728x90 AdSpace

alojamiento wordpress
  • Más Nuevos

    sábado, 28 de marzo de 2015

    Kurt Vonnegut uno de los autores clave de la literatura norteamericana del siglo XX


    Kurt Vonnegut fue uno de los autores clave de la literatura norteamericana del siglo XX y un ícono de la contracultura en EE.UU., con novelas como "Matadero 5", "Las sirenas de Titán" y "Desayuno de campeones". 


    Nació en Indianápolis el 11 de noviembre de 1922 y murió en Nueva York el 11 de abril de 2007.a causa de las heridas cerebrales que le produjo una caída. Tenía 84 años.

    Publicó su primera novela, "Player Piano", en 1951 (La pianola).
    Sus novelas, cuentos y piezas teatrales mezclaron la ciencia ficción y la autobiografía con fuertes trazos de crítica social y una mezcla de humor con una visión amarga de la realidad. 


    En su momento, algunos de sus libros llegaron a ser prohibidos y hasta quemados debido a su presunto contenido obsceno. 

    Vonnegut daba charlas en las que aconsejaba a su audiencia que desarrollara un pensamiento libre y criticaba mordazmente a las instituciones que "deshumanizaban" al público.

    Estudió química en la Universidad de Cornell, luego se unió al ejército estadounidense y combatió en la Segunda Guerra Mundial, donde fue tomado prisionero durante la Batalla de las Ardenas. 

    Estaba detenido en Dresde, Alemania, cuando fuerzas aliadas bombardearon la ciudad.

    Después de la guerra trabajó como corresponsal del departamento municipal de noticias de Chicago, y luego en el área de Relaciones Públicas de General Electric.

                         


    "Hay un clima raro últimamente"


    [Citas de la conferencia pronunciada por Kurt Vonnegut en la Casa de Mark Twain en Harford, Connecticut, en abril de 2003, y que fuera publicada en en el sitio In these times (www.inthesetimes.com)]

    Primero lo primero. Quiero que quede muy claro que este bigote que uso es el bigote de mi padre. Debí haber traído una fotografía suya.

    Mi hermano mayor, Bernie, ahora fallecido, fue un físico y químico que descubrió que el yoduro de plata a veces puede hacer que nieve o que llueva; él también usaba este bigote. 

    Hablando del clima: Mark Twain dijo que algunos de sus lectores se quejaron de que no había suficiente clima en sus historias. Por eso Twain escribió algunas descripciones climatológicas para que los lectores pudieran insertarlas donde creyeran que podían ser útiles. 

    Se dice que Mark Twain derramó una lágrima de gratitud e incredulidad cuando recibió honores por sus escritos en la Universidad de Oxford, Inglaterra. 

    Y yo debo derramar también una lágrima debido a que a los 80 años se me ha invitado, por mi labor de escritor, a hablar bajo los auspicios de la sagrada Casa de Mark Twain aquí en Hartford. 

    ¿Qué otro monumento estadunidense es para mí tan sagrado como la Casa de Mark Twain? El Memorial de Lincoln en Washington DC. Mark Twain y Abraham Lincoln eran muchachos campesinos provenientes de la zona centro de Estados Unidos. Ambos hicieron que los estadunidenses se rieran de sí mismos y apreciaran chistes realmente importantes y de gran contenido moral. 

    He notado que los trabajos de construcción del Museo Mark Twain, aquí en Hartford, han sido suspendidos. El museo está justo detrás de lo que era la cochera de la Casa Mark Twain, en el número 351 de la avenida Farmington. 

    Los albañiles fueron obligados a abandonar la construcción y enviados a casa porque los "conservadores" estadunidenses, como les gusta llamarse, que están en Wall Street y encabezan la mayor parte de nuestras corporaciones se han robado una fracción importante de nuestro ahorro privado. Han arruinado a inversionistas y asalariados mediante el fraude y la piratería descarada. 

    Choque y pavor. 

    Y ahora que se han instalado en nuestro gobierno federal, o en su defecto, tomado el control de él desde afuera, han malgastado nuestras reservas públicas y más. Han creado una deuda pública de magnitud tan impensable que nuestros descendientes, para quienes abrigábamos tan elevadas esperanzas, llegarán a este mundo pobres como ratones de iglesia.

    ¿Qué están haciendo los conservadores con todo el dinero y el poder que alguna vez nos pertenecieron a todos? Pues nos están diciendo que debemos estar absolutamente aterrorizados, y que debemos correr en círculo como pollos decapitados. 

    Pero ellos van a salvarnos. Nos están obligando a quitarnos los zapatos en los aeropuertos. ¿Hay alguien aquí a quien se pueda ocurrírsele una mejor broma que ésta? 

    Sonríe Estados Unidos: estás en la Cámara Indiscreta. 

    Los conservadores también han liberado innumerables armas de alta tecnología, cada una de las cuales cuesta más que cien preparatorias en un país del tercer mundo, con el fin de provocar el choque y pavor en seres humanos como nosotros, como Adán y Eva, que habitan entre los ríos Tigris y Eufrates. 

    El otro día le pregunté al antiguo pítcher de los Yankees Jim Bouton su opinión sobre nuestra gran victoria en Irak y me dijo: "Mohammed Alí contra el señor Rogers". 

    ¿Qué son los conservadores? Son personas dispuestas a mover cielo y tierra, si es necesario; y que están dispuestas a arruinar una compañía o un país o al planeta, con tal de probar ante nosotros y ante sí mismos que son superiores a todos los demás, con la única excepción de sus amigos. Ellos cuidan mucho de sus amigos; cuidan que no vayan a dar a la cárcel y esas cosas. 

    Los conservadores están locos como chinches. Son bravucones.

    ¿Guerra entre clases? Claro, también de eso se trata. Los conservadores han dejado clara su superioridad a admiradores de Abraham Lincoln, Mark Twain y Jesús de Nazaret con la muy competente ayuda de la televisión, medio que volvió intrascendentes nuestras protestas contra la guerra. 

    ¿Qué fue lo que nos pasó? Hemos sufrido una calamidad tecnológica. La televisión es ahora nuestra forma de gobierno. ¿Qué razones tuvimos para protestar contra la guerra de los conservadores? Podría nombrar muchas razones pero sólo necesito mencionar una, que es el sentido común. 

    Muy probablemente se reanudarán, tarde o temprano, las labores de construcción del Museo Mark Twain. Por eso yo, que soy hijo y nieto de arquitectos de Indiana, quiero aprovechar la oportunidad de sugerir un elemento que espero se incluya en la estructura ya terminada, y que son unas palabras que deberían labrarse en el dintel de la entrada principal. 

    Es un frase que, creo, sería muy divertido poner ahí, y a Mark Twain le gustaba lo divertido más que cualquier otra cosa. Se me ocurrió jugar con algo famoso que él dijo y que es: "Sé bueno y serás solitario". Es una frase de Siguiendo al Ecuador. ¿Les parece bien? 

    Visualicen la majestuosa entrada que tendrá algún día el Museo Mark Twain. E imaginen estas palabras cinceladas en ese noble dintel pintadas en oro: "Sé bueno y serás solitario en la mayoría de los lugares, pero aquí no. Aquí no". 

    Una de las más avergonzadas y descorazonadas historias escritas por Twain fue la que trata de la matanza de 600 moros; hombres, mujeres y niños, a manos de nuestros soldados durante la liberación del pueblo de Filipinas, después de la guerra española-estadunidense. Nuestro valiente comandante fue Leonard Wood, quien ahora tiene un fuerte con su nombre: el Fuerte Leonard Wood. 

    ¿Qué tenía que decir Abraham Lincoln sobre esas guerras imperialistas de su país? 

    Se trata de guerras que, con un noble pretexto u otro, tienen el objetivo real de incrementar los recursos naturales y los cuadros de mano de obra dócil que tienen a su disposición los estadunidenses más ricos y con los mejores contactos políticos. 

    Casi siempre es un error mencionar a Abraham Lincoln en un discurso sobre otro tema u otra persona. Siempre roba cámara, y yo estoy a punto de citarlo. 

    Lincoln era sólo un congresista en 1848, cuando dijo lo que estoy por citar. Se sentía descorazonado y avergonzado por nuestra guerra contra México, país que nunca nos atacó. Nos estábamos adueñando de California, y de un montón de personas y propiedades, y lo estábamos haciendo como si perpetrar una carnicería contra soldados mexicanos que sólo defendían su patria de los invasores no fuera asesinato. 

    ¿De qué más nos apoderamos, además de California? Bueno, estaba Texas, Nuevo México, Utah, y partes de Colorado y Wyoming. La persona a la que se dirigió el congresista Lincoln cuando dijo lo que voy a citar era James Polk, quien entonces era nuestro presidente. Abraham Lincoln dijo sobre Polk, su presidente, el comandante en jefe de nuestras fuerzas armadas: "Confió en escapar del escrutinio al procurar que la mirada pública se fijara en la excelsa brillantez de una gloria militar; ese atractivo arco iris que surge después de las lluvias de sangre; en ese ojo de serpiente que hipnotiza antes de destruir. Fue entonces cuando se arrojó a la guerra". 

    ¡Caramba! Y casi se me sale decir "¡Carajo!" ¡Y yo aquí, creyéndome escritor! 

    ¿Sabían ustedes que incluso fue capturada la ciudad de México durante la guerra que encabezamos contra ese país? ¿Por qué no celebramos esa captura con un día festivo nacional? ¿Y por qué no está el rostro de James Polk en el monte Rushmore junto con el de Ronald Reagan? 

    Lo que hacía que México fuera un país tan malvado en la década de 1840, es decir, mucho antes de nuestra guerra civil, era que la esclavitud era ilegal en su territorio. ¿Se acuerdan de la batalla del El Alamo? 

    Mi bisabuelo se llamaba Clemens Vonnegut. El mundo es muy, muy pequeño. Esta picante coincidencia no es una invención. Clemens Vonnegut decía ser un "librepensador", que no era sino el término antiguo con el que se definía a un humanista. Era vendedor de artículos de ferretería. 

    Así que hace unos 120 años había un hombre llamado Clemens y Vonnegut. Seguramente esta persona me habría caído muy bien. Sólo hubiera deseado ser él esta noche. 

    No me atribuyo, en cambio, ningún parentesco sanguíneo con Samuel Clemens , originario de Hannibal, Missouri. Me imagino que el apellido "Clemens" es, al igual que "Clementina", un derivado del adjetivo "clemente". Ser clemente es ser indulgente y compasivo. Si aplicamos el término al clima, estaríamos hablando de condiciones perfectamente celestiales. 

    He ahí otra descripción climatológica. 

    NOTAS

    El "señor Rogers" es un conductor de programas infantiles educativos en Estados Unidos. (N de la T) 
    Samuel Clemens era el nombre de nacimiento de Mark Twain, que era un seudónimo. 

    Traducción: Gabriela Fonseca, La Jornada, México, 27/05/03

                                                 


    Dios le bendiga, Mr. Rosewater
     - Presentación
    Título original: God Bless You, Mr. Rosewater
    Traducción: Amparo García Burgos
    © 1965 Kurt Vonnegut Jr.
    © 1977 Editorial Bruguera S.A.
    Mora la Nueva 2 - Barcelona
    ISBN: 84-02-05045-X

    Presentación

    Dios le bendiga, Mr. Rosewater es una hagiografía -o anti-hagiografía, si se prefiere- de la era tecnológica. Ello significa que a nuestro santo el poder de hacer milagros no le procede de las alturas, sino del único dios verdadero de esa religión obscura y terrible que es el capitalismo: el dinero. Y que los ángeles y diablos serán, en este caso, psiquiatras, abogados, financieros, políticos y -cómo no- escritores de ciencia ficción. Al contrario que en la mayoría de vidas de santos, la carne no tiene en ésta ninguna importancia, y sólo el mundo sigue jugando su papel de mundo.

    Pero así como en una hagiografía convencional el mundo pone a prueba al santo, en la novela de Vonnegut sucede exactamente a la inversa: es el santo quien, como un extraño reactivo químico, pone a prueba, sin saberlo, al mundo que le rodea. Y el mundo no supera la prueba, en absoluto.

    No se piense, sin embargo, que Dios le bendiga… es un canto aerífico a la filantropía, como podría deducirse erróneamente de algunos párrafos sueltos aislados de su contexto irónico. Tampoco el santo supera la prueba. Su amor al prójimo resulta conmovedor, pero patéticamente ineficaz. Si se tuviera que resumir el «mensaje» de la novela en una frase, podría ser ésta: la amabilidad es necesaria, pero no suficiente.

    Pero, afortunadamente, éste no es un libro con mensaje. O, si se prefiere, lleva un mensaje en cada página. Y en esto también se revela el carácter anti-hagiográfico de la novela: si en las vidas de santos las constantes anécdotas sirven de pretexto para exhibir la resplandeciente virtud del protagonista, aquí es la inoperante bondad del protagonista la que sirve de pretexto para una continua floración de jugosas anécdotas y brillantes consideraciones laterales, que, en realidad, constituyen el principal elemento «significativo» de la obra.

    La referencia a Huxley parece, pues, casi obligada. Pero, en todo caso, a un Huxley desmedido, risueño y atormentado a la vez, capaz de oscilar entre la entrañable ironía de un Woodehouse y las honduras de extrañamiento y desolación de un Kafka. Aunque en realidad sobran las referencias, como sobra el símil hagiográfico; y sobran, más que nada, por insuficientes, por equívocamente insuficientes. Dios le bendiga…, como otras obras de Vonnegut, es ante todo un rico conglomerado de imágenes y sugerencias, integradas en un relato que, respetando la unidad de cada elemento, establece una unidad nueva, que a su vez se añade al conjunto sin pretensiones de jerarquía, como un elemento más; casi casi una utopía de estado regionalista.

    Por eso, Dios le bendiga… es un libro que se presta a ser hojeado, a una lectura fragmentaria y desordenada; pero que acaba leyéndose de cabo a rabo, de un tirón, con una tensa sonrisa en el estómago y, eventualmente, un tic en el ojo izquierdo.

    Carlo Frabetti



    DIOS LE BENDIGA, MR. ROSEWATER (fragmento)

    A Alvis Davis,

    el telepático amigo de los golfos

    1

    «La Segunda Guerra Mundial había terminado…
    y allí estaba yo, a mediodía,
    cruzando Times Square con mi Corazón Púrpura».
    Eliot Rosewater - Presidente de la Fundación Rosewater

    Una cantidad de dinero es el personaje principal de este relato sobre la gente, del mismo modo que una cantidad de miel[1] podría ser perfectamente el protagonista de un relato sobre las abejas.

    Esta suma de dinero era de 87.472.003 dólares con 61 centavos el día 1º de junio de 1964, por indicar un día cualquiera, día en que captó el interés de un joven picapleitos llamado Norman Mushari. La renta producida por esta interesante suma ascendía a 3.500.000 dólares al año, casi 10.000 al día… incluidos los domingos.

    En 1947, cuando Norman Mushari sólo tenía seis años, dicha suma se utilizó para crear una fundación benéfica y cultural. Hasta ese momento ocupó el decimocuarto lugar entre las grandes fortunas familiares de América: la fortuna Rosewater. Pero, al ser convertida en una Fundación, ni los recaudadores de impuestos ni otras aves de presa podían poner las manos en ella. Porque la barroca obra maestra de problemas legales que era la Carta Constitucional de la Fundación Rosewater declaraba que la presidencia de la Fundación se heredaría del mismo modo que la corona británica: durante toda la eternidad pasaría al más íntimo y más viejo heredero del creador de la Fundación, el senador Lister Ames Rosewater, de Indiana.


    Los parientes del presidente serían nombrados funcionarios de la Fundación al llegar a la mayoría de edad. Todos los cargos serían vitalicios, a menos que se probara legalmente la locura de algún funcionario. Podían marcarse un sueldo por sus servicios, un sueldo tan alto como quisieran; pero sólo sobre las rentas de la Fundación.

    De acuerdo con la ley, la Carta Constitucional prohibía que los herederos del senador tuvieran nada que ver con la administración del capital de la Fundación. Este cuidado corría a cargo de una corporación nacida simultáneamente con la Fundación, llamada, con patente claridad, la Corporación Rosewater. Como casi todas las corporaciones, se dedicaba a la prudencia, a los beneficios y a las hojas de balance. Sus empleados estaban muy bien pagados; por eso eran felices y trabajaban con toda su inteligencia y energía. Su trabajo principal era el estudio de las acciones y bonos de otras corporaciones; pero entre sus actividades se incluía también la administración de una fábrica de sierras, una bolera, un motel, un Banco, una cervecería, varias granjas en Rosewater County, Indiana, y algunas minas de carbón en el norte de Kentucky.

    La Corporación Rosewater ocupaba dos pisos en el número 50 de la Quinta Avenida de Nueva York, y tenía pequeñas sucursales en Londres, Tokio, Buenos Aires y Rosewater County. Ningún miembro de la Fundación Rosewater podía decir a la Corporación lo que había de hacer con el capital. Y viceversa: la Corporación no tenía autoridad alguna para indicar a la Fundación lo que había de hacer con los copiosos beneficios conseguidos por aquélla.

    El joven Norman Mushari se enteró de todo esto cuando, después de graduarse en la Escuela de Leyes de Cornell con el número uno de su promoción, entró a trabajar con la firma de abogados que habían proyectado la Corporación y la Fundación, la firma McAllister, Robjent, Reed y McGee. Mushari era de origen libanés, hijo de un comerciante de alfombras de Brooklyn. Medía un metro sesenta. Tenía un trasero enorme, que parecía luminoso cuando estaba desnudo. Era el más joven, el más bajo y, desde luego, el menos anglosajón de los empleados de la firma. Empezó a trabajar bajo las órdenes del socio más senil, Thurmond McAllister, un suave viejecito de setenta y seis años. Jamás hubiera sido aceptado en la firma si los otros socios no hubieran pensado que las operaciones de McAllister aún podían ser un poco más viciosas.

    Nadie salía a almorzar con Mushari. Comía solo en cafeterías baratas y estudiaba el enorme crecimiento de la Fundación Rosewater. No conocía a ningún Rosewater; lo que le emocionaba era el hecho de que esta fortuna fuera el mayor paquete de dinero representado por McAllister, Robjent, Reed y McGee. Recordaba lo que le dijo una vez su profesor favorito, Leonard Leech, sobre el modo de progresar en la carrera: así como un buen piloto de avión siempre debe estar buscando un lugar para aterrizar, un abogado siempre debe estar buscando situaciones en las que grandes cantidades de dinero estén a punto de cambiar de dueño.

    -En toda transacción -había dicho Leech- hay un momento mágico durante el cual un hombre ha entregado ya su tesoro y el que ha de recibirlo aún no lo tiene. Un abogado listo hará que ése sea su momento, apoderándose del tesoro durante un mágico microsegundo, cogiendo un poco para sí y entregándolo después. Si el hombre que ha de recibirlo no está acostumbrado a la riqueza, tendrá un complejo de inferioridad y cierto vago sentimiento de culpabilidad, y el abogado puede quedarse a veces con la mitad del paquete y recibir, sin embargo, las balbuceantes gracias del receptor.

    Cuanto más revisaba Mushari los ficheros confidenciales relativos a la Fundación Rosewater, más excitado se sentía, especialmente cuando estudiaba la parte de la carta que exigía la expulsión inmediata de cualquier funcionario cuya locura pudiera demostrarse. Se rumoreaba en todas las oficinas que el mismísimo presidente de la Fundación, Eliot Rosewater, hijo del senador, era un lunático. Claro está que lo decían en broma, pero, como Mushari sabía bien, las bromas son difíciles de explicar en un tribunal. Sus compañeros de trabajo se referían a Eliot con diversos motes: «el chiflado», «el santo», «Juan el Bautista», etcétera.

    Desde luego -se decía Mushari-, hay que conseguir que la ley lo coja por su cuenta.

    Según todos los informes, la persona que ocupaba el siguiente lugar en la línea de sucesión para la presidencia de la Fundación, un primo que vivía en Rhode Island, era inferior en todos los aspectos. Cuando llegara el momento, Mushari le representaría.

    Como no tenía oído para la música, ignoraba que también él tenía un apodo en la oficina, contenido en una tonadilla que todo el mundo silbaba, generalmente, al cruzarse con él. La tonadilla era Ahí va la comadreja.

    Eliot Rosewater fue nombrado presidente de la Fundación en 1947. Cuando Mushari empezó a investigarle, diecisiete años más tarde, Eliot tenía cuarenta y seis años. Mushari, que se creía tan valiente como el pequeño David a punto de degollar a Goliat, tenía exactamente la mitad de sus años. Y era casi como si el mismo Dios quisiera que ganase el pequeño David, pues todos los documentos confidenciales que caían en sus manos demostraban que Eliot estaba más loco que una cabra.

    Por ejemplo, en un archivo secreto, en la caja fuerte de la firma, había un sobre con tres sellos que había de entregarse a la muerte de Eliot a quienquiera le sustituyera en la dirección de la Fundación. Dentro había una carta suya, que decía así:



    «Querido primo, o quienquiera que seas: Felicidades por tu buena suerte. Diviértete. Tal vez aumenten tus perspectivas al conocer la clase de manipuladores y custodios que ha tenido hasta ahora tu increíble fortuna.

    »Como muchas grandes fortunas americanas, la Rosewater fue acumulada en primer lugar por un granjero cristiano, estreñido y sin sentido del humor, que se dedicó a la especulación y el cohecho durante y después de la guerra civil. El granjero era Noah Rosewater, mi bisabuelo, que nació en Rosewater County, Indiana. Noah y su hermano George heredaron de su padre, un pionero, seiscientos acres de tierra de labor, tierra obscura y rica como un pastel de chocolate, y una pequeña fábrica de sierras que estaba casi en la bancarrota.

    »Llegó la guerra. George reclutó una compañía de fusileros y se puso a su frente. Noah pagó a un idiota del pueblo para que luchara en su lugar, transformó su factoría para dedicarla a la fabricación de espadas y bayonetas, y montó un criadero de cerdos en la granja. Abraham Lincoln declaró que no había precio que fuera exagerado si contribuía a la restauración de la Unión, así que Noah valoró su mercancía a escala con la tragedia nacional. E hizo este descubrimiento: las objeciones que pudiera poner el Gobierno al precio o calidad de sus mercancías se eliminaban fácilmente con pequeñísimos y ridículos sobornos.

    »Se casó con Cleota Herrick, la mujer más fea de Indiana, porque tenía cuatrocientos mil dólares. Con ese dinero extendió su fábrica y compró más granjas, todas en Rosewater County. Llegó a ser el mayor comerciante de cerdos en todo el Norte. Para no ser víctima de los conserveros de carne, compró intereses que le dieron el control de unos mataderos en Indianapolis. Para no ser víctima de los proveedores de acero, compró intereses que le dieron el control de una compañía de acero de Pittsburgh. Para no ser víctima de los proveedores de carbón, compró intereses que le dieron el control de varias minas. Para no ser víctima de los prestamistas, fundó una banca.

    »Y esta repugnancia paranoica a ser víctima le obligó a ocuparse más y más de valiosos papeles -acciones y bonos- y menos de las espadas y cerdos. Sus experimentos, pequeños al principio, con papeles de poco valor, le convencieron de que podía venderlos sin esfuerzo. Y mientras continuaba sobornando a los miembros del Gobierno para expandir sus negocios, su interés principal se centró en el mercado de valores.

    »Cuando los Estados Unidos de América, que pretendían ser una utopía general, apenas contaban un siglo, Noah Rosewater y unos pocos hombres como él demostraron que los Padres Fundadores habían sido un poco descuidados en un aspecto, ya que esos recientes antepasados no establecieron que debía ponerse un límite a la riqueza individual, despiste engendrado por la simpatía bonachona para con aquellos que aprecian las cosas caras, y la convicción de que el continente era tan grande y valioso, y la población tan pequeña y emprendedora, que ningún ladrón, por muy aprisa que robara, podía causar graves inconvenientes.

    »Noah y unos pocos como él comprendieron que, en realidad, el continente no era infinito y que los funcionarios venales, en especial los legisladores, se dejaban persuadir con facilidad de disponer de grandes cantidades a su antojo y colocarlas de modo que cayeran donde Noah y los suyos estaban esperándolas.

    »Y de este modo, un puñado de rapaces ciudadanos llegó a controlar todo cuanto valía la pena controlar en América. Así se creó el salvaje, estúpido, totalmente inapropiado e innecesario sistema de clases americano. Se llamó vampiros a los ciudadanos honrados, industriosos y pacíficos que pedían un sueldo para vivir, mientras éstos contemplaban que, a partir de ese momento, los únicos que triunfaban eran los que cobraban fabulosamente por cometer crímenes contra los cuales no se habían dictado leyes. Y así el sueño americano fue hinchándose como un globo, que ascendió lleno de gas hasta la superficie de la codicia ilimitada y subió a lo alto bajo un sol de mediodía.

    »Seguramente que el lema e pluribus unum, escrito en las monedas, fue la suprema ironía en esta utopía, ya que cada americano grotescamente rico representaba propiedades, privilegios y placeres negados a la mayoría. A la luz de la historia de todos los Noah Rosewater, el lema más adecuado sería: Agarra más que demasiado, o no conseguirás nada en absoluto.

    »Y Noah engendró a Samuel, que se casó con Geraldine Ames Rockefeller. Samuel todavía se interesó más en la política que su padre y sirvió incansablemente al Partido Republicano, contribuyendo, como un perfecto hacedor de reyes, a la elección de hombres que bailarían como derviches al son que él tocara, y ordenarían a la milicia que disparara a la multitud cuando cualquier pobre hombre sugiriera tan sólo que entre él y Rosewater no se había previsto ninguna distinción a los ojos de la ley.

    »Y Samuel compró periódicos, y compró predicadores también. Sólo les inculcó esta lección, que ellos enseñaron incansables: Todo el que piense que los Estados Unidos de América son una utopía, es un asqueroso, un perezoso, y un maldito idiota. Samuel afirmó rotundamente que la mano de obra en una fábrica americana no valía más de ocho centavos al día, aunque a la vez se sentía agradecido por la oportunidad de pagar cien mil dólares o más por el cuadro de un italiano muerto hace tres siglos. Como remate de su insulto, regaló cuadros a los museos para la elevación espiritual de los pobres. Los museos cerraban en domingo.

    »Y Samuel engendró a Lister Ames Rosewater, que se casó con Eunice Eliot Morgan. Algo puede decirse en favor de Lister y Eunice: al contrario que Noah y Cleota, y Samuel y Geraldine, tenían sentido del humor y reían sinceramente. Como curiosa posdata a la historia, Eunice llegó a ser campeona de ajedrez de Estados Unidos en 1927 y en 1933.

    »Eunice escribió también una novela histórica sobre un gladiador femenino, Ramba de Macedonia (best-seller en 1936). Murió en 1937, en un accidente de navegación en Cotuit, Massachusetts. Era inteligente y divertida, y se preocupaba sinceramente por la situación de los pobres. Era mi madre.

    »Su marido, Lister, jamás se dedicó a los negocios. Desde el día en que nació hasta el momento en que escribo esta carta, siempre ha confiado la administración de su capital a los abogados y banqueros, pasándose la vida en el Congreso de los Estados Unidos, dedicado a enseñar moral, primero como representante del distrito cuyo centro es Rosewater y luego como senador por Indiana. Que realmente sea, o haya sido alguna vez, una persona de Indiana, es una tenue ficción política. Y Lister engendró a Eliot.

    »Lister no ha meditado jamás en los efectos e implicaciones de su heredada fortuna; ésta nunca le ha divertido, preocupado o tentado; ni siquiera le alteró el entregar el noventa y nueve por ciento de la misma a la Fundación que ahora deberás dirigir.

    »Y Eliot se casó con Sylvia Du Vrais Zetterling, patrocinadora de las artes. Su padre fue un famoso violoncelista. Sus abuelos maternos fueron una Rothschild y un Du Pont.

    »Y Eliot se convirtió en un borracho, un soñador de utopías, un santo de palo, un loco inútil. No engendró a nadie.

    »Bon voyage, querido primo o quienquiera que seas. Sé generoso. Sé amable. Si quieres, puedes ignorar las artes y las ciencias; nunca ayudaron a nadie. Pero debes ser un amigo sincero de los pobres.»

    La carta estaba firmada:

    «El difunto Eliot Rosewater».



    Norman Mushari, cuyo corazón daba saltos de júbilo, alquiló una caja de seguridad y metió allí la carta. Aquella primera pieza de sólida evidencia no estaría sola mucho tiempo.

    Regresó a su cubículo y reflexionó que Sylvia había iniciado ya el proceso de su divorcio, nombrando representante al viejo McAllister. Como se hallaba en París, Mushari le escribió allí una carta, sugiriéndole que, en los procesos de divorcio amistosos y civilizados, era costumbre que los litigantes se devolvieran mutuamente las cartas. Le pidió que le enviara todas las que hubiera guardado de Eliot.

    Y recibió cincuenta y tres a vuelta de correo.



