Detalles y elucubraciones sobre la muestra que el artista australiano presenta en Proa, y que es una de las sensaciones del fin de año porteño.

POR HORACIO BILBAO

Fotografías y videos: Proa


Montaje. El artista trabaja con una parte de una de las obras exhibidas en Proa.
Montaje. El artista trabaja con una parte de una de las obras exhibidas en Proa.
Woman with Shopping (Mujer con las compras), 2013. Edición: 1/4. Procedimientos y materiales varios. 113 x 46 x 30.
Woman with Shopping (Mujer con las compras), 2013. Edición: 1/4. Procedimientos y materiales varios. 113 x 46 x 30.
Young Couple (Pareja joven), 2013. Edición 1/1. Procedimientos y materiales varios. 89 x 43 x 23 cm.
Young Couple (Pareja joven), 2013. Edición 1/1. Procedimientos y materiales varios. 89 x 43 x 23 cm.
La masiva asistencia a la muestra del artista australiano en Proa, en el barrio de La Boca, renueva la curiosidad por la obra y por el perfil de su creador. ¿Cuál es su método, qué materiales emplea, qué busca significar con sus esculturas de títulos obvio? Ya sabemos, Mueck no da entrevistas, y por eso arriesgamos interrogantes que también son hipótesis. Ha dicho Grazia Quaroni, la curadora, que la obra del artista no es narrativa y que el espectador construye una historia con su propia experiencia.  Por eso aportamos videos e imágenes con los impactantes detalles de algunas de sus figuras para descubrir o inventar una narrativa a estos personajes que el mismo peinó y coloreó en su paso fantasmal por Buenos Aires. 

Pasamos de figuras enormes como "Pareja bajo una sombrilla" a otras más pequeñas, como "Joven pareja" y todas nos interpelan. Parece increíble que alguien que logra lo que Mueck con su trabajo, que se involucra a fondo en sus obras, no les imagine y relate unas vidas, unas historias y narrativas a sus personajes. Es cierto, ninguna tiene un marco conceptual ni histórico, pero eso las deja abiertas a la libre imaginación. A continuación, podrán ver algunos detalles de sus obras, y en el player superior de esta nota, un recorrido más general y también videos de la muestra en Proa. Un proceso creativo y obras de significado reservado, abiertas a la interpretación desde la libre experiencia.

MUJER CON LAS COMPRAS. (Woman with shopping)
Si nos resulta indescifrable la mirada perdida de esta mujer, nublada, sin enfocarse en ningún punto fijo, todo lo contrario ocurre con los ojos de su niño, que la buscan directamente a ella. Además, qué quiere decirnos Mueck titulando la obra con las compras que ella acarrea y no con el niño, quien finalmente se lleva gran parte de la atención. ¿En qué piensa esa madre?
PAREJA DEBAJO DE UNA SOMBRILLA. (Couple under an umbrella)
Si los personajes de esta obra se pusieran de pie, medirían cuatro metros. Sin embargo, puestos a su lado, el tamaño es relativo. Son gigantes y reales a la vez. Aquí, como en todas las obras, los pliegues de la piel, la pigmentación y los gestos se vuelven a veces sobrehumanos. 


PAREJA JOVEN. (Young couple)
Sabemos que Mueck pidió privacidad para estos jóvenes, intimidad, una pared que los separe del resto de sus obras para que pudieran continuar con lo que se traen entre manos. Pero lo que vemos de frente es distinto a lo que aparece atrás. A las obras de Mueck hay que caminarlas, rodearlas, descubrirles las tensiones. Explorar sus relaciones, los vínculos, como lo hace él.
A LA DERIVA. (Drift)
Es la única instalación de la muestra. Una pared pintada de azul, que puede ser un mar, una pileta, un río, y un hombre reposando sobre una colchoneta inflable, que no parece andar a la deriva, sino más bien disfrutar de un buen momento. ¿Es un modelo posando? ¿Es una crítica contra la pose de andar a la deriva? ¿O andar a la deriva es pasarla así de bien? La evidencia del bronceador y una iluminación potente, tal vez agreguen preguntas.
JUVENTUD. (Youth)
Ve la sangre fluir y se sorprende ese joven de color frente al tajo en su abdomen. Le parece increíble que eso le haya ocurrido a él. Más que por la herida, la obra significa por el rostro y quizás por naturalización de las heridas que vienen incluso de otra historia.
MASCARA II. (Mask II)
El gigantesco rostro que abre la exposición, es un ícono de un hombre durmiendo. El autor y la curadora lo van a negar una y mil veces, pero parece ser un autorretrato de Mueck. Consciente o inconsientemente, la cabeza, que en realidad es sólo una máscara por que no tiene reverso, podría ser el mismísimo Mueck. ¿Enmascarado?

