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    martes, 31 de marzo de 2015

    Hermann Broch uno de los mayores escritores del siglo XX



    Hermann Broch o el esteta absoluto

    por Abel Posse

    Comparado con Joyce, Proust y Thomas Mann, pocos autores del siglo XX pueden compararse con el austriaco Hermann Broch (1886-1951), autor de un clásico tan esencial como olvidado, La muerte de Virgilio. Ahora que la editorial Adriana Hidalgo está a punto de publicar El maleficio, sobre los orígenes del nazismo, el escritor argentino Abel Posse, recientemente nombrado embajador de su país en España, traza el perfil del novelista.


     | 17/07/2002 |  


    Abel Posse

    Broch es todavía un desconocido fuera del ámbito de la literatura germánica. No tiene la fama que merece, pero su prosa se afirma en la lenta progresión de las valoraciones y se sitúa como una de las mayores obras del siglo XX, junto con las de Joyce y Proust.

    Cuando Thomas Mann leyó La muerte de Virgilio no vaciló en declarar que se trataba “del poema en prosa más importante escrito en lengua alemana”. Extraña honestidad de un escritor comprometido con la narrativa tradicional. Para Aldous Huxley, Broch fue la mayor revelación y conmoción. El británico, narrador de costumbres y de su época, quedó maravillado ante la eclosión de este talento capaz de abolir las fronteras tradicionales de la novela y pasar de la prosa al drama y al poema, como momentos necesarios y nunca antagónicos de la realidad de nuestra vida. Para Hannah Arendt, sería el novelista que pudo llegar más lejos en la reflexión acerca de la enfermedad social de su siglo en relación a la existencia individual.

    Hermann Broch había nacido en 1886, en una de las pocas grandes familias judías aceptadas por la aristocracia. Se formó como ingeniero y durante un par de décadas se limitó a dirigir la fábrica textil de la familia. Se convierte al catolicismo y se casa con Franziska von Rothermann, casi como un intento de no seguir su vocación, sus pasiones literarias. Su sensibilidad y su talento lo aproximan a aquella Viena deliciosamente decadente, en aquel Imperio Austro-Húngaro condenado a fenecer entre las presiones feroces. Es la Viena de los grandes músicos; de los palacios adustos construidos como desafío de permanencia; de aquellos cafés donde el joven industrial conocería a Musil, a Kafka, a Rilke. Una Viena infinita, desde el nacimiento del psicoanálisis hasta la noche sin término de sus Kabaretten y burdeles sofisticados. La Viena que se despedía del Imperio vencido y donde la cultura era la última llamarada de grandeza. Esa fuerza vital que ya se aleja del materialismo y busca en el desorden y las aventuras estéticas el renacimiento todavía lejano.

    La guerra del 14-18 significará el punto final, la convulsión decisiva. Broch se divorcia y casi a los 40 años se dedica por completo al arte, a sus estudios, al mundo de la noche vienesa. Vive un romance con Milena Jesenska y conoce a una de las femmes fatales más famosas, la periodista Ea von Allesch, de extraordinaria belleza. Abandona a Milena, que caerá en el laberinto sombrío de Franz Kafka, por entonces un desconocido escritor del grupo sionista de Praga. Ea von Allesch era llamada “la reina del Café Central”. También amante de Musil, equivalía a una hetaira griega, capaz de la refinada cultura que exigían los salones de esa Viena.

    Broch comienza su obra más conocida por impulso de ella, que le dará fama europea: Los sonámbulos. Una trilogía excepcional donde a través de tres personajes paradigmáticos, sintetiza la decadencia de Alemania (y Austria) entre 1880 y 1920. Es un tácito homenaje a Spengler y, a la vez, una inhabitual visión de la crisis política interpretada desde la cultura y la crisis de valores. Junto con Los Buddenbrook y El hombre sin cualidades de Musil, serán las tres obras en las que la germanidad presintió y descubrió los gérmenes de la decadencia que llevaría a la voluntad de renacimiento salvaje del nazismo y del fascismo, como el último momento catastrófico de un único proceso. El romance con Ea von Allesch, que le llevaba once años, se disuelve en continuos altercados y se separan. En 1927 concluye la trilogía en la que Ea será rescatada en el personaje de Ruzena.

