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    domingo, 27 de enero de 2013

    LOS DESCONOCIDOS DEL POP Y EL ROCK DEL 2012


    LOS DESCONOCIDOS DEL POP Y EL ROCK DEL 2012

    Los (otros) diez mejores discos del año

    Como el asesino que siempre regresa al lugar del crimen, con cada cambio de año llega el turno de toda clase de podios dentro del mundo del rock y el pop. Con la selección de largas y variadas listas de discos se intenta resumir y rescatar lo mejor de los doce meses que pasaron, entre los que se suelen ver nombres conocidos y –por suerte– también otros que no lo son tanto. Una vez más Radar rastrilla los elegidos de los medios más representativos del mundo musical internacional para repasar coincidencias, compartir curiosidades y rescatar esos tesoros ocultos detrás de los más destacados.







     Por Martín Pérez

    Ondatrópica

    Ondatrópica
    A la manera del Buena Vista Social Club cubano, Ondatrópica reúne a un auténtico seleccionado de varias generaciones de intérpretes de los ritmos más clásicos de la música colombiana para crear una obra que sirva para recuperar su historia. Concebido por el músico bogotano Mario Galeano junto al productor británico Will Holland (Quantic), fue un proyecto desarrollado por el British Council para presentar un espectáculo a mediados del año pasado en Londres. Grabado en Medellín, su resultado terminó excediendo los objetivos, y el disco resultante terminó ganándose un lugar entre los mejores del año en el rubro músicas del mundo, tanto en Francia como Gran Bretaña, gracias a su ritmo irresistible y también a canciones inmortales como “Dos lucecitas”.

    Father John Misty

    Fear Fun
    Una década lamiendo sus heridas y pretendiendo buscar la verdad bajo la forma de canciones es lo que necesitó J. Tillman antes de poder encontrar una nueva voz –profunda, además, en muchos sentidos– bajo el nombre de Father John Misty. Algo que logró, ha contado más de una vez, subiéndose a una camioneta en Seattle con una cantidad de hongos suficiente para voltear a un caballo, y manejando sin rumbo, buscando un lugar donde escribir una novela. “Corrí por la ruta, con mis pantalones a la altura de la rodilla, gritando”, canta Tillman en “I’m Writing a Novel”, uno de los admirables temas del disco por el que abandonó su puesto de baterista de Fleet Foxes, cambió la lluvia por el sol de Laurel Canyon y de la mano de Jonathan Wilson descubrió un mundo nuevo.

    Julia Holter

    Ekstasis
    Hay algo mágico y etéreo en la obra de esta cantante, compositora y multiinstrumentista de Los Angeles, que con su segundo trabajo se ha ganado comparaciones con Laurie Anderson, Kate Bush o Stereolab, colándose en las listas de los mejores del año pese al carácter experimental de su música. Hija de un músico que llegó a tocar con Pete Seeger y una eminente historiadora, Holter se graduó en composición en CalArts, y parece poner en funcionamiento todos sus conocimientos académicos para perseguir la canción, pero sin preocuparse por alcanzarla. El resultado es hipnótico y lleno de texturas, y recuerda también a referentes confesos como Joni Mitchell o Robert Wyatt, artistas que no les temen a los rodeos ni piensan que todo es estribillo.

    Silvia Pérez Cruz

    11 de Noviembre
    Aprendiza de la canción siguiendo a un padre intérprete de habaneras de bar en bar, la voz etérea de Silvia Pérez Cruz ha cruzado fronteras en Europa y despertado suspiros del público entendido con su deslumbrante primer disco como solista, producido por Raúl Fernández (Refree), que también estuvo a cargo de su único trabajo junto al cuarteto femenino Las Migas. Catálogo virtual de todos los estilos e idiomas posibles del folk mediterráneo, 11 de Noviembre remite a la fecha del nacimiento de su progenitor, que inició a esta nacida en Girona en un mundo que desde hace tiempo maneja con una pasmosa naturalidad, cantando en castellano, gallego, portugués o catalán, tanto un fado minimalista como cualquier delicioso derivado del flamenco.