HOMBRE EN UN BOTE. (Man in a boat)
Mueck, que podría haber levantado un bote del Riachuelo, trajo el suyo en avión. Y allí sentó a este señor desnudo, que seguramente se habrá rociado con un buen bronceador, para no sufrir los embates del veranito porteño. Lo decimos por su piel blanca, digna de un cuidado especial, y poco común en un naufrago, como podría ser este. En esta obra el artista escapa de las situaciones cotidianas, ni shopping, ni pareja. Un bote y un náufrago peinado a la gomina mirando al más allá.

Ron Mueck básico

Melbourne, Australia, 1958
Artista plástico

No tiene educación artística formal. Hijo de jugueteros, desde niño modeló figuras, vocación que luego desarrolla trabajando en cine, tevé y publicidad, como realizador de efectos especiales y creador de personajes. En 1996 Charles Saatchi comienza a coleccionar sus obras y lo consagra como valor en alza. Invitado por Saatchi, en 1977 participa en la exhibición Sensation , que incluyó también a otros “nuevos” artistas británicos como Damien Hirst y los hermanos Jake y Dinos Chapman. En 2001 obtiene gran aceptación internacional con “Boy”, un niño agazapado de cinco metros de altura que se exhibió en la Bienal de Venecia. Ron Mueck no da entrevistas. Vive y trabaja en Londres.

Los límites de la realidad

Escultura. Se inaugura hoy la muestra del artista que, sin pasar por ninguna escuela de arte, logró con sus obras una extraordinaria conexión con el público y renovó la escultura contemporánea.



Uno la observa con todo detalle. La mira a los ojos un buen rato y luego un minuto más, de perfil. Camina despacio una vuelta completa a su alrededor sin sacarle la mirada de encima. Examina su gesto, su aspecto cansado, sus pecas suaves en la piel de la cara. No tiene el tamaño de un ser humano real. Y su inmovilidad es aún más sospechosa que su pequeñez. Pero por un instante uno llega a creer que esa mujer quieta que lleva un bebé en el pecho y bolsas cargadas de compras que le tensan los brazos, por fin se cansará de tener la vista fija en algún punto frente a ella, girará el cuello hacia uno y le preguntará por qué la mira tanto. Hasta ese punto llega la conexión que el espectador sentirá frente a algunas de las nueve esculturas que integran la muestra del australiano Ron Mueck que a partir de hoy y hasta el 23 de febrero puede recorrerse en la Fundación Proa.

