Mientras agonizo de William Faulkner. (PDF)


Harold Bloom - William Faulkner: Mientras agonizo



Harold Bloom


El mejor comienzo de toda la novela norteamericana del siglo veinte pertenece a Mientras agonizo (1930), la obra maestra de William Faulkner. El libro consiste de cincuenta y nueve monólogos interiores, cincuenta y tres de ellos de miembros de la familia Bundren. Los Bundren son un orgulloso clan de blancos pobres que entre inundaciones y fuegos pugnan heroicamente por llevar el ataúd que contiene el cadáver de Addie, la madre, al cementerio de Jefferson, Mississippi, donde ella deseaba que la enterraran junto a su padre. Diecinueve secciones, incluida la primera, son habladas por el notable Darl Bundren, un visionario que finalmente cruza la frontera de la locura. Al comienzo de la novela oímos la conciencia de Darl mientras va con su hermano enemigo, Jewel, hasta la casa en donde está muriendo Addie:

Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila de uno. Aunque yo voy cinco metros por delante, cualquiera que nos mire desde la barraca del algodonal verá el raído y roto sombrero de paja de Jewel una cabeza por encima de la mía.

Al subir la cuesta, Darl oye a su hermano carpintero, Cash, serrando madera para el ataúd de la madre y hace esta observación desapasionada:

Buen carpintero. Imposible que Addie Bundren encuentre uno mejor ni una caja mejor donde estar. Le dará confianza y consuelo.

Sin el amor de Addie, el disociado Darl insiste en que él no tiene madre y su extraordinaria conciencia refleja la convicción. Severo, sencillo, digno, sugestivo, el comienzo de Mientras agonizo presagia la originalidad de la novela más sorprende del autor. Los rivales de Faulkner no escribieron nada parecido. El gran Gatsby de Scott Fitzgerald empieza con el padre de Nicle Carraway diciéndole: "Sólo recuerda que no todos en este mundo han tenido las ventajas que tuviste tú", admonición muy saludable de no criticar a los demás pero francamente lejana a la sublimidad de Faulkner. Por su pare, Hemingway empieza Fiesta con la siguiente ironía: "En un tiempo Robert Cohn había sido en Princeton campeón de boxeo peso mediano". Faulkner también está mucho más allá de esto. Creo que el único rival posible para el comienzo de Mientras agonizo, dentro de su tipo, es el de la pasmosa Meridiano de sangre (1985), de Cormac McCarthy, donde el narrador nos presenta al Chico, protagonista trágico a quien finalmente destruirá el siniestro y "yaguesco" juez Holden:

Vean al niño. Es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo delgada y harapienta. Alimenta el ruego de la cocina. Afuera se extienden campos ensombrecidos con jirones de nieve y más allá bosques oscuros que todavía albergan algunos de los últimos lobos. Viene de una familia de talladores de madera y constructores de acequias pero en verdad su padre ha sido maestro. Se apoya en la bebida, cita poetas que ya nadie conoce. Acuclillado frente al fuego el muchacho lo mira.

En esta gran prosa se funden los acentos de Hermán Melville y de William Faulkner. Pero, como me ocupo de Meridiano de sangre al final de esta serie, vuelvo de momento a Mientras agonizo. El título se refiere a Addie Bundren, que muere poco después de que empiece el libro — un deliberado tour-de-force —, pero Faulkner citaba de memoria las amargas palabras que el espectro de Agamenón dice a Ulises en la Odisea (libro XI, el Descenso a los muertos):

Y la cara de perra, enviándome al Hades, no se dignó siquiera cerrarme los ojos mientras agonizaba.

Asesinado por su mujer y el amante de ésta, tanto Agamenón como su destino tienen poco que ver con la novela. Faulkner quería más la frase que el contexto y la tomó, aunque acaso también haya querido sugerir que la falta de amor entre Addie Bundren y su hijo tiene alguna semejanza con la relación de Clitemnestra con Orestes y Electra. Clitemnestra es la "cara de perra" que envía a Agamenón al Hades sin cerrarle los ojos, y en todo caso Addie es más desagradable aún que ella.

Aunque Faulkner no numera los cincuenta y nueve monólogos interiores que constituyen el libro, sugiero al lector que por comodidad, y en bien de las referencias bibliográficas, lo haga en su ejemplar de bolsillo. Addie sólo dice una sección, la cuadragésima, pero le alcanza para enajenar a cualquiera:

Me acuerdo que mi padre siempre decía que la razón de vivir era prepararse a estar mucho tiempo muerto. Y como yo tenía que mirarlos un día tras otro, cada cual con su secreto y su pensamiento egoísta, y con la sangre extraña a la sangre del otro y a la mía, y pensaba que al parecer para mí ese era el único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haber tenido la idea de plantarme. No veía la hora de que cometieran una falta para poder azotarlos. Cuando caía el látigo lo sentía en mi carne; cuando abría y laceraba la que corría era mi sangre, y con cada latigazo pensaba: ¡Ahora os enteráis de que existo! Ya soy algo en vuestra vida secreta y egoísta, ahora que os he marcado la sangre con mi sangre para siempre...

