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    jueves, 18 de julio de 2013

    Roberto Bolaño uno de los grandes autores hispanoamericanos del siglo XX

    Roberto Bolaño Ávalos (Santiago de Chile, 28 de abril de 1953-Barcelona, 15 de julio de 2003)1 fue un escritor y poeta chileno, autor de más de una veintena de libros, entre los cuales destacan sus novelas Los detectives salvajes, ganadora del Premio Herralde en 1998 y el Premio Rómulo Gallegos en 1999, y la póstuma 2666.
    Luego de su muerte se ha convertido en uno de los escritores más influyentes en lengua española, como lo demuestran las numerosas publicaciones consagradas a su obra y el hecho de que tres novelas —además de las ya citadas Los detectives salvajes y 2666, la breve Estrella distante— figuren en los 15 primeros lugares de la lista confeccionada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles, con los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años.

    Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas, entre ellos inglés, francés, alemán, italiano4 y holandés, teniendo al momento de su muerte 37 contratos de publicación en diez países, y póstumamente extendiéndose a otros más, entre ellos Estados Unidos, ascendiendo a 50 contratos y 49 traducciones en doce países, todos ellos previos a la publicación de 2666, su novela más ambiciosa. Además el autor goza de excelentes críticas tanto de escritores como de críticos literarios contemporáneos, siendo considerado uno de los grandes autores hispanoamericanos del siglo XX, junto con otros escritores de la talla de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, con quien suele ser comparado.

    Obra

    La obra de Roberto Bolaño incluye poesía, novelas, cuentos, ensayos y discursos literarios, publicados en su mayoría en Barcelona, España. Varias de estas obras han sido publicadas póstumamente. La totalidad de sus libros de cuentos, y casi todas sus novelas —salvo Consejos de un discípulo..., reeditada por la Editorial Acantilado— han sido publicadas por Anagrama, a través de su amigo y principal editor Jorge Herralde, donde publicó entre 1996 y 2003 al menos un libro por año. La primera edición de La pista de hielo fue publicada inicialmente por la Editorial Planeta, La literatura nazi en América por Seix Barral, y Una novelita lumpen por la editorial Mondadori. Sus primeros trabajos narrativos fueron además publicados inicialmente en pequeñas ediciones mediante la obtención de premios españoles de provincia.


    Poesía

    1976 - Reinventar el amor
    1992 - Fragmentos de la Universidad Desconocida (Colección Melibea, Talavera de la Reina)
    1993 - Los perros románticos
    1995 - El último salvaje (Al Este del Paraíso, México, D. F.)83
    2000 - Tres
    Ediciones póstumas
    2007 - La Universidad Desconocida
    En antologías
    1976 - Pájaro de calor, ocho poetas infrarrealistas (Asunción Sanchís, México-Lora del Río)
    1978 - Algunos poetas en Barcelona (La Cloaca, Barcelona)
    1978 - La novísima poesía Latinoamericana (México, D. F.)
    1979 - Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (Extemporáneos, México)
    1983 - Entre la lluvia y el arcoiris: algunos jóvenes poetas chilenos (Rotterdam: Instituto para el Nuevo Chile; compilado por Soledad Bianchi)86
    1992 - Viajes de ida y vuelta: Poetas chilenos en Europa (Documentas, Santiago de Chile)



    En revistas literarias

    1976 - Punto de partida, n.º 47-48 (México, D. F., marzo)88
    1976 - Punto de partida, n.º 49-50 (México, D. F., noviembre)89
    1977 - Plural, n.º 64 (México, D. F., enero)29
    1977 - Correspondencia infra, revista menstrual del movimiento infrarrealista, n.º 1, octubre/noviembre.29
    1981 - Le Prosa, n.º 3 (México, D. F., febrero)
    1982 - Trilce, n.º 18 (Madrid, julio)
    1983 - Regreso a la Antártida (Gerona)
    1983 - Berthe Trépat, n.º 2 (Gerona, noviembre)
    1991 - Cambio 7, n.º 91 (México, D. F.)
    1994 - El Bosque, n.º 9 (Zaragoza, septiembre-diciembre)
    1995 - Berthe Trépat, n.º 3 (Gerona, febrero)
    1998 - Trilce, n.º 2 (Concepción)
    1999 - Renacimiento, n.º 23-24 (Sevilla)
    2000 - Hablar falar de poesía, n.º 3 (Lisboa)
    2000 - Hora Zero, n.º 39 (Los Teques)
    2000 - Ateneo, n.º 13 (Los Teques)
    sin fecha - Fosa Común
    2005 - Cartelera Turia, n.º 75 (Teruel, julio-octubre)



    Novelas
    1984 - Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (con A. G. Porta; reeditada en 2006 junto al cuento Diario de bar)
    1984 - La senda de los elefantes (reeditada en 1999 como Monsieur Pain)
    1993 - La pista de hielo
    1996 - La literatura nazi en América
    1996 - Estrella distante
    1998 - Los detectives salvajes
    1999 - Amuleto
    2000 - Nocturno de Chile
    2002 - Amberes
    2002 - Una novelita lumpen
    Ediciones póstumas
    2005 - 2666
    2010 - El Tercer Reich
    2011 - Los sinsabores del verdadero policía

    Cuentos

    1997 - Llamadas telefónicas
    2001 - Putas asesinas
    Ediciones póstumas
    2003 - El gaucho insufrible
    2006 - Diario de bar (con A. G. Porta; adjunto a reedición de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce)
    2007 - El secreto del mal

    Ensayos, artículos, discursos y entrevistas

    1977 - «La nueva poesía latinoamericana. ¿Crisis o renacimiento?». Plural, n.º 68, pp. 42-43 (México, D. F., mayo, con Jorge Alejandro Boccanera)90
    2004 - Entre paréntesis
    2011 - Bolaño por sí mismo
    2012 - «Autobiografía» y «Manifiesto infrarrealista: La fracturas de la realidad». Revista Granta, n.º 13, México.
    http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola%C3%B1o












    Roberto Bolaño, el último perro romántico (I)


