Silvana Di Lorenzo nació en Argentina; pero rápidamente su familia fue a vivir a Italia. A la edad de catorce años regresa a su país natal; pero no hablaba español, aunque esto no supuso impedimento para su futuro musical.

En la década de los setenta logra un éxito increíble; primero con su debut en el programa televisivo Música En Libertad. Esto le sirvió para que en 1973 publicara su primer trabajo discográfico, logrando una larga carrera musical y que también incluye la actuación. 

Su lista de éxitos es larga; pero podemos mencionar “Ya Yo No Soy Una Niña”, “Locuras Tengo De Ti”, “La Culpa Ha Sido Tuya”,   “Palabras, Palabras” y “Grande, Grande, Grande”, estas dos últimas grabadas en español e italiano.






En el umbral de los años 70 comienza su carrera como cantante profesional, grabando en 1970 su primer trabajo discográfico; por otra parte, Claudia de Colombia ha incursionado también en la actuación. Su carrera más productiva fue en los años 1970 y 1980, siendo la primera artista colombiana en tener éxito en el exterior cantando música popular. Actualmente, tras incursionar en el cine, está retirada de los escenarios.
Los triunfos, que han sido bastantes, la han llevado a llenar escenarios tan dispares como el Teatro Teresa Carreño de Caracas, el Madison Square Garden de Nueva York, así como grandes estadios de ArgentinaEcuadorMéxicoPanamá y Colombia. Se dice que es la cantante colombíana que más discos ha vendido y aun sigue vendiendo.


NUESTRA HISTORIA DE AMOR - CLAUDIA DE COLOMBIA

Nuestra historia de amor no la podré olvidar,
fuiste algo muy bello que por mi vida pasó
el más tierno idilio que vivió mi corazón
hoy te vas muy lejos sin saber si volverás
y quizás mañana ya de mi te olvidarás

Por eso quiero recordarte
como el más bello sueño que he tenido
y al despertar mañana y no encontrarte
pensar que fuiste un sueño, solo un sueño

Un sueño para mi maravilloso
que se tiene una cada vez mil noches
y se ha de recordar toda la vida
como algo que pasó y aún no se olvida

Nuestra historia de amor no la podré olvidar
fuiste algo muy bello que por mi vida pasó
el más tierno idilio que vivió mi corazón
hoy te vas muy lejos sin saber si volverás
y quizás mañana ya de mi te olvidarás

Por eso quiero recordarte
como el más bello sueño que he tenido
y al despertar mañana y no encontrarte
pensar que fuiste un sueño, solo un sueño

Un sueño para mi maravilloso
que se tiene una cada vez mil noches
y se ha de recordar toda la vida
como algo que pasó y aún no se olvida

Un sueño para mi maravilloso
que se tiene una cada vez mil noches
y se ha de recordar toda la vida
como algo que pasó y aún no se olvida
como algo que pasó y aún no se olvida


Canon de alcoba

Entrenado en el arte del erotismo y la sensualidad narrativa en la ficción, Ercole Lissardi también se revela como un notable ensayista e investigador del arte amatorio. De los sátiros a la pornografía en Internet, se aparta del amor cortés y explora las arenas más ardientes del deseo.






 Por Juan Pablo Bertazza

El sexo también tiene sus guinness. La orgía más grande del mundo, por ejemplo, sucedió en Japón, donde doscientos cincuenta hombres y doscientas cincuenta mujeres mantuvieron, de manera simultánea, relaciones sexuales. La mujer que detenta el record de mayor cantidad de coitos por día es la actriz porno estadounidense Lisa Sparxxx quien, en 2004, se acostó con 919 hombres en sólo veinticuatro horas, con mínimos descansos de cincuenta y ocho segundos entre uno y otro. Wilt Chamberlain, basquetbolista de la NBA, contó en su autobiografía haber tenido sexo, durante toda su vida, con unas veinte mil mujeres; mientras que Simenon (para hacer entrar en escena a un escritor), le contó a Fellini en una entrevista que estuvo con unas diez mil mujeres. Antes de la aparición de La pasión erótica (Del sátiro griego a la pornografía en Internet) del uruguayo Ercole Lissardi, es probable que no hubiéramos ni siquiera sospechado que ese caótico rejunte de records pornográficos podía incluirse en una tradición de larguísima data, una tradición que proviene de la antigüedad: el paradigma fáunico.
De hecho, Lissardi arranca marcando un claro contraste entre el paradigma del amor –ideal, espiritual, reflexivo y exclusivo– y cuyo origen se remontaría a El banquete de Platón, y precisamente la tradición fáunica, aquella que privilegia contra todo riesgo, y hasta contra cualquier sentido de la ridiculez, el hambre sexual, el deseo irrefrenable, la voluptuosidad en todo su esplendor.
A la manera de Lugones con respecto al Martín Fierro y su curioso linaje grecolatino, sólo faltaba que alguien se dispusiera a volver explícita y ordenar esa tradición que se encontraba –nunca mejor dicho– latente, y que encuentra sus orígenes en el insaciable dios (mitad hombre, mitad cabra) de la mitología romana, tremendamente lascivo, que sorprendía y en silencio devoraba, cual lobo feroz con caperucita roja, a las indefensas ninfas de los bosques. Claro que, a diferencia del siempre pomposo y soberbio Lugones, Lissardi emprende esta titánica tarea con humildad y perfectamente consciente de los límites. Y, no es un dato para nada menor, mostrando sus credenciales de experto autor erótico en el mejor sentido de la palabra. De hecho, en medio del boom de la literatura erótica que propiciaron las Cincuenta sombras de Grey, Lissardi publicó y explotó El centro del mundo, una especie de infidelidad en ese matrimonio por conveniencia entre el mercado y el erotismo. Un conjunto de tres nouvelles de notable calidad literaria que, más que indagar en el sexo, cumplían la misión imposible de establecer un GPS del deseo: un adolescente que se enfrentaba a uno de esos amores que perturban el ser en la mejor tradición de Bataille; un hombre que descubría lo cúlmine de su pasión en un cuerpo que ni siquiera pensaba que lo atraía, la mujer de su amigo, y un joven con aire independiente y rebelde que encontraba una morbosidad inefable en considerar –y dominar– a la candidata perfecta que deseaban imponerle sus padres.
Lissardi propone en La pasión erótica una serie de eslabones que conformarían la cadena opuesta a la tradición occidental del amor, es decir, la tradición fáunica. A aquellos sátiros de la antigüedad, viene a sumar la misma concepción del demonio católico que, al parecer de Lissardi, está inspirado precisamente en la figura del fauno, la del Don Juan y, por último, la de Casanova. Más allá de sus diferencias, en ese itinerario histórico se pasea el paradigma fáunico, un paradigma que, a diferencia del amor que suele ser exclusivo y personal, tiende a la idea de colección ya que, “el impulso fáunico, al ser reprimido, genera la manía coleccionista: se sustituye el harén real por uno de objetos inocentes e inofensivos”.
Lo interesante es que cada peldaño de esa evolución va generando una serie de diferencias. La más importante tiene que ver con la voz, con el uso de la palabra. Mientras que los faunos atacaban a sus víctimas en silencio, el demonio del catolicismo susurra al oído de los fieles algo vulnerables y dubitativos para impregnarlos de tentación y lograr así que sucumban. El Don Juan, por su parte, si bien está ligeramente basado en un personaje histórico y hace uso de la palabra parece más bien hablado por un deseo que desconoce, que le es ajeno y que no puede siquiera empezar a dominar. En ese sentido es Casanova, personaje ya cabalmente histórico, el que por primera vez logra hacer del fauno un sujeto de enunciación, además de convertirse, en muchos casos, en un referente de feministas y en un símbolo de la diversidad sexual de finales del siglo XX. Es que, a diferencia de la cuota de maldad, perversión y hasta cierto masoquismo que caracterizaba a Don Juan, Casanova logra dejar un excelente recuerdo en cada una de las mujeres que pasaron por su cama.

