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    miércoles, 18 de marzo de 2015

    Amor trágico entre la barbarie estalinista


    San Petersburgo, 1955, ciudad donde transcurre buena parte de la acción de 'La quinta columna'.

    Se reedita ‘La quinta esquina’, la gran novela de Izraíl Métter que se ocultó dos décadas

     Madrid 17 ENE 2015 - 

  • A casi 20 años de la primera edición de La quinta esquina por la editorial Lumen en 1995, Libros del Asteroide ha recuperado este título prodigioso y al que se le puede poner el adjetivo de subyugante. Se trata de la obra cumbre de Izraíl Métter (Járkov, 1909-San Petersburgo, 1996), un desgarrador testigo literario de la barbarie estalinista. Lumen también editó en 2001 Genealogías, unos relatos autobiográficos que en muchos sentidos entroncan con este libro sin género preciso. Si se quiere, llamémoslo novela.
    El traductor y prologuista de Genealogías, Ricardo San Vicente, recogía una entrevista esclarecedora con el escritor. Métter dice: “Mi patria, Rusia, es un campo de pruebas donde la historia realiza sus experimentos sociales, y donde además no tiene en cuenta el destino de cada uno de los hombres aislados. El individuo se enreda entre las patas de la historia y ésta pasa por encima de él y lo convierte en polvo, y por muchas veces que el hecho se produzca, sólo llegamos a comprenderlo, preparados ya para una nueva espiral de errores". Todas estas palabras caben en un resumen argumental de La quinta esquina.
    Judío, marcado por unos discretos orígenes burgueses, sin acceso a la universidad, forjándose una profesión guarnecido por sus propias y piadosas mentiras, Méttel dibuja al Boria de la novela con sus mismas heridas y vivencias, con su amor desaforado, trágico y caótico por Katia.
    El libro se publicó en 1989, tras la desintegración de la URSS
    Ese Boria se dice a sí mismo: “¿Por qué no hemos dejado ninguna huella en la tierra?”. En la entrevista citada, recapitula: “Desde niño me he acostumbrado a percibir el aliento pestilente del antisemitismo a mis espaldas. Tal vez suene terrible, pero ¿se puede uno acostumbrar a la inmundicia?”. Pero ¿qué es la quinta esquina a que se refiere el título? Un tenebroso sistema, una tortura que inventaron en aquellos tiempos y que luego enseñaron generación tras generación: al torturado, entre golpes, se le impelía a encontrar la quinta esquina de una habitación cuadrada.
    No hay un orden cronológico en las escenas porque acaso no lo hay tampoco en la mente del escritor; el respaldo de cualquier ordenación más lógica está sustituido por un borrascoso torrente de angustia, a veces con un anárquico, tozudo sentido del papel de los recuerdos.
    Narrador de potente estilo propio, tan poético como seco, Méttel escondió celosamente el libro más de 20 años después de darlo por terminado. Es verdad que en 1964 apareció Katia, breve librito con algunas escenas entresacadas del original de La quinta esquina y del que expurgó todas las escenas políticas o citaciones comprometidas; lo que quedó era bonito, pero sabía a poco. Como asegura la crítica literaria Mercedes Monmany, su mayor atractivo es su estilo, y este se despliega a plenitud con el total de las páginas escondidas. Era un manuscrito que quemaba, unas páginas que ardían solas, como ese fuego mítico por espontáneo de que hablan las leyendas. Nunca hubo copias de La quinta esquina. La esposa de Izraíl la tecleó pacientemente con un dedo, aporreando —con mucho miedo— la vieja y sonora máquina de escribir. Una vez hecho, el manuscrito pasó por diversos escondites domésticos, imaginando cada vez un escondrijo inaccesible a la imaginación y olfato de los sabuesos del KGB. Tuvo que surgir la perestroika y la glásnost, tuvo que caer el muro de Berlín y desaparecer la Unión Soviética, tuvieron que rodar las estatuas de Lenin y Stalin (no todas) para que finalmente en 1989 viera la luz de la impresión este libro, un texto que hace pensar que todos los totalitarismos se merecen tener, por lo menos, un Izraíl Métter que sustituye olvido por memoria.
    Pero este libro es también y sobre todo una poderosa obra acerca de la soledad, una soledad substancial y sobrehumana, esa que en la literatura rusa se informa en profundidad desde antes en Gogol y Chéjov y que ya habita y domina el discurso, su lírica interior, desde los tiempos del Oblómov de Iván Goncharov (paradigma del personaje superfluo) a los personajes de Turguéniev. Mucho después, en el también ucraniano Mijail Bulgakov, se volverá a encontrar a estos observadores desgraciados del mundo, un arquetipo del que muy autobiográfico Boria de La quinta esquina es parte y hace coro, amén de los ruidosos fantasmas de tantos sacrificados en vano, de Isaac Babel a Meyerhold.
    Al final de la obra aparece un personaje con visos de fantasma corporeizado, deambulador y grotesco, rechazado por el grupo. Se trata de otro jubilado como nuestro triste héroe que todos los veranos, mochila al hombro, peregrina más que ir de excursión a los lugares donde cayó todo su batallón. Allí escarba y señala de vez en cuando una tumba. “Pero eso se ha convertido en la idea central de su vida”, escribe Métter: “El caminante continúa yendo de un lado a otro por la región, aburriendo con sus preguntas y sus peticiones”. Métter concluye que padecen “la misma locura”: “Los dos erramos entre tumbas imposibles de encontrar”.

