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    sábado, 14 de julio de 2012

    “Estamos frente a una nueva humanidad”, asegura Michel Serres


    La ciencia lidera el cambio, dice el filósofo

    Miércoles 2 de marzo de 2005 
    PARIS.– Si el filósofo Michel Serres no hubiera nacido en el mismo lugar que D’Artagnan, sería hoy el gascón más célebre del planeta. Como el mosquetero del rey, este hombre de 75 años tiene una risa generosa, el acento cantarín del sudoeste francés y una espada. D’Artagnan la había puesto al servicio de Luis XIV; Michel Serres, historiador de las ciencias, profesor de la exclusiva universidad estadounidense de Stanford y miembro de la prestigiosa Académie Française –cuyo uniforme de gala incluye una espada–, la ha puesto al servicio de las ideas.
    Ecléctico, iconoclasta, provocador, autor de más de treinta ensayos, Serres comenzó realizando estudios científicos antes de entrar en la Escuela Naval. Pero este intelectual atípico (que conoce, por ejemplo, 300 palabras para denominar un barco) pertenece a una generación que, después de Hiroshima, atravesó una profunda crisis de conciencia: “Entre el amor por el mar y la reflexión sobre la violencia, la necesidad de hallar respuestas éticas decidió mi destino final”, dijo a LA NACION.
    Esas respuestas suele buscarlas primero en el terreno de las ciencias. Visionario, optimista sobre los beneficios de las nuevas tecnologías, Serres se distingue de los filósofos de su generación por haber resistido a todas las ideologías de moda: marxismo, existencialismo, psicoanálisis… “La sociedad cambia gracias a la ciencia. Todas las ideologías de la segunda mitad del siglo XX ignoraron que la dinámica de la sociedad occidental responde esencialmente a los progresos de la ciencia y no a la lucha de clases o a un hipotético sentido de la historia”, explica.
    -¿Cuál es el problema con los filósofos que no conocen el universo científico?
    -En la historia de la filosofía, casi todos los grandes filósofos -de Platón a Leibniz, pasando por Hegel y Descartes- fueron también científicos. ¿Qué puede decir un filósofo sobre el mundo si no conoce nada de la química, productora de la mayoría de los objetos que tocamos, ni de la biología y sus remedios, que hicieron progresar la esperanza de vida 50 años en un siglo, ni de las nuevas tecnologías, que transformaron completamente el espacio y el tiempo?
    -Desde hace años usted afirma que nos hallamos ante una nueva humanidad.
    -Así lo creo. A comienzos del siglo XX, el setenta por ciento de los habitantes del planeta eran agricultores. Al final, quedó sólo un 2,3 por ciento. Pero la agricultura y la cría de ganado fueron inventados en el neolítico y continuaron hasta que el proceso se detuvo brutalmente en los países occidentales entre los años 1970 y 1980. Por eso suelo decir que todo sucede como si, por fin, el neolítico se hubiera terminado. Esta es una ruptura histórica mucho más importante que todas las anteriores, incluida la revolución industrial, incluido el Renacimiento. Asimismo, hasta 1945, cuando evocábamos la muerte, pensábamos en nuestra propia muerte o en la de alguna civilización. Pero cuando la primera bomba atómica explotó en Hiroshima, tuvimos de golpe la revelación de una nueva muerte que no es individual ni colectiva, sino global. Y eso también es completamente nuevo con respecto al comienzo de la humanidad. Por otra parte, empezamos a ver nuevas técnicas que nos hacen postergar la muerte: la esperanza de vida en Occidente es hoy de 84 años para las mujeres, mientras que a comienzos del siglo XIX era de apenas 30 años. Ahora tenemos tecnologías para el nacimiento, la reproducción y la sexualidad que cambian completamente la realidad genealógica. También dominamos nuevas tecnologías de la comunicación que nos permiten estar en contacto con la gente más alejada del planeta. Todo esto provoca una nueva relación del hombre con el mundo, con la vida y con los demás. Cuando uno cambia la vida humana, la muerte humana, la relación con la tierra y con los demás, debe reconocer que está en presencia de una nueva era, de una nueva humanidad.
    -¿Esos flamantes conocimientos nos obligan a cambiar totalmente nuestra visión de la historia?