Nueve esculturas de Ron Mueck, créalo, no son pocas: el espacio de Proa, que es amplio y se distribuye en varias salas en dos plantas, está perfectamente lleno con ellas. Las obras que Mueck crea en su pequeño taller de Londres tomándose todo el tiempo necesario para llegar a la perfección se sienten cómodas y ganan potencia en los espacios despejados. Toman el espacio.
Por otro lado, Mueck ha realizado en toda su vida de artista unas 35 obras, de manera que las exhibidas ahora en Proa son casi un tercio de su producción. Y tres son nuevas, producidas especialmente para esta muestra que ya visitaron 300.000 personas en la Fondation Cartier pour l’art contemporain, de París, entre el 16 de abril y el 27 de octubre y que tras su paso por Buenos Aires se exhibirá en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro.
La muestra fue concebida por la Fondation Cartier, con la curaduría de su director, Hervé Chandès y de su curadora asociada, Grazia Quaroni, y su diseño expositivo estuvo a cargo del Ron Mueck Studio. Como es habitual cada vez que expone, el artista viajó a Buenos Aires con su asistente, Charles Clarke, para el montaje de la muestra. Pero –como también es habitual– regresó inmediatamente a Londres y no estará presente en la inauguración. Mueck es un artista que no da entrevistas a los medios, no da charlas en museos ni en universidades, no se lo ve en inauguraciones. Simplemente no se siente cómodo en esas situaciones. El lugar que prefiere es el taller, el estudio donde produce sus esculturas. Siente que eso es lo que sabe hacer y lo que disfruta. Ama su trabajo. “Está mucho más cerca de la humildad que del narcisismo, le gusta el trabajo discreto”, cuenta su asistente Charles Clarke.
Ese apego al taller se ve claramente en la película documental Still Life: Ron Mueck at Work (Naturaleza muerta: Ron Mueck trabajando), que el fotógrafo Gautier Leblond filmó para que acompañe esta muestra y que puede verse en el auditorio de Proa. Leblond instaló su cámara en un rincón del pequeño taller de Londres y durante meses registró el trabajo de Mueck en la creación de las tres nuevas esculturas que hizo especialmente para esta exposición. Lo que se ve en casi sesenta minutos de película es la rutina de trabajo de un artista totalmente despreocupado de la cámara. “Lo que me fascinó durante la película –relató Leblond en una entrevista– fue la actitud meditativa de su trabajo. Hace los mismos gestos cientos de veces durante varios días, pero nunca pierde el placer, nunca lo vi aburrirse. Y como es un perfeccionista, no abandona hasta que el gesto final es preciso. Hasta que sus piezas no salen del taller no deja de trabajar en ellas. Se ocupa de ellas, de la fabricación, de lo artesanal. Es como una esencia. Hay momentos en la película, como cuando se ocupa del cabello de la muchacha, en que parece estar con una hija. Gestos muy cariñosos, delicados. Realmente le importan sus trabajos. Eso realmente me golpeó.” Lo que también se ve en el documental es el proceso técnico de la fabricación. Y es revelador. ¿Cómo logra la magia de crear estas figuras perfectamente reales? No hay grandes secretos ni misterios: mucho trabajo paciente. El artista realiza un primer estudio de arcilla que le permite decidir la escala final de la pieza. Sobre un segundo o un tercer estudio de arcilla con el tamaño definitivo, Mueck precisa detalles como la textura porosa de la piel y las arrugas. En la película se ve cómo trabaja dando forma a las esculturas de arcilla con las manos. Muchas veces, después de examinar los resultados, desecha una parte del trabajo y comienza de nuevo. Encima de la arcilla aplica varias capas de resina de poliéster y fibra de vidrio que absorben los detalles y forman una capa rígida. Más recientemente sustituyó la fibra de vidrio por un material más flexible y blando, de silicona. En general, logra el cabello con pelo de caballo. Cuando la cobertura se seca, Mueck y su equipo de ayudantes la retiran y lavan los restos de arcilla de su interior. Entonces aplica una pintura que se adhiere al material sintético en lugar de cubrirlo, logrando así el efecto traslúcido de la piel. Dada la escala de sus esculturas, también se fabrica en el taller la ropa, los zapatos, los objetos que llevan los personajes.
Ese trabajo callado y paciente de Mueck que no se detiene hasta que logra exactamente la perfecta imagen que buscaba está en las nueve esculturas de la muestra. La que recibe al espectador es “Mask II” (2002). El rostro que reposa dormido es el de Ron Mueck. Con un poco menos de realismo que en sus últimas obras debido a que cuando la hizo trabajaba con fibra de vidrio –que luego reemplazó por silicona–, en esa cara se ven las arrugas alrededor de los ojos, las pestañas, la tensión de los músculos, las pequeñas imperfecciones de la piel, la barba crecida, la mejilla aplastada contra la cama. La obra no está colgada en la pared para que el espectador pueda ver el reverso hueco y entienda que se trata de una máscara, lo que podría entenderse como una reflexión del artista sobre su propio trabajo de escultor realista: esta máscara –podríamos arriesgarnos a leer– es mi rostro pero al mismo tiempo no lo es, es una máscara; y está durmiendo, es la imagen de mi rostro en estado de sueño profundo, y de inconciencia, cuando la razón se ha retirado y mis pensamientos, sensaciones y emociones se ocultan detrás de los párpados. Hay en esa máscara –que es un rostro y que no lo es– algo de límite que el espectador no puede franquear ni siquiera mirándola por su reverso. Una frontera entre la razón y el inconsciente, entre lo que aparece y lo que se esconde, entre lo público y lo íntimo, entre la realidad y la irrealidad, entre la presentación y la representación. Ninguna imagen es la verdad entera.
