
Entrevista a Norman Mailer por Fukiko Aoki
Publicada en letras libres- enero 2000
La periodista japonesa Fukiko Aoki entrevistó a
Norman Mailer durante la visita de la bestia negra de las letras
estadounidenses al país del sol naciente. En exclusiva para Letras Libres, esta
conversación en la que el indómito autor de La canción del verdugo hace la
radiografía moral de su país.
Norman Mailer es uno de los escritores
estadounidenses más importantes del siglo xx. Las novelas, los ensayos y las
numerosas apariciones de este escritor en la televisión de su país han dejado
huella en millones de sus compatriotas. A los 76 años de edad, Mailer ha vivido
tres cuartas partes de este siglo turbulento y abrumador, y desde hace más de
cincuenta años está en el centro de la literatura y la vida política de los
Estados Unidos.
Nació en
Nueva Jersey el 31 de enero de 1923, y a los cuatro años su familia se trasladó
a Brooklyn, Nueva York. Terminó la preparatoria en 1939 y fue a Harvard, donde
se recibió de ingeniero en aeronáutica. Comenzó a escribir en Harvard y en 1941
ganó un concurso con un cuento titulado "The Greatest Thing in the
World". En junio de 1943 se recibió de ingeniero y en enero de 1944 lo
reclutó el ejército de su país. Fue adscrito poco después al 112 pelotón de
caballería en las Filipinas. Al terminar la guerra en agosto de 1945, fue de
los primeros soldados estadounidenses que aterrizaron en Japón.
Lo dieron
de baja en mayo de 1946 y enseguida comenzó a escribir la novela que lo haría
famoso: Los desnudos y los muertos. Al publicarse, en 1948, esa novela se
convirtió en un best-seller y se mantuvo durante once semanas en el primer
lugar de la lista del New York Times. Después escribió otras novelas: Costa
bárbara (1951), El parque de los ciervos (1955) e incursionó muchas veces en el
ensayo y el periodismo (fue uno de los fundadores de The Village Voice en
1955). Su vida personal a menudo fue turbulenta; en 1963 ya se había casado
tres veces, y ha tenido seis esposas. En 1960 prácticamente inventó de nuevo el
artículo periodístico con un trabajo sobre el congreso de los demócratas en el
que se designó a John F. Kennedy candidato a la presidencia: "Superman
Comes to the Supermarket".
A pocas
semanas de las elecciones de 1960 su vida dio un giro catastrófico. En una
fiesta bochinchera en Greenwich Village, donde todos bebían alcohol y fumaban
marihuana, Mailer apuñaló a su tercera esposa, Adele Morales, con un
cortaplumas. Lo arrestaron, lo encerraron un mes en el hospital Bellevue para
mantenerlo en observación psiquiátrica, y luego lo soltaron porque Adele no
quiso denunciarlo. Este acontecimiento habría de manchar su vida durante
decenios, y lo volvió un personaje recurrente de los periódicos amarillistas de
Nueva York.
Siguió
desempeñando un papel protagónico en los dramas del decenio de 1960, cuando
escribió novelas como Sueño americano (1965), Por qué estamos en Vietnam (1967)
y algunos de los ensayos más vigorosos de esa época, como Los ejércitos de la
noche (1969), que ganó los premios National Book y Pulitzer. Fue arrestado por
participar en protestas antibélicas. En 1969 se postuló para alcalde de la
ciudad de Nueva York, con el editorialista Jimmy Breslin como compañero. Claro
que no ganó, pero la campaña produjo muchas nuevas ideas en el mundo rancio de
la política urbana.
Como
escritor nunca mermó el vigor de Mailer. Su libro de 1979 sobre Gary Gilmore
(La canción del verdugo) está considerado un clásico estadounidense moderno. Ha
escrito biografías de Marilyn Monroe y de Pablo Picasso, así como una novela
sobre Lee Harvey Oswald. Su mejor libro reciente es la "novela de la
cia" El fantasma de Harlot, que es la primera parte de una obra en dos
volúmenes. También ha dirigido cuatro películas de poco presupuesto y varias
obras de teatro.
