728x90 AdSpace

alojamiento wordpress
  • Más Nuevos

    sábado, 4 de mayo de 2013

    Notas sobre peliculas del genial Ingmar Bergman

    El rostro (1958). Dir: Ingmar Bergman.

    19 Octubre 2010


    Película compleja, profunda, pero también liviana y por momentos divertida. Ingmar Bergman crea un ambiente disparatado, inquietante, en donde subyace un peculiar sentido del humor: el suyo. Los temas que preocupan a Bergman están presentes en ella, aunque a veces se ocultan a nuestra mirada: el miedo a morir, el propio sentido de la vida, la disputa permanente entre la razón, la religión y otras creencias basadas en la fe, en la superstición y en lo irracional. Todo eso lo adivinamos a través de imágenes poderosas, parlamentos de dudoso significado, reflexiones y monólogos de los personajes cargados de la artillería ideológica habitual del maestro.El cine, las artes escénicas, la magia y el espectáculo de las apariencias adquieren un protagonismo especial.
    Bergman en esta ocasión elige a unos estrambóticos personajes –unos cómicos que actúan frente a las autoridades locales, que les admiran y desprecian al mismo tiempo- para hablarnos a su manera de todo eso. Y crea una situación entre lo absurdo y lo real, entre la vigilia y el sueño, que deriva a veces en interpretaciones y encuadres expresionistas. La fotografía y todos los demás elementos son, por supuesto, excelentes.
    La película se ve sin entusiasmo, pero con un interés mantenido. En ese interés interviene el hecho de que al director le damos a estas alturas una especie de cheque en blanco. En su momento, sin tantas referencias, la película desconcertó, como no podía ser de otra manera. Nosotros tenemos la oportunidad de verla enmarcándola en unos parámetros cinematográficos que conocemos y admiramos. Por eso nos gusta descubrir en el discurso del director sueco alguna que otra certeza, que proviene más del conjunto que conocemos que de lo que tenemos ante los ojos. No sabemos muy bien lo que nos quiere decir, pero seguro que es algo profundo… y mejor explicado en otra de sus películas.
    A Buñuel le parecían ridículos los “cazabuñueles”. A Bergman tal vez le pasaba igual.
    Si quieres ver imágenes, pincha aquí.

    Fresas salvajes (1957). Dir Ingmar Bergman


    14 Octubre 2010

    Un aroma kafkiano

    No es mi película de Bergman preferida. Entre tanta excelencia me parece demasiado hermética, aunque son innegables sus valores: interpretación excelente, fotografía seductora, guión ajustado y eficaz. Como siempre, sabiduría cinematográfica a raudales.

    Viaje exterior e interior. Por las carreteras de Suecia y por el interior de la memoria y los afectos de un anciano que hace recuento de algunas de las páginas de su vida. Se detiene y mira quiénes fueron los protagonistas de sus afectos. Se ve él mismo más joven, incapaz de reparar lo ya irreparable.

    Atmósfera de sueño, y entrecruce de planos oníricos y reales. Estética que recuerda algunas películas de Orson Welles, que parece por momentos creada por la imaginación de Kafka: relojes sin horas, tiempo detenido, rostros esperpénticos, absurdidad en el aire que se respira y nos invita a respirar.

    Blanco y negro. Sencillez y barroquismo. A veces, ese barroquismo nos despista y nos saca de la propia carretera. Nos pasa como al protagonista.

    Si quieres ver imágenes, pincha aquí.

    Infiel (2000) Dir: Liv Ullmann.


    4 Septiembre 2010

    Cine de actores

    La estructura de la película parece compleja y es, sin embargo, de una enorme sencillez. Se nos cuenta los pormenores de un triángulo amoroso que termina con la muerte de sus miembros, el sufrimiento de todos y la destrucción final de una familia que parecía estable y feliz. El procedimiento parece inspirado en la lejanía por August Stringberg: los personajes de esa historia van reconstruyendo el puzzle ante uno de ellos, pero en un tiempo narrativo distinto.

