"Todo" 
por Ingeborg Bachman






Cuando, como dos petrificados, nos sentamos a comer o nos topamos de noche en la puerta de la casa porque ambos pensamos al mismo tiempo en cerrarla, percibo nuestra tristeza como un arco que llega desde un extremo del mundo al otro, o sea, de Hanna hasta mí, y en el arco tensado, una flecha lista para dar en el corazón del cielo inmóvil. Cuando regresamos a través del recibo, ella camina dos pasos delante de mí, entra en el dormitorio sin dar las "buenas noches", y yo me refugio en mi cuarto, detrás de mi escritorio, para quedarme entonces con la mirada fija, su cabeza gacha ante los ojos y su silencio en los oídos. ¿Se estará acostando, tratando de dormirse, o estará despierta esperando? ¿Pero qué? ¡Ya que no me espera a mí!
Cuando me casé con Hanna, no fue tanto por ella sino porque esperaba el niño. Yo no tenía alternativa, no necesitaba tomar ninguna decisión. Estaba conmovido porque se preparaba algo que era nuevo y que provenía de nosotros, y porque el mundo parecía ensancharse. Igual que la luna, frente a la que uno debe inclinarse tres veces cuando está nueva, leve y color de aliento, al comienzo de su recorrido. Había momentos de ausencia que no había conocido antes. Hasta en la oficina -aunque tenía más que suficiente trabajo- o durante una conferencia, yo caía de pronto en ese estado en el que me volvía sólo hacia el niño, hacia ese ser desconocido y fantasmal, y me dirigía a él con todos mis pensamientos, hasta el tibio y oscuro cuerpo en el que estaba preso.
El hijo que esperábamos nos transformó. Casi no salimos más, y descuidamos a nuestros amigos, buscamos una vivienda más grande y nos instalamos mejor y más definitivamente en ella.
Pero sólo por causa del niño que estaba esperando empezó todo a transformarse para mí; se me ocurrían cosas insospechadas, como se descubren las minas, con tal fuerza explosiva que debería haberme espantado, pero proseguí sin percatarme del peligro.Hanna me malinterpretaba. Porque yo no sabía decidir si el cochecito debía tener ruedas grandes o pequeñas, a sus ojos yo parecía indiferente. (Realmente no sé. Como tú quieras. Sí, te oigo). Cuando estábamos en tiendas donde ella escogía gorritos, chaquetillas y pañales, titubeando entre el rosado y el azul, entre la lana artificial y la legítima, me reprochaba que no estaba prestando atención. Pero sí ponía atención, y demasiada.
¿Cómo puedo expresar lo que ocurría dentro de mí? Me pasaba como a un salvaje al que de pronto le explican que el mundo en el cual se mueve -entre el lecho y el fuego, entre la salida del sol y el ocaso, entre la caza y la comida- también es el mundo que tiene millones de años de edad, que se acabará, que ocupa un lugar insignificante entre muchos sistemas solares, que gira a gran velocidad sobre su propio eje y simultáneamente alrededor del sol. De pronto me vi en otro contexto, a mí y al niño, al que en una determinada fecha, a principio o mediados de noviembre, le tocaría su turno en la vida, igual que una vez me tocó a mí, igual que a todos antes de mí.
Sólo hay que imaginárselo bien. ¡Toda esa descendencia!
Igual que antes de dormir las ovejas blancas y negras (una blanca, una negra, una blanca, una negra y así sucesivamente), una percepción que de pronto puede ponerlo a uno torpe y atontado, y de pronto desesperadamente despierto. Nunca había podido dormirme con esa receta, aunque Hanna, que la aprendió con su madre, jura que es más tranquilizadora que un somnífero.
Tal vez para muchos sea tranquilizador pensar en esa cadena: Y Sem engendró a Arfaxad. Cuando Arfaxad tuvo treinta y cinco años, engendró a Sala, y Sala engrendró a Heber, y Heber a Peleg. Cuando Peleg tuvo treinta años, engendró a Regu, Regu a Serug, y Serug a Nacor, y cada uno a su vez a muchos hijos e hijas, y los hijos siempre volvían a engendrar otros hijos, a saber:
Naco a Taré, y Taré a Abram, Nacor y Harán. Intenté varias veces repasar este proceso en mi mente, no sólo hacia adelante sino también hacia atrás, hasta Adán y Eva, de quienes no es probable que descendamos, o hasta los homínidos de quienes quizás provenimos, pero en todo caso hay un vacío en que se pierde esta cadena, y por eso también importa poco si nos aferramos a Adán y Eva o a otros dos ejemplares. Sólo que si no queremos aferrarnos y mejor preguntamos para qué cada uno ha tendido su turno, no sabemos qué hacer con la cadena y todos los engendros, ni con las primeras ni con las últimas vidas. Pues cada uno tiene un solo turno en el juego que encuentra, y al que es impelido a comprender: procreación y educación, economía y política, y se puede ocupar del dinero y de los sentimientos, del trabajo y la invención y la justificación de las reglas a que llaman pensar.
Dado que nos multiplicamos tan confiados, tendremos que resignarnos. El juego necesita de jugadores. (¿O acaso son los jugadores los que necesitan del juego?) Yo también fui puesto tan confiadamente en este mundo, y ahora era yo quien había puesto a un niño en el mundo.
Ahora yo temblaba de sólo pensarlo.
Empecé a mirarlo todo con relación al niño. Mis manos, por ejemplo, que alguna vez lo tocarían y lo sostendrían, nuestra vivienda en el tercer piso, la calle Kandlgasse, el séptimo distrito, los caminos a través de la ciudad hasta las praderas del Prater, y finalmente todo este mundo que yo le explicaría. De mí oiría los nombres mesa y cama, nariz y pie. También palabras como espíritu y Dios y alma, que a mi parecer son palabras inútiles, pero no debía ocultárselas, y más tarde palabras tan complicadas como resonancia, diapositiva, kiliasmo y astronáutica. Me ocuparía de que mi hijo se enterara del significado de todo y cómo se empleaba, un picaporte y una bicicleta, un enjuague bucal y un formulario. La cabeza me giraba vertiginosamente.
Cuando llegó el niño, naturalmente no pude aplicar mi gran lección. Estaba ahí, ictérico, arrugado, digno de lástima, y yo no estaba preparado para una cosa: que debía darle un nombre. A toda prisa, me puse de acuerdo con Hanna e hicimos registrar tres nombres. El de mi padre, el del padre de ella y el de mi abuelo.
Ninguno de los tres nombres fue empleado jamás. Al final de la primera semana, el niño se llamaba Fipps. Tal vez hasta yo tuve algo de culpa, pues al igual que Hanna, inagotable en la invención y combinación de sílabas sin sentido, yo trataba de darle nombres cariñosos, porque los verdaderos nombres no querían cuadrar con esa diminuta criatura desnuda. En el vaivén del congraciamiento, surgió este nombre, que al correr de los años me irritaba cada vez más. A veces hasta acusaba al niño por ese nombre, como si pudiera defenderse, como si no hubiera sido una casualidad. ¡Fipps! Tendré que seguir llamándolo así, poniéndolo en ridículo hasta después de la muerte, a él y a nosotros también.
Cuando Fipps se encontraba en su cama blanquiazul, despierto, dormido, y yo sólo servía para limpiarle un par de gotas de saliva o de leche agria de la boca, alzarlo cuando gritaba con la esperanza de darle alivio, pensé por primera vez que también él debía tener algo en mente conmigo, pero que me daba tiempo para descubrirlo, incluso que necesariamente me quería dar tiempo, como un fantasma que aparece, vuelve a la oscuridad y regresa, con la misma mirada inexplicable. A menudo me sentaba junto a su cama y miraba ese rostro casi inmóvil, esos ojos de mirada perdida, y estudiaba sus rasgos como una escritura antigua para cuyo desciframiento no había punto de referencia.