    Concluida su obra, Broch comprende que recién comienza su gran apuesta estética. En esas tres grandes novelas, las suyas y las de Mann y Musil, prevalece la descripción de la decadencia y el pesado paso de la narrativa. Lo real y lo racional excluyen la vivencia profunda, poética. Broch, cuando ya está en los primeros esbozos de su novela mayor, La muerte de Virgilio, está seguro de ir mucho más lejos de su admirado Joyce. Así lo escribe en sus cartas. SuVirgilio será la obra más alta y estéticamente la más compleja del siglo. La grandeza de Joyce es verbal. El Ulises es un realismo descompuesto cúbicamente, un puzzle magistral. Broch hubiera coincidido con Borges, sin dejar de admirar el poeta indirecto, transversal, que era la fuerza más descuidada y más notable de Joyce como escritor.

    Broch se aboca a su esfuerzo supremo, liberado del encantador torbellino erótico de Ea y unido a la señorita Anna Herzog, que es una excelente secretaria con proyección hacia el tálamo. Todo está preparado para el ascenso a la cumbre. Se propone cumplir con su visión de máxima exigencia: “El arte que no es capaz de reproducir la totalidad del mundo no es arte”. Y aquí el punto central de la reunión de nuevas formas expresivas en necesaria vinculación con el conocimiento de lo nuevo: “Escribir poesía significa adquirir el conocimiento a través de la forma. A todo nuevo conocimiento sólo se puede acceder a través de nuevas formas. Esto significa necesariamente el extrañamiento y alejamiento de público tal como se lo entiende”. 

    Pero ese monstruo que tanto temiera, la Historia, destruye su propósito. Los nazis invaden su Austria y el mismo día del Anschluss, Broch es recluido por la Gestapo en la prisión de Alt Aussee. Nunca quiso Broch detallar aquellos quince días en manos de la Gestapo. Llamó simplemente “el infierno” a esa experiencia y nunca contó cómo se había salvado. Escribió una serie de elegías que luego integrarían los poemas referentes a la muerte en su Virgilio. Habló de los ahorcados movidos por el viento en la cárcel de Alt Aussee.

    Sin duda su alta posición económica y social en la comunidad judía lo ayudó. La ayuda de Joyce y posiblemente la de Einstein lograron que se le diese el visado salvador. Se exilió en Escocia, en la casa de su traductora al inglés, Willa Muir, y luego viajó a Estados Unidos inaugurándose en la experiencia de la pobreza. Su breve fama literaria europea lo ayudó poco. Estados Unidos le resultó una cultura exótica, salvaje, que ayudaba pero te dejaba en soledad.

    Sin embargo en esos años amenazados (él creía que el fascismo se extendería a toda Europa, Gran Bretaña y Estados Unidos), empezó su mayor aventura, el desafío de librar a la literatura de la decadencia espiritual europea (Proust, Joyce, Musil, Mann) y alcanzar un renacimiento y apertura de lenguaje volcado tanto a la existencia como al misterio cósmico. Quiere escribir en la grandeza clásica de Hülderlin, de Dante, de la tradición homérica, del mismo Virgilio. Después del horror de la guerra se siente que el gran arte, “el arte en su destino mayor” (como escribiera Hegel) podrá sentar las bases para el renacimiento de una civilización occidental corrompida. El exiliado en Princeton y luego en Yale siente que una gran obra de arte es robarle espacio a la decadencia del mundo que le tocó vivir. De alguna manera participa de la estética desesperada -necesaria- que obsesionó a Baudelaire. La suprema revancha del arte ante la extrema bajeza del crimen histórico.

    La novela, si esta palabra se puede usar en el caso de La muerte de Virgilio, será su empeño decisivo entre 1938 y el fin de la guerra, en 1945. Broch ya no tendrá otra actividad. Un gran proyecto es como ingresar en un claustro de cartujos. Por fin la obra fue concluida y editada en EE.UU. en 1945 con apoyo de la Fundación Rockefeller, la beca Guggenheim y del PEN club. (Para elogio de aquella increíble cultura perdida en Argentina corresponde recordar que Buenos Aires fue la primera ciudad del mundo que publicaría a Broch en 1946, tanto el Virgilio como Los Sonámbulos).