    Por poner las cartas sobre la mesa desde el principio: Roberto Bolaño hubiera ganado el Nobel de Literatura de no haber sido por su temprana muerte en la cumbre de su talento literario. Podría tatuarme sus frases más lapidarias en el cuerpo, como Guy Pearce en Memento. Una de ellas, sacada de su magistral conferenciaLiteratura + enfermedad = enfermedad me define con la suficiente precisión como para que la use en todas partes: Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz”.
    Así que si algo no será este artículo en dos partes (que se prevé largo e intenso al estilo Jot Down, ¡abróchense los cinturones!) es imparcial.
    Tras este aviso para navegantes podría empezar el reportaje con un zoom a los orígenes de Bolaño y su infancia feliz en Los Ángeles (no los de California sino los de Bíobio, en Chile) y repasar el improbable camino que le llevó de poeta marginal en México a superviviente arruinado en Barcelona y narrador samurai en Blanes, pero prefiero un trayecto más propio de los detectives literarios que pueblan sus páginas: ir descubriendo a Bolaño a través de lo que deja ver de sí mismo en sus magníficas novelas, más o menos en el orden en que fueron cayendo en mis garras.
    2666: en la sala de lecturas del infierno
    Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento” Charles Baudelaire
    Leí por primera vez 2666 tras una recomendación entusiasta del gran Rafa Valdemar: nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Durante la primavera de 2007 permanecí un mes en Munich por motivos laborales, y casi todos mis ratos libres los pasé leyendo 2666 bajo un árbol del Englischer Garten o dando vueltas sin rumbo en los tranvías. Hablando de las novelas terribles de Osvaldo Lamborghini —de una brutalidad tal que haría palidecer al Chuck Palahniuk más bestia—, Bolaño dejó escrito que hay libros que dan miedo, no por ser de terror a lo Stephen King sino porque “más que libros parecen bombas de relojería o animales falsamente disecados dispuestos a saltarte al cuello en cuanto te descuides”. Así me sentí yo respecto a 2666, y más de una vez sentí un escalofrío al pasar sus páginas que me obligó a cerrar el tomo y dejarlo sobre el césped muniqués como quien se aleja de un bloque de uranio de Fukushima.
    2666 tiene como telón de fondo los crímenes reales de Ciudad Juárez(convertida en Santa Teresa en la novela): centenares de violaciones y asesinatos de mujeres que se llevan produciendo desde los primeros noventa sin que se hayan encontrado culpables. En esa ciudad de frontera con inesperados portales al infierno se entrecruzan los caminos de los mil personajes de la novela, que deambulan de un modo u otro tras la pista del esquivo escritor Benno von Archimboldi.
    No es el suspense argumental lo que vuelve tan absorbente este libro: si los crímenes de Ciudad Juárez son irresolubles, los de Santa Teresa también. Lo que mantiene la atención del lector hasta el punto de obligarlo a leer más de mil páginas casi del tirón es el ritmo narrativo febril, torrencial, vagamente alucinado, melancólico y apresurado como una confesión, punteado por sueños difíciles de interpretar. Una “bestialidad furiosa” según la poeta Carmen Boullosa, “un monstruo o una quimera o un delirio”, dijo Jorge Volpi… La última obra de un narrador moribundo, que volcó en la escritura toda su energía teñida por la nostalgia ante la vida que se acaba.
    En efecto, Bolaño estaba gravemente enfermo mientras escribía2666: un cáncer hepático que acabaría llevándole a la tumba con 50 años. Hay quien sospecha, acertadamente o no, que su deseo de acabar 2666 fue uno de los factores que retrasó el necesario trasplante (“le debemos un hígado a Bolaño”, escribió Nicanor Parra). Yo no llegaría a tanto, pero sí suscribo lo que dice Rodrigo Fresán sobre el libro: “una escritura nocturna y lanzada al abismo, Bolaño jugando una carrera contra todo, noche tras noche, por alcanzar la última página de su novela antes del último amanecer de su vida”.
    Bolaño quería vivir pero era consciente de la posibilidad de no llegar a ver publicada su novela: para garantizar el futuro económico de su familia (su mujer Carolina López y sus hijos Lautaro y Alexandra, a los que está dedicado el libro), dejó instrucciones de publicar por separado las cinco partes de 2666 como novelas independientes. Sin embargo, tras la muerte de Roberto el crítico Ignacio Echevarría, buen amigo y albacea literario, de común acuerdo con el editor de Anagrama Jorge Herralde y la familia de Bolaño, decidieron respetar la integridad artística de la obra y publicar un solo tomazo “contundente e inapelable”.
    2666 incluye decenas de historias paralelas o perpendiculares, “suculentas disgresiones”, como las llama Echevarría, que muestran desde un retrato del “poeta loco de Mondragón” (obvio espejo de Leopoldo María Panero) hasta un sermón en que el fundador de los Panteras Negras enumera recetas para las costillas de cerdo. En Breve entrevista virtual con Bolaño el propio Roberto asignó al menos tres funciones a estas maravillosas sub-historias: “son un regalo para el lector, el abismo de la historia principal y representan el espejo moral, a la manera de Voltaire, del personaje protagonista”. Estos incontables relatos que se solapan y se interrumpen entre sí (de modo similar a El jardín de los siete crepúsculos de Miquel de Palol) impulsan sin cesar la novela hacia delante, página tras página…
    Podría resumir las cinco partes de la novela con sólo cinco palabras (respectivamente amor, locura, destino, muerte y literatura), pero intentaré dar una visión un poco menos condensada.
    La parte de los críticos adopta la forma de un “vodevil académico”, un extraño triángulo/cuarteto amoroso entre críticos de literatura (un francés, una inglesa, un italiano y un español, y no es un chiste) que orbitan en torno al misterioso escritor Archimboldi y se ven atraídos por el agujero negro de Santa Teresa, donde acabará redefiniéndose su relación —una alegre frase para recordar: “supo que ella era la mujer ideal, la que siempre había buscado, y empezó a sufrir”—. Mil historias entrecruzadas, metáforas literarias y sueños surrealistas con un centro oculto que les da sentido: el pintor que se cortó una mano y la expuso en una galería de arte.
    La parte de Amalfitano es un descenso literario a la locura o, como acertadamente dijo Fresán, “una historia de fantasmas donde todos los vivos parecen muertos”. Está protagonizada por un profesor universitario chileno cuya cordura naufraga poco a poco en el ambiente ominoso de Santa Teresa. Marcel Duchamp inventó como regalo de bodas para su hermana un ready-made homenajeado en esta mini-novela: un libro de geometría colgado de un hilo en el patio para que el viento y la intemperie “le enseñen un par de cosas sobre la vida real”. El momento en que Amalfitano reproduce este gesto en su tendedero se convierte en símbolo y declaración de intenciones, en admisión de la derrota de la racionalidad ante el horror.
    La parte de Fate sigue a un periodista afroamericano llamado Oscar Fate, que es enviado a Santa Teresa a cubrir un combate de boxeo y se ve arrastrado a interesarse por los asesinatos. Fate intenta sin éxito publicar un reportaje sobre los crímenes (“un retrato del mundo industrial en el Tercer Mundo, unaide-mémoire de la situación actual en México, una panorámica de la frontera, un relato policiaco de primera magnitud”). Lo que sigue es una mirada ajena (aunque finalmente involucrada) sobre el horror de Santa Teresa. Como bien hace notar Martín Cristal, en esta parte el estilo de Bolaño cambia sutilmente hasta parecerse “a la traducción al castellano de un autor estadounidense”, incluso con un leve deje paródico.
    En La parte de los crímenes los centenares de asesinatos de mujeres de Santa Teresa dejan de ser el telón de fondo para pasar al primer plano. Esta es la parte más sobrecogedora de 2666: un inventario forense clínico y minucioso de cada uno de los asesinatos. A la manera fría y desapasionada de Capote o Mailer, Bolaño detalla las consecuencias de los crímenes devolviendo nombre y apellidos a cada una de las víctimas y sacándolas así del anonimato de la muerte en masa.
    Al reseñar la excelente autobiografía de James Ellroy Mis rincones oscuros, Bolaño alabó que Ellroy no sólo se asomase al abismo al estilo nietzscheano, sino que bailase la conga mientras el abismo le devolvía la mirada. En2666 Bolaño también se atreve a mirar de frente al abismo, pero no baila sino reza: eleva una plegaria atea, un responso fúnebre no sólo por las muertas de Ciudad Juárez sino por nosotros mismos, por la futilidad del mal y la irreversibilidad del mal y la inevitabilidad del mal.
    Uno de los mayores estudiosos del femicidio de Ciudad Juárez es el periodista mexicano Sergio González Rodríguez, especializado en crimen organizado, narcotráfico y corrupción policial. No es difícil imaginar que esa elección de temas le ha costado amenazas, intentos de asesinato y pinchazos telefónicos, convirtiéndole en un Roberto Saviano de frontera que sigue vivo de milagro.
    Bolaño se carteó con González en busca de información sobre los crímenes de Ciudad Juárez, y terminó trabando amistad con él e invitándolo a comer a su casa en Blanes. González escribió un magnífico ensayo-reportaje llamado Huesos en el desierto y mandó un ejemplar a Bolaño, Juan Villoro y Jorge Herralde, que no tardó en publicarlo en Crónicas. Leer Huesos en el desierto tras haber devorado 2666 produce una sensación extraña: se hace evidente que el libro le sirvió de esqueleto a Bolaño para armar sobre su estructura La parte de los crímenes, y como base de un juego de reflejos que convierte al sospechoso real Omar Latif Sharif en Klaus Haas, al experto yanqui Robert K. Ressler en Albert Kessler… Y también permite apreciar la inquietante presencia en2666 de un espectral Sergio González, periodista que paga con su vida la investigación de los asesinatos. DeHuesos en el desierto dijo Bolaño: “es un libro no en la tradición aventurera sino en la apocalíptica”: Ciudad Juárez es una ciudad de frontera, pero no sólo entre México y Estados Unidos sino entre la vida y el infierno.
    Por último, La parte de Archimboldi sigue la biografía del soldado alemán Hans Reiter y su transformación en el esquivo escritor Archimboldi durante la Segunda Guerra Mundial, en una especie de resumen histórico-literario del siglo XX. El nexo con Santa Teresa llega con Klaus Haas, el principal sospechoso de los asesinatos, que resulta ser sobrino de Archimboldi y el último reto al que deberá enfrentarse el escritor: un encuentro que se proyecta hacia el futuro y tal vez se produzca en la espectral página 2666 de la novela.
    En uno de los últimos capítulos de la obra maestra de Alan Moore, la impresionante novela gráfica From Hell, vemos a Jack el Destripador (el cirujano William Gull según la teoría de Moore) plenamente satisfecho tras su último asesinato, diciendo: “Para bien o para mal, el siglo XX… lo he hecho nacer yo”. Y así es. El crimen es el símbolo del pasado siglo XX: el asesinato, la muerte industrial de las guerras y los campos de concentración, el reinado del asesino en serie en el imaginario colectivo. El siglo XX es el siglo de HitlerPol Pot y Pinochet, el siglo de Manson y Dahmer y Chikatilo, el siglo del Somme y Verdún y Stalingrado… El siglo de los crímenes de Ciudad Juárez.
    Si el símbolo del siglo XX es el crimen, ¿cuál será el del XXI? Probablemente el terror, lo que no representa exactamente una mejora.

