Leszek Kołakowski, 
Varsovia, 23 de octubre de 2007.


Leszek Kolakowski es quien se planteó la pregunta: ¿podríamos decir que Dios es feliz? El breve ensayo en el que intenta una respuesta acaba de ser publicado póstumamente en inglés y merecería un comentario (o un resumen) en estas fechas, no porque contenga un alegato de fe, sino porque nos permite abordar las desdichas de la vida humana. Kolakowski, el erudito polaco que abordó la sustancia religiosa del marxismo, escribió sobre lo sagrado con un enorme respeto y, al mismo tiempo, con sana distancia intelectual, con gracia literaria, con humor. Habló, por ejemplo, de Jesucristo como un pensador que tiene mucho que decirnos, aunque no creamos en su divinidad. Jesucristo sostuvo que los vínculos humanos han de ser, esencialmente, vínculos de confianza, de afecto, de amor. No habló de una tribu privilegiada sino de la humanidad. La vida humana no puede ser reducida a un mercado donde sólo importan los intereses personales, el agresivo tráfico de los egoísmos. Tampoco podemos renunciar a la esperanza de eliminar la violencia de las relaciones humanas. Jesucristo no fue un ingenuo porque su mensaje entendió la debilidad de la violencia para cultivar comunidad. Para Kolakowski, el ideal de un mundo sin violencia no es utopía; en el fondo, es una apuesta por la valentía verdadera. Quienes creen que la violencia es la única herramienta eficaz actúan solamente cuando están en posición de ventaja frente a los débiles. Y en Cristo está también una advertencia sobre la miseria del mundo: nadie como él, dice el pensador polaco, nos advirtió sobre el absurdo de la perfección. Toda utopía, piensa Kolakowski, conlleva el deseo de abandonar nuestra condición de hombres.
Lo sagrado permite a Kolakowski tocar los límites de la racionalidad y abordar la historia humana con la abierta sabiduría de la parábola. Así se acerca el tema de la felicidad de Dios en este ensayo que servirá de título a una nueva compilación de reflexiones morales. Si pensamos en la imagen del cielo cristiano, ¿retratamos a una comunidad de almas felices? Si los residentes del cielo tienen algún contacto con el mundo, estarán al tanto del mal, del sufrimiento. ¿Cómo podrían ser felices si conocen del dolor que otros sufren, de los tormentos que otros, bajo la Luna, padecen?
Para abordar el problema de felicidad de Dios, habría que resolver si es capaz de sentir emociones. El Dios cristiano siente, sin duda: ama a sus criaturas y el amor es una emoción. Pero el amor es solamente una fuente de felicidad, dice Kolakowski, si es correspondido. Y ese no parece ser el caso del trato que Dios recibe de sus hijos. Algunos lo aman, otros lo idolatran hasta la estupidez, otros lo ignoran, otros lo odian; algunos creen en él, otros dudan de su existencia. Estará consternado, sobre todo, al contemplar el sufrimiento de los hombres. Si no es monstruosamente indiferente, tendría que estar muy afligido con lo que sucede bajo sus pies. Ahora, si, por el contrario, Dios es un ser pétreo, a tal punto impasible, que ningún sufrimiento lo conmueve, será un insensible, un indolente. ¿Podría pensarse que a un padre amoroso le tienen sin cuidado los sufrimientos de sus hijos? Si nos ama, sufre y si sufre no puede ser feliz. El Dios de los cristianos no fue, en modo alguno, un hombre feliz; fue, de hecho, la encarnación del sufrimiento.

En pocas palabras, concluye Kolakowski, “la palabra ‘felicidad’ no parece aplicable a la existencia divina. Pero es igualmente inaplicable a los seres humanos. Esto no es solamente porque conocemos el sufrimiento. Es también porque, aunque no estemos sufriendo en un momento determinado, aún cuando podamos sentir placer físico y espiritual en momentos más allá del tiempo, en el “presente eterno” del amor, nunca podríamos olvidar la existencia del mal y la miseria de la condición humana.”
La felicidad se puede imaginar, no vivir. Podemos imaginar la salvación, la bendición eterna, la plenitud, la satisfacción de todos nuestros deseos. Jamás podríamos vivir en esa condición tan lejana de los hombres—y de los dioses. Ahí parece residir la sabiduría de Kolakowski: la sabiduría de la tristeza.
Jesús Silva-Herzog Márquez, académico y ensayista mexicano, hijo de Jesús Silva-Herzog Flores y nieto del historiador Jesús Silva Herzog. Nació en 1965. Es columnista de Reforma, conductor del programa "Entre Tres" de Tv Azteca y escritor. Estudió Derecho en la UNAM con maestria en ciencia politica por la universidad de Columbia NY, actualmente es catedratico del ITAM.
Ha escrito El antiguo régimen y la transición en MexicoAndar y ver y La idiotez de lo perfecto.

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Muchos, orgullosos de poseer el valor de expresar la verdad, dichosos por haberla encontrado, fatigados quizás por el trabajo que cuesta presentarla en una forma manejable, esperando impacientes la intervención de aquellos cuyos intereses defienden, no consideran necesario además el empleo de argucias especiales en la difusión de la verdad. A menudo pierden así toda la eficacia de su trabajo. En todos los tiempos se empleó la argucia para la difusión de la verdad, cuando la misma era reprimida y ocultada. Confucio falsifica un viejo calendario histórico patriótico. Sólo modifica ciertas palabras. Donde decía: "El gobernador de Kun hizo matar al filósofo Wan por haber dicho tal y cual cosa", Confucio sustituyó "matar" por "asesinar". Si se decía que el tirano Fulano murió a causa de un atentado, él escribía "fue ejecutado". De esa manera, Confucio abrió el sendero de un nuevo modo de juzgar la historia.

Quien en nuestro tiempo diga población en lugar de pueblo y propiedad rural en lugar de tierra ya estará dejando de apoyar numerosas mentiras. La palabra pueblo implica una cierta homogeneidad y alude a intereses comunes, por lo cual sólo debería empleársela cuando se hable de varios pueblos, puesto que a lo sumo entonces cabe imaginar una comunidad de intereses. La población de una comarca tiene intereses diferentes, incluso mutuamente opuestos, y ésta es una verdad que se reprime. Así, aquel que dice "tierra" y describe los campos con destino a narices y ojos, al hablar de su olor a tierra y de su color, sostiene también las mentiras de los que mandan; pues lo que importa no es la fertilidad del suelo ni el amor que le tenga el hombre, ni su empeño, sino principalmente el precio del cereal y el precio del trabajo. Aquellos que extraen el lucro de la tierra no son los mismos que extraen de ella el cereal, y en las Bolsas se desconoce el olor de los terrones. Las Bolsas tienen otro olor. En cambio "la propiedad rural" es la expresión adecuada; con ella puede engañarse menos. Allí donde reina la opresión habría que elegir, a cambio de la palabra disciplina, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin gobernantes, por lo cual tiene en sí algo más noble que la obediencia. Y mejor que la palabra honor resulta la palabra dignidad humana. Con ella, el individuo no desaparece tan fácilmente del campo de observación. ¡Pues ya sabemos qué clase de canalla pugna por poder defender el honor de un pueblo! Y con qué derroche distribuyen el honor los saciados a quienes los sacian, al tiempo que ellos mismos pasan hambre. La argucia de Confucio aún puede emplearse hoy en día. Confucio sustituía juicios injustificados de procesos nacionales por otros justificados. En inglés Tomás Moro describió, en su Utopía, un país en el cual imperaban condiciones justas; tratábase de un país muy diferente al país en el que vivía, pero se le asemejaba mucho, salvo en esas condiciones.

Lenín, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y el sojuzgamiento de la isla Sajalin por la burguesía rusa. Cambió a Rusia por Japón y a Sajalin por Corea. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los métodos rusos utilizados en Sajalin, pero ese escrito no fue prohibido ya que el Japón estaba enemistado con Rusia. Muchas cosas que en Alemania no pueden decirse sobre Alemania, sí pueden decirse referidas a Austria.

Existen variadas argucias mediante las cuales es posible engañar al receloso Estado.

Voltaire combatía la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió los milagros que indudablemente debieron haber ocurrido para Juana siguiese siendo doncella en un ejército, en una corte y entre los monjes.

Mediante la elegancia de su estilo y describiendo aventuras eróticas, provenientes de la opulenta vida de los gobernantes, tentó a estos a abandonar una religión que les procuraba los medios para esa vida relajada. Más aún, de ese modo creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran por vías ilegales hacia aquellos a quienes estaban destinados. Los poderosos de entre sus lectores fomentaban o toleraban su difusión. Abandonaban así a la policía que defendía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que mucho espera de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

En efecto, un alto nivel literario puede servir de protección a un testimonio. Sin embargo, a menudo también despierta sospechas. Entonces puede ocurrir que se lo haga descender adrede. Ello sucede, por ejemplo, cuando se introducen de contrabando, en la forma desdeñada de la novela policial, descripciones de situaciones anómalas en lugares que no llamen la atención. Esta clase de descripciones justificarían por entero una novela policial.

Partiendo de consideraciones de mucha menor monta, el gran Shakespeare hizo descender el nivel cuando creó en forma intencionalmente carente de fuerza el parlamento de la madre de Coriolano con el que ésta enfrenta a su hijo que se dirige contra su ciudad patria, pues quería que lo que detuviera a Coriolano en su plan no fuesen razones verdaderas o una profunda emoción, sino una cierta inercia, con la cual se entregaba a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de difusión de la verdad mediante una argucia en el discurso de Antonio junto al cadáver de César. Antonio subraya incesantemente que Bruto, el asesino de César, es un hombre honorable, pero también describe su acción, y la descripción de esa acción es más impresionante que la de su autor; de este modo, el orador se deja vencer por los propios hechos; les confiere mayor elocuencia que "a sí mismo". (...)

