Isaac Babel
Escritor ruso, especialmente apreciado por crear impactantes tramas argumentales condensadas en relatos muy breves. Sus primeros relatos aparecieron en 1916 y durante los siguientes quince años llevó a cabo la gran mayoría de sus trabajos. Realistas y violentos, incluso sensuales a veces, sus cuentos se basan en las experiencias y observaciones de cuando sirvió en las fuerzas rusas destacadas en Polonia, a comienzos de la década de los veinte. Recogidos en Caballería roja (1929), le procuraron una gran celebridad. Babel escribió también sobre la vida de los judíos de su región natal, Odessa, mezclando la objetividad y la ternura con el humor, la crueldad y numerosos elementos fantásticos. Sus obras teatrales, como Ocaso (1928), levantaron menos entusiasmo, a pesar de que el Teatro del Arte de Moscú las representó con grandes medios escenográficos. Fue ejecutado en Moscú en 1941. © M.E.


Cuentos de Odessa (fragmento)

El entierro tuvo lugar a la mañana siguiente. Puede preguntar por aquel entierro a los mendigos del cementerio. Pregunte también a los criados de la sinagoga, a los vendedores de aves o a las ancianas del segundo asilo. Entierro como aquél no lo había visto aún Odessa ni lo verá el resto del mundo. Los guardias municipales lucieron aquel día guantes de hilo. En las sinagogas, cubiertas de verdor y abiertas de par en par, ardía la electricidad. Sobre los caballos blancos que tiraban de la carroza se balanceaba un negro plumaje. Sesenta cantores abrían el cortejo. Los cantores eran niños, pero cantaban con voces femeninas. Los jefes de la sinagoga de los vendedores de aves conducían del brazo a la tía Pesia. Tras los jefes iban los miembros de la sociedad hebrea de dependientes de comercio, y a continuación, los abogados, los doctores en medicina y las enfermeras-comadronas. A un lado de tía Pesia se encontraban las gallineras del Mercado Viejo; al otro lado, las respetables lecheras de Bugaievki envueltas en anaranjados chales. Esas mujeres pisaban con la firmeza de los gendarmes en la revista de un día de fiesta nacional. Sus anchos muslos exhalaban aromas de mar y de leche. Detrás de todos, seguían desmadejadamente el cortejo los empleados de Rubim Tartakovski. Eran cien personas, o doscientas, o dos mil. Llevaban levita negra con solapas de seda, y botas nuevas que gruñían como lechones en un saco. "


La Sal, de Caballería Roja (fragmento)

No es de los judíos de lo que estamos hablando, pérfida ciudadana. Nada tienen que ver aquí los judíos. Aunque, por cierto, de Lenin no puedo decirlo, pero Troski es el hijo rebelde del gobernador de Tambov y, aunque es de cuna distinta, se ha puesto del lado de la clase obrera. Como condenados cautivos, ambos hombres, Lenin y Troski, nos arrastran hacia el libre camino de la vida. En cambio usted, pérfida ciudadana, es más contrarrevolucionaria que aquel general blanco que con su sable afilado nos amenaza montado en su precioso caballo. Pero a este general lo vemos desde todas partes y los trabajadores acarician la idea de cortarle el cuello. A usted, en cambio, deshonesta ciudadana, con sus curiosas criaturas, que ni pan piden ni aguas hacen, a usted no se la ve, como a la pulga, pero si pica, pica y pica.... "

El despertar (fragmento)

En lo que a mí se refiere, mis pensamientos eran bien distintos. A la hora de los ejercicios de violín, colocaba en el atril libros de Turguéniev o Dumas, y, mientras rascaba las cuerdas, devoraba página tras página. Durante el día le contaba a los muchachos de la vecindad toda clase de historias y por la noche las pasaba al papel. La afición a escribir era hereditaria en nuestra familia. Mi abuelo, Leivitsjok, que acabó un poco tocado, se pasó casi toda su vida tratando de terminar una novela que llevaba por título El hombre sincabeza. Yo seguía sus pasos.
Cargado con el violín y los papeles de música, tres veces por semana recorría la calle de Witte, antiguamente de la Nobleza, para dirigirme a casa del señor Zagurski. Allí sentados a lo largo de una bancada, esperando su turno, había unos cuantos judíos poseídos de histérico arrebato.
Todos ellos apretaban contra sus débiles rodillas unos violines de mayor tamaño que quienes en el futuro habían de dar conciertos en el palacio de Buckingham.
Se abría la puerta del santuario. Del gabinete del señor Zagurski, balanceándose, salían unos niños de cabeza grande y pecosos, de cuello fino como el tallo de una flor y mejillas rojas como de epiléptico. La puerta se cerraba, tragándose a otro enano. Tras ella, desgañitándose, cantaba y dirigía el maestro con su corbata de lazo, sus rizos pelirrojos y sus piernas de alambre. Era el administrador de la monstruosa lotería: había llenado el barrio moldavo y los negros callejones del Mercado Viejo con los fantasmas del pizzicato y la cantilena. 
"


Errores del estalinismo
La tragedia de Isaac Babel



Ningún escritor soviético sufrió tan intensamente las contradicciones entre el poder político y los desajustes de la utopía en marcha como Isaac Babel. "Caballería roja", su libro fundamental, salió publicado en 1925, tras su experiencia en el Primer Regimiento de cosacos del general Semyon Budyonny, al cual se incorporó en 1920. Pero su experiencia literaria se había iniciado en 1916, cuando comenzó a colaborar en la revista literaria "Letopis", que dirigía Gorky, quien fue su mentor inicial y protector político, desde entonces.

Babel aprendió a escribir de manera sucinta, condensando sus experiencias en cápsulas muy bien balanceadas. Cada uno de sus cuentos era reescrito una y otra vez. Algunos los llegó a rehacer hasta un centenar de veces. Se apasionaba con lo que hacía. Confesaba que cuando no podía perfeccionar una oración le entraban palpitaciones cardiacas. Un pasaje de quinientas, o mil, palabras podía llevarle hasta un mes para concluirlo. Escribir era para él tan angustioso como escalar una afilada escarpa, le confesó a Paustosky, ganando cada metro con una trabajosa ascensión.

Babel le dijo a su colega y amigo, que no tenía imaginación, era incapaz de inventar nada; necesitaba autenticidad, tenía que nutrirse con incidentes reales que luego iba transformando. Presenciaba situaciones extremas de la conducta humana y las recogía fielmente para luego convertirlas en literatura. Su olfato especial consistía en saber seleccionar adecuadamente sus muestras de vida.

Desde el primer instante, tras la Revolución, Babel colaboró como propagandista para ROSTA, la agencia de noticias del Estado, que luego se convirtió en TASS, y para el periódico del Ejército Rojo. Fue colaborador de la Cheka y amigo personal del sanguinario Yagoda. A Mandelstam, que le reprochaba esta actitud, le dijo que deseaba estar cerca del "olor de la muerte".

En 1928 Budyonny le acusó de haber mentido sobre los cosacos del Primer Regimiento. "Distorsiones de un autor erotomaníaco", fue una de las imputaciones, "visión pequeño burguesa"... desvaríos de un judío demente", se le inculpó. Nunca estuvo en combate, según Budyonny, siempre se mantuvo en la retaguardia. Una vez más la defensa de Gorky logró extender un manto de inmunidad, pero a partir de entonces Babel entró en un silencio casi total del cual emergió, transitoriamente, en 1934, al celebrarse el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, donde pronunció una loa a Stalin en una de las sesiones..

En 1935 se atrevió a escribir una obra teatral, "Mariya", que fue denunciada y retirada de los teatros. Elaboró un guión de cine, con Eisenstein, que no pudo pasar la censura y hubo que desistir del proyecto. Pero Babel no dejó de viajar dentro de Rusia y continuó escribiendo cuentos que nadie publicaba. Gorky siempre le protegió pero al morir, en 1936, Babel supo que comenzaban los tiempos más duros para él.

En mayo de 1939 fue arrestado en su villa de Peredelkino, la aldea de los escritores.

Le pidió a Antonina que le avisara a su amigo, André Malraux, de lo que ocurría. Una de las acusaciones fue de espiar para la inteligencia francesa, para la cual había sido reclutado por Malraux. Ahora se sabe que le ocuparon quince manuscritos y dieciocho libretas de notas que se han perdido para siempre, entre ellos una novela terminada, "Kolya Topuz", y un libro de narraciones, listo para ser publicado: "Nuevos cuentos".

Ya en prisión trató de ganar indulgencias pidiendo que le permitieran escribir una novela donde describiría "el camino que le llevó a cometer crímenes contra el Estado soviético". Babel fue encerrado en una celda de la Lubyanka donde le hicieron confesar que había entrado en contacto con trotskistas durante sus viajes al exterior y que se sintió atraído hacia los enemigos de su país. También adujo que su "Caballería roja" era una obra que expresaba un estado de ánimo y no era "lo que estaba ocurriendo en la Unión Soviética, de ahí su énfasis en la crueldad de la Guerra Civi l. También confesó haber entregado información a André Malraux sobre la colectivización agrícola. Finalmente admitió haber sabido de un complot para asesinar a Stalin y a Voroshilov.

