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    martes, 10 de marzo de 2015

    La broma – Milan Kundera Extraordinario libro contra la intolerancia


    La primera novela de Milan Kundera, La broma (Žert), una sátira del comunismo estalinista, ha sido traducida a veintiún idiomas y obtuvo en 1968 el Premio de la Unión de Escritores Checoslovacos. Catalogada por Louis Aragón como «una de las mayores novelas de nuestro siglo», es, según el propio autor, una novela de amor; la obra trata de una broma —una chanza fútil y mal comprendida— en un mundo que ha perdido el sentido del humor, estando encuadrada la comedia privada en el gran espectáculo de la política.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Milan_Kundera

    'La broma' de Milan Kundera
    Ostrava, ciudad checa en la que Ludvik cumple el servicio militar



    La broma – Milan Kundera

    Así que después de muchos años me encontré otra vez en casa. Estaba en la plaza principal (por la que había pasado infinidad de veces de niño, de muchacho y de joven) y no sentía emoción alguna; por el contrario, pensaba que aquella plaza llana, por encima de cuyos tejados sobresale la torre del ayuntamiento (semejante a un soldado con un antiguo casco), tiene el aspecto del patio de un cuartel y que el pasado militar dé esta ciudad morava, que sirvió en tiempos de bastión contra los ataques de húngaros y turcos, había marcado en su rostro un rasgo de fealdad irrevocable.
    Después de tantos años, no había nada que me atrajera hacia mi lugar de nacimiento; me dije que había perdido todo interés por él y me pareció natural: hace ya quince años que no vivo aquí, no me queda en este sitio más que un par de amigos o conocidos (y aun a esos trato de evitarlos) y a mi madre la tengo aquí enterrada en una tumba ajena, de la que no cuido. Pero me engañaba: lo que llamaba desinterés era en realidad rencor; sus motivos se me escapaban, porque en mi ciudad natal me habían ocurrido cosas buenas y malas, como en todas las demás ciudades, pero el rencor estaba presente; había tomado conciencia de él precisamente en relación con este viaje; el objetivo que perseguía lo hubiera podido lograr, al fin de cuentas, también en Praga, pero me había empezado a atraer irresistiblemente la posibilidad que se me ofrecía de llevarlo a cabo en mi ciudad natal, precisamente porque era un objetivo cínico y bajo, que burlonamente me liberaba de la sospecha de que el motivo de mi regreso pudiera ser la emoción sentimental por el tiempo perdido.

    Le eché otra mirada cáustica a la fea plaza y después le di la espalda y me encaminé al hotel en el que tenía reservada mi habitación. El portero me

    entregó una llave con una bola de madera y me dijo: «segunda planta». La

    habitación era de lo más vulgar: junto a la pared una cama, en el medio una mesa pequeña con una sola silla, junto a la cama un aparatoso tocador de madera de caoba con un espejo y junto a la puerta un lavabo pequeñísimo y descascarillado.