En un folleto, Jonathan Swift propuso que, a fin de que el país llegara al bienestar, se ahumaran los brazos de los niños y se los vendiera como carne. Formuló cálculos exactos, que demostraban cuánto podía ahorrarse de no arredrarse ante nada.

Swift se hacía el tonto. Defendía una determinada manera de pensar, que le era odiosa, con mucho fuego y gran minuciosidad, en un problema en el cual todo el mundo podía reconocer claramente toda su infamia. Todo el mundo podía ser más inteligente, o cuando menos más humano que Swift, sobre todo quien hasta el momento no había examinado ciertos puntos de vista en cuanto a las consecuencias que de ellos resultaban.

La propaganda a favor del pensamiento, cualquiera sea el terreno en el que tenga lugar, resulta útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de esa índole es sumamente necesaria. Bajo gobiernos que sirven a la explotación, se considera como bajo al pensamiento.

Se considera bajo lo que es útil a quienes son mantenidos a bajo nivel. Se considera baja la preocupación constante por saciar el hambre; el desdén por los honores que se prometen a los defensores del país en el que pasan hambre; la duda respecto al líder, cuando éste nos lleva hacia la desgracia; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo realiza; la rebeldía contra la obligación de tener un comportamiento carente de sentido; la indiferencia hacia la familia, a la cual de nada sirve ya el propio interés. Se denuesta a los que pasan hambre llamándoselos glotones que nada tienen que defender, cobardes que dudan de su opresor, gentes que dudan de sus propias fuerzas, que pretenden un salario a cambio de su trabajo, haraganes, etc. Bajo esta clase de gobiernos, el pensar se considera en forma totalmente general como algo bajo y cae en descrédito. No se lo predica ya en ninguna parte, y se lo persigue allí donde se presente. Sin embargo, existen siempre terrenos en los cuales se puede señalar impunemente los resultados del pensamiento; se trata de aquellos terrenos en los cuales las dictaduras necesitan el pensamiento. Así, por ejemplo, es posible demostrar los resultados del pensamiento en el terreno de la ciencia y la técnica bélicas. También el racionamiento de las reservas de lana a cargo de organizaciones y el invento de sucedáneos requiere el pensamiento. El empeoramiento de los alimentos, la instrucción de los adolescentes para la guerra, todo ello requiere el pensamiento; es posible describirlo. Se puede eludir con argucias el elogio a la guerra, del fin impensado de ese pensamiento; de ese modo el pensamiento que surge de la cuestión acerca del mejor modo de llevar a cabo una guerra, puede llevar al interrogante de si esa guerra tiene sentido, y ser empleado en la cuestión acerca de la mejor manera de evitar una guerra sin sentido.

Desde luego, difícilmente pueda plantearse esta cuestión en forma abierta. Entonces, ¿no es posible aprovechar el pensamiento que se ha propagado, es decir no puede dársele una forma en la que intervenga? Es posible.

Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión que sirve a la explotación de una parte (mayor) de la población por parte de la otra parte (menor), se requiere una muy determinada posición fundamental de la población, que debe extenderse a todos los terrenos. Un descubrimiento en el terreno de la zoología, como el del inglés Darwin, súbitamente pudo volvérsele peligroso a la explotación; sin embargo, durante un tiempo sólo la Iglesia se preocupó por él, mientras que la policía nada advertía aún. Las investigaciones realizadas por los físicos durante los últimos años llevaron a conclusiones en el terreno de la lógica que, con todo, pudieron tornarse peligrosas para una serie de dogmas que sirven a la represión. El filósofo estatal prusiano Hegel, ocupado en complejas investigaciones en el terreno de la lógica, suministró a Marx y Lenín, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor. El desarrollo de las ciencias tiene lugar en forma conexa pero despareja, y el Estado no está en condiciones de vigilarlo todo. Los adalides de la verdad pueden escoger sitios de combate relativamente no observados. Todo depende de que se predique un pensamiento correcto, un pensamiento que interrogue a todas las cosas y procesos acerca de su aspecto transitorio y modificable. Los dominadores tienen una gran aversión a las grandes modificaciones. Querrían que todo quedase tal cual, de ser posible durante mil años. Lo mejor sería que la luna se detuviese y que el sol cesara en su carrera. Entonces ya nadie tendría hambre ni querría comer por la noche. Una vez que han disparado querrían que el adversario ya no pudiese disparar; su propio disparo tendría que ser el último. Un enfoque que destaque especialmente lo transitorio es un buen medio para alentar a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación se anuncie y crezca una contradicción es cosa que debe oponerse a los vencedores. Un enfoque tal (como la dialéctica, la teoría del flujo de las cosas) puede practicarse en la investigación de objetos que se le escapan a los dominadores durante un tiempo. Se lo puede emplear en la biología o en la química. Pero también puede ser aplicado a la descripción de las vicisitudes de una familia, sin despertar demasiado la atención. La dependencia de todas las cosas con respecto a muchas otras que se modifican constantemente, es un pensamiento peligroso para las dictaduras y puede manifestarse en variadas formas sin ofrecer asidero a la policía. Una descripción completa de todas las circunstancias y procesos que afectan a un hombre que abre una venta de tabacos puede ser un rudo golpe a la dictadura. Todo aquel que reflexione un poco descubrirá por qué. Los gobiernos que conducen a las masas humanas hacia la miseria deben evitar que se piense en el gobierno en medio de la miseria. Hablan mucho acerca del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investigue la causa de la escasez es arrestado antes de toparse con el gobierno. Pero es posible enfrentar en general el palabrerío acerca del destino; se puede mostrar que el hombre depara su destino al hombre.

A su vez, esto puede ocurrir de múltiples maneras. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, verbigracia una granja de Islandia. Toda la aldea comenta que una maldición flota sobre esa granja. Una campesina se ha arrojado al pozo y un campesino se ha ahorcado. Un día tiene lugar una boda; el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta algunos campos al matrimonio. La maldición se aleja de la granja. La aldea no se pone de acuerdo al juzgar el feliz viraje. Algunos se lo atribuyen a la radiante naturaleza del joven campesino, y otros a los campos aportados por la joven campesina, sólo gracias a los cuales la granja puede vivir. Pero incluso en un poema que describe un paisaje se puede lograr algo, cuando se le incorporan a la Naturaleza las cosas creadas por el hombre.