La pasión erótica Del sátiro griego a la pornografía en Internet. Ercole Lissardi Paidós 158 páginas
Para llegar a esas originales conclusiones, La pasión erótica va dando cuenta de la lúcida lectura de numerosos libros que también fomentarían esa genealogía, como Trópico de Cáncer de Henry Miller o el muy poco leído pero extraordinario Supermacho de Alfred Jarry que, efectivamente, trata sobre un record sexual. También da cuenta de obras pictóricas emblemáticas de la tradición fáunica como el Fauno Barberini, notable escultura griega de la época helenística que fuera restaurada por Bernini en el siglo XVII. También, y sobre todo, en el último capítulo dedicado al cuerpo pornográfico y su incidencia en Internet, Lissardi se mete con la fotografía, el arte contemporáneo y el cine, recordando por ejemplo la inolvidable escena de la manteca y el sexo anal en Ultimo tango en París. Este ensayo de Lissardi es una propuesta, una puesta en acto, una reflexión en progreso que, a veces, duda, se replantea algunas cuestiones y hasta es capaz de volver atrás en algunos razonamientos. Pero hay un momento en que Lissardi experimenta una especie de éxtasis, una forma de orgasmo, al dar con una cuestión que, efectivamente, parece autorizar, aceitar y legitimar su genealogía. Eso sucede al referirse a las altísimas posibilidades de que el personaje histórico de Casanova haya colaborado en la ópera Don Giovanni (es decir, Don Juan) de Mozart, estrenada en Praga en 1787. Ese es el punto de máxima explosión de un libro que logra hacer del conocimiento, la reflexión y la recepción de las múltiples ramas del arte un tentador asunto de alcobas.


File:Lissardi.jpeg

Ercole Lissardi (n. 23 de febrero de 1951Montevideo) es un narrador y ensayista uruguayo. Sus novelas, de fuerte contenido erótico, se caracterizan por la intensidad narrativa y por la constelación de significados, que pretende resituar la experiencia erótica en el contexto de la peripecia humana.

Novelas

       Aurora lunar (1996)

  • Últimas conversaciones con el fauno (1997)
  • Interludio, interlunio (1998)
  • Evangelio para el fin de los tiempos (1999)
  • El amante espléndido (2002)
  • Primer amor, último amor (2004)
  • Acerca de la naturaleza de los faunos (2006)
  • Los secretos de Romina Lucas (2007)
  • Horas-puente (2007)
  • Ulisa (2008)
  • Una como ninguna (2008)
  • La vida en el espejo (2009)
  • No (2010)
  • La bestia (2010)
  • El centro del mundo (2013; incluye las novelas El centro del mundoLa diosa idiota y La educación burguesa)

Ensayos

Porno y postporno (2009); coautores: Roberto Echavarren, Amir Hamed

Las ciudades invisibles   

Objeto de reflexión del filósofo francés Jean-Luc Nancy desde hace más de veinte años, la ciudad en su mirada se muestra multifacética, caótica, ausente y en un futuro, quizá no muy lejano, destinada a desaparecer. Pero como lo corrobora en La ciudad a lo lejos, siempre en un proceso de incesante transformación.






