A. Spire: —La política es sin duda un lugar privilegiado de la mentira. Hannah Arendt lo recuerda varias veces enVerdad y política, insistiendo en los estragos de la manipulación de masas, dado que la reescritura de la historia, la fabricación de imágenes sobrecogedoras son lo propio de todos los gobiernos. El trabajo de Jacques Derrida va más allá, proponiéndonos una pequeña historia filosófica de la mentira. Desde Aristóteles hasta Heidegger, san Agustín, Rousseau y Kant han pensado los recorridos de una concepción de la mentira de la que se infiere que la intención de mentir está en el origen de un engaño al otro o a uno mismo, que hay que diferenciar de la mentira por error o de las incertidumbres más o menos deseadas que fecundan las ambigüedades del lenguaje. Kant, como es evidente, es quien rechaza el supuesto derecho de mentir por humanidad en nombre de principios meta-jurídicos.
Nos preguntaremos, con Jacques Derrida, si el discurso político es, por esencia, mentiroso o si la clase política francesa ha resultado desde hace años más fácilmente gangrenada que otras por el rechazo de la verdad. Trataremos de saber si el general de Gaulle y François Mitterrand se movían en la mentira cuando se negaban a reconocer la responsabilidad del Estado francés durante el período de 1940-1944, al decir Jacques Chirac la verdad un famoso día del mes de julio en que celebraba el aniversario de la redada del Vel d'Hiv [Velódromo de Invierno]. El carácter mediático de la toma de posición presidencial nos permitirá interrogarnos tanto sobre la dimensión performativa de su discurso como sobre el peso de inconsciente colectivo que provoca en esta ocasión. ¿Verdad por fin proclamada o nueva condición para un discurso transformado sobre el período y sobre la culpabilidad del Estado de Vichy? Los titubeos de seis presidentes de la República que precedieron a Jacques Chirac dan testimonio de la dificultad de escribir e incluso de la vanidad de tratar de pensar una historia de la mentira cuyas condiciones de aplicación son extremadamente cambiantes. No obstante, la intención de verdad sigue siendo un imperativo categórico.
Pr.: —Actualmente, usted dirige un seminario sobre el testimonio. Esto es lo que nos permite hoy pensar con usted la mentira en política.
Se puede decir que usted se desmarca de una determinada historia de la filosofía que ha confundido demasiado fácilmente la historia del error con la historia de la mentira. Para mostrar que ambas historias son distintas, usted afirma que se puede decir lo falso sin querer y sin mentir; y, al contrario, que se puede mentir diciendo algo que es verdad. ¿Nos puede dar un ejemplo de este «mentir diciendo algo que es verdad», que parece más difícil de comprender?
J. Derrida: —Cuando testifico, prometo decir la verdad, ya sea ante un tribunal o en la vida cotidiana; y es preciso, por consiguiente, disociar desde el principio la veracidad de la verdad. Cuando miento, no digo necesariamente lo falso y puedo decir lo falso sin mentir. Este es un ejemplo canónico: Freud, en El chiste,cuenta la siguiente historia judía que Lacan cita con frecuencia: uno le dice al otro: «Me voy a Cracovia», y es verdad, dice la verdad; pero el otro, que sospecha que está mintiendo, le dice: «Pero ¿por qué me dices que te vas a Cracovia si te vas a Cracovia?, ¿es para que crea que te vas a Varsovia?». Dicho de otro modo, éste es un ejemplo en donde alguien ha intentado mentir diciendo algo que es verdad. Esto nos permite disociar lo verdadero de lo veraz, lo falso de lo mentiroso. Puedo perfectamente proponer un enunciado falso porque creo en él, por consiguiente, con la sincera intención de decir la verdad, y no se me puede acusar de mentir sin más porque lo que digo es falso. En cambio, si digo algo que es verdadero sin pensarlo o bien con la intención de confundir al que me está escuchando, miento. Falto a la verdad cuando digo algo distinto de lo que pienso. Faltar a la verdad supone una intención de engañar al otro, de confundirle. Por lo tanto, la mentira implica la intención de engañar.
Pr.: —Esa voluntad de engañar al otro, esa intención detrás de la mentira, es lo que usted llama el concepto clásico y dominante de la mentira. Sin embargo, la experiencia cotidiana es más bien la de la «mentira a medias», la de «una cuarta parte de mentira», de algo que ocurre entre lo voluntario y lo involuntario, entre lo intencional y lo no-intencional. ¿Qué pasa entonces con todas esas experiencias en las que se miente en parte por timidez, en parte por vergüenza a veces, y otras veces incluso por hacer un favor? ¿Son también mentiras?
J. Derrida: —Todo lo que usted apunta que se ventila aquí es muy grave porque tenemos la sensación de que debemos mantener la validez de ese concepto clásico y dominante. Si lo pusiéramos en tela de juicio, estaríamos arruinando todo el fundamento de la ética, del derecho, de la política. Por lo tanto, hay que mantener ese concepto que denomino el concepto cuadriculado, cabal, de la mentira: alguien dice deliberadamente algo distinto de lo que sabe con la intención de confundir al que le está escuchando.
Naturalmente, una reflexión sobre la mentira es una reflexión sobre la intencionalidad: ¿qué quiere decir la intencionalidad? Toda la tradición filosófica dominante de la mentira se refiere a un concepto de voluntad intencional y temática: es preciso que tanto el que habla como el que escucha tengan, ambos, una representación temática de lo que quieren decir y entender; y en todas partes en donde esa representación temática falta, se torna borrosa o equívoca a causa de la retórica, del contexto, etc., carecemos de criterios para disociar la mentira de la no-mentira. Es necesario mantener un concepto tradicional de la mentira que es el axioma mismo del vínculo social y, a la vez, permanecer atentos ante los equívocos, los presupuestos de dicho concepto.
Por lo tanto, no están sólo los claroscuros, el subconsciente, la marginalidad de la conciencia. Están también, ya que la mentira es algo que pertenece al lenguaje, todos los efectos retóricos, los tropos, los equívocos debidos al hecho de que no digo exactamente lo que quiero decir tal y como quiero decirlo. Por eso, resulta siempre imposible probar que ha tenido lugar una mentira, porque el único árbitro al respecto es el que, en su conciencia, en su fuero interno, sabe lo que ocurre. Puedo probar que alguien no ha dicho la verdad, que alguien, en efecto, ha engañado a alguien, pero no puedo probar, en el sentido estricto y teórico del término, que alguien ha mentido. De ahí un gran número de aporías y de dificultades sobre las que volveremos.
Pr.: —Da usted dos ejemplos extremadamente interesantes que permiten comprender lo que son esas «verdades a medias». El primer ejemplo es uno del que habla Montaigne: no puedo decir todo lo que tengo en la cabeza, pero esa verdad a medias no pertenece necesariamente al orden de la mentira. El segundo ejemplo es el de la mujer que finge el orgasmo por amor hacia el hombre con el que está, para hacerle creer que es estupendo; al fingir el orgasmo, engaña a su amante. ¿Lo engaña por su interés y, de forma más general, se puede mentir por el interés de aquel a quien se está mintiendo?
J. Derrida: —Éstas son dos grandes arterias del problema. En primer lugar, con respecto a que no se puede decir todo: se trata del concepto clásico de la mentira por omisión. Existen dos formas de omisión: la que consiste en disimular algo adrede y la que remite a la finitud del discurso y que consiste en no decirlo todo aunque yo quiera hacerlo. Sólo un ser finito puede mentir, tiene capacidad para mentir. Remito aquí, para complicar todavía más las cosas, al célebre Hipias menor de Platón: en este tratado sobre lo falso Platón utiliza la palabra pseudos(de la que ya resulta difícil dar una traducción adecuada en la medida en que pseudos, en griego, quiere decir a la vez lo mentiroso, lo falso o lo ficticio). Es esta noción de ficción la que resulta interesante, pues cuando la ficción se inmiscuye en el discurso, ¿en qué momento se puede decir que esa ficción es mentira? Rousseau, que dice cosas preciosas sobre la mentira en Las confesiones y en Las ensoñaciones, afirma que la ficción, y por consiguiente la literatura, no miente desde el momento en que no perjudica al otro.
El orgasmo fingido, o fake orgasm, por citar la expresión en inglés (en Estados Unidos hay mucha bibliografía sobre este enorme tema), ¿constituye una mentira o un fingimiento? ¿Qué ocurre en los casos en que ese orgasmo fingido está destinado a agradar, a arreglar las cosas?
Se trata de otra gran arteria del problema, la del mendacium officiosum, o mentira útil, gran tema de la literatura sobre la mentira, especialmente presente en Agustín y en Kant. Platón planteaba ya la cuestión de la mentira útil desde el punto de vista político: en interés del ciudadano, algunos pueden considerar que es bueno mentir. La censura oficial en tiempos de guerra procede de esa mentira útil: es bueno para el estado de la nación, para la moral de los soldados, disimular ciertas informaciones.
Pero, por volver al orgasmo fingido, su naturaleza depende sin duda de cada caso. No obstante, ya no se trata aquí de un enunciado declarativo, mientras que, por lo general, se suele inscribir el problema de la mentira dentro de la cuestión no sólo del lenguaje proferido, sino de un determinado tipo de lenguaje declarativo, constatativo: digo lo que es o lo que no es. Aquí tenemos que vérnoslas con manifestaciones, con testimonios, que no son necesariamente hablados, que pueden ser gritados o silenciosos, y que pueden tener efectos de disimulo, de falsificación, útil o no útil y, ya que tendremos que hablar más adelante de política y de información, resulta evidente que la filtración de la información, la selección, el hecho de dejar al margen determinados hechos y sacar otros a relucir, ya puede ser interpretado como una especie de falsificación para la que el concepto de mentira no resulta muy seguro.
Pr.: —Lo que también está implícito en el concepto clásico y dominante de la mentira como engaño intencional y consciente es la idea de que la relación de alguien consigo mismo sería clara y transparente. Por lo tanto, no habría mentiras para con uno mismo. En psicoanálisis, sin embargo, las cosas son mucho más complicadas, como bien lo ha mostrado Freud. A la pregunta «¿existe una diferencia entre la mentira para con uno mismo y la mentira a los demás?», un psicoanalista con el que nos encontramos nos respondió: «Cuando uno se miente a sí mismo es porque se toma por otro. La mentira para con nosotros mismos es ante todo protectora del narcisismo, nos defendemos de la imagen desfavorable que nos hemos podido dar a nosotros mismos. Nos mentimos cuando nosotros mismos tenemos ganas de resguardarnos».
Como recordará, Rousseau dice que es una locura mentirse a sí mismo, que cada cual se debe a sí mismo la verdad, y que la mentira para con uno mismo no engaña a otro sino al existente mismo frente a sí mismo.
