Sucede a veces que un traductor de alguna de mis obras me plantea la siguiente pregunta: «Me he perdido a la hora de interpretar este pasaje, porque es ambiguo. Se puede leer de dos maneras diferentes. ¿Cuál fue su intención?».
Dependiendo del caso, tengo tres posibles respuestas:

  1. Es cierto. He escogido una expresión equivocada. Por favor, elimine cualquier malentendido. Haré lo mismo en la próxima edición italiana.
  2. He querido ser deliberadamente ambiguo. Si lee con atención, verá que esa ambigüedad guarda relación con la manera de leer el texto. Por favor, esfuércese por mantener la ambigüedad en su versión.
  3. No me di cuenta de que fuera ambiguo, y, para ser sincero, no tuve intención de que lo fuera. Pero como lector, esa ambigüedad me parece absolutamente fascinante, y fructífera para desentrañar el texto. Por favor, esfuércese por mantener ese efecto en su traducción.
Ahora, si yo hubiera muerto hace algunos años (una hipótesis contraria a los hechos que tiene muchas posibilidades de hacerse realidad antes de que acabe este siglo), mi traductor —actuando como lector e intérprete normal de mi texto— podría haber llegado de forma independiente a una de las siguientes conclusiones, que de hecho coinciden con mis posibles respuestas:

  1. La ambigüedad en cuestión no tiene sentido y complica la comprensión del texto por parte del lector. Probablemente, el autor no se dio cuenta de ello, así que es mejor eliminar la ambigüedad. «Quandoque bonus dormitat Homerus» («A veces, incluso el buen Homero dormita»).
  2. Es posible que el autor quisiera ser deliberadamente ambiguo, así que yo debería respetar esa decisión.
  3. Es posible que el autor no se diera cuenta de que estaba siendo ambiguo. Pero desde un punto de vista textual, ese efecto de incertidumbre es rico en connotaciones e insinuaciones que resultan muy fructíferas para la estrategia textual en conjunto.
Lo que me gustaría decir aquí es que los llamados escritores «creativos» (y ya he explicado lo que puede significar ese pícaro término) no deberían facilitar jamás interpretaciones de su propio texto. Un texto es una máquina perezosa que desea implicar a los lectores en su trabajo, es decir, es un artilugio concebido para provocar interpretaciones (como escribí en mi libro The Role of the Reader). A la hora de interpretar un texto, es irrelevante preguntar al autor. Al mismo tiempo, el lector o la lectora no pueden ofrecer una interpretación cualquiera según su antojo, sino que tienen que asegurarse de que el texto, de algún modo, no solamente legitima una lectura determinada, sino que también la incita.
En Los límites de la interpretación, distingo entre la intención del autor, la intención del lector y la intención del texto. En 1962 escribí Obra abierta[7]. En ese libro, enfatizo el papel activo del intérprete en la lectura de textos dotados de valor estético. Cuando escribí esas páginas, mis lectores se concentraron principalmente en la parte «abierta» del asunto, subestimando el hecho de que la lectura de final abierto que yo apoyaba era una actividad suscitada por (y pensada para interpretar) la obra en cuestión. En otras palabras, estudié la dialéctica existente entre los derechos de los textos y los derechos de sus intérpretes. Tengo la impresión de que en el transcurso de las últimas décadas, los derechos de los intérpretes han cobrado una importancia excesiva.
En varios de mis escritos, he explicado con detalle la idea de la semiosis ilimitada que acuñara C. S. Peirce. Pero la idea de la semiosis ilimitada no lleva a la conclusión de que la interpretación carece de criterios. En primer lugar, la interpretación ilimitada se refiere a sistemas, no a procesos.
Permitan que me explique. Un sistema lingüístico es un mecanismo a partir y a través del cual pueden producirse infinitas cadenas lingüísticas. Si consultamos un diccionario para averiguar el significado de un término, encontramos definiciones y sinónimos —es decir, otras palabras— y tratamos de entender el significado de esas otras palabras, de modo que a partir de su definición podamos pasar a otras palabras, y así sucesivamente, en una cadena que puede alargarse ad infinitum. Un diccionario, como dijo Joyce en Finnegans Wake, es un libro escrito para un lector ideal que padezca un insomnio ideal. Un buen diccionario debe ser circular, debe decir qué significa la palabra «gato» usando otras palabras; de otro modo, bastaría con cerrar el diccionario, señalar a un gato y decir: «Esto es un gato». Muy sencillo, y a todos nos han dado a menudo ese tipo de explicación en nuestra infancia. Pero no es de esa forma como conocemos el significado de «dinosaurio», «sin embargo», «Julio César» o «libertad».
En contraste con ello, un texto, en cuanto resultado de la manipulación de las posibilidades de un sistema, no está abierto de la misma manera. Cuando uno compone un texto, reduce el rango de posibles elecciones lingüísticas. Si uno escribe: «Juan se está comiendo una…», hay una gran probabilidad de que la siguiente palabra sea un sustantivo, y de que ese sustantivo no sea «escalera» (si bien en determinados contextos podría ser «espada»). Al reducir la posibilidad de generar cadenas infinitas, un texto reduce también la posibilidad de intentar determinadas interpretaciones. En el léxico inglés, el pronombre «yo» significa «quienquiera que pronuncie la frase en la que sale "yo"». Por consiguiente, según el conjunto de posibilidades que ofrece el diccionario, «yo» puede referirse al presidente Lincoln, a Osama bin Laden, a Groucho Marx, a Nicole Kidman o a cualquier otro de los miles de millones de individuos que viven en el mundo presente, pasado o futuro. Pero en una carta firmada con mi nombre, «yo» significa «Umberto Eco», con independencia de las objeciones que hizo Jacques Derrida a John Searle en el transcurso de su famoso debate sobre la firma y el contexto[8].
Decir que las interpretaciones de un texto son potencialmente ilimitadas no significa que la interpretación no tenga objeto o cosa existente alguna (hecho o texto) sobre la que concentrarse. Decir que un texto potencialmente no tiene fin no significa que cada acto de interpretación pueda llevar a un final feliz. Por este motivo, en Los límites de la interpretación propuse una suerte de criterio de falsificabilidad (inspirado por el filósofo Karl Popper): si bien puede resultar difícil decidir si una interpretación determinada es buena, o decidir cuál de las dos interpretaciones de un mismo texto es mejor, siempre es posible ver que una interpretación determinada es descaradamente falsa, alocada o descabellada.
Algunas teorías contemporáneas de la crítica dicen que la única lectura fiable de un texto es una interpretación errónea, y que un texto solo existe en virtud de la cadena de respuestas que suscita. Pero esa cadena de respuestas representa los usos infinitos que podemos hacer de un texto (podríamos, por ejemplo, usar una Biblia en lugar de un leño en nuestra chimenea), no el conjunto de interpretaciones que dependen de una serie de conjeturas aceptables sobre la intención de ese texto.
¿Cómo se puede demostrar que una conjetura sobre la intención de un texto es aceptable? La única manera de hacerlo es cotejarla con el texto contemplado como un conjunto coherente. Esta idea es vieja, y procede de san Agustín (De doctrina christiana): cualquier interpretación de un determinado fragmento de un texto es aceptable si se ve confirmada por otro fragmento del mismo texto (y debe rechazarse si ese otro fragmento la desafía). En este sentido, la coherencia textual interna controla unos impulsos del lector que de otro modo serían incontrolables.
Permítanme poner un ejemplo referente a un texto que alienta las interpretaciones más atrevidas de forma intencionada y programática, Finnegans Wake. En los años sesenta, en la revista A Wake Newslitter, hubo un debate sobre alucinaciones históricas factuales que podían identificarse en Finnegans Wake; por ejemplo, referencias al Anschluss germano-austríaco y al Pacto de Munich de septiembre de 1938[9]. Para desafiar esas interpretaciones, Nathan Halper señaló que la palabra Anschluss tiene también significados cotidianos apolíticos (como «conexión» e «inclusión»), y que la lectura política no venía apoyada por el contexto. Para demostrar lo fácil que era encontrar absolutamente cualquier cosa en Finnegans Wake, Halper usó el ejemplo de Beria. En primer lugar, en el principio de «En la fábula del Ondt y el Gracehoper», encontró la expresión «So vi et!» y pensó que podía referirse a la cuasicomunista sociedad de las hormigas. Una página más adelante, encontró una alusión a un «berial», a primera vista una variante de «burial», entierro. ¿Podía tratarse de una referencia al ministro soviético Lavrenti Beria? Pero resulta que Beria era desconocido en Occidente antes del 9 de diciembre de 1938, cuando fue nombrado comisario de pueblo para Asuntos Internos (hasta entonces, no era más que un funcionario común), y en diciembre de 1938, Joyce ya había dado su manuscrito a la imprenta. Además, la palabra «berial» aparecía en una versión de 1929 publicada entransition 12. La cuestión parecía resolverse a partir de comprobaciones externas, aunque algunos intérpretes se mostraron dispuestos a dotar a Joyce de poderes proféticos y de la capacidad de predecir el ascenso de Beria. Ridículo, sin duda, pero entre los admiradores de Joyce se encuentran cosas aún más tontas.
Más interesantes son las pruebas internas, es decir, textuales. En un número posterior deA Wake Newslitter, Ruth von Phul señaló que la intención de «so vi et» podía ser también una especie de «amén» pronunciado por miembros de cuerpos religiosos autoritarios; que el contexto general de esas páginas no era político, sino bíblico; que el Ondt dice: «¡Tan extenso como el reino de Beppy florecerá mi reinado!»; que «Beppy» es el diminutivo italiano de «José»; que «berial» podría ser una alusión oblicua al José de la Biblia (hijo de Jacob y Raquel), que fue enterrado figuradamente dos veces, en el pozo y en la prisión; que José engendró a Effaín, quien a su vez engendró a Beria (Crónicas 23:10); que el hermano de José, Asher, tuvo un hijo llamado Beria (Génesis 45:30), y así sucesivamente[10].
Muchas de las alusiones que halla Von Phul son sin duda descabelladas, pero parece innegable que en esas páginas, todas las referencias son de naturaleza bíblica. Así, la comprobación textual excluye a Lavrenti Beria del opus joyceano. Y san Agustín hubiera estado de acuerdo.
Un texto es un artefacto concebido para producir su Lector Modelo. Este lector no es el que hace la «única conjetura acertada». Un texto puede prever un Lector Modelo destinado a ensayar infinitas conjeturas. El Lector Empírico, en cambio, es simplemente un actor que hace conjeturas sobre el tipo de Lector Modelo requerido por el texto. Puesto que la intención del texto consiste básicamente en producir un Lector Modelo capaz de hacer conjeturas sobre el mismo, la tarea del Lector Modelo consiste en encontrar un Autor Modelo, que no es el Autor Empírico y que se ajusta en última instancia a la intención del texto.
Identificar la intención de un texto significa identificar una estrategia semiótica. A veces, la estrategia semiótica se puede detectar en el terreno de las convenciones estilísticas establecidas. Si una historia comienza con «Érase una vez», tengo buenos motivos para pensar que se trata de un cuento de hadas, y que el Lector Modelo evocado y requerido es un niño (o un adulto ansioso por reaccionar con un espíritu infantil). Naturalmente, podría haber un matiz de ironía, y en ese caso el texto subsiguiente debería leerse de una forma más sofisticada. Pero aunque a medida que desciframos el texto podemos ver que es así como tiene que leerse, lo importante es que el texto finge empezar como un cuento de hadas.
Cuando un texto es lanzado al mundo como un mensaje en una botella —y esto sucede no solo con la poesía o la narrativa, sino también con libros como la Crítica de la razón purade Kant—, es decir, cuando un texto se produce no para un solo destinatario, sino para una comunidad de lectores, el autor sabe que no será interpretado de acuerdo con sus intenciones, sino de acuerdo con una compleja estrategia de interacciones que implica también a los lectores, junto con su competencia en su lenguaje como antología social. Con «antología social» no quiero decir solamente una lengua dada compuesta por una serie de reglas gramaticales, sino también toda la enciclopedia que han generado las ejecuciones de la lengua: las convenciones culturales que esa lengua ha producido y la historia de las interpretaciones previas de sus muchos textos, incluido el texto que el lector está leyendo.
El acto de leer tiene que tomar en consideración todos estos elementos, incluso siendo improbable que un solo lector los domine todos. Así que cada acto de lectura es una transacción compleja entre la competencia del lector (el conocimiento del mundo que posee el lector) y el tipo de competencia que un texto determinado requiere para ser leído de una manera «económica», o sea, de una manera que aumenta la comprensión y el disfrute del texto, y que viene apoyada por el contexto.
El Lector Modelo de una historia no es el Lector Empírico. Cuando leemos un texto, el Lector Empírico es usted, yo, cualquiera. Los Lectores Empíricos pueden leer de muchas maneras, y no existe ninguna ley que les diga cómo leer, porque a menudo usan el texto como vehículo de sus propias pasiones, que pueden venir de fuera del texto o que el texto puede despertar por casualidad.
Dejen que les cuente algunas situaciones divertidas en las que uno de mis lectores actuó como Lector Empírico, más que como Lector Modelo. Un amigo de la infancia al que no había visto durante años me escribió lo siguiente tras la publicación de mi segunda novela, El péndulo de Foucault. «Querido Umberto, no recuerdo haberte contado la patética historia de mis tíos, pero creo que has sido muy indiscreto al usarla en tu novela». Bien, resulta que en mi libro hay un par de episodios relativos a un tal tío Charles y una tal tía Catherine, que en la historia son el tío y la tía del protagonista, Jacopo Belbo. Es verdad que esas personas existieron. Con pocas modificaciones, yo estaba contando una historia de mi infancia sobre unos tíos míos, que por supuesto se llamaban de manera distinta que los personajes. Respondí a mi amigo diciendo que el tío Charles y la tía Catherine eran mis parientes, no los suyos (así que el coypright era mío), y que yo ni siquiera sabía que él tenía tíos o tías. Mi amigo se disculpó: la historia le había absorbido tanto que creyó reconocer acontecimientos que sucedieron a sus tíos, algo que no es imposible, ya que en tiempos de guerra (el período al que mi recuerdo retrocedía), cosas similares pueden suceder a diferentes tíos y tías.
¿Qué le había pasado a mi amigo? Había buscado en mi historia algo que estaba a su vez en su memoria personal. No interpretó mi texto, sino que más bien lo usó. Difícilmente se puede prohibir utilizar un texto para ensoñaciones personales; de hecho, todos lo hacemos a menudo, pero no se trata de un asunto público. Utilizar un texto de esa manera supone moverse dentro de él como si fuera nuestro propio diario íntimo.
Existen ciertas reglas del juego, y el Lector Modelo es alguien ansioso por jugar ese juego. Mi amigo olvidó el nombre del juego y sobrepuso sus propias expectativas como Lector Empírico con las expectativas que tenía el autor de un Lector Modelo.
En el capítulo 115 de El péndulo de Foucault, mi héroe, Casaubon, en la noche del 23 al 24 de junio de 1984, después de asistir a una ceremonia ocultista en el Conservatorio de Artes y Oficios de París, recorre a pie como poseído toda la rué Saint-Martín, cruza la rue aux Ours, llega al Centro Beaubourg, y luego a la iglesia de Saint-Merri. Después, continúa por varias calles, que en el libro figuran todas con sus nombres, hasta que llega a la place des Vosges.
Como he dicho anteriormente, para escribir ese capítulo recorrí la misma ruta varias noches, llevando una grabadora, anotando lo que veía y las impresiones que tenía (estoy revelando aquí mis métodos como Autor Empírico). Sin embargo, como tenía un programa de ordenador que me mostraba el aspecto del cielo a cualquier hora del día, en cualquier longitud o latitud, averigüé incluso que esa noche había luna, y que podía verse desde lugares concretos en momentos distintos. No hice eso porque quisiera emular el realismo de Émile Zola, sino (como ya he dicho) porque al narrar me gusta tener delante el escenario sobre el que estoy escribiendo.
Después de publicar la novela, recibí una carta de un hombre que era evidente que había ido a la Biblioteca Nacional para leer todos los periódicos del 24 de junio de 1984. Y descubrió que en la esquina de la rue Réaumur —que yo no nombraba, pero que atraviesa la rue Saint-Martin en un punto determinado—, después de medianoche, más o menos en el momento en que pasaba por allí Casaubon, se había producido un incendio, y tuvo que haber sido grande, ya que los diarios hablaron de él. El lector me preguntó cómo se las arregló Casaubon para no verlo.
Respondí que, ciertamente, Casaubon había visto el incendio, pero que no lo había mencionado por alguna misteriosa razón desconocida para mí, cosa que resultaba bastante verosímil en una historia tan cargada de misterios, verdaderos y falsos. Sin duda, mi lector sigue intentando averiguar por qué Casaubon guardó silencio sobre ese fuego, sospechando otra conspiración de los Caballeros Templarios. La verdad es que probablemente no pasé por esa esquina a medianoche, o que pasé justo antes de que se desatara el incendio o poco después de que fuera extinguido. No lo sé. Solo sé que mi lector usó mi texto para sus propios propósitos: quería que correspondiera en todo detalle con lo que había sucedido en el mundo real.
Ahora, dejen que les cuente otra historia sobre la misma noche. La diferencia es que, en el caso que acabo de mencionar, un lector quisquilloso quería que mi relato coincidiera con el mundo real, mientras que en el ejemplo que sigue los lectores querían que el mundo real se ajustara a mi ficción, un caso algo diferente y más gratificante.
Dos estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de París vinieron a ensenarme un álbum de fotos en el que habían reconstruido la ruta entera de Casaubon. Habían encontrado y fotografiado todos los lugares que yo mencionaba, uno por uno, a la misma hora nocturna. AI final del capítulo 115, Casaubon sale de una alcantarilla y entra, por el sótano, en un bar asiático lleno de clientes sudorosos, barriletes de cerveza y esputos grasientos. Los estudiantes encontraron ese bar e hicieron una foto. No hace falta decir que el bar fue una invención mía, si bien lo diseñé pensando en los muchos bares de aquel vecindario; pero esos dos chavales habían descubierto sin duda el bar descrito en mi libro. Repito: esos estudiantes no sobrepusieron en su deber como Lectores Modelo la preocupación del Lector Empírico que quiere comprobar y ver si mi novela describía el París real. Más bien quisieron transformar el París «real» en un lugar que existía en mi libro. De hecho, de todo lo que pudieron haber encontrado en París, eligieron solo los aspectos que se ajustaban a las descripciones contenidas en mi texto.
Ese bar existía en mi texto, aun cuando yo creí que simplemente me lo había imaginado. Confrontada con su presencia en el texto, la intención del Autor Empírico se vuelve bastante irrelevante. A menudo, los autores dicen cosas de las que no son conscientes; solo después de recibir las reacciones de sus lectores descubren lo que han dicho.
Hay sin embargo un caso en el que puede resultar revelador fijarse en las intenciones del Autor Empírico. Es cuando el autor aún vive, los críticos han ofrecido sus interpretaciones del texto y se puede preguntar al autor o a la autora hasta qué punto, como persona empírica, fue consciente de las múltiples interpretaciones que sostiene el texto. En ese punto, la respuesta del autor no debería usarse para validar las interpretaciones del texto, sino para mostrar las discrepancias entre su intención y la intención del texto. El propósito del experimento es más teórico que crítico.
Finalmente, está el caso en que el autor es también un teórico textual. Ahí, el autor puede responder de dos maneras distintas. La respuesta podría ser: «No he querido decir eso, pero tengo que admitir que el texto lo dice, y agradezco al lector que me haya llamado la atención al respecto». O podría ser: «Independientemente del hecho de que no he querido decir esto, pienso que un lector razonable no debería aceptar semejante interpretación, porque es antieconómica».
Permitan que les explique ahora algunos casos en los que, como Autor Empírico, tuve que rendirme ante un lector que se había adherido a la intención de mi texto.
En Apostillas a «El nombre de la rosa», dije que sentí un estremecimiento de satisfacción al leer una reseña que citaba una observación de Guillermo al final del juicio, en el capítulo «Quinto día. Prima». «¿Qué es lo que más os aterra de la pureza?», pregunta Adso. Y Guillermo contesta: «La prisa». Me encantaron, y siguen encantándome, esas dos líneas. Pero entonces uno de mis lectores observó que en la misma página, Bernardo Gui, amenazando al cillerero con torturarle, dice: «Al contrario de lo que creían los pseudoapóstoles, la justicia no lleva prisa, y la de Dios tiene siglos por delante». El lector me preguntó con acierto qué conexión había querido yo establecer entre la prisa que temía Guillermo y la ausencia de prisa ensalzada por Bernardo. No fui capaz de responder.
De hecho, el intercambio entre Adso y Guillermo no existe en el manuscrito original; añadí ese breve diálogo en las galeradas, porque por razones de equilibrio y de ritmo, necesitaba insertar unas pocas líneas más antes de volver a cederle el escenario a Bernardo. Y olvidé por completo que, un poco más tarde, Bernardo habla de la prisa. Usa una expresión estereotipada, el tipo de frase que esperaríamos de un juez, un lugar común del tipo «todos somos iguales ante la ley». Y, ay de mí, yuxtapuesto con la prisa que menciona Guillermo, la prisa que menciona Bernardo da la impresión de que está diciendo algo fundamental en lugar de algo de carácter formulario; y está justificado que el lector se pregunte si los dos hombres están diciendo lo mismo o si el aborrecimiento de la prisa expresado por Guillermo no es imperceptiblemente diferente del aborrecimiento de la prisa expresado por Bernardo. El texto está ahí, y produce sus propios efectos. Tanto si así lo quise como si no, nos vemos ahí confrontados con una cuestión, una provocativa ambigüedad, y me pierdo a la hora de resolver ese conflicto, si bien me doy cuenta de que un significado está allí al acecho (quizá incluso muchos significados).
Un autor que titula su libro El nombre de la rosa tiene que estar dispuesto a tropezar con múltiples interpretaciones del título. Como Autor Empírico, escribí (en las Apostillas) que elegí ese título precisamente para dar libertad al lector: «La rosa es una figura simbólica tan densa que, por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las Dos Rosas, una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces…». Por otra parte, un estudioso descubrió que algunos manuscritos tempranos de De contemptu mundi, de Bernard de Morlay —de donde tomé prestado el hexámetro que cierra mi novela: «Stat rosa prístina nomine, nomina nuda tenemus» («La rosa de antaño solo sobrevive en su nombre; los nombres, por sí solos, son todo lo que tenemos»)—, decían «Stat Roma pristina nomine», que al fin y al cabo suena más coherente con el resto del poema y sus alusiones a la Babilonia perdida[11]. Así que, de haber dado con una versión diferente del poema de Morlay, el título de mi novela podría haber sido El nombre de Roma (y hubiera adquirido matices fascistas).
Pero resulta que el título es El nombre de la rosa, y ahora entiendo lo difícil que era restringir las infinitas series de connotaciones que suscita la palabra «rosa». Podría haber intentado multiplicar las posibles lecturas hasta el extremo de que cada una de ellas se tornara irrelevante, y como resultado, hubiera producido una enorme e inevitable serie de interpretaciones. Pero el texto está ahí, por el mundo, y el Autor Empírico tiene que guardar silencio.
