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    domingo, 18 de agosto de 2013

    ¿Por qué la exaltación de los sentimientos casi ha desaparecido de los filmes actuales?

    Demasiado tarde para lágrimas

    El melodrama, uno de los géneros insignia del cine clásico, cayó en desgracia. ¿Por qué la exaltación de los sentimientos casi ha desaparecido de los filmes actuales?


    La angustia corroe el alma (“Angst essen Seele auf”, 1974) de Rainer Werner Fassbinder.

    En el cine, los personajes sufren mucho menos de lo que sufrían antes. Tal vez reciban más mutilaciones y tengan mucho más sexo, pero lloran menos (con menos lágrimas) y nunca por una pena inconmensurable. Hoy los personajes de cine ya no sufren y cuando lo hacen es frente a un obstáculo que tarde o temprano van a superar, no tienen dolores en el alma más allá de un corazón roto que se arregla con helado. Si alguno siente dolor, tal vez ocurra al principio, nunca cerca del final, cuando ya los minutos no alcanzan para encontrar una solución que nos transmita sus bálsamos esperanzadores. En el cine ya no sabemos lo que es sufrir, no conocemos las penas que parten el alma, el amor que lo da todo y no recibe más que desprecio. Los personajes no encuentran nunca un desafío que esté más allá de sus propias capacidades y, por tanto, no hay nunca un dolor que escale más allá de todo.

    En la introducción de su libro La búsqueda de la felicidad, dedicado a la comedia de enredos matrimonial en Hollywood, el filósofo estadounidense Stanley Cavell dice: “¿Debemos atenernos al principio de que el cine no puede ofrecer enseñanzas semejantes (...)? ¿Por qué habríamos de creer algo semejante? Como es natural, algunos o todos sus seguidores tienen derecho a apropiarse de estas películas como cuentos de hadas en vez de, digamos, parábolas espirituales; pero también podrían apropiarse de un modo similar de las Escrituras; de Emerson y Thoreau; de Marx, Nietzsche y Freud. Pero, ¿de qué mejores escritores puede uno aprender –o ser compañero de aprendizaje– que interesarse en un objeto es interesarse en la experiencia personal de ese objeto, de modo que examinar y defender mi interés en estas películas es examinar y defender mi interés en mi propia experiencia, en los momentos y los episodios de mi vida que he pasado con ellas? Ello a su vez supone, en mi caso, defender el proceso de la crítica, en tanto que se considera, tal y como yo la considero, una extensión natural de la conversación”.

    El cine es otro entre los objetos que componen nuestra experiencia, que nos componen. Pero el gran cine ya no sabe del dolor humano. El espectador del cine industrial, que es la casi totalidad de los espectadores de cine, ya no sabe pensarse por fuera de historias que se pueden resolver, no conoce aquello que también lo define. Hay algo que la experiencia de sentarse en una butaca ya no le puede ofrecer. El cine puede hablarnos del sufrimiento y ningún otro cine supo hacer del dolor su centro como el melodrama.


    El dolor clásico
     
    A mediados de la década del 50, en el apogeo del melodrama clásico, un emigrado alemán dirigió en Hollywood una serie de películas que muchos consideran las mejores del género. De entre estos melodramas que dirigió Douglas Sirk (1900-1987), uno fue una remake de un melodrama de la década del 30 y se llamó Imitación a la vida (“Imitation of Life”). Estrenada en 1959, fue la última película que dirigió Sirk antes de dejar Estados Unidos y el cine.

    Imitación a la vida cuenta la historia de dos mujeres: una blanca y muy rubia, viuda, que se mudó a Nueva York con su hija porque sueña con ser una gran actriz (Lana Turner); y una negra que huyó a Nueva York para buscar un lugar donde su hija pudiera vivir sin tener que sufrir por ser negra (Juanita Moore). Las dos mujeres se cruzan en una playa en Long Island y terminan viviendo juntas por muchísimos años.

    Imitación a la vida cuenta la historia de estas dos madres.


    En la canción, interpretada por Earl Grant, que se escucha durante los créditos de apertura (unos de los mejores que supo ofrecer el cine clásico) suena la canción “Imitation of life”, cuya letra dice: “Sin amor sólo vives/ una imitación de la vida”. La primera idea que tiene el espectador, antes incluso de que empiece la película, es que el sufrimiento surge por la falta de amor romántico; una idea fácil que podría confirmar los prejuicios de un espectador que hoy decidiera acercarse por primera vez a la obra de Douglas Sirk. Sin embargo, la historia de amor de la aspirante a actriz es apenas una parte de lo que se cuenta en esta película.

    La otra pareja de madre e hija vive su propia historia: la hija de Annie, a diferencia de su madre, tiene la piel “casi blanca” y sueña con vivir una vida en la que no tenga que entrar a las casas por la puerta de atrás. Desde chica no quiere que sus compañeros de escuela sepan que tiene una madre negra, que ella es negra, no quiere que sepan que ella es quien es. Esta chica sueña con vivir una imitación blanca de su vida. Pero esa imitación sólo genera dolor.