Uno empieza a comprender por qué esta mujer sádicamente perturbada quiere que la entierren junto al padre. Muerta, Addie es una maldición mayor aún que cuando vivía; esto vemos a medida que se nos cuenta la saga grotesca, heroica, a veces cómica y siempre atroz de los cinco hijos y el marido que cruzan fuegos y torrentes para llevar el cadáver hasta el deseado lugar de reposo. Farsa trágica, Mientras agonizo tiene, no obstante, inmensa dignidad estética y es una sostenida pesadilla de lo que, sombríamente, Freud llamó "novela familiar". Ciertos críticos píos han tratado de interpretarla como afirmación de los valores familiares cristianos, pero creo que semejante juicio dejará al lector perplejo. Como en otros momentos de su gran década (1929 — 1939), la visión novelística de Faulkner se basa en un horror de familias y comunidades y ofrece como valor único la paciencia estoica, que en este caso no basta para salvar al dotado Darl Bundren del loquero.

Las tonalidades de los monólogos interiores — sobre todo de los diecinueve de Darl — son tan irónicas, que al principio el lector puede sentir que Faulkner prescinde demasiado de guiarle la respuesta. No hay género que pueda asistirnos para comprender esta epopeya de blancos pobres de Mississippi cumpliendo el último deseo de una madre espantosa. Prácticamente el único principio que une a los Bundren es el honor familiar, ya que el padre, Anse, es a su modo tan destructivo como Addie. Los tres monólogos que se le dan a Anse — los número 9, 26 y 28 (si uno los numera) — lo establecen como un manipulador caprichoso, terco y taimado, tan egoísta como la mujer.

Dewey Dell, única hija, tiene su dignidad; pero no encuentra fuerzas para llorar a la madre porque, como blanca pobre soltera y embarazada, está obligada a buscar en vano un modo de abortar en secreto. El niño Vardaman simplemente niega la muerte de Addie; hace agujeros en el ataúd para que respire y al fin la identifica con un gran pez que atrapó mientras ella agonizaba: "Mi madre es un pez". Faulkner centra la novela en la conciencia de Darl Bundren y en los actos heroicos de los otros hijos, Cash el carpintero y Jewel el jinete (hijo natural de Addie, fruto de una relación adúltera con el reverendo Whitfield).

Jewel es feroz, temerario y sólo capaz de expresarse mediante la acción intensa. Su único monólogo (el 4), una protesta contra Cash por la confección del ataúd, concluye con una visión posesiva: él protegerá a la madre moribunda de la familia y el mundo entero:

... no será con todos los cabrones de la comarca viniendo a mirarla porque si hay un Dios para qué demonios está. Será con ella y yo solos en lo alto de una colina y yo tirándoles a la cara las piedras de la colina, levantando piedras y arrojándoselas colina abajo a la cara y los dientes y todo por Dios hasta que ella esté tranquila...

Jewel y Darl se odian con pasión mutua y entre Darl y Dewey Dell hay una hostilidad oscura, implícitamente incestuosa. Cash, que mantiene un vínculo cálido con todos los hermanos, es simple, directo y heroicamente resistente, y como Jewel un hombre de valor físico irreflexivo. Pero Darl es el corazón y la grandeza de Mientras agonizo, y claramente el narrador sustituto de Faulkner.

Darl acaba en algo parecido a la esquizofrenia, pero es de una singularidad y un poder visionario imposibles de reducir a la locura. Todos los monólogos interiores son notables. He aquí el final del décimo séptimo de los diecinueve:

...y como el sueño es no — es y la lluvia y el viento son era, eso no es. Pero la carreta es, porque cuando la carreta sea era, Addie Bundren no será. Y Jewel es, así que Addie Bundren tiene que ser. Y entonces yo tengo que ser, si no no podría vaciarme para dormir en una habitación extraña. Y entonces si todavía no me he vaciado es que soy es.

Cuántas veces me he acostado con lluvia bajo un techo extraño, pensando en casa.

Dudoso de su identidad, Darl tiene una percepción shakesperiana de la nada que es una versión del nihilismo de Faulkner (siempre en la gran etapa de 1929 — 1939), y de su experiencia durante la guerra, que consistió en entrenarse como piloto de la Fuerza Aérea Británica pero no volar nunca. A Darl, que estuvo en la Primera Guerra Mundial, la experiencia apenas le ha marcado la conciencia. Como le repugna la terrible odisea de llevar el cadáver en carreta hasta donde Addie nació, casi sabotea el esfuerzo prendiendo fuego a un granero; pero sólo consigue inspirar en Jewel un heroísmo renovado.