    Spoek Mathambo

    Father Creeper
    Cuando Mathambo asegura que lo suyo es post hip-hop, seguramente se refiere al hecho de que su música contiene multitudes, las de un tercer mundo decidido a canibalizar la música del primero, sin olvidar la propia. Nacido en las batallas callejeras del Soweto que la política sudafricana supo conseguir, un cuarto de siglo más tarde su frenético eclecticismo niega cualquier apartheid musical. Si para su debut se atrevió con una versión house de Joy Division, en este consagratorio segundo álbum se permite mezclar batería tradicional con la electrónica, entremezclar coros deudores del soul con sus versos rítmicos, y dejar escuchar aquí y allá los punteos de una guitarra que remite a otras tradiciones de la música sudafricana.

    Lescop

    Lescop
    Con su álbum debut como Lescop, el francés Mathieu Peudopin revive el blanco y negro de la mejor new wave de los ’80, con un pie –aseguran sus evangelistas– en el París del primer Etienne Daho y el otro en el Manchester de Joy Division. El resultado es un trabajo que invita al baile y al mismo tiempo hipnotiza, editado por un sello con un nombre más que apropiado: Pop Noire. Es el refugio de Johnny Hostile y Jehnny Beth –más conocidos como John y Jehn– sus cómplices en el proyecto con el que el treintañero Peudopin se reinventó después de una década con el grupo Asyl. Primero con un EP editado en el 2011, y en octubre del año pasado con este Lescop, al que se recomienda asomarse empezando por el irresistible “La nuit américaine”.

    Actress

    R. I. P.
    Como la música que un DJ comienza a hacer escuchar cuando la pista se ha vaciado y está empezando a clarear. Así es como muchos han elegido describir el paulatino desarrollo del elaborado tercer disco del londinense Darren Cunningham, un ex jugador de fútbol del West Brom que a causa de una lesión terminó convirtiéndose en una nueva estrella en la ruta pavimentada antes por artistas como Aphex Twin, Burial o Joy Orbison. Album doble en vinilo, con cuatro caras muy distintas y complementarias, cuando Cunningham explica R.I.P. menciona obras como La música de las esferas o El paraíso perdido, de Milton. Una fascinante crónica de ritmos crepusculares narrando un intrincado ascenso después de la caída hasta resucitar en la pista de baile.

    Japandroids

    Celebration Rock
    La gran sorpresa rocker del año, al segundo disco de este dúo canadiense le alcanza con ocho canciones en poco más de media hora para detonar cualquier noche. “Si te dicen que bajes un cambio/ deciles a todos que se vayan al infierno”, cantan en “The House That Heaven Built”, un himno alcohólico –¡con oh-ohs y todo!– que podrían haber firmado tanto The Hold Steady como los Replacements, amén. Oriundos de Vancouver, el guitarrista Brian King y el baterista David Prouse logran por su cuenta un sonido que es la envidia de cualquier banda numerosa, con el que logran invocar el espíritu del mejor rock de bar dispuesto a plantarle la cara al mundo, encogiéndose de hombros y dedicándole su mejor golpe al mismo tiempo.

    Thee Oh Sees

    Putrifiers II
    Alguna vez, hace unos quince años, Thee Oh Sees fue simplemente la excusa para que el guitarrista John Dwyer encarnase su lado más experimental. Pero con el correr del tiempo ha ido evolucionando hasta convertirse, primero en su grupo titular y, con la edición de este séptimo opus, en la banda más interesante del fascinante rock de garage de San Francisco. Con una promiscua fertilidad, los grupos de la escena editan simples, EP y discos sin parar, y por eso es que este único disco del 2012 de Dwyer alcanza a resumir con madurez las amplias intenciones de su psicodelia–noise de garage, permitiéndose acercarse al heavy en el tema que bautiza el álbum, pero también sonar deliciosamente mercuriales y sesentistas en la atesorable “Goodbye Baby”.