Desde
1980 está felizmente casado con Barbara Norris Church. Ella es pintora y
escritora, madre del noveno hijo del escritor, John Buffalo. Viven en una casa
moderna de Provincetown en Cape Cod, frente al océano atlántico, y tienen un
departamento en Brooklyn, con vista al puerto de Nueva York y a los rascacielos
de Manhattan. Esta entrevista se llevó a cabo en Provincetown.

Fukiko
Aoki (FA): En una entrevista que le hizo Playboy en 1967 usted dijo: "Los
Estados Unidos, más que ningún otro país de la Tierra, se ven a sí mismos como
un país combatiente. Por eso los estadounidenses no logran salir
psicológicamente de Vietnam". ¿Se trata de una forma de pensar Kosovo?
Norman
Mailer (NM): Bueno, es irónico. Cualquier otro presidente que no fuera Clinton
me parece que hubiera pensado en mandar infantería. Clinton no se lo podía
permitir. Jimmy Breslin narró que pasaba por Soho a las cinco de la madrugada y
vio a Monica Lewinsky, y se dijo: "Me pregunto si esa muchacha se da
cuenta de que inició una guerra". No es que Clinton se lanzara a la guerra
por Monica Lewinsky, pero sin duda fue suficientemente político para saber que
cuando terminara la guerra, a nadie le importaría ya Monica Lewinsky.
Cualesquiera que fueran los crímenes menores que hubiera cometido, tendrían
otra perspectiva. Por otra parte, simplemente no podía permitirse perder vidas,
porque eso hubiera sido aquí una afrenta.
FA: Si
hubiera habido bajas estadounidenses, entonces hubiera podido surgir un
verdadero movimiento antibélico en todo el país.
NM: Esa
guerra de Kosovo para mí es un misterio, de veras. Ese grupo de personas de
toda Europa Occidental que se han encumbrado en sus países, han llegado a lo
más alto de la otan, todos están haciendo carrera, todos han trepado el palo
encebado, como se dice. Casi todas las personas que trepan el palo encebado son
más conocidas por traicionar a sus mejores amigos, en caso de necesidad, que
por sus elevados principios morales. La mayoría de las personas no llegan hasta
arriba por su pureza espiritual. Algunos se lo han ganado y han hecho cosas
malas para ganárselo. Otros han hecho cosas malas desde el principio y helos
ahí. Ahora, de pronto todos se preocupan muchísimo por un pueblo, los
albaneses, cuya lengua no hablan y cuya religión no comparten, ¿y de repente
los invaden los sentimientos humanitarios? No me lo creo ni por un instante.
FA: Todos
dijeron que había que unir Europa Occidental en defensa de la economía mundial,
¿no?
NM: Ves,
es el inicio de la guerra más torpe de que yo tenga memoria. Ahí estaban, se
los habían advertido. Todos hablaban de lo malo que era Milosevic. Holbrook
estaba advertido. A Madeleine Albright se lo advirtieron diversas personas de
Serbia y Albania: que si comenzábamos a bombardear, Milosevic se lanzaría a la
depuración étnica.
FA: ¿De
modo que no fue toda una sorpresa?
NM: No.
Pero o fueron muy idiotas —me refiero a Albright y a Clinton y la otan— o
malvados. Si no sabían que ocurrirían cosas terribles, eran idiotas; si lo
sabían, entonces fueron malvados. Pero la realidad es que fue un trastorno y un
desperdicio tremendo cómo sucedió.
FA: Pero
todos pensaban que no había otro modo.
NM:
Fácilmente hubieran podido bombardear Serbia con panfletos, con volantes que
dijeran "Estas son las condiciones de su país. No se les está informando
bien, estamos acumulando tropas en las fronteras, vamos a bombardear dentro de
tres, cuatro o cinco semanas..." Y si hubieran hecho eso y luego desatar
la guerra, se hubiera entendido. Hubiera sido más fácil de digerir, por así
decirlo, para el sistema moral de Occidente. Y lo que me repugna totalmente es
la complacencia de la otan. Clinton habla de haber logrado "una
victoria". No hubo victoria.
FA:
¿Usted cree que los albaneses torturaron y violaron personas y que los serbios
hicieron cosas terribles?