Me alegraba darme cuenta de que Hanna se ocupaba serenamente de lo más inmediato, le daba de beber, lo dormía, lo despertaba, le cambiaba su cama, lo envolvía en pañales, como debía ser. Le limpiaba la nariz con palitos de algodón y echaba una nube de talco entre sus gruesos muslos, como si con ello se arreglarían todos sus problemas para siempre.
Después de algunas semanas, ella trató de sonsacarle su primera sonrisa. Pero cuando nos sorprendió con ella, la mueca fue misteriosa y no tenía relación conmigo. También cuando dirigía, cada vez más y con más precisión, sus ojos hacia nosotros o estiraba sus bracitos, me asaltaba la sospecha de que eso no significaba nada y que ahora nosotros empezábamos a buscarle motivos que él más tarde aceptaría. Ni Hanna ni quizás ningún ser humano me habría comprendido. Pero en ese tiempo empezó mi desasosiego. Me temo que ya entonces empezaba a alejarme de Hanna, a excluirla cada vez más y a mantenerla lejos de mis verdaderos pensamientos. Descubrí una debilidad en mí (el niño hizo que la descubriera) y la sensación de aproximarse a una derrota.
Yo tenía treinta años, igual que Hanna, ella se veía tierna y joven como nunca antes. Pero a mí el niño no me había dado ninguna nueva juventud. En la medida en que él ensanchaba su círculo, yo reducía el mío. Me enfurecía cada sonrisa, cada alborozo, cada grito. No tenía la fuerza de sofocar esa sonrisa, ese gorjeo, esos gritos en su germen. Porque eso hubiera sido lo importante.
El tiempo que me quedaba pasó rápido. Fipps ya se sentaba derecho en el coche, le salían los primeros dientes, lloriqueaba mucho; de pronto se estiraba, se paraba tambaleante, cada vez con más firmeza, gateaba por la habitación, y un día llegaron las primeras palabras. Ya no se le podía detener, y yo todavía no sabía qué debía hacerse.
¿Qué hacer? Antes había pensado que debía enseñarle el mundo. A partir de mis conversaciones mudas con él, me había confundido y pensaba diferente. ¿Acaso no podía yo ocultarle, por ejemplo, la denominación de las cosas, no enseñarle el uso de los objetos? Él era el primer hombre. Con él empezaba todo, y se daba por sentado que por él no pudiera alterarse todo por completo. ¿No debía yo entregarle el mundo en blanco y sin sentido?
Yo no tenía por qué iniciarlo en los propósitos y metas, en el bien y el mal, en lo que realmente es y lo que sólo aparenta ser. ¡Por qué debía yo atraerlo a mi lado, hacerlo saber y creer, hacerlo alegrarse y sufrir! Aquí donde estamos parados, este es el peor de los mundos, y nadie lo ha entendido hasta hoy. Pero donde estaba él, nada se había decidido. Nada aún. ¿Por cuánto tiempo más?
Y de repente supe: todo es cuestión de lenguaje, y no sólo de esta lengua alemana, que fue creada junto a otras en Babel, para confundir al mundo. Pues debajo de estas se destila otro lenguaje más, que abarca los gestos y las miradas, el desenvolvimiento de los pensamientos y el curso de los sentimientos, y en él se encuentra ya toda nuestra desgracia. Todo era cuestión de si podía preservar al niño de nuestra lengua, hasta que él hubiera fundado otra y pudiera iniciar un tiempo nuevo.
A menudo yo salía de la casa solo con Fipps, y cuando volvía a encontrar en él lo que Hanna había cometido con él, ternuras, coquetería, bromas, me horrorizaba. Él se nos iba asemejando.
Pero no sólo a Hanna y a mí, sino al ser humano en general. Sin embargo, había ratos en que él se desempeñaba solo, y entonces yo lo observaba con fervor. Todas las vías le daban lo mismo.
Todos los seres lo mismo. Seguramente Hanna y yo le éramos más próximos sólo porque constantemente nos ocupábamos de él. Le daba lo mismo. ¿Por cuánto tiempo más?
Él tenía temores. Pero todavía no de un alud o de una infamia, sino de una hoja que se movía en un árbol. De una mariposa. Las moscas lo asustaban sobremanera. Y yo pensaba: ¡cómo podrá vivir cuando todo un árbol se doble en el viento y yo lo deje en la incertidumbre!
Se topó con un niño vecino en la escalera, le puso una mano torpemente en medio de la cara, se echó hacia atrás y probablemente no sabía que era un niño lo que tenía delante. Antes gritaba cuando se sentía mal, pero cuando gritaba ahora, se trataba de algo más. Antes de dormirse, ocurría con frecuencia, o cuando uno lo alzaba para llevarlo a la mesa, o cuando le quitaban un juguete. Había una gran rabia en él. Podía echarse al suelo, aferrarse a la alfombra y vociferar hasta que su rostro se ponía azul y le salía espuma por la boca. Cuando dormía, despertaba de pronto a gritos como si un vampiro se le hubiera sentado en el pecho. Estos gritos reforzaban mi opinión de que todavía se atrevía a gritar y que sus gritos surtían efecto.
¡Oh, un día!
Hanna daba vueltas haciéndole cariñosos reproches y tildándolo de maleducado. Lo estrechaba contra su pecho, lo besaba o lo miraba seriamente y le enseñaba que no debía mortificar a su madre. Era una seductora maravillosa. Constantemente se inclinaba sobre ese río sin nombre y lo quería atraer hacia su orilla, iba de arriba abajo por nuestra orilla y lo atraía con chocolates y naranjas, trompos sonoros y ositos de peluche.
Y cuando los árboles proyectaban sombras, yo creía oír una voz: ¡enséñale el lenguaje de las sombras! El mundo es un ensayo, y basta ya de repetir este ensayo siempre del mismo modo con el mismo resultado. ¡Haz un ensayo diferente! ¡Déjalo ir a las sombras! Hasta ahora, el resultado había sido: una vida de culpa, amor y desesperación. (Yo había empezado a reflexionar acerca de todo en general, en esos casos se me ocurrían tales palabras).
Pero yo le podría ahorrar la culpa, el amor y toda la fatalidad y liberarlo para otra vida diferente.
Sí, los domingos paseaba con él por el bosque de Viena, y cuando llegábamos al agua, me hablaba una voz: ¡Enséñale el lenguaje del agua! Anduvimos sobre piedras. Sobre raíces. ¡Enséñale el lenguaje de las piedras! ¡Arráigalo distinto! Las hojas caían, pues era otro otoño. ¡Enséñale el lenguaje de las hojas!
Pero como yo no conocía ni encontraba ninguna palabra de esos lenguajes, sólo tenía mi lenguaje y no podía salirme de sus límites, lo llevaba mudo camino arriba y camino abajo y de nuevo a casa, donde aprendía a formar oraciones y caía en la trampa. Ya sabía formular deseos, hacía peticiones, daba órdenes o hablaba por sólo hablar. Más adelante, en los paseos dominicales arrancaba pajitas, recogía gusanos, atrapaba escarabajos.
Ya no le daban lo mismo, los examinaba, los mataba si yo no se los quitaba a tiempo. En casa desbarataba libros y cajas y su títere. Se apoderaba de todo, lo mordía, tocaba todo y lo lanzaba lejos o lo adoptaba. ¡Oh, un día! ¡Un día sabría!
Durante este tiempo, en que era todavía más comunicativa, Hanna a menudo me llamaba la atención acerca de lo que Fipps decía; ella estaba fascinada por sus miradas inocentes y por su inocencia en el hablar y hacer. Pero yo no podía hallar ninguna inocencia en el niño desde que había dejado de ser indefenso y mudo como en las primeras semanas. Y en aquel tiempo seguro que no era inocente sino sólo incapaz de expresar algo, un atado de carne delicada y de lino amarillo, de respiración tenue, una cabezota abúlica, que embota como un pararrayos las informaciones del mundo.