    2



    Eliot Rosewater nació en 1918 en Washington D.C. Como su padre, que alardeaba de representar al Hoosier State, Eliot fue criado, educado y distraído en la costa Este y en Europa. La familia sólo hacía una breve visita anual al llamado «hogar» en Rosewater County, lo suficiente para revalorizar la mentira de que era su hogar.

    Eliot no brilló en sus estudios en Loomis y Harvard, pero llegó a ser un experto marino durante los veranos pasados en Cotuit, en Cape Cod, y un mediano esquiador durante las vacaciones de invierno en Suiza.

    Dejó la Escuela de Leyes de Harvard el 8 de diciembre de 1941, para presentarse como voluntario en la Infantería del Ejército de los Estados Unidos. Se distinguió en muchas batallas, fue nombrado capitán y estuvo después al frente de una compañía. Hacia el fin de la guerra en Europa, sufrió lo que se diagnosticó como fatiga de combate; fue hospitalizado en París, y allí cortejó y se casó con Sylvia.

    Después de la guerra, Eliot volvió a Harvard con su aturdida esposa, y allí se doctoró en leyes, especializándose después en derecho internacional, pues soñaba con ayudar de algún modo a los Estados Unidos. A la vez que se doctoraba en dichos estudios le fue entregada la presidencia de la nueva Fundación Rosewater. Según la Carta Constitucional, sus deberes serían exactamente tan nimios o tan formidables como él mismo quisiera.

    Y se dispuso a tomárselo en serio. Compró una magnífica casa en Nueva York, con una fuente en el vestíbulo y un Bentley y un Jaguar en el garaje. Alquiló una suite de oficinas en el Empire State Building e hizo que las pintaran de color limón-naranja vivo y blanco perla, definiéndolas como el cuartel general de todas las cosas bellas, benéficas y científicas que se proponía llevar a cabo.

    Era un gran bebedor, pero nadie se preocupaba de eso. Por mucho que bebiera, nunca parecía borracho.

    Desde 1947 a 1953, la Fundación Rosewater gastó catorce millones de dólares. Las obras de caridad de Eliot abarcaron todo el cuadro posible de limosnas, desde una clínica para el control de natalidad en Detroit a un Greco para Tampa, Florida. Los dólares Rosewater lucharon contra el cáncer, las enfermedades mentales, los prejuicios raciales, la brutalidad de la policía y otras incontables miserias; también se utilizaron esos dólares para animar a todos los profesores de colegio a buscar la verdad, y para comprar la belleza a cualquier precio.

    Parece irónico que el propio Eliot subvencionara un estudio del alcoholismo en San Diego. Cuando le entregaron el informe, estaba demasiado borracho para leerlo. Sylvia tuvo que acudir a su oficina para escoltarle a casa. Cien personas la vieron tratando de hacerle cruzar la acera hasta un coche que les esperaba, y Eliot les recitó una coplita que había compuesto durante la mañana:



    ¡Muchas, muchas cosas buenas he adquirido!

    ¡Muchas, muchas cosas malas he vencido!



    Después de esto, y como penitencia, se mantuvo sobrio durante dos días. Luego desapareció durante una semana. Entre otras cosas, irrumpió en un congreso de escritores de ciencia ficción reunido en un motel de Milford, Pennsylvania. Norman Mushari se enteró de este episodio por el informe que un detective privado sacó de los archivos de McAllister, Robjent, Reed y McGee. El viejo McAllister había alquilado los servicios del detective, que debía seguir a Eliot para descubrir si hacía algo que más tarde pudiera dañar legalmente a la Fundación.

    El informe contenía, al pie de la letra, el discurso de Eliot a los escritores, ya que toda la reunión, incluida su alcohólica interrupción, se había tomado en cinta magnetofónica.

    -Os quiero mucho, hijos de perra -dijo Eliot en Milford-. Sois mis escritores favoritos. Sois los únicos que habláis de los cambios realmente terribles que tienen lugar, los únicos lo bastante locos para saber que la vida es un viaje espacial, y no precisamente corto, sino uno que durará millones de años. Sois los únicos que tenéis el valor y el coraje de preocuparos realmente del futuro; los que realmente os dais cuenta de lo que nos hacen las máquinas, lo que nos hacen las ciudades, lo que nos hacen las grandes y simples ideas, lo que nos hacen las tremendas incomprensiones, equivocaciones, accidentes y catástrofes. Sois los únicos que os preocupáis del tiempo y las distancias sin límite, de los misterios inmortales, del hecho de que ahora ya tenemos una base para fijar si los viajes espaciales de los próximos veinte años serán un cielo o un infierno…

    Eliot admitió después que los autores de ciencia ficción no podían escribir para los eruditos, pero declaró que eso no importaba. A pesar de ello eran poetas, pues se mostraban más sensibles a los cambios importantes que cualquier buen escritor.

    -¡Al diablo con los cuentistas de talento que escriben delicadamente sobre una pequeña parte de una simple vida, cuando hay temas como galaxias, eones y billones de almas que aún no existen! ¡Ojalá Kilgore Trout estuviera aquí -siguió diciendo Eliot-, para poder estrechar su mano y decirle que es el mejor escritor de la actualidad! ¡Acaban de decirme que no ha venido porque no pudo dejar su trabajo! Y ¿qué trabajo le ha dado esta sociedad a su mayor profeta? -parecía que se ahogaba, y durante algunos momentos no consiguió decidirse a nombrar el trabajo de Trout-. ¡Le han hecho empleado de un centro de remisión de sellos en Hyannis!

    Era cierto. Trout, autor de ochenta y siete libros encuadernados en rústica, era un hombre muy pobre y totalmente desconocido fuera del mundo de la ciencia ficción. En el momento en que Eliot hablaba tan cálidamente de él, contaba sesenta y seis años.

    -De aquí a diez mil años -predijo Eliot con alcohólica insistencia- se habrán olvidado los nombres de nuestros generales y presidentes, y el único héroe que se recordará de esta época será el autor de 2BRO2B. -éste era el título de un libro de Trout, título que, bien examinado, resultaba ser la famosa pregunta que hiciera Hamlet. [2]

    Mushari siguió buscando con todo ahínco una copia del libro para su dossier sobre Eliot. Ningún librero digno de tal nombre había oído hablar jamás de Trout. Mushari buscó por su cuenta en el cuchitril de un comerciante de obscenidades. Allí, entre la más feroz pornografía, encontró ejemplares muy manoseados de todos los libros que escribiera Trout. 2BRO2B, publicado al precio de veinticinco centavos, le costó cinco dólares, el mismo precio que le pidieron por El Kama Sutra de Vatsyayana.

    Mushari ojeó el Kama Sutra, manual oriental del arte y técnicas del amor, prohibido desde hacía mucho tiempo, y se encontró con este párrafo:

    «Si un hombre hace una especie de crema con el jugo de fruto casia fístula y eujenia jambolina, y mezcla el polvo de la planta soma, veronia antelminica, eclipta próstata, lohopa-juihirka, y aplica la mezcla al yoni de una mujer con la que está a punto de tener relación sexual, inmediatamente dejará de amarla.»

    No vio nada divertido en esto. Nunca veía nada divertido en nada, tan inmune estaba, gracias al espíritu severo de la ley.

    Fue lo bastante obtuso como para imaginar que los libros de Trout debían de ser sucios, ya que se vendían a tales precios a gente tan extraña y en tal lugar. No comprendió que lo que Trout tenía en común con la pornografía no era el sexo, sino las fantasías de un mundo absurdamente hospitalario.

    De modo que se sintió defraudado al leer aquellas obras, pues buscaba sexo y sólo encontraba automatismo. La fórmula favorita de Trout consistía en describir una sociedad perfectamente odiosa, no muy distinta de la suya, y luego, al final, sugerir el modo de mejorarla. En 2BRO2B describía una América en la que las máquinas realizaban casi todo el trabajo, y los únicos que podían trabajar en algo habían de tener tres o cuatro títulos. También existía el problema del exceso de población.

    Todas las enfermedades graves habían sido vencidas. La muerte era, por tanto voluntaria, y el Gobierno, para animar a los voluntarios, construía un Salón del Suicidio Ético con tejado púrpura en todas las plazas mayores, junto a bares de un tal Howard Johnson, con tejado naranja. Había bonitas camareras en el salón, gentes que atendían a los visitantes voluntarios y una elección de catorce modos de morir sin dolor. Sus Salones del Suicidio estaban siempre llenos, porque había demasiadas personas sin interés por vivir y porque se suponía que la muerte era algo generoso y patriótico. Los suicidas recibían también una última comida gratis en el bar contiguo, etcétera. Trout tenía una maravillosa imaginación.

    Uno de los personajes preguntaba a una camarera de la muerte si él iría al cielo, y ella le decía que claro que sí. Preguntaba si vería a Dios, y ella contestaba:

    -Naturalmente, encanto.

    -Así lo espero. Quiero preguntarle algo que nunca pude averiguar aquí.

    -¿Qué es? -preguntaba ella.

    -¿Para qué demonios existe el hombre?

    En Milford, Eliot dijo a los escritores que ojalá aprendieran más sobre el sexo, la economía y el estilo; pero que suponía que, trabajando sobre unos temas tan importantes, no tenían tiempo para tales cosas. Y se le ocurrió entonces que nunca se había escrito un libro verdaderamente bueno de ciencia ficción sobre el dinero.

    -¡Pensad de cuántos y cuan salvajes modos circula el dinero por la Tierra! -dijo-. No es preciso ir al planeta Tralfamadore, en la galaxia Anti-Materia 508 G, para encontrar criaturas con increíble poder. ¡Pensad en el poder de un millonario terrestre! ¡Miradme a mí! Yo nací desnudo, lo mismo que vosotros, pero… ¡Dios mío!, amigos y vecinos, ¡yo puedo gastar miles de dólares al día!

    Se detuvo para hacer una demostración impresionante de sus poderes mágicos, escribiendo un lindo cheque de doscientos dólares para cada miembro del auditorio.

    -Esto os parecerá una fantasía -continuó-. Pero si mañana vais al Banco, será una realidad. Es una locura que yo pueda hacerlo, siendo el dinero tan importante… -perdió el equilibrio por un momento, lo recuperó y casi se quedó dormido de pie. Abrió los ojos con gran esfuerzo-. Esto es lo que espero de vosotros, amigos y vecinos, y especialmente del inmortal Kilgore Trout: pensad en el modo estúpido en que circula el dinero, y tratad de descubrir un modo mejor.

    Eliot salió de Milford y, haciendo auto-stop, se fue a Swarthmore, Pennsylvania, donde entró en un pequeño bar y anunció que todo el que pudiera enseñarle su insignia de bombero voluntario bebería a sus expensas. Gradualmente acabó por coger una borrachera llorona, durante la cual declaró que le emocionaba profundamente la idea de un planeta habitado cuya atmósfera pudiera combinarse violentamente con todo lo más querido a sus habitantes. Hablaba de la Tierra y del elemento oxígeno.

    -Si lo pensamos bien, chicos -dijo, hablando entrecortadamente-, eso es lo que nos mantiene juntos, más que cualquier otra cosa…, excepto, quizá, la gravedad. Nosotros, unos pocos, nosotros los hombres felices, nosotros, hermanos, estamos unidos en el grave negocio de impedir que la comida, las casas, las ropas y los seres amados se combinen con el oxígeno. Os digo, chicos, que yo formé parte de un departamento de bomberos voluntarios y que me gustaría pertenecer a uno. Si hubiera algo tan humano, tan humano, en la ciudad de Nueva York…

    Era mentira que Eliot hubiera sido bombero. Todo lo más, y durante sus visitas anuales a Rosewater County, con su familia, durante la infancia, los ciudadanos sicofantes le habían adulado nombrándole la mascota del Departamento de Bomberos Voluntarios de Rosewater. Jamás había apagado un incendio.

    -Os digo, chicos -continuó-, que si esos platillos volantes rusos aterrizaran aquí algún día (y no veo el modo de impedirlo), todos los asquerosos bastardos que consiguen los buenos empleos en este país a fuerza de lamer culos, estarían preparados para recibir a los conquistadores con vodka y caviar, ofreciéndose para llevar a cabo cualquier clase de trabajo que se les ocurriera a los rusos. ¿Y sabéis quiénes se retirarían a los bosques, con cuchillos de caza y rifles Springfield, quiénes seguirían luchando durante cien años? Los bomberos voluntarios, ¡sí señor!

    Le metieron en la cárcel de Swarthmore por borrachera y escándalo público. Cuando se despertó a la mañana siguiente, la policía llamó a su esposa. Eliot les ofreció sus disculpas y se fue tristemente a casa.

    Pero al cabo de un mes estaba de nuevo en marcha; de juerga con los bomberos de Clover Lick, West Virginia, una noche; de parranda con los de New Egypt, New Jersey, a la siguiente. En ese viaje cambió sus ropas con otro, dándole un traje de cuatrocientos dólares por un modelo azul, 1939, de chaqueta cruzada, con unas hombreras como Gibraltar, solapas como las alas del arcángel San Gabriel y unas arrugas en el pantalón que parecían cosidas a la tela.

    -Debes estar loco -dijo el bombero de New Egypt.

    -No quiero parecer yo mismo -replicó Eliot-. Quiero que te vean a ti en mí. Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois todo lo que hay de bueno en América, los hombres que lleváis estos trajes. Sois el alma de la Infantería de Estados Unidos.

    Y Eliot siguió vagando y entregando todo su guardarropa excepto el frac, el smoking y un traje de franela gris. Su armario, un mueble que medía seis metros, se convirtió en un deprimente museo de sobretodos, monos, trajes especiales de Robert Hall, chaquetas de campo, chaquetas Eisenhower, jerseys, etcétera. Sylvia quiso quemarlo todo, pero él le dijo:

    -Puedes quemar, si quieres, el frac, el smoking y el traje de franela gris.

    Ya entonces estaba Eliot enfermo, pero no había nadie que recomendara un tratamiento, ni nadie estaba tan ansioso por apoderarse de los beneficios como para querer demostrar su locura. Por aquellos días el pequeño Norman Mushari sólo tenía doce años; coleccionaba modelos de aviones de plástico, se masturbaba y llenaba la habitación con fotografías del senador Joe McCarthy y Roy Cohn. Eliot Rosewater estaba muy lejos de su mente.

    Sylvia, educada entre ricos excéntricos y encantadores, era demasiado europea para hacer que lo encerraran. Y el senador estaba entregado a la lucha política más importante de su vida, reuniendo las fuerzas republicanas reaccionarias destruidas por la elección de Dwight David Eisenhower. Cuando le contaron el curioso modo de vivir de su hijo, se negó a preocuparse, basándose en que el chico estaba bien educado:

    -Tiene fibra, tiene agallas -dijo el senador-. Está haciendo experimentos. Recobrará el sentido en el momento en que se halle bien y dispuesto. En esta familia jamás hubo, ni habrá, un borracho crónico o un loco crónico.

    Después de decir esto, entró en la Cámara del Senado, donde pronunció su famoso discurso sobre la Era Dorada de Roma, del que reproducimos una parte:

    -Me gustaría hablar del emperador Octavio, de César Augusto, de cómo llegó a ser conocido. Este gran humanista, pues era un humanista en el más profundo sentido de la palabra, tomó el mando del Imperio romano en un período degenerado, muy parecido al nuestro. La prostitución, el divorcio, el alcoholismo, el liberalismo, la homosexualidad, la pornografía, el aborto, la venalidad, el crimen, el control del trabajo, la delincuencia juvenil, la cobardía, el ateísmo, la extorsión, la difamación y el robo estaban en el pináculo de la moda. Roma era el paraíso de los gangsters, los pervertidos y los haraganes, lo mismo que ahora es América. Como sucede hoy en nuestro país, las fuerzas de la ley y el orden eran abiertamente atacadas por la multitud, los niños crecían desobedientes, no tenían respeto alguno por sus padres ni su país; ninguna mujer decente caminaba segura por la calle, ¡ni siquiera a mediodía! Los extranjeros listos, avispados y dedicados al soborno florecían por todas partes. Y, muy por debajo de los grandes cambistas de la ciudad, estaban los honrados granjeros, la espina dorsal del ejército romano y el alma de Roma.

    »¿Cómo resolver aquel estado de cosas? Había entonces liberales blandos, como hay liberales torpes ahora, que dijeron lo que los liberales dicen siempre después de que han llevado a una gran nación a esa condición ilegal e incomprensible: "¡Pero si estamos mejor que nunca! ¡Fijaos en la libertad! ¡Pensad en la igualdad! ¡Mirad cómo hemos arrojado de la escena la hipocresía sexual! La gente se avergonzaba antes cuando pensaba en la violación y la fornicación, ¡pero ahora pueden hacerlo alegremente cuando quieran!"

    »¿Y qué podían decir los terribles y serios conservadores de aquella época feliz? Bueno, no quedaban muchos, se morían de ancianidad en medio del ridículo. Sus hijos se habían vuelto contra ellos gracias a los liberales, a los proveedores del sol y la luna sintéticos, a los inútiles políticos que practicaban el strip-tease, a la gente que amaba a todo el mundo, bárbaros incluidos. ¡Aquellos imbéciles amaban tanto a los bárbaros que querían abrirles todas las puertas, que los soldados dejaran sus armas y que los bárbaros entraran en el Imperio!

    »Esa era la Roma a la que volvió César Augusto después de derrotar a aquellos dos maníacos sexuales, Antonio y Cleopatra, en la gran batalla naval de Accio. No creo necesario repetir todo lo que pensó cuando visitó la Roma que debía gobernar. Guardemos unos momentos de silencio, y que cada uno piense lo que quiera de los chanchullos de hoy.

    Hubo, pues, un momento de silencio, de unos treinta segundos, que a algunos les parecieron mil años.

    -Y ¿qué métodos utilizó César Augusto para poner orden en todo aquello? Hizo lo que nos dicen a menudo que no debemos hacer, lo que afirman que jamás servirá de nada: convirtió la moral en ley, y reforzó aquellas leyes irrebatibles con una fuerza de policía cruel y que jamás sonreía. Y a partir de entonces fue ilegal que un romano se condujera como un cerdo. ¿Me oís? ¡Ilegal! Y los romanos que eran cogidos actuando como cerdos eran colgados de los pulgares cabeza abajo, arrojados a los pozos o a los leones, o sufrían experiencias que les inculcaran el deseo de ser más decentes y respetables de lo que eran. ¿Sirvió de algo? ¡Ya podéis apostar las botas a que sí! ¡Los cerdos desaparecieron como por arte de magia! Y ¿cómo se llama el período que siguió a esa "opresión inconcebible"? Nada más y nada menos, amigos y vecinos, que "la Edad de Oro de Roma".

    »¿Piensa alguien que sugiero que debemos seguir ese sangriento ejemplo? ¡Pues sí! Apenas transcurre un día en el que no diga de un modo u otro: "Forcemos a los americanos a ser tan buenos como debieran". ¿Piensa alguien que creo que debemos echar a los canallas a los leones? Bien, pues para dar gusto a los que se complacen en imaginarme dominado por las pasiones primitivas, dejadme decir: ¡Sí, claro que sí, esta misma tarde si es posible! Para desilusionar a mis críticos, diré que estoy hablando en broma. No me divierten los castigos crueles y extraños, no. Me fascina el hecho de que una zanahoria y un palo sea lo que hace andar a un burro, y que este descubrimiento pueda tener cierta aplicación en el mundo de los seres humanos.

    Etcétera. El senador dijo que la zanahoria y el palo se habían convertido en el Sistema de Empresa Libre, tal como lo concibieron los Padres Fundadores; pero que los seres bondadosos, tan bondadosos que pensaban que la gente no debía tener que luchar por nada, habían alterado la lógica del sistema hasta hacerla irreconocible.

    -En resumen -dijo-, veo dos alternativas ante nosotros: podemos convertir la moral en ley y reforzar duramente esos preceptos morales, o volver al verdadero Sistema de Empresas Libres, que incluye en él la justicia fundamental de César Augusto de "Lucha o perecerás". Favorezco enfáticamente la última alternativa. Hemos de ser duros para convertirnos de nuevo en una nación de buenos luchadores, dejando que perezcan los débiles. Ya he hablado de otra época difícil en la historia antigua. En caso de que hayáis olvidado el nombre os refrescaré la memoria: la Edad de Oro de Roma, amigos y vecinos, la Edad de Oro de Roma.



    Eliot no contaba con amigos que pudieran ayudarle en aquella época de crisis. Los ricos se enojaron porque él les gritaba que todo cuanto tenían lo debían únicamente a la pura suerte. Los artistas se enfadaron porque les decía que los únicos que prestaban atención a sus obras eran los imbéciles que no tenían nada que hacer. Ofendió a sus amigos del colegio al preguntarles: «¿Quiénes tienen tiempo de leer todas las estupideces que escribís y escuchar las cosas tan aburridas que decís?». Y se ganó la antipatía de los científicos al darles las gracias de modo extravagante por los avances científicos sobre los que había leído en la prensa y asegurarles, con el rostro perfectamente serio, que la vida era mejor cada día gracias al pensamiento científico.

    Después se puso en manos de un psiquiatra. Dejó de beber, volvió a preocuparse de su aspecto, expresó entusiasmo por las artes y ciencias y recuperó muchos amigos.

    Sylvia se sentía más feliz que nunca. Y de pronto, un año después de comenzado el tratamiento, quedó asombrada ante una llamada del psiquiatra. Abandonaba el caso porque, según su terca opinión vienesa, Eliot era intratable.

    -¡Pero si le ha curado!

    -Si yo fuera un charlatán de Los Angeles, querida señora, estaría totalmente de acuerdo. Pero no soy hipócrita. Su marido posee la neurosis mejor defendida con que me he tropezado en la vida. No puedo imaginar la naturaleza de esa neurosis. En todo un año de trabajo, apenas he conseguido arañar la superficie.

    -¡Pero si él siempre vuelve a casa tan alegre, después de estar con usted!

    -¿Sabe de qué hablamos?

    -Pensé que era mejor no preguntarlo.

    -¡De la historia de América! He ahí un hombre muy enfermo que, entre otras cosas, mató a su madre, y cuyo padre es un terrorífico tirano. Y ¿de qué habla cuando le invito a dejar vagar su mente? ¡De historia americana!

    La declaración de que Eliot había matado a su amada madre era, en cierto modo, crudamente cierta. Cuando tenía diecinueve años se la llevó a navegar en bote por Cotuit Harbour. Al mudar un botavante, el golpetazo tiró a su madre por la borda. Eunice Morgan Rosewater se hundió como una piedra.

    -Le pregunto con quién sueña -continuó el doctor- y me responde: «Con Samuel Gompers, Mark Twain y Alexander Hamilton». Le pregunto si su padre aparece alguna vez en sus sueños y me contesta: «No, pero Thorsten Veblen sí». Señora Rosewater, me siento derrotado. Dimito.

    Eliot pareció algo divertido ante la dimisión del doctor.

    -No entiende la enfermedad, así que se niega a admitir que exista -dijo en tono ligero.

    Esa tarde fue con Sylvia al Metropolitan para el estreno de una nueva puesta en escena de Aída. La Fundación Rosewater había pagado los trajes. Eliot se veía simplemente maravilloso: alto, de rigurosa etiqueta, con el enorme y amistoso rostro sonrosado y los brillantes ojos azules como un anuncio de higiene mental.

    Todo fue bien hasta la última escena de la ópera, en la que meten a los protagonistas en una cámara cerrada para que mueran asfixiados. Mientras la pareja llenaba los pulmones disponiéndose a cantar, Eliot les gritó:

    -¡Duraréis más si os quedáis callados! -se puso de pie, se inclinó hacia fuera del palco e insistió-: ¡A lo mejor no sabéis nada sobre el oxígeno, pero yo sí! Creedme, ¡no debéis cantar!

    El rostro fue quedándosele blanco y vacío. Sylvia le tiró de la manga. Eliot la miró con aire ausente y dejó que se lo llevaran como si fuera un globo de juguete.



    3



    Norman Mushari se enteró de que, la noche de Aída, Eliot desapareció de nuevo, saltando del taxi que le llevaba a casa en el cruce de la calle Cuarenta y Dos y la Quinta Avenida.

    Diez días más tarde Sylvia recibió una carta escrita en la oficina del Departamento de Bomberos Voluntarios de Elsinore, en Elsinore, California. El nombre del lugar le había lanzado a una nueva serie de especulaciones sobre sí mismo, que culminaron en su creencia de que, en cierto modo, él tenía mucho del Hamlet de Shakespeare. Decía la carta:



    «Querida Ofelia:

    »Elsinore no es en realidad lo que yo esperaba, o a lo mejor es que hay más de uno y yo no he venido al verdadero. Los jugadores de fútbol de aquí se denominan "los daneses luchadores", pero en las ciudades de alrededor los conocen como "los daneses melancólicos". En los pasados tres años han ganado un partido, empatado dos y perdido veinticuatro. Supongo que eso es influencia de Hamlet.

    »Lo último que me dijiste antes de que saliera del taxi, es que tal vez debiéramos divorciarnos. Yo no me di cuenta de que la vida te resultara tan incómoda. Me doy cuenta de que me cuesta mucho darme cuenta. Todavía me cuesta darme cuenta de que soy un alcohólico, aunque los extraños lo averiguan en seguida.

    »Quizá sea presunción por mi parte creer que tengo cosas en común con Hamlet, que tengo una misión importante, aunque de momento aún no sepa cómo llevarla a cabo. Claro que Hamlet tuvo una ventaja muy grande, porque el fantasma de su padre le dijo exactamente lo que tenía que hacer, y en cambio yo opero sin instrucciones. Pero hay algo en algún sitio que trata de decirme dónde debo ir, qué debo hacer allí y por qué. No te preocupes, no oigo voces. Pero siento claramente que tengo un destino lejos de esa triste y despreciable farsa que es nuestra vida en Nueva York. Y sigo errante.

    »Y sigo errante…»



    El joven Mushari quedó desilusionado al leer que Eliot no oía voces. Pero la carta terminaba con algo que era una auténtica chifladura. Describía todo el sistema extintor de incendios de Elsinore como si Sylvia estuviera ansiosa de tales detalles.



    «Aquí pintan las máquinas de incendios con rayas naranja y negras, como los tigres. ¡Es asombroso! Ponen detergente en el agua, y así las paredes se empapan bien y el agua llega mejor al fuego. Realmente es de sentido común, con tal que no estropee las bombas y mangueras. Todavía no lo han usado bastante tiempo para saberlo a ciencia cierta. Les dije que debían escribir al fabricante de las bombas para decirle lo que están haciendo y ellos me dijeron que lo harían. Creen que soy un gran bombero voluntario del lejano Este. ¡Qué personas más maravillosas! No son como los estúpidos y aduladores que vienen a llamar a las puertas de la Fundación Rosewater. Son como los americanos que conocí en la guerra.

    »Ten paciencia, Ofelia.

    »Con cariño,

    »Eliot



    Se trasladó de Elsinore a Vashti, Texas, y allí dio con sus huesos en la cárcel, porque se llegó hasta el Departamento de Bomberos, cubierto de polvo y con una barba de muchos días, y empezó a hablar con algunos ociosos. Dijo que el Gobierno debía repartir las riquezas del país de modo equitativo; no estaba bien que unas personas tuvieran más de lo que podían usar jamás y otros no tuvieran nada.

    Continuó diciendo cosas como ésta:

    -¿Saben?, yo creo que el propósito principal del Ejército, la Marina y la Infantería de Marina consiste en dar trajes limpios, planchados y nuevos a los americanos pobres para que a los americanos ricos no les ofenda mirarlos.

    Mencionó también una revolución. En su opinión habría una dentro de unos veinte años, y esperaba que fuera buena si la dirigían los veteranos de la infantería y los bomberos voluntarios.

    Le metieron en la cárcel por sospechoso. Le soltaron después de una serie de preguntas y respuestas. Le hicieron prometer que jamás volvería a Vashti.

    Una semana después apareció en New Vienna, Iowa. Escribió otra carta a Sylvia desde el Departamento de Bomberos de la localidad. Llamaba a Sylvia «la mujer más paciente del mundo» y le decía que su larga vigilia estaba a punto de terminar.



    «Ahora sé -escribió- dónde debo ir. ¡Me voy allá a toda velocidad! Ya te telefonearé cuando llegue. Tal vez me quede para siempre. Todavía no veo muy claro lo que debo hacer cuando llegue allí, pero también lo veré entonces, seguro. ¡Las escamas están cayendo de mis ojos!

    »A propósito, les dije a los bomberos de aquí que podían probar a poner detergente en el agua, pero que escribieran primero al fabricante de las bombas. Les gusta la idea. Van a proponerla en la próxima reunión. He pasado dieciséis horas sin una copa y no echo de menos el veneno. ¡En absoluto! Adiós.»



    Cuando Sylvia recibió esa carta, inmediatamente hizo que le aplicaran al teléfono un aparato de cinta magnetofónica, una magnífica idea de Norman Mushari. Sylvia lo hizo porque pensaba que Eliot se había vuelto al fin completamente loco. Cuando llamara, quería conservar todas las pistas sobre su situación y condiciones a fin de conseguir pruebas para el juicio.