NM: Me
parece que siempre es catastrófico entrar en los Balcanes, porque ahí hay odios
de mil años, de quinientos años, de cien años, de diez años o de ayer. Y quizá
por eso sea el lugar más complejo y atormentado. No hay soluciones en los
Balcanes, ninguna fácil. Y quizá no pueda haber solución alguna. Insisto, no
confío en esa guerra, no confío en los motivos por los cuales nos metimos en
ella. Respecto a nuestra fuerza bélica, no creo que sea la misma de la época de
Vietnam. Creo que Vietnam concluyó más o menos dentro del concepto de los
estadounidenses... de sí mismos.
FA: ¿Se
refiere a cómo Vietnam transformó a los Estados Unidos?
NM:
Bueno, ya no tenemos ganas de seguir derramando nuestra propia sangre. Siempre
he pensado que para ir a la guerra, por lo menos hay que estar dispuesto a
derramar la sangre del propio país. Quiero decir que bombardear desde 4.5
kilómetros para no perder ni un avión... me pareció repugnante. Mis
convicciones respecto al asesinato son firmes. Conforme envejezco, me vuelvo
cada vez más pesimista sobre la naturaleza humana. Creo que todos somos
asesinos. Sabes, creo que todos tenemos dentro un asesinato y un suicidio. Y en
la mayoría de las personas, al ser civilizadas, no sale a flote ninguno de
ambos. Pero cabe decir que, por ejemplo, a menudo cuando las personas han
estado casadas durante cincuenta años y no ha sido para nada un buen
matrimonio, cabe decir que al final el que murió primero en cierto sentido ha
sido asesinado espiritual y físicamente por el otro.
FA:
Correcto [risas].
NM:
Bueno, hay poquísimas parejas que mueren el mismo día.
FA:
Quisiera lograrlo, ¡pero es imposible!
NM: No,
no. Me parece que el asesinato es un elemento de nuestra existencia.
FA:
Entiendo lo que dice, claro.
NM: El
asesinato siempre es un acto egoísta, a mi parecer, porque, finalmente, es
afirmar la primacía de uno sobre otro. Y a menos que se justifique en lo
iNMediato, no se justifica. Pero algunos asesinos tienen relativamente más
justificación que otros. Si sabes que estás matando, puedes mirar a los ojos al
ángel de la venganza. Quizá. Tal vez. Pero si no sabes a quién estás matando,
entonces participas en un asesinato mucho más grave porque podría resultar
odiosamente inútil.
FA:
Mientras la otan bombardeaba Kosovo esos dos muchachos le dispararon a muchos
alumnos de la preparatoria de Littleton, Colorado. En la prensa se habló de lo
terrible que fue. Era una gran ironía, porque al mismo tiempo los aviones de
los Estados Unidos bombardeaban y asesinaban personas en Kosovo.
NM: No
pudieron establecer esa relación.
FA: Me
escandalizó que nadie hablara de ella.
NM: Los
Estados Unidos son fuertes en muchas cosas, pero no en el examen de su propia
conciencia moral. Después de todo, los británicos tuvieron un enorme poder en
el siglo xix y no destacaron por hacer examen de conciencia en ese periodo.
Ahora los estadounidenses están en la misma posición. Hay algo en ser el país
dominante del mundo que no alienta la inspección moral de cada quien.
FA: ¿Cree que los Estados Unidos nunca modificarán
su forma de ser, que siempre serán un país bélico que quiera ser el primero del
mundo?
NM: No.
Creo que fue apenas después de la Segunda Guerra Mundial que esa idea comenzó a
hacerse más popular. Durante mucho tiempo, durante la primera mitad del siglo
xx, creo que aquí no prevalecía la idea de que fuera mejor ser el primer país
del mundo, sino la de que este país era el mejor porque la gente que no podía
estar bien en ningún otro lado y era discriminada en otros países por un motivo
u otro, venía aquí. Y, claro, esa fue una gran exageración. Sin duda éramos más
amables con los occidentales que con los asiáticos, y sin duda más amables con
las personas que venían de los países de Europa Occidental que con los que
venían de Europa del Este. Pero de todas formas eso era aproximadamente cierto,
y es que era posible emigrar a los Estados Unidos y a la vuelta de una o dos
generaciones volverse próspero.