El juicio de Isaac Babel tuvo lugar el 26 de enero de 1940 en la oficina de Laurenti Beria, el sucesor de Yagoda. Duró veinte minutos. Por las actas, que ahora se conocen, se sabe que sus últimas palabras fueron: "No soy un espía. Nunca permití ninguna acción contra la Unión Soviética. Me acusé falsamente y me forzaron a acusar a otros. Solamente pido una cosa: ¡déjenme terminar mi trabajo!". A la una y media de la madrugada fue ejecutado.


gotli2002@yahoo.com




Paul Celan

       (Rumanía, 1920-1970)
Celan
  Poeta francés en lengua alemana, de origen rumano. Su nombre de pila era Paul Antschel. Nació en Czernorwitz, Rumania, el 23 de noviembre de 1920, en el seno de una familia judía. En 1942, mientras estudiaba en la universidad de su ciudad natal, sus padres fueron deportados y murieron en un campo de concentración, mientras que él fue recluido en un campo de trabajo. Tras ser liberado en 1944 se trasladó a Bucarest, donde trabajó en una editorial, pero abandonó Rumania en 1947 para pasar una breve temporada en Viena. En 1948 se trasladó a Francia, obtuvo la nacionalidad francesa y dio clases de alemán en la Escuela Normal Superior de París. Celan tradujo al alemán las obras de Arthur Rimbaud, Osip Mandelstam y otros poetas. Su primera colección de poemas, Amapola y memoria (1952), incluye su poema más famoso 'Muerte en fuga' (1948), una descripción del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. Su poesía, influida por el surrealismo y rica en imágenes bíblicas, expresa su sentimiento de lo absurdo de la vida moderna y la dificultad de la comunicación. Sus otros dos libros importantes son Cambio de aliento (1967) y Hebras del sol (1968). Celan se quitó la vida arrojándose al Sena, el 20 de abril de 1970.  © M.E

                              
Muerte en fuga

Leche negra de la madrugada la bebemos de tarde
la bebemos al mediodía de mañana la bebemos
de noche la bebemos y bebemos
abrimos una tumba en el aire -ahí no se yace
incómodo-
Un hombre habita la casa él juega con las serpientes
él escribe él escribe mientras oscurece a Alemania
tu pelo dorado Margarita
lo escribe y sale de la casa y fulguran las estrellas silba
a sus judíos hace abrir una tumba en la tierra
nos manda "tocad ya para el baile".

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía te bebemos
de tarde bebemos y bebemos.
Un hombre habita la casa y juega con las serpientes él escribe
él escribe mientras oscurece a Alemania
tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita abrimos una tumba en el aire
- ahí no se yace incómodo- Grita
cavad más hondo en la tierra los unos y los otros cantad y tocad
empuña el arma en la cintura la blande tiene ojos
azules cavad más hondo con palas los unos y los otros seguid
tocando para el baile.

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y de mañana te bebemos
de tarde bebemos y bebemos
Un hombre habita la casa tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita juega con las serpientes. Grita
tocad mejor la muerte la muerte es un maestro de Alemania. Grita
tocad más sombríos los violines entonces subís al aire en humo
entonces tenéis una tumba en las nubes
-ahí no se yace incómodo-.

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos de tarde y de mañana te bebemos
y bebemos la muerte es un maestro de Alemania
tiene un ojo azul te acierta con bala de plomo
te acierta justo
un hombre habita la casa tu pelo dorado Margarita
azuza a sus perros contra nosotros nos da
una tumba en el aire
juega con las serpientes y suela con la muerte
es un maestro de Alemania
tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita. 
"



Elogio de la lejanía

En la fuente de tus ojos
viven las redes de los pescadores de la mar del extravío.
En la fuente de tus ojos
el mar cumple su promesa.
Aquí arrojo yo,
un corazón que se detuvo entre los hombres,
mi ropa y el esplendor de un juramento:

Más negro en lo negro, más desnudo voy.
Sólo infidente soy fiel.
Yo soy tú si yo soy yo.

En la fuente de tus ojos
desvarar suelo y sueño un rapto.

Una red prendió una red:
nos separamos enlazados.

En la fuente de tus ojos
un ahorcado estrangula la soga. 
"


Argumentum e silentio
(dedidado a René Char)


A la cadena atada
entre oro y olvido:
la noche.
Ambos quisieron prenderla.
Ambos consintió en su hacer.

Pon,
pon también ahora allí lo que quiere
albear del crepúsculo junto a los días:
la palabra sobrevolada de estrellas,
sobrebañada de mar.

A cada uno la palabra.
A cada uno la palabra que le cantó,
cuando la jauría le atacó por la espalda -
A cada uno la palabra que le cantó y quedó helada.

A ella, a la noche,
lo sobrevolado de estrellas, lo sobrebañado de mar,
a ella lo logrado al silencio,
cuya sangre no cristalizó cuando el colmillo del veneno
traspasó las sílabas.

A ella la palabra lograda al silencio.

Contra las otras que pronto,
prostituidas por las orejas de los desolladores,
también trepan por el tiempo y los tiempos,
testimonia por último,
por último, cuando sólo cadenas resuenan,
testimonia por la que allí yace
entre oro y olvido,
hermana de ambos de siempre -

¿Pues dónde
alborea, di, sino en ella,
que en la cuenca de su río de lágrimas
a los soles sumergiéndose la semilla muestra
una y otra vez?. 
"


Selecciónde Paul Celan (*)
Traducción de Felipe Boso




Chanson de una dama a la sombra
Cuando la Taciturna llegue y decapite los tulipanes,
¿Quién saldrá ganando?
¿Quién saldrá perdiendo?
¿Quién se asomará a la ventana?
¿Quién pronunciará primero su nombre?
Alguien que es portador de mis cabellos.
Los lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Los lleva como llevó el cielo mis cabellos aquel año en que amé.
Los lleva así por vanidad.
Ese saldrá ganando.
No saldrá perdiendo.
No se asomará a la ventana.
No pronunciará su nombre.
Es alguien que está en posesión de mis ojos.
Los tiene desde que se cierran los portones.
Los lleva en los dedos, como anillos.
Los lleva como añicos de fruición y zafiro:
era ya mi hermano en otoño;
y ya cuenta los días y las noches.
Ese saldrá ganando.
No saldrá perdiendo.
No se asomará a la ventana.
Pronunciará su nombre el último.
Es alguien que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo, como un bulto.
Lo lleva como el reloj su peor hora.
Lo lleva de umbral en umbral, mas no lo arroja.
Ese no saldrá ganando.
Saldrá perdiendo.
Se asomará a la ventana.
Pronunciará su nombre el primero.
Será decapitado con los tulipanes.

Fuga de la muerte
Leche negra del alba la bebemos en la tarde
la bebemos al mediodía y en las mañanas la bebemos en la noche
bebebemos y bebemos
cavamos una tumba en los aires donde no es estrecho
un hombre vive en la casa y juega con las serpientes que escribe
que escribe a Alemania cuando oscurece tus dorados cabellos Margarita
lo escribe y sale frente a la casa y refulgen las
estrellas y con un silvido llama a sus perros de presa
y silva a sus judíos les hace cavar una tumba en la tierra
nos manda tocad para el baile
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos en la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa y juega con las serpientes que escribe
escribe a Alemania cuando oscurece tus dorados cabellos Margarita
tus cabellos cenicientos Sulamita cavamos una tumba en los aires donde no es estrecho
Vocifera cavad más profundo en la tierra y vosotros cantad y tocad
coge su arma del cinto y la enarbola sus ojos son azules
hundid más profundo las palas y vosotros seguid tocando para el baile
Leche negra del alba te bebemos en la noche
te bebemos al mediodía y en las mañanas te bebemos en la tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tus cabellos dorados Margarita
tus cabellos cenicientos Sulamita él juega con las serpientes
Vocifera tocad más dulcemente a la muerte la muerte es un maestro venido de Alemania
vocifera haced sonar más lúgubres los violines y luego subid como humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes donde no es estrecho
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro venido de Alemania
te bebemos en la tarde y en las mañanas bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania su ojo es azul
te acierta con bala de plomo te acierta con precisión
un hombre vive en la casa tus cabellos dorados Margarita
nos lanza sus perros de presa nos da una tumba en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido de Alemania
tus cabellos dorados Margarita
tus cabellos cenicientos Sulamita

Sueño y sustento
El aliento nocturno es tu sábana, la tiniebla se acuesta a tu lado.
Los tobillos te roza, las sienes; te despierta a la vida y al sueño,
te rastrea en el verbo, en el deseo, en las ideas,
duerme con cada una de ellas y te atrae con halagos.
Te peina la sal de las pestañas, te la sirve a la mesa,
les escucha a tus horas la arena y la pone a tu alcance.
Y aquello que era cuando rosa era, sombra y agua,
te lo escancia.

Epitafio para François
Las dos puertas del mundo
están abiertas:
tú las has abierto
en la entrenoche.
Las oímos golpear y golpear
y llevamos lo incierto,
y llevamos lo verde a tu siempre.