 Por Mariano Dorr

Podría incluirse la obra de Jean-Luc Nancy en lo que Mónica Cragnolini (refiriéndose a Nietzsche, Blanchot y Derrida) llamó “temblor del pensar”, o pensamiento del temblor. Se trata de un trabajo teórico siempre oscilante, ocupado más en la profundización de las tensiones conceptuales antes que en su síntesis o resolución. Para Nancy, nosotros mismos somos esa tensión irresuelta entre vida y muerte: “Toda su vida, el cuerpo es también un cuerpo muerto, el cuerpo de un muerto, de este muerto que soy al vivir. Muerto o vivo, ni muerto ni vivo, soy la abertura, la tumba o la boca, una en la otra”, escribió en Corpus. La ciudad es también un conjunto de cruces, temblores, trayectos, choques, desplazamientos y emplazamientos en donde se pone en juego nuestro habitar –según Nancy– como transeúntes en permanente circulación.
La ciudad a lo lejos es un conjunto de textos que intentan abordar (de muy diferentes maneras) la cuestión de la ciudad. Sorprende encontrar, por ejemplo, un poema de Nancy dedicado a los “instantes de ciudad”: “Obra cuneta barrera / grúa pala rodera / martillo neumático compresor / alambrado avisador / sobre todas esas tripas / eléctricas gaseosas hidráulicas digitales”, escribe entre otros versos.
El Prefacio lleva como título “La ciudad incivil” y comienza señalando la que quizá sea la tesis de Nancy sobre su tema: “La ciudad no siempre fue, no siempre será, tal vez ya no sea”. Siempre igual a sí misma pero al mismo tiempo convirtiéndose todos los días en otra cosa, la ciudad se proyecta en un ejercicio deconstructivo sin descanso, nunca deja de levantarse sobre sí misma, aplastando, reconstruyendo, exhibiendo e invisibilizando su historia. Los dos primeros textos reunidos constituyen el núcleo del volumen; la primera parte –escrita en 1987– está dedicada a Los Angeles, California. El recorrido por Los Angeles no es ni un análisis ni una crítica, apenas un modo de atravesar la ciudad, entre el asco, la estupefacción, la nostalgia y el asombro. Doce años más tarde, Nancy es invitado a continuar la meditación. Retoma en donde había terminado su ensayo: la exasperación de la vida en las villas miseria de Los Angeles (no muy lejos de las mansiones más caras –y estúpidas– del mundo, en Bel Air, Beverly Hills), pero abandona California para pensar la ciudad contemporánea en general: “La ciudad mezcla y remueve todo, separándolo y disolviéndolo. Nos tratamos, nos rozamos, nos tocamos y nos separamos: es un mismo andar. Se está apretado cuerpo a cuerpo en un subterráneo o en una escalera mecánica. Todo el mundo se encuentra y se evita, se cruza y se desvía”, escribe. Sin proximidad, estamos sin embargo muy cerca, dice Nancy.

La ciudad a lo lejos. Jean-Luc Nancy Manantial 144 páginas
Si quisiéramos condensar en un solo elemento o en una imagen a la ciudad, no podríamos. Se trata de una “totalidad esparcida” en constante diseminación, exuberante e imposible de reducir a la imagen. En este sentido, nada más lejos de la ciudad que la fotografía postal: “La postal es a la identidad de la ciudad lo que la foto de identidad es a la persona: inexpresiva, sin espesor, lo contrario a un retrato, una suerte de índice o de icono en el sentido informático”. Al mismo tiempo, fotografía y ciudad resultan inseparables, unidas históricamente la una a la otra desde la aparición misma de la fotografía en el seno de la ciudad. Es la literatura –dice Nancy– la única capaz de ofrecer algo así como una imagen veraz de la ciudad. Y los textos aquí reunidos son, en buena medida, literatura. En “Rumoración” aparece un Nancy transeúnte, paseante, en busca de una frase sobre el rumor, tratando de pensar y de dejarse atravesar por la ciudad, subiendo a un ómnibus, escuchando el llanto de un bebé, mirando carteles publicitarios.
El filósofo francés viene trabajando en la cuestión de la comunidad desde hace ya algunas décadas. Sus escritos sobre la ciudad deben ser leídos en sintonía con La comunidad desobrada (1983) uno de sus ensayos más importantes, donde la cuestión del ser- con, el vivir- juntos, es abordada en toda su densidad. Transformándose, la ciudad deviene siempre otra ciudad, olvidándose de sí misma, capaz de cambiar su nombre y de nombrarse, a su vez, con muchos otros nombres, esquinas, barrios, vecindarios, villas, plazas, monumentos. En movimiento, siempre en camino y expandiéndose, la ciudad y el nombre mismo “ciudad” –advierte Nancy– podría desaparecer algún día en medio de un montón de edificios.
Jean-Luc Nancy (Burdeos26 de julio de 1940) es un filósofo francés, considerado uno de los pensadores más influyentes de la Francia contemporánea, profesor emérito de filosofía en la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo y colaborador de las de Berkeley y Berlín.

Principales traducciones en castellano

  • Las musas (Amorrortu, 2008)
  • Ego Sum (Anthropos, 2007)
  • El peso de un pensamiento (Ellago ediciones, 2007)
  • Noli me tangere (Trotta, 2006)
  • Ser singular plural (Arena libros, 2006)
  • Hegel, la inquietud de lo negativo (Arena libros, 2006)
  • La creación del mundo o la mundialización (Paidós, 2003)
  • El "hay" de la relación sexual (Sintesis, 2003)
  • Un pensamiento finito (Anthropos, 2002)
  • El mito nazi (con Philippe-Lacoue-Labarthe, Antropos, 2002)
  • La comunidad inoperante (LOM/Arcis, 2000)
  • La comunidad desobrada (Arena Libros, 2007)
GRACE CODDINGTON, LA DIRECTORA CREATIVA DE LA REVISTA VOGUE

Fabricante de sueños

En 2006, la película El diablo viste a la moda hizo ingresar a una nueva villana en el imaginario colectivo: Anna Wintour, editora de la revista Vogue en su edición norteamericana, según la implacable actuación de Meryl Streep. Pero todo villano necesita su reflejo, su némesis, y cuando un año después se estrenó The September Issue, un documental sobre la producción de la revista más importante de la moda, apareció la talentosa y simpática Grace Coddington, su directora creativa. Eterna rival de Wintour, la ex modelo británica pelirroja y pálida, desfigurada en un accidente de auto en los años ’60, protagonista del Swinging London y el jet set de Saint Tropez, es la mujer que inventó los ensayos fotográficos para las producciones de moda. Hoy, junto a Wintour, marca el pulso de la moda mundial a los 70 años y acaba de consagrarse como la mejor vendedora de fantasías con Grace: a memoir, su recién editada autobiografía.