FA: Así
es, todavía hoy.
NM: Vino
la depresión y las personas perdieron la confianza. Tras la Segunda Guerra
Mundial surgió la idea —en parte como arma para combatir a los rusos— de que
éramos la nación más importante de la Tierra. Y en los últimos cinco decenios
eso se ha vuelto cierto en alguna medida. Desde el punto de vista de los
recursos productivos y el poder de afirmar nuestra influencia en otros países,
creo que probablemente sí es cierto. No creo que lo discutiera casi nadie. Si
es conveniente, es otra cosa, porque estamos tan ciegos...
FA: Hay
muchos estadounidenses que parecen obsesionados por el patriotismo.
NM:
Sabes, no somos un país sensible y somos demasiado patrióticos para el tamaño
que tenemos. Está bien que los países pequeños sean patrióticos, porque necesitan
serlo. Es como las familias pobres que necesitan sentir que "nuestra
familia es muy importante". Pero las familias ricas no suelen darle mucha
importancia a la familia. Cada quien va por su lado, sabes. Es como si dijeran
"al diablo papá". Mientras que en este país rico somos fieles al país
hasta el aburrimiento. Ahora incluso tenemos una televisión libre, pero si
dices algunas cosas en contra de los Estados Unidos en televisión no te vuelven
a invitar. No nos gustan la crítica ni la sátira contra los Estados Unidos.
Produce cierto desasosiego dentro.
FA: ¿Por
qué?
NM: Hay
motivos. Somos un país de trasplantes y no tenemos raíces. Por lo tanto, como
país, tenemos un problema equivalente al de las personas que hablan de crisis
de identidad, que es por lo que diversos grupos estadounidenses,
particularmente en el centro del país, tienden a creer muy en serio que ellos
son los estadounidenses.
FA: Los
neoyorquinos no hablan mucho de ese tema.
NM: Las
personas del Este y el Oeste del país no necesariamente saben quiénes son ni
cuál es su sitio. Apenas pocos estadounidenses, hasta ahora, sin duda en las
ciudades, pueden saber dónde nacieron y dónde crecieron. Todos los barrios se
han transformado, todo está trastocado, y hay un profundo sentimiento de
desalojo. Hay tantos ricos y poderosos, pero inseguros...
FA: Me
asombró mucho, al venir a vivir en este país, encontrar a tantos
estadounidenses inseguros.
NM: Todos
temían una gran depresión después de la Segunda Guerra Mundial. Estábamos
listos para vivir así, con poco dinero y muchas preocupaciones para ganarnos la
vida. En cambio sucedió lo contrario. Fue el principio de la prosperidad lo que
llegó a los Estados Unidos en los años cincuenta, y la gente tuvo mucho más
dinero del que esperaba tener, pero apenas si sabía qué hacer con él. Eso
produce una inseguridad específica, un gran desasosiego. Entonces en Estados
Unidos todos esperan una gran catástrofe. Por eso Littleton fue tan
intensamente inquietante para el país. No se entendía, por una parte. Pero
también fue algo esperado. Esperamos uno u otro desastre. El miedo del milenio
ya comenzó.
FA: En la
introducción de Conversaciones con Norman Mailer, J. Michael Lenno dice que
"los años sesenta fueron los más felices de Mailer, los más alborotados y
productivos". Usted ha escrito muchos buenos libros desde fines de los
años sesenta, ¿qué le parece esa opinión?
NM:
Bueno, en los años sesenta muchos pensábamos que estábamos haciendo historia.
Ahora veo el mismo deseo en mis hijos, que están en la época de la juventud en
la que se cree que se hace historia. Pueden ir en el tren que los lleva al
mundo de las computadoras, pero en realidad no pueden hacer historia. En los
años sesenta de veras creíamos que unos cuantos podríamos modificarlo todo. Y
fue una época muy emocionante.
FA: De
todas formas, ¿le parecen los años sesenta la época más emocionante?
NM: No.
Mirando en retrospectiva creo que fue un periodo bobo [risas].