Cuando llamé «Casaubon» a uno de los personajes principales de El péndulo de Foucault, estaba pensando en Isaac Casaubon, quien demostró en 1614 que el Corpus Hermeticum era una falsificación; y leyendo El péndulo de Foucault, se encuentran algunos paralelismos entre lo que el gran filólogo entendió y lo que acaba entendiendo mi personaje. Fui consciente de que pocos lectores captarían la alusión, pero fui igualmente consciente de que, en términos de estrategia textual, ese conocimiento no era indispensable. (Quiero decir que se puede leer mi novela y entender a mi Casaubon sin saber nada del Casaubon histórico. A muchos autores les gusta meter determinadas contraseñas en sus textos en beneficio de unos pocos lectores experimentados). Antes de terminar mi novela, descubrí por casualidad que Casaubon también era un personaje deMiddlemarch, de George Eliot, una novela que yo había leído décadas atrás pero que había olvidado. Fue ese un caso en el que, como Autor Modelo, intenté eliminar una posible referencia a George Eliot. En el capítulo 10, la traducción española contiene el siguiente diálogo entre Belbo y Casaubon:
—… por cierto, ¿cuál es su nombre?
—Casaubon.
—¿No era un personaje de Middlemarch?
—No lo sé. De todas maneras, también era un filólogo del Renacimiento, creo. Pero no somos parientes[12].
Hice lo que pude para evitar lo que consideraba una referencia inútil a Mary Ann Evans. Pero luego, un lector astuto, David Robey, observó que el Casaubon de Eliot escribía un libro titulado Clave para todas las mitologías. Como Lector Modelo, me sentí obligado a aceptar esa asociación. El texto, sumado a unos conocimientos enciclopédicos, permite hallar esa relación a cualquier lector culto. Tiene sentido. Mal asunto para el Autor Empírico, que no es tan astuto como sus lectores.
Del mismo modo, mi novela se titula El péndulo de Foucault porque el péndulo del que habla lo inventó Léon Foucault. Si el artilugio lo hubiera inventado Ben Franklin, el título hubiera sido El péndulo de Franklin. Esta vez, fui consciente desde el principio de que alguien podría olerse una alusión a Michel Foucault: mis personajes están obsesionados por las analogías, y Foucault escribió sobre el paradigma de la similitud. Como Autor Empírico, no estaba satisfecho con ese posible vínculo. Suena como un chiste, y no un chiste inteligente. Pero el péndulo que inventó Léon era el héroe de mi relato, y fijaba el título; así, esperé que mi Lector Modelo no intentara establecer un vínculo superficial con Michel. Me equivoqué: muchos lectores astutos lo hicieron. El texto está ahí. Quizá tengan razón; quizá yo sea responsable de un chiste superficial; quizá el chiste no sea tan superficial. No lo sé. Ahora mismo el asunto está ya fuera de mi control.
Ahora vamos a fijarnos en casos en los que —aunque puede que haya olvidado mis intenciones iniciales, mientras actúo de Lector Modelo y examino el texto— creo que tengo derecho, como cualquier ser humano, a rechazar interpretaciones que no parecen económicas.
Helena Costiucovich, antes de traducir (magistralmente) al ruso El nombre de la rosa, escribió un largo ensayo sobre el libro[13]. En un determinado momento, menciona un libro de Émile Henriot titulado La Rose de Bratislava (1946), que trata de la caza de un misterioso manuscrito y concluye con la destrucción de una biblioteca por medio del fuego. La historia sucede en Praga, y al principio de mí novela yo menciono Praga. Además, uno de mis bibliotecarios se llama Berengario, y uno de los bibliotecarios del libro de Henriot también se llama Berengario.
Yo no había leído la novela de Henriot; ni siquiera sabía que existía. He leído interpretaciones en las que mis críticos consultan fuentes que yo conocía, y me alegré mucho de que descubrieran de una forma tan astuta lo que yo había escondido de una forma tan astuta para llevarles a encontrarlo, por ejemplo el hecho de que en Doctor Fausto, de Thomas Mann, Serenus Zeitblom y Adrian Leverkühn eran el modelo de la relación narrativa entre Adso y Guillermo en El nombre de la rosa. Los lectores me han informado de fuentes que yo desconocía, y me encantó ser considerado suficientemente erudito para citarlas (hace poco, un joven medievalista me dijo que Casiodoro, en el siglo VI, menciona a un bibliotecario ciego). He leído análisis críticos en los que el intérprete descubre influencias que yo no tenía en mente al escribir, pero que ciertamente se contaron entre mis lecturas de juventud; está claro que, de manera inconsciente, habían ejercido alguna influencia sobre mí. Mi amigo Giorgio Celli, por ejemplo, dijo que mis lectores de antaño incluyeron seguramente las novelas del escritor simbolista Dmitri Merezhkovski, y me di cuenta de que tenía razón.
Como lector ordinario de El nombre de la rosa (dejando aparte la circunstancia de que yo soy el autor del libro), creo que el razonamiento de Helena Costiucovich no demuestra nada interesante. La búsqueda de un misterioso manuscrito y la destrucción de una biblioteca por el fuego son tópicos literarios muy comunes, y podría citar muchos otros libros que los usan. Praga se menciona al principio de la novela, pero si en lugar de Praga hubiera mencionado Budapest, habría sido lo mismo. Praga no desempeña un papel crucial en el relato.
Por cierto, cuando El nombre de la rosa se tradujo en cierto país del bloque del Este, mucho antes de la perestroika, el traductor me llamó y me dijo que la referencia que abre la novela a la invasión de Checoslovaquia por parte de Rusia podría causar problemas. Respondí que no aprobaba modificación alguna de mi texto, y que si lo censuraban de cualquier manera, pediría responsabilidades al editor. Luego, en broma, añadí: «Menciono Praga al principio porque es una de mis ciudades mágicas. Pero también me gusta Dublín. Ponga "Dublín" en lugar de "Praga". No hay ninguna diferencia». El traductor protestó: «¡Pero Dublín no fue invadida por los rusos!». Y yo repliqué: «No es culpa mía».
Finalmente, los nombres «Berengario» y «Berngardo» podrían ser una coincidencia. En cualquier caso, el Lector Modelo debe admitir que las cuatro coincidencias —manuscrito, incendio, Praga y Berengario— son interesantes. Y como Autor Empírico, no tengo derecho a hacer objeciones. A pesar de todo esto, recientemente di con una copia del texto francés de Henriot, y descubrí que el nombre del bibliotecario de su libro no es Berngardo, sino Bernhard, Bernhard Marr. Probablemente Costiucovich se basara en una edición rusa que contenía una transliteración errónea de ese nombre del cirílico. Así que al menos una de las curiosas coincidencias queda eliminada, y mi Lector Modelo puede relajarse un poco.
Pero Helena Costiucovich escribió algo más a la hora de fijar paralelismos entre mi libro y el de Henriot. Dijo que en la novela de Henriot, el codiciado manuscrito era la copia original de las memorias de Casanova. Y resulta que en mi novela hay un personaje secundario llamado Hugo de Newcastle (en el original italiano, Ugo di Novocastro). La conclusión de Costiucovich es que «solo pasando de un nombre a otro es posible concebir el nombre de la rosa».
Como Autor Empírico, podría decir que Hugo de Newcastle no es una invención mía, sino un personaje histórico mencionado en las fuentes medievales que utilicé: el episodio del encuentro entre la delegación franciscana y los representantes del Papa procede realmente de una crónica del siglo XIV. Pero no se puede esperar que el lector lo sepa, y mi reacción no puede ser tenida en cuenta. Sin embargo, pienso que sí tengo el derecho a expresar mi opinión como lector ordinario. En primer lugar, «Newcastle» no es una traducción de «Casanova», que si acaso debería traducirse por «New House» (etimológicamente hablando, el significado del nombre latino «Novocastro» es «Ciudad Nueva» o «Campamento Nuevo»). Así que «Newcastle» sugiere «Casanova» de la misma manera que podría sugerir «Newton».
Pero hay otros elementos que pueden demostrar textualmente que la hipótesis de Costiucovich es antieconómica. En primer lugar, Hugo de Newcastle aparece en la novela desempeñando un papel muy marginal, y no tiene nada que ver con la biblioteca. Si el texto quisiera sugerir una relación oportuna entre Hugo y la biblioteca (así como entre él y el manuscrito), hubiera tenido que decir algo más. Pero en el texto no hay ni una palabra de eso. En segundo lugar, Casanova fue —al menos, de acuerdo con el conocimiento enciclopédico culturalmente compartido— un amante profesional y un calavera, pero en la novela nada deja asomo de duda sobre la virtud de Hugo. En tercer lugar, no hay ningún vínculo evidente entre un manuscrito de Casanova y un manuscrito de Aristóteles, y la novela no alude en ninguna parte al libertinaje como una forma de comportamiento elogiable. Como Lector Modelo de mi propia novela, me veo con derecho a decir que esa búsqueda de una «conexión Casanova» no lleva a ninguna parte.
Una vez, en un debate, un lector me preguntó qué quise decir con la frase «La felicidad suprema reside en tener lo que se tiene». Me desconcertó, y afirmé que yo jamás habría escrito esa frase. Estaba seguro de ello, y por muchas razones. En primer lugar, no creo que la felicidad resida en tener lo que uno tiene; ni siquiera Snoopy se atribuiría semejante banalidad. En segundo lugar, es poco probable que un personaje medieval piense que la felicidad reside en tener lo que uno tiene, ya que en la forma de pensar de la Edad Media, la felicidad era un estado futuro que se alcanzaba por medio del sufrimiento en el presente. De modo que repetí que yo nunca habría escrito esa frase, y mi interlocutor me miró como si fuera incapaz de distinguir lo que yo mismo he escrito.
Más tarde me tropecé con la frase. Sale en El nombre de la rosa, en la descripción del éxtasis erótico de Adso en la cocina. Este episodio, como puede adivinar fácilmente hasta el más torpe de mis lectores, está elaborado a partir de citas del Cantar de los Cantares y de la mística medieval. En cualquier caso, incluso no estando identificadas las fuentes, el lector puede ver que esas páginas describen los sentimientos de un hombre joven después de su primera (y probablemente última) experiencia sexual. Si releemos la frase en su contexto (quiero decir, en el contexto de la novela, no necesariamente en el contexto de las fuentes medievales), encontramos: «¡Oh, Señor! Cuando el alma cae en éxtasis, la única virtud reside en amar lo que se ve (¿verdad?), la máxima felicidad reside en tener lo que se tiene». O sea, «la felicidad reside en tener lo que se tiene» no en general, en cualquier momento de la vida, sino solamente en el momento de la visión extática. Es este un caso en el que resulta innecesario conocer la intención del Autor Empírico: la intención del texto es evidente. Y si las palabras inglesas tienen un sentido convencional, el verdadero sentido del texto no es el sentido que ese lector —obedeciendo a algún impulso de su idiosincrasia— creyó que quería transmitir. Entre la intención inaccesible del autor y la discutible intención del lector existe también una transparente intención del texto que descarta interpretaciones sin sostén.
Disfruté leyendo un hermoso libro de Robert F. Fleissner, A Rose by Another Name: A Survey on Literary Flora from Shakespeare to Eco (y espero que Shakespeare hubiera estado orgulloso de encontrar su nombre asociado al mío). Al hablar de los distintos vínculos que encontró entre mi rosa y todas las demás rosas de la literatura mundial, Fleissner dice algo bastante interesante: quiere hacer ver «cómo la rosa de Eco deriva deEl tratado naval de Doyle, que a su vez debe mucho a la admiración que Cuff siente por su flor en La piedra lunar»[14].
Pues bien, soy un adicto irredento a Wilkie Collins, pero no recuerdo (y tampoco lo recordé cuando escribía mi novela) que el personaje de Cuff tuviera una pasión por las rosas. Creo que he leído todo lo que escribió Arthur Conan Doyle, pero tengo que confesar que no recuerdo El tratado naval. Pero no importa: en mi novela hay tantas referencias explícitas a Sherlock Holmes que mi texto también puede sostener ese vínculo. Pero, a pesar de mi mente abierta, pienso que Fleissner sobreinterpreta cuando, al tratar de demostrar cuánto «eco» de la admiración de Holmes por las rosas hay en mi Guillermo, cita este pasaje de mi libro: «"Frangula", dijo de pronto Guillermo, inclinándose para observar una planta, que, como era invierno, reconoció por el arbusto. "La infusión de su corteza es buena"».
Es curioso que Fleissner corte su cita después de «buena». Tras una coma, mi texto continúa con «para las hemorroides». Sinceramente, creo que el Lector Modelo no está invitado a tomar «frangula» por una alusión a las rosas.
Giosuè Musca escribió un análisis crítico de El péndulo de Foucault que considero de los mejores que he leído en mi vida[15]. Ya desde el comienzo, admite haberse dejado corromper por el hábito de mis personajes de ir en búsqueda de analogías, y se pone a buscar relaciones. Señala de forma magistral muchas citas ocultas y analogías estilísticas que quise que fueran descubiertas; encuentra otras relaciones en las que yo no pensé, pero que suenan muy convincentes; y desempeña el papel de lector paranoico hallando relaciones que me asombran, pero que soy incapaz de desautorizar, incluso sabiendo que pueden distraer al lector. Por ejemplo, parece que el nombre del ordenador, Abulafía, junto con el nombre de tres de los principales personajes, Belbo, Casaubon y Diotallevi, se corresponden con las iniciales ABCD. No hace falta decir que hasta que terminé el manuscrito, el ordenador tenía un nombre distinto: los lectores podrían objetar que, inconscientemente, los cambié con el único fin de obtener una serie alfabética. Parece que a Jacopo Belbo le encanta el whisky, y sus iniciales son, y ya es raro, JB. No sirve de nada el reparo de que durante todo el proceso de escritura, su nombre no era Jacopo, sino Stefano, y que lo cambié por Jacopo en el último momento. No hay alusión alguna al whisky J&B.
Las únicas objeciones que puedo hacer a mi libro como Lector Modelo son 1) que la serie alfabética ABCD es textualmente irrelevante si los nombres del resto de personajes no alargan la cadena hasta X, Y y Z, y 2) que Belbo también toma martinis y, además, su leve adicción al alcohol no es su rasgo más importante.
En contraste con ello, no puedo discutir con mi lector cuando observa también que Cesare Pavese, un escritor al que amé y al que sigo amando, nació en un pueblo llamado Santo Stefano Belbo, y que mi Belbo, un melancólico piamontés, recuerda a Pavese. En efecto (aunque mi Lector Modelo se supone que no conoce este detalle), yo pasé mi infancia a las orillas del río Belbo, donde superé algunas de las pruebas que atribuyo a Jacopo Belbo. Es cierto que todo esto pasó hace mucho tiempo, antes de que yo empezara a conocer a Pavese, de modo que cambié el nombre original de Stefano Belbo por Jacopo Belbo precisamente para evitar una relación evidente con Pavese y Jacopo Belbo. Pero no era suficiente, y mi lector acertó al encontrar una relación entre Pavese y Jacopo Belbo. Probablemente, hubiera acertado igual si yo hubiera puesto a Belbo cualquier otro nombre.
Podría seguir con ejemplos de este tipo, pero me he decantado por mencionar solamente los que resultaban más elocuentes. He descartado otros casos, más complejos, porque me arriesgaba a adentrarme demasiado en asuntos de interpretación filosófica o estética. Espero que estarán ustedes de acuerdo en que he introducido al Autor Empírico en este juego solo para subrayar su irreíevancia y reafirmar los derechos del texto.
Sin embargo, a medida que me aproximo al final de mis observaciones, tengo la impresión de haber sido poco generoso con el Autor Empírico. Hay por lo menos un caso en que el testimonio del Autor Empírico cumple una función importante no tanto para permitir a los lectores entender mejor sus textos como para ayudarles a entender el impredecible devenir de todo proceso creativo. Comprender el proceso creativo significa también entender cómo ciertas soluciones textuales llegan por casualidad, o como resultado de mecanismos inconscientes. Eso nos ayuda a comprender la diferencia entre la estrategia del texto —un objeto lingüístico que los Lectores Modelo tienen ante sus ojos, posibilitándoles emitir juicios, independientemente de las intenciones del Autor Empírico— y la historia de la evolución de ese texto.
Algunos de los ejemplos que he ofrecido pueden funcionar en esa dirección. Permitan ahora que añada otros dos ejemplos curiosos, dotados de un rasgo especial: se refieren solamente a mi vida personal y carecen de un equivalente textual, detectable. En el negocio de la interpretación, son irrelevantes. Ilustran simplemente cómo un texto, que es un artefacto concebido para suscitar interpretaciones, acaba convirtiéndose a veces en un magma de origen profundo que no tiene nada que ver —o aún no lo tiene— con la literatura.
Primera historia. En El péndulo de Foucault, el joven Casaubon está enamorado de una chica brasileña llamada Amparo. Giosuè Musca encontró, burla burlando, una relación con el físico André-Marie Ampère, quien estudió la fuerza magnética entre las corrientes eléctricas. Demasiado astuto. No sé por qué escogí ese nombre. Me di cuenta de que no era un nombre brasileño, así que decidí escribir (en el capítulo 23) lo siguiente: «Nunca he entendido por qué esa descendiente de holandeses afincados en Recife y mezclados con indios y con negros sudaneses, con el rostro de una jamaicana y la cultura de una parisina, tenía un nombre español». En otras palabras, escogí el nombre de «Amparo» como si hubiera venido de fuera de mi novela.
Meses después de la publicación del libro, un amigo me preguntó: «¿Por qué "Amparo"? ¿No es el nombre de una montaña, o de una chica que está mirando una montaña?». Y a continuación, explicó: «Hay una canción, "Guajira Guantanamera", en la que sale algo como "Amparo"». Oh, Dios mío. Conocía muy bien esa canción, aunque no recordaba ni una palabra de la letra. La cantaba a mediados de los años cincuenta una chica de la que estuve entonces enamorado. Era latinoamericana, y muy hermosa. No era brasileña, ni marxista, ni negra ni histérica como Amparo; pero está claro que, al inventarme a la encantadora chica latinoamericana, pensé inconscientemente en esa otra imagen de mi juventud, cuando tenía la edad de Casaubon. Había pensado en esa canción, y de alguna manera el nombre de «Amparo», que había olvidado por completo, emigró de mi inconsciente a la página. Esta historia es completamente irrelevante para la interpretación de la novela. Por lo que se refiere al texto, Amparo es Amparo es Amparo es Amparo.
Segunda historia. Quienes han leído El nombre de la rosa saben que trata de un misterioso manuscrito, que esa obra perdida es el segundo libro de la Poética de Aristóteles, que sus páginas están impregnadas de veneno y que viene descrito (en el capítulo «Séptimo día. Noche») así: «Leyó en voz alta la primera página y después no siguió, como si no le interesase saber más. Hojeó rápidamente las otras páginas, hasta que de pronto encontró resistencia, porque en la parte superior del margen lateral, y a lo largo del borde, los folios estaban pegados unos con otros, como sucede cuando —al humedecerse y deteriorarse— la materia con que están hechos se convierte en una cola viscosa».
Escribí esas líneas a finales de 1979. En los años siguientes, y quizá porque tras publicarEl nombre de la rosa empecé a tratar más a menudo a bibliotecarios y coleccionistas de libros (y ciertamente porque tenía un poco más de dinero a mi disposición), me convertí en un coleccionista de libros raros. Había sucedido antes, en el transcurso de mi vida, que yo comprara algún libro viejo, pero lo había hecho por casualidad, y solamente si eran baratos. Solo en los últimos veinticinco años he sido un coleccionista serio de libros, y «serio» significa que uno tiene que consultar catálogos especializados y tiene que escribir, para cada libro, una ficha técnica, que incluya el cotejo, la información histórica sobre las ediciones previas y posteriores, y una descripción precisa del estado físico de la copia. Esta última tarea requiere una jerga técnica para especificar si el libro tiene manchas amarillentas o está amarronado, si presenta restos de humedad o está manchado, si tiene hojas con una capa acuática o almidonadas, márgenes recortados, borraduras, una encuadernación endurecida, juntas rozadas, etcétera.
Un día, hurgando en los estantes superiores de la librería de mi casa, encontré una copia de la Poética de Aristóteles anotada por Antonio Riccoboni, Padua, 1587. Lo había olvidado por completo. La cifra 1000 estaba escrita en lápiz en la guarda, y eso significaba que compré el libro en alguna parte por 1000 liras (hoy, unos setenta céntimos de dólar), probablemente en los años cincuenta. Mis catálogos decían que se trataba de una segunda edición, no excesivamente rara, y qué había una copia en el Museo Británico. Pero me gustaba tenerlo porque por lo visto era difícil de encontrar, y en cualquier caso un comentario de Riccoboni era menos conocido y se citaba menos que, digamos, los de Robortello o Castelvetro.
Así que empecé a escribir mí descripción. Copié la página del título y descubrí que la edición tenía un apéndice titulado «Ejusdem Ars Cómica ex Aristotele», que decía presentar el libro perdido de Aristóteles sobre la comedia. Evidentemente, Riccoboni había intentado reconstruir el segundo libro perdido de la Poética. No era ese, sin embargo, un empeño insólito, y continué completando la descripción física del volumen. Entonces tuve una experiencia similar a la de un tal Zasetsky, descrita por el neuropsicólogo soviético A. R. Luria[16]. Zasetsky perdió parte de su cerebro durante la Segunda Guerra Mundial, y con ello toda su memoria y su capacidad de hablar, aunque sí podía escribir. Su mano escribía automáticamente toda la información que él era incapaz de pensar, y paso a paso reconstruyó su propia identidad leyendo lo que había escrito.
De modo similar, yo contemplaba el libro de una manera fría y técnica, redactando mi descripción, cuando de repente me di cuenta de que estaba reescribiendo El nombre de la rosa. La única diferencia era que a partir de la página 120, cuando empieza la Ars Cómica, los márgenes inferiores estaban seriamente dañados, más que los superiores, pero el resto era el mismo. Las páginas, progresivamente amarronadas y manchadas de humedad, se pegaban en los bordes, y parecía que hubieran sido embadurnadas con una repugnante sustancia viscosa.
Tenía en mis manos, en forma impresa, el manuscrito que había descrito en mi novela. Lo había tenido durante años en una estantería de mi casa.
No fue una coincidencia extraordinaria, como tampoco un milagro. Compré el libro en mi juventud, le eché una ojeada, me di cuenta de que estaba muy manchado, lo puse en alguna parte y me olvidé de él. Pero, mediante una especie de cámara interna, yo había fotografiado esas páginas, y durante décadas la imagen de esas hojas venenosas se quedó en la parte más recóndita de mi alma, hasta el momento en que resurgió —no sé por qué—, y creí que había inventado el libro.
Esta historia, como la primera, no tiene nada que ver con una posible interpretación de El nombre de la rosa. La moraleja, si tiene alguna, es que la vida privada de los Autores Empíricos es, hasta cierto punto, incluso más insondable que sus textos. Entre la misteriosa historia de una creación textual y la incontrolable deriva de sus lecturas futuras, el texto qua texto no deja de representar una presencia reconfortante, un punto al que podemos agarrarnos con rapidez.