    -La historia en su sentido tradicional sólo representa una minúscula fracción de tiempo con relación a lo que he llamado la gran narración unitaria de todas las ciencias. Cuando hoy pensamos en lo más antiguo de la historia, el más cultivado de nosotros puede remontarse hasta el neolítico. Gracias a los avances de la ciencia, los más cultivados de nuestros hijos serán capaces de remontarse hasta 3500 millones de años para referirse a la aparición de la vida, 4000 millones para la del planeta y 15.000 millones para la del universo. La cultura, la filosofía y la visión de la aventura humana del mañana se instalarán en la lógica de ese proceso.
    -Todo esto puede causar miedo. No a usted, porque es un historiador de las ciencias, capaz de comprender esos avances.
    -Es cierto que en las universidades se separa en forma brutal el estudio de la filosofía y el de las ciencias duras. Esto produce, por un lado, “cultivados ignorantes” y por el otro “sabios incultos”. Esta separación me parece muy grave y he pasado mi vida tratando de reconciliar las dos formaciones. Tiene razón en decir que la angustia expresada por tanta gente suele venir de que no dominan lo nuevo. Siempre se tiene miedo de lo desconocido. La gente no advierte que, en general, se está ante un proceso de evolución natural y no de ruptura.
    -¿Cómo es eso?
    -Por ejemplo, cuando nuestros ancestros inventaron la agricultura domesticaron ciertas especies de fauna y de flora. Ignoramos cómo lo hicieron, pero sabemos que actuaron sobre la selección natural. Nosotros hoy, con los organismos genéticamente modificados (OGM), orientamos la mutación, y no la selección. Ahora todos sabemos que la vida, la evolución vital, es la selección sumada a la mutación. Lo que nuestros ancestros hicieron sobre la selección, nosotros lo hacemos sobre la mutación. Es un acontecimiento perfectamente nuevo, pero en cierta forma es la continuación del momento en que se inventó la agricultura y la cría de ganado. En consecuencia, los OGM son, quizás, aterradores, porque son muy nuevos, pero el proceso tiene su origen en la prehistoria. Es a la vez nuevo y muy tradicional. Esto debería tranquilizarnos.
    -La globalización, según usted, es tan vieja como el hombre…
    -Cuando nuestros ancestros salieron de Africa para diseminarse por el planeta, firmaron el primer acto de globalización. Todos somos descendientes de ese puñado de africanos. Tenemos el mismo ADN. El hombre es la especie mundializada por excelencia. Y ese movimiento prosiguió en todos los terrenos de la vida cotidiana, comenzando por la agricultura. Un día, simultáneamente, un genio en México supo transformar el teosincle de Chalco en maíz y otro genio, en Medio Oriente, el búfalo en buey. Gracias a esos dos gestos de domesticación, el mundo se volvió agrícola. Como usted ve, la mundialización data del neolítico.
    -También están globalizados los peligros de destrucción causados por el avance de esas ciencias…
    -Antes que nada, déjeme decirle que yo desconfío de los mercaderes de angustia. El riesgo, el temor, la sociedad del miedo, se han transformado en valores mercantiles y no tengo intención de soplar para avivar el fuego. Yo trato de construir un mundo mejor para mis nietos, y el miedo no los ayudará. Hoy, la ciencia pasa por ser la única responsable de los riesgos que corre el planeta, cuando, por el contrario, es gracias a ella que podremos vivir cada vez más y mejor. La verdad es que los riesgos dependen de las decisiones políticas y de la utilización que los hombres hacen de los avances tecnológicos.
    -En todo caso, muchos son los que denuncian las nuevas tecnologías virtuales de comunicación como un elemento de alteración de los lazos sociales.
    -¡Pero si lo virtual es la esencia misma del hombre! En mi generación, todos estuvimos enamorados de alguna actriz de cine que sólo conseguíamos besar en nuestra imaginación. Cuando usted lee un libro cualquiera, se halla también en el terreno de lo virtual. Todos creen que ese término fue inventado por las nuevas tecnologías de la comunicación. La verdad es que existe desde la época de Aristóteles. Todas las producciones intelectuales del hombre son virtuales. Desde el siglo VI antes de Cristo, cada vez que un geómetra trazaba un círculo o un triángulo en el suelo, decía: “Atención, esta figura no está aquí. No es la real”.
    -O sea, que nada de lo que nos ocurre hoy es realmente nuevo.