Faulkner hace continuo hincapié en que Darl es un sabedor. Sabe que su hermana está embarazada, que Jewel no es hijo de Anse, que en el verdadero sentido su madre no es su madre y que la actitud humana es una especie de desastre aborigen. Y sabe que hasta el paisaje es un vacío, una caída desde una realidad previa. Así en la sección 34:

... Sobre la superficie incesante se alzan — árboles, cañas, enredaderas — sin raíces, cercenadas de la tierra, espectrales sobre una escena de desolación inmensa pero circunscrita llena de la voz del agua yerma y doliente.

Poeta y metafísico intuitivo, Darl se encuentra peligrosamente cerca de un precipicio al cual debe caer. Las heridas psíquicas que lleva son el legado de la frialdad de Addie y el egoísmo de Anse; está destinado a la demencia. Para él no hay salida; sólo siente deseo sexual por la hermana y la familia es su condena.

En el último monólogo (57) que le oímos está tan disociado que todas sus percepciones, más anómalas que nunca, lo observan en tercera persona. Dos guardias lo escoltan en tren al manicomio del estado, y la voz interior nos hace añicos:

Uno se sentó a su lado y el otro se sentó enfrente de él de espaldas al viaje. Uno tenía que viajar de espaldas porque el dinero del estado tenía una cara para cada reverso y un reverso para cada cara y ellos viajan con el dinero del estado lo cual es incesto. Las monedas tienen una mujer de un lado y un búfalo del otro; dos caras y ninguna espalda.

Partido en dos, Darl conversa consigo mismo pero no deja de ver: "el dinero del estado lo cual es incesto". Acecha este pasaje la rabelesiana burla de Yago del amor heterosexual — el amor es una bestia de dos espaldas —, pero hay una consideración más profundamente shakesperiana en el dinero del estado visto como incesto; no estamos muy lejos de Medida por medida.

Puede que Mientras agonizo se le haga difícil al lector. Bien, es difícil; pero legítimamente. Faulkner, que tenía una aguda necesidad de ser su propio padre, exaspera a ciertas feministas con su identificación implícita pero obsesiva de la sexualidad femenina con la muerte. La cordura de Darl muere con la madre, y en cierto sentido su trastorno explícita lo que en los hermanos permanece mudo. En este libro la naturaleza es en sí misma una herida. André Gide hizo la extraña observación de que los personajes de Faulkner carecían de alma; lo que quería decir es que los Bundren, como los Compson de El ruido y la furia, no tenían esperanza, no podían creer que alguna vez fueran a levantarles la condena. Dios se niega a entablar alianza alguna con los Bundren o los Compson, tal vez porque vienen de un abismo y a él deben regresar. Quizá por eso Dewey Dell grite que cree en Dios con tanta desesperación. Mientras agonizo hace un retrato catastrófico de la condición humana, con la familia nuclear como la catástrofe más terrible.


En Cómo leer y por qué
Traducción de Marcelo Cohen
Imagen: © Nancy Kaszerman/ZUMA/Corbis


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Harold Bloom por A. Olive


El cuento moderno, en tanto permanece en la órbita de Chéjov, es impresionista; esto es tan cierto respecto del James Joyce de Dublineses como de Hemingway o Flannery O'Connor. Percepción y sensación, centros de la estética de Walter Pater, lo son también del cuento impresionista, incluidas en este rubro las mejores piezas cortas de Thomas Mann y de Henry James. Algo muy diferente ingresó en el arte moderno del relato con las fantasmagorías de Franz Kafka, precursor principal de Jorge Luis Borges, de quien puede decirse que reemplazó a Chéjov como influencia mayor en la cuentística de la segunda mitad del siglo veinte. Hoy los cuentos tienden a ser chejovianos o borgianos; sólo en raras ocasiones son ambas cosas.

Al contrario que las miradas impresionistas de Chéjov a las verdades de la existencia, las obras de ficción de Borges siempre insisten en un consciente carácter de artificios. Convendrá que, cuando vayan al encuentro de Borges y sus muchos seguidores, los lectores sepan albergar expectativas muy distintas a las que tienen frente a Chéjov y su vasta escuela. Ya no se oirá la voz solitaria de un elemento sumergido en la población, sino una voz habitada por una plétora de voces literarias precedentes. La gran proclama con que Borges profesa su alejandrinismo es que no hay para un Dios gloria mayor que ser absuelto del mundo. Si en los cuentos de Chéjov hay un Dios, no puede ser absuelto del mundo, como tampoco podemos serlo nosotros. Pero para Borges el mundo es una ilusión especulativa, o un laberinto, o un espejo que refleja otros espejos.