En una calle ciega que quedaba al lado de la casa, Fipps, cuando estuvo ya más grande, podía jugar muchas veces con otros niños. Una vez, cerca del mediodía, cuando yo regresaba a casa, lo vi con otros tres niños agarrando con una lata de conservas el agua que corría a lo largo del bordillo de la acera.
Entonces se pararon en círculo y hablaron. Parecía una deliberación. (Así deliberaban los ingenieros acerca de dónde iniciar las perforaciones y dónde romper). Se sentaron sobre el pavimento y Fipps, quien sostenía la lata, ya estaba por vaciarla cuando se levantaron de nuevo y caminaron tres adoquines más allá. Pero tampoco ese lugar parecía ser apropiado para su proyecto. Se levantaron otra vez. Había una tensión en el aire. ¡Qué tensión tan masculina! ¡Algo debía ocurrir! Y entonces hallaron el lugar a un metro de distancia de ahí. Se agacharon de nuevo, callaron, y Fipps inclinó la lata. El agua sucia corría sobre las piedras. La miraban fijamente, mudos y solemnes. Había ocurrido, estaba consumado. Tal vez logrado. Deben haberlo logrado. El mundo podía confiar en esos hombrecitos que lo llevaban adelante. Ellos lo llevarían adelante, de eso estaba yo ahora completamente seguro. Entré a la casa, subí y me ché en la cama de nuestro dormitorio. El mundo había sido llevado adelante, el lugar desde el cual se lo llevaba adelante había sido encontrado, siempre en la misma dirección. Yo había esperado que mi hijo nunca encontraría la dirección. Y yo una vez, hacía mucho tiempo, hasta había temido que no se las pudiera arreglar. ¡El tonto de mí había temido que no hallaría la dirección!
Me levanté y me eché unas manos de agua fría en la cara.
Ya no quería ese niño. Lo odiaba porque ya entendía demasiado, porque ya lo veía pisando las huellas de todos.
Yo andaba por ahí y extendía mi odio a todo lo que provenía del hombre, a las líneas del tranvía, a los números de las casas, a los títulos, a las divisiones del tiempo, a toda esa enmarañada y rebuscada mezcla llamada orden; contra el transporte de basura, contra los programas de conferencias, los registros civiles, contra todas esas deplorables disposiciones, contra las que ya no se podía emprender nada, contra las que nadie tampoco emprende nada, esos altares, en los que yo había hecho sacrificios, pero no estaba dispuesto a dejar que sacrificaran a mi hijo. ¿Cómo podía mi hijo llegar a eso? Él no había dispuesto el mundo, él no había causado su deterioro. ¿Por qué debía establecerse en él? Les grité a la oficina de empadronamiento, a las escuelas y los cuarteles:
¡Denle un chance! ¡Denle a mi hijo un solo chance, antes de que se corrompa! Rabiaba contra mí mismo por haber obligado a mi hijo a venir a este mundo y por no hacer nada por liberarlo. Se lo debía, tenía que actuar, irme con él, mudarme con él a una isla.
¿Pero dónde hay esa isla desde la cual un hombre nuevo pueda fundar un nuevo mundo? Yo estaba preso con mi hijo y condenado de antemano a participar en el viejo mundo. Por eso dejé caer a mi hijo. Lo dejé caer fuera de mi amor. Este niño era capaz de todo, menos de salirse de la fila y romper el círculo vicioso.
Fipps pasó los años jugando hasta ir a la escuela. Los pasó jugando en el verdadero sentido de la palabra. Me parecía bien que jugara, pero no esos juegos que lo preparaban para juegos posteriores.
El escondite, contar y eliminar, policía y ladrón. Yo quería para él otros juegos completamente diferentes, juegos puros, otros cuentos, diferentes a los conocidos. Pero no se me ocurría nada, y él estaba ahora en busca de la imitación. Se pensaría que no es posible, pero no hay salida para gente como nosotros. Todo se divide siempre de nuevo en arriba y abajo, en bueno y malo, en claro y oscuro, en número y calidad, en amigo y enemigo, y donde en las fábulas aparecen otros seres o animales, adquieren de inmediato rasgos humanos otra vez.
Dado que yo no sabía ya cómo y en qué dirección educarlo, lo abandoné. Hanna notó que ya yo no me ocupaba de él. Una vez tratamos de hablar sobre ello, y ella me miró como a un monstruo. No pude exponer todo porque se levantó, me cortó la palabra y se fue al cuarto del niño. Era de noche, y a partir de esa noche -antes nunca se le hubiera ocurrido, como tampoco a mí- empezó a rezar con el niño: "tengo sueño, voy a descansar.
Buen Dios, hazme piadoso". Y cosas por el estilo. Tampoco me ocupé de eso, pero deben haber llegado lejos en su repertorio.
Creo que con eso ella quería ponerlo bajo alguna protección.
Cualquier cosa le hubiera parecido bien, una cruz o una mascota, una fórmula mágica o quién sabe qué. En el fondo tenía razón, puesto que Fipps pronto caería entre los lobos y aullaría con ellos.
"Encomendarlo a Dios" era tal vez la última posibilidad. Ambos lo entregamos, cada uno a su manera.
Cuando Fipps regresaba con una mala nota de la escuela, yo no decía una palabra, pero tampoco lo consolaba. Hanna se afligía en secreto. Regularmente se sentaba después del almuerzo con él y le ayudaba en las tareas, y le tomaba la lección. Ella desempeñaba su tarea lo mejor posible. Pero yo no creía en la buena causa. Me daba lo mismo si Fipps llegaba más tarde a la Enseñanza Media o no, si llegaba a convertirse en algo bueno o no. Un obrero quisiera ver a su hijo convertido en médico, un médico quiere que el suyo sea por lo menos médico. Yo no comprendo eso. Yo no quería que Fipps fuese ni más inteligente ni mejor que nosotros. Tampoco quería ser amado por él; no tenía por qué obedecerme, o hacer mi voluntad. No, yo quería... Sólo debía empezar desde el principio, demostrarme con un solo gesto que no tenía por qué imitar nuestros gestos. No vi ninguno en él. ¡Yo había nacido de nuevo, pero él no! Era yo el primer hombre, era yo y perdí todo el juego, no hice nada.
No deseaba nada para Fipps, nada en absoluto. Sólo seguí observándolo. No sé si un hombre debe observar a su propio hijo de esa manera. Como un investigador un "caso". Yo contemplaba a este desahuciado caso humano. Este niño que yo no podía amar como amaba a Hanna, a la que nunca dejaba caer por completo, porque no me podía defraudar. Ella ya había sido el mismo tipo humano que yo cuando me encontré con ella: bien formada, experimentada, un poco especial pero no tanto, una mujer, y luego mi mujer. Yo le seguí un proceso a este niño y a mí... a él, por haber destruido una esperanza suprema, a mí porque no le podía preparar el suelo. Había esperado que este niño, por ser un niño... sí, había esperado que salvara el mundo. Suena como una monstruosidad. Y de verdad he actuado monstruosamente con el niño, pero no es una monstruosidad lo que yo esperaba.