Asis
Noches de Umbría.
Noches de Umbría con la plata del címbalo y de las hojas del olivo.
Noches de Umbría con el canto que hasta aquí trajiste.
Noches de Umbría con el canto.
Mudo cuanto ascendió a la vida, mudo.
Desocupa y vuelve a llenar los cántaros.
Cántaro de barro.
Cántaro de barro con el que creció la mano del alfarero.
Cántaro de barro que cerró para siempre la mano de una sombra.
Cántaro de barro con el sello de la sombra.
Cantos por doquier, cantos.
Deja que entre el borrico.
Borriquillo.
Borriquillo en la nieve que esparce la mano más desnuda.
Borriquillo ante el verbo que se cerró de golpe.
Borriquillo que come el sueño de la mano.
Brillo que a consolar no alcanza, brillo.
Los muertos, los muertos aún mendigan, Francisco.

En los ríos
En los ríos al norte del futuro
echo la red que,
titubeando, lastras
con sombras
escritas por piedras.

Estar
Estar a la sombra
de la llaga en el aire.
No-estar-por-nadie-ni-por-nada.
Incógnito,
solamente
por ti.
Con todo lo que cabe dentro,
sin lenguaje
también.

Soles filiformes
Soles filiformes
sobre el yermo gris negruzco.
Un pensamiento,
alto como un árbol,
pulsa el lucisón: aún hay
cantos que cantar más allá
de los hombres.

Coagula
También tu
herida, rosa.
Y la astada luz de tus
búfalos rumanos
en lugar de una estrella sobre el
lecho de arena, en el
émbolo
que habla, el super-
rojoceniciento.

Un estruendo
Un estruendo: la
verdad en sí misma
hace
acto de presencia
entre los hombres,
en pleno
torbellino de metáforas.

A la diestra
A la diestra, ¿quién? La Parca.
Y tú, tú a la siniestra, ¿tú?
Las hoces viajeras en el extra-
celeste paraje
remedan grisblanquecinamente
golondrinas lunares,
vencejos astrales;
buceo hasta allí
y derramo la urna
en ti,
en tus adentros.

Derelictas
Derelictas en el surco de la borrasca
las cuatro varas de tierra,
enfoscado el archivo
del escriba celeste,
argayado Miguel
enfranado Gabriel,
fermentada en el rayo de piedra
la diosa Hebe.

Vestigios acústicos, vestigios visuales
Vestigios acústicos, vestigios visuales en la
sala mil y una,
noche y día
la polca de los osos:
te están reeducando,
volverás
a ser él.

Oranienstrasse I
Me creció estaño en la mano,
no sabía qué
hacer:
no quise modelarlo,
leerme a mí no quiso—
Si se descubriese
ahora el último
cáliz de Ossietzky,
haría que el estaño
aprendiese de él,
y la legión de bordones pe-
regrinos
aguantaría en silencio la hora.

Lenguaje de bidones-barrera
Lenguaje de bidones-barrera, canto de bidones-barrera.
La apisonadora de vapor rellena sordamente
con la segunda Ilíada
el pavimento levantado,
orladas de arena,
las viejas imágenes
se pasan asombradas revista en el arroyo,
oleosamente, los guerreros se desangran
en los charcos plateados de los bordes
de la calzada, traqueteando,
Troya, la coronada de polvo,
comprende.

En medio de
En medio de la gran expectación,
circundado de setos, circundado de copos,
reposas.
Ve al Spree, vete al Havel,
contempla los garfios de los carniceros,
los pinchos que ensartan las manzanas rojas
de Suecia.
La mesa con los obsequios se avecina ya,
dobla el coche la esquina del que fue un Edén.
El hombre, hecho una criba; la mujer,
¡a nadar!, la marrana,
por ella, por nadie, por todos.
El Canal de Landwehr no bramará.
Todo
sigue su curso.

Iligibilidad
Ilegibilidad del
mundo, de éste. Todo doble.
Afónicos,
los relojes fuertes
dan la hora hendida.
Atascado en tus tuétanos,
te remontas de ti
para siempre.

Hablar con los callejones
Hablar con los callejones sin salida
sobre el de enfrente,
sobre su
significación
expatriada:
masticar
ese pan con
dientes de escribir.

Muñecas de loes
Muñecas de loes: luego
aquí no fosilea,
sólo las conchas de los caracoles
no deflactadas
dicen al desierto: estás
poblado:
los caballos salvajes anuncian
resoplando con cuernos
de mamut:
Petrarca
vuelve a estar
a la vista.

http://www.enfocarte.com/4.24/poesia3.html

Pasiones personales Diarios de Robert Musil -otros textos


Robert Musil nació en Klagenfurt (Austria) el 6 de noviembre de 1880. Su padre era profesor de Ingeniería en la Universidad Técnica de Brünn. Su madre, una mujer de difícil carácter, tuvo por amante durante 40 años a un colega de su marido que vivía en la casa de la familia.
Siendo un niño, Robert Musil sufrió una crisis nerviosa de la que tardó en recuperarse. Con 12 años ingresó en la academia militar de Eisenstadt. De allí pasó a la academia superior de Mährisch-Weisskirchen y finalmente fue enviado a la Academia Técnica Superior de Viena, donde se licenció en 1898. Los tres años siguientes los dedicó a estudiar ingeniería. Luego recibiría clases de filosofía, matemáticas y psicología, terminando por doctorarse en la Universidad de Berlín en 1908. Dos años antes se había dado a conocer en los ámbitos literarios con la aparición de Las tribulaciones del joven Törless.



Su primera obra teatral, Los entusiastas, recibió el Premio Kleist en 1921. Le siguió dos años más tarde Vicente y la amiga de los hombres importantes, pero ni esta obra ni la anterior triunfaron comercialmente.Musil contrajo matrimonio en 1911. Ese mismo año publicó dos relatos, La perfección del amor y La tentación de la sigilosa Verónica, y encontró trabajo como bibliotecario en Viena. Conservó el empleo hasta 1914. Durante la I Guerra Mundial sirvió en el Ejército del Imperio Austro-Húngaro. Tras la derrota encontró una plaza de funcionario en el Ministerio de Defensa del recién creado Estado austriaco, pero perdió su puesto a consecuencia de los recortes presupuestarios en 1920. Musil decidió entonces convertirse en escritor profesional.

Huidas

A pesar de las penurias, Musil consagró las dos décadas siguientes a la redacción de su obra magna, El hombre sin atributos. El primer volumen apareció en 1930. Un año antes, Musil había vuelto a sufrir una importante crisis nerviosa. Después de trasladarse a Berlín, publicó la primera parte de un segundo volumen en 1933. Ese año recibe el Premio Goethe y vuelve a Viena con su mujer, de ascendencia judía, después de que Hitler se convirtiera en canciller de Alemania. En Austria termina Papeles póstumos de un autor vivo, aparecido en 1936. El matrimonio abandona Viena dos años más tarde tras la ocupación nazi.
Instalado en Suiza, Musil pasó los últimos años de su vida sumido en la pobreza. Murió el 15 de abril de 1942 en Ginebra. Buena parte de su obra, entre ella sus aforismos y un lúcido y descorazonador diario, se publicó tras su muerte.

Traducidos los diarios del escritor Robert Musil

"Un diálogo constante con la cultura alemana". Eso es lo que contienen, según Mario García Bonafé, director de publicaciones de la Institució Valenciana d'Estudis i Invesigació (IVEI), las más de 1.500 páginas de los Diarios de Robert Musil. La obra, publicada en dos volúmenes dentro en la colección de biografías de Ediciones d'Alfons El Magnànim, fue presentada ayer en la Feria del Libro de Valencia. Es la primera edición castellana de los diarios que el escritor austríaco llevó, de forma irregular, desde los 19 años, en 1899, hasta casi su muerte, en 1942.Además de la edición original en alemán, de 1976, sólo existen hasta ahora versiones al francés y al italiano de los diarios del autor deEhombre sin atributos. Se encuentra en preparación la publicación inglesa de estos textos. "De acuerdo con nuestros criterios de publicar textos biográficos que, con toda probabilidad, no serían editados por otros, decidimos lanzar estos diarios de uno de los escritores más importantes del siglo", explica García Bonafé, en cuya opinión, la obra es comparable a los diarios de Gide.
La biografía de Musil, que no encontró en vida reconocimiento social a su trabajo y que murió en el exilio suizo, después de expatriarse por la anexión de Austria a manos de los nazis, hace que sus Diarios, traducidos al castellano por Elisa Renau Piqueras, reflejen diversos avatares. Señala Jacobo Muñoz en el prefacio a la obra, que Musil consuma en los Diarios, "en conversación interminable con Goethe, Nietzsche y Thomas Mann -los autores más citados en sus páginas-, uno de los autoanálisis más pero también más representativos y de mayor fuerza experimental e indagatoria de la conciencia literaria de este siglo".
Explorador de las contradicciones éticas y estéticas de la modernidad, Musil ha dejado, en Las tribulaciones del joven Törless (1906) o El hombre sin atributos (1930-1933), una de las obras más complejas de la literatura entendida como pensamiento. Sobre ese tema, precisamente, reflexiona en muchas páginas de los Diarios, así como sobre otros muchos problemas filosóficos y artísticos. Jacobo Muñoz advierte que "estos Diarios son algo más que viruta del taller en el que tomó cuerpo literario decisivo El hombre sin atributos ".