    Jake Bugg

    Jake Bugg
    Aun no tiene veinte años, y ya desplazó a los Mumford & Sons del número 1 en Gran Bretaña a caballo del hit “Two Fingers”. Nuevo fenómeno de la música británica con un admirable álbum debut homónimo, es imposible no ceder a la tentación de compararlo con otros talentos que conocieron el éxito de jóvenes, como Roddy Frame o Alex Turner. Bugg ha confesado no haber tenido ningún interés en la música hasta que, a la tierna edad de 12 años, quedó hipnotizado al escuchar “Vincent”, de Don McLean, en el episodio de Los Simpson en que Lisa se interesa por la astronomía. Un tío le enseñó a tocar la guitarra, y a partir de ahí –explicó con admirable ingenuidad– todo fue imitar a Los Beatles para las notas altas y a Johnny Cash para las más bajas.

    Para esta selección fueron tomadas en cuenta las listas de los diarios The New York Times, The Guardian y Libération, las revistas Mojo, Q, Uncut, Rolling Stone, Inrockuptibles, NME, Magnet, Paste, Spin y The Wire, y los sites especializados Pitchfork, Efe Eme y Metacritic, entre otros.
    http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-8549-2013-01-27.html

    Silvia Pérez Cruz, la cantante que recuperó el alma de la música

    Su primer disco en solitario, 11 de noviembre, ha logrado que por ella suspiren al unísono crítica y público exquisito. Su saeta de la película Blancanieves la ha puesto en el mapa.

    Silvia Pérez Cruz
    Silvia Pérez Cruz lleva vestido de Max Mara.
    Foto: Pablo Zamora

    Con Padam Padam de Édith Piaf de fondo surge una dulce Silvia Pérez Cruz desde la sombra para apropiarse, inocentemente, de la luz y las miradas. Al principio habla casi pidiendo permiso y juega como una niña con los vestidos preparados para la sesión de fotos. Pronto se concentra y se mete en el papel. «Es que la fotografía tiene que tener profundidad, no de campo, sino de alma», dice mientras se pone seria y para eso borra una sonrisa que en realidad acompaña siempre su rostro. Por un momento parece que el espíritu de Piaf se ha colado dentro de esta natural belleza hipnótica, mezcla de una modelo de Maruja Mallo y una Frida Kahlo nacida en el Empordà en 1983.

    ¿Cuándo comenzó a cantar? 

    En mi familia la música era nuestra manera de comunicarnos en el día a día y me apuntaron a clases a los tres años. Además, en mi pueblo hay una playa que se llama Calella de Palafrugell donde son muy típicas las tabernas de habaneras. Mi padre, que era guitarrista y cantante, siempre iba por esos bares y yo cantaba tres canciones con él. Entonces me di cuenta de que podía transmitir muchas verdades con mi voz y que a las personas les llegaban porque se emocionaban al escucharme. ¡Y no tenía ni 10 años!

    ¿Qué temas cantaba? 

    20 años y habaneras anónimas interpretadas por mujeres, algo muy raro porque la habanera es casi 100% masculina. Recuerdo que mi padre me enseñó Alfonsina y el marcon ocho años y aluciné. Le pedí la letra con los acordes y me la aprendí. Siempre fui un poco trágica y mayor para mi edad. El humor en la música lo descubrí a los 19 años; hasta entonces siempre la ligaba al drama.

    ¿Cuándo fue consciente de que tenía un estilo único?