Sólo que yo no había estado preparado, igual que todos antes de mí, para el niño. No había pensado en nada cuando abrazaba a Hanna, cuando me sentía calmado en el oscuro regazo... no podía pensar. Fue bueno desposar a Hanna; pero después, no sólo por el niño, nunca más fui feliz con ella, sino que sólo estaba atento a que no tuviera otro niño. Ella lo deseaba, tengo razones para creerlo, aunque ahora no habla más de eso, ni hace nada relacionado con ello. Se podría pensar que Hanna quisiera ahora más que nunca otro niño, pero está petrificada. No se aparta de mí ni tampoco viene a mí. Me riñe como nunca se debe reñir a un ser humano, porque él no es dueño de tales misterios como la vida y la muerte. En ese entonces, a ella le habría encantado criar a un montón de muchachos, y yo lo impedí. Ella se conformaba con todas las condiciones, yo con ninguna. Una vez me explicó, cuando peleábamos, todo lo que quería hacer y tener para Fipps. Todo: un cuarto más luminoso, más vitaminas, un traje de marinero, más amor, todo el amor, quería instalar un depósito de amor que debía alcanzar para toda una vida, por los de afuera, por la gente... una buena formación escolar, idiomas extranjeros, estar atentos a sus talentos. Ella lloraba y se sentía ofendida porque yo me reía de eso. Creo que ella no pensó ni por un instante en que Fipps pertenecería a la gente "de afuera", que, al igual que ellos, los podía herir, ofender, perjudicar y matar, que sería capaz de una sola bajeza, y yo tenía toda la razón para creerlo. Pues el mal, como lo llamamos, estaba en ese niño como un tumor. Por eso, para ello no es necesario pensar todavía en la historia del cuchillo. Empezó mucho antes, cuando tenía tres o cuatro años. Yo llegué cuando él daba vueltas furioso y berreaba; se le había caído una torre de tacos. De pronto interrumpió sus lamentos y dijo en voz baja y enfático: "Les voy a incendiar la casa. Romperlo todo. A todos ustedes los voy a romper". Lo alcé, lo puse sobre mis rodillas y le prometí reconstruir la torre. Él repetía sus amenazas. Hanna, que se acercó, se sintió por primera vez insegura. Lo reprendió y le preguntó quién le había enseñado esas cosas. El respondió con firmeza: "nadie".
Después empujó por las escaleras a un niñita que vivía en la casa. Estaba seguramente bastante asustado, lloró, prometió no volverlo hacer, pero lo volvió a hacer. Durante un tiempo, amenazaba con pegarle a Hanna por cualquier motivo. También eso pasó.
Bueno, olvido contraponer las muchas cosas bonitas que llegó a decir, lo tierno que podía ser, lo rojo que despertaba por las mañanas. Todo eso también lo noté, con frecuencia estaba tentado entonces a cargarlo rápidamente y besarlo, como lo hacía Hanna, pero no quería tranquilizarme con eso y dejarme engañar. Estaba en guardia. Pues no era ninguna monstruosidad lo que yo esperaba. No tenía nada grande en mente con mi hijo, pero ese poquito, esa pequeña desviación la deseaba. Claro que cuando un niño se llama Fipps... ¿Tenía que hacerle tanto honor a su nombre? ¿Ir y venir con el nombre de un perrito faldero?
Perder once años de adiestramiento en adiestramiento. (Comer con la mano bonita. Caminar derecho. Saludar con la mano. No hablar con la boca llena).
Desde que él iba a la escuela, se me encontraba más fuera de casa que en ella. Iba a jugar ajedrez en la cafetería o me encerraba en mi cuarto, pretextando tener que trabajar, para leer. Conocí a Betty, una vendedora de la calle Mariahilfer-Strasse, a la que llevaba medias, entradas al cine o algo de comer, y la acostumbré a mí. Ella era parca de palabra, sin exigencias, y a lo más con ganas de comer, aún con todo el desánimo con que pasaba sus noches libres. Yo la visitaba con bastante frecuencia durante un año, me acostaba a su lado, en la cama de su habitación amoblada, donde ella leía revistas mientras yo bebía un vaso de vino, y luego aceptaba mis exigencias sin extrañeza. Era la época de mayor confusión por causa del niño. Nunca dormía con Betty, al contrario, buscaba la autosatisfacción y la liberación fotofóbica, ambas despreciadas por la mujer y por el sexo. Para no quedar atrapado, para ser independiente. Ya no quería acostarme junto a Hanna porque iba a ceder ante ella.
Aunque no me esforcé por encubrir mis ausencias nocturnas por tanto tiempo, me parecía que Hanna no albergaba sospechas.
Un día descubrí que no era así; ella ya me había visto una vez con Betty en el Café Elsahof, donde nos encontrábamos a menudo después del trabajo, y dos días después, otra vez, cuando yo hacía fila con Betty en el cine Kosmos para adquirir las entradas. Hanna se comportó de un modo muy extraño, miró por encima de mí como si yo fuera un desconocido, de modo que yo no supe qué hacer. Yo la saludé con la cabeza, paralizado, avancé hasta la caja, sentía la mano de Betty en la mía y, por más increíble que eso me parezca ahora, entré efectivamente al cine. Después de la función, durante la cual me preparaba para los reproches y ensayaba mi defensa, tomé un taxi para el corto camino a casa, como si con ello aún pudiera arreglar o evitar algo. Como Hanna no dijo una palabra, me precipité a mi texto preparado. Ella calló tenazmente, como si yo le hablara de cosas que no le interesaban.
Finalmente sí abrió la boca y dijo tímida que yo debería pensar en el niño. "Por amor a Fipps...", ¡pronunció esa palabra! Yo estaba abatido por su turbación, le pedí disculpas, caí de rodillas y le prometí el nunca más. Y realmente no volví a ver nunca más a Betty. No sé por qué de todos modos le escribí dos cartas, a las que seguramente no le dio importancia. No vino ninguna respuesta. Y yo tampoco le esperaba. Como si hubiera hecho llegar esas cartas a mí mismo o a Hanna, me desnudé en ellas como nunca antes a persona alguna. A veces temía ser extorsionado por Betty. ¿Por qué extorsionado? Le enviaba dinero. ¿Por qué, entonces, ya que Hanna sabía de ella?
¡Qué confusión! ¡Qué vacío!
Me sentí apagado como hombre, impotente. ¡Deseaba seguir siéndolo! Si es que había una cuenta, cuadraría a mi favor.
¡Salir del sexo, llegar al fin, a un final, que llegara a eso!
Pero todo lo que sucedió no trataba de mí o de Hanna o de Fipps, sino de padre e hijo, de una culpa y de una muerte.
En un libro leí una vez la frase: "No es condición del cielo levantar la cabeza". Sería bueno que todos supieran de esta frase que habla de las malas maneras del cielo. Oh, no, verdaderamente no es su manera el mirar hacia abajo, darles señales a los confundidos de debajo de él. Por lo menos no donde ocurre un drama tan oscuro, en el que también participa él, ese arriba ideado. Padre e hijo. Un hijo, que eso exista, eso es lo inconcebible. Ahora se me ocurren esta clase de palabras, porque para este oscuro asunto no hay palabras claras; en cuanto se piensa en ello, se pierde la razón.
Asunto oscuro: pues ahí estaba mi esperma, indefinible, que a mí mismo me parece sospechoso, y luego la sangre de Hanna, en la que se nutrió el niño y que participó en el nacimiento, todo junto un asunto oscuro. Y terminó con sangre, con la sonora y luminosa sangre infantil que brotó de la herida en la cabeza.
Él no podía decir nada cuando yacía en esa roca sobresaliente del abismo, sólo al alumno que llegó primero donde él, le dijo: "tú". Quiso levantar la mano, hacerle alguna seña o aferrarse a él. Mas la mano no se levantó. Pero finalmente, cuando unos instantes después se inclinó el maestro sobre él, susurró:
"Quiero ir a casa".
Me cuidaré de creer, a causa de esa frase, que nos anhelaba expresamente a Hanna y a mí. Pues uno quiere ir a casa cuando se siente morir, y él lo sintió. Era un niño, no tenía grandes mensajes que dar. Pues Fipps era sólo un niño común y corriente, nada podía interferir en sus últimos pensamientos. Los otros niños y el maestro buscaron entonces unos palos e hicieron con ellos una camilla y lo cargaron hasta Oberdorf. En el camino, casi inmediatamente después de los primeros pasos, murió. ¿Falleció?