    Coloqué la cartera sobre la mesa y abrí la ventana: la vista daba al patio

    interior y a unas casas, que le mostraban al hotel sus espaldas desnudas y sucias. Cerré la ventana, corrí las cortinas y me dirigí hacia el lavabo que tenía dos grifos, uno con una señal roja y el otro azul; los probé y de los dos salía agua fría. Me fijé en la mesa; no estaba mal del todo, una botella con dos vasos cabría perfectamente, pero lo malo era que a la mesa no se podía sentar más que una persona, porque en la habitación no había más sillas. Arrimé la mesa a la cama e hice la prueba de sentarme en ella, pero la cama era demasiado baja y la mesa demasiado alta; además la cama se hundió tanto que en seguida me di cuenta de que no sólo era difícil que sirviera para sentarse, sino que incluso sus funciones propias de cama sería dudoso que las cumpliera. Me apoyé en ella con los puños; después me acosté levantando cuidadosamente los zapatos para no manchar la sábana y la colcha. La cama se hundió bajo el peso de mi cuerpo y yo estaba allí acostado como en una hamaca colgante: era imposible imaginarse que en aquella cama se acostara alguien más junto a mí.
    'La broma' de Milan Kundera
    Brno, ciudad natal de Kundera
    * * *
    Así que me senté delante de los tres estudiantes universitarios que me tuteaban y me hicieron la primera pregunta: si conozco a Marketa. Dije que la conocía. Me preguntaron si le había escrito. Dije que sí. Me preguntaron si recordaba lo que había escrito. Dije que no lo recordaba, pero la postal con el texto provocativo estuvo a partir de ese momento delante de mis ojos y empecé a intuir de qué se trataba. ¿No te acuerdas?, me preguntaron. No, dije. ¿Y qué te escribió Marketa? Hice un movimiento de hombros para dar la impresión de que me había escrito sobre cuestiones íntimas, de las que no podía hablar. ¿Te escribió algo sobre el cursillo?, me preguntaron. Sí, me escribió, dije. ¿Qué te escribió sobre eso? Que le gustaba, respondí. ¿Y qué más? Que las conferencias eran buenas y los participantes también, respondí. ¿Te escribió que en el cursillo había un espíritu sano? Sí, dije, creo que me escribió algo por el estilo. ¿Te escribió que se había dado cuenta de la fuerza que tenía el optimismo?, siguieron preguntando. Sí dije. ¿Y qué opinas tú del optimismo?, preguntaron. ¿Del optimismo? ¿Qué voy a pensar?, pregunté. ¿Te consideras optimista?, siguieron preguntando. Sí, me considero, dije tímidamente. Me gusta bromear, soy una persona bastante alegre, intenté aligerar el tono del interrogatorio. Alegre puede ser un nihilista, dijo uno de ellos, puede reírse de la gente que sufre. Alegre puede ser hasta un cínico, prosiguió. ¿Tú crees que se puede edificar el socialismo sin optimismo?, preguntó otro. No, dije. Entonces tú no eres partidario de que en nuestro país se edifique el socialismo, dijo el tercero. ¿Cómo dices eso?, me defendí. Porque para ti el optimismo es el opio del pueblo, atacaron. ¿Cómo que el opio del pueblo?, seguí defendiéndome. No te escabullas, lo has escrito tú. ¡Marx llamó opio del pueblo a la religión, pero para ti el opio del pueblo es nuestro optimismo! Se lo has escrito a Marketa. Me gustaría saber qué dirían nuestros trabajadores, nuestros obreros de choque, que superan los planes, si se enterasen de que su optimismo era opio, enlazó en seguida otro. Y el tercero añadió: para un trotskista el optimismo de los constructores del socialismo no es más que opio. Y tú eres trotskista. Por Dios, cómo se os ha ocurrido eso, me defendí. Lo has escrito tú ¿o no? Es posible que haya escrito algo por el estilo en broma, ya hace más de dos meses, no lo recuerdo. Te lo podemos recordar nosotros,  dijeron y me leyeron mi postal. El optimismo es el opio del pueblo. ¡El espíritu sano hiede a idiotez! ¡Viva Trotsky! Ludvik. En la pequeña sala del secretariado político aquellas frases sonaban de un modo tan horrible que en ese momento sentí miedo y me di cuenta de que tenían un poder destructivo que yo no iba a ser capaz de resistir. Camaradas, era una broma, dije y sentí que nadie podría creerme. ¿A vosotros os hace reír?, le preguntó uno de los camaradas a los otros. Los dos le respondieron con un gesto de negación. ¡Deberíais conocer a Marketa!, dije. La conocemos, me contestaron. Entonces ya sabéis que Marketa se lo toma todo en serio y nosotros siempre nos reímos un poco de ella y tratamos de impresionarla. Muy interesante, dijo uno de los camaradas, por las demás cartas no parece que no la tomes en serio a Marketa. ¿Es que habéis leído todas las cartas que le escribí a Marketa? Así que como Marketa se lo toma todo en serio, dijo otro, tú te ríes de ella. Pero dinos qué es lo que se toma en serio. El partido, el optimismo, la disciplina, ¿no es eso? Y todo eso que ella se toma en serio, a ti te da risa. Pero camaradas, dije, si ya ni me acuerdo de cuándo lo escribí, lo escribí de repente, un par de frases en broma, ni siquiera pensaba en lo que estaba escribiendo, ¡si hubiera tenido mala intención no lo iba a mandar a un cursillo del partido! Da lo mismo cómo lo hayas escrito. Lo escribas rápido o despacio, de pie o en la mesa, no puedes escribir más que lo que está dentro de ti. No puedes escribir más que eso. A lo mejor, si lo hubieras pensado más detenidamente, no lo habrías escrito. Así lo has escrito sin fingir. Así por lo menos sabemos quién eres. Por lo menos sabemos que tienes varias caras, una para el partido y otra para los demás. Sentí que mi defensa se había quedado sin argumentos válidos. Volví a repetir varias veces lo mismo: que se trataba de una broma, que eran palabras que no querían decir nada, que se debían a mi estado de ánimo, etc. No me hicieron caso. Me dijeron que había escrito aquellas frases en una postal que podía ser leída por cualquiera, que aquellas frases tenían una incidencia objetiva y que no incluían ninguna nota explicativa sobre mi estado de ánimo. Después me preguntaron qué había leído de Trotsky. Les dije que nada. Me preguntaron quién me había prestado esos libros. Les dije que nadie. Me preguntaron con qué trotskistas me había reunido. Les dije que con ningunos. Me dijeron que quedaba inmediatamente relevado de mis funciones en la Unión de Estudiantes y me pidieron que les devolviese la llave del despacho. La llevaba en el bolsillo y se la di. Después dijeron que la organización de base del partido en la facultad de ciencias naturales se encargaría de resolver mi caso. Se levantaron sin mirarme. Les dije «salud, camaradas» y me fui.