FA: ¿Un
periodo bobo?
NM: No,
no fue para nada bobo porque... mira, nos oponíamos a la guerra de Vietnam y
era una guerra a la que bien valía la pena oponerse. Era un absurdo total y una
monstruosidad, y los Estados Unidos nunca lo han superado. La culpa de Vietnam
sigue en nosotros de una u otra forma. Pero al decir que fue un tiempo bobo, me
refiero a que nuestro optimismo era lo bobo. No comenzamos a entender la fuerza
de aquello a lo que nos oponíamos. Al mirar en retrospectiva, casi todo lo que
defendíamos en aquellos días ya ha sido derrotado.
FA: Así
es, desgraciadamente.
NM: El
rumbo es por completo distinto. Lo que queríamos era imprimirle cierto sentido
a los Estados Unidos, reconocer que había mucho que aprender, que no teníamos
la respuesta para todo. Y ahora, por lo contrario, los Estados Unidos tienen
más confianza que nunca, se sienten más poderosos que nunca.
FA: Es
muy triste.
NM:
Recuerdo que una de las cosas que odiaba en los años sesenta era cómo
proliferaba el plástico. Bueno, el plástico ya nos invadió. Mira dónde estamos.
Ni siquiera sé si esto es metal o plástico [golpea su silla]. Es ubicuo. Y como
dije tantas veces, el plástico no es sino el excremento del petróleo, un
desperdicio. La mayor parte del plástico se obtiene de los desechos del
petróleo. De modo que un genio, algún genio oscuro y malvado, por ahí de
finales de la Segunda Guerra Mundial, dijo: "Oigan, muchachos, estamos
desperdiciando una fortuna. Hay que salvar esta mierda que le sale al petróleo
porque sirve para hacer cosas. Miren toda la plata que estamos perdiendo".
Y así el plástico lo invadió todo. Quizá la industria del plástico hoy sea más
próspera que la del petróleo. A nuestros hijos, lo primero que les meten en la
boca es de plástico, un chupón. Sus sillas son de plástico. Creo que los niños
no tienen apego a nada por causa del plástico. Entumece los sentidos.
FA: En
otra entrevista —en 1982 con el New York Times— usted dijo que los años setenta
fueron un periodo caracterizado por la falta de ideas, en particular de ideas
por las que nadie estuviera ni remotamente dispuesto a morir. ¿Eso vale todavía
a fines de siglo?
NM: Por
supuesto. ¿Dónde hay alguiendispuesto a morir por algo? Los únicos que están
dispuestos a morir por una idea están locos.
FA:
¿Locos?
NM:
Locos, enfermos mentales. Esos niños que mataron e hirieron a los otros chicos
en Littleton, ellos sí estaban dispuestos a morir por una idea. ¿Qué idea? Que
ellos eran importantes, y querían ver el miedo en la cara de los otros.
FA: ¿Eso
era una idea o mera locura?
NM:
Bueno, pues era una idea. La idea es "soy importante". Esa era su
idea. Estaban dispuestos a morir por esa idea y lo hicieron. Y el hecho es que
—volviendo a Kosovo— lo clave era no morir en esa guerra. No importaba cuántas
vidas se destrozaron y trastornaron por completo, ningún estadounidense tenía
que morir por eso; bueno, he ahí un país que no está dispuesto a morir por una
idea. Los países que no están dispuestos a morir por una idea no deberían hacer
la guerra, porque después no hay paz, ¿te das cuenta? Si estás dispuesto a
morir por una idea y el otro lado está dispuesto a morir por una idea, y luego
se combate, es horrible, es odioso, no es una guerra más linda que otra, pero
al final hay cierta sensación de que pasaron cosas terribles, hubo tragedias, y
ahora hay que remediarlo. Y quizá se necesiten cincuenta años, a veces no se
consigue nunca, pero a veces se consigue, porque de las pérdidas de ambas
partes puede empezar a entenderse al otro. Pero si un lado ha sido el verdugo
del otro...
FA:
¿Verdugo?
NM: Si
ese país no estaba dispuesto a morir por una idea, va a ser verdugo. Eso, me
parece, es el problema de hoy. Ya nadie está dispuesto a morir por ideas.
