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    martes, 31 de marzo de 2015

    Diarios de Robert Musil (Otros textos) una de las grandes figuras de la literatura contemporánea.

    Pasiones personales Diarios de Robert Musil -otros textos


    Robert Musil nació en Klagenfurt (Austria) el 6 de noviembre de 1880. Su padre era profesor de Ingeniería en la Universidad Técnica de Brünn. Su madre, una mujer de difícil carácter, tuvo por amante durante 40 años a un colega de su marido que vivía en la casa de la familia.
    Siendo un niño, Robert Musil sufrió una crisis nerviosa de la que tardó en recuperarse. Con 12 años ingresó en la academia militar de Eisenstadt. De allí pasó a la academia superior de Mährisch-Weisskirchen y finalmente fue enviado a la Academia Técnica Superior de Viena, donde se licenció en 1898. Los tres años siguientes los dedicó a estudiar ingeniería. Luego recibiría clases de filosofía, matemáticas y psicología, terminando por doctorarse en la Universidad de Berlín en 1908. Dos años antes se había dado a conocer en los ámbitos literarios con la aparición de Las tribulaciones del joven Törless.



    Su primera obra teatral, Los entusiastas, recibió el Premio Kleist en 1921. Le siguió dos años más tarde Vicente y la amiga de los hombres importantes, pero ni esta obra ni la anterior triunfaron comercialmente.Musil contrajo matrimonio en 1911. Ese mismo año publicó dos relatos, La perfección del amor y La tentación de la sigilosa Verónica, y encontró trabajo como bibliotecario en Viena. Conservó el empleo hasta 1914. Durante la I Guerra Mundial sirvió en el Ejército del Imperio Austro-Húngaro. Tras la derrota encontró una plaza de funcionario en el Ministerio de Defensa del recién creado Estado austriaco, pero perdió su puesto a consecuencia de los recortes presupuestarios en 1920. Musil decidió entonces convertirse en escritor profesional.

    Huidas

    A pesar de las penurias, Musil consagró las dos décadas siguientes a la redacción de su obra magna, El hombre sin atributos. El primer volumen apareció en 1930. Un año antes, Musil había vuelto a sufrir una importante crisis nerviosa. Después de trasladarse a Berlín, publicó la primera parte de un segundo volumen en 1933. Ese año recibe el Premio Goethe y vuelve a Viena con su mujer, de ascendencia judía, después de que Hitler se convirtiera en canciller de Alemania. En Austria termina Papeles póstumos de un autor vivo, aparecido en 1936. El matrimonio abandona Viena dos años más tarde tras la ocupación nazi.
    Instalado en Suiza, Musil pasó los últimos años de su vida sumido en la pobreza. Murió el 15 de abril de 1942 en Ginebra. Buena parte de su obra, entre ella sus aforismos y un lúcido y descorazonador diario, se publicó tras su muerte.

    Traducidos los diarios del escritor Robert Musil

    "Un diálogo constante con la cultura alemana". Eso es lo que contienen, según Mario García Bonafé, director de publicaciones de la Institució Valenciana d'Estudis i Invesigació (IVEI), las más de 1.500 páginas de los Diarios de Robert Musil. La obra, publicada en dos volúmenes dentro en la colección de biografías de Ediciones d'Alfons El Magnànim, fue presentada ayer en la Feria del Libro de Valencia. Es la primera edición castellana de los diarios que el escritor austríaco llevó, de forma irregular, desde los 19 años, en 1899, hasta casi su muerte, en 1942.Además de la edición original en alemán, de 1976, sólo existen hasta ahora versiones al francés y al italiano de los diarios del autor deEhombre sin atributos. Se encuentra en preparación la publicación inglesa de estos textos. "De acuerdo con nuestros criterios de publicar textos biográficos que, con toda probabilidad, no serían editados por otros, decidimos lanzar estos diarios de uno de los escritores más importantes del siglo", explica García Bonafé, en cuya opinión, la obra es comparable a los diarios de Gide.
    La biografía de Musil, que no encontró en vida reconocimiento social a su trabajo y que murió en el exilio suizo, después de expatriarse por la anexión de Austria a manos de los nazis, hace que sus Diarios, traducidos al castellano por Elisa Renau Piqueras, reflejen diversos avatares. Señala Jacobo Muñoz en el prefacio a la obra, que Musil consuma en los Diarios, "en conversación interminable con Goethe, Nietzsche y Thomas Mann -los autores más citados en sus páginas-, uno de los autoanálisis más pero también más representativos y de mayor fuerza experimental e indagatoria de la conciencia literaria de este siglo".
    Explorador de las contradicciones éticas y estéticas de la modernidad, Musil ha dejado, en Las tribulaciones del joven Törless (1906) o El hombre sin atributos (1930-1933), una de las obras más complejas de la literatura entendida como pensamiento. Sobre ese tema, precisamente, reflexiona en muchas páginas de los Diarios, así como sobre otros muchos problemas filosóficos y artísticos. Jacobo Muñoz advierte que "estos Diarios son algo más que viruta del taller en el que tomó cuerpo literario decisivo El hombre sin atributos ".