 Por Ana Wajszczuk

Es ese pelo. Ese pelo como una llamarada roja: su marca registrada. Una marca física que señala lo perdurable entre lo efímero, al igual que la marca que Grace Coddington, la mujer del electrizado pelo rojo fuego, ha dejado como estilista tras las fotografías de moda más icónicas de los últimos cuarenta y cinco años: es la marca de una maga de Oz, una contadora de historias de ensueño que rebasan el mundo de la moda para retratar su tiempo. De Grace Coddington y su pelo de fuego decía la Vogue británica en 1959: “Una chica radiante con un estilo que brilla. Vive en Putney, es camarera y modelo part-time. Creemos que hará mucho más de modelo que de camarera”. Con dieciocho años, recién salida de una islita rocosa al norte de Gales, había ganado el concurso Young Idea de la revista. Y todo estaba aún por suceder: el Swinging London, ella. Durante estas décadas donde el mundo de desfiles y producciones que rodea la moda se expandió del haute couture al streetstyle y de París a las marcas globales, su cabellera de leona, su palidez de porcelana y su frente prerrafaelista eran reconocidas sólo en el estrecho mundillo de la moda. Para el resto de los mortales, ese pelo oculto tras los mejores reportajes fotográficos de moda del último medio siglo pasó a ser una celebridad cuando, ya con décadas de estilista encima y como directora creativa de la Vogue estadounidense, fue la involuntaria protagonista, por contraposición a la temida Anna Wintour, editora en jefe de la revista, de The September Issue (2009), el primer documental que las mostró tras bambalinas. Volvió a participar en In Vogue: The Editor’s Eye, un segundo documental –esta vez sobre las editoras de moda de Vogue– estrenado en diciembre de 2012 como parte de los festejos por los 120 años de la revista (y que HBO repondrá en agosto). Y con setenta y un años e impecable timing, publicó al mismo tiempo Grace: a memoir, un libro parte autobiografía, parte coffee table, que le valió un anticipo de más de un millón de dólares con Random House. Como una suerte de Patti Smith en Just Kids –aunque sin nada de su talento como escritora: no le tiembla el pulso al decir que apenas leyó un par de libros en toda su vida que no fueran de fotografía–, sus memorias son un fresco de época que atraviesa, entre Londres, París y Nueva York, los momentos más glamorosos de la última mitad del siglo XX. ¿Mick Jagger? ¿Helmut Newton? ¿Catherine Deneuve? ¿Richard Avedon? ¿Karl Lagerfeld? ¿Las supermodelos de los ’90? De 1960 a hoy, nombren a una celebridad del mundo de la música, la fotografía, el cine o la moda: por delante o por detrás de las fotos imaginadas por Grace Coddington, estuvieron todos.

LA CENICIENTA DE ANGLESEY

“Para mí, siempre se trató de Vogue”, escribe en Grace... “Cuando era una adolescente viajaba una vez al mes al pueblo especialmente para comprarla, tenían uno o dos ejemplares atrasados. Lo que más amaba eran las fotos, sobre todo las tomadas al aire libre. Me transportaban a toda clase de lugares exóticos, lugares donde podías usar esa ropa. ¡Conjuntos para después de esquiar bajo árboles cargados de nieve! ¡Túnicas sobre un traje de baño, en playas de coral besadas por el sol...!” Cuando las opciones en Anglesey, su isla natal, eran trabajar de operaria en una fábrica o de camarera, Grace Coddington hizo su valijita y aterrizó en Londres. “No sos rubia, y no sos lo suficientemente linda”, le dijeron en una escuela de modelos ignota. Grace Coddington siempre lo supo. Eppur se muove. “Yo era una chica con carácter más que una chica linda, y supongo que es eso lo que busco hoy en las chicas que selecciono para Vogue.” Lo cuenta con el mismo tono tan escueto con que cuenta en el libro las grandes tragedias de su vida, “como una heroína de Brontë, con una quieta determinación”, dice Michael Roberts, editor de moda de Vanity Fair y su coautor. Apenas unas líneas para lo que podría darle verdadera profundidad a lo que cuenta: los barrabravas de Chelsea que tiraron su auto con ella embarazada de siete meses adentro, la pérdida de ese bebé –el único que concibió–, la muerte de su hermana por sobredosis, las trabas burocráticas para adoptar a su sobrino, el accidente de auto que le rebanó de una tajada su párpado izquierdo. Grace Coddington sólo dice frases como: “Por suerte encontraron mis pestañas”. Porque lo que le interesa contar es lo que le interesa a la moda: un mundo de ensueño, no los sinsabores de la vida. En sus memorias, tal como lo hace en sus producciones, hay un aire de película, y por eso sus dibujos que recorren todo el libro y su selección de fotografías dicen más que lo que pone en palabras. Pero es entre el jet set de París, Londres y Saint Tropez de los años ’60 cuando desfilan las mejores anécdotas: era un mundo en ebullición donde todo estaba cambiando para siempre, y ella estaba en el centro del torbellino. “Ya no era todo una cuestión de privilegios, títulos o dinero. Fue un giro sensacional para el statu quo.” Era la época de sus romances impetuosos, en que huía de Roman Polanski, su novio la engañaba con la hermana de Catherine Deneuve, se casaba con el joven restaurateur que creó Mr. Chow –“donde pronto se congregó una galaxia de celebridades”– para convertirse en la pareja del momento justo antes de divorciarse, se pintaba las pestañas exageradas que luego popularizó Twiggy. Había nacido “The Cod”, su apodo como guiño a la modelo Jean Shrimpton, “The Shrimp” (el calamar), pero la pelirroja con frialdad de bacalao (cod, en inglés) y habilidad camaleónica para cambiar entre sofisticada y atrevida, tenía un estilo que iba a perdurar mucho más que su apariencia. “Vidal Sasoon creó esos cortes geométricos para mí. El estaba entre ese grupo de gente que eran lo más en Londres. Mary Quant, fotógrafos como David Bailey y Terrence Donovan, Los Beatles y Los Rolling Stones. ¡Y yo los conocía a todos! Y de repente, ya no importaba que no fuera una rubia linda.”