    Cinco horas con Bolaño
    Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.” Roberto Bolaño
    Cuando me enteré de que durante el festival Grec de Barcelona iba a estrenarse una obra de teatro basada en2666 mi primera reacción fue de estupor. ¿Cómo diablos podía adaptarse a escena un mamotreto de más de mil páginas sin ningún argumento lineal? Eso había que verlo. Y así aterricé en la sala Fabià Puigservé del Teatre Lliure, el 28 de junio de 2007, preparado para pasar con Bolaño las siguientes cinco horas, con dos o tres misericordiosas pausas para estirar las piernas y fumar un Ducados.
    Adaptar 2666 había costado casi un año de trabajo entre escritura y reescritura, casting (once actores y actrices se repartieron cuarenta personajes) e innumerables ensayos. La adaptación vino firmada por Álex Rigola yPablo Ley, que tras obtener el beneplácito de la familia de Bolaño pasaron meses podando y reescribiendo el texto original. La inmersión de Rigola en 2666 fue absoluta: en las primeras fases del proyecto viajó en persona a Ciudad Juárez y fotografió las maquilas, los opresivos barrios bajos, las icónicas cruces rosas levantadas en memoria de las asesinadas. Esas imágenes se expusieron en la entrada del Lliure: durante las pausas se organizaban espontáneos corrillos de espectadores que charlaban, cohibidos, bajo las ominosas cruces.
    Igual que la novela, la obra de teatro constaba de cinco partes más o menos independientes, cada una con su propio estilo y personalidad: esa tarde no vi una sola obra sino cinco diferentes.
    La parte de los críticos se presenta como una clase magistral en un decorado minimalista: mesa de conferencias, pizarra, sobrio fondo negro y cuatro actores dirigiéndose al público. Hasta donde recuerdo, todo lo que dicen está sacado literalmente de la novela, lo que tiene una parte buena y una mala: lo positivo es que la obra se beneficia de la fluida escritura de Bolaño y su hipnótico ritmo; lo negativo es que al tener que recitar larguísimos párrafos de la torrencial escritura bolañiana, en ocasiones los actores parecen algo atropellados.
    La parte de Amalfitano es la más tradicionalmente teatral, adaptando diálogos y situaciones de la novela a estilo directo. Lo que menos me convenció fue la decisión de comprimir las varias apariciones de la voz que oye Amalfitano en una sola, lo que le acerca más a Macbeth viendo a su fantasma que a la víctima de un progresivo, lento y angustioso descenso a la locura, como ocurre en el libro. Hecha esta salvedad, lo cierto es que los actores están magníficos y la adaptación es más que buena (¡se respeta la aparición espectral de Borís Yeltsin!).
    La adaptación de La parte de Fate es la más arriesgada escénicamente: la acción transcurre en un diminuto cubo verde en que se apelotonan todos los personajes, convirtiéndose alguna escena multitudinaria en una versión mexicana del camarote de losHermanos Marx. En particular Julio Manrique borda el papel de Oscar Fate a pesar de llevar la cara cutremente embetunada (digo yo que en una suerte de guiño a los blackface). 
    La parte de los crímenes era a priori la más difícil de adaptar: a medida que avanzaba la obra me iba preguntando cómo diablos iban a respetar el espíritu engañosamente frío y calculadamente repetitivo de esa parte de la novela. La solución escénica es muy adecuada: tras el escenario de un cementerio mexicano se proyectan los nombres reales de los centenares de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, mientras la última víctima grita moribunda ante la indiferencia policial. Una escena horrenda y turbadora (“nada te turbe, nada te espante”, escribía precisamente Santa Teresa), de las que llegan incluso al espectador más curtido.
    Y La parte de Archimboldi termina la obra con una escenografía sencilla y efectiva: una pantalla sobre la que se proyectan diferentes escenas, un lateral en que permanece una narradora, y una cinta corredera sobre la que Hans Reiter (que se convertirá en Archimboldi) camina por su biografía hacia adelante, siempre hacia adelante. Monólogos muy potentes, grandes interpretaciones y toques de danza contemporánea  (no, no hablo de un baile sobre la cinta al estilo OK Go) ponen el punto final a una maratón que se me hizo incluso corta.
    No fui el único en pensar así: durante los cuatro días de su estreno el Teatre Lliure se llenó hasta la bandera, y la acogida crítica fue también excelente. Después la obra viajó por Las Palmas, Granada, Madrid, París, Santiago de Chile… Y si por algún raro milagro volviera a ser representada en mi ciudad, podéis estar seguros de que estaría ahí de nuevo a pasar otras cinco horas con Bolaño.
    A estas alturas, y como podréis imaginar, mi curiosidad por leer más libros de este buen hombre era inmensa,así que no tardé en agenciarme su otra gran obra maestra, Los detectives salvajes. Para comentar esta maravilla de novela voy a hacer algo de trampa y a introduciros previamente una parte especialmente apasionante de los años de juventud de Bolaño…