¿Expiró? En la esquela de defunción escribimos: "...un accidente nos arrebató a nuestro único hijo." El hombre de la imprenta que recibió el encargo, preguntó si no queríamos poner "nuestro único y amadísimo hijo", pero Hanna que estaba en el aparato dijo que no, que el amadísimo se sobreentenía. Que además ya no importaba. Yo fui tan torpe de querer abrazarla por eso; tan por el suelo estaban mis sentimientos por ella. Ella me apartó. ¿Acaso aún me toma en cuenta? ¿Qué, por todos los cielos, me reprocha?
Hanna, que por tanto tiempo se había ocupado sola de él, anda irreconocible, como si el reflector que la iluminaba cuando, con Fipps y por medio de Fipps, se encontraba en el centro de la atención, ya no cayera sobre ella. No hay nada más que decir acerca de ella, como si careciera de características y atributos.
Antes había sido alegre y llena de vida, asustadiza, tierna y severa, siempre lista para guiar al niño, a dejarlo correr y volverlo a estrechar contra sí. Después del incidente con el cuchillo, por ejemplo, tuvo su mejor época, ardía de nobleza y comprensión, podía declararse partidaria del niño, de sus errores, se hacía responsable por todo ante cualquier instancia. Él estaba en su tercer año escolar. Fipps se había lanzado contra un compañero de clase con una navaja. Quería metérsela en el pecho; resbaló e hirió al niño en el brazo. Nos llamaron a la escuela y yo tuve embarazosas conversaciones con el director, los maestros y los padres del niño lastimado. Embarazosas porque yo no dudaba de que Fipps era capaz de eso y mucho más, pero no debía decir lo que pensaba; embarazosas porque los puntos de vista que me obligaban a considerar, no me interesaban en lo absoluto. Qué debíamos hacer con Fipps, nadie lo sabía con claridad. Él sollozaba, a veces, rebelde, a veces desesperado y si cabe un juicio: se arrepentía de lo que había sucedido. Sin embargo, no logramos convencerlo para que fuera donde el niño y le pidiera perdón. Lo obligamos y fuimos al hospital los tres. Pero yo creo que Fipps, que no había sentido nada contra el niño cuando lo amenazó, lo empezó a odiar desde el momento en que tuvo que recitar sus palabras. No había ninguna rabia infantil sino, bajo una fuerte represión, un odio refinado y adulto. Había logrado un sentimiento difícil que a nadie permitió conocer, y parecía como si hubiese madurado.
Cada vez que pienso en la excursión escolar con la que todo llegó a su fin, también recuerdo la historia del cuchillo, como si a la distancia, estuvieran unidas debido al shock que me recordaba de nuevo la existencia de mi hijo. Pues, aparte de eso, ese par de años escolares se me aparentaban vacíos en mi memoria, porque no presté atención a su crecimiento, al aumento de la agudeza de su razonamiento y de sus sentimientos. Tal vez habrá sido como todos los niños de su edad: salvaje y tierno, ruidoso y callado, con todas las peculiaridades para Hanna, todo lo extraordinario para Hanna.
El director de la escuela me llamó a la oficina. Eso nunca había sucedido, pues aun cuando ocurrió la historia con el cuchillo, llamaron a la casa y fue Hanna la que me enteró del asunto. Media hora después, encontré al hombre en el salón de la compañía. Fuimos a la cafetería, al cruzar la calle. Él intentó decirme lo que tenía que decir, primero en el salón, luego en la calle, pero también en la cafetería sintió que no era lugar correcto. Tal vez no exista ningún lugar correcto para informar que un niño ha muerto.
Que no era culpa del maestro, dijo él.
Yo asentí. Yo estaba conforme.
Las condiciones del camino habían sido buenas, pero Fipps se había separado del grupo, por travesura o curiosidad, tal vez porque quería buscarse un palo.
El director empezó a tartamudear.
Fipps se había resbalado en una roca y caído en otra más abajo.
Que la herida en la cabeza había sido en sí misma inofensiva, pero que el médico había encontrado después la explicación para la rapidez de la muerte. Un quiste, que probablemente yo sabría...
Yo asentí con la cabeza. ¿Quiste? Yo no sabía qué era eso.
Que la escuela estaba muy conmovida, dijo el director, que se había nombrado una comisión investigadora, comunicado a la policía...
Yo no pensaba en Fipps, sino en el maestro que me daba lástima, y di a entender que de mi parte no había nada que temer.
Nadie tenía la culpa, nadie.
Me levanté antes de que pudiéramos pedir algo, puse una moneda en la mesa y nos separamos. Regresé a la oficina y volví a salir de inmediato a la cafetería, para tomarme siempre un café, aunque hubiera preferido un coñac o un aguardiente. No me atreví a tomar coñac. Era mediodía y tenía que ir a casa a decírselo a Hanna. No sé cómo lo logré ni qué dije. Mientras nos alejábamos de la puerta de entrada y pasábamos por el recibo, ya debió haberlo comprendido. Fue tan rápido. Tuve que llevarla a la cama y llamar a un médico. Estaba fuera de sí, y antes de desmayarse gritaba. Gritaba tan terriblemente como en su parto, y yo temblaba otra vez por ella, como aquella vez. Sólo deseaba, otra vez, que no le ocurriera nada a Hanna. Todo el tiempo pensaba: ¡Hanna! Nunca en el niño.
En los días siguientes, hice todas las diligencias solo. En el cementerio -yo no le había dicho a Hanna la hora del entierro-el director dijo unas palabras. Era un día hermoso, soplaba una suave brisa, los lazos de las coronas se alzaban como para una fiesta. El director hablaba constantemente. Por primera vez veía a toda la clase, los niños con los que Fipps pasaba casi cada mitad del día, un montón de chicos que miraban apáticos de frente, y entre ellos estaba uno al que Fipps había querido apuñalar.
Dentro de uno existe un frío que hace que lo más próximo y lo más lejano nos quede igual de lejos. La tumba se me alejaba junto con los circundantes y las coronas. Vi todo el cementerio central irse muy lejos en el horizonte, hacia el este, y aún cuando me apretaron la mano, sólo sentí presión tras presión y veía los rostros allá afuera, igual como si los viera de cerca, pero muy lejos, considerablemente lejos.
¡Aprende tú mismo el lenguaje de la sombra! ¡Apréndelo tú mismo! Pero ahora, desde que todo ha pasado y Hanna tampoco se la pasa ya sentada durante horas en el cuarto del niño, sino que
me ha permitido cerrar con llave la puerta que él había atravesado tan a menudo, hablo a veces con él en el lenguaje que yo no puedo considerar bueno.
¡Mi carricito! ¡Mi corazón!
Estoy dispuesto a cargarlo en mi espalda y le prometo un globo azul, un paseo en bote por el viejo Danubio y estampillas.
Soplo sus rodillas cuando se las ha lastimado y le ayudo en su cuenta de matemática.
Aunque con ello no puedo devolverlo a la vida, no es sin embargo demasiado tarde para pensar: lo he aceptado, a ese hijo.
No pude ser amigable con él, porque yo iba demasiado lejos.
No te alejes demasiado. Aprende primero a seguir caminando. Aprende tú mismo.
Pero primero se debería poder romper el arco de tristeza que va de un hombre a una mujer. Esa distancia, medible con silencio, ¿cómo podrá reducirse alguna vez? Porque por siempre habrá, donde hay para mí un campo minado, para Hanna un jardín.
Ya no pienso más, sino que quisiera levantarme, cruzar el oscuro pasillo, y sin tener que decir una palabra, llegar donde Hanna. No miro nada relacionado a eso, ni mis manos que la han de sostener, ni boca con la cual puedo cerrar la suya. Es poco importante con qué sonido delante de cada palabra llego a ella, con qué color delante de cada simpatía. No para recuperarla iría, sino para mantenerla en el mundo y para que me mantenga a mí en el mundo. Por medio de la unión dulce y oscura. Si vendrán niños después de ese abrazo, bien, que vengan, que estén ahí, que crezcan, que sean como todos los demás. Los devoraré como Cronos, les pegaré como un grande y temible padre, consentiré a esos sagrados animales y me dejaré engañar como un Lear. Los educaré como lo exige la época, en parte para la práctica lobuna y en parte en la idea de la moralidad y no les daré nada para llevar por el camino. Como un hombre de mi tiempo: nada de posesión, nada de buenos consejos. Pero no sé si Hanna aún está despierta.