En Escritos políticos (Editorial Tiempo Nuevo)
Fuente: DDOOSS


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Bertolt Brecht
(Eugen Berthold Friedrich Brecht; Augsburg, 1898 - Berlín oriental, 1956) Escritor alemán. Además de ser uno de los dramaturgos más destacados e innovadores del siglo XX, cuyas obras buscan siempre la reflexión del espectador, trató también de fomentar el activismo político con las letras de sus lieder, a los que Kurt Weill puso la música.
Comenzó en Múnich sus estudios de Literatura y Filosofía en 1917, a los que añadiría posteriormente los de Medicina. Durante la I Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Desde 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich y trabajó como dramaturgo y director de escena. En este entorno conoció a F. Wedekind, K. Valentin y L. Feuchtwanger, con quienes mantuvo siempre un estrecho contacto. En 1924 se trasladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutsches Theater; posteriormente colaboró también en obras de carácter colectivo junto con Elisabeth Hauptmann, Erwin Piscator, Kurt Weill, Hans Eisler y Slatan Dudow, y trabó relaciones con el pintor Georg Grosz.
En 1926 comenzó su dedicación intensiva al marxismo y estableció un estrecho contacto con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigroschenoper (Opera de cuatro cuartos, 1928) obtuvo en 1928 el mayor éxito conocido en la República de Weimar. En ese año 1928 se casó con la actriz Helene Weigel.
Será en 1930 cuando comience a tener más que contactos con el Partido Comunista Alemán. El 28 de febrero de 1933, un día después de la quema del Parlamento alemán, Brecht comenzó su camino hacia el exilio en Svendborg (Dinamarca). Tras una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, marchó a Dinamarca, donde se estableció con su mujer y dos colaboradoras, Margarethe Steffin y Ruth Berlau. En 1935 viajó a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, suscitando una fuerte polémica.
En 1939, temiendo la ocupación alemana, se marchó a Suecia; en 1940, a Finlandia, país del que tuvo que escapar ante la llegada de los nazis; y en 1941, a través de la Unión Soviética (vía Vladivostok), a Santa Monica, en los Estados Unidos, donde permaneció aislado seis años, viviendo de guiones para Hollywood. En 1947 se llevó a la pantallaGalileoGalilei, con muy poco éxito. A raíz del estreno de esta película, el Comité de Actividades Antinorteamericanas le consideró elemento sospechoso y tuvo que marchar a Berlín Este (1948), donde organizó primero el Deutsches Theater y, posteriormente, el Theater am Schiffbauerdamm. Antes había pasado por Suiza, donde colaboró con M. Frisch y G. Weisenborn.
En Berlín, junto con su esposa Helene Weigel, fundó en 1949 el conocido Berliner Ensemble, y se dedicó exclusivamente al teatro. Aunque siempre observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal, tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática.
Brecht es sin duda uno de los dramaturgos más destacados del siglo XX, además de uno de los líricos más prestigiosos. Aparte de estas dos facetas, cabe destacar también su prosa breve de carácter didáctico y dialéctico. La base de toda su producción es, ya desde los tiempos de Múnich, una posición antiburguesa, una crítica a las formas de vida, la ideología y la concepción artística de la burguesía, poniendo de relieve al mismo tiempo la necesidad humana de felicidad como base para la vida.
Con su dedicación al marxismo, esta postura se hizo mucho más radical y pasó de hacer referencia a un individuo aislado a enmarcarse en el ámbito del conjunto de la sociedad: el individuo autónomo aniquilado por el capitalismo (Mann ist MannEl hombre es el hombre, 1924/25) consigue nuevas cualidades dentro del colectivo. Con el personaje que da título a su drama Baal (1922), Brecht creó un tipo que aparece a lo largo de toda su producción en diversas variaciones (Schweyk im Zweiten Weltkrieg,Schweyk en la Segunda Guerra Mundial, 1943) y que se expresa de manera mucho más radical en los fragmentos Untergang des Egoisten Johann Fatzer (El ocaso del egoísta Johann Fatzer, 1927/30) y Die Reisen des Glücksgotts (Los viajes del dios de la suerte, 1941).
La posición opuesta la representan las figuras maternales junto con el colectivo revolucionario y los dialécticos (Geschichten von Herrn KeunerHistorias del señor Keuner, 1930). El desarrollo literario de Brecht, que en su lírica pasa desde un acercamiento crítico a la "Neue Sachlichkeit" hasta formas de resistencia colectiva (Lieder-Gedichte-Chöre,Canciones-Poemas-Coros, 1934), está influido por laBiblia de Lutero, la obra de Shakespeare y la Antigüedad Clásica, así como por el teatro asiático y la filosofía china.
Brecht entiende la filosofía como la doctrina del buen comportamiento, una categoría que resulta fundamental en su obra. En este sentido entiende sus textos como intentos progresivos de provocar asombro, reflexión, reproducción y cambios de actitud y de comportamiento en el espectador. Para ello utiliza el conocido "efecto de distanciamiento" ("Verfremdungseffekt"), que no debe ser entendido sólo como una técnica estética, sino como "una medida social". Sus intentos dramáticos más radicales de carácter pedagógico y político sonLindberghflug (El vuelo de Lindbergh, 1929), Das Badener Lehrstück und der Neinsager (La parábola de Baden y el que decía que no, 1930), Die Maßnahme, (La medida, 1930), Die Ausnahme und die Regel (La excepción y la regla, 1930) y Die Horatier und die Kuratier (Los horacianos y los curacianos, 1934); en todos ellos se pone de relieve una fuerte separación entre escenario y espectador.
Con la llegada del nacionalsocialismo todos estos intentos revolucionarios perdieron sus presupuestos sociales. En el exilio, Brecht escribió sin publicarlas algunas de sus piezas más conocidas: Leben des Galilei (Vida de Galileo Galilei, que apareció en 3 versiones: una danesa de 1938-39, otra americana de 1945-46, y la tercera, berlinesa, de 1953-55),Mutter Courage und ihre Kinder (Madre Coraje y sus hijos, 1939), Der gute Mensch von Sezuan (El hombre bueno de Sezuan, 1943), Herr Puntila und sein Knecht Matti (El señor Puntila y su criado Matti, 1940), aparte de escritos teóricos sobre teatro (Der MessingkaufLa compra de latón, 1939/40) y algunos apuntes para unas novelas (Tui-RomanNovela de Tui, 1930/42; Die Geschäfte des Herrn Julius CaesarLos negocios del señor Julio César, 1938/39). Con sus análisis sobre el fascismo y los Svendborger Gedichte (Poemas de Svendborg, 1939) tomó parte activa en la lucha antifascista.
Condicionado por la situación social, tras 1945 trabajó sólo en obras de carácter didáctico, olvidando sus experimentos de los primeros años. Tal vez esto fue lo que le convirtió en un clásico hasta el punto de que el teatro actual (tanto en la antigua RDA como en la antigua RFA) sería impensable sin él.



En La derrota del Pensamiento. 2004
Traducción: Joaquín Jord

Para el ignorante la libertad es imposible. Al parecer así lo creían los filósofos de las Luces. No se nace individuo —decían—; se llega a serlo, superando el desorden de los apetitos, la mezquindad del interés privado y la tiranía de los apriorismos. En la lógica del consumo, por el contrario, la libertad y la cultura se definen por la satisfacción de las necesidades y, por lo tanto, no pueden proceder de una ascesis. La idea de que el hombre, para ser un sujeto por completo, debe romper con la inmediatez del instinto y de la tradición,  desaparece de los propios vocablos que eran sus portadores. De ahí la crisis actual de la educación. La escuela, en su sentido moderno, ha nacido de las Luces, y muere hoy al ser puesta en cuestión. Se ha abierto un abismo entre la moral común y ese lugar regido por la idea extravagante de que no existe autonomía sin pensamiento, y no existe pensamiento sin trabajo sobre uno mismo. La actividad mental de la sociedad se elabora por doquier «en una zona neutra de eclecticismo individual» [1], salvo entre las cuatro paredes de los establecimientos escolares. La escuela es la última excepción al  self-service  generalizado. Así pues, el malentendido que separa esta institución de sus usuarios va en aumento: la escuela es moderna, los alumnos son posmodernos; ella tiene por objeto formar los espíritus, ellos le oponen la atención flotante del joven telespectador; la escuela tiende, según Condorcet, a «borrar el límite entre la porción grosera y la porción iluminada del género humano»: ellos retraducen este objetivo emancipador en programa arcaico de sujeción y confunden, en un mismo rechazo de la autoridad, la disciplina y la transmisión, el maestro que instruye y el amo que domina.


¿Cómo resolver esta contradicción? «Posmodernizando la escuela», afirman sustancialmente tanto los gestionarios como los reformadores. Estos buscan los medios de aproximar la formación al consumo y, en algunas escuelas americanas, llegan incluso a empaquetar la gramática, la historia, las matemáticas y todas las materias fundamentales en una música rock que los alumnos escuchan, con un walkman en los oídos. [2] Los primeros preconizan, más seriamente, la introducción masiva de los ordenadores en las aulas a fin de adaptar a los escolares a la seriedad de la técnica sin obligarles, por ello, a abandonar el mundo lúdico de la infancia. Del tren eléctrico a la informática, de la diversión a la comprensión, el progreso debe realizarse suavemente y, si es posible, sin que se enteren sus propios beneficiarios. Poco importa que la comprensión así desarrollada por el juego con la máquina sea del tipo de la manipulación y no del razonamiento: entre unas técnicas cada vez más avanzadas y un consumo cada vez más variado, la forma de discernimiento que hace falta para pensar el mundo, carece de uso e incluso, como hemos visto, de palabra para nombrarse, pues la de cultura le ha sido definitivamente confiscada.


Pero este simple reajuste de métodos y de programas sigue sin bastar para una reconciliación total de la escuela con la «vida». Al término de una larga y minuciosa encuesta sobre el malestar escolar, dos sociólogos franceses escriben: «Si una cultura es un conjunto de comportamientos, de técnicas, de costumbres, de valores que establecen las señas de identidad de un grupo, la música, en muy buena parte, sustenta la cultura de los jóvenes. Desgraciadamente, esa música, rock, pop, variétés, es considerada por la sociedad adulta y, en especial, por el magisterio, como una submúsica. Los programas escolares, la formación de los profesores de música respetan una jerarquía que sitúa las obras en el pináculo. No discutiremos este punto, aunque suene a falso: el desfase entre la educación transmitida y el gusto de los alumnos es, ahí, especialmente pronunciado.» [3]


Así pues, en el caso de la escuela tocar bien significaría abolir este desfase en favor de las predilecciones adolescentes,  enseñar la juventud a los jóvenes  en lugar de aferrarse con una obstinación senil a unas jerarquías antañonas, y echar a Mozart de los programas para poner en su lugar a un rockero impetuoso: Amadeus, Wolfie, para su mujer, conocida una bonita tarde de verano indio en un campus de Vienne, Massachusetts.


Los jóvenes son un pueblo de reciente aparición. Antes de la escuela, no existía: para transmitirse, el aprendizaje tradicional no necesitaba separar a sus destinatarios del resto del mundo durante varios años, y, por consiguiente, no dejaba ningún espacio al largo período transitorio que nosotros llamamos la adolescencia. Con la escolarización masiva, la propia adolescencia ha dejado de ser un privilegio burgués para convertirse en una condición universal. Y un modo de vida: protegidos de la influencia familiar por la institución escolar y del ascendiente de los profesores por «el grupo de los iguales», los jóvenes han podido edificar un mundo propio, espejo invertido de los valores circundantes. Relajamiento del  jean  contra convenciones indumentarias, historieta contra literatura, música rock contra expresión verbal, la «cultura joven», esta antiescuela, afirma su fuerza y su autonomía desde los años sesenta, es decir, desde la democratización masiva de la enseñanza: «Como cualquier grupo integrado (el de los negros americanos, por ejemplo), el movimiento adolescente sigue siendo un continente en parte sumergido, en parte prohibido e incomprensible para cualquiera que esté fuera de él. Damos como prueba e ilustración de ello el especialísimo sistema de comunicación, muy autónomo y amplísimamente subterráneo, transportado por la cultura rock para la cual el  feeling  domina sobre las palabras, la sensación sobre las abstracciones del lenguaje, el clima sobre las significaciones brutas y de un acceso racional, valores todos ellos extraños a los criterios tradicionales de la comunicación occidental, que arrojan una cortina opaca y levantan una defensa impenetrable contra los intentos más o menos interesados de los adultos. Tanto si se escucha como si se toca, en efecto, se trata de sentirse "cool" o de colocarse. Las guitarras están más dotadas de expresión que las palabras, que son viejas (poseen una historia), y por tanto hay motivo para desconfiar de ellas...» [4]


He aquí algo que, por lo menos, está claro: la cultura en el sentido clásico, basada en palabras, tiene el doble inconveniente de envejecer a los individuos, dotándoles de una memoria que supera la de su propia biografía, y de aislarles, condenándoles a decir (Yo), es decir, a existir como personas diferenciadas. Mediante la destrucción del lenguaje, la música rock conjura esta doble maldición: las guitarras abolen la memoria; el calor que funde sustituye a la conversación, esta entrada en relación de seres separados; extasiadamente, el «yo» se disuelve en el Joven.