    Y llegó la llamada:

    -¿Ofelia?

    -¡Oh, Eliot, Eliot! ¿Dónde estás, cariño?

    -En América, entre los degenerados hijos y nietos de los pioneros.

    -Pero ¿dónde? ¿Dónde?

    -En todas partes…, en cualquier parte…, en una cabina telefónica de aluminio y cristal, en un lugarcito de América, con monedas americanas extendidas sobre el estante ante mí. También hay un mensaje escrito con bolígrafo en el estante.

    -¿Y qué dice?

    -«Sheila Taylor es una imbécil». Seguro que es verdad.

    De pronto Sylvia escuchó un estrépito por el teléfono.

    -¡Anda! -exclamó Eliot-. Un autobús enorme ha hecho sonar flatulentamente sus trompetas romanas ante la estación de autobuses, que también es una pastelería. ¡Mira! Sólo un viejo americano ha respondido a la llamada, y sale renqueando. Nadie le dice adiós, tampoco él mira arriba y abajo de la calle esperando que alguien le hable. Lleva un paquete de papel marrón atado con un cordel. Se va a alguna parte…, sin duda a morir.

    »Ahora se despide de la única ciudad que jamás ha conocido, de la única vida que ha conocido. Pero no puede pensar en decir adiós a su universo. Todo su ser está pendiente de no ofender al poderoso conductor de autobuses que le mira despectivamente desde su trono de piel azul. ¡Ay, qué pena! El viejo americano consigue subir a bordo, pero ahora no puede encontrar su billete. ¡Lo ha encontrado al fin! Pero es demasiado tarde, ¡demasiado tarde! El conductor está rabioso. Cierra la puerta y sale con un salvaje rugido de marchas; toca la bocina, asusta a una vieja americana que cruza la calle y hace temblar los vidrios de las ventanillas. Todo es odio, odio, odio.

    -Eliot, ¿hay un río ahí?

    -La cabina telefónica está en el amplio valle de ese sumidero llamado el Ohio. El Ohio está a treinta millas al sur. Carpas tan grandes como submarinos atómicos engordan en el cieno de los hijos y nietos de los pioneros. Más allá del río están las colinas, en otro tiempo verdes, de Kentucky, la tierra prometida de Daniel Boone, ahora destrozada y hendida por las minas, muchas de ellas propiedad de una fundación benéfica y cultural dotada por una familia americana bastante antigua, llamada Rosewater.

    »Al otro lado del río, los edificios de la Fundación Rosewater quedan algo difusos. Pero en este lado, justo en torno a mi cabina telefónica, y en una distancia de unas cuantas millas a la redonda, la Fundación lo posee casi todo. Sin embargo, la Fundación no se ha metido para nada con el próspero negocio de los gusanos. En todas las casas hay letreros que dicen "Se venden gusanos".

    »La principal industria de aquí, aparte los gusanos y los cerdos, la constituyen las fábricas de sierras. Naturalmente, son propiedad de la Fundación. Como las sierras son aquí tan importantes, los atletas de la Escuela Superior Noah Rosewater son llamados "las sierras luchadoras". En realidad, no quedan muchos trabajadores. La fábrica es casi completamente automática. Si sabes manejar una máquina, puedes dirigir la fábrica y hacer doce mil sierras en un día.

    »Un joven, uno de esos "sierras luchadoras" de unos dieciocho años, pasa despreocupadamente ante mi cabina telefónica luciendo los sagrados colores azul y blanco. Parece peligroso, pero no haría daño a un niño. Sus estudios favoritos en la escuela fueron Civismo, y los Problemas en la Moderna Democracia Americana; los dos se los enseñó el profesor de baloncesto. Este chico sabe que cualquier cosa violenta que hiciera no sólo debilitaría a la República, sino que también arruinaría su propia vida. No hay trabajo para él en Rosewater. Hay muy poco trabajo para él en cualquier parte. A veces lleva en el bolsillo folletos sobre el control de natalidad que muchas personas juzgan alarmantes y de mal gusto, pero esas mismas personas encuentran alarmante y de mal gusto que el padre del muchacho no utilizara el control de natalidad. ¡Otro chico echado a perder por la abundancia de la posguerra! ¡Otro principito de ojos de grosella! Ahora se encuentra con su chica, una chica que no tendrá más de catorce años…, una Cleopatra de a cinco centavos, una palabra de cuatro letras.

    »Al otro lado de la calle están los bomberos, cuatro camiones, tres borrachos, dieciséis perros y un hombre alegre y sobrio con una caja de limpiametales.

    -¡Oh, Eliot, Eliot! ¡Ven a casa! ¡Ven a casa!

    -¿No lo comprendes, Sylvia? Estoy en casa. Ahora sé que éste ha sido siempre mi hogar, la ciudad de los Rosewater: la cuna de los Rosewater, Rosewater County, en el Estado de Indiana.

    -Y ¿qué te propones hacer allí, Eliot?

    -Me voy a preocupar de estas gentes.

    -Eso… eso está muy bien -dijo Sylvia sin comprender.

    Era una muchacha pálida y delicada, instruida, graciosa. Tocaba el arpa, y hablaba seis idiomas de modo encantador. Durante su infancia y juventud había conocido muchos grandes hombres en casa de su padre… Picasso, Schweitzer, Hemingway, Toscanini, Churchill, De Gaulle. Nunca había visto Rosewater County, ni tenía idea de lo que era un gusano, ni sabía que en algún sitio pudiera ser la tierra tan insoportablemente monótona, ni la gente tan terriblemente aburrida.

    -Miro a estas personas, a estos americanos -continuó Eliot- y me doy cuenta de que ni siquiera saben preocuparse de sí mismos, porque no tienen utilidad. La fábrica, las granjas, las minas del otro lado del río… son casi completamente automáticas ahora. Y América ni siquiera necesita a esas personas para la guerra. Ya no. Sylvia, voy a ser artista.

    -¿Artista?

    -Voy a amar a esos inútiles americanos, aunque lo sean, aunque no sean atractivos. Esa va a ser mi obra de arte.



    4



    Rosewater County, el lienzo en que Eliot se proponía pintar con amor y comprensión, era un rectángulo en el que otros hombres -especialmente otros Rosewater- habían hecho ya algunos atrevidos diseños. Los predecesores de Eliot se habían anticipado a Mondrian. Sus caminos corrían hacia el este y el oeste; hacia el norte y el sur. Cortando exactamente el condado y deteniéndose en sus fronteras, había un canal estancado de veinte kilómetros de largo. Era la única gota de realidad exprimida por el bisabuelo de Eliot a la fantasía de acciones y obligaciones de un canal que uniría Chicago, Indianapolis, Rosewater y el Ohio. Ahora había lucios, gobios y carpas en el canal. Las personas interesadas en pescarlos compraban los tan anunciados gusanos.

    Los antecesores de la mayoría de los comerciantes en gusanos habían sido accionistas en el Canal Interestatal Rosewater. Cuando el proyecto se vino abajo, algunos perdieron sus granjas, que fueron adquiridas por Noah Rosewater. New Ambrosia, comunidad utópica del ángulo sudoeste del distrito, invirtió todo cuanto tenía en el canal y perdió. La comunidad estaba formada por alemanes comunistas y ateos que practicaban el matrimonio en grupos, la sinceridad absoluta, la limpieza absoluta y el absoluto amor. Ahora estaban esparcidos a los cuatro vientos, como los papeles que representaban su parte en el canal. Pero nadie sintió que se fueran. Su única contribución al país que aún estaba en pie en la época de Eliot era la cervecería convertida en el centro de la Cerveza Dorada Ambrosía Lager de Rosewater. En la etiqueta de cada lata de cerveza estaba pintado el cielo en la Tierra que se propusieron construir los habitantes de New Ambrosia. La ciudad soñada tenía iglesias rematadas con esbeltas agujas. Las agujas acababan en un pararrayos. El cielo estaba lleno de querubines.

    La ciudad de Rosewater era el centro muerto del distrito. En el centro muerto de la ciudad había un Partenón construido todo él de honrado ladrillo rojo, hasta sus columnas. El tejado era de cobre verde. El canal atravesaba la ciudad, como en otro tiempo la atravesara el ferrocarril central de Nueva York (Monon) y los ferrocarriles de Nickel Plate. 

    Cuando Eliot y Sylvia llegaron allí, sólo quedaba el canal y las vías del Monon, pero el ferrocarril había quebrado y las vías lucían un tono desvaído.

    Al oeste del Partenón estaba la antigua Compañía de Fabricación de Sierras Rosewater, también de ladrillo rojo, con tejado verde también. Pero el tejado estaba hundido a medias y las ventanas sin cristales. Era una New Ambrosia para las golondrinas y murciélagos. Los cuatro relojes de la torre carecían de saetas, y el armazón de metal estaba lleno de nidos.

    Al este del Partenón estaba el Tribunal de Justicia, también de ladrillo rojo, de tejado verde también. La torre era idéntica a la de la vieja Compañía de Fabricación de Sierras. Tres de sus relojes aún conservaban las saetas, pero no funcionaban. Como un absceso en la base de un diente enfermo, en el sótano de aquel edificio público prosperaba un negocio particular. El anuncio de neón rojo decía: «Salón de Belleza de Bella». Bella pesaba más de cien kilos.

    Al este del Tribunal de Justicia estaba el Parque Conmemorativo de los Veteranos de Samuel Rosewater. Tenía una bandera y un cuadro con los nombres de los caídos. Este cuadro de honor era una plancha de madera pintada de negro, colgada de un simple palo y con un alero de apenas cinco centímetros de ancho. Allí estaban los nombres de las personas de Rosewater County que habían dado sus vidas por la patria.

    Las otras únicas construcciones de ladrillo eran la Mansión Rosewater y su cochera, que se alzaban en una elevación artificial del terreno al extremo este del parque, rodeadas por una verja de hierro; y la Escuela Superior Noah Rosewater, centro de los «sierras luchadoras», que limitaba el parque por el sur. Al norte del parque estaba la Opera Rosewater, un edificio espantoso, con aspecto de pastel de boda, convertido ahora en la Oficina de Bomberos. Todo lo demás eran casas repugnantes, chozas, alcoholismo, ignorancia, idiotez y perversión, ya que todo lo sano, trabajador e inteligente de Rosewater County se apresuraba a largarse de allí.

    La nueva Compañía de Fabricación de Sierras Rosewater, ladrillo amarillo y sin ventanas, se alzaba en un sembrado a medio camino entre Rosewater y New Ambrosia, servida por una nueva y brillante línea del New York Central y por una amplia carretera de dos direcciones que pasaba a dieciséis kilómetros de la ciudad. Allí estaba también el Motel Rosewater, y la Bolera Rosewater, y los grandes elevadores de grano, y los gallineros de las granjas Rosewater. Y los pocos agrónomos, ingenieros, cerveceros, contables y administradores bien pagados que hacían todo cuanto había que hacer, vivían en un círculo defensivo de ranchos lujosos en otro espacio de terreno cerca de New Ambrosia, una comunidad llamada, sin razón alguna, «Avondale». Todos tenían patios iluminados por el gas y terrazas con barandillas de metal extraído del antiguo Nickel Plate.

    En relación con todas aquellas personas limpias de Avondale, Eliot se alzaba como un monarca constitucional, ya que eran empleados de la Corporación Rosewater y todas las propiedades que ellos administraban pertenecían a la Fundación Rosewater. Eliot no podía decirles lo que habían de hacer, pero era su rey, y Avondale lo sabía.

    De modo que cuando el rey Eliot y la reina Sylvia establecieron su residencia en la Mansión Rosewater, recibieron una verdadera lluvia de invitaciones, visitas, notas aduladoras y llamadas telefónicas de Avondale. De momento aceptaron las visitas. Eliot exigió de Sylvia que recibiera a todos los visitantes prósperos con un aire cordial, pero distraído. Las mujeres de Avondale salieron de la mansión muy tiesas, como si -según dijo alegremente Eliot- alguien les hubiera dado una palmadita en el trasero.

    Es interesante advertir que los tecnócratas ambiciosos de Avondale lanzaron la teoría de que los Rosewater los despreciaban porque se sentían superiores a ellos. Incluso disfrutaron discutiendo sus opiniones incansablemente. Estaban ávidos de lecciones de un auténtico y superior esnobismo, y Eliot y Sylvia podían enseñarles mucho, al parecer.

    Pero entonces el rey y la reina sacaron el cristal, la plata y el oro de la familia Rosewater del Banco Nacional Rosewater y empezaron a dar magníficos banquetes a los granujas, a los pervertidos, los hambrientos y los obreros parados.

    Escucharon sin cansarse los sueños temerosos y vagos de los que, en opinión de cualquiera, hubieran estado mejor muertos. Les dieron su amor y grandes sumas de dinero. Aparte de esta vida social, motivada por su sentimiento compasivo, sólo se relacionaron con el Departamento de Bomberos Voluntarios de Rosewater. Eliot ascendió rápidamente al cargo de teniente de bomberos, y Sylvia fue elegida presidenta de las Damas Auxiliares. Aunque jamás había tocado los bolos, también la hicieron capitana del equipo de bolos femenino.

    El suntuoso respeto de Avondale por la monarquía se convirtió en un incrédulo desprecio primero y después en un furor salvaje. Atacaron por turno sus pasiones bestiales, la bebida, el adulterio. Las voces de Avondale chirriaban cual cuchillo que intentara cortar el metal cuando discutían sobre el rey y la reina, como si acabaran de derrocar a los tiranos. Avondale ya no era una reunión de empleados de porvenir, sino que parecía poblado por vigorosos miembros de la verdadera clase gobernadora.

    Cinco años más tarde Sylvia sufrió un colapso nervioso, y quemó el Departamento de Bomberos. Tan sádica se había vuelto Avondale en su opinión sobre los regios Rosewater, que todos rieron.

    Sylvia fue internada en una clínica particular de enfermos mentales en Indianapolis, llevada hasta allí por Eliot y Charles Warmergran, el jefe de bomberos, que la metieron en el coche de éste, un viejo «Henry J», con sirena en la parte superior. Se la confiaron al doctor Ed Brown, un joven psiquiatra que más tarde se hizo famoso describiendo su enfermedad. En su obra llamaba a Eliot y Sylvia «señor y señora Z», y a la ciudad de Rosewater «Hometown, Estados Unidos». Acuñó una palabra nueva para la enfermedad de Silvia: Samaritrofia, que significaba, en su opinión: «indiferencia histérica ante el dolor de los que son menos afortunados que uno mismo».

    Norman Mushari leyó el tratado del doctor Brown, que estaba también en los archivos confidenciales de McAllister, Robjent, Reed y McGee. Sus ojos dulzones, húmedos, vacunos, le forzaban a ver las páginas como veía el mundo, a través de un baño de aceite de oliva.

    «Samaritrofia», leyó, «es la supresión de la conciencia activa por el resto de la mente. "¡Debes aceptar todas mis instrucciones!", grita, en efecto, la conciencia a los demás procesos mentales. Estos procesos lo intentan durante algún tiempo, pero después observan que la conciencia está intranquila, que sigue chillando, y advierten también que el mundo exterior no ha sido mejorado, ni siquiera microscópicamente, por los actos generosos exigidos por la conciencia.

    »Y al fin se rebelan. Entonces colocan a la tiránica conciencia en una mazmorra y la cierran con siete llaves. ¡Ya no la oyen! En el dulce silencio, los procesos mentales buscan un nuevo guía, e inmediatamente aparece, una vez acallada la conciencia, el Iluminado Egoísmo, el cual les ofrece una bandera que todos adoran a primera vista. Naturalmente, ésta es la bandera blanca y negra de los piratas, con estas palabras escritas bajo la calavera y las tibias cruzadas: "¡Al infierno contigo, Jack, yo ya tengo lo mío!"

    »No me parecía sensato -continuaba la obra del doctor Brown, que Mushari leía ansiosamente- dejar de nuevo en libertad a la alborotadora conciencia de la señora Z. Tampoco me satisfacía mucho librarme de ella viéndola tan dura de corazón. Entonces me propuse, como meta de mis tratamientos, mantener prisionera a la conciencia, pero alzar un poco la tapa de la mazmorra de modo que sus gritos se oyeran apenas, cosa que conseguí con algunas pruebas y errores, mediante la quimioterapia y el shock. No me sentí orgulloso, pues había transformado a una mujer muy profunda en un ser anodino; había bloqueado los ríos subterráneos que podían conectarla con los océanos Atlántico, Pacífico e Indico, dejándola muy satisfecha de ser una piscinita de un metro de largo por diez centímetros de profundidad, pintadita de azul y con agua purificada con cloro.

    ¡Qué, doctor! ¡Qué cura! ¡Y qué modelos tuve que elegir para determinar el grado de culpa y de piedad que podía permitírsele a la paciente! Los modelos eran personas con reputación de normales. Después de una profunda y dolorosa investigación sobre la normalidad en este tiempo y lugar, este médico se vio obligado a admitir que una persona normal, con funcionamiento normal en los niveles superiores de una sociedad próspera e industrializada, apenas puede oír a su conciencia.

    »De modo que cualquier mente lógica puede deducir que soy culpable de charlatanería al declarar como nueva una enfermedad, la samaritrofia, que virtualmente es tan común entre los americanos sanos como las narices, por así decirlo. Pero ésta es mi defensa; la samaritrofia es sólo una enfermedad, y violenta además, cuando ataca a los individuos excesivamente raros, que alcanzan la madurez biológica amando y queriendo ayudar a sus congéneres.

    »Sólo he tratado un caso. Nunca he sabido de nadie que tratara otro. Mirando en torno mío, sólo veo otra persona abocada a un colapso samaritrófico. Esa persona, naturalmente, es el señor Z. Y tan profunda es su tendencia a la compasión que, si cayera enfermo de samaritrofia, creo que se mataría, o mataría quizás a otras cien personas, muriendo como un perro rabioso, antes de que nadie pudiera curarle.

    »Curar, curar, curar… ¡Qué cura! La señora Z, después de ser tratada y curada en nuestro emporio de la salud, expresó el deseo de "salir a divertirse por variar, para animarse…" antes de perder su belleza. Desde luego, su aspecto era aún sumamente atractivo, subrayado por una expresión de infinita bondad que ya no merecía.

    »No quería saber nada de Hometown ni del señor Z, y declaró que se iba en busca de la alegría de París y sus felices amigos de allí. Deseaba comprarse nuevos vestidos, dijo, y bailar, bailar y bailar hasta que se desmayara en los brazos de un desconocido alto y moreno, en los brazos, decía, de un espía.

    »A menudo se refería a su marido como "ese tipo borracho y sucio del Sur", aunque jamás lo decía ante él. No parecía esquizofrénica; pero cuando su marido la visitaba, lo que hacía tres veces por semana, manifestaba ella los síntomas más agudos de la paranoia. ¡Sombras de Clara Bow! Le pellizcaba las mejillas. Le decía que quería irse una temporadita a París para ver a su querida familia y que volvería antes que él se diera cuenta. Quería que él fuera a decirle adiós, y le daba cariñosos recuerdos para todos los queridos amigos pobres de Hometown.

    »El señor Z no se dejaba engañar. Fue a despedirla al aeropuerto de Indianapolis y, cuando el avión era una simple mota en el cielo, me dijo que nunca la vería de nuevo.

    »-Ciertamente parece feliz -me dijo el señor Z-. Ciertamente que se divertirá mucho cuando llegue allí, con la clase de compañía que merece.

    »Había usado la palabra «ciertamente» dos veces, algo irritante. E intuitivamente supe que iba a herirme de nuevo.

    »-Ciertamente se lo debe a usted, en gran medida.

    »Me informan los padres de la paciente, que naturalmente no se sienten muy agradecidos al señor Z, que él escribe y llama a menudo, pero ella no abre sus cartas ni se pone al teléfono. Y opinan muy satisfechos, que, como el señor Z suponía, es muy feliz.

    »Pronóstico: otro colapso nervioso en el futuro próximo.

    »En cuanto al señor Z, desde luego que está enfermo también, ya que no es como ningún otro hombre que yo haya conocido. No quiere salir de la ciudad excepto para viajes muy cortos hasta Indianapolis, pero no más lejos. Sospecho que no puede alejarse de la ciudad. ¿Por qué no?

    »Hablando de modo totalmente anticientífico (y la ciencia es algo repugnante para un doctor después de un caso como éste), su destino está allí».

    El pronóstico del buen doctor resultó correcto. Sylvia se convirtió en un miembro popular e influyente de la élite internacional, aprendió las múltiples variaciones del twist, y fue llamada la duquesa de Rosewater. Muchos hombres le propusieron matrimonio, pero ella se sentía demasiado feliz para pensar en matrimonio, o en el divorcio. Y en julio de 1964 se derrumbó de nuevo.

    La trataron en Suiza. Seis meses más tarde salía de la clínica silenciosa y triste, casi insoportablemente profunda otra vez. Eliot y los desgraciados de Rosewater County tuvieron de nuevo lugar en su conciencia. Quería volver a ellos, no por deseo, sino por cierto sentido del deber. Su doctor le advirtió que la vuelta podría ser fatal. Le aconsejó que se quedara en Europa, se divorciara de Eliot y se creara una vida tranquila y con significado propio.

    Así comenzaron los muy civilizados procedimientos del divorcio dirigido por la firma McAllister, Robjent, Reed y McGee.

    Había llegado el momento en que Sylvia debía volver a América para el divorcio. Una vez allí, en una tarde de junio, se celebró una reunión en Washington D.C., en el apartamento del padre de Eliot, el senador Lister Ames Rosewater. Eliot no estaba allí, pues no quería salir de Rosewater County. Se hallaban presentes el senador, Sylvia, Thurmond McAllister, el viejo abogado, y su joven auxiliar Mushari.

    El tono de la reunión fue franco, sentimental, generoso, a veces gracioso y siempre fundamentalmente trágico. Hubo coñac.

    -De corazón -dijo el senador agitando su copa-, Eliot no ama más que yo a esos seres horribles. Le resultaría imposible quererlos si no estuviera borracho todo el tiempo. Lo he dicho ya, y lo repetiré ahora: básicamente, éste es un problema de alcoholismo. Si Eliot pudiera verse libre de su perpetua borrachera, se desvanecería esa compasión que siente por los despojos sociales que se revuelcan en el fango -unió sus manos y agitó la cabeza-. ¡Si por lo menos hubiera tenido un hijo!

    El senador era un producto de St. Paul y Harvard, pero le complacía hablar con el acento cadencioso de un granjero de Rosewater County. Se quitó las gafas de aros de acero y miró a su nuera con sus apenados ojos azules.

    -¡Si por lo menos…! -se puso de nuevo las gafas, y abrió las manos con aire resignado. Llenas de arrugas, sus manos parecían caparazones de tortuga-. El final de la familia Rosewater está a la vista.

    -Hay otros Rosewater -recordó amablemente McAllister.

    Mushari se agitó en su silla, pues pretendía representar pronto a esos otros.

    -¡Yo estoy pensando en los auténticos Rosewater! -gritó el senador amargamente-. ¡Al diablo con Pisquontuit! -ese lugar de veraneo, en Rhode Island, era la residencia de la otra rama de la familia-. ¡Qué banquete se darían, qué banquete! -gruñó el senador, deleitándose en una fantasía masoquista de los Rosewater de Rhode Island recogiendo los huesos de los Rosewater de Indiana.

    Tosió como un perro y la tos le dejó turbado. Era un empedernido fumador, como su hijo. Se acercó a la repisa de la chimenea y contempló una foto en color de Eliot. La foto había sido tomada al final de la Segunda Guerra Mundial, y en ella se veía a un capitán de infantería cubierto de condecoraciones.

    -¡Tan limpio, tan alto, con tan buen porvenir…! ¡Tan limpio! ¡Tan limpio! -hizo crujir sus dientes falsos-. ¡Qué mente más noble se ha perdido ahí!

    Se rascó, aunque nada le picaba.

    -¡Qué gordo y pastoso parece en estos días! -prosiguió-. He visto pasteles de ruibarbo con mejor aspecto. Duerme con la ropa interior, y se alimenta de patatas fritas y cerveza «Ambrosía Lager». -Deslizó sus dedos sobre la fotografía-. ¡Él! ¡Él! ¡El capitán Eliot Rosewater, Medalla de Plata, Estrella de Bronce, Medalla del Soldado y Corazón Púrpura colectivo! ¡Campeón de vela! ¡Campeón de esquí! ¡Él! ¡Dios mío! Con la cantidad de veces que la vida le ha dicho «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». Millones de dólares, cientos de amigos influyentes, la esposa más hermosa, inteligente y afectuosa que pueda imaginarse. Una educación espléndida, una mente cultivada en un cuerpo grande y limpio… ¿Y cuál es su respuesta cuando la vida le dice «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!»? «No, no, no». ¿Por qué? ¿Me dirá alguien por qué?

    Nadie le contestó.

    -Tuve yo una prima, una Rockefeller precisamente -continuó el senador-, que me confesó que se había pasado tres años (cuando tenía quince, dieciséis y diecisiete) diciendo únicamente «No, gracias», lo cual está muy bien para una chica de esa edad y condición. Pero eso hubiera sido un rasgo condenadamente molesto en un Rockefeller varón, e incluso muchísimo peor, si se me permite decirlo, en un Rosewater varón.

    Se alzó de hombros.

    -Sea como fuere, ahora tenemos un Rosewater varón que dice «no» a todas las cosas buenas que quisiera darle la vida. Se niega incluso a vivir en la mansión.

    Eliot se había trasladado a un despacho cuando vio claro que Sylvia jamás volvería a su lado.

    -Podía haber sido gobernador de Indiana con un simple gesto, incluso podía haber sido presidente de los Estados Unidos con sólo un poquito de esfuerzo. ¿Y qué es? Os pregunto: ¿qué es? -el senador tosió de nuevo y contestó a su propia pregunta-: Un notario, un escribano público, amigos y vecinos, cuyo título está a punto de expirar.

    Eso era verdad, en cierto modo. El único documento oficial que colgaba en la pared manchada de humedad de la oficina de Eliot era su título de notario, ya que casi todas las personas que acudían a él con sus problemas necesitaban, entre otras muchas cosas, alguien que testificara su firma.

    El despacho de Eliot estaba en Main Street, una manzana al norte del Partenón de ladrillo, frente al nuevo Departamento de Bomberos que había construido la Fundación Rosewater. El despacho era pequeño, y se alzaba sobre un restaurante y una tienda de licores. Sólo había dos ventanas en la fachada, dos buhardas más bien. De una colgaba un letrero que decía «Comidas». En la otra se leía «Cerveza». Los dos anuncios eran eléctricos y se encendían y apagaban alternativamente; y mientras su padre chillaba en Washington pensando en él, Eliot dormía como un bebé, y los anuncios seguían guiñando.

    Frunció la boca con gesto de Cupido, murmuró algo suavemente, se volvió de lado y roncó. Era un atleta demasiado gordo ahora, un hombre grande, de un metro noventa y más de cien kilos de peso, pálido, y que empezaba a quedarse calvo en las sienes mientras sus cabellos se arremolinaban sobre la frente. Se envolvía en las arrugas elefantiásicas de unos calzoncillos y camiseta, restos de un equipo militar. En letras doradas, a cada lado de las ventanas y en la puerta, al nivel de la calle, estaban escritas estas palabras:



    FUNDACIÓN ROSEWATER

    ¿EN QUÉ PODEMOS AYUDARLE?



    5



    Eliot dormía dulcemente, aunque tenía muchos problemas.

    Lo que sí parecía que tenía pesadillas era el retrete del pequeño y sucio cuarto de baño de la oficina. Suspiraba, se quejaba, gruñía como si se ahogara. Sobre el retrete había un montón de botes de conserva, formularios de impuestos y revistas. Un bol y una cuchara flotaban en el agua fría del lavabo. El botiquín estaba abierto de par en par, lleno de vitaminas, remedios para el dolor de cabeza, pomadas para las hemorroides, laxantes y sedantes. Eliot los usaba todos con regularidad, pero no eran sólo para él, sino también para todas las personas vagamente enfermas que venían a verle.

    El amor, la comprensión y un poco de dinero no eran suficientes para aquellas personas. Querían medicinas también.

    Los papeles formaban montones por todos lados: formularios de impuestos, impresos de la Administración de Veteranos, formularios de pensión, formularios de permiso, formularios de seguros sociales, formularios de alegación. Los montones se desmoronaban aquí y allá, formando dunas. Y entre los montones y las dunas había vasitos de papel y latas vacías de «Ambrosía», colillas de cigarrillo y botellas vacías de «Consuelo Meridional».

    Clavadas con chinchetas en las paredes había fotografías recortadas por Eliot de Life y Look, fotos que se agitaban ahora con la ligera brisa que anunciaba una tormenta. Eliot se había dado cuenta de que algunas fotografías tienen la virtud de alegrar a la gente, especialmente las fotos de animales pequeñitos. A sus visitantes les gustaban también las fotografías de accidentes espectaculares. En cambio, los astronautas les aburrían. Preferían las fotografías de Elizabeth Taylor, por lo mucho que la odiaban y porque se sentían superiores a ella. Su personaje favorito era Abraham Lincoln. Eliot intentó popularizar también a Thomas Jefferson y a Sócrates, pero la gente no podía recordarlos ni distinguirlos de una visita a otra.