    'La broma' de Milan Kundera
    Praga


    * * *
     Sí. Todos los hilos habían sido arrancados.
    Había quedado cortado el estudio, la participación en el movimiento, el trabajo, las relaciones con los amigos, había quedado cortado el amor y hasta la búsqueda del amor, había quedado cortado, sencillamente, todo el sentido de mi trayectoria vital. No me había quedado más que el tiempo. Pero, en cambio, a éste lo estaba conociendo tan íntimamente como nunca antes me había sido posible. Ya no era un tiempo como aquel con el que me solía topar antes, un tiempo convertido en trabajo, en amor, en todo tipo de esfuerzo, un tiempo al que aceptaba sin fijarme en él, porque tampoco él me importunaba y se escondía decentemente detrás de mi propia actividad. Ahora llegaba hasta mí desnudo, solo en sí mismo, con su aspecto original y verdadero y me obligaba a llamarlo por su nombre propio (ya que ahora vivía el tiempo escueto, el mero tiempo vacío), a no olvidarme de él ni por un momento, a pensar permanentemente en él y a sentir continuamente su peso.

    Cuando suena la música, oímos la melodía, olvidándonos de que es sólo una

    de las formas del tiempo; cuando la orquesta se calla, oímos al tiempo; al

    tiempo en sí. Yo vivía en una pausa. Pero claro que no se trataba de la pausa general de una orquesta (cuya dimensión está estrictamente determinada por el signo de pausa) sino de una pausa sin un final preciso. No podíamos (como lo hacían en todas las demás unidades) ir recortando trocitos de un centímetro de sastre para contemplar cómo se nos iban acortando los dos años de servicio obligatorio; y es que a los negros los podían tener en la mili todo el tiempo que quisieran. Ambroz, de la segunda compañía, con sus cuarenta años cumplidos, iba ya para cuatro años de servicio.