    El personaje será el gran poeta romano Virgilio en las últimas dieciocho horas de su vida. Ya ha concluido La Eneida y acompañando a Augusto retornan de Grecia al puerto de Brindisi. Allí, en su agonía, vive la desilusión del arte. Ruega a sus sirvientes y amigos que le ayuden a quemar esa obra que ya el mismo Augusto considera “poema divino”. Broch, el judío exiliado en la pujante barbarie estadounidense, une su agonía existencial con la del lejano Virgilio en Brindisi. él, víctima del neopaganismo nazi, busca en el paganismo de Virgilio una respuesta a la existencia, una comprensión del orden cósmico, capaz de conciliar el absurdo, la crueldad, con la gloria de la vida. El campesino de Mantua, el poeta próximo a los dioses antiguos que moran en Virgilio, guía al desolado Broch a la sabiduría de saber que la muerte es sumirse en ese éter primigenio. Saber morir es saber desenvolverse al universo después del día de la vida. Sin esperanzas metafísicas, sin amenaza de juicios o condenas atroces, sin peligro de renacimientos.

    Broch se transfiere a ese Virgilio agonizante que siente que el arte no podrá vencer el plano de lo humano, del acaecer. Nunca alcanzará la esfera suprema del misterio del Cosmos y del silencio etéreo. (La descripción de Broch de la lenta entrada en la muerte de su Virgilio constituye el más profundo pasaje de la literatura en prosa de su siglo). Broch/ Virgilio avanzan hacia el misterio, hacia Lo Abierto, lo inefable, los une el misterio de la palabra. Allí donde todo se subsume como en la visión de Anaximandro: las cosas, los hombres, el sueño de los dioses. Todos los entes allí se van anonadando, en los resplandores del éter, según la ley inexorable del retorno. Broch/ Virgilio ven esfumarse en ese espacio final las naves de Augusto que llegaron a Brindisi. Su vida y el mundo circundante se extinguen. El pasado se reúne con el presente. Suavemente el Ser cubre la ilusión de la vida inmediata. Lo abierto, donde todo lo creado retorna según la Ley fundamental, va recibiendo en su silencio las pasiones humanas de Broch y de Virgilio. El misterio final es una niebla iluminada pero impenetrable, inefable en su centro. El tiempo se recobra en la serenidad ante la muerte y el fin de las cosas. El arte y la poética de Broch le acercaron una armonía de raíz búdica. El arte fue en realidad el itinerario de una larga iniciación. Retener la ilusión o el maya de lo real en obra de arte.

    Hermann Broch, cumplido su destino de creador, murió en 1951 de un ataque al corazón, muerte repentina, ironía, que le impidió corroborarse ante sí mismo la “lenta extinción” en el Todo que nos narró a través de Virgilio.
     





    Hermann Broch y la trilogía de "Los sonámbulos".


    Hermann Broch
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    Hermann Broch
    La literatura de Hermann Broch (Viena, 1886 - New Haven, 1951) se dirigió hacia la reflexión directa sobre la pérdida del sentido de unidad de la Europa de principios del siglo XX, es decir la crisis espiritual y social que acongojó al artista que asumía en sí mismo a su época. Tal preocupación se tradujo en magistrales novelas y ensayos provenientes de sus intereses en filosofía, matemáticas y psicología, lo que le dio ese estilo riguroso en la forma de concebir sus conceptos, conclusiones y lenguajes dentro de su obra.
    George Steiner lo reconoció como uno de los radicales renovadores, luego de Joyce, del lenguaje novelístico del siglo pasado, con su obraLa muerte de Virgilio (Der Tod des Vergil, 1945). Asimismo, Elias Canetti lo calificó como un «escritor representativo» de su tiempo y celebró su singular capacidad intelectual.
    Como varios escritores contemporáneos, sufrió la decadencia en la que caía Occidente: los Imperios desaparecían poco a poco, la imparable burguesía instruía a la sociedad con sus valores pragmáticos, el desarrollo del capitalismo, la parálisis que mostraban viejas costumbres e idealismos, las guerras mundiales y, principalmente, el exilio. Justamente, en marzo de 1938, al entrar las tropas de Hitler a Austria, Broch fue arrestado y llevado a la prisión de Bad Aussee como «intelectual judío sospechoso de tendencias marxistas». Por ello, un grupo de intelectuales y escritores, entre ellos James Joyce, lo ayudaron a salir de prisión. Para esta época, Hermann Broch ya era conocido en el ámbito artístico de Viena y Europa, principalmente, por su trilogía de Los sonámbulos, obra publicada a sus 45 años.
    El proyecto tripartito fue trabajado entre los años 1931 y 1932. En su concepción, posee las tesis sobre la decadencia europea (es necesario mencionar que conoció el trabajo de Oswald Spengler) y la reflexión desde la filosofía de la historia. De esta manera, se comprende el ciclo histórico tripartito (el paso del siglo XIX al XX) que trabaja unitariamente a lo largo de la trilogía: 1888, 1903 y 1918. Para Hermann Broch, estas fueron las fases decisivas que marcaron la historia del declive europeo. Asimismo, cada uno de estos periodos se representa por un protagonista que contiene en sí mismo las características de la decadencia general de la fase en la que vive y se desenvuelve. En consecuencia, conocemos los valores, sentimientos, dudas y ambiciones de cada uno de estos personajes.
    La trilogía está compuesta, en primer lugar, por Pasenow o el romanticismo (1888), luego por Esch o la anarquía (1903) y, por último, Huguenau o el realismo (1918).