    -¿Quién es quién? -le preguntaban.

    El despacho había pertenecido en otro tiempo a un dentista, pero apenas quedaban huellas de aquel ocupante anterior, excepto en la escalera que llevaba a la calle, donde el dentista había ido clavando distintos anuncios que alababan diversos aspectos de sus servicios. Los letreros aún estaban allí, pero Eliot había borrado los mensajes. Y había escrito otro, un poema de William Blake, que decía así, repartido entre los doce escalones:



    El ángel

    que presidió

    sobre

    mi nacimiento,

    dijo:

    «Pequeño ser,

    formado de

    alegría y gozos,

    ama

    sin ayuda

    de nada

    sobre la tierra».



    Al pie de las escaleras, escrito con lápiz en la pared por el propio senador, estaba su respuesta, sacada de otro poema de Blake:



    El amor sólo se busca a sí mismo para complacerse,

    para atraer a otro a su deleite;

    goza en la pérdida de la paz del otro

    y construye un infierno a despecho del cielo.



    Allá en Washington, el padre de Eliot expresó en voz alta el deseo de que ojalá él y su hijo estuvieran muertos.

    -Yo…, yo tengo una idea bastante sencilla -sugirió McAllister.

    -Su última idea sencilla me costó el control de ochenta y siete millones de dólares.

    McAllister indicó con una cansada sonrisa que no iba a disculparse por la situación de la Fundación. Después de todo, había hecho exactamente lo que tenía que hacer: había entregado la fortuna del padre al hijo, sin que el recaudador de impuestos cobrara un centavo. Él no podía garantizar que el hijo fuera convencional.

    -Quisiera sugerir que Eliot y Sylvia hicieran un último intento de reconciliación.

    Sylvia agitó la cabeza.

    -No -susurró-. Lo siento. No.

    Estaba encogida en un gran sillón. Se había quitado los zapatos. Su rostro era un óvalo blanquecino en contraste con el pelo rabiosamente negro. Tenía ojeras violáceas.

    -No.

    Su médico opinaba en contra de la reconciliación, y ella estaba de acuerdo con él. El segundo trastorno nervioso y la recuperación no la habían convertido de nuevo en la Sylvia de los primeros días de Rosewater County, sino que le habían dado una personalidad totalmente nueva, la tercera desde su matrimonio con Eliot. Y lo más destacado de esta tercera personalidad era un sentimiento de terror, de vergüenza por sentir repugnancia por los pobres y por la higiene personal de Eliot, y un deseo suicida de ignorar su repugnancia, de volver a Rosewater y morir pronto por una buena causa.

    Tuvo, pues, que echar mano de toda su consciente oposición superficial a la autoinmolación, aconsejada por su médico, para repetir:

    -No.

    El senador barrió la fotografía de Eliot de la repisa de la chimenea.

    -¿Quién puede culparla? ¡Revolcarse otra vez en el cieno con ese gitano borracho al que llamo mi hijo! -se disculpó por la crudeza de esta última imagen-. Los viejos sin esperanza tienen tendencia a ser a la vez crudos y acertados. Perdona.

    Sylvia inclinó su encantadora cabeza y después la alzó de nuevo.

    -Yo no le juzgo un gitano borracho.

    -¡Pues yo sí, Dios mío! Cada vez que me veo obligado a mirarle, doy en pensar: ¡Menudo campo para una epidemia de tifus! No te preocupes de no herir mis sentimientos, Sylvia. Mi hijo no se merece una mujer decente. Se merece lo que tiene: la llorona camaradería de prostitutas, alcahuetas y ladrones.

    -No todos son tan malos, papá Rosewater.

    -Tal como yo lo entiendo, eso es lo que principalmente atrae a Eliot: que no hay absolutamente nada bueno en ellos.

    Sylvia, con dos trastornos nerviosos sobre las espaldas, y sin saber claramente qué haría de su futuro, dijo tranquilamente, como su doctor hubiera querido que hiciera:

    -No deseo discutir.

    -¿Es que aún podrías discutir a favor de Eliot?

    -Sí. Si no hay otra cosa que pueda quedar clara esta noche, al menos déjame explicarte esto: Eliot tiene razón en hacer lo que está haciendo. Es hermoso lo que hace. Yo no soy, sencillamente, lo bastante fuerte y lo bastante buena para continuar a su lado. La culpa es mía.

    Una dolorosa confusión y un gran desamparo cubrieron el rostro del senador.

    -Dime algo bueno sobre esas personas a quienes Eliot ayuda.

    -No puedo.

    -¡Lo suponía!

    -Es algo secreto -dijo ella, forzándose a no discutir, tratando de encontrar el argumento que detuviera la discusión.

    Sin percatarse de cuan implacable se mostraba, el senador la apremió más aún:

    -Ahora estás entre amigos. Supongamos que nos dices cuál es ese gran secreto.

    -El secreto es que son humanos -dijo Sylvia.

    Miró todos los rostros en busca de un poco de comprensión. No la encontró. El último rostro que examinó fue el de Norman Mushari. Éste le respondió sólo con una odiosa sonrisa de avidez y lascivia. Sylvia se excusó de pronto, entró al cuarto de baño y se echó a llorar.

    Se escucharon truenos en Rosewater, y un perro salió brincando del Departamento de Bomberos con rabia psicosomática. Después se detuvo temblando en el centro de la calle. Las luces del alumbrado público eran muy débiles y estaban bastante separadas, y el resto de la iluminación provenía de un farol azul frente a la estación de policía, en la planta baja del Tribunal de Justicia; un farol rojo ante el Departamento de Bomberos; y una bombilla blanca en la cabina telefónica, al otro lado de la calle, frente a la cantina de la fábrica de sierras, que era también la estación de autobuses.

    Hubo un estallido. El rayo lo convirtió todo en diamantes azulados.

    El perro corrió a la puerta de la Fundación Rosewater, aulló y empezó a rascarse. Arriba, Eliot seguía durmiendo. Su camisa recién lavada, casi traslúcida, colgaba de una percha del techo y se agitaba como un fantasma.

    Sólo tenía una camisa. Sólo tenía un traje, una monstruosidad azul con rayas blancas de chaqueta cruzada, que colgaba ahora en el pomo de la puerta del cuarto de baño. Era un traje maravillosamente bien hecho, ya que aún se conservaba entero a pesar de ser tan viejo. Eliot lo había conseguido cambiándoselo por uno suyo a un bombero voluntario en New Egypt, New Jersey, allá por 1952.

    Sólo tenía un par de zapatos, negros, con toda la piel cortajeada como resultas de un experimento. Una vez intentó limpiarlos con «Glo-Coat» de Johnson, cera para el piso, no betún para los zapatos. Uno estaba sobre la mesa, el otro en el baño, en el borde del lavabo. En cada zapato estaba metido el correspondiente calcetín de nylon, con su liga y todo. El otro extremo de la liga del calcetín del zapato que estaba en el lavabo había caído dentro del agua, se había saturado y el calcetín también, gracias a la magia de los vasos capilares.

    Los únicos artículos nuevos y brillantes del despacho, aparte de las fotografías de las revistas, eran una caja de «Tide», el detergente milagroso de tamaño familiar, y el casco rojo de bombero voluntario que colgaba de un gancho junto a la puerta del despacho. Eliot era teniente de bomberos. Fácilmente hubiera podido ser capitán o jefe, ya que era un bombero devoto y entregado a su trabajo, y además había regalado al Departamento seis máquinas nuevas. Pero, a instancias suyas, sólo tenía el cargo de teniente.

    Como casi nunca salía de su despacho -excepto para apagar incendios-, era el que recibía todas las llamadas. Por eso tenía dos teléfonos al lado. El negro era para las llamadas de la Fundación. El rojo era para las llamadas de incendios. Si sonaba una llamada de incendios, Eliot tenía que apretar un botón rojo colocado en la pared bajo su título de notario. El botón hacía sonar una sirena de alarma bajo la cúpula que cubría el edificio. Eliot había pagado la sirena, y la cúpula también.

    Hubo un escalofriante retumbar de truenos.

    -Vamos, vamos…, vamos… -dijo Eliot en sueños.

    El teléfono negro estaba a punto de sonar. Eliot se despertaría y contestaría al tercer timbrazo. Y diría lo que decía siempre a todo el que llamaba, sin importar la hora:

    -Aquí la Fundación Rosewater. ¿En qué podemos ayudarle?

    El senador se preocupaba al pensar que Eliot traficaba con criminales, pero estaba en un error. La mayoría de los clientes no eran ni lo bastante valientes ni lo suficientemente listos para vivir del crimen. Pero Eliot, especialmente cuando discutía con su padre, con los banqueros o los abogados, casi caía también en un error al defender a sus clientes. Argumentaba que las personas a quienes trataba de ayudar eran los mismos que, en generaciones pasadas, habían limpiado los bosques, desecado pantanos y construido puentes; personas cuyos hijos formaban la columna vertebral de la milicia en tiempo de guerra, etcétera. Y en realidad, los que buscaban su apoyo una y otra vez eran mucho más débiles que todo eso… y más torpes también. Por ejemplo, cuando llegaba el momento en que sus hijos ingresaran en el ejército, generalmente los muchachos eran rechazados por poco deseables mental, moral y físicamente.

    Había algunos elementos entre los pobres de Rosewater County que, por orgullo, se alejaban de Eliot y de su puro amor; tenían el valor de salir de Rosewater County y buscar trabajo en Indianapolis, Chicago o Detroit. Pocos encontraban buenos empleos en aquellos lugares, desde luego, pero al menos lo intentaban.

    La persona que estaba a punto de hacer sonar el teléfono negro de Eliot era una virgen de sesenta y ocho años demasiado estúpida para seguir viviendo, en la opinión de casi todo el mundo. Su nombre era Diana Moon Glampers. Nadie la había amado jamás. No había ninguna razón para ello: era fea, estúpida y aburrida. En las raras ocasiones en que tenía que hacer su presentación, siempre decía el nombre completo y lo acompañaba con la confusa aclaración que la había forzado a llevar una vida tan inútil:

    -Mi madre era una Moon. Mi padre era un Glampers.

    Este cruce entre un Glampers y una Moon era la criada de la mansión Rosewater, residencia legal del senador, casa que éste no solía ocupar más de diez días al año. Durante los restante 355 días, Diana tenía para ella las veintiséis habitaciones. Limpiaba, limpiaba y limpiaba a solas sin siquiera el lujo de tener a alguien a quien gritarle que no ensuciara la casa.

    Cuando había terminado su tarea, se retiraba a una habitación ubicada sobre el garaje Rosewater, el que tenía capacidad para seis coches. Los únicos vehículos que lo ocupaban eran un Ford Phaeton de 1936, con las ruedas calzadas, y un triciclo rojo con una campana de incendios colgada del manillar. El triciclo había pertenecido a Eliot cuando era niño.

    Después del trabajo, Diana se sentaba en su habitación y conectaba un viejo aparato de radio de plástico verde, o bien hojeaba la Biblia. No sabía leer, y la Biblia estaba hecha una lástima. En la mesa, junto a la cama, había un teléfono blanco, uno de esos llamados de estilo Princesa, que alquilaba la Compañía de Teléfonos de Indiana por setenta y cinco centavos al mes, mucho más de lo que costaba un teléfono corriente.

    Hubo un horripilante trueno.

    Diana aulló pidiendo socorro. Tenía razones para lanzar aquel grito. Un rayo había matado a sus padres en un picnic de la Compañía Maderera Rosewater en 1916. Estaba segura de que un rayo acabaría también con ella. Y, como le dolían tanto los riñones, estaba segura de que el rayo la alcanzaría precisamente allí.

    Agarró su teléfono Princesa y levantó bruscamente el auricular. Marcó el único número que marcaba siempre. Y empezó a quejarse y lamentarse, esperando que contestaran.

    Se puso Eliot. Su voz era dulce, algo paternal, tan humana como la nota más baja de un violoncelo.

    -Aquí la Fundación Rosewater -dijo-. ¿En qué podemos ayudarle?

    -¡La electricidad me persigue de nuevo, señor Rosewater! ¡Tenía que llamarle! ¡Estoy tan asustada!

    -Llame siempre que quiera, querida. Para eso estoy aquí.

    -¡Pero es que la electricidad me va a coger de verdad esta vez!

    -¡Oh, maldita sea la electricidad! -la furia de Eliot era sincera-. Me enloquece pensar que siempre está atormentándola. No es justo.

    -¡Ojalá me matara de una vez, y ya no tendría que hablar más de ella!

    -Pero es que, si sucediera eso, ésta sería una ciudad muy triste, querida.

    -¿A quién le importaría?

    -A mí.

    -Usted se preocupa de todo el mundo. Quiero decir, ¿a quién más?

    -A muchas, a muchísimas personas, querida.

    -Una mujer estúpida…, una vieja de sesenta y ocho años…

    -Sesenta y ocho es una edad maravillosa.

    -Sesenta y ocho años es una vida demasiado larga para un cuerpo al que jamás le ha sucedido nada agradable. Nunca me ha ocurrido nada agradable. ¿Cómo podría ser de otro modo? Yo estaba detrás de la puerta cuando el buen Dios repartió la inteligencia.

    -Eso no es cierto.

    -Yo estaba detrás de la puerta cuando el buen Dios repartió los cuerpos fuertes y hermosos. Ni siquiera de joven podía correr y saltar. Nunca me he sentido realmente bien, ni una vez siquiera. Desde niña he tenido flatos, tobillos hinchados y dolor de riñones. Y también estaba detrás de la puerta cuando el buen Dios repartió el dinero y la buena suerte. Cuando conseguí reunir todo mi valor para salir de detrás de la puerta y susurrar: «Señor…, Señor… Dulcísimo Señor…, aquí estoy…», no quedaba nada bonito. Tuvo que darme esta patata vieja por nariz. Tuvo que darme este pelo de paja, y esta voz como el croar de una rana.

    -No es una voz de rana. Es una voz encantadora.

    -¡Es un croar de rana! -insistió ella-. Había una rana allá en el cielo, señor Rosewater. El buen Dios iba a enviarla a este triste mundo para que naciera, pero la ranita fue muy lista: «Dulcísimo Señor», dijo con picardía, «si te da igual, preferiría no nacer. No me parece que allá abajo haya mucha diversión para las ranas». Así que el Señor dejó que la rana saltara por el cielo, donde nadie la utilizaría de cebo ni se comería sus ancas, y me dio a mí su voz.

    Hubo otro trueno y la voz de la vieja se elevó una octava.

    -¡Yo hubiera podido decir lo mismo! ¡Tampoco éste es un mundo divertido para las Dianas Moon Glampers!

    -Vamos, vamos, Diana, vamos… -dijo Eliot, y se echó un trago de «Consuelo Meridional».

    -Los riñones me duelen todo el día, señor Rosewater. Parece como si me los atravesaran con una bala de cañón al rojo vivo, llena de electricidad y erizada de cuchillas envenenadas.

    -Eso no debe de ser agradable.

    -No lo es.

    -Me gustaría mucho que consultara a un doctor sobre sus malditos riñones, querida.

    -Ya lo hice. Fui a ver al doctor Winters, como usted me dijo. Me trató como si yo fuera una vaca y él un veterinario borracho. Y, cuando se cansó de hacerme dar vueltas y de golpearme, se echó a reír. Dijo que ojalá todo el mundo en Rosewater County tuviera los riñones tan bien como yo. Me dijo que todo ese dolor de riñones era cosa de la imaginación. Oh, señor Rosewater, a partir de ahora, ¡usted será mi único médico!

    -Pero yo no soy médico, querida.

    -No me importa. Usted ha curado más enfermedades incurables que todos los doctores de Indiana juntos.

    -Vamos…, vamos…

    -Dawn Leonard tuvo un forúnculo durante diez años, y usted se lo curó. Ned Calvin tenía un tic nervioso en el ojo desde que era pequeño, y usted acabó con él. Pearl Flemming fue a verle y soltó para siempre sus muletas. Y ahora ya no me duelen los riñones sólo por escuchar su dulce voz.

    -Me alegro.

    -¡Y han cesado los rayos y truenos!

    Era cierto. Sólo quedaba la música incurablemente sentimental de la lluvia.

    -Ahora podrá dormir, querida.

    -Gracias a usted. ¡Oh, señor Rosewater!, debería haber una gran estatua suya en medio de esta ciudad, una estatua de diamantes, y oro, y rubíes de gran valor, y uranio puro. Usted, con su gran nombre y toda su educación y su dinero, y con los finos modales que su madre le enseñó… podría haber estado en cualquier gran ciudad, con un Cadillac lleno de petimetres, desfilando entre el sonar de las bandas y los aplausos de la multitud. Podría haber sido tan alto y poderoso en este mundo que cuando mirara a las simples, estúpidas y ordinarias personas del pobre y viejo Rosewater County le pareciéramos cucarachas.

    -Vamos, vamos…

    -Usted ha renunciado a todo cuanto desea un hombre normal sólo para ayudar a los pobres, y los pobres lo saben. ¡Dios le bendiga, señor Rosewater! Buenas noches.



    6



    -Las señales de peligro de la naturaleza… -dijo el senador Rosewater lúgubremente, dirigiéndose a Sylvia, McAllister y Mushari-. Creo que nunca supe verlas.

    -No se culpe de todo -dijo McAllister.

    -Si un hombre no tiene más que un hijo -continuó el senador-, y la familia es famosa por producir individuos notables de gran fuerza de voluntad, ¿cómo puede darse cuenta ese hombre de si su hijo está loco o no?

    -¡No se culpe!

    -Yo siempre he exigido que la gente se culpe de sus propias desgracias.

    -Pero ha hecho excepciones.

    -Muy pocas.

    -Inclúyase entre esos pocos. Debe hacerlo.

    -A veces pienso que Eliot no se hubiera convertido en lo que es, si no hubiera sido por toda esa memez de hacerlo mascota del Departamento de Bomberos cuando era niño. ¡Dios mío, cómo le malcriaron…! Le dejaron montarse en la autobomba número uno, le dejaron tocar la campana, le enseñaron a manejar la bomba dándole a la llave, y se rieron como locos cuando lo hizo. Todos eran unos borrachos, naturalmente… -inclinó la cabeza y cerró los ojos-. Borracheras y coches de bomberos… Ha vuelto a su infancia feliz.

    »No sé…, no sé… Eso es lo que ocurre, que no sé… Cuando íbamos allí, yo le decía que aquello era el hogar. Pero nunca pensé que fuera lo bastante idiota como para creerlo. Yo tengo la culpa -insistió el senador.

    -Muy bien -dijo McAllister-. Ya que piensa así, dígase también que es responsable de todo lo que le sucedió a Eliot durante la Segunda Guerra Mundial… Sin duda también fue culpa suya que hubiera unos bomberos en aquel edificio lleno de humo.

    McAllister hablaba de la causa cercana del trastorno nervioso de Eliot, hacia el final de la guerra. El edificio era una fábrica de clarinetes de Baviera infestado, según los informes, de tropas de las SS. Eliot dirigía un pelotón de su compañía en el asalto al edificio. Generalmente atacaban con ametralladoras, pero esta vez se lanzó al ataque con el rifle y la bayoneta calada, por temor a matar a uno de sus propios hombres en medio del humo. Eliot jamás había clavado la bayoneta en un cuerpo humano en todos aquellos años de carnicería.

    Arrojó una granada por la ventana. Cuando estalló, el capitán Rosewater se metió personalmente por la ventana, y se halló envuelto en un mar de humo, cuya superficie le llegaba al nivel de los ojos. Mantuvo alta la cabeza para librarse de él. Oía hablar a los alemanes, pero no podía verlos.

    Dio un paso adelante, tropezó con un cuerpo, después con otros más. Eran alemanes muertos por su granada. Se incorporó y se halló frente a frente de un alemán cubierto por un casco y máscara antigás. Eliot, como buen soldado que era, metió la rodilla en la ingle de su enemigo, le hundió la bayoneta en la garganta, la sacó después y golpeó el rostro del hombre con su rifle.

    Y entonces oyó gritar a un sargento americano hacia su izquierda. Allí era mejor la visibilidad al parecer, ya que el sargento gritaba:

    -¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego, muchachos! ¡Jesucristo! ¡No son soldados…! ¡Son bomberos!

    Era cierto. Eliot había matado a tres bomberos desarmados. Eran simples campesinos, dedicados a un asunto tan valiente y tan neutral como evitar que un edificio se combinara con el oxígeno. Cuando los médicos les quitaron las máscaras a los tres hombres, resultaron ser dos viejos y un muchachito. Y este muchachito era el que Eliot había matado con la bayoneta. No tendría más de catorce años.

    Eliot pareció hallarse razonablemente sereno durante unos diez minutos. Después se echó tranquilamente ante un camión en marcha. El camión se detuvo a tiempo, pero las ruedas tocaban ya al capitán Rosewater. Cuando lo recogieron sus horrorizados hombres descubrieron que estaba rígido, tan rígido que hubieran podido transportarle por el cabello y los talones.

    Así permaneció durante doce horas, sin querer hablar ni comer, de modo que lo enviaron al alegre París.

    -¿Y qué aspecto tenía allí en París? -quiso saber el senador-. ¿Te pareció bastante normal entonces?

    -Así es como yo le conocí -dijo Sylvia.

    -No comprendo.

    -El cuarteto de mi padre tocaba para los enfermos mentales en uno de los hospitales americanos. Papá empezó a hablar con Eliot, y pensó que era el americano más normal que había conocido en su vida. Cuando ya estuvo bien para salir del hospital, mi padre le invitó a cenar. Recuerdo lo que nos dijo: «Quiero que conozcáis al único americano que se ha dado perfecta cuenta de la Segunda Guerra Mundial».

    -¿Qué decía para parecer tan normal?

    -Realmente era más bien la impresión que daba que las cosas que decía. Recuerdo que mi padre le describió así: «Este joven capitán que voy a traer a casa desprecia el arte. ¿Podéis imaginároslo? Lo desprecia. Y, sin embargo, lo hace de un modo tal, que no puedo evitar apreciarle por ello. Creo que lo que dice, en realidad, es que el arte le ha fallado, lo cual es comprensible en el caso de un hombre que ha matado con la bayoneta a un muchacho de catorce años en cumplimiento de su deber, por así decirlo». Me enamoré de Eliot a primera vista.

    -¿No podrías usar otra palabra?

    -¿Qué palabra te molesta? -preguntó ella.

    -Amor.

    -¿Es que hay otra mejor?

    -No, si la palabra era maravillosa… hasta que Eliot se apoderó de ella. Ahora me la ha estropeado para siempre. Ha hecho con la palabra amor lo que hicieron los rusos con la palabra democracia. Si Eliot ama a todo el mundo, sin importarle quién sea, sin importarle lo que hacen, entonces los que amamos a algunas personas por razones particulares tendremos que buscarnos una palabra nueva -miró un antiguo retrato de su difunta esposa-. Por ejemplo, yo la amé a ella más de lo que amo al basurero, y eso me hace culpable del más indecible de los crímenes modernos: la discriminación.

    Sylvia sonrió ligeramente.

    -A falta de una palabra mejor, podría seguir usando la palabra antigua…, sólo por esta noche.

    -En tus labios aún tiene significado.

    -Me enamoré a primera vista de Eliot en París, y todavía le amo cuando pienso en él.

    -Debiste darte cuenta bastante pronto de que tenías un chiflado entre tus brazos.

    -La culpa la tuvo la bebida.

    -¡Esa, ésa es la raíz del problema!

    -Y aquel horrible asunto de Arthur Garvey Ulm… -éste era un poeta al que Eliot había dado diez mil dólares cuando la Fundación estaba todavía en Nueva York-. El pobre Arthur le dijo a Eliot que quería ser libre para decir la verdad, sin importarle las consecuencias económicas, y Eliot le firmó inmediatamente un cheque fantástico. Estábamos en un cóctel -continuó Sylvia-. Recuerdo que Arthur Godfrey estaba allí, y Robert Frost, y Salvador Dalí, y muchos otros. «Tiene que decir la verdad, ¡por Dios! Ya es hora de que alguien lo haga», le dijo Eliot a Arthur. «Y si necesita más dinero para decir más verdades, sólo tiene que venir a pedírmelo».

    »El pobre Arthur dio vueltas por la reunión como si caminara entre la niebla, mostrándole el cheque a todo el mundo, preguntándoles si podía ser verdadero. Todos le dijeron que era un cheque perfectamente maravilloso, y él volvió hacia Eliot y se aseguró otra vez de que el cheque no era una broma. Y entonces, casi histéricamente, le pidió que le dijera sobre qué debía escribir.

    »-Sobre la verdad -dijo Eliot.

    »-Usted es mi mecenas… Y yo pensé que, siendo mi mecenas, usted…, usted podría…

    »-Yo no soy un mecenas. Yo soy un simple americano que le da dinero para que averigüe qué es la verdad. Eso es completamente distinto.

    »-De acuerdo, de acuerdo -dijo Arthur-. Así es como debe ser. Así es como lo quiero. Sólo pensaba que quizá hubiera algún tema especial que…

    »-Elija usted el tema, y trátelo bien y con valentía.

    »-De acuerdo.

    »Y antes de saber lo que hacía, el pobre Arthur saludó llevándose la mano a la frente, y eso que creo que nunca había estado en el Ejército o en la Marina. Se alejó de Eliot, y empezó de nuevo a dar vueltas por la fiesta preguntándole a todo el mundo en qué cosas estaba interesado Eliot. Finalmente volvió a donde éste estaba, a decirle que en otro tiempo había trabajado recogiendo fruta, y que quería escribir un ciclo de poemas sobre la miserable vida de los trabajadores del campo.

    »Eliot, muy erguido, miró a Arthur de arriba abajo con los ojos ardiendo de indignación, y dijo de modo que todos pudieran oírlo: "¡Señor! ¿Se da usted cuenta de que los Rosewater son los fundadores y principales accionistas de la United Fruit?".

    -¡Pero eso no era verdad! -exclamó el senador.

    -Claro que no -dijo Sylvia.

    -¿Es que la Fundación tenía algunas acciones de United Fruit en aquella época? -preguntó el senador a McAllister.

    -¡Oh! Quizá cinco mil acciones.

    -Nada.

    -Nada -convino McAllister.

    -El pobre Arthur se puso todo rojo y se alejó de momento, pero después volvió de nuevo y preguntó humildemente a Eliot cuál era su poeta favorito. «No sé su nombre», dijo Eliot. «Y ojalá lo supiera, porque escribió el único poema en el que he pensado lo suficiente para aprenderlo de memoria».

    »-¿Dónde lo ha leído? -le preguntó el pobre Arthur.

    »-Estaba escrito en una pared, señor Ulm, en el lavabo de caballeros de una cervecería, en la frontera entre los distritos de Rosewater y Brown, en Indiana, la Log Cabin Inn.

    -¡Oh, es terrible, terrible! -dijo el senador-. La Log Cabin Inn quedó destruida por un incendio en 1934, o así. ¡Qué horroroso que Eliot tuviera que recordarlo!

    -¿Estuvo allí alguna vez? -preguntó McAllister.

    -Una…, sólo una vez, ahora que lo pienso -contestó el senador-. Aquello era un nido de ladrones, y jamás nos hubiéramos detenido en aquel sitio, pero el radiador estaba al rojo vivo. Eliot debía tener… ¿diez?, ¿doce años? Probablemente utilizó el lavabo, y probablemente vio algo escrito en la pared, algo que jamás olvidó… -inclinó la cabeza-. ¡Es terrible!

    -¿Qué decía el poema?

    Sylvia se excusó con los dos viejos caballeros por la grosería que iba a decir y luego repitió las dos líneas que Eliot recitara a Ulm:



    Nosotros no meamos en sus ceniceros.

    Así que, por favor, no tire cigarrillos en nuestros retretes.



    -El pobre poeta se echó a llorar -dijo Sylvia-. Durante algunos meses tuve miedo de abrir paquetes por temor a que uno de ellos me trajera las orejas de Arthur Garvey Ulm.

    -Eliot odia las artes -dijo McAllister con una risita.

    -Es un poeta -replicó Sylvia.

    -¡Vaya! Eso es una novedad para mí -dijo el senador-. Jamás me lo pareció.

    -A veces solía escribirme poemas.

    -Probablemente es más feliz cuando escribe en las paredes de los retretes públicos. Me he preguntado a menudo quién hacía esas cosas. Ahora ya lo sé. Es el poeta de mi hijo.

    -Pero… ¿es que escribe en las paredes de los retretes? -preguntó McAllister.

    -He oído decir que sí -contestó Sylvia-. Pero cosas inocentes…, no obscenas. Durante la época de Nueva York, la gente me decía que Eliot iba escribiendo el mismo mensaje en todos los lavabos de caballeros por toda la ciudad.