    El agitador y las fiestas
    El proletariado no tiene fiesta, sólo funerales con ritmo”. Manifiesto Infrarrealista, Roberto Bolaño
    El entretenidísimo ensayo El agitador y las fiestas, de la poetisa mexicana Carmen Boullosa, nos permite asomarnos a la vida de Bolaño en el agitado México de los años setenta, un lugar y una época en que podía uno encontrarse por las calles del D.F. a RulfoMonterrosoElizondoGarcía Márquez o Álvaro Mutis.
    En aquellos años los poetas mexicanos se hallaban muy españolamente divididos en dos bandos irreconciliables. Por un lado estaban los admiradores de Efraín Huerta, poeta fresco, humorístico y popular; por el otro los fans de Octavio Paz, futuro Premio Nobel, intelectual y cosmopolita. Es decir: comunistas callejeros versus conservadores exquisitos, al menos en la superficie; Boullosa puntualiza que tenían más puntos en común de lo que querían admitir.
    Algunos efrainitas belicosos y tocapelotas se convirtieron en el terror del mundillo cultural mexicano, acudiendo a eventos literarios de las vacas sagradas del momento para “sabotear, abuchear, juzgar, pelear y desorganizar”. Se llamaban a sí mismos infrarrealistas y estaban dirigidos por un jovencísimo Roberto Bolaño, que escribió el pelín alucinado Manifiesto Infrarrealistaen 1976 como “una versión mexicana del Dadá”. Jorge Volpi los describe como “una pandilla o mafia o turba o banda de jóvenes iracundos, de pelo muy largo e ideas muyraras, macerados en alcohol y las infaltables drogas psicodélicas de los setenta”.
    Bolaño y sus infrarrealistas no perdían ocasión de manifestar su odio a Octavio Paz, básicamente por “sus nefastos crímenes al servicio del fascismo internacional, sus pésimos montículos de palabras que ridículamente llama poemas”. Era una batalla, sin embargo, básicamente incruenta, y la sangre no solía llegar al río. Para empezar, Paz hacía honor a su apellido y tenía un temple envidiable: en cierta ocasión un infrarrealista derramó una copa de cava encima de su blazer nuevo, y Paz apenas reaccionó sacudiéndose la corbata y continuando, sonriente, la conversación. Por otra parte, muchos poetas se mantenían en terreno neutral, y por ejemploVerónica Volkow, la bisnieta de Trotsky, era amiga a un tiempo de octavianos y efrainitas (como curiosidad: Bolaño era filotrotsko y Efraín estalinista).
    El mejor de los poetas del grupo (y el más cercano a Bolaño) se llamaba Mario Santiago Papasquiaro: un joven excéntrico hasta para los lisérgicos estándares infrarrealistas y un lector ávido con fama de no dejar de leer ni siquiera bajo la ducha (y no es exageración sino anécdota literal). Fueron años de creatividad desbocada de los que ha quedado muy poco rastro, al preocuparse los infrarrealistas más de vivir intensamente que de dejar un legado.
    En 1977 Bolaño dejó repentinamente México para poner rumbo a Europa, a pesar de que empezaba a ganarse la vida escribiendo en diversas revistas. Los motivos no están claros: Boullosa aventura que Bolaño quiso alejarse de una cierta sobredosis de literatura y vivir según su propio Manifiesto Infrarrealista, que terminaba sentenciando en rotundas mayúsculas: “DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE / LÁNCENSE A LOS CAMINOS”. La dibujante estadounidense Carla Rippey (que aparecerá en Los detectives salvajes como Catalina O’Hara) aventura una explicación más prosaica y a la vez más novelesca: “su salida de Mexico estuvo relacionada con un hostigamiento injusto de parte de las autoridades, porque un ex novio de su hermana fue acusado de asalto a un restaurante de comida rápida”.
    En cualquier caso, Bolaño queda deslumbrado por la Barcelona del 77: “una verdadera belleza, una ciudad en movimiento con una atmósfera de júbilo y de que todo era posible. Se confundía la política con la fiesta, con una gran liberación sexual, un deseo de hacer cosas constantemente, que probablemente era artificial, pero, artificial o verdadero, era tremendamente seductor. Para mí fue un descubrimiento, y me enamoré de la ciudad”.
    Allí vivirá durante años más pobre que una rata, trabajando de camarero, lavaplatos, vigilante nocturno de un camping (el Estrella de Mar, luego hablaremos de él), basurero, vendimiador, descargador de barcos y quién sabe qué más, antes de empezar a ganarse la vida por la literatura. Pero antes de llegar a eso, veamos cómo Bolaño utilizó muy inteligentemente la crónica de sus años como “poeta perdido en México” como base para el juego de espejos de Los detectives salvajes.
    Belano y Lima, detectives salvajes
    Algo inevitable / como enamorarse 100 veces / de la misma muchacha” Roberto Bolaño

    En la introducción a la edición de Círculo de Lectores deLas aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, Bolaño escribió que todo novelista se ve en algún momento enfrentado a “dos caminos, dos estructuras y, sobre todo, dos argumentos”. El primer camino es el delMoby Dick de Melville: “la llave de esos territorios que por convención o por comodidad llamaremos los territorios del mal, allí donde el hombre se debate consigo mismo y con lo desconocido y generalmente acaba derrotado” (es decir, ni más ni menos que el triunfo del mal en 2666). El segundo camino es el deHuckleberry Finn: “la llave de la aventura o de la felicidad, un territorio menos acotado, humilde e innumerable”.
    Y eso es Los detectives salvajes: una versión poética de Las aventuras de Huckleberry Finn que cambia el Mississipi por Sudamérica, Israel, España o Liberia, países por los que deambulan y se pierden los dobles literarios de Roberto Bolaño y Mario Santiago: Arturo Belano y Ulises Lima. Los infrarrealistas de la juventud de Bolaño se convierten en la novela en realvisceralistas, corriente poética marginal de vanguardia que reivindica a una poetisa de principios de siglo llamada Cesárea Tinajero, desaparecida en algún lugar de Sonora (de nuevo el escritor oculto y esquivo como eje de la narración). Belano y Lima se adentran en el desierto en su búsqueda…
    2666 fue escrita a contrarreloj: no es una novela pulida y corregida, sino un carromato avanzando a toda velocidad por un camino pedregoso. En cambio Los detectives salvajes es un mecanismo de relojería bien ajustado, con una estructura de puzzle que ensambla mil voces y testimonios diferentes, cada uno con su voz y estilo propios. Esos fragmentos trazan un retrato preciso no sólo de Belano y Lima (y la influencia, más vital que literaria, que dejaron a su paso), sino de toda una generación perdida de jóvenes latinoamericanos entusiastas que acabarían muertos, exiliados o simplemente desubicados, a la búsqueda de su propio lugar en la literatura o la vida o la industria cultural.
    (Nota lateral: ¿qué diferencias hay entre Arturo Belano y Roberto Bolaño? Una familia: Carolina, Lautaro y Alexandra. Por supuesto, un destino. Fresán llegó al fondo del asunto con una frase grouchiana: “Belano sería igual a Bolaño si Bolaño hubiera optado por ser Belano y no por ser el Bolaño que acabó escribiendo a Belano”).
    Los detectives salvajes está invadido por poetas, como comenta Alan Pauls en La solución Bolaño: “el que no es poeta es padre, madre o hermano de poeta, novia o novio de poeta, amigo, amante oficial o secreto de poeta, heredero de poeta, lector de poeta (…) ¿Cómo voy a sobrevivir a esta proliferación, esta explosión demográfica, esta metástasis de poetas?”. La paradoja, por supuesto, es que Los detectives salvajes es la novela definitiva sobre poetas, la que dice todo lo que hay que saber sobre qué es y qué implica ser poeta, pero en ella no aparece ni un solo verso más allá de un mini-poema visual.
    Una duda me asalta a este respecto, y me la arrancaré de la garganta para despedir esta primera parte del artículo. ¿Dónde se meten los poetas españoles? O, siendo más humilde, ¿dónde se reúnen los poetas barceloneses? ¿Dónde podrían ir los infrarrealistas del siglo XXI a lanzar bebidas a la cara de un paciente poeta laureado? ¿Quién va a refutar a Jorge Volpi cuando dice que los poetas jóvenes de hoy son “tan desencantados y torpes como los infrarrealistas, pero con menos huevos”? A ver, poetas, dejaos de excusas y de balbucear que corren malos tiempos para la lírica: ¿dónde coño os escondéis?

