no? Todo es lo mismo. En Francia te pagan mal y vives bien; aquí te pagan bien y vives mal.
    -Questo paese e completamente soto copra.13
    -Creo que volveré al mar...
    -Eh, ustés, ¿por qué caracho no aprendéis inglés?-dijo el tío de la cantina dejando violentamente las tres tazas en el mostrador.
    -Si hablamos inglés -replicó Marco- a lo mejor no le gusta a usté lo que decimos.
    -¿Por qué te echaron?
    -¡Diable!, no sé. Tuve una agarrada con el camello que dirige el establecimiento... Vivía al lado de la cochera; además de lavar los coches me hacía fregar los pisos de su casa... Su mujer tenía una cara así. (Congo se chupó los labios y trató de ponerse bizco.)
    Marco rompió a reír:
    -¡Santísima Vergine!
    -¿Cómo te entendías con ellos?
    -Señalaban las cosas con el dedo; entonces yo sacudía la cabeza y decía Awright14. Entraba a las ocho y trabajaba hasta las seis, y cada día me daban más cosas sucias que hacer... Anoche me mandaron limpiar la taza del retrete. Yo sacudí la cabeza... Eso es trabajo pa mujeres... Ella se puso furiosa y empezó a chillar. Entonces yo empecé a saber inglés... Go awright to'ell15, le digo... Entonces llega el viejo con uno de sus látigos y me pone en la calle, diciéndome que no me pagará la semana. Mientras peleábamos apareció un policía, y cuando yo trato de explicarle al policía que el viejo me debía diez dólares por la semana, va y me dice: «¡Anda allá, piojoso italiano!», y me da con la porra en el coco... ¡Au diable alors!
    Marco estaba rojo de indignación.
    -¡Piojoso italiano le llamó!
    Congo, con la boca llena de buñuelo, hizo un gesto afirmativo.
    -Y él no era más que un hampón irlandés -dijo el inglés Marco-. Estoy más harto de esta cochina ciudad...
    -En el mundo entero pasa lo mismo: la policía moliéndonos a palos, los ricos explotándonos con sus míseros jornales, ¿y quién tiene la culpa?... ¡Per Dios! Usté, yo, Emile, todos tenemos la culpa.
    -Nosotros no hemos hecho el mundo... Son ellos los que lo han hecho o Dios quizá.
    -Dios está de su parte, como un policía... Cuando llegue la hora mataremos a Dios... Yo soy anarquista.
    Congo tarareó: «Les bourgeois à la lanterne, nom de Dieu!»
    -Es usté uno de los nuestros?
    Congo se encogió de hombros.
    -No soy católico ni protestante; no tengo dinero, no tengo trabajo. Miren.
    Con su dedo sucio Congo señaló un largo siete en la rodilla de su pantalón.
    -Esto es anarquismo... Caracho, me voy a ir al Senegal y hacerme negro.
    -Ya lo pareces -rió Emile.
    -Por eso me llaman Congo.
    -Pero todo eso son bobadas -continuó Emile-. Todas las personas son lo mismo. Sólo que algunas van para arriba y otras no... Por eso vine yo a Nueva York.
    -Dio mio, eso pensaba yo también hace veinticinco años... Cuando seas viejo como yo, ya verás. ¿No te da a veces vergüenza? Aquí... (se golpeó la pechera almidonada con los nudillos)... Yo siento algo que me quema, que me ahoga, aquí... Entonces me digo: «Courage,16 ya llegará nuestro día, nuestro día de sangre».
    -Pues yo me digo -interrumpió Emile-: «Cuando tengas dinero, chico...»
    -Escucha: Antes de marcharme de Turín, cuando fui la última vez a ver a la mamá, estuve en un mitin de camaradas... Uno de Capua se levantó para hablar..., un guapo mozo, alto, delgado... Dijo que no habría más fuerza cuando, después de la revolución, nadie viviera del trabajo del otro... Policía, gobiernos, ejércitos, presidentes, reyes..., todo eso es fuerza. La fuerza no es realidad: es ilusión. El obrero es quien inventa todo eso porque cree en ello. El día que cesemos de creer en el dinero y en la propiedad, será como un sueño cuando despertemos. No habrá necesidad de bombas ni de barricadas... Religión, política, democracia y demás, es para tenernos dormidos... Todos debemos ir diciendo al pueblo: «Despierta.»
    -Cuando se eche usted a la calle estaré con usté -dijo Congo.
    -¡Ustedes conocen al hombre de quien hablo?... Ese hombre, Enrico Malatesta, es el más grande de Italia después de Garibaldi... Se pasa la vida en la cárcel o en el destierro, en Egipto, en Inglaterra, en Sudamérica, en todas partes... Si yo pudiera ser un hombre así no me importaría lo que me hicieran: colgarme, fusilarme..., me da igual..., sería feliz.
    -Pero un sujeto así debe estar loco -dijo Emile lentamente-. Debe estar loco.
    Marco sorbió el último trago de su café.
    -Espera un poco. Eres muy joven aún. Ya comprenderás... Uno por uno, nos van convenciendo a todos... Y acuérdate de lo que te digo... Seré quizá demasiado viejo, habré muerto quizá, pero llegará un día en que los obreros despertarán de su esclavitud... Saldréis a la calle y la policía echará a correr, entraréis en un Banco y allí andará el dinero por los suelos y no os agacharéis a recogerlo... pues ya no os servirá para nada. Nos estamos preparando por todo el mundo. Hay camaradas hasta en China... Vuestra Comune, en Francia, fue el principio... El socialismo fracasó. A los anarquistas les toca dar el próximo golpe... Si fracasamos nosotros también, otros vendrán...
    Congo bostezó.
    -Tengo un sueño de caerme.
    Fuera, el alba color limón inundaba las calles desiertas, goteando de las cornisas, de las barandillas de las escaleras de incendios, de los bordes de los cubos de basura, rompiendo los bloques de sombra entre los edificios. Los faroles estaban apagados. Desde una esquina miraron hacia Broadway, que parecía una calle estrecha y rojiza, como si el fuego la hubiera destripado.
    -Yo nunca veo el amanecer -dijo Marco, rechinándole la voz en la garganta-, que no me diga: «Quizás... quizás hoy».
    Carraspeó y escupió contra el pie de un farol: después se alejó con su andar de pato, olfateando bruscamente el aire freso.
    -¿Es verdad, Congo, eso de que te embarcas otras vez?
    -,Por qué no? Hay que ver mundo...
    -Te echaré de menos... tendré que buscar otro cuarto.
    -Ya encontrarás amigo con quien compartirlo.
    -Pero si haces eso no saldrás de marinero en toda tu vida.
    -¿Qué más da? Cuando tú seas rico y estés casado vendré a visitarte.
    Bajaban por la Sexta Avenida. Un tren elevado retembló sobre sus cabezas, dejando al pasar un zumbido metálico a lo largo de las traviesas.
    -¿Por qué no buscas otro sitio para quedarte aquí un poco?
    Congo sacó dos cigarrillos arrugados del bolsillo superior de su chaqueta, alargó uno a Emile, encendió una cerilla en la trasera del pantalón y lanzó despacio el humo por la nariz.
    -Te digo que estoy harto de esto... (se llevó la mano chata a la altura de la nuez) hasta aquí... Puede que me vuelva a mi tierra, a ver las chiquitas de Burdeos.. Por lo menos no están hechas sólo de ballenas... Me alistaré de voluntario en la marina y llevaré un pompón rojo... A las mujeres les gusta. Eso es vivir y namás... Emborracharse, y armar la gorda los días de paga y ver el Extremo Oriente.
    -Y luego morir sifilítico en un hospital, a los treinta...
    -¿Y qué?... El cuerpo se le renueva a uno cada siete años.
    La escalera de la casa donde vivían olía a verdura y a cerveza agria. Subieron a trompicones, bostezando.
    -El oficio de camarero es una porquería... Cansa mucho... Le duelen a uno las plantas de los pies... Mira, va a hacer un día espléndido. Ya da el sol en el tanque de enfrente.
    Congo se quitó los zapatos, los calcetines y los pantalones y se apelotonó en su cama como un gato.
    -Esas malditas cortinas dejan pasar toda la luz -murmuró Emile estirándose en el borde exterior de la cama.
    Se agitaba incómodo entre las sábanas arrugadas. A su lado Congo respiraba profunda y regularmente. «Si yo fuera así -pensaba Emile-, que no me preocupase de nada... Pero no es ésa la manera de prosperar en el mundo. ¡Dios!, qué estupidez... Ese bobo de Marco c'est gaga.17»
    Y se quedó tendido de espaldas mirando las manchas mohosas del techo, estremeciéndose siempre que un tren elevado hacia retemblar el cuarto. Sacré nom de Dieu! Tengo que ahorrar dinero. Cada vez que daba una vuelta, sonaba una bola de la cama, y entonces se acordaba de la voz ronca y silbante de Marco: Nunca veo el amanecer que no me diga: quizás.

    -Si me perdona un momentito, señor Olafson -dijo el agente-, mientras que usted y la señora deciden acerca del piso...
    Ellos se quedaron el uno junto al otro en el cuarto vacío. Por la ventana veían el Hudson color pizarra, los barcos de guerra anclados y una goleta que viraba río arriba. Ella se volvió de repente con los ojos brillantes:
    -¡Oh, Billy!
    El la agarró por los hombros y la atrajo a si lentamente.
    -Casi se puede oler el mar.
    -Piensa que vamos a vivir aquí en Riverside Drive. Tengo que fijar un día para recibir... Sres. William C. Olafson, 218 Riverside Drive... No sé si estará bien poner las señas en nuestras tarjetas de visita.
    Lo tomó de la mano y lo llevó a través de los cuartos vacíos, bien barridos, donde nadie había vivido aún. El era un hombre grandote y pesado, con ojos de un azul borroso, hundidos en una cabeza blanca, de niño.
    -Mucho dinero es, Bertha.
    -Ahora podemos pagarlo, claro que podemos. Debemos vivir conforme a nuestros ingresos... Tu posición lo pide... Y piensa qué felices seremos aquí.
    El agente volvía por el hall frotándose las manos.
    -Vaya, vaya, vaya... Veo que hemos tomado una decisión favorable... Cuerdo acuerdo... No hay mejor sitio en toda Nueva York, y dentro de pocos meses no podrían ustedes encontrar nada por aquí ni con influencia ni con dinero.
    -Sí, lo tomamos desde primero de mes.
    -Muy bien... No se arrepentirá usted de su decisión, señor Olafson.
    -Le enviaré a usted un cheque mañana por la mañana.
    -Como usted guste... ¿Y cuál es su dirección actual?, me hace el favor...
    El agente sacó un carnet y humedeció la punta de un lápiz con la lengua.
    -Ponga usted Hotel Astor.
    Ella se plantó delante de su marido.
    -Nuestras cosas están en un guardamuebles ahora.
    El señor Olafson se puso colorado.
    -Y... mmm... desearíamos el nombre de dos personas para referencia... en Nueva York.
    -Estoy con Keating & Bradley, ingenieros sanitarios, Park Avenue, 43...
    -Acaban de hacerlo subinspector general -añadió la señora Olafson.
    Cuando salieron a la Avenida, donde soplaba un viento agresivo, ella exclamó:
    -Soy tan feliz, amor mío... Ahora sí que valdrá la pena vivir.
    -Pero, ¿por qué le dijiste que vivíamos en el Astor?
    -Hombre, no podía decirle que vivíamos en el Bronx. Hubiera pensado que éramos judíos y no nos hubiera alquilado el piso.
    -Pero ya sabes que no me gustan esas cosas.
    -Bueno, no tenemos más que mudarnos al Astor lo que queda de semana si sientes tantos escrúpulos... Yo no he parado en mi vida en un gran hotel del centro.
    -Oh, Bertha, son los principios... No me gusta que seas así...
    -Ella se volvió y le miró arrugando la nariz.
    -Eres tan pamplinoso, Billy... ¡Lo que yo daría por haberme casado con un hombre!
    El la tomo del brazo.
    -Vamos por aquí -dijo ásperamente, con la cara vuelta.
    Subieron por una bocacalle, entre dos solares. En una esquina se veía aún la desvencijada mitad de una alquería, construida de tablas solapadas. Quedaba aún media habitación, con un papel azul de flores comido por manchas pardas, una chimenea ahumada, un chinero destrozado y una caja de hierro toda doblada.

    Los platos resbalaban sin cesar entre los grasientos dedos de Bud. Olor a bazofia y jabonaduras. Dos restregones con el estropajo, al agua, a enjuagarlos y a colocarlos en el escurridor para que el judío narigudo los seque; las rodillas húmedas de salpicaduras, la grasa subiéndole por los brazos, los codos entumecidos.
    -Caramba, éste no es trabajo para un blanco.
    -A mí qué, con tal de comer-dijo el pequeño judío entre el ruido de los platos y el borbolloneo del fogón donde tres sudorosos cocineros freían huevos y jamón, albondiguillas, patatas y picadillo de cecina.
    -Sí, yo como bien -dijo Bud, pasándose la lengua por los dientes, de donde salió una tirilla de carne salada que estrujó contra el paladar. Dos restregones con el estropajo, al agua, a enjuagarlos y a colocarlos en el escurridor para que el judío les seque. Hubo un descanso. El mozo judío alargó a Bud un cigarrillo. Estaban en pie apoyados contra la pila.
    -No es ninguna mina que digamos, esto de lavar platos.
    Cuando el judío hablaba, el cigarrillo vacilaba entre sus labios gruesos.
    -En todo caso, este trabajo no es para un blanco -dijo Bud-. Más vale servir, hay propinas.
    Un hombre con un hongo castaño llegó al lunch-room por la puerta oscilante. Tenía una gran mandíbula, ojillos de cerdo y un largo cigarro muy tieso en medio de la boca. Bud le vio y sintió un estremecimiento frío retorcerle las tripas.
    -¿Quién es ése?-murmuró.
    -No sé, un cliente, supongo.
    -¿No crees que tiene cara de detective?
    -¿Cómo diablos lo voy a saber yo? Nunca he estado en la cárcel.
    El muchacho judío se puso colorado y sacó la mandíbula.
    Un mozo trajo otra pila de platos sucios. Dos restregones con el estropajo, al agua, a enjuagarlos y a colocarlos en el escurridor. Cuando el hombre del hongo castaño volvió a pasar por la cocina, Bud no apartó los ojos de sus rojas manos grasientas: «¿Y qué me importa que sea un detective...?» Cuando Bud hubo terminado su tarea, se dirigió a la puerta enjugándose las manos, cogió su chaqueta y su sombrero de la percha y se escurrió por la puerta de servicio, entre latas de basura, a la calle. «Qué idiota, desperdiciar dos horas de paga.» En el escaparate de un óptico el reloj marcaba las dos y veinticinco. Bajó por Broadway, pasó Lincoln Square, atravesó Columbus Circle, marchando siempre hacia el centro de los negocios, donde la multitud sería más densa.

    Ellie estaba acostada, las rodillas dobladas hasta la barbilla, el camisón bien remetido bajo los pies.
    -Ahora, estírate y duerme, queridita... Promete a mamá que vas a dormirte.
    -¿Es que papá no va a venir a darme las buenas noches y a besarme?
    -Vendrá cuando vuelva. Ha tenido que ir otra vez a la oficina, y mamá va a ir a jugar al euchre a casa de los señores Spingard.
    -¿Cuándo volverá papá?
    -Ellie, te he dicho que te duermas... Dejaré la luz.
    -No, mamá; hace sombras... ¿Cuándo volverá papá?
    -Cuando le parezca bien.
    Apagó el gas... De todos los rincones salían sombras que uniendo sus alas se enlazaban.
    -Buenas noches, Ellen.
    La raya luminosa de la puerta se estrechó al salir mamá, se estrechó lentamente hasta quedar como un hilo. La cerradura crujió, los pasos se alejaron por el vestíbulo, la puerta de la calle se cerró de golpe. El tictac de un reloj en algún rincón del cuarto silencioso. Fuera del piso, fuera de casa, ruedas, galopar de cascos, voces que se pierden. El estruendo aumenta. Todo negro menos los dos hilos de luz como una L invertida en el ángulo de la puerta.
    Ellie hubiera querido estirar las piernas, pero le daba miedo. No se atrevía a quitar los ojos de la L invertida en el ángulo de la puerta. Si cerraba los ojos la luz se iría. Detrás de la cama, entre las cortinas de la ventana, dentro del armario, debajo de la mesa, las sombras le hacían muecas. Ellie se apelotonaba apretando su barbilla contra las rodillas. La almohada estaba llena de sombras, las sombras se deslizaban, se le metían en la cama. Si cerraba los ojos, la luz se iría.
    De la calle un fragor negro subía en espirales, se filtraba a través de las paredes haciendo palpitar las sombras enlazadas. Su lengua chasqueaba entre los dientes como el tic-tac del reloj. Sus brazos y sus piernas estaban rígidos; el cuello, rígido también; iba a gritar. Gritar hasta ahogar el estruendo de la calle, gritar para que papá la oiga, para que papá vuelva a casa. Tomó aliento y gritó más. Para que papá vuelva a casa. Las sombras se tambaleaban y bailaban. Las sombras daban vueltas y más vueltas. Entonces se echó a llorar. Sus ojos se llenaron de lágrimas ardientes, tranquilizadoras, que rodaban por sus mejillas hasta las orejas. Dio una vuelta y lloró, con la cabeza hundida en la almohada.

    Los faroles de gas oscilaban un momento en las calles moradas de frío, luego se apagan en un amanecer lívido. Gus McNiel, con los ojos todavía pegados de sueño, marcha al lado de su carro, balanceando una cesta de rejilla, llena de botellas de leche. Para en las puertas, recoge las botellas vacías, sube las escaleras heladas, deja los cuartillos de leche, calidad A o calidad B, mientras tras las cornisas, los tanques de agua, los caballetes de los tejados, las chimeneas, el cielo se tiñen de rosa y amarillo. La escarcha blanca destella en los escalones y en las aceras. El caballo, cabeceando, avanza de puerta en puerta. Las pisadas comienzan a oscurecer el pavimento escarchado. Un camión de cerveza retumba calle abajo.
    -¿Cómo va, Moike? Vaya un fresquito, ¿eh?-grita Gus McNiel a un guardia que se frota los brazos en la esquina de la Octava Avenida.
    -¿Qué hay, Gus, siguen las vacas dando leche?
    Ya es completamente de día cuando, al fin, golpeando con las riendas el raído trasero de su caballo capado, emprende el regreso a la lechería. A sus espaldas brincan en el carro las botellas vacías. En la Novena Avenida un tren pasa disparado por lo alto, en dirección al centro, arrastrado por una maquinilla verde que lanza burbujas blancas, densas como algodón, a disolverse en el aire crudo, entre rígidas casas de negras ventanas. Los primeros rayos de sol hacen resaltar el dorado letrero de

    DANIEL McGILL Y CUDDY, VINOS Y LICORES

    en la esquina de la Décima Avenida. Gus McNiel tiene la lengua seca, y el alba le da un gusto salado. Un buen vaso de cerveza le entona a uno en una mañana como ésta. Enrolla las riendas al látigo y salta por encima de la rueda. Sus pies ateridos le pican al chocar contra el pavimento. Pateando para que le vuelva la sangre a los dedos, franquea la portezuela.
    -Que el diablo me lleve si no es el lechero que nos trae una pinta de crema para el café.
    Gus escupe en la recién lustrada salivadera, junto al mostrador.
    -Chico, tengo una sed...
    -Apuesto que has bebido mucha leche otra vez, Gus -rugió el dueño del bar con su cara cuadrada de bistec.
    El local huele a lustre y a serrín fresco. A través de una ventana abierta, un rojo rayo de sol acaricia las nalgas de una mujer desnuda, que, quieta como un huevo duro sobre un plato de espinacas, aparece reclinada en un cuadro de marco dorado, detrás del mostrador.
    -Bueno, Gus, ¿qué te apetece en una mañana fría como ésta?
    -Cerveza, basta, Mac.
    La espuma sube en el vaso, tiembla, se derrama. El dueño rasa los bordes con una paleta de madera, deja que la espuma se asiente un instante, luego pone otra vez el vaso bajo la espita poco abierta. Gus se instala confortablemente apoyando los talones en la barra de latón.
    -¿Y cómo va el trabajo?
    Gus despacha su vaso de cerveza y levanta hasta el cuello la mano, antes de limpiarse la boca con ella.
    -Estoy hasta aquí... Lo que voy a hacer es irme al Oeste, tomar un terreno en North Dakota, o en cualquier sitio por allá, y plantar trigo... yo me las arreglo bien en una granja... Esta vida de las ciudades no vale pa ná.
    -¿Cómo lo tomará Nellie?
    -No se avendrá muy bien al principio, le gustan las comodidades de la casa, sus costumbres, pero creo que en cuanto se vea allá... Esto no es vida ni pa ella ni pa mí.
    -Tiés razón. Esta ciudad está arruinada... Yo y la señora venderemos esto el mejor día, pronto me parece. Si pudiéramos comprar un restaurante chic en el centro o un merendero, eso sí que nos vendría al pelo. Ya le he echado el ojo a una finquita por cerca de Bronxville, a distancia razonable. (Apoyando meditativamente la barbilla en un puño como un mazo.) Ya estoy harto de tener que andar a porrazos con esos malditos curdas todas las noches. Qué diablos, yo no he dejao el ring pa seguir boxeando. Justamente anoche dos tíos empezaron a darse golpes y yo tuve que habérmelas con ellos pa despejar el local... Ya estoy harto de pelear con todos los curdas de la Décima Avenida... Toma algo por cuenta de la casa.
    -Temo que Nellie me lo va a notar por el olor.
    -Bah, no te preocupes... Nellie debe estar acostumbrada a que se beba un poquito. A su padre bien le gusta.
    -En serio, Mac, no he agarrao una desde que me casé.
    -Haces bien. Es realmente un encanto de mujer, Nellie, vaya si loes. Aquellos ricitos suyos son para volver loco a cualquiera.
    La segunda cerveza lleva un acre torrente de espuma hasta las puntas de sus dedos. Gus, riendo, se da una palmada en el muslo.
    -Es una perla, eso es lo que es, Gus, tan señorita y demás.
    -Bueno, creo que me voy a verla.
    -Qué tío de suerte, volverte a casa a acostarte con tu mujer, cuando todos empezamos a trabajar.
    La cara de Gus se puso más roja. Los oídos le palpitaban.
    -A veces me la encuentro en la cama aún... Hasta la vista, Mac.
    Gus sale a la calle. La mañana está triste y fría. Nubes de plomo pesan sobre la ciudad.
    -Arrea., saco de huesos -dice Gus dando un tirón de la rienda.
    La Undécima Avenida está cubierta de un polvo helado. Chirrían las ruedas, martillean los cascos en los adoquines. Por la vía férrea llega el tin-tan de la campana de la locomotora de un tren de mercancías que entra en agujas. Gus está en la cama con su mujer hablándole dulcemente: -Mira, Nellie, no te importará que nos vayamos al Oeste, ¿verdad? He hecho una instancia pidiendo un terreno en North Dakota, tierra negra donde podremos hacer un montón de dinero con el trigo. Hay tipos que se han hecho ricos con cinco buenas cosechas... Y es mejor para los peques también... «Hola, Moike». Aun está ahí el pobre Moike en su puesto. Mal negocio ser guardia con este frío. Más vale cultivar trigo y tener una buena granja, con graneros y cerdos y caballos y vacas y gallinas... La Nellie, tan bonita con su pelo rizado, dando de comer a las gallinas a la puerta de la cocina...
    -¡Eh, amigo!... -le grita uno desde la acera-. ¡Cuidado con el tren!
    Una boca que grita bajo una gorra de visera, una bandera verde que ondea. «Dios mío, estoy en la vía.» De un brusco tirón hace volver la cabeza al caballo. Un topetazo destroza el carro. Los vagones, el caballo, la bandera verde, las casas rojas, todo voltea y se hunde en las tinieblas.


    III. DÓLARES

    Caras todo a lo largo de la batayola; caras en todas las portillas. A sotavento salía un olor rancio del vapor que estaba fondeado en el puerto, un poco escorado, con la bandera amarilla de la cuarentena ondeando en el palo mayor.
    «Un millón de dólares daría yo -dijo el viejo soltando los remos- por saber a qué vienen.»
    «Por eso mismo, abuelo -dijo el joven sentado a la popa-. ¿No es éste el país de la oportunidad?»
    «Una cosa sé -continuó el viejo-. Y es que cuando yo era muchacho no venían más qu'irlandeses por primavera, con el primer banco de sábalos... Ya no hay sábalos, y esa gente Dios sabe de ande vienen.»
    «Es el país de la oportunidad.»


    Un joven demacrado, con ojos de acero y fina nariz arqueada, estaba recostado en su silla giratoria, con los pies encima del nuevo escritorio de caoba. Tenía la piel cetrina, y sus labios se plegaban en un ligero mohín. Removiéndose en la silla contemplaba los arañazos que sus zapatos hacían en el chapeado de la mesa. Me importa un pito. Se incorporó de repente, haciendo crujir el asiento, y se dio un puñetazo en la rodilla. Total tres meses rozándome los pantalones en esta silla... ¿Para qué pasar por la Facultad de Derecho, sacar la licenciatura de abogado, si no encuentra uno pleito que defender? Frunció el ceño al ver el letrero dorado a través de la puerta de cristales esmerilados:

    NIWDLAB EGROEG
    odabogA

    Niwdlab, galés. Se puso en pie de un salto. Llevo leyendo al revés ese condenado letrero tres meses, todos los días. Me voy a volver loco. Saldré a almorzar.
    Se estiró el chaleco, se sacudió los zapatos con un pañuelo y luego, contrayendo la cara en una expresión de intensa preocupación, salió escapado de su oficina, bajó a saltos las escaleras y salió a Maiden Lane. Delante del restaurante leyó en una edición extraordinaria:

    LOS JAPONESES ARROJADOS DE MUKDEN

    Compró el periódico, lo dobló bajo el brazo y empujó la puerta. Tomó una mesa y examinó el menú con atención. No puedo excederme por ahora.
    -Camarero, tráigame un cubierto a la New England, una ración de tarta de manzana y un café.
    El narigudo camarero escribió la orden en una hoja de papel, mirándole de reojo, con el ceño fruncido... Este es el almuerzo de un abogado sin pleitos. Baldwin carraspeó y desdobló el periódico. Con esto subirán las acciones rusas un poquito. Los veteranos visitan al presidente...

    OTRO ACCIDENTE EN LA VÍA DE LA
    UNDÉCIMA AVENIDA

    Un lechero gravemente herido. ¡Hola, aquí podría sacarse una bonita indemnización!

    Augustus McNiel, 253 W. 4th. Street, repartidor de la Lechería Excelsior, fue gravemente herido esta madrugada por un tren de carga que retrocedía por la vía de la New York Central...

    Podría poner pleito a la Compañía. ¡Cuerno, yo debía agarrar a ese hombre y hacerle pedir una indemnización!... No ha vuelto en sí aún... Se habrá muerto quizá. Entonces su mujer puede demandarlos con mayor motivo... Iré al hospital esta misma tarde... Tengo que adelantarme a todos esos picapleitos. Mordió un bocado de pan con aire determinado y masticó enérgicamente. Pues claro que no; iré a su casa a ver si hay mujer o madre o lo que sea: «Perdóneme usted Sra. McNiel si vengo a importunar su profunda aflicción pero estoy en este momento tratando de investigar... Sí, retenido por intereses de capital importancia...» Bebió el último sorbo de café y pagó la cuenta.
    Repitiendo 253 W. 4th. Street sin cesar, montó en un tranvía que subía por Broadway. Se metió por la calle 4, lado oeste, bordeando Washington Square. Los árboles extendían sus ramas de un tenue violeta contra un cielo columbino. Las casas de enfrente con sus grandes ventanas, resplandecían rosadas, impasibles, prósperas. El gran sitio para un abogado con grande y perseverante clientela. Bueno, ya veremos esto. Cruzó la Sexta Avenida y siguió la sucia calle en dirección al oeste. Había por allí un insoportable olor a cuadra, y en las aceras, llenas de basura, se revolcaban los chiquillos. Pensar que se puede vivir aquí entre irlandeses de clase baja, y extranjeros, la escoria del universo. En el número 253 había varios timbres sin nombre. Una mujer con mangas de guinda remangadas en unos brazos amorcillados, sacó por la ventana una cabeza gris desgreñada.
    -¿Puede usted decirme si vive aquí Augustus McNiel?
    -¿Ese que está en el hospital? Sí que vive.
    -El mismo. ¿Tiene parientes en la casa?
    -¿Y usté para qué los quiere?
    -Es cuestión de negocios.
    -Suba usté al último piso y allí encontrará a su mujer, pero lo más fácil es que no pueda recibirle... La probe está toda trastornada con lo de su marido, y no hacía dieciocho meses que s'habían casao.
    En las escaleras se veían huellas de barro y salpicaduras de las latas de la basura. Arriba encontró una puerta recién pintada de verde oscuro, y llamó.
    -¿Quién es?-preguntó una voz de muchacha que le hizo estremecerse.
    -(Debe ser joven.) ¿Está la señora McNiel en casa?
    -Sí -respondió la cantarina voz-. ¿Qué quiere usté?
    -Es un asunto... relacionado con el accidente del señor McNiel.
    -¿Con el accidente, dice usté?
    La puerta se abrió poco a poco, cautelosamente. Tenía la nariz y la barbilla bien dibujadas, de un color blanco perla. Una ondulada mata de pelo rojizo ceñía en lisos bucles su frente alta y estrecha. Dos ojos grises, vivos y recelosos, le miraban fijamente a la cara.
    -¿Podría hablar con usted un momentito acerca del accidente del señor McNiel? Existen ciertas consecuencias legales que creo mi deber poner en su conocimiento... A propósito, espero que estará mejor.
    -Oh, sí, ya recobró el sentido.
    -¿Puedo pasar? La cosa es un poco larga de explicar.
    -Sí, ¿por qué no?
    El mohín de sus labios se alargó en una sonrisa forzada.
    -Digo yo que no irá usted a comerme.
    -De veras que no.
    El, riéndose con una risa nerviosa, gutural, la siguió a una salita oscura.
    -No levanto las cortinas para que no vea usté lo revuelto que está esto.
    -Permítame ante todo que me presente, señora McNiel... George Baldwin, 88 Maiden Lane... Yo, sabe usted, me especializo en casos como éste... Para decirlo en cuatro palabras... Su marido ha sido atropellado y casi muerto por la negligencia culpable, y tal vez criminal, de los empleados de la Compañía del New York Central Railroad. Sobran motivos para poner pleito a la Empresa. Ahora bien, tengo mis razones para creer que la Lechería Excelsior intentará un proceso por las pérdidas habidas, caballo, carro, etc...
    -¿Quiere usted decir que Gus podría obtener una indemnización también?
    -Eso mismo.
    -¿Cuánto cree usted que podría sacar?
    -Depende de la gravedad de su estado, de la actitud de los tribunales, y acaso de la pericia del abogado... Creo que diez mil dólares es una estimación moderada.
    ¿Y usté no pide nada adelantado?
    -Los honorarios del abogado raramente se pagan hasta que el caso se lleva a feliz término.
    -Y es usté abogado, ¿de veras? Parece usté muy joven para ser abogado.
    Los ojos grises brillaban fijos en él. Ambos se echaron a reír. Baldwin sintió una inexplicable sensación de calor por todo el cuerpo.
    -Sin embargo, soy abogado. Casos como éste son mi especialidad. Precisamente el martes pasado saqué seis mil dólares para un cliente mío, a quien un caballo del ómnibus le dio una coz... En este momento, como usted sabrá, reina gran agitación contra el privilegio de la vía férrea de la Undécima Avenida... El momento no puede ser más favorable.
    -Oiga, ¿habla usté siempre así o sólo cuando habla de negocios?
    El echó la cabeza atrás, estallando de risa.
    -¡Pobre Gus, siempre dije que tenía mala estrella!
    El vagido de un niño se filtró débilmente a través del tabique.
    -¿Qué es eso?
    -Nada, el niño... El condenado no sabe más que berrear.
    -¿De manera que tiene usted chicos, señora McNiel?
    Esta idea le dejó frío.
    -Uno solo... ¿qué quiere usted?
    -¿Su marido está en el Emergency Hospital?
    -Sí, creo que le dejarán a usted verle, por tratarse de lo que se trata. Se queja de una manera horrible.
    -Ahora, si yo pudiera encontrar unos cuantos testigos.
    -Mike Doheny lo vio todo... Es de la policía. Un buen amigo de Gus.
    -Tenemos el asunto ganado... No será necesario ir a los tribunales... Me voy derecho al hospital.
    Volvieron a oírse berridos en el otro cuarto.
    -Oh, ese crío... -murmuró ella crispada-. Ya sabríamos en qué gastar el dinero, señor Baldwin...
    -Bueno, tengo que irme. (Cogió el sombrero.) Y desde luego, haré todo lo que pueda en este asunto. ¿Puedo venir de vez en cuando para tenerla al corriente?
    -Así lo espero.
    En la puerta, al despedirse, él no acababa de soltarle la mano. Ella se ruborizó.
    -Bueno, adiós y muchas gracias por su visita -dijo secamente.
    Baldwin bajó las escaleras tambaleándose, presa de vértigo. La sangre se le agolpaba en la cabeza. La mujer más bonita que he visto en mi vida. Fuera empezaba a nevar. Los copos eran una fría y furtiva caricia en sus mejillas ardientes.

    Sobre el Parque, un cielo moteado de nubecillas con cola, parecía un prado con gallinas blancas.
    -Oye, Alice, vamos a bajar por este caminito.
    -Pero Ellen, papá me ha dicho que volviera derecha a casa desde la escuela.
    -¡Miedosa!
    -Pero Ellen, esos secuestradores...
    -Te he dicho que no me llames Ellen.
    -Bueno, Elaine, entonces; Elaine, el lirio de Astalot.
    Ellen lucía su vestido nuevo escocés, de la Guardia Negra. Alice llevaba gafas y tenía unas piernas delgadas como horquillas. -¡Gallina!
    -Hay unos hombres horrendos en aquel banco. Vámonos a casa, Elaine la bella, vámonos.
    -A mí no me dan miedo. Yo podría volar como Peter Pan si quisiera.
    -¿Por qué no lo haces?
    -Es que ahora no tengo gana.
    Alice comenzó a gimotear.
    -Oh, Ellen, no seas mala... Vámonos a casa, Elaine.
    -No, yo me voy a pasear por el parque.
    Ellen bajó las escaleras. Alice se quedó arriba, balanceándose ya en un pie, ya en el otro.
    -¡Gallina, gallina, qué mieditis tienes! -gritó Ellen.
    Alice se marchó corriendo, hecha un mar de lágrimas.
    -¡Se lo voy a decir a tu mamá!
    Ellen, dando patadas al aire, bajó por el sendero de asfalto, entre los arbustos.
    Ellen con su nuevo traje escocés, de la Guardia Negra, que mamá le había comprado en Hearn's, bajaba por el sendero asfaltado, dando patadas al aire. Llevaba un cardo de plata a guisa de broche en la hombrera del vestido nuevo escocés que mamá le había comprado en Hearn's. Elaine de Lammermoor iba a casarse. La novia. Uangnaan, nainainai, hacían las gaitas entre el centerno. El hombre del banco tiene un parche en un ojo. Un parche que ve. Un parche que ve. El secuestrador de la Guardia Negra; entre los arbustos susurrantes, los secuestradores montan su Guardia Negra. Ellen no da patadas al aire. Ellen tiene un miedo horrible del secuestrador de la Guardia Negra, el hombrote hediondo de la Guardia Negra que lleva un parche en el ojo. Tiene miedo de correr. Sus pies se pegan al asfalto cuando tratan de echar a correr por el sendero abajo. Tiene miedo de volver la cabeza. El secuestrador de la Guardia Negra le pisa los talones. Cuando llegue al farol correré hasta la niñera con el bebé, cuando llegue hasta la niñera con el bebé correré hasta el árbol grande, cuando llegue al árbol grande... Oh, qué cansada estoy... Llegaré al Central Park West, bajaré por la calle a casa... Tenía miedo de volverse. Corría sintiendo una punzada en un costado. Corría, y la boca le sabía a calderilla.
    -¿Por qué corres, Ellie?-preguntó Gloria Drayton, que estaba saltando a la comba delante de la casa de los Noreland.
    -Corro porque quiero -contestó Ellen jadeando.

    Un resplandor vinoso teñía las cortinas de muselina y se filtraba en la penumbra azul de la habitación. Estaban en pie uno a cada lado de la mesa. En una maceta de narcisos, todavía envuelta en papel de seda, brillaban estrelladas flores, con pálida fosforescencia, despidiendo un olor a tierra húmeda mezclado a un perfume lánguido y punzante.
    -Muy amable de su parte traerme estas flores, señor Baldwin. Se las llevaré a Gus al hospital, mañana.
    -Por los clavos de Cristo, no me llame usted así.
    -Si es que no me gusta el nombre de George.
    -No importa, a m í me gusta su nombre, Nellie.
    Se quedó mirándola. Le parecía que pesados anillos de perfume le ceñían los brazos. Las manos le colgaban como guantes vacíos. Ella tenía los ojos negros, dilatados, y sus labios avanzaban hacia él por encima de las flores. Se tapó la cara con las manos. El le pasó el brazo por los hombros frágiles.
    -Mira, Georgy, tenemos que ser prudentes. No debes venir aquí tan a menudo. No quiero dar que hablar a todas las comadres de la casa
    -No te preocupes... No debemos preocuparnos de nada.
    -Me he estado portando como si estuviera loca, esta última semana... Esto tiene que acabar.
    -Tú no pensarás que lo que ocurre es natural en mí, ¿verdad? Juro a Dios, Nellie, que es la primera vez. Yo no soy un hombre de ésos... Ella mostró sus dientes regulares en un golpe de risa.
    -¡Oh, con los hombres nunca sabe una a qué atenerse!...
    -Pero si no fuera esto algo extraordinario, excepcional, comprenderás que yo no te hubiera perseguido de este modo, ¿verdad? Nunca he estado tan enamorado de nadie como de ti, Nellie.
    -¡Mira con lo que sale!
    -Pues es la verdad... Yo nunca me ocupé de tales historias. He tenido que trabajar demasiado para terminar la carrera y no me ha quedado tiempo para pensar en mujeres.
    -Me parece que tratas de recuperar lo perdido.
    -Oh, Nellie, no digas esas cosas.
    -No, pero de verdad, Georgy, tengo que acabar con esto. ¿Qué haremos cuando Gus salga del hospital? Ya no me ocupo de la niña ni de nada.
    -Cristo, no me importa lo que ocurra... Oh, Nellie.
    El le hizo volver la cabeza. Se agarraron, vacilantes, las bocas furiosamente unidas.
    -Cuidado, por poco tiramos la lámpara.
    -Dios, eres maravillosa, Nellie.
    Nellie había dejado caer la cabeza sobre su pecho, y él se sentía penetrado por el perfume de su pelo en desorden.
    Era de noche. Las luces verdes de los faroles culebreaban en torno a ellos. Ella le miraba y sus ojos negros brillaban, terribles, solemnes.
    -Oye, Nellie, vamos al otro cuarto -murmuró él con voz temblorosa.
    -Está la niña allí.
    Se separaron, con las manos frías, sin dejar de mirarse.
    -Ven y ayúdame. Tráete la cuna aquí... Cuidado, si la despertamos gritará hasta desgañitarse -dijo Nellie con voz seca.
    La niña dormía con su carita de goma muy engurruñida, con sus puñitos rosados muy apretados sobre el embozo.
    -Está en la gloria -dijo él, con una risita forzada.
    -No puedes callarte... Vamos, quítate los zapatos... Bastante ruido hemos metido ya... Georgy, yo no debiera hacer esto, pero no puedo remediarlo...
    El la buscó a tientas en la oscuridad.
    -Vida mía...
    Y la abrazó torpemente, respirando fuerte, como un loco.