GRACE EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS

Para 1968, Grace Coddington ya era editora de modas junior en Vogue. Con el fotógrafo Norman Parkinson, su mentor, aprendió a viajar y a tener, siempre, los ojos bien abiertos para crear esos largos ensayos fotográficos de veinte páginas o más que se convertirían en su sello durante los años ’70 y ’80, ya como editora senior, cuando su estilo avant garde supo incluir algunos de los atuendos de Delia Cancela en sus producciones. Fue una época de lujo: como si fuese una National Geographic de la moda, las producciones de Vogue duraban semanas para “captar el ambiente” en las Seychelles, en la China comunista –donde descartó toda la ropa para vestir a sus modelos a lo Mao– o en Rusia, donde una Jerry Hall vestida de rojo agitaba una bandera del mismo color ante un monumento soviético. Sus imágenes de moda siempre ofrecieron ese algo extra: una pista del signo de los tiempos. “Yo no creo que la fotografía de moda sea arte. Porque si es arte, no está cumpliendo su trabajo. La regla número uno es hacer la imagen bella y lírica, o provocativa e intelectual. Pero aun así hay que vender el vestido. Aunque me guste correr los límites.” Para fines de los años ’90, su estilo teatral y narrativo se convertía en algo que todos trataban de imitar dentro de la fotografía de modas. A principios del 2000, editó dos libros gráficos, uno para celebrar sus treinta años como estilista; el otro con sus dibujos: es la única editora de modas que se sienta en la primera fila de los desfiles para dibujar los bocetos de las pasadas en vez de hacer que toma notas mientras se deja fotografiar. Una de sus producciones paradigmáticas, que ella misma cuenta en The Editor’s Eye, fue la recreación en 2003 de Alicia en el País de las Maravillas. Convocó a los diseñadores más importantes: Jean Paul Gaultier fue el Gato de Cheshire; Tom Ford, el Conejo Blanco; John Galliano se convirtió en una Reina de Corazones drag queen, la top rusa Natalia Vodianova fue una Alicia en Yves Saint Laurent. Los fotografió Annie Leibovitz. A partir de ese año fue marca registrada: cada diciembre Vogue, esa fábrica de fantasías, recrea bajo la batuta de Grace Coddington alguna gran historia, de Hansel y Gretel al Mago de Oz. Y ella parece tener un gusto especial por las historias clásicas: para muestra basta el estilismo de la actriz Carey Mulligan vestida a lo Gatsby en uno de sus últimos trabajos en la Vogue estadounidense, en mayo pasado. Cuando uno ve a la actriz no hay duda de que si algo brilla en ella, es porque está inserta en ese mundo de maravillas que sólo Grace Coddington puede crear.

SEÑORAS DE NADIE

“Las revistas de ahora sólo tratan de moda en parte, lo que no nos resulta fácil a las de la vieja guardia como yo”, dice. “Me alegro mucho de haber vivido diez años en la Vogue estadounidense cuando aún el elemento crucial era la moda. Desde entonces, Anna ha abierto el foco de forma radical.” La dupla con su jefa, Anna Wintour, saca chispas como ésta desde siempre: hasta hay disfraces de Halloween de ambas. A fines de los años ’80, Anna Wintour tomaba el mando en la Vogue británica y la convertía en todo lo sexy, terrenal y exigente que Grace Coddington no era. Y Grace Coddington renunciaba para irse a Nueva York como estilista de Calvin Klein, que imponía el minimalismo como estilo de toda una época. Para él creó la exitosa campaña del perfume Eternity. Justo cuando comenzaba el bling bling que caracterizaría toda la década siguiente, Anna Wintour tomaba el mando de la joya de la corona: la Vogue estadounidense. Y Grace Coddington se sumó como editora de modas, y desde 1995, como directora creativa. Sin señales de que vayan a retirarse, y en un mundo cuya prerrogativa es la juventud, estas dos señoras que pasan largo los sesenta años marcan el pulso global de la moda. Más que su jefa, aunque Grace Coddington lo niegue, Anna Wintour es su némesis, aunque es ella quien se reveló como el arma secreta de Vogue. Después de que Meryl Streep interpretara a Anna Wintour como una tirana en la taquillera película El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada), basada en las memorias de una ex asistente de la revista, la respuesta de la editora suprema fue The September Issue, sobre el número de septiembre de 2007, el más importante del año, que tuvo cifras record: pesó dos kilos, más de 900 páginas, 13 millones de compradores. El documental catapultó a Grace Coddington al primer plano como involuntaria heroína al negarse a ser seguida por los camarógrafos, para finalmente unirse a ellos: pidió mayor presupuesto para sus producciones delante de cámaras, no dejó de ser una cascarrabias cada vez que su jefa vetaba alguna toma, e incluso incluyó a un camarógrafo barrigón en una de sus puestas. “Si Wintour es el Papa, Coddington es Miguel Angel, tratando de pintar una nueva versión de la Capilla Sixtina doce veces al año”, publicó la revista Time al respecto. Otra vez Anna Wintour recogió el guante, y volvió esa fama inesperada de Grace Coddington a su favor: el resultado fue The Editor’s Eye. Bajo su batuta, ahora las protagonistas eran las casi desconocidas editoras de moda –Grace Coddington incluida–, que volvieron Vogue lo que es desde los años ’60, desde que hacían el estilismo de Marilyn Monroe hasta la portada con Lady Gaga. “Son productoras, directoras y psicólogas”, dice a cámara Anna Wintour. Entre todas ellas, Grace Coddington hizo más por crear el patrón sobre qué se cuenta cuando se cuenta una historia de moda que cualquier otra persona en la industria. “Uno de los aspectos de mi trabajo que más me importan es darle a la gente algo con lo que soñar, igual que soñaba yo de chica mirando fotografías hermosas.” Aunque para ella Vogue parece más que nada la manera de volver a la época de la vida donde toda fantasía es posible, incluso para una chica de una islita perdida.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-8989-2013-07-21.html

Existe un instrumento formidable para medir la barbarie y el progreso, y es la intolerancia al ateísmo. Nuestros maestros pensadores toleran lo que les resulta familiar y defienden los derechos, por ejemplo el derecho de prensa, pero únicamente cuando lo que se está defendiendo es su propia concepción del mundo. Por el contrario, si se trata de tolerar, ni hablemos de lo intolerable sino simplemente de una visión alternativa a la de ellos, entonces los tolerantes de papel sacan la artillería pesada.

Lo mismo ocurre con el ateísmo, bastante poco generalizado si se tiene en cuenta la enorme cantidad de gente que cree en cualquier pavada: el Dios judío que abre el mar en dos para dejar pasar a su pueblo, el Jesús cristiano que camina sobre las aguas o resucita tres días después de su muerte, Mahoma que no sabe escribir pero transcribe escrupulosamente los versículos del Corán, como también las profecías del Dalai Lama sobre la reencarnación de perros y gatos y las extravagancias raelianas sobre la salvación a través de clones asistidos por platos voladores, son todas ofensas a la razón razonable y razonante...