    Broch, Hermann. "Pasenow o el romanticismo". Barcelona: De Bolsillo, 2006.

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    Primera parte de Los sonámbulos. Estamos en el año 1888. El protagonista, Joachim Pasenow, es la encarnación del idealismo romántico y de su ineficacia en una sociedad cada vez más escéptica e industrializada. Alrededor de su dubitativa e insegura existencia giran su padre, Bertrand, Ruzena y Elisabeth. Estos cuatros personajes marcan los puntos cardinales en los que este personaje se pierde y traiciona a sí mismo, por lo que mientras nuestra lectura avanza, vemos como se muestran cada vez más las fisuras en la supuesta unidad y coherencia del militarismo romántico de Pasenow, “un huésped de su propia vida” tal como lo llama Broch.
    El protagonista pertenece a la aristocracia alemana. Su familia es la típica representación de la continuidad forzada del idealismo del pasado: viven en el campo, todos los varones han seguido la vida militar, los hijos están obligados a seguir con la tradición, etc. De esta manera, notamos cómo Joachim se enfrenta con constante tensión y duda ante tal continuidad, ante su destino proscrito, y lo que ello conlleva, retenido todo en la amenazante figura del padre. En el relato, tenemos a un hijo que reniega del padre, puesto que si bien este debe contener todos los valores, dignos y honorables por lo que tal sociedad confiere a la vejez, y ser el ejemplo a seguir, es todo lo contrario por la vulgaridad e hipocresía que despliega sin pudor ante Joachim: “En el año 1888 el señor Von Pasenow tenía setenta años y había personas que, al verlo acercarse por las calles de Berlín, experimentaban una extraña e inexplicable sensación de desagrado, y llegaban incluso a afirmar que debía tratarse de un viejo malvado” (p. 17).
    Hasta aquí tenemos el primero de los polos que componen, como bien indica Lluís Izquierdo, la dialéctica que presenta Hermann Broch en la estructuración del relato, a partir del conflicto interior del protagonista: «Pender del destino o intentar construirlo». Joachim Pasenow es un idealista, es romántico y lo demuestra a través de la vivencia en el «uniforme», elemento indispensable para separarse del caos que percibe en la burguesía, práctica y desconfiada, lo que le da unidad dentro de la anarquía interior que desea brotar de forma desmedida: (…) “el hombre que lleva el uniforme está imbuido hasta las cejas del convencimiento de que está consumando la forma de vida propia de su tiempo y también con ello la seguridad de su propia vida” (p. 22).
    Sin embargo, la otra cara de la moneda está en la imagen y significancia de Bertrand, antiguo amigo y ex militar, el cual ha elegido la vida del negociante escéptico que solo se rige por los valores de la ganancia y la riqueza. Tal personaje será el contrapunto que debilitará la existencia romántica y reforzará la duda sobre la misma. Por ello, Joachim sentirá, paradójicamente, aversión y cercanía hacia este personaje, signo ello de la insuficiencia de sus ideales y la fragmentación de su ser. De esta manera, ya no hay unidad, sino resquebrajamiento, dobleces, deseos inusitados.
    Igualmente, los personajes femeninos colaboran con la dicotomía planteada por Broch. Por un lado, se nos presenta a Elizabeth, mujer de la aristocracia (también tiene una vida con sentido) que puede cumplir con su destino proscrito al casarse con Joachim; sin embargo, el amor aquí es una farsa, no es ideal, se disfraza de respeto y rituales honorables (igual a la función que cumple el uniforme). Por otro lado, se encuentra Ruzena, joven provinciana y dama de compañía que frecuenta los casinos deshonrosos de Berlín. Esta joven es la verdadera pasión de Joachim, aquella anarquía transmutada en carnalidad, que evidencia el desequilibrio en la moralidad y vida idealista de este «soldado del rey», como lo llama burlonamente Bertrand.
    En lo que atañe a las renovaciones técnicas, Hermann Broch plantea en esta primera novela de la serie una narración clara y sin saltos temporales, dado que se intenta mostrar de qué manera el avance del tiempo liquida la actitud hacia el pasado agonizante. Sin embargo, el recurso tangible a lo largo del relato es la ironía. Esta estrategia discursiva sumerge también al lector en el distanciamiento del autor hacia sus personajes: Broch busca la reflexión directa con la utilización de «personajes descartables», el mostrar sujetos representativos de la decadencia europea, perdidos en las ciudades, ya que no se busca relatar todo el destino o salvación de Joachim Pasenow. De la misma forma, el final y ciertos saltos del narrador (omnisciente dinámico: “sigue siendo un hombre como tú o como yo…”) indican el cambio narrativo dado por Broch. Asimismo, el escritor G. W. Sebald, al contar su experiencia al conocer Pasenow o el romanticismo, critica la interrupción en la prosa de Broch, la cual detiene el placer del relato al insertar conceptos o reflexiones racionales sobre el drama de los personajes.
    En conclusión, esta novela de Broch nos remite a la primera reflexión ante los nuevos tiempos y la ineficacia de los ideales del pasado para plantear nuevas soluciones, con lo cual los posteriores personajes de esta trilogía serán las representaciones de los fracasos que el cambio de siglo impone a estos ciudadanos.