    -Flatfoot, nos la estás dando...
    -No, de veras, juro por el sepulcro de mi madre qu'es la pura... Latitud sur, trentisiete por doce ueste... No tenéis más qu'ir ayí y verlo... En aqueya isla ande fuimos a parar en el barco del segundo, cuando el Elliot P. Simkins se fue a pique, había cuatro machos y cuarentisiete hembras, incruyendo mujeres y niños. ¿No fui yo el que le conté todo al tío ese, el repórter, y salió en todos los periódicos del domingo?
    -Pero Flatfoot, ¿cómo demonio te sacaron a ti de allí?
    -Me sacaron en una camilla, que me muera si miento. Yo m'iba p'abajo tamién, me dormía de proa como el viejo Elliot P., que me maten si no es cierto.
    Las cabezas echadas hacia atrás soltaron grandes carcajadas, los vasos golpearon la redonda mesa llena de círculos, las manos cayeron sobre los muslos, los codos se hundieron en las costillas.
    -¿Y cuántos fulanos erais en el barco?
    -Seis con el señor Dorkins, el segundo.
    -Siete y cuatro once... fss... tocabais a cuatro y tres onzavos por cabeza... ¡Vaya islita!
    -¿Cuándo sale el otro ferry ?
    -Vamos antes a echar otro traguito... Eh, Charlis, venga otra ronda.
    Emile le tiró del codo a Congo.
    -Sal afuera un momento. J'ai que'que chose à te dire.18
    Congo tenía los ojos húmedos. Tambaleándose un poco, siguió a Emile al bar.
    -¡Oh, le petit mystérieux!19
    -Mira, tengo que marcharme, me espera una amiga.
    -Oh, ¿era eso lo que te preocupaba? Siempre dije que eras un cuco, Emile.
    -Mira, aquí te dejo mi dirección en un cacho de papel para en caso que te olvides: 945 West, 22nd. Puedes venir y dormir allí, si no estás muy curda, y no traigas amigos, ni mujeres, ni nada. Me entiendo bien con la patrona y no quiero echarlo a perder... ¿Comprendes?
    -Y yo que quería llevarte a una juerga de postín... Faut faire un peu la noce, nom de Dieu!...20
    -Tengo que trabajar por la mañana temprano.
    -Yo tengo la paga de ocho meses en el bolsillo...
    -De todos modos, pásate mañana a eso de las seis. Te esperaré.
    -Tu me tiens pourrit, tu sais, avec les manières.21
    Congo lanzó un salivazo a la salivadera que había en un rincón, y se volvió adentro frunciendo el entrecejo.
    -¡Eh, tú, Congo, siéntate! Barney va a cantar The Bastard King of England.
    Emile montó en un tranvía ascendente. Se apeó en la calle 18 y se dirigió a la Octava Avenida. A dos puertas de la esquina, había una tiendecita. Sobre una de las ventanas ponía CONFISERIE, sobre la otra DELICATESSEN. En medio de la puerta vidriera, en letras de esmalte blanco, se leía: EMILE RIGAUD, GOLOSINAS ESCOGIDAS. Emile entró. Sonó la campanilla de la puerta. Una mujerona morena, con pelos negros en las comisuras de los labios, dormitaba tras el mostrador. Emile se quitó el sombrero.
    -Bonsoir, madame Rigaud.22
    Ella levantó la cabeza sobresaltada, luego enseñó dos hoyuelos en una sonrisa.
    -Tieng, c'est comme ça qu'ong oublie ses ami-es23 -dijo con un tonante acento bordelés-. Hace una semana que me estoy diciendo: monsieur Loustec se olvida de sus amigos.
    -No tengo ya tiempo para nada.
    -¿Mucho trabajo, mucho dinero, heing?
    Al reír le temblaban los hombros y los pechos bajo la ceñida blusa azul.
    Emile guiñó un ojo.
    -Pudiera irme peor... pero ya estoy harto de servir... Es un oficio muy cansador; y nadie hace caso de un camarero.
    -Es usted hombre de ambición, monsieur Loustec.
    -Que voulez vous?24
    Enrojeció y dijo tímidamente:
    -Me llamo Emile.
    Madame Rigaud levantó los ojos al techo.
    -Así se llamaba mi difunto marido. Estoy acostumbrada a ese hombre.
    Suspiró ella profundamente.
    -¿Y cómo van los negocios?
    -Comme-ci, comme-ça... 25 El jamón ha vuelto a subir.
    -El trust de Chicago tiene la culpa... El monopolio del cerdo, ése si que es un medio de ganar dinero.
    Emile sintió que los ojos saltones de madame Rigaud le escudriñaban los suyos.
    -Me gustó tanto lo que usted contó el otro día... lo he recordado a menudo... La música le hace a uno bien, ¿verdad?
    Los hoyuelos de madame Rigaud se señalaban al reír.
    -Mi pobre marido no tenía oído... Eso me hacía sufrir mucho.
    -.No podría usted cantarme algo esta noche?
    -Si usted quiere, Emile... Pero no hay nadie para atender a la parroquia.
    -Yo saldré cuando suene el timbre, si usted me lo permite.
    -Muy bien... He aprendido una nueva canción americana... C'est chic vous savez.26
    Madame Rigaud cerró la caja con una de las llaves del manojo que llevaba colgado a la cintura, y se metió en la trastienda por la puerta de cristales. Emile la siguió, sombrero en mano.
    -Déme el sombrero, Emile.
    -Oh, no se moleste.
    La trastienda era una salita con papel de flores amarillas y cortinas color salmón. Bajo el brazo del gas, había un piano lleno de fotografías. La banqueta crujió al sentarse madame Rigaud. Recorrió las teclas con los dedos. Emile se sentó con precaución en el mismo borde de la silla, al lado del piano. Tenía el sombrero entre las rodillas, y alargaba la cabeza de modo que ella, mientras tocaba, podía verle con el rabillo del ojo. Madame Rigaud comenzó a cantar:

    Como págarro en jaule de orro
    que dishoso parrece cantarr,
    ela ríe, perrdido el tesoro
    de su liberrtad,
    ela ríe, querriendo lorrarr.

    El timbre de la tienda sonó estrepitosamente.
    -Permettez27 -gritó Emile, saliendo escapado.
    -Media libra de salchichón en rajas -dijo una muchachita de trenzas.
    Emile pasó el cuchillo por la palma de su mano y cortó el embutido cuidadosamente. Volvió de puntillas a la salita y dejó el dinero en el borde del piano. Madame Rigaud seguía cantando:

    Juventud y vejez no podrán
    congeniarr nunca, nunca, del todo.
    A la bela comprró un carcamal
    pagando un tesorro
    y es un págarro en jaule de orro.

    Bud, parado en la esquina de Broadway y Franklin Street, comía cacahuetes sacándolos de un cartucho de papel. Era mediodía y no le quedaba ningún dinero. El elevado retumbó sobre su cabeza. Motas de polvo danzaban ante sus ojos en el sol rayado por las traviesas. Preguntándose hacia dónde tirar, deletreaba por tercera vez los nombres de las calles. Un coche negro, reluciente, tirado por dos caballos negros, de ancas lustrosas, dobló la esquina frente a él. Las ruedas rojas, brillantes, bruscamente frenadas, rechinaron contra los guijarros. En el pescante, al lado del cochero, iba un baúl de cuero amarillo. En la berlina un hombre de sombrero hongo, hablaba alto a una mujer que llevaba un boa de plumas grises y un sombrero de plumas grises también. El hombre se apuntó un revólver a la boca. Los caballos se encabritaron precipitándose en medio del gentío que se formaba. Los policías se abrían paso a codazos. Sacaron al hombre a la acera vomitando sangre, con la cabeza colgando sobre su chaleco a cuadros. La mujer, en pie a su lado, retorcía entre sus dedos el boa, y las plumas de su sombrero bamboleaban en el sol rayado por las traviesas del elevado.
    -Su mujer se lo llevaba a Europa... El Deutschland sale a las doce. Yo le había dicho adiós para siempre... Salía en el Deutschland a las doce... El me había dicho adiós para siempre.
    -¡Vamos, largo de ahí!
    Un guardia le dio un codazo a Bud en el estómago. Las rodillas le temblaban. Salió del grupo y se marchó estremecido. Maquinalmente peló un cacahuete y se lo llevó a la boca. Mejor será guardar el resto para la noche. Retorció la boca de la bolsa y se la metió en el bolsillo.

    Bajo el arco voltaico, que proyectaba una luz rosa y violeta bordeada de verde, el hombre del traje a cuadros se cruzó con dos muchachas. La cara ovalada, los labios carnosos, de la que estaba más cerca de él... Sus ojos eran dos puñaladas. Dio unos pasos, luego se volvió, y las siguió, manoseando su corbata nueva de satén. Quería asegurarse de que su alfiler, una herradura de diamantes, estaba en su sitio. Se adelantó a ellas. Una volvió la cara. Quizás era... No, no lo podía asegurar. Suerte que llevaba cincuenta dólares en la cartera. Se sentó en un banco y las dejó pasar. Bueno sería equivocarse y ser detenido. Ellas no se fijaron en él. Las siguió hasta fuera del parque. Le latía el corazón. Daría un millón de dólares por... Perdón, ¿no es usted miss Anderson? Las chicas apretaron el paso. Al cruzar Columbus Circle las perdió de vista entre la multitud. Bajó precipitadamente por Broadway, cruzando calles y calles. Los labios, gruesos; los ojos, como puñaladas. Iba mirando las caras de las, mujeres a la derecha e izquierda. ¿Dónde se habrá metido? Siguió andando precipitadamente por Broadway abajo.
    Ellen estaba sentada al lado de su padre, en un banco de Battery Place, mirándose las botas nuevas. Un rayo de sol jugaba en las punteras y en cada uno de los botoncitos cuando ella sacaba el pie de la sombra de su vestido.
    -Figúrate lo que será -decía Thatcher- hacer un viaje en uno de esos grandes trasatlánticos. Imagínate, cruzar el Atlántico en seis días.
    -Pero, papá, ¿qué es lo que hace la gente todo ese tiempo en un barco?
    -No sé... Supongo que se pasearán por la cubierta, jugarán a las cartas, leerán, y así. Además dan bailes.
    -¿Bailes en un barco? Con lo que se moverá -rió Ellen.
    -En los grandes vapores modernos lo hacen.
    -Papá, ¿por qué no vamos nosotros?
    -Quizá vayamos algún día si puedo ahorrar el dinero necesario.
    -Oh, papá, date prisa y ahorra mucho dinero. Los padres de Alice Vaughan van todos los veranos a las White Mountains, pero el verano próximo irán a Europa.
    Ed Thatcher miraba la bahía que se extendía en azules destellos hasta la parda niebla de los Narrows. La estatua de la Libertad se alzaba como una sonámbula entre la humareda rizada de los remolcadores, los mástiles de las goletas y las enormes barcazas cargadas de ladrillos y arena. Aquí y allá el sol flameaba en una vela blanca o en la parte superior de un vapor. Rojos ferry-boats iban y venían como lanzaderas.
    -Papá, ¿por qué no somos ricos nosotros?
    -Hay miles de personas más pobres, Ellie... Tú no querrías más a papá si fuera rico, ¿verdad?
    -Oh, sí, papá, te querría más.
    Thatcher se echó a reír.
    -Bueno, todo pudiera ser... ¿Qué te parecería a ti la firma Edward C.
    Thatcher & Co., contables?
    Ellen se levantó de un salto.
    -Oh, mira qué barco tan grande... En ese barco querría yo ir.
    -Es el Harabic -graznó cerca de ellos una voz cockney.
    -¿Ah, sí?-dijo Thatcher.
    -Sí, señor; mejor barco no cruza la mar, señor -dijo convencido un hombre desarrapado que estaba sentado junto a ellos, en el mismo banco. (Una gorra con visera de charol encasquetada en una carilla puntiaguda, que exhalaba un vago olor a whisky.) Sí, seor, el Harabic, señor.
    -Sí que parece un gran barco.
    -Uno de los mayores que existen señor. He navegao en él más de una vez, y en el Majestic y en el Teutonic también, señor; buenos barcos los dos, aunque un sí es no es atolondraos, por decirlo jasí. He servido de camarero en la Hinman y White Star Lines más de treinta años y ajora que soy viejo me echan.
    -Qué hacer, todos tenemos nuestras rachas de mala suerte.
    -Y algunos siempre, señor... Yo me daría por contento su pudiera volver a mi tierra. Esto no es para viehos, esto es para los hóvenes, para fuertes. (Sacó una mano retorcida por la gota y apuntó a la estatua.) Mírela, está mirando pa Jinglaterra, y bien que sí.
    -Vámonos, papito. No me gusta ese hombre -cuchicheó Ellen, temblando, al oído de su padre.
    -Muy bien, nos iremos a dar un vistazo a las focas. Buenos días.
    -¿No podría usté darme pa una tasa de café, señor? Estoy que me caigo.
    Thatcher puso diez céntimos en la mano nudosa y sucia.
    -Pero, papaín, mamá dice que no se debe hacer caso a la gente que habla a uno en la calle, y que hay que llamar a un guardia cuando ocurra, y echar a correr todo lo que se pueda, por esos secuestros que dicen.
    -No hay miedo de que me secuestren a mí, Ellen. Eso les pasa a las niñas nada más.
    -¿Cuando yo sea grande podré hablar así a la gente de la calle?
    -No, querida, ciertamente que no.
    -¿Y si fuera chico podría?
    -Creo que podrías.
    Enfrente del Acuario se pararon un momento a mirar la bahía. El trasatlántico, empujado a cada lado de la proa por un remolcador que lanzaba bocanadas de humo blanco, se encontraba frente a ellos, dominando las pequeñas embarcaciones del puerto. Las gaviotas giraban chillando. La luz crema del sol brillaba en las cubiertas superiores y en la gran chimenea amarilla encaperuzada de negro. En el palo del trinquete una cuerda de banderitas flotaba airosamente contra el cielo pizarroso.
    -Y hay la mar de personas que vienen en ese barco, ¿verdad, papá?
    -Mira, ¿ves?... Las cubiertas están negras de gente.

    En la calle 53 viniendo de East River, Bud Koperning se encontró con un montón de carbón en la acera. Desde el otro lado del montón le miraba una mujer canosa que vestía un corpiño de encaje con un gran camafeo prendido en la alta curva de su exuberante seno. Le miraba fijándose en su cara mal afeitada y en sus descarnadas muñecas que asomaban por las deshilachadas mangas de su chaqueta. El mismo se sorprendió al preguntar:
    -¿No podría yo entrarle este carbón, señora?
    Bud cargaba el peso de su cuerpo primero en un pie, luego en otro.
    -Justamente, eso podría usted hacer -dijo la mujer con una voz cascada-. Ese maldito carbonero lo dejó ahí esta mañana y dijo que volvería para entrarlo. Supongo que estará borracho, como todos. Pero no sé si puedo fiarme de usted en la casa.
    -Soy del norte del Estado, señora -balbuceó Bud.
    -¿De dónde?
    -De Cooperstown.
    Hum!... Yo soy de Buffalo. En esta ciudad nadie es de aquí. Bueno, me figuro que será usted cómplice de algún ladrón, pero no lo puedo remediar, tengo que meter ese carbón... Entre, hombre, entre, le voy a dar una pala y un cesto y si no tira usted nada en el pasillo ni en el suelo de la cocina, porque la asistenta acaba de marcharse... Naturalmente, el carbón tenía que llegar cuando estaba todo recién limpio... Le daré a usted un dólar.
    Cuando entró la primera carga, ella andaba rondando por la cocina. Bud, con el estómago vacío, vacilaba pero se sentía contento de verse trabajando en vez de arrastrar los pies sin cesar, cruzando calles y calles, esquivando camiones, carros y tranvías.
    -¿Cómo es que está usted sin trabajo, buen hombre?-le preguntó ella a Bud, que volvía anhelante con la cesta vacía.
    -Será, digo yo, porque aún no l'he cogio el tino a la ciudá. Yo nací en una granja y ayí m'he criao.
    -¿Y para qué quería usted venir aquí? Esto es horrible. -No podía quedarme más en la granja.
    -No sé lo que va a ser de esto si todos los buenos mozos dejan las granjas para venirse a las ciudades.
    -Pensé que podía trabajar de cargador, señora, pero en los muelles sobra gente. Quizá que podría embarcarme de marinero, pero nadie quiere aprendices... Ya hace dos días que no como.
    -Qué horror..: Pero ¿no podía usted haber ido a un asilo o algo así, pobre hombre?
    Cuando Bud entró la última carga, encontró un plato de guisado frío sobre la mesa de la cocina, media hogaza de pan duro y un vaso de leche un poco agria. Comió de prisa, mascando mal, y se metió las sobras del pan rancio en el bolsillo.
    -¿Qué, le ha gustado a usté el almuerzo?
    -Gracias, señora... -dijo con la boca llena.
    -Bueno, ahora puede usté marcharse y muchas gracias.
    Le puso un quarter en la mano. Bud miró la moneda entornando los ojos.
    -Pero, señora, me dijo usté que me daría un dólar.
    -Nunca dije tal cosa. Qué idea... Llamaré a mi marido si no se larga usté de aquí inmediatamente. Y además tengo el propósito de llamar a la policía, puesto que...
    Sin decir palabra Bud embolsó el dinero y se marchó.
    -¡Habrase visto ingratitud!... -bufó la mujer al cerrar la puerta.
    Un calambre le contrajo el estómago. Dobló otra vez hacia el Este, en dirección al río, apretándose los costados con los puños. Esperaba vomitar de un momento a otro. Si devuelvo esto me quedaré otra vez en ayunas. Cuando llegó al fin de la calle se tendió sobre el declive gris formado por los escombros a lo largo del muelle. Un dulce olor a lúpulo hervido salía de la cervecería que rumoraba a sus espaldas. La luz del ocaso flameaba en las ventanas de la fábrica del lado de Long Island, brillaba en las portillas de los remolcadores, rielaba en franjas rojas y amarillas sobre la corriente verdipardusca, resplandecía en las henchidas velas de una goleta que subía lentamente hacia Hell Gate. Bud sufría menos. No sabía qué, llameó y brilló dentro de su cuerpo como si el sol se filtrara a través de el. Se sentó. Gracias a Dios, no voy a devolverlo.

    Sobre cubierta se siente el frío y la humedad del amanecer. Al pasar la mano por la batayola se nota que está mojada. Las parduscas aguas del puerto, que huelen a lavadero, baten dulcemente los costados del vapor. Los marineros levantan las escotillas de la cala. Se oye un ruido de cadenas y el martilleo del torno donde un mocetón con zahones azules, maneja una palanca en medio de una nube de vapor, que se le envuelve a uno por la cara como una toalla mojada.
    -Mamita, ¿es de veras el Cuatro de Julio?
    Su madre le agarra fuertemente de la mano y le arrastra escaleras abajo hacia el comedor. Los camareros amontonan el equipaje al pie de las escaleras.
    -Mamita, ¿es de veras el Cuatro de Julio?
    -Sí, hijo mío, y lo siento... Es horrible llegar un día de fiesta. Sin embargo, me figuro que todos bajarán a esperarnos.
    Ella se ha puesto su traje de jerga azul y un largo velo pardo. Alrededor del cuello se ha ceñido el animalito de ojos rojos y dientes que son dientes de verdad. De los baúles deshechos, de los guardarropas llenos de papel de seda, sale un olor a naftalina. Hace calor en el comedor. Las máquinas sollozan blandamente detrás de la pared. La cabeza del chico se inclina sobre la taza de leche caliente apenas coloreada de café. Tres campanadas. La cabeza se levanta sobresaltada. Los platos tintinean y el café se derrama con el trepidar del barco. Después un ruido sordo y el rechinar de las cadenas del ancla; luego, poco a poco, el silencio. Mamá se levanta a mirar por la portilla.
    -Pues va a hacer buen día. Creo que el sol podrá con la niebla... Bueno, por fin estamos en nuestra tierra. Aquí naciste tú, querido.
    -¡Y es el Cuatro de Julio!
    -Mala suerte... Ahora, Jimmy, vas a prometerme que te quedarás en la cubierta, y mucho cuidado. Mamá tiene que acabar de hacer las maletas. Prométeme que no harás ninguna travesura.
    -Prometo.
    Se enreda un pie en la barra de latón, al salir del salón de fumar, y cae espatarrado sobre la cubierta. Se levanta frotándose la rodilla, a tiempo para ver salir el sol de entre nubes chocolate derramando un raudal de luz roja sobre el agua color masilla. Billy, con sus orejas pecosas; Billy, cuyos padres están por Roosevelt y no por Parker como mamá, agita una bandera de seda tamaña como un pañuelo, a los hombres del remolcador blanco y amarillo.
    -¿Has visto salir el sol?-preguntas como si el sol fuera suyo.
    -Y bien que sí, desde mi portilla -dice Jimmy alejándose después de echar una larga mirada a la bandera de seda.
    Por el otro lado se ve la tierra cerca. En primer término una orilla verde con árboles y grandes casas blancas con tejados grises.
    -¿Qué, jovencito, estás contento de haber llegado?-pregunta el señor de los bigotes caídos, que lleva un traje de mezclilla.
    -¿Está Nueva York por allí?
    Jimmy señala con el dedo el agua quieta que va ensanchándose con el sol.
    -Sí, señorito; detrás de esa niebla está Manhattan.
    -¿Y eso qué es, señor?
    -Manhattan es Nueva York... Nueva York, sabes está en la isla de Manhattan.
    -¡Cómo! ¿Qué está es una isla?
    -¡Muy bonito! ¡Qué te parece un chico que no sabe que su ciudad natal está en una isla!
    Los dientes de oro del señor con traje de mezclilla brillan cuando ríe a mandíbula batiente. Jimmy da vueltas a la cubierta, golpeando los talones, todo excitado. Nueva York está en una isla.
    -Parece que estás muy contento de llegar a tu tierra, pequeño -dice la señora meridional.
    -Sí que lo estoy, quisiera tirarme en el suelo y besarlo.
    -Qué sentimiento tan patriótico... No sabes lo que me gusta oírte eso.
    Jimmy está en ebullición. Besar el suelo, besar el suelo... Las palabras zumban en su cabeza como silbidos. Otra vuelta a la cubierta.
    -Ese de la bandera amarilla es el barco de la cuarentona. Un hombre recio, con los dedos llenos de sortijas -judío él-, habla con el señor del traje de mezclilla.
    -Ah, ya andamos otra vez... Pronto acabaremos, ¿no?
    -Llegaremos para el desayuno, un desayuno americano, un buen desayuno a estilo del país.
    Mamá vuelve a la cubierta con su velo flotante.
    -Aquí está tu gabán, Jimmy, tienes que llevarlo tú.
    -Mamá, ¿puedo sacar aquella bandera?
    -¿Qué bandera?
    -La bandera americana de seda.
    -No, rico, todo está guardado.
    -Anda, sí... Yo quería llevar la bandera porque es el Cuatro de Julio...
    -Vamos, no lloriquees, Jimmy. Cuando mamá te dice que no, es que no.
    Picazón de lágrimas. El chico se traga un nudo y mira a su madre.
    -Jimmy, está guardada en el portamantas, y mamá se siente tan cansada de bregar con esas dichosas maletas...
    -Pero Billy Jones tiene una...
    -Mira lo que te estás perdiendo... Allí está la estatua de la Libertad. Una mujer muy grande, verde, con una bata, de pie en un islote, con la mano levantada.
    -¿Qué tiene en la mano?
    -Una antorcha, querido... La Libertad iluminando al mundo... Y allí está Governors Island, al otro lado. Allí donde los árboles... Y mira, ése es el puente de Brooklyn... Bonita vista, ¿eh? Y todos los muelles... Eso es Battery... y los mástiles y los barcos... y la flecha de la iglesia de la Trinidad y el Pulitzer Building...
    Mugidos de sirenas, rojos ferries que anadean como patos, batiendo el agua blanca; todo un tren de vagones en un lanchón empujado por un remolcador, que ganguea soltando bocanadas de humo algodonoso, todas del mismo tamaño. Jimmy tiene las manos frías, y ganguea como el remolcador.
    -No te exaltes tanto, querido. Baja a ver si mamá se ha dejado algo en el camarote.
    Una faja de agua con una costa de astillas, de cajones, de mondas de naranja, de hojas de berza, se estrecha y se estrecha entre el barco y el muelle. Una charanga brilla al sol, gorras blancas, caras rojas sudorosas, tocando «Yankee Doodle».28
    -Eso es por el embajador, ¿sabes?, aquel señor alto que no salía nunca del camarote.
    Bajando la pasarela inclinada, con cuidado de no tropezar. Yankee Doodle went to town... Una cara negra brillante, ojos blancos de esmalte, dientes blancos de esmalte. Si señora, si señora. Stuck a fether in his hat an; called it macaroni... Tenemos puerto libre. Un aduanero azul muestra su calva inclinándose profundamente... Tunti bum bum MUM BUM BUM... cakes and sugar candy...29
    -Aquí está la tía Emilia y todo el mundo... Querida, qué amabilidad la tuya, bajar a esperarnos.
    -Hija, llevo aquí desde las seis.
    -¡Huy, cómo ha crecido!
    Vestidos claros, centelleo de broches, caras contra la de Jimmy, olor de rosas y el cigarro del tío.
    -Está hecho un hombrecito. Venga usted acá, señorito., que le veamos.
    Ella se echa a reír ladeando la cabeza. Tiene las mejillas sonrosadas y sus ojos centellean bajo el velo pardo.
    -Oh, mamá... (Se levanta y le da un beso en la barbilla.) ¡Cuánta gente, mamá!
    -Bueno, adiós, señora Herf. Si alguna vez pasa usted por cerca de nosotros... Jimmy, no te he visto besar el suelo.
    -Oh, está graciosísimo con ese aire tan anticuado...
    El coche huele a moho. Sube bamboleándose por una ancha avenida donde el polvo se arremolina, por calles de ladrillo llenas de chiquillos sucios que gritan, y todo el rato los baúles crujen y traquetean sobre la baca.
    -Mamita, ¿no crees que pueden atravesar el techo?
    -No, rico.
    -Porque es el Cuatro de Julio.
    -¿Qué hace ese hombre?
    -Debe de estar borracho, querido.
    Desde una pequeña tribuna adornada con banderas, un hombre de patillas blancas, con unas ligas rojas en las mangas de la camisa, está pronunciando un discurso.
    -Eso es un orador del Cuatro de Julio... Está leyendo la Declaración de la Independencia.
    -¿Por qué?
    -Porque es el Cuatro de Julio.
    ¡Grang!... Un petardo.
    -¡Demonio de chico! Podía haber espantado el caballo... El Cuatro de Julio, querido, es el día que se firmó la Declaración de la Independencia, en 1776, durante la Guerra de la Revolución. Mi bisabuelo Harland murió en aquella guerra.
    Un trencito grotesco, con una máquina verde, retumba sobre sus cabezas.
    -Ese es el elevado... y mira: esta es la calle 23 y la casa de la Plancha.
    El coche entra bruscamente en una plaza deslumbrante de sol que huele a asfalto y a humanidad, y se para delante de una gran puerta, desde donde negros con botones de latón corren a su encuentro.
    -Ya estamos en el Hotel de la Quinta Avenida.
    Helado en casa de tío Jeff; un sabor frío, dulce, a melocotón, que se pega al paladar. Es curioso que después de salir del barco todavía se siente el movimiento. Bloques de azul penumbra se funden en las calles recortadas. Los cohetes chisporrotean en el crepúsculo. Caen estrellas de colorines. Bengalas. El tío Jeff clava molinillos en un árbol, frente a la puerta de la casa, y los enciende con su cigarro. Hay que sostener las candelas. «Estate quieto y vuelve la cabeza del otro lado, pequeño.» Un ruido sordo estalla en las manos; globos en forma de huevo, rojos, amarillos, verdes se remontan en el aire; olor a pólvora y papel chamuscado. En la calle rumorosa, resplandeciente, tintinea una campana, cada vez más cerca, cada vez más aprisa. Los cascos de los caballos fustigados arrancan chispas. Una bomba de incendios dobla rugiendo la esquina, roja, humeante, refulgente. «Debe de ser en Broadway.» Detrás la escalera y los veloces caballos del jefe de los bomberos. Luego el tintirintín de una ambulancia. Alguien que se llevó lo suyo.
    La caja está vacía. La arenilla y el serrín se meten entre las uñas cuando se pasa la mano. Está vacía. No, aún hay algunas bombas de incendios, de madera, montadas sobre ruedas. Bombas de verdad. «Hay que hacerlas andar, tío Jeff. ¡Oh, es lo más bonito de todo, tío Jeff!» Tienen dentro petardos y salen disparadas sobre el asfalto liso de la calle, empujadas por penachos de chispas, y echan humo por detrás como las bombas de verdad.
    Arropado en la cama, en una habitación hostil, con los ojos ardiendo y las piernas doloridas.
    -Eso es de crecer -dice mamá arropándole, inclinada sobre él con su vistoso traje de seda.
    -Mamita, ¿qué es ese parchecito negro que tienes en la cara?
    -¿Esto?... -dice ella haciendo sonar su collar al reír-. Esto es para que mamá esté más bonita.
    Estaba acostado, rodeado de altos armarios y tocadores. Llegaba de fuera ruido de ruedas y gritería, y de vez en cuando se oía una banda de música a lo lejos. Las piernas le dolían como si se le fueran a caer, y cuando cerraba los ojos, corría a toda velocidad a través de una oscuridad fulgurante, en una bomba de incendios roja, que echaba por la trasera fuego y chispas y bolas de colores.

    El sol de julio taladraba los agujeros de las viejas cortinas del despacho. Gus McNiel estaba sentado en el sillón, con sus muletas entre las rodillas. Tenía la cara blanca e hinchada de tantos meses de hospital. Nellie, con sombrero de paja adornado de amapolas rojas, se mecía en la silla giratoria del escritorio.
    -Mejor sería que te sentases a mi lado. Nellie. A ese abogao pué que le guste encontrarte en su mesa.
    Ella respingó la nariz y se puso en pie.
    -Gus, te digo que estás muerto de miedo.
    -Tú también tendrías miedo si hubieras tenido q'entendértelas con el médico de la Compañía, que me miraba como si fuera un pájaro de cuenta, y con el doctor judío que el abogao se agenció, que decía que yo estaba totalmente in-ca-paci-tao. ¡Dios, estoy reventao! De tós modos creo que mentía.
    -Gus, tú haces lo que yo te diga. Cierra el pico y deja que hablen los otros.
    -No diré esta boca es mía.
    Nellie, en pie detrás del sillón, se puso a acariciarle el pelo crespo.
    -Qué bueno será verse en casa otra vez, Nellie, con los guisos que sabes hacer y demás.
    La atrajo hacía sí rodeándole el talle con su brazo.
    -Quién sabe, tal vez no tenga que guisar.
    -Eso ya no creo que me guste tanto. Dios, si no sacamos ese dinero no sé lo que va a ser de nosotros.
    -Oh, papá nos ayudará. Ya lo ha hecho.
    -Supongo que no voy a estar enfermo toda la vida.
    George Baldwin entró cerrando tras sí de golpe la puerta de cristales. Con las manos en los bolsillos se quedó un momento mirando a Gus y a su mujer. Luego dijo sonriendo:
    -Pues bien, la cosa está hecha. En cuanto la renuncia de cualquier reclamación ulterior se firme, los abogados de la Compañía me entregarán un cheque de doce mil quinientos. Esto es lo que finalmente acordamos.
    -¡Doce mil machacantes!... -balbuceó Gus-. Doce mil quinientos dólares. Olga, espere un momento... Téngame las muletas que me voy a dejar atropellar otra vez... Aguárdenme a que vaya a decírselo a McGillycuddy. El pobre diablo se va a arrojar al paso del primer tren de carga... Bueno, señor Baldwin... (Gus se puso en pie), usté es grande... ¿verdad, Nellie?
    -Pues claro que lo es.
    Baldwin trataba de no encontrarse con sus ojos. Sentimientos contradictorios le traspasaban el cuerpo haciéndole flaquear las piernas.
    -Ya sé lo que vamos a hacer -dijo Gus-. Tomamos un coche a casa de McGillycuddy y bebemos algo para refrescar el gaznate, en el bar reservado... Yo convido. Necesito un traguito para entonarme. Vamos, Nellie.
    -Con mucho gusto iría -dijo Baldwin-; pero, desgraciadamente, no puedo. Estos días ando bastante ocupado. Pero déjeme su firma antes de marchar y le enviaré el cheque mañana... Firme aquí... y aquí.
    McNiel se había acercado renqueando al escritorio y estaba inclinado sobre los papeles. Baldwin comprendió que Nellie trataba de hacerle una seña. No levantó la vista. Después que salieron se fijó en el portamonedas, un pequeño bolso de cuero con pensamientos pirograbados, olvidado en la esquina de la mesa. Dieron un golpecito en la puerta de cristales. El abrió.
    -¿Por qué no querías mirarme?-preguntó ella en voz baja, sin aliento.
    -¿Cómo, estando él aquí?
    Le alargó el portamonedas.
    Ella le echó los brazos al cuello y le besó fuerte en la boca.
    -¿Qué vamos a hacer?¿Puedo venir esta tarde? Gus beberá hasta ponerse enfermo, ahora que ha salido del hospital.
    -No, Nellie, no puedo... Los negocios..., los negocios... Estoy ocupadísimo.
    -Sí, sí, ocupadísimo... Muy bien, como gustes.
    Dio un portazo.
    Baldwin, sentado en su escritorio, se mordisqueaba los nudillos sin ver el montón de papeles que estaba mirando fijamente. «Hay que acabar con esto», dijo en voz alta levantándose. Paseando de arriba abajo por la estrecha oficina, contemplaba las estanterías de libros de Derecho, el calendario con un cromo de la Gibson Girl sobre el teléfono, y el polvoriento cuadrado de sol cerca de la ventana. Miró el reloj. Hora de almorzar. Se pasó la mano por la frente y fue al teléfono.
    «Rector 1237... ¿Está ahí el señor Sandbourne?... Oye, Phil, voy a buscarte para almorzar... ¿Quieres salir ahora mismo?... Claro... Sabes, Phil, es un hecho la indemnización para el lechero... Estoy más contento que unas pascuas. Te voy a convidar al gran almuerzo para festejar esto... Hasta ahora.»
    Se alejó del teléfono sonriendo, descolgó su sombrero de la percha, se lo encajó cuidadosamente en la cabeza ante el espejito del perchero y se precipitó escaleras abajo.
    En el último tramo se encontró con el señor Emery, de la Sociedad Emery & Emery, que tenía sus oficinas en el primer piso.
    -Hola, señor Baldwin; ¿cómo van los negocios?
    El señor Emery, de Emery & Emery, tenía una cara aplastada, con el pelo y las cejas grises. Su mandíbula inferior avanzaba en forma de cuña. -Muy bien, señor, muy bien.
    -Me han dicho que marcha usted admirablemente... Algo acerca de la New York Central Co.
    -¡Oh! Simsbury y yo arreglamos el asunto por medio de un arbitraje.
    -¡Oh!... -dijo el señor Emery, de Emery & Emery.
    Cuando estaban a punto de separarse en la calle, el señor Emery dijo repentinamente:
    -¿Quería usted venir a cenar algún día de éstos con mi mujer y conmigo?
    -Pues... sí... con mucho gusto.
    -Me gusta mucho ver a los jóvenes compañeros de profesión, ¿sabe usted?... Bueno, le pondré a usted dos letras... Una noche de la próxima semana... Así podremos charlar un rato.
    Baldwin estrechó una mano llena de venas azules, en un lustroso puño almidonado, y tomó Maiden Lane abajo, abriéndose camino con su elástico paso por entre la multitud del mediodía. En Pearl Street, trepó un empinado tramo de negras escaleras, que olían a café tostado, y llamó a una puerta de cristal esmerilado.
    -Adelante! -gritó una voz de bajo.
    Un hombre moreno y larguirucho, en mangas de camisa, se adelantó a su encuentro.
    -Hola, George, pensé que ya no vendrías. Tengo un hambre de todos los demonios.
    -Phil, te voy a convidar a un almuerzo como nunca lo has comido en tu vida.
    -Bien; no espero otra cosa.
    Phil Sandbourne se puso la chaqueta, sacudió la ceniza de su pipa en la esquina de una mesa de dibujo, y gritó a un despacho interior oscuro:
    -Me voy a comer, señor Specker.
    -Está bien, váyase -replicó una voz cabruna desde el despacho interior.
    -¿Qué tal el viejo?-preguntó Baldwin al salir.
    -¿El viejo Specker? Con un pie en la sepultura... Pero lleva así años y años el pobre. De veras, George, me llevaría un disgustazo si le pasara algo a este pobre viejo de Specker... Es el único hombre honrado en la ciudad de Nueva York que además tiene la cabeza en su sitio.
    -No le ha servido de mucho -dijo Baldwin.
    -Aún puede servirle... aún puede servirle. Hombre, debieras ver sus planes para edificios de acero solo. Tiene la idea de que el rascacielo del futuro se construirá exclusivamente de acero y cristal. Hemos estado experimentando últimamente con baldosas... Cristo, algunos de sus proyectos te dejarían con la boca abierta. Tiene una frase estupenda de no sé qué emperador romano que encontró a Roma de ladrillo y la dejó de mármol. Bueno, pues él dice que ha encontrado a Nueva York de ladrillo y que la va a dejar de acero..., de acero y cristal. Te tengo que enseñar su proyecto de reedificación de la ciudad. ¡Es un sueño pistonudo!
    Se instalaron en un banco almohadillado en un rincón del restaurante que olía a carne a la parrilla. Sandbourne estiró las piernas bajo la mesa.
    -Chico, ¡vaya lujo!
    -Phil, vamos a tomar un cocktail -dijo Baldwin detrás del menú-. Te digo, Phil, que los cinco primeros años son los más duros.
    -No tienes que preocuparte, George; tú eres de los que van para arriba. Yo estoy ya empantanado.
    -No sé por qué: tú puedes siempre encontrar una plaza de delinante.
    -Bonito futuro, digo yo, pasaré la vida con el pico de un tablero clavado en la tripa... ¡Cristo!
    -Es que Specker & Sandbourne puede todavía convertirse en una firma famosa.
    -Para entonces la gente andará en aeroplano y tú y yo estaremos ya comiendo tierra.
    -En fin, a tu salud.
    -A la tuya, George.
    Bebieron los Martinis y empezaron a comerse las ostras.
    -No sé yo si será verdad que las ostras se vuelven cuero en el estómago bebiendo alcohol con ellas.
    -Ahora verás... Oye, a propósito: ¿cómo te va con aquella taquimeca con quien salías?
    -Chico, la de comidas, bebidas y teatros que me costó aquella niña... Me ha tenido a mal traer... De veras que sí. Tú haces bien, George, en no ocuparte de faldas.
    -Puede -dijo Baldwin, y escupió un hueso de aceituna en su puño cerrado.

    La primera cosa que oyeron fue el trémulo silbido de un vagoncito que humeaba al borde de la acera, frente a la entrada del ferry. Un chico se apartó del grupo de emigrantes que vagaba por el embarcadero y corrió al vagoncito.
    -Es como una máquina de vapor y está lleno de cacahuetes -gritó al volverse.
    -Padraic, quédate aquí.
    -Y aquí está la estación del elevado, línea South Ferry -continuó Tim Halloran, que había venido a buscarles-. Allá arriba está Battery Park y Bowling Green y Wall Street, el distrito bancario... Vamos, Padraic, el tío Timothy te va a llevaren el elevado de la Novena Avenida.
    Quedaban sólo tres personas en el desembarcadero, una vieja con un pañuelo azul a la cabeza, y una joven con un chal color magenta, en pie las dos, una a cada lado de un gran baúl chaveteado con tachuelas de latón. Y un viejo con una perilla verdosa y una cara toda rayada y retorcida como la raíz de un roble muerto. La vieja gemía con lágrimas en los ojos: «¡Dove andiamo, Madonna mía, Madonna mía!»30 La joven desdoblaba una carta y parpadeaba ante la floreada escritura. De repente se acercó al viejo: «Non posso leggere»31, y le alargó la carta. El se restregó las manos, balanceó la cabeza y dijo algo que ella no pudo entender. La joven se encogió de hombros, sonrió y volvió a su baúl. Un siciliano hablaba con la vieja. Cogió el baúl con la cuerda y lo arrastró a un carro con un caballo blanco, que estaba parado en la acera de enfrente. Las dos mujeres siguieron al baúl. El siciliano tendió la mano a la joven. La vieja, sin dejar de murmurar y de lloriquear, se subió trabajosamente a la trasera. Cuando el siciliano se inclinó para leer la carta, rozó a la joven con el hombro. Ella se estrechó. «Awright»32, dijo. Luego, sacudiendo las riendas sobre la grupa del caballo, se volvió a la vieja y gritó: «Cinque le due... Awright»33.


    IV. CARRILES

    El turuntuntum turuntuntum se espació, se amortiguó; los topes chocaron con estrépito a lo largo del tren. El hombre, soltando las barras se dejó caer. Todo anquilosado, no podía moverse. Reinaba una oscuridad impenetrable. Muy despacio, salió arrastrándose, se puso de rodillas, luego en pie, y se apoyó jadeante contra el furgón. Su cuerpo no era su cuerpo; sus músculos parecían astillas, sus huesos bielas retorcidas. La luz de una linterna le quemó los ojos.
    «Vivo, fuera de aquí. Los detectives de la Compañía están dando una batida.»
    «Oiga, amigo, ¿es esto Nueva York?»
    «Pos claro que es. Sigue mi linterna; pués escapar por el lao del agua.»
    Sus pies apenas podían avanzar tropezando en las largas uvés fulgurantes y en las líneas entrecruzadas de los carriles. Dio un trompicón y cayó sobre una red de señales. Por fin se encontró sentado al borde de un muelle, con la cabeza entre las manos. El agua batía dulcemente las estacas, sonando como lametazos de un perro. Sacó un periódico del bolsillo y desenvolvió un buen cacho de pan y una tajada de carne cartilaginosa. Se lo comió en seco, masca que te masca, antes de poder refrescar la boca. Luego se puso en pie, en equilibrio inestable, se cepilló las migas de las rodillas, y miró a su alrededor. Hacia el sur, más allá de las vías, el lóbrego cielo se bañaba en un resplandor naranja.
    «La Gran Vía Blanca -dijo graznando en voz alta-. The Great White Way.»