La siguiente obra en el recorrido es una de las tres esculturas nuevas, “Young Couple” (Pareja joven), 2013. La dos figuras de pequeña escala parecen unidas por una gran proximidad. Los dos están tomados de la mano y el chico está diciéndole algo en voz baja a ella. Pero hay algo indefinible que no termina de ser amoroso. Y que se confirma cuando uno rodea la escultura y ve que en realidad él está aferrándola por la muñeca para atraerla y que la mano de ella está en un gesto de tensión y resistencia. No hay más información. Eso es lo que se ve y a partir de eso el espectador puede construir su historia. O ir aún más allá y arriesgar la hipótesis de que los personajes de la siguiente escultura –también nueva–, “Couple under an Umbrella” (Pareja debajo de una sombrilla), 2013, quizá sean los mismos que los de la pareja joven, 50 años más tarde. Desde luego, no hay cómo saberlo, ni tiene importancia. Pero sí es interesante ver en estas dos parejas, la joven y la anciana, el interés de Mueck en temas como la comunicación entre dos personas, la vida, la juventud, el paso del tiempo, la edad y sus marcas en el cuerpo. Es increíble la íntima conexión que se advierte en la pareja de viejos bajo la sombrilla y, al mismo tiempo, la soledad de cada uno de ellos en esa situación. Uno puede imaginar, si quiere, que en esa pareja hay un antiguo desacuerdo, que acaban de tener una discusión profunda, pero que ninguna discusión puede ya terminar con la relación. Toda la información que hay es la que se ve: la forma en que se tocan sus cuerpos, la forma en que ella lo mira y la mirada de él perdida en sus adentros. Y un detalle que estimula la imaginación: ella lleva alianza, él no. Pero más allá del relato que uno pueda construir mirando a esta pareja, produce una admiración sin límite la perfección del trabajo del escultor, desde la composición hasta la representación de la gravedad en la carne de esos cuerpos. El apoyo del peso de la mujer en las manos sobre el suelo, el peso del hombre distribuido en la espalda y los pies, y cada detalle de los metros y metros de piel en la que el tiempo hizo lo suyo.
En esta y/o en las demás esculturas de la muestra es imposible no verse uno mismo. Todos somos o hemos sido uno de estos personajes; todos hemos vivido, al menos, algunos de estos momentos. ¿Acaso alguien no buscó desesperadamente cuando bebé la mirada de la madre? ¿Alguien no vivió el momento de descubrir una herida o un signo del paso del tiempo en su cuerpo? ¿Alguien no sintió la frustración de saber que la comunicación real con otra persona siempre tiene un resquicio de ilusión? “Todos pueden encontrar un momento de su vida que se corresponde con una escultura de Ron –reflexiona Gautier Leblond en un video al que se puede acceder en el sitio web de la Fondation Cartier–. Nos sentimos mirados frente a sus esculturas. A veces casi se siente que te estás mirando a vos mismo mirando sus esculturas, eso es lo que las hace fascinantes. Las obras de Mueck conmueven no tanto por su realismo o por su escala, sino porque indagan profundamente en el ser humano.
Hay tres momentos de belleza muy presentes en las obras de Ron Mueck: el de las obras mismas, el del artista haciéndolas con la dedicación y la paciencia que sólo se tiene con los hijos y, quizá el más importante: el de la interacción del espectador con la obra. Es bello ver a una persona mirando a los ojos a una obra de arte, tratando de descubrir si también es un ser humano o por qué no lo es. Qué es lo que lo iguala y qué es lo que lo diferencia de ese montón de resina, qué es lo que ese montón de resina le puede revelar sobre la existencia.
De diferentes maneras más o menos visibles, en tres de las nueve obras de la exposición se puede advertir referencias a la crucifixión de Cristo. La primera de ellas es “Youth” (Juventud), la escultura más pequeña de la muestra, en la que hay una clara referencia a la pintura de Caravaggio “La incredulidad de Santo Tomás”, en la que Cristo ha resucitado y le ofrece a Santo Tomás, que no lo cree, que meta su dedo en la herida. En la escultura de Mueck, un joven afroamericano se levanta la remera y aunque sus ojos la ven, no da crédito a su herida, igual y en el mismo lugar del torso que la de Cristo. De cualquier forma, esa referencia está para quien quiera o pueda verla en esta escultura, pero no es un tributo a Caravaggio. La pintura del artista barroco es para Mueck un input para empezar su escultura. Sin embargo, tiene un significado personal importante para él, que se quedó con una copia de artista de las cuatro que realizó.
Las otras dos obras vinculadas con la crucifixión están en la misma sala de la planta superior. Una de ellas, “Drift” (A la deriva), de 2009, es –según explica la curadora Grazia Quaroni– la única que no es una escultura sino una instalación ya que no está sola en el espacio y el espectador no la puede rodear. Es la figura a escala reducida de un hombre en traje de baño acostado sobre una colchoneta inflable, con los brazos un poco extendidos y está instalado en una inmensa pared vacía de color azul celeste. La sala está en semipenumbra. Sólo se ilumina la figura del hombre y la pared con una luz muy específica que es parte de la instalación. El hombre está colocado sobre la pared de tal modo que sus pies quedan aproximadamente a la altura de los ojos del público. La primera impresión es la de una imagen pop de un hombre relajado, tomando sol en una piscina. Pero poco a poco esa imagen puede empezar a desvanecerse para dar paso al recuerdo de la imagen de Cristo en el altar de una iglesia.
Por último, en un rincón de la misma sala, “Still Life” (Naturaleza muerta), de 2009, es un clásico de la historia del arte que, entre otros, ha pintado Rembrandt. Un pollo colgando de las patas. Claro que ahora es una escultura enorme, de más de dos metros de alto y con una piel que parece realmente la piel de un pollo. Y es tan raro como inquietante: obviamente es algo no humano, pero tiene algo de cadáver. En la muerte de ese pollo hay algo que lo humaniza y más aún, algo que de alguna manera evoca también la crucifixión y, más precisamente, el martirio de San Pedro, crucificado cabeza abajo. Pero si el espectador no vincula al pollo colgado con nada de eso, la escultura no pierde nada de su belleza ni su capacidad de conmover. La historia de cómo surgió esta obra en la imaginación de Mueck puede ser ilustrativa de lo azaroso que puede ser el proceso creativo de este artista. Durante una residencia que hizo en Puerto Vallarta, México, vio en un mercado los pollos colgados, algo bastante poco probable en Londres. La imagen lo impresionó y ese mismo día dibujó un boceto que finalmente fue ganando precisión, hasta convertirse en esta maravillosa escultura a gran escala