J. Derrida: —Dentro de cualquier lógica rigurosa y de la tradición de lo que llamamos el concepto dominante de la mentira, la mentira para con uno mismo es imposible. En efecto, por definición, de acuerdo con dicho concepto, el mentiroso sabe lo que tiene en la cabeza y que está disimulando, falsificando. Por lo tanto, mentirse a sí mismo es una contradicción. Admitir semejante posibilidad es suponer que me miento a mí mismo como a otro y que, por consiguiente, excedo la dimensión de la conciencia intencional o representativa. Eso es precisamente lo que ocurre con el psicoanálisis. Por eso, la gran problemática filosófica de la mentira, incluso renovada por pensadores como Hannah Arendt o Koyré, excluye el psicoanálisis. Al no poder asumir ese concepto tradicional de la mentira, el psicoanálisis está obligado a transformarlo. En sentido clásico, por ejemplo, un síntoma no es ciertamente una mentira. La alternativa es, pues, la siguiente: o bien nos referimos a la tradición dominante de la mentira y entonces no hay lugar ni para el inconsciente ni para el síntoma, o bien integramos esas dimensiones y, entonces, conviene transformar el concepto de mentira o, incluso, abandonar esa palabra. Por eso, Freud no habla mucho de la mentira. Lacan ha reintroducido el término: para él, sólo un ser parlante puede mentir, un ser en relación con la Verdad. El animal, por ejemplo, según Lacan, no miente; puede usar de ardides, disimular, pero no puede mentir. Sólo puede mentir alguien que promete la verdad. Ahora bien, no se puede prometer la verdad sino al otro. Si me la prometo a mí mismo, es que estoy dividido. No puedo mentirme a mí mismo más que allí donde soy radicalmente otro para mí mismo. En otras palabras, no me miento a mí mismo como a mí, miento a otro.
Pr.: —Para volver a la filosofía, es preciso evidentemente abordar la gran polémica sobre la mentira en la historia del pensamiento que opuso a Kant y a Benjamin Constant en los ultimísimos años del siglo XVIII. En Sobre un supuesto derecho a mentir por humanidad Kant explicaba que una de las condiciones formales del derecho, de la vida en sociedad, era que es absolutamente preciso ser veraces en toda circunstancia, que es un deber para con el otro, incondicionalmente, no abusar de su buena fe. Usted expresa una especie de desasosiego ante este texto, pues, en su opinión, esa postura es quizás irrefutable.
J. Derrida: —Mi desasosiego es doble: conecta, en primer lugar, con el de los lectores de Kant, empezando por Benjamin Constant. Para Kant hay que decir la verdad en toda circunstancia. Por ejemplo, dice, si alojo a un amigo y unos criminales llaman a mi puerta y me preguntan si ese amigo está ahí, aun a riesgo de exponer a mi amigo al cuchillo de sus agresores, debo no mentir. A Benjamin Constant, y no fue el único, le chocó muchísimo esa afirmación de deber incondicional de veracidad (Wahrhaftigskeit; ¡cuidado!: no se trata de la verdad, sino de la veracidad). En un texto al que Kant respondió Constant mantiene que adoptar el punto de vista de Kant es, contrariamente a lo que pretende el filósofo, hacer que la vida en sociedad sea imposible: si a cada momento yo tuviese que decir la verdad, el vínculo social se destruiría.
La respuesta de Kant sume efectivamente al lector en el desasosiego. Se trata de un pequeño texto que también es un gran texto, e inquietante, pues su argumentación resulta difícil de rebatir. Kant muestra en él que si se pone en tela de juicio ese «deber incondicional sagrado» que consiste en ser veraz, se traiciona precisamente lo que constituye el vínculo social. Kant refuta, de hecho, toda la tradición de la mentira útil. Añade que si acepto la más mínima fisura en dicho imperativo, la estructura misma de mi relación con el otro queda arruinada.
Esa afirmación es indiscutible. En el momento en que abro la boca, prometo implícitamente al otro decir la verdad. Además, la existencia de esa promesa implícita y performativa de decir lo que es verdadero, de decir lo que en todo caso pienso, es lo que hace que la mentira sea posible.
Si el texto de Kant me parece inquietante e irrefutable es porque Kant no dice que no se miente nunca (ni siquiera estoy seguro de que él mismo haya podido no mentir jamás en su vida) sino que, cuando se miente, lo cual le ocurre a todo el mundo de forma total, parcial, equívoca o crepuscular, se traiciona la esencia y la finalidad misma del lenguaje que son la promesa de la verdad; y, por consiguiente, en cierto modo, no se habla, se falta a la palabra.
Pr.: —Si Kant hubiese vivido hasta los años 1990, habría descubierto el texto de Ciencia-ficción de un autor americano, James Morrow, titulado Ciudad de verdad, en el cual el autor imagina una sociedad en la que todos sus miembros tienen la obligación de decir la verdad en toda circunstancia. Descubrimos, pues, un campamento de vacaciones que se llama «Ahí os quedáis, chavales», unos anuncios que señalan los defectos de sus productos, unos políticos que hablan de los sobornos que han recibido, unas fórmulas de cortesía extrañas, como «Suyo hasta cierto punto». No obstante, pronto nos damos cuenta de que la incapacidad total de mentir se convierte en una pesadilla. En efecto, en una sociedad absolutamente transparente en donde todo el mundo dice la verdad a todo el mundo, se ve cómo la verdad se puede convertir en una tortura, una violencia, una crueldad intolerable. Se da uno cuenta de que, finalmente, no se recupera el calor de la mentira de la comedia social en la cortante frialdad de la verdad.
Da la impresión de que, a pesar de todo, hace falta un mínimo de mentira para que estemos bien juntos. Usted recuerda en su texto que Heidegger dijo, cuando era muy joven, que el Dasein conllevaba ya la posibilidad de la mentira…
J. Derrida: —Para decir la verdad, para ser veraz, hay que poder mentir. Un ser que no puede mentir tampoco puede ser sincero o veraz. Esta noción de posibilidad es fundamental. Remite a la controversia entre Aristóteles y Platón respecto a la mentira. Para Platón el mentiroso es alguien que es capaz de mentir. Para Aristóteles es alguien que decide mentir. La posibilidad debe existir siempre. Por eso, Kant no habría suscrito la conclusión de la obra [que usted acaba de citar]: cuando se está programado para decir la verdad, no se es sincero. En la tradición del intencionalismo Kant mantiene que es la voluntad intencional la que debe empujarnos a ser sinceros y veraces, incluso si —y aquí es donde contradice parte de esa tradición— se interroga la veracidad de forma inmanente, es decir, sin tener en cuenta sus efectos. Al contrario, pues, de lo que ocurre con el concepto de mentira útil. El condicionamiento de los seres que torna mecánica la verdad está en contradicción con la idea de intencionalidad, la condición misma de la mentira.
Pr.: —Me gustaría ahora abordar la mentira en política propiamente dicha. Hannah Arendt decía que la política es el lugar privilegiado de la mentira, en la medida en que ésta es considerada un instrumento necesario y legítimo, no sólo para el político sino también para el hombre de Estado. ¿Qué significa esto, por un lado, en cuanto a la naturaleza y a la dignidad del terreno político y, por otro lado, en cuanto a la verdad y a la buena fe?
Da la impresión de que, para todo lo que concierne al presente y al porvenir, el discurso político se sitúa más allá de la verdad y de la mentira, pero que, en lo que respecta al pasado, las cosas resultan más complicadas.
J. Derrida: —Creo, en efecto, que el paradigma de la mentira no es el mejor instrumento para analizar lo que ocurre hoy en día con el discurso político. Un sociólogo necesita instrumentos más sutiles. Sin embargo, reconozco que eso no debe obligarnos a abandonar la referencia a la mentira, a olvidar la diferencia entre el discurso mentiroso y el discurso veraz, porque la cuestión reside en saber cómo delimitar lo político. Para Hannah Arendt hay una historia de la mentira: en las sociedades «premodernas», en cierto modo, la mentira estaba ligada a la política de forma convencionalmente aceptada en lo que concierne a la diplomacia, a la razón de Estado, etc., pero estaba circunscrita a un campo limitado de la política mediante contrato. La mutación moderna de la mentira, y Hannah Arendt analiza este fenómeno de la modernidad siguiendo las huellas de Koyré, es que esos límites ya no existen, que la mentira ha alcanzado una especie de absoluto incontrolable. A través de un análisis del totalitarismo vinculado con la comunicación de los mass media, con la estructura de esa comunicación de los instrumentos de información y de propaganda, con los ojos fijos en esta mutación moderna, Hannah Arendt declara que la mentira política moderna ya no tiene límites, que ya no está circunscrita. Cabe preguntarse si el concepto de mentira sigue siendo todavía adecuado, si resulta suficientemente potente para el análisis de esta modernidad. La dificultad con la que se encuentra cualquier ciudadano de una democracia es, a la vez, mantener una referencia incondicional de la distinción entre la mentira y la verdad, por consiguiente, mantener el viejo concepto, sin por ello privarse de instrumentos más sutiles para analizar la situación actual reforzada por elmarketing político, la retórica, el apremio de los papeles que hay que desempeñar, etc.
Pr.: —Usted recuerda que, cuando Hannah Arendt pretende delimitar el orden de lo político, establece dos barreras: la jurídica y la universidad. Ahora bien, la articulación de lo jurídico y de la universidad tiene una actualidad en el proceso Papon que tuvo lugar en Burdeos, puesto que algunos se han preguntado sobre la incompatibilidad del testimonio histórico con el cuestionamiento del proceso penal. Dicho de otro modo, ¿puede el tiempo de la Historia alinearse con el tiempo del derecho para hacer que la mentira desaparezca?
J. Derrida: —Cuando Hannah Arendt recuerda que, contrariamente a una tradición aristotélica, el hombre no es absolutamente político de arriba abajo y que hay lugares de su responsabilidad que trascienden lo político, nombra efectivamente el derecho y la universidad. El derecho puede, más allá de lo político, convocar a los implicados, a los testigos, a los historiadores, a los archivistas, para hacer que aparezca la verdad que la máquina política tiende a disimular. Naturalmente, esto puede producir una serie de perversiones y todos nosotros conocemos el gran debate que hay actualmente en torno al poder de los jueces. Hannah Arendt se refiere en cualquier caso, al tiempo que dice que la mentira política ya no conoce límites, a un más allá de lo político desde el que se podría denunciar la mentira.