Robert Musil (Klagenfurt, 1880 – Ginebra, 1942).

musil1.jpeg

Selección y recopilación /Erika Henchoz

Escritor austriaco. Es, junto con Thomas Mann y Franz Kafka, uno de los más importantes novelistas en lengua alemana del siglo XX.  Es también dramaturgo, de escritura densa, y poseedor de una fuerte vocación científica.
Un rasgo característico de Musil fue su “vagabundeo intelectual”, estudió, entre otras carreras,  filosofía y psicología aplicada, matemáticas y física en la ‘ Universidad de Berlín. Se graduó en 1908 en Filosofía con una tesis sobre las teorías de Ernst Mach y muchos desacuerdos con Carl Stumpf.
Oficial y luego coronel durante la primera Guerra Mundial, redactor en la posguerra de la Neue Rundschau, y redactor en el Ministerio de Asuntos Exteriores austríaco.
Nietzscheano de orientación, embebido de ciencia y de técnica, pero insatisfecho de una y de otra; sus naturales y sólidos dotes artísticos le salvaron de la aridez de la teoría pura y de la fragmentación ensayística.
“Crónica” y “análisis” fueron sus palabras programáticas.
En el Adiós a Musil (1942), Hermman Broch dijo, “hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque Robert Musil se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro.
Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. Ningún otro género como el de la novela, ningún otro oficio como el de novelista está tan cerca en el espacio de la autobiografía por más que se alejen de la vida de su creador.
Robert Musil escribió la autobiografía de su juventud, su Werther, en el espléndido relato sobre Las tribulaciones del joven Törless. Era un adiós retrospectivo a su propia adolescencia y, por otro lado, el adiós a un mundo que nadie volvería a vivir, quiero decir: al espacio específico de la vida austriaca, a lo que con razón se ha llamado la cultura austriaca, algo que estaba condenado a muerte. El libro apareció poco antes de la primera guerra mundial; su recuerdo del pasado fue una necrología profética.
Y cuando el presentimiento de la catástrofe se convirtió en una realidad tan incomprensible como inevitable, Robert Musil permaneció apartado de los sucesos: la naturaleza austríaca estaba todavía allí con toda su belleza, las costumbres de todo un pueblo apenas habían perdido algo de su tradición, lo único que se había transformado eran los principios de la administración política. Y a pesar de todo, una revolución había barrenado al viejo régimen. Después de un intenso periodo de entrenamiento y búsqueda en el que publicó unas tres extraordinarias noveletas Tres mujeres.
Robert Musil se había decidido a tratar su gran tema: narrar el cansancio y el proceso de disolución de una cultura, el derrumbe de su complicado sistema de valores, para rescatarlo desde dentro viviéndolo todo otra vez, para entenderlo y articularlo.
El hombre sin atributos, 1929, ha sido comparado varias veces con Los Buddenbrook, la novela de Thomas Mann, porque aquí se describe también el proceso de desgaste de una sociedad. La comparación era inevitable porque entre nuestros contemporáneos sólo pocos podían medirse tan legítimamente como Robert Musil con la fuerza narrativa y la vitalidad de Thomas Mann. Hay que decir sin embargo que los Buddenbrook están al principio de un proyecto vital. Por el contrario, El hombre sin atributos una novela inconclusa, se encuentra al final de una larga vida; acaso solo podría compararse con José y sus hermanos (1942)”, dijo Broch.
Los cinco cuentos, los únicos escritos por Musil y reunidos en dos volúmenes  Las uniones en 1911 y Tres mujeres en 1924, extienden la investigación al mundo de los adultos y a la vida conyugal. Minucioso análisis de los sentimientos para llegar a un nuevo y puro “orden de sentimientos”.
Musil, de espíritu profundamente conservador, se mantuvo alejado del expresionismo u otra tendencia  de moda.
Se decía que Musil era un tipo de mal humor, desagradable e incómodo en las relaciones con los demás, demasiado militar, así como abusivo en el uso excesivo de tabaco y café
En 1909 publicó la novela “La casa embrujada” en la revista “Hyperion”, dirigida por Franz Blei.
Hasta 1910 fue editor de la revista de literatura y arte  ‘Pan’, fundada en Berlín en 1895 , y luego trabajó como bibliotecario en el Instituto Técnico de Viena.
Archivos publicados en El país de España dan cuenta además de los diarios del autor recientemente traducidos al español. Más de 1.500 páginas conforman los Diarios de Robert Musil.
La obra, publicada en dos volúmenes dentro en la colección de biografías de Ediciones d’Alfons El Magnànim, fue presentada en la Feria del Libro de Valencia en el 2010.
Es la primera edición castellana de los diarios que el escritor austríaco llevó, de forma irregular, desde los 19 años, en 1899, hasta casi su muerte, en 1942.
Sobre él ha escrito también Milán Kundera.

El hombre del siglo

Acaba de publicarse en la Argentina la versión definitiva de la obra cumbre de Robert Musil. El hombre sin atributos (Seix Barral) es uno de los libros más admirados por otros escritores del siglo XX, y cifra de una relación intensa y angustiante con la literatura concebida como suma de vida, ensayo y ficción.