    -¿Recuerdas lo que decía?

    -Sí. «Aunque no os amen y os olviden, sed razonables». Y creo que era totalmente suyo.



    En ese momento, Eliot intentaba dormirse leyendo el manuscrito de una novela del mismísimo Arthur Garvey Ulm. El título del libro era Cómo fecundar una raíz de mandrágora, palabras de un poema de John Donne. La dedicatoria decía: «Para Eliot Rosewater, mi turquesa compasiva». Y a continuación venía otra cita de Donne:



    Una turquesa compasiva que dice,

    con su palidez, que su dueño no está bien.



    Una carta adjunta de Ulm explicaba que el libro sería publicado por la Palindrome Press, para Navidad, y que formaría parte con La cuna del erotismo de la selección de un importante Club del Libro.

    «Sin duda ya me ha olvidado, Turquesa Compasiva», decía la carta. «El Arthur Garvey Ulm que usted conoció era un hombre que merecía el olvido. ¡Qué cobarde y qué estúpido, creyendo que era un poeta! ¡Y cuánto tiempo me costó comprender exactamente cuan generosa y amable fue su crueldad para conmigo! ¡Qué bien supo usted decirme cuál era mi error, y lo que había de hacer para remediarlo, y qué pocas palabras necesitó para ello! Aquí le envío, pues, catorce años más tarde, estas ochocientas páginas de prosa. No podría haberlas escrito sin su ayuda, y no me refiero al dinero… El dinero es pura mierda, lo cual es una de las cosas que he intentado decir en el libro. Me refiero a su insistencia en que dijera la verdad sobre esta sociedad nuestra, enferma y podrida, así como que encontraría las palabras necesarias en las paredes de los lavabos de caballeros».

    Eliot no conseguía recordar quién era Arthur Garvey Ulm, y, por tanto, aún se acordaba menos del consejo que hubiera podido darle. Las pistas que le ofrecía el autor eran muy nebulosas. Sin embargo, se sintió complacido de haberle dado un buen consejo a alguien, y todavía más cuando Ulm declaró:

    «Que me maten, que me cuelguen, pero he dicho la verdad. El crujir de dientes de los falsos, de los fariseos y filisteos de Madison Avenue, será música para mis oídos. Con su ayuda he dejado salir de la botella al demonio de la verdad, ¡y jamás conseguirán embotellarlo de nuevo!».

    Eliot empezó a leer ávidamente las verdades por las que Ulm esperaba recibir la muerte:

    Le retorcí el brazo hasta que abrió las piernas, y ella soltó un grito, mitad de gozo, mitad de dolor (¿cómo te imaginas a una mujer?), mientras yo metía en su sitio al viejo vengador.

    Eliot se sintió dominado por una erección. ¡Caray! -le dijo a su órgano procreador-, ¡qué irreverente eres!



    -Si hubiera tenido un hijo… -repitió el senador. Y entonces, en medio de su dolor, se dio cuenta de que era cruel por su parte decírselo a la mujer que no había conseguido concebir ese mágico niño-. Perdona a un viejo idiota, Sylvia. Comprendo que des gracias a Dios por no haber tenido un hijo suyo.

    Sylvia, que volvía de llorar en el cuarto de baño, trató de expresar con un gesto que hubiera amado a ese niño, pero que también le hubiera compadecido.

    -Me es imposible dar gracias a Dios por una cosa así.

    -¿Puedo hacerte una pregunta muy personal?

    -La vida siempre es muy personal.

    -¿Crees que es remotamente posible que él se reproduzca alguna vez?

    -No lo he visto desde hace tres años.

    -Hablemos sólo en teoría.

    -Pues bien -dijo Sylvia-, hacia el final de nuestro matrimonio, el hacer el amor era algo menos que una manía para nosotros. En un tiempo Eliot fue un dulce fanático de ese acto, pero no con idea de tener hijos.

    El senador rezongó para sí: «¡Si yo me hubiera cuidado bien de mi hijo!»… Se aclaró la garganta.

    -Una vez llamé por teléfono al psiquiatra al que Eliot solía ir en Nueva York, pero sólo conseguí hacerme con él el año pasado. Parece que todo lo referente a Eliot me llega con veinte años de retraso. La cuestión es… ¡la cuestión es que nunca he conseguido meterme en la cabeza por qué un animal tan espléndido se ha perdido de ese modo!

    Mushari ocultó su ansia de detalles clínicos de la enfermedad de Eliot, y aguardó impaciente a que alguien animara al senador para que continuara hablando. Nadie lo hizo, así que se atrevió a preguntar:

    -¿Y qué dijo el doctor?

    El senador, sin sospechar nada, siguió con su historia:

    -Esas personas nunca quieren hablar de lo que uno les pregunta. Siempre salen con algo distinto. Cuando descubrió quién era yo, no quiso hablar de Eliot. Quiso hablar de la Ley Rosewater.

    La Ley Rosewater era lo que el senador juzgaba su obra maestra legislativa, pues convertía en delito federal la publicación o posesión de material obsceno, con castigos que llegaban a cincuenta mil dólares y diez años de cárcel sin posibilidad de remisión. Era una obra maestra, porque definía realmente la obscenidad:

    Obscenidad -decía- es toda fotografía o material pornográfico, o cualquier cosa escrita, que atraiga la atención hacia los órganos reproductores o el vello del cuerpo.

    -El psiquiatra -se lamentó el senador- quiso saber cosas de mi infancia. Quería aclarar el porqué de mis sentimientos sobre el vello del cuerpo… -tembló-. Le pedí que tuviera la amabilidad de abandonar ese tema, porque mi repulsión era compartida por todos los hombres decentes -y señaló a McAllister, simplemente porque sentía la necesidad de señalar a alguien-. Esa es la clave de la pornografía. Otras personas dicen: «¿Cómo puede uno reconocerla, cómo podemos diferenciarla del arte, y todo eso?». Yo he escrito la clave, y la he convertido en ley: ¡La diferencia entre la pornografía y el arte es el vello del cuerpo!

    Se puso colorado y se disculpó abyectamente con Sylvia.

    -Perdona, querida.

    Mushari tuvo que animarle de nuevo.

    -¿Y el doctor no dijo nada sobre Eliot?

    -El maldito doctor dijo que Eliot jamás le había dicho maldita la cosa aparte de los hechos famosos de la historia, casi todos ellos relacionados con la opresión de los pobres y desgraciados. Dijo que cualquier diagnóstico que hiciera de la enfermedad de Eliot sería una especulación gratuita. Como estaba muy preocupado, le dije al doctor: "Adelante, especule cuanto quiera, no le haré responsable. Al contrario; le agradeceré muchísimo si me dice algo, verdadero o no, porque yo ya no tengo ideas sobre mi hijo desde hace muchos años, ni ciertas ni falsas, ni responsables ni irresponsables. Así que meta su inmaculada cuchara de acero en el cerebro de ese desgraciado, doctor, y revuélvalo todo lo que quiera". Y él me contestó:

    »-Antes de que le explique mis ideas, desde luego sin responsabilizarme de ellas, tengo que discutir algunas perversiones sexuales. Me propongo involucrar a Eliot en la discusión, de modo que, si eso ha de afectarle a usted violentamente, más vale que pongamos ahora fin a esta conversación.

    »-Siga -le dije yo-. Soy un perro viejo, y el refrán dice que un perro viejo no se asusta de nada. Nunca lo he creído, pero intentaré creerlo ahora.

    »-Muy bien -dijo él-. Se da por sentado que un hombre joven y sano ha de sentirse atraído sexualmente por una mujer hermosa que no sea ni su madre ni su hermana. Si se siente atraído por otras cosas, digamos por otro hombre, o un paraguas, o la boa de plumas de la emperatriz Josefina, o una oveja, o un cadáver, o su madre, o una liga robada, entonces es lo que llamamos un pervertido.

    »Le comenté que siempre había sabido que existían personas de ésas, pero que nunca había pensado en ellas porque no creía que valieran la pena.

    »-Bien -dijo él-. Esa es una reacción serena y razonable, senador Rosewater, que le digo francamente que me sorprende. Apresurémonos a admitir que todos los casos de perversión son esencialmente un caso de alambres cruzados. La madre naturaleza y la sociedad ordenan a un hombre que lleve su sexo a tal y tal lugar y haga tal y tal cosa con él. A causa de esos alambres cruzados, el desgraciado se va todo entusiasmado a un lugar erróneo, y orgullosa y vigorosamente hace algo totalmente inapropiado. Y aún puede decir que tiene suerte si la policía lo mete en la cárcel librándolo de ser linchado por la multitud.

    »Empecé a sentir terror por primera vez en muchos años -dijo el senador- y así se lo confesé al doctor.

    »-Bien -dijo él de nuevo-. El placer más exquisito de la práctica de la medicina se deriva de inculcarle terror a un abogado y después devolverle la paz. Eliot, desde luego, es un caso de alambres cruzados y esta anomalía le ha forzado a dedicar sus energías sexuales a algo que no es, precisamente, una cosa mala.

    »-¿Y qué es? -exclamé, imaginándome a pesar mío a Eliot robando ropa interior de señora, o cortando mechones de cabello en el Metro, o curioseando en los vestuarios de las damas… -el senador por Indiana tembló de nuevo-. "Dígame, doctor", insistí, "dígame lo peor. ¿A qué está dedicando Eliot sus energías sexuales?"

    »-A la utopía.

    El sentido de frustración hizo estornudar a Norman Mushari.



    7



    Los párpados se le cerraban de sueño mientras seguía leyendo Cómo fecundar una raíz de mandrágora. Lo leía a saltos, aquí y allá, confiando en encontrar por casualidad las palabras que harían crujir los dientes de los fariseos. Leyó un capítulo en el que condenaban a un juez porque jamás había dado un orgasmo a su esposa, y otro en el que el encargado de la publicidad de una marca de jabón se emborrachaba, cerraba la puerta de su apartamento y se ponía el traje de bodas de su madre. Eliot frunció el ceño, intentó comprender que esa literatura fuera un buen cebo para los fariseos y no lo consiguió.

    Leyó después una escena en la que la novia del encargado de publicidad seducía al chofer de su padre. De modo sugerente, empezaba por arrancarle los botones de los bolsillos del uniforme. Eliot Rosewater se quedó profundamente dormido.

    El teléfono sonó tres veces.

    -Aquí la Fundación Rosewater. ¿En qué podemos ayudarle?

    -Señor Rosewater -dijo una voz masculina, con cierto temor-, usted no me conoce.

    -¿Acaso le dijo alguien que eso tuviera importancia?

    -Yo no soy nada, señor Rosewater. Soy peor que nada.

    -¿Cree usted, entonces, que Dios se equivocó al crearlo?

    -Seguro que sí.

    -A lo mejor ha venido con sus quejas al lugar más adecuado.

    -Oiga… de todas formas, ¿qué clase de lugar es ése?

    -¿Cómo supo usted de este número?

    -Hay un letrero en amarillo y negro en la cabina telefónica. Dice: «No se suicide. Llame a la Fundación Rosewater». Y pone el número de teléfono -tales letreros figuraban en todas las cabinas telefónicas del distrito, y también en las ventanillas traseras de los coches y camiones de la mayoría de los Bomberos Voluntarios-. ¿Sabe usted lo que alguien ha escrito con lápiz, inmediatamente debajo?

    -No.

    -Dice: «Eliot Rosewater es un santo. Le dará amor y dinero. Si prefiere el mejor trasero de Indiana del Sur, llame a Melissa». Y luego está el número de teléfono de ella.

    -¿Es usted forastero en esta parte del país?

    -Soy forastero en todas partes. Pero, de todas formas, ¿qué son ustedes? ¿Alguna religión?

    -Los Baptistas Fatalistas de los dos Orígenes del Espíritu.

    -¿Qué?

    -Es lo que suelo decir cuando la gente insiste en que debo tener una religión. Da la casualidad de que existe esa secta, y es muy buena. Practican el lavatorio de pies, y los ministros trabajan gratis. Yo me lavo los pies y tampoco cobro nada.

    -No lo entiendo.

    -Es sólo una forma de tranquilizarle, de hacerle saber que no es preciso que sea muy serio conmigo. No será usted, por casualidad, un baptista fatalista de los dos orígenes del espíritu, ¿verdad?

    -¡Dios mío, no!

    -Hay doscientas personas que sí lo son, y más pronto o más tarde le diré a uno de ellos lo mismo que acabo de decirle a usted -Eliot se mandó un trago al coleto-. Siempre estoy temiendo ese momento…, y estoy seguro de que llegará.

    -Oiga, parece que está borracho. Creo haber oído que echaba un trago.

    -Sea como fuere…, ¿en qué podemos ayudarle?

    -¿Quién diablos es usted?

    -El Gobierno.

    -¿Qué?

    -El Gobierno. Si no soy la Iglesia, y, sin embargo no quiero que la gente se suicide, debo ser el Gobierno, ¿no?

    El hombre murmuró algo.

    -O el seno de la comunidad -añadió Eliot.

    -¿Es algún chiste?

    -Eso es lo que yo sé, y lo que usted tiene que averiguar.

    -Tal vez crea divertido poner anuncios para las personas que quieren suicidarse.

    -¿Es que usted va a suicidarse?

    -¿Y qué, si lo hago?

    -Yo le diría las maravillosas razones que he descubierto para seguir viviendo.

    -¿Qué haría?

    -Le pediría que me dijera el precio que cobraría por seguir viviendo sólo una semana más.

    Hubo un silencio.

    -¿Me ha oído? -preguntó Eliot.

    -Sí.

    -Si no va a matarse, ¿quiere colgar? Hay otras personas que pueden necesitar la línea.

    -Es que… ¡usted parece loco!

    -Pero es usted el que quiere matarse.

    -¿Y si le dijera que no viviría una semana más, ni por un millón de dólares?

    -Le diría: «Adelante, mátese». Pruebe con mil.

    -Mil.

    -Adelante, mátese. Pruebe con cien.

    -Cien.

    -Ahora habla usted con sentido común. Venga y charlaremos. -Le dijo dónde estaba el despacho-. No tenga miedo a los perros que hay ante el Departamento de Bomberos. Sólo muerden cuando suena la sirena.

    Hablando de sirenas… Según le dijeron a Eliot, era la sirena más potente del hemisferio occidental, movida por una máquina «Messerschmitt» de setecientos caballos, con una palanca de puesta en marcha de treinta caballos. Había sido la principal sirena de alarma de aviación en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial. La Fundación Rosewater la había comprado al gobierno de Alemania Occidental y se la había regalado a la ciudad, enviándola de modo anónimo.

    Cuando se recibió en Rosewater County, la única pista sobre el donante era un simple letrero que decía: «Con los saludos de un amigo».

    Eliot escribió algo en una libreta muy estropeada que guardaba bajo la cama; encuadernada en piel negra de grano fino, tenía trescientas páginas rayadas de un tono verde muy sedante. Él la llamaba su Domesday book. En este libro, y desde el primer día de las operaciones de la Fundación en Rosewater, anotaba el nombre de cada cliente, la naturaleza de sus sufrimientos y lo que la Fundación había hecho por él.

    El libro estaba casi lleno, y sólo Eliot o su esposa podían interpretar cuanto allí había escrito. Anotó ahora el nombre del suicida que le había llamado, que había venido a verle, que acababa de marcharse, de marcharse un poco triste, como si sospechara que le habían estafado o que se habían burlado de él, pero sin poder comprender el cómo y el porqué.

    «Sherman Wesley Little», escribió Eliot. «Indi. Pre-Su. 2G. E3H, 2ºH.P.C. B.300$». Interpretado, esto significaba que Little era de Indianapolis, presunto suicida, veterano de la Segunda Guerra Mundial, con esposa y tres hijos, el segundo con parálisis cerebral; Eliot le había concedido una beca de la Fundación por 300 dólares.

    La prescripción anotada en forma más corriente que el dinero en el Domesday book era «A-V», iniciales que representaban la recomendación que hacía Eliot a las personas deprimidas por todo y sin ninguna razón en particular: «Querida, le diré lo que ha de hacer: tómese una tableta de aspirina y trasiéguela con un vaso de vino».

    «C-M» quería decir la Caza de la Mosca. Había personas que sentían a veces la desesperada necesidad de hacer algo agradable por Eliot. Entonces él les pedía que vinieran en un momento determinado para limpiarle la oficina de moscas. Durante la estación de las moscas esto representaba una tarea colosal, ya que Eliot no tenía pantallas en las ventanas y además el despacho estaba directamente conectado con la asquerosa cocina del restaurante de abajo mediante un grasiento respiradero en el suelo.

    De modo que la Caza de la Mosca se había convertido en un ritual, tanto que no se utilizaban los matamoscas convencionales, y hombres y mujeres cazaban moscas de modos muy originales. Los hombres usaban bandas de goma, y las mujeres cazos de agua jabonosa tibia.

    La técnica de la banda de goma consistía en lo siguiente: un hombre la estiraba entre sus dedos cogiéndola por el centro como si fuera un tirador, y la soltaba cuando había una mosca a la vista. Un bicho bien acertado generalmente se desintegraba, a juzgar por el color tan peculiar del suelo y las paredes del despacho, cubiertas de puré de moscas.

    La técnica del cazo de agua jabonosa tibia consistía en lo siguiente: una mujer buscaba una mosca que estuviera cabeza abajo, apoyada sobre alguna superficie vertical. Entonces ponía el cazo directamente bajo la mosca, muy lentamente, aprovechando el hecho de que una mosca cabeza abajo, cuando se acerca el peligro, inconscientemente se deja caer unos cinco centímetros antes de utilizar las alas. En teoría, la mosca no debía sentir peligro hasta que el cazo estuviera inmediatamente debajo, y entonces se dejaba caer con todo gusto en él, para hundirse sobre burbujas y ahogarse.

    Hablando de esta técnica, Eliot solía decir:

    -Nadie lo cree hasta que lo prueba. Una vez se ha probado su eficacia, ya no se hace de otra forma.

    En la parte de atrás de la libreta había una novela inacabada que Eliot empezara a escribir años atrás, la tarde en que comprendió al fin que Sylvia nunca volvería a su lado. Repasó unas cuantas hojas:

    «¿Por qué tantas almas vuelven voluntariamente a la tierra después de fracasar y morir, fracasar y morir, fracasar y morir, fracasar y morir allí? Porque el Más Allá es pura nonada. Sobre sus Puertas Doradas debían escribirse estas palabras: Un poco de nada, ¡oh, Dios mío!, es algo muy largo. Pero las únicas palabras escritas sobre sus Puertas Infinitas son simples huellas vandálicas: "Bien venidos a la Feria Mundial Búlgara", dice un letrero a lápiz sobre un frontón de mármol. "Más vale comunistas que muertos", opina otro.

    »"No eres hombre hasta que has comido carne de negro", sugiere aquél, corregido después: "No eres hombre hasta que has sido carne de negro". "¿Dónde puedo acostarme por aquí?", pregunta un alma impúdica. Y más abajo le contestan: "Prueba La balada del último trovador, de Alfred, lord Tennyson" [3]. Mi propia contribución: "Los que escriben en las paredes del Más Allá / deberían hacer bolitas de mierda. / Y los que leen estas líneas tan ingeniosas / debían comerse las citadas bolitas."

    »"Kublai Khan, Napoleón, Julio César y el rey Ricardo Corazón de León, todos son un asco", declara un alma valiente. Nadie contesta a este insulto, ni es probable que contesten las partes interesadas. El espíritu inmortal de Kublai Khan habita ahora la envoltura corporal de la esposa de un veterinario en Lima, Perú. El espíritu inmortal de Bonaparte nos mira desde el rostro coloradote y gordinflón de un muchacho de catorce años, hijo del jefe del puerto de Cotuit, Massachusetts. El espíritu del Gran César se las arregla como puede con la carne sifilítica de una viuda pigmea de las islas Andaman. Y Corazón de León está de nuevo cautivo, como en sus antiguos viajes, prisionero esta vez en el cuerpo de Coach Letzinger, un basurero anormal y exhibicionista, en Rosewater, Indiana. Coach -con el pobre rey Ricardo en su interior- va a Indianapolis en autobús tres o cuatro veces al año. Para el viaje se viste cuidadosamente, poniéndose zapatos, calcetines, ligas, un impermeable y un silbato de latón colgado del cuello. Cuando llega a Indianapolis, se va al departamento de artículos de plata y cubertería de los grandes almacenes, donde siempre hay un montón de futuras casadas eligiendo los modelos de cubiertos. Coach toca el pito y todas las chicas le miran. Entonces se abre el impermeable, lo cierra otra vez, y corre con toda su alma para coger el autobús de vuelta a Rosewater.

    »El Más Allá es un aburrimiento espantoso -decía la novela de Eliot-, de modo que la mayoría hacen cola para volver a nacer, y viven y aman, y fracasan, y mueren, y vuelven a hacer cola para nacer otra vez. Por lo menos, probemos, como dice el dicho. No les importa ni se empeñan en ser de una raza u otra, de un sexo u otro, de una nacionalidad u otra, de una u otra clase. Lo que quieren (y consiguen) son tres dimensiones, un espacio de tiempo comprensiblemente pequeño, y una envoltura que haga posible la crucial distinción entre el interior y el exterior.

    »Porque aquí no hay interior. Aquí no hay exterior. Cruzar la puerta en cualquier dirección es ir de ningún sitio a ningún sitio, y de todas partes a todas partes. Imaginad una mesa de billar tan grande y tan ancha como la Vía Láctea. Imaginad con todo detalle esa enorme extensión sin límites, cubierta de fieltro verde. Imaginad una puerta en el mismísimo centro. Cualquiera que pueda imaginarlo, habrá comprendido todo cuanto hay que saber sobre el Más Allá, y habrá simpatizado con los que se sienten ansiosos de la distinción entre lo interior y lo exterior.

    »Sin embargo, por incómodo que sea esto, a algunos no nos interesa nacer otra vez. Yo me cuento entre ellos. No he estado en la Tierra desde 1587, año en el que, disfrutando de la envoltura corporal de una tal Walpurga Hausmann, fui ejecutada en el pueblo austríaco de Dillingen. El supuesto crimen de mi envoltura corporal en ese entonces fue la brujería. Cuando oí la sentencia, naturalmente sentí deseos de abandonar aquel cuerpo que estaba, de todas formas, a punto de abandonar, ya que lo había disfrutado durante ochenta y cinco años. Pero me tuve que quedar en él hasta que lo ataron al potro del tormento, pusieron éste en un carro y se lo llevaron al Ayuntamiento. Allí me rompieron el brazo derecho y me desgarraron el seno izquierdo con pinzas al rojo vivo. Luego fuimos a la Puerta de la Ciudad, donde me cortaron el seno derecho. Después me llevaron a la puerta del hospital, donde me rompieron el brazo izquierdo. Y por fin llegamos a la plaza principal. En vista de que yo había sido comadrona oficial durante sesenta y dos años para acabar obrando con tanta maldad, me cortaron la mano derecha. Y entonces me ataron a una estaca, me quemaron viva y arrojaron mis cenizas al río. Como digo, desde entonces no he vuelto.

    »Generalmente, la mayoría de los que no queríamos volver a la buena y vieja Tierra éramos almas cuyos cuerpos habían sido torturados de modo lento y refinado, hecho que satisfará sin duda a los que abogan por los castigos corporales y la pena capital como prevención contra el crimen. Pero últimamente estaba sucediendo algo curioso. Nuestro grupo aumentaba constantemente con tipos a los que, de acuerdo con la idea que nosotros teníamos del dolor, no les había pasado nada en la Tierra. Apenas echaban una mirada allí abajo, inmediatamente volvían en aterrados batallones aullando: ¡Nunca más!

    »¿Quiénes son esas personas?, me preguntaba. ¿Qué será eso tan horrible e inimaginable que puede haberles sucedido? Naturalmente, para saber la auténtica respuesta voy a tener que abandonar a los muertos. Voy a tener que nacer de nuevo…

    »Y me acaban de comunicar que van a enviarme donde vive el espíritu de Ricardo Corazón de León: a Rosewater, Indiana.»

    Sonó el teléfono negro.

    -Aquí la Fundación Rosewater. ¿En qué podemos ayudarle?

    -Señor Rosewater -dijo una mujer, hablando entrecortadamente-. Soy…, soy Stella Wakeby -la mujer se detuvo, esperando su reacción ante la noticia.

    -¡Hola, hola! -dijo Eliot alegremente-. ¡Qué agradable tener noticias suyas! ¡Qué sorpresa más grata! -no sabía quién era Stella Wakeby.

    -Señor Rosewater, yo…, yo nunca le pedí nada, ¿verdad?

    -No, no. Jamás lo hizo.

    -Muchas personas con menos motivos que yo le molestan cada día.

    -Nunca me molestan… Desde luego, hay personas a las que veo más que a otras… -por ejemplo, se relacionaba tantas veces con Diana Moon Glampers que ahora ya no apuntaba las transacciones con ella en el libro. Se aferró a esta oportunidad-: Y a menudo he pensado en la terrible carga que usted debe soportar…

    -¡Oh, señor Rosewater, si usted supiera! -y estalló en violentos sollozos-. ¡Siempre dijimos que pertenecíamos al senador Rosewater, y no a Eliot Rosewater!

    -Vamos, vamos…

    -Siempre pudimos valernos sin ayuda de nadie. Muchas veces me he cruzado con usted por la calle y he vuelto el rostro hacia el otro lado, y no porque tuviera nada personal contra usted. Sólo quería que supiera que los Wakeby eran como debían ser.

    -Comprendo… Y me alegra saber esas buenas noticias.

    Eliot no podía recordar que nadie le hubiera negado el saludo, y se paseaba tan pocas veces por la ciudad, que no podía haberle ofrecido muchas oportunidades a la desdichada Stella. Suponía correctamente que viviría en una terrible pobreza en alguna calleja, que apenas se dejaba ver con sus harapos y que se complacía en crearse imaginativamente una vida social y en creer que todo el mundo la conocía. Si alguna vez se hubiera cruzado con Eliot, cosa probable, esa única vez se habría convertido en miles de veces en su imaginación, cada una con sus propias luces y sombras.

    -No podía dormir esta noche, señor Rosewater, así que fui a dar un paseo.

    -Se pasea mucho, ¿verdad?

    -¡Oh, Dios mío, señor Rosewater! Con luna llena, en cuarto menguante y aunque no haya luna.

    -Y hoy con lluvia.

    -Me gusta la lluvia.

    -A mí también -reconoció Eliot.

    -Y había luz en casa de mi vecino.

    -Demos gracias a Dios por los vecinos.

    -Llamé a la puerta, y ellos me dejaron entrar. Y yo dije: No puedo dar un paso más sin ayuda. Si no consigo algo de ayuda, no me importa si no llega el mañana para mí. ¡Ya no quiero pertenecer al senador Rosewater!

    -Vamos… vamos…

    -Así que me metieron en un coche, me llevaron al teléfono más próximo y me dijeron: «Llama a Eliot. Él te ayudará». Y eso es lo que hice.

    -¿Quiere venir a verme ahora, querida, o puede esperar hasta mañana?

    -Mañana… -era más bien una pregunta.

    -¡Estupendo! A la hora que prefiera, querida.

    -¡Mañana!

    -Mañana, querida. Va a ser un día muy agradable.

    -¡Gracias a Dios!

    -Vamos… vamos…

    -¡Oooohhh, señor Rosewater! ¡Gracias a Dios que le tengo a usted!

    Eliot colgó. El teléfono sonó inmediatamente.

    -Aquí la Fundación Rosewater. ¿En qué podemos ayudarle?

    -Podrías empezar por cortarte el pelo y comprarte un traje.

    -¿Qué?

    -¡Eliot!

    -¿Sí?

    -¿Ni siquiera reconoces mi voz?

    -Hum. Lo siento, yo…

    -¡Pues soy tu maldito padre!

    -¡Caray, papá! -dijo Eliot líricamente, cariñosamente, sorprendido y gozoso-. ¡Qué gusto oír tu voz!

    -Ni siquiera me reconociste.

    -Lo siento. Ya sabes cuánta gente me llama.

    -Conque sí, ¿eh?

    -Ya lo sabes.

    -Eso me temo.

    -¡Caray! De todas formas, ¿cómo estás?

    -¡Estupendamente! -dijo el senador con brillante sarcasmo-. ¡No podría estar mejor!

    -¡Cuánto me alegro! -su padre soltó una maldición-. ¿Qué te pasa, papá?

    -¡No me hables como si yo estuviera borracho! ¡O como si fuera un chulo! ¡O una pobre lavandera!

    -Pero… ¿qué dije?

    -¡Es tu maldito tono!

    -Lo siento.

    -¡Pareces dispuesto a decirme que tome una aspirina con un vaso de vino! ¡No me hables con superioridad!

    -Lo siento.

    -¡No necesito que nadie pague el último plazo de mi moto!

    Eliot había hecho eso una vez por un cliente. Y el cliente se mató con su novia dos días después, en un terrible accidente en Bloomington.

    -Eso ya lo sé.

    -Eso ya lo sabe -dijo el senador a alguien, al otro extremo de la línea.