Necesariamente, entender cómo debe leerse a Borges es más una lección en la forma de leer a sus precursores que un ejercicio de autocomprensión. No quiero decir que Borges sea menos entretenido o iluminador que Chéjov, sino que es muy diferente. Para Borges, Shakespeare es todo el mundo y a la vez nadie: es el laberinto vivo de la literatura misma. Para Chéjov, Shakespeare es obsesivamente el autor de Hamlet, y el príncipe Hamlet se convierte en el barco en el cual Chéjov navega (del modo más literal en "En el mar", el primer cuento que publicó bajo su propio nombre). El relativismo de Borges es un absoluto; el de Chéjov es condicional. Cautivado por Chéjov y sus discípulos, el lector puede gozar de una relación personal con cada cuento, pero Borges lo cautiva en el campo de las fuerzas impersonales, donde la memoria de Shakespeare es un vasto abismo en donde uno puede tambalearse y perder los restos de individualidad que le queden.

Cada lector confeccionará una lista selecta de las ficciones de Borges; la mía consta de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", "Pierre Menard, autor del Quijote", "La muerte y la brújula", «El Sur", "El Inmortal" y "El Aleph". De esta media docena, aquí me concentraré sólo en la primera, y con cierto detalle, para ayudar a culminar esta sección sobre cómo leer cuentos y por qué necesitamos seguir leyendo los mejores ejemplos que encontremos.

"Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" empieza con una frase desarmante: "Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar." Esto es puro Borges: añádase a la enciclopedia y el espejo un laberinto y se tendrá su mundo. De todas las ficciones de Borges, ésta es la más sublimemente exorbitante. No obstante, el lector sucumbe a la seducción y busca encontrar creíble lo increíble, porque Borges tiene la habilidad de emplear personas y lugares reales (sus amigos mejores y más literarios, por un lado, y por otro una vieja mansión de campo, la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, un hotel familiar). Uno le concede la misma realidad natural al ficticio Herbert Ashe que al real Bioy Casares, mientras que Uqbar y Tlön, aunque fantasmagorías, resultan poco más maravillosas que la Biblioteca. Una enciclopedia que trata enteramente de un mundo inventado es algo muy distinto que la verificación de un mundo porque figura en una enciclopedia, obra a la cual solemos dar autoridad.

De hecho esto es desconcertante, pero de una manera sesgada. A medida que los objetos y conceptos tlönianos se propagan por las naciones, la realidad "cede". En ningún momento la seca ironía de Borges es más imponente:

Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden — el materialismo dialéctico, el antisemitismo, al nazismo — para embelesar a los hombres.

Borges, firme oponente tanto del marxismo como del fascismo argentino, incrimina lo que llamamos "realidad", pero no esa fantasía que es Tlön, parte del laberinto vivo de la literatura imaginativa.

Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.

En otras palabras, Tlön es un laberinto benigno, en cuyo final no hay Minotauro que espere para devorarnos. La literatura canónica no es una simetría ni un sistema, sino una enciclopedia vastamente proliferante del deseo humano, un deseo por ser más imaginativo en lugar de hacer daño a otra individualidad. Aunque no se trata de que Tlön nos hechice o nos hipnotice, no se nos da información suficiente para descifrarlo. Precisamente, Tlön queda como una vasta cifra a ser resuelta sólo por todo el universo literario de la fantasía.

El cuento de Borges comienza cuando él y su amigo más íntimo (y en ocasiones colaborador), el novelista argentino Bioy Casares, después de cenar en una quinta que han alquilado, sienten que los "acecha" la presencia de un espejo al fondo de un corredor. Entonces Bioy recuerda que "uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres." No se nos revela nunca el nombre de ese asceta gnóstico, que indefectiblemente es el mismo Borges, pero Bioy cree haber leído la frase en un artículo sobre Uqbar incluido en lo que se presenta como reedición (con otro título) de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El artículo no aparece en los volúmenes que hay en la casa alquilada. Al día siguiente Bioy lleva su propio y relevante volumen, que contiene cuatro páginas sobre Uqbar. La geografía y la historia de Uqbar son igualmente vagas; la localización del país parece ser transcaucásica, mientras que su literatura es totalmente fantástica y se refiere a territorios imaginarios, entre ellos Tlön.

En este punto el cuento, que apenas empieza, se acabaría de no ser por Herbert Ashe, un reticente ingeniero inglés con quien, a lo largo de dieciocho años, Borges dice haber mantenido desganadas conversaciones en un hotel que ambos frecuentaban. Tras la muerte de Ashe, Borges encuentra un volumen que el ingeniero ha dejado en el bar del hotel: A First Encyclopaedia of Tlön. Vol. XI. Hlaer to Jangr. El libro no lleva fecha ni lugar de publicación y consta de 1001 páginas, en clara alusión a Las mil y una noches. Absorto en esas páginas míticas, Borges descubre buena parte de la naturaleza (por así llamarla) del cosmos que es Tlön, en donde la ley primordial de la existencia es el idealismo feroz del obispo Berkeley, con su convicción de que nada puede ser como una idea salvo otra idea. En ese cosmos no hay causas ni efectos; predominan la psicología y la metafísica de la fantasía absoluta.