    En una de esas extrañas muestras de sincronía que a veces tiene la vida, un amable lector de Jot Down me avisó a través de Twitter de que el día siguiente a la publicación de la primera parte de este artículo se iba a presentar en la Casa América de Barcelona un documental del mexicano Ricardo House sobre Roberto Bolaño. Así que ahí me presenté, en una sala de proyecciones llena a rebosar, y pude ver la segunda parte de la trilogía documental La batalla futura, un ambicioso proyecto que pretende recoger los años mexicanos de Bolaño en la primera película, la etapa catalana en la segunda y los años chilenos (básicamente su infancia) en la tercera.
    El documental recoge cálidos testimonios de sus amigos y vecinos en Blanes y de Carmen Pérez de Vega, cuya triste descripción de los últimos días de Roberto resulta desoladora. En la charla posterior, el crítico literario y amigo personal de Bolaño Ignacio Echevarría hizo notar que faltaban muchas voces en el documental, comoA.G.PortaVila-Matas, la viuda Carolina López y sus hijos Lautaro Alexandra (testimonios que recoge otro documental complementario y muy tierno, Bolaño cercano de Eric Haasnoot)Tal vez por la escasa iluminación, House tenía un aire al David Carradine de Kill Bill, pero en lugar de desenvainar una katana para destripar a Ignacio le dio la razón, lamentando la imposibilidad de reunir a todos los cercanos a Bolaño en un mismo proyecto debido a ciertas desavenencias que el lector avispado podrá adivinar. Sólo el ubicuo Rodrigo Fresánrepite en ambos documentales.
    En cualquier caso, la imagen que ofrecen de Bolaño los entrevistados (en un tono espectralmente similar al de los narradores de Los detectives salvajes al hablar de Belano) muestra a una persona tan encantadora que sólo puedo pensar que si existiera la máquina del tiempo viajaría al 2003 para darle un trozo de mi hígado. Pero mientras se inventa la tecnología adecuada, tendré que conformarme con reemprender el artículo desplazándome mentalmente a 1977, cuando un joven Roberto desembarcó en Barcelona…
    Vida de perro (romántico)
    Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Roberto Bolaño
    Los primeros tiempos de Bolaño en Barcelona fueron durísimos: en su piso de la calle Tallers vivía en la pobreza y encadenando mil trabajos eventuales. Su preferido fue el de vigilante nocturno en el camping Estrella de Mar, de Castelldefels, que pasó a ocupar un lugar central en el mito bolañiano: “nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión)”. Tal vez allí empezó su costumbre de escribir de madrugada (“era muy lechuzo”, recuerda Echevarría), casi siempre poemas garabateados con hambre y frío.
    (Abro un paréntesis para comentar un hecho poco conocido: Bolaño escribió obras teatrales en su juventud mexicana, antes incluso que poemas. El infrarrealista Bruno Montané, Felipe Müller en Los detectives salvajes, recuerda cómo Roberto quemó quinientas páginas con dos o tres obras de teatro juzgadas pésimas por su autor y que desgraciadamente nunca leeremos).
    Bolaño recuerda cómo conoció a su amigoA.G. Porta (alias “Kithoue”) en 1978: “en las oficinas de una editorial marginal de Barcelona, que sólo publicaba poesía y que, resignadamente, se llamaba La Cloaca. No era un buen principio, pero para nosotros, que entonces escribíamos poesía y éramos los campeones de los futbolines del distrito quinto de Barcelona, era un principio al menos prometedor”.
    Cuando mi hermano Juan Nicho (que sería Mycroft si yo fuera Sherlock Holmes) se enteró de que estaba escribiendo sobre Bolaño, me hizo venir a su casa para prestarme una joya de su biblioteca: el librito de la editorial Cloaca asépticamente titulado Algunos poetas en Barcelona, prologado por Carlos Edmundo de Ory, y que recoge poemas de Bruno Montané, A.G. Porta… Y Roberto Bolaño. Cuatro poemas bolañianos de los que mi favorito es el llamadoUntergehen (“Se dirá de mí vagabundo, poeta aficionado? / ¿Consumido por el amor / a una mexicana loca?”).
    En realidad la poesía de Bolaño es tan narrativa que no hay una separación clara en su obra (ni temática ni, en el fondo, estilística) entre su poesía y su prosa. Esto ha llevado más de una vez a confusiones: Amberes (escrito en 1980, publicado en 2002) es un libro de poesía o como mucho de prosa poética confusa y agitada, pero al presentarse como novela recogió pésimas críticas probablemente injustas. Dijo Bolaño: “la única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado”
    No soy un gran lector de poesía, pero siempre me han fascinado los versos de Bolaño, especialmente los sueños metaliterarios de Tres (“soñé que leía a Stendhal en la Estación Nuclear de Civitavecchia”) y los poemas que años más tarde se recogerían en el libro Los perros románticos, especialmente el apocalíptico y significativo Entre las moscas:
    Poetas troyanos Ya nada de lo que podía ser vuestro Existe
    Ni templos ni jardines Ni poesía
    Sois libres Admirables poetas troyanos.
    Yogures y cigarrillos
    Nunca olvidaré que en épocas en que yo no tenía ni un duro mi amigo [Porta] aparecía por mi casa de la calle Tallers con yogures y cigarrillos, regalos razonables y prácticos”. Roberto Bolaño
    Bolaño se estrenó en la narrativa escribiendo a cuatro manos con Porta la novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, título basado en un poema de Mario Santiago llamado Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger. Angel Ros, el narrador protagonista, es un atracador atípico, que durante el asalto a la mansión de una poetisa puede detenerse a evaluar los libros de su biblioteca. En un momento de la novela, Ros medita: “pronto cumpliré treinta años pero eso no es ser viejo, podría aún, si me esfuerzo, empezar algo, un auténtico intento de escritura”.
    En 1980 Bolaño se traslada a Girona, ofreciéndose a cuidar el piso (y la perra) de su hermana, que volvió a Mexico. Allí la situación económica de Roberto no mejora: una amiga de esa época le recuerda compartiendo el pienso con la perra.
    A Bolaño siempre le fascinó la descripción de Blanes escrita por Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa, así que decidió al cabo de un tiempo mudarse allí, abriendo sin excesivo éxito una tienda de abalorios para turistas. Años más tarde, ya escritor consagrado, Bolaño escribirá el pregón de la fiesta mayor de Blanes recordando así sus primeros meses en el pueblo: “Los primeros amigos que tuve en Blanes eran casi todos drogadictos. (…) Hoy la mayoría están muertos. Algunos murieron de sobredosis, otros de SIDA. No fueron buenos estudiantes, ninguno fue a la universidad, pero vivieron sus vidas que resultaron tan cortas como si formaran parte de una vasta tragedia griega”. Más tarde Bolaño trabó amistad con sus vecinos y con amables botiguers “salidos directamente de El Lazarillo de Tormes”.
    Bolaño tuvo pronto un importante acicate para ganar dinero con la literatura: en 1982 se casó con Carolina y poco después nació su primer hijo, Lautaro.
    El cazador de búfalos
    Resistid, queridos libros, atravesad los días como caballeros medievales, y cuidad a mi hijo en los años venideros”.Roberto Bolaño
    En el recopilatorio Llamadas telefónicas puede encontrarse el mejor cuento de Bolaño y uno de mis favoritos de cualquier autor: una joya de apariencia sencilla llamada Sensini que contiene la quintaesencia de Bolaño, especialmente su respetuosa y empática ternura por la gente que lo ha pasado mal. El protagonista del cuento, un trasunto de Bolaño, traba contacto con el escritor Sensini (espejo de Antonio di Benedetto), que le introduce en el arte de ganarse la vida presentándose a decenas de concursos literarios de provincias. Los cuentos de Sensinia menudo los mismos disfrazados con títulos distintos, salen a pelear como boxeadores a sueldo por Ayuntamientos y centros cívicos, pagando uno la factura del gas, otro la de la luz, otro un billete de avión…
    Sensini retrata perfectamente los años en que Roberto sobrevivió gracias a los más oscuros premios literarios, a los que llamaba “búfalos que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. Tras el éxito de sus últimos años, Roberto recordaba esa época de forma ambivalente: “nunca como entonces me sentí más orgulloso y más desdichado de ser escritor”. Dos novelas cortas destacan de entre las que le permitieron sobrevivir en esa época: una era un texto críptico y alucinado que usaba como centro la lenta agonía del poeta César Vallejo en París. Se llamó en principio La senda de los elefantes (y algún otro título cortesía de las tretas a loSensini) y acabaría siendo reeditada por Anagrama años más tarde como Monsieur Pain. La segunda era La pista de hielo, una novela negra ambientada en Blanes cuya narración a tres voces me ha parecido siempre un ensayo o un concierto en miniatura de la orquesta sinfónica que sería Los detectives salvajes.
    Bolaño dio un salto cualitativo con La literatura nazi en América, que más que novela era un conjunto de cuentos, biografías imaginarias y profundamente cínicas de escritores ultraderechistas, un poco en la línea borgiana deHistoria universal de la infamia. Editado por Seix Barral en 1996, fue un éxito rotundo de crítica pero vendió poquísimos ejemplares, así que la mayor parte de la edición fue guillotinada. El lógico malestar de Bolaño terminó echándole en brazos de Jorge Herralde, editor de Anagrama, con quien publicaría hasta el día de su muerte, abandonando la caza del bisonte para dedicarse a perseguir un tipo muy diferente de bestia.
    Última transmisión desde el planeta de los monstruos
    Un poeta lo puede soportar todo. (…) Con esta convicción crecimos. El enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte”. Roberto Bolaño
    Bolaño decidió convertir el último capítulo de La literatura nazi en América en una historia independiente llamadaEstrella distante: mi novela corta preferida de Bolaño. En ella se sigue el rastro del poeta y piloto ultraderechista Carlos Wieder, que combina asesinatos y torturas en la era de Pinochet con sublimes actos poéticos de vanguardia.
    Wieder escribe en el cielo ominosos versos con el humo negro de su avión, en un acto poético que es el reflejo tenebroso del que en la vida real realizó Raúl Zurita en 1982 con cinco aviones y humo blanco, escribiendo sus versos sobre ocho kilómetros de los cielos de Nueva York. El rastro de Wieder atraviesa películas snuff, excéntricas revistas de tercera y talleres de poesía, siempre a través de una poética del mal que recuerda alSegundo Manifiesto Surrealista: “El más simple acto surrealista consiste en precipitarse calle abajo, pistola en mano, y disparar a ciegas sobre la multitud tan rápido como se pueda apretar el gatillo”.
     Al leer Estrella distante me asaltó una sensación de dejà vu en el capítulo en que los protagonistas siguen el rastro del poeta guerrillero Juan Stein… Y al cabo de un rato caí en la cuenta de que tanto el estilo como la temática y el tono general del libro (entre melancólico y combativo) me recordaban a Soldados de Salamina, de Javier Cercas, en donde aparece como personaje un escritor llamado Roberto Bolaño que ayuda al personaje Cercas a localizar al miliciano Miralles. Un juego de espejos en el que puede verse un homenaje y algunos (no yo) han intuido el inicio de un plagio. Obviamente Cercas está en deuda con Bolaño, pero en cierto modo todo escritor en castellano que publique tras él lo está.
    Incluir a Bolaño como personaje-guía en Soldados de Salamina es un gesto de honestidad intelectual por parte de Cercas, y así debió entenderlo Roberto a juzgar por las palabras amables que le dedicó en muchas ocasionescolocándoloen el “reducido grupo de cabeza de la narrativa española”. Ambos ganaron el premio Salambó, otorgado por un jurado de quince escritores: Cercas en 2001 por Soldados de Salamina, Bolaño en 2004, póstumamente, por 2666.
    No es el de Cercas el único homenaje que se ha rendido a Estrella Distante: hace pocos días leí una variante de la lapidaria frase inicial del capítulo nueve (“esta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos”) apareciendo inopinadamente en un guiño bolañiano hacia el final de El fondo del cielo, de Fresán… Que por cierto también incluyó un divertidísimo cameo de Bolaño (“¿se llamaba Arturo o Roberto?”) en Mantra.

