Toda la memoria del mundo


Tout la mémoire du monde, de Alain Resnais (1956). La Biblioteca Nacional de París como un universo propio de Walter Benjamin.


En 1956 Alain Resnais realizó Tout la mémoire du monde, uno de sus cortometrajes más hermosos en donde se muestra el funcionamiento interno de la Biblioteca Nacional de París. En el filme el género documental se convierte en el canal para una meditación sobre el misterio que supone la acumulación sistemática de sabiduría contenida en cientos de miles de volúmenes de todo tipo. El espacio laberíntico de la biblioteca y la mirada de Resnais abren la imaginación hacia un mundo inabarcable que proyecta al espectador a un mundo de fantasía, casi de ciencia ficción. Ha sido siempre uno de los rasgos del cineasta francés el desplegar situaciones de transformación de realidades cotidianas en universos imaginarios.
El cortometraje muestra cada paso metódico en la biblioteca ante la llegada de un nuevo libro. No es difícil realizar un paralelismo entre la biblioteca con un sistema carcelario donde el libro (el preso) queda inspeccionado, clasificado, marcado y fichado para la eternidad. Para mostrar de manera didáctica cómo se cataloga cada libro, Resnais “cuela” uno a modo de ejemplo. No se trata de cualquier libro, sino de uno muy especial: uno de la colección Petite Planète, que su colaborador Chris Marker fundara en 1954 dentro de la editorial Seuil como una serie de guías de viaje. Estas guías de pequeño formato combinaban el texto y la imagen de un modo nuevo y elegante. Cada ejemplar incluía fotografías de aquellos países a los que se les dedicaba cada número monográfico, pero también imágenes de pinturas, anuncios publicitarios, miniaturas, emblemas, sellos o cualquier otra clase de material heterogéneo. Varios amigos y colaboradores de Marker (Armand Gatti, Juliette Caputo y otros) realizaron algunos de los números de Petite Planète. Lo que llama la atención en el cortometraje de Resnais (a partir de una fijación en el detalle cuasi-detectivesca), es el número escogido para servir de “modelo” archivístico. Se trata del nº 25 de la colección, que lleva en la portada inscrita la palabra “Mars”. A diferencia del resto de los ejemplares de la colección, donde el nombre del país aparece en la cubierta (y en un momento se ve el ejemplar de “Gréece”), el nº 25 es una guía para viajeros al planeta Marte. Una falsa guía. En la cubierta, como siempre, la foto de una mujer, mirando ligeramente fuera de la cámara, maquetada espacialmente sobre la superficie blanca de la portada, escorada a la izquierda, ligeramente arriba. Ella es, quizás, la primera de los personajes de Marker que nos hablan, inesperadamente, desde un tiempo futuro. Ellas miran a nuestro presente, transformándolo, modificando nuestra memoria del pasado y nuestros recuerdos. A través de este detalle, toda la memoria del mundo bascula hacia otro tiempo y otro espacio, hacia esa memoria del futuro que siempre fue el sello distintivo de Marker. En la ficha técnica del libro aparece el nombre de Jeannine Garane, quién sabe si se trata de una persona real o uno de los múltiples pseudónimos de Marker.

No acaban aquí los guiños, pues el sello o emblema de la portada en este ejemplar reproduce un delicado logo de un gato, animal por el que compartían su amor Marker, Resnais y también Agnès Varda. Además, Resnais utiliza la oportunidad para mostrar otra de sus grandes pasiones, el cómic. De repente, un supuesto documental nos transporta a un mundo interior cargado de subjetividad y a una multiplicidad de conexiones y pensamientos difíciles de expresar. El cine deviene escritura cinematográfica. Pero lo que emociona en Tout la mémoire du monde es la complicidad en el modo en el que fue realizado, con amigos y amigas de Resnais posando en un momento del cortometraje. Entre estas personas se encuentra Varda, reconocible únicamente por su inconfundible corte de pelo. Durante la década de 1950 mucho del trabajo de Resnais, Marker y Varda se estableció como una correspondencia entre ellos. Colaboraciones, postales, cartas, presencias y ocultaciones. Podría decirse que nunca el cortometraje fue tan productivo como entre los integrantes de la Rive Gauche, quienes vieron en el formato la oportunidad para renovar el lenguaje cinematográfico introduciendo el ensayo fílmico. Además, en el cine de autor de la Rive Gauche, el ensayo cinematográfico está ejemplificado por el género documental. Un ejemplo de la filiación entre estos artistas lo tenemos en Tout la mémoire du monde, donde en los créditos aparece un tal “Chris and Magic Marker”, un guiño a la marca de rotuladores permanentes de donde Chris sacó su nombre artístico. Se le reconoce a Marker haber escrito el final del corto, que dice: “Aquí se prefigura un tiempo donde todos los enigmas serán resueltos, un tiempo donde este universo –y algunos otros- nos ofrecerán su clave. Y todo ello simplemente porque estos lectores sentados delante de sus fragmentos de memoria universal habrán puesto uno tras otro los fragmentos de un mismo secreto, que posiblemente tiene un nombre muy bello, que se llama felicidad”. Más de medio siglo después, resulta estimulante comprobar los efectos de la productividad que las pequeñas colaboraciones entre artistas amigos pueden generar, en tiempos en los que el individualismo y las autorías compartidas escasean. 