 Por Javier Lorca
El atractivo del psicoanálisis, su fama y su aceptación, provienen quizá de su capacidad para democratizar el heroísmo y la tragedia, para arrebatarle a la aventura su aura elitista e inyectarla en lo más íntimo de la apagada vida burguesa. Muerto Dios, en un mundo desacralizado por la ciencia, la teoría psicoanalítica apareció y dijo: los dioses combaten en el interior del hombre, en lo profundo de toda persona habita el drama y grita el deseo.
La génesis de esa idea –desarrollada hace algunos años por Ricardo Piglia– fue tempranamente planteada por Robert Musil en su descomunal e inconclusa novela El hombre sin atributos, la más ensayística y nietzscheana de las novelas, acaso la más ignorada de las grandes obras literarias de principios del siglo XX, cuya versión definitiva acaba de llegar al país. Al austríaco Musil no le caían nada simpáticas las teorías de su contemporáneo Freud. Frente a la épica de la subjetividad propiciada por el psicoanálisis, frente al hombre moderno que la racionalidad científica ha cosificado y dejado vacío, sin esencia detrás de sus circunstancias, sin una verdad última a la que remitir su vivir, Musil proyectó una salida. Inventó un nuevo héroe, amoral y nada romántico, que busca erotizar la razón, un hombre potencial que se atreve a asumir la multiplicidad de alternativas que ofrece la realidad, el que acepta todo pero no se deja celar por nada, el hombre sin cualidades que alberga todas las posibilidades sin dejarse determinar por una unidad que las reúna. “El hombre cuyo yo está en busca de su mí” es la traducción que (en inglés) George Steiner sugirió para el título del libro.
Por su vastísima variedad de temas, por su complejidad y erudición enciclopédica, El hombre sin atributos puede aceptar las más diversas lecturas e interpretaciones, incluso las más contradictorias. Críticos y comentaristas no se las han ahorrado. Con más de 1500 páginas, la novela es un monstruo que se devoró a sí misma y a su creador: Musil trabajó en ella más de veinte años y murió sin poder terminarla, corrigiendo y reescribiendo obsesivamente. “Todo lo inteligente termina cancelándose a sí mismo”, opinaba él.
La trama y los personajes de la novela, el trasfondo histórico y el inventario de ideas que despliega aparecen atados a la vida del autor, a su heterogénea formación intelectual y al derrumbe civilizatorio que hizo estallar a su época en dos guerras mundiales. Robert Edler von Musil nació en 1880, en Klagenfurt. Se formó en una escuela de cadetes y luego en una academia militar cuyas enseñanzas no le fueron gratas: la llamaba “el ojete del diablo” y sobre su experiencia allí escribió su primera novela, Las tribulaciones del estudiante Törless (1906), en la que se ha querido leer un anticipo del sádico autoritarismo nazi.
Antes de participar de la Gran Guerra se licenció en ingeniería, estudió filosofía, matemática y psicología, y hasta patentó un cromatógrafo, un aparato que descomponía los colores hasta llegar al blanco (digno invento del autor de un libro titulado El hombre sin atributos, se ha dicho). Pero lo dejó todo para dedicarse a la literatura. Vivió en Berlín y en Viena, la ciudad consciente de protagonizar los últimos días de la humanidad, devorada por la aceleración de la historia, la capital de un imperio que reunía a Kafka, Elias Canetti, Alfred Loos, Hugo von Hoffmansthal, Mahler, Wittgenstein y también a Hitler. Del Führer terminaría huyendo Musil en 1938, tras la anexión de Austria. Para entonces sus obras habían sido prohibidas por “oscurantistas” y de “un pesimismo decadente”. Se instaló en Suiza hasta su muerte, fechada en 1942.
Las crónicas de sus contemporáneos, así como la más completa biografía (publicada en alemán en el 2003 y aún sin traducir), no recuerdan a Musil como una compañía agradable sino como alguien frío, orgulloso e inaccesible, siempre impecablemente vestido y con el sentimiento de no ser reconocido ni valorado. Cosa que era cierta. Tras un relativo éxitoinicial fue paulatinamente olvidado. Su obra teatral Los entusiastas se representó sólo una vez (entre los espectadores estuvieron Luigi Pirandello y Joseph Goebbels). El exilio y el fracaso literario lo hundieron en la pobreza. Los últimos años vivió gracias a la caridad de escasos admiradores y filántropos. “Que uno no sea famoso es natural, pero que no tenga suficientes lectores como para vivir es escandaloso”, pensaba. Tampoco era reconocido por los círculos literarios. Walter Benjamin declaró su admiración por él como pensador, pero lo negó como novelista. Su independencia de pensamiento y falta de pragmatismo no ayudaban. Además, el sentimiento era recíproco: Musil desdeñaba a sus colegas. Consideraba inferiores a escritores famosos, como Franz Werfel y Stefan Zweig, y menospreciaba a otros estimados como genios, entre ellos a Thomas Mann y Hermann Broch (que, a su vez, fueron algunos de aquellos filántropos que le permitieron sobrevivir). James Joyce le era indiferente: fueron vecinos en Zurich y jamás se hablaron siquiera.
La amargura y el aislamiento de Musil crecieron en forma proporcional al trabajo que le dedicó diariamente, desde 1920, a El hombre sin atributos. En una carta de 1934 comparó sus esfuerzos en la novela con “la dedicación de un gusano de la madera perforando el marco de un cuadro en una casa que se está incendiando”. Cuando murió en Ginebra, sólo ocho personas acompañaron su ataúd. El reconocimiento internacional comenzaría a llegar años después.
Densa, sofisticada y presuntuosa, pero a la altura de sus ambiciones, la enorme novela de Musil sólo puede compararse con monumentos como En busca del tiempo perdido y Ulises. La obra surgió como la reunión de varios proyectos diferentes: una sátira sobre la decadencia de Occidente, el relato de un homicidio, una narración que iba a llamarse “La hermana gemela”. La novela está dividida en dos libros. El primero, publicado originalmente en 1930, sitúa el relato en 1913 y en el reino imaginario de Kakania, nombre que, además de remitir a su manifiesta cacofonía, alude a la sigla KK, de kaiserlich und königlich (“imperial y real”), la fórmula con que se citaba al Estado austrohúngaro.
El hombre sin cualidades es Ulrich, alguien muy parecido al autor, un matemático escéptico e idealista, de un incansable meditar, sistemático y extremo. Tiene 32 años y detrás suyo sólo ve ruinas y adelante, un precipicio: la crisis de una civilización desbocada. Ulrich se convence de ser un hombre sin atributos cuando reconoce que su época, no muy distinta de la actual, es capaz de considerar “genial” a un caballo de carreras: “Un campeón de boxeo y un caballo superan a un gran intelectual en que su trabajo puede ser medido sin discusión, y el mejor entre ellos es reconocido como tal por todos”. Sin asumir una perspectiva romántica, la novela denuncia la escisión entre razón y espíritu que quiebra al hombre moderno, acusa a la técnica instrumental de haber colonizado mundo y valores. “Vivimos una época en que las máquinas se hacen cada vez más complicadas y los cerebros, cada vez más primitivos”, sostenía Karl Kraus, otro lúcido contemporáneo del autor.
Meticuloso y exhaustivo hasta la obsesión (en sus diarios, Musil se autodenominaba “el vivisector”), Ulrich sueña una “utopía de la vida exacta”, una matemática del espíritu, aboga por la creación de un secretariado general del alma y la precisión. Se resiste a aceptar que la vida intelectual implique coartar la vida emocional: en ese sentido es que quiere una razón erotizada.
El argumento del primer libro crece capilarmente en torno a Ulrich y sus relaciones con la Acción Paralela, una misión patriótica destinada a planificar un homenaje al 70º aniversario del emperador en el trono, a celebrarse en 1918. Con ese pretexto, Musil se burla de la burocracia, la vacuidad y la charlatanería de una sociedad en putrefacción. “Tiene que suceder algo”, es la premisa repetida hasta el hartazgo, “algo”relacionado con las grandes ideas, con la supremacía imperial, la paz y la cultura con mayúsculas. Nada sucederá. Una de las ironías de la novela (“la ironía no es un gesto de superioridad sino una forma de lucha”, entendía Musil) es que el fastuoso homenaje está, para el autor y el lector, fracasado desde su concepción: en 1918 desaparecerían del mapa el Imperio Austrohúngaro y su estrafalaria sucedánea KK.
En ese contexto se posicionan los muchos personajes. Arnheim, el hombre con atributos, un prusiano exitoso y cosmopolita que tiene ideas sobre todo y siempre tiene ganas de explicarlas, inspirado en Walter Rathenau, un político de Weimar que fue asesinado por los antisemitas. Walter, el genio malogrado, basado en un amigo de la infancia del autor, Gustl Donath, que resultó bastante disgustado con su retrato. La esposa de Gustl, Alice Donath, inspiró el personaje de Clarisse, que en la ficción y la realidad terminó loca (Musil fue razonablemente acusado de no colaborar con su salud mental por haberle regalado las obras completas de Nietzsche para su boda). A partir de un caso real, Musil teje una trama secundaria en torno a Moosbrugger, el autor de un violento crimen sexual que le permite explorar el reverso de la civilización: “Si la humanidad pudiera soñar colectivamente... ese sueño sería Moosbrugger”, reflexiona Ulrich. Pese a su tendencia a la abstracción, a las descripciones casi fenomenológicas, la novela tiene pasajes muy graciosos, que brotan de seres como la snob Diotima, tan hermosa como imbécil; Tuzzi, el burócrata cornudo; y el hilarante general Stumm von Bordehr. También están las amantes de Ulrich, Leona y la ninfómana Bonadea; luego aparecen Meingast, un farsante de discurso seudomístico basado en el siniestro Ludwig Klages, y unos cuantos personajes más.
La decadencia del mundo narrado y las aspiraciones de sus habitantes contrastan con el estilo y el tono de un Musil mesurado, distante y meditativo, deliberadamente complejo, que apela a un lenguaje emparentado con la exactitud científica y a la vez pleno de ambigüedades, lírico y analítico. La acción avanza lentamente, morosa, narrada en forma indirecta o velada por las reflexiones de sus criaturas. La novela no es realista ni mucho menos psicológica. ¿Novela gnoseológica? Para Milan Kundera, Musil es junto con Broch autor de una de las llamadas nunca escuchadas por la historia de la novela: la del pensamiento, “hacer de la novela la suprema síntesis intelectual”.
“Hacia el imperio milenario (Los criminales)” es el título del libro segundo, del que Musil sólo llegó a publicar 38 capítulos en 1933. A fines de esa década, ya en el exilio, entregó otros veinte capítulos bajo presión de su editor, que le había adelantado dinero. Pero antes de que fueran publicados retiró las pruebas de imprenta y el día en que murió aún seguía revisando y añadiendo. Un año después, la viuda del escritor publicaría parte del material heredado, que superaba las 10 mil páginas manuscritas. Los textos vinculados a la novela serían incluidos en la edición alemana de 1951, pero recién en la de 1978 aparecerían -teóricamente– completos y ordenados. Sobre la base de esa última publicación se realizó la nueva edición castellana de Seix Barral, que recupera la distribución de la obra en dos tomos, en lugar de los cuatro volúmenes que formaban la primera traducción, aparecidos entre 1968 y 1982. Ya en el 2001, en España, la misma editorial había publicado la obra en dos tomos, reproduciendo idéntico material antes distribuido en cuatro. Finalmente, en diciembre pasado vuelve a publicar dos tomos, con iguales versiones castellanas, pero revisadas por uno de los tres traductores, Pedro Madrigal. Es esta versión definitiva la que ahora llega a la Argentina, aunque, de acuerdo con sus notas, el propio Madrigal, “para no abultar”, decidió omitir ciertos capítulos “un poco reiterativos” que Musil dejó a medio corregir.El carácter inconcluso del segundo libro no se advierte en la escritura, sumamente elaborada, pero sí en el argumento: hay muchos hilos nunca hilvanados, subtramas interrumpidas. La Acción Paralela y su fauna, junto con el tono satírico, son relegados como un fondo sobre el que se dibuja la relación entre Ulrich y Agathe, los hermanos que se reencuentran después de muchos años. Sobre Agathe, como antes sobre Clarisse y Diotima, se apoya la mirada de Musil atenta a la psicología femenina, ya presente en obras anteriores (en los relatos de Tres mujeres y de Uniones).
“Sólo hay una pregunta que realmente merece pensarse y esa pregunta es: ¿cuál es la vida auténtica?”, dice el hombre sin atributos. El segundo libro cuenta su viaje hacia la verdadera vida, un “otro estado” al que se llegaría por el amor y el erotismo como vías místicas. Antes descripto como “una persona religiosa a la que, simplemente, le ocurre que no cree en nada por el momento”, ahora Ulrich, como un asceta, busca la supresión de la individualidad y la comunión con el otro, la trascendencia en una forma de androginia.
Musil no llegó a elegir ninguno de los finales que había imaginado para la novela. Uno era, al estilo de La montaña mágica, el estallido de la Gran Guerra. Alguna vez declaró que su intención era concluir en medio de una frase, después de una coma. También habló de cerrar el libro con una serie de aforismos. Otro desenlace posible, acaso el más probable, es el de la consumación del amor entre los hermanos. Es el final que han elegido los editores. Fugados de la sociedad, situados en un jardín edénico, “los criminales” entienden que sólo desafiando a la moral burguesa podrán encarnar la felicidad. Claudio Magris observó que las últimas páginas de la novela alcanzan “una de las más altas representaciones de la perdición amorosa, una felicidad indisoluble del horizonte marino en la que tiene lugar, pero tan intensa que los dos amantes no logran soportarla, de suerte que regresan a la vulgaridad, al flirt sin encanto y sin herida, a las ocupaciones y a las horas que se escurren en la nada pero que, no siendo nada, no acarrean dolor al desvanecerse”.
SÁBADO, 30 DE ABRIL DE 2005
Obras