    http://www.lasiega.org/index.php?title=Hermann_Broch_y_la_trilog%C3%ADa_de_%22Los_son%C3%A1mbulos%22.
    Austrian novelist Hermann Broch (1886–1951) in Vienna, ca. 1907.
    Los inocentes (fragmento)

    Cuando abrió la puerta de la calle, le hirieron el rostro fuertes gotas de lluvia. Un paso más y estaría completamente empapado. La tormenta estaba en pleno apogeo. Los relámpagos se sucedían unos a otros, el agua formaba olas sobre el asfalto, que iban a estrellarse contra los bordillos, formando riachuelos, y se atorbellinaban en las alcantarillas por las que se precipitaban. Las luces de la calle y de las casas de enfrente se reflejaban en las negras mareas, y su imagen se sumergía hasta lo más profundo de la inmovilidad, y cada rayo provocaba un fuego de artificio bajo el agua. A. se pegó a la puerta. Transcurrió una media hora larga hasta que los relámpagos se fueron espaciando, los truenos fueron cada vez más débiles y la lluvia cada vez menos espesa, hasta cesar por completo. El aire se llenó de paz y de frescor. A., que había abandonado su escondite, miró hacia el piso del profesor: había luz aún en las dos ventanas del cuarto de estar, así como en las dos adyacentes, que eran probablemente las del dormitorio, sólo que en éstas las cortinas estaban corridas.
    Allá arriba estaba el infierno, la semilla del infierno, pero no la única, sino una de las muchas esparcidas por el mundo, aunque quizá en Alemania más que en otra parte. La amenaza del infierno se cobija en todas partes dentro de la inocencia.
    La ciudad reposaba en una noche pacífica, fresca y candorosa. Le resultó fácil el paseo hasta su casa. Se percibía el aliento de las colinas, el aliento del paisaje que rodeaba la ciudad, la parte habitada, un elemento natural, al fin, del campo. Allá donde se extienden los cultivos y también el bosque alemán, asilo de los árboles y de los animales salvajes, donde pace todavía el corzo y hoza aún el jabalí, donde resuena el bramido del ciervo en celo a través de las húmedas sombras. El campanilleo de los rebaños cruza las montañas y el campesino se entrega a su pesada labor diaria sin que le importe qué gobierno está en el poder, ni qué luchas infernales celebran los instintos voraces en su propia alma. Ni lo uno ni lo otro pueden apartarle de su trabajo.
    En Alemania todo tiene lugar de manera más prudente y reflexiva, pero todo está más sujeto a los instintos, todo es más voraz e infernal que en otros lugares. Todo se hace de modo poco hipócrita, y sin embargo con más mentiras. Parece que el alemán nazca con una extraña sed de absoluto, de suerte que renuncia a dominar los instintos con el feliz humor que el hombre de Occidente, mucho más instintivo ha convertido en su forma ideal de vida. El alemán tiene raras veces el sentido del humor, y cuando lo tiene es otro tipo de humor, un humor extravagante, que sopesa los pros y los contras, rasgo característico del estilo de vida alemán, y que constituye su pesadez. Ésta desemboca por una parte en un ascetismo perfecto, y por otra, en un desenfreno total de los instintos. Las soluciones intermedias resultan sospechosas para el alemán. Las considera hipocresía y embuste, y no se da cuenta de que con ello se hace responsable de mayores embustes, de que no se ciñe