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    domingo, 23 de marzo de 2014

    Octavio Paz, un hombre en su siglo

    Octavio Paz Lozano nació en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914.  La afición por las simetrías permitiría decir que nació en medio de dos revoluciones. Esos meses de 1914, en México, las facciones armadas de Villa, Obregón y Zapata marchaban sobre la capital para expulsar del Palacio Nacional al usurpador Victoriano Huerta. Fue uno de los capítulos más cruentos de la Revolución Mexicana que entonces ya llevaba cuatro años de marchas y contramarchas igualmente cruentas. Apenas unos meses después, en junio de 1914, en el otro lado del mundo, en Sarajevo, una bala nacionalista ponía fin a los días del archiduque Francisco Fernando de Austria y encendía la Primer Guerra Mundial. Tres imperios se hundirían en esas trincheras de sangre y lodo y, al cabo, de esa masacre universal surgiría triunfante, en 1917, la Revolución Rusa.  
    Así comenzaba el siglo XX, el siglo de las revoluciones. La revolución encarnaba la forma más radical de la idea del cambio. El cambio era el motor que empujaba a la historia. La historia se desplazaba a la conquista del futuro. El futuro era el tiempo de las promesas y las utopías que, finalmente, estaban al alcance de las manos. Revoluciones políticas y sociales, pero también revoluciones artísticas y literarias y asimismo revoluciones de la moral y las costumbres. A ese siglo de revoluciones nacía Octavio Paz.   SIGLO. En sus 84 años de vida, Octavio Paz atravesó prácticamente todo el siglo XX. Su obra es inseparable de los avatares de su tiempo. Es un reflejo, un intento de respuesta, pero sobre todo una interrogante a la época que le tocó vivir. No es casual, por ello, que en su obra la creación haya caminado siempre de la mano de la reflexión. Fue ante todo un poeta; es decir, hizo suyo el atávico conflicto que desde el principio de los tiempos enfrenta a las palabras con las cosas: la pulsión humana que quiere nombrar un mundo que, sin embargo, siempre lo sobrepasa. Y quiere nombrar al mundo porque esa es una forma —para los poetas quizás la única— de habitarlo. Es muy suyo decir, por ello, que la poesía es siempre deseo. Pero también fue un ensayista; es decir, se acogió al género moderno por definición, al género de la crítica y de la duda, a un género, como quería el joven Lukács, más apto para formular buenas preguntas que para ofrecer respuestas únicas.
    Paz creció en Mixcoac, entonces un pueblo en los suburbios de México, en la casa del abuelo paterno, un intelectual y novelista liberal. Su padre, abogado, comenzada la Revolución, se sumó al bando de Emiliana Zapata y llegó a ser su representante. Murió joven, en 1936, arrollado por un tren cuando cruzaba, borracho, las vías. “Del vómito a la sed, / atado al potro del alcohol, / mi padre iba y venía entre las llamas. / Por los durmientes y los rieles / de una estación de moscas y de polvo / una tarde juntamos sus pedazos”, escribiría Paz después en su poema autobiográfico Pasado en claro. La casa de sus mayores y el pueblo de Mixcoac —como símbolos de las tensiones familiares pero también del mundo social— son temas recurrentes de su poesía. En 1989, casi al final de su vida, escribió: “Mixcoac fue mi pueblo. tres sílabas nocturnas, / un antifaz de sombra sobre un rostro solar. / Vino Nuestra señora, la Tolvanera madre. / Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo. / Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire”.
    Tenía 19 años y era estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria cuando publicó su primer libro de poemas: Luna silvestre (1933). Dos fuerzas tensaban el ambiente literario de México de esos años. Una corriente mayoritaria nacionalista, producto precisamente de la Revolución, y un grupo minoritario que en su propio nombre delataba su afán cosmopolita y moderno: Contemporáneos. El joven Paz se sentía más cerca de estos últimos, especialmente de Jorge Cuesta, un lúcido ensayista y crítico muerto prematuramente, y Xavier Villaurrutia, el parco y preciso autor de los sonetos de Nostalgia de la muerte. Pero las tensiones literarias eran al mismo tiempo tensiones políticas. Pero éstas no solo eran locales, sino mundiales. A principios de los años 30, el ascenso del fascismo, por un lado, y los intentos de internacionalizar la revolución bolchevique, por otro, dividían las aguas en todas partes. La guerra civil española sería en ensayo general —y sangriento— de esa confrontación.