Die Verwirrungen des Zöglings Törleß (1906)
Vereinigungen (1911)
Die Schwärmer (1921)
Vinzenz und die Freundin bedeutender Männer (1924)
Drei Frauen (1924)
Nachlaß zu Lebzeiten (1936) 
Über die Dummheit (1937)
Der Mann ohne Eigenschaften (1942)
Tagebücher
Briefe, 1901-1942
Zur Beurteilung der Lehren Machs

Obras en español 

Los extravíos del colegial Törless
Los alucinados
Sobre la estupidez
El hombre sin atributos
Uniones
Ensayos y conferencias
Diarios
Tres mujeres


Adiós a Musil (fragmento)

Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. "

Hermann Broch 


Hermann Broch o el esteta absoluto

por Abel Posse

Comparado con Joyce, Proust y Thomas Mann, pocos autores del siglo XX pueden compararse con el austriaco Hermann Broch (1886-1951), autor de un clásico tan esencial como olvidado, La muerte de Virgilio. Ahora que la editorial Adriana Hidalgo está a punto de publicar El maleficio, sobre los orígenes del nazismo, el escritor argentino Abel Posse, recientemente nombrado embajador de su país en España, traza el perfil del novelista.


 | 17/07/2002 |  


Abel Posse

Broch es todavía un desconocido fuera del ámbito de la literatura germánica. No tiene la fama que merece, pero su prosa se afirma en la lenta progresión de las valoraciones y se sitúa como una de las mayores obras del siglo XX, junto con las de Joyce y Proust.

Cuando Thomas Mann leyó La muerte de Virgilio no vaciló en declarar que se trataba “del poema en prosa más importante escrito en lengua alemana”. Extraña honestidad de un escritor comprometido con la narrativa tradicional. Para Aldous Huxley, Broch fue la mayor revelación y conmoción. El británico, narrador de costumbres y de su época, quedó maravillado ante la eclosión de este talento capaz de abolir las fronteras tradicionales de la novela y pasar de la prosa al drama y al poema, como momentos necesarios y nunca antagónicos de la realidad de nuestra vida. Para Hannah Arendt, sería el novelista que pudo llegar más lejos en la reflexión acerca de la enfermedad social de su siglo en relación a la existencia individual.

Hermann Broch había nacido en 1886, en una de las pocas grandes familias judías aceptadas por la aristocracia. Se formó como ingeniero y durante un par de décadas se limitó a dirigir la fábrica textil de la familia. Se convierte al catolicismo y se casa con Franziska von Rothermann, casi como un intento de no seguir su vocación, sus pasiones literarias. Su sensibilidad y su talento lo aproximan a aquella Viena deliciosamente decadente, en aquel Imperio Austro-Húngaro condenado a fenecer entre las presiones feroces. Es la Viena de los grandes músicos; de los palacios adustos construidos como desafío de permanencia; de aquellos cafés donde el joven industrial conocería a Musil, a Kafka, a Rilke. Una Viena infinita, desde el nacimiento del psicoanálisis hasta la noche sin término de sus Kabaretten y burdeles sofisticados. La Viena que se despedía del Imperio vencido y donde la cultura era la última llamarada de grandeza. Esa fuerza vital que ya se aleja del materialismo y busca en el desorden y las aventuras estéticas el renacimiento todavía lejano.

La guerra del 14-18 significará el punto final, la convulsión decisiva. Broch se divorcia y casi a los 40 años se dedica por completo al arte, a sus estudios, al mundo de la noche vienesa. Vive un romance con Milena Jesenska y conoce a una de las femmes fatales más famosas, la periodista Ea von Allesch, de extraordinaria belleza. Abandona a Milena, que caerá en el laberinto sombrío de Franz Kafka, por entonces un desconocido escritor del grupo sionista de Praga. Ea von Allesch era llamada “la reina del Café Central”. También amante de Musil, equivalía a una hetaira griega, capaz de la refinada cultura que exigían los salones de esa Viena.

Broch comienza su obra más conocida por impulso de ella, que le dará fama europea: Los sonámbulos. Una trilogía excepcional donde a través de tres personajes paradigmáticos, sintetiza la decadencia de Alemania (y Austria) entre 1880 y 1920. Es un tácito homenaje a Spengler y, a la vez, una inhabitual visión de la crisis política interpretada desde la cultura y la crisis de valores. Junto con Los Buddenbrook y El hombre sin cualidades de Musil, serán las tres obras en las que la germanidad presintió y descubrió los gérmenes de la decadencia que llevaría a la voluntad de renacimiento salvaje del nazismo y del fascismo, como el último momento catastrófico de un único proceso. El romance con Ea von Allesch, que le llevaba once años, se disuelve en continuos altercados y se separan. En 1927 concluye la trilogía en la que Ea será rescatada en el personaje de Ruzena.

Concluida su obra, Broch comprende que recién comienza su gran apuesta estética. En esas tres grandes novelas, las suyas y las de Mann y Musil, prevalece la descripción de la decadencia y el pesado paso de la narrativa. Lo real y lo racional excluyen la vivencia profunda, poética. Broch, cuando ya está en los primeros esbozos de su novela mayor, La muerte de Virgilio, está seguro de ir mucho más lejos de su admirado Joyce. Así lo escribe en sus cartas. SuVirgilio será la obra más alta y estéticamente la más compleja del siglo. La grandeza de Joyce es verbal. El Ulises es un realismo descompuesto cúbicamente, un puzzle magistral. Broch hubiera coincidido con Borges, sin dejar de admirar el poeta indirecto, transversal, que era la fuerza más descuidada y más notable de Joyce como escritor.

Broch se aboca a su esfuerzo supremo, liberado del encantador torbellino erótico de Ea y unido a la señorita Anna Herzog, que es una excelente secretaria con proyección hacia el tálamo. Todo está preparado para el ascenso a la cumbre. Se propone cumplir con su visión de máxima exigencia: “El arte que no es capaz de reproducir la totalidad del mundo no es arte”. Y aquí el punto central de la reunión de nuevas formas expresivas en necesaria vinculación con el conocimiento de lo nuevo: “Escribir poesía significa adquirir el conocimiento a través de la forma. A todo nuevo conocimiento sólo se puede acceder a través de nuevas formas. Esto significa necesariamente el extrañamiento y alejamiento de público tal como se lo entiende”. 

Pero ese monstruo que tanto temiera, la Historia, destruye su propósito. Los nazis invaden su Austria y el mismo día del Anschluss, Broch es recluido por la Gestapo en la prisión de Alt Aussee. Nunca quiso Broch detallar aquellos quince días en manos de la Gestapo. Llamó simplemente “el infierno” a esa experiencia y nunca contó cómo se había salvado. Escribió una serie de elegías que luego integrarían los poemas referentes a la muerte en su Virgilio. Habló de los ahorcados movidos por el viento en la cárcel de Alt Aussee.

Sin duda su alta posición económica y social en la comunidad judía lo ayudó. La ayuda de Joyce y posiblemente la de Einstein lograron que se le diese el visado salvador. Se exilió en Escocia, en la casa de su traductora al inglés, Willa Muir, y luego viajó a Estados Unidos inaugurándose en la experiencia de la pobreza. Su breve fama literaria europea lo ayudó poco. Estados Unidos le resultó una cultura exótica, salvaje, que ayudaba pero te dejaba en soledad.