ninguna aureola falsa de virtud, la aureola artificial del Occidente, sino que —y esto es lo penoso— transforma con mentiras lo que es justo en injusto, al contraponer, en nombre de los reflexivos pros y contras, su insensibilidad salvaje y sin dominar, como sano criterio, al justo derecho del ser humano, violando así ese derecho como tal. Su honestidad es la del tirano, que quisiera arrancar la mentira de los farsantes que no pueden ser tiranos, y se siente por ello salvador. En cambio, está condenado a seguir siendo un emisario de la desgracia, porque su doctrina es la del asesinato.
    Falsedad aquí, falsedad allá, y entre ellas la senda infinitamente estrecha de la verdad, senda entre dos mundos, preseñalada al hombre alemán, y, por tropiezos y tambaleos, no transitable. ¿Senda de la virtud alemana? Falso, al contrario, como diría Zacarías, desde luego sin darse cuenta de la realidad, a saber: que es el camino de la angustia torturada. 
    "
    Adiós a Musil (fragmento)

    Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. "
    Esch o la anarquía (fragmento)

    El hombre que está en alta mar no tiene ninguna meta y no le es posible completarse, está encerrado en sí mismo. Quien le ama, sólo puede amarle por lo que promete, por lo que él es, no por lo que ha conseguido o conseguirá. Por eso el hombre que permanece en tierra ignora lo que es el amor y lo confunde con su propia angustia. "
    La muerte de Virgilio (fragmento)

    Había sido expulsado fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, corrido hacia el ancho mundo, hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: sólo al margen de sus campos había caminado, sólo al margen de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y que odia, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida. "

    Broch
    Novelista, dramaturgo y filósofo austriaco. Broch nació en Viena el 1 de noviembre de 1886. Fue director de la empresa textil de su familia desde 1907 hasta 1928, año en el que abandonó la empresa para estudiar matemáticas y filosofía en la Universidad de Viena. La trilogía novelística de Broch, Los sonámbulos (1931-1932), influida por las obras de Marcel Proust, James Joyce y Franz Kafka, presenta a las clases medias de Alemania entre 1888 y 1918, como una gente sin objetivos ni ideales, que se mueve sonámbula entre los cambios sociales. Tras la ocupación nazi de Austria, en 1938, fue detenido como sospechoso de oposición. Huyó a Estados Unidos, donde enseñó en las universidades de Princeton y Yale y emprendió investigaciones sobre psicología de masas. Entre sus últimas novelas, La muerte de Virgilio (1945) utiliza las dudas del poeta clásico romano Virgilio acerca de si debe destruir su poema épico, la Eneida, para cuestionar el valor del arte y llevar a cabo una de las obras cumbres de la narrativa de este siglo; Los inocentes (1950) describe los años entre 1918 y 1933 y la pasividad que permitió el ascenso del nazismo; y su última e incompleta novela, El tentador (1954) recrea la historia del nazismo, representada por una crisis en un pueblo de montaña. Broch murió el 30 de mayo de 1951 en New Haven, Estados Unidos.  © M.E.


    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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