Hasta en algunos planos se pueden comprobar algunas analogías alegóricas, como por ejemplo en las 
arcadas simulando una lechuza, una de las figuras animales markerianas...

http://peioaguirre.blogspot.com/2012_12_01_archive.html#2602159851719831879
Cartel de la película

















Aunque tan contundente título nos haga pensar directamente en la famosa obra de Karl Marx, lo cierto es que Le capital –basada en el libro homónimo de Stephane Osmont- tiene más que ver con El Príncipe de Maquiaveloen su retrato de un economista (Marc Tourneil, encarnado por Gad Elmaleh) que, gracias a su falta de escrúpulos y a aprovecharse de la crisis financiera en beneficio propio, va navegando y subiendo escalafones dentro del consejo de administración de un banco francés. 


Costa-Gavras, uno de los pocos supervivientes del cine de combate político iniciado en los 60, lo narra de un modo indisimulablemente satírico –y con un trazo bastante grueso- desde la primera secuencia, en la que descubrimos el cáncer de genitales del presidente de la entidad y las intenciones trepas de Tourneil mientras habla directamente a la cámara. A partir de ahí iremos viendo los movimientos y peripecias de este personaje dentro de la podredumbre del sistema económico global que, por muy grotesca que sea la forma en que se pinta, no parece estar nada lejos de la realidad (incluso hasta parece suavizarla). Algunos personajes, como el del banquero estadounidense encarnado por un sobreactuado Gabriel Byrne, quizás hagan perder rigor al conjunto, pero lo cierto es que se ve una gran habilidad por parte del director –y una combinación de humor negro y pesimismo histórico muy similar a la mostrada en su obra maestra Z- a la hora de reflejar los mecanismos de funcionamiento del gran capital y las relaciones entre sexo, poder y dinero. 


Pese a todo, hay también una visión moral que se contrapone al cinismo del protagonista y que se refleja de modo un tanto didactista en una de esas escenas de comida familiar tan propias del cine francés, pero, sobre todo, en los tres personajes femeninos (tres clichés: la esposa, la puta de lujo y la idealista salvadora) que representan otros tantos espejos en los que se refleja –o distorsiona- el verdadero rostro del protagonista: un anti Robin Hood erigiéndose en adalid de la revolución de los ricos. Una película indignada muy acorde con los tiempos que corren.

http://www.notodo.com/cine/comedia/4166_el_capital_constantin_costagavras.html





Fotogramas de la película


"El pase de Le Capital de Costa-Gavras durante el Festival de Cine de San Sebastián deja el regusto de una película irónica en la que el director ha decidido, casi sin pestañear, apretar a fondo el acelerador. En tanto que thriller financiero, Le Capital apunta a un género en ciernes del que quizás aparezcan nuevos documentos en un futuro no muy lejano (¿affaire Strauss-Kahn?) No en vano, se le debe a Constantin Costa-Gavras el ser uno de los inventores del género del “cine político” (o militante) mediante obras imprescindibles como Z (1969), Etat de Siege (1972) o Missing (1982); thrillers sobre conspiraciones, secuestros y asesinatos políticos, dictaduras y movimientos de liberación nacionales. El paso de géneros narrativos, las transiciones de un género a otro o la emergencia de nuevos géneros puede explicarse por razones muy distintas. Una de éstas puede estar en la propia evolución de la política internacional durante las últimas cuatro décadas, en la que el expansionismo del capital habría condenado cualquier expectativa de “socialismo en un solo país”, además de reordenar los diferentes movimientos de liberación nacional, debilitamiento a su paso cualquier alternativa económicas haciendo de la globalización el único horizonte posible. En esta coyuntura, la política queda en un refinado derivado de la economía mundial y el reemplazo de un género por otro es una cuestión tan difícil de distinguir como determinar si El Capital de Marx es un tratado económico o un libro político.