    -Los responsables de esos argumentos negativos deberían ser prudentes. Por ejemplo, se dice que nunca podremos digerir la cantidad de información que circula por Internet. En el siglo XVII, ante la multiplicación de libros que produjo el advenimiento de la imprenta, Leibniz exclamó: “Esta horrible cantidad de libros seguramente conseguirá imponer la barbarie y no la cultura”. Es verdad: una sola persona nunca leyó todos los libros de la biblioteca del Congreso de Washington, pero el sujeto colectivo que se llama “nosotros, la humanidad”, seguramente los leyó. No hay un solo libro en el planeta que no haya sido leído por alguien. Sería conveniente que esos críticos estudiaran un poco de ciencia y de historia. Eso los tranquilizaría de inmediato.
    -Hay quienes opinan que terminaremos por perder nuestra cultura, embrutecidos por la pantalla.
    -Bien: tomemos un ejemplo. De generación en generación, nuestra memoria se debilita, pues habiendo abandonado la tradición oral por la escrita, recurrimos cada vez menos a esa capacidad cognitiva. Hay quienes lamentan esa pérdida. Para mí, desde el momento en que se inventó la escritura, la memoria se vio liberada de un peso real. Antes de la invención de la imprenta, un hombre que quería conocer a Homero o a Plutarco debía aprenderlos de memoria. La imprenta suprimió esa necesidad y dejó a la memoria tiempo libre para ocuparse de otras cosas. No hay que tener miedo de perder, pues -por el contrario- ganamos, descargándonos de la aplastante tarea de acordarnos. Así, nuestro cerebro puede ocuparse en otras actividades más creativas. Hoy, las nuevas tecnologías ponen a nuestra disposición toda la memoria del mundo.
    -¿Y qué responde usted a quienes dicen que el acceso a las nuevas tecnologías aumenta la fractura social?
    -Que es un absurdo. La fractura pedagógica y científica que existió siempre entre países ricos y pobres es muy superior a la que provocará la presencia de Internet en todos los rincones del globo. Como sucedió con la llegada de la imprenta, la Red es una herramienta formidable para poner el conocimiento y la cultura a disposición de todos. Se habla de esa fractura social, pero nadie la compara con la que existe ahora: esa fractura que precipita a los más pobres a la ignorancia total, mientras educa a los privilegiados en las universidades de Stanford y de Harvard. El costo de las nuevas tecnologías es irrisorio comparado con el de las tecnologías tradicionales. Con las nuevas tecnologías, bastaría muy poco dinero para inventar una enseñanza a distancia para los países pobres.
    -¿Qué es lo que cambiarán esas nuevas tecnologías?
    -Toda la sociedad, como sucede cada vez que se produce la llegada de una revolución tecnológica. No hay un solo historiador que no sepa que la aparición de la escritura afectó a la ciudad, al Estado, al derecho y, probablemente, al comercio. Gran parte de nuestras prácticas sociales son herencia de la escritura, comenzando por el monoteísmo: la religión del libro. Después, cuando llegó la imprenta, en el Renacimiento, se modificaron las mismas zonas de la sociedad: aparecieron nuevas formas de democracia, nuevos derechos, nuevas pedagogías. Eso es lo que cambiará. En realidad, eso es lo que está cambiando.
    -En su último libro, “Ramaux” (“Ramos”), usted afirma, sin embargo, que el hombre es capaz de cambiar únicamente si ha pasado antes por el molde de la autoridad.
    -No se puede reconocer o cambiar algo que uno no conoció antes. La novedad es muy difícil de percibir.
    -Para ello quizás haya que ser filósofo…
    -Sí; quizá sea ésa la definición exacta de la filosofía. Tomemos el ejemplo del tsunami, en Asia. Allí la novedad no fue el tsunami, fenómeno que se conoce desde que el mundo existe. Lo nuevo ha sido el movimiento de solidaridad global. Nunca en la historia del hombre se produjo semejante corriente de solidaridad. Y esto es nuevo. Creo que estamos viendo emerger una conciencia global surgida del hecho de que este drama fue producido por un acontecimiento exclusivamente físico, que afectó al planeta. Para mí, el 11 de septiembre representa al antiguo mundo, para hablar como el señor Bush, cuando pusimos miles de millones de dólares para matarnos, para vengarnos de un hecho gravísimo que toca a los conflictos humanos. El 26 diciembre de 2004, por el contrario, es el inicio de un nuevo mundo, donde la humanidad se puso de acuerdo para ayudar a las víctimas de una catástrofe física que no depende de nosotros. Las cosas que dependen de nosotros son las guerras. En las guerras nadie es inocente; todos son responsables de la violencia. Todos pierden.