Notas 


[7] Umberto Eco, Obra abierta, Barcelona, Ariel, 1979.

[8] Véase Jacques Derrida, «Signature Event Context» (1971), Glyph, I (1977), pp. 172-177, reimpreso en Derrida, Limited Inc., y John Searle, «Reiterating the Differences: A Reply to Derrida», Glyph, 1 (1977), pp. 198-208, reimpreso en Searle, The Construction of Social Reality, Nueva York, Free Press, 1995 (hay trad. cast.: La construcción de la realidad social, Barcelona, Paidós Ibérica, 1997).
[9] Véase Philip L. Graham, «Late Historical Events», A Wake Newslitter (octubre de 1964), pp. 13-14; Nathan Halper, «Notes on Late Historical Events», A Wake Newslitter (octubre de 1965), pp. 15-16.
[10] Ruth von Phul, «Late Historical Events», A Wake Newslitter (diciembre de 1965), pp. 14-15.
[11] Hay que observar, sin embargo, que en términos de cantidad silábica, la o de «Roma» es larga, de modo que el dáctilo inicial del hexámetro no funcionaría. «Rosa» es por lo tanto la lectura correcta.
[12] Umberto Eco, El péndulo de Foucault, Barcelona, Lumen. Traducción de R.P., revisada por Helena Lozano.
[13] Helena Costiucovich, «Umberto Eco: Imia Rosi», Sovriemiennaya hudoziestviennaya literatura za rubiezom, 5 (1982), pp. 101 y ss.
[14] Robert R Fleissner, A Rose by Another Name: A Survey of Literary Flora from Shakespeare to Eco, West Cornwall (Reino Unido), Locust Hill Press, 1989, p. 139.
[15] Giosuè Musca, «La camicia del nesso» Quaderni Medievali, 27 (1989).
[16] A. R Luria, The Man with a Shattered World: The History of a Brain Wound, Cambridge (Massachusetts), Harvard University Press, 1987 (hay trad. cast.: Mundo perdido y recuperado: historia deuna lesión, Oviedo, KRK, 2010).