    Robert Musil (Klagenfurt, 1880 – Ginebra, 1942).

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    Selección y recopilación /Erika Henchoz

    Escritor austriaco. Es, junto con Thomas Mann y Franz Kafka, uno de los más importantes novelistas en lengua alemana del siglo XX.  Es también dramaturgo, de escritura densa, y poseedor de una fuerte vocación científica.
    Un rasgo característico de Musil fue su “vagabundeo intelectual”, estudió, entre otras carreras,  filosofía y psicología aplicada, matemáticas y física en la ‘ Universidad de Berlín. Se graduó en 1908 en Filosofía con una tesis sobre las teorías de Ernst Mach y muchos desacuerdos con Carl Stumpf.
    Oficial y luego coronel durante la primera Guerra Mundial, redactor en la posguerra de la Neue Rundschau, y redactor en el Ministerio de Asuntos Exteriores austríaco.
    Nietzscheano de orientación, embebido de ciencia y de técnica, pero insatisfecho de una y de otra; sus naturales y sólidos dotes artísticos le salvaron de la aridez de la teoría pura y de la fragmentación ensayística.
    “Crónica” y “análisis” fueron sus palabras programáticas.
    En el Adiós a Musil (1942), Hermman Broch dijo, “hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque Robert Musil se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro.
    Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. Ningún otro género como el de la novela, ningún otro oficio como el de novelista está tan cerca en el espacio de la autobiografía por más que se alejen de la vida de su creador.
    Robert Musil escribió la autobiografía de su juventud, su Werther, en el espléndido relato sobre Las tribulaciones del joven Törless. Era un adiós retrospectivo a su propia adolescencia y, por otro lado, el adiós a un mundo que nadie volvería a vivir, quiero decir: al espacio específico de la vida austriaca, a lo que con razón se ha llamado la cultura austriaca, algo que estaba condenado a muerte. El libro apareció poco antes de la primera guerra mundial; su recuerdo del pasado fue una necrología profética.
    Y cuando el presentimiento de la catástrofe se convirtió en una realidad tan incomprensible como inevitable, Robert Musil permaneció apartado de los sucesos: la naturaleza austríaca estaba todavía allí con toda su belleza, las costumbres de todo un pueblo apenas habían perdido algo de su tradición, lo único que se había transformado eran los principios de la administración política. Y a pesar de todo, una revolución había barrenado al viejo régimen. Después de un intenso periodo de entrenamiento y búsqueda en el que publicó unas tres extraordinarias noveletas Tres mujeres.
    Robert Musil se había decidido a tratar su gran tema: narrar el cansancio y el proceso de disolución de una cultura, el derrumbe de su complicado sistema de valores, para rescatarlo desde dentro viviéndolo todo otra vez, para entenderlo y articularlo.
    El hombre sin atributos, 1929, ha sido comparado varias veces con Los Buddenbrook, la novela de Thomas Mann, porque aquí se describe también el proceso de desgaste de una sociedad. La comparación era inevitable porque entre nuestros contemporáneos sólo pocos podían medirse tan legítimamente como Robert Musil con la fuerza narrativa y la vitalidad de Thomas Mann. Hay que decir sin embargo que los Buddenbrook están al principio de un proyecto vital. Por el contrario, El hombre sin atributos una novela inconclusa, se encuentra al final de una larga vida; acaso solo podría compararse con José y sus hermanos (1942)”, dijo Broch.
    Los cinco cuentos, los únicos escritos por Musil y reunidos en dos volúmenes  Las uniones en 1911 y Tres mujeres en 1924, extienden la investigación al mundo de los adultos y a la vida conyugal. Minucioso análisis de los sentimientos para llegar a un nuevo y puro “orden de sentimientos”.
    Musil, de espíritu profundamente conservador, se mantuvo alejado del expresionismo u otra tendencia  de moda.
    Se decía que Musil era un tipo de mal humor, desagradable e incómodo en las relaciones con los demás, demasiado militar, así como abusivo en el uso excesivo de tabaco y café
    En 1909 publicó la novela “La casa embrujada” en la revista “Hyperion”, dirigida por Franz Blei.
    Hasta 1910 fue editor de la revista de literatura y arte  ‘Pan’, fundada en Berlín en 1895 , y luego trabajó como bibliotecario en el Instituto Técnico de Viena.
    Archivos publicados en El país de España dan cuenta además de los diarios del autor recientemente traducidos al español. Más de 1.500 páginas conforman los Diarios de Robert Musil.
    La obra, publicada en dos volúmenes dentro en la colección de biografías de Ediciones d’Alfons El Magnànim, fue presentada en la Feria del Libro de Valencia en el 2010.
    Es la primera edición castellana de los diarios que el escritor austríaco llevó, de forma irregular, desde los 19 años, en 1899, hasta casi su muerte, en 1942.
    Sobre él ha escrito también Milán Kundera.