    Es decir, el personaje de David en concreto aparece desdoblado en el presente y en el pasado. Luigi Pirandello escribió ese memorable texto en el que los personajes buscaban desesperadamente a un autor que contara su historia en una obra de teatro. Aquí los personajes susurran, o recuerdan la historia, para que uno de ellos la filme, probablemente a modo de expiación personal.

    La fórmula, empleada de manera similar por Ingmar Bergman en más de una ocasión, es utilizada ahora por Liv Ullmann en la última película de su carrera como directora. Por cierto, Bergman, que escribe magistralmente el guión, en realidad está escribiendo sobre episodios similares de su propia vida real, con lo que “Infiel” tiene, además, un valor autobiográfico que le añade un interés especial.

    Es una película hermosa, intensa, dramática. De una duración superior a las dos horas, sin embargo esa concentración de emociones y tiempos narrativos ejerce una fuerza de atracción extraordinaria sobre el espectador. Las imágenes bellísimas y la factura de producción –exquisita, perfecta, de una eficacísima simplicidad- colaboran en esa tarea.

    Una de las agradables sorpresas es el trabajo de Lena Endre, actriz sueca muy conocida en su propio país, y que aparece en dos películas de la reciente y conocida “Millenium”. Está excelente, junto a Erland Josephson, actor habitual en las películas de Bergman, y Krister Henriksson.

    Una película así precisa de unos actores de esta extraordinaria calidad. Una película así precisa de unos actores de esta extraordinaria calidad. No en vano está firmado por una actriz magistral que lo sabe muy bien.
    Si quieres ver imágenes, pincha aquí.
    Y aquí puedes ver un fragmento de debate con Liv Ullmann

    La vergüenza (1968). Ingmar Bergman.


    1 Septiembre 2010

    Bombardeos interiores

    Cuando Bergman rueda “Vergüenza” el mundo es un clamor pacifista. La guerra de Vietnam era el punto de reflexión de millones de personas que, como nunca antes, se habían planteado la inmoralidad de esa guerra en concreto, y de todas las guerras en general. Esta película está llena de implícitos, y éste no es el menos importante.

    Como es su costumbre, Bergman disecciona comportamientos, bucea en el interior de las conciencias. En este caso se nos plantea este tema recurrente en toda su obra, pero esta vez en el contexto de una guerra. La guerra no solo mata los cuerpos, parece decirnos, sino cualquier vestigio de nobleza. Lo peor de nosotros mismos asoma y se hace evidente: observable para los demás. Las relaciones humanas se convierten automáticamente en un sálvese quien pueda, y donde hubo amor se instala el feroz egoísmo.

    Otro implícito: la propia dirección de Bergman. Como ya lo conocemos, sabemos de qué nos habla y buscamos significados con enorme placer, por cierto. Si no lo conociéramos, la película tal vez se nos haría demasiada densa, e incluso aburrida, a pesar de la soberbia interpretación de Liv Ullman, para la que ya no hay adjetivos, de Max von Sydow y del resto de los actores. Las hermosas imágenes en blanco y negro subrayan un ritmo a veces exasperantemente lento.
    Una guerra no son solo los bombardeos exteriores.
    Si quieres ver imágenes, pincha aquí.

    Sonata de Otoño (1978). Dir: Ingmar Bergman.