    -¿Esa es su definición de la guerra?
    -La guerra es un contrato firmado por los padres de dos o más naciones para aniquilar mutuamente a sus hijos. ¿Conoce usted una definición mejor?
    Por Luisa Corradini
    Para LA NACION
    | Publicado en edición impresa Miércoles 2 de marzo de 2005 

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=683921 

    ¿Qué es lo que no sabemos?¿Qué es lo que no se enseña?

    Bernadette Bensaude se encuentra con Michel Serres
    Primera intervención de Michel Serres:

    Normalmente, yo hubiera debido hablar esta mañana de la enseñanza a distancia, pero ocurre que desde hace dos o tres años ya he hablado mucho en estos lugares por diversas razones y, en lugar de hablar, preferiría tratar de reflexionar sobre la pregunta que me ha, y que nos ha, planteado Ayyam Wassef al organizar este coloquio, es decir: reflexionar sobre lo que no se sabe. Yo titulé mi intervención “Lo que uno no sabe, lo busca” y a veces se lo encuentra porque está oculto. Y me gustaría mostrar que no sabemos lo que decimos. En efecto, lo que no sabemos tenemos el hábito de colocarlo en lo que se llama cajas negras. Y me gustaría hoy colocar delante de mí, o delante de Uds., tres cajitas negras, y dedicarme a abrirlas durante los diez minutos que me ha concedido Ayyam. Lo que no sabemos lo buscamos. Cajita negra: la palabra buscar. Se lo encuentra, a veces; cajita negra: el verbo encontrar. Y se lo encuentra a veces porque está oculto; tercera cajita negra: el verbo ocultar. Trabajemos. El término o el verbo buscar tiene por raíz la preposición latina “circa” que parece indicar que buscamos en torno algunos objetos que están perdidos u ocultos. Cuando en el Renacimiento Rabelais forjó el término “enciclopedia”, del que decía estarlo renovando de los griegos, repitió de hecho —por lo que se llama en lingüística un duplicado científico— ese verbo que tiene una raíz y un uso popular, el verbo buscar. Y el duplicado científico “enciclopedia” no hacía más que repetir de manera sabia esta raíz “circa” que quería decir el círculo. Y cuando para nuestros estudios, al menos en Francia, decimos primero, segundo, tercer ciclos, volvemos a dibujar la circunferencia en cuestión y, cuando los filósofos —muy grandiosos— glosan por ejemplo sobre la revolución copernicana, como Kant, o sobre el círculo de los círculos de la enciclopedia, como Hegel, no hacen sino repetir lo que decimos en la calle cuando decimos “buscar” <”chercher”>, es decir, la forma del círculo. ¿Lo sabíais? Yo lo ignoraba; lo encontré esta semana y me pareció gracioso abrir ante Uds. esta caja negra que nos dice simplemente que los investigadoresdan vueltas en redondo.
    Lo que no se sabe se lo busca, lo que no sabemos a veces lo encontramos. Segunda cajita negra: el verbo encontrar . Ahora bien, este verbo en lengua francesa es igualmente muy popular, y se remonta de manera muy sabia a la raíz “tropos” en griego, que repetimos cuando queremos hacer científico los duplicados “trópico” o “—antropía”, donde se reencuentra el mismo círculo. Encontrar es el duplicado popular de esos dobletes científicos “trópico, —antropía”, de suerte que en mi lengua yo descubro al menos dos lenguas: una lengua popular que dice “buscar” <”chercher”> y una lengua sabia que dice “enciclopedia”. Una lengua popular que dice “encontrar” y una lengua científica que dice “—antropía o trópico”. Salido de ese griego circular, el latín traduce estas formas con palabras como torcer o atormentar, que son de la misma familia que el verbo encontrar , y que evocan el movimiento de torsión de los hombres torturados, de