    En ese ambiente el joven Paz hizo sus primeras letras y también sus primeras armas. Se imaginaba a sí mismo como un poeta rebelde y creía que la lucha por el socialismo era una obligación moral. La poesía y la revolución tensaban su espíritu. En 1936 publicó dos libros: Raíz de hombre, un poema ‘interiorista’ y ¡No pasarán!, un poema comprometido con la causa de la República española. No solo eran dos poemas marcadamente diferentes, también parecían obra de dos poetas diferentes.      
    “En 1937 —escribiría él mismo años después — abandoné, al mismo tiempo, la casa familiar, los estudios universitarios y la ciudad de México”. Imbuido por sus ideas igualitarias, se fue a Yucatán, en el sureste de México, a enseñar en una escuela para hijos de obreros y campesinos. Allí, impresionado por la vida miserable de los campesinos, escribió su poema más ambicioso hasta ese momento: Entre la piedra y la flor. Allí, también, le llegó la noticia de que había sido invitado al Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia, España. Pablo Neruda, a esa altura ya una alta figura de la poesía y de la intelectualidad comunista, había sugerido su nombre.  
    Pasó cuatro meses en la España dividida y en guerra. Escribió y leyó poemas, dio conferencias, asistió a mitines y confraternizó con los poetas de su generación, especialmente con los reunidos en la revista Hora de España. Conoció la fraternidad que nace de la comunión de las ideas y de las trincheras, pero también la intolerancia y el sectarismo de los comunistas contra quienes, en el propio bando republicano, discrepaba con su línea.
    De vuelta a México fue un agitador de la causa republicana y sintió su derrota como propia. Hizo su primera revista importante, Taller, que acogería después a los poetas del exilio español. Escribió poemas y artículos periodísticos. Mientras tanto, en 1939, Hitler y Stalin firmaron el pacto de no agresión que volvió a dividir a la izquierda. En 1940, con Villaurrutia y José Bergamín, Paz compiló la antología Laurel que, por primera vez, ponía lado a lado la poesía en lengua española moderna escrita en ambos lados del Atlántico. En 1942 —tenía 28 años— hizo su primer balance poético. Reunió y depuró críticamente su obra y la publicó bajo el título de A la orilla del mundo. Al año siguiente salió de México por segunda vez. Y esta vez su ausencia duraría casi una década.
    Así se cerró una etapa de su vida y obra y se abrió otra. Los intensos años formativos de la primera juventud habían concluido. Beneficiado por una beca, salió a Estados Unidos, embarcado en la Segunda Guerra Mundial, y allí se quedó dos años. Terminada la beca, se enroló en el servicio exterior de México. Se convirtió, como él mismo diría, en otro escritor colgado del “ardiente clavo de la diplomacia”.
    En 1946 fue destinado a la embajada mexicana en París. Francia se recuperaba de la guerra en medio de precariedades materiales, pero París era una fiesta. Los debates políticos e intelectuales eran encendidos. Después de los campos de concentración, la bomba atómica y la victoria soviética sobre Alemania, la revolución socialista en Europa estaba otra vez en el orden del día. La experimentación en las artes se precipitaba rápidamente a un segundo mediodía vanguardista. En medio de todo ello estaba Paz. Y en París también estaban otros escritores latinoamericanos como Alejo Carpentier, Adolfo Bioy Casares, Blanca Varela y Carlos Martínez Rivas.
    En 1952 fue destinado a la India, país con el que México acababa de establecer relaciones diplomáticas. Y al año siguiente, a Japón. Paz sintió como una injusticia su alejamiento de París. Pero lo esperaba el descubrimiento del Oriente.
    Cuando salió de México en 1943, Paz había dejado de ser una promesa y era un joven poeta reconocido por su originalidad y su rigor. Sin embargo, su escritura había llegado a un impasse. El lenguaje de las vanguardias de los años 20 había llegado a él doblemente tamizado y depurado a través de los poetas españoles de la Generación del 27 —García Lorca, Alberti, Diego, pero sobre todo Cernuda— y de sus compatriotas, los Contemporáneos. Si algo había alcanzado claramente la escritura del joven Paz —como se puede ver en A la orilla del mundo— era el dominio de un lirismo concentrado pero también contenido. La dicotomía entre una poesía social y otra interiorista, por lo demás, era insostenible. Paz necesitaba otro lenguaje y fue en su busca.          