    Hace cuatro años. Siempre he buscado cosas que me gustaban para combinarlas. Desde la ropa hasta la música. Sabía que no era especialista en ningún tipo de música. Buscaba mi propio discurso, pero pasa mucho tiempo hasta que se encuentra. He probado con el jazz, el flamenco, el pop y muchas cosas más, y ahora tengo la sensación de que he vuelto a cantar como cuando era pequeña. He ido formando mi discurso para quedarme con la base de siempre, pero con los recursos que he adquirido de cada estilo. No domino ninguno en concreto, pero sí sus lenguajes. Si hubiera querido ser cantaora de flamenco, no habría tenido ningún futuro, pero encontré mi lugar porque lo cantaba a mi manera.
    Silvia Pérez Cruz
    Vestido de Dolce & Gabbana.
    Foto: Pablo Zamora
    En sus conciertos es habitual que el público acabe llorando. ¿No le asusta tener ese poder? 

    No me doy cuenta hasta que no llegan con lágrimas al camerino. Es extraño porque entro en la intimidad más profunda de personas que no conozco de nada. Me pueden llegar a contar cosas muy personales. Esto me da mucho respeto porque soy consciente de que remuevo sentimientos que normalmente no se muestran y de que entro en sitios a los que nadie me da permiso. Y con esto no se juega. A la vez me gusta porque es algo que no hago a propósito. No sé cómo funciona. Me sorprende y me emociona, y evita que se me suba nada a la cabeza. No ocurre siempre, pero cuando surge es de una inmensidad sin límites en la que el cuerpo desaparece. Cuando canto, conecto con mi alma eterna, con mi parte más atemporal. Y eso hace que el público se vaya abriendo.

    Y después de tanta intensidad, ¿qué hace? 

    Juego al futbolín [ríe]. Es algo tan físico y tan divertido que es lo mejor para descargar. Cuando llegamos a un nuevo lugar a tocar, lo primero que hacemos es buscar uno.

    Ha compuesto temas en varios idiomas. ¿Qué le pide hacerlo en uno u otro? 

    Fundamentalmente, me tengo que sentir cómoda. Puedo hacerlo en español, catalán, portugués y francés. Pero un idioma puede cambiar completamente una canción; hacerla más cursi o dotarla de fuerza. Yo he crecido hablando catalán y español, pero el catalán me costó cantarlo porque no tenía referentes que me gustaran. Al hacerlo en brasileño aprendí a encontrarle otra melodía al catalán.

    ¿Y en qué idioma es más usted misma? 

    En catalán. Yo no digo «te quiero», digo «t’estimo». Es la parte que tiene más que ver con mi infancia. El discurso musical es igual que tu manera de ser: trocitos de personas.
    ¿Es cierto que tiene un público muy distinto en Cataluña que en el resto de España? 

    Sí, porque en Cataluña llevan más tiempo siguiendo mi carrera y conocen mis interpretaciones de habaneras, flamenco, jazz o pop. Los he despistado mucho y entienden que 11 de novembre es un resumen de todo lo anterior. Para el resto de España y para Francia tengo un punto más indie porque solo conocen este último trabajo y el público es más joven. Pasé de llenar el Palau de la Música de Barcelona una noche a probar suerte al día siguiente en el Café Central de Madrid, donde no me conocía nadie. Pensé: «Esto es la verdad, a ver si viene alguien».

    Y acabó colgando el cartel de entradas agotadas en el Circo Price de Madrid este año. ¿No le da miedo que el éxito la cambie? 

    Me preocupa más la repercusión que pueda tener en quienes me rodean. En el Price pensé: «¡Qué bien! Aquí estoy con los valores que he defendido siempre. Me hace ilusión que haya tanta gente, porque así más personas verán estos valores». Es un milagro lo que estamos viviendo ahora, producto de muchísimo trabajo, constancia y suerte.

    ¿Se ha sentido presionada alguna vez? 

    Nunca. Ahora he entrado en una discográfica más grande, Universal, y han sabido ver mi perfil desde el principio: el de una artista de largo recorrido. Si alguien me corta las alas, no sirvo para nada. Y como lo importante es el contenido, me moriría de pena si hiciera una carrera distinta.
    Silvia Pérez Cruz
    Silvia lleva vestido largo con falda plisada de Hoss Intropia.
    Foto: Pablo Zamora
    Ahora que lo que quieren todos los artistas es llegar rápido, va usted y habla de un planteamiento a largo plazo. 