Si a uno se le ocurriera sonreír y afirmar alegremente que no cree en dioses que desafían de este modo las leyes de la naturaleza, enseguida lo cubrirían de epítetos infamantes. ¿Te burlas del Dios de los judíos? Antisemitismo. Muy rápido te empezarán a comparar con Hitler. ¿Te ríes del Dios de los cristianos? Blasfemia. Rápidamente serás considerado el anticristo, el diablo, Satanás. ¿Dudas del Dios de los musulmanes? Islamofobia. Serás inmediatamente colocado a la extrema derecha de Le Pen. Y la letanía va en aumento: sacrilegio, injuria, ofensa, y aunque defiendas las libertades de pensamiento y expresión, ¡te terminarán colocando en el campo de los intolerantes alérgicos a la democracia!

Reivindico el derecho a no creer en las fábulas y, sobre todo, el derecho a poder expresarme sin ser tomado por alguien que desprecia, insulta, ultraja, ataca, ofende o provoca. El derecho al ateísmo es un barómetro de la auténtica democracia: desconfíen de aquellos que profieren insultos cuando uno se ríe de las chiquilinadas de la razón poco razonable, están hechos de la misma madera que los Savonarola o Fouquier-Tinville.

Este texto forma parte del flamante Filosofar como un perro (Capital Intelectual), compilación de las irreverentes pero estimulantes columnas del feroz y polémico filósofo francés Michel Onfray, autor de libros como Tratado de ateología, Antimanual de filosofía y El vientre de los filósofos.

File:Michel Onfray - Theatre rond point - 2010-05-20.jpg

Michel Onfray (Argentan, 1 de enero de 1959) es un filósofo francés que ha escrito una treintena de libros en los que formula un proyecto hedonista ético. Fue fundador de la Universidad Popular de Caen (Francia).
Cree que no hay filosofía sin psicoanálisis, sin sociología, ni ciencias. Un filósofo piensa en función de las herramientas de que dispone; si no, piensa fuera de la realidad.
Forma parte de una línea de intelectuales próximos a la corriente individualista anarquista, intentando entroncar con el aliento de los filósofos cínicos (Diógenes), y epicúreos (Epicuro). Según él, la educación nacional enseña la historia oficial de la filosofía y no aprender a filosofar.

Obras en el idioma original francés

Le ventre des philosophes, critique de la raison diététique (1989)
Physiologie de Georges Palante, portrait d’un nietzschéen de gauche (1989)
Cynismes, portrait du philosophe en chien (1990)
L’art de jouir : pour un matérialisme hédoniste (1991)
La sculpture de soi: la morale esthétique (1991)
L’œil nomade : la peinture de Jacques Pasquier (1992)
La raison gourmande, philosophie du goût (1995)
Ars moriendi : cent petits tableaux sur les avantages et les inconvénients de la mort (1995)
Métaphysique des ruines : la peinture de Monsu Désidério (1995)
Les formes du temps : théorie du Sauternes (1996)
Politique du rebelle : traité de résistance et d’insoumission (1997)
À côté du désir d’éternité : fragments d’Égypte (1998)
Théorie du corps amoureux : pour une érotique solaire (2000)
Prêter un livre n’est pas voler son auteur (2000)
Antimanuel de philosophie : leçons socratiques et alternatives (2001)
Célébration du génie colérique : tombeau de Pierre Bourdieu (2002)
L’invention du plaisir : fragments cyrénaïques (2002)
Esthétique du Pôle nord : stèles hyperboréennes (2002)
Splendeur de la catastrophe : la peinture de Vladimir Vélikovic (2002)
Les icônes païennes : variations sur Ernest Pignon-Ernest (2003)
Archéologie du présent, manifeste pour l’art contemporain (2003)
Féeries anatomiques (2003)
La philosophie féroce (2004)
La communauté philosophique (2004)
Traité d’athéologie, París, Grasset, 2005
Naissance d'une université populaire (conférence ; avec la participation de Stefan Leclercq), DVD, Editions Sils María, 2005
La sagesse tragique : du bon usage de Nietzsche, París, Livre de Poche, 2006, Biblio essais n°4388 - (manuscrit datant en fait de 1986, perdu un temps par l'auteur)
Traces de feux furieux, La philosophie féroce II, Galilée, 2006
La puissance d'exister, Grasset, 2006
Théorie du voyage : poétique de la géographie, Galilée, 2007
Fixer des vertiges. Les photographies de Willy Ronis, Galilée, 2007
La Pensée de midi. Archéologie d'une gauche libertaire, Galilée, 2007
Le songe d'Eichmann, Galilée, 2008
L'Innocence du devenir. La vie de Frédéric Nietzsche, Galilée, 2008
Le Chiffre de la peinture - L'oeuvre de Valerio Adami, Galilée, 2008
Le soucis des plaisirs : construction d'une érotique solaire, Flammarion, 2008
Le Crépuscule d'une idole. L'affabulation freudienne, Grasset, 2010
Journal hédoniste :
I. Le désir d’être un volcán (1996) II. Les vertus de la foudre (1998) III. L’archipel des comètes (2001) IV. La lueur des orages désirés (2007)
Contre-histoire de la philosophie :
1. Les sagesses antiques - de Leucippe à Diogène d'Oenanda, Grasset, 2006 2. Le christianisme hédoniste - de Simón le magicien à Montaigne, Grasset, 2006 3. Les libertins baroques, Grasset, 2007 4. Les ultras des lumières, Grasset, 2007 5. L'eudémonisme social, Grasset, 2008 6. Les machines désirantes (à paraître)


Si las llamadas o autodenominadas democracias occidentales se aprestan a descorchar botellas de champagne para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, sería aconsejable que no, que no gasten dinero inútilmente, que no descorchen nada, que ni una botella de cerveza se tome en Berlín ni en ninguna otra parte. Un triunfo lo es cuando puede superar el problema que había dado origen a su enemigo. Si el comunismo surge en el curso de la historia para expresar el descontento de los expoliados, de las clases obreras con salarios magros, la injuria de la extrema desigualdad social, las ganancias excesivas de los poderosos, la formación de los monopolios, la rapiña del capital financiero, sólo la solución de estas cuestiones habrá de sellar su aniquilación. Con el Muro de Berlín no sólo debió haber caído la desunión de Alemania, no sólo debió haber prevalecido un régimen de concesiones democráticas ante otro oscuramente autoritario, una ciudad iluminada por los carteles de Yves Saint-Laurent y Coca-Cola sobre otra aún oscurecida por la larga sombra del campesino Stalin. Se les debió entregar a los obreros comunistas lo que siempre habían pedido, pero ahora en medio de la democracia, de la libertad. El Muro no cayó para eso. Fue un triunfo propagandístico de Occidente y una gran derrota de las filosofías igualitarias, que habían equivocado (ya desde las páginas de Marx) su proyecto político al desdeñar a la democracia en beneficio de un engendro que llevó el nombre de dictadura del proletariado.