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Gonzo: The Life and Work of Dr. Hunter S. Thompson (Alex Gibney, 2008)




Afiche 
Gibney, de la mano de un narrador de excepción, el actor Johnny Deep, nos invita a un extraordinario viaje a la extraña y salvaje vida del Dr. Hunter S. Thompson, creador del periodismo Gonzo y autor de la célebre “Miedo y Asco en Las Vegas”. Un documental brutalmente entretenido que retrata los momentos más decisivos en la vida de Thompson, desde su rebelde juventud, sus primeros trabajos como periodista, la turbulenta relación que le unió a los Ángeles del Infierno, su infructuosa candidatura a Sheriff de Aspen o su notoria implicación en la campaña presidencial de 1972. Todo ello narrado por las personas más importantes en la vida de ese rebelde con causa que fue Hunter Stockton Thompson. (FILMAFFINITY)
Gonzo: Vida y obra del Doctor Hunter S. Thompson


Ficha Técnica:




Título original:


Gonzo: The Life and Work 
of Dr. Hunter S. Thompson


Año:


2008


País:


Estados Unidos


Género:


Documental. Biográfico


Dirección:


Alex Gibney


Guión:


Alex Gibney


Duración:


121 min




Reparto:




Hunter S. Thompson, Johnny Depp, Joe Cairo, 
David Carlo, Victor Ortiz, Gilleon Smith, Alex Ziwak,
 Eugenia Care, Brian Kimmet, Muhammad Ali, 
Warren Beatty, John F. Kennedy, Martin Luther King




Datos del archivo:




Idioma:


Inglés con subs en español (srt)


Calidad:


DVDRip


Resolución:


624 x 352


Formato:


AVI


Tamaño:


1401 MB




Sinopsis:
Alcohol y estupefacientes como combustible para un motor cerebral genial. El motor de un tipo que reinvento parte del periodismo moderno. Hunter S. Thompson se pego un tiro en la cabeza en su rancho de Woody Creek, Colorado el 20 de febrero de 2005.