    Estar en aquella época en la mili y tener en casa una mujer o una novia era sumamente amargo: significaba estar permanentemente en una inútil especie de guardia mental, vigilando una existencia incontrolable. Y significaba también estar permanentemente ilusionado esperando las escasas visitas y estar permanentemente temblando por si el comandante se niega a dar ese día el permiso establecido y la mujer viene inútilmente hasta la puerta del cuartel. Entre los negros se decía (con humor negro) que los oficiales esperaban entonces a las insatisfechas mujeres de los soldados, se acercaban a ellas y recogían después los frutos del deseo que les debían haber correspondido a los soldados que se habían quedado encerrados en el cuartel.
    Y a pesar de todo: para los que tenían en casa una mujer, había un hilo que atravesaba la pausa, quizás fino, quizás angustiosamente fino y frágil, pero seguía siendo un hilo. Yo no tenía un hilo de esos; había cortado toda relación con Marketa y si me llegaban algunas cartas, eran de mamá… ¿Y qué? ¿Eso no es un hilo?
    No, no es un hilo; el hogar, si se trata del hogar materno, no es un hilo; es sólo el pasado: las cartas que te escriben tus padres son un mensaje que proviene de una tierra firme de la cual te vas alejando; y lo que es más, esa carta no hace más que poner en evidencia tu descarriamiento, al recordarte el puerto del que partiste en condiciones tan honestamente, tan sacrificadamente creadas; sí, dice la carta, el puerto sigue estando aquí, permanece aún, seguro y hermoso, tal como era antes ¡pero el camino, el camino se ha perdido!
    * * *

    Esa misma noche en las torres de vigilancia (que habían construido los

    días pasados) aparecieron por primera vez los reflectores e iluminaron el

    oscuro cuartel; alrededor de la cerca de alambre de espino hacía su recorrido el vigilante con su perro. Me invadió una enorme nostalgia: estaba sin Lucie y sabía que no la vería durante dos meses enteros. Le escribí esa noche una larga carta; le escribí que no la vería durante mucho tiempo, que no nos dejaban salir del cuartel y que me daba lástima que me hubiera negado aquello que yo deseaba y que me habría ayudado a soportar con su recuerdo tantas semanas tristes.

    Al día siguiente de echar la carta al buzón estábamos por la tarde en el patio

    practicando los indispensables media vuelta, en marcha y cuerpo a tierra.

    Cumplía las órdenes recibidas automáticamente y casi no percibía al

    cabo que daba las órdenes, ni a mis compañeros que marchaban o se tiraban
    al suelo; no percibía ni siquiera lo que nos rodeaba: por tres lados los edificios del cuartel y por el otro la cerca de alambre, a lo largo de la cual estaba, por fuera, la carretera. A veces pasaba alguien junto a la alambrada, a veces alguien se detenía (en su mayoría niños, solos o acompañados de sus padres que les explicaban que detrás de la alambrada estaban los soldaditos haciendo la instrucción). Todo aquello se había convertido para mí en una escenografía muerta, como si fueran cuadros pintados sobre una pared (todo lo que estaba detrás de la alambrada eran cuadros pintados en una pared); por eso no me fijé en la alambrada hasta que alguien dijo a media voz, mirando hacia allí; «¿Qué miras, guapa?».

    Entonces la vi. Era Lucie. Estaba junto a la verja y llevaba puesto el abrigo marrón, aquel viejo y gastado (se me ocurrió pensar que cuando hicimos las compras para el verano nos olvidamos de que el verano terminaría y vendrían los fríos) y unos zapatos de salir, de tacón alto (regalo mío) que no combinaban para nada con el desastroso estado del abrigo. Estaba inmóvil junto a los alambres y miraba hacia nosotros. Los soldados comentaban su extraño aspecto de paciente espera, lo comentaban cada vez con mayor interés y manifestaban en sus comentarios toda la desesperación sexual de unas personas sometidas contra su voluntad al celibato. El suboficial se dio cuenta de que los soldados estaban distraídos y en seguida advirtió el motivo: probablemente sintió con enfado su propia impotencia; no podía echar a la muchacha de la verja; más allá de la alambrada reinaba una relativa libertad y en aquel reino sus órdenes no eran válidas. Así que les llamó la atención a los soldados para que se dejasen de comentarios y elevó el tono de voz y el ritmo de los ejercicios.