No es demasiado arduo detectar los dislates teóricos del error socialista. En un breve texto de mayo de 1875 (Crítica del programa de Gotha), Marx escribe: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde un período de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” (Marx y Engels, Obras escogidas, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1955, pág. 25). Antes –en una celebérrima carta de marzo de 1852 a J. Weydemeyer–, el genio del British Museum (porque Marx se habrá equivocado bastante en sus aspectos proféticos y en sus enfoques sobre el problema colonial, pero fue un genio en casi todo lo demás que abordó) afirmaba que este tema, el de la dictadura del proletariado, era lo más genuino y original que había aportado a la economía y a la filosofía políticas: “Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases” (ibid., pág. 481).

En suma, todo está claro y teñido de necesariedad. El concepto de necesidad es medular en el pensamiento de Hegel y Marx. El decurso de la Historia es necesario porque responde a las leyes de la dialéctica. Hegel decía que la dialéctica no era un método sino “el movimiento interior de la cosa”. Las cosas son dialécticas. La dialéctica, al ser el motor de la Historia, conduce necesariamente de una etapa histórica a otra. El pasaje del capitalismo al comunismo es necesario. Pero, entre ambos momentos históricos, Marx introduce una etapa de fuerte contenido político. La llama dictadura. ¿De quién? Del proletariado, la clase revolucionaria. ¿Cómo se ejerce esa dictadura? Por medio del Estado. Es el Estado revolucionario el puente entre capitalismo y comunismo. ¿Por qué debe ser una dictadura? Porque los capitalistas se oponen a la sociedad comunista. La sociedad burguesa se niega a morir. Hay que matarla. O licuarla. O, en lo posible, incorporarla a la sociedad revolucionaria, cosa improbable. Queda entonces establecida la necesariedad de la dictadura. Una dictadura cuya misión será negarse a sí misma, llevarnos hacia la libertad, hacia la democracia, hacia la abolición de las clases. Hacia una sociedad sin clases. Marx ha insistido: será una etapa de transición. ¿Cuánto durará esa transición? ¿Cuánto durará esa dictadura? Muy simple: si la dictadura se establece para eliminar a los capitalistas, será necesaria en tanto éstos existan. ¿Cuándo y cómo se establece que los capitalistas no existen más o que ya no implican peligro alguno y podemos dar por terminada la dictadura? O también: ¿quién lo establece? Aquí había un problema que no fue visto: ¿qué dictadura o qué dictador tendrá la grandeza de decir “los motivos que justificaban mi posesión del poder han desaparecido, inauguremos otra época, la de la libertad, la de la democracia, ya no hay capitalistas que reprimir, la sociedad sin clases es una realidad, la dictadura ha terminado, mi gobierno también”? Nadie lo fue. Los dictadores socialistas (todos bendecidos por las elucubraciones políticas de Marx) revelaron una fuerte obstinación por aferrarse al poder y ninguno dijo jamás que su ciclo había terminado. De hecho siempre hubo motivos, reales o menos reales, para justificar su permanencia y mantener una dictadura inalterable, una libertad sólo para los adictos al régimen y un desdén por la democracia como valor exclusivamente burgués, algo que les resultaba sencillo demostrar pues la burguesía abusaba de ese concepto hasta tornarlo irritativo, propagandístico o simplemente mentiroso. Sin embargo, a lo largo de los años, se afirmó una certeza en todos: la peor democracia es superior a la mejor de las dictaduras. La única dictadura del proletariado que aún se sostiene es la de Fidel Castro en Cuba. Pero Fidel, antes que por la existencia de un peligro capitalista interno, justifica su posesión del poder (en sus manos o en las de su hermano) por el bloqueo al que Estados Unidos somete a la isla. No bien éste cese, Fidel declarará concluida su dictadura proletaria y abrirá una etapa democrática para acompañar a los restantes países del Mercosur, que hacen de la democracia uno de sus principales valores y se han asociado con firmeza ante su posible deterioro en Honduras. Castro ha encarnado de modo impecable la compleja relación entre socialismo y democracia. Que es así: para quitarle al capitalismo sus privilegios, para erradicar su régimen de expoliación, hay que acudir al autoritarismo. Cuando en una sociedad se instala el autoritarismo, ya no se sale de él, pues siempre se sigue encontrando algo que lo justifica. O si no, se lo inventa. De aquí que sea posible conjeturar que, una vez levantado el bloqueo a la isla de la dictadura socialista, otro motivo se esgrima para mantenerla. Hasta que la transición (en lugar de manejarla Castro) la manejen sus herederos o la oposición de Miami, que apesta. Tanto como apestará Cuba si Castro, de una vez por todas, no hace él mismo lo que hay que hacer.