    27 Agosto 2010

    Un profundo olor a Strindberg
    El mismo año en que estrena esta película (1978), Ingmar Bergman lleva también a la escena una obra de August Strindberg (1849-1912): “El sueño”. No es en absoluto una casualidad. En las dos anteriores ocasiones también habían sido textos de Strindberg sobre los que trabajara en el teatro, y especialmente en su propia sala de Estocolmo. Toda su vida profesional supuso una relación permanente con ese dramaturgo obsesivo y peculiar al que tanto admiraba, con esos personajes torturados que salían de su compleja imaginación y de sus propias vivencias, concebidos por un hombre que nunca pudo ser realmente feliz. Pero es en los últimos compases de su carrera profesional cuando Bergman se siente con la suficiente sabiduría práctica contrastada y la familiaridad necesarias como para bucear en los significados y los procedimientos de quien considera un autor de la talla de Shakespeare.El cineasta se pasó, pues, su vida en contacto con la obra de Strindberg. Es completamente normal que en sus películas encontremos siempre su aroma. En este caso en el que, además de dirigir también escribe el guión, el aroma se convierte en olor penetrante. Strindberg está instalado en ella: ahí están sus personajes insomnes, atrapados en su propio egoísmo, en sus preocupaciones mezquinas, ahí están sus momentos de confesión, ahí sus instantes desgarradores tras tantos años de silencio. Strinberg escribe crónicas de ese día en el que por fin el dolor del personaje se convierte en un rabioso caudal de palabras. Bergman aquí también.
    Y ahí están también sus principales acusaciones: “el dolor de una hija es el éxito de la madre”, se pregunta Eva en esta película, sospechando la respuesta. La vida, pues, como eterno cordón umbilical, en donde somos lo que nos han hecho que fuéramos y convertimos a los demás en nuestras propias víctimas. Una cadena de causas y efectos de donde escapar es francamente complicado, por no decir imposible. Se vive soportando ese fardo de la culpa compartida, que se transmite y transmitimos de generación en generación.
    Bergman cuenta que mantuvo con Ingrid Bergman una batalla campal durante el rodaje. Dice que no entendía sus propuestas y que se las rebatía de forma ardiente. Nunca se podría adivinar tal cosa. Esa diosa parece interpretar el mejor personaje de su vida, lleno de verdad, de dolor, de escapatoria. Y Liv Ullmann, la fiel actriz del maestro sueco, que aquí vuelve a estar excepcional. ¿Qué decir de ella…? La escena del piano, por ejemplo, en la que escucha tocar a su madre, y su mirada refleja todo el universo de sentimientos contradictorios, es para recordar eternamente.
    La película es una obra maestra de la proporción, de la intensidad, de la inteligencia, de la profundidad en la reflexión sobre los comportamientos humanos y en nuestra condición de tales.
    Si quieres ver imágenes, pincha aquí

    De la vida de las marionetas (1980)


    19 Mayo 2009


    ¿Porqué somos como somos…?

    Los comportamientos humanos diseccionados hasta el milímetro. La difícil frontera entre normalidad y patología, la dudosa verdad de ambos mundos y su separación conceptual. De todo esto nos habla Bergman en una película dura, sin concesiones, con imágenes potentes, con interpretaciones magníficas.

    Y más: qué hay de predeterminación en nuestros actos, hasta qué punto nuestro perfil genético y la influencia del medio determinan la conducta. Preguntas que Bergman siempre se hizo, incluso referidas a sí mismo. En “Linterna mágica”, su autobiografía, el director sueco incluye al final una conmovedora conversación con su madre, fallecida hacía años. En ella le interroga sobre los porqués de las cosas, y, sobre todo, los porqués de su propio comportamiento, de su personalidad. Es decir, esta película podría verse en esa misma clave introspectiva, en ese mismo intento de explicarse y explicarnos las claves profundas de la existencia.

    Hay momentos que recuerdan la desnudez emocional de “Gritos y susurros”, en donde también se recurría a unos primeros planos demoledores, implacables y absolutamente hermosos. En ellos no hay trampa ni cartón: exigen de los actores una exactitud interpretativa absoluta, una fidelidad a lo que el director y el guión pedían de ellos. Momentos de intensa profundidad, de desolado dramatismo, que comunican con nosotros utilizando un lenguaje subterráneo y explican de este modo las intenciones de la propia obra cinematográfica.

    En algunos momentos el espectador puede quedarse hipnotizado, atrapado por lo que ocurre en la pantalla: es tal el nivel de creación de unas condiciones de verdad, de realismo.