    Por los cristales estriados de lluvia, Jimmy Herf miraba los paraguas ondular en el lento remolino de gente que fluía por Broadway arriba. Llamaron a la puerta. «Adelante», dijo Jimmy, y se volvió a la ventana cuando vio que el camarero no era Pat. El camarero encendió la luz. Jimmy le vio reflejado en el cristal de la ventana: un hombre enjuto, de pelo rizado. Sostenía en una mano la bandeja, en la cual los cubrefuentes de plata se elevaban como cúpulas. Respirando fuerte, el camarero entró en el cuarto arrastrando tras de sí con la mano libre un soporte plegable. Lo abrió de un tirón para colocar la bandeja y extendió un mantel sobre la mesa redonda. Despedía un olor grasiento de despensa. Jimmy esperó a que se marchara para volverse. Entonces dio la vuelta a la mesa, levantando los cubrefuentes. Sopa con unas cositas verdes, cordero asado, puré de patatas, puré de nabos, espinacas, nada de postre.
    -¡Mamá!
    -¿Qué quieres?
    La voz se oyó débilmente a través de la puerta dedos hojas.
    -La comida está servida, mamá.
    -Empieza tú, querido; yo voy en seguida.
    -Yo no quiero empezar sin ti, mamá.
    Dio otra vuelta a la mesa, poniendo derechos los cuchillos y los tenedores. Se colgó una servilleta al brazo. El maître d'hôtel de Delmonico arreglaba la mesa para Graustark y el Rey Ciego de Bohemia y el príncipe Enrique el Navegante, y...
    -Mamá, ¿qué quieres tú ser: María reina de Escocia o lady Jane G rey?
    -Pero si a las dos les cortaron la cabeza, tesoro... Yo no quiero que me corten la cabeza.
    Mamá tenía puesto su vestido salmón. Cuando abrió la puerta, un tenue olor a agua de colonia y a medicinas salió del dormitorio, prendido en las mangas orladas de encaje. Se había empolvado demasiado la cara, pero su pelo, su hermoso pelo castaño, estaba primorosamente peinado. Se sentaron el uno frente al otro. Ella le puso delante un plato de sopa, sosteniéndolo con sus dos finas manos de venas azules.
    El chico tomó la sopa, que estaba acuosa y no bastante caliente.
    -Oh, me olvidé de los picatostes, rico. ,
    -Mamita, ¿por qué no comes la sopa tú?
    -No quiero sopa esta noche. Me dolía tanto la cabeza que no supe qué pedir. No importa.
    -¿Prefieres ser Cleopatra? Cleopatra tenía un apetito maravilloso y comía todo lo que le ponían delante, como una niña buena.
    -Sí, hasta perlas... Echó una en un vaso de vinagre y se la tragó.
    La voz le temblaba. Le tendió la mano a su hijo a través de la mesa. El se la acarició como un hombrecito, sonriendo.
    -Solos tú y yo, Jimmy... Tesoro, tú querrás siempre a tu mamá, ¿verdad?
    -¿Qué te pasa, mamita?
    -Oh, nada; no sé qué tengo esta noche... ¡Estoy tan cansada de no sentirme nunca verdaderamente bien!...
    Pero después de la operación...
    Ahí sí después de la operación... Mira, querido; hay un papel con mantequilla fresca en el borde de la ventana del cuarto de baño... Si tú me la trajeras pondría un poco en estos nabos... Temo que voy a tener que volver a quejarme de la comida. Este cordero no está como debiera. Espero que no nos hará daño.
    Jimmy salió corriendo, atravesó el cuarto de su madre y el pasillo, que olía a naftalina y a seda de la ropa tirada en una silla. El rojo tubo de un irrigador le dio en la cara al abrir la puerta del cuarto de baño. El olor de las medicinas le produjo un malestar que le hizo contraer las costillas. Levanto la ventana que había al extremo de la bañera. La repisa estaba llena de polvo: partículas de pluma cubrían el platillo vuelto sobre la mantequilla. Se quedó un momento inclinado sobre el patio, respirando por la boca para no oler las emanaciones de carbón que subían de la caldera. Abajo, una doncella de gorro blanco, asomada a una ventana, hablaba con uno de los encargados de las calderas. En pie, con los brazos desnudos y sucios cruzados sobre el pecho, él la miraba, la cabeza levantada. Jimmy aguzó el oído para oír lo que decían. Estar sucio, trajinar con el carbón todo el día, tener todo el pelo lleno de grasa, y hasta los sobacos...
    -¡Jimmy!
    -Ya voy, mamá.
    Poniéndose colorado, bajó de golpe la ventana y volvió al gabinete, despacio para que el rubor tuviera tiempo de borrarse de su cara.
    -¿Soñando otra vez, Jimmy, mi pequeño visionario?
    Dejó la mantequilla al lado del plato de su madre y se sentó.
    -Date prisa y cómete el cordero antes que se enfríe. ¿Por qué no pruebas con un poco de mostaza? Así te sabrá mejor.
    La mostaza le quemó la lengua y le hizo saltar las lágrimas.
    -¿Pica demasiado? -preguntó la madre riendo-. Tienes que acostumbrarte a los picantes... A él le gustaban siempre los picantes.
    -¿A quién, madre?
    -A uno que yo quería mucho.
    Callaron. Jimmy se oía a sí mismo masticar. El ruido de los coches y de los tranvías penetraba a intervalos a través de las ventanas cerradas. Los radiadores martilleaban y silbaban. Abajo, el hombre de la caldera, con grasa hasta los sobacos, escupía palabras a la doncella del gorro almidonado, Palabras sucias. La mostaza es de color...
    -Un penny por saber lo que estás pensando.
    -No pensaba en nada.
    -No debemos tener secretos el uno para el otro, querido. Recuerda que tú eres el único consuelo que tu madre tiene en el mundo.
    -¿Cómo será ser foca, una foca pequeña de puerto?
    -Supongo que se tendrá mucho frío.
    -Pero uno no lo sentirá. Las focas están protegidas por una capa de grasa, de modo que siempre están calientes, aun sentadas en un banco de hielo. Y debe de ser tan divertido nadar por el mar siempre que uno quiera...Las focas hacen miles de millas sin parar.
    -Pero mamá ha viajado miles de millas sin parar y tú lo mismo.
    -¿Cuándo?
    -Yendo y viniendo a Europa.
    Ella se reía mirándole con los ojos brillantes.
    -¡Ah, pero en barco!
    -Y cuando navegábamos en el Mary Stuart.
    -¡Oh, cuéntame, mamá!
    Llamaron.
    -Adelante.
    El camarero de pelo erizado asomó la cabeza por la puerta.
    -¿Puedo recoger, señora?
    -Sí, y tráigame una ensalada de fruta, y procure que la fruta esté recién cortada... Todo estaba detestable esta noche.
    Resollando, el mozo amontonaba los platos en una bandeja.
    -Lo siento, señora -dijo con un bufido.
    -Ya sé que no es culpa suya, camarero... ¿Tú qué vas a tomar, Jimmy?
    -¿Puedo tomar un merengue helado?
    -Puedes, pero tienes que ser bueno.
    -¡Sí! -chilló Jimmy.
    -Vida mía, no se grita así en la mesa.
    -Pero no importa cuando estamos los dos solos... ¡Viva el merengue helado!
    -James, un caballero se porta siempre lo mismo esté en su casa o en las selvas de África.
    -Yo quisiera estar en las selvas de África.
    -Yo me moriría de miedo.
    -Yo gritaría así para asustar a los leones y a los tigres. Que si gritaría...
    El camarero volvió con dos platos en la bandeja.
    -Lo siento, señora, pero el merengue helado se terminó... Traje al señorito un helado de chocolate, en cambio.
    -¡Oh, mamá!
    -No importa, vida... Después de todo, hubiera sido demasiado empalagoso... Cómete eso y te dejaré salir después de la cena a comprar bombones.
    -Huy, qué ricos!
    -Pero no tomes el helado tan de prisa, que te va a sentar mal.
    -Ya acabé.
    -Te lo has engullido, pícaro... Ponte los chanclos, tesoro. 
    -¡Pero si no llueve nada!
    -Haz lo que te dice tu madre, rico... y no tardes... Dame palabra de que volverás en seguida. Mamá no está nada bien esta noche y se pone muy nerviosa cuando estás fuera. Hay tantos peligros...
    Jimmy se sentó para ponerse los chanclos. Mientras se los encajaba bien su madre se acercó con un billete de un dólar. Le rodeó con su manga de seda.
    -¡Encanto mío!
    Lloraba.
    -Madre, no llores.
    Al estrecharla fuertemente sintió las ballenas del corsé contra sus brazos 
    -Volveré dentro de un minutito.
    En las escaleras donde una varilla de latón sujetaba la alfombra rojo mate a cada escalón, Jimmy se quitó los chanclos y se los metió en los bolsillos del impermeable. Con la cabeza alta pasó corriendo por entre las miradas escudriñadoras de los botones sentados en un banco, junto al escritorio. «¿A dar una vuelta?, le preguntó el más pequeño de los botones, uno rubio. Jimmy asintió discretamente, pasó corriendo ante los llamativos botones del portero y salió a Broadway, estruendoso, resonante de pisadas, lleno de caras que se ponían máscaras de sombra cuando salían de las manchas de luz proyectadas por los escaparates y por los arcos. Andaba de prisa. Pasó el Ansonia. En la entrada ganduleaba un hombre cejinegro, con un cigarro en la boca. Tal vez un secuestrador. Pero hay gente bien en el Ansonia, como donde nosotros vivimos. Luego un despacho de telégrafos, lencerías, una tintorería, una lavandería china que despedía un misterioso olor a chamusquina. Jimmy aprieta el paso. Los chinos son terribles secuestradores de niños. Salteadores de caminos. Un hombre con una lata de petróleo le roza al pasar. Una manga grasienta le roza el hombro. Olor a sudor y a petróleo. ¡Si fuera un incendiario! La idea del incendiario le pone la carne de gallina. Fuego. Fuego.
    Huyler's. En la puerta se respira un confortable aroma a chocolate mezclado con el olor a mármol y a níquel bien limpio. El olor del chocolate hirviendo sube en espiral por las rejillas que hay bajo las cristaleras. Chucherías de papel rizado para Halloween. Ya va a entrar, cuando se acuerda de Mirror, confitería situada dos calles más arriba; aquellas locomotoras y automóviles platedos que le dan a uno el cambio. Me daré prisa. Con patines tardaría menos. Se puede uno escapar de los bandidos, estranguladores, apaches, con patines, tirando por encima del hombro, con una carabina automática: Pum... ¡Uno al suelo! Era el peor de todos. Pum... ¡otro! Los patines son patines mágicos, fftt... suben por las paredes de ladrillo de las casas, ruedan por los tejados, saltando chimeneas, por encima del Flatiron, por encima de los cables de Brooklyn Bridge.
    Bombones de Mirror. Esta vez entra sin vacilación. Espera un momento ante el mostrador que le despachen.
    -Deme una libra de bombones de chocolate surtidos de a sesenta centavos libra -dice atolondradamente.
    Una rubia un poco bizca le mira maliciosamente sin contestarle.
    -Haga el favor, tengo prisa.
    -Bueno, cada uno a su turno.
    El la mira entornando los ojos, las mejillas ardiendo. Ella le entrega un paquete envuelto, con un ticket.
    «Pague en la caja.» No voy a llorar. La cajera es una mujer pequeña y canosa. Coge el dólar a través de una puertecita como las puertecitas por donde los animalitos entran y salen en la Casita de Mamíferos. La registradora da un alegre tintín, contenta de recibir dinero. Un quarter, un dime,34 un nickel y una tacita, ¿hacen cuarenta centavos? Pero sólo una tacita en vez de una locomotora o un automóvil. Recoge el dinero y deja la taza, y sale corriendo con la caja bajo el brazo. Mamá dirá que he tardado mucho. Vuelve a casa, mirando hacia adelante, dolido del desprecio de la señora rubia.
    -¿Ah, conque a comprar bombones?-dijo el botones rubio.
    -Te daré algunos si subes luego -murmuró Jimmy al pasar.
    Las varillas de latón suenan cuando él les da con la punta del pie al subir las escaleras. Ante la puerta color chocolate que tiene un 503 en cifras esmaltadas, se acordó de los chanclos. Dejó los bombones en el suelo y se los puso en los zapatos mojados. Suerte que su madre no le esperaba con la puerta abierta. Quizá la habría visto venir desde la ventana.
    -Mamá.
    No estaba en el gabinete. Se aterrorizó. Había salido, se había marchado.
    -Ven acá, querido.
    Su voz débil llegaba del dormitorio. Jimmy se quitó el sombrero y el impermeable y se precipitó dentro.
    -Madre, ¿qué te pasa?
    -Nada, rico... Tengo dolor de cabeza, un dolor de cabeza terrible. Echa agua de colonia en un pañuelo y pónmelo en la frente con cuidado, y sobre todo, queridito, no me la dejes caer en los ojos como hiciste la otra vez.
    Estaba tendida en la cama envuelta en un peinador azul celeste. Tenía la cara lívida. La bata de seda salmón colgaba fláccida sobre una silla; en el suelo yacía el corsé en una maraña de cintas rosadas. Jimmy le puso el pañuelo mojado cuidadosamente sobre la frente. El fuerte olor de la colonia le picaba en las narices al inclinarse sobre ella.
    -¡Oh, qué alivio! -Articuló débilmente-. Mira, telefonea a la tía Emily, Riverside Drive 2466, y pregúntale si puede venir por aquí esta noche. Tengo que hablar con ella... ¡Oh, me va a estallar la cabeza!
    Con el corazón alterado y los ojos llenos de lágrimas fue al teléfono. La voz de la tía Emily llegó extraordinariamente pronto.
    -Tía Emily, mamá está mala... Quiere que vengas... Va a venir en seguida, mamá querida -gritó-. Ya ves qué bien. Viene en seguida.
    Volvió de puntillas a la habitación de su madre, levantó el corsé y el traje y los colgó en el guardarropa.
    Amorcito -dijo la débil voz-, quítame las horquillas del pelo; me hacen daño en la cabeza... ¡Oh, hijo mío, siento como si mi cabeza fuera a estallar!
    De entre su pelo castaño, que era más sedoso que el traje de casa, sacó cuidadosamente las horquillas.
    -¡Oh, me haces daño!
    -Madre, ha sido sin querer.
    La tía Emily, delgada, con un impermeable azul echado sobre su traje de noche, entró precipitadamente en el cuarto, su fina boca plegada en un gesto de simpatía. Vio a su hermana tendida retorciéndose de dolor en la cama, y al muchachito flaco y pálido, de pantalón corto, en pie a su lado con las manos llenas de horquillas.
    -¿Qué es esto, Lily?-preguntó tranquilamente.
    -Querida mía, algo terrible me sucede -murmuró Lily Herf en un entrecortado murmullo de angustia.
    -Jimmy -dijo tía Emily severamente-, tienes que irte a la cama... Mamá necesita un reposo absoluto.
    -Buenas noches, mamita querida -dijo él.
    La tía Emily le dio unas palmaditas en la espalda:
    -No te apures, James; yo me ocuparé de todo.
    Fue al teléfono y comenzó a llamar un número en una voz baja y precisa.
    La caja de bombones estaba en la mesa del salón. Jimmy se sintió culpable cuando se la puso bajo el brazo. Al pasar junto a la librería agarró un volumen de la Enciclopedia Americana y se lo encajó bajo el otro brazo. La tía no se enteró de su salida. Las puertas del calabozo se abrieron. Fuera, un corsario árabe y dos fieles servidores esperaban para franquearle las fronteras de la libertad. Su habitación se encontraba tres puertas más abajo. Reinaba allí una oscuridad espesa y silenciosa. La luz se encendió dócil iluminando la cabina de la goleta Mary Stuart. Bien, capitán; leve el ancla y emprenda el rumbo a las Islas del Viento, y que no me molesten hasta el amanecer. Tengo importantes papeles que repasar. Se arrancó la ropa y se arrodilló en pijama junto al lecho: Alahoradeacostarme, RuegoaDiosquemialmaguarde, Simueroantesdequedespierte, QueelSeñormialmaselleve.
    Luego abrió la caja de bombones y puso las almohadas una encima de otra al pie de la cama, bajo la luz. Sus dientes partieron el chocolate y penetraron en la pulpa dulce. Vamos a ver...
    A, la primera de las vocales, la primera letra de todos los alfabetos escritos, excepto el amharic o abisinio, del cual es la decimatercera, y el rúnico, del cual es la décima...
    Demonio...
    AA, Aachen (véase Aquisgrán).
    Aardvark...
    -¡Huy, qué cara!...
    (orycteropus capensis), animal plantígrado, del género mamíferos, orden de los desdentados, originario de África.
    Abd.
    Ahd-el-Halim, príncipe egipcio, hijo de Mehmet Alí y una esclava blanca...
    Las mejillas se le encendieron cuando leyó:
    La reina de las esclavas blancas.
    Abdomen (etimología indeterminada)... parte inferior del cuerpo entre el diafragma y la pelvis...
    Abelardo... Las relaciones entre maestro y discípulo no duraron mucho. Un sentimiento más ardiente que la estimación agitaba sus corazones, y las infinitas ocasiones de verse que les proporcionaba el canónigo confiado en la edad de Abelardo (ya iba a cumplir los cuarenta) y en su estado, fueron fatales para la paz de ambos. La situación de Eloísa estaba a punto de dilatar su intimidad... Entonces Fulbert se dejó llevar de su salvaje deseo de venganza..., irrumpió en la habitación de Abelardo con una banda de rufianes y satisfizo su venganza haciéndole sufrir una atroz mutilación...
    Abelitas... denunciaron las relaciones sexuales como un culto satánico.
    Abimelech I, hijo de Gedeón y una concubina semita. Se coronó rey después de haber asesinado a sus setenta hermanos, con excepción de Jothan, y fue muerto mientras sitiaba la torre de Thebez...
    Aborto...
    No; tenía las manos heladas y se sentía un poco mal por haberse zampado tantos bombones...
    Abracadabra...
    Abydos...
    Se levantó a beber un vaso de agua antes de llegar a Abisinia, donde había grabados de montañas y el incendio de Magdala por los ingleses.
    Los ojos le escocían. Se sentía anquilosado y soñoliento. Miró su Ingersoll. Las once. El terror se apoderó de él súbitamente. Si mamá hubiera muerto... Hundió la cabeza en la almohada. La veía en pie junto a él, con su traje de baile blanco adornado de encajes, arrastrando una cola de volantes, y su mano suavemente perfumada le acariciaba la mejilla con dulzura. Los sollozos le ahogaban. Dio una vuelta en la cama con la cabeza hundida en la nudosa almohada. En mucho rato no pudo parar de llorar.
    Cuando se despertó se dio cuenta de que la luz seguía encendida y el cuarto estaba sin ventilar. El libro había rodado al suelo y los bombones, despachurrados, salían de la caja hechos una pasta. El reloj se había parado a la 1.45. Abrió la ventana, metió los chocolates en el cajón de la cómoda e iba a apagar la luz cuando recordó. Temblando de miedo, se puso la bata y las zapatillas, y despacio, de puntillas, avanzó por el pasillo oscuro. Escuchó a través de la puerta. Varias personas hablaban en voz baja. Golpeó débilmente con los nudillos y dio vuelta al tirador. Una mano abrió bruscamente la puerta y Jimmy se encontró parpadeando frente a la cara recién afeitada de un hombre con lentes de oro. La otra puerta estaba cerrada. Ante ella había una enfermera toda almidonada.
    -James, hijito, vuélvete a la cama y no te inquietes -dijo la tía Emily con una voz fatigada-. Tu madre está muy enferma y necesita un reposo absoluto, pero ya no hay peligro.
    -No, al menos por ahora no, señora Merivale -dijo el doctor echando aliento en sus lentes.
    -El pobre pequeño -dijo la enfermera con una tranquilizadora voz de gato- ha pasado la noche muy inquieto, pero no nos ha molestado ni una vez.
    -Voy a arroparte en tu cama -dijo la tía Emily-. Eso es lo que le gusta a mi James.
    -¿Puedo ver a mamá un poquitín, nada más que para saber de seguro que está mejor?
    Jimmy levantó los ojos tímidamente a la abultada cara de los lentes. El doctor asintió.
    -Bueno, tengo que marcharme... Pasaré por aquí de cuatro a cinco para ver qué tal marcha esto... Buenas noches, señora Merivale. Buenas, noches, señorita Billings. Buenas noches, pequeño...
    -Por aquí.
    La enfermera le puso la mano en el hombro a Jimmy. El se la quito de encima agachándose, y la siguió.
    Había una luz encendida en el cuarto de su madre. A guisa de pantalla le habían puesto alrededor una toalla prendida con alfileres. De la cama salía una respiración jadeante que no reconoció. La cara, contraída, estaba vuelta hacia él, los párpados cerrados, la boca torcida a un lado.
    La estuvo mirando fijamente medio minuto.
    -Bueno, ahora me voy otra vez a la cama -murmuró a la enfermera.
    Sus arterias latían desaforadamente. Sin mirar a la tía ni a la enfermera se dirigió rígido hacia la puerta. Su tía dijo algo. Echó a correr por el pasillo hasta su cuarto, cerró de golpe la puerta y corrió el pestillo. Se quedó en medio de la habitación, tieso, frío, con los puños cerrados, «Los odio, los odio», gritó. Luego, ahogando un sollozo, apagó la luz, se metió en la cama y se quedó tiritando entre las sábanas frías.

    -Dada la importancia de su comercio -decía Emile con su sonsonete-, creo yo que necesitaría usted de alguien que le ayudase en, la tienda.
    -Ya lo sé... Me estoy matando de trabajo, ya lo sé -suspiró madame Rigaud en el taburete de la caja.
    Emile llevaba largo rato mirando un jamón de Westfalia, colocado en una tabla de mármol, junto a su codo. Por fin, dijo tímidamente:
    -Una mujer como usted, una mujer hermosa como usted, madame Rigaud, siempre tiene amigos.
    -Ah, ca... He vivido mucho en mis tiempos... Ya no tengo confianza... Los hombres son un hatajo de brutos, y las mujeres..., oh, nunca puedo entenderme con ellas.
    -La historia y la literatura... -empezó Emile.
    La campanilla sonó en lo alto de la puerta. Un hombre y una mujer entraron en la tienda. Ella llevaba, sobre el pelo amarillo, un sombrero con un macizo de flores.
    -Vamos, Billy, no seas extravagante -decía ella.
    -Pero Norah, tenemos que tomar algo... Te digo que para el sábado tendré guita otra vez.
    -No la tendrás hasta que dejes de+jugar a las carreras.
    -Déjame en paz... Vamos a tomar un poco de paté de foie... esa pechuga de pavo fiambre tiene buena cara...
    -Vidita -arrulló la del pelo amarillo.
    -Quítate de encima, si quieres. Esto es cuenta mía.
    -Sí, señor, el pavo es muy bueno... Tenemos también pollos aún calientes... Emile, mon ami, cherchez-moi un de ces petits poulets dans la cuisine.35
    Madame Rigaud hablaba como un oráculo, sin moverse de su taburete. El hombre se abanicaba con su sombrero de paja de gruesas alas que tenía una cinta a cuadros.
    -¡Qué noche de calor! dijo madame Rigaud.
    -Sí que aprieta, sí... Norah, debíamos haber ido a la Isla en vez de andar flaneando por las calles.
    -Billy, tú sabes de sobra por qué no podíamos ir.
    -No marees. ¿No te estoy diciendo que el sábado tendremos guita de sobra?
    -La historia y la literatura -continuó Emile cuando los clientes se fueron con su pollo dejando a madame Rigaud medio dólar de plata que guardar en la caja-, la historia y la literatura nos enseñan que hay amistades, que hay a veces amores dignos de confianza...
    -¡La historia y la literatura! -rezongó madame Rigaud, riendo para sí- ¡bonitas están la historia y la literatura!
    -¿Pero no se siente usted nunca sola en una gran ciudad extranjera como ésta? Todo es tan difícil... Las mujeres miran al bolsillo y no al corazón... Yo no puedo aguantar más.
    Los anchos hombros y los grandes pechos de madame Rigaud temblaban con la risa. Su corsé crujió cuando, aún riendo, se bajó del taburete.
    -Emile, es usted un buen mozo, juicioso, y se abrirá camino en el mundo... Pero yo no volveré a ponerme jamás bajo la dependencia de ningún hombre... He sufrido demasiado... No, aunque viniera usted con cinco mil dólares.
    -¡Ah, qué cruel es usted!
    Madame Rigaud volvió a reírse:
    -Ande, ayúdeme a cerrar.

    El domingo, callado y lleno de sol, pesaba sobre la ciudad. Baldwin, sentado en su escritorio en mangas de camisa, leía un libro de Derecho, encuadernado en becerro. De cuando en cuando apuntaba una nota en un block, con letra grande y regular. Sonó el teléfono en el cálido silencio. Concluyó el párrafo que estaba leyendo y se levantó a contestar.
    -Sí, estoy solo; ven si quieres.
    Colgó el receptor. «¡Que se vaya al diablo!», murmuró apretando los dientes.
    Nellie entró sin llamar, y lo encontró paseando nervioso delante de la ventana. 
    -Hola, Nellie -dijo sin levantar los ojos.
    Ella se quedó parada mirándolo fijamente.
    -Mira, Georgy, esto no puede continuar.
    -¿Por qué no?
    -Estoy cansada de fingir, de mentir siempre.
    -Nadie se ha enterado de nada, supongo.
    -Oh, claro que no.
    Nellie se acercó a él y le enderezó la corbata. George la besó dulcemente en la boca. Ella llevaba un vestido escarolado de muselina, color lila, y en la mano una sombrilla azul.
    -¿Qué tal van tus asuntos, Georgy?
    -Estupendamente. ¿Sabes que me habéis traído suerte? En este momento tengo varios negocios buenos entre manos, y he hecho algunas relaciones muy valiosas.
    -Pues a mí me ha traído bien poca suerte. Aún no me he atrevido a confesarme. El cura creerá que me he vuelto atea.
    -¿Cómo está Gus?
    -Lleno de proyectos... Parece como si hubiera ganado ese dinero, del pisto que se da.
    -Oye, Nellie, ¿y si dejaras a Gus y te vinieras a vivir conmigo? Podrías divorciarte y después casarnos. Así todo se arreglaría.
    -Sí, sí... Además, tú no lo dices en serio.
    -Sin embargo, valdría la pena, Nellie, te juro que sí.
    La abrazó y la besó en los labios, cerrados e inmóviles. Ella se desasió.
    -Sea como sea, ya no vuelvo más por aquí... ¡Oh, subía yo las escaleras tan contenta con la idea de verte!... Estás pagado, asunto concluido.
    El notó que sus ricitos estaban sueltos. Un mechón de pelo colgaba sobre una ceja.
    -Nellie, no debemos separarnos así.
    -¿Por qué no, di?
    -Por lo que nos hemos querido los dos.
    -No voy a llorar por eso.
    Nellie se dio unos golpecitos en la nariz con el pañuelo arrollado.
    -Georgy, te voy a odiar... Adiós.
    La puerta se cerró de golpe tras ella.
    Baldwin, sentado en su escritorio, mordía la punta de un lápiz. El débil perfume de su pelo persistía en sus narices. Tenía la garganta llena de sollozos. Tosió. El lápiz se le cayó de la boca. Se limpió la saliva con el pañuelo y se acomodó en su sillón. Los nutridos párrafos del libro de Derecho, antes turbios, se aclararon. Arrancó del block la hoja escrita y la prendió encima de un montón de documentos. En la nueva hoja empezó a escribir: Decisión del Tribunal Supremo del Estado de Nueva York... De repente se incorporó en su asiento y se puso otra vez a morder la punta del lápiz. Fuera se oía el pitido sin fin de un carrito de cacahuetes. «Oh, bueno, lo hecho, hecho.» Continuó escribiendo con letra grande y regular: Pleito Patterson contra el Estado de Nueva York... Decisión del Supremo...

    Bud, sentado en la ventana de la Unión de Marineros, leía lenta y atentamente un periódico. Junto a él dos hombres con cuello blanco y traje de jerga azul, meditaban sobre el tablero de ajedrez. Sus mejillas recién afeitadas parecían dos bistecs crudos. Uno de ellos fumaba una pipa que hacía un ruidito cada vez que la chupaba. Fuera, la lluvia caía sin cesar en una gran plaza rielante.

    Banzai, vive mil años, gritaron los hombrecillos grises del cuarto pelotón de zapadores japoneses que avanzaban a reparar el puente sobre el río Yalu... Corresponsal especial de «New York Herald»...
    -Mate -dijo el hombre de la pipa-. Vamos a echar un trago, ¡qué diablos! Esta no es noche pa quedarse aquí sentao sin emborracharse.
    -He prometido a la vieja...
    -No me vengas con canciones, Jess. Ya conozco las promesas que tú te gastas.
    Una manzana roja cubierta de pelos rubios metió las piezas en la caja.
    -Dil'a la vieja que t'has tenío que tomar una copa pa quitarte la humedaz.
    -De todos modos, eso no sería mentira.
    Bud miraba pasar delante de la ventana sus sombras encorvadas bajo la lluvia.
    -¿Cómo te llamas?
    Bud se volvió bruscamente, sobresaltado por una voz agria y chillona. Se quedó mirando a los ojos azules de un hombrecillo amarillento que tenía una cara de sapo, de boca grande, ojos saltones y espeso pelo negro cortado al rape.
    La mandíbula de Bud articuló:
    -Me llamo Smith. ¿Qué hay?
    El hombrecillo alargó una cuadrada mano callosa.
    -Tanto gusto. Yo, Matty.
    Bud, a su pesar, estrechó la mano que estrujó la suya hasta hacerle retorcerse.
    -¿Matty qué?-preguntó.
    -Yo, Matty a secas... Matty el Lapón... Vamos a echar un trago.
    -Estoy arrancao -dijo Bud-, no tengo un centavo.
    -Yo pagar... yo tener mucho dinero... toma...
    Matty hundió las manos en los bolsillos de su abolsado traje a cuadros, y, con sus dos puños llenos de billetes, dio un golpe a Bud en el pecho.
    -Eh, quédate con tu dinero... Iré a tomar una copa contigo, eso sí. Cuando llegaron al bar de la esquina de Pearl Street, Bud llevaba codos y rodillas empapados. El agua fría le corría por el cuello abajo. Al acercarse al mostrador, Matty el Lapón sacó un billete de cinco dólares.
    -Yo convidar todo el mundo... muy contento esta noche. Bud atacaba el lunch gratuito.
    -Hace un siglo que no he comido -explicó cuando volvió al mostrador para beber.
    El whisky le quemó la garganta, le seco la ropa y le hizo sentirse como se sentía cuando chico, los sábados que iba a ver jugar al baseball.
    -Arreglao, Lap -gritó dando un manotazo en las anchas espaldas del hombrecillo-. Tú y yo desde hoy amigos.
    -Oye, bisoño, mañana embarcaremos juntos... ¿Qué dices?
    -¡Qué duda cabe!
    -Ahora nos vamos a Bowery Street mirar las zorras. Yo pagar.
    -No hay zorra que te mire a ti, Lap -gritó un borracho grandullón, de bigotes caídos, que se había colado entre ellos al salir.
    -¿No, verdad?-dijo el Lap virando en redondo.
    Uno de sus puños golpeó como un martillo, en rápido uppercut, la mandíbula del borracho. El infeliz, con los pies por el aire, cayó hacia adentro, entre las puertas batientes, que se cerraron tras él. En el local se armó un alboroto...
    -¡Maldita sea la leche, Lapy, maldita sea la leche! -rugió Bud, y volvió a aporrearle la espalda.
    Cogidos del brazo bandeaban por Pearl Street, bajo la lluvia penetrante. Los bares bostezaban, luminosos, en las esquinas de las calles empapadas de lluvia. La luz amarilla de los espejos y de las barras de latón y de los marcos dorados que encuadraban rosados desnudos de mujeres, se reflejaba en los vasos de whisky bebidos siempre de golpe, echando atrás la cabeza; fluía alegremente por las venas, salía borbolleando por los oídos y por los ojos, goteaba a chorros por las puntas de los dedos. Las casas, negras de agua, se alzaban a cada lado; los faroles se bamboleaban como las linternas de una cabalgata. Por fin Bud se encontró con una mujer sobre las rodillas, en un cuarto interior lleno de caras apiñadas. Matty el Lapón, en pie, abrazado a dos chicas, se rasgó de un tirón la camisa para enseñar un hombre y una mujer desnudos tatuados en rojo y verde sobre su pecho, fuertemente enlazados por una serpiente de mar. Y cuando, sacando el pecho y moviendo la piel con los dedos, el hombre y la mujer tatuados se meneaban, las cabezas apiñadas estallaban de risa.

    Phineas P. Blackhead levantó la ancha ventana de la oficina. Contempló el puerto de pizarra y mica, ensordecido por el estruendo de los vehículos, del vocerío, de las construcciones, que subía de las calles céntricas, inflándose y enroscándose como humo en el recio viento noroeste que barría el Hudson.
    Phineas P. Blackhead levantó la ancha ventana de la oficina. Contempló el puerto de pizarra y mica, ensordecido por el estruendo de los vehículos, del vocerío, de las construcciones, que subía de las calles céntricas, inflándose y enroscándose como humo en el recio viento noroeste que barría el Hudson.
    -¡Eh, Schmidt, tráigame los gemelos! -dijo por encima del hombro-. Mire...
    Enfocó los gemelos a un vapor blanco, ventrudo, con una chimenea amarilla, tiznada de hollín, que se encontraba frente a Governors Island.
    -¿No es el Anonda que entra?
    Schmidt era un viejo que se había encogido. Su piel colgaba en arrugas de sus mejillas fláccidas. Miró con los gemelos.
    -Sí que es.
    Blackhead bajó la ventana. El estruendo retrocedió, degenerando en un murmullo sordo como el sonido de una concha marina.
    -¡Recórcholis, se han dado prisa!... Atracarán dentro de media hora... Lárguese en seguida y busque al inspector Mulligan. El ha arreglado todo... No le quite ojo. El viejo Matanzas está sobre la pista, tratando de obtener una orden de embargo contra nosotros. Si la última cucharada de manganeso no está desembarcada mañana por la noche, le reduciré su comisión a la mitad... ¿Lo ha entendido usted?
    Las fláccidas mejillas de Schmidt tembloteaban al reírse.
    -No hay peligro, señor... Ya debía usted conocerme, después de tanto tiempo.
    -Pues claro que le conozco... es usted un gran tipo, Schmidt. Bromas mías.
    Phineas P. Blackhead era un hombre delgado con el pelo plateado y una cara roja de pájaro de presa. Se recostó en la butaca de caoba de su pupitre y tocó un timbre eléctrico.
    -Está bien, Charlie; que pasen -gruñó al pelirrojo botones que apareció en la puerta.
    Se levantó rígido, detrás de su escritorio, y alargó una mano:
    -¿Cómo está usted, señor Storow?... ¿Cómo está usted, señor Gold?... Acomódense. Eso es... Ahora vamos a ver lo de la huelga. La actitud de la Compañía ferroviaria que yo represento es todo franqueza y honradez., ustedes lo saben. Estoy convencido, puedo decir que tengo la más completa convicción de que nosotros podemos arreglar esta cuestión en forma cordial y amistosa... Naturalmente, es necesario que cada uno ponga un poco de su parte. Ya sé que nosotros tenemos en el fondo los mismos intereses, los intereses de esta gran ciudad, de este gran puerto...
    El señor Gold se echó hacia atrás el sombrero y tosió dando una especie de ladrido:
    -Señores, dos caminos se abren delante de nosotros...

    Al sol, en el borde de la ventana, una mosca se restregaba las alas con sus patas posteriores. Se limpiaba de arriba abajo, torciendo y destorciendo sus patas delanteras como una persona que se enjabona las manos, frotándose cuidadosamente la coronilla de su cabeza picuda. Se estaba peinando. La mano de Jimmy se cernió sobre la mosca y cayó sobre ella. La mosca zumbando le hacía cosquillas en la palma, Jimmy la buscó a tientas con dos dedos, y cuando la hubo atrapado, la aplastó lentamente entre el pulgar y el índice, hasta hacer de ella una papilla gris.
    Se limpió contra el reborde de la ventana. Un ardiente malestar se apoderó de él... ¡Pobre mosquita, después de haberse hecho tan bien la toilette! Se quedó un rato mirando a través de los empolvados cristales, donde el sol hacía fulgurar tenuemente el polvo. De vez en cuando, un hombre en mangas de camisa cruzaba el patio con una bandeja de platos: Se oía gritar órdenes, y el tintineo de la vajilla que estaban lavando subía apagado de las cocinas.
    Miraba fijamente a través del tenue brillo del polvo en los cristales. «Mamá ha sufrido un ataque y yo volveré a la escuela la semana que viene.»
    -Eh, Herfy, ¿no has aprendido a boxear todavía?
    -Herfy y el Kid van a disputarse el campeonato de peso mosca en match público.
    -¡Yo no quiero!
    -¡Kid sí quiere!... Aquí está. Haced ahí el ring, chicos.
    -Que no quiero, os digo.
    -Pues tienes que querer, o si no os moleremos a golpes a ti y al otro, ¡qué jorobar!
    -Eh, Fred, cinco centavos de multa por decir interjecciones groseras!
    -¡Caray, me olvidé!
    -¡Otra vez! Trabájale las costillas.
    -Anda con él, Herfy; yo apuesto por ti.
    -Eso, eso, dale.
    La cara blanca y torcida del Kid saltaba delante de él como un balón; sus puños caían sobre la boca de Jimmy; un sabor salobre a sangre del labio cortado. Jimmy se arroja a él, lo tira sobre la cama, le clava la rodilla en la barriga. Los otros lo separan y lo empujan contra la pared.
    -¡Anda con él, Kid!
    -Anda con él, Herfy!
    La sangre se le agolpa en la nariz y en los pulmones: la respiración le raspa la garganta. Un pie lo derriba de una zancadilla.
    -Basta; Herfy perdió.
    -Mariquita..., mariquita.
    -Pero, caray, Freddy, acuérdate que tuvo al otro debajo.
    -A callarse, no armar tanto escándalo... que va a subir el viejo Hoppy.
    -Bueno, esto ha sido un match amistoso, ¿eh, Herfy?
    -¡Fuera de mi cuarto todos, todos! -grita Jimmy cegado por las lágrimas, empujándolos con los dos brazos.
    -Llorón, llorón.
    Cierra de golpe la puerta tras ellos, empuja contra ella su pupitre, y se echa temblando en la cama. Se vuelve de bruces, rabiando de vergüenza, mordisqueando la almohada.
    Jimmy mira fijamente a través del tenue brillo del polvo sobre los cristales de la ventana.

    Querido mío:
    Tu pobre madre sufrió mucho cuando por fin te dejó en el tren y se volvió a la habitación desierta del hotel. Estoy muy sola sin ti. ¿Sabes lo que hice? Saqué todos tus soldados de plomo, los que solían tomar parte en el sitio de Puerto Arturo, y los coloqué en batallones sobre un estante de la biblioteca. Qué tontería, ¿verdad? No hagas caso: pronto llegarán las Navidades, y volveré a ver a mi Jimmy...