    Para mí es una necesidad. No tiene que haber techo. No es un «ya he llegado donde quería llegar», sino un «he llegado en el estado en el que quería llegar». Siempre procuro ser muy honesta conmigo misma.

    ¿Cree usted que existe un nexo común entre las cantantes mediterráneas? 


    Yo soy una chica de mar y esto forma parte de mi música. Necesito sentarme frente a él y dialogar con el horizonte. Pero me siento más en sintonía con una cantante gallega, una andaluza, una mallorquina o una portuguesa. Mi manera pura de cantar tiene mucho que ver con los cantes populares de la península.

    En muchos de los vídeos de sus actuaciones, que se pueden ver en Youtube, juega a menudo con su pelo. Se lo recoge, se lo suelta. ¿Le pide el tema que interpreta llevarlo de un modo u otro? 


    Si hay canciones en las que quiero ser muy directa, necesito tener la cara despejada. Es una parte de mí que me voy atando y desatando según el momento. Si tengo que tocar la guitarra, me lo recojo. Es casi un tic.
    A la hora de subir a escena, ¿cómo se plantea el vestuario?

    Tengo que sentirme cómoda y guapa, porque no se canta solo con la boca. He de estar muy segura con lo que llevo puesto para olvidarme de mi cuerpo y poder moverme con tranquilidad. Cuando estoy incómoda no canto igual. Me gusta llevar el escote desnudo porque las emociones se transmiten por el corazón. Si voy muy tapada, siento como si me estuvieran poniendo barreras para expresarme.

    Pero siempre lleva vestidos largos.

    Es que me dan mucha serenidad. Me los compra mi madre, que me tiene pillado el rollo completamente. Tengo ganas de descubrir cosas nuevas para vestir. Pero en la moda voy entrando poco a poco porque estaba muy preocupada por la música. Gracias a una sesión de fotos como esta descubro Silvias distintas dentro de cada vestido. Cada uno me ha dado un estado de ánimo.

    Tiene una hija pequeña. ¿Qué le canta para que se duerma? 


    Al principio, si le cantaba canciones infantiles, no le gustaba, tenía que cantarle de verdad. Durante el embarazo di muchos conciertos. Me dolía tanto la espalda que me tenía que tumbar en el suelo del camerino en los solos de piano. Grabé el disco a los ocho meses y medio de embarazo. Cuando nació, descubrí que los temas que yo tenía en el repertorio la tranquilizaban porque había estado dentro de mí en todos esos conciertos. Así que le cantaba Pena, penita, pena y dejaba de llorar.

    Confiese un pecado musical. 