Cuando el director Alex Gibney, ganador del Óscar, comenzó a filmar la historia del periodista estadounidense Hunter S. Thompson en su funeral, dijo que fue uno de sus 'mayores fracasos' al hacer un documental. "Nadie quiso hablar, así que solo nos sentamos allí con el equipo de filmación pidiendo servicio a la habitación; fue patético", dijo Gibney al recordar el funeral del 2005, que costó cerca de dos millones de dólares y que pagó el actor Johnny Depp, al que asistieron amigos y actores como Bill Murray. "Ellos sintieron: esto es Hunter, él es muy personal para nosotros (...) Y ellos no me conocían y pensaron, ¿quién es este tipo?", señaló. Pero con la eventual ayuda de Depp y del editor de "Vanity Fair", Graydon Carter, Gibney accedió a los archivos de Thompson y terminó "Gonzo: The Life an Work of Dr. Hunter S. Thompson".

El documental examina los trabajos de Thompson, incluida su primera nota para la revista "Rolling Stone" sobre el club de motociclistas "Hell's Angels" y sus libros "Fear and Loathing in Las Vegas". Gibney presenta entrevistas con colegas y personas, entre ellos el derrotado candidato a la presidencia de Estados Unidos George McGovern, sobre quien Thompson escribió mientras cubría la carrera presidencial de 1972, además del dibujante británico y colaborador Ralph Steadman.
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HUNTER S. THOMPSON por Tom Wolfe

Hunter S. Thompson era uno de esos pocos escritores que resultan ser lo que parecen. Stephen King, por ejemplo: sus cejas a lo Locos Addams en las fotos de solapa combinadas con los horrores delirantes de sus historias siempre me hicieron pensar en Drácula. Cuando finalmente lo conocí, King estaba en Miami tocando, junto a Amy Tan, en una banda de jook-house llamada Los Remainders. Era un verdadero rayo de sol, pura risa, la imagen misma de la diversión inocente, un Conde Drácula que en la vida real era Peter Pan. Por poner otro ejemplo: Carl Hiaasen, el genio que ha escrito novelas tan sencillas como Striptease, Sick Puppy, y Skinny Dip, es en persona muy inteligente, reflexivo, sobrio, cortés, incluso galante, el caballero sureño más educado que se puede pedir (y yo los pido todo el tiempo y nunca los encuentro). Pero el caso de Hunter Thompson era distinto: el gonzo –término acuñado por el propio Hunter– que se leía en las páginas de Miedo y asco en las Vegas (1971) y en sus clásicos de la Rolling Stone, tales como The Kentucky Derby is Decadent and Depraved (1970), era el mismo que uno después conocía en persona. Uno no almorzaba ni cenaba con Hunter Thompson. Con él, uno asistía a un evento a la hora de comer.

Yo no conocía a Hunter cuando el libro que lo estableció como una figura literaria, The Hell’s Angels, a Strange and Terrible Saga (Los Angeles del Infierno), fue publicado en 1967. Era periodismo de investigación brillante, arriesgado, escrito con un estilo y una voz que nadie había visto ni escuchado antes. El libro revelaba que él había estado presente en una fiesta para los Hell’s Angels organizada por Ken Kesey y los Merry Pranksters, su comuna hippie (en una época en que el término no era “hippie” sino “acid-head” (adictos al LSD). La fiesta sería una escena clave en el libro que yo estaba escribiendo (The Electric Kool-Aid Acid Test). Llamé sin más a Hunter a California, y él me brindó generosamente no sólo sus recuerdos sino también las grabaciones que había hecho en esa primera famosa alianza de los hippies y las bandas de motociclistas “forajidos”, una saga terrible y extraña en sí misma, que culminó con los Rolling Stones contratando a los Angels como guardias de seguridad para un recital en Altamont, California, y los “guardias de seguridad” matando a golpes a un espectador con tacos de billar.

Como agradecimiento, invité a Hunter a almorzar cuando estuviera en Nueva York. Fue un brillante día de primavera de 1969. Resultó ser uno de esos tipos jóvenes, larguiruchos, altos y huesudos, de ojos alarmantemente iluminados, de esos que, según mi experiencia, son más propensos a las explosiones maníacas que cualquier otro tipo de ser humano. Hunter no conversaba con uno sino que hablaba mediante salvas explosivas de palabras sobre un tema determinado.