Esta regresión sería absolutamente inofensiva si el Joven no estuviera ahora en todas partes: han bastado dos décadas para que la disidencia invadiera la norma, para que la autonomía se transformara en hegemonía y el estilo de vida adolescente mostrara el camino al conjunto de la sociedad. La moda es joven; el cine y la publicidad se dirigen prioritariamente al público de los quince-veinteañeros: las mil radios libres cantan, casi todas con la misma música de guitarra, la dicha de terminar de una vez con la conversación. Y se ha levantado la veda de la caza al envejecimiento: mientras que hace menos de un siglo, en ese mundo de la seguridad tan bien descrito por Stefan Zweig, «el que quería progresar se veía obligado a recurrir a todos los disfraces posibles para parecer más viejo de lo que era», los diarios recomendaban productos para adelantar la aparición de la barba», y los jóvenes médicos recién salidos de la Facultad intentaban adquirir una ligera barriga y «cargaban sus narices con gafas de montura de oro, aunque su vista fuera perfecta, y ello pura y simplemente para dar a sus pacientes la impresión de que tenían "experiencia"»[5]. En nuestros días, la juventud constituye el imperativo categórico de todas las generaciones. Como una neurosis expulsa la otra, los cuarentones son unos «teenagers» prolongados; en lo que se refiere a los Ancianos, no son honrados por su sabiduría (como en las sociedades tradicionales), su seriedad (como en las sociedades burguesas) o su fragilidad (como en las sociedades civilizadas), sino única y exclusivamente si han sabido permanecer juveniles de espíritu y de cuerpo. En una palabra, ya no son los adolescentes los que, para escapar del mundo, se refugian en su identidad colectiva; el mundo es el que corre alocadamente tras la adolescencia. Y esta inversión constituye, como observa Fellini con cierto estupor, la revolución cultural de la época posmoderna: «Yo me pregunto qué ha podido ocurrir en un momento determinado, qué especie de maleficio ha podido caer sobre nuestra generación para que, repentinamente, hayamos comenzado a mirar a los jóvenes como a los mensajeros de no sé qué verdad absoluta. Los jóvenes, los jóvenes, los jóvenes... ¡Ni que acabaran de llegar en sus naves espacialesl [...] Sólo un delirio colectivo puede habernos hecho considerar como maestros depositarios de todas las verdades a chicos de quince años.» [6]


¿Qué ha ocurrido, pues? Por muy enigmático que resulte, el delirio del que habla Fellini no ha surgido de la nada: el terreno estaba preparado y puede decirse que el largo proceso de conversión al hedonismo del consumo emprendido por las sociedades occidentales culmina hoy con la idolatría de los valores juveniles. ¡El Burgués ha muerto, viva el Adolescente! El primero sacrificaba el placer de vivir a la acumulación de las riquezas y situaba, según la fórmula de Stefan Zweig, «la apariencia moral por encima del ser humano»; demostrando una impaciencia equivalente ante las rigideces del orden moral y las exigencias del pensamiento, el segundo quiere, ante todo, divertirse, relajarse, escapar de los rigores de la escuela por la vía del ocio, y esta es la razón de que la industria cultural encuentre en él la forma de humanidad más rigurosamente conforme a su propia esencia.


Lo que no quiere decir que la adolescencia se haya convertido al final en la más hermosa edad de la vida. Negados en otro tiempo como pueblo, los jóvenes lo son actualmente como individuos. La juventud es ahora un bloque, un monolito, una cuasi especie. Ya no se pueden tener veinte años sin aparecer inmediatamente como el portavoz de su generación. «Nosotros, los jóvenes...»: los compañeros atentos y los padres enternecidos, los institutos de sondeo y el mundo del consumo procuran  conjuntamente  la perpetuación de este conformismo y que nadie pueda jamás exclamar; «Tengo veinte años, es mi edad, no es mi ser, y no dejaré que nadie me encierre en esta determinación.»


Y los jóvenes se sienten tanto menos propensos a trascender su grupo de edad (su «bio-clase», como diría Edgar Morin) en la misma medida en que todas las prácticas adultas inician, para ponerse a su alcance, una cura de desintelectualización: es el caso, como hemos visto, de la Educación, pero también de la Política (que ve cómo los partidos en competición por el poder se afanan idénticamente por «modernizar» su look y su mensaje, al mismo tiempo que se acusan mutuamente de ser «mentalmente viejos»), del Periodismo (¿acaso el animador de un magazine televisado francés de información y de ocio no confiaba recientemente que debía su éxito a los «menores de quince años rodeados de sus madres» y a su predilección por «nuestras secciones canción, pub, música»?), [7] del Arte y de la Literatura (algunas de cuyas obras maestras ya están disponibles, por lo menos en Francia, bajo la forma «breve y artística» del  clip cultural ), de la Moral (como lo demuestran los grandes conciertos humanitarios en mundovisión) y de la Religión (a juzgar por los viajes de Juan Pablo II).


Para justificar este rejuvecimiento general y este triunfo de la memez sobre el pensamiento, se invoca habitualmente el argumento de la eficacia: en pleno período de reserva, de persianas bajadas, de repliegue en la esfera privada, la alianza de la caridad y del rock'n'roll reúne instantáneamente unas cantidades fabulosas; en cuanto al papa, desplaza unas multitudes inmensas en el mismo momento en que los mejores expertos diagnostican la muerte de Dios. Visto desde cerca, sin embargo, este pragmatismo se revela completamente ilusorio. Los grandes conciertos para Etiopía, por ejemplo, han subvencionado la deportación de las poblaciones que debían ayudar a alimentar. No cabe duda de que el responsable de esta malversación de fondos es el gobierno etíope, pero no importa; el estropicio podría haber sido evitado si los organizadores y los participantes de esta mundial misa solemne se hubieran permitido distraer su atención del escenario para reflexionar, aunque sólo fuera someramente, sobre los problemas planteados por la interposición de una dictadura entre los niños que cantan y bailan y los niños hambrientos. El éxito que encuentra Juan Pablo II, por otra parte, procede de la forma y no de la sustancia de sus declaraciones: desencadenaría el mismo entusiasmo si permitiera el aborto o si decidiera que el celibato de los curas iba a perder, a partir de ahora, su carácter obligatorio. Su espectáculo, como el de las restantes super-stars, vacía las cabezas para poder  llenar mejor los ojos, y no transporta ningún mensaje, sino que los engulle a todos en una grandiosa profusión de luz y sonido. Creyendo ceder únicamente a la moda en la forma, olvida, o finge olvidar, que esa moda tiende precisamente a la aniquilación de la significación. Con la cultura, la religión y la caridad rock, ya no es la juventud la que se siente conmovida con los grandes discursos, sino que el propio universo del discurso es sustituido por el de las vibraciones y la danza.


Frente al resto del mundo, el pueblo joven no defendía únicamente unos gustos y unos valores específicos. Movilizaba igualmente, nos dice su gran turiferario, «otras áreas cervicales distintas de las de la expresión hablada. Conflicto de generaciones, pero también conflicto de hemisferios diferenciados del cerebro (el reconocimiento no verbal contra la verbalización), hemisferios largo tiempo ciegos, en este caso entre sí.» [8] La batalla ha sido violenta, pero lo que hoy se denomina comunicación demuestra que el hemisferio no verbal ha acabado por vencerla, el clip ha dominado a la conversación, la sociedad «ha acabado por volverse adolescente». [9] Y a falta de saber aliviar a las víctimas del hambre, ha encontrado, con motivo de los conciertos para Etiopía, su himno internacional:  We are the world, we are the children. Somos el mundo, somos los niños.



[1]  George Steiner,  Dans le chateau de Barbe-Bleue (Notes pour une redéfinition de la culture), Gallimard, coll. Folio/Essais, 1986, p. 95.

[2]  Ver Neil Postman,  Se distraire à en mourir, Flammarioll, 1986.

[3] Hamon-Rotman,  Tant qu'il y aura des profs, Seuil, 1984, p, 311

[4] Paul Yormet,  Jeux, modes et masses, Gallimard, 1985, pp, 185— 186, (Subrayado por mí).

[5] Stefan Zweig,  Le monde d'hier (Souvenirs d'un Européen) , Belfond, 1982, p. 54.

[6]  Fellini par Fellini. Calmann-Lévy. 1984, p. 163

[7] Philippe Gildas,  Télérama,  no. 1929, 31 diciembre 1986

[8] Paul Yonnet. «L'esthétique rock»,  Le Débat, n.v 40. Gallimard, 1986, p. 66.

[9] Ibid., p. 71.