Hasta aquí el "artículo" titulado "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" que, dice Borges, incluyó en su Antología de la literatura fantástica publicada en 1940. Una "posdata" de 1947 expande la fantasmagoría. Se explica Tlön como una benigna conspiración de hermetistas y cabalistas a lo largo de tres siglos, que en 1824 cobró un giro decisivo cuando "el ascético millonario" Ezra Buckley propuso convertir un país imaginario en un universo inventado. Borges sitúa la propuesta en Memphis, Tennessee, haciendo así de lo que hoy conocemos como Elvislandia un lugar tan misterioso como la Menfis del antiguo Egipto. Los cuarenta volúmenes de la First Encyclopaedia of Tlön se completan en 1914, año en que estalla la Primera Guerra Mundial. En 1942, en medio de la Segunda Guerra, empiezan a aparecer los primeros objetos de ese universo: una brújula cuyas letras corresponden a uno de los alfabetos de Tlön, un cono metálico de peso insoportable, un juego completo de la Encyclopaedia. Otros objetos, hechos de materiales no terrestres, inundan luego las naciones. La realidad cede y con el tiempo el mundo será Tlön. Escasamente alterado, Borges permanece en su hotel revisando lentamente una "indecisa traducción quevediana" del Urn Burial de Sir Thomas Browne, del que mi frase favorita sigue siendo: "La vida es pura llama, y vivimos de un Sol invisible que está en nosotros."

Borges, visionario escéptico, nos encanta aun cuando hayamos aceptado su advertencia: la realidad cede con demasiada facilidad. Puede que las fantasías de cada uno de nosotros no sean tan complejas ni abstractas como Tlön; pero Borges ha esbozado una tendencia universal y cumplido un anhelo fundamental en relación con las razones por los cuales leemos.


En Cómo leer y por qué
Traducción de Marcelo Cohen
Imagen: A. Olive


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Descarga: Eric Hobsbawm - Historia del siglo XX

En su particular autobiografía, Años interesantes. Una vida en el siglo XX , Eric Hobsbawm reconoce que «Historia del siglo xx fue mi obra de mayor éxito, tanto por lo que se refiere a las ventas como en lo tocante a la acogida de los críticos. Fue bien recibida en todos los ambientes ideológicos del mundo -con excepción de Francia-, ganó premios en Canadá y Taiwán, y traducida al hebreo y al árabe, al mandarín de Taiwán y al de China continental, se hicieron ediciones serbias y croatas, en la lengua que los de mi generación siguen llamando serbocroata, y se tradujo incluso al albanés y al macedonio. En 2002, habrá aparecido en 37 lenguas distintas». Ciertamente, cuando la obra vio la luz en 1994, Hobsbawm ya era de modo incontrovertido uno de los principales historiadores del siglo xx y, tal como lo expresó Orlando Figes, era el historiador vivo más conocido del mundo. Sus fructíferos años dedicados a analizar y explicar el siglo xix, pueden parecer difícilmente superables o no, pero lo cierto es que la obra Historia del siglo xx constituirá su legado fundamental, porque Hobsbawm ha sido capaz de ensamblar el análisis más riguroso de los grandes acontecimientos del siglo con su propia experiencia personal.


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Descarga: Susan Sontag - Sobre la fotografía

Todo empezó con un ensayo —sobre algunos problemas estéticos y morales que plantea la omnipresencia de imágenes fotografiadas—, pero cuanto más reflexionaba en lo que son las fotografías, se tornaban más complejas y sugestivas. De modo que uno generó otro, y éste (para mi desconcierto) otro más, y así sucesivamente —una progresión de ensayos sobre el significado y la trayectoria de las fotografías— hasta que llegué lo bastante lejos para que el argumento bosquejado en el primer ensayo, documentado y desarrollado en los siguientes, pudo recapitularse y prolongarse de un modo más teórico; y detenerse.

Los ensayos se publicaron por primera vez (con pocas diferencias) en The New York Review of Books, y quizás nunca los habría escrito sin el aliento que sus directores, mis amigos Robert Silvers y Barbara Epstein, dieron a mi obsesión por la fotografía. A ellos, así como a mi amigo Don Eric Levine, agradezco los pacientes consejos y la pródiga ayuda.

S. S.


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Georges Perec (París7 de marzo de 1936 - Ivry-sur-Seine3 de marzo de 1982) fue uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX. Miembro del Oulipo y abanderado del Nouveau roman, basaba sus obras en la experimentación y en ciertas limitaciones formales como forma de crear. Para algunos, el más importante novelista de la segunda mitad del siglo XX.

