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    martes, 8 de octubre de 2013

    El misterio del mal de Giorgio Agamben (Textos,biografía y vídeo)

    Historia del misterio del mal

    En su flamante libro, el pensador dice que en la historia de la teología está la clave del funcionamiento de las ideas políticas modernas.



    El misterio del mal se titula el texto más reciente de Giorgio Agamben. Este breve escrito reúne una conferencia, pronunciada en ocasión del doctorado honoris causa en teología en la Universidad de Friburgo (Suiza), y una reflexión acerca del gesto histórico de Benedicto XVI. La primera se titula “Mysterium iniquitatis (misterio del mal). La historia como misterio” y la segunda, “El misterio de la Iglesia”.

    Como es habitual en sus últimos trabajos y más precisamente a partir de El Reino y la gloria , también en El misterio del mal las remisiones a la historia de la teología se multiplican y constituyen, de hecho, el eje de la exposición. Pero sería un error pensar que, por ello, se trata de libros de teología. Estos trabajos son sobre todo escritos de política. La tesis general de Agamben, que puede ciertamente remontarse entre otros a Carl Schmitt, es que en la historia de la teología se encuentra la clave del funcionamiento de los conceptos políticos modernos. No sorprende, entonces, que, más allá del título, estos textos sean finalmente, en el propósito del autor y en el alcance de sus afirmaciones, una reflexión sobre las sociedades contemporáneas.
    En efecto, la renuncia de Benedicto XVI al pontificado es vista como una decisión ejemplar que llama la atención acerca de dos principios esenciales sobre los que se funda nuestra tradición ético-política: la legalidad y la legitimidad. Por un lado, las instituciones, las leyes y las modalidades de ejercicio del poder, y, por otro, el principio que funda el poder.
    Desde esta perspectiva, Agamben sostiene: “Los poderes y las instituciones no están hoy deslegitimados porque hayan caído en la ilegalidad. Es verdad más bien lo contrario, la ilegalidad está tan difundida y generalizada porque los poderes han perdido toda conciencia de su legitimidad. Por ello, es vano creer que se puede afrontar la crisis de nuestra sociedad mediante las acciones –ciertamente necesarias– del poder judicial. Una crisis que embiste la legitimidad no puede resolverse sólo en el plano del derecho.
    La hipertrofia del derecho, que pretende legislar acerca de todo, traiciona más bien, a través de un exceso de legalidad formal, la pérdida de toda legitimidad substancial. El intento de la Modernidad de hacer coincidir la legalidad y la legitimidad, buscando asegurar a través del derecho positivo la legitimidad de un poder es, como resulta del continuo proceso de decadencia en que han entrado nuestras instituciones democráticas, del todo insuficiente. Las instituciones de una sociedad permanecen vivas sólo si ambos principios (que en nuestra tradición han recibido el nombre de derecho natural y derecho positivo, de poder espiritual y poder temporal o, en Roma, de auctoritas y potestas) permanecen presentes y funcionan en ellas sin nunca pretender coincidir.” E inmediatamente agrega, a fin de evitar posibles malinterpretaciones de esta tesis: “No se trata de que la legitimidad sea un principio substancial jerárquicamente superior, del que la legalidad juirídico-política sólo sería un epifenómeno o un efecto. [...] si, como ha sucedido en los Estados totalitarios del siglo XX, la legitimidad pretende prescindir de la legalidad, entonces, la máquina política gira en el vacío con resultados frecuentemente letales; o, por otra parte, como ha sucedido en las democracias modernas, si el principio legitimante de la soberanía popular se reduce al momento electoral y se resuelve en reglas procedimentales jurídicamente prefijadas, la legitimidad corre el riesgo de desaparecer en la legalidad y la máquina política igualmente se paraliza”.