 

Alain Finkielkraut


Alain Finkielkraut (París, 30 de junio de 1949) es un intelectual francés de origen judío, conocido polemista y autor de numerosos ensayos.
Es hijo único de un judío polaco deportado a Auschwitz. Antiguo alumno de la Escuela Normal Superior de St. Cloud, es profesor de la École Polytechnique de París, una prestigiosa escuela de ingeniería, donde imparte clases de Historia de las Ideas en el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales.
En un primer momento se le asoció a los «nuevos filósofos», junto a Pascal Bruckner, André Glucksmann y Bernard-Henri Lévy. También fue relacionado con el pensamiento de Michel Foucault, en su intento de ensayar un periodismo más profundo. Ha mostrado su admiración por la obra de Emmanuel Lévinas, Milan Kundera y Hannah Arendt, y se ha inspirado en ellos para analizar críticamente la «barbarie del mundo moderno», y para construir su visión escéptica del progreso, que empieza a plasmar a partir de La derrota del pensamiento (1987). En sus ensayos analiza también la fragilidad del medio social, la indiferencia ante la memoria y, en suma, el papel del intelectual contemporáneo en la sociedad posmoderna.
Finkielkraut pertenece también al grupo de intelectuales que aparece con regularidad en los medios de comunicación y toma posición en temas de actualidad, como fue la guerra de Yugoslavia (fue de los primeros en denunciar la limpieza étnica de los serbios) o los disturbios de Francia de 2005 y cómo, en su opinión, una sociedad multirracial como la francesa puede llegar a convertirse en «multirracista».
En algunas de sus obras ha defendido con convicción su vínculo con la comunidad judía, y ha mostrado su inquietud por el resurgimiento en Francia de un nuevo antisemitismo que, a diferencia del antisemitismo tradicional de extrema derecha, sería progresista y de izquierdas.
http://es.wikipedia.org/wiki/Alain_Finkielkraut



      
Le Monde, 1999. Traducción de Elisa Carnelli

¿Es posible todavía, y será posible por mucho tiempo, hablar de producciones culturales y de cultura? A los que hacen el nuevo mundo de la comunicación, y que son hechos por él, les gusta referirse al problema de la velocidad, los flujos de información y las transacciones que se vuelven cada vez más rápidos, y sin duda tienen razón en parte cuando piensan en la circulación de la información y la rotación de los productos. Dicho esto, la lógica de la velocidad y la del lucro que se reúnen en la búsqueda de la máxima ganancia en el corto plazo (con el rating en el caso de la televisión, el éxito de venta en el del libro -y, muy evidentemente, el diario-, el número de entradas vendidas en el de la película) me parecen incompatibles con la idea de cultura.   Cuando, como decía Ernst Gombrich, se destruyen las condiciones ecológicas del arte, el arte y la cultura no tardan en morir.Como prueba, podría limitarme a mencionar lo ocurrido con el cine italiano, que fue uno de los mejores del mundo y que sólo sobrevivía a través de un pequeño puñado de cineastas, o con el cine alemán, o con el cine de Europa oriental. O la crisis que sufrió en todas partes el cine de autor, por falta de circuitos de difusión. Sin hablar de la censura que pueden imponer los distribuidores a determinados filmes -el más conocido es el de Pierre Carles-. O también el destino de alguna cadena radiocultural, hoy en liquidación en nombre de la modernidad, el rating y las connivencias mediáticas. ¿Arte o mercancía?Pero no se puede comprender realmente lo que significa la reducción de la cultura al estado de producto comercial si no se recuerda cómo se constituyeron los universos de producción de las obras que consideramos como universales en el campo de las artes plásticas, la literatura o el cine. Todas las obras que se exponen en los museos, todos las películas que se conservan en las cinematecas, son producto de universos sociales que se constituyeron poco a poco independizándose de las leyes del mundo ordinario y, en particular, de la lógica de la ganancia.Para que lo entiendan mejor, he aquí un ejemplo: el pintor del Quattrocento -se sabe por la lectura de los contratos- debía luchar contra quienes le encargaban obras para que éstas dejaran de ser tratadas como un simple producto, valuado según la superficie pintada y al precio de los colores empleados; debió luchar para obtener el derecho a la firma, es decir el derecho a ser tratado como autor, y también por eso que, desde fecha bastante reciente, se llaman derechos de autor (Beethoven todavía luchaba por este derecho); debió luchar por la rareza, la unicidad, la calidad; debió luchar, con la colaboración de los críticos, los biógrafos, los profesores de historia del arte, etcétera, para imponerse como artista, como creador.Es todo esto lo que está amenazado hoy a través de la reducción de la obra a un producto y una mercancía. Las luchas actuales de los cineastas por el final cut y contra la pretensión del productor de tener el derecho final sobre la obra, son el equivalente exacto de las luchas del pintor del Quattrocento. Los pintores necesitaron casi cinco siglos para conseguir el derecho de elegir los colores empleados, la manera de emplearlos y finalmente el derecho a elegir el tema, especialmente al hacerlo desaparecer con el arte abstracto, para gran escándalo del burgués que encargaba la obra. Del mismo modo, para tener un cine de autor se requiere un universo social, pequeñas salas y cinematecas que proyecten los clásicos y frecuentadas por los estudiantes, cineclubes animados por profesores de filosofía, cinéfilos formados en la frecuentación de dichas salas, críticos sagaces que escriban en los Cahiers du cinéma, cineastas que hayan aprendido su oficio viendo películas de las cuales pudieran hablar en estos Cahiers; en pocas palabras, todo un medio social en el cual determinado cine tiene valor, es reconocido. Son estos universos sociales los que hoy están amenazados por la irrupción del cine comercial y la dominación de los grandes difusores, con los cuales deben contar los productores, excepto cuando ellos mismos son difusores: resultado de una larga evolución, hoy han entrado en un proceso de involución. En ellos se produce un retroceso: de la obra al producto, del autor al ingeniero o al técnico que utiliza recursos técnicos, los famosos efectos especiales, y estrellas, ambos sumamente costosos, para manipular o satisfacer las pulsiones primarias del espectador (a menudo anticipadas gracias a las investigaciones de otros técnicos, los especialistas en marketing).Reintroducir el reino de lo comercial en universos que se han constituido, poco a poco, contra él, es poner en peligro las obras más nobles de la humanidad, el arte, la literatura e incluso la ciencia. No creo que alguien pueda querer esto realmente. Recuerdo la célebre fórmula platónica: Nadie es malvado voluntariamente. Si es cierto que las fuerzas de la tecnología aliadas con las fuerzas de la economía, la ley del lucro y la competencia, ponen en peligro la cultura, ¿qué hacer para contrarrestar ese movimiento? ¿Qué se puede hacer para favorecer las oportunidades de aquellos que sólo pueden existir en el largo plazo, aquellos que, como los pintores impresionistas de antaño, trabajan para un mercado póstumo?Buscar la máxima ganancia inmediata no es necesariamente obedecer a la lógica del interés bien entendido, cuando se trata de libros, películas o pinturas: identificar la búsqueda de la máxima ganancia con la búsqueda del máximo público es exponerse a perder el público actual sin conquistar otro, a perder el público relativamente restringido de gente que lee mucho, frecuenta mucho los museos, los teatros y los cines, sin ganar a cambio nuevos lectores o espectadores ocasionales. Una inversión rentableSi se sabe que, al menos en todos los países desarrollados, la duración de la escolarización sigue creciendo, así como el nivel de instrucción medio, como crecen también todas las prácticas estrechamente relacionadas con el nivel de instrucción (frecuentación de los museos y los teatros, lectura, etcétera), se puede pensar que una política de inversión económica en los productores y los productos llamados de calidad, al menos en el corto plazo, podría ser rentable, incluso económicamente (siempre que se cuente con los servicios de un sistema educativo eficaz).De este modo, la elección no es entre la mundialización -es decir la sumisión a las leyes del comercio y, por lo tanto, al reino de lo comercial, que siempre es lo contrario de lo que se entiende universalmente por cultura- y la defensa de las culturas nacionales o de tal o cual forma de nacionalismo o localismo cultural.Los productos kitsch de la mundialización comercial, el jean o la Coca-Cola, la soap opera o el filme comercial espectacular y con efectos especiales, o incluso la world fiction, cuyos autores pueden ser italianos o ingleses, se oponen en todos los sentidos a los productos de la internacional literaria, artística y cinematográfica, cuyo centro está en todas partes y en ninguna, aun cuando haya estado durante mucho tiempo y quizá todavía esté en París, sede de una tradición nacional de internacionalismo artístico, al mismo tiempo que en Londres y Nueva York. Así como Joyce, Faulkner, Kafka, Beckett y Gombrowicz, productos puros de Irlanda, Estados Unidos, Checoslovaquia y Polonia fueron hechos en París, igual número de cineastas contemporáneos como Kaurismaki, Manuel de Oliveira, Satyajit Ray, Kieslowski, Woody Allen, Kiarostami y tantos otros no existirían como existen sin esta internacional literaria, artística y cinematográfica cuya sede social está ubicada en París. Sin duda porque es allí donde, por razones estrictamente históricas, se constituyó hace mucho y ha logrado sobrevivir el microcosmos de productores, críticos y receptores sagaces necesario para su supervivencia.Repito, hacen falta muchos siglos para producir productores que produzcan para mercados póstumos. Es plantear mal los problemas oponer, como a menudo se hace, una mundialización y un mundialismo que supuestamente están del lado del poder económico y comercial, y también del progreso y la modernidad, a un nacionalismo apegado a formas arcaicas de conservación de la soberanía. En realidad, se trata de una lucha entre un poder comercial que intenta extender a todo el universo los intereses particulares del comercio y de los que lo dominan y una resistencia cultural, basada en la defensa de las obras universales producidas por la internacional desnacionalizada de los creadores.Quiero terminar con una anécdota histórica que también tiene que ver con la velocidad y que expresa correctamente lo que debían ser, en mi opinión, las relaciones que podría tener un arte liberado de las presiones del comercio con los poderes temporales. Se cuenta que Miguel Angel mantenía tan poco las formas protocolares en sus relaciones con el papa Julio II, quien le encargaba sus obras, que éste se veía obligado a sentarse muy rápidamente para evitar que Miguel Angel se sentara antes que él.En un sentido, se podría decir que intenté perpetuar aquí, muy modestamente, pero de manera fiel, la tradición, inaugurada por Miguel Angel, de distancia con respecto a los poderes y muy especialmente a estos nuevos poderes que son las fuerzas conjugadas del dinero y los medios.