Descarga: Georges Perec - La vida: instrucciones de uso

La vida instrucciones de uso fue considerada desde su aparición como una obra maestra y con los años su importancia no dejan de crecer. Así, esta obra maestra inclasificable –de la que se ha dicho que es un compendio tan enciclopédico como la Comedia de Dante o los Cuentos de Canterbury de Chaucer, y, por su ruptura con la tradición, tan estimulante como el Ulises de Joyce– fue galardonada como la mejor novela de la década 1975-1985 en la encuesta realizada por Le Monde. Entre la primera idea de la novela y su realización transcurrieron nueve años. Perec hablaba así de su proyecto: «Me imagino un edificio parisino al que se ha quitado la fachada... de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles.» En otra ocasión afirmaba que «todo el libro se ha construido como una casa en la que las habitaciones se unen unas a otras siguiendo la técnica del puzzle».

Efectivamente, cada capítulo se parece a un fragmento de un gigantesco, fascinante puzzle, cuya «osamenta» la constituye una casa parisina de la calle Simon-Crubellier: cada pieza del puzzle es un capítulo y lleva una indicación sobre sus inquilinos de hoy y de ayer, reconstruyendo los objetos, las acciones, los recuerdos, las sensaciones, la fantasmagoría. Siguiendo el orden sabiamente entretejido por Perec, asistimos a la formación de un microcosmos constituido por una serie de «novelas dentro de la novela», una prodigiosa concatenación de existencias, de vida vivida o simplemente soñada: una nueva «comedia humana», como la definió Calvino.


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GEORGES SIMENON
(1903-1989)
Georges Joseph Christian Simenon nació el13 de febrero del año 1903 en Lieja (Bélgica). Era ell hijo mayor de la pareja formada por Henriette Brull y Desire Simenon, contable de una compañía de seguros. Su supersticiosa madre, que siempre intentó evitar que su hijo se dedicase a la escritura, le inscribió en el registro el día 12, evitando la fecha real de su nacimiento, acontecida un viernes 13. En 1906 nació su hermano Christian.
Simenon tuvo que dejar sus estudios en 1919 para ponerse a trabajar y ayudar económicamente a su familia cuando su padre dejó su trabajo a causa de una enfermedad. Se ocupó como panadero y en una librería hasta convertirse en redactor de un periódico de Lieja, “Gazette De Lieja”, una publicación de ideología conservadora.
En su adolescencia se unió a “La Caque”, un grupo de artistas bohemios con inquietudes culturales amantes del alcohol, el sexo y las drogas.
En 1922, un año después de la muerte de su padre, Georges se trasladó a París, en donde mantuvo numerosos encuentros amorosos, entre ellos con muchas prostitutas, la famosa cantante Josephine Baker y su cocinera, llamada Boule.
Su primera boda se produjo con Regine Renchon, “Tigy”, pintora de Lieja con la que se casó en el 24 de marzo de 1923. Por esa época Simenon, un impenitente viajero, llegó a trabajar como secretario personal del Marqués Raymond D’Estutt de Tracy y publicó numerosos libros de diferentes géneros, muchos de ellos con seudónimos, como el de Georges Sim o Jean du Perry.
Su producción literaria fue muy prolífica, alcanzando la popularidad por sus novelas detectivescas protagonizadas por el inspector Jules Maigret, personaje que inició sus pesquisas policiales en “Pedro El Letón” (1929).
Estas obras estaban significadas por la sagacidad psicológica de sus procederes en la indagación de los autores del hecho investigado y por un estilo literario directo y sin florituras.
Con posterioridad aparecieron más de ochenta títulos con Maigret como personaje central, entre ellos “El Difunto Filántropo” (1930), “El Asesinato Del Canal” (1930), “El Carretero De La Providencia” (1931), “Un Crimen En Holanda” (1931), “La Noche En La Encrucijada” (1931), “El Loco De Bergerac” (1932), “El Asunto Saint-Fiacre” (1932), “El Testamento Donadieu” (1937) o “Cécile Ha Muerto” (1939).
Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, Simenon, que permaneció en Francia tras la ocupación de los nazis, fue acusado de colaboracionista con los alemanes. Su hermano Christian era simpatizante hitleriano, lo que propagó su posible apego a los rumores de colaboracionismo.
Para no soportar estos comentarios Georges decidió marcharse del país galo, residiendo en Canadá y los Estados Unidos, afincándose en Tucson, Arizona, y posteriormente en Lakeville, Connecticut.
En 1949, Simenon, que presumió de haberse acostado con miles de mujeres, la mayoría prostitutas, contrajo matrimonio con la canadiense Denyse Ouimet, con quien tuvo a su hija Marie-Jo.
Algunos títulos de Maigret escritos por el autor belga tras el conflicto bélico fueron “Mi Amigo Maigret” (1949), “Maigret En La Escuela” (1954) o “Una Confidencia De Maigret” (1959).
Al margen del inspector parisino, Georges Simenon mostró su maestría en la creación de historias de intriga y acrecimiento emocional, muchas veces en base al deseo amoroso. Algunos de sus mejores títulos son “Extraños En La Casa” (1940), “Carta a Mi Juez” (1947) “El Hombre Que Miraba Pasar Los Trenes” (1948), “Los Fantasmas Del Sombrerero” (1948), “En Caso De Desgracia” (1956), “El Tren” (1961), “La Habitación Azul” (1964), “Tres Habitaciones En Manhattan” (1965) o “La Mirada Inocente” (1965).
En 1955 el escritor belga abandonó los Estados Unidos para retornar a Europa, residiendo en Cannes. En 1957 se estableció en Suiza. En el país helvético dio inicio a una relación con una muchacha de origen italiano, Teresa Sburelin, con quien permaneció hasta su muerte.
Su querida hija Marie-Jo se suicidó en 1978 a los veinticinco años de edad, hecho que destrozó al escritor, de quien incluso se rumoreaban relaciones incestuosas con su descendiente.
A comienzos de los años 70 abandonó la ficción para escribir preferentemente textos autobiográficos, entre ellos “Memorias Íntimas” (1981). El último título con Maigret de protagonista fue “Maigret y El Señor Charles” (1972).
George Simenón murió en la ciudad suiza de Lausana el 4 de septiembre de 1989. Tenía 86 años.
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La gran familia del inspector Maigret