    Una cara contraída sobre la almohada... Mamá ha sufrido un ataque y la semana que viene volveré al colegio. La piel negruzca que se afloja bajo los ojos, el gris que serpentea en sus cabellos castaños. Mamá ya no se ríe. El ataque.
    Volvió de repente a su cuarto y se tiró en la cama con un pequeño libro de cuero en la mano. La resaca tronaba contra la barrera del arrecife. Jack nadaba rápidamente en las tranquilas aguas azules de la laguna; luego, en pie, en una playa amarilla, se secaba al sol las gotas salobres, dilataban las narices al olor del fruto del árbol del pan, que se tostaba al lado de su solitaria hoguera. Pájaros de brillante plumaje chillaban y trinaban en lo alto de los cocoteros. En el cuarto hacía un calor soporífero. Jimmy se quedó dormido. En la cubierta olía a fresa, a limón, a piñas, y mamá estaba allí, con su vestido blanco, y un hombre moreno con una gorra de marino, y el sol centelleaba en las grandes velas lechosas. ¡O-o-ohí! Una mosca grande como un barco, avanza hacia ellos por el agua, extendiendo sus patas nudosas de cangrejo. «¡Salta, Jimmy, salta; en dos brincos llegas!», le grita el hombre moreno al oído. «¡Yo no quiero..., yo no quiero!», lloriquea Jimmy. El hombre moreno le pega: salta, salta, salta...
    -Sí, un momento. ¿Quién es?
    La tía Emily estaba en la puerta.
    -¿Por qué cierras la puerta con llave, Jimmy?... Yo nunca permito a James que cierre la puerta.
    -Yo prefiero tenerla cerrada, tía Emily.
    -¡Mira que un chico dormido a estas horas!...
    -Estaba leyendo La isla del coral y me quedé dormido. Jimmy se ponía colorado.
    -Bueno, ven. La señorita Billings ha dicho que no puedes entrar en el cuarto de tu madre. Está descansando.
    Bajaban en el pequeño ascensor, que olía a aceite de ricino. El negrito hizo una mueca a Jimmy.
    -¿Qué dijo el doctor, tía Emily?
    -Todo marcha lo mejor que podía esperarse... Pero no te preocupes. Esta noche tienes que divertirte mucho con tus primitos... Tú no juegas bastante con los niños de tu edad, Jimmy.
    Iban hacia el río, luchando contra el viento lleno de arena, que se arremolinaba en la calle, bajo un cielo oscuro, estriado de plata.
    -Supongo que te alegrarás de volver al colegio, James.
    -Sí, tía Emily.
    -Los días del colegio son los más felices de la vida No dejes de escribir a tu madre una vez por semana al menos, James. No le queda nadie más que tú, ahora. La señorita Billings y yo te tendremos al corriente.
    -Sí, tía Emily.
    -Además, James, quiero que conozcas a mi James mejor. Es de tu misma edad, sólo que un poco más desarrollado quizá. Tenéis que ser buenos amigos... Yo hubiera querido que Lily te hubiese mandado también a Hotchkiss...
    -Sí, tía Emily.
    Había pilares de mármol rosa en el «hall» de la casa donde vivía tía Emily, y el chico del ascensor llevaba una librea color chocolate, con botones de latón, y el ascensor era cuadrado, decorado con espejos. La tía Emily se paró ante una puerta de caoba roja en el séptimo piso y buscó la llave en su bolso. Al final del pasillo había una ventana con cristalitos emplomados, por la cual se podía ver el Hudson y los vapores y los grandes árboles de humo que subían de los patios, destacándose a lo largo del río contra el sol poniente. Cuando la tía Emily abrió la puerta oyeron un piano.
    -Esa es Maisie, que está estudiando.
    En el cuarto del piano la alfombra era gruesa y muelle; el papel, amarillo, con rosas plateadas, entre las molduras crema y los marcos dorados de cuadros al óleo que representaban bosques, una góndola llena de gente y un cardenal gordo bebiendo. Maisie saltó de la banqueta. Tenía una cara redonda y una nariz algo respingada. El metrónomo siguió su tictac.
    -¡Hola, James! -dijo ella después de tender la boca a su madre para que se la besara-. Siento muchísimo que la pobre tía Lily esté tan enferma.
    -¿No besas a tu prima, James? -dijo la tía Emily.
    Jimmy, torpemente, apretó su cara contra la de Maisie.
    -Vaya una manera de besar -dijo Maisie.
    -Bueno, queridos, ahora podéis haceros compañía los dos hasta la hora de cenar.
    La tía Emily desapareció entre las cortinas de terciopelo azul.
    -Nosotros no podemos seguir llamándote James.
    Después de parar el metrónomo, Maisie, en pie, se quedó mirando de hito en hito a su primo:
    -No puede ser que haya dos James, ¿verdad?
    -Mamá me llama Jimmy.
    -Jimmy es un nombre muy vulgar, pero en fin, tendremos que contentarnos con él mientras pensamos en otro mejor... ¿Cuántos jacks puedes tú coger?
    -¿Qué son jacks?
    -¡Cómo! ¿No sabes lo que son jackstones36? ¡Cómo se va a reír James cuando vuelva!
    -Conozco las rosas Jack. Son las que más le gustaban a mi mamá.
    -A mí las únicas que me gustan son las de American Beauties -declaró Maisie desplomándose en un sillón Morris.
    Jimmy, apoyado sobre un pie, se pateaba el talón con la punta del otro.
    -¿Dónde está James?
    -Pronto llegará... Ha ido a dar su lección de montar.
    El crepúsculo dejó caer entre ellos un silencio de plomo. De los muelles de la estación llegaba el silbido de una locomotora y el ruido que los vagones de mercancías hacían al ser enganchados en el apartadero. Jimmy corrió a la ventana.
    -Oye, Maisie, ¿te gustan las máquinas?-preguntó.
    -¿A mí? Me parecen horribles. Papá dice que nos vamos a mudar a causa del ruido y del humo.
    En la penumbra, Jimmy vislumbró la bruñida mole de una enorme locomotora. El humo salía de la chimenea en inmensas espirales de bronce y de violeta. En la vía, una luz roja se volvió súbitamente verde. La campana empezó a sonar lentamente, perezosamente. Bajo la presión del vapor, el tren, dando resoplidos, arrancó con un estruendo de hierro, fue tomando velocidad y se perdió en las tinieblas, balanceando su linterna roja a la cola.
    -¡Lo que me gustaría a mí vivir aquí!... -dijo Jimmy-. Tengo doscientas setenta y dos fotos de máquinas. Hago colección.
    -¡Qué cosa tan rara para coleccionar!... Oye, Jimmy, baja la cortina, que voy a encender la luz.
    Cuando Maisie apretó el botón vieron a James Merivale a la puerta. Tenía el pelo tieso y rubio, la cara llena de pecas y una nariz respingada como la de Maisie. Traía puestos los pantalones de montar y polainas de cuero negro, y blandía una larga fusta de madera pelada.
    -¡Hola, Jimmy! -dijo-. Bien venido.
    -Oye, James -gritó Maisie-, Jimmy no sabe lo que son Jackstones.
    La tía Emily apareció entre las cortinas de terciopelo azul. Vestía una blusa de seda verde, con cuello alto, adornada de encajes. Su pelo blanco se alzaba en dulce curva sobre su frente.
    -Ya es tiempo de que os lavéis -dijo-. La cena estará dentro de cinco minutos... James, lleva a tu primo a tu cuarto y quítate en seguida ese traje de montar.
    Todos estaban ya sentados cuando Jimmy, precedido de su primo, entró en el comedor. Cuchillos y tenedores brillaban discretamente a la luz de seis velas con pantallas de rosa y plata. A la cabecera de la mesa estaba sentada la tía Emily; junto a ella, un hombre de nuca plana, y al extremo opuesto el tío Jeff, con una perla en su corbata a cuadros, llenaba un amplio salón. La sirvienta negra revoloteaba por la franja de luz, pasando crackers tostados. Jimmy se comió la sopa muy tieso y muy asustado de hacer ruido. El tío Jeff hablaba con voz tonante entre cucharada y cucharada.
    -Le digo a usted, Wilkinson, que Nueva York no es ya lo que era cuando Emily y yo vinimos a instalarnos aquí, allá en los tiempos en que el Arca dio fondo... La ciudad está invadida por judíos e irlandeses de la más baja categoría, y eso es lo que nos pierde... Dentro de diez años un cristiano ya no podrá ganarse la vida aquí... Le digo a usted que los católicos y los judíos acabarán por echarnos de nuestro país. ¡Y si no, ya lo verá usted!
    -Es la nueva Jerusalén -intercaló la tía Emily riendo.
    -No es cosa de risa. Cuando un hombre se ha matado trabajando toda su vida para levantar un negocio, no le hace gracia que le pongan en la calle una partida de cochinos extranjeros, ¿verdad, Wilkinson?
    -No te exaltes, Jeff... Ya sabes que luego no digieres bien.
    -No perderé los estribos, querida.
    -Lo que le pasa a este pueblo es, señor Merivale... (el señor Wilkinson frunció el entrecejo gravemente). Este pueblo es demasiado tolerante. No hay otro país en el mundo donde esto se permita... Después de todo, somos nosotros los que hemos hecho este país, quienes permitimos a los extranjeros, la escoria de Europa, las heces de los ghettos de Polonia, que vengan y dirijan por nosotros, en nuestro lugar.
    -El hecho es que un hombre honrado no quiere ensuciarse las manos en la política, y no le interesa desempeñar cargos públicos.
    -Es verdad; un hombre, hoy día, quiere más dinero, necesita más dinero del que puede ganar honradamente en la vida pública... Naturalmente, los hombres de más valer toman otros rumbos.
    -Y añádase a esto la ignorancia de esos sucios judíos y de esos piojosos irlandeses, a los cuales damos el derecho de votar incluso antes de que puedan siquiera hablar inglés... -expresó el tío Jeff.
    La sirvienta colocó delante de la tía Emily un pollo asado rodeado de frituras de maíz. La conversación languideció mientras se servía.
    -¡Oh!, he olvidado decirte, Jeff -dijo la tía Emily-, que el domingo vamos a Scarsdale.
    -¡Oh! Querida, yo detesto salir los domingos.
    -Es como un niño chico cuando se trata de salir de casa.
    -Pero el domingo es el único día que tengo para quedarme en casa.
    -Bueno, mira lo que pasó: Estaba tomando el té con las chicas de Harland en Maillard, ¿y sabes tú quién ocupaba la mesa a nuestro lado? La señora Burkhart...
    -¿La señora John B. Burkhart?¿No es su marido uno de los vicepresidentes del National City Bank?
    -John es un gran tipo y un hombre de porvenir.
    -Bueno, como iba diciendo, querido, la señora Burkhart nos dijo que teníamos que ir a pasar el domingo con ellos, y, naturalmente, no he podido negarme.
    -Mi padre -continuó el señor Wilkinson- era el médico del viejo Johannes Burkhart. Era un tipo célebre el viejo aquel. Había hecho su agosto con el comercio de pieles allá en los tiempos del coronel Astor. Padecía de gota y blasfemaba de un modo terrible... Me acuerdo de haberle visto una vez: un viejo de cara roja con largas melenas blancas y un casquete de seda en la coronilla. Tenía un loro llamado Tobías, y la gente que pasaba por la calle nunca sabía si era Tobías o el juez Burkhart el que juraba.
    -¡Ah, los tiempos han cambiado! -dijo tía Emily.
    Jimmy estaba sentado en su silla con ambas piernas dormidas. Mamá ha tenido un ataque y la semana próxima volveré al colegio. Viernes, sábado, domingo, lunes... El y Skinny vuelven juntos de jugar con los sapos al borde de la charca. Llevaban sus trajes azules porque era domingo. Detrás del granero los arbustos estaban en flor. Unos chicos se burlan de Harris, llamándole Iky, porque dicen que es judío. Su voz se alza lloriqueante:
    -Basta, hombres, basta... Tengo puesto mi vestido nuevo.
    -¡Oh, míster Salomón Levy, con sus mejores trapitos!... -gritaron las voces burlonas-. ¿Te lo has comprado en una tienda de todo a diez centavos, Iky?
    -Apuesto a que son de algún saldo por incendio.
    -Entonces hay que usar la manga.
    -Vamos a chapuzar a Salomón Levy.
    -Estarse quietos.
    -¡Chitón! No grites tanto.
    -Están de broma; no le harán daño -murmuró Skinny.
    Se llevaron a Iky con la cabeza para abajo hacia el charco. Iba gritando y pataleando, con la cara inundada de lágrimas.
    -No es judío -dijo Skinny-, pero os diré quién es judío: ese gallito de Fat Swanson.
    -¿Cómo lo sabes?
    -Su compañero de cuarto me lo ha dicho.
    -¡Caramba, lo van a hacer de veras!
    Salieron corriendo en todas direcciones. El pequeño Harris, con el pelo lleno de barro, trepaba por la orilla. Las mangas de su chaqueta chorreaban agua.
    Habían servido el helado rociado con chocolate caliente. Un irlandés y un escocés bajaban por la calle, y el irlandés dijo al escocés: «Sandy, vamos a echar un trago...»
    Un prolongado campanillazo distrajo la atención general de la historia del tío Jeff. La doncella negra entró precipitadamente en el comedor y empezó a cuchichear al oído de la tía Emily.
    -...y el escocés dijo: Mike... Bueno. ¿Qué es lo que ocurre?
    -Mister Joe, señor.
    -¡Demontre!
    -Quizá venga presentable -dijo la tía Emily vivamente.
    -Un poquillo achispado, señora.
    -Sarah, ¿por qué demonios le dejó usted entrar?
    -Yo no lo dejé, pero él entró.
    El tío Jeff apartó su plato y dio un servilletazo en la mesa.
    -Saldré a hablarle.
    -Procura que se vaya... -comenzó a decir la tía Emily.
    Se quedó con la boca entreabierta. Una cabeza asomaba entre las cortinas que separaban el comedor del salón, una cabeza de pájaro, con la nariz ganchuda y el pelo lacio como el de un indio. Uno de los ojos, bordeados de rojo, parpadeaban tranquilamente.
    -Salud todos... ¿Cómo andan las cosas? ¿No molesto?
    La voz se elevaba campanuda a medida que un cuerpo largo y flaco se introducía tras la cabeza a través de las cortinas. La boca de la tía Emily se contrajo en una sonrisa helada.
    -Emily, tienes que... mmm... perdonarme; supuse que una noche... mmm... en el seno de la familia... mmm... sería... mmm... mmm... saludable. Tú comprendes... la influencia edificante del hogar. (En pie, detrás de la silla del tío Jeff, balanceaba la cabeza.) Y bien, Jefferson, queridazo, ¿Cómo van tus negocios?
    Dejó caer su mano sobre el hombro del tío Jeff.
    -Oh, muy bien. ¿No te sientas?-gruñó éste.
    -Me han dicho..., si quieres aprovechar la experiencia de un zorro viejo... mmm... un agente de cambio retirado... un corredor de bolsa... cada día más corrido..., ja, ja... Pero me han dicho que el lnterborough Rapid Transit vale la pena de meterla nariz... No me mires con esos ojos torvos, Emily. Me voy ahora mismito... ¡Oh! ¿cómo va, señor Wilkison?... Los chicos tienen buena cara. ¡Hombre, que me zurzan si no es ése el pequeño de Lily Herf!... Jimmy, ¿tú no te acuerdas ya de tu... mmm... primo Joe Harland, eh? Nadie se acuerda de Joe Harland... Excepto tú, Emily, y eso que bien quisieras poderte olvidar de él..., ja, ja... ¿Cómo está tu madre, Jimmy?
    -Un poco mejor, gracias.
    Jimmy tenía un nudo en la garganta y se arrancó las palabras a duras penas.
    -Bueno, pues cuando vuelvas a tu casa, le das recuerdos de mi parte... ella comprenderá. Lily y yo hemos hecho siempre buenas migas, aunque yo sea el espantajo de la familia... No me quieren, sueñan con verme lejos... Te digo, muchacho, que Lily es la mejor del cotarro. ¿Verdad, Emily, que es la mejor de todos nosotros?
    La tía Emily carraspeó.
    -Pues claro que sí; Lily es la más guapa, la más inteligente, la más personal... Jimmy, tu madre es una emperatriz... Siempre fue demasiado chic para todo esto. De buena gana echaría un trago a su salud.
    -Joe, si bajaras un poco la voz...
    La tía Emily tecleó las palabras como una máquina de escribir.
    -¡Bah! Todos creéis que estoy borracho... Acuérdate de esto, Jimmy. Se inclinó sobre la mesa y a Jimmy le dio en la cara su olor a whisky.) Estas cosas no son siempre culpa del hombre... las circunstancias... mmm... las circunstancias.
    Tratando de recobrar el equilibrio, tiró un vaso.
    -Si Emily persiste en mirarme con ojos torvos, me voy... Pero no te olvides de decir a Lily Herf que Joe Harland la quiere mucho, aunque esté en camino de condenarse.
    Titubeando desapareció entre las cortinas.
    -Jeff, estoy segura de que va a volcar el jarrón de Sèvres... Procura que salga como Dios manda y mételo en un coche.
    James y Maisie ahogaban agudas risotadas en sus servilletas. El tío Jeff estaba como la grana.
    -¡Que el diablo me lleve si lo meto en un coche! Ese no es primo mío... Deberían tenerlo encerrado. Y la próxima vez que le veas, Emily, le puedes decir de mi parte que si se presenta otra vez aquí en este estado repugnante lo pongo de patitas en la calle.
    -Vamos, Jefferson, no vale la pena de enfadarse!... Nada malo ha ocurrido. Se ha marchado ya.
    -¡Nada malo! Piensa en nuestros hijos. Figúrate que hubiera estado cualquier persona extraña aquí, en lugar de Wilkinson, ¿qué hubiera pensado de nuestra casa?
    -No se preocupe por eso -graznó el Sr. Wilkinson -; tales cosas ocurren en las familias más ordenadas.
    -Este pobre Joe es tan amable cuando está en sus cabales... -dijo la tía Emily-. ¡Y pensar que durante algún tiempo, ya hace años, se creyó que Joe Harland tenía la Bolsa entera en la palma de la mano! Los periódicos le llamaban el Rey de la Bolsa, ¿recuerdan ustedes?
    -Eso era antes del asunto de Lottie Smithers...
    -Bueno, niños, si os fuerais a jugar al otro cuarto mientras nosotros tomamos cate... -gorjeo la tía Emily-. Si, debían haberse marchado hace rato.
    -¿Sabes jugar a las Quinientas, Jimmy?-preguntó Maisie.
    -No, no sé.
    -¿Qué te parece, James? No sabe jugar a los jacks ni a las Quinientas.
    -Oh, son dos juegos de chicas -dijo James displicente-. Yo tampoco jugaría si no fuera por ti. .
    -Ah, no, señor Remilgado.
    -Vamos a jugar a la bestia.
    -Pero no somos bastantes. No es divertido si no hay muchos.
    -Y la última vez tú lanzaste tales carcajadas que mamá nos hizo parar.
    -Mamá nos hizo parar porque tú le diste un puntapié al pequeño Billy Schmitz en el codo y le hiciste llorar.
    -¿Y si bajáramos a mirar los trenes?-propuso Jimmy.
    -No nos dejan bajar después de oscurecer -dijo Maisie severamente.
    -¡Una idea! Juguemos a la bolsa... Yo tengo un millón de dólares en bonos a la venta, y Maisie puede jugar al alza y Jimmy a la baja.
    -Bueno, ¿y qué hacemos?
    -Oh, nada más que andar de un lado para otro y gritar... Yo vendo bajo par.
    -Corriente, señor Broker; los compro a cinco centavos cada...
    -No, no puedes decir eso... Hay que decir a noventa y seis y medio o algo por el estilo.
    -Yo ofrezco cinco millones por ellos -gritó Maisie blandiendo el secante del escritorio.
    -Pero tú estás loca: si no valen más que un millón -gritó Jimmy. Maisie se paró en seco.
    -Jimmy, ¿qué es lo que has dicho?
    Jimmy, sintiéndose enrojecer de vergüenza, se miraba los zapatos.
    -He dicho que estás loca.
    -¿Entonces tú nunca has estado en una escuela dominical?¿No sabes que Dios dice en la Biblia que si se llama a alguien loco se está en peligro de ir al infierno?
    Jimmy no se atrevía a levantar los ojos.
    -Bueno, yo no juego más -dijo Maisie muy digna.
    Jimmy, sin saber cómo, se encontró en el hall. Agarró su sombrero, salió corriendo por la puerta, bajó los seis tramos de piedra blanca, pasó ante los botones de latón y la librea chocolate del chico del ascensor, atravesó el vestíbulo, que tenía columnas de mármol rosa, y salió a la calle 72. Era de noche. Soplaba el viento. Todo estaba lleno de pesadas sombras que avanzaban, de ruidos de pasos que le perseguían. Por fin subió las familiares escaleras rojas del hotel. Pasó rápidamente delante de la puerta de su madre (le hubiera preguntado por qué había vuelto tan pronto), se precipitó en su cuarto, corrió el pestillo, dio dos vueltas a la llave y se quedó apoyado en la puerta, jadeando.

    -Bueno, ¿te has casado ya?
    Fue la primera cosa que preguntó Congo cuando Emile le abrió la puerta. Emile estaba en camiseta. El cuarto, que parecía una caja de zapatos, estaba mal ventilado. Una lámpara de gas con una caperuza de lata encima, lo alumbraba y calentaba.
    -¿De dónde vienes esta vez?
    -De Bizerta y Trondjeb... Soy todo un marino ya.
    -Mal oficio el de marino, malo... Yo he ahorrado doscientos dólares. Estoy trabajando en el Delmonico.
    Se sentaron el uno junto al otro en la cama deshecha. Congo sacó un paquete de Egyptian Deities con bordes dorados.
    -La paga de cuatro meses. (Se dio una palmada en el muslo.) ¿Has visto a May Eweitzer?(Emile sacudió la cabeza.) tengo que buscarla a esa zorra... En aquellos condenados puertos escandinavos salen en botes las mujeres, unas mujeres gordas y rubias...
    Callaron. El gas rezongaba. Congo dejó escapar un silbido.
    -Fichtre... C'est chic, ça, Delmonico.37 ¿Por qué no te has casado con ella?
    -No creas, le gusta que le haga la corte... Yo haría marchar la tienda mucho mejor que ella.
    -Tú eres demasiado blando; a las mujeres hay que tratarlas mal pa sacar algo d'ellas... Dale celos.
    -Si es ella la que me castiga.
    -¿Quieres ver mis postales?(Congo sacó del bolsillo un paquete envuelto en papel periódico.) Mira, esto es Nápoles; allí todo el mundo sueña con venirse a Nueva York... Esta es una bailarina árabe. ¡Nom d'une vache, cómo se les mueve el ombligo!
    -Oye, ya sé lo que voy a hacer -exclamó Emile de repente tirando las tarjetas en la cama-. Le voy a dar celos...
    -¿A quién?
    -A Ernestine... Madame Rigaud...
    -Claro, hombre. Paséate un par de veces por la Octava Avenida con una chica, y apuesto a que cae en tus brazos como una tonelada de ladrillos.
    El despertador sonó en la silla, junto a la cama. Emile saltó a pararle y empezó a chapuzarse en el lavabo.
    -¡Dieu!, tengo que irme a trabajar.
    -Yo me voy hasta Hell's Kitchen a ver si encuentro a May.
    -No hagas el idiota y no te gastes todo el dinero -dijo Emile, que, en pie delante de un espejo rajado, con la cara torcida, se ponía los botones en su pechera almidonada.

    -Lo que digo es cosa segura -repitió el hombre acercando su cara a la de Ed Thatcher, y golpeando la mesa con la palma de la mano.
    -Es posible, Viler, pero he visto a tantos hundirse que, verdaderamente, creo no deber arriesgarme.
    -Hombre, yo he pignorado el juego de té de la señora y mi anillo de diamantes y el vasito del niño... Es cosa segurísima... Yo no le metería a usté en esto si no fuera porque somos amigos y que le debo dinero, etc... Sacará usté un veinticinco por ciento de lo que invierta, mañana a mediodía... Luego, si usté quiere aguantar, puede usté hacerlo aventurándose, claro está; pero si vende las tres cuartas partes y arriesga el resto dos o tres días, su situación será tan segura como... el peñón de Gibraltar.
    -Lo sé, Viler; realmente el negocio es bonito...
    -¡Qué caray, hombre, no querrá usted quedarse en esta condenada oficina toda su vida!, ¿verdad? Piense en su hija.
    -Ya pienso; eso es lo malo.
    -Pero escuche: Ed Gibbons y Swandike habían ya empezado a comprar a tres centavos cuando la Bolsa cerró esta tarde... Klein se convenció y lo primero que hará mañana tempranito será plantarse allí con, bombo y platillos. La Bolsa se volverá loca...
    -A menos que los sujetos esos, portándose como cochinos, no cambien de opinión. Yo conozco al dedillo tales mejunjes, Viler. Esto tiene todo el aspecto de un engañabobos... Yo he manejado muchos libros de bancarrota.
    Viler se puso en pie y tiró el cigarrillo en la salivadera.
    -Bueno, haga usté lo que quiera, me importa un pepino. Supongo que a usté le gusta andar de Ceca en Meca mañana y tarde y trabajar doce horas diarias.
    -Yo quiero sencillamente abrirme camino con mi trabajo, y nada más.
    -¿Para qué sirven unos cuantos miles de dólares ahorrados cuando se es viejo y no se les puede sacar el gusto? Yo, amigo, me meto de cabeza.
    -Pues a ello, Viler... Eso allá usted -murmuró Thatcher cuando el otro salió dando un portazo.
    Todo estaba oscuro en la espaciosa oficina, donde se alineaban pupitres amarillos con sus enfundadas máquinas de escribir, excepto el rincón de luz en que Thatcher estaba sentado ante el escritorio abarrotado de registros. Las tres ventanas del fondo no tenían cortinas. Por ellas se veía la mole de edificios escalonados de luces y la Plancha de un cielo color tinta. Thatcher estaba copiando minutas en una larga hoja de papel timbrado.
    Fan Tan Import and Export Company (activo y pasivo hasta el 29 de febrero inclusive). Sucursales de Nueva York, Shanghai, Hong-Kong y Estrechos.

    Balance anterior $ 345.798,84
    Propiedad inmueble « 500.087,12
    Pérdidas y ganancias « 399.765,90

    -Una cuadrilla de ladrones -gruñó Thatcher en voz alta-. En todo este negocio no hay una cosa que no sea mentira. No creo que tengan sucursales en Hong-Kong ni en ninguna parte...
    Se recostó en la silla y miró por la ventana. Los edificios se iban apagando. Sólo vislumbraba una estrella en el trozo de cielo. Debería salir a comer; es malo para el estómago comer irregularmente como yo hago. Supongamos que me hubiera lanzado a ciegas en el negocio, en vista de la confidencia de Viler. Ellen, ¿te gustan estas rosas American Beauty? Tienen tallos de ocho pies de altura, y quiero que estudies el itinerario del viaje al extranjero que yo he planeado para completar tu educación. Sí, será lástima dejar nuestro precioso piso nuevo, con vistas al Central Park... Y en el centro además... The Fiduciary Accounting Institute, Edward C. Thatcher, Presidente... Burbujas de vapor pasaban por el cuadrado de cielo ocultando la estrella. Tírate de cabeza, tírate de cabeza... Todos son ladrones y jugadores, después de todo... Tírate de cabeza y sal a flote con las manos llenas, los bolsillos llenos, la cuenta del Banco llena, los subterráneos llenos de dinero. ¡Con que yo me atreviera a correr el riesgo!... ¡Qué bobada, perder el tiempo en contemplaciones! Volvamos a la Fan Tan Import. El vapor, ligeramente enrojecido por el resplandor de las calles, subía rápidamente por el cuadrado de cielo, se enroscaba, se disipaba.
    Géneros depositados en almacenes del Estado... dólares 325.666,00.
    Tírate de cabeza y sal a flote con trescientos veinticinco mil seiscientos sesenta y seis dólares. Los dólares suben como el vapor, se retuercen, se disipan entre las estrellas. El millonario Thatcher se asomó a la ventana del cuarto, que olía a pachulí, para mirar los bloques negros de la ciudad, borbollonante de risas, de voces, de vibraciones de luz. Detrás de él tocaban orquestas entre azaleas, telégrafos particulares cablegrafiaban dólares, clic, clic, clic, desde Singapur, Valparaíso, Mukden, Hong-Kong, Chicago. Susie, con un vestido de orquídeas, le hablaba al oído.
    Ed Thatcher se levantó, los puños apretados, las lágrimas en los ojos. ¡Pobre idiota! ¿Para qué, ahora que ella se ha ido? Mejor será que me vaya a comer, si no Ellen me va a regañar.

    V. APISONADORA

    El crepúsculo redondea suavemente los duros ángulos de las calles. La oscuridad pesa sobre la humeante ciudad de asfalto, funde los marcos de las ventanas, los anuncios, las chimeneas, los tanques de agua, los ventiladores, las escaleras de incendios, las molduras, los ornamentos, los festones, los ojos, las manos, las corbatas, en enormes bloques negros. Bajo la presión cada vez más fuerte de la noche, las ventanas escurren chorros de luz, los arcos voltaicos derraman leche brillante. La noche comprime los sombríos bloques de casas hasta hacerles gotear luces rojas, amarillas , verdes, en las calles donde resuenan millones de pisadas. La luz chorrea de los letreros que hay en los tejados, gira vertiginosamente entre las ruedas, colorea toneladas de cielo.


    A la puerta del cementerio, una apisonadora iba y venía repiqueteando por el camino recién embreado. Despedía un olor a grasa chamuscada, vapor y pintura caliente. Jimmy Herf andaba por el borde del camino. Las piedras le lastimaban los pies, clavándose en las suelas gastadas de sus zapatos. Se rozaba al pasar con obreros de tez curtida, que olían a ajo y a sudor. A los cien metros se paró. Sobre la carretera gris bordeada por los postes y alambres del telégrafo, sobre las casas grises, semejantes a cajas de cartón, y sobre los mellados solares de los marmolistas, el cielo tenía un color de huevo de petirrojo. Los gusanos se retorcían en su propia sangre. Jimmy se arrancó la corbata negra y se la metió en el bolsillo. Una canción zumbaba locamente en su cabeza.

    Cansado estor de violetas,
    lleváoslas todas, todas.

    Hay una gloria del sol y otra gloria de la luna y otra gloria de las estrellas: porque una estrella difiere de otra estrella en su gloria. Así también la resurrección de los muertos... Andaba de prisa, chapoteando en los charcos llenos de cieno, tratando de sacudirse de los oídos el zumbido de las palabras untuosas, de quitarse de los dedos la sensación del crespón negro, de olvidar el olor de los lirios.

    Cansado estoy de violetas,
    lleváoslas todas, todas.

    Apretó el paso. El camino ascendía un cerro. En la hondonada corría un arroyuelo resplandeciente, entre manchones de hierba salpicada de amargones. Las casas se hacían cada vez más raras. En las granjas, letreros desconchados anunciaban: LYDIA PlNKHAM'S VEGETABLE COMPOUND.38 BUDWEISER. RED HEN.39 BARKING DOG.40 Y mamá había tenido un ataque y ahora estaba enterrada. No podía recordar cómo era. Estaba muerta. Eso era todo. Desde una valla lanzaba un gorrión su chillido. El diminuto pajarillo echó a volar, se posó en un alambre del telégrafo y cantó, voló al borde de una caldera abandonada y cantó, se alejó volando y cantó. El cielo iba poniéndose de un azul más oscuro, se llenaba de escamas de nácar. Por última vez sintió un roce de seda a su lado, y una mano, llena de encajes, que se cerraba dulcemente sobre la suya. Tendido en su camita, con los pies encogidos, tiritando bajo la amenaza de las sombras, y las sombras desaparecían, se esfumaban en los rincones cuando ella se inclinaba sobre él, con la frente ceñida de bucles, sus mangas de seda abullonadas, y un lunar negro junto a la boca que besaba su propia boca. Apretó el paso.
    La sangre fluía, abundante y caliente, por sus venas. Las nubes escamosas se fundían en una espuma rosácea. Jimmy oía sus pasos en el gastado pavimento de macadam. En una encrucijada el sol refulgía en los brotes puntiagudos y viscosos de las hayas jóvenes. Enfrente, un letrero decía YONKERS. Una lata de tomates, toda abollada, titubeaba en medio del camino. Jimmy siguió andando empujándola a puntapiés delante de él. Una gloria del sol, otra gloria de la luna y otra gloria de las estrellas... Jimmy siguió andando.

    -¡Hola, Emile!
    Emile respondió con un movimiento de cabeza, sin volverse. La chica corrió tras él, y le agarró por la manga.
    -¿Así tratas a tus amistades, eh? Ahora que andas con esa reina de la repostería...
    Emile retiró su mano.
    -Es que llevo prisa.
    -¿Qué dirías si fuera a contarle que tú y yo nos conchábanos para besarnos y abrazarnos delante del escaparate de la Octava Avenida, sólo con objeto de que se pirrara por ti?
    -Esa fue una idea de Congo.
    -¿Qué, no salió bien?
    -Sí.
    -Bueno, ¿y no me lo debes a mí?
    -May, tú eres una buena chica. La semana que viene, mi noche libre cae en miércoles... Iré a buscarte. Te llevaré al teatro. ¿Cómo va el negocio?
    -No puede ir peor... Estoy tratando de que me contraten en el Campus de bailarina... Allí sí que se encuentran fulanos con guita. Se acabaron los marineros y los matones del puerto... M'estoy volviendo respetable.
    -May, ¿sabes algo de Congo?
    -Recibí una postal de no sé qué demonio de sitio que no pude leer el nombre... ¿No es gracioso que cuando escribes pidiendo dinero tó lo que sacas es una postal?... Ese es el fulano a quien se lo doy de capricho siempre que quiera... Y es el único, ¿sabes, Patas de Rana?
    -Adiós, May.
    Emile retiró bruscamente su sombrero de paja adornado de nomeolvides, y la besó.
    -Eh, estate quieto, Patas de Rana... La Octava Avenida no es sitio de besar a una chica -murmuró ella metiéndose un rizo rubio bajo el sombrero-. Podría hacerte arrestar, y buenas ganas que tengo.
    Emile se alejó.
    Una bomba anti-incendios, una manguera y una escala pasaron junto a él, aturdiendo la calle con un estrépito de hierro. Tres manzanas más abajo, humo y alguna que otra llamarada salían del tejado de una casa. El gentío se estrujaba tras un cordón de policías. Por encima de las espaldas y de los sombreros, Emile vislumbraba a los bomberos sobre el tejado de la casa contigua. Tres chorros de agua, resplandeciendo en silencio, penetraban por las ventanas superiores. Debe ser precisamente enfrente de la repostería. Iba abriéndose paso entre las apreturas, cuando de repente la multitud se apartó. Dos policías sacaban arrastrando a un negro cuyos brazos colgaban como cables rotos. Detrás marchaba un tercer guardia golpeando con su porra la cabeza del negro.
    -Es un moreno que pegó fuego a la casa.
    -Detuvieron al incendiario.
    -Mira el incendiario.
    -¡Dios, qué cara tiene!
    La multitud se cerró. Emile estaba al lado de madame Rigaud, a la puerta de la tienda.
    -Chéri que ça me fait une émotion... J'ai horriblement peur du feu.41
    Emile, que estaba un poco detrás de ella, le rodeó el talle y le acarició un brazo con la mano libre.
    -Ya pasó. Mira, no se ven más llamas, humo solamente... Pero estarás asegurada, ¿eh?
    -Natural, en quince mil...
    Emile le apretó la mano antes de retirar el brazo.
    -Viens, ma petite, on va rentrer.42
    Una vez dentro, le estrechó las dos manos regordetas.
    -Ernestine, ¿cuándo nos casamos?
    -El mes que viene.
    -No puedo esperar tanto, imposible... ¿Por qué no el miércoles próximo? Así podría ayudarte a hacer el inventario... Creo que quizá sería mejor vender esto e instalarnos en el centro, para hacer más dinero.
    Ella le dio una palmadita en la mejilla.
    -P'tit ambi... tieux43 -dijo con una risa hueca que sacudió sus hombros y sus pechos opulentos.
    Tuvieron que transbordar en Manhattan Transfer. Ellen frotaba nerviosamente con su índice el pulgar de su guante nuevo de cabritilla, que se había rajado. John llevaba un impermeable con cinturón y un sombrero de fieltro gris rosáceo. Cuando se volvió a ella sonriendo, Ellen, sin poder remediarlo, apartó los ojos y los fijó en la lluvia que rielaba en los carriles.
    - Henos aquí, cara Elaine. Oh, hija de príncipe, nosotros, ya ves, vamos a tomar el tren que viene de la estación de Pensilvania... Tiene gracia esto de esperar así en las selvas de Nueva Jersey.
    Entraron en el coche-salón. John chasqueó los labios al ver los redondeles negros que hacían las gotas de agua en su sombrero claro.
    -Bueno, nena, ya estamos en marcha... «¡Qué hermosa eres, amiga mía, qué hermosa eres! Tus ojos de paloma, sin lo que está oculto por dentro».
    Ellen vestía un traje de sastre ajustado. Hubiera querido sentirse muy alegre y escuchar el murmullo que cuchicheaba a su oído, pero no sabía qué le hacía fruncir el entrecejo. Lo único que podía hacer era mirar las sombrías marismas, los millares de ventanas negras de las fábricas, las cenagosas calles de las ciudades, y un vapor herrumbroso en un canal, y granjas, y anuncios de Bull Durham, y los gnomos carirredondos de Spearmint rayados por los brillantes hilos de la lluvia. En la ventanilla, franjas de perlas caían perpendicularmente cuando el tren se paraba y cada vez más oblicuas cuando aceleraba la marcha. Las ruedas retumbaban en su cabeza, repitiendo: Manhattan Trans-fer, Man-hattan Transfer. Todavía faltaba mucho para Atlantic City. Cuando lleguemos a Atlantic City... Oh, llovió cuarenta días... me pondré muy contenta... Y llovió cuarenta noches... Tengo que ponerme muy contenta.
    -Elaine Thatcher Oglethorpe es un nombre muy bonito, ¿verdad, querida? «Sostenedme con flores, cercadme de manzanas, porque desfallezco de amor».
    Se estaba tan bien en el coche-salón vacío, en el sillón de terciopelo verde, con John inclinado hacia ella, recitándole bobadas... Las sombrías marismas pasaban hacia atrás por los cristales mojados, y un olor como de almejas penetraba en el vagón. Ella le miró cara a caray se echó a reír. El se puso colorado hasta la raíz del pelo. Posó su mano enguantada de amarillo sobre la mano de Ellen enguantada de blanco, y dijo:
    -Ahora eres mi mujer, Elaine.
    -Ahora eres mi marido, John.
    Y riéndose se miraban uno al otro, en la intimidad del coche-salón vacío.
    Letras blancas, ATLANTIC CITY, eran un mal agüero sobre el agua picoteada por la lluvia.
    El aguacero azotaba el boardwalk44 y se estrellaba contra la ventana, como si estuvieran tirando cubos de agua. A lo lejos, Ellen oía el intermitente bramar de la resaca a lo largo de la playa, entre los muelles iluminados. Estaba tendida de espaldas mirando al techo. A su lado dormía John tranquilamente, como un niño, con una almohada doblada bajo la cabeza. Ella estaba helada. Se deslizó de la cama, con mucho cuidado de no despertarle, y se puso a mirar por la ventana la larguísima V que formaban las luces del boardwalk. Levantó el cristal. La lluvia le dio en la cara, le azotó las carnes, le mojó su toilette de noche. Apoyó la frente contra el marco. Oh, quiero morirme, quiero morirme. Todo el frío de su cuerpo le crispaba el estómago. Oh, me voy a poner mala. Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Después de vomitar se sintió mejor. Se volvió a meter en la cama con cuidado de no tocar a John. Si le tocaba, se moriría. Se acostó de espaldas con las manos apretadas contra los costados y los pies juntos. El coche-salón retumbaba confortablemente en su cabeza. Se quedó dormida.
    El viento, que sacudía las ventanas, la despertó. John estaba lejos, al otro lado de la cama. Con el viento y la lluvia, que resbalaba por los cristales, parecía que el cuarto y la cama y todo se movía, avanzando como un dirigible sobre el mar. Oh, llovió cuarenta días... Por una rendija, en la penumbra fría, la cancioncilla goteaba, caliente como sangre... Y llovió cuarenta noches. Tímidamente pasó la mano por el pelo de su marido. El, dormido, contrajo la cara y suspiró: «No, eso no», con una voz de niño que le dio mucha risa. Y tendida en el borde de la cama se reía desesperadamente, como solía hacerlo en el colegio con las otras chicas. La lluvia azotaba la ventana, y la canción fue creciendo, creciendo hasta resonar en sus oídos como una charanga:

    Oh, llovió cuarenta días
    y llovió cuarenta noches,
    no escampó hasta la Navidad,
    y el solo superviviente
    de la gran inundación
    fue Jack del Istmo el Zancudo.