Sin embargo en esos años amenazados (él creía que el fascismo se extendería a toda Europa, Gran Bretaña y Estados Unidos), empezó su mayor aventura, el desafío de librar a la literatura de la decadencia espiritual europea (Proust, Joyce, Musil, Mann) y alcanzar un renacimiento y apertura de lenguaje volcado tanto a la existencia como al misterio cósmico. Quiere escribir en la grandeza clásica de Hülderlin, de Dante, de la tradición homérica, del mismo Virgilio. Después del horror de la guerra se siente que el gran arte, “el arte en su destino mayor” (como escribiera Hegel) podrá sentar las bases para el renacimiento de una civilización occidental corrompida. El exiliado en Princeton y luego en Yale siente que una gran obra de arte es robarle espacio a la decadencia del mundo que le tocó vivir. De alguna manera participa de la estética desesperada -necesaria- que obsesionó a Baudelaire. La suprema revancha del arte ante la extrema bajeza del crimen histórico.

La novela, si esta palabra se puede usar en el caso de La muerte de Virgilio, será su empeño decisivo entre 1938 y el fin de la guerra, en 1945. Broch ya no tendrá otra actividad. Un gran proyecto es como ingresar en un claustro de cartujos. Por fin la obra fue concluida y editada en EE.UU. en 1945 con apoyo de la Fundación Rockefeller, la beca Guggenheim y del PEN club. (Para elogio de aquella increíble cultura perdida en Argentina corresponde recordar que Buenos Aires fue la primera ciudad del mundo que publicaría a Broch en 1946, tanto el Virgilio como Los Sonámbulos).

El personaje será el gran poeta romano Virgilio en las últimas dieciocho horas de su vida. Ya ha concluido La Eneida y acompañando a Augusto retornan de Grecia al puerto de Brindisi. Allí, en su agonía, vive la desilusión del arte. Ruega a sus sirvientes y amigos que le ayuden a quemar esa obra que ya el mismo Augusto considera “poema divino”. Broch, el judío exiliado en la pujante barbarie estadounidense, une su agonía existencial con la del lejano Virgilio en Brindisi. él, víctima del neopaganismo nazi, busca en el paganismo de Virgilio una respuesta a la existencia, una comprensión del orden cósmico, capaz de conciliar el absurdo, la crueldad, con la gloria de la vida. El campesino de Mantua, el poeta próximo a los dioses antiguos que moran en Virgilio, guía al desolado Broch a la sabiduría de saber que la muerte es sumirse en ese éter primigenio. Saber morir es saber desenvolverse al universo después del día de la vida. Sin esperanzas metafísicas, sin amenaza de juicios o condenas atroces, sin peligro de renacimientos.

Broch se transfiere a ese Virgilio agonizante que siente que el arte no podrá vencer el plano de lo humano, del acaecer. Nunca alcanzará la esfera suprema del misterio del Cosmos y del silencio etéreo. (La descripción de Broch de la lenta entrada en la muerte de su Virgilio constituye el más profundo pasaje de la literatura en prosa de su siglo). Broch/ Virgilio avanzan hacia el misterio, hacia Lo Abierto, lo inefable, los une el misterio de la palabra. Allí donde todo se subsume como en la visión de Anaximandro: las cosas, los hombres, el sueño de los dioses. Todos los entes allí se van anonadando, en los resplandores del éter, según la ley inexorable del retorno. Broch/ Virgilio ven esfumarse en ese espacio final las naves de Augusto que llegaron a Brindisi. Su vida y el mundo circundante se extinguen. El pasado se reúne con el presente. Suavemente el Ser cubre la ilusión de la vida inmediata. Lo abierto, donde todo lo creado retorna según la Ley fundamental, va recibiendo en su silencio las pasiones humanas de Broch y de Virgilio. El misterio final es una niebla iluminada pero impenetrable, inefable en su centro. El tiempo se recobra en la serenidad ante la muerte y el fin de las cosas. El arte y la poética de Broch le acercaron una armonía de raíz búdica. El arte fue en realidad el itinerario de una larga iniciación. Retener la ilusión o el maya de lo real en obra de arte.

Hermann Broch, cumplido su destino de creador, murió en 1951 de un ataque al corazón, muerte repentina, ironía, que le impidió corroborarse ante sí mismo la “lenta extinción” en el Todo que nos narró a través de Virgilio.
 





Hermann Broch y la trilogía de "Los sonámbulos".


Hermann Broch
Aumentar
Hermann Broch
La literatura de Hermann Broch (Viena, 1886 - New Haven, 1951) se dirigió hacia la reflexión directa sobre la pérdida del sentido de unidad de la Europa de principios del siglo XX, es decir la crisis espiritual y social que acongojó al artista que asumía en sí mismo a su época. Tal preocupación se tradujo en magistrales novelas y ensayos provenientes de sus intereses en filosofía, matemáticas y psicología, lo que le dio ese estilo riguroso en la forma de concebir sus conceptos, conclusiones y lenguajes dentro de su obra.
George Steiner lo reconoció como uno de los radicales renovadores, luego de Joyce, del lenguaje novelístico del siglo pasado, con su obraLa muerte de Virgilio (Der Tod des Vergil, 1945). Asimismo, Elias Canetti lo calificó como un «escritor representativo» de su tiempo y celebró su singular capacidad intelectual.
Como varios escritores contemporáneos, sufrió la decadencia en la que caía Occidente: los Imperios desaparecían poco a poco, la imparable burguesía instruía a la sociedad con sus valores pragmáticos, el desarrollo del capitalismo, la parálisis que mostraban viejas costumbres e idealismos, las guerras mundiales y, principalmente, el exilio. Justamente, en marzo de 1938, al entrar las tropas de Hitler a Austria, Broch fue arrestado y llevado a la prisión de Bad Aussee como «intelectual judío sospechoso de tendencias marxistas». Por ello, un grupo de intelectuales y escritores, entre ellos James Joyce, lo ayudaron a salir de prisión. Para esta época, Hermann Broch ya era conocido en el ámbito artístico de Viena y Europa, principalmente, por su trilogía de Los sonámbulos, obra publicada a sus 45 años.
El proyecto tripartito fue trabajado entre los años 1931 y 1932. En su concepción, posee las tesis sobre la decadencia europea (es necesario mencionar que conoció el trabajo de Oswald Spengler) y la reflexión desde la filosofía de la historia. De esta manera, se comprende el ciclo histórico tripartito (el paso del siglo XIX al XX) que trabaja unitariamente a lo largo de la trilogía: 1888, 1903 y 1918. Para Hermann Broch, estas fueron las fases decisivas que marcaron la historia del declive europeo. Asimismo, cada uno de estos periodos se representa por un protagonista que contiene en sí mismo las características de la decadencia general de la fase en la que vive y se desenvuelve. En consecuencia, conocemos los valores, sentimientos, dudas y ambiciones de cada uno de estos personajes.
La trilogía está compuesta, en primer lugar, por Pasenow o el romanticismo (1888), luego por Esch o la anarquía (1903) y, por último, Huguenau o el realismo (1918).


Broch, Hermann. "Pasenow o el romanticismo". Barcelona: De Bolsillo, 2006.