    Como la película aludida, es también una crónica de lo queda de la naturaleza bajo la capa de la cultura y los comportamientos sociales, de la soledad y de nuestras difíciles relaciones con la muerte. La nuestra y la de los demás.

    Argumento:

    Un hombre, cuya vida en apariencia es satisfactoria y normal, asesina y viola el cadáver de una prostituta. Diversas personas que le conocieron o tuvieron relaciones personales con él, van aportando datos que explican, al menos en parte, las claves de esta acción inesperada y, hasta cierto punto, incomprensible.

    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:

    Linterna mágica


    17 Mayo 2009



    Veo las películas de Ingmar Bergman y leo mientras tanto su autobiografía “Linterna mágica”, publicada en España por Tusquets.

    Al terminar las páginas de este libro intento recapitular: Bergman es visto desde fuera como uno de los dioses indiscutibles de la creación cinematográfica, sus películas son admiradas, con razón, hasta por otros genios, como es el caso conocido de Woody Allen. Ha ganado oscars, premios internacionales, ha hecho una gran fortuna. Paralelamente su vida como director teatral ha estado plagada de éxitos similares. Precisamente, tal vez sea el caso más relevante de profesional que ha terminado siendo un icono en los dos campos –el teatro y el cine-, sin que pueda distinguirse en ninguno de los dos un brillo mayor o menor.

    Y sin embargo, en este libro Bergman parece complacido en manifestar ese lado inseguro de su personalidad, esos momentos de su vida, personal y profesional, en donde no era oro todo lo que relucía. Llevado por una sinceridad indesmallable, que roza a veces la autoflagelación, nos habla con duras palabras de sus fracasos amorosos, de las veces que tuvo que aceptar proyectos que no le interesaban, de las ocasiones en que metió la pata, como cualquier persona normal.

    Este libro introduce ese punto desmitificador consigo mismo, y extiende su metodología para hablar de los demás, para reflejar sus lados más débiles. Curiosas son las páginas que dedica a describir la relación que mantuvo con muchos compañeros de trabajo, la discutible belleza de la Garbo, la excentricidad maravillosa de Von Karajan, etc.

    Pero, cómo no, el autor de “Fanny y Alexander” destila en todo momento un aire nostálgico sobre una infancia agridulce, que iba a marcar para siempre su vida. Con los comportamientos de sus seres cercanos, muchos de ellos nacidos de la enfermedad mental o del desequilibrio emocional. Así las referencias a su padre, con quien mantuvo un pulso durante muchos años.

    El libro acaba con una imaginaria conversación con su madre muerta. Como en sus películas, vivos y muertos se confunden. A esta mujer le solicita las claves de las anomalías familiares, del carácter final de los Bergman. Y esta mujer, una sombra en su cabeza, no sabe ni puede decirle nada.

    No deben leerlo las personas que esperan encontrar en él un anecdotario de los rodajes y de las peripecias del genio. Solo los que estén dispuestos a reflexionar en profundidad sobre la soledad del ser humano, sobre los estigmas de las herencias culturales y genéticas.


    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:

    Sonrisas de una noche de verano (1955)


    2 Mayo 2009


    No la entiendo

    Cuando nos encontramos ante una obra cinematográfica de la calidad y envergadura de la de Bergman, si uno de sus títulos no termina de convencernos, debemos dejar paso a la prudencia y pensar con cierta humildad: el problema no es de la película sino de quien la ve. En este caso, yo. Además, el autor no habla demasiado de ella en su libro autobiográfico. Tan solo dice que al terminar de rodarla se quedó literalmente en los huesos y tuvo que ser hospitalizado.

    No sé. No entiendo exactamente el tono, la temperatura del humor, los cambios de registros. Hay momentos en que todo se ennegrece, y aparecen los personajes complejos y atormentados a que nos tiene acostumbrados el director. Son los mejores, con los primeros planos introspectivos, con ese buceo por el interior. Pero hay otros en los que el tono de parodia, de comedia ligera, no termina de ser convincente. Tanto en la situación en sí misma, como en el dibujo de los personajes, que no terminan de ser creíbles, a pesar del excepcional trabajo de los actores.