Confesiones de un joven novelista
Título original: Confessions of a Young Novelist
Umberto Eco, 2011
Traducción: Guillem Sans Mora
Foto: UE en Milan © Ferdinando Scianna/Magnum Photos


El Siglo de Hobsbawm

Autor(es): Traverso, Enzo



 
El 1 de octubre de 2012 murió el historiador Eric J. Hobsbawm, a la edad de 95 años. Nacido en 1917 en Alejandría en el seno de una familia judía, E.J. Hobsbawm creció en Viena y Berlín, donde presenció el ascenso del nazismo y a la edad de 15 años se afilió al Partido Comunista. Emigró a Gran Bretaña, donde militó en el Partido Comunista británico desde 1936 hasta su disolución en 1991. Entre sus obras destaca la tetralogía: La era de la revolución, 1789-1848; La era del capital, 1848-1875; La era del imperio, 1875-1914 e Historia del siglo XX, 1914-1991. A diferencia de otros reconocidos intelectuales comunistas británicos que por entonces rompieron con el PC, Hobsbawm justificó la invasión soviética a Hungría en 1956. Fue también muy criticado por sus juicios benevolentes sobre el papel desempeñado por el PCE, la URSS y el Comintern en la revolución española. Esto no disminuye la importancia e influencia de su obra, como bien lo destaca Enzo Traverso en un artículo escrito en 2009, en ocasión de la edición en francés del libro L’Empire, la démocratie et le terrorismo, en el que se analiza el trabajo de Hobsbawn como historiador. A. C.
 
No cabe duda de que Eric John Hobsbawm es actualmente el historiador más leído del mundo. Esta notoriedad arranca sobre todo del éxito planetario de la Historia del siglo XX, la era de los extremos, su historia del “corto” siglo XX.[1] Anteriormente ocupaba ya, desde luego, un lugar de primer plano en la historiografía internacional, pero la publicación de esta obra le ha permitido conquistar un público mucho más vasto. Ninguna nueva interpretación del mundo contemporáneo podrá sustraerse a una confrontación con la suya, que se ha convertido en canónica. Pero esta constatación lleva implícita una paradoja, pues el siglo XX finalizó en una atmósfera de restauración intelectual y política y fue despedido en medio de un alboroto mediático que anunciaba el triunfo definitivo de la sociedad de mercado y del liberalismo. Hobsbawm, en cambio, no escondía sus simpatías por el comunismo, el gran perdedor de la Guerra Fría, ni su adhesión a una concepción de la historia de inspiración marxista. El éxito de su libro era una nota discordante, introducía una fisura en el consenso liberal en torno a una visión del capitalismo que lo presenta como un orden natural sin alternativa[2]. Esto es particularmente cierto en el caso de Francia, país en el que el libro de Hobsbawm sólo llegó a las librerías, gracias a un editor belga, cinco años después de su edición inglesa original y después de haber sido traducido a más de una veintena de lenguas. En 1997 Pierre Nora explicaba en Le Débat que una obra como ésta, anacrónica e inspirada en una ideología de otra época, no sería rentable para un editor, razón por la que había decidido rechazarla en la colección que dirigía en Gallimard.[3] Pocas veces un editor e intelectual se habrá equivocado tanto al formular un pronóstico, pero ¿cómo habría podido acertar Nora si partía del postulado según el cual la sensibilidad de los lectores se corresponde perfectamente con la acogida entusiasta dispensada por los medios de comunicación a El pasado de una ilusión de François Furet (1995) y al Libro negro del comunismo de Stéphane Courtois (1997).
 
Una Tetralogía

 
La Historia del siglo XX es el último volumen de una tetralogía. Sigue a tres obras dedicadas a la historia del siglo XIX aparecidas entre 1962 y 1987. La primera analiza las transformaciones sociales y políticas que acompañaron a la transición del Antiguo Régimen a la Europa burguesa (La era de las revoluciones, 1789-1848). La segunda se centra en la época de esplendor del capitalismo industrial y la consolidación de la burguesía como clase dominante (La era del capital, 1848-1875). La tercera estudia el advenimiento del imperialismo y finaliza con la aparición de los conflictos entre las grandes potencias que fracturaron el “concierto europeo” y sentaron las premisas de su estallido (La era del imperialismo, 1875-1914). La redacción de estas obras no había obedecido a ningún plan previo. Surgieron al hilo del tiempo, bajo el estímulo de los editores y como producto de la evolución de las investigaciones del propio Hobsbawm.
La trayectoria historiográfica de Hobsbawm es la de un especialista en el siglo XX. En 1952 fundó, con Edward P. Thompson y Christopher Hill, la revista Past and Present, una tentativa de síntesis entre el marxismo y la escuela de Annales. Dedicó considerable atención a la historia social de las clases trabajadoras y de las revueltas campesinas en la época de la Revolución industrial. El marxismo y la formación del movimiento obrero se situaron en el centro de sus intereses. Hobsbawm conjugaba las grandes síntesis con investigaciones pioneras. De factura más clásica y escritas en un lenguaje accesible al gran público, esas grandes síntesis no construyen nuevos objetos de investigación ni socavan los enfoques historiográficos tradicionales, pero dibujan un vasto fresco del siglo XIX que ilumina, desde una amplia perspectiva, las fuerzas sociales en presencia. Existe una cierta distancia entre el historiador de los luditas y de la resistencia campesina a los cerramientos de tierras en el campo inglés, y el de las grandes síntesis sobre las “revoluciones burguesas” y el advenimiento del capitalismo industrial. Esta distancia no será superada por el último volumen de la tetralogía, prisionero de una tendencia que él ha reprochado siempre a la historiografía tradicional del movimiento obrero: observar la historia “por arriba” sin fijarse en lo que pensaban las gentes corrientes, los actores situados “abajo”[4].
Hobsbawm concibió el proyecto de una historia del siglo XX tras la caída del muro de Berlín. Fue de los primeros en interpretar aquel acontecimiento como el signo de una mutación que no solo ponía fin a la Guerra Fría sino que, a una escala más vasta, clausuraba un siglo. Nació entonces la idea de un siglo XX “corto” encuadrado entre las dos grandes inflexiones de la historia europea, la Primera Guerra Mundial y el hundimiento del socialismo real, que se oponía a un siglo XIX “largo” que iría de la Revolución francesa a las trincheras de 1914. Si la guerra fue la auténtica matriz del siglo XX, la revolución bolchevique y el comunismo le dieron un perfil específico. Hobsbawm lo sitúa entero bajo el signo de Octubre de 1917. El agotamiento de la trayectoria de la URSS, al final de un prolongado declive, señaliza su conclusión.
Hobsbawm, nacido en Alejandría en 1917 de padre inglés y madre austriaca, se define como un retoño de dos pilares de la Europa del siglo XIX: el Imperio británico y el Imperio austro-húngaro. Se hizo comunista en Berlín, en 1932, a la edad de quince años. Esta opción no sería abandonada en el curso de las décadas siguientes, en las que estudiaría primero, y luego enseñaría en las mejores universidades británicas. El siglo XX ha sido su vida y admite, con toda honestidad, su dificultad para disociar historia y autobiografía. A contracorriente de una ilusoria neutralidad axiológica, nuestro autor declara con claridad, ya en las primeras páginas del libro, su condición de “espectador comprometido”: “no parece probable que quien haya vivido durante este siglo extraordinario pueda abstenerse de expresar un juicio. La dificultad estriba en comprender” (pág. 15).
El impacto de la Historia del siglo XX fue tanto más fuerte en la medida que, al finalizar así su tetralogía, Hobsbawm validaba o ratificaba una inflexión en nuestra percepción del pasado. Procedía a historiar una época que se había considerado hasta ese momento como presente vivido y que ahora se percibía ya como cumplida, pasada, clausurada, en una palabra: como historia. La Guerra Fría salía de las crónicas de actualidad y se convertía en objeto de una narración histórica que la situaba en una secuencia más amplia, que se remontaba a 1914. La idea del siglo XX “corto” entraría en la esfera pública, y posteriormente en la percepción común de las gentes.
La visión de un siglo XIX “largo” no es nueva. En La gran transformación (1944) Karl Polanyi dibujó ya el perfil de una “paz de los cien años” que se extendía desde el Congreso de Viena, al final de las guerras napoleónicas, hasta el atentado de Sarajevo de 1914.[5] El siglo XIX, que se construyó sobre el equilibrio internacional entre las grandes potencias con Metternich como arquitecto, fue escenario de la eclosión de las instituciones liberales y de un gigantesco crecimiento económico, basado en la estructuración de los mercados nacionales, que se consolidaría con la adopción del patrón oro (gold standard). Por su parte, Arno J. Mayer caracterizó al siglo XIX como una época de “persistencia del Antiguo Régimen”. En el plano económico la burguesía ya era la clase dominante, pero su mentalidad y su estilo de vida denotaban su sumisión a los modelos aristocráticos que -con la excepción de algunos escasos regímenes republicanos, como Francia después de 1870- seguían siendo claramente premodernos. En 1914, una segunda Guerra de los Treinta Años ponía fin a la agonía secular de este Antiguo Régimen prorrogado.[6] Hobsbawm parece llegar a conclusiones análogas. En el primer volumen de su tetralogía definía a la “gran burguesía” de la industria y las finanzas como la “clase dominante” de la Europa del siglo XIX [7].Luego, en el segundo volumen, matiza su análisis y subraya que en la mayor parte de países la burguesía no ejercía el poder político, sino tan solo una “hegemonía” social, si bien el capitalismo era reconocido como la forma insustituible del desarrollo económico[8]. Esta distinción o separación entre dominación social burguesa y poder político aristocrático -a la que se hace referencia pero sin entrar en una explicación más profunda- constituye sin duda, como han subrayado algunos críticos, la principal limitación de los tres primeros volúmenes de la tetralogía[9]. Este hiato inexplorado entre hegemonía social burguesa y “persistencia del Antiguo Régimen”, por lo demás, pone también en cuestión una determinada concepción marxista tradicional de las “revoluciones burguesas”, entre 1789 y 1848, cuya crítica más fecunda quedará en manos de otros investigadores[10].
El “largo siglo XIX” dibujado por Hobsbawm es escenario de una gran transformación del mundo de la que Europa, en el apogeo del imperialismo, fue a la vez centro y motor. Todas las corrientes políticas aceptaban su misión civilizadora, encarnada en una raza y una cultura “superiores”. La idea de progreso -un progreso moral y material ilustrado por las conquistas de la ciencia, el aumento incesante de la producción y la expansión de los ferrocarriles que unían a la totalidad de las grandes metrópolis del continente y que en América iban de costa a costa- pasó a ser un artículo de fe inamovible, que no se apoyaba ya en las potencialidades de la razón, sino en las fuerzas objetivas e irresistibles de la sociedad. Las páginas más poderosas de la Historia del siglo XX son las del primer capítulo, en las que Hobsbawm describe el comienzo del siglo XX en un clima apocalíptico que literalmente acaba con todas las certezas de una era anterior de paz y prosperidad. El nuevo siglo se abre como una “era de las catástrofes” (1914-1945) marcada por dos guerras totales devastadoras y aniquiladoras: tres decenios en los que Europa asistió a la destrucción de su economía y sus instituciones políticas. Enfrentado al desafío de la revolución bolchevique, parecía que el tiempo del capitalismo se había acabado, mientras que las instituciones liberales eran como vestigios de una época pretérita pues se descomponían a ojos vista, a veces sin ofrecer la mínima resistencia, ante el avance de los fascismos y las dictaduras militares en Italia, Alemania, Austria, Portugal, España y en numerosos países de Europa central. El progreso se reveló ilusorio. Europa había dejado de ser el centro del mundo. La Sociedad de Naciones, el nuevo encargado de mantener en pie el esquema, era impotente, estaba marcada por la inmovilidad. En comparación con estos tres decenios catastróficos, los de la posguerra -“la edad de oro” (1945-1973) y “el derrumbamiento” (1973-1989)- parecen dos momentos distintos de una sola y misma época que coincide con la historia de la Guerra Fría. La edad de oro es la de los Treinta Gloriosos, con la difusión del fordismo, la expansión del consumo de masas y el advenimiento de una prosperidad generalizada aparentemente inagotable. El derrumbamiento (landslide) comienza con la crisis del petróleo en 1973 que pone fin al boom económico y prosigue con una prolongada onda recesiva. En el Este se anuncia con la guerra de Afganistán (1978) que presagia la crisis del sistema soviético y lo acompaña hasta su descomposición. El derrumbamiento viene después de la descolonización -entre la independencia de la India (1947) y la guerra del Vietnam (1960-1975)- durante la cual la marea de los movimientos de liberación nacional y de las revoluciones antiimperialistas se entremezcla con el conflicto entre las grandes potencias.
 