    -Es que… me suenas tan furioso y desgraciado, papá… -Eliot estaba realmente preocupado.

    -Ya se me pasará.

    -¿Ocurre algo especial?

    -Algunas cositas, Eliot, algunas cositas… tales como la extinción de la familia Rosewater.

    -¿Qué te hace pensar que se está extinguiendo?

    -¡No me digas que estás embarazado!

    -¿Y esos que viven en Rhode Island?

    -¡Vaya! Ya me siento mejor. Los había olvidado.

    -Ahora te pones sarcástico.

    -Debe ser que no se oye bien. Anda, cuéntame alguna buena noticia de por ahí, Eliot. Alegra a tu viejecito.

    -Mary Moody tuvo gemelos.

    -¡Bien! ¡Bien! Por lo menos alguien se está reproduciendo. Y ¿qué nombres ha elegido la señorita Moody para los nuevos ciudadanos?

    -Foxcroft y Melody.

    -Eliot…

    -¿Señor?

    -Quiero que te eches una buena ojeada.

    Obediente, Eliot se miró lo mejor que pudo sin un espejo a mano.

    -Ya lo hice.

    -Ahora pregúntate a ti mismo: «¿No estaré soñando? ¿Cómo llegué a esta situación tan terrible?»

    Obediente de nuevo, y sin la menor traza de burla, Eliot se preguntó a sí mismo en voz alta: «¿No estaré soñando? ¿Cómo llegué a esta situación tan terrible?»

    -¿Bien? ¿Cuál es tu respuesta?

    -No estoy soñando -informó Eliot.

    -¿No lo preferirías?

    -Y ¿para qué tendría que despertarme?

    -Para lo que puedes ser. ¡Para lo que eras!

    -¿Quieres que empiece otra vez a comprar cuadros para los museos? ¿Estarías más orgulloso de mí si contribuyera con dos millones y medio a la compra de Aristóteles contemplando el busto de Homero, de Rembrandt?

    -Reduces la discusión al absurdo.

    -Yo no. Échales la culpa a los que dan su dinero para esa clase de cuadros. Le enseñé una fotografía del mismo a Diana Moon Glampers y me dijo: «Tal vez sea idiota, señor Rosewater, pero yo no tendría eso en mi casa».

    -Eliot…

    -¿Señor?

    -Pregúntate lo que Harvard pensaría ahora de ti.

    -No necesito preguntármelo. Ya lo sé.

    -¡Ah!

    -Están locos conmigo. Deberías ver las cartas que recibo.

    El senador inclinó la cabeza, resignado, sabiendo que los asnos de Harvard no respetaban nada, y que Eliot decía la verdad cuando hablaba de cartas llenas de consideración.

    -Después de todo… -continuó su hijo- y sólo por afecto, les he dado a esos chicos trescientos mil dólares al año, con toda regularidad, desde que empezó la Fundación. Deberías ver las cartas.

    -Eliot…

    -¿Señor?

    -Hemos llegado al momento más irónico de la historia, en que el senador Rosewater de Indiana ha de preguntar a su hijo: ¿eres, o has sido alguna vez comunista?

    -Bueno, he tenido lo que probablemente muchas personas llamarían ideas comunistas -confesó Eliot sin disimulo alguno-. Pero, por amor de Dios, papá, nadie puede trabajar con los pobres y no inclinarse hacia Karl Marx de vez en cuando… o hacia la Biblia, bien mirado. Creo que es terrible el egoísmo de la gente en este país, y su negativa a compartir lo que poseen. Considero cruel al Gobierno que permite que nazca un niño tan supermillonario como yo, y que otros nazcan sin poseer nada. Me parece que lo menos que podría hacer el Gobierno es dividir las cosas equitativamente entre los niños. La vida ya es bastante dura para que la gente tenga además que preocuparse tantísimo por el dinero. Si lo compartiéramos mejor, en este país habría para todo el mundo.

    -¿Serviría eso de algo?

    -¿Sabes lo que sería no tener miedo de carecer de alimento, de no poder pagar al médico, de no poder darle a la familia cosas bonitas, un lugar alegre, seguro y cómodo para vivir, una educación decente y algunas diversiones? ¿Sabes lo que es avergonzarse de no saber dónde está el Río de Oro?

    -¿El qué?

    -El Río de Oro, donde fluye el dinero de la nación. Nosotros nacimos en sus mismas orillas, como la mayor parte de las personas mediocres entre las que crecí, con las que fui a escuelas particulares, con las que navegué y jugué al tenis. Nosotros podemos sacar oro de ese poderoso río hasta sentirnos felices. E incluso podemos tomar lecciones de buceo, para poder pescar con mayor eficiencia.

    -¿Lecciones de buceo?

    -¡Sí! De los abogados, de los técnicos en impuestos. De los aduaneros. Nacimos tan cerca del río, que nosotros y nuestras diez sucesivas generaciones podemos nadar en la abundancia, ¡sin más que utilizar cazos y cubos! Pero seguimos alquilando expertos que nos ayuden y nos enseñen el uso de acueductos, tanques, sifones, brigadas de cubos y el tornillo de Arquímedes. Y nuestros profesores se enriquecen a su vez, y son entonces sus hijos los que aprenden a bucear.

    -Nunca pensé que yo le quitara nada a nadie.

    Eliot hablaba ahora cruelmente, pues sólo se preocupaba de teorizar:

    -¡Es que nacimos así! Por eso no podemos comprender que las gentes hablen de los privilegiados, por eso no entendemos a los que nos hablan del Río de Oro. Cuando oigo que alguien niega que exista el Río de Oro, pienso para mí: «Señor, ¡pero eso es mentira, y una mentira de muy mal gusto!»

    -Resulta emocionante oírte hablar de mal gusto -dijo el senador.

    -¿Quieres que empiece otra vez a ir a la ópera? ¿Quieres que construya una casa perfecta, en una ciudad perfecta, y me dedique de nuevo a navegar a vela?

    -¡Como si te importara lo que yo quiero!

    -Admito que esto no es el Taj Mahal. Pero ¿cómo podría serlo, con lo mal que lo pasan algunos americanos?

    -Tal vez si dejaran de creer en cosas tan imbéciles como el Río de Oro y se pusieran a trabajar, no lo pasarían tan mal.

    -Si no fuera verdad que existe el Río de Oro, entonces, ¿cómo conseguí yo ganar diez mil dólares hoy, sólo roncando, rascándome y contestando alguna vez al teléfono?

    -Todavía es posible que un americano se haga rico por sí mismo.

    -Oh, seguro…, si alguien le dice, cuando aún es joven, que existe el Río de Oro, que no es una fantasía, y que haría muy bien en olvidarse del trabajo duro, el sistema de méritos, la honradez y todas esas mentiras, y dirigirse al río. «Ve donde están los ricos y poderosos», le diría yo. «Y aprende de ellos. Son susceptibles a la adulación y al terror. Adúlales o asústales lo que puedas. Y una noche obscura te cogerán y, puesto el dedo sobre los labios, te advertirán que no hagas ruido y te llevarán a través de la oscuridad al río de la riqueza, el más amplio y profundo que jamás ha conocido el hombre. Te mostrarán tu lugar en la orilla, te darán un cubo. Saca todo lo que quieras, pero procura no hacer ruido con tu cubo…; podría oírlo un pobre».

    El senador soltó un juramento.

    -¿Por qué dijiste eso, papá? -había ternura en la pregunta. El senador repitió el insulto-. Me gustaría que no tuviéramos que enfadarnos cada vez que hablamos. Yo te quiero mucho.

    Siguieron las maldiciones, esta vez más confusas, porque el senador estaba a punto de llorar.

    -¿Por qué has de ponerte así cuando te digo que te quiero, papá?

    -Es que eres como un tipo que se pusiera en una esquina con un rollo de papel higiénico en la mano con las palabras «Te amo» escritas en cada hojita de papel, y a todo transeúnte, quienquiera que fuese, entregara su hojita correspondiente. ¡Pues yo no quiero mi ración de papel higiénico!

    -No me di cuenta de que era papel higiénico.

    -¡Si no dejas de beber, acabarás por no darte cuenta de nada! -gritó el senador, llorando-. Voy a pasarle el teléfono a tu esposa. ¿Te das cuenta de que la has perdido? ¿Te das cuenta de lo buena esposa que era?

    -¿Eliot?

    El saludo de Sylvia fue tímido y asustado. Parecía tan etéreo como un velo de novia.

    -Sylvia… -habló educadamente, virilmente, pero sin interés. Le había escrito miles de cartas, había telefoneado una y otra vez. Hasta ahora, jamás había tenido respuesta.

    -Yo… me doy cuenta… de que me he portado muy mal.

    -Mientras seas humana…

    -¿Acaso puedo evitar ser humana?

    -No.

    -¿Puede evitarlo alguien?

    -No, que yo sepa.

    -Eliot…

    -¿Sí?

    -¿Cómo está todo el mundo?

    -¿Aquí?

    -En todas partes.

    -Muy bien.

    -Me alegro. Si… si te pregunto por algunas personas, lloraré -dijo Sylvia.

    -Pues no preguntes.

    -Todavía me preocupo por ellos, aunque los doctores dicen que no debo volver ahí otra vez.

    -Pues no preguntes.

    -¿Alguien ha tenido un niño?

    -No preguntes.

    -¿No le dijiste a tu padre que alguien había tenido un niño?

    -No preguntes.

    -¿Quién tuvo un niño? Deseo…, deseo saberlo.

    -¡Por Dios, no preguntes!

    -¡Deseo saberlo!

    -Mary Moody.

    -¿Gemelos?

    -Claro que sí. Y serán, indudablemente, un par de incendiarios.

    Eliot mostraba con estas palabras que no se hacía demasiadas ilusiones sobre las personas a las que dedicaba su vida. La familia Moody tenía una larga historia, no sólo de gemelos, sino de pirómanos.

    -¿Son bonitos?

    -No los he visto -hablaba con cierta irritabilidad, algo que acompañaba siempre a sus relaciones con Sylvia-. Pero siempre lo son.

    -¿Les has enviado ya su regalo?

    -¿Qué te hace pensar que aún envío los regalos? -se refería a su antigua costumbre de regalar una acción de las Máquinas Comerciales Internacionales a cada niño que nacía en el condado.

    -¿Ya no lo haces?

    -Sí -y parecía harto de ello.

    -Pareces cansado.

    -Debe de ser que no se oye bien.

    -Cuéntame más noticias.

    -Mi mujer me ha pedido el divorcio por consejo del médico.

    -¿No podemos prescindir de esas noticias? -la pregunta no era petulante, sino trágica. Y la tragedia estaba más allá de toda discusión.

    -Como quieras -dijo Eliot sin expresión.

    Se tomó un trago de «Consuelo Meridional», pero no se sintió consolado. Tosió, y su padre tosió también. Esta coincidencia, en la que padre e hijo se asemejaban sin saberlo en un incesante carraspeo, no sólo fue oída por Sylvia, sino por Norman Mushari también. Mushari se había deslizado de la salita, había encontrado un teléfono auxiliar en el despacho del senador y estaba escuchando con las orejas bien abiertas.

    -Supongo… supongo que debería despedirme -dijo Silvia, con cierto sentimiento de culpabilidad. Las lágrimas corrían por sus mejillas.

    -Tendrá que decirlo el médico.

    -Dale… dale cariñosos recuerdos a todo el mundo.

    -Sí. Lo haré.

    -Diles que siempre sueño con ellos.

    -Se sentirán muy orgullosos.

    -Felicita a Mary Moody por los gemelos.

    -Bien. Mañana los bautizo.

    -¿Los bautizas? -eso era algo nuevo.

    Los ojos de Mushari giraron en sus órbitas.

    -No sabía que tú… que tú hicieras esas cosas -dijo Sylvia, cuidadosamente.

    Mushari se alegró al percibir la ansiedad que latía en su voz. Eso significaba que la locura de Eliot aún no estaba estabilizada, pero que iba a dar el gran salto hacia la religión.

    -No pude librarme -dijo Eliot-. Ella insiste en un bautizo, y nadie más quiere hacerlo.

    -¡Oh! -Sylvia parecía aliviada.

    Mushari no se desilusionó. El bautismo sería una buena prueba ante un tribunal de que Eliot se creía un Mesías.

    -Yo le dije -siguió Eliot, y la mente calculadora de Mushari se negó a aceptar esta evidencia- que no era una persona religiosa, por mucha imaginación que le echáramos al asunto. Le dije que nada de lo que yo hiciera tendría importancia en el Cielo, pero ella insistió de todos modos.

    -¿Qué dirás? ¿Qué harás?

    -Oh, no sé -encantado con el problema, olvidó su pena y su cansancio. Una sonrisita vagó por sus labios-. Iré a su casa, supongo, les echaré algo de agua a los nenes y les diré: «Hola, niños. Bienvenidos a la Tierra. Es cálida en verano y fría en invierno. Es redonda, húmeda y superpoblada. En resumen, chiquitos, disfrutaréis de unos cien años aquí. Sólo hay una regla que quiero inculcaros, niños. ¡Maldita sea, tenéis que ser amables!»



    8



    Aquella noche se decidió que Eliot y Sylvia debían reunirse para una despedida final en la Suite Azul del Hotel Marriott, en Indianapolis, tres noches después. Era algo bastante peligroso con aquellas dos personas tan enfermas y tan entregadas al amor. Llegaron a este acuerdo entre un caos de murmullos, susurros y gritos de soledad surgidos al final de la conversación telefónica.

    -¡Oh, Eliot! ¿Crees que debemos?

    -Creo que debemos hacerlo.

    -Debemos hacerlo -dijo ella como un eco.

    -¿No lo crees tú así, que… que debemos hacerlo?

    -Sí.

    -Es la vida.

    Sylvia agitó la cabeza.

    -¡Oh, maldito amor, maldito amor!

    -Será agradable, te lo prometo.

    -Yo te lo prometo también.

    -Me compraré un traje nuevo.

    -No, por favor, no lo hagas por mí.

    -Entonces, por la Suite Azul.

    -Buenas noches.

    -Te amo, Sylvia. Buenas noches.

    Hubo una pausa.

    -Buenas noches, Eliot.

    -Te amo.

    -Buenas noches. Estoy asustada. Adiós.

    Esta conversación dejó muy preocupado a Norman Mushari, que volvió a colgar el teléfono por el que había estado espiando. Era crucial para sus planes que Sylvia no concibiera un hijo de Eliot. Con un hijo suyo en el seno tendría perfecto derecho a controlar la Fundación, tanto si Eliot estaba loco como si no. Y Mushari soñaba con que el control pasara al primo segundo de Eliot, Fred Rosewater, de Pisquontuit, Rhode Island.



    Fred no sabía nada de esto; en realidad, ni siquiera estaba seguro de hallarse emparentado con los Rosewater de Indiana, quienes le conocían únicamente porque, como McAllister, Robjent, Reed y McGee eran muy competentes, habían pagado a un genealogista y un detective para que descubrieran a sus parientes más cercanos con el apellido Rosewater. El dossier de Fred, en los archivos confidenciales de la firma, era tan grueso como él mismo; pero la investigación había sido muy discreta. Fred jamás se imaginó que pudiera estar destinado a la riqueza y la gloria.

    Por eso, la mañana después de que Eliot y Silvia quedaran de acuerdo para reunirse, Fred se sentía como un hombre corriente, o menos que corriente, con un futuro muy pobre. Salió de la Cafetería de Pisquontuit, se desperezó al sol, dio tres profundas inspiraciones, y entró en el Bar de Pisquontuit, en la puerta de al lado. Era un hombre rollizo, cargado de café, empachado de pasteles.

    El pobre y mísero Fred se pasaba la mañana buscando clientes que firmaran un seguro en la cafetería, centro de reunión de los ricos, y en el bar, donde acudían los pobres. Era el único hombre de la ciudad que tomaba café en ambos sitios.

    Se dirigió al mostrador del bar y sonrió a un carpintero y dos plomeros sentados allí. Subió a un taburete y su gran trasero desbordó cumplidamente el asiento.

    -¿Café y pasteles, señor Rosewater? -preguntó la muchacha, idiota y sucia, que servía en el mostrador.

    -Café y pasteles me parece estupendo -respondió Fred, calurosamente-. En una mañana como ésta, seguro que sí.

    Hablando de Pisquontuit: los que apreciaban el lugar lo pronunciaban «Pawn-it». Los que no, lo pronunciaban «Piss-on-it»[4]. En algún tiempo existió un jefe indio llamado así. Llevaba un taparrabos, y vivía como todo su pueblo, de la pesca y los frutos silvestres. No sabía nada de agricultura, y desconocía también los abalorios, los ornamentos de plumas y el arco y la flecha. Pero el alcohol era su íntimo amigo. Murió alcoholizado en 1638.

    Cuatro mil lunas más tarde, el pueblo que inmortalizó su nombre estaba poblado por doscientas familias muy ricas y mil familias corrientes cuyos miembros servían de un modo u otro a los ricos. La vida era allí generalmente monótona y miserable, nada sutil, nada ingeniosa, siempre repetida; precisamente tan absurda y miserable como la vida en Rosewater, Indiana. Los millones heredados no ayudaban, tampoco las artes y las ciencias.

    Fred Rosewater era un buen marino y había asistido a la Universidad de Princeton, por eso era bien recibido en los hogares de los ricos, aunque, según los estándares de Pisquontuit, era muy pobre. Su casa era una sórdida construcción de madera oscura, a una milla del alegre muelle.

    El pobre Fred trabajaba como un negro para ganar los pocos dólares que llevaba a casa de vez en cuando. Trabajaba en ese momento, sonriendo al carpintero y a los dos plomeros en el bar. Los tres obreros estaban leyendo una publicación escandalosa, un semanario nacional que trataba de crímenes, sexo, animales y niños, generalmente niños mutilados. Se llamaba El Investigador Americano, «El periódico más chispeante del mundo». El Investigador era para el bar lo que el Wall Street Journal era para la cafetería.

    -Instruyéndose como siempre, ya veo -observó Fred con tono ligero y alegre.

    Los obreros sentían cierto extraño respeto por Fred. Trataban de mostrarse cínicos ante su mercancía, pero interiormente comprendían que les ofrecía el único modo de hacerse ricos que les estaba permitido: hacerse un seguro de vida y morir pronto. Y el triste secreto de Fred era que, sin tales personas, atraídas por ese espejismo, no tendría un centavo. Todo su negocio lo hacía con la clase trabajadora; su trato con los rajás navieros de la puerta de al lado era un puro bluff. A los pobres les impresionaba la idea de que Fred vendiera también seguros a los potentados, pero no era verdad. Los fabulosos negocios de los ricos se desarrollaban en bancos y oficinas muy lejos de allí.

    -¿Qué noticias trae del extranjero? -preguntó Fred. Otro chiste sobre El Investigador.

    El carpintero levantó la primera página para que Fred pudiera verla. Toda ella era un enorme titular, con la fotografía de una joven muy guapa. El titular decía:



    NECESITO HOMBRE QUE PUEDA DARME UN HIJO GENIAL



    La chica era modelo. Su nombre era Randy Herald.

    -Me gustaría muchísimo ayudar a la dama en ese problema -dijo Fred, jovial de nuevo.

    -¡Dios mío! -dijo el carpintero, agitando la cabeza y hurgándose los dientes-. ¿Y a quién no?

    -¿Crees que lo digo en serio? -Fred lanzó una mirada despectiva a la foto-. ¡No dejaría a mi mujer por veinte mil Randy Herald! -ahora calculaba nuevas posibilidades-. Y no creo que tampoco vosotros dejaríais a vuestras mujeres.

    Para Fred, una mujer era un ser con un marido a quien colocarle un seguro.

    -Conozco a vuestras mujercitas -continuó- y cualquiera de vosotros estaría loco si hiciera el cambio -e inclinó la cabeza, asintiendo a sus propias palabras-. Aquí estamos cuatro hombres afortunados, y es mejor que no lo olvidemos. Tenemos cuatro mujercitas maravillosas, chicos, y lo mejor que podríamos hacer sería dar de vez en cuando las gracias a Dios por ellas -movió el azúcar del café-. Yo no sería nada sin mi esposa, lo sé.

    Su esposa se llamaba Caroline. Caroline era la madre de un chiquillo gordo y feo, el pobre Franklin Rosewater. Caroline se había acostumbrado últimamente a salir a almorzar con una lesbiana rica llamada Amanita Buntline.

    -He hecho cuanto he podido por ella -declaró Fred-, aunque bien sabe Dios que no lo bastante. Nada sería bastante… -sentía verdadera emoción al hablar. Sabía que aquel trémolo de voz había de ser sincero, o no colocaría seguros-. Sin embargo, hay algo que incluso un hombre pobre puede hacer por su mujercita.

    Hizo rodar sus ojos de forma significativa. Personalmente, valía cuarenta y dos mil dólares muerto.

    Naturalmente, a menudo le preguntaban si estaba emparentado con el famoso senador Rosewater. Su ignorante y cauta respuesta solía ser: «Pues creo que hay algo de parentesco…, pero muy, muy lejano». Como la mayoría de los americanos de familia pobre, Fred no sabía nada de sus antepasados. Y he aquí lo que debería haber sabido:

    La rama de la familia Rosewater que habitaba en Rhode Island descendía de George Rosewater, el hermano pequeño del infame Noah. Cuando llegó la Guerra Civil, George reclutó una compañía de fusileros de Indiana y marchó con ellos a unirse a la casi legendaria Brigada del Sombrero Negro. A las órdenes de George iba el sustituto de Noah, el idiota del pueblo, Fletcher Moon. Moon voló en pedazos gracias a la artillería de Stonewall Jackson, en la retirada de Second Bull.

    Durante la marcha por el barro hacia Alexandria, el capitán Rosewater tuvo tiempo de escribir esta carta a su hermano Noah:



    «Fletcher Moon cumplió su deber hasta el final lo mejor que pudo. Si te sientes defraudado porque se haya liquidado tan pronto el dinero que invertiste en él, te sugiero que escribas al general Pope para que te devuelva algo.

    »Me gustaría que estuvieras aquí.

    George.»



    A lo que Noah respondió:



    «Siento mucho lo de Fletcher Moon, pero, como dice la Biblia, "un trato es un trato". Te incluyo algunos papeles legales de pura rutina para que los firmes. Con ellos me das poderes para que pueda administrar tu mitad de la granja y de la fábrica hasta que vuelvas, etc. Estamos sufriendo muchas privaciones aquí en casa. Todo se lo llevan para las tropas. Apreciaríamos algunas palabras de agradecimiento de los soldados.

    Noah.»



    Para la época de Antietam, George Rosewater se había convertido en teniente coronel y había perdido los dedos meñiques de ambas manos. En Antietam le mataron el caballo que montaba; pero siguió avanzando a pie, agarró la bandera a un muchacho moribundo y se encontró con que sólo quedaba el palo roto cuando un cañón confederado se llevó los colores. Continuó avanzando y mató a un hombre con ese palo. En este momento, uno de sus propios soldados disparó un mosquete que estaba atascado. La explosión dejó al coronel Rosewater ciego para siempre.

    Volvió a Rosewater County con sus galones, ciego. La gente lo encontró muy animado. Su alegría no pareció desvanecerse un ápice cuando los abogados y banqueros le explicaron, ofreciéndose amablemente a leer por él, que ya no poseía nada, que todo se lo había dado firmado a Noah. Desgraciadamente, éste no estaba en la ciudad para explicarle las cosas personalmente. Los negocios exigían que pasara la mayor parte de su tiempo en Washington, Nueva York y Philadelphia.

    -Bien -dijo George, que seguía sonriendo, sonriendo, sonriendo-, como dice la Biblia, y en términos bien claros, «los negocios son los negocios».

    Los abogados y banqueros se sintieron algo chasqueados, ya que, al parecer, George no intentaba hallar moraleja alguna en lo que hubiera sido una experiencia importante en la vida de cualquier hombre. Un abogado, que se disponía a soltar su moraleja cuando George se volvió loco, no pudo evitar el decirla a pesar de que éste seguía sonriendo sin alterarse.

    -Siempre hay que leer las cosas antes de firmarlas.

    -Puede apostar usted las botas -repuso George- a que lo haré a partir de ahora.

    Naturalmente, George Rosewater no estaba bien de la cabeza cuando volvió de la guerra, pues ningún hombre cuerdo, después de perder la vista y la fortuna, se hubiera reído tanto. Y un hombre cuerdo, especialmente si era un general y un héroe, hubiera podido dar los pasos legales necesarios para obligar a su hermano a devolverle su propiedad. Pero George no intentó nada. Ni esperó a que Noah volviera a Rosewater County, ni se fue al Este a buscarle. En realidad, él y Noah no habían de volver a verse nunca.

    Hizo una visita, vestido con todo el esplendor de su uniforme completo, a cada casa de Rosewater County que le había dado un muchacho o dos para que lucharan a sus órdenes, alabándolos a todos y llorando de corazón por los muertos o heridos. Por entonces se estaba construyendo la mansión de ladrillos de Noah Rosewater. Una mañana, los trabajadores encontraron el brillante uniforme clavado en la puerta principal, como si fuera la piel de un animal tendida al sol para que se secara.

    Por lo que se refería a Rosewater County, George Rosewater había desaparecido para siempre.

    Se fue al Este como un vagabundo, no para encontrar a su hermano y matarlo, sino para buscar trabajo. Y lo encontró en Providence, Rhode Island. Había oído decir que se estaba abriendo allí una fábrica de escobas, en la que trabajarían los veteranos ciegos de la Unión.

    Era cierto. Existía la fábrica, fundada por Castor Buntline, que no era ni veterano ni ciego. Buntline adivinó que los veteranos ciegos serían unos empleados muy agradables, que él mismo se labraría un puesto en la historia como hombre humanitario, y que ningún patriota yanki, por lo menos durante varios años después de la guerra, usaría otra cosa que una escoba de la Union Buntline. Así empezó la gran fortuna Buntline. Y con los beneficios de las escobas, Castor Buntline y su hijo epiléptico Elihu siguieron haciendo contrabando y se convirtieron en los reyes del tabaco.

    Cuando el amable y agotado general George Rosewater llegó a la fábrica de escobas, Castor Buntline escribió a Washington, recibió la confirmación de su rango de general, le pagó un buen salario, le hizo capataz y le dio su nombre a los nuevos cepillos que empezaba a fabricar. Al poco tiempo, el nombre entró a formar parte del lenguaje ordinario. Un «general Rosewater» era un cepillo.

    Y al ciego George le dieron una muchachita de catorce años, una huérfana llamada Faith Merrihue, para que fuera sus ojos y su mensajero. Cuando tenía dieciséis años, George se casó con ella.

    Y George engendró a Abraham, que llegó a ser ministro congregacionista. Se fue misionero al Congo, donde conoció y se casó con Lavinia Waters, la hija de otro misionero, un baptista de Illinois.

    En la jungla, Abraham engendró a Merrihue. Lavinia murió al nacer su hijo. Y el pequeño Merrihue se alimentó de la leche de una negra bantú.

    Y Abraham y el pequeño Merrihue volvieron a Rhode Island. Aquél aceptó la llamada al púlpito congregacionista del pequeño pueblo de pescadores de Pisquontuit. Compró una casita y, con la casa, unos ciento diez acres de terreno pelado y arenoso. Era un lote triangular. La hipotenusa del triángulo era el puerto de Pisquontuit.

    Merrihue, el hijo del párroco, se convirtió en un reaccionario y dividió en lotes la tierra de su padre. Se casó con Cynthia Niles Rumfoord, una heredera de poca importancia, e invirtió la mayor parte de su fortuna en pavimentos, luces y alcantarillado. Hizo una fortuna, la perdió, y la de su mujer también, en el desastre de 1929.

    Se pegó un tiro en la cabeza. Pero antes de hacerlo escribió la historia de la familia y engendró al pobre Fred, el de los seguros.

    Los hijos de los suicidas no suelen triunfar. Generalmente encuentran algo a faltar en la vida. Tienden a sentirse menos arraigados que otros, incluso en esta nación tan desarraigada. El pasado les interesa muy poco y, en cuanto al futuro, sólo en un punto se sienten relativamente seguros: sospechan que, probablemente, también ellos acabarán matándose.

    Seguramente éste era el síndrome de Fred, al que en su caso se añadían tics, aversiones y una sordera especial. Había oído el tiro que mató a su padre, le había visto con la cabeza destrozada y el manuscrito de la historia de la familia en el regazo.

    Fred tenía ahora el manuscrito, que nunca había leído ni quería jamás leer. Estaba en un armario para las conservas, en el sótano de su casa. Allí guardaba también el veneno para las ratas.

    Ahora, el pobre Fred Rosewater estaba en el bar y seguía hablando al carpintero y a los plomeros sobre sus mujercitas.

    -Ned -dijo al carpintero-, por lo menos tú y yo hemos hecho algo por nuestras esposas.

    El carpintero valía veinte mil dólares muerto, gracias a Fred. No podía pensar en otra cosa más que en el suicidio cuando llegaba el tiempo de los premios.