*Copyright Clarín y Le Monde, 1999. Traducción de Elisa Carnelli

Pierre-Félix Bourdieu (/piɛɾ bʊɾdɪœ/) (Denguin1 de agosto de 1930 – París23 de enero de 2002) fue un sociólogo francés, de amplio conocimiento e influencia en las ciencias humanas y sociales del siglo XX.
Pierre Bourdieu al final de su vida se convirtió, por su compromiso público, en uno de los principales actores de la vida intelectual francesa. Su pensamiento ha ejercido una influencia considerable en la conciencia humana y social, especialmente en la sociología francesa después de la guerra. Revelamiento de la Sociología, ha habido muchos críticos que lo acusan de una visión particularmente determinista de lo social se defendió. Su obra está dominada por un análisis sociológico de los mecanismos de reproducción de jerarquías sociales. Bourdieu hace hincapié en la importancia de ladiversidad cultural y simbólico en esta reproducción critica la primacía otorgada a los factores económicos en las ideas marxistas. Él quiere hacer hincapié, en que la capacidad de los oficiales en la posición de dominio para imponer sus producciones culturales y simbólicas juega un papel esencial en la reproducción de las relaciones sociales de dominación. Lo que Pierre Bourdieu llama violencia simbólica , que él define como la capacidad de hacer caso omiso de la arbitrariedad de la producción simbólica, y por lo tanto para ser aceptado como legítimo, es de gran importancia en su análisis sociológico.
El mundo social, en las sociedades modernas, Bourdieu aparece como dividido en lo que él llama campos. Parece, en efecto, que la diferenciación de las actividades sociales condujo a la creación de sub-espacios sociales, como lo artístico o el campo político, que se especializa en el desempeño de una determinada actividad social. Estos campos tienen una autonomía relativa en la sociedad en su conjunto. Ellos son jerárquicos y una competencia dinámica proviene de las luchas sostenidas por los agentes sociales a ocupar las posiciones dominantes. Por lo tanto, como el marxista analiza, Bourdieu hace hincapié en la importancia de la lucha y el conflicto en el funcionamiento de la sociedad. Pero para él, estos conflictos se llevan a cabo principalmente en distintos ámbitos sociales. Están enraizadas en sus respectivas jerarquías, y se basan en la oposición entre los agentes dominantes y dominados. Para Bourdieu, el conflicto no reduce los conflictos entre las clases sociales que se centra en el análisis marxista.
Pierre Bourdieu también ha desarrollado una Teoría de acción , en torno al concepto de hábitos, que ha ejercido gran influencia en las ciencias sociales. Esta teoría trata de demostrar que los agentes sociales desarrollan las estrategias, sobre la base de un pequeño número de disposiciones adquiridas por la socialización, el bien y el inconsciente, se adaptan a las necesidades del mundo social. El trabajo de Bourdieu es tan ordenado en torno a una serie de conceptos rectores de pocos: el habitus como principio de acción de los agentes, como el espacio de carreras de campo social y la violencia simbólica como mecanismo fundamental de la primera imposición de las relaciones de dominación.

http://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu


El Acantilado publicó La filial del infierno en la tierra, libro que recoge los artículos y cartas de Joseph Roth escritos durante su exilio en París. Puedes ver una selección compuesta por tres de ellos, en los que Joseph Roth avisa premonitoriamente, desde el mismo año de 1933, sobre la verdadera naturaleza del régimen nazi.

"Ha llegado el momento de irnos. Quemarán nuestros libros, pensando en nosotros. Si uno se llama Wassermann, Döblin o Roth no puede esperar más. Tenemos que marcharnos, para que sólo prendan fuego a los libros." Es lo que, según testimonio de un amigo, manifestó el escritor austriaco Joseph Roth en junio de 1932. Medio año después, el 30 de enero de 1933, abandonó Berlín, la ciudad en la que había pasado la mayor parte de los doce últimos años. No volvería a pisarla. El 10 de mayo de 1933 su pesadilla se hizo realidad: los libros de los autores "proscritos" ardieron en las calles. En el exilio en París y durante los seis años siguientes, hasta su muerte en 1939, apareció más de la mitad de su obra: algunas de sus novelas más importantes, como Confesión de un asesino, La cripta de los capuchinos o La leyenda del santo bebedo, y un buen número de artículos que sobre el totalitarismo y la dictadura en general y contra el régimen nacionalsocialista en particular escribió para distintas revistas y periódicos. Nadie lo hizo con tan inflexible claridad y convincente energía, con tanta pasión y a la vez desde la independencia. En La filial del infierno en la tierra (Kiepenheuer & Witsch, Colonia, 2003; El Acantilado, Barcelona, 2004) se han reunido por vez primera la mayor parte de esos artículos políticos y cuatro de las cartas que con el mismo tema dirigió a su amigo Stefan Zweig. La fuerza de una de las voces más originales de las letras alemanas se percibe ya desde algunos de los títulos de estos textos: "La muerte de la literatura alemana", "Auto de fe del espíritu", "Los judíos y los nibelungos", "El mito del alma alemana", "El orador apocalíptico", "El bozal para escritores alemanes" o "El enemigo de todos los pueblos". Enemigo que no es sino la indiferencia frente a las atrocidades que se cometen en el terreno de lo humano.•  B. V. M.



El Tercer Reich, la filial del infierno en la tierra


Desde hace diecisiete meses nos hemos acostumbrado a que en Alemania se vierta más sangre que tinta emplean los periódicos para informar sobre esa sangre. Es probable que el amo de la tinta de imprenta alemana, el ministro Goebbels, tenga más cadáveres sobre su conciencia, si es que la tiene, que periodistas a su disposición para echar tierra sobre la mayor parte de los muertos. Pues se sabe que la misión de la prensa alemana consiste no tanto en publicar hechos, sino en ocultarlos; no sólo en difundir mentiras, sino también en sugerirlas; no sólo en confundir al mundo —el resto de este mundo raquítico que aún posee una opinión pública—, sino también en obligarle a aceptar las noticias falsas con una ingenuidad desconcertante. Nunca hasta ahora, desde que se derrama sangre en este planeta, ha habido un asesino que se haya lavado las manos ensangrentadas con tanta tinta de imprenta. Nunca hasta ahora, desde que en este mundo se miente, ha tenido un mentiroso tantos y tan potentes altavoces a su disposición. Nunca hasta ahora, desde que se cometen traiciones en este mundo, un traidor fue traicionado por otro aún mayor, nunca se vio semejante concurso de traidores. Pero tampoco jamás esa parte del mundo que hasta ahora nunca se había hundido en la noche de la dictadura quedó cegada hasta tal punto por el rojizo brillo infernal de la mentira, aturdida hasta tal punto por el estrépito de la mentira, ni tan sorda como ahora. Porque desde hace siglos se ha acostumbrado uno a que la mentira se cuele de puntillas, sin hacer ruido. Sin embargo, el más sensacional invento de las modernas dictaduras consiste en haber creado la mentira estridente, basándose en la hipótesis, acertada desde el punto de vista psicológico, de que al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz. Desde la irrupción del Tercer Reich, a la mentira, contradiciendo el refrán, le han crecido las piernas. Ya no sigue a la verdad pisándole los talones, sino que corre por delante de ella. Si hay que reconocer a Goebbels alguna obra genial, sería la de haber sido capaz de hacer que la verdad oficial cojeara tanto como él. Ha prestado su propio pie equinovaro a la verdad oficial alemana. El hecho de que el primer ministro de la Propaganda alemán cojee no es una casualidad, sino una broma consciente de la Historia.. .

 Sin embargo, hasta ahora esta ingeniosa ocurrencia de la historia universal tan sólo ha sido advertida por los corresponsales extranjeros en raras ocasiones. Pues es un error creer que los periodistas de Inglaterra, de América, Francia, etcétera, no caen en manos de los altavoces y de los transmisores de mentiras alemanes. También los periodistas son hijos de su tiempo. Es una equivocación creer que el mundo tiene una idea exacta de lo que es el Tercer Reich. El corresponsal, que tiene que dar fe de los hechos, se inclina devoto ante el fait accompli (el hecho consumado) como ante un ídolo, ese fait accompli que incluso reconocen los políticos, monarcas y sabios, los filósofos, profesores y artistas que detentan el poder y gobiernan el mundo. Aún hace diez años un asesinato, da igual dónde y contra quién se cometiera, habría estremecido al mundo entero. Desde los tiempos de Caín la sangre inocente que clamaba al cielo se escuchaba también en la tierra. Aún el asesinato de Matteotti —¡y no ha pasado tanto!— causó horror entre los vivos. Pero desde que Alemania acalla el grito de la sangre con sus altavoces, éste ya no se escucha en el cielo, sino que se difunde en la tierra como una noticia habitual de la prensa. Se ha asesinado a Schleicher y a su joven esposa. Se ha asesinado a Ernst Röhm y a muchos otros. Muchos de ellos eran asesinos. Pero el castigo que han recibido no es justo, sino injusto. Unos asesinos más astutos y más rápidos han matado a los menos astutos y más lentos. En el Tercer Reich no sólo Caín mata a Abel a golpes. También un super-Caín mata al simple Caín. Es el único país del mundo en el que no hay asesinos a secas, sino asesinos elevados a la enésima potencia.