    Jimmy Herf está sentado frente al tío Jeff. Cada uno tiene delante de él, en un plato azul, una chuleta, una patata asada, un montoncito de guisantes y un ramo de perejil.
    -Mira a tu alrededor, Jimmy -dijo el tío Jeff.
    La viva luz que alumbraba el comedor de nogal se quiebra en los cuchillos y tenedores de plata, en los dientes de oro, en las cadenas de reloj, en los alfileres de corbata; se empapa en la oscuridad de los paños, brilla en la redondez de los platos, en las calvas, en los cubrefuentes.
    -Bueno, ¿qué te parece esto?-pregunta el tío Jeff hundiendo ambos pulgares en los bolsillos de su peludo chaleco.
    -Realmente es un señor club -dijo Jimmy.
    -Aquí es donde vienen a almorzar los hombres más ricos de todo el país. Fíjate en la mesa redonda del rincón. Es la mesa de Gausenheimer. Allí a la izquierda... (El tío Jeff se inclina y baja la voz)... ése de la mandíbula grande es J. Wilder Laporte. (Jimmy corta su chuleta de cordero sin responder.) Bueno, Jimmy supongo que sabrás por qué te he traído aquí. Tengo que hablarte. Ahora que tu pobre madre ha... ha desaparecido, Emily y yo somos tus tutores ante la ley y los testamentarios de la pobre Lily... Quiero explicarte exactamente la situación. (Jimmy suelta el cuchillo y el tenedor y se queda mirando a su tío, crispando sus manos frías sobre los brazos de su sillón, siguiendo el pesado movimiento de la mandíbula azulosa encima del rubí pinchado en la amplia corbata de satén.) Ahora tienes dieciséis años, ¿no es eso, Jimmy?
    -Sí, señor.
    -Pues bien... Cuando se arregle la herencia de tu madre te encontrarás en posesión de cinco mil quinientos dólares aproximadamente. Por fortuna, tú eres un muchacho inteligente y dentro de poco podrás entrar en la Universidad. Ahora bien; esa suma, bien administrada, debe bastarte para terminar tus estudios en Columbia, ya que insistes en ir a Columbia... Yo, y seguramente tu tía Emily es de mi misma opinión, preferiría verte en Yale o en Princenton... Eres un hombre de suerte, Jimmy... A tu edad tenía yo que barrer una oficina en Fredericksburg y ganaba quince dólares mensuales. Ahora, lo que quería decirte era esto... Yo no creo que tengas una noción clara de las cuestiones monetarias ... mmm... un entusiasmo suficiente para ganarte la vida, para tener éxito en este mundo. Mira a tu alrededor... El ahorro y el entusiasmo han hecho de estos hombres lo que son. Y a mí me han puesto en disposición de ofrecerte la casa confortable, la atmósfera culta que te ofrezco... Ya me hago cargo de que tu educación ha sido un poco especial, porque la pobre Lily no tenía las mismas ideas que nosotros sobre muchos puntos, pero realmente tú estás empezando a formarte ahora... Este es el momento de tomar una decisión y de echar los cimientos de tu futura carrera... Lo que yo te aconsejo es que sigas el ejemplo de James y trates de abrirte camino en nuestro negocio... De ahora en adelante los dos sois hijos míos... Tendrás que trabajar duro, pero así empezarás con algo que valga la pena... ¡Y no olvides que cuando un hombre tiene éxito en Nueva York, es un éxito! (Jimmy mira cómo la seria boca de su tío va formando palabras, y no saborea la jugosa chuleta de cordero que está comiendo.) Bueno, ¿qué piensas hacer?
    El tío Jeff, inclinado sobre la mesa, le mira con sus saltones ojos grises. Jimmy se atraganta con un bocado de pan, se pone colorado, y por fin tartamudea tímidamente:
    -Lo que usted diga, tío Jeff.
    -¿Quieres decir que irías un mes, este verano, a trabajar en mi oficina?¿A enterarte de lo que es ganarse la vida como un hombre en este bajo mundo, a hacerte una idea de cómo marcha el negocio?
    Jimmy asiente con un gesto.
    -Bueno, creo que has tomado una decisión muy razonable -exclama el tío Jeff, recostándose en su silla hasta dar con la cabeza en un rayo de sol-. A propósito: ¿qué quieres de postre?... Dentro de algunos años, Jimmy, cuando hayas triunfado, cuando tengas tu negocio propio, nos acordaremos de esta conversación. Es el principio de tu carrera.
    La chica del guardarropa sonríe, bajo la desdeñosa pompa de su pelo rubio, cuando le alarga a Jimmy el sombrero, un sombrero que parecía aplastado, sucio y fláccido, entre los ventrudos hongos, los flexibles y los majestuosos jipis colgados en las perchas. Con la bajada brusca del ascensor, el estómago de Jimmy da un salto mortal. Sale al hall atestado. No sabiendo por dónde tirar, se queda un momento pegado a la pared, con las manos en los bolsillos, mirando a la gente que se abre paso a codazos al entrar y salir por las puertas giratorias: muchachas de dulces mejillas mascando goma, muchachas carilargas con flequillo, chicos de su edad con cara de crema, jóvenes gomosos con el sombrero ladeado, recaderos sudorosos, miradas entrecruzadas, caderas ondulantes, mejillas rojas mascando cigarros, lívidas caras cóncavas, cuerpos lisos de hombres y mujeres, cuerpos barrigones de señores maduros, todos codeándose, empujándose, arrastrando los pies, metiéndose en dos filas interminables por la puerta giratoria, saliendo a Broadway, entrando a Broadway, Jimmy, metido en el torbellino de las puertas que giran mañana, tarde y noche, de las puertas giratorias que triturarán su vida como carne de salchicha. De repente todos sus músculos se contraen. El tío Jeff y su oficina se pueden ir al diablo. Las palabras resuenan en él de tal modo, que Jimmy mira a un lado y a otro para ver si alguno las ha oído.
    ¡Que se vayan al diablo todos! Cuadrando los hombros se dirige hacia las puertas giratorias. Su tacón prensa un pie. «¡Cristo, mire usted dónde pisa!» Ya está en la calle. El aura le llena de arena la boca y los ojos. Baja por Broadway hacia Battery, con el viento de espaldas. En el cementerio de Trinity Church, estenógrafas y oficinistas comen bocadillos entre las tumbas. Delante de las compañías de vapores hay grupos de extranjeros estacionados: noruegos con pelo de estopa, suecos carirredondos, polacos, hombrecillos mediterráneos, pequeños como tacos, que huelen a ajo; eslavos montañeses, tres chinos, un pelotón de lascars. En la plaza triangular que está frente a la Aduana, Jimmy se vuelve y, de cara al viento, contempla la profunda cuchillada de Broadway. El tío Jeff y su oficina se pueden ir al diablo.

    Bud, sentándose en el borde de la cama, estiró los brazos y bostezó. Por todos lados, a través de un olor agrio a sudor, a vestidos mojados, se oían ronquidos de hombres que, dando vueltas en la cama, hacían crujir los muelles. Muy lejos, una lámpara eléctrica brillaba en la oscuridad. Bud cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre un hombro. Dios mío, yo quisiera dormirme. Buen Jesús, yo quisiera dormirme. Apretó sus rodillas contra sus manos cruzadas, para que no temblasen. Padre nuestro que estás en los cielos, yo quisiera dormirme.
    -¿Qué te pasa, compañero?¿Es que no pués dormir?-murmuró levemente una voz desde la cama de al lado.
    -No.
    -Yo tampoco.
    Bud miraba aquella cabezota rizada, que, apoyada en un codo y vuelta hacia él, continuó en el mismo tono:
    -Esto es un asqueroso nido de piojos. Ya lo diré yo por ahí... ¡Y por encima, cuarenta centavos!... Pueden quedarse con su Hotel Plaza y...
    -¿Llevas mucho en Nueva York?
    -Pa agosto hará diez años.
    -¡Arrea!
    Una voz gruñó en la línea de catres:
    -¡Bueno, a ver si acabáis la música! ¿Qué creéis qu'es esto, un picnic judío?
    Bud bajó la voz:
    -¡Qué gracia! Yo yevaba años con la idea de venir aquí...Yo nací en una granja a ayí me crié, en el norte del Estado.
    -¿Por qué no te güelves?
    -No puedo golverme.
    Bud tenía frío. Trataba de no temblar. Se subió la manta hasta la barbilla y se volvió hacia el hombre, que decía:
    -Cada primavera me digo que voy a echar a andar otra vez, y a vivir entre abrojos y hierbas, y con las vacas que güelven a la hora d'ordeñarlas. Pero ná. No sé qué me retiene aquí.
    -¿Qu'as hecho tó este tiempo en Niu York?
    -No sé... Primero me pasaba el día sentao en Unión Square, luego en Madison Square. He andao por Hoboken, por Jersey, por Flatbush. Ahora estoy en Bowery.
    -¡Dios! Juro que mañana me largo de aquí. Estoy d'esto hasta! cuello. Hay mucho guardia y mucho detetive en esta ciudad.
    -Se puede uno ganar la vida pidiendo. Pero creme, chico, vale más que te güelves a la granja, con los viejos, en la primera ocasión.
    Bud saltó de la cama y zarandeó bruscamente al otro cogiéndole por un hombro.
    -Ven allí, a la luz; quiero enseñarte una cosa.
    Su misma voz le sonaba extraña a Bud. Se alejó dando zancadas a lo largo de la fila de catres. El vagabundo, un hombre vacilante, con el pelo y la barba desteñidos de andar a la intemperie, y unos ojos como clavados a martillazos en su cabeza, salió de entre sus mantas completamente vestido, y le siguió. Bajo la luz, Bud se desabotonó la camisa, dejando al descubierto sus hombros y sus brazos flacos.
    -Mira mi espalda.
    -¡Santo Dios! -murmuró el vagabundo, pasando una mano sucia con uñas amarillas sobre las profundas cicatrices blancas y rojas-. Nunca he visto ná semejante.
    -Esto me lo hizo el viejo. Durante doce años no ha hecho más que pegarme, y sólo porque sí. Me desnudaba y me daba con una cadena. Decían qu'era mi padre, pero yo sabía que no lo era. M'escapé cuando tenía trece. Entonces fue cuando me pescó y empezó a zumbarme. Ahora tengo veinticinco.
    Se volvieron a sus camas sin hablar y se acostaron.
    Bud contemplaba el techo con la manta subida hasta los ojos. Cuando miró hacia la puerta, al fondo de la sala, vio a un hombre de sombrero hongo, en pie, con un cigarro en la boca, se mordió el labio inferior para no gritar. Cuando volvió a mirar, el hombre había desaparecido.
    -¿Estás toavía despierto?-murmuró. (El vagabundo gruñó.)- Te iba a decir que... Yo le machaqué la cabeza con una escarda, la pisoteé como una calabaza podrida. Le había dicho que me dejara en paz, y nada... Era un hombre duro, que tenía miedo a Dios, y quería que todo el mundo le tuviera miedo a él. Estábamos arrancando hierbajos del campo pá plantar patatas... Le dejé ayí tendío hasta la noche, con la cabeza aplastá como una calabaza podrida. Desde el camino no se le veía, porque la cerca estaba yena de broza. Luego lo enterré, subí a la casa y m'hice una taza de café. El no m'había dejao nunca tomar café. Me levanté antes del amanecer y eché a andar. Yo me decía: Buscarme a mí en una gran ciudad será como buscar una aguja en un pajar. Yo sabía dónde guardaba el viejo su dinero. Tenía un royo más grande que tu cabeza, pero no me atreví a coger más que diez dólares... ¿Estás despierto aún?(El vagabundo gruñó.) Cuando yo era chico andaba con la hija del viejo Sackett. Nos veíamos en los bosques de Sackett y siempre estábamos hablando d'irnos a Nueva York pa'hacernos ricos, y ahora que estoy aquí, no puedo encontrar trabajo y estoy siempre asustao. Por toas partes me siguen detetives, unos tíos de sombrero hongo, con sus placas bajo la solapa. Anoche quise irme con una zorra, pero me lo conoció en los ojos y me echó a la calle... Me lo conoció en los ojos.
    Estaba sentado en el borde del catre, inclinado hacia adelante, echándole al otro las palabras en la cara. De repente, el vagabundo le agarró las muñecas.
    -Oye, chaval, te vas golver tarumba si sigues así... ¿Tienes guita?
    Bud dijo que sí con la cabeza.
    -Mejor es que me la des a guardar a mí. Yo soy zorro viejo y te sacaré d'esta. Vístete y date una vuelta por la taberna y atrácate bien. ¿Cuánto tienes?
    -Un dólar en cambio.
    -Dame un quarter y cómete tó lo que te den por el resto.
    Bud se puso los pantalones y le alargó al hombre un quarter.
    -Luego vuelves aquí, duermes bien, y mañana nos vamos pa allá arriba, a buscar ese rollo de billetes. ¿Dijiste que era tan gordo como tu cabeza? Después ahuecamos el ala y nos vamos donde nadie nos pueda agarrar. Vamos a medias... ¿estamos?
    Bud le dio un brusco apretón de manos. Luego, arrastrando los pies, se dirigió a la puerta, con los cordones de los zapatos colgando, y bajó la escalera llena de escupitajos.
    Había parado de llover; un viento frío que olía a bosque y a hierba rizaba los charcos de la calle. En un lunch-room de Chatham Square, tres hombres dormían sentados, con los sombreros sobre los ojos. El del mostrador leía una hoja de sport, color rosa. Bud esperó largo rato lo que había pedido. Se sentía sereno, irreflexivo, feliz. En cuanto se lo sirvieron, atacó el picadillo de cecina, saboreando deliberadamente cada bocado, estrujando con la lengua las patatas fritas, bebiendo a sorbos el café, excesivamente azucarado. Después de limpiar el plato con una miga de pan, cogió un palillo y salió.
    Limpiándose los dientes pasó bajo el sombrío arco de Brooklyn Bridge. Un hombre de sombrero hongo fumaba un cigarro en medio del ancho túnel. Bud le rozó al pasar, afectando un paso arrogante. Me importa un pepino. Que me siga si quiere. En la abombada acera no había más que un policía, que bostezaba mirando al cielo. Era como caminar entre estrellas. Abajo, por todas partes, las calles se alargaban en líneas punteadas de luces, entre cuadrados edificios de ventanas negras. El río brillaba abajo como arriba la vía láctea. Silenciosamente, suavemente, las luces de un remolcador se deslizaban en la oscuridad húmeda. Un tranvía cruzó por el puente, haciendo retumbar las vigas y vibrar la telaraña de los cables como las cuerdas de un banjo.
    Cuando llegó la mañana de traviesas del elevado de Brooklyn, dio la vuelta, dirigiéndose hacia el sur. Vaya donde vaya, es igual. Ya no puedo ir a ninguna parte. Uno de los bordes de la noche había empezado a enrojecer tras él, lo mismo que el hierro empieza a enrojecerse en la fragua. Más allá de las chimeneas y de la línea de los tejados, los edificios del centro de la ciudad comenzaban a clarear. Son todos detectives que me persiguen, todos: los del hongo, los vagabundos del Bowery, las cocineras viejas, los taberneros, los conductores del tranvía, los agentes, las zorras, los marineros, los cargadores, los tíos de las agencias de trabajo... Creía ese viejo piojoso que le iba yo a decir dónde estaba el rollo... Buen chasco se va a llevar. El y todos esos condenados detectives. El río estaba tranquilo luciente como el acero azul de un cañón de fusil. Vaya donde vaya, es igual; ya no puedo ir a ninguna parte. Las sombras, entre los muelles y las casas, parecían empolvadas de añil. El río estaba bordeado de mástiles; un humo violeta, chocolate, rosáceo, subía hacia la luz. Ya no puedo ir a parte alguna.
    De frac, con su cadena de oro y su anillo de boda, sentado en un coche al lado de María Sackett, se dirige a la iglesia. Va a casarse. Se dirige al City Hall en un coche tirado por cuatro caballos blancos. El alcalde va a nombrarlo concejal. A sus espaldas la luz se va haciendo cada vez más viva. Va a casarse entre sedas y satenes, en un coche blanco, con María Sackett a su lado, entre filas de hombres que blanden sus cigarros, se inclinan, saludan, con sus sombreros hongos, al concejal Bud, que pasa en su coche, con su novia, dotada en un millón de dólares... Bud está sentado en el parapeto del puente. El sol se levanta por detrás de Brooklyn. Las ventanas de Manhattan se incendian. Bud se echa bruscamente hacia adelante, resbala, se queda colgando de una mano con el sol en los ojos. El grito se ahoga en su garganta al caer.
    El capitán McAvoy, del remolcador Prudence, de pie en la timonera, tenía una mano en la rueda. En la otra, un bizcocho que acababa de mojar en una taza de café, colocada en un estante junto a la bitácora. Era un hombre fornido, con unas cejas tan pobladas como su negro bigote de guías engomadas. Iba a meterse en la boca el bizcocho empapado en café, cuando un bulto negro cayó al agua, a pocos metros de la proa. Al instante un hombre apareció en la puerta del cuarto de máquinas y gritó:
    -¡Acaba de tirarse uno por el puente!
    -¡Demontre, que se lo lleve al diablo! -dijo el capitán MacAvoy, tirando el bizcocho y dando vuelta a la rueda.
    La fuerte marea hizo virar al barco en redondo como una paja. Tres campanadas sonaron en el cuarto de máquinas. Un negro corrió a la proa con un bichero.
    -Eh, Rojo, echa una mano ahí -gritó el capitán McAvoy.
    Después de muchos esfuerzos, sacaron una cosa larga y fláccida y la extendieron en el puente. Una campanada. Dos campanadas. El capitán McAvoy, frunciendo el entrecejo, con aire hosco, puso otra vez la proa en la corriente.
    -¿Vive aún, Rojo?-preguntó con voz ronca.
    La cara del negro estaba verde, los dientes le castañeteaban.
    -No, señor -dijo el del pelo rojo-. Se ha esnucao.
    El capitán McAvoy se mordió su buena mitad del bigote.
    -¡Demontre! -gruñó-. ¡Que esto le pase a un hombre el día de su boda!


    SEGUNDA SECCIÓN

    I. LA DAMA DEL CABALLO BLANCO

    La mañana vibra al paso del primer elevado por Allan Street. La luz penetra a través de las ventanas, sacude las viejas casas de ladrillo, salpica de confeti la armadura del tren aéreo.
    Los gatos abandonan las latas de basura, las chinches abandonan los miembros sudorosos, el cuello regordete y tierno de los niños dormidos, y se vuelven a las paredes. Hombres y mujeres se estiran bajo las mantas y las colchas, en colchones colocados en los rincones de los cuartos. Racimos de chicos se desgranan para gritar y patalear.
    En la esquina de Riverton, el viejo con barba de cáñamo, que duerme no se sabe dónde, instala su puesto de pepinillos. Cohombros, pimientos, cortezas de melón, guindillas, esparcen en retorcidas espirales un aroma a humedad y a pimienta que se eleva como un jardín acuático, entre los olores a almizcle de las camas y el rancio clamor de la calle empedrada que despierta.
    El viejo de la barba de cáñamo que duerme no se sabe dónde, está sentado en medio como Jonás bajo su calabazar.

    Jimmy subió cuatro tramos haciendo crujir los escalones y llamó a una puerta blanca, toda marcada de dedos. En una tarjeta cuidadosamente sujeta por chinchetas de cobre, aparecía el nombre Sunderland en caracteres góticos. Esperó largo rato al lado de una botella de leche, dos botellas de crema y un número del Times, edición del domingo. Un susurro detrás de la puerta, unos pasos; después, nada. Apretó un botón blanco en el marco de la puerta.
    Y él dijo: «Margie, estoy tan colado por ti», y ella respondió: «No te quede a la intemperie; estás todo mojado...» Por las escaleras bajan voces, los pies de un hombre con botas de botones, los pies de una mucha cha con sandalias, piernas de seda rosa. La muchacha, con un vestido vaporoso y un sombrero primaveral; el joven llevaba un chaleco con tirilla blanca y una corbata a rayas verdes, azules y moradas.
    -Pero tú no eres una mujer de esa clase.
    -¿Y usté qué sabe si soy de esa clase o de la otra?
    Las voces se apagaron en el fondo de la escalera.
    Jimmy Herf dio otro tirón de la campanilla.
    -¿Quién es?-preguntó una voz ceceante de mujer a través de una rendija de la puerta.
    -¿Me hace el favor?... Desearía ver a la señorita Prynne.
    Vislumbre de un quimono azul levantado hasta la barbilla de una cara regordeta.
    -¡Oh, no sé si estará aún levantada!
    -Dijo que lo estaría.
    -Mire, ¿quiere usted esperar un segundo, para darme tiempo a escapar?-rió ella detrás de la puerta-. Luego entra usted. Perdónenos, pero la señora Sunderland pensó que venían a cobrar el alquiler. A veces se presentan los domingos para pescarle a uno en casa.
    Una sonrisa tímida atravesó la rendija.
    -¿Quiere usted que entre la leche?
    -Sí, por favor, y siéntese en el recibimiento mientras yo llamo a Ruth.
    El recibimiento estaba muy oscuro; olía a sueño, a pasta de los dientes y a cremas para la cara. En un rincón se veía aún en las sábanas arrugadas de un catre la huella de un cuerpo. Sombreros de paja, chales de seda, dos gabanes de hombre colgaban en confuso montón de los cuernos de ciervo del perchero. Jimmy quitó un corsé de una mecedora y se sentó. Voces de mujer, un amortiguado frufrú de gente que se viste, ruido de periódicos desplegados, se filtraban a través de los tabiques de las diferentes habitaciones.
    La puerta del cuarto de baño se abrió. Un raudal de luz reflejado en una cornucopia partió en dos la oscuridad del recibimiento. En medio apareció una cabeza de pelos con un alambre de cobre, de ojos azul oscuro en el óvalo blanco de la cara. Luego el pelo se volvió castaño cuando cruzó el pasillo la esbelta espalda envuelta en una bata naranja. A cada paso los talones rosa se salían perezosamente de las zapatillas.
    -Ou, ou, Jimmy... (Ruth le llamaba detrás de su puerta.) Pero cuidado con mirarme.
    Una cabeza llena de papelitos asomó como la de una tortuga.
    -Hola, Ruth.
    -Puede usté entrar si promete no mirarme... Estoy hecha una visión y mi cuarto una pocilga... No me falta más que peinarme y estoy lista.
    El cuartito gris atestado de vestidos y de fotografías de artistas. Jimmy se quedó en pie con la espalda contra la puerta. Una cosa sedosa colgada de un gancho le hacía cosquillas en las orejas.
    -Bueno; ¿cómo le va al aprendiz de reportero?
    -Ahora estoy con eso de Hell's Kitchen... ¡Estupendo! ¿Y usted sin contrato todavía, Ruth?
    -Hum... hum... Un par de cosas que pueden cuajar esta semana. Pero no cuajarán. ¡Oh, Jimmy, empiezo a desesperarme!
    Sacudió su pelo libre de los papelillos y se peinó las nuevas ondas.
    Tenía una cara pálida, asustada, con una boca grande y ojeras azules.
    -Sabía que esta mañana debía estar levantada y lista, pero no pude.
    Es tan desconsolador levantarse cuando no tiene una trabajo... A veces me dan ganas de acostarme y esperar en la cama el fin del mundo.
    -¡Pobre Ruth!
    Ella le tiró una borla que le cubrió de polvos la corbata y las solapas de su traje de jerga azul.
    -No me llame pobre, usted, renacuajo.
    -Muy bonito después del trabajo que me he tomado para ponerme decente... Vaya usted al demonio, Ruth. ¡Un traje que huele todavía a gasolina...
    Ruth echó atrás la cabeza con una risa aguda.
    -Oh, es usted regocijante, Jimmy. Coja la escobilla.
    Poniéndose colorado, Jimmy sopló a su corbata.
    -¿Quién es la chica ésa que me abrió la puerta?
    -Chsss, se oye todo a través de la pared... Esa es Cassie -murmuró ella riendo-. Cassh-ndrah Wilkins... Formaba parte de las Morgan Dancers. Pero no hay que reírse de ella. Es muy simpática. Yo la quiero mucho. (Ruth soltó una carcajada.) ¡Qué Jimmy éste! (Se levantó y le dio un pellizco en el bíceps.) Siempre me hace usted portarme como una loca.
    -No es culpa mía... Bueno, yo tengo un hambre atroz. He venido a pie.
    -¿Qué hora es?-Más de la una.
    -Jimmy, yo no tengo noción del tiempo... ¿Le gusta este sombrero?... Oh, olvidaba decirle. Ayer estuve a ver a Al Harrison. Fue espantoso... Si no tomo el teléfono a tiempo y le amenazo con llamar a la policía...
    -Mire usted a esa mujer de enfrente. Tiene completamente la cara de una llama.
    -Por causa de ella tengo que dejar los visillos bajados todo el tiempo...
    -¿Por qué?
    -Oh, es usted demasiado joven para saber ciertas cosas. Le chocaría, Jimmy.
    Ruth, frente al espejo, se pasaba una barrita de carmín por los labios.
    -Hay tantas cosas que me chocan, que no creo que importe... Pero vámonos, el sol brilla, la gente sale de la iglesia y vuelve a casa a hartarse y a leer el periódico entre sus plantas de salón.
    -Oh, Jimmy, es usted un número... Un minuto. Atención; está usted colgado de mi mejor combinación.
    En el hall una muchacha estaba doblando las sábanas del catre. Tenía una melena negra y una blusa amarilla. Al pronto, bajo los polvos ambarinos y el colorete, Jimmy no reconoció la cara que había visto a través de la rendija de la puerta.
    -¡Hola, Cassie! Este es... Perdón, señorita Wilkins, éste es el señor Herf. Cuéntale de la señora de enfrente, ya sabes, Sapo el Monje. Cassandra Wilkins ceceó haciendo pucheritos.
    -No cwee usted que es una mujer tewible, señor Herf... Dice unas cosas tewibles.
    -Lo hace sencillamente para molestar.
    -Oh, señor Herf, estoy encantada de conocerle al fin. Ruth no hace más que hablar de usted. Oh, temo haber sido indiscweta... Siempwe soy muy indiscweta.
    La puerta del otro lado del hall se abrió, y Jimmy se encontró cara a cara con un hombre de nariz torcida, cuyos rojos cabellos formaban dos montículos desiguales a cada lado de la raya impecable. Llevaba una bata de satén verde y unas babuchas rojas.
    -¿Qué hay, Cassandra?-dijo afectando el acento de Oxford-¿Qué profecías tenemos hoy?
    -Nada, salvo un telegwama de la señora Fitzsimmons Green. Quiere que vaya mañana a Scarsdale para que hablemos del Gweenery Theater... Perdón, señor Herf, señor Oglethorpe.
    El hombre del pelo rojo levantó una ceja, bajó la otra, y puso una mano fláccida en la de Jimmy.
    -Herf... Herf... ¿No será usted uno de los Herf de Georgia? En Atlanta había una vieja familia Herf...
    -No, creo que no.
    -Lástima. En otro tiempo Josiah Herf y yo éramos buenos compañeros. Hoy él es el presidente del First National Bank y el personaje más importante de Scraton, Pensilvania, y yo... un saltimbanqui, un perro arlequín.
    Al encogerse de hombros la bata se le escurrió, descubriendo un tórax plano, liso, sin pelos.
    -Sabe usted, el señor Oglethorpe y yo vamos a interpwetar el Cantar de los Cantares. El lo lee y yo lo interpweto bailando. Debe usted ir alguna vez a vernos ensayar.
    -«Tu ombligo es taza torneada, que nunca está falta de bebida vientre como un montón de trigo, cercado de lirios...»
    -Oh, no empecemos ahora -rió ella apretando las piernas.
    -Jojo, cierra esa puerta -dijo una voz de mujer desde el cuarto.
    -Oh, pobre Elaine, quiere dormir... Encantado de haberle conocido señor Herf.
    -¡Jojo!
    -Voy, querida...
    A través de la plúmbea modorra que invadía a Jimmy, la voz de aquella mujer le hizo estremecerse. Estaba junto a Cassie, en el hall oscuro, sin hablar palabra. Un olor a café y a pan tostado se filtraba por alguna parte. Ruth salió.
    -Bueno, Jimmy, ya estoy... No sé si olvido algo.
    -Me da igual; estoy que no me tengo en pie.
    Jimmy la agarró por los hombros y la empujó suavemente hacia la puerta.
    -Son las dos.
    -Bueno, adiós, Cassie, te telefonearé a eso de las seis.
    -Muy bien, Wuthy... Mucho gusto, señor Herf.
    La puerta se cerró sobre el ceceo de Cassie.
    -Brrr... Ruth, esta casa me da el vértigo.
    -Bueno, Jimmy, no empiece a gruñir porque necesita comer.
    -Pero oiga usted, Ruth, ¿qué diablos es ese señor Oglethorpe? En mi vida he visto mamarracho semejante.
    -Ah, ¿salió el Ogle de su cubil?
    Ruth soltó una carcajada. Penetraron en una franja de sol turbio.
    -¿No le ha dicho que pertenecía a la rama principal... sabe usted... de los Oglethorpe de Georgia?
    -¿Y aquella encantadora chica de pelo cobrizo es su mujer?
    -Elaine Oglethorpe tiene el pelo rojo, y no es tan encantadora tampoco... No es más que una chiquilla y ya triunfa en las tablas. Todo porque tuvo un éxito o cosa así en Peach Plossoms. Sabe usted, una de esas monerías delicadas que pasman a todo el mundo. Trabaja bien, sin duda.
    -Es una vergüenza que tenga eso por marido.
    -Ogle ha hecho todo lo imaginable por ella. Sin él estaría aún en el coro...
    -La bella y el ogro.
    -Si le echa alguna vez los ojos encima, ándese con ojo, Jimmy.
    -¿Por qué?
    -Pájaro de cuenta, Jimmy, pájaro de cuenta.
    Un elevado quebró sobre sus cabezas las rayas de sol. Jimmy veía la boca de Ruth formando palabras.
    -Mire -gritó él dominando el estruendo que disminuía-, vamos a desayulmorzar a Campus, y luego a pasearnos por las Palisades.
    -Jimmy, ¿qué quiere decir desayulmorzar?
    -Quiere decir que usted desayunará y que yo almorzaré.
    -¡Qué gracioso!
    Ahogándose de risa le agarró del brazo. Su bolsillo de malla de plata le golpeaba contra el codo al andar.
    -¿Y quién es Cassie, la misteriosa Cassandra?
    -No se ría usted de ella. Es más buena que el pan... Si no fuera por ese horrible perrito de lanas... Lo tiene en su cuarto y nunca lo saca y huele que es una peste. Cassie ocupa el cuarto contiguo al mío... Ahora tiene un protector... (Ruth se rió.) Peor que el perrito de lanas. Son novios, y él se apropia todo el dinero de la pobre. Por el amor de Dios, no se lo cuente usted a nadie.
    -No tengo a quién contárselo.
    -Y luego la señora Sunderland...
    -Ah, sí, la divisé cuando entraba en el cuarto de baño. Una señora vieja, en Nata y con un gorro de dormir rosa.
    -Jimmy, me horroriza usted... Siempre está perdiendo sus dientes postizos -empezó Ruth.
    Un elevado se llevó el resto. La puerta del restaurante, al cerrarse tras ellos, ahogó el estruendo de las ruedas sobre los rieles.
    Una orquesta tocaba When lt's Appleblossom Time in Normandee.
    El local estaba lleno de espirales de humo, guirnaldas de papel, letreros que anunciaban OSTRAS DEL DIA, COMA ALMEJAS, PRUEBE NUESTROS DELICIOSOS MEJILLONES A LA FRANCESA (recomendados por el Ministerio de Agricultura). Se sentaron sobre un anuncio rojo BEEFSTEAK PARTIES UPSTAIRS, y Ruth, apuntándole con un panecillo, dijo:
    -Jimmy, ¿le parece a usted inmoral comer escalopes de desayuno? Pero antes quiero café, café, café...
    -Yo voy a comerme un bistec con cebolla.
    -No, si tiene usted intención de pasar la tarde conmigo, señor Herf.
    -Oh, muy bien, Ruth, pongo mis cebollas a sus pies.
    -Eso no quiere decir que le voy a permitir que me bese.
    -¿Cómo?... ¿En Palisades?
    La risita de Ruth se convirtió en una carcajada. Jimmy se puso como la grana.
    -I never axed you maam, he say-ed.45

    El sol le goteaba en la cara a través de su sombrero de paja. Iba de prisa, dando unos pasitos cortos a causa de la estrechez de su falda. A través de la fina seda, el sol le hacía cosquillas, como una mano que le acariciase la espalda. En el bochorno, las calles, las tiendas, la gente endomingada, sombreros de paja, sombrillas, tranvías, taxis, surgían a su alrededor, rozándola con reflejos cortantes, como si fuera andando entre virutas de metal. Ella se abría camino por entre una inextricable maraña de ruidos chirriantes como de dientes de sierra.
    Entre la multitud de Lincoln Square, una mujer avanzaba lentamente sobre su caballo blanco. La cabellera castaña caía en las ondas regulares y falsas sobre la grupa de yeso y sobre la gualdrapa bordada de oropel, donde en letras verdes punteadas de rojo se leía DANDERINE. Llevaba un sombrero Dolly Warden verde, con una pluma carmesí. Una mano con un guantelete blanco manejaba airosamente las riendas; la otra blandía un látigo con puño de oro.
    Ellen la miró pasar. Luego, por una bocacalle llegó hasta el parque. Unos chicos jugaban al baseball, esparciendo un olor a hierba pisoteada. Todos los bancos a la sombra estaban ocupados. Al cruzar la curva del paseo de automóviles, sus agudos tacones se hundían en el asfalto. Dos marineros estaban despatarrados en un banco al sol. Uno de ellos chasqueó los labios cuando ella pasó. Ellen sintió los ojos voraces de marino pegarse a su cuello, a sus muslos, a sus pantorrillas. Trató de que sus caderas no se le menearan tanto al andar. En los arbustos todo a lo largo del sendero, se veían las hojas abarquilladas. Fachadas soleadas bordeaban el parque al sur y al este; por el oeste tenían sombras violetas. Todo estaba ardiente, sudoroso, polvoriento, comprimido por policías y trajes domingueros. ¿Por qué no habría tomado el elevado? Ellen miraba los ojos negros de un joven con sombrero de paja, cuyo roadster rojo, marca Stutz, rasaba la acera. Sus ojos centellearon en los de ella. El joven, echando la cabeza hacia atrás, le sonrió, avanzando los labios de tal modo que ella creyó sentir su roce en las mejillas. El frenó y con la otra mano abrió la portezuela. Ellen volvió la cabeza y se alejó con la barbilla alta. Dos pichones de cuello verde metálico y patas de coral se quitaron de en medio anadeando. Un viejo ofrecía a una ardilla un cucurucho de cacahuetes.
    Toda de verde en un caballo blanco cabalgaba la Dama del Batallón Perdido... Verde, verde, Danderine... Lady Godiva, con el soberbio manto de su pelo...
    La estatua del general Sherman, todo dorado, la interrumpió. Se paró un momento para mirar la plaza que resplandecía como el nácar... Sí, allí está la casa de Ellen Oglethorpe... Subió en un autobús de Washington Square. En la tarde del domingo, la Quinta Avenida se alargaba rosada, polvorienta, trepidante. Por la acera de la sombra pasaba de cuando en cuando un señor con sombrero de copa y levita. Sombrillas, vestidos de verano, sombreros de paja, brillaban al sol que centelleaba en las plazas, en las ventanas superiores de las casas, y relampagueaba en la pintura de las limousines y de los taxis. Olía a gasolina, a asfalto y a menta, a polvos de talco, a perfumes. Las parejas, apretujadas en los asientos del autobús, se entrechocaban a cada sacudida. Aquí y allá, en un escaparate, cuadros, tapices castaños, sillas antiguas barnizadas, detrás de los cristales. St. Regís Sherry's. El que iba junto a ella llevaba botines y guantes color limón. Un hortera probablemente. Al pasar por delante de San Patrick, sintió un tufillo a incienso que salía de las puertas abiertas de la penumbra. Delmonico's. Delante de ella, el brazo de un joven se insinuaba disimuladamente por la espalda de su vecina.
    -¡Mala suerte la de ese pobre Joe! Se ha visto obligado a casarse con ella y no tiene más que diecinueve años.
    -¿Mala suerte le llamas a eso?
    -Myrtle, no lo digo por nosotros.
    -¡Que no! Y además, ¿la has visto tú a ella?
    -Apuesto a que no es de él.
    -¿El qué?
    -El chico.
    -Billy, ¿cómo puedes pensar tales horrores?
    Calle 42. Union League Club.
    -Fue una reunión muy divertida... divertidísima... Todo el mundo estaba allí. Por excepción, los discursos fueron deliciosos. Me recordaron los buenos tiempos -graznó una voz a sus espaldas.
    El Waldorf.
    -¿No están bonitas las banderas, Billy?... Esa tan graciosa es porque el embajador de Siam se hospeda ahí. Lo he leído esta mañana en el periódico.
    Cuando tú y yo nos separemos, amor mío, sobre tus labios dejaré mi último beso, y partiré... frío, río, lío... hueso, peso, eso... Cuando tú...
    Cuando tú y yo, amor mío...
    Calle 8. Se apeó del autobús y entró en el piso bajo del Brevoort. George la esperaba sentado la espalda contra la puerta, abriendo y cerrando el broche de su cartera.
    -Bueno, Elaine, ya era hora de que apareciera usted. No esperaría yo a muchas personas tres cuartos de hora.
    -George, no me regañe. Me he divertido como nunca. He estado libre el día entero y he venido andando desde la calle 105 hasta la 59, a través del parque. Estaba lleno de tipos grotescos.
    -Se sentirá cansada.
    Su cara delgada, con los ojos perdidos en una telaraña de arrugas, avanzaba hacia ella como la proa de un navío.
    -Supongo que habrá pasado el día en su despacho.
    -Sí, he estado desenterrando algunos pleitos viejos. No puedo fiarme de nadie ni para el trabajo de rutina; de modo que todo lo tengo que hacer yo.
    -¿Sabe usted que daba por supuesto que me diría todo eso?
    -¿Qué?
    Por el plantón de los tres cuartos de hora.
    -Oh, usted sabe siempre demasiado, Elaine... ¿Quiere pasteles con el té?
    -Pero si yo no sé nada de nada, y eso es lo malo... Lo que voy a tomar es un poco de limón.
    Los vasos tintineaban a su alrededor. A través del humo azul de los cigarrillos, caras, sombreros, barbas, se movían, se reflejaban verdosas en los espejos.
    -Pero, querido, es el eterno complejo de siempre. Quizá sea verdad tratándose de hombres, pero no significa nada en cuanto a las mujeres -murmuraba una voz femenina en la mesa de al lado.
    -El feminismo de usted se alza como una barrera infranqueable -agregó una voz de hombre, ronca, meticulosa-. ¿Que soy un egoísta? Dios sabe lo que he sufrido por serlo. El fuego que purifica, Charley...
    George hablaba tratando de atraer su mirada.
    -¿Cómo está el ilustre Jojo?
    -Oh, no hablemos de él.
    -Cuanto menos se hable, mejor, ¿eh?
    -Mire, George, yo no quiero que se burle de Jojo, porque, sea como sea, al fin y al cabo es mi marido hasta que el divorcio nos separe... No, no quiero que se ría. Además, usted es demasiado basto y demasiado simple para comprenderle. Jojo es un individuo muy complicado, casi trágico.
    -Por amor de Dios, no hablemos de maridos y mujeres. Lo importante, Elaine, es que usted y yo estamos sentados aquí sin que nadie nos moleste... ¿Cuándo volveremos a vernos, realmente a vernos, realmente?
    -Bueno, George, basta de realismo -rió ella en su taza.
    -Es que yo tengo tantas cosas que decirle, tantas cosas que preguntarle...
    Ella le miró sonriente, balanceando entre el pulgar y el índice un pastelillo de cerezas al que acababa de dar un mordisco.
    -¿Así se porta usted cuando tiene un desgraciado en el banquillo de los acusados? Yo creí que era... ¿Dónde estuvo usted la noche del treinta y uno de febrero?
    -No, yo hablo completamente en serio, sólo que usted no puede comprender o no quiere.
    Un joven, en pie junto a la mesa, les miraba tambaleándose un poco.
    -Hola, Stan; ¿de dónde diablos sale usted?
    Baldwin levantó la vista sin sonreír.
    -Comprendo, señor Baldwin, que esto es una grosería, pero ¿puedo sentarme a su mesa un segundo? Me anda buscando uno con quien yo precisamente no quiero encontrarme. ¡Dios mío, ese espejo! En fin, no vendrán a buscarme si me ven con usted.
    -Miss Oglethorpe, Stanwood Emery, hijo del primer consocio de nuestra firma.
    -Oh, encantado de conocerla, señorita Oglethorpe. La vi a usted anoche, pero usted no me vio.
    -¿Fue usted al teatro?
    -Por poco salto al escenario. Estaba usted maravillosa.
    Tenía la tez bronceada, los ojos inquietos muy cerca de la nariz aguda y bien dibujada, una boca grande en perpetuo movimiento y un pelo ondeado, castaño, imposible de mirar. Ellen miraba al uno y al otro, riéndose por dentro. Los tres estaban muy tiesos en sus sillas.
    -He visto esta tarde la dama de Danderine -dijo ella-, que me ha hecho una impresión enorme. Así es, exactamente, como yo me figuro una gran dama sobre un caballo blanco.
    -Sortijas en los dedos y en los pies cascabeles, dolores sembrará por donde fuere -recitó rápidamente Stan a media voz.
    -¿Dolores o canciones?-preguntó Ellen riendo.
    -Yo digo siempre dolores.
    -¿Y cómo va esa Universidad?-preguntó Baldwin en tono seco, nada cordial.
    -Supongo que seguirá en el mismo sitio -dijo Stan ruborizándose-. Ojalá le prendan fuego antes de que yo vuelva. (Se levantó.) Perdóneme, señor Baldwin... Mi intrusión ha sido incalificable.
    Cuando se volvió hacia Ellen, ésta notó que su aliento olía a whisky.
    -Por favor, perdóneme usted señorita Oglethorpe.
    Ella le tendió la mano sin darse cuenta. Una mano seca, nerviosa, se la estrechó fuertemente. Stan se alejó vacilante, y tropezó con un camarero.
    -No consigo comprender a este endemoniado individuo -prorrumpió Baldwin-. Su pobre padre está desesperado. Es muy listo, tiene una gran personalidad, etcétera, pero no hace más que beber y armar la de dios es cristo... Creo que lo que necesita es trabajar y adquirir el sentido de los valores. Sobra de dinero, eso es lo que pierde a estos chicos... En fin, Elaine, gracias a Dios estamos otra vez solos. Yo he trabajado sin cesar toda mi vida, desde los catorce años. Ha llegado el momento de poder abandonar todo esto por algún tiempo. Quiero vivir, viajar, pensar, ser feliz. Ya no puedo resistir el ajetreo de los negocios como antes solía. Necesito disminuir la tensión... Y aquí entra usted.
    -¿Cree que le voy a servir de válvulas de seguridad?
    Ella se echo a reír entornando los párpados.
    -Vamos al campo esta tarde, sea donde sea. Me he pasado todo el santo día encerrado en la oficina, Los domingos es que los odio.
    -¿Y mi ensayo?
    -Se pone usted enferma. Voy a llamar un coche.
    -Hombre, aquí está Jojo... ¡Hola, Jojo! -gritó Ellen agitando los guantes por encima de su cabeza.
    -John Oglethorpe, con la cara llena de polvos y una sonrisa estudiada en los labios, avanzaba por entre las mesas, tendiendo su mano enguantada.
    -¿Cómo va, querida? Realmente es una gran sorpresa y un gran placer...
    -Ustedes se conocen, ¿verdad, señor Baldwin?...
    -Perdón si interrumpo... nnn...este tête à tête.
    -Nada de eso, siéntate, vamos a tomar todos un highball... Estaba muerta por verte, Jojo, de veras... A propósito, sino tienes otra cosa que hacer esta noche, podías pasarte por el teatro un momento. Quiero que me oigas leer el papel y me digas tu opinión.
    -Desde luego, querida, nada podría ser más de mi gusto.
    George Baldwin, con todos los nervios en tensión, se echó hacia atrás, crispando la mano sobre el respaldo de la silla.
    -Camarero... -dijo cortando las palabras con un sonido metálico-tres Scotch highballs.46 Prontito, haga el favor.
    Oglethorpe apoyó la barbilla en el puño de plata de su bastón.
    -La confianza, señor Baldwin -comenzó-, la confianza entre marido y mujer es algo muy hermoso. Ni el espacio ni el tiempo importan nada. Podría uno de nosotros tener que marcharse a la China mil años, y no cambiaría por eso nuestro afecto lo más mínimo.
    -Sabe usted, George, el defecto de Jojo es que ha leído demasiado a Shakespeare en su juventud... Pero tengo que marcharme, sino Merton me va a armar otro escándalo... Luego dicen de la esclavitud industrial. Jojo, háblale de la equidad.
    Baldwin se levantó. Un ligero rubor teñía sus mejillas.
    -¿Me permite usted que la acompañe hasta el teatro?-dijo apretando los dientes.
    -Nunca permito a nadie que me acompañe a ninguna parte... Y tú, Jojo, no bebas mucho para verme trabajar.
    En la Quinta Avenida, rosada y blanca bajo nubes rosadas y blancas, soplaba un vientecillo que parecía fresco después de la empalagosa charla y del sofoco del humo y de los cocktails. Ellen despidió al encargado de los taxis con una sonrisa. Luego tropezó su vista con un par de ojos inquietos que la miraban desde una cara morena de frente despejada.
    -Estaba esperando que saliera usted. ¿Puedo llevarla a alguna parte? Tengo mi Ford ahí en la esquina. Por favor.
    -Oh, voy sólo al teatro. Tengo ensayo.
    -Muy bien; déjeme llevarla hasta allá.
    Ella empezó a ponerse un guante, pensativa.
    -Bueno, pero va a ser una molestia horrible para usted.
    -Al contrario. Está aquí, a la vuelta... Temo haber cometido una grosería abordándola a usted así. Pero ése es otro cantar... El caso es que la he conocido. Mi Ford se llama Dingo... pero éste es también otro cantar...
    -Siempre es agradable encontrarse con un hombre humanamente joven. No hay nadie humanamente joven en Nueva York.
    Su cara se puso escarlata cuando se inclinó para poner en marcha el motor.
    -Oh, yo soy demasiado joven, atrozmente joven.
    El motor rezongó, después empezó a rugir. Stan dio un salto y cerró la gasolina.
    -Probablemente nos van a detener. Mi amortiguador está suelto y expuesto a caerse.
    En la calle 34 se cruzaron con una mujer que atravesaba lentamente el tráfico sobre un caballo blanco. La cabellera castaña caía en ondas regulares y falsas sobre la grupa de yeso y sobre la gualdrapa orlada de oropel, donde en letras verdes salpicadas de rojo se leía: DANDERINE.
    -Anillos en los dedos -moduló Stan tocando el claxon- y en los pies cascabeles, la caspa curará crezca donde creciere.