    Lucie a ratos paseaba, a veces desaparecía totalmente de mi vista, pero

    luego volvía otra vez al sitio desde donde me podía ver. Por fin se terminó

    \a instrucción pero yo no me pude acercar a ella porque nos mandaron a la

    clase de educación política; estuvimos oyendo frases sobre el bloque de la paz y los imperialistas y pasó una hora hasta que pude salir (ya oscurecía) a ver si Lucie seguía junto a la verja; estaba allí, corrí hacia ella.
    Me dijo que no me enfadara con ella, que me quería, que lamentaba que yo estuviera triste por su culpa. Yo le dije que no sabía cuándo iba a poder verla. Me dijo que no importaba, que vendría a verme aquí. (En ese momento pasaban por allí unos soldados y nos gritaron alguna guarrada.) Le pregunté si no le iba a importar que los soldados le gritasen cosas. Dijo que no le importaría, que me quería. A través de los alambres me pasó el tallo de una rosa (sonó la corneta, nos llamaban a formar): nos besamos por uno de los agujeritos de la alambrada.
    * * *

    Título original: Žert
    Idioma original: Checo
    Traducción: Fernando de Valenzuela
    Año: 1967
    Milan Kundera
    Milan Kundera

    milan kundera fotos pictures libros biografia
    MILAN KUNDERA

    (1929- )

    Milan Kundera nació el 1 de abril de 1929 en Brno (República Checa). Su madre se llamaba Milada Janiskova y su padre era el pianista y musicólogo Ludvik Kunderaku.

    Acudió al Carolinum de Praga y se instruyó en cine en el Instituto de Estudios Cinematográficos de la capital, por aquellos momentos, checoslovaca. En el mismo centro, además de escribir y seguir tocando jazz, música que interpretó desde su adolescencia, Kundera impartió clases de Historia del Cine.
    En 1948 se afilió al Partido Comunista pero dos años más tarde fue expulsado por, según los dirigentes, posiciones individualistas. Más tarde volvio al partido pero en 1970 se alejó definitivamente de su ideología al no estar de acuerdo con sus posiciones totalitarias.
    Sus primeros textos publicados fueron de carácter poéticos en libros como “El Hombre Es Mi Jardín” (1953) o “Monólogos” (1957). La primera novela de Milan Kundera fue “La Broma” (1967), sátira del comunismo stalinista.
    La invasión soviética de su país en el año 1968 prohibió la circulación de sus libros. También perdió su trabajo. Un año antes de la invasión Milan Kundera se había casado con Vera Hrabankova.
    En 1975 se exilió en París, nacionalizándose francés en 1981 tras ser privado de la checoslovaca en 1978. En la capital gala ejerció como profesor en la Escuela de Ciencias Sociales y enseño Literatura en la Universidad de Rennes.
    Otras novelas de Kundera, de tipo filosófico y humor cínico-irónicos con miramientos sociopolíticos, son "La Vida Está En Otra Parte" (1973)"La Despedida" (1975), "El Libro De La Risa y El Olvido" (1978), "La Insoportable Levedad Del Ser" (1984), libro con rasgos biográficos que consiguió un gran éxito comercial y crítico, "La Inmortalidad" (1989) o "La Lentitud" (1994).
    También ha escrito libros de relatos, como “El Libro De Los Amores Ridículos” (1970), ensayos, como “El Arte De La Novela” (1986), y obras de teatro, como “Jacques y Su Amo” (1971).
    milan kundera la insoportable levedad del ser libro
    En 1982 recibió el Premio Europa-Literatura y tres años más tarde el Premio Jerusalén.




    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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