pensamientos o de cosas torcidas. Sin duda, advertido de estas duras rotaciones —al menos en Francia— el Centro nacional de la investigación científica… ¡Vea Ud.! había notado que ese Centro había descubierto el centro del círculo, puesto que quiere decir el círculo, entonces es bien normal que se diga “centro de la recherche”, puesto que todo círculo se adorna con su punto medio llamado centro; ¿lo sabía Ud.? Lo ignoraba antes de esta semana. Ahora bien, ese Centro nacional de la científica llama “agregado, atado” <”attaché”>, o “encargado, cargado” <”chargé”> de investigación a lo que a mí me gustaría llamar (dada mi vida) “gozoso o entusiasta” de investigación, sin duda porque encuentra que esas pobres gentes están atadas a algún suplicio de la rueda, lo que es natural para el verbo encontrar que quiere decir ese movimiento de torsión. Y entonces, todo hombre llamado “director de investigación ” se equivoca dos veces puesto que asocia “rectar”, “caminar derecho” con “recherche”, “ir en círculo”, como si hubiese resuelto la cuadratura del círculo; ¿lo sabía? Yo lo ignoraba a comienzos de la semana. Esto es, mi querida Ayyam lo que uno llama no saber.Encontrar , se llama en Languedoc, “troubadour”, o en lengua de Oil, “trouvère”, el que precisamente va hasta el fondo y no se queda en el camino de la búsqueda. Y nuestros antiguos admiraban a los troubadours o a los trouvères muy simplemente porque admiraban más a los que encontraban que a los que buscaban. En efecto siento mucho que ya no nos llamemos trovadores. Mientras que sólo se encuentran cosas simples en días milagrosos, el método que lleva a este hallazgo se parece, si hay que creerle a la palabra, a un sendero tortuoso. Y las cosas allá, se vuelven un poco serias y hablan del cuerpo. En efecto, ningún gesto de los que hemos aprendido en nuestra vida continúa un movimiento natural. Es preciso torcer el brazo para aprender en el juego de tennis el reverso o el servicio; ni la danza, ni la carrera, ni el salto alto, se aprenden naturalmente, ni tampoco el pensamiento, ni siquiera alguna evidencia. Cada uno de esos ejercicios desplaza la comodidad normal del cuerpo. Y por tanto, para entrenarnos es necesario perder hábitos, es decir, torcer esos movimientos naturales, lo que dice el verbo popular “encontrar” <”trouver”>. Y por tanto, las verdades científicas, la sangre filosófica, e incluso el estilo escrito, exigen tanto giros difíciles como el aprendizaje de la raqueta o del florete. La evidencia geométrica sigue tan poco naturalmente el movimiento del ojo como el manejo de la bola sigue el movimiento natural de la muñeca, o el de las barras paralelas seguiría el movimiento natural de los hombros libres de todo movimiento. Es menester pues un largo entrenamiento, y tenemos acá de regreso todas las torsiones del cuerpo que menciona el verbo encontrar . Y por tanto, en poesía, en música, todo lo que es encontrado o descubierto exige búsquedas sofisticadas, rebuscadas, torturadoras, refinadas, difíciles de acceder o por vías inaccesibles, y los troubadours más populares de la Edad Media nos mostraban en este trabajo la fuente inagotable de la inspiración. Vuelvo a la lengua.Bien pulida por el pueblo y por el tiempo, es decir por los que no saben nada, la lengua busca y encuentra según el mismo círculo; y el método para encontrar no dibuja ninguna vía recta, ni simple, ni fácil, adiós Descartes; por el contrario, un camino poco natural, tortuoso, torturador y atormentado. Esto es lo que aprendí al abrir esta caja negra que es el verbo encontrar y que corresponde por completo a mis prácticas.