Eurocentrismo
 
La periodización que propone Hobsbawm es la fuerza de su tetralogía y a la vez revela sus límites. El volumen dedicado a las “revoluciones burguesas” pasa muy por encima de las guerras de liberación en América Latina durante la década de 1820. El siguiente describe la guerra civil norteamericana pero da un tratamiento muy superficial a la revuelta Taiping, el mayor movimiento social del siglo XIX que afectó profundamente a China entre 1851 y 1864. Precisamente el último volumen, al restituir el perfil de un siglo globalizado, muestra el carácter problemático del eurocentrismo o en todo caso del occidentecentrismo que impregna toda la obra. Las demarcaciones históricas seleccionadas por Hobsbawm no son generalizables. ¿Es legítimo considerar 1789 o 1914 como grandes inflexiones o virajes en la historia de África? El Congreso de Berlín (1884) y los años de la descolonización (1960) serían, sin asomo de duda, mojones más pertinentes. Vistas desde Asia, las grandes rupturas del siglo XX -la independencia de la India (1947), la Revolución china (1949), la guerra de Corea (1950-1953), la guerra de Vietnam (1960-1975)- no coinciden necesariamente con las de la historia europea. La Revolución china de 1949 transformó en profundidad las estructuras sociales y las condiciones de vida de una porción de humanidad considerablemente más vasta que Europa, pero los decenios comprendidos entre 1945 y 1973 -marcados por la guerra civil, el “Gran Salto Adelante” y la Revolución Cultural- no fueron ninguna “edad de oro” para los habitantes de ese inmenso país. En el transcurso de este mismo periodo, los vietnamitas y los camboyanos sufrieron bombardeos más intensos que los que devastaron Europa en la Segunda Guerra Mundial, los coreanos conocieron los horrores de una guerra civil y dos dictaduras militares, mientras que los indonesios sufrieron un golpe de estado anticomunista de dimensiones literalmente exterminadoras (500.000 víctimas). Tan solo Japón vivió una época de libertad y prosperidad comparable a la “edad de oro” del mundo occidental. América Latina, por su parte, si bien acusó el impacto de 1789 -Toussaint Louverture y Simón Bolívar fueron hijos de la Revolución francesa en el continente- quedó, no obstante, al margen de las guerras mundiales del siglo XX. Conoció dos grandes revoluciones -la mexicana ( 1910-1917) y la cubana (1959)- y su era de la catástrofe se sitúa más bien entre principios de la década de 1970 y final de los años 1980, cuando el continente se vio dominado por dictaduras militares sangrientas, ya no populistas y desarrollistas, sino neoliberales y terriblemente represivas.
Aunque rechaza toda actitud condescendiente y etnocéntrica con respecto a los países “atrasados y pobres”, Hobsbawm postula su subalternidad como una obviedad que evoca por momentos la tesis clásica de Engels (de origen hegeliano) sobre los “pueblos sin historia”[11]. A sus ojos, estos países han conocido una dinámica “derivada, no original”. Su historia se reduciría esencialmente a las tentativas de sus élites “de imitar el modelo del que Occidente fue pionero”, es decir, el desarrollo industrial y tecnocientífico, “en una variante capitalista o socialista”. Con un argumento similar, Hobsbawm parece justificar el culto a la personalidad instaurado por Stalin en la URSS, considerándolo bien adaptado a una población campesina cuya mentalidad correspondería a la de las plebes occidentales del siglo XI. Estos pasajes relativizan considerablemente el alcance de las revoluciones coloniales, que describe como rupturas efímeras y limitadas. En el fondo, la Historia el siglo XX no percibe en la revuelta de los pueblos colonizados y su transformación en sujeto político en la escena mundial un aspecto capital de la historia del siglo XX.
Esta constatación remite a la distancia subrayada anteriormente entre dos Hobsbawm: de una parte el historiador social que se interesa por los “de abajo” y recupera su voz y, de otra, el autor de las grandes síntesis históricas en las que las clases subalternas vuelven a ser una masa anónima. Sin embargo, el autor de la Historia el siglo XX es el mismo que escribió Rebeldes primitivos (1959) y Bandidos (1969), para quien la adquisición de conciencia política por los campesinos del mundo colonial “ha hecho de nuestro siglo el más revolucionario de la historia”[12]. Los representantes de los subaltern studies, especialmente Ranahit Guha, han reprochado a su colega británico que considere las luchas campesinas básicamente como “prepolíticas” a causa de su carácter “improvisado, arcaico y espontáneo”, criticando que sea incapaz de captar la dimensión profundamente política, si bien irreducible a los códigos ideológicos del mundo occidental, de esos movimientos [13]. Esta crítica es aplicable, desde luego, más a su tetralogía que a sus estudios de historia social. Según Edward Said, esta representación de las sociedades no occidentales como lugar de una historia “derivada, no original” es un “punto ciego” (blindspot) del todo sorprendente en un investigador que se ha distinguido por haber criticado el eurocentrismo de la historiografía tradicional y estudiado “la invención de las tradiciones”[14].
En una respuesta a sus críticos, Hobsbawm reconoce el enfoque eurocéntrico de su libro, afirmando que su tentativa de “representar un siglo complicado” no es incompatible con otras interpretaciones y otras periodizaciones o delimitaciones históricas[15]. No faltan los ejemplos en este sentido. En 1994 Giovanni Arrighi publicaba El largo siglo XX, una obra que se inspira a la vez en Marx y Braudel y que propone una nueva periodización de la historia del capitalismo. Propone considerar cuatro siglos “largos” que se extenderían a lo largo de 600 años y que corresponden a diferentes “ciclos sistémicos de acumulación”, aunque susceptibles de superponerse unos a otros: un siglo genovés (1340-1630), un siglo holandés (1560-1780), un siglo británico (1740-1930) y, en fin, un siglo americano (1870-1990). Este último, que se esboza con posterioridad a la guerra civil, alcanza el apogeo con la industrialización del Nuevo Mundo y se deshincha en los años 1980, cuando el fordismo se vio reemplazado por una economía globalizada y financiarizada. Según Arrighi, actualmente hemos entrado en un siglo XXI “chino”, es decir, en un nuevo ciclo sistémico de acumulación cuyo centro de gravedad se sitúa tendencialmente en el Lejano Oriente.
Michael Hardt y Toni Negri, por su parte, han teorizado el advenimiento del “Imperio”: un nuevo sistema de poder sin centro territorial, cualitativamente distinto de los antiguos imperialismos basados en el expansionismo de los estados más allá de sus fronteras. Mientras que el imperialismo clásico se apoyaba en un capitalismo de tipo fordista (la producción industrial en serie) y promovía formas de dominación de índole disciplinaria (la prisión, el campo de concentración, la fábrica), el Imperio desarrolla redes de comunicación a las que corresponde una “sociedad de control”, es decir, una forma de “biopoder”, en sentido de Michel Foucault, perfectamente compatible con la ideología de los derechos humanos y la formas externas de la democracia representativa. Falta saber si este “Imperio” es una tendencia o un sistema ya consolidado que habría convertido a los estados nacionales en piezas de museo. Diversos autores parecen dudar de esto último y el debate está lejos de haberse zanjado[16].
En su obra, L’Empire, la démocratie et le terrorisme, Hobsbawm vuelve sobre la historia de los imperios para concluir que su época ha quedado definitivamente atrás. Estados Unidos dispone de una potencia militar aplastante, pero no está en condiciones de imponer su dominación sobre el resto del planeta. No representa el núcleo de un nuevo orden mundial comparable a la Pax Britannica del siglo XIX, y puede decirse que hemos entrado en “una forma profundamente inestable de desorden global tanto a escala internacional como en el interior de los estados”[17].
Adoptando una perspectiva contemporánea, el siglo XX podría aparecer también como un “siglo-mundo”. El historiador italiano Marcello Flores data el comienzo en 1900, año que marca simbólicamente una triple mutación. En Viena Freud publica La interpretación de los sueños, obra inaugural del psicoanálisis: en los prolegómenos del capitalismo fordista, el mundo burgués opera un repliegue a su interioridad análogo a la “ascesis intramundana” que según Weber la reforma protestante puso al servicio del capitalismo naciente. En África del Sur la guerra de los bóers da lugar a las primeras formas de campos de concentración, con alambradas y barracones para el internamiento de civiles. Este dispositivo de organización y gestión de la violencia proyectará su sombra sobre todo el siglo XX. En China, en fin, la revuelta de los Boxers [1899-1901] fue sofocada por la primera intervención de las grandes potencias coaligadas (Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Austria-Hungría, Rusia, Estados Unidos y Japón). Luego vendrían otras muchas expediciones (punitivas, “humanitarias”, “pacificadoras”, etcétera). Según Flores el siglo XX es la era del occidentalismoque comporta la expansión a escala planetaria del sistema de valores, los códigos culturales y los modos de vida occidentales. Desde este punto de vista el siglo XX prosigue, no se ha agotado, si bien hoy se ve confrontado con nuevos desafíos.
En un pasaje impactante de la Historia del siglo XX Hobsbawm escribe que para el 80 por ciento de la humanidad la Edad Media finalizó súbitamente en los años 1950. A partir de aquella inflexión vivimos en un mundo en el que el desarrollo de los medios de comunicación ha suprimido las distancias, la agricultura ya no es la fuente principal de riqueza y la mayoría de la población habita en áreas urbanas. Esto constituye una verdadera revolución, escribe, que ha cerrado de golpe diez mil años de historia: el ciclo iniciado con la difusión de la agricultura sedentaria[18].
Traducida esta observación en términos historiográficos significa que si se adopta la historia del consumo en vez de la historia política como línea de demarcación fundamental el siglo XX podría tomar una coloración muy diferente. Entre 1910 y 1950 las condiciones de vida de los europeos permanecieron sustancialmente inalteradas. La gran mayoría vivía en casas sin cuarto de baño y gastaba la mayor parte de sus ingresos en alimentación. En 1970, en cambio, ya era normal vivir en un apartamento provisto de calefacción central, teléfono, frigorífico, lavadora y televisión, sin olvidar un vehículo en el garaje (lo que constituía el lote completo de los obreros de las fábricas Ford de Detroit desde la década de 1930)[19]. Es decir, que son posibles otras delimitaciones históricas. Esto no pone en tela de juicio la perspectiva elegida por Hobsbawm, pero indica que su periodización no tiene nada de normativo.
 
