[...] las narraciones centrales de las grandes religiones del mundo —judaísmo, cristianismo, islamismo e hinduismo— son, en su mayor parte, incorpóreas y extramundanas, y no se ocupan de la extensión empática, la búsqueda de la conexión o la inmanencia de Dios.
En la edad de la empatía, la espiritualidad sustituye invariablemente a la religiosidadLa espiritualidad es un viaje de descubrimiento profundamente personal en el que la experiencia corpórea se convierte —por regla general— en la guía para establecer conexiones y la empatía se convierte en el medio para alimentar la trascendencia. La Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey) e innumerables estudios y encuestas similares en el mundo revelan un cambio generacional en las actitudes hacia lo divino: las generaciones más jóvenes de los países industrializados cada vez dan más la espalda a las religiones institucionalizadas y emprenden una búsqueda espiritual personal de naturaleza corpórea y de expresión empática.
Extracto de La Civilización Empática de Jeremy Rifkin (2010), p. 168 – 169.
2. El Auge de la Nueva Espiritualidad. Artículo publicado en el Diario El País y que profundiza en la reflexión corta de Rifkin, buscando las causas del declive del paradigma religioso e inclusive uno espiritual light de la nueva era, hacia una creencia consciente del valor del espíritu en los seres humanos, como un potenciador de todas nuestras capacidades.
La fe ha decaído, pero nunca faltan las creencias. El hedonismo ha creado una sociedad sin disposición al sacrificio, pero no ha resuelto el problema de la felicidad. En consecuencia, lo que antes otorgaba la adhesión a Dios se busca ahora por otros medios. La sociedad occidental está incomparablemente más secularizada que hace medio siglo, pero en los desiertos de la fe han brotado yerbas espirituales de todos los géneros, de todos los tamaños, de todos los sabores para acomodarse a la demanda personalizada del nuevo consumidor.
Unas veces esa espiritualidad posmoderna se manifiesta en el creciente consumo de libros neofilosóficos que ayudan a vivir en paz, disfrutar de las cosas pequeñas, vivir el instante, olvidarse del yo. Otras, se trata de alistarse en ejercicios físicos suaves, desde el yoga al tai-chi, que comunican con el vacío del yo o con la envolvente presencia de la naturaleza. De una u otra manera se trata de hallar una comunicación de calidad más alta, bien traspasando las barreras materiales con sutileza, bien las fronteras espirituales que nos desasosiegan a causa, principalmente, de la fastidiosa tabarra del yo.
La búsqueda de la felicidad
Todos los libros que se han publicado en esta dirección, sean de André Comte-Sponville (La felicidad desesperadamente, Pequeño tratado de las grandes virtudes) hasta los del tipo Más Platón y menos Prozac han hecho multimillonarios a sus autores. Y, de paso, han abierto la brecha para que desde Cioran a Clement Rosset, desde Spinoza a Fernando Savater nos enseñen, cada uno a su modo, a ser más listos. Hoy el cliente espiritual no busca nada dogmático ni difícil de asumir. Más bien espera que la espiritualidad elegida venga también a elegirle amorosamente y lo proteja. Trata de ser más de lo que es, pero no subiendo cuestas empinadas, sino encontrando la fórmula mágica para sentirse alado. Parménides, Epicuro, Plotino, Lucrecio, han servido en algunos países como Francia e Italia para ser reelaborados en píldoras de la felicidad, y, cuando siempre creíamos que la Ética era un asunto de disciplina y ardor moral, los filósofos que más queremos nos han hecho saber que se trata de una asignatura destinada a enseñarnos a vivir mejor. ¿Cómo hacer ascos a estas creencias?
La felicidad, como dice la empresa Disney, es la mercancía más rentable del mundo, y a eso se aplican ahora no sólo los dibujos animados y las películas fantásticas, sino varios de los filósofos de más tino. Necesariamente, el éxito mediático ha venido a situarse al lado de los triunfos viajeros del Papa en la versión más hard de la creencia y al costado de las ediciones siniestras de las sectas partidarias de suicidarse para vivir más.
La oferta, en fin, extiende un surtido para todos los gustos y el hiperindividualismo que ha decidido la customización de los ordenadores o los bolsos de Gucci se proyecta también sobre los combinados religiosos y a la carta. Un sujeto puede, en este mix, profesar un gran respeto por todas las formas de vida en cuanto budista, encandilarse con la existencia de los ángeles en su condición católica y reforzar la centralidad de la familia en cuanto mormón, todo dentro del mismo pack.¿Quién podrá discutírselo? ¿Quién no intentará una fórmula particularizada con el propósito de que le caiga bien? Siendo todo relativo, lo mejor será aquello que nuestro organismo ratifique con su salud.