    Lo que no sabemos, lo buscamos, lo que no sabemos a veces lo encontramos, y lo buscamos y lo encontramos porque está oculto .Reservé para el tercer lugar la caja negra “ocultar” porque es la que guarda los más maravillosos secretos. El verbo “ocultar” no es un verbo culto. Pertenece a esos dobletes populares que se oponía tanto a los dobletes doctos como a los sofisticados. Estaba más bien del lado de “buscar” <”chercher”>, y no de “ciclo” o “trópico”, y estaba del lado de “encontrar” <”trouver”> y no del lado de la “—antropía”; se trata verdaderamente de una palabra popular. Abramos la caja negra del verbo ocultar que contiene precisamente lo que no sabemos.El verbo ocultar tiene un prefijo “cum”, el latín “cum” que está reducido en el verbo cacher a la simple letra “c”. Y tiene como raíz el radical “ac” o “ach” que ha salido del verbo latino “agere” que se encuentra en el francés “agir” <”actuar”> y que significa —yo le pido ahora un poco de atención porque este es el núcleo de lo que quiero decirle— y que significa “conducir”, pero conducir en un sentido muy preciso, en el sentido agrícola y pastoril de ese pastor que conduce y que empuja delante de él a un rebaño de cabras, de corderos, de reses, de caballos. Acantonados en las lenguas nobles, los filósofos y los científicos utilizan gustosos los duplicados sabios, y no ven propagarse en esos dobletes sabios la gran sombra de los viejos dobletes populares. En la actualidad, Ud. lo sabe, las lenguas que se vuelven vernáculas —como el latín por ejemplo, o el francés— sufren de parte de las lenguas dominantes una erradicación voluntaria, de suerte que yo he querido aquí, delante de Ud., hablar no solamente mi vieja lengua francesa sino también el latín, que es su madre olvidada.“Agere” designa pues una marcha, la marcha del pastor tras sus rebaños. Pero ese rebaño tiene la característica de perderse en el espacio, de animarse en el espacio. El pastor empuja delante de sí muchos corderos, muchas cabras y por delante de sí sus reses, sus corderos y sus cabras se agitan. Escucháis en “agitar” la frecuentativa del verbo “agere”, del verbo precedente, que muestra la marejada que se propaga y las espaldas encrespadas de ese múltiple fluctuante, y a veces divergente. ¿Qué es lo que hace el pastor cuanto actúa , en el sentido de agere? Pues bien, conduce estos elementos bien numerosos, que nunca permanecen en reposo, que no se quedan nunca en fila, que no conservan nunca orden y cuya agitación tiende a dispersarlos en la naturaleza, cabras turbulentas, fogosos toros, caballos insumisos, carneros imbéciles por mutilación, chivos, ovejas, moruecos de todas las edades y de todos los tamaños que los perros buscan poner juntos. Y este esfuerzo de conducirlos juntos es tanto más difícil cuanto que el rebaño crece en gran número. Los invito a ver delante de Uds. salir de esta caja negra, como de una caja de Pandora, esta multiplicidad innumerable de animales, y que se encrespan como la mar. ¿No os sorprende que el verbo “cacher” <”ocultar”>, “coagere”, se refiera a la guarda y a la conducción de un rebaño por medio de perros? No lo sabías, yo tampoco, a comienzos de la semana. Retomemos, coagere, ese gran número desparramado en el espacio es llevado por los perros al orden y a una unidad. Cuando ese gran número se apacigua y se condensa en la unidad… atención, el sabio dice “coagere”, “coagula”; aquí tenemos el duplicado científico “coagular”, y el pueblo dice “cuajar”; es la misma palabra. Coagular, coagere y cuajar —en el francés popular— es la palabra correspondiente, lo que se llama el doblete.Retomemos, por favor, al pastor desde el comienzo, en la mañana.Saca del establo y de la caballeriza su rebaño. Y el latín dice en ese momento “agere”, es conducir el rebaño, y “ex”, conducirlo fuera. Y la palabra latina es “ex -agere”, tenemos pues ex –agere, el pastor que empuja a su rebaño afuera. Ahora bien, este ex –agere latino da en francés un doble popular y un doble sabio; éste último es “exactitud”, “examen” y aquel es “un enjambre” o “un ensayo” . A “examen” le corresponde “essaim” y a “exactitud o exacto” le corresponde “essai”. Tenemos acá dos sentidos que divergen mucho a partir de un origen común. Por un lado una definición muy exacta, donde se reencuentra exactamente el pulimento del círculo del que he partido, y por otra parte, enjambres donde se reencuentra exactamente el paquete de la multiplicidad vaga que se agita ante nosotros. Este detalle sobreabundante, el pueblo lo invoca