Acantilado acomete la publicación de la monumental obra de Georges Simenon, formada por más de 500 novelas

Su hijo recuerda a uno de los grandes escritores del siglo XX

 Barcelona 6 OCT 2012 - 

Georges Simenon, en una foto familiar de 1955, junto a su mujer y a sus hijos John (izquierda) y Marie. / LEEMAGE

En los tiempos que corren hay que volver al comisario Maigret, a ese policía que, más que encontrar al asesino, quería entender sus razones y hurgar en el fondo de su alma. Su creador —y álter ego—, Georges Simenon (Lieja, 1903 - Lausana, 1989) fue uno de los grandes escritores del siglo XX, aunque esta evidencia parece que hay que seguir reivindicándola frente al prejuicio que acarrea la supuesta —y errónea— adscripción a un género menor: el policiaco.
Sus libros (más de 500 títulos) siguen reeditándose. Hace poco Tusquets comenzó la hercúlea tarea de publicar sus obras completas, aunque el empeño quedó finalmente en eso. Ahora, Acantilado vuelve a la carga y el próximo día 13 saca Pietr el letón, la obra de 1931 en la que aparece Maigret por primera vez, a la que seguirán El gato (1967), El perro canelo (1931) y La casa del canal (1933), con traducciones de José Ramón Monreal.
John Simenon (Tucson, 1949), su segundo hijo, el primero de su segunda mujer, Denyse, gestiona el legado paterno y pasó por Barcelona para hablar de su padre, quien precisamente le trajo a la capital catalana en 1964, un viaje que nunca olvidará. No fueron a ver la Sagrada Familia, sino a pasear por la ciudad, entonces mucho más canalla que ahora. “Nos parábamos en todos los bares para tomar jamón. Él bebía una copa de tinto y yo una coca-cola, y fuimos a los toros. Pero de lo que más me acuerdo es de [EL CABARÉ] El Molino, con esos bancos como de colegio, lleno de humo, donde se bebía y era una fiesta increíble”.
John, nacido en Estados Unidos cuando Simenon atravesaba un periodo difícil, perseguido en Francia por las dudas que generaba su actitud durante la ocupación nazi, se comporta como un profesional, pero cuando se lanza tras los recuerdos, se percibe con claridad el poderoso rastro de su padre visto desde abajo, como solo lo puede ver un niño. No tiene memoria del Simenon explosivo y vitalista de la década de 1930. “Era la segunda mitad de su vida. No era viejo, aunque para mí es la imagen que la gente se hace de Maigret, la de un hombre mucho mayor de lo que era, porque yo era un niño. Una imagen protectora y tranquilizadora, incluso si durante mi adolescencia vivimos conflictos que, en cierto modo, eran de los más violentos que un adolescente puede experimentar”.
La familia, que ya había entrado en descomposición, había vuelto a Europa a mediados los cincuenta, y se instaló en Cannes. “No lo veíamos mucho en esta época, pero era una persona accesible”, recuerda John. Fue un periodo en el que Simenon todavía tenía una vida social agitada. Luego se trasladaron a Suiza, a la gran mansión de Epalinges, que se hizo construir encima de Lausana, frente al lago Lehman.
Pese a su leyenda de vividor, Simenon era extremadamente profesional. “Era su propio agente, probablemente uno de los mejores agentes posibles. Se forjó a sí mismo, fue capaz realizar su propia promoción; algo que sabía hacer muy bien, y aunque hoy en día esto no sea nada raro, sí lo era en su tiempo, cuando un escritor tenía que actuar como si hubiera heredado el talento por derecho divino. Él voluntariamente deseaba tener una gran audiencia y reflexionaba sobre esta cuestión, porque no escribía para sí mismo en un rincón, sino para los lectores”.
Para ello, apunta, Simenon se trazó un plan vital sobre el que desarrollar su carrera de novelista. “Lo primero que hizo fue aprender su oficio durante muchos años; era un virtuoso, y no se llega a ser virtuoso sin practicar, practicar y practicar. Es decir, había adquirido todas las herramientas que necesita un escritor y las tenía a su disposición. Sabía que esto es un trabajo, un oficio y había sudado sangre para aprenderlo; primero escribiendo esas novelas populares bajo pseudónimo, que consideraba como de entrenamiento; después llegó Maigret, una nueva etapa en la que ya se atrevía a abordar una obra más completa, aunque fuera de género. Si bien al principio siguió sus reglas, luego las rompió”.
Tenía una meta: “convertirse en un verdadero novelista, lo que él llamaba un escritor de novelas duras, aquellas que no deben nada a nadie, que se deben solo a ellas mismas y a su naturaleza”.
John recuerda muy bien cómo funcionaba el proceso creativo de su padre. “Cuando se ponía a escribir no necesitaba pensar, escribía de corrido. Se encerraba en su despacho y no dejaba entrar a nadie. Era una regla absoluta. No podíamos hacer ruido. No era un problema, porque por lo general los niños estábamos en la escuela y cuando volvíamos del colegio él ya había acabado, escribía en un horario escolar. La inspiración la buscaba antes de ponerse a escribir. Antes de empezar una novela paseaba, daba grandes paseos durante un periodo que podía durar entre una y tres semanas. Y era en este proceso cuando la novela empezaba a tomar forma. En realidad lo que tomaba forma eran los personajes, el decorado... y en este proceso sí que participé. Era apasionante. Hablaba con la gente, saludaba a todo el mundo, se paraba aquí y allá. Podía darme cuenta de que tenía la cabeza en otro sitio; se volvía más gruñón, más impaciente…”
El mal humor de Simenon en este periodo de su vida era legendario, pero John tiene una explicación. “Podía ser irascible en cualquier momento, pero es que a partir de los años sesenta desarrolló un meningioma, un tipo de tumor benigno con el que, como que en aquella época no había escáneres, vivió casi 15 años. Llegó a tener el tamaño de una pelota de tenis. Luego comprendimos que sus migrañas, su irascibilidad y su mal humor eran consecuencia del tumor, porque cuando se operó se convirtió en otra persona. Ya tenía 83 años, pero la transformación fue extraordinaria, se convirtió en un tipo dinámico, divertido, se transformó en el personaje que describían todos los que le habían conocido antes de la guerra”.
El tumor aparentemente no afectó a su trabajo, aunque es posible que tuviera bastante que ver con su decisión de dejar de escribir novelas en 1972, cuando tenía sólo 69 años y camino por delante. Luego llegaron los textos de reflexiones y recuerdos que dictó en un magnetófono y que constituyen los 21 volúmenes de Dictées, la Carta a mi madre y lasMemorias íntimas que en España publicó recientemente Ediciones B. Fue su punto final a la ficción.