    II. JACK DEL ISTMO ZANCUDO

    Mediodía en Union Square. Liquidación por cambio de domicilio. HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. De rodillas sobre el asfalto polvoriento, los limpiabotas sacan brillo al calzado, botas, zapatos bajos, zapatos de color, botinas de botones, oxfords. El sol brilla como una flor en cada puntera recién lustrada. Por aquí amigo, señor, señorita, señora, al fondo de la tienda nuestro nuevo surtido de tejidos fantasía. Calidad superior. Precio mínimo... Caballeros, señoras, señoritas... HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. Cambio de domicilio.
    El sol de mediodía traza espirales en la atmósfera turbia del restaurante chino. Una música toca en sordina Hindustan. Él come fooyong, ella come chowmein. Bailan con la boca llena. Una blusa azul ligera rozándose contra un vestido negro reluciente.
    Por la calle 14, Gloria, Gloria, bajan los soldados; las chicas marchan al paso. Gloria, Gloria, formados de cuatro en fondo. Flamante, azul, llega la banda del Ejército de Salvación.
    Calidad superior. Precio mínimo. Cambio de domicilio. HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME... Cambio de domicilio.



    De Liverpool, vapor británico Raleigh, Capitán Kettlewell: 933 balas, 881 cajas, 10 cestas, 8 paquetes de objetos manufacturados: 57 cajones, 89 balas, 18 cestos de hilo de algodón; 156 balas de fieltro, 4 fardos de amianto, 100 sacos de bobinas...

    Joe Harland dejó de escribir a máquina y levantó los ojos al techo. Le dolían las yemas de los dedos. La oficina olía a engrudo, a manifiesto y a hombres en mangas de camisa. Por la ventana abierta veía la oscura pared del patio y un hombre que con los ojos protegidos por una visera verde, miraba estúpidamente por una ventana. El chico de la oficina dejó una nota sobre la esquina de la mesa: «El señor Pollock desea verle a las 5.10.» La garganta se le contrajo. «Me va a despedir.» Sus dedos volvieron a teclear.

    De Glasgow, vapor holandés, Delft, Capitán Tromp: 200 balas, 123 cajas, 14 barriles...

    Joe Harland vagó por Battery hasta encontrar un asiento vacío, y entonces de desplomó sobre él. Detrás de Jersey el sol se hundía en tumultuosas olas de azafrán. Bueno, esto se terminó. Se quedó largo rato mirando fijamente la puesta del sol como se mira un cuadro en la sala de espera de un dentista. Grandes bocanadas de humo salían de un remolcador en marcha y se enroscaban a su alrededor en volutas negras y rojas. Joe miraba el sol poniente y esperaba. Veamos: dieciocho dólares con cincuenta centavos que tenía antes, menos seis dólares del cuarto, uno ochenta y cuatro por la ropa y cuatro cincuenta que debo a Charley, hacen siete dólares ochenta y cuatro, once ochenta y cuatro, doce treinta y cuatro, menos dieciocho cincuenta, quedan seis dólares con dieciséis centavos. Tres días para encontrar trabajo si me privo de beber. Oh, Dios, ¿no volverá a sonreírme la fortuna? Yo antes tenía bastante buena suerte. Las rodillas le temblaban; le ardía el hueco del estómago.
    Bonito fracaso tu vida, Joseph Harland. Cuarenta y cinco años y ni un amigo, ni un centavo siquiera para persignarte.
    Una vela dibujó un triángulo rojo cuando el laúd orzó a pocos pasos del muelle de cemento. Un muchacho y una muchacha se agacharon juntos cuando la botavara cambió de lado. Ambos estaban bronceados por el sol y tenían el pelo rubio descolorido de andar al aire libre. Joe Harland se mordió los labios para contener las lágrimas cuando el laúd se alejó en las sombras rojizas de la bahía. Dios, tengo que beber.
    -¿No es un crimen?¿No es un crimen?-repetía sin cesar el hombre sentado a su izquierda.
    Joe Harland volvió la cabeza. El tío tenía una cara roja, toda arrugada y un pelo de plata. Entre sus garras sucias sostenía la estirada plana teatral de un periódico.
    -Estas actrices vestidas así desnudas... ¿Por que no le dejarán a uno en paz?
    -¿No le gusta a usted ver sus fotografías en los periódicos?
    -¿Por qué no le dejarán a uno en paz?, repito... Cuando no tiene uno trabajo, cuando no tiene uno dinero, ¿pa qué sirven, digo yo?
    -A muchas personas les gusta ver esas fotografías en los periódicos. Yo mismo, en mis buenos tiempos...
    -En sus buenos tiempos había trabajo... ¿No está usted de más ahora?-gruñó como un salvaje.
    Joe Harland sacudió la cabeza.
    -¿Entonces pa qué? Debían dejarle a uno en paz, ¿no? Y hasta que llegue al traspaleo de la nieve no haberá trabajo.
    -¿Que hará usted de aquí a entonces?
    El viejo no contestó. Se inclinó de nuevo sobre el periódico y murmuró:
    -Vestidas así todas desnudas, le digo a usted que es un crimen. Joe Harland se levantó y se fue.
    Era casi de noche. Tenía las rodillas rígidas de estar sentado tanto tiempo. Mientras se alejaba penosamente, sentía que el cinturón le apretaba la barriga. ¡Pobre caballo de batalla!; lo que necesitas es un par de copas para poder fantasear sobre tus cosas. Por la puerta salía un vago olor a cerveza. Dentro, la cara del barkeep parecía una manzana reineta sobre un coquetón anaquel de caoba.
    -Déme un whisky.
    El whisky, fuerte y aromático, le abrasó la garganta. Esto le vuelve a uno la vida, vaya que sí. Se acercó al mostrador y se comió un bocadillo de jamón y una aceituna.
    -Otro whisky, Charley. Esto le vuelve a uno la vida. Lo que me pasa a mí es que he estado mucho tiempo sin beber. Tú no lo creerás al verme así ahora, ¿verdad, amigo?, pero antes me llamaban el Brujo de Wall Street, lo cual no es más que otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos... Sí, señor, con mucho gusto. ¡Viva la salud y al diablo lo demás! ¡Ajajá, esto le da a uno la vida!... Pues bien, señores, apuesto que no hay uno entre ustedes que un día u otro no se haya metido en alguna especulación, ¿y cuántos de ustedes no han salido desilusionados? Otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios. Pero no yo, señores, que durante diez años he jugado a la bolsa, durante diez años día y noche, sin perder de vista un negocio, y en diez años no me he puesto las botas más que tres veces sin contar la última. Señores, voy a decirles un secreto. Un secreto importantísimo... Charley, otra ronda para estos buenos amigos míos. Yo pago. Y echa un trago tú también... ¡Diablo, cómo hace cosquillas!... Señores, otro ejemplo del singular predominio en la suerte de los negocios humanos. Señores, el secreto de mi suerte... Es auténtico, se lo garantizo; pueden ustedes mismos comprobarlo en los periódicos, revistas, discursos, conferencias que publicaron entonces. Un hombre, y entre paréntesis un pillastre, escribió una novela policíaca acerca de mí, titulada El secreto del éxito, que pueden ustedes leer en la biblioteca pública de Nueva York, si les interesa el asunto... El secreto de mi éxito era... Y en cuanto ustedes lo sepan van de seguro a reírse para sus adentros, diciendo que Joe Harland está borracho, que Joe Harland es un pobre idiota... Sí que se reirán... Durante diez años, como les iba diciendo, opere con reservas. Compraba sin ton ni son, amontonaba acciones cuyo nombre no había oído nunca, y siempre me salía bien. Amasaba dinero. Tenía cuatro Bancos en la palma de la mano. Empecé a interesarme en azúcar y gutapercha, adelantándome a mi siglo... Pero ya están ustedes muertos por saber mi secreto, que creen podrá servirles... De ningún modo... Era una corbata de seda azul que mi madre me hizo cuando chico... No se rían, vamos... No, no estoy tratando de armarla. Es simplemente otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos. El día que me aventuré con otro tipo a meter mil dólares en títulos de Louisville y Nashville, llevaba aquella corbata. Subieron veinticinco enteros en veinticinco minutos. Aquello fue el principio. Luego, poco a poco note que cada vez que no llevaba la corbata perdía. Estaba ya tan vieja y tan rota que traté de llevarla en el bolsillo. No servía. Tenía que llevarla puesta, ¿comprenden?... Lo demás es la eterna historia, señores... Había una mujer, ¡que el diablo se la lleve!, y yo la quería. Quise probarle que no había nada en el mundo que no hiciese por ella, y se la di. Traté de echarlo a broma y me reí, ja, ja, ja. Ella dijo: «Si no sirve para nada, está toda rota», y la tiró al fuego... Un ejemplo más... Amigo, usted no querría invitarme a otro vasito, ¿verdad? Me encuentro inesperadamente sin fondos esta tarde... Muchas gracias, señor... ¡Ah, cómo pica el condenado!

    En el atestado vagón del metro iba el repartidor de telegramas aplastado contra la espalda de una mujerona rubia que olía a Mary Garden. Codos, paquetes, hombros, nalgas se entrechocaban a cada sacudida del estridente exprés. Su sudada gorra de la Western Union fue ladeada de un golpe. Si yo pudiera tener una mujer como ésta, una mujer como esta valdría la pena de un accidente, las luces fundidas, un descarnamiento. Yo podría apropiármela si tuviera coraje para ello y cuartos. Cuando el tren acortó la marcha, la rubia cayó sobre él. Cerró los ojos, contuvo la respiración, la nariz aplastada contra el cuello de ella. El tren paró. La multitud le sacó fuera del vagón a empujones.
    Aturdido, subió tambaleándose hasta la calle donde las luces de las casas pestañeaban. Broadway estaba lleno de gente. En la esquina de la calle 96, flaneaban grupos de dos o tres marineros. Se comió dos bocadillos, uno de jamón y otro de foie-gras, en una pastelería. La mujer que le despachó tenía color de mantequilla como la mujer del metro, pero era más gorda y más vieja. Mascando la corteza del segundo bocadillo subió en el ascensor al Jardín Japonés. Se sentó pensativo con el aleteo de la pantalla ante los ojos. «Dios, lo que van a reírse de ver aquí un telegrafista con este traje. Mejor será que me largue. Voy a repartir mis telegramas.»
    Se apretó el cinturón mientras bajaba las escaleras. Subió por Broadway hasta la calle 105, después torció al este, hacia Columbus Avenue, fijándose cuidadosamente en todas las puertas, escaleras de incendios, ventanas, cornisas. Aquí es. No había luces más que en el segundo piso. Tocó en el timbre del segundo. El picaporte sonó. Subió corriendo. Una mujer con el pelo enmarañado y la cara roja de haber estado inclinada sobre el hornillo, asomó la cabeza.
    -Un telegrama pa Santiono.
    -Aquí no vive ningún Santiono.
    -Dispense, señora, me he debido equivocar de timbre.
    Le dieron con la puerta en las narices. Su cara pálida y lánguida se endureció bruscamente. Rápido, subió de puntillas hasta el último rellano. Luego trepó por una escalerilla hasta una trampa. El cerrojo reclinó al descorrerlo. Contuvo la respiración. Una vez en el tejado, cubierto de cenizas, dejó caer la trampa con cuidado. Las chimeneas montaban la guardia a su alrededor, negras, contra el resplandor de las calles. Agachándose avanzó cautelosamente hasta el borde posterior de la casa y se escurrió por el canalón hasta la escalera de escape. Con un pie rozó un tiesto al aterrizar. Todo negro. Se coló por una ventana en un cuarto que olía a mujer, deslizó la mano bajo la almohada de una cama deshecha, a lo largo de una cómoda; volcó una caja de polvos, abrió un cajón dando tironcitos, un reloj, se clavó un alfiler en el dedo, un broche, una cosa arrugada en un rincón al fondo. Billetes, un rollo de billetes. ¡Ahueca el ala, no te vayan a pescar! A bajar por la escalera de incendios hasta el otro piso. No hay luz. Otra ventana abierta. Coser y cantar. El mismo cuarto. Huele a perro y a incienso, alguna droga. Se vio borrosamente en el tocador rebuscándolo todo. Metió un dedo en un tarro de cold cream, se lo limpió en los pantalones. ¡Qué porquería! Una cosa blanducha saltó de entre sus pies chillando. Se quedó temblando en medio del cuarto. En un rincón, el perrito ladraba hasta desgañitarse.
    -La habitación se iluminó de repente. Desde la puerta abierta una joven le apuntaba con un revólver. Detrás de ella había un hombre.
    -¿Qué hace usted aquí?... ¡Anda, si es un chico de Telégrafos!
    La luz formaba un halo cobrizo alrededor de su pelo, y dibujaba su cuerpo bajo el quimono de seda roja. El joven flaco, pero fuerte, tenía la camisa desabrochada.
    -Bueno, ¿qué hace usted en este cuarto?
    -Por favor, señora, ha sido el hambre lo que me ha traído a esto, el hambre y mi pobre madre, que no tiene qué comer.
    -¡Qué gracioso, Stan! Es un ladrón. (Ella blandió el revólver .) Sal al corredor.
    -Sí, señora, todo lo que usted quiera, señora, pero no me entregue usted a la policía. Piense en mi madre, que se está muriendo de hambre.
    -Bueno, pero si has agarrado algo tienes que devolverlo.
    -No he tenido tiempo, palabra.
    Stan se dejó caer en una silla riéndose a carcajadas.
    -Ellie, no te hubiera creído capaz.
    -¿No he hecho yo este papel en la tournée del verano pasado?... Venga el revólver.
    -No tengo revólver, señora.
    -Bueno, no te creo, pero mejor será dejarte marchar.
    -Dios la bendiga, señora.
    -Pero algún dinero ganarás repartiendo telegramas.
    -Me despidieron la semana pasada, señora. Es el hambre lo que me ha obligado a esto.
    Stan se levantó.
    -Vamos a darle un dólar y que se vaya al demonio.
    Cuando estuvo fuera, ella le tendió el billete.
    El agarró la mano con el billete y la besó. Al inclinarse sobre ella, humedeciéndola con sus besos, pudo entrever el cuerpo, bajo el brazo, por la manga flotante de seda roja. Mientras bajaba, temblando todavía, volvió la cabeza y vio al joven y a la muchacha abrazados, mirándole. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se metió el billete en el bolsillo.
    Chico, si sigues enterneciéndote así con las mujeres, te vas a encontrar el mejor día en ese hotel de verano que está junto al río... Después de todo, he salido bastante bien del paso. Silbando en sordina se dirigió al elevado y tomó un tren descendente. De acuerdo en cuando se metía la mano en el bolsillo trasero del pantalón para tentar el rollo de billetes. Subió corriendo hasta el tercer piso de una casa que olía a pescado frito y a gas, y tocó tres veces el timbre de una sucia puerta de cristales. Tras breve pausa llamó con los nudillos.
    -¿Eres tú, Moike?-murmuró una voz femenina.
    -No, soy Nicky Schatz.
    Una mujer de perfil cortante abrió la puerta. Salió en ropas menores cubierta con un abrigo de pieles.
    -¿Qué hay?
    -Na, que una señora muy elegante me pescó con las manos en la masa, ¿y a que no sabes qué hizo?
    Hablando excitadamente, siguió a la mujer hasta el comedor de paredes desconchadas. Sobre la mesa había unos vasos sucios y una botella de whisky Green River.
    -Me dio un dólar y me dijo que fuera bueno.
    -¡Qué va!
    -Toma. Un reloj.
    -Es un Ingersoll; yo no llamo un reloj a esto.
    -Bueno, pues enfoca tus lámparas. (Sacando el rollo de billetes.) ¿Qué pasa?... Hay miles.
    -Déjame que vea.
    Ella le arrancó de la mano los billetes; con los ojos fuera de las órbitas.
    -Te l'han dao con queso.
    Tiró al suelo el rollo y se retorció las manos, balanceándose con un gesto judío.
    -¡Bah, si es dinero de teatro, cabeza de chorlito, idiota!...

    Sentados sobre el borde de la cama, el uno al lado del otro, reían. En la atmósfera cargada de la alcoba, llena de prendas de seda tiradas sobre las sillas, flotaba la frescura marchita de un ramo de rosas amarillas que había sobre la cómoda. Estaban abrazados. De repente él se desasió e inclinándose sobre ella la besó en la boca.
    -¡Vaya ladroncito! -dijo él sin resuello.
    -Stan...
    -Ellie.
    -Creí que era Jojo -murmuró ella con un nudo en la garganta-. Eso de espiar es muy suyo.
    -Ellie, no comprendo cómo puedes vivir con él entre toda esa gente. Tú, tan encantadora. No te veo en medio de todo esto.
    -Era fácil antes de conocerte... Y además, Jojo está bien. Es un individuo muy particular y muy desgraciado.
    -Pero tú eres de otro mundo, chiquilla... Debías vivir en lo alto del Woolworth Building en un cuarto de cristal tallado y flores de cerezo. -Stan, tienes toda la espalda tostada.
    -Es de nadar.
    -¿Ya?
    -Creo que queda algo del verano pasado.
    -Eres el hombre privilegiado. Yo nunca he podido aprender a nadar ni medio bien.
    -Te enseñaré... M ira, el domingo que viene, tempranito, montamos en Dingo y nos vamos a Long Beach. De un lado, bien al fondo, no hay nunca nadie... Ni siquiera tienes que ponerte traje de baño.
    -Me gusta tu cuerpo, tan enjuto, tan firme. Stan... Jojo es blanco y blanducho, casi como una mujer.
    -¡Por los clavos de Cristo! No hables de él ahora.
    Stan, en pie, con las piernas abiertas, se abrochaba la camisa.
    -Oye, Ellie, vámonos a beber algo... Dios, me fastidiaría encontrarme con alguien ahora y tener que contar una porción de mentiras. Sería capaz de tirarle una silla a la cabeza.
    -Tenemos tiempo. Nadie viene antes de medianoche. Yo misma no estaría aquí si no tuviera esta jaqueca.
    -Ellie, lo que te gusta a ti tu jaqueca.
    -Me encanta, Stan.
    -Creo que el ladrón ése lo sabía... Dios... Robo, adulterio, escaparse por la escalera de incendios, andar a gatas por los canalones... ¡La gran vida!
    Ellen le agarró por la mano y bajaron al paso los tramos. En el portal, delante de los buzones, él la tomó por los hombros, le echó atrás la cabeza y la besó. Respirando apenas bajaron la calle hasta Broadway. Stan la llevaba del brazo y ella, con el codo, le apretaba la mano contra sus costillas. A distancia, como a través de los cristales de un acuario, Ellen veía pasar caras, escaparates de frutas, latas de legumbres, tarros de aceitunas, flores rojas en un puesto, periódicos, anuncios luminosos. Cuando cruzaban las bocacalles sentían en la cara el viento del río. Bruscas miradas de azabache bajo sombreros de paja, barbillas levantadas, labios finos, muecas, bocas en forma de corazón, sombras de hambre bajo los pómulos, caras de mujeres y hombres jóvenes flotaban a su alrededor como polillas mientras marchaban al paso, a través de la ardiente noche amarilla.
    Se sentaron a una mesa en un sitio cualquiera.
    Palpitaba una orquesta.
    -No, Stan, no quiero nada... Bebe tú.
    -Pero, Ellie, ¿es que no sientes la alegría de vivir como yo?
    -Más aún... No podría soportar una alegría mayor... No podría parar la atención en un vaso lo bastante para bebérmelo.
    Ella se estremeció ante el brillo de sus ojos. Stan estaba definitivamente borracho.
    -Quisiera que tu cuerpo fuera una fruta comestible -repetía sin cesar.
    Ellen se entretenía en retorcer con su tenedor tiras de Welsh rabit frío. Había empezado a bajar, con una caída brusca de montaña rusa, al abismo estremecedor de la angustia. En medio de la sala, en un espacio cuadrado, cuatro parejas bailaban el tango. Ellen se levantó.
    -Stan, me voy. Tengo que levantarme temprano y ensayar todo el día. Telefonéame a las doce al teatro.
    El hizo un gesto con la cabeza y se sirvió otro highball. Ellen se quedó un momento tras la silla de él con los ojos fijos en su cabeza rizosa. Stan se recitaba versos a sí mismo: Blanca, implacable, yo a Afrodita he visto... magnífico... La cabellera suelta, el pie desnudo... estupendo... Resplandeciente como el rojo ocaso. Sobre las aguas... son unos sáficos pistonudos.
    Cuando salió a Broadway se sintió de nuevo muy alegre. Esperó el tranvía en medio de la calle. De cuando en cuando un taxi pasaba rozándola. El viento cálido traía del río el largo gemido de una sirena. En el abismo de su alma, millares de gnomos edificaban altas torres, frágiles, resplandecientes. El tranvía descendió_ por los rieles resonando y se paró. Al subir se acordó súbitamente del olor del cuerpo de Stan, sudando entre sus brazos. Sintió el vértigo y se dejó caer sobre el asiento, mordiéndose los labios para no gritar. ¡Dios, es horrible estar enamorada! Frente a ella, dos hombres con cara de pez hablaban y reían dándose manotazos en las rodillas.
    -Te digo, Jim, que a mí la que me da el opio es Irene Castle... Cuando la veo bailar el onestep me parece que estoy oyendo un coro de ángeles.
    -Quit'allá, está mu flaca.
    -Sin embargo, ha tenido el mayor éxito conocido en Broadway.
    Ellen se apeó del tranvía y torció al este por la calle 105, desolada y vacía. Las casas, de ventanas estrechas, despedían un hedor a sueño y a colchones. Junto a las alcantarillas apestaban las latas de basura. En la sombra de un portal un hombre y una mujer se balanceaban fuertemente abrazados. Una manera de despedirse. Ellen sonrió feliz. El mayor éxito de Broadway. Estas palabras la subían vertiginosamente, como un ascensor, hacia alturas sublimes, donde anuncios luminosos fulminaban rayos rojos, dorados, verdes; donde había azoteas que olían a orquídeas y el ritmo lento de un tango bailado con un vestido de oro verde con Stan, mientras millares de aplausos estallaban a su alrededor como una granizada. El mayor éxito de Broadway.
    Ella subía las escaleras blancas, desconchadas. Ante el letrero Sunderland una sensación de repugnancia se apoderó súbitamente de ella. Se quedó en pie un largo rato, con el corazón palpitante, la llave ante la cerradura. Luego, de pronto, metió la llave y abrió la puerta.

    Pájaro de cuenta, Jimmy, pájaro de cuenta.
    Herf y Ruth Prinne charlaban riendo frente a dos platos de paté en el rincón más escondido de un restaurante bullanguero y bajo de techo.
    -Todos los cómicos de la legua comen aquí, parece.
    -Todos los cómicos de la legua viven en casa de la señora Sunderland.
    -¿Cuáles son las últimas noticias de los Balcanes?
    -Los Balcanes, buen nombre.
    Por detrás del sombrero de Ruth, de paja negra con amapolas rojas, Jimmy miró las mesas atestadas donde las caras se esfumaban en un vaho verdoso. Dos camareros pálidos, con perfil de halcón, se abrían paso a codazos entre el vaivén de las conversaciones. Ruth le miraba con las pupilas dilatadas de risa, mordiendo un tallo de apio.
    -¡Oh, me siento tan borracha!... - balbuceaba-. Se me ha subido en seguida a la cabeza. ¡Qué calamidad!
    -Bueno, ¿qué fue ese escándalo de la calle 105?
    -No sabes lo que te has perdido. Descacharrante. Todo el mundo salió al hall, la señora Sunderland con todo el pelo lleno de papelitos y Cassie llorando y Tony Hunter de pie en la puerta con un piyama rosa...
    -¿Quién es?
    -Un galancete... pero, Jimmy, yo he debido de hablarte de Tony Hunter. Oiseau47 de cuenta, Jimmy, oiseau de cuenta.
    Jimmy sintió que se ponía colorado. Se inclinó sobre su ración.
    -¡Oh!, ¿era eso?-dijo secamente.
    -Por fin te has escandalizado, Jimmy, confiesa que te has escandalizad o.
    -No, de ningún modo. Desembucha.
    -¡Oh! Jimmy, eres descacharrante... Pues bien, Cassie sollozaba, el perrito ladraba, y la invisible Costello gritaba: «la policía», y se desmayaba en los brazos de un desconocido de etiqueta, y Jojo empuñaba una pistola, una pistolita de níquel, de juguete supongo... La única persona que parecía en sus cabales era Elaine Oglethorpe... Ya sabes, aquella visión ticianesca que tanto impresionó tu cerebro infantil.
    -Te aseguro que mi cerebro infantil no se impresionó tanto como tú crees.
    -En fin, el Ogle, cansado de aquella escena teatral, gritó con voz tonante: «¡Que me desarmen o mato a esa mujer!»Y Tony Hunter le quitó la pistola y se la llevó a su cuarto. Entonces Elaine Oglethorpe hizo una reverencia como en una llamada a escena y dijo: «Buenas noches a todos», y se metió en su cuarto más fresca que un pepino... ¿Te imaginas el cuadro?(Ruth bajó de repente la voz.) Todo el restaurante nos está escuchando... Y, de veras, creo que aquello fue repugnante. Pero lo que viene es peor. Después que el Ogle hubo golpeado a la puerta dos o tres veces sin obtener respuesta, se dirigió a Tony y, poniendo los ojos en blanco, como Forbes Robertson en «Hamlet», le tomo por la cintura y le dijo: «Tony, ¿puede un hombre desesperado pedir asilo en su cuarto por esta noche?...» Yo estaba escandalizada.
    -Pero ¿Oglethorpe es también así?
    Ruth bajó la cabeza varias veces afirmativamente.
    -Entonces ¿por qué se ha casado con él?
    -¡Bah! Esa chica se hubiera casado con un tranvía si creyera que con eso sacaba algo.
    -La verdad, Ruth, yo creo que interpretas todo al revés.
    -Jimmy, eres demasiado inocente. Pero déjame acabar la trágica historia... En cuanto aquellos desaparecieron y cerraron la puerta, se armó en la antesala la más terrible trapatiesta que te puedes imaginar. Naturalmente, Cassie, para colmo, estuvo todo el tiempo con un ataque de nervios. Fui al cuarto de baño a buscarle sales de amoníaco y cuando volví me encontré la sesión en pleno. Para caerse de risa. La señorita Costello pretendía que despidieran a los Oglethorpe de madrugada y que si no lo hacían se marcharía ella. La señora Sunderland repetía que en sus treinta años de vida teatral no había visto escena semejante, y el de etiqueta, que era Benjamín Arden..., ya sabes, Jim, el que hizo un papel en Honeysuckle..., decía que a todas las personas como Tony Hunter deberían meterlas en la cárcel. Cuando me fui a la cama todavía seguía el jaleo. ¿Y te extraña que se me pegaran las sábanas después de todo esto, y te hiciera esperar, pobrecillo, una hora en el Times Drug Store?

    Joe Harland, con las manos en los bolsillos, contemplaba el cuadro Acoso del ciervo, mal colgado detrás de su cama de hierro, en medio de la pared del pasillo que le servía de dormitorio. Sus manos heladas se agitaban sin cesar en el fondo de los bolsillos de sus pantalones. Hablaba en voz baja, monótona: «Oh, cuestión de suerte, pero ésta es la última vez que abordo a los Merivale. Emily me hubiera dado si no fuera por ese viejo tacaño. Emily conserva aún su poquito de corazón. Pero nadie parece hacerse cargo de que estas cosas no son siempre culpa de uno. Suerte y nada más, y bien sabe Dios que antaño comieron de lo mío.» Su propia voz, elevándose, le rechinaba en los oídos. Apretó los labios. Empiezas a chochear, querido mío. Se paseaba de arriba abajo en el estrecho espacio que separaba la cama de la pared. Tres pasos. Se acercó al palanganero y bebió de la jarra. El agua sabía a madera podrida y a cubo de lavabo. Escupió el último sorbo. Lo que yo necesito es un buen bistec y no agua. Dio un golpe con los dos puños a un tiempo. Tengo que hacer algo. Tengo que hacer algo.
    Se puso el gabán para tapar un desgarrón en la trasera de sus pantalones. Las mangas deshilachadas le hacían cosquillas en las muñecas. Los escalones crujían. Estaba tan débil que se agarró a la barandilla por miedo a caer. La vieja le salió al paso en el recibimiento. El crepé se le había ladeado como tratando de escaparse del peinado «pompadour» que lo aprisionaba.
    -Señor Harland, ¿cuándo me va a pagar las tres semanas de alquiler?
    -Ahora mismo iba a cobrar un cheque, señora Budkowitz. Se ha portado usted tan bien en este asunto... Y quizá le interesará saber a usted que tengo la promesa, ¿qué digo?, la certeza de una buena colocación a partir del próximo lunes.
    -He esperado tres semanas... Y no espero más.
    -Pero, señora mía, le juro a usted por mi honor de caballero...
    La señora Budkowitz se encogió de hombros. Su voz se elevó, débil y quejicosa, como el pitido de un carrito de cacahuetes:
    -Me paga usted esos quince dólares o alquilo el cuarto a otra persona.
    -Le pagaré a usted esta misma tarde.
    -¿A qué hora?
    -A las seis.
    -Mu bien, déme la yave.
    -Eso no. Suponga usted que llego tarde.
    -Por eso mismo quiero la yave... Ya no espero más.
    -Bueno, tómela... Comprenderá usted que después de su actitud insultante me será imposible continuar en su casa.
    La señora Budkowitz rompió a reír con una risa ronca.
    -Mu bien, cuando me pague mis quince dólares podrá usté yevarse la maleta.
    Harland le puso en la mano las dos llaves atadas con un cordel, dio un portazo y echó calle abajo. En la esquina de la Tercera Avenida se paró, temblando bajo el cálido sol de la tarde. El sudor le corría por detrás de las orejas. Estaba demasiado débil para blasfemar. Bloques de ensordecedor ruido reventaban uno tras otro al paso de los elevados. Los camiones rechinaban por la avenida, levantando una polvareda que olía a gasolina y a cagajones pisoteados. Echó a andar lentamente hacia la calle 14. En una esquina un insinuante y cálido olor a cigarros le paró como si le hubieran puesto una mano en el hombro. Se quedó un momento frente al kiosko mirando cómo los finos dedos de la cigarrera frotaban las quebradizas hojas de tabaco. Al recuerdo de los Romeo and Juliet, de los Argüelles Morales, aspiró profundamente el aire. El papel de estaño que había que rasgar, la sortija que se quitaba con cuidado, el cortaplumas de marfil para cortar la punta, delicadamente como carne; el olor del fósforo, la profunda inhalación del humo, amargo, espeso, sinuoso. Y ahora, señor, en cuanto a ese negocito de la emisión de bonos de la Northern Pacific... Apretó los puños en los bolsillos pegajosos de su impermeable. Retirarme la llave ¿eh?, esa vieja bruja. Ya verá quién soy yo, ¡voto al diablo! Joe Harland habrá caído todo lo bajo que se quiera, pero todavía conserva su orgullo.
    Tomó hacia el este, por la calle 14, y sin pararse a pensar por miedo de arrepentirse, entró en una pequeña papelería, se dirigió al fondo con paso incierto, y se quedó titubeando en el umbral de una oficina donde un hombre grueso, calvo, de ojos azules, estaba sentado ante un pupitre de tapa rodadera.
    -Buenas, Felsius -graznó Harland.
    El gordo se levantó aturrullado.
    -¡Imposible! ¿Usté no es el señor Harland?
    -Joe Harland en persona, Felsius... Y en estado bastante lamentable.
    La risa se le ahogó en la garganta.
    -Vaya, vaya... Tome usté asiento, señor Harland.
    -Gracias, Felsius... Felsius, estoy derrotado, hundido para siempre. Hará cinco años que no le veo, señor Harland.
    -Y qué malos han sido para mí esos cinco años... Cuestión de suerte supongo. La mía no cambiará ya en este mundo. ¿Recuerda usted cuando entré una vez, después de torear a los especuladores, y armé la gorda en la oficina? Le di un bonito aguinaldo al personal aquellas navidades.
    -En efecto, señor Harland.
    -Será monótona la vida de la tienda después de haber pasado por Wall Street.
    -Más de mi gusto, señor Harland. Aquí soy el amo.
    -¿Y cómo están la mujer y los chicos?
    -Muy bien, muy bien; el mayor acaba de salir del instituto.
    -¿El que lleva mi nombre?
    Felsius inclinó la cabeza. Sus dedos de salchicha golpeaban nerviosamente el borde del pupitre.
    -Recuerdo que yo pensaba hacer algo por ese chico, algún día. ¡Las vueltas que da el mundo!
    Harland reía sin poder apenas. Sintió las manos sobre sus rodillas y contrajo los músculos de los brazos.
    -La cuestión es ésta, Felsius... Me encuentro en este momento en una situación financiera bastante embarazosa... Ya sabe usted lo que son estas cosas. (Felsius tenía la vista clavada en el pupitre. Gotas de sudor brotaban de su cabeza calva.) Todos tenemos nuestras rachas de mala suerte, ¿verdad? Quisiera pedirle un préstamo insignificante, sólo por unos días, algunos dólares, pongamos veinticinco, hasta que ciertas combinaciones...
    -Señor Harland, no puedo. (Felsius se levantó.) Lo siento pero los principios son los principios... Yo no he pedido ni he prestado un céntimo en mi vida. Estoy seguro de que usted comprenderá...
    Muy bien, no se hable más de ello. (Harland se levantó humildemente.) Déme usted un quarter... Ya no soy tan joven como antes y llevo dos días sin comer -murmuró mirándose los zapatos rotos.
    Extendió la mano para apoyarse en el pupitre. Felsius retrocedió contra la pared como para evitar un golpe. Con sus dedos temblorosos le alargó una moneda de cincuenta centavos. Harland la cogió, dio media vuelta sin decir palabra, y salió de la tienda dando traspiés. Felsius sacó del bolsillo un pañuelo con una lista violeta, se secó la frente y volvió a sus cartas.

    Nos tomamos la libertad de llamar la atención del comercio sobre cuatro productos Mullen extrafinos que recomendamos con toda confianza a nuestros clientes como un nuevo e incomparable punto de partida en el arte de manufacturar papel...

