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    domingo, 12 de agosto de 2012

    ALBERTO GIACOMETTI ;EL MAS GRANDE DE LOS ESCULTORES DEL SIGLO XX


    Alberto Giacometti (BorgonovoSuiza10 de octubre de 1901 - Coira, Suiza, 11 de enero de 1966) fue un escultor y pintor suizo. Carla



    Giacometti nació en Borgonovo, Val Bregaglia, en Suiza, cerca de la frontera italiana, donde creció en un ambiente de artistas. Su padre, Giovanni Giacometti, había sido pintor impresionista, mientras que su padrino, Cuno Amiet, fue fauvista.
    Biografía
    Tras terminar la enseñanza secundaria, se trasladó a Ginebra para cursar estudios de pintura, dibujo y escultura en la Escuela de Bellas Artes y a París, en1922, para estudiar en la Académie de la Grande Chaumière en Montparnasse bajo la tutela de un asociado de Rodin, el escultor Antoine Bourdelle. Fue allí donde Giacometti experimentó con el cubismo. Sin embargo, le atrajo más el movimiento surrealista y hacia 1927, después de que su hermano Diego se convirtiera en su ayudante, Alberto había empezado a mostrar sus primeras esculturas surrealistas en el Salón de las Tullerías. Poco tiempo después, ya era considerado uno de los escultores surrealistas más importantes de la época.
    Viviendo en una zona tan creativa como Montparnasse, empezó a asociarse con artistas como Joan MiróMax Ernst y Pablo Picasso, además de escritores como Samuel BeckettJean-Paul SartrePaul Éluard y André Breton, para el que escribió y dibujó en su publicación Le surréalisme au Service de la Révolution. Entre 1935 y 1940, Giacometti concentró su escultura en la cabeza humana, centrándose principalmente en la mirada. Esto fue seguido por una nueva y exclusiva fase artística en la que sus estatuas comenzaron a estirarse, alargando sus extremidades. En esta época realizó una visita a España, a pesar de encontrarse en plena Guerra Civil.
    Durante la Segunda Guerra Mundial vivió en Ginebra, donde conoció a Annette Arm. En 1946 ambos regresaron a París, donde contrajeron matrimonio en1949. El matrimonio pareció tener un buen efecto en él ya que le siguió el periodo probablemente más productivo de su carrera. Fue su mujer la que le brindó la oportunidad de estar constantemente en contacto con otro cuerpo humano. Otros modelos habían encontrado que el posar para él no era un trabajo fácil, pero Annette le ayudó enormemente, soportando pacientemente sesiones que durarían horas hasta que Giacometti lograse lo que buscaba.
     
    En 1954 recibió el encargo de diseñar un medallón con la imagen de Henri Matisse, por lo que creó numerosos dibujos durante los últimos meses de vida del pintor. En 1962 recibió el gran premio de escultura en la Bienal de Venecia, lo que le llevó a convertirse en una celebridad internacional.Poco más tarde se organizó una exposición de su trabajo en la galería Maeght de París y en la galería Pierre Matisse deNueva York, para cuyo catálogo su amigo Jean-Paul Sartre escribió la introducción. Perfeccionista, Giacometti estaba obsesionado con crear sus esculturas exactamente como las veía a través de su exclusivo punto de vista de la realidad.
    Alberto Giacometti - L’Homme qui marche I
    'L'Homme qui marche'
    El 3 de febrero del año 2010, su escultura El hombre que camina ('L'Homme qui marche') fue subastada en Londres por 65 millones de libras (74,2 millones de euros, 104,3 millones de dólares), superando así el récord mundial de una obra de arte vendida en una subasta ese momento, según la casa que se ocupó de la puja: Sotheby's.