    Por otra parte, la historia de la aspirante a actriz no se reduce a sus problemas amorosos, tampoco a los problemas amorosos que le trae su ambición de convertirse en una gran actriz. Lora, además de actriz, es madre. Y le va a llevar por lo menos diez años de éxito profesional descubrir que ella también vive una imitación de la vida. Ni siquiera hacia el final, cuando finalmente logra formarse una familia, habrá paz para los personajes de esta película. El amor, el color de piel, la ambición, las relaciones familiares, ¿cuál es la imitación de la vida? En el fondo, toda vida es una imitación de la vida, porque a toda vida le falta irremediablemente algo.

    La estilización es parte del mundo del melodrama, como de todo el cine clásico, pero a diferencia de los ambientes millonarios de la comedia elegante o de los mundos mágicos del cine de aventura, los personajes del melodrama viven por calles y casas llenas de penurias; muchas veces tienen que sufrir y trabajar para conseguir algunas monedas (como el principio de Imitación a la vida ). La estilización del melodrama no transforma el mundo en un lugar bello y simple, sino que nos lleva a vivir vidas en las que los sentimientos son siempre lo más importante. El mundo del melodrama es un mundo extremo, en el que los sentimientos están a flor de piel y estallan sin control para correr libres.

    El melodrama clásico supo rendirle culto al dolor y en su vasta exploración estudió todos sus matices: la muerte, el fracaso, el orgullo, los celos, el miedo, la vergüenza social, el amor maternal, un pasado tormentoso, la debilidad propia de cualquier ser humano, el paso del tiempo. El sufrimiento clásico no puede reducirse al sufrimiento por amor, o por lo menos no como lo vemos en el cine de hoy, en el que sufrir por amor es sufrir por un amor cuyo obstáculo son los propios amantes. Cuando el amor clásico se enfrentaba a un obstáculo, era externo: la sociedad, la responsabilidad, la enfermedad, la propia debilidad que resulta insuperable.

    En el melodrama el dolor, más allá de prestar un aura de santificación a sus personajes, apunta hacia diferentes circunstancias y atraviesa a quienes lo padecen, señala como una gran flecha diferentes elementos del mundo y de la vida.


    Eclipse del melodrama

    ¿Por qué ya no existe el melodrama? No se puede buscar una respuesta fácil, como la caída en desuso del género; los géneros (cambiados, cambiantes) siguen vivos en el cine industrial. Tampoco se trata de que la artificialidad del sentimiento exaltado hoy, acostumbrados como estamos a una supuesta psicología del cine, nos resulte demasiado falsa; los géneros cinematográficos siempre son artificiales. Hoy el melodrama está demodè porque en una sociedad ya definitivamente hedonista el dolor y la reflexión sobre el dolor no tienen lugar.

    A diferencia de cualquier otro género, el melodrama es el cine que nos exige siempre la identificación: sus valles infinitos de sentimientos punzantes sólo pueden existir para aquel que supo entregarlo todo antes de entrar, el que está dispuesto a olvidarse de su vida por un rato (y con ella, cualquier prevención cínica) y sufrir los sufrimientos de otro (que son los nuestros). Uno puede reírse con algún chiste de una comedia mala o pasarla bien con una secuencia de acción de un bodrio de tres horas y media, pero con el melodrama no hay afuera: o nos identificamos o toda la película se cae a pedazos. Un melodrama no se puede apreciar “en su justa medida”, con criterios objetivos o gustos parciales: o es todo o no es nada. El melodrama es el género que vive siempre al borde del ridículo: no porque sus estilizaciones sean risibles sino porque al obligarnos a la identificación absoluta nos deja a nosotros espectadores completamente al descubierto, desprotegidos frente a nosotros, frente a la vida y frente a los otros. No cualquiera puede ser espectador de melodrama. El arte de ser espectador de melodrama es el arte de saber dejarse sufrir.

    El melodrama siempre resulta incómodo, el sabor que deja es amargo. Las lágrimas surgen por algo que no se puede resolver. Sabemos, cuando vamos a ver un melodrama, que por más que parezca que las cosas están a un segundo de arreglarse, algo acaba por salir mal. El argumento de un melodrama es la historia de una insatisfacción, algo que no llega a colmarse. Y que desborda.

    La angustia que corroe el alma del espectador de melodrama no nace húmeda y llorosa por un personaje u otro. El dolor del melodrama es aquel que excede todo contenido. ¿Qué nos duele en el melodrama? Nos duele un dolor que no puede sanarse, que no tiene solución, que nunca va a estar mejor. La cruel mentira del melodrama cinematográfico, su artesanía más sádica, es la de lograr ilusionarnos con la esperanza de que todo pueda estar bien en el mundo, de que reine la inocencia y el amor sea la única medida de todas las cosas. El melodrama sueña con un tiempo antes del dolor, pero nos empuja finalmente de vuelta a la realidad.


    El melodrama revela no sólo la naturaleza irremediable del dolor (todos hemos de sufrir) sino fundamentalmente su carácter irresoluble. El tiempo mitiga las penas, pero no las sana. Un corazón roto no puede volver nunca a estar entero. Un personaje de melodrama sabe que el dolor llegó para quedarse. El melodrama sabe que el dolor se encuentra en la esencia de la vida.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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