FA: Me
parece que la época de Reagan fue un intento de recuperarse de las heridas de
los años sesenta y de Vietnam. ¿Le parece que se manipuló a los estadounidenses
con esa idea?
NM:
¡INMensamente! Reagan era el flautista de Hamelin. Me parece, en retrospectiva,
que él era un hombre muy simple y astuto... y tuvo una idea. Una idea política:
que los estadounidenses son increíblemente estúpidos e iNMensamente patriotas.
FA: Ya.
NM: Quizá
sea el presidente más desvergonzado que hayamos tenido jamás. Al pensar en
Granada: ¿dónde fue? Porque mataron a 273 infantes de marina, los que fueran,
por una idiotez en Líbano, por falta de cuidado. Cinco días después, o tres,
invadió Granada. ¿Por qué? Porque eran una gran amenaza comunista para nuestro
país. Mandó unos 1,800 infantes de marina porque se enteró de que había ahí
soldados cubanos. Encontró 1,200 albañiles cubanos. Conquistamos Granada en un
día, o medio día. Y luego dijo: "Ya sanamos del dolor y la herida de
Vietnam". No lo estoy citando con exactitud, pero el sentido era:
"Con esto despachamos lo de Vietnam". La guerra de Bush, hay que
reconocérselo, la guerra del Golfo Pérsico, era mucho más peligrosa. Se estaba
arriesgando, no había garantías. Recuerda que Saddam dijo que sería la madre de
todas las guerras. Bush debió pasar insomnio varias noches. Claro, Bush quería
terminar con tan pocas bajas estadounidenses que terminó la guerra con tres
días de anticipación, y eso nos va a costar para siempre.
FA: Bueno, hablemos del siglo xxi. Ya hablamos de
los chicos que mataron a los estudiantes en Colorado, pero hay que repetirlo.
¿La generación de ahora lo inquieta?
NM: Sí,
porque no tienen forma. Mi hijo más chico, John, se queja siempre de que en su
generación no hay nada, sólo la amistad. Dice que los únicos movimientos fuertes
que hay no le gustan. Por ejemplo, lo políticamente correcto. Eso pega mucho en
las universidades. Pero lo políticamente correcto no lleva a ningún lado. No se
puede legislar los sentimientos, y a eso se reduce la corrección política. Dice
"hay que sentir así". Bueno, seguramente los japoneses saben más de
eso que yo, ustedes conocen los peligros latentes de que se les diga qué deben
sentir, cómo pensar y vivir de cierta forma.
FA: Hace
un año hubo un caso de un asesinato terrible en Japón. Un niño de doce años
asesinó a otro de cinco años, brutalmente, en un nuevo suburbio de Kobe. Lo
decapitó y lo dejó en la entrada de su escuela. Fue muy impresionante. Entonces
los japoneses comenzamos a asustarnos y a preocuparnos por la próxima
generación. Creo que los estadounidenses tienen la misma sensación sobre la
próxima generación. ¿Le parece que habría que acusar a la sociedad más que a
esa generación?
NM:
Bueno, siempre se le puede echar la culpa a algo o a alguien. Hace un mes fui a
un suburbio, a visitar a una pareja muy agradable. Esa mujer y mi esposa son
grandes amigas e hicieron juntas un viaje de un día, mientras el otro hombre y
yo nos quedamos en la casa de ellos. Entonces vimos la tele casi todo el día,
que era más fácil que tratar de conversar. Luego salimos. Estábamos en el
suburbio. Esa casa está muy bien amueblada, es de buen gusto, y estoy seguro de
que la casa de al lado estaba muy bien amueblada, era de buen gusto, pero no
había contacto con los vecinos. Y las calles no eran calles de verdad. Traté de
caminar por ahí y enseguida me aburrí. Ahí no pasaba nada ni por accidente.
Todo estaba calculado. Había ahí una especie de muerte viva. Y mi sensación era
que ahí podían ocurrir cosas terribles porque no pasaba nada terrible.
FA: Parece
muy distinto de Nueva York, ¿verdad?