    Y de la excepcional fotografía, del guión, de la puesta en escena. Todo ello, marca de la casa.

    Sé que la película proviene de un montaje teatral de gran éxito que Bergman hizo, y que su propuesta es conseguir en la pantalla un resultado artístico similar. Conozco bien el texto de Shakespeare del que todo procede, y estas razones me despistan todavía más. Este “Shakespeare a la sueca” me resulta un poco lejano, lleno de lagunas y de puntos irreconocibles.

    Con momentos memorables, como no podía ser de otra manera. Para mí es brillante el ejercicio durante los últimos treinta minutos, cuando ese aire incierto de inmoralidad y desenfreno impele a los personajes a precipitarse en su propio destino, en el que las piezas del puzzle comienzan a encajar: la fuga de la joven esposa, el brindis de la señora mayor, la ruleta rusa, con su final tragicómico, etc. Entonces hay teatro, puro teatro, dramatismo. Hasta esos momentos no sé exactamente lo que hay, además de minutos. En el “Séptimo sello” esas mezclas funcionaron a la perfección. Aquí, me atrevo a decir que no tanto.

    Pero por si fuera poco, Woody Allen le rinde un bello homenaje, que me instala, todavía más, en la convicción de que el equivocado soy yo.


    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:

    Un verano con Mónica (1953)


    27 Abril 2009

    El cine que nos mira

    Catorce años más joven que Bergman, Harriet Anderson y el director sueco mantuvieron durante el rodaje una relación amorosa que, finalmente, se transformó en una amistad indeleble. Lo cierto es que, según cuenta Bergman en su autobiografía “Linterna Mágica”, el rodaje duró bastante, entre otras cosas porque un problema técnico echó a perder muchos metros de celuloide. De esa circunstancia pocos se lamentaron: el equipo vivió en una especie de libertad salvaje durante semanas que propició las relaciones y los encuentros entre sus miembros. Y creo sinceramente que esa es una de las claves para entender esta magnífica película.

    Pesimista, por cierto. Pesimista sobre la perdurabilidad del amor. De eso supo mucho en vida su creador, que cambió de pareja, y le cambiaron, bastantes veces. Volveremos mucho tiempo después a diseccionar comportamientos de dúos en “Secretos de un matrimonio”, de pareja consolidada, y putrefacta. Ahora lo que se pone delante de la cámara son dos jóvenes inmaduros y hermosos, encarnados (en la foto) por una esplendorosa Anderson, y por un magnífico Lars Ekborg.

    En una hay dos películas, o dos partes de una misma historia. La primera, la que narra los momentos en que la relación entre ambos es un universo de esperanzas, a pesar de que Bergman nos muestra las diferencias entre ellos de una manera sutilmente magistral. Ante la misma proyección en un cine de barrio, ella llora y él bosteza indiferente… La segunda es en donde aparecen las diferencias, convertidas en simas de distancia incalculable. Se acabó la poesía y la aventura: la descarnada realidad se impone con imágenes demoledoras, como la del tren llegando a Estocolmo, o la del chico, desolado, negándose a entrar en su domicilio.

    El conjunto es magnífico. La fotografía, que se detiene parsimoniosamente en el paisaje que enmarca la historia pasional. La cámara que recoge medio minuto de mirada directa de la joven, abstraída, preguntándole cosas al espectador y preguntándoselas ella misma. Esa mirada que iba a fascinar a Godard y a los jóvenes de la “Nouvelle Vague”, y que rompía, sin alharacas ni grandilocuencia, los moldes de hacer cine. Un cine que a partir de ahora nos mira a nosotros directamente.

    Estamos, tal vez, ante la primera genialidad de Bergman. Aquí están contenidas todas las pistas de su cinematografía, están abiertos todos los caminos que después transitaremos agarrados a sus ojos.