    La máquina y el lenguaje
    En el pensamiento de Agamben, la noción de máquina es, sin duda, un concepto técnico con el que pretende afrontar las dicotomías en las que frecuentemente se encuentra encerrada la realidad y la argumentación política. Por esta razón, las máquinas agambenianas no son dicotómicas, sino bipolares: funcionan, mientras entre los polos que las constituyen se mantiene una tensión, y dejan de hacerlo, cuando se busca su coincidencia o la eliminación de uno de ellos.
    Pero las máquinas agambenianas no se definen sólo por la tensión entre sus polos, sino también por el centro del dispositivo, que hace posible esta tensión. Así, por ejemplo, en El Reino y la gloria , es precisamente la gloria, el aspecto autocelebrativo del poder, el eje que articula la tensión entre soberanía y gobierno.
    En El misterio del mal , nada se nos dice acerca de cuál sería ese elemento que, en este caso, permite articular la dimensión de la legitimidad y la de la legalidad. Pero, a pesar de este silencio, por varias y buenas razones, teniendo también en cuenta otras obras del autor, podemos situar este eje en lo que define la politicidad propia del hombre, es decir, el lenguaje.
    Que el hombre sea un animal político es, sin duda, una de las afirmaciones más célebres y repetidas de la Política aristotélica. Menos sabido es, sin embargo, que, para el propio Aristóteles, también las hormigas o las abejas lo son. Estos insectos no sólo son gregarios, sino políticos; pues, según Aristóteles, persiguen una obra común mediante la división de tareas. De este modo, ellos nos ofrecen un modelo de organización política en el que no se plantean las cuestiones ni de la legitimidad ni de la legalidad. Careciendo de lenguaje discursivo, en efecto, no les es posible argumentar acerca de lo justo o lo injusto, de lo bueno y lo malo.
    Esta referencia a una dimensión propiamente biológica o zoológica de la política no es para nada una mera curiosidad. Todo lo contrario. Si la categoría de biopolítica, como ha sucedido en los últimos años, ha alcanzado una innegable centralidad; es precisamente porque ha puesto en primer plano la estrecha relación que existe entre la política y la vida biológica.
    Cuando se pierde ese nexo entre política y lenguaje, propio de la politicidad humana, la máquina deja de funcionar. Es el triunfo de la dimensión zoológica de la política. A veces, porque la legitimidad ha absorbido la legalidad, como sucede en las formas totalitarias a través de la subordinación del Estado a la voluntad de su conductor o Führer. Otras, al contrario, porque la legitimidad se ha disuelto en la legalidad meramente procedimental. Pero siempre, porque las palabras, vaciadas de su semántica y de su función argumentativa, se han convertido finalmente en imágenes-fetiche.
    En un momento de su exposición Agamben retoma, en relación con la situación política contemporánea, la expresión latina: corruptio optimi pessima (la corrupción de los mejores es la peor de las corrupciones). Más allá de la clasicidad de esta expresión, en la época de las democracias espectaculares (de los medios masivos de comunicación) y de los micro-relatos políticos, quizá sea necesario decir que corruptio linguae pessima: la peor de las corrupciones es la corrupción del lenguaje.

    Giorgio Agamben básico

    Nació en Roma, Italia en 1942. Filósofo.

    Se doctoró en la Universidad de Roma con una tesis sobre el pensamiento político de Simone Weil. Fue alumno de Martin Heidegger entre 1966 y 1968.

    Es profesor de Filosofía en la Universidad de Verona, Italia, en el Collège International de Philosophie de París y en la Universidad de Macerata en Italia; enseña asimismo Iconografía en el Instituto universitario de Venecia. Ha tenido a su cargo la edición de la versión italiana de la obra de Walter Benjamin.

    Es autor de “La palabra y el fantasma en la cultura occidental”; “Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida”; “Medios sin fin. Notas sobre la política”; “El hombre sin contenido”; “Lo abierto. El hombre y el animal”; “Profanaciones”; “La comunidad que viene”; “La potencia del pensamiento”; “Signatura rerum: sobre el método”; “Ninfas”; “Desnudez”; “El reino y la gloria”; etcétera.