    El hombre del siglo

    Acaba de publicarse en la Argentina la versión definitiva de la obra cumbre de Robert Musil. El hombre sin atributos (Seix Barral) es uno de los libros más admirados por otros escritores del siglo XX, y cifra de una relación intensa y angustiante con la literatura concebida como suma de vida, ensayo y ficción.






     Por Javier Lorca
    El atractivo del psicoanálisis, su fama y su aceptación, provienen quizá de su capacidad para democratizar el heroísmo y la tragedia, para arrebatarle a la aventura su aura elitista e inyectarla en lo más íntimo de la apagada vida burguesa. Muerto Dios, en un mundo desacralizado por la ciencia, la teoría psicoanalítica apareció y dijo: los dioses combaten en el interior del hombre, en lo profundo de toda persona habita el drama y grita el deseo.
    La génesis de esa idea –desarrollada hace algunos años por Ricardo Piglia– fue tempranamente planteada por Robert Musil en su descomunal e inconclusa novela El hombre sin atributos, la más ensayística y nietzscheana de las novelas, acaso la más ignorada de las grandes obras literarias de principios del siglo XX, cuya versión definitiva acaba de llegar al país. Al austríaco Musil no le caían nada simpáticas las teorías de su contemporáneo Freud. Frente a la épica de la subjetividad propiciada por el psicoanálisis, frente al hombre moderno que la racionalidad científica ha cosificado y dejado vacío, sin esencia detrás de sus circunstancias, sin una verdad última a la que remitir su vivir, Musil proyectó una salida. Inventó un nuevo héroe, amoral y nada romántico, que busca erotizar la razón, un hombre potencial que se atreve a asumir la multiplicidad de alternativas que ofrece la realidad, el que acepta todo pero no se deja celar por nada, el hombre sin cualidades que alberga todas las posibilidades sin dejarse determinar por una unidad que las reúna. “El hombre cuyo yo está en busca de su mí” es la traducción que (en inglés) George Steiner sugirió para el título del libro.
    Por su vastísima variedad de temas, por su complejidad y erudición enciclopédica, El hombre sin atributos puede aceptar las más diversas lecturas e interpretaciones, incluso las más contradictorias. Críticos y comentaristas no se las han ahorrado. Con más de 1500 páginas, la novela es un monstruo que se devoró a sí misma y a su creador: Musil trabajó en ella más de veinte años y murió sin poder terminarla, corrigiendo y reescribiendo obsesivamente. “Todo lo inteligente termina cancelándose a sí mismo”, opinaba él.
    La trama y los personajes de la novela, el trasfondo histórico y el inventario de ideas que despliega aparecen atados a la vida del autor, a su heterogénea formación intelectual y al derrumbe civilizatorio que hizo estallar a su época en dos guerras mundiales. Robert Edler von Musil nació en 1880, en Klagenfurt. Se formó en una escuela de cadetes y luego en una academia militar cuyas enseñanzas no le fueron gratas: la llamaba “el ojete del diablo” y sobre su experiencia allí escribió su primera novela, Las tribulaciones del estudiante Törless (1906), en la que se ha querido leer un anticipo del sádico autoritarismo nazi.
    Antes de participar de la Gran Guerra se licenció en ingeniería, estudió filosofía, matemática y psicología, y hasta patentó un cromatógrafo, un aparato que descomponía los colores hasta llegar al blanco (digno invento del autor de un libro titulado El hombre sin atributos, se ha dicho). Pero lo dejó todo para dedicarse a la literatura. Vivió en Berlín y en Viena, la ciudad consciente de protagonizar los últimos días de la humanidad, devorada por la aceleración de la historia, la capital de un imperio que reunía a Kafka, Elias Canetti, Alfred Loos, Hugo von Hoffmansthal, Mahler, Wittgenstein y también a Hitler. Del Führer terminaría huyendo Musil en 1938, tras la anexión de Austria. Para entonces sus obras habían sido prohibidas por “oscurantistas” y de “un pesimismo decadente”. Se instaló en Suiza hasta su muerte, fechada en 1942.