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    “Una exposición de Giacometti es un pueblo. Esculpe unos hombres que se cruzan por una plaza sin verse; están solos sin remedio y, no obstante, están juntos; van a perderse para siempre, pero no podrían hacerlo si no se hubiesen buscado. Giacometti, cuando ha escrito sobre uno de sus grupos, ha definido su universo mejor de lo que yo podría hacerlo. Ha dicho que este universo le recordaba “una parte del bosque vista durante muchos años y cuyos árboles de troncos desnudos y esbeltos…siempre se me asemejaban a unos personajes inmovilizados en su andar y que se hablaban”. ¿Y qué puede ser, en consecuencia, esta distancia circular ---que únicamente la palabra puede atravesar--- sino la noción negativa, el vacío. Giacometti, irónico, desafiante, ceremonioso y tierno, ve en todas partes el vacío. No en todas partes, se podrá decir: hay objetos que se tocan. Pues precisamente Giacometti no está seguro de nada, ni de eso siquiera, pues semana tras semana, totalmente fascinado, ha visto cómo las patas de una silla no tocaban el suelo. Los puentes están rotos entre los hombres, entre las cosas; el vacío se hace presente aquí y allí: cada criatura oculta su propio vacío. Giacometti  ha llegado a ser escultor, porque tiene la obsesión del vacío. Acerca de una de sus estatuillas dice: “Soy yo, andando rápidamente en una calle envuelta por la lluvia”…
    Giacometti es escultor porque lleva sobre sí su vacío a la manera que un caracol porta su caparazón, porque quiere darlo a conocer en todas sus facetas y dimensiones. Y tan pronto puede vérsele acomodado con ese destierro minúsculo que le acompaña permanentemente,  como  horrorizado ante él…
    En otro lugar he intentado mostrar que Giacometti llegaba a la escultura como un pintor, puesto que daba a una figurilla de yeso el mismo tratamiento que si se tratase  del personaje de un cuadro: las estatuillas reciben una distancia imaginaria y fija. Puedo decir, a la inversa, que llega a la pintura como escultor, pues quisiera hacernos admitir como un vacío verdadero el espacio imaginario limitado por el marco…
    ¿Cómo pintar el vacío? Nadie, antes de Giacometti, lo ha intentado. En los últimos quinientos años, los cuadros están llenos a rebosar: todos los objetos del universo figuran en ellos. Giacometti comienza por expulsar al mundo de sus lienzos: su hermano Diego, completamente solo, en la inmensidad de un hangar: ya es bastante…
    El arte de Giacometti es comparable al de un prestidigitador: sufrimos su engaño y somos sus cómplices. […] Giacometti ha comprendido hace mucho que los artistas trabajan en el dominio de lo imaginario y que nuestras creaciones son engañosas.”
    (Jean-Paul Sartre: “Derriere le miroir”, 1957)


    El hombre de Giacometti

    Interpretaciones
    Por Alejandro Oliveros | 19 de Febrero, 2010

    La reciente subasta donde una gran escultura de Giacometti alcanzó un precio record, es buena ocasión para recordar el itinerario de este artista, en mi opinión el más representativo del arte de su tiempo, un tiempo que no pasó con el siglo anterior, sino que continúa, representado siempre por un artista que  anuló las fronteras cronológicas y que quedará mientras caminen hombres por la superficie de la Tierra. Alberto Giacometti nació en 1901 en Stampa, en el Cantón de los Grisones. Su padre fue Giovanni Giacometti, pintor, sus hermanos Diego, Ottilia y Bruno. Y su madre, la inmortalizada Annetta Stampa, una imagen que se reitera en su iconografía. La suya fue una infancia entre altos pinos y las fuertes piedras de la provincia suiza, felizmente alejado de los estertores terminales de la Belle Epoque. Desde muy niño, Giacometti se entregó al cultivo de los dones con los que fuera dotado por la providencia. Dones que no fueron pocos, en verdad. Uno de ellos, entre los menos explorados, es su habilidad como dibujante. El espectador que se detiene ante sus más conocidas esculturas difícilmente llega a imaginar que el mismo artista haya ejecutado dibujos dignos de Ingres o DegasEntre sus obras dibujísticas más reveladoras  se encuentra la copia de uno de los rostros más complejos del arte occidental.  Me refiero al Inocencio X de Velázquez en la Galería Borghese. En un formato minúsculo, Giacometti reproduce aquella exploración del alma contorsionada del pontífice. El mismo Velázquez la habría admirado, y no era hombre de grandes admiraciones. Pero rápidamente comprendió el hijo de Annetta que el dibujo clásico no era suficiente para expresar su particular visión del mundo. Ni el dibujo, ni, en sus comienzos, la pintura. Y, poco a poco, se fue inclinando hacia la escultura. Sus primeros trabajos no dejan de ser convencionales. Su caso no es el de Morandi, que prefigura desde sus inicios lo que será el resto de su producción. Giacometti, para llegar a ser Giacometti, tendrá que cubrir un largo y arriesgado trayecto. Morandi, por el contrario, desde el principio fue Morandi.