    Diez mil poetas rumbo al matadero
    Auxilio es como la testigo amnésica de un crimen que intenta recobrar la memoria, así que en ese sentido actúa también como una metáfora: los latinoamericanos hemos presenciado crímenes que luego hemos olvidado”. Roberto Bolaño
    Una de las mil voces retratadas en Los detectives salvajes es la de Auxilio Lacouture, personaje cuya historia Roberto decide ampliar en Amuleto, publicada en 1999. El libro es un monólogo interior alucinado y onírico, casi teatral, narrado con saltos temporales inconexos que por momentos recuerdan al tiempo fracturado de Kurt Vonnegut en Matadero 5.
    En un artículo publicado en el diario uruguayo BrechaIgnacio Bajter da detalles sobre la mujer que sirvió de armazón para el personaje de Auxilio. Se llamaba Alcira Soust Scaffo, y era una maestra y poeta uruguaya, “vagabunda y bellamente desolada”, que viajó a Mexico y conoció a Bolaño y su troupe de infrarrealistas en los setenta. Al ser casi treinta años mayor que ellos, se convirtió en cierto modo en su protectora: de ahí que Bolaño convierta a Auxilio en “la madre de la poesía mexicana”. Carmen Boullosa la recuerda medio loca (“se le había zafado la chaveta“) desde la ocupación militar de la Facultad de Filosofía en 1968, cuando recibió al ejército recitando poemas de León Felipe por megafonía y luego se escondió durante más de diez días en los lavabos… Punto focal y pivote del monólogo de Auxilio en Amuleto.
    En la novela aparece una prefiguración de 2666, o al menos de su título y su aire apocalíptico. Auxilio describe así la Avenida Guerrero de México DF de madrugada: “se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado bajo un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”.
    Lo que Auxilio no olvida es el sacrificio de una generación entera de jóvenes idealistas que acabaron en el matadero a manos de las dictaduras latinoamericanas o víctimas de sus propios demonios, una “inacabable legión que camina cantando hacia el abismo” en la visión que cierra la novela. Jóvenes bautizados con diferentes nombres que Fresán recopila en uno de sus ensayos: “los sudacas voladores”, “los niños más lindos de Latinoamérica”, “los jóvenes envejecidos”, “los perros románticos”, “los monstruos”, “los detectives”, “los detectives helados”, “los detectives perdidos” y, por fin, el definitivo “los detectives salvajes”.
    En el discurso de aceptación del Premio Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes, Bolaño los recuerda así: “luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados (…) fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia, murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador”.