Me gustaría poner un ejemplo que concierne a las creencias fundadoras o a las ilusiones fundamentales del terreno político, como por ejemplo la idea de soberanía. En los debates recientes hemos oído por una parte a Charles Pasqua, en el momento en que anunció que iba a confeccionar una lista para las elecciones europeas, pedirles a todos los que están de acuerdo en defender la soberanía nacional, amenazada por Europa y el tratado de Ámsterdam, que se unieran a él. Frente a él, Dominique Strauss-Kahn afirmaba que Europa iba a otorgarnos una mayor soberanía. Podemos concederles a ambos el crédito de que son sinceros, que creen lo que dicen; sin embargo, sus enunciados son incompatibles en lo que respecta a la soberanía. Para que fuesen compatibles, habría que elaborar esa cuestión de la soberanía, lo cual no hacen ni uno ni otro por omisión: ¿De qué soberanía se trata? ¿Porqué un bretón, por ejemplo, no tiene derecho a reclamar la soberanía cuando sí lo tiene, en cambio, un francés? ¿De qué soberanía gozará el francés europeo cuando no cabe duda de que abandona una parte de su soberanía nacional? Al no haber ningún análisis filosófico verdadero del concepto de soberanía en la actualidad, ambos pecan por omisión y no por decir ninguna mentira, ya que piensan sinceramente —concedámosles al menos ese voto de confianza— lo que dicen.
Pr.: —Uno de los ejemplos más interesantes en su trabajo sobre la mentira en política es, sin duda, el de las condiciones en las que Jacques Chirac reconoció la culpabilidad del Estado francés el día del aniversario de la redada del Vel d'Hiv. Antes que él, como usted recuerda, seis presidentes de la República se negaron a hacerlo. Charles de Gaulle en primer lugar y, después, Mitterrand invocaron la ausencia de legitimidad de dicho Estado para justificar el no-reconocimiento de su responsabilidad. Y también insiste usted en el hecho de que, en el fondo, Jacques Chirac ha abierto la puerta para la reflexión de Jean-Pierre Chevènement sobre el riesgo de reconocer el Estado francés de la época de Vichy en cuanto tal, si se admite su culpabilidad. Sin embargo, aquél ha dado su aprobación a la postura de Chirac. ¿Con ese gesto, ha dicho Jacques Chirac la verdad, la culpabilidad del Estado francés y, viceversa, los presidentes de la República que le precedieron estaban instalados en la mentira? O ¿acaso amañaron voluntariamente la Historia al afirmar que el Estado francés no fue más que un paréntesis, como decía Mitterrand? ¿Quién miente en este asunto?
J. Derrida: —Quizá nadie. Esta cuestión exige unos análisis largos y sutiles. Se puede pensar que Mitterrand mentía si se sospecha que conservaba ciertas simpatías por el régimen de Vichy, pero eso es otro asunto. En el discurso explícito, y muy justificado en ciertos aspectos, que mantuvo, se podía entender que no tenía por qué hacer responsables a la nación y al Estado francés de lo que ocurrió en la época de Vichy, puesto que, en aquel momento, el Estado no era legítimo sino que estaba compuesto por una banda de impostores. Esta postura es muy defendible. Pero yo formo parte de aquellos que le pidieron a Mitterrand que hiciese lo que Chirac ha hecho…
Pr.: —…Mediante una petición que usted firmó junto con Régis Debré, Piccoli, Boulez, etc.
J. Derrida: —Sí. No obstante, el discurso posee cierta solidez. Por eso, no hay una verdad al respecto. Para establecer si es verdad o mentira que el Estado francés de la época de Vichy es culpable, es preciso, en primer lugar, ponerse de acuerdo en lo que se entiende por Estado francés, en su legitimidad o no. Ni Mitterrand ni de Gaulle ni Giscard ni Pompidou consideraron que el Estado francés de la época de Vichy fuera lo suficientemente legítimo como para que se le acusase en tanto en cuanto Estado-nación francés y, aparte de eso, todos ellos sin excepción han mantenido, sobre todo, el discurso de la reconciliación nacional. Ésa es, precisamente, una de esas creencias fundadoras del terreno político: un jefe de Estado tiene el deber de hacer todo lo que esté en su mano para no encentar la unidad de la nación.
Pr.: —Discurso que puede ser asimilado a algo relacionado con la razón de Estado…
J. Derrida: —Ya, pero resulta difícil poner radicalmente en tela de juicio la razón de Estado. Es discutible en algunos casos, pero pedirle a un jefe de Estado que prescinda de la razón de Estado es muy grave, igual que lo es pedirle que prescinda del motivo de la reconciliación nacional. ¿Por qué entonces Chirac, con un gesto que yo aplaudí lo mismo que otros, ha podido hacerlo? Tal vez se trata de un problema generacional. Tal vez no lo ha hecho para obedecer al imperativo categórico kantiano, sino que tenía otros cálculos en su cabeza. No entro en ese debate. En cualquier caso, para establecer si hay mentira o no, verdad o no, habría que estar seguro de saber de qué se está hablando y de lo que era el Estado francés en la época de Vichy. La actitud de Chevènement que usted recordaba es muy interesante porque, por un lado, da su aprobación a Chirac, pero [objeta], mala consecuencia posible, [que] ese paso puede conducir a reconocer implícitamente la legitimidad del petainismo. No se puede zanjar esta cuestión sin un gran número de análisis, digamos, protocolarios.
Pr.: —En su texto habla usted también de Bill Clinton, que sigue legitimando la intervención de los Estados Unidos en Hiroshima, pero lo que usted nos dice es que si mañana, incluso por razones de política interna extremadamente interesadas, el presidente de Estados Unidos decidiese confesar esa culpabilidad, sería un progreso, cualesquiera que fuesen las razones para ello.
J. Derrida: —Sí, creo que sería un progreso en primer lugar en lo que concierne a la extensión del campo del derecho internacional, a la conciencia de la verdad. Ahora bien, como usted sabe, aunque él reconociese eso, el derecho internacional, tal y como existe o tal y como se anuncia, no permitiría que se juzgase a un Estado en cuanto tal, y eso plantea problemas respecto al porvenir del derecho internacional. Cuando usted ha pronunciado el nombre de Clinton pensaba que íbamos a hablar de otra cosa…, de Mónica Lewinski. Ése es un magnífico ejemplo de acusación de perjurio, de mentira. Sea cual sea la histeria inquisitorial y fuertemente motivada de Kenneth Starr y de sus apoyos republicanos, lo que se le reprocha a Clinton no es su vida privada, sus asuntos sexuales con Lewinski u otras, sino haber mentido estando bajo juramento, haber cometido perjurio ante una institución ante la cual él se había comprometido a decir la verdad. El problema se plantea por lo tanto en términos de derecho americano. Clinton habría obstruido la justicia, por una parte, al ocultar una serie de testimonios y, por otra, al haber mentido. Fíjese bien, porque su defensa actual es muy interesante, ya que está dispuesto a arrepentirse, a admitir que ha hecho o dicho cosas «inapropiadas» (si nos remitimos al texto literal en inglés), pero jamás reconocerá haber mentido, porque sabe que, si lo confiesa, no sólo podrá ser destituido sino también perseguido tras su destitución. Su estrategia o la de sus abogados consiste, por lo tanto, en no reconocer la mentira en ningún caso. Y se ha hecho célebre por haber respondido, cuando se le preguntó acerca de la cuestión de saber si había mantenido o no relaciones sexuales, y si dichas relaciones eran o no sexuales, «It depends on what ‘is' is», «depende lo de que ‘es' es». Y ahí vemos cuáles pueden ser los recursos de la casuística en lo que concierne a lo que es verdadero, a lo que es, a lo que no es, así como todos los protocolos que son necesarios antes de plantear la cuestión del perjurio y de la mentira.
Dicho esto, en la cultura anglosajona, sobre todo americana, la referencia al perjurio es mucho más grave que en Europa, que en Francia al menos. En Estados Unidos se habla todo el tiempo de perjurio, no se puede firmar un texto, ni siquiera un compromiso anodino, sin la [explícita] amenaza de ser perseguidos por perjurio. Esto se debe a la tradición religiosa de ese país. Ciertamente, en Francia también existe el perjurio, podemos ser perseguidos ante los tribunales si, en situación de testificar, después de haber jurado decir toda la verdad, faltamos a nuestra palabra, especialmente ante la justicia. Sin embargo, es verdad que la cultura americana está mucho más obsesionada por el perjurio que la nuestra. Un presidente de los Estados Unidos se refiere constantemente a Dios, a esa tradición religiosa, jura, presta juramento sobre la Biblia, cosa que no hace un jefe de Estado occidental, en todo caso francés. La cuestión del perjurio es una cuestión de fe.
Pr.: —Si le parece bien, le propongo pasar a otro aspecto de la cuestión de la mentira que concierne a la imagen y a las utilizaciones que de ésta se hacen hoy en día. Imágenes trucadas, manipuladas o, simplemente, reencuadradas, seleccionadas, filtradas, alteradas. Sin que se pueda verdaderamente hablar de mentira, la imagen está efectivamente en el centro de todos los análisis relativos a las mentiras políticas de nuestro tiempo.
¿Estamos obligados a deformar para informar? ¿Deformar para informar proviene de la mentira?
J. Derrida: —Sin duda alguna, si se hace de forma deliberada con vistas a engañar, con fines políticos, al oyente o al espectador.
Pr.: —En el asunto de la falsa entrevista a Fidel Castro de Patrick Poivre d'Arvor no se puede decir que intentó engañar al telespectador. ¡Lo hizo simplemente para hacerse valer!
J. Derrida: —Sin duda, pero que quisiera o no engañar al telespectador que creía estar viendo una entrevista en directo de Castro realizada por Poivre d'Arvor, como usted sabe, es un asunto complicado… Una asociación, TV carton jaune, quiso demandar a la cadena en cuestión. Al final, no pasó nada. ¿Por qué? El abogado en cuestión me pidió comparecer como amicus curiae, para testificar no sobre el fondo de las cosas, sino sobre los principios. La propuesta no fue aceptada por el magistrado, que no dio curso a esa denuncia con el pretexto de que 1) Poivre d'Arvor no había querido hacer daño, y que 2) nadie tenía la potestad para representar al pueblo francés como destinatario del mensaje de Poivre d'Arvor.
Si suponemos que hay un contrato implícito entre una emisión titulada «Información» y los telespectadores que, de acuerdo con ese contrato, esperan, si no que se les diga toda la verdad, sí al menos que lo que se les muestra no esté falsificado, hubo engaño, sin duda alguna. Ésa es la gran cuestión de la filtración, de la selección de las informaciones.
En un asunto como éste, dado que nadie representa [estatutariamente] a los demandantes, dado que no hay instancia alguna que represente a los telespectadores y que tenga potestad para plantear una demanda, la única corporación con capacidad para culpar al periodista es la corporación de periodistas, que, por razones profesionales, puede considerar que éste ha faltado a su deber profesional.
Pr.: —En su trabajo usted se basa mucho en un texto de Alexandre Koyré, una reflexión sobre la mentira, y nos dice usted que la idea de Hannah Arendt de mentira para con uno mismo y de mentira moderna ya está presente en Koyré. Contrariamente a lo que se dice a veces acerca de un más allá de la distinción verdad/mentira que sería propia del totalitarismo, Koyré nos habla de la primacía de la mentira en un sistema totalitario.