    En 1921, después de una breve temporada en Italia, Giacometti llega a París con su hermano Diego, artista también. Es el momento de una nueva vanguardia. Después del cubismo nada parecía seguro. Las tendencias abstractas eran estimuladas por el genio de hombres como KleeKandinsky o el muy hermético Malevitch. Por otra parte, un realismo, agresivo e irónico, disfrutaba de las simpatías de los sobrevivientes de la Gran Guerra. Y las posibilidades de un lirismo plástico ocupaban los trabajos y los días de Miró, Laurens o Lipchitz.Inscrito en la Academia de la Grande-Chaumiére, Giacometti se dejaba influir por la más saludable de las influencias, la de su maestro, el gran Antoine Bourdelle. Una primera etapa del recorrido para llegar a ser  Giacometti. La ruta no parecía  del todo clara, pero el objetivo sí, condicionado   por el dictum totalitario de Rimbaud. “Es absolutamente necesario ser moderno”. Una vez superado clasicismo heroico de Bourdelle, el joven artista se dedicó al estudio de la sintaxis del arte  africano. El resultado son dos de las piezas más extrañas del extraño arte moderno: Mujer cuchara y La pareja“. La primera es un monumento a las posibilidades sincréticas de la escultura. Las formas de la escultura cicládicas y  etruscas con la libertad del arte africano. El rito, el mito y el diálogo con lo mistérico y lo oscuro. Son los meses de sus agitadas relaciones con Flora Lewis, ambos son los protagonistas de “La pareja”.