    Las crónicas de sus contemporáneos, así como la más completa biografía (publicada en alemán en el 2003 y aún sin traducir), no recuerdan a Musil como una compañía agradable sino como alguien frío, orgulloso e inaccesible, siempre impecablemente vestido y con el sentimiento de no ser reconocido ni valorado. Cosa que era cierta. Tras un relativo éxitoinicial fue paulatinamente olvidado. Su obra teatral Los entusiastas se representó sólo una vez (entre los espectadores estuvieron Luigi Pirandello y Joseph Goebbels). El exilio y el fracaso literario lo hundieron en la pobreza. Los últimos años vivió gracias a la caridad de escasos admiradores y filántropos. “Que uno no sea famoso es natural, pero que no tenga suficientes lectores como para vivir es escandaloso”, pensaba. Tampoco era reconocido por los círculos literarios. Walter Benjamin declaró su admiración por él como pensador, pero lo negó como novelista. Su independencia de pensamiento y falta de pragmatismo no ayudaban. Además, el sentimiento era recíproco: Musil desdeñaba a sus colegas. Consideraba inferiores a escritores famosos, como Franz Werfel y Stefan Zweig, y menospreciaba a otros estimados como genios, entre ellos a Thomas Mann y Hermann Broch (que, a su vez, fueron algunos de aquellos filántropos que le permitieron sobrevivir). James Joyce le era indiferente: fueron vecinos en Zurich y jamás se hablaron siquiera.
    La amargura y el aislamiento de Musil crecieron en forma proporcional al trabajo que le dedicó diariamente, desde 1920, a El hombre sin atributos. En una carta de 1934 comparó sus esfuerzos en la novela con “la dedicación de un gusano de la madera perforando el marco de un cuadro en una casa que se está incendiando”. Cuando murió en Ginebra, sólo ocho personas acompañaron su ataúd. El reconocimiento internacional comenzaría a llegar años después.
    Densa, sofisticada y presuntuosa, pero a la altura de sus ambiciones, la enorme novela de Musil sólo puede compararse con monumentos como En busca del tiempo perdido y Ulises. La obra surgió como la reunión de varios proyectos diferentes: una sátira sobre la decadencia de Occidente, el relato de un homicidio, una narración que iba a llamarse “La hermana gemela”. La novela está dividida en dos libros. El primero, publicado originalmente en 1930, sitúa el relato en 1913 y en el reino imaginario de Kakania, nombre que, además de remitir a su manifiesta cacofonía, alude a la sigla KK, de kaiserlich und königlich (“imperial y real”), la fórmula con que se citaba al Estado austrohúngaro.
    El hombre sin cualidades es Ulrich, alguien muy parecido al autor, un matemático escéptico e idealista, de un incansable meditar, sistemático y extremo. Tiene 32 años y detrás suyo sólo ve ruinas y adelante, un precipicio: la crisis de una civilización desbocada. Ulrich se convence de ser un hombre sin atributos cuando reconoce que su época, no muy distinta de la actual, es capaz de considerar “genial” a un caballo de carreras: “Un campeón de boxeo y un caballo superan a un gran intelectual en que su trabajo puede ser medido sin discusión, y el mejor entre ellos es reconocido como tal por todos”. Sin asumir una perspectiva romántica, la novela denuncia la escisión entre razón y espíritu que quiebra al hombre moderno, acusa a la técnica instrumental de haber colonizado mundo y valores. “Vivimos una época en que las máquinas se hacen cada vez más complicadas y los cerebros, cada vez más primitivos”, sostenía Karl Kraus, otro lúcido contemporáneo del autor.