NM: La
gente de Nueva York, lo pienso a menudo, es tan feliz como cualquier otra
porque discute mucho, hay muchas cosas que la irritan.
FA: ¿Se
da cuenta de que los asesinatos en las escuelas siempre pasan en los suburbios?
NM: Son
suburbios nuevos y no viejos. Los suburbios viejos son pueblos en los que han
vivido dos o tres generaciones. De modo que tienen un poco de historia, un poco
de tradición. Para usar de nuevo esa palabra: tienen raíces. Los suburbios
nuevos, me parece, han sido concebidos en la imaginación de un mediocre
poderoso, dedicado a los bienes raíces, y en muy pocos de esos nuevos suburbios
vale la pena vivir.
FA: Pero
muchas personas quisieran tener una casa nueva en los suburbios nuevos,
disfrutar ahí de la vida de clase media.
NM:
Bueno, la clase media es peligrosa porque ellos no son peligrosos. La gente
quiere ser de clase media porque ahí hay, en general, menos de ciertos miedos.
En la clase trabajadora los padres a menudo son borrachos, las madres trabajan
prodigiosamente en exceso y tienen un carácter horrible, o la gente de la clase
trabajadora está habituada a los dramas, las tragedias familiares. Los niños
tienen que ser duros porque crecen en un barrio pobre.
FA: Sí. Entonces algunos se vuelven
pendencieros, otros criminales.
NM:
Cuando se procede de una familia de clase trabajadora, tiene sentido. Antes de
los quince años has vivido mucho, mientras que en la clase media tu vida está
protegida, tú estás protegido. Y así, eliges vivir en un lugar sin peligros.
Eso crea otro peligro, que es el de carecer de orientación. En inglés se habla
de "sabiduría de la calle". Bueno, los chicos de clase media que van
a escuelas de clase media o a universidades más caras carecen de esa sabiduría
y terminan gobernando. Sí, me pregunto cuántos de la alta jerarquía del
gobierno de Clinton crecieron en los nuevos suburbios y fueron a buenas
universidades. Y saben cada vez menos de las calles.
FA: Da
miedo, ¿verdad?
NM: Falta
esa experiencia. Sabes, al pensar en alguien como Madeleine Albright contra
alguien como Milosevic, que se sabía todos los trucos sucios jamás concebidos
por los humanos hasta conocer a sus superiores, los rusos, que se sabían otros
trucos todavía peores... Bueno, hay personas que no han vivido de manera de aprender
a tratar a personas como Milosevic.
FA: La
mayoría de los jóvenes no lee, sobre todo literatura. ¿Por qué cree que sea
así?
NM: Me
temo que la literatura esté en decadencia, y yo soy un importante practicante
de una ocupación en agonía. El cine fue un enorme reto para la literatura, pero
había entre ellos una relación. Es como si el cine fuera el hermano
desencadenado de la cultura literaria, una cultura teatral. Los novelistas
podían hacer películas. Ahora ningún buen novelista puede hacer buen cine.
Ningún buen cineasta puede convertirse en un muy buen o importante novelista.
Antes eso era posible, de algún modo... era como ser primos en competencia.
Llegó la televisión y todo se redujo a una especie de común denominador de
masas.
FA: ¿Le
parece que la televisión transformó el cine y la literatura?
NM:
Bueno, la gente ve la tele todo el tiempo. Es distinto que ir al teatro o al
cine. Después de todo, en el cine uno está entre extraños. Hay cierta analogía
con ir a misa. Es un elemento menor en comparación con otro malo, que es la
interrupción en la televisión. Los comerciales son la semilla venenosa de la
televisión porque uno está viendo algo, interesado, y cada siete, diez o doce
minutos interrumpe un comercial. Entonces se deja de pensar en forma de relato
y de narración sostenida. Y se vuelve muy difícil mantener la atención más de
siete minutos.
FA: Así
es.
NM: Desde
la infancia te interrumpen los comerciales. Y te acostumbras a pensar que no
hay motivo en el mundo por el que no puedas ponerle mostaza a las frambuesas,
porque así sale en los comerciales. Llegan y no tienen nada que ver con el
programa. Leer novelas, por ejemplo, es disfrutar de sumergirse en un mundo que
perdura durante horas, mientras se lee. Y creo que ya hay muy pocas personas
capaces de leer durante muchas horas. Es como si el sistema nervioso estuviera
hecho para que lo interrumpan una y otra vez. Creo que por eso los niños tienen
problemas ahora en la escuela.