J. Derrida: —Sí. Su texto, escrito —hay que recordarlo— en 1943 y publicado en Estados Unidos, en donde se había refugiado por aquel entonces, habla de la función política de la mentira moderna. Naturalmente, su objeto principal es el desarrollo del totalitarismo, de las máquinas propagandísticas, a las que, como dice, contrariamente a lo que suele creerse, les interesa mucho mantener la distinción entre mentira y verdad. En lugar de socavar en cierto modo el valor de esa distinción, a esas máquinas propagandísticas les interesa mantener esa vieja pareja de conceptos para poder hacer justamente que lo falso pase por verdadero. Lo que dice Koyré es interesante por dos razones al menos: por una parte, discursivamente, [se pregunta] si la «palabra» mentira sigue conviniendo todavía para describir esos nuevos fenómenos; y, por otra parte, sospecha que cualquiera que plantee cuestiones filosóficas fundamentales sobre la historia de la mentira está empezando [a «relativizar» y] a hacerle el juego a esas fuerzas políticas que están interesadas [en que lo falso pase por verdadero].
Una vez más, creo que hay que mantener la vieja axiomática de la mentira, sin por ello dejar de interrogar su historia, su fundamento, sus bases.
Pr.: —La otra lectura crítica que hace usted concierne a la teoría del secreto desarrollada por Koyré y que, según él, amenaza al espacio democrático. Para usted su postura es demasiado radical, ya que la idea de transparencia absoluta procedería de lo que usted denomina un «politismo integral», que es, le cito a usted, «otra simiente de totalitarismo con aire democrático».
J. Derrida: —Es una cuestión muy grave. Si se incrimina, como hace Koyré, a todas las organizaciones del secreto, y si se exige por lo tanto que el ciudadano diga todo a cada momento, ya no se deja sitio para ningún secreto. Aquí ya no se trata de la cuestión de la mentira, sino de la vieja tradición de la politeia, de la política, de la fenomenalidad política: se ha de decir todo en la plaza pública y no hay lugar para una retirada fuera de lo político, para una dimensión no política. El hombre, el individuo, es ciudadano de arriba abajo. Creo que se puede a la vez mantener el derecho al secreto en ciertas condiciones, no permitirse exigir que todo el mundo lo diga todo a cada momento, al tiempo que se desconfía de algunos tipos de prácicas del secreto, como la conspiración.
Lo que dice Hannah Arendt es que, hoy en día, la extensión de la mentira se debe al fenómeno que ella denomina la «conspiración a plena luz»: antes se mentía allí donde los ciudadanos no sabían, porque no podían saber; hoy se miente a los ciudadanos allí donde, en principio, pueden saberlo todo. Hoy existe, por consiguiente, una especie de exposición absoluta en la mentira. Éste es el fenómeno que Hannah Arendt interroga con mucha fuerza, pero también ahí podemos preguntarnos si la palabra mentira conviene para describir esta situación.
 En Staccato, programa televisivo de France Culturel, del 7 de enero de 1999; traducción de Cristina de Peretti y Francisco Vidarte.




 "El capitalismo en la segunda década del siglo XXI:    De la época dorada a la Edad Oscura"  por James Petras.
Introducción
Las perspectivas económicas, políticas y sociales para la segunda década del siglo XXI son profundamente negativas. Incluso entre la corriente principal de los economistas ortodoxos, la opinión generalizada y casi universal sobre la situación de la economía mundial es pesimista. Si bien sus predicciones subestiman incluso en este marco de análisis el alcance y la profundidad de las crisis, hay razones poderosas para creer que a partir de la segunda década de este siglo iniciamos un declive más acusado que el vivido durante la «Gran Recesión» de los años 2008 y 2009. Los gobiernos, cada vez con menos recursos, una deuda mayor y una creciente resistencia popular a soportar la carga de salvar al sistema capitalista, no son capaces de reanimar el sistema económico.
Muchas de las instituciones fundamentales y relaciones económicas que originaron y se derivaron de la expansión capitalista mundial y regional en las últimas tres décadas están en proceso de desintegración y desmembración. Estados Unidos y la Unión Europea, anteriores motores económicos de la expansión global, han agotado sus potencialidades y se encuentran en franca decadencia. Brasi, Rusia, India y China (BRIC), nuevos centros de crecimiento que confirieron un ímpetu nuevo al crecimiento mundial durante la primera década, se desaceleran con rapidez y seguirán desacelerándose durante toda esta década.
La perspectiva política y militar es igualmente sombría, en especial para Oriente Próximo y el sur de Asia, donde Estados Unidos y la Unión Europea están enzarzadas en guerras coloniales prolongadas, ya sea directamente o a través de intermediarios. Las guerras imperiales hacen más profundas las crisis económicas porque consumen recursos, en lugar de extraer riqueza y, por lo que se refiere en particular a los preparativos de guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, amenazan con provocar una depresión económica de primer orden.
A continuación expondremos una panorámica de las principales regiones de la economía política mundial empezando por la crisis actual de la Unión Europea, a lo que seguirá un análisis de las causas y consecuencias de la decadencia del imperio estadounidense. A continuación, se analizará el impacto negativo de las guerras estadounidenses por poderes en favor de Israel en Oriente Próximo antes de ocuparnos del crecimiento variable, los conflictos y las reformas del BRIC: la emergencia de China como principal potencia económica mundial, la situación de Rusia bajo la dinámica dirección del presidente Putin y la de Brasil como hegemonía emergente de América Latina. Concluiremos examinando las consecuencias sociales y políticas de las crisis prolongadas, en especial los efectos que los programas de austeridad sostenidos y clasistas y las nuevas guerras coloniales tienen sobre la lucha de clases y la remodelación de la configuración mundial del poder en un mundo sin potencia hegemónica dominante.

Las crisis de la Unión Europea
La Eurozona se enfrenta a una triple crisis económica: la inmersión de la economía en una recesión en curso que afecta a un sector manufacturero deprimido, el acusado declive del comercio y la precariedad de un sector financiero en el que los banqueros de Grecia, Italia, España y Portugal están al borde de la bancarrota. (1)
En el imperio está teniendo lugar una crisis derivada de la costosa secuencia de guerras coloniales y sanciones económicas contra el mundo arabo-islámico: Siria, Libia, Iraq, Afganistán e Irán.
Una crisis constitucional en forma de protestas masivas crecientes se ha traducido en la extensión de las medidas policiales del Estado, entre las que se encuentran la supresión de garantías constitucionales y la criminalización de las protestas en España, Grecia e Inglaterra.
A lo largo de 2012, el desempleo ha aumentado hasta alcanzar la tasa más elevada desde la introducción de la moneda única en 1999. El comercio anual con los socios esencialmente comerciales de la UE en Asia se ha desplomado de súbito: más de un 18 por ciento en el caso de China, un 14 por ciento en el de Corea del Sur y un descenso similar en el de Japón. (2)
Más concretamente, esa Unión Europea azotada por las crisis está al borde de la quiebra y su estructuración de facto en múltiples niveles se está transformando en una serie de acuerdos comerciales y de inversión bilaterales o multilaterales. Francia y Alemania y los Países Bajos y Escandinavos son los mejor situados para tratar de sobrellevar el vuelco económico. Inglaterra, principalmente la City londinense, sumida en un aislamiento monumental, se hunde en el crecimiento negativo y sus principales agentes financieros se agolpan para encontrar nuevas oportunidades especulativas entre los Estados petrolíferos del golfo y otros «nichos». Europa central y del Este, en particular Polonia y la República Checa, han afianzado sus lazos con Alemania pero padecen las consecuencias del declive generalizado de los mercados mundiales. El sur de Europa (Grecia, España, Portugal e Italia) atraviesan una depresión profunda que las aqueja de cifras de crecimiento negativo de dos dígitos durante el periodo comprendido entre los años 2009 y 2013, mientras el desempleo se dispara hasta tasas superiores al 20 por ciento al tiempo que el pago de una deuda ingente (alimentado por un ataque feroz contra los salarios y las prestaciones sociales) y el declive de la inversión pública reducen gravemente la demanda de los consumidores. (3)
El desempleo y el subempleo propios de una situación de depresión, que alcanzan a un tercio de la mano de obra, y la tasa de desempleo de los jóvenes (entre 17 y 24 años) de casi un 50 por ciento en el sur de Europa hacen estallar conflictos sociales sostenidos y huelgas generales reiteradas en Grecia, España, Portugal e Italia, que se intensifican hasta convertirse en levantamientos populares. La desintegración de la Unión Europea es casi inevitable. El euro como opción monetaria puede ser sustituido por el regreso a las monedas nacionales, acompañado por devaluaciones y proteccionismo. El nacionalismo y la lucha de clases están a la orden del día. Los bancos de Alemania, Francia y Suiza se preparan para sufrir «recortes»: grandes pérdidas derivadas de los préstamos concedidos al sur. Se han vuelto necesarios los rescates, lo que en las sociedades alemana y francesa ha enfrentado a la mayoría contribuyente con los banqueros. La militancia sindical y el pseudo «populismo» de derechas» (neofascismo) constituyen un desafío para los actuales gobiernos de derechas (España, Portugal), socialdemócratas y «tecnócratas» (Grecia, Italia).
En respuesta a las crisis y las protestas generalizadas, en España se han incrementado las medidas policiales. El gobierno neofranquista de Mariano Rajoy ha aprobado leyes represivas que penalizan a los movimientos sociales que opongan resistencia pasiva o activa a la autoridad pública con penas de cárcel que van desde uno a tres años. (4) En Gran Bretaña, el primer ministro Cameron ha aprobado medidas que permitan a la policía intervenir toda clase de correspondencia electrónica o postal privada sin necesidad de autorización judicial.
Es menos probable que una Europa deprimida, fragmentada y polarizada se sume alguna intervención militar israelo-estadounidense de inspiración sionista. Ya las sanciones económicas contra Libia, Irán e, incluso, Siria, han originado un agobiante aumento del 20 por ciento del precio del petróleo en el año 2012, lo que ha socavado cualquier posibilidad de recuperación económica. Si la Europa cuajada de crisis adopta el enfoque de confrontación de Washington con Rusia y China, limitará el acceso de sus exportaciones a dos de los mercados más dinámicos.
Las guerras y las crisis económicas se refuerzan mutuamente en una espiral descendente. A medida que proliferan las guerras imperiales, la economía interior de la Eurozona decae.

La crisis estadounidense continúa
La crisis estadounidense presenta varias dimensiones interrelacionadas: la quiebra de la hegemonía estadounidense y su cuota de participación en los mercados mundiales, en especial en Asia y América Latina; el aumento de las desigualdades de clase y la «recuperación» económica diferenciada entre capital y trabajo; y un Estado policial cada vez más represivo y concebido para evitar la oposición interior a las nuevas guerras en el exterior (sobre todo, contra Irán) y al descenso a largo plazo del nivel de vida.