    Argumento:

    Dos jóvenes se escapan para vivir una historia de amor. Ella queda embarazada y ambos, al vivir juntos, descubren dramáticamente sus diferencias.


    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:


    El séptimo sello (1957)


    21 Abril 2009



    El Bergman que ha pasado a la historia del cine como el creador de personajes que buscan desesperadamente a dios y el propio sentido de la existencia. Un cine trascendental, de ribetes heroicos, esencial, de formas cuidadas, de puesta en escena teatral, de primeros planos, de angustias interiores reflejadas en ellos, de una fotografía pictórica, hermosa, desolada. El cine que equivale en pleno siglo XX a la tragedia griega, contada a través de personajes que están a caballo entre la realidad y la leyenda.Un ritmo parsimonioso, que se detiene en la palabra exacta y en el matiz. Que transpira poesía y profundidad filosófica. Un cine que anhela iluminar en la oscuridad. Que no envejecerá, porque cinco minutos son suficientes para irritar a quien tiene prisa por las cuestiones efímeras, y una hora y media le sabe a poco para aquel que todavía reflexiona sobre los porqués de las cosas.

    Un cine hecho a base de perfección y complicidades. Perfección técnica máxima, y complicidades actorales. El mismo equipo de siempre, actores del Dramaten con los que Bergman comparte el día a día profesional y angustias personales.

    La muerte juega sus partidas. Las gana siempre, aunque aplaza momentáneamente el previsible resultado. En esos periodos de aplazamiento los hombres viven y se comportan en base a la bondad de sus almas y a factores exteriores. Las cartas parecen echadas, pero el libre albedrío es, tal vez, la última e imprevisible última carta, o última pieza del ajedrez. Respirar el aire fresco de un bosque al amanecer, escuchar una hermosa canción o contemplar la mirada de un niño pueden ser o momentos banales o acontecimientos extraordinarios e irrepetibles.

    Una película que dejó una huella interior indeleble en toda una generación. Que sigue vive, poseedora de secretos eternos.

    Argumento:

    Antonius Block regresa después de diez años de luchar en las cruzadas. Se encuentra con una tierra desolada por la peste. La muerte se aparece y le reta a jugar una partida de ajedrez que le permitirá prolongar un poco más su propia existencia y vivir con máxima intensidad sus últimos momentos.

    Imágenes. Pincha aquí:

    Gritos y susurros (1972)


    16 Abril 2009

    Debajo

    Esta película no envejecerá jamás por dos razones.

    Por lo que dice: debajo de llamada sociedad, sus costumbres, sus reglas, sus instituciones, hay algo indefinible, confuso, cambiante, vivo.  Es el ser humano. Ese algo tiene sentimientos, muchos de ellos inexplicables, porque nacen y están relacionados con un pasado en el que no existía eso que llamamos ahora sociedad, precisamente. Son sentimientos relacionados con nuestra realidad más primaria: el sexo, el miedo, el odio. Son anteriores a la cultura, a la palabra, a la religión, al estado. Y se manifiestan con su propio lenguaje: con gritos y susurros, especialmente.

    Por cómo lo dice: el tratamiento de los primeros planos es toda una lección de sicología. Los ojos de los personajes ven, pero aún más: dejan ver lo que existe en las profundidades de quienes miran a través de ellos. Nunca nadie hizo una película tan significativa, tan especular, tan rigurosamente introspectiva.

    Las imágenes son de una desolada belleza: inapelables, hermosas, contundentes. Los encadenamientos subrayan ese trasfondo de atmósfera teatral. El ritmo lento nos mantiene en vigilia, va provocando sutilmente una especie de empatía irreversible. Las interpretaciones de esos magníficos actores, curtidos de trabajar en otras películas anteriores y sobre los escenarios a las órdenes de Bergman, producen un efecto hipnótico en el espectador consciente.