    http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/17/actualidad/1421518574_698974.html

    IZRAÍL METTER:

     LA QUINTA ESQUINA


    La quinta esquina es una aberración geométrica en una habitación convencional, con sus cuatro ángulos de noventa grados, pero en los totalitarismos lo irracional y lo monstruoso adquieren el rango de norma. En la Unión Soviética de Stalin, Boria es un profesor de matemáticas que carece de título para ejercer la docencia. No es un estafador, sino un autodidacta que sufre las consecuencias del socialismo real. El régimen comunista divide a los trabajadores en cinco categorías: obreros, campesinos, intelectuales, funcionarios, artesanos y otros. De origen judío, Boria es clasificado como ciudadano de quinta categoría, pues su padre es comerciante. Eso significa que sus posibilidades de realizar estudios superiores son remotísimas. Los baremos no responden a criterios de excelencia, sino a planteamientos ideológicos. Ser hijo de obreros o campesinos insinúa una fidelidad instintiva, casi genética, a la revolución del proletariado. Por el contrario, ser hijo de un comerciante implica una indeseable connivencia con el espíritu capitalista. Si es cierto que “el ser determina la conciencia”, Boria nunca será un socialista ejemplar.
    Es evidente que Boria es la versión literaria del propio Izraíl Métter. Ambos nacen en Járkov (Ucrania) y sufren el sitio de Leningrado, sorteando el hambre, el miedo y la represión del estalinismo. Es fácil solidarizarse con las víctimas del totalitarismo, pero no es tan sencillo entender su dolor cotidiano, la rutina de una existencia dominada por la inseguridad, la arbitrariedad y la intimidación. Métter nos ayuda a comprender ese sufrimiento.  No es una hipérbole afirmar que escribe con la intensidad de los grandes clásicos rusos. En algunos momentos, recuerda a Dostoievski, con sus complejos dilemas éticos, pero su fluidez narrativa y la cuidadosa arquitectura de la trama le acercan a Tolstoi. Por otro lado, el tono intimista y desesperanzado le aproxima a Chejov, pero nada sería más injusto que reducir sus méritos a la mera resonancia de otros autores. La quinta esquina no es un simple testimonio de las penurias del ser humano en las sociedades totalitarias, sino un estudio de las edades del hombre, con sus pasiones, esperanzas y fracasos. “En la memoria de un viejo –escribe Métter- hay cierta mística: a mí no me parece que mi niñez haya terminado para siempre; existió y ha de volver”. Boria solo pide que su “futura infancia” no le sorprenda con la inevitable inexperiencia de los que empiezan a vivir, descubriendo poco a poco la asimetría entre la realidad y el deseo. Una segunda infancia es una forma de desafiar al tiempo y a la lógica, pero esa vivencia imaginaria no resuelve el problema de las ilusiones perdidas. Sasha era el mejor amigo de Boria. Katia es la única mujer a la que amó de verdad. Sin embargo, perderá a los dos por culpa de su carácter áspero, huraño y melancólico. En cambio, sobrevivirá al cruel sitio de Leningrado. A veces, se pregunta si su capacidad para sobrevivir a la adversidad  procede de su condición de judío. A fin de cuentas, la infelicidad es el estado natural de un pueblo acosado, maltratado y menospreciado.metter
    En realidad, la hosquedad de Boria es una máscara que esconde una increíble ternura. Se conmueve al contemplar la desnudez de su padre agonizante, ama el carácter compasivo e irrepetible de su madre, los locos le inspiran piedad y simpatía, responde a las privaciones con humor, examina cuidadosamente lo que no entiende para superar su perplejidad, admite que se equivoca a menudo, pero no titubea al acusar a Stalin de usurpar el nombre del pueblo para cometer las mayores iniquidades. Su autoestima es baja, pero juzga con lástima a los esbirros del régimen, “amaestrados para odiar”. El destino de los verdugos es renunciar