Nada ilustra con tanta claridad el declive del imperio estadounidense como su cuota de contracción del comercio mundial y las manufacturas, en este último caso por la contundente aparición de China como «taller mundial». (5) Incluso en las «esferas de influencia» estadounidenses tradicionales. Estados Unidos ya no es el comerciante y agente financiero dominante en América Latina y el Caribe. (6)
Entre los años 2005 y 2010, los bancos estatales chinos prestaron más de 75.000 millones de dólares más a América Latina que el Banco Mundial, el Banco de Desarrollo Interamericano y el Ex-Imp Bank (la agencia estadounidense de créditos para la exportación) juntos. Estados Unidos ha sido desplazado por China del papel de principal socio comercial de Brasil, Argentina, Chile, Perú y Ecuador, especializándose en las exportaciones agromineras. (7) La devaluación de facto de la moneda estadounidense y las tasas de interés subvencionadas por el Estado han perjudicado a las exportaciones brasileñas y han producido lo que su Ministro de Economía califica de «guerra monetaria», lo que sitúa a Estados Unidos en una trayectoria de colisión con la economía más grande y más importante de la región. (8) En sus últimas reuniones con la presidenta Rouseff, Estados Unidos no ha presentado ninguna iniciativa económica importante para reformular las relaciones de Estados Unidos con Brasil. Tampoco ha conseguido imponer sus sanciones petrolíferas contra Irán en América Latina y Asia. India y China han rechazado las medidas estadounidenses y han seguido comprando petróleo iraní. (9)
Pese a un ligero y endeble descenso del desempleo, consecuencia principalmente de la reducción de la mano de obra debido al hecho de que muchos parados de larga duración han dejado de buscar empleo, la economía norteamericana ha sido incapaz de abordar una inflamación del déficit fiscal de 1,6 billones de dólares. Debido a la acumulación de deuda pública y de los hogares, a Washington le está resultando difícil encontrar la vía para una recuperación sólida. Tampoco puede recurrir a «exportar» su salida del estancamiento volviéndose hacia Asia, puesto que China, India y el resto del continente asiático están perdiendo empuje económico. Es probable que el crecimiento de China en el año 2012 sea el 7,5 por ciento, muy por debajo del 9 por ciento habitual, y el de India decrecerá del 8 al 5 por ciento o menos. (10) Además, la política de Obama de cerco militar y exclusión económica y proteccionismo descartará cualquier estímulo nuevo procedente de China.
La crisis económica estadounidense ha golpeado con la máxima fuerza a la clase media y trabajadora. Ese segmento no ha recibido nada que se parezca al billón de dólares de rescate que se entregó a Wall Street para mejorar su apurada situación socioeconómica. (11)
Según un informe, «unos 12 millones de prestatarios, uno de cada cinco propietarios de vivienda hipotecados en Estados Unidos, debe más de lo que vale su propiedad», lo que deprime el mercado inmobiliario y reduce en varios billones de dólares el valor neto de las viviendas estadounidenses.(12)
El «descenso del desempleo» declarado por el gobierno de Obama es consecuencia sobre todo de la reducción de la mano de obra desde los 146 millones a que ascendía en 2007 hasta los 140 millones en 2011. En el año 2008, el 62,7 por ciento de la población tenía empleo; antes de que empezara el año 2012 había caído hasta el 58,5 por ciento, lo que explica un descenso del desempleo del 9,3 al 8,3 por ciento. Si en el año 2012 estuviera buscando trabajo el mismo número de trabajadores que en el año 2007, el desempleo (13) sería superior al 11 por ciento. La caída de la renta media es causa y consecuencia del acusado descenso de la «clase media». Los puestos de trabajo bien remunerados del sector manufacturero están siendo sustituidos por «empleos mal pagados en el ámbito de los servicios»: más del 90 por ciento de los 27,3 millones de puestos de trabajo de nueva creación en las últimas dos décadas pertenecen al sector servicios. (14)
La explotación de la mano de obra se evidencia en el aumento de la productividad, aun cuando el número de trabajadores haya disminuido: todos los beneficios de las innovaciones tecnológicas se deben al capital, pues las máquinas sustituyen a los trabajadores. A medida que aumenta la eficiencia, los puestos de trabajo se desvanecen y los beneficios aumentan. En los últimos veinte años, la contribución de la mano de obra a la renta nacional ha descendido del 63 por ciento al 58 por ciento. Mientras que el salario medio ha disminuido un 2,7 por ciento desde la recesión de los años 2008-2010, los beneficios han aumentado casi un 30 por ciento. Mientras que el mercado interior se contrae, Standard & Poor obtiene el 33 por ciento de sus beneficios de la explotación de mano de obra barata en el extranjero. La globalización ha perjudicado sin duda a la mano de obra estadounidense y ha beneficiado al conglomerado multinacional. Un ejemplo pertinente es el de General Motors, que en el año 2011 registró unos beneficios de 7.600 millones de dólares, los más abultados de su historia. (15)
El proyecto de presupuesto de Obama para 2013 propone ahondar en la división social recortando gastos de atención sanitaria y seguridad social en 364.000 millones de dólares, mientras que solo aumenta los impuestos a los ricos en menos de un tercio de esa suma. (16)
Ante un descontento creciente por la crisis económica, las guerras imperiales en el exterior, el aumento del precio del petróleo y el descenso del nivel de vida, Estados Unidos ha acrecentado inmensamente la legislación policial permitiendo que el Estado asesine a ciudadanos sospechosos de confraternizar con terroristas mal categorizados y suspendiendo la supervisión judicial (habeas corpus) en la realización de intervenciones policiales en hogares, oficinas y sitios de Internet.
Una orden presidencial del 16 de marzo de 2012 autorizó la clausura gubernamental de todos los centros de trabajo importantes y la militarización de la mano de obra en tiempo de «emergencia»... lo que incluye tiempos de paz. (17)
Estados Unidos e Inglaterra son los mayores perdedores de la reconstrucción económica iraquí durante la posguerra. De los 1.860 millones de dólares en proyectos de infraestructura, las empresas de Estados Unidos y Reino Unido obtendrán menos de un 5 por ciento. (18) Es probable que se produzca un balance similar en Libia y otros lugares. El militarismo imperial estadounidense destruye a un adversario sumiéndose en deudas para conseguirlo y los países no beligerantes cosechan los lucrativos contratos de reconstrucción económica de la posguerra. De hecho, la construcción del imperio detrae billones de dólares en gasto militar sin extraer ninguna riqueza económica acorde. En realidad, se exprime la economía nacional para financiar un imperio militar de 700 bases en el exterior. A medida que las guerras se multiplican, el consumo interior se contrae.
El estancamiento y la recuperación económica estadounidense sin empleo queda patente en el creciente número de estadounidenses que dependen de los comedores populares, en la epidemia de desahucios (más de diez millones de personas deben 3 o más plazos de su hipoteca) y en el hecho de que el 30 por ciento de los escolares tienen que recurrir a los desayunos y comidas gratuitos.
La explotación de la mano de obra («productividad») se ha intensificado cuando los capitalistas obligan a los trabajadores a producir más por menos sueldo, con lo que ensanchan la brecha de renta entre salarios y beneficios. (19) Hace varias décadas, el salario medio de un consejero delegado estadounidense era setenta veces mayor que el de un trabajador ordinario. Hoy día es 350 veces superior. Las desigualdades han alcanzado una cota sin precedentes y siguen aumentando: en los últimos diez años, el 1 por ciento más acomodado de la estructura de clases recibió el 90 por ciento del incremento de las rentas, lo que ha supuesto un descenso real del salario medio superior al 5 por ciento.
La mala situación económica y el aumento del desempleo vienen acompañados de recortes salvajes de gastos sociales para pagar el rescate de los bancos, las agencias de inversión y la industria del automóvil con problemas económicos. Los debates entre los partidos demócrata y republicano giran en torno a cuánto recortar los programas de salud pública para jubilados (Medicare) y pobres (Medicaid) y cómo continuar privatizando la seguridad social con el fin de garantizar la «confianza» de los titulares de bonos del Estado. Ante un abanico de opciones políticas reducido, el electorado reacciona votando en contra de los gobernantes, absteniéndose en masa (más del 60 por ciento de abstención en las elecciones al Congreso y el 50 por ciento en las elecciones presidenciales) o mediante movimientos de masas espontáneos y organizados, como la protesta «Occupy Wall Street». El descontento, la hostilidad y la frustración predominan en la cultura política norteamericana. Los dos partidos principales intentan desviar las críticas y distraer a los votantes descontentos demonizando a los ciudadanos y países islámicos calificándolos de «amenaza para la seguridad nacional» y aumentando el poder policial del Estado a costa de las libertades constitucionales. Los demagogos del Partido Demócrata culpan de todo a las prácticas comerciales injustas de China, en lugar de a la huida generalizada de las multinacionales estadounidenses del territorio nacional. Los demagogos del Partido Republicano culpan de la devastación económica del sector manufacturero llevada a cabo por Wall Street, sobre todo, a los trabajadores inmigrantes latinoamericanos por «robar puestos de trabajo estadounidenses». Ambos, siguiendo los pasos del «lobby israelí», despotrican contra los islamo-fascistas de Irán.

Nuevas guerras en plena crisis: los sionistas aprietan el gatillo
En lo que probablemente sea el primer caso de la historia del mundo, la potencia imperial mundial estadounidense está sometida a los dictados de un Estado marginal, Israel, y le rinde tributo (en forma de ayuda militar y económica por valor de más de cien mil millones de dólares durante el pasado medio siglo) para escaso beneficio de la economía mundial y unos cuantos aliados. (20)Jamás en otros imperios de la historia una minoría tan diminuta, los sionistas estadounidenses, han actuado por la fuerza en nombre del Estado tributario, ni ha ejercido una influencia tan poderosa en la disposición del Estado imperial para servir a los intereses militares de una potencia extranjera. Jamás en la historia una élite próspera, formada en las escuelas universitarias más prestigiosas y ocupando puestos estratégicos de poder económico, cultural y político, ha empujado a un imperio a librar una serie de guerras coloniales prolongadas que perjudican a las principales instituciones privadas de la industria (del petróleo), vacían el erario público y empobrecen a la inmensa mayoría de contribuyentes y consumidores de energía en aras del objetivo de que exista un «Gran Israel».
Por último, jamás en la historia de los análisis sociales modernos han sido tan deliberadamente aligeradas y tergiversadas la manipulación política y la exhibición pública y descarada de una élite de poder en beneficio de un gobierno extranjero por unos periodistas y expertos cómplices o amedrentados; otro ejemplo del omnipresente poder de la intimidación de la constelación de poder sionista (Zionist Power Configuration). (21)
Es precisamente este ejercicio de poder de la élite en nombre de un gobierno extranjero lo que explica unas guerras imperiales carísimas y reiteradas contra países árabes e islámicos, incluso en medio de una crisis económica de primer orden y persistente. Como la primera y pertinaz lealtad del lobby israelí se debe a Israel, no tiene el menor reparo en agravar el déficit fiscal estadounidense debido a unos gastos militares multimillonarios para librar unas guerras destinadas a promover la dominación israelí en Oriente Próximo.