    Así escribe: Una sociedad ingobernable


    Hemos tratado de interpretar la ejemplaridad del gesto de Benedicto XVI en el contexto teológico y eclesiológico que le es propio.
    Pero si este gesto nos interesa, no es por cierto sólo en la medida en que remite a un problema interno de la Iglesia, sino más bien porque permite poner la atención sobre un tema genuinamente político, el de la justicia, que, a la par de la legitimidad, no puede ser eliminado de la praxis de nuestra sociedad. Sabemos muy bien que el cuerpo de nuestra sociedad política es –tanto como el de la Iglesia y tal vez incluso más gravemente– bipartito, entremezclado de mal y de bien, de crimen y honestidad, de injusticia y justicia.
    Y, sin embargo, en la praxis de las democracias modernas, este no es un problema político y sustancial, sino jurídico y procedimental. También aquí, tal como ha sucedido para el problema de la legitimidad, el problema se resuelve en el plano de las normas que vetan y castigan, excepto por tener que constatar después que la bipartición del cuerpo social se vuelve hoy cada día más profunda. En la perspectiva de la ideología liberal hoy dominante, el paradigma del mercado autorregulado ha sustituido al de la justicia y se finge que es posible gobernar una sociedad cada vez más ingobernable según criterios exclusivamente técnicos.
    Una vez más, una sociedad sólo puede funcionar si la justicia (que en la Iglesia corresponde a la escatología) no queda como una mera idea, por completo inerte e impotente frente al derecho y a la economía, sino que consigue hallar su expresión política en una fuerza capaz de equilibrar el progresivo achatamiento sobre un único plano técnico-económico de aquellos principios coordinados pero radicalmente heterogéneos –legitimidad y legalidad, poder espiritual y poder temporal, auctoritas y potestas, justicia y derecho– que constituyen el patrimonio más valioso de la cultura europea.




    Profanaciones, de Giorgio Agamben

    Por Manuel Arranz

    Marzo 2006 

    Hoy día –conocerán ustedes montones de personas así, y hasta podría darse el caso de que usted fuera una de ellas–, casi nadie celebra ya nada. Nada íntimo, me refiero, propio, personal, exclusivo. Por el contrario, las celebraciones impersonales y multitudinarias –gregarias es aquí término más exacto– abundan cada día más –la victoria de un equipo de fútbol es quizás el mejor ejemplo–, podría pensarse que para suplir la carencia de las otras. Claro que no lo consiguen, no pueden conseguirlo, pues en el fondo son dos manifestaciones antitéticas. De hecho estas celebraciones, todas ellas de un modo u otro vinculadas al juego, son propiamente hablando profanaciones. Porque la celebración tiene un carácter sagrado –de ahí quizás provenga pre-cisamente el rechazo actual– vinculado al gasto, al despilfarro, y a la ostentación en el sentido batailleano de estos términos. De modo que si hemos dejado de celebrar, también hemos dejado en consecuencia de profanar. Las turistas que visitan el Vaticano obligadas a cubrirse los generosos escotes no son conscientes ni por asomo de la profanación que significaría no ir cubiertas. Toman la imposición por una especie de rito, como el llevar al fútbol la bufanda de tu equipo. De modo que cuanto menos celebramos, menos posibilidades de profanación tenemos. Y de la profanación sí que podemos decir en cambio que responde a la misma necesidad, sólo que en el sentido contrario, claro, que la celebración. Una necesidad, de nuevo un término denostado, de trascendencia.
    Giorgio Agamben, el filósofo italiano que ha acuñado una nueva categoría antropológica, el homo sacer, “el individuo excluido de la comunidad que puede ser asesinado impunemente”, habla en este último libro de “la divinización de la persona, el principio que rige y expresa su existencia entera”, y llama a este principio con el término latino genius, término derivado de “engendrar” (gignere) y del que derivan a su vez “genial”, “congeniar”, “ingeniar”, “ingeniero”, “congénito”, e incluso “genital” y “genitivo”. Una cadena etimológica como para hacer soñar a cualquiera. Genius viene a ser la suma de nuestras cualidades físicas y 