  Y como queda dicho, la sangre derramada clama a ese cielo en el que no se reúnen los corresponsales —criaturas terrenales—. Ellos se reúnen en las conferencias de prensa de Goebbels. No son más que seres humanos. Aturdidos por los altavoces, desconcertados por la velocidad con la que de pronto, y contra todas las leyes de la naturaleza, una verdad renqueante se pone a correr y con la que las cortas piernas de la mentira se alargan de tal modo que a paso de carga adelanta a la verdad, estos periodistas comunican al mundo sólo aquello que les notifican en Alemania, y no tanto lo que ocurre en Alemania.

  Ningún corresponsal puede hacer frente a un país en el que, por primera vez desde la creación del mundo, no sólo se producen anomalías físicas, sino también metafísicas: ¡monstruosas creaciones del infierno! Tullidos que corren; incendiarios que se prenden fuego a sí mismos; fratricidas que son hermanos de asesinos; demonios que se muerden su propio rabo. Es el séptimo círculo del infierno, cuya filial en la tierra lleva por nombre "Tercer Reich".

Pariser Tageblatt. 6 de julio de 1934



  Europa sólo es posible sin el Tercer Reich

Sigue habiendo —incluso hoy día— un anhelo, una nostalgia de solidaridad europea, una solidaridad de la cultura europea. La solidaridad misma por desgracia ya no existe, a no ser en los corazones, en la conciencia, en las mentes de algunos grandes hombres en el seno de cada nación. La conciencia europea —me gustaría llamarla la "conciencia cultural de Europa"— empezó a atrofiarse en aquellos años en los que despertó el sentimiento nacional, la conciencia nacional. Se podría decir que el patriotismo ha asesinado a Europa . El patriotismo es particularismo. Un hombre que ama su "nación" o su "patria" por encima de todo, revoca la solidaridad europea. Amar significa valorar el objeto amado, más aún, sobrevalorarlo. Amar con los ojos abiertos, es decir, con capacidad crítica, es algo de lo que sólo son capaces algunos hombres, los elegidos. A la mayoría de las personas el amor las vuelve ciegas. La mayoría de las personas que aman su patria o su nación son unos pobres ciegos. No sólo no están en condiciones de ver los típicos errores de su nación y de su país, sino que incluso tienden a considerar esos errores como un modelo de virtudes humanas. Y a eso, con mucho orgullo, se le llama "conciencia nacional".

  No obstante: la cultura europea es mucho más antigua que las naciones europeas. Grecia, Roma e Israel, la cristiandad y el Renacimiento, la Revolución Francesa y la Alemania del siglo XVIII, la música supranacional austriaca y la poesía eslava, todas esas fuerzas han moldeado la faz de Europa. Todas esas fuerzas han configurado la solidaridad europea, la conciencia cultural de Europa. Ninguna de esas fuerzas conoció las fronteras nacionales. Todas ellas son enemigas naturales del poder bárbaro, del llamado "orgullo nacional".

  El estúpido amor por el "terruño" mata el amor a la tierra. El orgullo por haber nacido en un determinado país, en el seno de una nación determinada, destruye el sentimiento universal europeo. Se puede o amar a todos los pueblos en la misma medida o anteponer uno solo a todos los demás. Es decir, se puede ser europeo o un "patriota" ciego... Y la mayoría de los patriotas son ciegos, tienen que estar ciegos, como tienen que estarlo los enamorados. Si no estuvieran ciegos, no estarían enamorados.

  Me invitan ustedes a decir si es posible salvar la cultura europea. ¡Sin duda alguna! ¡Incluso hoy día!
     Teniendo en cuenta el peligro —nada desdeñable— de que sus lectores me tomen por un "utópico ajeno al mundo", me permito proponerles mi receta:

    1. Se acuerda, se establece en un lugar reconocido por todos —aún hoy— que cualquier "orgullo nacional", cualquiera que sea, es un disparate y su invocación una muestra de mal gusto.
     2. Se decreta en Ginebra, en la Sociedad de Naciones, que todos los hombres de todas las razas son iguales y se prohíbe a esa nación que no comparte esta opinión el ingreso en la Sociedad de Naciones .
     3. S e prohíbe a la actual Alemania, al Tercer Reich por lo tanto, gozar de la misma dignidad de la que pueden vanagloriarse todas las naciones europeas. Porque, de todos los países y pueblos europeos, Alemania es el único que proclama su supuesto derecho a una misión especial. Se aísla a Alemania: entonces la solidaridad europea quedará establecida . En la actualidad sólo hay un enemigo de la solidaridad europea. Ese enemigo es el "Tercer Reich". Ese enemigo es Alemania.

     Ruego a los lectores que no me acusen demasiado rápido de "resentimiento" o de algún tipo de "odio". Sería mejor guardarse de esa falsa "objetividad" que al fin y al cabo lleva a abrir las puertas también a los asesinos, para que no echen en cara a sus víctimas que no han actuado con lealtad.

     No siento ningún odio hacia Alemania, más bien desprecio. La alusión al pasado de Alemania me parece ridícula e infantil. Desde 1870 Alemania se diferencia de la vieja Alemania aún más que la moderna Grecia de la antigua. No se reconoce a un ministro griego de hoy por el hecho de ser un compatriota de Pericles. De modo que dejemos de una vez por todas de deducir del gran pasado alemán la esperanza en un gran futuro alemán. Más semejanza existe entre Venizelos y Aquiles de la que puedan tener Goebbels, Göring y Hitler aunque sólo sea con Hagen de Trónege. Es un error considerable y peligroso conceder algún crédito a esa nación alemana de hoy a pesar de todas las barbaridades que comete, crédito al que su pasado al parecer le da derecho. Porque conserve uno en los cementerios las tumbas de Lessing y de Schiller, no se es necesariamente el heredero de Lessing y de Schiller.

     La acrópolis aún está en Atenas. Y a nadie se le ocurre afirmar que el Parlamento griego de hoy es heredero del ágora. ¿Por qué entonces conceder a la Alemania de hoy el crédito que hayan merecido sus antepasados, a los que ella hace tiempo ha negado, es más, suprimido ?

     ¡Un pueblo cuyo Lessing actual es Goebbels tiene menos que ver con la antigua Alemania que los modernos helenos con Agamenón!

     Existe una posibilidad, incluso hoy día, de restablecer la solidaridad europea, y consiste en excluir al "Tercer Reich" de la solidaridad europea.

     No cabe ninguna solidaridad europea con Alemania, con el "Tercer Reich". Con él, Europa es un escándalo. Sin Alemania, Europa es una autoridad.

Die Wahrheit (Praga). 20 de diciembre de 1934



  Lo inexpresable


Mes tras mes, semana tras semana, día tras día, de hora en hora, de un instante al siguiente, en este mundo resultará cada vez más difícil expresar lo inexpresable. El círculo de fascinación de la mentira, que los criminales levantan en torno a sus fechorías, paraliza la palabra y a los escritores, que están a su servicio. No obstante, se impone el deber, inexorable, que le ha encomendado a uno la gracia, de perseverar hasta el último momento, es decir, hasta la última gota de tinta, de tomar la palabra en el verdadero sentido de la palabra, la palabra amenazada por la paralización. En nuestros días debe uno disculparse si escribe... Y sin embargo tiene que seguir escribiendo...

    Hay que escribir precisamente cuando ya no cree uno que se pueda mejorar nada por medio de la palabra impresa. A los optimistas es posible que escribir les resulte fácil. A los escépticos, por no decir desesperados, les cuesta mucho, y por eso sus palabras deberían tener más peso. Las suyas deberían ser por así decir voces del más allá. Deberían estar envueltas en el brillo de lo estéril. (¡Y es que lo estéril tiene su brillo!)

II
¿Quién estaría en condiciones de imaginar tamañas monstruosidades, cuando él mismo no las comete? Las monstruosidades que actualmente son difundidas cada día por la radio y por las redacciones del mundo entero. Y menos aún las monstruosidades que una y otras silencian. Es monstruoso hasta el hecho de que, lejos de la amenaza, todavía pueda uno hundir la pluma en el tintero con toda tranquilidad para informar de esas verdades que a un mundo apático, perezoso, sordo, le gusta calificar de "cuentos" y hasta de "cuentos de terror", de "falsas atrocidades", en un momento en el que la realidad es una atrocidad de tal índole que ella misma se convierte en un cuento y una verdadera atrocidad resulta un idilio comparado con esa realidad. Esa realidad está armada hasta tal punto que ya no puede regir ningún inter arma silent musae y uno debería acostumbrarse a esta otra versión: Inter arma clamant musae de profundi.

III
En el edificio de viviendas del número 67 de la Obere Donaustrasse de Viena, un judío de setenta y dos años fue obligado a trepar por una escalera de bomberos sosteniendo la manguera en la mano izquierda y agarrándose con la derecha al pasamanos. Los hombres de las SA lo llamaron "prueba de fuego". Cuando el portero declaró a los verdugos que estaba dispuesto a trepar en lugar del judío, se le amenazó con detenerle y se le envió de vuelta a su sótano.
     En Wilster el tribunal ha decidido que a los padres que impidan a sus hijos el ingreso en las Juventudes Hitlerianas se les negará la "patria potestad". (¡Madres suprimidas!)

     El Tribunal Supremo en Colonia ha declarado en una sentencia que una casa en la que viva un judío puede considerarse "defectuosa".

     Al dueño de un café en la Währinger Strasse vienesa los nazis le dejaron ciego.

     ¿Es suficiente?