Los 52 presidentes de las principales organizaciones judío-estadounidenses y sus partidarios en el Congreso, el Estado, la Hacienda Pública y el Pentágono, convencidos de que «Israel es lo primero», han intensificado las sanciones económicas y los preparativos militares para una guerra contra Irán, a pesar de que suponga perder un mercado significativo para las exportaciones estadounidenses y el desvío de unos recursos económicos escasos hacia unos gastos militares improductivos. Como consecuencia de las amenazas de guerra procedentes de Washington y Tel Aviv, en los primeros seis meses de 2012 los especuladores han empujado al alza el precio del petróleo en un 20 por ciento desbaratando aún más toda esperanza de recuperación económica. Un ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán no se traducirá en una guerra breve y localizada: se traducirá en una conflagración regional que reducirá de forma acusada el flujo de petróleo, pondrá por las nubes los precios y, en poco tiempo, llevará a una depresión mundial. (22) Dado el éxito obtenido por el extremista gobierno israelí a la hora de garantizar obediencia ciega a sus políticas de guerra en el Congreso de Estados Unidos y la Casa Blanca, con Iraq (2003), Libia (2011) y Líbano (2006), hay que descartar cualquier duda de que existe la posibilidad real de que se lleve a cabo un ataque contra Irán, con los catastróficos resultados que comportaría.

China: El neoliberalismo y los mecanismos compensatorios en el año 2012
El crecimiento dinámico de China durante los últimos treinta años debe tanto a la revolución socialista de 1949 como a la inversión capitalista realizada desde 1980 hasta la actualidad. La revolución creó el Estado moderno, derrotó al ejército imperial japonés, a los señores de la guerra locales y a los gobernantes políticos corruptos del Kuomintang y puso fin a los enclaves litorales extranjeros euro-estadounidenses. La revolución sentó las bases para crear una país unificado. Movilizando la mano de obra creó las infraestructuras esenciales vinculando sectores económicos; mediante una reforma agraria liberó al campesinado de las restricciones semifeudales y generó un mercado interior; mediante la educación pública y gratuita y los servicios de salud creó una fuerza de trabajo sana y culta y todo un ejército de científicos, ingenieros y técnicos que producía innovaciones y estimulaba un crecimiento con cifras de dos dígitos. La transición al capitalismo se inició en 1980 y se aceleró a partir de entonces mediante la descolectivización de la agricultura, la privatización de la industria, el comercio y el suelo urbano y la entrada masiva y prolongada en el país de multinacionales importantes.
La transición y consolidación de la China capitalista tuvo un efecto dual: desató las fuerzas productivas que desembocaban en unas cifras de crecimiento de dos dígitos y polarizó las relaciones de clase entre un sector gobernante super rico, la «pequeña burguesía nueva» privilegiada, y un inmenso ejército de obreros fabriles mal pagados y trabajadores emigrantes del servicio doméstico y el sector de la construcción.
A medida que China se fue convirtiendo en «el taller del mundo», pasó a ser también la sede de las peores desigualdades sociales del mundo. El capital chino asociado con el capital extranjero la convirtió en la segunda economía más grande del mundo. Pero la segunda y tercera generación de la clase trabajadora de China se ha ido comprometiendo cada vez más con acciones masivas para exigir mayores cotas de riqueza, el regreso a la salud y la educación pública y gratuita y la reducción del coste de la vivienda. (23) La élite de China se enfrenta a una doble presión: por una parte, la del capital privado que reclama mayor desregulación económica para favorecer la inversión extranjera y, por otra, la del clamor de la mano de obra que exige mayores libertades políticas y gasto en vivienda y poner fin a las tupidas redes de corrupción existentes entre las autoridades del partido y las élites empresariales. (24) Cuando la economía china maduró, pasó a realizar mayores inversiones en investigación básica e ingeniería avanzada, lo que llevó a China a ascender en la cadena de producción de valor de manufacturas complejas e innovadoras. (25)
Ante la reducción de los excedentes comerciales debidos a la caída de la demanda como consecuencia de una zona Euro y unos Estados Unidos azotados por la crisis, apareció entre las élites una lucha cada vez más acusada que enfrentó a los neoliberales contra los populistas. El núcleo directivo que rodea al primer ministro Wen Jiabao suscribió la apertura de los mercados financieros, la entrada de capital financiero extranjero, la liberalización del sistema político para favorecer la competencia de la élites y la represión de los defensores de las medidas neopopulistas como las propuestas por Bo Xilai, antiguo alcalde de Chongging y ex miembro del politburó. Bo promovió una mayor previsión social, la protección del medio ambiente, la construcción de vivienda social, una mayor igualdad social y la persecución firme de las mafias corruptas del partido y las empresas. (26) La derrota del jefe simbólico de la «facción populista» con la detención de Bo Xilai, proclamada por la prensa económica occidental como una victoria sobre «la demagogia neo-maoísta», indica la profundización y el respaldo claro del neoliberalismo y el rechazo paulatino de un régimen que regulara los flujos financieros extranjeros. (27) Todo esto, a su vez, acrecienta la vulnerabilidad de China al caos financiero y abre oportunidades a los flujos de capital extranjeros de los nuevos multimillonarios de China. El crecimiento anunciado del gasto social interior todavía tiene que aliviar las desigualdades de clase. China y su élite se han convertido en la meca de los fabricantes de artículos de lujo y diseñadores de moda, tanto en el interior como en el extranjero, en ciudades como París, Londres, Milán o Nueva York.
Ante las presiones cada vez más intensas desde abajo y, en especial, a la luz de la profundización en la alternativa neoliberal (28), la élite china también tiene que enfrentarse a la crisis de sus principales mercados de exportación de la zona euro.
China afronta la crisis de Estados Unidos y la UE de la nueva década con varias posibilidades de aliviar su impacto. Pekín está pasando a producir bienes y servicios para los 700 millones de consumidores nacionales que actualmente están fuera de la espiral económica. Al incrementar los salarios, los servicios sociales y la protección medioambiental, China está compensando la pérdida de los mercados exteriores. China está incrementando enormemente el gasto en la extensión de la cobertura de la salud pública, el alza de los salarios e invirtiendo miles de millones en investigación y tecnología básicas. El crecimiento económico de China, que dependía de la especulación inmobiliaria, ha cambiado de marcha cuando el gobierno ha endurecido los préstamos y exigido mayor inversión municipal en viviendas sociales de bajo coste para las clases medias y trabajadoras. Para evitar una caída brusca que supusiera pérdida de puestos de trabajo, quiebras municipales y aumento de los conflictos sociales y de clase, China se dispone a lanzar un paquete de medidas masivo como hizo en los años 2008 y 2009. Ante el aumento de la demanda de la nueva élite económica de mayor liberalización económica y política y de la demanda de la clase trabajadora de igualdad social y aumento de salarios, las diferentes facciones del Partido Comunista discuten sobre una mayor liberalización y una democratización gradual. (29) El resultado afectará profundamente a la estructura de clases y las instituciones políticas de China, así como a la fuerza relativa de las relaciones entre el mercado y el Estado. Un giro hacia una mayor liberalización y desregulación de los mercados financieros, que es lo más probable, podría agudizar los conflictos de clase y provocar una crisis económica que seguramente reforzará la oposición al mercado.

Rusia se enfrenta a la crisis
La década post-soviética (1990-1999) fue testigo de la mayor catástrofe humana en tiempo de paz: la esperanza de vida descendió de los 66 a los 58 años en el transcurso de tres años, en los que murieron prematuramente más de tres millones de rusos a medida que los oligarcas capitalistas de nuevo cuño saqueaban la economía y las arcas públicas. (30) Yeltsin, titular de la dictadura, bombardeó literalmente a un parlamento encabezado por la oposición para respaldar su régimen. Fue elegido presidente en 1996 gracias a la manipulación de los medios de comunicación oligárquicos, a unos procesos electorales regionales dominados por los gánsteres y a la financiación privada y estatal masivas. Matones y oligarcas se apropiaron por una minúscula parte de su valor de un billón de dólares en recursos públicos procedentes de sectores diversos que incluyen el del petróleo, el gas, la banca y el transporte. (31) Los niveles de vida se desplomaron, los pensionistas sufrieron penurias extremas y en determinados lugares se desahució a muchos de las viviendas públicas que ocupaban.
En el momento culminante de la arremetida neoliberal, más del 60 por ciento de la población rusa quedó por debajo del umbral de pobreza; el descenso más importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Rusia dejó de ser una de las dos superpotencia mundiales para convertirse en un Estado vasallo del imperio europeo-estadounidense.
Con el advenimiento de la era Putin, al comienzo del nuevo siglo Rusia inició una recuperación rápida y acusada. Durante la primera década del siglo XXI la pobreza se redujo a menos del 20 por ciento de la población. Los salarios se pagaban a tiempo y se incrementaron en más de un 90 por ciento. La economía rusa crecía casi a un 8 por ciento anual y sus excedentes comerciales culminaron en una reservas extranjeras superiores a los 300.000 millones de dólares. Rusia recuperó su condición de potencia respetada en la escena internacional y pasó a formar parte del cuarteto que compone el BRIC (Brasil, Rusia, India y China).
Aunque Putin no invirtió el curso de privatizaciones, ni llevó a juicio a las élites oligárquicas por enriquecerse ilícitamente, sí limitó el control que ejercía sobre las políticas públicas. Por su empeño en la defensa de los intereses nacionales rusos y su oposición al cerco de misiles estadounidenses ante sus fronteras, los medios de comunicación occidentales lo acusaron de ser un «intransigente» («hardline»). (32) Por ganar elecciones e imponer algunas restricciones a la propaganda financiada e influida por Occidente (grupos de expertos, ONG y grandes plataformas mediáticas), los medios de comunicación imperiales le apodaron de «autoritario». Sin embargo, la estabilización y la prosperidad promovidas por el Estado marginaron a la oposición apoyada por Occidente y recibieron el respaldo popular de casi dos tercios del electorado.
La elección del presidente Putin con más del 60 por ciento de los votos en el año de 2012 supuso un golpe importante a la tentativa de oposición respaldada por Occidente para atrasar el reloj hasta la era Yeltsin... Putin prometió instaurar políticas más independientes y colaborar menos en el respaldo de los levantamientos promovidos por Estados Unidos y en las sanciones contra aliados rusos como Siria y socios comerciales como Irán. Putin ha orientado su tarea a acrecentar los lazos comerciales y diplomáticos con China. Rusia se beneficia del aumento del precio del petróleo, que supera los 120 dólares por barril. La crisis de la UE y el debilitamiento de la OTAN vuelve menos apetecible el plan de Obama de ubicar misiles apuntando a Rusia y lo convierte más bien una provocación.