Ya no pienso. La carne es fuerte y oscura, debajo de una gran risa nocturna entierra un sentimiento verdadero. No sé si Hanna aún estará despierta.






Ingeborg Bachmann (* Klagenfurt (Austria), 25 de junio de 1926 - † Roma (Italia), 17 de octubre de 1973) fue una poeta y autora austríaca. Es una de las más destacadas escritoras en lengua alemana del siglo XX.
Obra selecta
§  Die gestundete Zeit (poesía lírica, 1953)
§  Die Zikaden (obra radiofónica, 1955)
§  Anrufung des Grossen Bären (poesía lírica, 1956)
§  Der gute Gott von Manhattan (obra radiofónica, 1958)
§  "Die Wahrheit ist dem Menschen zumutbar" (ensayo poético, en una presentación de premios alemana 1959)
§  "Frankfurter Vorlesungen" (charla sobre los problemas de la literatura contemporánea 1959)
§  Das dreißigste Jahr (recopilación de historias, 1961). Tr.: A los treinta años, Seix-BArral, 1963
§  Malina (novela, 1971). Tr.: Alfaguara (1986), Akal (2003) y Círculo de Lectores (2005).
§  Simultan (recopilación de historias, 1972). Tr. de Juan J. del SolarTres senderos hacia el lago, Alfaguara, 1987.
§  Todesarten (projecto de ciclo de novelas, inacabado)
§  Últimos poemas, Hiperión, 1999
§  Ansia y otros cuentos, Siruela, 2005.
Obra complementaria
§  Last Living Words: The Ingeborg Bachmann Reader, traducido al inglés por Lilian M. Friedberg: Ed. Green Integer, 2005.
§  Letters to Felician (cartas a un corresponsal imaginario, escrito en 1945, publicado póstumamente). Editado y traducido al inglés por Damion Searls: Green Integer Books, 2004.
§  Debemos encontrar frases verdaderas, México, UNAM, 2000 (or. 1983), entrevistas.


El 4 de noviembre de 1954 Stig Dagerman se encerró en el garaje de su casa de Enebyberg, puso en marcha el motor de su coche y se recostó a esperar la muerte. Tenía treinta y un años y era la joven estrella de las letras escandinavas. O al menos lo había sido : entre 1944 y 1949 escribió cuatro novelas, cuatro obras de teatro, un libro de relatos, un reportaje sobre la Alemania de posguerra y cientos de artículos, crónicas y poemas.



Esos cinco años de escritura brillante y compulsiva (hubo noches en las que completaba cerca de sesenta cuartillas) le bastaron para alcanzar el éxito. Fue declarado el heredero de Strindberg y la crítica le emparentó con Kafka y Faulkner. En 1950 sus nervios ya estaban hechos trizas. Era incapaz de terminar los proyectos que iniciaba, pasaba las noches conduciendo por carreteras solitarias y su vida junto a su segunda mujer la actriz Anita Björk, se asemejaba a un sangriento melodrama. “La depresión es una muñeca rusa”, escribió entonces, “y en la séptima muñeca hay un cuchillo, una hoja de afeitar, un veneno, unas aguas profundas y un salto al vacío”. Con su habitual mezcla de audacia y buen gusto, la editorial Pepitas de Calabaza rescata el que se considera testamento literario de Dagerman, un breve texto titulado “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable”. Se trata de uno de los pocos trabajos a los que el autor sueco consiguió dar forma en sus últimos años de vida : un ensayo sobre la angustia que nos hace pensar en un Cioran que desconfiase de los truenos y las metáforas, o quizá en un Camus al que le hubiesen desconectado la reverberación del micrófono.
Además de cómo un sereno adiós a la vida, estas páginas pueden entenderse como una síntesis del pensamiento de su autor. En el corazón de la obra de Dagerman palpita un negrísimo átomo de opresión. Su. Gran tema es la imposibilidad del ser humano para ser feliz en las sociedades modernas. “Para mi, un tipo de libertad se ha perdido para siempre o por un largo tiempo : la libertad que procede de la capacidad de dominar su propio elemento”. Dagerman piensa en Thoreau y en su bosque de Walden. “¿Dónde se encuentra ahora el bosque en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad fuera de las formas congeladas de la sociedad ?”. Esa insatisfacción, que quizá en un carácter meridional hubiese generado el enésimo existencialista ‘malgre lui’, orientó a Dagerman hacia el anarquismo. Desde muy joven frecuentó círculos libertarios y comenzó a publicar en revistas como “Storm” o “Arbetaren”. El volumen de Pepitas de Calabaza incluye a modo de anexo algunos textos que arrojan luz sobre su relación con el anarcosindicalismo. Para el lector español, el más curioso es una semblanza de Dagerman firmada en 1954 por su amiga Federica Montseny, en la que, entre exclamaciones maternales y chismorreos románticos, aparece algún párrafo revelador : « La literatura tradujo un estado de ánimo, una crisis profunda : demasiado joven para saber esperar ; demasiado absoluto en sus sentimientos y pensamientos, Stig fue de los que no pudiendo creer en Todo, no pudieron creer en Nada ».
Dagerman fue un raro ejemplar político: un anarquista antirromántico. Demasiado inteligente para dejarse llevar por la propaganda, puso a prueba los clichés del pensamiento de su época, o dicho con sus palabras, cruzó « el bosque de convenciones que todo poeta debe atravesar ». En 1946, con los campos de Europa todavía humeantes, arremete contra Adam Smith, contra Churchill y contra el Papa, pero también contra Marx y Stalin. Casado en primeras nupcias con una hija de emigrantes españoles, su visión de la Guerra Civil recuerda en algo a Orwell. “En España, entre 1936 y 1939, el anarquista era considerado tan peligroso para la sociedad que se le disparaba desde ambos lados, no estuvo expuesto solamente, de frente, a los fusiles alemanes e italianos sino también, por la espalda, a las balas rusas de sus ‘aliados comunistas »
Aunque se trate de un ejercicio melancólico, es difícil no fantasear con qué habría sido capaz de hacer Dagerman sino hubiese decidido poner fin a su vida tan pronto. En pocos escritores se da la combinación de sensibilidad exacerbada y capacidad de análisis que encontramos en él. Como cualquier gran escritor, el autor sueco es, ante todo, un punto de vista, pero se diría que él es algo más : un temperamento, una peculiar energía que amalgama valores aparentemente antagónicos como la fragilidad y el arrojo, el genio y la humildad, la pasión y la inteligencia.
Stig Dagerman era delgado, tímido y nervioso. Pensaba que la vida era un ‘viaje imprevisible entre dos lugares inexistentes’ y que el peor de los males era ‘tener miedo de los hombres y escribir por dinero’. Al comienzo de “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable” encontramos un párrafo que, desde su publicación, aparece ligado a su posteridad : “No me ha sido dado en herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder llamar la atención de dios ni he heredado tampoco el furor disimulado del escéptico, ni la astucia del racionalista, ni el ardiente candor del ateo. Por eso no me atrevo a tirar la piedra a quien creé en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mí mismo ya que de una cosa estoy convencido : la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insa¬ciable”.
Unos años antes en uno de sus relatos más conocidos, Dagerman soñaba su propio epitafio : « Aquí descansa un escritor sueco, cálido por nada, su crimen fue la inocencia, olvidadle pronto ». Ese relato, como gran parte de su obra, permanece aún inédito en español. Quienes descubran ahora el encanto de este anarquista atormentado y brillante entenderán por qué ése es un lujo que no podemos permitirnos.