     No. Me temo que no lo es. Y he de temer mucho más si prosigo con el informe de las verdades: me incluirían entre los "notorios" inventores de atrocidades, denunciados "hasta la saciedad", de quienes los autores de las atrocidades nos cuentan sus propios cuentos (no los nuestros).
     Son muchas las atrocidades que conozco. Y también son numerosos los que las consienten. Pero, ¡saber! ¿Quién quiere saber algo de esto? El mundo se ha vuelto apático y sordo, desconfiado frente a los que dicen la verdad y confiado frente a los que difunden la mentira. Sé que escribo en el desierto, ¡y que todos nosotros clamamos en el desierto...!
     Noticias como las que he mencionado anteriormente —y similares— le llegan casi cada día al autor de estas líneas. Publicarlas sería evidentemente el deber de los periodistas extranjeros, si no supiera uno que a sus obligaciones se les han puesto límites y que por tanto lo monstruoso sucede. ¡Que los mensajeros de la verdad están obligados por sus patronos a un compromiso, es decir, que, puestos a elegir entre la verdad y la mentira, tienen que hacer justicia de la misma manera a una y a otra!

     Suceden cosas monstruosas. "Los ojos y los oídos del mundo", como se dice en los noticiarios semanales, deslumbran los ojos despiertos y aturden los oídos de los hombres dispuestos a escuchar.

     Un brillo infernal único —el reflejo rojizo del fuego del averno— emana sin embargo de la mentira, que en modo alguno se conforma con encubrir una verdad, sino que además está dispuesta a ponerse en su lugar y a alcanzar su título. Y lo ha conseguido, ¡no cabe duda! ¡Qué mundo! En él, las más atrevidas fantasías de Balzac palidecen, las más formidables entre las de Shakespeare pierden color y uno se siente forzado a reconocer que esta década, en lo que respecta a la intensidad de su ruindad diabólica, podría avergonzar a varios siglos...

IV
Pienso en el anciano judío de setenta y dos años al que obligaron a trepar por la empinada escalera de incendios. No había allí ningún corresponsal extranjero. Y si hubo alguno, no informó sobre ello. Y de haber informado alguno sobre ello, habría caído en el olvido.

     ¡En efecto! Frente a la indiferencia del mundo, las atrocidades del no-mundo son una minucia.
     Y la más terrible de las "pretendidas atrocidades", de la que aún hablarán nuestros bisnietos, es el embotamiento de un mundo que se ha convertido en un no-mundo. Como si, de manera grotesca, quisiera alegar que no ha sido creado a partir de la palabra de Dios, sino de una errata de Satanás.


Manuscrito de 1938. Leo Baeck Institute (Nueva York)


— Nota introductoria y traducción de Berta Vias Mahou

Moses Josep Roth (BrodyImperio austrohúngaro2 de septiembre de 1894 - París27 de mayo de 1939) fue un novelista y periodista austríaco de origen judío.
Escribió con técnicas narrativas tradicionales varias novelas de calidad como Fuga sin fin,La leyenda del santo bebedor o La rebelión. Su obra más conocida es La marcha Radetzky, que describe a una familia durante el ocaso del Imperio austrohúngaro. Está considerado, junto con Hermann Broch y Robert Musil, uno de los mayores escritores centroeuropeos del siglo XX. Formó parte de la literatura del exilio provocado por el nazismo. Su obra fue reconocida póstumamente.

Obras

  • Das Spinnennetz (La tela de araña, p. 1967, póstum.). Se publicó en un periódico vienés en octubre y noviembre de 1923, con la finalidad de alertar sobre el creciente nacionalismo alemán. Es una novela fallida, con defectos debidos a la urgencia de su escritura. Roth prefería señalar que Hotel Savoy fue la primera.
  • Hotel Savoy (1924). Novela. Describe a la variada clientela de un hotel, ordenando sus historias de acuerdo a la riqueza y estatusde sus personajes.
  • Die Rebellion (La rebelión, 1924). Novela. Su protagonista, Andreas Pum, perdió una pierna en la Primera Guerra Mundial y se gana la vida tocando el organillo. Un incidente nimio en un autobús empeora su situación.
  • April. Die Geschichte einer Liebe (1925).
  • Der blinde Spiegel, (El espejo ciego, 1925). Cuentos.
  • Die Weissen Städte (Las ciudades blancas, 1925). Pertenece al volumen Im Bistro nach Mitternach, p. en 1999, póstum. Libro de viajes por el centro y sur de Francia.
  • Juden auf Wanderschaft (Judíos errantes, 1927). Selección de algunos de sus artículos periodísticos. Relata las migraciones de judíos orientales hacia Europa Occidental, después de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Soviética.
  • Die Flucht ohne Ende (Fuga sin fin, 1927). Sigue esta novela las experiencias de un soldado austríaco que regresa de su cautividad en Siberia, hacia el Oeste, y que se encuentra con una sociedad distinta.
  • Zipper und sein Vater (Zipper y su padre, 1928). Novela breve.
  • Rechts und Links (A Diestra y Siniestra o Izquierda y derecha, 1929). Novela. Tres biografías paralelas, una fotografía del poder y de los que lo detentan, una radiografía del dinero y de sus mecanismos de compraventa: una escalofriante novela sobre la soledad del hombre moderno implacable, lúcida y brillante.
  • Hiob. Roman eines einfachen Mannes (Job, 1930). Novela sobre la lucha de los judíos de Europa Oriental, con una analogía moderna de la historia bíblica. En una revista, la actriz Marlene Dietrich comentó que era su libro favorito. Fue el primer libro que le proporcionó fama como novelista.
  • Panoptikum. Gestalten und Kulissen, 1930
  • Radetzkymarsch (La marcha Radetzky, 1932). Es su novela más conocida. Describe el Imperio Austrohúngaro desde 1859, cuando un oficial del ejército salva la vida del joven emperador en la batalla de Solferino hasta la muerte del emperador Francisco José en 1916. A través de la historia de la familia Trotta, analiza esa sociedad plurinacional y multiétnica, y su desintegración paulatina. Oscila entre la nostalgia y la observación irónica del presente.
  • Stationschef Fallmerayer (1933).
  • Tarabas, ein Gast auf dieser Erde (Tarabas, 1934). Novela. Su protagonista, Nikolaus Tarabas, vive solamente para la guerra. Relato violento y brutal, describe la caótica guerra en la "frontera occidental" del Imperio ruso en el momento de su disgregación. Destacan las páginas que describen un progromo.
  • Der Antichrist (El Anticristo, 1934). Panfleto en defensa del humanismo y contra lo que el autor considera las modernas formas de barbarie: el nazismo, el comunismo, el patrioterismo, la tecnología y el cine de Hollywood.
  • Triumph der Schönheit (El triunfo de la belleza, 1934).
  • Die Büste des Kaisers (El busto del Emperador, 1934). Relato breve.
  • Die hundert Tage (La balada del centenar de días, 1936)
  • Beichte eines Mörders, erzählt in einer Nacht (Confesión de un asesino, 1936). En un bar de París, se confiesa un tenebroso personaje, hijo ilegítimo de un príncipe ruso y ex agente de la policía secreta de los zares. Fábula sobre el Mal, esta “novela rusa” de Roth es una de sus obras maestras de su madurez.
  • Das falsche Gewicht. Die Geschichte eines Eichmeisters (El peso falso, 1937). Novela. Su protagonista, Anselm Eibenschütz, antiguo soldado imperial austríaco, es inspector de pesos y medidas en la frontera con el Imperio Zarista. Describe una comarca perdida, en la frontera con Rusia, habitada por falsarios, contrabandistas y desertores.
  • Die Kapuzinergruft (La cripta de los capuchinos, 1938). Novela. El título se refiere al panteón imperial austríaco. A modo deepílogo de La Marcha Radetzky, relata la caída del imperio a través de la familia Trotta. Escrito en el momento del Anschluss, representa el compromiso de Roth con la perdida Monarquía dual de los Habsburgo.
  • Die Geschichte von der 1002. Nacht (La noche mil dos, 1939). Novela. El soberano de Persia visita Viena. los personajes principales -Baron Taittinger, la madame del burdel Frau Matzner, y la prostituta Mizzi Schinagl- caen víctimas de los regalos que elSah de Persia les hace. Combina tensión dramática con suave humor, aventuras y un aire de cuento oriental.
  • Die Legende vom heiligen trinker (La leyenda del santo bebedor, 1939). Novela escrita poco antes de morir. El protagonista es Andreas Kartak, un clochard que vive bajo los puentes del Sena; recibe un doscientos francos, con la obligación de restituirlos, cuando pueda, a la santa Teresita de Lisieux de la iglesia de Sainte Marie des Batignolles. Va describiendo los diferentes intentos de Andreas por cumplir esa promesa. Este relato tuvo una la versión filmada por el director Ermanno OlmiLa Leggenda del santo bevitore, de 1988, con Rutger Hauer de protagonista.
  • Der Leviathan (El Leviatán, p. 1940, póstum.). Novela. El protagonista es Nissen Piczenik, un comerciante de corales que, un día, decide mezclar corales falsos en su mercancía. Se publicó fragmentariamente en 1934 con el título de Der Korallenhändler yStationschef Fallmerayer.
  • Der stumme Prophet, (El profeta mudo, p. 1956, póstum.). Recoge sus reflexiones, escritas en 1929, sobre el viaje realizado a la Unión Soviética en 1926.
  • Die Filiale der Hölle auf Erden. Schriften aus der Emigration, (La filial del infierno en la Tierra. Escritos desde la emigración, p. 2003, póstum.). Artículos escritos en los años 1930 y cuatro cartas a Stefan Zweig.
  • http://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Roth