    Meticuloso y exhaustivo hasta la obsesión (en sus diarios, Musil se autodenominaba “el vivisector”), Ulrich sueña una “utopía de la vida exacta”, una matemática del espíritu, aboga por la creación de un secretariado general del alma y la precisión. Se resiste a aceptar que la vida intelectual implique coartar la vida emocional: en ese sentido es que quiere una razón erotizada.
    El argumento del primer libro crece capilarmente en torno a Ulrich y sus relaciones con la Acción Paralela, una misión patriótica destinada a planificar un homenaje al 70º aniversario del emperador en el trono, a celebrarse en 1918. Con ese pretexto, Musil se burla de la burocracia, la vacuidad y la charlatanería de una sociedad en putrefacción. “Tiene que suceder algo”, es la premisa repetida hasta el hartazgo, “algo”relacionado con las grandes ideas, con la supremacía imperial, la paz y la cultura con mayúsculas. Nada sucederá. Una de las ironías de la novela (“la ironía no es un gesto de superioridad sino una forma de lucha”, entendía Musil) es que el fastuoso homenaje está, para el autor y el lector, fracasado desde su concepción: en 1918 desaparecerían del mapa el Imperio Austrohúngaro y su estrafalaria sucedánea KK.
    En ese contexto se posicionan los muchos personajes. Arnheim, el hombre con atributos, un prusiano exitoso y cosmopolita que tiene ideas sobre todo y siempre tiene ganas de explicarlas, inspirado en Walter Rathenau, un político de Weimar que fue asesinado por los antisemitas. Walter, el genio malogrado, basado en un amigo de la infancia del autor, Gustl Donath, que resultó bastante disgustado con su retrato. La esposa de Gustl, Alice Donath, inspiró el personaje de Clarisse, que en la ficción y la realidad terminó loca (Musil fue razonablemente acusado de no colaborar con su salud mental por haberle regalado las obras completas de Nietzsche para su boda). A partir de un caso real, Musil teje una trama secundaria en torno a Moosbrugger, el autor de un violento crimen sexual que le permite explorar el reverso de la civilización: “Si la humanidad pudiera soñar colectivamente... ese sueño sería Moosbrugger”, reflexiona Ulrich. Pese a su tendencia a la abstracción, a las descripciones casi fenomenológicas, la novela tiene pasajes muy graciosos, que brotan de seres como la snob Diotima, tan hermosa como imbécil; Tuzzi, el burócrata cornudo; y el hilarante general Stumm von Bordehr. También están las amantes de Ulrich, Leona y la ninfómana Bonadea; luego aparecen Meingast, un farsante de discurso seudomístico basado en el siniestro Ludwig Klages, y unos cuantos personajes más.
    La decadencia del mundo narrado y las aspiraciones de sus habitantes contrastan con el estilo y el tono de un Musil mesurado, distante y meditativo, deliberadamente complejo, que apela a un lenguaje emparentado con la exactitud científica y a la vez pleno de ambigüedades, lírico y analítico. La acción avanza lentamente, morosa, narrada en forma indirecta o velada por las reflexiones de sus criaturas. La novela no es realista ni mucho menos psicológica. ¿Novela gnoseológica? Para Milan Kundera, Musil es junto con Broch autor de una de las llamadas nunca escuchadas por la historia de la novela: la del pensamiento, “hacer de la novela la suprema síntesis intelectual”.
    “Hacia el imperio milenario (Los criminales)” es el título del libro segundo, del que Musil sólo llegó a publicar 38 capítulos en 1933. A fines de esa década, ya en el exilio, entregó otros veinte capítulos bajo presión de su editor, que le había adelantado dinero. Pero antes de que fueran publicados retiró las pruebas de imprenta y el día en que murió aún seguía revisando y añadiendo. Un año después, la viuda del escritor publicaría parte del material heredado, que superaba las 10 mil páginas manuscritas. Los textos vinculados a la novela serían incluidos en la edición alemana de 1951, pero recién en la