Reportero en Alemania

En 1946 Stig Dagerman viajó a Alemania como corresponsal del periódico sueco ‘Expressen’. Ya había publicado sus dos novelas más importantes ‘La serpiente’ y ‘La isla de los condenados’ y su firma tenía el prestigio suficiente para atraer la atención de un buen número de lectores.
La guerra había terminado cuatro años antes y el joven escritor aterrizó en un país en ruinas, un gran « cementerio bombardeado ». Alguien le recomendó que, para hacerse una idea de la situación, leyese los periódicos alemanes. Él prefirió pisar la calle y observar. Estuvo en Berlin, Múnich, Stuttgart y Hamburgo, se entrevistó con antiguos soldados nazis, con refugiados y supervivientes de los campos de concentración, asistió a juicios de desnazificación, bajó a los sótanos donde malvivían familias en condiciones miserables, viajó en trenes en “más lentos que la muerte » y vio cómo se establecían las redes del mercado negro. Su conclusión fue sencilla y comprometedora : los alemanes no eran “un bloque soldado que irradie heladas emanaciones de nazismo”, sino « una multitud variopinta de individuos hambrientos y temblorosos de frío”.
La guerra no es un asunto sencillo y tampoco lo es le victoria. Las potencias aliadas no hacen demasiado por la población civil y los alemanes de a pie acumulan rencor hacia los vencedores. ‘Otoño alemán’ (Octaedro) es el libro que recoge estas crónicas de la posguerra alemana. Se trata de un ejemplo de buen periodismo y alta literatura, valga la aproximada redundancia. Leyéndolo, uno siente ese suave estremecimiento físico que nos indica que estamos ante una obra maestra. Es sin duda uno de los mejores reportajes escritos el siglo pasado. Por eso, el nombre de su autor merece ser pronunciado entre los de los maestros del género en la compañía de Albert Londres y Hemingway, junto a Orwell, Michael Herr y Kapuscinsky

Matar a un Niño
Por Stig Dagerman

Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.
¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató..
Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".
Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.



"Nuestra necesidad de consuelo es insaciable"
por Stig Dagerman.





Revista «Husmodern», 1952
Stig Dagerman nació el 25 de octubre de 1923 en Suecia, y murió voluntariamente el 5 de noviembre de 1954 en el mismo país escandinavo. Desde muy joven, y hasta el fin de su vida, colaboró con la prensa anarcosindicalista. También escribió novelas y dramas que le hicieron conocido como excelente escritor en Europa. El texto que aquí reproducimos fue originalmente publicado con el título «Vart behov av tröst är omättligt» en la revista «Husmodern», en 1952. Ha sido extraído del volumen de ensayos titulado «Nuestra necesidad de consuelo es insaciable», firmado por varios autores y publicado en 1997 por Al Margen (Valencia), Etcétera (Barcelona) y la Fundació D´Estudis LLibertaris i Anarcosindicalistes (Barcelona). La traducción al castellano es de José Mª Caba.

Estoy desprovisto de fe y no puedo, pues, ser dichoso, ya que un hombre dichoso nunca llegará a temer que su vida sea un errar sin sentido hacia una muerte cierta. No me ha sido dado en herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder llamar la atención de dios; ni he heredado tampoco el furor disimulado del escéptico, ni las astucias del racionalista, ni el ardiente candor del ateo. Por eso no me atrevo a tirar la piedra ni a quien cree en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mí mismo ya que de una cosa estoy convencido: la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.
Yo mismo persigo el consuelo como el cazador su presa. Por dondequiera que en el bosque lo vislumbre, disparo. A menudo no alcanzo más que el vacío; pero alguna que otra vez cae a mis pies una presa. Y como sé que el consuelo no dura más que el soplo del viento en la copa del árbol, me apresuro a apoderarme de ella.
¿Y qué tengo entonces entre mi brazos? Puesto que estoy solo: una mujer amada o un desdichado compañero de viaje. Puesto que soy poeta: un arco de palabras que no puedo tensar sin un sentimiento de dicha y de horror. Puesto que soy prisionero: una súbita mirada hacia la libertad.
Puesto que estoy amenazado por la muerte: un animal vivo aún caliente, un corazón que palpita sarcásticamente. Puesto que estoy amenazado por el mar: un arrecife de duro granito.
Pero también hay consuelos que me llegan como huéspedes sin haberlos invitado y que llenan mi aposento de odiosos cuchicheos: Soy tu deseo - ¡ama a todo el mundo! Soy tu talento -¡abusa de él como abusas de ti mismo! Soy tu sensualidad - ¡solamente viven los sibaritas! Soy tu soledad ¡menosprecia a los seres humanos! Soy tu deseo de muerte -¡corta!
El equilibrio es un listón estrecho. Veo mi vida amenazada por dos poderes: por un lado, por las ávidas bocas del exceso; y por otro, por la avara amargura que se nutre de sí misma. Pero rehuso elegir entre la orgía y la ascesis, aunque sea al precio de una confusión mental. Para mí no basta con saber que, puesto que no somos libres en nuestros actos, todo es excusable. Lo que busco no es una excusa a mi vida sino todo lo contrario a una excusa: la reconciliación. Al fin me doy cuenta que cualquier consuelo que no cuente con mi libertad es engañoso, al no ser más que la imagen reflejada de mi desespero. En efecto, cuando mi desespero me dice: Desespera, puesto que cada día no es sino una tregua entre dos noches, el falso consuelo me grita: Espera, pues cada noche no es más que una tregua entre dos días.
Pero de nada le vale al ser humano un consuelo brillante; necesita un consuelo que ilumine. Y todo aquel que quiera convertirse en una persona malvada, es decir, una persona que actúa como si todas las acciones fueran defendibles, debería, al lograrlo, tener al menos la bondad de advertirlo.
Son innumerables los casos en los que el consuelo es una necesidad. Nadie sabe cuándo caerá el crepúsculo y la vida no es un problema que pueda ser resuelto dividiendo la luz por la oscuridad y los días por las noches; es un viaje imprevisible entre lugares inexistentes. Puedo, por ejemplo, andar por la orilla y sentir de repente el horrible desafío que la eternidad lanza sobre mi existencia y el perpetuo movimiento del mar y la huida constante del viento. ¡En qué se convierte entonces el tiempo sino en un consuelo por el hecho de que nada de lo humano es duradero y qué consuelo tan miserable que sólo enriquece a los suizos!
Puedo estar sentado ante la lumbre en la habitación menos expuesta al peligro y sentir de pronto que la muerte me rodea. Está en el fuego, en todos los objetos puntiagudos que me rodean, en la solidez del techo y en el grueso de las paredes, está en el agua y en la nieve, en el calor y en mi sangre. ¡En qué se convierte entonces el sentimiento humano de seguridad sino en un consuelo por el hecho de que la muerte es lo más cercano a la vida y qué consuelo más miserable que no hace más que recordarnos aquello que quiere hacernos olvidar! Puedo llenar todas las hojas en blanco con la más hermosa combinación de palabras que mi cerebro pueda imaginar. Puesto que deseo confirmar que mi vida no es absurda y que no estoy solo en la tierra, junto todas estas palabras en un libro y se lo ofrezco al mundo. A cambio, éste me da dinero, gloria y silencio. Pero qué me importa a mí el dinero y qué me importa contribuir al progreso de la literatura; sólo me importa aquello que nunca consigo: la confirmación de que mis palabras conmueven el corazón del mundo. ¡En qué se convierte entonces mi talento sino en un consuelo a mi soledad y qué consuelo más terrible que sólo consigue que sienta mi soledad cinco veces más fuerte!
Puedo ver la libertad encarnada en un animal que atraviesa veloz un claro del bosque y oír una voz que murmura: ¡vive con sencillez, toma lo que desees y no temas las leyes! ¡Pero qué es este buen consejo sino un consuelo por el hecho de que la libertad no existe y qué implacable consuelo para quien entiende que el ser humano tarda millones de años para convertirse en lagarto!