Portada
Aumentar
Portada
Primera parte de Los sonámbulos. Estamos en el año 1888. El protagonista, Joachim Pasenow, es la encarnación del idealismo romántico y de su ineficacia en una sociedad cada vez más escéptica e industrializada. Alrededor de su dubitativa e insegura existencia giran su padre, Bertrand, Ruzena y Elisabeth. Estos cuatros personajes marcan los puntos cardinales en los que este personaje se pierde y traiciona a sí mismo, por lo que mientras nuestra lectura avanza, vemos como se muestran cada vez más las fisuras en la supuesta unidad y coherencia del militarismo romántico de Pasenow, “un huésped de su propia vida” tal como lo llama Broch.
El protagonista pertenece a la aristocracia alemana. Su familia es la típica representación de la continuidad forzada del idealismo del pasado: viven en el campo, todos los varones han seguido la vida militar, los hijos están obligados a seguir con la tradición, etc. De esta manera, notamos cómo Joachim se enfrenta con constante tensión y duda ante tal continuidad, ante su destino proscrito, y lo que ello conlleva, retenido todo en la amenazante figura del padre. En el relato, tenemos a un hijo que reniega del padre, puesto que si bien este debe contener todos los valores, dignos y honorables por lo que tal sociedad confiere a la vejez, y ser el ejemplo a seguir, es todo lo contrario por la vulgaridad e hipocresía que despliega sin pudor ante Joachim: “En el año 1888 el señor Von Pasenow tenía setenta años y había personas que, al verlo acercarse por las calles de Berlín, experimentaban una extraña e inexplicable sensación de desagrado, y llegaban incluso a afirmar que debía tratarse de un viejo malvado” (p. 17).
Hasta aquí tenemos el primero de los polos que componen, como bien indica Lluís Izquierdo, la dialéctica que presenta Hermann Broch en la estructuración del relato, a partir del conflicto interior del protagonista: «Pender del destino o intentar construirlo». Joachim Pasenow es un idealista, es romántico y lo demuestra a través de la vivencia en el «uniforme», elemento indispensable para separarse del caos que percibe en la burguesía, práctica y desconfiada, lo que le da unidad dentro de la anarquía interior que desea brotar de forma desmedida: (…) “el hombre que lleva el uniforme está imbuido hasta las cejas del convencimiento de que está consumando la forma de vida propia de su tiempo y también con ello la seguridad de su propia vida” (p. 22).
Sin embargo, la otra cara de la moneda está en la imagen y significancia de Bertrand, antiguo amigo y ex militar, el cual ha elegido la vida del negociante escéptico que solo se rige por los valores de la ganancia y la riqueza. Tal personaje será el contrapunto que debilitará la existencia romántica y reforzará la duda sobre la misma. Por ello, Joachim sentirá, paradójicamente, aversión y cercanía hacia este personaje, signo ello de la insuficiencia de sus ideales y la fragmentación de su ser. De esta manera, ya no hay unidad, sino resquebrajamiento, dobleces, deseos inusitados.
Igualmente, los personajes femeninos colaboran con la dicotomía planteada por Broch. Por un lado, se nos presenta a Elizabeth, mujer de la aristocracia (también tiene una vida con sentido) que puede cumplir con su destino proscrito al casarse con Joachim; sin embargo, el amor aquí es una farsa, no es ideal, se disfraza de respeto y rituales honorables (igual a la función que cumple el uniforme). Por otro lado, se encuentra Ruzena, joven provinciana y dama de compañía que frecuenta los casinos deshonrosos de Berlín. Esta joven es la verdadera pasión de Joachim, aquella anarquía transmutada en carnalidad, que evidencia el desequilibrio en la moralidad y vida idealista de este «soldado del rey», como lo llama burlonamente Bertrand.
En lo que atañe a las renovaciones técnicas, Hermann Broch plantea en esta primera novela de la serie una narración clara y sin saltos temporales, dado que se intenta mostrar de qué manera el avance del tiempo liquida la actitud hacia el pasado agonizante. Sin embargo, el recurso tangible a lo largo del relato es la ironía. Esta estrategia discursiva sumerge también al lector en el distanciamiento del autor hacia sus personajes: Broch busca la reflexión directa con la utilización de «personajes descartables», el mostrar sujetos representativos de la decadencia europea, perdidos en las ciudades, ya que no se busca relatar todo el destino o salvación de Joachim Pasenow. De la misma forma, el final y ciertos saltos del narrador (omnisciente dinámico: “sigue siendo un hombre como tú o como yo…”) indican el cambio narrativo dado por Broch. Asimismo, el escritor G. W. Sebald, al contar su experiencia al conocer Pasenow o el romanticismo, critica la interrupción en la prosa de Broch, la cual detiene el placer del relato al insertar conceptos o reflexiones racionales sobre el drama de los personajes.
En conclusión, esta novela de Broch nos remite a la primera reflexión ante los nuevos tiempos y la ineficacia de los ideales del pasado para plantear nuevas soluciones, con lo cual los posteriores personajes de esta trilogía serán las representaciones de los fracasos que el cambio de siglo impone a estos ciudadanos.

http://www.lasiega.org/index.php?title=Hermann_Broch_y_la_trilog%C3%ADa_de_%22Los_son%C3%A1mbulos%22.
Austrian novelist Hermann Broch (1886–1951) in Vienna, ca. 1907.
Los inocentes (fragmento)

Cuando abrió la puerta de la calle, le hirieron el rostro fuertes gotas de lluvia. Un paso más y estaría completamente empapado. La tormenta estaba en pleno apogeo. Los relámpagos se sucedían unos a otros, el agua formaba olas sobre el asfalto, que iban a estrellarse contra los bordillos, formando riachuelos, y se atorbellinaban en las alcantarillas por las que se precipitaban. Las luces de la calle y de las casas de enfrente se reflejaban en las negras mareas, y su imagen se sumergía hasta lo más profundo de la inmovilidad, y cada rayo provocaba un fuego de artificio bajo el agua. A. se pegó a la puerta. Transcurrió una media hora larga hasta que los relámpagos se fueron espaciando, los truenos fueron cada vez más débiles y la lluvia cada vez menos espesa, hasta cesar por completo. El aire se llenó de paz y de frescor. A., que había abandonado su escondite, miró hacia el piso del profesor: había luz aún en las dos ventanas del cuarto de estar, así como en las dos adyacentes, que eran probablemente las del dormitorio, sólo que en éstas las cortinas estaban corridas.
Allá arriba estaba el infierno, la semilla del infierno, pero no la única, sino una de las muchas esparcidas por el mundo, aunque quizá en Alemania más que en otra parte. La amenaza del infierno se cobija en todas partes dentro de la inocencia.
La ciudad reposaba en una noche pacífica, fresca y candorosa. Le resultó fácil el paseo hasta su casa. Se percibía el aliento de las colinas, el aliento del paisaje que rodeaba la ciudad, la parte habitada, un elemento natural, al fin, del campo. Allá donde se extienden los cultivos y también el bosque alemán, asilo de los árboles y de los animales salvajes, donde pace todavía el corzo y hoza aún el jabalí, donde resuena el bramido del ciervo en celo a través de las húmedas sombras. El campanilleo de los rebaños cruza las montañas y el campesino se entrega a su pesada labor diaria sin que le importe qué gobierno está en el poder, ni qué luchas infernales celebran los instintos voraces en su propia alma. Ni lo uno ni lo otro pueden apartarle de su trabajo.
En Alemania todo tiene lugar de manera más prudente y reflexiva, pero todo está más sujeto a los instintos, todo es más voraz e infernal que en otros lugares. Todo se hace de modo poco hipócrita, y sin embargo con más mentiras. Parece que el alemán nazca con una extraña sed de absoluto, de suerte que renuncia a dominar los instintos con el feliz humor que el hombre de Occidente, mucho más instintivo ha convertido en su forma ideal de vida. El alemán tiene raras veces el sentido del humor, y cuando lo tiene es otro tipo de humor, un humor extravagante, que sopesa los pros y los contras, rasgo característico del estilo de vida alemán, y que constituye su pesadez. Ésta desemboca por una parte en un ascetismo perfecto, y por otra, en un desenfreno total de los instintos. Las soluciones intermedias resultan sospechosas para el alemán. Las considera hipocresía y embuste, y no se da cuenta de que con ello se hace responsable de mayores embustes, de que no se ciñe ninguna aureola falsa de virtud, la aureola artificial del Occidente, sino que —y esto es lo penoso— transforma con mentiras lo que es justo en injusto, al contraponer, en nombre de los reflexivos pros y contras, su insensibilidad salvaje y sin dominar, como sano criterio, al justo derecho del ser humano, violando así ese derecho como tal. Su honestidad es la del tirano, que quisiera arrancar la mentira de los farsantes que no pueden ser tiranos, y se siente por ello salvador. En cambio, está condenado a seguir siendo un emisario de la desgracia, porque su doctrina es la del asesinato.
Falsedad aquí, falsedad allá, y entre ellas la senda infinitamente estrecha de la verdad, senda entre dos mundos, preseñalada al hombre alemán, y, por tropiezos y tambaleos, no transitable. ¿Senda de la virtud alemana? Falso, al contrario, como diría Zacarías, desde luego sin darse cuenta de la realidad, a saber: que es el camino de la angustia torturada. 
"
Adiós a Musil (fragmento)

Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. "
Esch o la anarquía (fragmento)

El hombre que está en alta mar no tiene ninguna meta y no le es posible completarse, está encerrado en sí mismo. Quien le ama, sólo puede amarle por lo que promete, por lo que él es, no por lo que ha conseguido o conseguirá. Por eso el hombre que permanece en tierra ignora lo que es el amor y lo confunde con su propia angustia. "
La muerte de Virgilio (fragmento)

Había sido expulsado fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, corrido hacia el ancho mundo, hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: sólo al margen de sus campos había caminado, sólo al margen de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y que odia, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida. "

Broch
Novelista, dramaturgo y filósofo austriaco. Broch nació en Viena el 1 de noviembre de 1886. Fue director de la empresa textil de su familia desde 1907 hasta 1928, año en el que abandonó la empresa para estudiar matemáticas y filosofía en la Universidad de Viena. La trilogía novelística de Broch, Los sonámbulos (1931-1932), influida por las obras de Marcel Proust, James Joyce y Franz Kafka, presenta a las clases medias de Alemania entre 1888 y 1918, como una gente sin objetivos ni ideales, que se mueve sonámbula entre los cambios sociales. Tras la ocupación nazi de Austria, en 1938, fue detenido como sospechoso de oposición. Huyó a Estados Unidos, donde enseñó en las universidades de Princeton y Yale y emprendió investigaciones sobre psicología de masas. Entre sus últimas novelas, La muerte de Virgilio (1945) utiliza las dudas del poeta clásico romano Virgilio acerca de si debe destruir su poema épico, la Eneida, para cuestionar el valor del arte y llevar a cabo una de las obras cumbres de la narrativa de este siglo; Los inocentes (1950) describe los años entre 1918 y 1933 y la pasividad que permitió el ascenso del nazismo; y su última e incompleta novela, El tentador (1954) recrea la historia del nazismo, representada por una crisis en un pueblo de montaña. Broch murió el 30 de mayo de 1951 en New Haven, Estados Unidos.  © M.E.