Comunismo
 
El hilo rojo que atraviesa la Historia del siglo XX es la trayectoria del comunismo, por lo que resulta prácticamente inevitable la comparación con El pasado de una ilusión de Furet (1995). Hobsbawm no ha visto nunca en François Furet un gran historiador. Furet aparece a sus ojos, en el fondo, como un epígono del conservador Alfred Cobban. En realidad, el auténtico objetivo de la interpretación liberal de 1789 ha sido siempre 1917. Furet lo puso claramente de manifiesto en un panfleto de una rara violencia polémica como Pensar la revolución francesa (1978), y su último balance de la historia del comunismo no era, para Hobsbawm, sino “un producto tardío de la época de la guerra fría”[20].
Si El pasado de una ilusión no disimula la altanería del vencedor, se nota mucho que la Historia del siglo XX está escrito por un perdedor que no reniega de su lucha. Contrariamente al parecer de muchos comentaristas, entiendo que la melancolía -sedimento de todo un siglo de batallas perdidas- está muy presente en las páginas de Hobsbawm, pero no en las de Furet, de la misma manera que, guardando todas las distancias, Walter Benjamín la pudo entrever en el viejo Blanqui, pero no en Tocqueville. Furet dedica su obra al advenimiento, ascenso y caída del comunismo; Hobsbawm estudia también la crisis y el renacimiento del capitalismo. Tras el colapso de la Europa liberal en 1914, el capitalismo tuvo que enfrentarse al desafío de la revolución de Octubre y a una crisis planetaria en 1929. Durante los años de entreguerras su porvenir parecía bastante incierto. Keynes, el más brillante y original de sus terapeutas, lo consideraba históricamente condenado y sin embargo el capitalismo conoció un relanzamiento espectacular después de 1945, hasta su victoria en 1991.
La comedia y la tragedia, dos estructuras narrativas clásicas, serán según el politólogo noruego Torbjorn L. Knutsen, el trasfondo de los libros de Furet y Hobsbawm, que este estudioso ha sometido a un análisis comparado[21]. Ambos explican la misma historia, con los mismos actores, pero la distribución de los papeles y el tono del relato son considerablemente distintos. El pasado de una ilusión se atiene a las reglas de la comedia. Pone en escena las desventuras de una familia liberal que vive en perfecta armonía pero cuya existencia se ve súbitamente perturbada por una enojosa serie de imprevistos, equívocos y catástrofes. Por un instante todo parece en cuestión. Aparecen personajes malvados, con los rasgos del fascista y del comunista, que ejercen una influencia corruptora sobre jóvenes almas inocentes. Pero los malvados son finalmente desenmascarados y su seducción totalitaria deja de funcionar. Una vez disipado el equívoco, todo vuelve a estar en orden y la comedia acaba con un happy end tranquilizador. Lejos de ser “un destino providencial de la humanidad”, escribe Furet, el fascismo y el comunismo no fueron más que “episodios breves, encapsulados entre aquello que pretendieron destruir”: la democracia liberal[22] . Como conclusión de su libro, nos quiere “condenados a vivir en el mundo en que vivimos”, el mundo del capitalismo liberal, cuyas fronteras están definidas por “los derechos humanos y el mercado”[23]. Pero esta “condena” le parece un destino providencial que da a su obra una coloración apologética y teleológica a la vez.
Hobsbawm, por su parte, ha escrito una tragedia. La esperanza liberadora del comunismo ha atravesado el siglo como un meteorito. Su objetivo no era la destrucción de la democracia, sino la instauración de la igualdad, la inversión de la pirámide social, que los oprimidos y explotados tomaran el destino en sus manos. La revolución de Octubre - un sueño que “vive todavía en mí”, afirma en su autobiografía- [24] transformó esta esperanza de liberación en una “utopía concreta”. La esperanza, encarnada en el Estado soviético, conoció en una primera fase un ascenso espectacular, al que siguió un prolongado declive, cuando su fuerza propulsora se agotó, hasta llegar a la caída final. El socialismo soviético fue espantoso. Hobsbawm lo reconoce sin vacilación, pero piensa que no había alternativa. “La tragedia de la revolución de Octubre -escribe- es precisamente no haber podido producir sino un socialismo autoritario, implacable y brutal”. Su fracaso estaba inscrito en sus premisas, es verdad, pero esta constatación no lo convierte en una aberración histórica. Hobsbawm no comparte la opinión de Furet, para quien la revolución de Octubre, a semejanza de la Revolución francesa, no fue sino un despropósito que podría haberse evitado. El comunismo no podía sino fracasar, pero aun así cumplió una función necesaria. Su vocación era sacrificial. “El resultado más perdurable de la revolución de Octubre, cuyo objetivo era abatir a escala mundial el capitalismo”, escribe Hobsbawm en la Historia del siglo XX, “fue salvar a su adversario, tanto en la guerra como en la paz, incitándolo, después de la Segunda Guerra Mundial, a reformarse”. Lo salvó en Stalingrado, pagando el precio más alto en la resistencia contra el nazismo. Y además lo forzó a transformarse, pues no es en absoluto seguro que en ausencia del desafío que representaba la URSS el capitalismo hubiera pasado por el New Deal y el Estado de Bienestar, ni que el liberalismo hubiera aceptado finalmente el sufragio universal y la democracia (esta última en modo alguno es “idéntica” al liberalismo, ni filosófica ni históricamente, contrariamente a lo que indica el axioma de Furet). Pero la victoria del capital no incita desde luego al optimismo. Más bien parece evocar el Ángel de la Historia de Walter Benjamín -citado de pasada por Hobsbawm- que veía el pasado como una montaña de escombros.
Furet escribe una apología autosatisfecha del capitalismo liberal; Hobsbawm, una apología melancólica del comunismo. Desde este punto de vista, ambos son discutibles. El balance del socialismo real que establece Hobsbawm es, en muchos aspectos, implacable. Considera un grave error la fundación de la Internacional Comunista en 1919, que dividió para siempre al movimiento obrero internacional. Reconoce también, a posteriorila lucidez del filósofo menchevique Plejanov, para el que una revolución comunista en la Rusia de los zares sólo podía producir “un imperio chino teñido de rojo”. Traza un retrato más bien severo de Stalin: “un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una ausencia de escrúpulos extraordinarias, por no decir únicas”. Pero se apresura a añadir que en las condiciones de la URSS de las décadas de 1920 y 1930, no se habría podido llevar a cabo ninguna política de industrialización y de modernización sin violencia ni coerción. El estalinismo era, por tanto, inevitable. El pueblo soviético pagó un alto costo, pero aceptó a Stalin como guía legítimo, a semejanza de Churchill, que en 1940 obtuvo el apoyo de los británicos prometiéndoles “sangre, sudor y lágrimas”.
El estalinismo fue el producto de un repliegue sobre sí misma de la Revolución rusa, aislada después de la derrota de las tentativas revolucionarias en Europa central, rodeada por un entorno capitalista hostil y, sobre todo, enfrentada a partir de 1933 a la amenaza nazi. Hobsbawm compara el universalismo de la revolución de Octubre con el de la Revolución francesa. Describe su influencia y su difusión como la fuerza magnética de una “religión secular” que le recuerda al Islam de los orígenes, de los siglos VII y VIII[25]. De esta “religión secular”, Hobsbawm no ha sido nunca un creyente ingenuo o ciego, pero sí, ciertamente, un discípulo fiel, incluyendo aquellos casos en los que sus dogmas se han revelado engañosos. Fue uno de los poquísimos representantes de la historiografía marxista británica que no abandonó el Partido Comunista en 1956[26] . Su mirada complaciente con respecto al estalinismo recuerda a otro gran historiador, Isaac Deutscher, que veía en Stalin una especie de combinación de Lenin e Iván el Terrible, a la manera de Napoleón, que sintetizó en su persona la Revolución francesa y el absolutismo del Rey Sol[27]. Deutscher alimentaba la ilusión de una posible autorreforma del sistema soviético, mientras que Hobsbawm lo justifica después de su caída. No podía sino fracasar, pero había que creer en él. En noviembre de 2006 Hobsbawm se lanzaba aún a una justificación de la represión soviética en Hungría en 1956, e incluso a una apología de János Kádár[28]. Más que la ventaja epistemológica inherente a la visión del vencido, según la fórmula de Reinhart Koselleck, este balance revela, como indica Perry Anderson, una dimensión consolatoria[29].
 
Barbarie
 
El siglo XX que retrata Hobsbawm es en realidad un díptico en el que la Segunda Guerra Mundial marca la partición de aguas. La presenta como una “guerra civil ideológica internacional” en la que, más allá de los estados y los ejércitos, se enfrentaban ideologías, visiones del mundo, modelos de civilización. En un estudio paralelo a la Historia del siglo XX sitúa el núcleo profundo de esta contienda en el enfrentamiento entre la Ilustración y la Contra-Ilustración, una encarnada por la coalición de las democracias occidentales y el comunismo soviético, la otra por el nazismo y sus aliados. Fue el conjunto de los “valores heredados del siglo XVIII” lo que impidió al mundo “sumirse en las tinieblas”[30]. Contrariamente a los filósofos de la Escuela de Frankfurt, Hobsbawm no llega al punto de identificar las raíces de la barbarie en la civilización misma, una civilización que habría transmutado el racionalismo emancipador de las Luces en la racionalidad instrumental ciega y dominadora del totalitarismo. La antinomia absoluta entre civilización y barbarie por la que apuesta -y no es casual que cite El asalto a la razón de Georg Lukács (1953)- le lleva más bien a rechazar el concepto de totalitarismo. El pacto de no agresión germano-soviético del verano de 1939, lejos de revelar la identidad del nazismo y el comunismo, no fue sino un paréntesis efímero, oportunista y contra-natura. “Si las similitudes entre los sistemas de Hitler y Stalin son innegables”, escribe Hobsbawm criticando a Furet, su aproximación “se hizo a partir de raíces ideológicas profundamente dispares y muy alejadas”[31]. Su convergencia fue superficial, de tal manera que sólo permitiría establecer analogías formales, pero no definir una naturaleza común. El siglo XX opuso la libertad a la igualdad, dos ideologías procedentes de la tradición de la Ilustración, mientras que el nazismo era una variante moderna de la contra-Ilustración, que tomaba como fundamento el racismo biológico[32].
El recurso al concepto de “guerra civil” suscita inevitablemente otra comparación, esta vez con el historiador conservador Ernst Nolte. Un cierto aire de nolteísmo impregna, en efecto, la Historia del siglo XX, aunque, bien entendido, se trata de un nolteísmo al revés. No hay ninguna convergencia ideológica, ninguna complicidad entre Nolte y Hobsbawm, pero ambos parten de la misma constatación -el duelo de titanes entre el nazismo y el comunismo como punto álgido del siglo XX- para deducir de aquí lecturas simétricas y sustancialmente apologéticas del uno o del otro. Nolte reconoce los crímenes nazis, pero los interpreta como excesos lamentables derivados de una reacción legítima de autodefensa de la Alemania amenazada por el comunismo. Las cámaras de gas -así reza su bien conocida tesis- no fueron sino una imitación de la violencia bolchevique, el auténtico “prius lógico y factual” de los horrores totalitarios del siglo XX[33]. Hobsbawm no niega los crímenes del estalinismo, pero los tiene por inevitables, aunque lamentables, al inscribirlos en un contexto objetivo que no dejaba alter­nativas. Dos sombras enormes gravitan sobre estas interpretaciones. Detrás de Nolte está la sombra de Heidegger, de quien él mismo fue discípulo, que había visto en Hitler una expresión “auténtica” del Dasein alemán. Detrás de Hobsbawm, la sombra de Hegel, que justificó el Terror jacobino en la Fenomenología del espíritu. O más bien, para ganar precisión, la sombra de Alexandre Kojeve, quien, al igual que Hegel contemplando a Napoleón en Jena, creyó percibir en Stalin el “Espíritu del mundo”[34].
Es verdad que Hobsbawm reconoce la gran importancia del antifascismo para una generación -la suya- que vivió la Guerra civil española y luego la Resistencia, pero de manera un tanto extraña no da tanto relieve al impulso extraordinario que significó la URSS, por su sola existencia, para el levantamiento de los pueblos colonizados contra el imperialismo. Es asimismo discreto en lo relativo al papel desempeñado por algunos partidos comunistas en el mundo occidental donde, a pesar de su carácter de “contra-sociedad”, iglesia y cuartel a la vez, fueron capaces de dar representación política y un sentimiento de dignidad social a las clases trabajadoras. Entre los muchos rostros del comunismo a lo largo del siglo XX, Hobsbawm elige legitimar el peor, el más opresor y coercitivo, el del estalinismo. Nacido en el corazón de la guerra civil europea, su comunismo no fue jamás libertario. En el fondo, ha sido siempre un hombre de orden, una suerte de “comunista tory”[35].
 
