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    sábado, 12 de enero de 2013

    El precio de la codicia


    Carlos Bonfil
    Tu pérdida es mi ganancia. Esta frase, posible lema del neoliberalismo salvaje que hoy impone sus reglas a escala mundial, la pronuncia John Tuld (Jeremy Irons), alto ejecutivo de un banco de inversiones neoyorquino, al señalar que ante la inocultable quiebra de la empresa y el inminente fraude masivo a sus clientes, lo que importa es arrebatar lo que se pueda, sin escrúpulos ni dilaciones, dejando el navío a la deriva en espera de mejores condiciones.
     
    El precio de la codicia (Margin call), primer largometraje de J.C. Chandor, documentalista interesado en recrear en la pantalla el drama que vivió de cerca durante la crisis de mercados de 2008, con su padre como veterano empleado en Merril Lynch, prestigiada empresa de inversiones financieras.
     
    El guión de la cinta, autoría del propio Chandlor, tiene una precisión de relojería y poco parece envidiar a las maquinaciones cerebrales de David Mamet en su obra teatral Glengarry Glen Rose (en cine, Éxito a cualquier precio, James Foley, 1992), y su ácida radiografía del poder económico y sus efectos corruptores.
     
    Lo que el joven director propone es un thriller financiero entre cuatro paredes en lo alto de un rascacielos de Manhattan. Su primera secuencia, brutal, exhibe un drástico recorte de personal que deja en la empresa a una elite de analistas de riesgos, más jóvenes y dinámicos, y potencialmente inescrupulosos, que habrán de incrementar los beneficios de la empresa.

    Entre los despedidos figura el veterano Eric Dale (Stanley Tucci), quien al salir deja a un colega joven un informe reservado sobre la catástrofe financiera que se avecina en los mercados y que coloca a la empresa en una situación de insolvencia y quiebra inevitable. Lo que sigue es una reunión de urgencia, en plena madrugada, de altos ejecutivos y empleados de confianza, para diseñar una precipitada estrategia de control de daños.

    La trama a puerta cerrada es fascinante si el espectador tiene la paciencia de involucrarse en los pormenores de la crisis financiera que hunde aceleradamente a la empresa, pormenores que, por lo demás, los propios protagonistas confiesan entender a medias en sus tecnicismos económicos.

    Esto último importa poco. Lo que Chandor observa y señala de modo incisivo es la actitud moral de los personajes involucrados. Hay el cínico desenfado del ejecutivo mayor John Tuld, quien luego de aterrizar en helicóptero privado, pide a un brillante joven tecnócrata el resumen de la catástrofe inminente (En lenguaje claro y muy directo, como si fuera un niño o un perro. Después de todo, no es la inteligencia lo que me hizo llegar hasta donde estoy), y también los escrúpulos del ejecutivo Sam Rogers (formidable Kevin Spacey), consciente de que salvar el empleo es hundirse en el descrédito moral avalando el fraude masivo a clientes incautos, y creyendo que luego de una estafa semejante el sistema financiero perderá margen de maniobra, cuando en realidad sucede todo lo contrario.

    El neoliberalismo aplanadora de John Tuld no sólo sobrevive a la crisis, sino que precisa de ella para retroalimentarse periódicamente. En pocas películas se habla de modo tan obsesivo de la acumulación de salarios estratosféricos y del frenesí de gastar dinero y dilapidar bienes propios y ajenos. Un ejecutivo joven presume ingresos anuales por un cuarto de millón de dólares; su jefe inmediato eleva 10 veces más dicho monto, mientras el ejecutivo en la cúspide coloca la cifra en una cantidad ya inverosímil.

    Ellos son la élite de triunfadores sólo momentáneamente en crisis: el uno por ciento privilegiado del que hablan el movimiento Ocupa Wall Street y el premio Nobel Joseph Stieglitz (El precio de la desigualdad, Ed. Taurus, Madrid, 2012), al señalar la suerte de 99 por ciento de una población desfavorecida.

    La lógica de los ejecutivos reunidos en lo alto del rascacielos, y que consideran con desdén un tanto compasivo al resto de los humanos (No saben ni siquiera lo que se avecina), es sortear con daños controlados la crisis que por un tiempo derrumbará a los mercados, vulnerando al grueso de la población, y regresar después, con ánimos reactivados, a mantener vigente el dogma neoliberal.

    Esta lógica y sus efectos devastadores los ilustra de modo elocuente el documental Dinero sucio (Inside job, Charles Ferguson, 2010), complemento ideal de la cinta de Chandor. Algo notable en El precio de la codicia es su sobriedad narrativa, de fuerte inspiración teatral, con sus atmósferas de encierro y el suspenso que genera una trama en apariencia árida y fría.