Los medios occidentales apoyaron a la oposición a pesar de que su manotazo económico no logró deteriorar la imagen de Putin: sus boicots a la inversión no llegaron a ninguna parte y fueron derrotados rigurosamente y por amplio margen en las elecciones presidenciales. La recesión no ha debilitado la economía rusa. Para sustentar el crecimiento, Putin sigue confiando en la propiedad pública y en una mayor dependencia de los gigantes petrolíferos del extranjero y de los oligarcas, una coalición inestable y contradictoria.

La transición 2011-2012: Del estancamiento y la recesión regionales a la crisis mundial
El año 2011 puso los cimientos para que la crisis profundizara en la Unión Europea. La crisis comenzó con la recesión en la Eurozona, el estancamiento de Estados Unidos y el estallido de protestas masivas contra los programas de austeridad atroz que rebajaron drásticamente el nivel de vida a escala continental. Los sucesos de 2011 fueron un ensayo general para un nuevo año de rebeliones populares y huelgas generales. Además, la escalada de la fiebre bélica orquestada por los sionistas contra Irán en el año 2011 desembocó en sanciones brutales y en una mayor probabilidad de que se desencadene la guerra regional más importante desde el conflicto de Estados Unidos con Indochina. Las campañas y los resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y Francia no ofrecen alivio ni alternativas; ninguno de los candidatos principales presenta una alternativa a la intensificación de los conflictos globales y la crisis económica.
Durante el año 2011, el gobierno de Obama anunció la adopción de una política de confrontación militar con Rusia y el cerco militar de China. Sus políticas están concebidas para socavar la defensa estratégica de Rusia y degradar el ascenso de China como potencia económica mundial. Ante la profundización de la recesión económica y con el declive de los mercados exteriores, en especial en Europa, Washington persigue perversa y agresivamente políticas que limiten las exportaciones lucrativas al mercado chino y la entrada de inversiones en ese país. El esfuerzo de la Casa Blanca para trastocar el comercio y las inversiones de China en Asia, África y otros lugares ha sido un fracaso funesto. En realidad, China ha sustituido a Estados Unidos como beneficiario principal de la ayuda en América Latina e incluso el Caribe. Los afanes estadounidenses para explotar los conflictos étnicos y populares internos de China con el fin de incrementar su presencia militar frente al litoral chino no ha servido más que para fomentar que China incremente su presupuesto de defensa en un 12 por ciento anual y sus inversiones en seguridad nacional y programas sociales. En este contexto, no se puede descartar que se realice un acto de provocación significativo o se produzca un incidente costero creado artificialmente. Las tentativas fallidas de Estados Unidos de contener el auge de China han suscitado llamamientos chovinistas virulentos por parte de expertos de la derecha para librar otra «Guerra Fría» carísima. La carrera militar de Obama en Extremo Oriente ha suministrado el marco y la justificación de una confrontación a gran escala, largo plazo y carísima con China. Se trata de un esfuerzo desesperado de apuntalar la influencia en declive y las posiciones estratégicas estadounidenses en Asia. Sin embargo, el «cuadrilátero de poder» militar estadounidense (Estados Unidos, Japón, Australia y Corea del Sur) con apoyo de satélites de Filipinas no iguala la intensificación de los lazos comerciales, inversores y monetarios de China con su socios regionales en Asia, ni sus crecientes vínculos financieros con América Latina y África. La propaganda militar de Washington se da en un vacío económico, desprovisto de alguna iniciativa económica nueva. Solo sirve para exacerbar el déficit fiscal interior, mientras que sus bases militares, sus desplazamientos de tropas y su gasto militar se suman al déficit de su balanza de pagos.
Los programas de austeridad impuestos en Europa, desde en Inglaterra y Letonia hasta en el sur del continente, se adoptaron en 2012 como una venganza. Los despidos masivos en el sector público y la reducción de salarios y de oportunidades de empleo en el sector privado condujeron a un año de enfrentamiento de clases permanente y cuestionamiento del gobierno. Las «políticas de austeridad» fueron acompañadas en el sur de Europa por el impago de deudas derivado de pérdidas bancarias importantes en Francia, Alemania e Inglaterra. La clase económica dominante británica logró presionar al gobierno de coalición liberal-conservador para que incrementara impuestos regresivos, redujera los impuestos a las empresas, privatizara la salud pública y la educación y reprimiera los levantamientos populares. Se ha establecido por ley un nuevo estilo neothatcherista duro de gobierno autocrático basado en el aumento de las competencias policiales para la investigación de las comunicaciones privadas. La alianza opositora laborista-sindical ha recurrido a protestas verbales vacuas al tiempo que ha apretado el cinturón a las bases rebeldes. Las medidas socioeconómicas regresivas implantadas desde 2008 a 2012 en toda Europa han creado el escenario en el que aparezcan nuevos gobiernos democráticos no elegidos y gobiernos policiales que, a su vez, han desembocado en confrontaciones sociales más agudos. La segunda década del siglo se avecina como una «década perdida» sin ningún futuro para los trabajadores y la juventud desempleada.

Las guerras venideras que acaban con Estados Unidos «tal como ha sido hasta ahora»
Las demandas imposibles que el gobierno israelí dictó cuando el grupo de los Cinco más Uno anunció la apertura de una nueva ronda de negociaciones con Irán se ha convertido en el fundamento de las «demandas innegociables» de Washington. Israel, vía Washington, exige que Irán desmantele su recién construido centro de investigación nuclear moderno y multimillonario de Fordo, que detenga el enriquecimiento de uranio, que destruya lo que ellos llaman «material enriquecido para uso militar» (uranio enriquecido al 20 por ciento) y que permita la supervisión permanente y omnipresente por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, International Atomic Energy Agency) de todas las instalaciones de defensa iraníes. (33) Ningún país de los más de un centenar que realizan investigación en el ámbito nuclear está sometido a semejantes condiciones. De hecho, Irán se sitúa dentro de los parámetros de la legislación internacional y el acuerdo de no proliferación... mientras que Israel rechaza toda inspección internacional de su arsenal de armamento nuclear y jamás firmó el tratado de no proliferación nuclear.
Los iraníes proponen negociar las condiciones de enriquecimiento limitando la cantidad, el grado de enriquecimiento y las inspecciones. Pero, sin duda y comprensiblemente, no van a destruir sus instalaciones de investigación avanzada, ni a poner fin a todo tipo de enriquecimiento. Dicho de otro modo: la posición israelí-sionista-estadounidense está concebida específicamente para sabotear toda negociación razonable que garantice el uso pacífico del programa nuclear de Irán. El objetivo es crear un pretexto para afirmar que «se intentó negociar», pero que se fracasó y que el ataque militar está «justificado». (34)
Con el gobierno de Obama, como con el de su predecesor, Estados Unidos ha hecho gala de que suscribe inflexiblemente la doctrina de política exterior por decreto unilateral en la tarea de construir un mundo unipolar.
Washington rechazó un acuerdo negociado de la crisis libia: respaldó una guerra aérea y naval generalizada marcada por el éxito militar y la devastación absoluta de la economía, la sociedad y la estructura política libias. (35)
Estados Unidos y sus sátrapas de la OTAN y Estados clientes del Golfo piden que el gobierno sirio reduzca unilateralmente la defensa militar de su país mientras ellos siguen suministrando armas, ayuda económica y mercenarios a la oposición armada. En la práctica, Estados Unidos apoya un alto el fuego unilateral para facilitar el avance de sus clientes «rebeldes» y mercenarios. (36)
Estados Unidos, en solitario y sin un solo país que le apoye, insistió en que Cuba fuera excluida de la «Cumbre de las Américas» celebrada en Cartagena, Colombia, los días 14 y 15 de abril de 2012.(37) Los países asistentes dejaron claro a Obama su voluntad de que esta fuera la última cumbre de la que quedara excluida Cuba. (38) El veto unilateral contra las políticas progresistas de América Latina está muerto y enterrado. En cambio, en aras sus guerras coloniales, Estados Unidos, la zona Euro e Israel se alían con los gobiernos más retrógrados, como los de las dictaduras petrolíferas del Golfo. Y son unas políticas rechazadas por las principales potencias de Asia (China, India), América Latina (Brasil, Argentina), África (Sudáfrica) y Rusia. En otras palabras: a pesar del creciente aislamiento internacional y del caos y la destrucción tremendos que las guerras coloniales dejan a su estela, el complejo sionista-militarista y de Wall Street que gobierna Estados Unidos y, por consiguiente, la OTAN, se niega a reflexionar y reconsiderar las realidades del siglo XXI. Washington no consigue reconocer que el mundo es multipolar, que las guerras coloniales destruyen imperios y que una política imperial dictada por una élite minoritaria alineada con un gobierno racista-militar-colonial solo puede desembocar en desastres.
Obama ha sentado las bases para otra guerra más grande en Oriente Próximo a base de reubicar soldados de Iraq y Afganistán y concentrarlos frente a Irán. Para debilitar a Irán, Washington está ampliando las operaciones civiles y militares clandestinas contra los aliados iraníes: Siria, Paquistán, Venezuela y China. La clave de la estrategia belicosa estadounidense e israelí hacia Irán es una serie de guerras en Estados vecinos, sanciones económicas de ámbito mundial, ciberataques dirigidos a inhabilitar industrias vitales y asesinatos terroristas clandestinos de científicos y altos cargos militares. Todo el ímpetu, la planificación y la ejecución de las políticas del gobierno norteamericano conducentes a la guerra contra Irán se pueden atribuir a la constelación de poder sionista que ocupa cargos estratégicos en el gobierno, los medios de comunicación y la «sociedad civil» estadounidense. Hasta la prensa económica subraya la influencia política del dinero judío en la elección y selección de candidatos presidenciales y legisladores: "The Financial Times" resalta el papel que desempeña el uno por ciento de la élite de poder judía en el título de su artículo «El voto judío: un segmento pequeño, pero protagonista en la recaudación de fondos» («The Jewish Vote: Small segment but a big role in raising funds»). (39)
Es igualmente importante y de conocimiento público que las principales fundaciones respaldadas por Israel y dirigidas por sionistas desempeñan un papel decisivo en el diseño de unas sanciones contra Irán por parte de Estados Unidos y la Eurozona que perjudican a sus economías. Según "The Financial Times", «el director ejecutivo de la Fundación para la Defensa de las Democracias» (sic) («Foundation for Defense of Democracies»), con sede en Washington, Mark Dubowitz, que contribuyó a redactar la última lista de sanciones, reconoce que se corre el riesgo de que el precio del petróleo se dispare aún más». (40) Un escrutinio sistemático de los legisladores que diseñan e instauran la política de sanciones económicas en el Congreso estadounidense arroja como resultado el papel destacado que desempeñan sionistas sobresalientes como Waxman, Ileana Ros-Lehtinen, Levin, Cantor, Berman y sus innumerables seguidores. Dennis Ross en la Casa Blanca, Jeffrey Feltman en el Departamento de Estado y David Cohen en el del Tesoro garantizan que la Casa Blanca acate la disciplina israelí. El gobierno de Obama, en plena campaña de reelección presidencial, está especialmente endeudado con recaudadores multimillonarios sionistas y sigue el ejemplo de los 52 presidentes de organizaciones judeo-estadounidenses importantes. Juntos, recaudan más del 50 por ciento de los fondos para la campaña del Partido Demócrata. La estrategia sionista israelo-estadounidense consiste en cercar a Irán, debilitarla económicamente y atacar a su ejército. La guerra de Iraq es el «modelo» estadounidense de su actual escalada para atacar Irán. Israel es el principal beneficiario político y militar de las guerras contra Iraq y Libia, como también sucede en la actual guerra por poderes contra Siria. Estas guerras han destruido a los adversarios de Israel o están en vías de hacerlo. Pero el coste económico, político y humano para Estados Unidos ha sido inmenso: billones de dólares en deudas de guerra han hecho desangrarse a las arcas estadounidense sin ningún beneficio económico, pues en Iraq e Irán se han sacrificado las ventajas petrolíferas estadounidenses.