    Esta película será siempre insoportable, y siempre lo ha sido, para quienes no están dispuestos a invertir tiempo en mirar hacia dentro de sí mismos.

    Esta película será siempre un manifiesto de sensibilidad y belleza para quienes amamos la vida, el arte, y pretendemos, con toda la modestia del mundo, ser un poco mejores cada día.

    La muerte atroz y dolorosa de Agnes provoca en sus hermanas y en la criada de la casa una conmoción que remueve sus propias relaciones y su propia identidad como personas. De esa muerte nace, pues, una nueva forma de vivir para quienes estuvieron cerca de ella.

    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:

    Fanny y Alexander (1982)


    13 Abril 2009



    “Fanny y Alexander” es, al menos por cuatro razones, una obra maestra.
    En primer lugar está la dirección del propio Ingmar Bergman. En ella recoge toda la sabiduría acumulada a lo largo de toda una vida dedicada al cine y al teatro. Aquí nos cuenta además una historia salpicada de elementos autobiográficos, con la que se siente extraordinariamente comprometido y que es también, tal vez, un resumen de sus obsesiones personales. Obsesiones que han llenado horas y horas de extraordinario cine, desde “Crisis” (1942), a “De la vida de las marionetas” (1980), pasando por “La sed” (1949), “Fresas salvajes” (1957), “El manantial de la doncella” (1960), “Gritos y susurros” (1972), y tantas otras obras maestras.
    Bergman dirige admirablemente a los actores, selecciona con precisión de orfebre los tiempos, los encuadres, todos los elementos de una puesta en escena brillante y teatral, en el mejor sentido de la palabra, para describirnos el contexto de una familia sueca y el interior sicológico de los personajes complejos que la integran.
    La segunda razón es el propio guión. La película dedica un tiempo necesario a presentarnos con precisión a esos personajes. Parece que apenas hay acción propiamente dicha, hasta que, en un segundo momento, la muerte de uno de ellos y la aparición de uno nuevo, representación de la intolerancia y el fanatismo religioso, hace que se desencadenan una serie de acontecimientos que consiguen que la tensión, la emoción y el interés argumental vayan en aumento. Una vez logrado este propósito, la película de una tercera vuelta de tuerca, y nos introduce abiertamente en un mundo con unos contornos menos definidos que el de la realidad. Ahí ya son posibles las cohabitaciones entre la realidad y los sueños, los vivos y los muertos, el presente y el pasado, los recuerdos y el futuro. Es aquí donde se expresa con nítida claridad la admiración de Bergman por la obra del dramaturgo sueco Strindberg, de quien recoge al final de la película un fragmento de su obra “El sueño”.
    La tercera razón es el trabajo extraordinario de Sven Nykvist, habitual colaborador de Bergman, creando la fotografía de la película y manejando la cámara con una sutileza y una maestría fuera de lo común. Precisamente por su trabajo mereció uno de los cuatro Oscar que ganó la película en 1983.
    Encontramos la cuarta razón en la magnífica labor de unos actores excelentes con muchos de los cuales el director sueco había trabajado con anterioridad. Se nota esa relación: conocen las claves del genio, hacen exactamente lo que éste les pide. Sería difícil destacar a algunos porque el conjunto interpretativo está empastado, es coherente y armónico, pero, sin duda, esta película es lo que es también por la participación de unos niños con un talento natural fuera de lo corriente: Ewa Froeling, interpretando a Fanny, y Gunn Walgren, encarnando a Alexander, el niño que nos presta sus ojos para adentrarnos en ese extraordinario universo cinematográfico.

    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:





    Secretos de un matrimonio (1973)


    13 Abril 2009

    Talento, sutileza, oficio

    Es una obra de arte, llena de matices y de inteligencia. Pasan los minutos y no hay nada desperdiciable: todo tiene  sentido, todo tiene un porqué. Hay momentos memorables, en donde Liv Ullmann  y Erland Josephson viven la plenitud de sus tragedias interiores. Y otros en donde las aguas se remansan. Tanto en unos como en otros la intensidad cinematográfica es máxima.