cuando el científico no lo conoce puesto que él habla de exactitud y de examen en el momento mismo en que el pueblo habla de multiplicidad, es decir de enjambre o de ensayo. Como si el científico descartara el detalle molesto y la masa demasiado innumerable. Las abejas y las avispas viven en enjambres, y vienen a perturbar —peligrosamente a veces— nuestra tranquilidad como hace un rato lo demasiado lleno, las ovejas y las cabras. Se ve acá a Montaigne empujar delante de sí en desorden la multiplicidad de sus pensamientos abejas como si se entregara a un examen exacto en sus Ensayos de pensamientos desordenados. Comprendo de repente a Montaigne, ¿lo ha comprendido Ud. esta mañana gracias a esta caja negra? No yo, al menos, hace ocho días. Y al comienzo del Sobrino de Rameau, Diderot nos dice: “Mis pensamientos están esparcidos y en desorden como las rameras del Jardín del Palacio Real”. Gilles Deleuze muestra de forma brillante, en uno de sus libros, cómo Freud, al examinar este niño enEl hombre de los lobos, y al escuchar al niño gritar ante las terroríficas manadas abandonadas a la persecución en el espacio de sus sueños, Freud, científico, escucha únicamente tras su barba patriarcal su teoría del padre único y oye “al lobo”, en singular, mientras que el niño grita “a los lobos”, en plural. Y de nuevo, entre el científico y el pobre niño hay la misma diferencia que entre este doblete sabio que sólo quiere hablar de lo exacto y de la unidad, y el doblete popular que vocifera la multiplicidad, el enjambre y lo múltiple. Sin duda tenemos miedo de lo múltiple, de la agitación de los gusanos, de las avispas numerosas en su enjambre, de la inundación, de la epidemia, de los microbios, de los átomos, del número enorme de las cosas; sin duda que tenemos miedo de esta muchedumbre innumerable que el lenguaje científico excluye de la ciencia, es decir, los nuevos miserables; sin duda la ciencia tiene miedo, en su expresión, de esta multiplicidad que reprime. Ud. sabe que Belzébuth no era del todo un monstruo único sino que era el señor de las moscas, el señor de los enjambres. Imposible dominar; esta inmensa multiplicidad nos supera y nos espanta. Buscamos entonces conducir juntos estos elementos agitados, unificarlos, enviar los perros como los pastores lo hacen con los rebaños. Tratamos de los “coagere”, de los “coagitare”, “agitare” es el frecuentativo de hace un momento. Y ahora, que mi padre que acaba de fallecer, que mi hermano que se va de viaje, me leguen el uno y el otro sus rebaños, que además la comunidad me entregue su rebaño para cuidarlo; cómo no voy a estar asustado con la idea de reunir; y en este momento el latín más próximo de nosotros, es decir el latín popular de la EdadMedia se vuelve a poner sobre el frecuentativo y no dice ya “coagere”, dice “coagitare”, y ya no dice “coagitare” sino que dice “coactitare” como si insistiese sobre ese frecuentativo. Ud. me ve llegar pero, ciertamente, yo no lo sabía, puesto que nos espera desde hace mil años en esta caja negra la rareza más extraordinaria para la filosofía: acá donde la palabra vulgar “ocultar” <”cacher”> traduce este “coatitare”, el sabio cogita; es la palabra “cogito”. Lo sabía Ud.; yo lo ignoraba hace apenas algunos días.
    ¿Qué oculta el docto cuando dice “cogito”, es decir cuando utiliza exactamente la misma palabra “coagitare”, “coactitare”, que el populacho cuando dice “ocultar”? ¿Qué ocultas tu, tu que piensas?¿Qué significa pensar? Tu que eres sabio, ¿a qué unidad te diriges para unificar, ordenar, conducir tu rebaño de pensamiento innumerables? “Cogito”, empujando muchos elementos que están agitados delante de mí, busco conducirlos agrupados. “Cogito”, ¿qué designa el sujeto de este verbo? ¿Cuál pastor, cuál perro, cuál examinador, cuál exigencia? Mientras que el pueblo tiene por sujeto el conjunto del cordero, la totalidad, el carácter innumerable, la multiplicidad de lo que precisamente se agita en la muchedumbre.Como hace un rato: lo exacto ocultaba la sombra del enjambre, de la misma manera que el examen ocultaba la sombra del ensayo, el verbo ocultar muestra, confiesa públicamente, revela, devela, ilumina, dice y grita lo que oculta la palabra “cogitare”, a saber, lo múltiple. En lo uno, domino ese detalle, “cogito”, y en lo otro, me sumerjo en ese detalle. Tengo pues dos ciencias, dos filosofías, dos visiones del mundo, dos lenguas, la lengua popular y la lengua erudita, ¿por qué el científico oculta lo que evidentemente el ignorante ve? Pero en la