    Salieron del cine parpadeando en los deslumbrantes charcos de luz eléctrica. Cassie le miraba encender su cigarro, con los ojos entornados y las piernas abiertas. McAvoy era un hombre rechoncho, con cuello de toro. Llevaba una chaqueta de un solo botón, un chaleco a cuadros y un alfiler con cabeza de perro clavado en su corbata de brocado.
    -¡Qué asco de programa! -gruñó.
    -Oh, a mí me gustó mucho la película de viajes, Morris, aquellos aldeanos suizos bailando. Creía estar allí.
    -¡Pero hacía un calor!... Quisiera beber algo.
    -Vamos, Morris, ¿y tu promesa?-gimió ella.
    -Si digo un sodawater, no te intranquilices.
    -Oh, magnífico, a mí me encanta la soda.
    -Luego iremos a pasearnos por el parque. Cassie bajó las pestañas.
    -Como quieras, Morris -murmuró sin mirarle.
    Le cogió del brazo con su mano un poco temblorosa.
    -Si al menos no estuviera tan escaso de dinero...
    -Me es igual, Morris.
    -A mí no, caramba.
    En Columbus Circle entraron en un drugstore. Muchachas con trajes de verano verdes, violetas, rosa, jóvenes con sombrero de paja, esperaban en triple fila delante del mostrador. Cassie se quedó atrás mirándole con admiración abrirse paso entre la multitud. Detrás de ella un hombre inclinado sobre un velador hablaba con una muchacha. El ala de sus respectivos sombreros les tapaba la cara.
    -Entonces le dije: «A mí no me viene usté con ésas», y le entregué mi dimisión.
    -Quieres decir que te pusieron de patitas en la calle.
    -No, palabra, me despedí antes que me despidieran... Ese tío es un cerdo, ¿sabes?... No quiero deberle nada... Cuando salía de la oficina me llamó... «Joven, permítame que le diga una cosa: no llegará usté nunca a nada mientras no sepa usté quién es el amo en esta ciudad, mientras no se dé usté cuenta que no es usté.»
    Morris le alargaba un helado de vainilla con soda.
    -Soñando otra vez. Cassie, pajarita de las nieves...
    Sonriente, los ojos brillantes, cogió el vaso. El bebía un coca-cola.
    -Gwacias -dijo.
    Y sorbió una cucharadita de helado:
    -Mmmm... Morris está wiquísimo.
    El sendero entre las redondas manchas de los arcos voltaicos se hundía en la oscuridad. De las luces oblicuas y de las sombras espesas salía un olor a hojas polvorientas y a hierba pisada. De trecho en trecho la fresca fragancia de la tierra mojada, bajo los arbustos.
    -Oh, adoro el parque -moduló Cassie conteniendo un eructo-. ¿Ves, Morris? No debía haber tomado helado: me pwoduce siempwe gases.
    Morris no dijo nada. Le rodeó la cintura y se apretó tanto con ella que sus muslos se frotaban al andar.
    -¿Conque Pierpont Morgan ha muerto?... Si siquiera me hubiera dejado un par de millones...
    -¡Oh, Morris, sería estupendo! ¿Dónde viviríamos? En Central Park South, por supuesto.
    Se volvieron para mirar el resplandor de los anuncios luminosos de Columbus Circle. A la izquierda se veían luces a través de las cortinas de una casa. El miró furtivamente a un lado y a otro y la besó. Cassie evitó su boca a la fuerza.
    -No, puede vernos alguien -murmuró anhelante.
    En su interior, algo como un dínamo zumbaba, zumbaba.
    -Morris, me lo he estado guardando para decírtelo... Creo que Goldweiser me va a dar un número especial en su próxima obra. Es el director de escena de la segunda compañía de turnés y tiene mucha influencia con la empresa. Me vio bailar ayer.
    -¿Qué dijo?
    -Dijo que se las aweglaría para que me wecibiera el empwesario el lunes... Oh, pero no es eso, Morris, lo que yo quisiera hacer. Es todo tan vulgar, tan feo... ¡Y yo tan enamorada de las cosas bonitas! Siento dentwo de mí un no sé qué sin nombwe que aletea como un pájaro de hermoso plumaje en una jaula de hiewo.
    -Eso es lo que a ti te pasa; nunca harás nada bien, tienes demasiados humos.
    Ella le miró con ojos radiantes que brillaban en el polvo luminoso de un arco voltaico.
    -Oh, por amor de Dios, no llores. No he dicho nada.
    -Yo no tengo humos contigo, ¿sí o no, Morris?
    Cassie se enjugó los ojos.
    -Un poco, y bien que me molesta. Yo quisiera que mi nena fuese un tanto mimosa y zalamera. La vida no es sólo cerveza y sourkraud.
    Según iban andando, estrechamente abrazados, sintieron la roca bajo sus pies. Se encontraron en un montículo de granito rodeado de arbustos. Las luces de los edificios que flanqueaban el parque les daban en la cara. Se separaron sin soltarse las manos.
    -La chica del pelo rojo que vive en la calle 105, por ejemplo... Apuesto a que ésa no hace remilgos cuando está sola con un fulano.
    -Es una mujer tewible. Le importa poco su weputación. ¡Oh, eres twemendo, Morris!
    Se echó a llorar otra vez.
    El la atrajo hacia sí brutalmente y la apretó fuerte con las manos abiertas sobre su espalda. Cassie sintió sus piernas temblar, doblarse. Desfallecía en un abismo de colores. La boca del hombre no la dejaba respirar.
    -Cuidado -murmuró apartándose de ella.
    Con paso incierto bajaron por el sendero, entre los arbustos.
    -Creo que no era.
    -¿Qué, Morris?
    -Un guardia. ¡Dios, también es fatalidad esto de no tener dónde meterse! ¿No podríamos ir a tu cuarto?
    -Pero, Morris, todo el mundo se enteraría.
    -¡Y qué! Todos hacen lo mismo en esa casa.
    -Oh, cuando hablas así te detesto... El verdadero amor es puro ideal... Morris, tú no me quieres.
    -¿Y si aprobaras a no chincharme más, Cassie?... Es una broma esto de estar sin un cuarto.
    Se sentaron en un banco, a la luz. A sus espaldas, por el paseo, los autos se deslizaban, rápidos y silbantes, en dos largas hileras. Cassie le puso la mano en las rodillas y él se la cubrió con la suya, grande y nudosa.
    -Morris, me da el corazón que vamos a ser muy felices de aquí en adelante. Me lo da el corazón. Vas a encontrar un buen empleo. Estoy segura.
    -Yo no lo estoy tanto... Ya no soy joven, Cassie; no tengo tiempo que perder.
    -Oh, sí, tú eres muy joven aún, Morris, no tienes más que tweinta y cinco años... y cweo que alto extwaordinario va a suceder. Pwonto tendwé ocasión de bailar, ya verás.
    -Tú debías ganar más que la roja ésa.
    -Elaine Oglethorpe... No gana tanto. Pero yo no soy como ella. A roí no me importa el dinero. Yo quiero vivir para el arte.
    -Pues yo lo que quiero es dinero. Cuando uno tiene dinero puede hacer lo que le da la gana.
    -Pero, Morris, ¿no cwees que se puede hacer cualquier cosa si se pone uno a ello? Yo cweo que sí.
    El le pasó un brazo por la cintura. Poco a poco Cassie dejó caer la cabeza sobre su hombro.
    -Oh, me es igual -murmuró con los labios secos.
    A sus espaldas, limousines, roadsters, coches de turismo, cupés, se deslizaban por el paseo culebreando sin cesar en doble fila de luces.

    Estaba doblando la jerga azul, que olía a naftalina. Se agachó para colocarla en el baúl. Cuando pasó la mano para quitar las arrugas, crujió debajo el papel de seda. Las primeras luces violeta de la mañana enrojecían la bombilla como un ojo insomne. Ellen se enderezó de pronto y se quedó rígida con las manos en las caderas, la cara sofocada. «Realmente, es demasiado bajeza», dijo. Extendió una toalla sobre los vestidos y amontonó encima, de cualquier manera, cepillos, un espejo, zapatillas, camisas, cajas de polvos. Luego bajó de golpe la tapa del baúl, echó la llave y la guardó en su bolso de piel de cocodrilo. Miró distraída a su alrededor, chupándose una uña rota. La luz oblicua del sol doraba las chimeneas y las cornisas de las casas fronteras. Ellen contemplaba las iniciales E. T. O. en la tapa de su baúl. «Todo es una bajeza deplorable», volvió a decir. Luego cogió del tocador una lima para uñas y raspó la O. «Hecho», murmuró chasqueando los dedos. Después de ponerse un sombrero negro en forma de maceta y un velo, para que la gente no viera que había llorado, hizo un montón de libros, Youth's Encounter, Así hablaba Zaratustra, El asno de oro, Imaginary Conversations, Aphrodite, Les Chansons de Billits y el Oxford Book of French Verse, y los ató en un chal de seda.
    Llamaron tímidamente a la puerta.
    -¿Quién es?
    -Soy yo -contestó una voz lacrimosa.
    Ellen abrió la puerta.
    -¿Pero qué es eso, Cassie, qué te pasa? (Cassie se frotó la cara húmeda contra el cuello de Ellen). Oh, Cassie, me estás poniendo el velo hecho una sopa... ¿Qué diablos te sucede?
    -Me he pasado la noche en vela pensando en lo que estarás sufriendo.
    -Pero si en mi vida me he sentido tan feliz, Cassie...
    -Oh, los hombres son tewibles.
    -No... Son mucho mejores que las mujeres en todo caso.
    -Elaine, tengo algo que decirte. Ya sé que yo no te importo nada, pero de todos modos, te lo voy a decir.
    -¿No me has de importar, Cassie? No seas tonta. Pero ahora estoy ocupada... ¿Por qué no vuelves a tu cama y me lo cuentas después?
    -Tengo que decírtelo ahora. (Ellen, resignada, se sentó en el baúl.) Elaine, he woto con Morris... ¿No es howible?
    Cassie se secó los ojos con la manga de su bata malva y se sentó junto a Ellen en su baúl.
    -Mira, querida -dijo Ellen dulcemente-, ¿quieres esperar un momento? Voy a llamar un taxi. Quiero escapar antes que Jojo se levante. Estoy harta de escenas.
    El pasillo mal ventilado olía a sueño y a massage-cream. Ellen habló muy bajo al aparato. Una voz áspera de macho sonó agradablemente en sus oídos: «Al momento, señorita.» Volvió de puntillas al cuarto y cerró la puerta.
    -Yo pensé que me quería, de veras que lo pensé, Elaine. Oh, los hombwes son howibles: Morris estaba enojado porque no iba a vivir con él. A mí me parecía mal. Yo me hubiera matado twabajando por él, y él lo sabe. ¿No lo he estado haciendo ya dos años? Me dijo que no podía continuar así, si no era suya de veras. Ya supones lo que quería decir, y yo le wespondí que nuestwo amor era tan hermoso que podía durar así años y años. Yo sería capaz de amarle toda la vida sin besarle siquiera. ¿No cwees tú que el amor debe ser puro? Y entonces empezó a weírse de mis bailes y a decir que era la querida del Chalif y que le estaba tomando el pelo, y nos peleamos howiblemente y me llamó nombwes howibles y se marchó y dijo que no volvería más.
    -No te preocupes, Cassie, ya verás cómo vuelve.
    -No, es que tú eres muy materialista, Elaine. Quiero decir que espiritualmente nuestwa unión se ha woto para siempwe. ¿No ves que había algo espiritual, divino, entre nosotros y que se ha woto?
    Empezó a sollozar otra vez apretando la cara contra el hombro de Ellen.
    -Yo no sé, Cassie, qué diversión sacas de todo esto.
    -Oh, tú no compwendes. Eres demasiado joven. Yo era como tú, al pwincipio, sólo que no estaba casada y no me iba con los hombwes. Pero ahora busco la belleza espiritual. Y pwetendo encontwarla en mis bailes, en mi vida; busco la belleza por todas partes y cweí que Morris la buscaba también.
    -Pero es evidente que Morris la buscaba.
    -Oh, Elaine, qué mala eres, ¡y yo que te quiero tanto!
    Ellen se levantó.
    -Me voy corriendo abajo para que el del taxi no toque el timbre.
    -Pero no te puedes marchar así.
    -¿Que no? Ahora verás. (Ellen cogió el lío de libros en una mano y en la otra el neceser de cuero negro.) Oye, Cassie, ¿serás tan buena que le enseñes el baúl cuando suba por él?... Y otra cosa: cuando Stan Emery telefonée le dices que me llame al Brewoort o al Lafayette. Gracias que no metí mi dinero en el banco la semana pasada... Oye, y si encuentras alguna cosa mía por aquí, te quedas con ella... Adiós.
    Se levantó el velo y besó rápidamente a Cassie en las mejillas.
    -¡Oh, cómo puedes tener valor para marcharte así sola!... Quewás que Wuth y yo vayamos a verte alguna vez, ¿no?¡Te queremos tanto!... ¡Oh, Elaine, vas a hacer una carrera maravillosa, estoy segura!
    -Y prométeme no decir a Jojo dónde estoy... Ya se enterará demasiado pronto, de todas maneras... Le telefonearé dentro de una semana.
    En el portal encontró al chofer mirando los nombres sobre los timbres. Subió él por el baúl. Ella se instaló alegre, en el asiento de cuero del taxi, respirando a pleno pulmón el aire matinal, que olía a río. El chófer le sonrió jovialmente al descargar el baúl sobre el estribo.
    -Ya pesa, ya, miss.
    -Siento que haya tenido que bajarlo usted solo.
    -Oh, puedo con otros más pesados que éste.
    -Lléveme al Hotel Brewoort. Quinta Avenida, cerca de la calle 8.
    Cuando se agachó para poner el motor en marcha, el hombre se echó atrás la gorra, dejando caer el pelo rojo y rizoso sobre sus ojos.
    -All right, la llevaré donde quiera -dijo.
    Y saltó a su asiento. Cuando el taxi desembocó en el sol vacío de Broadway, una sensación de felicidad empezó a silbar dentro de ella como un cohete. El aire fresco, excitante, le azotaba la cara. El chófer, volviéndose, le hablaba por la ventanilla abierta.
    -Creí qu'iba usté a tomar el tren pa ir a algún sitio.
    -A algún sitio voy.
    -Buen día hace pa marcharse por ahí.
    -Me marcho de junto a mi marido.
    Las palabras se le escaparon de la boca antes de que pudiera retenerlas.
    -¿L'ha echao de casa?
    -No, no puedo decir que me ha echado -rió ella.
    -Mi mujer m'ha echao a mí hace tres semanas.
    -¿Cómo fue eso?
    -Cerró la puerta una noche que volví tarde y no me dejó entrar. Había cambiado la cerradura mientras yo estaba fuera trabajando.
    -¡Muy bonito!
    -Dice que agarro demasiaos tablones. No pienso volver con ella y no voy a sostenerla ya más... Que me mande a la cárcel si quiere. ¡Sanseacabó! Voy a alquilar un piso en la Avenida 22 con un compañero y vamos a tener un piano y a vivir tranquilos sin ocuparnos de faldas.
    -El matrimonio no es tan gran cosa que digamos, ¿eh?
    -Usté lo ha dicho. Lo que le lleva a uno a él, bueno está, pero casarse es como despertar de una borrachera.
    La Quinta Avenida estaba blanca y vacía y barrida por un viento rutilante. Los árboles de Madison Square, de un verde brillante, parecían helados en un cuarto oscuro. En el Brewoort, un mozo francés le cogió el equipaje. En el cuarto bajo pintado de blanco, el sol soñoliento se adormecía en un desteñido sillón rojo. Ellen se puso a correr como una chiquilla, levantando los talones y palmoteando. Con la cabeza ladeada y los labios fruncidos arregló sus objetos de toilette sobre el tocador. Luego colgó su camisón amarillo en una silla y se desnudó. Se vio en el espejo, y estuvo contemplándose desnuda, con las manos en sus pechos pequeños y duros como dos manzanas.
    Se puso el camisón y fue al teléfono. «Que suban un chocolate y panecillos al 108, lo antes posible, si hace el favor.» Luego se metió en la cama. Ya acostada, con las piernas abiertas entre las frescas sábanas, se echó a reír.
    Las horquillas le pinchaban la cabeza. Se incorporó, se las quitó todas y de una sacudida dejó caer sobre sus hombros la espesa mata de su pelo. Dobló las rodillas para apoyar en ellas la barbilla y se quedó pensativa, oyendo el estruendo intermitente de los camiones que pasaban por la calle. Abajo en las cocinas empezaba a oírse un ruido de platos. De todas partes subía, el murmullo de la ciudad que despertaba. Se sentía hambrienta y sola, siempre sola, en un océano rugiente. Un estremecimiento le corrió por la médula. Ellen apretó más aún las rodillas contra la barbilla.


    III. ESTRELLAS FUGACES

    El sol marcha hacia Jersey. El sol está detrás de Hoboken. Las tapas de las máquinas de escribir piñonean; los pupitres se cierran; los ascensores suben vacíos, bajan atestados. Bajamar en las calles céntricas, pleamar en Flatbush, Woadlawn, Dyckman Street, Sheespshead Bay, New Lots Avenue, Carnasie.
    Planas rosadas, planas verdes, planas grises. BOLETÍN DE LA BOLSA. RESULTADO DE LAS CARRERAS EN HAVRE DE GRACE. Los periódicos circulan entre caras cansadas por la vida de la tienda y de la oficina. Dedos y empeines doloridos, hombres de brazos robustos, empaquetados en metros expresos. SENATORS 8 GIANTS 2. UNA DIVA QUE RECUPERA SUS PERLAS. ROBO DE $ 800.000.
    Bajamar en Wall Street, pleamar en el Bronx.
    El sol se ha puesto en Jersey.

    -¡Santo Dios, no! -exclamó Phil Sandbourne dando un puñetazo en la mesa-. Yo no pienso así... La conducta privada de un hombre a nadie le importa. Lo que vale es el trabajo.
    -¿Entonces?
    -Entonces creo que Stanford White ha hecho por Nueva York como el que más. Nadie sabía aquí lo que era arquitectura antes de su llegada... Y cuando piensa uno que ese Thaw lo asesina a sangre fría y luego sale libre porque sí... Dios, si la gente de esta ciudad tuviera un tanto así de sangre en las venas...
    -Phil, te excitas por nada -dijo el otro, que, quitándose el cigarro de la boca, se tiró hacia atrás en su silla giratoria y bostezó.
    -¡Caramba!, necesito unas vacaciones. Lo bueno que sería hacer otra visita a aquellos viejos bosques de Maine...
    -¡Qué vas a esperar de abogados judíos y jueces irlandeses! -bramó Phil.
    -¡Para, cochero!
    -Bonito espécimen de ciudadano con espíritu de solidaridad eres tú, Hartly.
    Hartly se echó a reír y se pasó la mano por la calva.
    -Oh, todo eso está bien para el invierno, pero en verano no me hables de ello... ¡Qué diablos! Después de todo, yo no vivo más que para estas tres semanas de vacaciones. Por mí ya pueden cargarse a todos los arquitectos de Nueva York con tal que no suban la tarifa de los ferrocarriles de New Rochelle... Vamos a comer.
    Mientras bajaban en el ascensor Phil continuó:
    -Otro sólo he conocido, arquitecto hasta la médula de los huesos, el viejo Specker, con quien yo trabajé cuando por primera vez vine al norte, un gran tipo, danés él. El pobre diablo murió de un cáncer hace dos años. Ese sí que era un arquitecto. Tengo en casa los planos y descripciones de lo que él llamaba un edificio comunal... Setenta y cinco pisos de altura, que, achicándose, formaban terrazas con una especie de jardín colgante cada uno, hoteles, teatros, baños turcos, piscinas, almacenes, caloríferos, refrigeradores, un mercado, todo en el mismo edificio.
    -¿Comía?
    -No señor, no comía.
    Marchaban hacia el este por la calle 34, casi desierta en el bochorno del mediodía.
    -¡Dios! -saltó de repente Phil Sandbourne-, las mujeres están cada año más bonitas. Me gustan estas modas; ¿y a ti?
    -Claro. Lo que yo quisiera sería rejuvenecer cada año en lugar de envejecer.
    -Sí, ya casi lo único que podemos hacer nosotros los viejos es mirarlas pasar.
    -Afortunadamente para nosotros, porque si no nuestras mujeres nos perseguirían con sabuesos... Chico, ¡cuando pienso en tantas ocasiones perdidas!...
    Al cruzar la Quinta Avenida, Phil divisó a una mujer en un taxi. Bajo el ala negra de su sombrerito con escarapela roja, dos ojos grises fulguraron en los suyos. Se le cortó la respiración. El ruido del tráfico se perdía en la distancia. Que no vuelva los ojos. Dos pasos. Abrirla portezuela y sentarse junto a ella, junto a su esbeltez posada como un pájaro sobre el asiento. Chofer, a todo gas. Ella le tiende los labios; sus ojos parpadean, pájaros grises prisioneros... «¡Eh, cuidado!...» Un estruendo de hierro cae sobre él por detrás. La Quinta Avenida gira en espirales rojas, azules, púrpura. ¡Cristo! ¡Nada, no es nada; pudo levantarse solo! «Circulen, atrás». Voces, gritos, pilares azules de los policías. Su espalda, sus piernas están todas pegajosas de sangre. La Quinta Avenida palpita dolorosamente. Una campanilla se acerca tintineando, y cuando lo meten en la ambulancia la Quinta Avenida aúlla, da un alarido de agonía. El estira el cuello para verla, penosamente, como una tortuga patas arriba. ¿No la han apresado mis ojos con trampas de acero? Se sorprende lloriqueando. Debía haberse quedado para saber si me había muerto. El tintineo de la campanilla se pierde, cada vez más débil, en la noche.

    El timbre de alarma, en la acera de enfrente, no había dejado un momento de sonar. El sueño de Jimmy se había ensartado en el repiqueteo en duros nudos como cuentas en un hilo. Llamaron a la puerta y se despertó. Dio una vuelta y se incorporó. Stan Emery, a los pies de la cama, la cara gris de polvo, las manos en los bolsillos de una chaqueta de cuero rojo, se reía balanceándose de atrás adelante.
    -¿Pero qué hora es?
    Jimmy, sentado en la cama, se restregaba los ojos con los nudillos. Bostezando miró a su alrededor, con repugnancia, las paredes empapeladas de verde botella, la persiana resquebrajada que dejaba pasar una larga raya de sol, la chimenea de mármol cerrada por una plancha de hojalata con rosas pintadas, la bata azul deshilachada, las colillas espachurradas en el cenicero de cristal malva.
    La cara de Stan, toda roja, reía bajo una máscara de polvo.
    -Las once y treinta -dijo.
    -Total seis horas y media. Creo que basta. Pero Stan, ¿qué diablos haces aquí?
    -¿No tendrás un traguito de alguna cosa por ahí, Herf? Dingo y yo tenemos una sed espantosa. Venimos de Boston y no hemos parado más que una vez para tomar gasolina y agua. Llevo dos días sin acostarme. Voy a ver si puedo resistir toda la semana.
    -Pues yo quisiera resistir la semana entera en la cama.
    -Lo que tú necesitas, Herf, es una colocación en un periódico para tener algo de qué ocuparte.
    -Y a ti lo que te va a suceder, Stan (Jimmy se sentó en el borde de la cama)... es que el mejor día te vas a despertar sobre una losa del depósito de cadáveres.
    El cuarto de baño olía a dentífricos de otras personas y a desinfectantes de cloro. La esterilla del baño estaba mojada y Jimmy la dobló en cuadro antes de quitarse las zapatillas. El agua fría le activó la circulación. Zambulló la cabeza, salió de la bañera y se sacudió como un perro el agua que se le metía por los ojos y los oídos. Luego se puso la bata y se enjabonó la cara.

    Corre, corre,
    río al mar,

    tarareó desafinando mientras se raspaba la barbilla con la máquina de afeitar. M. Grover, siento decirle que la semana próxima tendré que presentar mi dimisión. Sí, me voy al extranjero. Voy de corresponsal de la A.P. En México por la U.P.A Jericó más bien, corresponsal en Halifax de la Multurtle Gazette. It was Christmass in the harem and the eunuchs all were there.

    ...desde los bordes del Sena
    hasta los de Saskatchewan.

    Se mojó la cara con listerina, lió sus chirimbolos en la toalla y volvió a su cuarto subiendo una escalera cubierta con una alfombra verde col. En mitad del pasillo se cruzó con la regordeta patrona, que paró de barrer para lanzarle una mirada glacial a las piernas que asomaban desnudas bajo la bata azul.
    -Buenos días, señora Maginnis.
    -Vaya calorcito que va a hacer hoy, señor Herf.
    -¡Ya lo creo!
    Stan, tumbado en la cama, leía La Révolte des Anges.
    -Caramba, lo que daría yo por saber idiomas como tú, Herf.
    -Chico, yo no sé ya nada de francés. Me cuesta mucho menos tiempo olvidarlos que aprenderlos.
    -A propósito: me han echado de la Universidad.
    -¿Cómo ha sido eso?
    -El decano me ha dicho que juzgaba preferible que no volviera el año próximo... Pensaba que había otros campos de actividad donde mi actividad podía ser más activamente activa... Ya conoces el percal. -Es una vergüenza.
    -¡Qué va! Yo estoy encantado. Le pregunté por qué no me había despedido antes si tenía tal opinión de mí. Papá se va a poner más triste que un cangrejo... pero tengo dinero bastante para no volver a casa en una semana. Además, me importa un pepino. ¿De veras que no tienes nada para beber?
    -Pero Stan, un pelanas como yo, ¿cómo va a tener una bodega con treinta dólares semanales?
    -Este cuarto es un tanto miserable... Tú debías haber nacido capitalista como yo.
    -El cuarto no es tan malo... lo que me vuelve loco es ese timbre de alarma en la acera de enfrente, que suena toda la noche.
    -Es por los ladrones, ¿no?
    -Si no puede haber ladrones; el local está desalquilado. Debe de haber algún contacto en los hilos o algo así. Yo no sé cuándo paró, pero te juro que esta mañana me sacó de quicio cuando vine a acostarme.
    -Bueno, James Herf, no pretenderás convencerme de que vuelves a casa sereno todas las noches, ¿eh?
    -Borracho o no, tendría que ser uno sordo para no oír ese condenado chisme.
    -Bueno, en calidad de rico accionista, te invito a almorzar. ¿Te has dado cuenta de que has tardado una hora justa en hacerte la toilette?
    Bajaron las escaleras, que olían a jabón de afeitarse, más abajo a pasta de limpiar dorados, más abajo aún, a tocino, a pelo chamuscado, y, por último, a basura y a gas carbónico.
    -Tú eres un tío de suerte, Herf, por no haber ido nunca a la Universidad.
    -Oye, tú, papanatas, ¿no me he graduado yo en Columbia? No podrías tú hacer otro tanto.
    La luz del sol inundó la cara de Jimmy al abrirse la puerta.
    -Eso no cuenta.
    -¡Dios, cómo me gusta el sol! -gritó Jimmy-. Si hubiera sido Colombia de veras...
    -¿Dices Hail Columbia?
    -No, digo Bogotá y el Orinoco y todo eso.
    -Yo conocí a un tipo que se fue a Bogotá. Tuvo que beber hasta reventar para no morir de elefantiasis.
    -Yo estoy dispuesto a exponerme a la elefantiasis y a la peste bubónica y al tifus con tal de salir de este agujero.
    -Ciudad de orgías, paseos y deleites.
    -¿Orgías?..., ¡un cuerno!..., como decimos allá arriba... ¿Te das cuenta tú de que yo he vivido toda mi vida, menos cuatro años de chico, en esta maldita ciudad, y que he nacido aquí y que aquí moriré probablemente?... Tengo buenas ganas de sentar plaza de marino y ver el mundo.
    -¿Qué te parece Dingo con su nueva pintura?
    -Muy chic. Con un poco de polvo parece un Mercedes.
    -Yo quería pintarlo de rojo como una bomba de incendio, pero el del garage me persuadió de que lo pintara de azul como un guardia... ¿No tienes inconveniente en que vayamos a tomar un cocktail de ajenjo a Mouquin?
    -¡Ajenjo de desayuno!... ¡Santo Dios!
    Viraron hacia el este por la calle 23, donde resplandecían los rectángulos de las ventanas, los óvalos de los coches del comercio, los ochos de os accesorios de níquel.
    -¿Cómo está Ruth, Jimmy?
    -Muy bien. Todavía sin contrata.
    -Fíjate, un Daimler.
    Jimmy gruñó algo ininteligible. Al doblar la esquina de la Sexta Avenida un policía los detuvo.
    -¡Ese escape libre! -gritó.
    -Voy al garage a arreglarlo. El silenciador se está cayendo.
    -Hace usted bien... La próxima vez, multa.
    -Chico, tienes una manera de salir del paso, Stan... ¡en todo! -dijo Jimmy-. Yo nunca puedo librarme de nada, y eso que tengo tres años más que tú.
    -Es un don.
    El restaurante olía jovialmente a patatas fritas y a cocktail, a cigarros y a cocktail. Hacía calor y el local estaba lleno de conversaciones y de caras sudorosas.
    -Oye, Stan, no muevas los ojos románticamente cuando hables de Ruth y de mí... Somos buenos amigos y nada más.
    -Te he preguntado por ella sin intención, pero de todos modos siento que me digas eso.
    -Ruth se ocupa sólo de su arte. Está tan loca por llegar que sacrifica todo lo demás.
    -¡Por qué diablos tendrá todo el mundo tantas ganas de llegar!... Me gustaría encontrar a alguien que quisiera fracasar. Eso es lo sublime.
    -Sí, cuando tiene uno una renta confortable.
    -Tonterías... ¡Vaya cocktail! Herf, creo que eres la única persona sensata en toda esta ciudad. Tú no tienes ambiciones.
    -¿Cómo sabes que no las tengo?
    -¿Pero qué va uno a hacer con el éxito después de obtenido? No te lo puedes comer ni beber. Comprendo, claro, que las personas que no tengan bastante guita para comer, etcétera, se desvivan por encontrarla. Pero el éxito...
    -Lo peor que a mí me pasa es que no sé bien lo que quiero; por eso ando dando vueltas, lo cual es desesperante y descorazonante.
    -Oh, Dios decide por ti. Bien lo sabes tú, pero no quieres reconocerlo.
    -Creo que lo que más deseo es salir de esta ciudad, después de poner una bomba bajo el Times Building.
    -Bueno, ¿y por qué no lo haces? Es tan sencillo como poner un pie delante del otro.
    -Pero falta saber qué dirección tomar.
    -Eso es lo que menos importa.
    -Luego, el dinero.
    -Oh, el dinero es la cosa más fácil de conseguir en el mundo.
    -Para el hijo mayor de Emery and Emery.
    -Mira, Herf, no es justo que me tires así a la cara las iniquidades de mi padre. Ya sabes que odio todo eso tanto como tú.
    -No te echo la culpa, Stan. Eres un chico de una suerte atroz, y nada más. Claro que yo también tengo suerte, mucha más suerte que la mayoría. Mi madre me dejó dinero bastante para vivir hasta los veintidós años, y aún me quedan algunos cientos de dólares para los días de apuros, y mi tío, ¡maldita sea su alma!, me encuentra nuevas colocaciones siempre que me despiden.
    -Bee, bee, la oveja descarriada.
    -Creo que tengo realmente miedo de mis tíos y de mis tías... Tienes que ver a mi primo James Merivale. Ha hecho siempre todo lo que le han dicho, y está floreciente como un verde laurel... La virgen prudente.
    -Y tú eres una de esas encantadoras vírgenes locas.
    -Stan, te está haciendo efecto el alcohol, empiezas a hablar como un negro.
    -Bee, bee...
    Stan dejó la servilleta en la mesa y se echó atrás lanzando una carcajada gutural.
    El olor repugnante del ajenjo subió del vaso de Jimmy como un rosal mágico. Lo sorbió arrugando la nariz.
    -Como moralista, protesto -dijo-. ¡Caray, es asombroso!
    -Yo lo que necesito es un whisky and soda para contrarrestar esos cocktails.
    -Te vigilaré. Yo soy un trabajador. Necesito distinguir entre las noticias que cuelan y las que no cuelan... Dios, no quiero empezar a hablar de eso. Todo ello es tan criminalmente estúpido... Bueno, ese cocktail es de los que tumban.
    -Inútil pensar en hacer esta tarde nada más que beber. Te quiero presentar a cierta persona.
    -¡Y yo que iba a sentarme honradamente y escribir un artículo!...
    -¿Sobre?
    -Oh, un camelo titulado «Confesiones de un reportero en canuto».
    -Oye, ¿es jueves hoy?
    -Sipi.
    -Entonces ya sé dónde estará.
    -Voy a librarme de todo esto -dijo Jimmy con aire sombrío- yéndome a Méjico a hacer fortuna... Estoy perdiendo lo mejor de mi vida pudriéndome en Nueva York.
    -¿Cómo vas a hacer fortuna?
    -El petróleo, el oro, robos en despoblado, cualquier cosa menos el periodismo...
    -Bee, bee, oveja descarriada, bee, bee.
    -Ya estás dejando de balar.
    -Emigremos. Vamos a que le arreglen el silenciador a Dingo.
    Jimmy se quedó esperando a la puerta del garage. La polvorienta luz de la tarde se retorcía en brillantes gusanos de fuego por su cara y por sus manos. Piedra gris, ladrillo rojo, asfalto flameante de letreros verdes y rojos, pedazos de papel en el arroyo, todo ello rodando a su alrededor, lentamente, en la bruma. Dos que lavaban coches hablaban detrás de él.
    -Sipi, yo ganaba una barbaridad hasta que topé con esa cochina.
    -Pues a mí me parece guapísima, Charley. Yo que tú tendría miedo... Pasada la primera semana es igual.
    Stan le dio un empujón por detrás, poniéndole las manos en los hombros.
    -El coche no estará arreglado hasta las cinco. Vamos a tomar un taxi... Hotel Lafayette -gritó al chofer al mismo tiempo que le daba a Jimmy una palmadita en la rodilla-. Bueno, Herf, hombre fósil, ¿a qué no sabes lo que el gobernador de Carolina del Norte le dijo al gobernador de Carolina del Sur?
    -No.
    -Entre trago y trago los minutos parecen horas.
    Stan, balando en sordina, entró en el café como una tromba.
    -Bee, bee... Ellie, aquí están las ovejas descarriadas -gritó riendo.
    De repente se quedó helado. Frente a Ellen, en la misma mesa, estaba su marido, con una ceja levantada y la otra casi confundida con las pestañas. Entre ellos se habían instalado una tetera descaradamente.
    -Hola Stan, siéntate -dijo ella muy tranquila.
    Después siguió sonriendo a Oglethorpe: «Estupendo, Jojo».
    -Ellie, te presento al señor Herf -dijo Stan con tono áspero.
    -Oh, tanto gusto. He oído hablar mucho de usted en casa de la señora Sunderland.
    Se quedaron callados. Oglethorpe golpeaba la mesa con la cucharilla.
    -¿Y cómo le va, señor Herf?-dijo con una sonrisa suntuosa-. ¿No recuerda usted cómo nos conocimos?
    -A propósito, Jojo, ¿cómo anda aquello?
    -A las mil maravillas, gracias. El amigo de Cassandra la ha plantado, y aquella criatura, la Costello, armó un escandalazo espantoso. Parece que la otra noche volvió con una curda, pero una curda fenomenal, y trató de meter al chofer en su cuarto, y el pobre hombre protestaba repitiendo que él no quería sino que le pagaran lo que marcaba el taxi... ¡Inenarrable!
    Stan se levantó fríamente y se marchó.
    Los otros tres se quedaron sentados sin hablar palabra. Jimmy hacía todos los esfuerzos posibles por estarse quieto en su silla. Iba ya a levantarse cuando una dulzura de terciopelo en los ojos de Ellen le detuvo.
    -Y Ruth, ¿está ya contratada, señor Herf?-preguntó.
    -No, todavía no.
    -¡Qué mala suerte!
    -Sí, es una vergüenza. Trabaja muy bien. Lo que pasa es que su humorismo exagerado le impide dar coba a los empresarios y al público.
    -¡Oh, el teatro es un asco!, ¿verdad, Jojo?
    -Nauseabundo, querida.
    Jimmy no podía apartar de ella la vista; sus manitas cuadradas, su cuello ceñido de oro entre la mata cobriza del pelo y el azul brillante del vestido.
    -Bueno, querida...
    Oglethorpe se puso en pie.
    -Jojo, yo me quedo aquí otro poco.
    Jimmy miraba de hito en hito los triángulos de charol que salían de los botines de ante de Jojo. Imposible que hubiera pies allí dentro. Jimmy se levantó bruscamente.
    -Oh, señor Herf, ¿no podría usted hacerme compañía quince minutos? Tengo que marcharme a las seis y me he olvidado de traer un libro y con estos zapatos no puedo andar.
    Jimmy se puso colorado y se volvió a sentar balbuceando:
    -Sí, desde luego, yo encantado... podemos beber algo.
    -Yo acabo de tomar mi té... ¿Pero por qué no toma usted un gin fizz? A mí me encanta ver a la gente tomar gin fizzes. Me da la ilusión de estar en los trópicos, sentada en un bosque de guinjos, esperando un barco que nos lleve por un río ridículamente melodramático todo bordeado de mangles.
    -Camarero, un gin fizz, haga el favor.

    Joe Harland se había ido escurriendo en su silla hasta descansar la cabeza sobre los brazos. Entre sus dedos grasientos, sus ojos seguían con angustia las líneas del mármol de la mesa. Reinaba el silencio en el lunch-room, pobremente iluminado por dos bombillas colgadas encima del mostrador, donde quedaban unas pocas tortas tapadas por una campana de cristal. Un hombre de chaqueta blanca dormitaba en un alto taburete. De cuando en cuando se le abrían los ojos en la masa gris de su cara, refunfuñaba y echaba una mirada alrededor. En la última mesa,.del otro lado, se veían hombros gibosos de hombres que dormían, caras arrugadas como periódicos viejos, reposando en los brazos a falta de almohada. Joe Harland se enderezó y bostezó.
    Una mujerona con impermeable pedía una taza de café en el mostrador. Tenía la cara llena de vetas rojas y violáceas como la carne podrida. Sosteniendo la taza cuidadosamente con ambas manos, la llevó hasta la mesa y se sentó frente a Joe Harland. Este dejó caer de nuevo la cabeza sobre sus brazos.
    -¡Eh, oiga!, ¿no hay servicio aquí?
    La voz de la mujer hirió los oídos de Harland como el chirrido de la tiza en un encerado.
    -¿Qué quiusté?-refunfuñó el del mostrador.
    -Me pregunta qué quiero... Yo no estoy acostumbrá a que m'hablen d'esa manera tan brutal.
    -Bueno, si quié usté algo, venga y cójalo... ¡Servicio a estas horas de la noche!...
    Harland percibía el olor a whisky que despedía el aliento de la mujer cuando suspiraba. Levantó la cabeza y la miró. Ella torció la boca en una sonrisa fofa e inclinó la cabeza hacia Joe.
    -Señor, yo no estoy acostumbrá que m'hablen d'esa manera tan brutal. Si mi marido viviera no s'atrevería. ¿Con qué derecho va a decirme a mí ese langostino cocido a qué horas de la noche debe ser servida una señora?(Echó la cabeza atrás y con la risa se le torció el sombrero). Eso, un langostino cocido... ¡Vamos, insultar a una señora con que si a estas horas de la noche!...
    Greñas de pelo gris con las puntas teñidas le caían por la cara. El de la chaqueta blanca se acercó a la mesa.
    -Oiga, tía McCree, la voy a poner en la calle si sigue usté molestando... ¿Qué quié usté?
    -Cinco centavos de buñuelos -lloriqueó lanzando a Harland una mirada de soslayo.
    Joe Harland metió otra vez la cabeza en el hueco de sus brazos y trató de dormirse. Oyó poner el plato, luego el mordisqueo de una boca sin dientes y, de cuando en cuando, los sorbetazos que la mujer daba a su taza de café. Había entrado un nuevo parroquiano y hablaba con el del mostrador en voz baja y gruñona.
    -Señor, señor, ¿no es horrible tener ganas de beber?
    El levantó de nuevo la cabeza y se encontró con los ojos de la borracha, de un azul borroso de leche bautizada.
    -¿Qué vas a hacer ahora, vida mía?
    -¡Dios sabe!
    -¡Virgen santísima, qué bueno sería tener una cama, una camisa de encajes y un buen mozo como tú, vida... señor!
    -¿Nada más?
    -Oh, señor, si mi pobre marido viviera no dejaría que me tratasen como me tratan. Perdí a mi marido en el General Slocum. Parece que fue ayer.
    -¡Feliz él!
    -Pero murió en pecado, sin sacerdote, querido. Es horrible morir en pecado.
    -¡Pardiez!, quiero dormir.
    La voz débil, chirriante, monótona, le hacía rechinar los dientes.
    -Los santos están de punta conmigo desde que perdí a mi marido en el General Slocum. Yo no había sido una mujer honrada... (Vuelta a llorar.) La Virgen, los santos y los mártires están de punta conmigo, todo el mundo lo está... Oh, ¿nadie querrá tratarme amablemente?
    -Yo quiero dormir... ¿No se puede usted callar?
    La mujer se agachó y buscó a tientas su sombrero por el suelo. Seguía sentada, frotándose los ojos con los nudillos hinchados y mugrientos.
    -¿Señor, no quiere usted tratarme amablemente?
    Joe Harland se puso de pie respirando fuertemente.
    -¡Pardiez!, ¿no puede usted callarse?
    Su voz se quebró en un gemido.
    -¿En dónde le dejarán a uno en paz? En ninguna parte.
    Se encasquetó la gorra hasta los ojos, hundió las manos en los bolsillos y salió a la calle arrastrando los pies. En Chatham Square, el cielo, de un violeta rojizo, brillaba a través del enrejado de las vías del elevado. Las luces eran dos filas de botones de latón en la soledad de Bowery.
    Un policía pasó balanceando su porra. Joe Harland sintió que le miraba, y afectó un paso vivo y determinado como si fuera a alguna parte, a sus negocios.

    -Y bien, señorita Oglethorpe, ¿qué le parece?
    -¿Qué me parece qué?
    -Ya sabe usted... Ser una estrella fugaz.
    -Oh, no sé nada, señor Goldweiser.
    -Las mujeres lo saben todo pero no quieren confesarlo.
    Ellen, con un traje de seda verdenilo, está sentada en una poltrona, al fondo de un largo salón donde resuenan conversaciones y tintinean las arañas y las joyas, donde se mueven las manchas negras de los smokings y los colorines festoneados de plata de los trajes femeninos. La curva de la nariz de Harry Goldweiser se une directamente con la curva de su calva, y su enorme trasero sobresale de un taburete triangular dorado. Cuando habla a Ellen sus ojillos pardos se clavan en su cara como antenas. Cerca de ellos una mujer huele a sándalo. Otra, con labios de naranja y mejillas de yeso bajo un turbante anaranjado, pasa hablando con un hombre de barba en punta. Otra, de perfil de halcón y pelo rojo, se acerca por detrás a un señor y le pone la mano en el hombro. «Oh, ¿cómo está usted, señorita Cruikshandk? ¿Es sorprendente, verdad, que todo el mundo se encuentre siempre en el mismo sitio y al mismo tiempo?» Ellen, sentada en su butaca, escucha adormilada, sintiendo la frescura de los polvos en la cara y en los brazos, la suavidad del carmín en los labios. Su cuerpo, recién bañado, está fresco como una violeta bajo el vestido de seda, bajo la ropa interior de seda. Ellen, sentada, sueña, escucha adormilada. De repente, una algarabía de voces masculinas la rodea. Ella se incorpora, fría y blanca, fuera de alcance, como un faro. Las manos de los hombres trepan como insectos por el cristal irrompible. Las miradas de los hombres voltejean y se estrellan contra él inútilmente, como mariposas. Pero en lo más hondo del abismo interior, negro como la pez, hay algo que resuena como una bomba de incendios.