    Tormentas de mierda
    Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.” Roberto Bolaño

    Un jovencísimo Bolaño volvió a Chile en el 73, poco antes del golpe de Pinochet, y apenas unos días tras el fatídico 11 de septiembre fue arrestado, presentado como un “peligroso revolucionario mexicano” por un funcionario ansioso de inflar su captura, y pasó ocho días en prisión. Salió de allí gracias a dos policías que habían sido compañeros de clase, un suceso que dramatizaría años más tarde en el cuento Detectives y en un largo poema inédito que conserva Bruno Montané. Bolaño detestaba que se exagerara sobre este episodio de su vida: “es el típico tango latinoamericano. En el primer libro que me editan en Alemania me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; en el tercer libro, a cuatro meses y, como siga, todavía voy a estar preso”.
    En cualquier caso, está claro que Roberto tenía una espina chilena clavada, que pudo sacarse finalmente con el tormentoso retorno a su país natal en 1998 (donde no dejó títere con cabeza, lo que aún no le ha perdonado el establishment chileno) y la escritura posterior de la soberbiaNocturno de Chile, un monólogo febril publicado en 2000 por Anagrama y escrito en el mismo estilo teatral de Amuleto. La novela es una mirada retrospectiva a la vida del jesuita Sebastián Urrutia Lacroix, crítico literario chileno y uno de los personajes más contradictorios de Bolaño. Hay escenas inolvidables en el libro: las clases de marxismo que recibe el mismísimo Pinochet; los talleres literarios en casa de la intelectual de izquierdas cuyo esposo, miembro de la DINA, tortura estudiantes en el sótano; el viaje por Europa durante el que Urrutia ve a los sacerdotes entrenando halcones para matar a las palomas que ensucian las iglesias (y aquí hay que comentar que “los Halcones” fueron el grupo paramilitar que participó en la masacre de Tlateloco en el 68, durante los disturbios que enloquecieron a Alcira / Auxilio Lacouture).
    En uno de sus arrebatos de samurai kamikaze, Bolaño quiso llamar a esta novela Tormentas de mierda, y sólo un ímprobo esfuerzo de Juan Villoro y Jorge Herralde consiguió evitarlo… Tal vez por desgracia.
    El arte del incordio
    Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”. Roberto Bolaño en Los detectives salvajes
    Los amigos de Bolaño le recuerdan como alguien sencillo, divertido y cultísimo sin caer en la pedantería. Se podía charlar con él durante horas de cualquier tema (“asesinos seriales, estrellas porno, trovadores merovingios”, enumera Villoro). Fresán le recuerda cantando con grandes gestos de loco canciones absurdas de rock mexicano, Vila-Matas rememora irónicamente sus paseos junto a Lautaro… En lo que todos están de acuerdo es en su vocación de polemista: le encantaba discutir e intercambiar opiniones como única forma de abordar todos los ángulos de un problema; “dominaba el arte del incordio”, como recuerda Carolina sonriendo. En su última entrevista contestó la pregunta “¿por qué te gusta llevar siempre la contraria?” con la veloz respuesta: “yo nunca llevo la contraria”.
    El entretenidísimo libro Entre paréntesis, compilado póstumamente por Echevarría a partir de conferencias, artículos y ensayos, permite una mirada única a las filias y fobias bolañesas, especialmente como lector atento y atinado (“la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros, estoy mucho más interesado en los libros de los demás)”.
    Sus críticas negativas eran demoledoras, pero no iban acompañadas de la rabia de críticos como los de La Fiera Literaria de García Viñó. Simplemente exponía su opinión sin aspavientos ni amarga bilis, sino con la naturalidad irónica de quien emite un juicio obvio.
    Es famosa su manía por la obra de Isabel Allende: “llamarla escritora es darle cancha: es una escribidora”. O “La literatura de Allende es mala, pero está viva. (…) Y siempre cabe la posibilidad de un milagro. No sé, el fantasma de Juana Inés de la Cruz se le puede aparecer un día y le puede dar una lista de lecturas”. Allende contraatacó en una entrevista en El País: “No me dolió porque él hablaba mal de todo el mundo. Es una persona que nunca dijo nada bueno de nadie. El hecho de que esté muerto no lo hace a mi juicio mejor persona: era un señor bien desagradable”.
    Como bien observa Herralde, “Bolaño la ataca como escritora mientras que Allende ataca a la persona, faltando objetivamente a la verdad”. Y es que un breve repaso a Entre paréntesis nos permite leer palabras amables y elogiosas dirigidas tanto a autores consagrados (BorgesCortázar) como a jóvenes contemporáneos como Cercas o Fresán. He descubierto gracias a los entusiasmos de Bolaño a escritores que ahora me encantan:Rodolfo WilcockRodrigo Rey RosaEnrique Lihn, Nicanor Parra… Con los autores del boom latinamericano (que en su mayor parte lo ningunearon hasta que fue demasiado tarde) su relación fue de admiración, crítica y reto: Vargas Llosa comenta en una lúcida entrevista que Bolaño era muy parricida y criticaba mucho a las generaciones anteriores… Lo que es siempre sano, la única forma de alcanzar personalidad propia.
    Hacer ganar a Napoleón en Waterloo
    Póstumo suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.” Roberto Bolaño
    El 30 de junio de 2003 Bolaño ingresa en la Vall d’Hebrón y poco después cae en coma.
    EL 8 de julio, a las 2:45 de la mañana, se incendia el camping Estrella de Mar. Al día siguiente, una portavoz declara que no ha habido víctimas, pero lamenta la muerte de un perro y la desaparición de otro.
    El 14 de julio, Roberto Bolaño muere.
    Poco antes de su muerte dejó a Herralde el manuscrito del brillante libro de cuentos El gaucho insufrible y cinco disquetes con las cinco partes de 2666. En 2004, bajo la supervisión de Ignacio Echevarría (designado por Bolaño como la persona a quien deberían consultarse asuntos literarios) se publicó el ya comentado Entre paréntesis… Y a partir de aquí, ya con el gladiador Póstumo en la arena, empieza la eterna polémica sobre qué debería publicarse y qué no de entre los papeles dejados atrás por Roberto: autores como Jorge Volpi se hubieran detenido ahí, poniendo en duda que Bolaño quisiera ver publicadas “sus listas de lavandería”.
    Bolaño nunca tuvo un agente, tal vez por la buena amistad que mantenía con Herralde (“una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador”). La viuda de Roberto, Carolina López, acudió a la poderosa agente Carmen Balcells, que gestionó su legado durante cinco años en los que se publicaron el recopilatorio de cuentos fragmentarios El secreto del mal y el libro de poemas y borradoresLa Universidad Desconocida, ambos libros notables aunque forzosamente incompletos.