    -También podemos olvidarnos del ahorro -dijo Fred-. De eso ya se cuidan ellos automáticamente.

    -Sí -asintió Ned.

    Hubo un profundo silencio. Los dos plomeros, que no estaban asegurados, alegres y bulliciosos hacía un instante, se sentían ahora deprimidos.

    -Con un simple plumazo -recordó Fred al carpintero- hemos creado grandes fortunas. Ese es el milagro del seguro de vida. Es lo menos que podemos hacer por nuestras mujercitas.

    Los plomeros se deslizaron de sus taburete. Fred no se desanimó al verlos marchar. Dondequiera que fueran, su conciencia iría con ellos. Ya volverían al bar. Y, cuando volvieran, allí estaría Fred.

    -¿Sabes cuál es la mayor satisfacción en mi profesión? -preguntó Fred al carpintero.

    -No.

    -Pues cuando una viuda viene a mí y me dice: «No sé cómo podríamos darle las gracias, mis hijos y yo, por lo que ha hecho por nosotros. Dios le bendiga, señor Rosewater».



    9



    El carpintero se marchó también, dejando tras él un ejemplar de El Investigador Americano. Fred llevó a cabo toda una elaborada pantomima del aburrimiento destinada a cualquiera que pudiera estar observándole: era un hombre que no tenía absolutamente nada que leer, un hombre aburrido, probablemente con resaca, y que, por eso, tenía que coger cualquier cosa a su alcance, como sin saber lo que hacía.

    -¡Aaahhh! ¡Aaahhh! -bostezó.

    Estiró los brazos y cogió el periódico. Al parecer, ahora sólo había otra persona en el bar: la chica del mostrador.

    -Realmente -dijo Fred-, ¿quién será el idiota que lea esta basura?

    La chica podría haberle dicho, sin faltar a la verdad, que él mismo lo leía de cabo a rabo todas las semanas; pero, como era idiota, no se daba cuenta prácticamente de nada.

    -A mí que me registren -dijo.

    No era una invitación muy tentadora.

    Fred Rosewater gruñó, un poco incrédulo, y repasó la sección de anuncios del periódico, que se llamaba «Aquí estoy». Hombres y mujeres confesaban en ella que buscaban amor, matrimonio y éxito, pagando un dólar cuarenta y cinco centavos por línea.

    «Mujer atractiva, brillante, intelectual, de 40 años, judía -decía uno-. Graduada en la Universidad, con residencia en Connecticut, desea matrimonio con un judío con educación universitaria. Bien dispuesta en cuanto a hijos. Buzón del Investigador, L-577».

    Éste era un encanto. Otros no lo eran tanto.

    «Peluquero de St. Louis, varón, le gustaría mantener correspondencia con otros varones. ¿Cambian fotografías?», decía otro.

    «Matrimonio moderno, recién llegado a Dallas, quisiera conocer parejas sofisticadas, interesadas en fotografías cándidas. Contestarán todas las cartas sinceras. Se devolverán todas las fotografías», decía otro.

    «Profesor de escuela preparatoria necesita urgentemente clases de buenos modales con una profesora severa, preferentemente de origen alemán o escandinavo, y a quien le gusten los caballos», decía otro. «Dispuesto a viajar por todas partes en Estados Unidos».

    «Alto empleado de Nueva York desea citas para las tardes. Nada de gazmoñas», decía otro.

    Y en la página siguiente había un cupón en el que invitaban al lector a escribir su propio anuncio. Fred siguió leyendo.

    Volvió la página y leyó el relato de un crimen por violación, que ocurriera en Nebraska en 1933. Las ilustraciones eran unas fotografías asquerosamente clínicas, que sólo un juez tendría derecho a ver. El crimen tenía ya treinta años de antigüedad cuando Fred leyó aquello, cuando lo leyeron los diez millones de lectores que aseguraba tener El Investigador. Pero los temas que trataba el periódico eran eternos. Lucrecia Borgia siempre es noticia; y en realidad, Fred, que había asistido solamente un año a Princeton, se enteró por El Investigador de la muerte de Sócrates.

    Una chica de trece años entró en el bar, y Fred dejó el periódico a un lado. La chica era Lila Buntline, hija de la mejor amiga de su esposa. Lila era alta, con cara de caballo, huesuda. Tenía círculos oscuros bajo sus ojos verdes, muy hermosos, y el rostro quemado por el sol, lleno de pecas y, en ciertos trocitos, con una piel nueva de tono rosa. Era muy diestra en la navegación, y poseía más premios que nadie en el Club de Yates de Pisquontuit.

    Lila miró a Fred con piedad porque era pobre, porque su esposa no era buena, porque era gordo, porque era un pelmazo. Y luego se dirigió al puesto de revistas y libros y se escondió a la vista de todos sentándose en el frío suelo de cemento.

    Fred recogió de nuevo El Investigador y repasó los anuncios que le ofrecían toda suerte de cosas sucias. Respiraba intensamente. El pobre sentía un entusiasmo de colegial por El Investigador y todo cuanto representaba, pero le faltaba el valor necesario para formar parte de él, para escribir y mantener correspondencia con todos los que la solicitaban. Como era hijo de un suicida, no es sorprendente que sus secretos anhelos fueran ridículamente embarazosos y pequeños.

    Un hombre de aspecto muy saludable entró en el bar y se acercó a Fred tan rápidamente, que éste no tuvo tiempo de dejar el periódico.

    -¡Vaya, sucio bastardo de los seguros! -dijo alegremente el recién llegado-. ¿Qué haces, leyendo un periódico tan asqueroso como ése?

    Era Harry Pena, un pescador profesional y jefe de la Sección de Bomberos Voluntarios de Pisquontuit. Vivía de sus dos trampas de pescado en alta mar, unos laberintos de pilares y redes que se aprovechaban descaradamente de la estupidez de los peces. Cada trampa formaba como una valla larga en el agua, con tierra firme a un extremo y un corral circular de postes y redes al otro. Los peces que trataban de escapar de la valla entraban en el corral. Estúpidamente empezaban a dar vueltas y vueltas hasta que Harry y sus dos enormes hijos llegaban en su bote con arpones y mazos, cerraban la puerta del corral, levantaban la red que yacía en el fondo, y mataban, mataban, mataban.

    Harry era de mediana edad y patizambo, pero tenía una cabeza y unos hombros que Miguel Ángel hubiera dado a un Moisés o a algún dios. No siempre había sido pescador; en otro tiempo se había ocupado de los seguros en Pittsfield, Massachusetts. Una noche, en Pittsfield, Harry había limpiado la alfombra de la salita de su casa con tetracloruro de carbono, y todos, menos él, murieron. Cuando se recuperó al fin, el doctor le dijo:

    -Harry, o trabajas al aire libre, o te mueres.

    Y así Harry se convirtió en lo que había sido su padre: un pescador de trampas.

    Miró a Fred y le pasó el brazo por los hombros. Podía permitirse el lujo de mostrarse afectuoso; era uno de los pocos hombres de Pisquontuit cuya virilidad no admitía dudas.

    -¡Ah, pobre bastardo asegurador! -dijo-. ¿Por qué has de serlo? Haz algo hermoso -se sentó y pidió café solo y un puro.

    -Vamos, Harry -dijo Fred, apretando los labios en una mueca que quería ser juiciosa-. Creo que mi filosofía sobre los seguros es un poco distinta de la tuya.

    -Y una mierda -repuso Harry tranquilamente. Cogió el periódico y miró la primera página con el desafío lanzado por Randy Herald-. Seguro que acepta cualquier clase de hijo que yo le dé, y diciendo yo cuándo ha de ser, y no ella.

    -En serio, Harry -insistió Fred-. A mí me gustan los seguros. Me gusta ayudar a la gente.

    Harry no dio muestras de haberle oído. Se regocijaba mirando la fotografía de una francesita en bikini. Fred, comprendiendo que debía parecerle a Harry una persona neutra, sin sexo, trató de demostrarle que estaba equivocado. Le dio un codazo, de hombre a hombre.

    -¿Te gusta, Harry? -le preguntó.

    -¿Si me gusta el qué?

    -Esa chica.

    -Eso no es una chica. Es un pedazo de papel.

    -Pues a mí me parece una chica -bromeó Fred significativamente.

    -¡Sí que es fácil engañarte a ti! -se burló Harry-. Es un dibujo, hecho con tinta sobre un trozo de papel. Esa chica no está tumbada aquí en el mostrador. Está a miles de millas; ni siquiera sabe que existimos. Si eso fuera una chica real, todo lo que yo tendría que hacer para vivir sería quedarme en casa y recortar fotografías de peces.

    Harry Pena cogió la página de «Aquí estoy» y pidió una pluma a Fred.

    -¿Una pluma? -repitió Fred Rosewater, como si fuera una palabra desconocida.

    -Tienes una, ¿no?

    -Claro que tengo.

    Le entregó una de las nueve que llevaba distribuidas por todos los bolsillos.

    -Claro que tiene -se burló Harry.

    Y escribió, en el cupón que ofrecía el periódico:

    «Papá apasionado, miembro de la raza blanca, busca a mamá apasionada, de cualquier raza, de cualquier edad, de cualquier religión. Objetivo: cualquier cosa, menos el matrimonio. Cambiaremos fotos. No tengo dientes postizos».

    -¿De verdad vas a enviar eso? -era patéticamente palpable el impulso que Fred sentía de hacer lo mismo, para conseguir unas cuantas respuestas sucias.

    Harry firmó el anuncio: «Fred Rosewater, Pisquontuit, Rhode Island».

    -Muy gracioso -dijo Fred, quitándoselo con ácida dignidad.

    Harry guiñó un ojo.

    -Muy gracioso para Pisquontuit -dijo.

    Caroline, la esposa de Fred, entró en el bar. Era una mujercita bonita, graciosa y delgada, emperejilada con ropas muy buenas, desdeñadas por su rica amiga lesbiana Amanita Buntline. Caroline Rosewater abusaba siempre de los accesorios. El propósito de los mismos era conseguir que aquellos trajes de segunda mano parecieran realmente suyos. Iba a almorzar con Amanita. Quería que Fred le diera dinero para insistir, llevando algo en el bolsillo, en pagar su propia comida.

    Al hablar con su marido, con Harry Pena observándoles, se comportó como una mujer que sabe conservar su dignidad mientras pide dinero. Desde hacía tiempo, y con la interesada ayuda de Amanita, se compadecía a sí misma por estar casada con un hombre tan pobre y aburrido. El hecho de que Caroline fuera exactamente tan pobre y aburrida como Fred, era una posibilidad que, total y constitucionalmente, le era imposible concebir. En primer lugar ella era una Phi Beta Kappa, que obtuvo su grado de filosofía en la Universidad de Dillon, en Dodge City, Kansas. Allí se habían conocido ella y Fred, en Dodge City, ya que Fred había estado estacionado en Fort Riley durante la guerra de Corea. Se casó con Fred porque pensó que todo el que vivía en Pisquontuit y había estado en Princeton tenía que ser rico.

    Se sintió humillada al descubrir que no era verdad. Honradamente se creía una intelectual, pero no sabía casi nada, y todos los problemas que se le ocurrían podían resolverse con sólo una cosa: dinero, y mucho. Era un ama de casa espantosa. Lloraba cuando hacía las tareas domésticas, porque estaba convencida de que había nacido para algo mejor.

    En cuanto al asunto de la lesbiana, no es que ella estuviera profundamente interesada. Caroline era simplemente un camaleón hembra, tratando de salir adelante en la vida.

    -¿Otra vez de almuerzo con Amanita? -se quejó Fred.

    -¿Y por qué no?

    -Me está saliendo demasiado caro, con esos almuerzos de lujo a diario.

    -No son a diario. Dos veces a la semana, todo lo más.

    Se mostraba arrogante y fría.

    -De todas formas es carísimo, Caroline.

    Su mujer extendió una mano cubierta con el guante.

    -Pero lo vale para tu esposa.

    Fred le entregó el dinero.

    Ella no le dio las gracias. Salió y tomó asiento en un almohadón de piel de tono pálido junto a la fragante Amanita Buntline, en su potente Mercedes 300 SL.

    Harry Pena miró especulativamente al rostro pálido de Fred. No hizo comentario alguno. Encendió el puro, salió… y se fue a pescar peces auténticos con sus dos auténticos hijos, en un bote auténtico, sobre el salado mar.

    Lila, la hija de Amanita Buntline, sentada en el frío suelo de cemento, leía Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que, junto con El almuerzo desnudo, de William Burroughs, había sacado del estante de libros de Lazy Susan. El interés de Lila en los libros era comercial; a los trece años era la principal comerciante de obscenidades en Pisquontuit.

    Comerciaba también con fuegos artificiales por la misma razón que lo hacía con la pornografía: por los beneficios. Sus compañeros de juego en el Club de Yates de Pisquontuit y en la Escuela de Pisquontuit eran tan ricos y tontos que le pagaban lo que ella pidiera por cualquier cosa. En una jornada rutinaria podía vender un ejemplar de El amante de Lady Chatterley (edición de sesenta y cinco centavos) por diez dólares, y un cohete de quince centavos por cinco dólares.

    Compraba los fuegos artificiales durante sus vacaciones familiares en Canada, Florida y Hong Kong, y la mayor parte de su material obsceno lo conseguía en el puesto de libros y revistas. La cuestión era que Lila sabía elegir muy bien los títulos, algo que ni sus compañeros de juego ni la empleada del puesto sabían hacer. Y compraba los más escabrosos tan pronto como los recibía Lazy Susan. Y llevaba a cabo todas sus transacciones con la idiota de detrás del mostrador, que lo olvidaba todo aun antes de que sucediera.

    La relación entre Lila y el puesto de periódicos era maravillosamente simbiótica, ya que, colgado en la ventanilla del mostrador, había un gran medallón dorado concedido por Las madres de Rhode Island para salvar a los niños de la corrupción. Representantes de ese grupo inspeccionaban con regularidad la selección de novelitas del puesto de revistas. El medallón representaba su aceptación del hecho de que nunca habían encontrado nada sucio.

    Pensaban que sus hijos estaban seguros, pero la verdad era que Lila había acaparado el mercado.

    Claro que no podía adquirir en el puesto de periódicos cierta clase de material: las fotografías pornográficas. Pero las conseguía haciendo lo que Fred Rosewater tantas veces había anhelado ansiosamente: contestando los atrevidos anuncios de El investigador Americano.

    Unos pies muy grandes se introdujeron ahora en su mundo infantil, en el suelo del puesto de libros. Eran los de Fred Rosewater. Lila no ocultó sus libros escabrosos; siguió leyendo tranquilamente, como si Trópico de Cáncer fuera Heidi:

    «El baúl está abierto, y sus cosas yacen por todas partes, como antes. Ella está echada en la cama, con sus ropas. Una vez, dos veces, tres, cuatro… Me temo que se volverá loca… En la cama, bajo las mantas, ¡qué gusto sentir su cuerpo de nuevo! Pero ¿por cuánto tiempo? ¿Durará esta vez? Tengo el presentimiento de que no».

    Lila y Fred se encontraban a menudo entre los libros y revistas. Fred le preguntó qué leía. Y ella sabía que iba a hacer lo de siempre: mirar con triste ansia las tapas de las revistas más sucias y coger después algo tan soso y doméstico como Casas y Jardines. Precisamente eso es lo que hizo ahora.

    -Creo que mi mujer se ha ido a almorzar de nuevo con tu mamá -dijo Fred.

    -Seguro.

    Eso acabó la conversación, pero Lila continuó meditando acerca de él. Tenía a la vista las piernas de Fred. Pensaba en ellas. Cuando lo encontraba con pantalones cortos o en traje de baño, veía sus espinillas cubiertas de cortes y moraduras, como si se las hubiera golpeado a más y mejor todos los días de su vida. Lila pensó que debía ser deficiencia de vitaminas. O sarna.

    Las maceradas espinillas de Fred eran el resultado de las ideas de su esposa sobre decoración interior, que exigían el uso casi esquizofrénico de mesitas: docenas de mesitas por toda la casa. Cada mesita tenía su cenicero y su platito de caramelos, aunque los Rosewater jamás recibían invitados. Y Caroline estaba constantemente arreglándolas y cambiándolas de sitio, como si hoy planeara cierto tipo de fiesta, y otro mañana. De modo que el pobre Fred siempre estaba golpeándose las espinillas en las mesitas.

    Una vez se hizo un corte en la barbilla que exigió once puntos; pero esa caída no se debió, en realidad, a las mesitas, sino a un objeto que Caroline jamás escondía, que siempre estaba en evidencia, como si fuera un animal doméstico habituado a dormir en las puertas de las habitaciones, o en la escalera, o junto a la chimenea. Ese objeto que hizo tropezar a Fred y le produjo el corte en la barbilla era el «Electrolux» de Caroline Rosewater. Subconscientemente, ella se había jurado que jamás guardaría el aspirador hasta que fuera rica.

    Fred, pensando que Lila no se fijaba en él, dejó la revista Casas y Jardines y cogió lo que parecía la más endemoniada novela sexual, Venus en su concha, de Kilgore Trout. En la cubierta posterior había un extracto de una escena escabrosa del interior. Decía así:



    La reina Margaret, del Planeta Shaltoon, dejó caer su bata al suelo. No llevaba nada debajo. Sus descubiertos senos, altos y firmes, eran orgullosos, de tono rosado. Las caderas y muslos parecían una incitante lira de puro alabastro. Brillaban con tal blancura que parecían dotados de luz interior.

    -Han terminado tus viajes, Vagabundo del Espacio -susurró, con voz llena de deseo-. No busques más, pues ya lo has encontrado. La respuesta está en mis brazos.

    -A fe mía que es una maravillosa respuesta, reina Margaret -dijo el Vagabundo del Espacio. Las palmas de sus manos estaban sudorosas-. Y voy a aceptarla agradecido. Pero he de decirte, para ser completamente sincero, que tendré que partir de nuevo mañana.

    -¡Pero si has encontrado la respuesta! ¡Si ya la has encontrado! -exclamó ella, obligándole a apoyar la cabeza entre sus senos, fragantes y jóvenes.

    Él dijo algo que no pudo entender. Lo apartó de sí.

    -¿Qué has dicho?

    -He dicho, Reina Margaret, que lo que me ofreces es una maravillosa respuesta. Pero es que da la casualidad de que no es la que yo estaba buscando.



    Había una fotografía de Trout: era un anciano de luenga barba. Parecía un Cristo viejo y asustado al que le hubieran conmutado la sentencia de cruz por la de cadena perpetua.



    10



    Lila Buntline pedaleó en su bicicleta por la fragante belleza de las utópicas praderas de Pisquontuit. Todas las casas ante las que pasaba eran sueños caros convertidos en realidad. Los propietarios de las mismas no tenían necesidad de trabajar en absoluto. Tampoco sus hijos tendrían que trabajar, ni les faltaría nada, a menos que alguien se rebelara contra el sistema. Y nadie parecía dispuesto a hacerlo.

    La hermosa casa de Lila estaba junto al puerto. Era de estilo georgiano. Entró, dejó los libros nuevos en el vestíbulo y se deslizó al despacho de su padre para asegurarse de que éste, echado en un canapé, aún estaba vivo. Era algo que Lila solía hacer por lo menos una vez al día.

    -¿Papá?

    El correo de la mañana estaba en una bandeja de plata en una mesita, junto a su cabeza. A su lado había un whisky con soda, sin tocar aún. Pero ya habían desaparecido las burbujas. Stewart Buntline aún no tenía cuarenta años. Era el hombre más guapo de la ciudad; una mezcla, según dijo alguien una vez, de Cary Grant y un pastor alemán. Sobre su flaco estómago había un libro de cincuenta y siete dólares, un atlas de los ferrocarriles de la Guerra Civil, regalo de su esposa. La Guerra Civil era lo único que le entusiasmaba en la vida.

    -Papá…

    Stewart siguió roncando. Su padre le había dejado catorce millones de dólares, la mayor parte ganados con el tabaco. Ese dinero, trabajado, batido, fertilizado, hibridado y transformado en la granja monetaria del Departamento del Banco Naviero de Nueva Inglaterra y el Trust Company de Boston, había aumentado en unos ochocientos mil dólares al año desde que estaba a su nombre. Los negocios parecían ir muy bien. Aparte de esto, Stewart no sabía mucho de negocios.

    A veces, cuando le apremiaban para que diera su opinión, declaraba rotundamente que le gustaba mucho Polaroid. La gente juzgaba muy brillante eso de que le gustara tanto Polaroid. En realidad, no sabía si poseía algunas acciones de Polaroid o no. El Banco se ocupaba de esas cosas; el Banco y la firma de abogados McAllister, Robjent, Reed y McGee.

    -¿Papá?

    -Hum…

    -Quería estar segura de que… de que estabas bien.

    -Sí -dijo él. Tenía la absoluta certeza. Abrió un poco los ojos y se humedeció los labios-. Estupendo, cariño.

    -Ya puedes dormir otra vez.

    Y eso hizo.

    No había razón alguna para que no durmiera bien, ya que estaba representado por la misma firma que atendía los negocios del senador Rosewater, y eso desde que quedara huérfano a la edad de dieciséis años. El socio que se encargaba de sus asuntos era McAllister. El viejo McAllister le había enviado una obra literaria con su última carta, titulada Discrepancia entre amigos en la guerra ideológica, folleto publicado por la Pinetree Press de la Freedom School, Colorado Springs, Colorado. El folleto servía ahora como señalador en el atlas.

    El viejo McAllister solía enviarle material sobre el insidioso socialismo como sistema opuesto a la libre empresa, porque, unos veinte años antes, Stewart había entrado en su despacho, joven entonces y con los ojos brillantes, para decirle que el sistema de libre empresa era erróneo y anunciarle su propósito de dar todo su dinero a los pobres. McAllister había logrado convencer al valiente joven de lo contrario, pero siempre le preocupaba que Stewart tuviera una recaída. Los folletos eran una medida profiláctica.

    Sin embargo, no tenía por qué preocuparse. Borracho o sobrio, con folletos o sin ellos, Stewart estaba ahora totalmente inclinado hacia la libre empresa. No necesitaba la ayuda de Discrepancia entre amigos en la guerra ideológica, escrito como si fuera la carta de un conservador a sus amigos íntimos, socialistas sin saberlo. Como no lo necesitaba, no se había molestado en leer lo que el folleto tenía que decir sobre los beneficiarios de seguros sociales y otras formas de atención, que era lo que sigue:

    «¿Hemos ayudado realmente a esas personas? ¡Miradlos bien! Considerad esos ejemplares, resultado final de nuestra compasión. ¿Qué podemos decir a esta tercera generación de las gentes para quienes la ayuda social se ha convertido desde hace tiempo en un modus vivendi? ¡Observad cuidadosamente nuestra obra, a la que hemos regalado y seguimos regalando millones, incluso en épocas de abundancia!

    »Esas gentes no trabajan, ni trabajarán jamás. Con la cabeza inclinada, y sin preocuparse de pensar, carecen de orgullo y amor propio. Son totalmente irresponsables, no por malicia, sino por su intrínseca animalidad: es un ganado que se deja conducir sin interés. La falta de uso les ha atrofiado la vista y la facultad de razonar. Hablad con ellos, escuchadles, trabajad con ellos, como yo lo hago, y os daréis cuenta, con cierta especie de horror, de que han perdido toda semejanza con los seres humanos, excepto por el hecho de que caminan sobre dos pies y hablan… como loros. "Más, dadnos más. Necesitamos más", son los únicos pensamientos que han aprendido.

    »Hoy se alzan como una caricatura monumental del Homo sapiens, cruel y horrible realidad creada por nosotros a causa de nuestra mal entendida compasión. Y son también, si perdura el presente estado de cosas, la profecía de lo que puede llegar a ser un gran porcentaje de nosotros mismos…», etcétera.

    Tales sentimientos eran inútiles por lo que se refería a Stewart Buntline. Él ya no tenía nada que ver con la compasión mal entendida. Tampoco tenía ya nada que ver con el sexo. Y, a decir verdad, también estaba hasta la coronilla de la Guerra Civil.

    La conversación con McAllister -la que volvió a Stewart de nuevo al sendero de los conservadores, veinte años antes- fue la siguiente:

    -Así que quiere ser un santo, ¿eh, jovencito?

    -No dije eso; creo que ni siquiera lo insinué. Es usted el que se encarga de lo que yo heredé, ¿no?, del dinero que no hice nada por ganar.

    -Contestaré a la primera parte de su pregunta. Sí, nosotros nos encargamos de su herencia. En cuanto a la segunda parte, si todavía no lo ha ganado, ya lo hará, ya lo hará. Proviene usted de una familia que es congénitamente incapaz de dejar de ganar dinero, y mucho además. Será un jefe, muchacho, porque nació para serlo; y eso puede ser un infierno.

    -Quizá, señor McAllister. Habrá que verlo para creerlo. Lo que quiero decir ahora es esto: el mundo está lleno de sufrimientos, y el dinero puede hacer mucho por aliviarlos, y yo tengo más dinero del que puedo usar. Quiero comprar comida y ropas decentes y casas para los pobres, y, además, en seguida.

    -Y después de que lo haya hecho, ¿cómo le gustaría que le llamaran, San Stewart o San Buntline?

    -¡Oiga, no he venido aquí para que me tomen el pelo!

    -Ni su padre nos nombró guardianes en su testamento porque pensara que íbamos a aceptar cortésmente cualquier cosa que viniera a decirnos. Si le parezco irrespetuoso e imprudente al hablarle de la santidad es porque ya he discutido lo mismo con otros jóvenes, y más de una vez. Una de las principales actividades de esta firma es la prevención de la vocación a la santidad que puedan sentir nuestros clientes. ¿Cree usted que es un caso raro? Pues no lo es.

    »Cada año, por lo menos un joven cuyos negocios administramos entra en esta oficina y anuncia su intención de repartir su dinero. Ha terminado su primer año de estudios en alguna universidad. ¡Un año muy intenso! Ha oído hablar de los increíbles sufrimientos que existen en el mundo. Se ha enterado de los grandes crímenes en que están basadas tantas fortunas familiares. Y, quizá por primera vez, ha hojeado el Sermón de la Montaña.

    »¡Se siente confuso, furioso, apenado! Con tono lúgubre pregunta cuánto dinero tiene. Se lo decimos. Y entonces se avergüenza, aunque su fortuna se base en algo tan honrado y útil como la cinta adhesiva, los monos para trabajadores o, como es su caso, las escobas. Si no me equivoco, usted acaba de terminar su primer año en Harvard, ¿verdad?

    -Sí.

    -Una gran institución. Pero cuando veo el efecto que produce en ciertos jóvenes, me pregunto: ¿cómo se atreve una Universidad a enseñar compasión, sin enseñar historia a la vez? La historia, mi querido y joven señor Buntline, nos enseña esto por lo menos: regalar una fortuna es algo fútil y destructivo. Los pobres aprenden a gemir por interés, pero no consiguen ser más ricos ni tener una vida más cómoda. Y el donante y sus descendientes se convierten en miembros vulgares de la doliente clase pobre.

    »Una fortuna personal tan grande como la suya, señor Buntline -siguió diciendo el viejo McAllister-, es un milagro, algo emocionante y extraño. Usted ha llegado a poseerla sin esfuerzo, y por eso ha tenido poca oportunidad de comprender su valor. Para ayudarle a comprender un poco ese milagro, tengo que decirle lo que quizá le parezca un insulto. Y ahí va, le guste o no: su fortuna es el principal determinante de su opinión sobre sí mismo y de lo que los demás opinan de usted. Sólo por el dinero que tiene es usted extraordinario. Por ejemplo, si no lo tuviera, no estaría robando ahora el inapreciable tiempo de un miembro de la firma McAllister, Robjent, Reed y McGee.

    »Si usted regala su dinero, se convertirá en un ser ordinario, a menos que sea un genio. Y no lo es, ¿verdad, señor Buntline?

    -No.

    -Ya. Además, sea un genio o no, sin el dinero vivirá seguramente con menos lujo y libertad. No sólo eso, sino que además forzará a sus descendientes a un modo de vida triste y mísero, extraño a personas que podían haber sido ricas y libres de no ser porque a un antepasado suyo, un chiflado, se le antojara regalar su fortuna.

    »Aférrese a su milagro, señor Buntline. El dinero es la más pura utopía. Casi todo el mundo se ve obligado a vivir una vida de perros, como sus profesores se han tomado la molestia de enseñarle. Pero gracias al milagro de su dinero, la vida puede ser un paraíso para usted y los suyos. ¡Vamos, sonría! Espero que haya comprendido lo que no enseñan en Harvard: que nacer rico y seguir siéndolo no es ninguna felonía».



    Lila subió después a su dormitorio. El color de las paredes, elegido por su madre, era rosa pálido. Sus ventanas daban al puerto, a la flota del Club de Yates de Pisquontuit.

    Un barco de doce metros, llamado Mary, se abría camino entonces, pesado y sin gracia, entre la flota, haciendo que se balancearan los yates. Los yates tenían nombres como Caballa, Patín, Pimpollo II, Sígueme, Perro Rojo y Gordito. El Pimpollo II pertenecía a Fred y Caroline Rosewater. El Gordito pertenecía a Stewart y Amanita Buntline.