    George Baldwin estaba en pie junto a la mesa del desayuno, con un número del New York Times doblado en la mano.
    -Bueno, Cecily -decía-, tenemos que tomar estas cosas sensatamente.
    -¿No ves tú que estoy haciendo todo lo posible por ser juiciosa?-dijo ella haciendo pucheros.
    El seguía mirándola sin sentarse, enrollando una punta del periódico entre el índice y el pulgar. La señora Baldwin era una mujer alta, con un moño cuidadosamente rizado. Sentada ante el servicio de plata, manoseaba el azucarero con sus dedos blancos como setas que terminaban en agudas uñas rosadas.
    -George, no puedo resistir más, ya está.
    La señora Baldwin apretó fuertemente sus labios temblorosos.
    -Tú exageras, querida.
    -¿Cómo que exagero?... Esto significa que nuestra vida ha sido una sarta de mentiras.
    -Pero Cecily, nosotros nos queremos.
    -Te casaste conmigo por mi posición social, tú lo sabes... Yo fui lo bastante boba para enamorarme de ti. Muy bien. Se acabó.
    -No es verdad. Yo te quería sinceramente. ¿No recuerdas cómo sufrías tú por no poder quererme de veras?
    -¡Qué bruto, recordarme eso!... ¡Oh, es horrible!
    La doncella trajo de la cocina huevos y tocino en una bandeja. Marido y mujer se miraban sin decirse nada. La doncella salió y cerró la puerta. La señora Baldwin apoyó la frente sobre el borde de la mesa y empezó a llorar. Baldwin contemplaba los titulares del periódico:

    EL ASESINATO DEL ARCHIDUQUE TENDRÁ GRAVES
    CONSECUENCIAS. EL EJERCITO AUSTRIACO, MOVILIZADO

    Dio la vuelta a la mesa y posó su mano en el pelo rizoso de ella.
    -¡Pobre Cecily mía! -dijo.
    -No me toques.
    Salió corriendo del cuarto con el pañuelo en la cara. El se sentó, se sirvió huevos y tocino, tostadas, y se puso a desayunar; todo sabía a papel. Dejó de comer para garrapatear una nota en un cuadernillo que llevaba siempre en el bolsillo superior de la chaqueta, detrás del pañuelo: Ver asunto Collins Arbuthnot, N. Y. S. C. Apel. Div.
    Un ruido de pasos en el hall le hizo aguzar los oídos; luego el clic de una cerradura. El ascensor acababa de bajar. Descendió a escape los cuatro pisos. En el vestíbulo, a través de la puerta de cristal y hierro forjado, la vio al borde de la acera, en pie, alta y tiesa, poniéndose los guantes. Baldwin salió corriendo y la tomó de la mano en el mismo momento en que llegaba un taxi. El sudor le perlaba la frente y le hacía cosquillas bajo el cuello almidonado. Se dio cuenta de lo ridículo que estaba con la servilleta en la mano frente al portero negro que le saludaba burlonamente: «Buenos días, señor Baldwin; parece que va a hacer un día espléndido.» Teniéndola fuertemente agarrada de la mano, murmuró entre dientes:
    -Cecily, tengo que decirte una cosa. ¿No puedes esperar un minuto? Luego iremos juntos al centro... Espere cinco minutos, haga el favor -dijo al chofer-. Bajamos en seguida.
    Sin soltarle la muñeca la condujo de nuevo al ascensor. Ya en el hall de su piso, ella le miró de repente, cara a cara, con ojos que echaban llamas.
    -Entra, Cecily -dijo él dulcemente, y después de cerrar la puerta de la alcoba con llave-: Ahora hablemos tranquilamente. Siéntate, querida.
    Le puso una silla detrás. Ella se sentó bruscamente, tiesa como una marioneta.
    -Mira, Cecily, tú no tienes derecho a hablar así de mis amigas. La señora Oglethorpe es una amiga mía. De cuando en cuando tomamos té juntos en lugares completamente públicos y nada más. Yo la hubiera invitado aquí, pero temí que estuvieras grosera con ella... No puedes continuar así, dejándote llevar de tus locos celos. Yo te doy libertad completa y tengo en ti absoluta confianza. Creo que tengo derecho a esperar la misma confianza de tu parte... Cecily, vuelve a ser la niña razonable de antes. Has estado dando oídos a lo que inventa un hatajo de brujas viejas, con mala voluntad, para hacerte desgraciada.
    -Es que no es la única.
    -Cecily, confieso francamente que hubo veces, poco después de casarnos... Pero todo eso acabó hace años... ¿Y quién tuvo la culpa?... Oh, Cecily, una mujer como tú no puede comprender las exigencias físicas de en hombre como yo.
    -¿No hice cuanto pude?
    -Querida, estas cosas no son culpa de nadie... Yo no te culpo a ti... Si me hubieras querido de veras, entonces...
    -¿Por quién crees que estoy en este infierno sino por ti?¡Oh, eres un bruto!
    Cecily estaba sentada, mirándose los pies calzados de ante, torciendo y retorciendo entre sus dedos la cuerda húmeda de su pañuelo.
    -Mira, Cecily, un divorcio sería muy perjudicial para mi situación en este preciso momento, pero si tú realmente no quieres seguir viviendo conmigo, veré de arreglarlo... Pero, sea como sea, debes tener más confianza en mí. Tú sabes que te aprecio. Y, por amor de Dios, no vayas a contárselo a nadie sin decírmelo primero. Tú no querrás un escándalo ni salir en letras de molde, ¿verdad?
    -Bueno... Déjame sola... Todo me es igual.
    -Muy bien... Ya se me ha hecho tarde. Iré al centro en ese taxi. ¿Tú no quieres venir de compras?
    Ella dijo que no con la cabeza. Baldwin la besó en la frente, tomó su sombrero de paja y su bastón en el hall y salió disparado.
    -¡Oh, soy la mujer más desgraciada! -murmuró ella poniéndose de pie.
    Le dolía la cabeza como si le apretara un círculo de hierro candente.
    Se asomó a la ventana a tomar el sol. Al otro lado de Park Avenue, el cielo azul de llama estaba rayado por la roja armazón de vigas de un nuevo edificio. Remachadoras de vapor repiqueteaban ruidosamente. De cuando en cuando silbaba una cabria. Se oía un rechinar de cadenas y otra viga se alzaba de través en el aire. Hombres con overalls azules iban y venían por los andamios. Más allá, hacia el noroeste, subían las nubes abriéndose compactas como coliflores. ¡Oh, si al menos lloviera!... Apenas había tenido tiempo de pensarlo, cuando el sordo tableteo de un trueno apagó el estrépito del tráfico y del edificio en construcción. ¡Oh, si al menos lloviera!...

    Ellen acababa de colgar una cortina de zaraza en la ventana para ocultar con su dibujo de flores moradas la vista de los patios y muros de ladrillo de las casas del centro. En medio del cuarto vacío había un cofre diván colmado de tazas de té, un anafe de cobre y una cafetera. El amarillo entarimado era un revoltijo de recortes de zaraza y de argollas. En un rincón, libros, vestidos y sábanas caían como una catarata de un baúl. Una escoba junto a la chimenea despedía un olor de aceite de cedro. Ellen, con un quimono color narciso, apoyada contra la pared, miraba alegremente el cuarto en forma de caja de zapatos, cuando el timbre la sobresaltó. Se recogió un mechón de pelo que le colgaba por la frente y apretó el botón que abría el picaporte. Tocaron discretamente a la puerta. Una mujer apareció en la oscuridad del hall.
    -¡Hola, Cassie, no te reconocía! Entra... ¿Qué te pasa?
    -¿Estás segura de que no estorbo?
    -De ningún modo.
    Ellen se inclinó para darle un beso de pájaro. Casandra Wilkins estaba muy pálida. Sus párpados temblaban nerviosamente.
    -Puedes darme un consejo. Estoy colgando las cortinas... Mira, ¿te parece que ese morado va bien con el gris de la pared? A mí me resulta un poco raro.
    -Yo creo que está precioso. ¡Qué cuarto tan mono! ¡Y qué feliz vas a ser en él!
    -Pon ese hornillo en el suelo y siéntate. Voy a hacer té. Hay una especie de baño-cocina ahí en la alcoba.
    -¿Estás segura de que no te servirá de molestia?
    -Claro que no... Pero, Cassie, ¿qué te pasa?
    -Oh, todo... He venido para contártelo, pero no puedo. No se lo puedo decir a nadie.
    -Estoy encantada con este pisito. Figúrate, Cassie, que es la primera casa mía, completamente mía. Papá quería que viviera con él en Passaic, pero yo comprendí que no podía.
    -¿Y qué hace el señor Oglethorpe ¡Oh, qué impertinencia mía!... Perdóname, Elaine. Estoy casi loca. No sé lo que me digo.
    -¡Oh, Jojo es un encanto! Está dispuesto a que me divorcie de él si quiero... ¿Lo harías tú en mi caso?
    Sin esperar respuesta, desapareció por entre las dos hojas de la puerta. Cassie se quedó encogida en el borde del diván.
    Ellen volvió con una tetera azul en una mano y una cacerola de agua hirviendo en la otra.
    -¿No te importa tomarlo sin crema ni limón? Hay un poco de azúcar en el aparador. Las tazas están limpias porque acabo de lavarlas. ¿No crees que son bonitas?¡Oh, no puedes imaginarte qué bien y qué hogareña se siente una teniendo un piso propio! Detesto la vida de hotel. De veras, este piso me hace sentirme tan mujer de mi casa... Claro, lo ridículo es que probablemente tendré que dejarlo o subarrendarlo en cuanto lo tenga decentemente puesto. Salimos de turné dentro de tres semanas. Yo quisiera zafarme, pero Harry Goldweiser no me deja.
    Cassie tomaba sorbitos de té con la cucharilla. Empezó a llorar dulcemente.
    -Vamos, Cassie, desembucha, ¿qué te pasa?
    -¡Oh, tú eres tan feliz en todo, Elaine, y yo soy tan desgwaciada!...
    -Pues yo siempre pensé que en cuestión de mala suerte me llevaba el premio. Pero ¿qué ocurre?
    Cassie dejó la tasa y se apretó el cuello con ambas manos.
    -Pues, mira... -dijo con voz ahogada-, cweo que voy a tener un chico.
    Bajó la cabeza hasta las rodillas y sollozó.
    -¿Estás segura? Todo el mundo pasa sustos.
    -Yo quería quenuestwoamor fuerasiempwepuro y bello, pero él me dijo que no volvería a verme si yo no... y lo odio.
    Soltaba las palabras una a una entre sollozos llenos de lágrimas.
    -¿Por qué no os casáis?
    -No quiero. No puedo. Estorbaría mi carrera.
    -¿Cuánto hace que lo sabes?
    -Oh, diez días o más. Estoy segura de que es eso... Y yo no quiero nada más que mi arte.
    Paró de sollozar y siguió bebiendo té a traguitos.
    Ellen iba y venía por delante de la chimenea.
    -Mira, Cassie, de nada sirve acalorarse por las cosas, de nada. Conozco a una mujer que te sacará de apuros... Reanímate, por favor.
    -No podwía, no podwía... (El platillo se escurrió de sus rodillas y se rompió en dos en el suelo.) Dime, Elaine, ¿has pasado tú por esto alguna vez?... Cuánto lo siento. Te compwaré otwo platillo, Elaine.
    Se puso en pie vacilante y dejó la taza y la cucharilla en el aparador.
    -Oh, claro que sí. A poco de casarnos lo pasé muy mal...
    -Oh, Elaine, todo esto es odio, ¿verdaw? La vida sería tan bella, tan libre, tan natural sin esto... Yo siento el howor que cuece dentwo de mí, que me mata.
    -Las cosas son así -dijo Ellen con aspereza. Cassie lloraba otra vez.
    -Los hombres son tan bwutos, tan egoístas...
    -¿Otra taza de té, Cassie?
    -Oh, no podwía. Querida, siento unas náuseas mortales... Oh, cweo que voy a ponerme enferma.
    -El baño está pasada esa puerta a la izquierda.
    Ellen se paseaba de arriba abajo con los dientes apretados. Detesto a las mujeres, las detesto.
    Al cabo de un rato, Cassie volvió al cuarto, con la cara de un blanco verdoso, mojándose la frente con un trapo.
    -Aquí, acuéstate aquí, pobrecilla -dijo Ellen haciendo sitio en el diván-. Ahora te sentirás mucho mejor.
    -Oh, ¿me perdonarás tanta molestia como te causo?
    -Estate quieta tendida un minuto y olvídate de todo.
    -¡Oh, si al menos pudiera descansar!...
    Ellen tenía frías las manos. Se asomó a la ventana. Un chiquillo con un traje de cowboy corría por el patio agitando una cuerda de tender. Tropezó y cayó. Ellen lo vio levantarse con la cara llena de lágrimas. En el patio de más allá, una mujer cachigordeta y pelinegra tendía la ropa.
    Los gorriones piaban y reñían en la valla.
    -Elaine, querida mía, ¿tienes polvos? He perdido mi polvera. Ellen se volvió.
    -Creo... Sí, hay en la chimenea... ¿Te encuentras mejor ahora, Cassie?
    -Oh, sí -dijo Cassie con voz temblorosa-. Y una barra de carmín, ¿tienes?
    -Lo siento mucho..., nunca me doy coba en la calle. Tendré que hacerlo pronto si continúo trabajando en el teatro.
    Entró en la alcoba para quitarse el quimono, se puso un sencillo traje verde, se recogió el pelo y se encasquetó un sombrero negro.
    -Vamos, Cassie. Tengo que comer a las seis... No me gusta engullir la cena cinco minutos antes de la función...
    -¡Oh, tengo un miedo!... Prométeme que no me dejarás sola.
    -¡Oh, no te hará nada hoy! A lo sumo te reconocerá y quizá te de algo para tomar... Espera, ¿he tomado la llave?
    -Tendremos que tomar un taxi. Y no tengo más que seis dólares para toda la vida.
    -Yo haré que papá me dé cien dólares para comprar muebles. Todo se andará.
    -Elaine, eres la criatura más angelical del mundo... Te mereces todo el éxito que tienes.
    En la esquina de la Sexta Avenida tomaron un taxi. A Cassie le castañeteaban los dientes.
    -Por favor, dejémoslo para otro día. Estoy demasiado atemorizada para ir ahora.
    -Hija mía, es lo único que se puede hacer.

    Joe Harland, con la pipa en la boca, cerró los portones de madera y pasó el cerrojo. Una mancha granate del sol poniente palidecía en el alto muro de la casa frontera a la excavación. Los brazos de las grúas se destacaban negros contra el muro. Harland, apoyado contra el portón, seguía chupando su pipa apagada. Su mirada se perdía en los montones de picos y palas. El pequeño cobertizo donde se guardaba el torno y las perforadoras de vapor, estaba encaramado en una roca hendida, como una cabaña de pastores. El lugar le parecía apacible a pesar del estrépito de la calle que se colaba a través de la valla. Entró en la caseta próxima al portón, donde estaba el teléfono, se sentó en una silla, vació su pipa, la llenó y la encendió; luego abrió el periódico sobre sus rodillas.

    LOS CONTRATISTAS PREPARAN EL LOCK-OUT EN RESPUESTA
    A LA HUELGA DE CONSTRUCTORES

    Bostezó echando hacia atrás la cabeza. La luz azul era demasiado oscura para leer. Se quedó un largo rato contemplando las punteras cuadradas de sus botas. Su cabeza era un confortable vacío almohadillado. De repente se vio de etiqueta, con chistera y una orquídea en el ojal. El Brujo de Wall Street miró su cara roja toda rayada, el pelo gris bajo la gorra tiñosa, las gruesas manos con los nudillos mugrientos e hinchados, y desapareció con una risa amarga. Recordó vagamente el perfume de un Corona-Corona mientras buscaba en el bolsillo del chaquetón la lata de Prince Albert para rellenar la pipa. «¿Qué importa, después de todo?», dijo en voz alta. Al encender una cerilla, la noche se puso súbitamente negra como la tinta. Apagó la cerilla. La pipa era un pequeño volcán rojo que chisporroteaba discretamente a cada chupada. Fumaba muy despacio, inhalando profundamente. Los altos edificios de alrededor estaban nimbados por el resplandor rojizo de las calles y de los anuncios eléctricos. Cuando miraba hacia arriba, a través del vacilante velo de luz reflejada, veía el cielo azul-negro y las estrellas. El tabaco era dulce. Joe se sentía feliz.
    La punta incandescente de un cigarro cruzó la puerta de la caseta. Harland salió con su linterna en la mano, y la alzó hasta la cara de un joven rubio, de nariz y labios gruesos, con un cigarro en la boca.
    -¿Cómo ha entrado usted aquí?
    -La puerta de al lado estaba abierta.
    -¡Qué diablos iba a estar! ¿Qué busca usted aquí?
    -¿Es usté el sereno?(Harland dijo que sí con la cabeza.)
    -Tanto gusto... ¿Un cigarro?... Quería echar un párrafo con usté... Yo soy el organizador de la sección 47, ¿sabe? Déjeme ver su tarjeta.
    -No soy de la Unión.
    -Bueno, s'hará Listé, ¿verdad?... Nosotros los del gremio de constructores debemos agruparnos. Estamos tratando de reunir a todo el mundo, desde los serenos hasta los inspectores, para oponer un sólido frente a la amenaza del lock-out.
    Harland encendió su cigarro.
    -Mire, joven, está usted gastando saliva conmigo. Siempre necesitarán un sereno, con huelga o sin ella. Yo soy viejo, no tengo ya fuerza para luchar. Este es el primer empleo decente que he conseguido en cinco años, y tendrán que matarme para quitármelo... Todo eso está bien para los chicos como usted. Yo no me meto en nada. Tratar de organizar a los serenos es gastar saliva en balde, se lo puedo asegurar.
    -Oiga, no habla usté con Uno del oficio.
    -Quizá no lo sea.
    El joven se quitó el sombrero y se pasó la mano por la frente y por su espeso pelo rapado.
    -¡Caramba, cómo suda uno discutiendo!... Buena noche, ¿eh?
    -Sí, muy hermosa.
    -Yo me llamo O'Keefe, Joe O'Keefe... Apuesto que podría usted contarme una porción de cosas, ¿eh?-dijo tendiendo la mano.
    -Yo me llamo Joe también... Joe Harland... Hace veinte años este nombre significaba algo.
    -Dentro de veinte años...
    -Oiga, tiene usted un tipo bien raro de delegado ambulante... Escuche usted el consejo de este viejo antes que le ponga en la calle... Esa no es manera de abrirse camino en el mundo.
    -Los tiempos cambian, ¿sabe usté?... Hay personajes de importancia que sostienen la huelga. Precisamente esta misma tarde he estado hablando de la situación con el asambleísta McNiel.
    -Pues yo le digo francamente que si hay algo que pueda perderle a uno aquí es esa cuestión del trabajo... Algún día recordará usted esto que un viejo borracho le dice, pero será tarde ya.
    -Ah, era eso... alcoholismo, ¿eh? Pues es una cosa que no me asusta. Yo no lo cato; bebo sólo cerveza, y eso por cortesía.
    -Mire, joven, los detectives de la compañía saldrán pronto a hacer la ronda. Mejor sería que se fuera usted largando.
    -A mí no me dan miedo esos malhadados detectives... Bueno, hasta pronto; vendré a verlo un día de éstos.
    -Cierre la puerta cuando salga.
    Joe Harland sacó un poco de agua de un depósito de lata, se arrellanó en su silla, estiró los brazos y bostezó. Las once. Estarán saliendo de los teatros hombres de etiqueta, mujeres descotadas; los hombres se irán a casa con sus mujeres o con sus queridas; la ciudad se va a la cama. Taxis tocan la bocina y rechinan del otro lado de la valla. En el cielo vibra el polvillo de oro de los anuncios eléctricos. Joe tiró la colilla de su cigarro y la aplastó con el tacón. Sintió un escalofrío y se puso en pie; luego dio una vuelta por el solar balanceando su linterna.
    La luz de la calle amarilleaba vagamente un enorme anuncio donde se destacaba un rascacielo blanco con ventanas negras, contra un cielo azul manchado de nubes blancas: «SEGELAND HAYNES levantarán en este sitio un moderno EDIFICIO DE VEINTICUATRO PISOS PARA OFICINAS, que podrá ocuparse en enero de 1915. Se alquilan locales. Darán informes...»

    Sentado en un diván verde, Jimmy Herf leía a la luz de una bombilla, que alumbraba un rincón del cuarto desnudo. Había llegado ala muerte de Oliver en Jean Christophe, y leía con un nudo en la garganta. En su memoria persistía el murmullo del Rin royendo sin cesar el pie de jardín de la casa donde Jean Christophe había nacido. Europa era en su mente un parque verde, lleno de músicas, de banderas rojas, de multitudes en marcha. De vez en cuando el silbido de un vapor en el río penetraba en el cuarto, apagado, blando como la nieve. De la calle subía el clamor de los taxis y el rechinar de los tranvías. Llamaron a la puerta.
    Jimmy se levantó, los ojos turbios y ardientes de leer.
    -Hola, Stan, ¿de dónde demonios vienes?
    -Herfy, estoy borracho como una cuba.
    -¡Vaya una novedad!
    -Venía solamente a darte el boletín meteorológico.
    -Mira, quizá puedas explicarme por qué en este país nadie hace nada. Nadie escribe música, nadie hace revoluciones, nadie se enamora. Lo que todos hacen, eso sí, es emborracharse y contar porquerías. A mí me parece esto asqueroso...
    -Oye, oye, habla por ti. Yo voy a dejar de beber. Es monótono... Di, ¿tienes cuarto de baño?
    -Claro que sí. ¿De quién crees que es este piso?, ¿mío?
    -¿De quién, pues?
    -Pertenece a Lester. Yo me he quedado cuidándolo mientras él se pasea por el extranjero, el muy chambón.
    Stan empezó a desnudarse, dejando caer la ropa en un montón a sus pies.
    -Me gustaría ir a nadar. ¿Por qué diablos las personas vivirán en las ciudades?
    -¿Por qué sigo yo arrastrando una existencia miserable en esta ciudad imbécil y epiléptica?... Esto es lo que yo quisiera saber.
    -«Llévame al baño, Horacio, esclavo» -vociferó Stan, que, en pie sobre el montón de sus ropas, moreno, con los músculos redondos y firmes, se tambaleaba un poco, efecto de la borrachera.
    -Está ahí mismo, por esa puerta.
    Jimmy sacó una toalla de su baúl de camarote, en el rincón del cuarto, se la tiró, y luego tornó a su lectura.
    Stan volvió a entrar en el cuarto, chorreando, hablando a través de la toalla.
    -¿Qué te parece?... Se me olvidó quitarme el sombrero. Oye, Herfy, tengo que pedirte un favor, ¿lo harás?
    -Desde luego, ¿qué es?
    -¿Podría quedarme en tu cuarto esta noche?
    -Pues, claro que sí.
    -Digo, con otra persona.
    -Todo lo que quieras. Puedes traerte el coro de Winter Garden entero y nadie se enterará. Y en caso de necesidad, tienes una salida al callejón por la escalera de incendios. Yo me iré a la cama y cerraré la puerta, de modo que este cuarto y el baño quedan a vuestra disposición.
    -Comprendo que es una imposición de mi parte; pero el marido está que bufa y hay que andarse con cuidado.
    -Y mañana no te preocupes. Yo me escabulliré temprano y así os quedaréis a vuestras anchas.
    -Bueno, me voy. Hasta luego.
    Jimmy tomó su libro, se fue a una habitación y se desnudó. Su reloj marcaba las doce y cuarto. La noche estaba bochornosa. Después de apagar la luz, se quedó un buen rato sentado en el borde de la cama. Las sirenas lejanas del río le ponían carne de gallina. En la calle oía pisadas, voces de hombres y mujeres, risas apagadas de parejas que volvían a sus casas. Un gramófono tocaba Secondhand Rose. Se tendió de espaldas encima de la colcha. Por la ventana entraba con el aire la acidez de las latas de basura, un olor a gasolina quemada, a tráfico, a calles llenas de polvo, el tufo de habitaciones mal ventiladas, palomares donde cuerpos de hombres y mujeres se retorcían solos, torturados por la noche del naciente estío. Estaba tendido con los ojos secos. Su cuerpo, estremecido de angustia, ardía como un metal al rojo vivo.
    Una voz alterada de mujer le despertó. Alguien empujaba la puerta.
    -No quiero verle, no quiero verle. Jimmy, por amor de Dios, salga usted a hablarle. Yo no quiero verle.
    Elaine Oglethorpe, envuelta en una sábana, entró en el cuarto. Jimmy se tiró de la cama.
    -¿Qué ocurre?
    -¿No hay aquí un ropero o cosa así?... No quiero hablar a Jojo cuando está en ese estado.
    Jimmy se ajustó el piyama.
    -Sí, hay un ropero a la cabecera de la cama.
    -Naturalmente... Ahora, Jimmy, sea usted un ángel, háblele y arrégleselas para que se marche.
    Jimmy, todo aturdido, pasó al cuarto contiguo.
    -¡Zorra, zorra! -gritaba una voz desde la ventana.
    Las luces estaban encendidas. Stan, envuelto como un indio en una manta de rayas grises y rojas, estaba agazapado entre dos divanes convertidos en amplia cama. Miraba impasiblemente a John Oglethorpe, que, sacando la cabeza por la parte superior de la ventana de guillotina, chillaba, gesticulaba y manoteaba como un polichinela de guiñol. El pelo le caía sobre los ojos. En una mano blandía un bastón, y en la otra un fieltro cafeconleche.
    -Ven aquí, zorra... Flagrante delito, eso es... Por algo tuve yo la idea de trepar por la escalera de incendios de Lester Jones.
    Se calló y se quedó mirando de hito en hito a Jimmy con ojos espantados de borracho.
    -¿Conque está ahí ese reportero en canuto, ese periodista blanco que parece que acaba de caer de un nido?¿Quiere usted saber qué pienso de usted, quiere usted saberlo? Oh, ya he oído hablar de usted a Ruth y compañía. Sé que se cree uno de esos dinamiteros que están por encima de todo… ¿Le gusta a usted ser un prostituto pagado por la prensa, eh? ¿Le gusta a usted su tarjeta amarilla? La ficha de cobre48, eso es... Se figura usted que por ser un actor, un artista, yo no sé de esas cosas. Ya me he enterado por Ruth de su opinión sobre los actores y demás.
    -Señor Oglethorpe, le aseguro que está usted equivocado.
    -Yo leo y me callo. Soy un observador silencioso. Y sé que cada frase, cada palabra, cada signo de puntuación que aparece en la prensa pública, está revisado, tachado y raspado en interés de los anunciantes y accionistas. La fuente de la vida nacional es envenenada en su manantial.
    -¡Bravo, bien dicho! -gritó Stan desde la cama, y se puso en pie aplaudiendo.
    -Yo preferiría ser el más humilde tramoyista, preferiría ser la vieja y débil asistenta que friega el escenario... a sentarme sobre el terciopelo en la sala de redacción del más grande diario americano. El teatro es una profesión honrosa, decente, humilde, caballerosa.
    El discurso terminó bruscamente.
    -El caso es que no veo bien qué espera que yo haga -dijo Jimmy cruzándose de brazos.
    -Anda, ahora empieza a llover -continuó Oglethorpe con voz plañidera.
    -Mejor sería que se volviera usted a su casa -dijo Jimmy.
    -Me iré, me iré adonde no haya rameras... ni rameras ni celestinas con pantalones... Voy a hundirme en la noche.
    -¿Crees que podrá llegar a su casa, Stan?
    Stan, que se había sentado en el borde de la cama desternillándose de risa, se encogió de hombros.
    -Mi sangre caerá sobre tu cabeza, Elaine, sempiternamente, sempiternamente, ¿me oyes?... La noche en que nadie se ría, en que nadie se burle. No creas que no te veo... Si algo malo sucede no será culpa mía.
    -Buenas noches -gritó Stan.
    En un último espasmo de risa cayó de la cama al suelo. Jimmy se acercó a la ventana y miró al callejón. Oglethorpe se había marchado. Diluviaba. Los muros despedían un olor a ladrillo mojado.
    -Bueno, si no es éste el lío más grotesco...
    Jimmy volvió a su cuarto sin mirar a Stan. En la puerta, Ellen le rozó al cruzarse con él.
    -Estoy desolada, Jimmy... -comenzó.
    El le dio con la puerta en las narices y echó la llave.
    -¡Estos imbéciles están como cabras! -gruñó entre dientes-. ¿Qué diablos se creerán que es esto?
    Las manos, frías, le temblaban. Se arropó en una manta y se quedó oyendo el continuo batir de la lluvia y el gorgoteo de un canalón. De vez en cuando una ráfaga de viento le humedecía la cara. En el cuarto se percibía aún vagamente el olor a cedro de su espesa cabellera, la suavidad de su cuerpo, allí donde ella se había acurrucado envuelta en la sábana, escondida...

    Ed Thatcher estaba sentado en su mirador entre los periódicos del domingo. Su pelo había encanecido y profundas arrugas surcaban sus mejillas. Se había desabrochado los botones superiores del pantalón, que le oprimían la barriga. Sentado ante la ventana abierta miraba la interminable hilera de automóviles que rodaban en ambas direcciones sobre el asfalto recalentado, pasando entre las tiendas de ladrillo amarillo y la estación de ladrillo rojo, bajo la marquesina en la cual se leía en letras doradas sobre fondo negro: PASSAIC. En las casas contiguas, los gramófonos dominicales trituraban furiosamente It's a bear, el sexteto de Lucía, selecciones de The Quaker Girl. Sobre sus rodillas descansaba la sección teatral del New York Times. Sus ojos turbados se perdían en el calor vibrante. Sentía en las costillas una opresión dolorosa. Acababa de leer un párrafo acotado en un número de Town Topics.

    Lenguas maliciosas murmuran por el innegable hecho de que el automóvil del joven Stanwood Emery se estaciona todas las noches delante del teatro Knickerbocker y nunca parte, dice, sin cierta encantadora y joven actriz que no tardará en figurar entre las estrellas de primera magnitud. Este mismo joven, cuyo padre está a la cabeza de uno de los más respetables bufetes de la ciudad, y que recientemente tuvo que salir de Harvard por causas bastante lamentables, es desde algún tiempo a esta parte el asombro de la población por sus hazañas, que, seguramente, son mero resultado de la efervescencia de su espíritu juvenil. A buen entendedor, pocas palabras...

    La campanilla sonó tres veces. Ed Thatcher tiró los periódicos y se precipitó temblando a la puerta.
    -¡Ellie, cuánto has tardado! Temía que no vinieras.
    -¿Acaso no vengo siempre que lo digo, papá?
    -Sí, es verdad.
    -¿Cómo estás?¿Qué tal marcha todo en la oficina?
    -El señor Elbert está de vacaciones... Creo que cuando él vuelva me iré yo. Me gustaría que vinieras tú conmigo a Spring Lake unos días. Te sentaría bien.
    -Pero si no puedo, papá. (Se quitó el sombrero y lo tiró en el diván). Mira, te he traído rosas, papá.
    -Son rojas, como las que le gustaban a tu madre. ¡Qué atención de tu parte!... Pero no quisiera irme solo de vacaciones.
    -Oh, papá, seguramente te encontrarás una porción de amigazos.
    -¿Por qué no vienes tú siquiera una semana?
    -En primer lugar tengo que buscar contrata... La compañía sale de turné y yo por ahora me quedo aquí. Harry Goldweiser está horriblemente picado a causa de esto.
    Thatcher se sentó en el mirador otra vez y empezó a apilar los periódicos del domingo sobre una silla.
    -¡Cómo, papá! ¿Qué diablos haces tú con ese número de Town Topics?
    -Oh, nada. Nunca lo había leído. Lo compré precisamente para ver cómo era.
    Enrojeció y, apretando los labios, lo hizo desaparecer entre las hojas del Times.
    -Es un periodicucho que vive del chantaje.
    Ellen daba vueltas por la habitación. Había puesto las rosas en un vaso. Su fragante frescura impregnaba el aire denso y lleno de polvo.
    -Papá, tengo que decirte una cosa... Jojo y yo nos vamos a divorciar.
    Ed Thatcher, sentado, con las manos sobre las rodillas, cabeceaba apretando los labios, sin decir nada. Su cara estaba sombría y gris, del mismo gris moteado de su traje.
    -En realidad, no hay motivos serios. Pero nos hemos dado cuenta de que no podemos entendernos. Todo marchaba tranquilamente, de la manera más correcta... George Baldwin, un amigo mío, se ha encargado del asunto.
    -¿El que está con Emery and Emery?
    -Sí.
    -Ya...
    Callaron. Ellen se inclinó a oler las rosas, y se quedó mirando una oruga verde que atravesaba una hoja bronceada.
    -Realmente, yo quiero muchísimo a Jojo, pero me volvería loca de seguir viviendo con él... Le debo mucho, ya sé.
    -Yo quisiera que nunca hubieras puesto los ojos en él.
    Thatcher carraspeó y volvió la cara para mirar por la ventana las dos interminables filas de automóviles que con reflejos angulosos en el cristal, en el esmalte, en el níquel, pasaban frente a la estación, levantando polvo... Las gomas silbaban como latigazos sobre el grasiento macadam. Ellen se dejó caer en el diván y paseó la vista por las marchitas rosas rojas de la alfombra. La campanilla sonó.
    -Yo iré, papá... ¿Cómo está usted, señora Culveteer?
    Una mujerona coloradota, con un vestido de chifón, blanco y negro, entró en el cuarto resoplando.
    -Oh, perdóneme la intromisión... Me marcho en seguida. ¿Cómo se encuentra usted, señor Thatcher?... ¿Sabe usted, querida?... Su pobre padre ha estado realmente muy malo.
    -Nonadas, un dolorcillo en la espalda y nada más.
    -Lumbago, querida.
    -Pero, papá, ¿por qué no me has avisado?
    -El sermón fue hoy verdaderamente edificante, señor Thatcher... el señor Lourton ha tenido uno de sus mejores días...
    -Creo que yo debiera salir un poco e ir a la iglesia de cuando en cuando, sólo que, ¿sabe usted?, a mí me gusta quedarme en casa los domingos. 
    -Naturalmente, señor Thatcher. Es el único día que tiene usted. Mi marido era lo mismo... Pero creo que el señor Lourton es diferente de la mayoría de los pastores. ¡Tiene una visión tan moderna y al mismo tiempo tan llena de buen sentido!... Más que un sermón de iglesia parece que oye uno una conferencia interesante... Usted comprende lo que quiero decir.
    -Le digo a usted, señora Culveteer, que el próximo domingo, si no hace demasiado calor, iré... Me parece que me estoy aplatanando.
    -Oh, a todos nos sienta bien cambiar un poco. Señora Oglethorpe, no tiene usted idea del interés con que seguimos su carrera, en los periódicos del domingo y en todas partes... Es pura y simplemente maravillosa... Como le decía ayer mismo al señor Thatcher, hoy día debe de ser necesaria una gran firmeza de carácter y un sentimiento profundamente cristiano para resistir las tentaciones de la vida teatral. Es verdaderamente edificante pensar que una joven, y una joven casada, pueda vivir en tal medio pura y sin mancha.
    Ellen no apartaba los ojos del suelo, tratando de evitar las miradas de su padre, que tecleaba nerviosamente en el brazo de la butaca.
    La señora Culveteer, radiante en el centro del diván, se levantó.
    -Bueno, me voy. Tenemos cocinera nueva y estoy segura de que la cena será un desastre. ¿No subirán ustedes un ratito esta tarde?... Sin cumplidos. He hecho unas pastas y sacaremos unas botellas de ginger ale por si acaso se presenta alguien.
    -Con mucho gusto, señora Culveteer -dijo Thatcher poniéndose en pie, rígido.
    La señora Culveteer, con su vestido abullonado, se dirigió a la puerta anadeando.
    -Bueno, Ellie, vámonos a comer... Es una mujer de muy buen corazón. Siempre me está trayendo tarros de jalea y mermelada. Vive arriba con la familia de su hermana. Es viuda de un viajante.
    -¡Vaya párrafo sobre las tentaciones de la vida de teatro! -dijo Ellen con una risita forzada.
    -Vamos, si no el restaurante estará atestado. Evita las apreturas, ése es mi tema -dijo Thatcher, con una voz displicente y ronca-. No divaguemos.
    Ellen abrió su sombrilla cuando franquearon la puerta, entre dos filas de timbres y buzones. Una ráfaga de calor gris les dio en la cara. Pasaron la papelería, la cooperativa A y P., la droguería de la esquina, que despedía, bajo el toldo verde, una frescura rancia de soda y helado. Cruzaron después la calle, y sus pies se hundían en el asfalto blando y pegajoso. Se detuvieron en la cafetería Sagamore. El reloj del escaparate, alrededor de cuya esfera se leía Time to eat49 en letras góticas, marcaba las doce en punto. Debajo había un gran helecho amarillento y una tarjeta: Chicken Dinner50, $ 1.25. Ellen se quedó en la puerta mirando la calle llena de vibraciones.
    -Mira, papá, probablemente tendremos tormenta. (Un cúmulo desplegaba su inverosímil blancura de nieve en un cielo pizarroso). ¿No es bonita esa nube? ¿No sería divertido que tuviéramos una tronada retumbante?
    Ed Thatcher miró hacia arriba, sacudió la cabeza y franqueó la mampara metálica. Ellen le siguió. Dentro olía a barniz y a camareras. Se sentaron a una mesa cerca de la puerta, bajo el zumbido de un ventilador.
    -¿Cómo está usted, señor Thatcher?¿Dónde se ha metido usted esta semana?¿Cómo está usted, señorita?(La camarera, huesuda y oxigenada, se inclinó hacia ellos amablemente). ¿Qué desea hoy el señor: pato asado Long Island o capón asado de Filadelfia?


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    La ficha

    John Dos Pasos (1896-1970), escritor estadounidense representativo de la llamada generación "perdida", o "maldita", cuyas novelas, amargas y profundamente impresionistas atacan la hipocresía y el materialismo de los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales y tuvieron una honda influencia en varias generaciones de novelistas europeos y estadounidenses. John Roderigo Dos Passos nació en Chicago (Estados Unidos), el 14 de enero de 1896. Dos Passos provenía de una familia de origen portugués, hijo de un abogado llamado John Randalph Dos Passos, y de Lucy Addison Sprigg, quienes no se casarían hasta 1910, catorce años después del nacimiento de John Roderigo.

    Dos Passos viajó con sus padres poco después de su nacimiento por diferentes países, entre ellos México, Bélgica e Inglaterra. Retornó a su país natal y estudió entre 1912 y 1916 en la Universidad de Harvard. Después de concluir su periplo universitario, se marchó a España para estudiar la arquitectura hispanomusulmana. Esta experiencia le sirvió para escribir el libro "Rocinante vuelve al camino" (1922). En Europa participó en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias en Francia e Italia. La guerra dejó huella en su personalidad y en su obra, iniciada con la novela "Iniciación de un hombre" (1919).

    El éxito le llegó con su segundo libro, "Tres soldados" (1921), corroborado posteriormente con uno de sus títulos clave, "Manhattan Transfer" (1925). En 1929 John se casó con Kate Smith, quien falleció en 1947 en un accidente de tránsito. En 1949 contrajo matrimonio con Elizabeth Holridge, con la que tuvo una hija llamada Lucy.
    Dos Passos fue miembro de la denominada Generación Perdida, en donde también se incluyen autores como Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald. Su estilo se encuadra en el realismo de la Escuela de Chicago, en el cual se desmitifica el sueño americano desde una gradación expresionista y una tonalidad desilusionada y pesimista.

    Además de los títulos citados, sus novelas más significativas son "El paralelo 42" (1930), "1919" (1932) y "El gran dinero" (1936), tríada de novelas que componen la llamada "Trilogía USA". Tampoco son desdeñables "Hombre joven a la aventura" (1939), "El número uno" (1943) y "El gran proyecto" (1949), títulos estos últimos que integran tambíén otra trilogía, la denominada "Distrito de Columbia".

    Murió a causa de un fallo cardiaco en Baltimore el 28 de septiembre de 1970. Tenía 74 años.








    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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