Hasta dentro de una misma iglesia y sin recurrir a la apostasía, diferentes grupos de católicos condimentan su fe sin observar los mandatos de Roma en asuntos como la virginidad prematrimonial, la contracepción, el celibato sacerdotal o la no condena de la homosexualidad. Simultáneamente, cada día son más frecuentes los matrimonios entre fieles de distintas religiones tradicionales o de nueva creación. Unas tan pintorescas como La Puerta del Cielo o la Rama Davidiana; otras tan livianas como las telerreligiones, asimilables a manuales de autoayuda y efectos para usar y tirar.
Pero seguramente la espiritualidad más característica de nuestro tiempo es la que representa la new-new age. La diferencia entre la new age,originaria de los hippies,y la que prospera actualmente es que los hippies buscaban ideales mientras los actuales adeptos buscan, sobre todo, compensaciones a la frustración y a la falta de ingresos. Pero, ¿qué? La new-new age, para buen número de ellos, es una forma de hacer algo de valor cuando se piensa que ya no se va a ser nada valioso.
Ejecutivos quemados, intelectuales defraudados, parejas separadas, heridos psicológicos, son individuos idóneos para enrolarse en la “nueva edad”. La música del arpista suizo Andreas Vollenweider, Jean-Michel Jarre, Vangelis, Peter Baummann, Philip Glass y el mundo se reblandece para pasar de Piscis a la era de Acuario en los albores del siglo XXI. “Una nueva religión mundial nace y cada uno busca a su propio maestro interior”, decía el sociólogo francés Jean Vernette impresionado por los millones de ejemplares vendidos de El alquimista, de Paulo Coelho, un libro donde cada cual puede encontrar la hechura de su propio Dios.
La lasitud, la personalización religiosa, el aporte de paz interior son ofertas que justifican el éxito de la new age. Pero también puede atribuirse este catálogo de beneficios al budismo aliñado de elementos occidentales que se distribuye a discreción. El budismo tiene de propicio, respecto a las religiones monoteístas, precisamente que no es dogmático, sino que invita a cada uno a hallar el sendero que le conducirá a la salud física y mental. Y, sobre todo, a lograr una sensación de sosiego que contrasta con la ansiedad y la agitación de la existencia urbana en Occidente.

‘New-new age’

La adhesión al budismo o al zen de personajes famosos del espectáculo, desde Richard Gere o Uma Thurman a Tina Turner, Demi Moore y Gwyneth Paltrow, ha afirmado su prestigio y contribuido a convertirlas en espiritualidades de moda. La misma ciencia se ha preguntado, una y otra vez, por la participación del cerebro en las experiencias religiosas, y la conclusión viene a ser la posibilidad de provocar en nuestro sistema neuronal, por medios artificiales, los arrobos de san Juan de la Cruz y de todos los místicos unidos.
Casi siempre, el estribillo clave viene a ser la serenidad que se recibe con la desaparición del yo. El yo traza una frontera entre el exterior y el interior, entre el antes y el después. Sin el yo por en medio sobreviene la experiencia de la invulnerabilidad, la eternidad y la paz absoluta. El sujeto deja de sentirse sujeto y se expande en la infinitud del mundo. “La sabiduría”, declara Comte-Sponville, “no es un narcisismo dichoso. Sólo cuando nos liberamos del ego se ofrece el mundo entero a nuestro conocimiento y a nuestro amor”.
Why God won’t away (2001), por qué Dios no se ha marchado, es el título de la obra del doctor Andrew Newberg, de la Universidad de Pensilvania, donde se explica la espiritualidad del cerebro a través de la experiencia zen. “La dicha del mundo procede del corazón altruista, y la desgracia, del amor al yo”, afirma el maestro budista Shantideva. Vivir desasido del yo, escindido de sus soberbias, es, en suma, la mejor estrategia para no verse herido ni asesinado. Curiosamente, pues, en el momento de mayor intensidad egocentrista vienen a triunfar estas recetas de desintoxicación del yo, tal y como en el momento de la abundancia proliferan las clínicas que deshacen el peso del cuerpo.
Con la evasión -provisional- del yo desaparecen las distinciones entre lo divino, lo humano y lo natural, explosiona el beneficio de la interdependencia cósmica y con ello se evoca sin duda la parte femenina que fuera reprimida en Occidente. La cultura de la intuición, la interrelación corporal, la inundación emocional recíproca, los humus, son del orden de la feminidad, y, en buena medida, la búsqueda del Oriente sería, dando la vuelta al mundo, un rescate del ser femenino. Porque, al cabo, a lo que más se parece la nueva espiritualidad y las gimnasias suaves (el yoga, el zazen, el tai-chi, el qigong) es al modelo de caricia favorita de la feminidad. Y, probablemente, sentirse más integrado con la naturaleza, más sensible y sensitivo es volverse afeminado. Lo que hoy en día no significa otra cosa que ponerse a tono con la contemporaneidad.