de 1978 aparecerían -teóricamente– completos y ordenados. Sobre la base de esa última publicación se realizó la nueva edición castellana de Seix Barral, que recupera la distribución de la obra en dos tomos, en lugar de los cuatro volúmenes que formaban la primera traducción, aparecidos entre 1968 y 1982. Ya en el 2001, en España, la misma editorial había publicado la obra en dos tomos, reproduciendo idéntico material antes distribuido en cuatro. Finalmente, en diciembre pasado vuelve a publicar dos tomos, con iguales versiones castellanas, pero revisadas por uno de los tres traductores, Pedro Madrigal. Es esta versión definitiva la que ahora llega a la Argentina, aunque, de acuerdo con sus notas, el propio Madrigal, “para no abultar”, decidió omitir ciertos capítulos “un poco reiterativos” que Musil dejó a medio corregir.El carácter inconcluso del segundo libro no se advierte en la escritura, sumamente elaborada, pero sí en el argumento: hay muchos hilos nunca hilvanados, subtramas interrumpidas. La Acción Paralela y su fauna, junto con el tono satírico, son relegados como un fondo sobre el que se dibuja la relación entre Ulrich y Agathe, los hermanos que se reencuentran después de muchos años. Sobre Agathe, como antes sobre Clarisse y Diotima, se apoya la mirada de Musil atenta a la psicología femenina, ya presente en obras anteriores (en los relatos de Tres mujeres y de Uniones).
    “Sólo hay una pregunta que realmente merece pensarse y esa pregunta es: ¿cuál es la vida auténtica?”, dice el hombre sin atributos. El segundo libro cuenta su viaje hacia la verdadera vida, un “otro estado” al que se llegaría por el amor y el erotismo como vías místicas. Antes descripto como “una persona religiosa a la que, simplemente, le ocurre que no cree en nada por el momento”, ahora Ulrich, como un asceta, busca la supresión de la individualidad y la comunión con el otro, la trascendencia en una forma de androginia.
    Musil no llegó a elegir ninguno de los finales que había imaginado para la novela. Uno era, al estilo de La montaña mágica, el estallido de la Gran Guerra. Alguna vez declaró que su intención era concluir en medio de una frase, después de una coma. También habló de cerrar el libro con una serie de aforismos. Otro desenlace posible, acaso el más probable, es el de la consumación del amor entre los hermanos. Es el final que han elegido los editores. Fugados de la sociedad, situados en un jardín edénico, “los criminales” entienden que sólo desafiando a la moral burguesa podrán encarnar la felicidad. Claudio Magris observó que las últimas páginas de la novela alcanzan “una de las más altas representaciones de la perdición amorosa, una felicidad indisoluble del horizonte marino en la que tiene lugar, pero tan intensa que los dos amantes no logran soportarla, de suerte que regresan a la vulgaridad, al flirt sin encanto y sin herida, a las ocupaciones y a las horas que se escurren en la nada pero que, no siendo nada, no acarrean dolor al desvanecerse”.
    SÁBADO, 30 DE ABRIL DE 2005
    Obras

    Die Verwirrungen des Zöglings Törleß (1906)
    Vereinigungen (1911)
    Die Schwärmer (1921)
    Vinzenz und die Freundin bedeutender Männer (1924)
    Drei Frauen (1924)
    Nachlaß zu Lebzeiten (1936) 
    Über die Dummheit (1937)
    Der Mann ohne Eigenschaften (1942)
    Tagebücher
    Briefe, 1901-1942
    Zur Beurteilung der Lehren Machs

    Obras en español 

    Los extravíos del colegial Törless
    Los alucinados
    Sobre la estupidez
    El hombre sin atributos
    Uniones
    Ensayos y conferencias
    Diarios
    Tres mujeres


    Adiós a Musil (fragmento)

    Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. "

    Hermann Broch 

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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