    En 1927, ya sin Flora, pero con el no menos intranquilo Diego, Giacometti se muda a un nuevo estudio en el número 46 de la rue Hippolyte-Maindron, en Montparnasse. “Demasiado pequeño. No es más que un agujero”, fue la opinión del escultor apenas mudado. Cuando el tiempo lo permitía, Diego dormía en el balcón y Alberto en un diván. Sin cocina ni baño, la ropa era lavada en un pasadizo. Si había algún dinero, pasaba la noche en algún hotel barato del ruidoso boulevard Edgar Quinet. Tan pronto como la situación mejoró, a comienzos de los treinta, los hermanos se dedicaron a buscar un nuevo apartamento. Al cabo de cierto tiempo desistieron. El comentario de Giacometti es el mejor indicio para conocerlo, a él y a su obra: “Mientras más me quedaba en el estudio, más grande se iba haciendo”. Durante más de treinta años, el estudio de la rue Hippolyte-Maindron fue la sede de una de las empresas escultóricas más sorprendentes desde Donatello y Miguel Ángel.
    De 1928 son los primeros intentos que prefiguran lo que será, más tarde, el estilo representativo de Giacometti. Una serie de trabajos en mármol o piedra, donde los signos de la figura humana están siempre a punto de desaparecer. Un paso más y serían esculturas abstractas. Como las de Arp. Pero no se trataba de una superación acelerada del realismo. Era un “esfuerzo para reconstituir, exclusivamente de memoria, lo que había sentido en presencia del modelo”. Una unidad secreta se establece entre estos trabajos de 1927-1932 y las figuras alargadas que tanto hemos admirado. Como la gigantesca “Figura”, realizada para el jardín del vizconde de Noailles y su esposa Marie-Lauren. Un tótem, una gigantesca figura de culto, una expresión de viejos misterios y oscurecidos mitos. Un ser desproporcionado, como las figuras de Isla de Pascua, que fija su mirada en el horizonte del destierro. Los años que siguen, los de 1931-1936, son años perdidos para la escultura. Pero con grandes ganancias a nivel intelectual y espiritual. Hablamos de una nueva etapa, la de sus contactos con las poéticas surrealistas y algunos de sus exponentes. Especialmente con los menos sectarios, los que prefirieron la periferia al centro. Una situación siempre cara a Giacomettihombres como André Masson o Max Ernst.
    En un artículo publicado por Bataille en Documents, Leiris consignó algunas intuiciones todavía vigentes: “Hay momentos que podemos llamar de crisis y que son los únicos que cuentan en la vida… Las piezas de Giacometti me gustan porque parecen la petrificación de cada una de esas crisis”. Las esculturas realizadas durante ese intermezzo surrealista, en general, son las más pobres. Giacometti nunca dejó de ser un realista. Como Balthus, Derain o Morandi. La realidad es un asunto muy serio como para dejarlo en manos de soñadores. Era una parte de sus convicciones más profundas. Las de Magritte o Delvaux eran otras, el surrealismo parecía haber sido fundado para artistas como ellos. La obra más permanente de estos años es, asimismo, la menos surrealista: “El objeto invisible”, de 1934. Aquí, Giacometti regresa a la lectura de las formas cicládicas y su elegante expresión del mito femenino. Los tiempos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial fueron los mejores del siglo XX, aquel período de “l’entre deux guerres”. Tanto en París, como en Berlín o Roma, una nueva edad de oro de los cafés reunía a los mejores talentos de una generación. Un grupo de privilegiados, al cual todavía se le permitía preguntarse en serio por el sentido de la existencia o del arte. Los nombres de esos establecimientos en Montparnasse y Saint Germain-des-prés forman parte de la mejor historia de un siglo. “La Closérie des Lilas”, “Café du Dome”, “La Coupole”, “Café de Flore”, “Les Deux Magots”. Giacometti los frecuentó todos y durante muchos años. Un buen día en el “Café de Flore”, ya tarde en la noche, un hombre sentado en una mesa contigua, le dirige la palabra a un solitario Giacometti: “Disculpe, pero a menudo lo he visto por aquí y creo que usted y yo podemos entendernos. El problema es que ando sin dinero, ¿podría brindarme un trago?”. Nada podía haber alegrado más al desprendido escultor. El individuo tenía razón. Desde el principio se entendieron perfectamente. El hombre se llamaba Jean-Paul Sartre. Fue el comienzo de una gran amistad, una de esas relaciones imprescindibles. En las que se escribe, o se pinta, o se esculpe, pensando en lo que el otro dirá. Esas opiniones que se sienten como el reflejo de nuestra parte más profunda. En reiteradas ocasiones, en los treinta años que siguieron, Sartre escribió sobre el amigo. A él le debemos una frase, una de las más enigmáticas y brillantes que se hayan escrito sobre el artista de Stampa: “Una figura deGiacometti es el mismo Giacometti produciendo su nada local”.
    Hacia 1937 Giacometti decide volver a explorar las posibilidades del realismo, tal como lo había hecho en la Academia bajo la supervisión de su maestro Antoine Bourdelle. El abstraccionismo surrealista había quedado atrás. No repudia las obras realizadas porque forman parte del viaje. Se entrega a trabajar en una cabeza de Diego y otra de Rita, su modelo. Insatisfecho con los resultados, las deja y se dedica a una escultura de cuerpo entero. Sin saberlo, está en los umbrales del encuentro definitivo. La obra proyectada es un desnudo femenino de casi medio metro de alto. A medida que avanza, el artista siente, con terror y asombro, cómo el volumen va desapareciendo entre sus manos de manera involuntaria. Uno de esos raros momentos de la creación en los que la obra se hace autónoma y anda por su lado, sin tomar demasiado en consideración los designios del hacedor. Al final, el resultado no era mucho más grande que un alfiler sobre un pedestal desproporcionado. Lo intenta de nuevo. Para nada. El yeso insiste en reducirse a dimensiones impensadas. La mujer desnuda se desvanece, se niega a permanecer, se escapa como la arena entre los dedos. Lo que queda, si algo queda, es su verdadero ser, la escultura es “ese resto de llanto”. No otra cosa debe ser la existencia: “Siempre he tenido la impresión de que los seres vivos son muy frágiles. Como si fuera necesaria una enorme energía para mantenerlos de pie, amenazados siempre por el colapso. Es en esta fragilidad donde está la semejanza de mis esculturas”.
    No obstante, habrá que esperar hasta 1943 para que Giacometti, al fin, se convierta en Giacometti. La primera obra, en esta última etapa del recorrido, es la mujer desnuda que no llegó a realizar seis años antes. Se trata, en carne y hueso, de Isabel Nicholas, una leyenda del legendario triángulo Saint-Germain, Saint Michel, Montparnasse. Y la escultura es “Carruaje”, en su versión inicial. La segunda es de 1950. Giacometti, de nuevo, se siente más cerca de las escultóricas cicládicas, etruscas o egipcias, que de cualquier tendencia contemporánea. Como enseñó Pound, no se trata de hacerlo de nuevo, sino de “hacerlo nuevo”.” Carruaje”, de 1943, nos presenta a una mujer reducida a la flacura existencial. Los ojos desmesuradamente abiertos, los brazos pegados al cuerpo. Absolutamente inmóvil, y, sin embargo, la más movediza de las criaturas. El genio de Giacometti supera esta contradicción, sólo aparente, colocando cuatro ruedas al enorme pedestal. Lo eterno femenino en su atributo más irreductible. A partir de 1943, en lo más encarnizado de la Segunda Guerra, Giacometti nunca dejará de ser Giacometti. Un obsesivo del reduccionismo. En miniatura o en formatos gigantescos, pero siempre en los límites del no-ser. Las figuras serán siempre semejantes en apariencia. Nombres y mujeres signados por la fragilidad y el desamparo. Agobiados, reducidos, inútiles, como las latas y botellas de MorandiEn las últimas obras del maestro, las producidas poco antes de morir, en 1966. El mismo ensimismamiento, la misma mirada extraviada en algún lugar del horizonte, la insistencia en los dos extremos de lo absurdo, la parálisis o la huida hacia ninguna parte a través de plazas y otros lugares imprecisos. El precio alcanzado por “Figura”, es una señal de la permanencia del arte d Giacometti. Tal vez el más permanente de la modernidad. No estoy seguro que podamos decir lo mismo de Picasso o Pollock. La actualidad de Giacometti, a comienzos del XXI, es la misma que conoció a mediados del XX.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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