    A lo largo de los años, en sus ensayos y artículos, hablando de otros escritores, Paz ha dejado el rastro de su autobiografía literaria. Así sabemos que en Estados Unidos se convirtió en un entusiasta lector del modernism anglosajón. No solo de Eliot a quien ya había leído en México —la primera traducción al español de The Waste Land apareció en la revista Taller— sino también de Erza Pound, Wallace Stevens, e.e. cummings y William Carlos Willams. ¿Qué aprendió de ellos? Paz lo dice: la música de la calle, es decir, el lenguaje coloquial, el lenguaje de la conversación. Fue una adquisicón fundamental para su poesía.
    El París de la posguerra fue para Paz el París de los surrealistas. O, mejor, el París de un único y absorbente surrealista: André Breton. Breton había sobrevivido a su propia historia, a la guerra y a las múltiples divisiones de su movimiento. Había estado en México en 1939 y junto a Diego Rivera y León Trotsky había redactado un célebre manifiesto: Por un arte revolucionario e independiente. Para Breton la poesía y la revolución caminaban de la mano, tenían una misma misión: cambiar el mundo. Para Paz, el surrealismo se concentraba en tres palabras: el amor, la libertad y la poesía. Se hicieron amigos, el poeta mexicano asistía en las noches a la mesa de Breton en el Café de la Place Blanche y publicó una traducción de su poema en prosa Espejo de obsidiana en el Almanaque Surrealista. Paz había frecuentado la imagen del sueño en su poesía pero solo entonces se le hizo claro que el sueño no era solo una imagen sino también y sobre todo un lenguaje. Y este componente surrealista sería decisivo para su escritura.
    En 1952 Paz viajó por primera vez a la India y en 1953 a Japón. Su encuentro con la literatura japonesa —especialmente con el haikú, ese poema tradicional capaz de albergar un mundo en tres líneas— fue una revelación. En 1957 publicó, con Eikichi Hayashiya, su traducción de Sendas de Oku, el clásico del poeta y monje budista del siglo XVII Matsuo Basho. La brevedad, la imagen como centro del poema, la limpidez y la sorpresa, recursos propios del haikú, también encontrarían un lugar en su escritura.
    Todos esos años de aprendizaje fuera de México pronto darían fruto. En poco más de una década Octavio Paz constituyó el cuerpo central de su obra. Desde fines de los 40, uno a uno se sucedieron sus libros centrales tanto de creación como de reflexión.
    En 1949 realizó su segundo gran balance poético. Revisó y seleccionó críticamente sus libros anteriores, ordenó su producción de los últimos años y publicó Libertad bajo palabra. Paz diría, años más tarde, que éste es su verdadero primer libro. En sus páginas ya está constituido su lenguaje poético con toda su originalidad. Solo un año después, en 1950 apareció El laberinto de la soledad, su gran ensayo sobre el ser mexicano, meditado y escrito en los años parisinos lejos de su patria. Es una de sus obras más conocidas y discutidas. ¿Águila o sol?, poemas en prosa en los que la impronta del surrealismo alcanzan su mejor forma, apareció en 1951.
    En 1954, se publicó Semillas para un himno. En sus páginas finales se lee: “Alcé la cara al cielo, / inmensa piedra de gastadas letras: / nada me revelaron las estrellas”. El poema titula Analfabeto y en él es transparente lo que Paz le debe a la poesía japonesa. El arco y la lira, su extenso ensayo sobre la poesía y piedra de toque de toda su reflexión sobre la literatura, apareció en 1956.
    Y apenas un año después, en 1957, se publicó el que la crítica de forma unánime considera uno de sus grandes poemas: Piedra de sol, un poema extenso compuesto por 584 endecasílabos engarzados en una arquitectura perfecta. José Emilio Pacheco —escritor mexicano muerto recientemente— escribió en 1970: “Piedra de sol es hasta ahora la obra maestra de Octavio Paz y mientras exista la lengua española será uno de los grandes poemas de la poesía mexicana”.