Ibamos caminando por la calle 46 Oeste hacia un restaurante, The Brazilian Coffee House, cuando pasamos por un local de náutica. Hunter se detuvo, se zambulló en el local y emergió con una pequeña bolsa de papel madera. Un sexto sentido, probablemente activado por los ojos alarmantes y la elevación y caída de tres centímetros de la nuez en su garganta, me dijo que no preguntara qué había en su interior. En el restaurante lo dejó sobre la mesa mientras comíamos. Finalmente, el tonto que llevo dentro no pudo con la curiosidad y preguntó: “¿Qué hay en la bolsa, Hunter?”

“Tengo algo que podría vaciar este restaurante en 20 segundos”, dijo Hunter. Comenzó a abrir la bolsa. Sus ojos se habían iluminado a 300 watts. “No, no importa”, le dije. “¡Te creo! ¡Mostramelo más tarde!”. De la bolsa sacó algo que parecía un pequeño frasco de espuma de afeitar para viajes, sin tapa, y lo presionó. Entonces sobrevino el sonido más penetrante que había escuchado jamás. No despejó el Brazilian Coffee House. Lo congeló. El lugar quedó tan en silencio que se escuchaba el tic tac del reloj antiguo de la cocina. Los trozos de carne en los tenedores habían quedado suspendidos en el aire. Un mozo que preparaba un cocktailquedó petrificado, sosteniendo la coctelera con ambas manos apenas debajo del mentón. Hunter deslizaba la pequeña lata hacia el interior de la bolsa de papel. Era el aparato de señales de alarma de la Marina, audible a 30 kilómetros en el agua.

La siguiente vez que lo vi fue en junio de 1976, en la Conferencia de Diseño de Aspen, Colorado. Para ese entonces Hunter había comprado una enorme granja cerca de Aspen en la que parecía criar principalmente perros viciosos y armas mortales, tales como su Magnum .357. Alardeaba con ellas a modo de advertencia hacia quienes (presuntamente los Hell’s Angels) le habían estado enviando amenazas de muerte. Lo invité a cenar a un restaurante elegante y a una presentación en Big Tent, donde se llevaba a cabo la conferencia. La mujer que pronto sería mi esposa, Sheila, y yo le hicimos nuestros pedidos a la moza. Hunter pidió dos daiquiris de banana y dos banana splits. Una vez que los terminó, llamó a la moza, giró su dedo índice en el aire y dijo: “De nuevo”. Sin dudarlo un instante se bajó los tercer y cuarto daiquiris de banana y los tercer y cuarto banana splits, y partió con un vaso de Wild Turkey en la mano.

Cuando llegamos a la carpa, los porteros se negaron a dejarlo entrar con el whisky. Comenzó una ruidosa discusión. Yo le murmuré a Hunter: “Dame el vaso, lo paso bajo mi campera y te lo devuelvo adentro”. Pero eso no le interesó en lo más mínimo. Lo que yo no había entendido era que no se trataba de entrar a la carpa o de tomar whisky. Era el grand finale de un evento, un happening destinado a poner las cosas de cabeza. A la larga, todos fuimos expulsados del lugar, y Hunter no podría haber estado más feliz. La cortina bajó. Al menos por esa noche.

Según su visión de las cosas, había cortinas... y cortinas. En el verano de 1988 yo me encontraba en el Festival de Edimburgo, Escocia, cuando un escocés de cabello plateado, agitado pero de todos modos serio y mesurado, se me acercó y me dijo: “Tengo entendido que usted es amigo del escritor norteamericano Hunter Thompson.”

Le dije que sí.

“Por Dios, se suponía que su amigo el Sr. Thompson iba a dar una conferencia en el Festival esta noche, y acabo de recibir una llamada de él diciendo que está en el aeropuerto Kennedy y que se ha encontrado con un viejo amigo. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Se encontró con un viejo amigo? ¡No hay manera de que llegue acá para esta noche!”

“Señor –le dije–, cuando uno compromete a Hunter Thompson para una conferencia, tiene que darse cuenta de que no va a ser realmente una conferencia. Es un evento, y me temo que usted acaba de tener el suyo.”