Carly sostiene que la intensa vida de Simenon explica su universalidad

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Dos cosas fueron fundamentales en su vida: primero, "vivir, vivir mucho", y segundo, "escribir". De hecho, la literatura de George Simenon fue fruto de su intensa experiencia vital. Cifró en 10.000 el número de sus amantes, vivió en numerosos países de todo el mundo y comprobó que "el hombre es igual en todos sitios", "tiene los mismos miedos, el miedo de estar desnudo", añadió el escritor, guionista y experto en la obra del creador del inspector Maigret, Michael Carly, que ayer impartió una conferencia en la sede del Instituto Francés de Valencia, con motivo del centenario del nacimiento del escritor belga, que murió en 1989.
Todo ello explica la universalidad de Simenon. Sus casi 400 novelas (unas 200 firmadas bajo seudónimo) han sido traducidas en todo el mundo, hasta en Japón, y los 9.000 personajes que pueblan sus libros recorrieron 2.000 lugares del planeta. No hay duda de que Simenon fue uno de los escritores más importantes del siglo XX, comentó Carly. Ya se ha superado la controversia académica sobre la calidad de su literatura, agregó el estudioso que prepara un libro en el que demuestra, con la "documentación original en la mano", que "no hay razones para pensar" que las acusaciones de colaboracionismo con el régimen nazi sean ciertas. Se sustentaron en una "confusión" con su hermano.
Simenon en cifras
Sus novelas hacen referencia a 1800 lugares en el mundo entero y dan vida a más de 9000 personajes; pero cuyos datos son grosso modo:103 episodios de Maigret (75 novelas y 28 novelas cortas);117 novelas conteniendo 25000 páginas;Obras completas publicadas bajo su patrónimo contenidas en 27 volúmenes;Más de 500 millones de libros vendidos;Traducciones en 55 lenguas;Publicado en 44 países;Más de 50 filmes basados en su obra, sólo en el cine francés;Millares de artículos en diferentes periódicos;Un millar de reportajes alrededor del mundo.