a los afectos, pues incluso los hijos pueden ser potenciales delatores. Boria no se considera especialmente afortunado. Sabe que la santa despreocupación de la adolescencia es irrecuperable y que la vejez consiste en pasear por calles “aburridas como chimeneas”. Solo queda el consuelo de hablar con uno mismo, ironizando sobre los sueños incumplidos. Nunca es un desperdicio evocar la juventud perdida, “pues un hombre sin pasado es como el insecto que solo vive un día”. Boria entiende que el pasado es tan importante como el carácter irrepetible de cada ser humano. En un régimen que exalta el nosotros, el yo se desdibuja y muere, pero algo tan trivial como hacerse un traje a medida puede restituir la identidad diluida. Cuando un sastre anota sus medidas, Boria siente que le tratan como una persona, es decir, como a un individuo que no se parece a ningún otro. Es un verdadero milagro, pues Stalin ha propagado el desprecio a la persona, un concepto burgués,  “superfluo e incluso embarazoso”.
    Al igual que otras víctimas del totalitarismo, Boria se refugia en la poesía. No compone poemas, pero la pasión por la belleza de las palabras que se someten a la disciplina del verso, le ayuda a tolerar la crueldad de un régimen que detiene arbitrariamente, tortura con impunidad y asesina a sus enemigos reales o imaginarios: “Me enamoraba de poemas que no llegaba a comprender del todo. Un susurro poético me inquietaba como un sortilegio, como la magia”. Mientras tanto, anestesiada o manipulada, gran parte de la sociedad considera que el fin justifica los medios, pues “cuando se tala el bosque, vuelan las astillas”. Boria también encuentra consuelo en las matemáticas, pues poseen el equilibrio y la armonía que no halla en el mundo: “…pueblos enteros se sumen en la barbarie, las diferentes épocas se traicionan a sí mismas, pero las líneas paralelas cortan solo en el infinito”. En las dictaduras, siempre anida un sentimiento de culpa colectiva. Por eso, “la sed de confesarse es insaciable”. “¿Quiénes somos los de mi generación? –se pregunta Boria-. Los soñadores de los años veinte, diezmados y torturados en los treinta, segados en los cuarenta, agotados por la fe ciega y sin haber reunido fuerzas al recobrar la vista, erramos en soledad. Somos elementos difíciles de combinar. Cuando nos miramos los unos a los otros, como en un espejo, nos asombramos de nuestra propia fealdad. Nosotros, que queríamos lo mejor”. Stalin despertó la misma devoción histérica en las masas que Hitler: “Yo fui testigo de eso. Y no puedo entenderlo”.
    El insomnio persigue a Boria desde joven. Durante sus noches en blanco, busca esa inexistente quinta esquina en una habitación cuadrada, pero esa quinta esquina no es un lugar de encuentro, sino un punto de fuga. Al final de sus días, Boria ya no tiene alumnos. La ausencia de un título académico que certifique sus conocimientos le ha creado algunos problemas, pero su afán didáctico no se ha extinguido. Simplemente, en la vejez su pasión por enseñar se ha “dirigido a su interior”. ¿Qué es el hombre?, inquiere con cierto humor, pero no comete la temeridad de proporcionar una respuesta. Tal vez porque el hombre solo es una pregunta que se aplaza interminablemente. La quinta esquina es un libro esencial para comprender el siglo XX, un ejercicio magistral de sabiduría narrativa y una invitación a seguir luchando por nuestras libertades, pues los totalitarismos, lejos de ser episodios marginales, fluyen como grandes ríos envenenados por el subsuelo de la historia, esperando la ocasión propicia para salir a la luz y liberar las tendencias más destructivas del ser humano.
    RAFAEL NARBONA
    Traducción de Selma Ancira. Barcelona, Libros del Asteroide, 2014.
    Versión extendida de la reseña publicada en El Cultural (23-01-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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