FA:
Entonces, ¿por eso cree usted que la literatura ya no llega a los jóvenes?
NM: La
condición general del cerebro no va de acuerdo con la lectura, porque las
personas ya no quieren recibir la información de la lectura. Creo que se
venderían más libros si de pronto, en la página siete, saliera algo.
FA:
[Risas] ¡Como un comercial!
NM:
Alguna interrupción. O si los editores cogieran cinco novelas que estén
publicando y cada cinco o siete páginas insertaran dos páginas de otra novela,
como fuera, o un color distinto de papel o algo. Es ridículo.
FA:
Entonces usted es pesimista sobre el porvenir de la literatura.
NM: Sí.
Creo que lo que va a pasar es que los novelistas serán reverenciados en el
futuro como los poetas. En otras palabras, un novelista importante será visto
con el mismo asombro y amor que solían otorgarse a los grandes poetas. Pero se
van a vender cada vez menos. Vamos a terminar como los poetas. Escribiremos
novelas porque nos gusta hacerlo, tenemos que hacerlo, pero ya no se podrá
vivir de eso.
FA: ¿Quién
fue el novelista más influyente de este siglo?
NM: ¿En
los Estados Unidos?
FA: Sí.
NM:
Bueno, en los Estados Unidos fue Hemingway. Sin duda. Influyó más que ningún
otro. Y creo que fue un gran escritor pese a sus limitaciones. También fue una
especie de tío para mí o de sustituto de mi padre. Hemingway influyó en mi
estilo más que ningún otro y en el de más escritores jóvenes. De modo que fue
enorme esa influencia, porque, al poco tiempo, el estilo con que trabajas es la
forma en que percibes. Entonces había que pasar por Hemingway y aprender a
escribir como él para aprender a no escribir como Hemingway. Era un proceso
interesante que tomaba varios años en los que se aprendía mucho.
FA: Me
mortifica preguntarle, pero, ¿piensa a veces en la muerte?
NM: ¿En
mi muerte?
FA: Sí.
NM: Por
supuesto. Pero no tanto como cuando era joven.
FA: ¿Qué
pensaba de eso cuando era joven?
NM:
Bueno, en algún momento —no cuando era chico, quizá tendría ya 35 años, los
años en que fumaba mucha marihuana— llegué a decidir que sin duda había un más
allá y era emocionante y estaba lleno de aventuras y peligros y era difícil
como la propia vida, y quizá más todavía. Creo que uno de los motivos de haber
escrito el libro Noche de la Antigüedad, sobre Egipto, fue porque los egipcios
creían tanto en el más allá, donde se tenía buen éxito o se fracasaba. Si
fracasabas, morías de veras y si tenías buen éxito, pasabas al cielo y vivías
para siempre. Bueno, yo no creo en nada de eso, sino en que estamos aquí como
parte de una cadena continua del ser, por así decir, de modo que a partir de
cómo vives una vida, ingresas en otra, y que lo mejor que te puede pasar es
volver a nacer. Tengo una forma simple de pensar porque pienso que Dios, ella o
él, se está esforzando y quizá obtenga buenos o malos resultados, porque
también pienso que hay un diablo en los asuntos humanos. De modo que se trata
de un pensamiento muy sencillo que me permite el beneficio intelectual de
reconocer que la lástima por uno mismo es la peor enfermedad física. No hay
nada peor que la lástima por uno mismo, porque corroe y envenena todo lo demás.
Pero si uno consigue reducir esa lástima a niveles muy manejables, entonces te
concede cierta ecuanimidad. Además tengo nueve hijos, y por lo tanto mucho que
disfrutar.
FA: ¿No
tiene miedo?
NM: Creo
que no. Tengo curiosidad. Tengo mucha curiosidad de saber si mi idea de la
muerte tiene algo de real [risas]. -— Traducción de Rosamaría Núñez