    Durante esos años se fue produciendo un cierto distanciamiento entre Carolina y parte del entorno de Roberto… Y en 2008, la viuda entregó los derechos de Bolaño a Andrew WylieEl Chacal, dueño de una de las mayores agencias literarias del mundo y agente de los herederos de BorgesRoth,Burroughs o Tabucchi, entre otros. Wylie se estrenó anunciando en la Feria del Libro de Frankfurt la próxima publicación de El Tercer Reich, una novela inédita de Bolaño “mecanografiada y meticulosamente corregida a mano”.
     Confieso que mi primera reacción fue de escepticismo, y pronto empecé a fantasear con una historia metaliteraria a lo Vila-Matas en que un escritor sigue el rastro del “negro” de Bolaño a través de sutiles pistas dejadas en sus presuntos libros póstumos. Sin embargo, este artículo menciona una carta de Bolaño enviada a Bruno Montané en 1986, en la que se habla de una novela llamada Estrategia mediterránea (un elemento de la trama de El Tercer Reich) demasiado larga para concursos literarios. Más adelante comentó que lo consideraba un proyecto fallido, pero añadió: “el día en que no pueda escribir por mi enfermedad, iré sacando todo este material que tengo”… Y en el documental Bolaño cercano, su viuda Carolina enseña los cuadernos de Roberto, llenos de correcciones añadidas a mano con la caligrafía apresurada de sus últimos meses.
    Tras leer El Tercer Reich no pude estar de acuerdo con Bolaño: no me pareció una novela fallida sino un libro apasionante que prefigura muchas de sus obsesionesAdemás, aparece por primera vez en la narrativa de Bolaño una de sus pasiones más curiosas: era adicto a los juegos de estrategia o wargames, y pasaba largas horas reproduciendo minuciosamente batallas de la Segunda Guerra Mundial o haciendo ganar a Napoleón en Waterloo.
    No me convenció tanto Los sinsabores del verdadero policía, prefiguración de 2666 aparecida en 2010 y que salvo un par de capítulos realmente notables no deja buen sabor de boca. O sinsabor.
    Bolaño, icono pop
    “Es muy molesta toda esa glotonería alrededor de la figura de Roberto. Casi da miedo. Lo que hay que hacer es leerle”.Carmen Pérez de Vega
    Y con esta cita lapidaria deberíamos clausurar el artículo, pero me permito contraatacar y disculparme con una frase de Fresán: “leer a Bolaño hace entrar ganas de escribir”… Y antes de terminar me gustaría responder a las objeciones que suelen ponerse a Bolaño por haber sido mitificado tras su muerte. Una vida dramática y radicalmente libre, una última novela escrita febrilmente en plena enfermedad, un espejo en el que puede reflejarse una generación entera: ¿cómo no se va a forjar un mito con estos ingredientes? Sin embargo, quien admira a Bolaño lo admira por lo que escribió, como en mi caso: antes de saber nada del mito, ya me había deslumbrado con las epifanías de 2666 y Los detectives salvajes.
    Por supuesto que alrededor de Bolaño hay promociones y campañas de marketing, como alrededor de cualquier escritor importante, pero la mayoría nacen de un auténtico amor por el autor y su obra (la calle con su nombre inaugurada en Girona;el recital de su fan Patti Smith, tan poetisa como cantante). La mejor actitud ante sus libros, especialmente los póstumos, es el mismo saludable escepticismo que debería adoptarse ante cualquier lanzamiento editorial, sometido por definición a leyes de mercado. Sin embargo, el fantasma del gafapastismo acecha tras las esquinas: “se leía mejor a Bolaño cuando no era nadie”, leo a un comentarista en un blog carne de Cultureta Watch: el estúpido prejuicio propio de los happy few de que cuanto más conocido es algo menos calidad alcanza. ¿No es más lógico alegrarse de que el mito Bolaño permita a más gente acceder a su escritura?
    Carlos Franz da un aviso más inteligente en Una tristeza insoportable, al advertir del riesgo de que los jóvenes escritores se dejen atrapar demasiado por su ídolo (“el estilo de B., peculiarmente rítmico, pegajoso, hipnótico, parece especialmente diseñado para ser imitado sin que el copión lo note”) en lugar de hacer lo que Bolaño hizo con sus propios ídolos: leerlos para después asaltarlos, desmenuzarlos, buscar caminos propios.
    Echevarría avisa de otro peligro: que la carga romántica alrededor de Bolaño diluya su compromiso político y su utopía revolucionaria (hoy en día política y romanticismo están enfrentadas, mientras que para la generación Bolaño la política era romántica). Roberto se hubiera horrorizado con la lectura conservadora que algunos han hecho en Estados Unidos de sus libros, presentando al autor de Los detectives salvajes como un exyonqui redimido que ha sentado cabeza y se arrepiente de sus pecadillos de juventud… Pero Bolaño nunca se arrepintió de nada, y siempre tuvo claro que la “respetabilidad” era peligrosa para un escritor. Mientras que Mario Santiago / Ulises Lima optó por vivir “sin timón y en el delirio”, como reza uno de sus mejores versos, Bolaño/Belano llegó a compromisos con la industria editorial para asegurar un futuro a su familia, pero siempre le importó bien poco el reconocimiento público.
    Como analizan Andrea Cobas y Verónica Garibotto en Un epitafio en el desierto, un escritor contemporáneo tiene tres posibilidades: rendirse a las reglas del mercado (los autores “inteligibles y folletinescos” a lo Pérez-Reverte atacados por Bolaño en Los mitos de Cthulhu), escribir de forma subterránea e inédita (como el protagonista del cuento Enrique Martín) o entrar en la industria editorial pero “sin aceptar del todo sus reglas, coqueteando con ella, quebrando alguno de sus códigos” (el Arturo Belano de Los detectives salvajes que se burla de la Feria del Libro o reta a duelo al crítico literario Echavarne / Echevarría).
    Bolaño siempre sintió cierta ternura por los autores jóvenes: en un congreso sevillano de 2003 le preguntaron qué consejo podría dar a un escritor primerizo, y el Bolaño a quien quedaban pocas semanas de vida contestó: “les recomiendo que vivan, que vivan y sean felices”. Años antes, en una divertida entrevista, afinó más el consejo: “vivir mucho, leer mucho y follar mucho”. En un papel escrito a mano por Bolaño y encontrado por Echevarría, se podía leer, bajo el epígrafe “para el final de 2666″ esta frase con la que, ahora sí, cerraré el artículo: “Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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