En Rusia es Lenin el que acude a la idea de “vanguardia” que encarnará la dictadura del proletariado. Su problema es complejo: no tiene proletariado revolucionario. Moreno no tenía burguesía revolucionaria. De aquí que Moreno y Lenin se parezcan tanto. Moreno es un jacobino sin burguesía levantisca. Lenin es un socialista con campesinos, sin proletarios. ¿La solución? La teoría revolucionaria. Lenin lo hace así: si esperamos a que Rusia atraviese su etapa capitalista y surja el proletariado revolucionario, la revolución no la hacemos nunca. Además, dentro del capitalismo, el proletariado termina generando una conciencia tradeunionista y sumándose, en tanto cómplice, a la burguesía. Recordar la célebre carta de Engels: “¿Me pregunta usted qué piensa el obrero inglés? Lo mismo que el burgués”. ¿De qué sirve entonces transitar la etapa capitalista y esperar el surgimiento del proletariado? Hay una solución: la elite revolucionaria, en tanto vanguardia, conoce las leyes de la historia. Ella debe gobernar. Fundar un partido revolucionario y a su través hacer penetrar “desde arriba” la teoría revolucionaria en las masas. Pasarán, así, del precapitalismo al socialismo, por medio de la ideología que la vanguardia les entregará. Esto exige un grupo de intelectuales cohesionados (lo mismo pensaba Moreno al escribir su Plan de Operaciones), un grupo militante que conozca la mecánica histórica y los pasos que son necesarios dar. Se crea el Partido Revolucionario de Vanguardia. Se muere Lenin. Todo pasa muy rápido. El Partido necesita un jefe. (Siempre hace falta un jefe. Nadie ha escapado jamás al esquema arborescente. El rizoma fracasa porque necesita crear, lo quiera o no, una conducción. Toda conducción es arborescente. Deleuze y Guattari pueden ser útiles para un amable asambleísmo o para una reunión de consorcio, no para la realidad áspera, represora y mafiosa del poder.) Se elige un jefe. El jefe se transforma en dictador. ¿O acaso no conduce una dictadura? ¿Esa dictadura es la del proletariado? No hay proletariado. Hay teoría revolucionaria. La teoría revolucionaria la conocen el jefe y su entorno. Se la comunican a las masas. Entretanto, el jefe, ya dictador, es erigido en personalidad a la que se le debe rendir obediencia y culto. La teoría revolucionaria se congela y deviene dogma. El Partido Revolucionario de Vanguardia deviene burocracia que rinde culto al jefe y aplica represivamente el dogma. Y esto es ya el stalinismo. El Partido es burocracia. La teoría es dogma. La elite, burocracia. El Estado, la centralización del poder dictatorial. Con este esquema, Josef Stalin logra milagros. La Unión Soviética sale de la Segunda Guerra convertida en una gran potencia que se reparte el mundo con los yanquis y los ingleses. Se da el gusto de aventajar a los yanquis en la carrera espacial. El mundo entero llora a la perrita Laika y rinde culto a Yuri Gagarin. Y hay muchos que creen en que ese proceso (el stalinismo) podrá y deberá ser la alternativa a las injusticias del capital. Papá Stalin mata a quien se le antoja, pero Occidente no consigue unir su imagen a la de Hitler. El sereno, calmo campesino no da demoníaco.

Por fin, cae el Muro. Quien diga que fue para mal se arriesga demasiado. Quien diga que fue para bien es un ingenuo o un buen señor alemán que quiere festejar la unidad de su patria. Hoy Alemania es la tercera potencia mundial, acaso la cuarta. Pero es poderosa. De los dos bloques queda uno, “América”. Que se desboca. Si Fukuyama dice que la Historia terminó (ya se sabe que Hegel lo había hecho en 1831 bajo Federico Guillermo: congeló la historia porque a él y a su monarca le convenían), Huntington vendrá a corregirlo y a poner sobre el tablero la nueva hipótesis de conflicto: el islam. No el fundamentalismo islámico, dirá. El islam, todo el islam. El mundo –qué duda cabe– estaba más ordenado con los dos bloques de la Guerra Fría. Hoy existe una multipolaridad nuclear apocalíptica. Todos tienen armamento nuclear. Y todos están bastante locos, o sin duda demasiado nerviosos. Lo cierto es que el bendito Muro deconstruido no trajo la multipolaridad democrática, ni el fragmentarismo liberal de buena estirpe productiva, sino el mercado neoliberal manejado por los oligopolios. Un oligopolio es como un tiburón dentro de un estanque en que sólo hay pequeños peces. Se los come a todos. Se consolida la verdadera revolución del siglo XX y la hace la vieja burguesía, la que Marx había condenado a morir: la revolución comunicacional. El tiburón oligopólico tiene el poder de colonizar las conciencias. De sujetar a los sujetos. La “verdad” es resultado del poder comunicacional oligopólico. Algo que ni Foucault llegó a ver en estos términos. Si yo tengo dos diarios, tres canales de televisión, cuatro radios, cinco revistas, puedo fácilmente meter “mi” verdad en la conciencia de millones de seres que pasivamente la reciben. Luego hablan y creen que hablan, pero soy yo el que habla. Ellos dicen lo que han escuchado decir a mis obedientes y eficaces periodistas. También debo tener editoriales o acciones en las principales del mercado. No me faltarán escribas. Les encargaré todos los libros que necesite. Los llamaré libros de “destrucción de honras ajenas”.

Ese poder quedó en manos de Occidente. Pero Occidente ya no controla todo. No se puede controlar todo. Lo intentó con la teoría de la “guerra preventiva”. Pero no: ahí está China. Una mezcla explosiva de comunismo y economía de libre mercado. Y hasta tiene un pianista que mata: Lang Lang. Lo vi ahora en Frankfurt. Un pianista clásico rocker. Al lado de Liberace es Arrau o Argerich. Escuché a todos los chinos que largaron discursos en esa Feria: ni uno mencionó los derechos humanos, la libertad o la democracia. Al diablo con la democracia. Miren a América latina. Es cierto: mírennos. Vamos hacia los 30 años de democracia y el verdadero poder sigue intacto. Uno sospecha que si el socialismo es la dictadura del proletariado, la democracia es la dictadura de la burguesía.

Caído el Muro, lo que se inaugura es el tiempo del Terror. Se dijo que esa caída era la toma de la Bastilla de nuestro tiempo. Después de la Bastilla vino el Terror. Después del Muro, el terrorismo. ¿Qué época vivimos? Los posmodernos ilustraron bien lo que se buscaba con la caída del comunismo: el fin de los grandes relatos, de las totalidades totalitarias, el fragmentarismo, la deconstrucción, la exaltación de las diferencias, el reconocimiento del Otro, el feminismo, etcétera. No más. Hoy, tanto Irán como Corea del Norte, India, Pakistán, Rusia, Israel y todos los países del Occidente cristiano están armados nuclearmente y dispuestos a apretar todos los botones que sean necesarios si la cosa se descontrola. Son los tiempos del Apocalipsismo. Los tiempos de hoy.

RADAR - 8 DE NOVIEMBRE DE 2009