    Me gusta la lambada [ríe]. Puedo convertirla en balada y hacer algo precioso. Y hay un tema discotequero, Stereo Love, que sé que acabaré versionando [ríe]. Me emociona el momento en el que incluyen una melodía tradicional. Cada vez me cuesta más decidir lo que me gusta y lo que no. Estoy en una etapa en la que los extremos se tocan. A veces escucho algo y pienso: «Es una mierda, me encanta».
    Silvia Pérez Cruz
    Silvia, sobre una silla Emmanuelle de L. A. Studio, lleva un vestido nude asimétrico de Cortana. Rosellas disecadas de Pepe Leal y escultura de porcelana de Vista Alegre.
    Foto: Pablo Zamora
    Elvira Lindo, Maribel Verdú, Carmen Linares y Martirio hablan de Silvia.
    Elvira Lindo
    Me gusta Silvia Pérez Cruz. Me gusta mucho. Había escuchado distraídamente alguna cosa suya por esos cibernéticos muros de Dios en los que se cazan tesoros que cuelgan los amigos y me había chocado su peculiar manera de hacer suya toda canción que interpreta. Un buen día decidí dedicarle el tiempo y la atención que se merecía y escuché un  disco entero, como se hacía antes, del primer minuto al último. Se trataba del cd “En la imaginación”, que grabó con el contrabajista Javier Colina. Lo disfruté mientras preparaba la comida, una tarea que te permite atender otra sin que se vean afectados ni la calidad del plato ni la compresión de la música.
    A partir de ahí, la busqué en youTube. La he visto cantar “20 años” con Cástor Pérez, “Paraules d ´amor” acompañada por Toti Soler o “Las Habaneras de Cádiz” de Carlos Cano. Da la impresión de que Silvia puede con todo. Cualquier canción en su boca adquiere una cualidad distinta. Su voz fusiona estilos y géneros y a través de ella nos llegan ecos del flamenco, el jazz o la música latinoamericana. Pero si hay algo que define por encima de todas las cosas a Silvia es su dulzura, la dulzura en estado puro que aprecia en cada rizo de la voz. Su manera de interpretar es tan física que cuando canta todo su cuerpo muestra un pequeño temblor, un temblorcillo que te anima a admirarla y también a protegerla, por ser su presencia tan delicada como la de un pájaro.

    Martirio
    Como una virgen en un bosque espeso. Esa imagen poética estremecedoramente bella, de Herrera Reisig, define lo que siento cuando veo a Silvia en un escenario. Una vestal con la naturalidad del viento mediterráneo, acostumbrado a acariciar dioses. Porque es sacerdotísamente virgen, pero fieramente humana, como el ángel de Blas Otero, con defensas de amazona superviviente y corajuda para alumbrar en su vida su vocación y enamorarnos con su sutileza y su pasión  no derrochada. ¡Qué buen gusto para elegir canciones, para crearlas y para versionarlas! ¡Qué sentío para rodearse de músicos excelentes! Se aúnan en su obra una misión principal por la música, una frescura sabia de los cantes de esencias ibéricas y latinas, un melisma dulce y vértiginoso del que nace una sensualidad de alcoba.
    Hace años que la conozco, la admiro y la voy siguiendo, desde su disco con el excelente grupo femenino: Las migas, “Reinas del matute” luego ese soberbio homenaje cubano con Javier Colina, “En la imaginación” y el hallazgo de su último disco propio “11 de Novembre”, además de colaboraciones imprescindibles con los más grandes músicos de jazz del país, entre las que me mata el dúo con Toti Soler. Este es un momento espléndido para ella y su carrera, para que la gente la descubra y la disfrute, gloria para los sentidos. Cada trabajo es una joya cuidada y mimada al pairo de las modas, con intención, corazón, emoción y conocimiento. Y para nosotros oírla, una de las oportunidades únicas que nos ofrece el Arte, de bañarnos de luz en este bosque espeso que se ha convertido en nuestra sombra.

    Maribel Verdú
    Tuve la suerte de compartir este año escenario con ella en el teatro romano de Mérida unos cuantos días y juro que nunca vi ahí arriba tanto arte, tanta verdad. Te da, sabe recibir, sonríe, mira, te hace cómplice y te enamora, y todo como lo hacen los grandes, sin que parezca que le cuesta. Desde la naturalidad y espontaneidad en la que tanto creo y que ella derrocha porque la tiene de verdad. Y con su voz, sus delicados movimientos y su pelo te convierte en su amiga y te hace volar con su cariño y su humor.
 Adoro a Silvia Pérez cruz. Que conste aquí.

    Carmen Linares
    Silvia Pérez Cruz canta desde el alma, como decimos los flamencos "canta por derecho". En su concierto de Madrid disfruté muchísimo con su música y pude apreciar el talento que atesora su voz. Estoy segura que escucharemos hablar de su arte en el futuro. Suerte Silvia.
    http://smoda.elpais.com/articulos/silvia-perez-cruz-la-cantante-que-recupero-el-alma-de-la-musica/2864


    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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