La principal arma escogida son las sanciones económicas, concebidas para producir malestar en el interior de Irán. Esta medida le ha salido por la culata porque ha disparado el precio del petróleo en un 20 por ciento en el año 2012 y ha socavado toda posibilidad de recuperación económica en la UE y Estados Unidos. La campaña de sanciones globales que comprometió las energías de los principales grupos de presión judíos-sionistas triunfó cuando el gobierno de Obama la acompañó con una escalada de sanciones económicas. Los gobiernos estadounidense, de la OTAN e israelí no han encontrado ninguna oposición en los medios de comunicación, el Congreso o el gabinete presidencial. La constelación de poder sionista no recibe prácticamente críticas siquiera de los autores, movimientos pacifistas y grupos izquierdistas más progresistas... con unas cuantas y notables excepciones. La reubicación de tropas estadounidenses de Iraq el año pasado, el envío de portaviones frente a la costa de Irán, las sanciones económicas y la presión ascendente del lobby de Israel en Estados Unidos acrecienta la probabilidad de guerra en Oriente Próximo. Esto seguramente significa un ataque aéreo y marítimo «por sorpresa» con misiles por parte de Israel y Estados Unidos.
El lobby israelí transmitirá fielmente a sus lacayos del Congreso estadounidense y a la opinión pública occidental para consumo y difusión del resto del mundo occidental el pretexto esgrimido por Israel: la posibilidad de un «ataque nuclear inminente» y la afirmación de la Casa Blanca de que «es imposible» que Irán participe en una negociación de buena fe. Contrariamente a lo que opinan los dirigentes israelíes, esta no será una guerra limitada. Irán es capaz de mantener una guerra prolongada que se extienda por toda la región del Golfo. Irán es capaz de atravesar la frontera para entrar en Iraq ayudado por sus «aliados» chiíes. Puede paralizar el tráfico de petróleo en el Estrecho de Ormuz. Puede lanzar misiles a los campos petrolíferos saudíes. Una guerra israelo-estadounidense contra Irán será una guerra devastadora, sangrienta y prolongada que podría provocar una depresión mundial. Estados Unidos soportará el coste militar directo en solitario y el resto del mundo pagará un alto precio económico. La guerra estadounidense promovida por los sionistas convertirá la recesión de los años 2008-2012 en una depresión más grave y, seguramente, provocará levantamientos de masas.

Conclusión
La configuración del poder mundial en la nueva década es mucho más compleja que la designación cocinada por las principales bancas. (41) El BRIC, por ejemplo, incluye a una potencia auténticamente mundial, China, que es todo un centro de manufacturas, ciencia y crecimiento; a Rusia, una potencia militar muy dependiente de la exportación de energía y que carece de un sector manufacturero competitivo; a Brasil, una economía dependiente de la exportación de bienes que padece estancamiento económico; y a la India, donde tres cuartas partes de la población vive con una cantidad igual o inferior a 3 dólares diarios.. El declive del eje UE-EE UU no viene acompañado de una configuración multipolar del poder mundial. La crisis engendrada por el neoliberalismo en Occidente viene acompañada del ascenso del propio neoliberalismo en Asia, especialmente en China, India, Corea del Sur e Indonesia. El declive del neoliberalismo en Occidente no viene acompañado por el auge del socialismo: en el sur de Europa, los gobiernos de derecha autoritaria respaldan el orden neoliberal convulso por la crisis imponiendo medidas por decreto y criminalizando los movimientos sociales y la desobediencia civil y centralizando el poder ejecutivo.
Ignorando que la especulación financiera es el detonador de la crisis y el rescate de los bancos a causa del elevado endeudamiento, los gobiernos culpan perversamente de la crisis a los programas sociales para la población e imponen programas de austeridad duros e impopulares que reducen el nivel de vida e incrementan los beneficios. El debate entre neoliberales y neokeynesianos se centra en la «austeridad» frente al «gasto»; ninguno de los dos aborda el fundamento clasista de la política estatal y las relaciones de clase que definen los costes y los beneficios económicos. Lo que ha quedado claro durante toda esta larga crisis socioeconómica es la impermeabilidad del Estado: a pesar de la desafección masiva, de las huelgas generales reiteradas y de las manifestaciones multitudinarias, el Estado capitalista ignora los intereses mayoritarios y persiste en imponer una reducción del nivel de vida salvaje y retrógrada. El gobierno capitalista de Occidente se basa en un retroceso de setenta años de conquistas sociales. La realidad del creciente hundimiento en la miseria sustituye a la idea de progreso social. Hemos pasado de la denominada «época dorada» del capitalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial a la larga noche de la «Edad Oscura» del capitalismo, un periodo de decadencia y descenso a la barbarie.
Todos los indicadores apuntan que la segunda década del siglo XXI va a ser una época de crisis económica ininterrumpida que se propagará desde Europa y Estados Unidos a Asia y sus dominios en África y América Latina. Las catastróficas guerras imperiales por poderes aceleran la decadencia sostenida del imperio estadounidense y facilitan el ascenso de Asia como epicentro del capitalismo mundial y sede de conflictos de clase crecientes. La crisis del gobierno de clase capitalista es auténticamente global y se desborda agudizando confrontaciones comerciales inter-imperialistas. Las guerras coloniales están desbaratando todas los esfuerzos por aliviar esta crisis. Una crisis económica prolongada y una interminable espiral descendente del nivel de vida, alimentadas por programas de austeridad clasistas concebidos para reducir los salarios y las prestaciones sociales e incrementar los beneficios. En respuesta, los movimientos sociales de masas emergentes están desempeñando un papel fundamental en el seno de la oposición anticapitalista. La acción directa está eclipsando poco a poco a la política electoral, desplazándose con el paso del tiempo de la protesta y la rebelión hacia la lucha por el poder del Estado.

Notas
(1) Sobre la recesión sostenida en la zona euro, en especial en Grecia, véase "The Financial Times", 16 de febrero de 2012, p. 2.
(2) "The Financial Times", 15 de diciembre de 2011, p. 3.
(3) "BBC Business News", 2 de abril de 2012.
(4) "La Jornada", 12 de abril de 2012
(5) Edward Luce, Time to Start Thinking: America and the Spectre of Decline (Little, Brown: 2012).
(6) "The Financial Times", 16 de febrero de 2012.
(7) Ibíd.
(8) "La Jornada", 10 de abril de 2012, y "The Financial Times", 11 de enero de 2012, p. 7.
(9) "The Financial Times", 2 de marzo de 2012.
(10) Fondo Monetario Internacional, «Previsión de Crecimiento para 2012», marzo de 2012.
(11) "The Financial Times", 11 de abril de 2012, p. 6.
(12) Ibíd.
(13) "The Financial Times", 12 de diciembre de 2011, p. 1.
(14) "The Financial Times", 15 de diciembre de 2011, p. 1.
(15) Earthlink News, 6 de febrero de 2012.
(16) "BBC News", 13 de febrero de 2012.
(17) Executive Order - National Defense Resource Preparedness, 16 de marzo de 2012; Stephen Lendman, «Police State America»,   www.FreedomsPhoenix.com.
(18) "The Financial Times", 16 de diciembre de 2011, p. 3.
(19) "The Financial Times", 16 de diciembre de 2011, p. 6.
(20) James Petras, The Power of Israel in the United States ("Clarity Press", Atlanta, 2006).
(21) James Petras, «On Bended Knee: Zionist Power in American Politics», en James Petras, War Crimes in Gaza (Clarity: Atlanta, 2010), pp. 69-104.
(22) James Petras, «US_Israeli War on Iran: The Myth of Limited Warfare», Axis of Logic, 15 de abril de 2012; The New York Times, 21 de marzo de 2012; "The Financial Times", 24 de marzo de 2012, p 7; http://petras.lahaine.org
(23) Chinaworker.info, 1 8 de marzo de 2012.
(24) "The Financial Times", 29 de febrero de 2012, p. 13.
(25) «A Bumper Year for Chinese Science», Science vol. 335, 9 de marzo de 2012, p. 1.156.
(26) Dexter Roberts, «Chinese Premier Wen Jialao Talks Like a Bold Reformer», "Bloomberg Business Week", 4 de abril de 2012.
(27) "The Financial Times", editorial, 13 de abril de 2012, p. 8.
(28) Martin Hart_Landsberg, «China and Neoliberalism»,   http://media.1clark.edu.
(29) Martin Wolf, «China is Right to Open Slowly», "The Financial Times", 29 de febrero de 2012, p. 13.
(30) David Hoffman, The Oligarchs (Public Affairs: Nueva York 2002).
(31) Hoffman, op. cit., Segunda Parte, pp. 177-324.
(32) La totalidad de la prensa occidental, incluidos The New York Times, "The Financial Times", The Washington Post, El País y Le Monde han realizado una campaña salvaje de propaganda contra Putin y en defensa de la era Yeltsin, pasando por alto las inmensas diferencias en cuanto a calidad de vida.
(33) "BBC News", 5 de abril de 2012.
(34) "The Financial Times", 6 de marzo de 2012, p. 9.
(35) "BBC News", 15 de abril de 2012.
(36) "BBC News", 16 de abril de 2012.
(37) "La Jornada", 16 de abril de 2012.
(38) Ibíd.
(39) "The Financial Times", 6 de marzo de 2012, p. 9.
(40) Ibíd.
(41) Claudio Katz, «El ajedrez global de la crisis», 22 de diciembre de 2011,   www.lahaine.org  p. 7.

 The Official James Petras Website23 de abril de 2012