La vida de Hunter, como su obra, fue un alarido largo y salvaje, para usar la expresión de Whitman, de libertad y parodia –alimentada por las drogas– de todas las convenciones sociales que comenzaron en los ‘60. En esa empresa, Hunter fue algo completamente nuevo, algo único en nuestra historia literaria. Cuando incluí un fragmento de The Hell’s Angels en una antología de 1973 llamada El Nuevo Periodismo, él me dijo que no formaba parte de ningún grupo. Que él escribía a lo “gonzo”. Que era sui géneris. Y eso es lo que era.

Sin embargo, también fue parte de una tradición centenaria de las letras norteamericanas: la tradición de Mark Twain, Artemus Ward y Petroleum V. Nasby, escritores cómicos que le agregaron a la comedia humana un nuevo capítulo en la historia de Occidente, en particular, en la historia norteamericana, y escribieron de un modo que era parte periodismo y parte memorias personales, combinadas con los poderes de una invención salvaje y una retórica aún más salvaje inspirada por la bizarra exuberancia de una civilización joven. Ninguna categorización abarca esta nueva forma, excepto la palabra inventada por el propio Hunter Thompson: gonzo. Siendo así, Mark Twain fue el rey de todos los escritores gonzo en el siglo XIX.En el XX fue Hunter Thompson, a quien yo nominaría como el mayor escritor cómico en lengua inglesa del siglo XX. 



CAPTURAS:

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Enlaces de descarga: 

Andrey Tarkovsky in Nostalghia (Donatella Baglivo, 1984)




Andrey Tarkovsky en Nostalgia


Ficha Técnica:


Título original:


Andrey Tarkovsky in Nostalghia


Año:


1984


País:


Italia


Género:


Documental, Sobre cine


Dirección:


Donatella Baglivo


Guión:


Donatella Baglivo


Duración:


89 min.


Reparto:



Datos del archivo:


Idioma:


Italiano con subs incrustados en inglés y subs en español (srt algo desincronizado) / Italiano con subs incrustados en español


Calidad:


DVDRip


Resolución:


496x368 / 720x576


Formato:


AVI


Tamaño:


699 MB / 1,05 GB




Sinopsis:
Segundo documental de una serie de tres, rodados durante la estancia de Tarkovski en Italia para el rodaje de "Nostalghia". (FILMAFFINITY)


Versión original con subs incrustados en inglés y subs en español (srt algo desincronizados):
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Versión original con subs incrustados en español:
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Enlaces de descarga (Contraseña: HmB79):

Versión original con subs incrustados en inglés y subs en español (srt algo desincronizados):

http://speedy.sh/nHtaB/8ANJJATINDB4.part1.rar?ref=57504
http://speedy.sh/zwySF/8ANJJATINDB4.part2.rar?ref=57504
http://speedy.sh/4sKrf/8ANJJATINDB4.part3.rar?ref=57504
http://speedy.sh/Q9rYZ/8ANJJATINDB4.part4.rar?ref=57504

Versión con subs incrustados en español:

http://speedy.sh/WTSU6/8ANJJATINDB4VS.part1.rar?ref=57504
http://speedy.sh/haRHP/8ANJJATINDB4VS.part2.rar?ref=57504
http://speedy.sh/AeTGh/8ANJJATINDB4VS.part3.rar?ref=57504
http://speedy.sh/jxF2E/8ANJJATINDB4VS.part4.rar?ref=57504
http://speedy.sh/rd97z/8ANJJATINDB4VS.part5.rar?ref=57504
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Nostalghia (Andrei Tarkovsky, 1983)




Nostalgia

Ficha Técnica:

Título original:

Nostalghia

Año:

1983

País:

Italia. Unión Soviética

Género:

Drama

Dirección:

Andrey Tarkovsky

Guión:

Andrei Tarkovsky, Tonino Guerra

Duración:

120 min.

Reparto:

Oleg Yankovskiy, Erland Josephson, Domiziana Giordano, Patrizia Terreno, Laura De Marchi, Delia Boccardo

Datos del archivo:

Idioma:

Italiano y ruso con subs en español (srt)

Calidad:

DVDRip gracias a Dr.Brown

Resolución:

624x384

Formato:

AVI

Tamaño:

1,62 GB


Sinopsis:
Andrei Gorèakov, un poeta ruso, recorre Italia en compañía de Eugenia con la intención de investigar la vida de un compositor del siglo XVI. En su viaje se encontrarán con el apocalíptico Domenico. (FILMAFFINITY)


1983: Festival de Cannes: Mejor director, Premio del Jurado Ecuménico

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