    Hay un aroma de Strindberg en toda la película. El autor teatral, uno de los más venerados por el propio Bergman en su carrera como director escénico, describe como nadie en los escenarios los desencuentros de las parejas. Crea una especie de crónica de las dificultades de poder llegar a un acuerdo entre los sexos, de la imposibilidad real de logarlos sin que sean auténticas claudicaciones en donde uno de los dos domina. Con un espíritu más progresista y menos misógino que el del maestro, Bergman bucea en los abismos ocultos en los territorios llanos, y los terremotos que de vez en cuando nos avisan de su existencia. Parece decirnos que, aunque difícil, es posible conseguir el objetivo. Al fin y al cabo vivir en pareja es una de las formas de no morir de momento.

    No hay nada maniqueo ni complaciente. No hay reconciliaciones ejemplares. Hay fracaso, fracaso puro y duro, completo y sin paliativos, pero a veces son preferibles ciertos fracasos dignos que algunas victorias inmorales. Stendhal escribía sobre “la prostitución legal de matrimonio”, y el director sueco nos informa de las tarifas.

    El peso, como intentaba decir, lo llevan los actores, como casi siempre. Para que realicen su trabajo, Bergman teje una tela de araña de perfección. Y ellos responden al reto haciendo un derroche de capacidad y talento a la altura de los mejores duelos interpretativos de la historia del cine.

    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:

    El manantial de la doncella (1960)


    13 Abril 2009



    Hermosa película, llena de una fuerza interior que se basa en la pureza de la historia en sí, extraída de una leyenda popular, y en el impecable y brioso trabajo de los actores, habituales colaboradores y conocedores del universo interior de Ingmar Bergman. Todo adquiere en ella un nivel máximo de excelencia y de conocimiento del oficio que sería abrumador si no fuera por una decidida apuesta por la sencillez.Aparecen en ella los temas recurrentes del director sueco: la muerte, la venganza, el sentimiento de culpa. Bergman rastrea por las profundidades de los sentimientos humanos y de sus propias contradicciones. Nos presenta personajes que se retuercen interiormente por el dolor y que, sin embargo, matizan sus sentimientos de venganza con las profundas convicciones que mueven sus propias vidas. De esta lucha de contrarios surge una chispa misteriosa y potente. Del mismo modo, también nos presenta los comportamientos amorales, enfrentados con la propia naturaleza. Con la maldad como forma de relación, con la herencia misma de esa maldad.
    Cine reflexivo, que elige un ritmo deliberadamente lento y se apoya en un tratamiento preciosista de la fotografía, de los encuadres y del resultado profundamente bello y, en ocasiones, pictórico.
    El rimo es lento, pero la acción interior es trepidante. Aunque pueda parecer lo contrario, todo ocurre muy rápido, impelidos los personajes a tomar determinaciones inmediatas, tanto para bien como para mal. A través de unas imágenes parsimoniosas, llenas de intensidad y de poesía visual, se nos cuenta una terrible historia que pone en entredicho los límites del propio ser humano. Es evidente que la sabiduría teatral de Bergman y de sus actores consigue un resultado extraordinario.

    No hay nada dejado al azar, y, sin embargo todo es sencillo, incluso rudimentario. La película deja el regusto de cuento triste con ribetes de gran tragedia.



    Argumento:
    Una muchacha es asesinada en el camino por los mismos que poco después dormirán en casa de sus padres. Cuando éstos descubren que los huéspedes son los asesinos de su hija, se toman la venganza por su mano, provocando en su interior un caudal de sentimientos encontrados y de remordimientos.

    Si quieres ver imágenes, pincha aquí:


    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

    • Blogger Comments
    • Facebook Comments

    0 comentarios:

    Publicar un comentario en la entrada

    Item Reviewed: Notas sobre peliculas del genial Ingmar Bergman Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
    Ir Arriba