    morales innatas, nos dice Agamben, y añade a renglón seguido que debemos ser condescendientes con genius y abandonarnos a él, ya que nuestra felicidad depende de un acuerdo más o menos tácito con él. No sé si cuando dice “abandonarnos” Agamben quiere decir “conformarnos”, porque algunas cualidades innatas (físicas o morales) pueden hacernos un flaco favor. Pero tanto si quiere decir “conformarse” o “abandonarse”, lo que posiblemente en muchos casos viene a ser lo mismo, la felicidad que pueden procurar esos predicados no parece ser algo muy feliz en el fondo. Creo más bien, que a las cualidades que debemos abandonarnos (y con las que debemos conformarnos) es a las adquiridas y no a las innatas, aunque el genio (genius), como él sugiere, posiblemente resida en las cualidades innatas, y el carácter en las adquiridas. Por lo demás, los ejemplos de Agamben son en sí mismos elocuentes. “Si, para escribir, tienes necesidad de ese papel amarillento, de esa pluma especial, si se prefiere además esa luz excelente que cae desde la izquierda, es inútil decirse que cualquier pluma haría el mismo servicio, que todo papel y toda luz son buenas”. Sin duda Rilke estaría completamente de acuerdo con esto, o Schiller, quien al parecer no podía trabajar sin aspirar los efluvios de un cajón de manzanas podridas, pero también puedo imaginar la sonrisa de Wittgenstein mientras escribía elTractatus en las trincheras. Digamos simplemente que cuando hay papel amarillento uno puede permitirse necesitarlo imperiosamente, pero que cuando no lo hay, el dilema se reduce a escribir o no escribir.

    Pero volvamos a genius y a la tra-scendencia. “La espiritualidad es ante todo conciencia del hecho de que el ser individuado no está enteramente individuado sino que contiene aún cierta carga de realidad no-individuada; y que es necesario no sólo conservar esta carga sino además respetarla y, de algún modo, honrarla, como se honran las propias obligaciones”. Genius no es sólo lo impersonal, es también la emoción, el misterio, el aliento vital que no nos pertenece pero sin el que no podríamos vivir. Y genius es, como no podía ser menos en este mundo en el que casi todo tiene dos caras, doble. Nos guía y nos desorienta. Puede llegar a ser nuestra salvación y puede llegar a ser nuestra perdición. También, naturalmente, las dos cosas a la vez, pues hay quien se salva perdiéndose y quien se pierde al salvarse.

         Agamben prosigue su sugestiva deriva filosófico-literaria con una serie de calas sobre asuntos diversos, motivos de reflexión, o lo que tal vez sea lo mismo, de contemplación y de lectura. Una nota sobre lo que representa la fotografía, otra sobre el papel de los ayudantes en las novelas y en la vida, un texto sobre la parodia, otro sobre el deseo, una especulación sobre los espejos, y otra más sobre el autor. Sin duda se trata de profanaciones. Diversos tipos y diversas formas de profanaciones. En unos ca-sos somos nosotros el objeto, sujeto a la vez inevitablemente, de la profanación; como es el caso de la fotografía o de los espejos que profanan nuestra imagen, o también del deseo que profana nuestro amor. En otros son nuestras obras las que son objeto de profanación, las novelas, es decir la ficción, el concepto, es decir el estatuto de autor, o la función-autor que Foucault analizara (o “deconstruyera” si hubiera aceptado la particular terminología derrideana) en su célebre ¿Qué es un autor? Pero todas ellas, a la postre, profanaciones retóricas, en un mundo que al renegar de lo sagrado ha vuelto la profanación imposible. Lo que en el fondo no importaría demasiado, si no fuera porque la profanación, lo mismo que la celebración, y por idénticos, aunque antitéticos, motivos, es una necesidad del hombre. Tal vez por eso termina diciendo Agamben: “La profanación de lo improfanable es el deber político de la próxima generación”. ~

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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