Puedo, finalmente, descubrir que esta tierra es una fosa común en la que el rey Salomón, Ofelia y Himler reposan uno junto al otro. De lo cual concluyo que el verdugo y la infeliz gozan de la misma suerte que el sabio y que la muerte puede parecer un consuelo a una vida errónea.
¡Pero qué consuelo más atroz para quien querría ver la vida como un consuelo por la muerte!
No tengo filosofía alguna por la que moverme como pájaro en el aire o como pez en el agua.
Todo lo que tengo es un duelo que se libra cada minuto de mi vida entre los falsos consuelos que sólo aumentan mi impotencia y hacen más profundo mi desespero, y los consuelos verdaderos que me llevan a la liberación momentánea, o mejor dicho: el consuelo verdadero, puesto que sólo existe para mí un consuelo verdadero, aquel que me dice que soy un hombre libre, un individuo inviolable, un ser soberano dentro de mis límites.
Pero la libertad empieza por la esclavitud, y la soberanía, por la dependencia. La señal más cierta de mi servidumbre es mi temor de vivir. La señal definitiva de mi libertad es el hecho de que mi temor cede el sitio a la alegría de la independencia. Puede parecer que necesito la dependencia para poder conocer, al fin, el consuelo de ser un hombre libre, y seguramente es cierto. A la luz de mis actos me doy cuenta que el objetivo de toda mi vida ha sido labrar mi propia desdicha. Lo que podría traerme libertad me trae esclavitud y cargas en vez de pan.
Otra gente tiene otros señores. A mí, por ejemplo, me esclaviza mi talento hasta el punto de no atreverme a utilizarlo por miedo a perderlo. Además, soy de tal modo esclavo de mi nombre que apenas me atrevo a escribir por miedo a dañarlo. Y cuando al fin llega la depresión soy también su esclavo. Mi mayor aspiración es retenerla, mi mayor placer es sentir que todo lo que yo valía residía en lo que creo haber perdido: la capacidad de crear belleza a partir de mi desesperación, de mi hastío y de mis debilidades. Con amarga dicha deseo ver mis casas caer en ruina y verme a mí mismo sepultado en las nieves del olvido. Pero la depresión es una muñeca rusa y en la séptima muñeca hay un cuchillo, una hoja de afeitar, un veneno, unas aguas profundas y un salto al vacío.
Acabo por convertirme en esclavo de todos estos instrumentos de muerte. Como perros me persiguen, o yo a ellos como si fuese yo mismo un perro. Y creo comprender que el suicidio es la única prueba de la libertad humana.
Pero, viniendo de un lugar insospechado, se acerca el milagro de la liberación. Puede acaecer en la orilla y la misma eternidad que, hace un momento suscitaba en mí temor, es ahora el testigo de mi nacimiento a la libertad. ¿En qué consiste este milagro? Simplemente en el súbito descubrimiento que nadie, ni ningún poder ni ningún ser humano tiene derecho a exigirme que mi deseo de vivir se marchite. Ya que si este deseo no existe, ¿qué es lo que puede existir?
Puesto que estoy en la orilla del mar puedo aprender del mar. Nadie puede exigirle al mar que sostenga todos los navíos, o al viento que hinche constantemente todas las velas. De igual modo nadie puede exigirme que mi vida consista en ser prisionero de ciertas funciones. ¡No el deber ante todo, sino la vida ante todo! Igual que los demás hombres debo tener derecho a unos instantes durante los cuales pueda dar un paso al lado y sentir que no soy únicamente parte de esta masa a la que llaman población, sino una unidad autónoma.
Solamente en este instante puedo ser libre ante los hechos de la vida que antes causaron mi desesperación. Puedo confesar que el mar y el viento me sobrevivirán y que la eternidad no se preocupa de mí. ¿Pero quién me pide preocuparme de la eternidad? Mi vida es corta sólo si la emplazo en el cepo del tiempo. Las posibilidades de mi vida son limitadas sólo si cuento el número de palabras o de libros que tendré tiempo de escribir antes de morir. ¿Pero quién me pide contar? El tiempo es una falsa unidad de medida para medir la vida. El tiempo, en el fondo, es una unidad de medida sin valor ya que sólo alcanza las obras avanzadas de mi vida.
Pero todo lo importante que me ocurre y que da a mi vida un maravilloso contenido: el encuentro con una persona amada, una caricia, la ayuda en la necesidad, el espectáculo de un claro de luna, un paseo a vela por el mar, la alegría que se siente por un hijo, el estremecimiento ante la belleza, todo esto ocurre completamente fuera del tiempo. Da lo mismo que encuentre la belleza en el espacio de un segundo o de cien años. La dicha no solamente se sitúa al margen del tiempo sino que niega toda relación entre la vida y el tiempo.
Descargo pues de mis hombros el fardo del tiempo y, a la vez, la exigencia de sacar buenos resultados. Mi vida no es algo que deba ser medido. Ni el salto del ciervo ni la salida del sol son buenos resultados conseguidos en una prueba. Tampoco una vida humana es la superación de una prueba, sino algo que crece hacia la perfección. Y lo que es perfecto no realiza pruebas con buenos resultados, lo que es perfecto obra en estado de reposo. Es absurdo pretender que el mar está hecho para sostener armadas y delfines. Ciertamente lo hace, pero conservando su libertad.
Del mismo modo es absurdo pretender que el ser humano esté hecho para otra cosa que para vivir. Ciertamente aprovisiona máquinas y escribe libros, y también podría hacer otras cosas. Lo importante es que, haga lo que haga, lo hace conservando su libertad y con la plena conciencia de ser, como cualquier otro detalle de la creación, un fin en sí. Reposa en sí mismo como una piedra en la arena.
Puedo incluso librarme del poder de la muerte. No es que pueda librarme de la idea que la muerte corre detrás de mis talones, y menos aún puedo negar su existencia; pero puedo reducir a la nada su amenaza dejando de apoyar mi vida en soportes tan precarios como el tiempo y la gloria.
Por el contrario no está en mi poder permanecer siempre vuelto hacia el mar y comparar su libertad con la mía. Llegará el momento en que tendré que volverme hacia la tierra y encararme a los organizadores de mi opresión. Entonces me veré obligado a reconocer que el ser humano ha dado a su vida unas formas que, al menos en apariencia, son más fuertes que él. Incluso con mi libertad recientemente alcanzada no puedo destruirlas, sino solamente suspirar bajo su peso. Por el contrario, entre las exigencias que pesan sobre el hombre puedo distinguir las que son absurdas y las que son ineludibles. Para mí, un tipo de libertad se ha perdido para siempre o por un largo tiempo: la libertad que procede de la capacidad de dominar su propio elemento. El pez domina el suyo, el pájaro el suyo, el animal terrestre el suyo. Thoreau dominaba todavía el bosque de Walden.
¿Dónde se encuentra ahora el bosque en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad fuera de las formas congeladas de la sociedad?
Debo responder: en ninguna parte. Si quiero vivir libre debo hacerlo, por ahora, dentro de estas formas. El mundo es más fuerte que yo. A su poder no tengo otra cosa que oponer sino a mí mismo, lo cual, por otro lado, lo es todo. Pues mientras no me deje vencer yo mismo soy también un poder. Y mi poder es terrible mientras pueda oponer el poder de mis palabras a las del mundo, puesto que el que construye cárceles se expresa peor que el que construye la libertad. Pero mi poder será ilimitado el día que sólo tenga mi silencio para defender mi inviolabilidad, ya que no hay hacha alguna que pueda con el silencio viviente.
Este es mi único consuelo. Sé que las recaídas en el desconsuelo serán numerosas y profundas, pero la memoria del milagro de la liberación me lleva como un ala hacia la meta vertiginosa: un consuelo que sea algo más y mejor que un consuelo y algo más grande que una filosofía, es decir, una razón de vivir.