    En 1957 también apareció Las peras del olmo, una compilación de sus ensayos. Y en 1958, La estación violenta, un volumen integrado por nueve poemas extensos, entre ellos Himno entre ruinas. En 1960, Paz volvió a compilar su poesía, incluyendo sus libros posteriores a 1949, en la versión definitiva de Libertad bajo palabra. Otro ciclo de su vida y de su obra se había consumado.    Oriente. Paz regresó al Oriente en 1962 como embajador de México en la India. A diferencia de su primer viaje que fue fugaz, esta vez se quedaría seis años. Ya en El laberinto de la soledad Paz había hecho eje de su reflexión en la idea del “otro” —la otredad—: la identidad no es una sustancia sino una relación. Solo puedo ser yo a partir del otro. En él me reconozco y de él me diferencio. En la India Paz se encontró con el “otro” más extremo. No solo era otra lengua, otra geografía y otra literatura, la India también tenía otros dioses. Y otra manera de concebir al individuo y al tiempo y, con ello, otros sentidos de la historia. Para un escritor que había hecho de la modernidad y sus valores —el futuro y el progreso— el objeto de su reflexión, la India resultó un desafío fascinante.
    Hay otros elementos de la época que hacen aún más intensa la experiencia de Paz. La Revolución Cubana de 1959 volvió a poner en el tapete la alternativa socialista, pero ya no en los países centrales del capitalismo sino en los periféricos. Y en los 60, el mundo se sacudió por la rebelión de los jóvenes. Querían la revolución social pero también querían la revolución de las costumbres, de la familia, de la moral, de la sexualidad y de la vida cotidiana.
    La confrontación de Paz con el Oriente influyó por lo menos de dos maneras en su poesía. El erotismo, presente desde sus primeros libros, alcanzó nuevas dimensiones. Y las preguntas sobre el tiempo, igualmente recurrentes, buscaron nuevas y complejas resoluciones. Blanco, poema publicado en 1966, escenifica esas búsquedas y hallazgos. Escenifica, porque Blanco es un poema espacial construido bajo el modelo de los mandalas budistas. En su edición original es un pliego único que fluye desde la caja que lo contiene a medida que el lector lo lee. Así, el poema aparece —se hace— en la medida que es leído. Es su poema más experimental.
    En 1968, México se preparaba para ser sede de las Olimpiadas. Poco tiempo antes de la inauguración de los juegos, los estudiantes tomaron las calles. Marchaban, más que bajo un programa definido, bajo una idea: democracia. Eran parte de la rebelión de la juventud mundial pero también la expresión de un momento específico de su propia historia. El 2 de octubre, mientras realizaban un mitin en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, fueron masacrados por el ejército.   
    En protesta, Paz renunció a su cargo de embajador en la India. Fue un gesto político inédito. En Posdata (1970) reflexionó profundamente sobre el sangriento suceso. La masacre de Tlatelolco marcaba, para él, la crisis del Estado y del partido único surgidos de la Revolución de 1910 y la necesidad de democratizar la sociedad y el Estado. Vuelta. Paz regresó a México en 1971. Se inició un nuevo ciclo en su vida y en su obra. En 1974 aparecieron tres importantes libros: El mono gramático —otra cosecha poética de su experiencia en la India—, el poema autobiográfico Pasado en claro y su más ambicioso ensayo sobre literatura: Los hijos del limo. La década se cerró con la compilación de sus ensayos políticos escritos desde su regreso a México: El ogro filantrópico.
    Pero el hecho que quizás marcó de manera más clara su regreso fue la fundación de la revista Plural en 1971 y de su continuación, Vuelta, en 1976. Fueron el instrumento necesario para impulsar un debate plural —de ahí el nombre de la publicación— sobre México y el mundo. Fueron revistas de creación y reflexión bajo el signo de la crítica. En sus páginas, la literatura y el arte convivían con el ensayo político y la reflexión filosófica. Fueron plataformas para discutir un problema para Paz urgente: la democracia. Y los dos frentes de esa batalla fueron el nacionalismo y el comunismo.
    Paz nació en medio de dos revoluciones, la Mexicana y la Rusa. Y al final de sus días le tocó ver otros cambios igualmente dramáticos: la disolución del imperio soviético y la quiebra del partido único que moldeó el México del siglo XX a su imagen y semejanza. Acaso sintió que sus batallas intelectuales estaban justificadas. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1990. En sus últimos años escribió un largo ensayo sobre el amor y el erotismo: La llama doble (1993) y se dedicó pacientemente a traducir poesía clásica china. Murió el 19 de abril de 1998.

    La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista
    00:00 / 23 de marzo de 2014

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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