    Mary pertenecía a Harry Pena, el pescador. Era una especie de bañera pesada y gris, cuyo único propósito era cargar, en cualquier tiempo, toneladas de pescado fresco. No había más refugio en todo el barco que un cajón de madera que mantenía en seco el nuevo y potente motor «Chrysler». El timón y el embrague estaban montados sobre el cajón. El resto de la cubierta aparecía desnudo.

    Harry se dirigía a sus trampas. Sus dos hijos, Manny y Kenny, estaban acostados en la proa, murmurando ociosos. Cada chico tenía un arpón a su lado, y Harry iba armado con un mazo de cinco kilos. Los tres llevaban delantales y botas de goma. Cuando se ponían a trabajar acababan bañados en sangre.

    -A ver si dejáis de hablar de porquerías -dijo Harry-. ¡Pensad en el pescado!

    -Ya lo haremos cuando seamos tan viejos como tú -fue la afectuosa respuesta.

    Un aeroplano pasó volando muy bajo, dirigiéndose al aeropuerto de Providence. A bordo, leyendo La conciencia de un conservador, iba Norman Mushari.

    La mayor colección de arpones del mundo se hallaba en un restaurante llamado La Esclusa, a ocho kilómetros de Pisquontuit. Aquella maravillosa colección pertenecía a un homosexual de New Bedford llamado Bunny Weeks. Hasta que Bunny llegó de New Bedford y abrió dicho restaurante, Pisquontuit no había tenido nada que ver con ese tipo de escándalo.

    Bunny llamó al local La Esclusa porque sus ventanas del lado sur daban a las trampas de pescado de Harry Pena. Había prismáticos sobre las mesas para que los huéspedes pudieran observar a Harry y sus muchachos mientras vaciaban las trampas. Y mientras los pescadores trabajaban allá afuera, bajo el ardiente sol, Bunny iba de mesa en mesa explicando con gusto y experiencia lo que ellos hacían y por qué. Durante la disertación solía dar golpecitos afectuosos a las damas, con desvergüenza absoluta, pero jamás tocaba a un hombre.

    Si los comensales deseaban participar con mayor intensidad de la emoción de la pesca, podían pedir un cóctel de caballa -que era ron, granadina y jugo de arándano-, o una ensalada al pescador, que era un plátano pelado y metido en una rodaja de piña, puesto en un nido de atún helado y trocitos de coco.

    Harry Pena y sus chicos sabían lo de la ensalada y el cóctel y los prismáticos, aunque nunca hubieran estado en el restaurante. A veces correspondían a su involuntaria relación con el restaurante orinando por la borda. A esto lo llamaban «hacer sopa de puerros para Bunny Weeks».

    La colección de arpones colgaba de las rústicas vigas de la tienda de regalos que constituía la artísticamente dispuesta entrada del restaurante. La tienda en sí se llamaba El alegre ballenero, y tenía una polvorienta claraboya en el cielo raso, efecto conseguido al espolvorear sobre ella un poco de laca «Bon Ami». La celosía de vigas y arpones se proyectaba sobre las mercancías de más abajo. Bunny había pretendido crear el efecto de que auténticos balleneros, con olor a brea, ron, sudor y ámbar, habían almacenado sus efectos en esta cueva y en cualquier momento podían volver a ella.

    Amanita Buntline y Caroline Rosewater se deslizaron bajo las sombras proyectadas por los arpones. Amanita dirigía la marcha, marcaba el tono adecuado, examinaba los objetos con avidez. En cuanto a lo que allí se ofrecía, era todo lo que una mujer fría y calculadora podría pedir a un marido impotente al salir de un baño de vapor.

    Los modales de Caroline eran un débil eco de los de Amanita. Caroline aparentaba ser más desmañada de lo que era de natural, por el hecho de que Amanita siempre parecía hallarse entre ella y cualquier cosa digna de verse. Si Amanita se detenía a mirar algo y seguía adelante, dejando el camino libre a Caroline, el objeto ya no parecía digno de interés. Naturalmente, la torpeza de Caroline se agudizaba por otras causas: porque su marido trabajaba, porque llevaba un traje que todo el mundo sabía que había sido de Amanita, y porque tenía muy poco dinero en el bolso.

    Escuchó su propia voz como si viniera de lejos:

    -Desde luego, Bunny tiene muy buen gusto.

    -Todos ellos lo tienen -dijo Amanita-. Prefiero ir de compras con uno de ésos que con una mujer… exceptuándote a ti, claro.

    -¿Qué será lo que los hace tan artistas?

    -Son más sensibles, querida. Son como nosotras. Sienten.

    -¡Oh!

    Bunny Weeks entró en El alegre ballenero. Los zapatos le crujían al andar. Era un tipo delgado, de treinta y tantos años. Sus ojos eran el ideal de las americanas ricas, ojos como joyas brillantes, con estrellas sintéticas y lucecitas de árbol de Navidad en el fondo. Bunny era biznieto del famoso capitán Hannibal Weeks, de New Bedford, el hombre que consiguió matar a Moby Dick. Por lo menos siete de los hierros que colgaban de las vigas provenían, según la leyenda, del costado de la Gran Ballena Blanca.

    -¡Amanita, Amanita! -gritó Bunny cariñosamente. Le pasó los brazos en torno, atrayéndola impetuosamente hacia sí-. ¿Cómo está mi chica?

    Ella se rió.

    -¿Te parece divertido?

    -No para mí.

    -Esperaba que vendrías hoy. Tengo un pequeño test de inteligencia para ti.

    Quería mostrarle una nueva pieza y obligarla a adivinar lo que era. No había saludado aún a Caroline y ahora tuvo que hacerlo, ya que ella se interponía entre él y el lugar donde se hallaba el deseado objeto.

    -Discúlpeme.

    -Discúlpeme -repitió Caroline Rosewater, y se hizo a un lado. Bunny jamás parecía recordar su nombre, aunque ella había estado en La Esclusa por lo menos cincuenta veces.

    Bunny no encontró lo que buscaba, dio la vuelta para buscar en otro lado y de nuevo tropezó con Caroline.

    -Perdón.

    -Perdón -repitió Caroline.

    Al apartarse tropezó con un gracioso taburete de ordeñar y se cayó, con una rodilla en el taburete y las dos manos agarradas a un poste.

    -¡Oh, Dios mío! -exclamó Bunny, enojado con ella-. ¿Se encuentra bien? ¡Vaya! -la levantó tan bruscamente que los pies de Caroline siguieron deslizándose como si llevara patines de ruedas por primera vez en su vida-. ¿Se ha hecho daño?

    Ella sonrió débilmente.

    -Sólo en mi dignidad.

    -¡Oh, al diablo con su dignidad, querida! -dijo él. Con aire más femenino que nunca preguntó-: ¿Están bien todos los huesos? ¿Está bien… por dentro?

    -Bien, gracias.

    Bunny le dio la espalda y siguió buscando.

    -Supongo que recuerdas a Caroline Rosewater -dijo Amanita. Era algo cruelmente innecesario.

    -Claro que recuerdo a la señora Rosewater -dijo Bunny-. ¿Pariente del senador?

    -Siempre me pregunta usted lo mismo.

    -¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que me responde?

    -Que creo que sí… un parentesco muy lejano. Estoy casi segura.

    -¡Qué interesante! Ya sabrá que dimite.

    -¿Sí?

    Bunny se volvió hacia ella de nuevo. Ahora tenía una caja en las manos.

    -¿No le dijo a usted que se proponía dimitir?

    -No, él…

    -¿No tiene relación alguna con él?

    -No -admitió Caroline humillada, bajando la cabeza.

    -Creo que debe ser un hombre fascinante para relacionarse con él.

    -Sí -convino Caroline.

    -Pero usted no se relaciona con él.

    -No.

    -Bien, y ahora, querida mía… -dijo Bunny, poniéndose ante Amanita y abriendo la caja-, he aquí la prueba de inteligencia.

    Sacó de la caja, marcada «Producto de México», lo que parecía una lata grande, sin tapa en un extremo. La lata estaba forrada de papel de tonos alegres por el interior y el exterior. Pegado al extremo con tapa había un moño de encaje rematado por un lirio acuático artificial.

    -Te desafío a que me digas para qué sirve esto. Si me lo dices, y aunque vale diecisiete dólares, te lo daré gratis. ¡Y eso que sé que eres exageradamente rica!

    -¿Puedo yo intentarlo también? -preguntó Caroline.

    -Claro -suspiró él cansadamente. Bunny cerró los ojos.

    Amanita desistió en seguida, anunciando orgullosamente que era tonta, que despreciaba los tests. Caroline estaba a punto de lanzar una sugerencia con los ojos brillantes, pero Bunny no le dio la oportunidad:

    -¡Es para disimular un rollo de papel higiénico!

    -Eso es lo que yo iba a decir -dijo Caroline.

    -Conque sí, ¿eh?

    -Has de saber que es una Phi Beta Kappa -la defendió Amanita.

    -¿De verdad? -dijo Bunny.

    -Sí -confesó Caroline-. Aunque no ando diciéndolo por ahí. No le doy mucha importancia.

    -Ni yo tampoco -dijo Bunny.

    -¿Es usted Phi Beta Kappa también?

    -¿Acaso le importa?

    -No.

    -Para un club -dijo Bunny- lo encuentro demasiado grande.

    -Ya…

    -¿Te gusta esta cosita, querido genio? -preguntó Amanita a Caroline, señalando la cubierta del rollo de papel higiénico.

    -Sí, es bonito. Encantador.

    -¿Lo quieres?

    -¿Por diecisiete dólares? -preguntó Caroline-. ¡Es tan bonito! -se entristeció al sentirse pobre-. Tal vez algún día. Otro día.

    -¿Por qué no hoy? -preguntó Amanita.

    -Ya sabes por qué no -dijo. Y enrojeció.

    -¿Y si yo lo compro para ti?

    -¡No debes hacerlo! ¡Diecisiete dólares!

    -Si no dejas de preocuparte tanto del dinero, encanto, voy a tener que buscarme otra amiga.

    -¿Qué puedo decir?

    -Envuélvelo como regalo, Bunny, por favor.

    -¡Oh, Amanita, muchísimas gracias! -dijo Caroline.

    -No es más que lo que mereces.

    -Gracias.

    -La gente consigue lo que se merece -dijo Amanita-. ¿No es verdad, Bunny?

    -Esa es la primera ley de la vida -dijo Bunny.


    [1] El autor hace un juego de palabras basado en la símil fonía entre «money» (dinero) y «honey» (miel).
    [2] Porque al leerlo en inglés suena muy parecido a To be or not to be, Ser o no ser (N. del T.)
    [3] Juego de palabras en inglés: lay puede ser «echarse, acostarse» como verbo, y también, como sustantivo, puede significar «balada». (N. del T.)
    [4] Juego de palabras: pawn-it significa, empéñalo; piss-on-it, méate en él. (N. del T.)



    [EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE DIOS LO BENDIGA, MR. ROSEWATER]






    Kurt Vonnegut (1922-2007) HomenajesMomentos maravillosos
    Por Rodrigo Fresán, desde Barcelona

    UNO
    La cosa empieza o, mejor dicho, la cosa termina así: recibo un e-mail de un amigo escritor con el encabezado VONNEGUT, en mayúsculas. Feliz, lo abro pensando que se trata de la confirmación de que Vonnegut, por fin, ha terminado su nueva y largamente anunciada novela y que está por salir y todo eso. Pero no. Abro el e-mail y lo que se lee allí, también en mayúsculas, es una sola, incontestable y definitiva palabra: MURIO.

    Hi-Ho.

    Y yo –que no tenía la menor idea sobre qué escribir en la contratapa de esta semana– de pronto descubro que tengo el mejor y el peor de los temas posibles.

    DOS
    Y está claro que más temprano que tarde tenía que ocurrir: Vonnegut había alcanzado con gracia y con toda su cabellera intacta los 84 años. Pero lo que no pudo el bombardeo a la ciudad alemana Dresde (al que sobrevivió y que inspiraría Matadero-5, su obra maestra y una de las grandes novelas del siglo XX y de cualquier siglo que haya pasado antes y vaya a venir después), algún intento de suicidio, y el incendio de su casa en Nueva York, lo consiguió una caída hace un par de semanas –me entero ahora, viendo pasar desde la ventana de la pantalla de mi computadora el desfile de necrológicas– que derivó en lesiones cerebrales y adiós.

    Así, hoy, el mundo tiene una célula especializada en actividad menos en los tiempos en que más necesita de la función y acción de células especializadas.

    Me explico: Vonnegut consideraba a los escritores y entendía a los escritores como células especialidades en el tejido de la humanidad. Mejor que lo explique él: "Mis motivos para escribir son del tipo político. Yo estoy de acuerdo con Stalin y Hitler y Mussolini en cuanto a que todo escritor debe servir a su sociedad. Está claro que no estoy de acuerdo con estos dictadores en cómo los escritores deben servir a esa sociedad. En lo que a mí concierne, yo creo –tienen que serlo desde un punto de vista biológico– que deben ser agentes de cambio. Los escritores son células especializadas dentro del organismo social. Y son células evolucionistas. La humanidad todo el tiempo está intentando convertirse en otra cosa; está experimentando con nuevas ideas todo el tiempo. Y los escritores son el medio por el que esas nuevas ideas son introducidas a la vez que un medio de responder simbólicamente a la vida".

    Vonnegut también comparaba a los escritores con esos canarios que se ponen en jaulitas al fondo de las tripas de las minas. Esos canarios que son los primeros en morir cuando comienza a escasear el oxígeno y, con su último canto, les avisan a los mineros que están en problemas, que se vienen tiempos difíciles. Y recordarlo: Matadero-5 concluía con un pajarito canturreándole al viajero temporal Billy Pilgrim. La idea era que el canto de un pájaro era lo más inteligente que se podía oír entre tanta insensatez y palabras altisonantes y estupidez desbordada. Ahí está Billy Pilgrim, al final de una guerra que termina –se sabe– nada más que para que pueda empezar otra. Y un pájaro le dice a Billy Pilgrim: "Poo-tee–weet?".

    TRES
    Y hay algo especialmente doloroso en la muerte de un escritor al que uno le debe tanto. Cuando se muere un escritor que para uno es fundamental se accede a la certeza de que ya no habrá más libros de ese escritor. O tal vez sí: porque la división ectoplasmática de la industria editorial cada vez tiene mejores mediums a la hora de rastrear materiales perdidos e interpretar golpes sobre la mesa de tres patas. Pero serán libros póstumos firmados por Vonnegut pero sin Vonnegut para comentarlos desde este lado de todas las cosas. A ver si se entiende, si me hago entender: Vonnegut es, para mí, uno de esos escritores a los que se necesitan en tinta y papel y en carne y hueso. Saber que están ahí mirando y pensando y poniéndolo por escrito en estos tiempos tan vonnegutianos donde los dementes marcan el paso y donde ya no estará su inteligencia para, por lo menos, ayudarnos a reír frente a tanta postal del espanto.

    Está, permanece, quedará por siempre y para siempre, Una Inmortal Obra Más Mayúscula que todas las efímeras mayúsculas que ahora anuncian la muerte de su autor. Una obra que –como escribió en el prólogo a los ensayos de críticos recopilados en el volumen At Millennium’s End– le hacía sentirse, simplemente, un tipo afortunado. "Cuando contemplo hacia atrás mi increíblemente afortunada carrera como escritor, me da la impresión de que nunca hubo tiempo para detenerme a pensar. Todo ha transcurrido como si yo esquiara por la pendiente de una montaña escarpada y peligrosa. Y cuando miro hacia atrás y veo la marca que dejó mi esquí en la nieve comprendo que lo único que he hecho es escribir una y otra vez sobre gente que se comportó decentemente en una sociedad indecente", prologó allí.

    Dicho esto, sólo cabe agregar que pocas veces unos personajes decentes se parecieron tanto a su decente creador. Y esto es lo que muchos le critican a Vonnegut: el que las páginas de sus libros estén tan firmemente unidas a las hojas de sus calendarios. A mí me parece un placer para el lector y un privilegio para el escritor. Así, los libros de Vonnegut sin Vonnegut aquí pero con Vonnegut en todas partes son por fin, me parece, iguales a los libros que se leen en el planeta Tralfamadore desde donde Billy Pilgrim –feliz prisionero y fugitivo mental– nos lee a todos nosotros. Allí se nos explica que "los libros de ellos eran cosas pequeñas. Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos es un tan breve como urgente mensaje que describe una determinada situación o escena. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe ninguna relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos simultáneamente, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda. No hay principio, ni centro ni final, ni suspenso, ni moraleja, ni causa, ni efectos. Lo que amamos de nuestros libros es la profundidad de tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo".

    Kurt Vonnegut: gracias por tantos momentos maravillosos.

    Y buen viaje.


    Kurt Vonnegut, la conciencia negra de los Estados Unidos

    Su obra provocó escozor y hasta quema de libros, pero la crítica terminó señalándolo como "visionario" y "auténtico desobediente y humanista". Matadero cinco, la Biblia de los movimientos anti-Vietnam, impresiona aún hoy.

    Con La pianola, publicada en 1952, Kurt Vonnegut inició un camino en el que supo disparar dardos contra la estupidez humana.

    Por Silvina Friera

    Sus libros fueron prohibidos y hasta quemados por su presunto "contenido obsceno". Se regodeaba en la mezcla de citas con frases sin terminar, elementos narrativos con documentales, textos de canciones, cuestiones metafísicas, chistes ingenuos y de mal gusto y escenas de sexo con un cinismo que dejaba sin aliento al lector. Su libro Matadero cinco se convirtió en la Biblia de todos los opositores a la guerra de Vietnam. Muchos llevaban la edición de bolsillo de esta novela y se sabían párrafos enteros de memoria. Agnóstico y librepensador, socialista en la meca del capitalismo, depresivo crónico –con un intento de suicidio con píldoras y alcohol–, figura clave de la literatura norteamericana del siglo XX, la crítica norteamericana lo calificó de "visionario", "amable Casandra", "auténtico desobediente y humanista". Con esa originalidad y un sentido del humor que horadaba los argumentos bienpensantes, en una de las últimas entrevistas que concedió, con su melena gris de león que ha vivido lo suyo y esa expresión entre loco y perdido, se burlaba del desgaste de ciertas palabras, del cliché: "He descubierto que un humanista es una persona que tiene un gran interés por los seres humanos. Mi perro es un humanista". Tal vez sentía que el tiempo se acababa cuando el año pasado escribió en su último libro: "Lo último que hubiese deseado es estar vivo cuando las tres personas más poderosas del planeta se llamaran Bush, Dick y Colin", en alusión al presidente, vicepresidente y el ex secretario de Estado estadounidenses. Víctima de las lesiones cerebrales que había sufrido tras una caída en su casa de Manhattan, el miércoles por la noche murió, a los 84 años, el escritor Kurt Vonnegut.

    Nació el 11 de noviembre de 1922 en Indiana (Estados Unidos). Aunque empezó a estudiar química en la Universidad de Cornell, Vonnegut debió abandonar sus estudios cuando se unió al ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre se suicidó con una sobredosis de somníferos justo antes de que el escritor partiera hacia Alemania, donde fue tomado prisionero durante la batalla de Ardenas a fines de 1944. No había matado a nadie porque era un tipo particular de soldado, un scout que penetraba en las líneas enemigas sin hacerse notar para descubrir qué había detrás, volver y contarlo a la artillería. "Me considero afortunado por no haber matado a nadie", recordaba. "Pero si hubiese sido necesario, lo habría hecho." Como prisionero de guerra en el país de sus ancestros –estaba en Dresde cuando las fuerzas aliadas bombardearon a la población civil (el saldo fue de 135 mil muertos, dos veces las víctimas de Hiroshima)–, se le ordenó que ayudara en la recuperación de cadáveres de las casas destruidas. Aunque siempre dijo que esa experiencia traumática –fue uno de los pocos que sobrevivió entre un grupo de siete prisioneros– no estuvo relacionada con su decisión de escribir, Vonnegut necesitó más de 23 años para darle forma a Matadero cinco, publicada en 1969, en plena guerra de Vietnam. Un libro que nunca volvió a leer –"ni siquiera pude tocar las galeras", confesó–, y que a casi cuarenta años de su publicación continúa siendo una de las novelas más fuertes y originales de la narrativa norteamericana, por el modo en que se mixtura la realidad y la ciencia ficción, y por su visión crítica de la sociedad y de la crueldad de esa guerra.

    "Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre", decía en el primer capítulo de Matadero cinco, que pronto se convirtió en un best seller entre la juventud pacifista norteamericana, éxito comparable con la fascinación que también generó entre los jóvenes El guardián entre el centeno, de Salinger, y En el camino, de Kerouac. Empleando la ironía como la mejor arma para sacudir las conciencias, Vonnegut afirmaba que él perteneció al grupo que se había enriquecido con el bombardeo. Si se parte de un cálculo de 135.000 muertos, serían unos "cinco a diez dólares por cabeza", calculaba el escritor, buscando llamar la atención sobre la locura bélica. "Digo cualquier cosa para ser cómico, a menudo, en las situaciones más horribles", señaló en una oportunidad ante un puñado de psiquiatras. Tal vez la clave de su perspectiva, la de un socialista estadounidense –en la tradición de Eugene Victor Debs, fundador del Partido Socialista–, se pueda sintetizar en una frase de Debs que Vonnegut solía repetir: "Mientras exista una clase baja estaré en ella, mientras haya algo criminal me mantengo fuera. Y mientras haya un alma en prisión yo no me siento libre".

    La sátira, el humor negro, la crítica social, ciertos recursos de las vanguardias, lo fantástico con resonancias filosóficas –Parménides, Epicuro, Plotino, Spinoza o Schopenhauer– cimentarían la obra de Vonnegut. Y dos de sus inolvidables alter egos, Billy Pilgrim y Eliot Rosewater. Después de la guerra trabajó como periodista en Chicago, en cuya universidad estudió antropología. En 1952 publicó su primera novela, La pianola, distopía y sátira social también conocida como Utopía 14. No fue quizás un buen comienzo, o al menos no el que Vonnegut esperaba, pero libro tras libro –Las sirenas de Titán (1959), Madre noche (1961), Cuna de gato (1963), "el libro más cercano a mi corazón", según confesaba el escritor, Dios le bendiga, Mr. Rosewater (1965)– cosecharía cada vez más lectores, adeptos, seguidores, y elogios como el de Gore Vidal: "Original, único: Kurt nunca fue aburrido".

    "Así va la vida"

    Después del éxito de Matadero cinco (1969), considerada una de las novelas antibélicas más destacada del siglo XX –filmada en 1972 por George Roy Hill y protagonizada por Michel Sacks en el papel de Billy Pilgrim–, Vonnegut publicó El desayuno de los campeones (1973), Payasadas (1976), Pájaro de celda (1979) y Galápagos (1987), entre otros. Hace cuatro años, poco después de haber cumplido 80, confesaba que no podía escribir. Estaba retirado, era un "jubilado" de la literatura. "Estoy literalmente paralizado por el estado en que se encuentra mi país. La televisión no ha transmitido ni siquiera las protestas de los pacifistas. The New York Times se negó a publicar un discurso que pronuncié en un encuentro por la paz. Es como vivir bajo un ejército de ocupación que se ha apoderado de los medios de comunicación." Lo que le resultaba radicalmente nuevo al escritor en ese 2003 era que las nuevas generaciones estaban heredando un cúmulo de tecnologías "que están rápidamente destruyendo las posibilidades de que este planeta continúe siendo respirable y eliminando la posibilidad de cualquier forma de vida". Antropólogo de formación, sostenía que una de las razones por las cuales los norteamericanos eran odiados era porque introdujeron en otros países nuevas tecnologías y planes económicos que destruyeron la cultura de mucha gente.

    Enjuto, desgarbado, quizá más desacomodado que nunca ante este panorama, "así va la vida", como repetía en Matadero cinco, Vonnegut admitía que los atentados contra las Torres Gemelas lo habían sorprendido más que nada por "el óptimo trabajo que hicieron los terroristas". "¡Vaya si estaban preparados! Naturalmente, son las mismas personas que inventaron los números, el cero y el álgebra, por lo cual no hay de qué asombrarse tanto."

    Insectos prisioneros en ámbar

    "Los terrestres son grandes narradores; siempre están explicando por qué determinado acontecimiento ha sido estructurado de tal forma, o cómo puede alcanzarse o evitarse. Yo soy tralfamadoriano, y veo el tiempo en su totalidad de la misma forma que usted puede ver un paisaje de las Montañas Rocosas. Todo el tiempo es todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es. Tome los momentos como lo que son, momentos, y pronto se dará cuenta de que todos somos, como he dicho anteriormente, insectos prisioneros en ámbar", escribió en Las sirenas de Titán. Vonnegut, tal como Philip K. Dick, fue mucho más que un escritor de ciencia ficción. Por esencia, por definición, sostenía que la literatura está cargada de opiniones. El apuntó sus dardos satíricos contra la estupidez humana. Y dio, siempre, en el blanco.


    Parecido a nadie

    Por Pablo Capanna, ensayista

    En un famoso artículo de 1965, Judith Merril señalaba que en la ciencia ficción norteamericana sólo había dos autores que no se parecían a nadie: Cordwainer Smith y Kurt Vonnegut. Ambos habían estado siempre en el género sin ser autores de género. Vonnegut nunca aceptó que lo catalogaran como "genérico", lo cual le parecerá totalmente legítimo a cualquiera que haya leído y disfrutado de sus libros. Recurrió a las convenciones de la ciencia ficción pero las usó de manera irónica y política, desde la denuncia "políticamente incorrecta" de Matadero Cinco (1970) hasta la inquietante profecía de la automatización (La pianola, 1952) y la sátira volteriana de Las sirenas de Titán (1952). Pero hasta en la mayor negrura de algunas de sus páginas de humor negro, su lucidez nunca le permitió caer en el cinismo fácil.


    Pionero de lo multimedia

    Por Gabriel Guralnik, Presidente de la Fundación Ciudad de Arena, especialista en ciencia ficción

    Hay una cuestión en la que, claramente, Kurt Vonnegut se adelantó a lo que iba a ser una tendencia muy posterior en la creación artística: el concepto de obra multimedial. Porque, de alguna manera, Vonnegut está trabajando con literatura en la cual mezcla diferentes aspectos, tonos, registros, y además introduce imágenes novedosas en el mismo texto, cosa absolutamente audaz en aquel momento, aunque hoy sea algo común. El comenzó a percibir, a intuir que la palabra sola, por más importante que fuera, llegaría a una época en la que iba a venir combinada con otras cosas. Eso impactó por lo menos en dos o tres generaciones con posterioridad a él. Tal vez no todos se atreven a trabajar en la misma línea que trabaja Vonnegut, pero todo el mundo tributa finalmente a lo que él escribe.

    Así, su obra es un esbozo de obra multimedial, porque él comienza combinando el texto con imágenes que no siempre pareciera que tienen que ver en forma directa con lo que está escribiendo, sino que recién en una segunda o tercera instancia uno se da cuenta de lo que realmente él quiere decir con las imágenes. Imágenes que en ningún caso son caprichosas. Estamos hablando de un momento realmente muy lejano a lo que nosotros conocemos hoy como multimedia, y con herramientas que no existían en aquel momento: Vonnegut simplemente se las ingenió para hacerlo en un libro. El creó en un libro un objeto que hoy se podría crear fuera de un libro, sin perder para nada el valor literario, el humor y los varios niveles de lectura que uno encuentra en él.


    Tirarse a la pileta

    Por Angélica Gorodischer, escritora

    Kurt Vonnegut fue para mí algo más que un amigo íntimo. Lo frecuenté desde sus primeros libros llegados a la Argentina, también lo leí en inglés, creo que he leído casi todo lo que escribió –seguramente no todo, porque era un escritor prolífico–. El tenía algo fascinante: trascendencia en lo que decía. Las suyas no eran novelas prolijitas y políticamente correctas, de esas que se ven tanto ahora; todo en él era un tirarse a la pileta a ver si hay agua o no. Haciendo gala de esa imaginación brutal era capaz de encontrar lo invisible detrás de lo visible, y lo visible es lo que debe interesarnos a quienes escribimos.

    Nadie escribe solo o sola, siempre tenemos a alguien detrás, porque hace seis mil años que la humanidad está escribiendo. A Vonnegut yo lo he sentido muchas veces a mis espaldas, mirando lo que escribía, y probablemente pensando: "¡Cuántas estupideces que dice esta mujer!" Pero a lo mejor aprobó algunas cosas, y con eso me basta. Voy a extrañarlo mucho, aunque pueda seguir leyéndolo.

    Fuente: Página/12, 13/04/07

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

    • Blogger Comments
    • Facebook Comments

    0 comentarios:

    Publicar un comentario en la entrada

    Item Reviewed: Kurt Vonnegut uno de los autores clave de la literatura norteamericana del siglo XX Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
    Ir Arriba