Pero el cine político es ahora cine financiero, y Le Capital su tragicomedia más disparatada: la historia del ascenso imparable de Marc Tourneuil (Gad Elmaleh), un sicario del capital, al frente del Phenix, un gran banco europeo en proceso de transformación, renovación o lo que quieran. La elección de Gad Elmaleh como actor principal se desvela como un golpe bajo, pues este monologuista francés de ascendencia marroquí, pero judío, (y he dicho bien), es toda una estrella en el país galo. Elmaleh interpreta a un Tourneuil impertérrito, sin apenas una sonrisa en todo el metraje. Sin embargo la mezcla del propio actor con un tratamiento tan serio produce momentos de hilaridad. Costa-Gavras ha optado por el humor como contrabalanza a un tema tan serio. No advertir que esta película es satírica de principio a fin es no entenderla (como aquel crítico que no se la cree. ¡Como si hubiera que creérsela! ¿acaso la sátira no ha sido siempre un potente instrumento crítico de la realidad a través de la deformación y la exageración? Porque en tanto crítica del sistema, Le Capital es un documento inapelable. No se trata de una película cínica, sino una película sobre el cinismo de los bancos. Sobre la inversión de Robin Hood en el banquero especulador actual, que roba a los pobres para dárselos a los ricos. “El dinero es el amo, no el instrumento” dice en un momento ese depredador financiero que da vida convincentemente Gabriel Byrne, la contrabalanza americana al personaje de Tourneuil. Pero además, desde un punto de vista teórico, Le Capital describe de manera reveladora la fase actual del capitalismo que es la del capital financiero; esa abstracción que está en el eje de la actual crisis económica y que no es sino una estadio necesario en el fortalecimiento del capital. El capital financiero es, entonces, la pura abstracción, una fluctuación de la que nadie sabe qué es, como funciona, quien la dirige, etc. En un momento del filme, Tourneuil habla de unos ingenieros matemáticos que tienen, brillantes, para a continuación preguntar: “¿Qué es lo que vendemos?” Ni idea. ¿Qué es lo que se compra? Tampoco ni idea. La retorcidísima trama financiera tejida por Costa-Gavras (Phenix-compra-Mitzuko-Phenix se devalua-inversores yankis se hacen con Phenix, etc.) no pretende en ningún momento tener visos de verosimilitud. De hecho, esa complejidad no es plausible, como tampoco lo es pretender que actualmente alguien tiene alguna idea de cómo funciona la economía mundial. Esto es algo que ha sido constatado por diversos analistas económicos, los cuales o ellos mismos actúan como sicarios del capital o en un acto de honestidad argumentan que efectivamente no tienen ni la más remota idea de qué está pasando. Analizar qué es el capital financiero se antoja como el reto teórico de nuestro tiempo. Pero además, este capital financiero existe como una abstracción en los tiempos de la globalización, de acortamiento infinitesimal del tiempo y el espacio en la cibernética y la tecnología digital que permite transacciones de cifras astronómicas en segundos de una parte a otra del globo. La ironía sobre la pérdida de referencia del valor del dinero aparece varias veces en el filme, pues para Tourneuil da lo mismo si se trata de 27.000 € por el hotel de la supermodelo Nassin o un millón en un cheque para dicha modelo. Tourneuil maneja cifras (globales) como puras abstracciones, mientras que la reducción de plantilla, el desempleo al que dirige a miles de empleados se calcula sobre % muy calculados. Pero además, el aparato cibernético tiene su papel preponderante, pues uno de los rasgos del filme está en las continuas videoconferencias, telefonías globales, Iphones y las pantallas como interfaces perennes que organizan todo la esfera de la circulación de los bancos y los banqueros. Las pantallas devienen de ese modo en una metáfora y la imagen del gráfico diagramático de las subidas y bajadas en la pantalla del ordenador se convierten en una representación fidedigna de la abstracción del capital financiero. Podría decirse entonces que la economía mundial se dirige sola, por capricho, y que son las propias máquinas y ordenadores las que activan y desactivan las transacciones astronómicas de capital. (La imagen de los niños pegados a las pantallas de sus juguetes electrónicos en el encuentro con su familia en Navidad se le aparece a Tourneuil como una imagen del presente que prepara el relevo a lo que él mismo representa). Pues además, y ya fuera del filme ¿acaso el valor abstracto de la ganancia no se ejemplifica de mejor manera que cuando un niño grita que ha ganado delante de la pantalla de su videojuego? ¿Ha ganado el qué?
Le Capital de Costa-Gavras es una película cuya espectacularidad y aparente convencionalidad esconde todo un arsenal para la interpretación marxista. El intento de representación de una abstracción conceptual irrepresentable lo hace todavía más difícil, dificultad que aparece en toda su crudeza dialéctica en la lectura de Jameson de El Capital de Marx (un libro imposible de comprender y necesario al mismo tiempo). “En su forma más simple, todavía engañosa, ¿cómo puede obtenerse beneficio del intercambio de valores equivalentes? ¿Cómo podemos escapar del mercado y de la esfera de la circulación hacia algo distinto, algo mucho más dinámico y expansivo, algo histórico y no estático como el bazar o la feria estacional, la factoría o el barrio de los comerciantes? ¿Cómo puede el dinero convertirse en capital? Y, ¿por qué estas dos entidades se distinguen e incluso se oponen?”[1]

http://peioaguirre.blogspot.com/2012_09_01_archive.html

[1] Fredric Jameson, Representing Capital: el desempleo, una lectura del capital, Lengua de Trapo, 2012, p. 84



30.11.12