    El estudio de los personajes es también sobresaliente, muy alejado de las tintas cargadas de un Oliver Stone en El poder y la avaricia/Wall Street, 1987. Baste señalar el desamparo moral de Kevin Spacey frente a su mascota agonizante como última señal de una sensibilidad lastrada, para calibrar la fineza y el vigor dramático de lo que hoy propone el joven realizador estadunidense.

    carlos.bonfil@gmail.com

    El precio de la codicia CAPITALISTAS CON VENTAJA, por Héctor Concari



    Las crisis financieras de los últimos años han dado unos cuantos títulos interesantes. El documental llegó al Oscar con Inside Job, y antes habíamos visto Los tipos más listos en la sala sobre la contabilidad creativa que posibilitó el escándalo Enron, y Cliente 9 sobre la caída del fiscal Elliott Spitzer que había comenzado a husmear en torno a Wall Street. Pero también el horror de Sam Raimi en Arrástrame al infierno estaba anclado en la crisis hipotecaria y Demasiado grande para caer, era una crónica de corte histórico sobre el megasalvataje del 2008. Lo que faltaba era lo que nos llega con El precio de la codicia(Margin call), un drama intimista que muestra el lado subterráneo de la trama, que convive con los villanos y se cuela por los entresijos no solo de la élite más encumbrada del poder financiero, sino de los burócratas que ejecutan las órdenes.
    Todo comienza con el despido, sobrecogedor por el tono civilizado, del analista de riesgo de una casa de bolsa, con lo cual sus colegas comenzarán a especular sobre el futuro y comprobar que la debacle financiera que todos temen, ha llegado finalmente. Porque la investigación del botado concluía que, en buen romance (la explicación técnica está magníficamente dialogada en la mesa de juntas), la compañía va a la quiebra en pocas horas. Y los directivos deciden, en un movimiento desesperado, deshacerse de los activos tóxicos en una superventa, tan atractiva como rápida, que disemine la enfermedad por todo el sistema financiero, contamine a los clientes fieles de una casa con 107 años de historia y arruine la reputación de sus ejecutivos y vendedores. Todo debe ser hecho, a plena luz del día y a una velocidad fulminante, que anteceda por minutos los rumores que echen a perder la movida.
    Un problema financiero, sin duda, pero un dilema ético para los encargados de implementar el fraude. Por supuesto que la palabrita es tramposa ya que, como lo explican los ejecutivos. ¡No es un fraude! Y técnicamente no lo es. Se trata de la venta, perfectamente legal de unos activos de los cuales la firma, en reunión de junta directiva, ha decidido deshacerse y que otros, haciendo uso de su libertad financiera, comprarán. Y esta es la fascinación última deMargin Call, la carnada que hace que uno la vea como el más sobresaltado de los thrillers,aunque en realidad transcurra entre diálogos, casi exclusivamente intramuros, o en exteriores gélidos bañados por la oscuridad de la noche neoyorquina. Es un relato de poder, y de un poder sin más barreras que las propias decisiones (la propia vergüenza, pues) de los ejecutores. Porque estamos hablando de un sistema que tiene en sí mismo su propio equilibrio, en el cual, de tanto en tanto (el Chairman of the Board los enumera, año por año, con seguridad escalofriante) se producen correcciones del mercado). Pero mejor que este relato sobre las dinámicas perversas del poder (ahí se acumulan egos, tácticas de sálvese quien pueda, reflejos autodefensivos, autoprotección profesional, y hasta un resquicio de remordimiento) es la admisión de cómo es posible esta historia: es el dominio de la información, estúpido se podría decir parafraseando al estratega político de Clinton. Los elegidos que agonizan sobre como deshacerse de billones de dólares que existen en los libros mas no en la realidad, manejan los hilos últimos del poder. Desde el piso más alto de un rascacielo pueden mirar el mundo de los demás mortales y presumir de lo que ellos saben y los demás ignoran. Son casi dioses, y es esta arrogancia, infinitamente superior a la de tener dinero, la que les da su status.
    Porque su dominio está dado por el hecho abominable de saber que, apenas por unas horas, (las excruciantes cuarenta horas que dura el drama) ellos poseen una ventaja sobre sus clientes, ventaja que se evapora según pasan los minutos. Se sabe, el poder, es efímero especialmente en los últimos tramos de su ejercicio. Y por supuesto, lo que los ejecutivos del banco de inversión saben muy bien es que su poder se alza sobre un espejismo, y que deben deshacerse de ese espejismo mientras todos los demás sigan creyendo verlo. Hay un monólogo de antología, incomprensible fuera del contexto de la película. La secuencia en la que el analista de riesgo, recuerda su pasado como ingeniero y cuantifica el beneficio en horas de calidad de vida, que un puente por él construido trajo a dos comunidades. Toda la indignación de la película cabe en la lucidez de ese momento, que contrasta, un beneficio tangible con maromas financieras sin un valor real que las sostenga. Y con cifras tan puras como las de cualquier estado de ganancias y pérdidas. Una película imperdible (de un pesimismo tan radical que el único momento de calidez humana es el dolor por la muerte de un perro) que logra saltar por encima de los tecnicismos (el título es uno mismo, que alude al respaldo colateral) para, a través del drama humano hurgar en los recovecos oscuros de los pasillos del poder. Humano, muy humano. A pesar de todo esos tipos son humanos, como nos hace saber la última escena, la del perro.
    MARGIN CALL.USA.2011. Director JC Chandor. Con Kevin Spacey, Jeremy Irons, Demi Moore.
    http://ideasdebabel.wordpress.com/2012/11/13/el-precio-de-la-codicia-capitalistas-con-ventaja-por-hector-concari/

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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