Un enfoque braudeliano
 
En su autobiografía Hosbbawm reconoce la influencia que ejerció sobre él la escuela de Annales. Recuerda el impacto que causó El Mediterráneo, de Braudel en los jóvenes historiadores de los años 50 y luego, valiéndose de una fórmula de Carlo Ginzburg, constata el paso de la historiografía, después de 1968, de lo telescópico a lo microscópico: un desplazamiento del análisis de las estructuras socioeconómicas al estudio de las mentalidades y las culturas[36]. En la Historia del siglo XX el siglo se observa con el telescopio. Hobsbawm adopta un enfoque braudeliano en el que la longue durée se come el acontecimiento. Se pasa revista a los grandes momentos de un siglo dramático como si fueran piezas de un conjunto, que raramente son aprehendidas en su singularidad. Sin embargo, se trata de una época marcada por rupturas súbitas e imprevistas, por inflexiones de gran entidad que resulta difícil reconducir a sus “causas”, por bifurcaciones que no se inscriben lógicamente en las tendencias de la longue durée. Podemos asignarles un lugar en una secuencia reconstruida a posteriori, pero no presentarlas como las etapas necesarias de un proceso. Diversos críticos han subrayado el silencio de Hobsbawm sobre Auschwitz y Kolyma, dos nombres que no figuran en el índice de su libro. Los campos de concentración y de exterminio desaparecen de su relato. En el siglo de la violencia, las víctimas quedan reducidas a cantidades abstractas. La observación de Hobsbawm a propósito de la Shoah - “No creo que pueda haber una expresión verbal adecuada de estos horrores” [37]- es sin duda cierta, pese a lo escrito por Paul Celan o Primo Levi, y desde luego es psicológicamente comprensible, pero no puede hacer las veces de una explicación. Más aún cuando es compartida por historiadores que, como Saul Friedlander, han dedicado su vida al estudio del exterminio de los judíos de Europa tratando de poner en palabras un “acontecimiento” que quebró el siglo, que ha introducido el genocidio en nuestro léxico y que ha modificado nuestra consideración de la violencia. Si esta observación se erigiese en premisa metodológica, daría lugar a una cierta forma de misticismo oscurantista, el Holocausto pasaría a ser una entidad metafísica por definición indecible e inexplicable, y eso sería del todo sorprendente en la pluma de un gran historiador.
Esta indiferencia hacia el acontecimiento no afecta solo a los campos nazis y al Gulag, sino también a otros momentos clave del siglo XX. Por ejemplo, la toma del poder por Hitler en Alemania, en enero de 1933, se inscribe en una tendencia general de auge del fascismo en Europa, pero no es analizada como una crisis específica cuyo desenlace no era ineluctable. (Ian Kershaw, uno de los mejores especialistas en historia del nazismo considera aquel episodio un “error de cálculo” de las élites alemanas.) Lo mismo cabría decir de Mayo del 68, cuya apreciación por Hobsbawm aparece fuertemente condicionada por elementos de orden autobiográfico (dice en sus memorias que prefiere el jazz al rock y que nunca ha vestido pantalones vaqueros)[38]. Da credibilidad, de manera harto expeditiva, a la opinión del “conservador inteligente” Raymond Aron de que Mayo del 68 no fue, al fin y al cabo, sino un “psicodrama”. Las barricadas del Barrio Latino, la huelga general más importante desde 1936 y la huida a Baden Baden del general De Gaulle se convierten en una pieza de “teatro de calle”[39].
La adopción de este enfoque de “longue durée” que suprime la singularidad de los acontecimientos no es una innovación del último Hobsbawm, pues ya estaba presente en los volúmenes anteriores de su tetralogía. Ahora bien, en la Historia del siglo XX, la larga duración no se inscribe en una visión teleológica de la historia. Hobsbawm establece con Marx una relación crítica y abierta, no dogmática. Siempre ha rechazado la visión de una sucesión jerárquica e ineluctable de estadios históricos de la civilización, típica de un marxismo que considera “vulgar”. Pero hace unas décadas pensaba que la historia tenía una dirección y que marchaba hacia el socialismo[40]. En la Historia del siglo XX esta certidumbre ha desaparecido: el porvenir no lo conocemos. Las últimas palabras del libro -un futuro de “oscuridad”- parecen hacerse eco del diagnóstico de Max Weber, quien en 1919 anunciaba “una noche polar de una oscuridad y una dureza glaciales”[41]. Hobsbawm ha levantado acta del fracaso del socialismo real:  “Si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente”. Una nueva catástrofe se dibuja en el horizonte, pero las tentativas de cambiar el mundo que se hicieron en el pasado han fracasado. Hay que cambiar de ruta y no tenemos brújula. La inquietud de Hobsbawm es la de nuestro tiempo.
 


Artículo publicado en el año 2009 en el sitio http://alencontre.org/societe/livrey por el sitio web de la revista Viento Suren octubre del 2012, a quienes agradecemos la autorización para su publicación. Traducción: Gustau Muñoz.
 
 
[1] Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX, 1914-1991, Crítica, Barcelona, 1995.
[2] La recepción del libro, por otra parte, coincidió con el éxito del blairismo en Inglaterra, respecto del cual tomó distancias después de haber sido uno de sus inspiradores desde las páginas de la revista Marxism Today. Sobre las contradicciones política de Hobsbawn que prestó apoyo al nuevo laborismo sin darse cuenta de que Tony Blair se situaba en una línea de continuidad con el thatcherismo, véase Perry Anderson La izquierda en el mundo de las ideas, Akal, Madrid, 2008, págs. 297-340.
[3] Véase Pierre Nora “Traduire nécéssité et dificultés”Le Débat 93, 1997, pág. 94.
[4] Véase por ejemplo Eric Hobsbawn, Historia de la clase obrera e ideología en E. J. Hobsbawn, Estudios sobre la formación y la evolución de la clase obrera, Crítica, Barcelona 1987.
[5] Karl Polany, La gran transformación, La Piqueta, Madrid, 1989.
[6] Arno Mayer, La persistencia del Antiguo Régimen. Europa hasta la Gran Gurerra, Alianza, Madrid,1984.
[7] Eric Hobsbawm, Las revoluciones burguesas, Guadarrama, Madrid, 1974.
[8] Eric Hobsbawm, La era del capitalismo, Guadarrama, Madrid, 1977.
[9] Perry Anderson, La izquierda en el mundo de las ideas, Akal, Madrid, 2008, págs. 296-297.
[10] No aludo aquí a la presentación caricaturesca que hace de este concepto Furet en su famoso panfleto Penser la Révolution française (Gallimard, Paris, 1978) sino más bien a Ellen Meikins-Wood. The origins of Capitalism. A lonf Review, Verso, Londres, 2002, págs. 118-121.
[11] Cosa tanto más paradójica cuanto se trata del autor de un ensayo titulado Todos pueblos tienen historia en Sobre historia, Crítica 1998, págs. 176-182.
[12] Eric Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudios sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, Ariel, Barcelona, 1968.
[13] Ranajrt Guha, Elementary aspects of Peasant Insurgency in Colonial India,  Harvard U.P., Cambridge, 1983, págs. 5-13.
[14] Edward Said Contra mundum en Reflection on exile,  Granta, Londes 2001, pág. 28. E. Said alude a Eric Hobsbawm y Terence Ranger (dirs.) L’invention de la tradition, Éditions Amsterdam, Paris, 2006.
[15] Eric Hobsbawm, Conclusion en Silvio Pons L’Età degli estremi. Discutendo con Hobsbawn sul Seculo breve, Carocci, Roma, 1998, pág. 33.
[16] Véase, por ejemplo, Ellen Meikins Wood, Empire of Capital, Verso, Londres, 2003, pag. 6 y Daniel Bensaid, Elogio de la política profana, Península, Madrid, 2009.
[17] Eric Hobsbawm, On Empire America, War and Global Supremacy, Pantheon Books, Nueva York, 1998.
[18] Ibid pág. 35 y Age of extremes, pág. 382.
[19] Véase sobre esta cuestión Victoria de Grazia, Irresistible Empire America’s Advance Through Twentieth Century Europe, Belknap press, Cambridge, 2005.
[20] Eric Hobsbawm, Historie et illusion, Le Débat 89, 1996, pág. 138. Para la crítica de Furet como historiador de la revolución francesa, véase Eric Hobsbawm, Aux armes historians. Deux siécles d’histoire de la révolution française, La Découverte, 2007.
[21] Torbjorn Knutsen, Twuentieth Century Stories, Journal of Peace Research, 1, 2002, pág. 120.
[22] François Furet, El posado de uno ilusión. Ensayo sobre lo Idea comunista en el siglo XX, FCE, Madrid, 1995.
[23] lbid., pág. 572.
[24] Eric Hobsbawm, Años interesantesUno vida en el siglo XX, Crítica, Barcelona, 2003.
[25] Ibid. pág. 128 y Age of extremes, pág. 502.
[26] Ibid. págs. 141, 211 y 218.
[27] Isaac Deutscher, Two revolutions, en Marxism, Wars and Revolutions, Verso, Londres, 184. Hobsbawm escribe que Deutscher le aconsejó en 1957 que no abandonara el Partido Comunista (Años interesantes).
[28] Eric Hobsbawm, Could it hace been different?, London Review of Books, 16 noviembre 2006.
[29] Perry Anderson, La izquierda vencida: Eric Hobsbawm, en Spectrum. De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas, Akal, Madrid, 2008.
[30] Eric Hobsbawm, La barbarie: guía del usuario, en Sobre la historio, cit. págs. 253-265.
[31] Eric Hobsbawm, Histoire et illusion.
[32] Sobre este punto Hobsbawm coincide con Dan Dineé Dos johrhundert verstehen. Eine universo/historische Deutung.  Luchterhand, Munich,1999, págs. 54 y 68.
[33] Ernst Nolte, Vergangenheit die nicht vergehen wilb, en Histonkerstreit,  Piper, Munich,1987, pág. 45.
[34] Esta lectura de Hegel es ex­plícita en un historiador del pen­samiento político cuya interpretación del estalinismo presenta muchos puntos en común con la de Hobsbawm; me refiero a Domenico Losurdo, Stalin Storia e critica de una legenda nera, Carocci, 2008, págs.. 12 y 113-123. Sobre Hegel y Stalin, véase Alexandre Kojéve, Tyrannie et sagesse ( 1954), en Leo Strauss, De la tyronnte, trad. H. Keré, Gallimard, Paris, 1983, págs. 217-280.
[35] Después de todo, Hobsbawm ha sido siempre una “persona de orden” como subraya Tony Judt, Eric Hobsbawm y el romance del comunismo en Tony Judt Sobre el olvidado siglo XX,  Taurus, Madrid, 2008, págs. 121-132.
[36] Eric Hobsbawm, Interesting Times, pág. 294.
[37] Eric Hobsbawm, “Commentaires”Le Débat 93, 1997, pág. 88. El silencio de Hobsbawm sobre Auschwitz y la Kolyma es subrayado por Krzystof Pomian, “Quel XXe Siécle?”, en el mismo número de Le Débat, págs. 47 y 74. Véase asimismo la intervención de Arno Mayer en la recopilación de ensayos anteriormente citada L’Età degli estremi, pág. 33.
[38] Eric Hobsbawm, lnteresting Times, op. cit., págs. 252 y 262.
[39] Ibíd., pág. 249 y Age o Extremes, op. cit., pág. 580.
[40] Eric Hobsbawm“What do Historians owe to Karl Marx?” (1969), en On History, op. cit., págs. 152-153.
[41] Max Weber, Le Savant et le Politique, La Découverte, Paris, 2003, pág. 205.

Traverso, Enzo . Historiador italiano nacido en 1957, es profesor de la Universidad Jules Verne de Picardía.

 Enzo Traverso nació en Italia, donde se formó política e intelectualmente en la escuela del marxismo autonomista, una corriente original del comunismo que fue el semillero de una productiva intelectualidad crítica. Residió más de dos décadas en Francia, donde fue profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Participó también de la izquierda trotskista junto con otros destacados intelectuales marxistas como Michael Löwy y Daniel Bensaïd. Como ha señalado el sociólogo e historiador Massimo Modonesi, Traverso logró seguir y articular dos dimensiones fundamentales del oficio del historiador: rescatar aspectos olvidados o negados, y revisitar y reinterpretar procesos históricos decisivos para la comprensión de las sociedades actuales. Y en ese marco, ha investigado y reflexionado en torno del totalitarismo, la violencia nazi, el Holocausto y los intelectuales y, más recientemente, sobre el conjunto de la historia europea entre las dos guerras mundiales.