actualidad todos vemos cómo adviene esa pura maravilla: que la razón nueva y la ciencia moderna nos sumergen precisamente en las multiplicidades y nos obligan hoy, por medio de la enseñanza a distancia, a enseñar al gran número. Por esto, si delante de Uds. he tratado de definir lo que, en una lengua, es la lengua de los sabios y la lengua del pueblo, la lengua de los que saben y la lengua de los que ignoran, lo he hecho para mostrarles que, si en una lengua existe precisamente esta partición, a fortiori, en la distribución de las lenguas del planeta existe aún más este repartimiento. Habrá cada vez más lenguas, o la lengua, de los científicos, y lenguas cada vez más llamadas a volverse vernáculas que los sabios no entenderán ya.El problema no es saber lo que no sabemos, el problema es saber quién sabe y quién no sabe. Qué lengua hablan los que saben, qué lengua hablan los que se supone que ignoran. Cuál lengua se habla cuando se es sabio y cuál sordera implica esta lengua cuando abordamos el lenguaje de los que no hablan. Actualmente esto es trágico y plantea el problema fundamental —sobre el que regreso— de la enseñanza a distancia. Saber en cuál lengua vamos a universalizarla, puesto que, si en el ejemplo completamente humilde de mi lengua, encontré ya dos lenguas, no habrá que temer un día que haya una lengua de ciencias y el conjunto de las otras arrinconadas a volverse vernáculas, y que los unos no entiendan ya a los otros y recíprocamente. Recuerdo que estas nociones tienen una recíproca. Si los que no son científicos no entienden el lenguaje de los sabios, es porque en primer lugar la lengua erudita sirve a los científicos para que se comprendan entre ellos, pero ella también les sirve para no hacerse entender por los que no son sabios.
    Por ejemplo, lo que no se puede enseñar —y este era mi primer título— se reduce a lo que no se quiere enseñar. Pero el saber de los que no son científicos tampoco llega mucho a los oídos de los que no lo son, y es por esto que hoy —en mi lengua— he querido hacerle escuchar a los sabios la lengua de los que no saben nada. ¿Qué es lo que no se sabe?Es lo que no está dicho en la lengua canónica. Los que entre vosotros sois sabios, y que hablan la lengua canónica, les pido abrir sus oídos para escuchar la lengua de los que nada saben.
    Discusión de Bernadette Bensaude-Vincent:
    Creo que al evocar las relaciones que hay —tensas y conflictivas— entre lengua sabia y la lengua de los que no saben, de los ignorantes, Michel Serres ha planteado un problema que es de una actualidad candente; lo hemos visto esta mañana con todos los que se levantaron y se fueron; se trata al mismo tiempo de un problema muy antiguo, probablemente tan antiguo como las propias sociedades humanas.Subrayar como lo ha hecho Michel Serres la voluntad de poder y el imperio efectivo que se le atribuye a la hegemonía de toda lengua científica, de todo hablar de mandarín, sin echar mano de la jerga de las ciencias humanas, sociólogos o semiólogos, escuchando simplemente lo que dicen las palabras de la lengua vulgar, yo creo que es una demostración de facto del poder extraordinario de esos dialectos regionales vernáculos que no están tan amenazados —pienso— como dicen estarlo. Por esto, en lugar de abordar la cuestión en términos de tragedia —como parecía sugerirlo Michel Serres— me gustaría hablar riendo, en el modo de la risa. Conocí a Michel Serres hace ya muchos años, en la sala Cavallès en la Sorbona, donde él comentaba el célebre pasaje del Teeteto en el que Sócrates cuenta la anécdota de Tales que —recordáis— caminando con los ojos puestos en el cielo, cayó en un pozo, provocando así la risa de una sirvienta de Tracia y esta anotación: “¡Ah bestia! El que busca saber lo que ocurre en el cielo ignora lo que se pasa a delante de él, a sus pies”.Veinte años después, la anécdota me sigue pareciendo todavía buena para meditar, y yo tendré en cuenta aquí dos lecciones tocantes a nuestro tema. Primera, que el saber del más sabio se paga siempre con alguna ignorancia. Al instituir al mundo como objeto de saber, objeto de discurso, Tales es ciego a las cosas, las cosas que surgen ante él, que aparecen a sus pies. Quizás que solo la convención de una jerarquía entre lo alto y lo bajo nos ha hecho olvidar que la ignorancia es nuestra suerte común, cualquiera sea nuestro grado de saber y de erudición. La ignorancia es sin duda actualmente la cosa del mundo mejor repartida. Y lo es tanto mejor cuanto que desde la época de Tales ella ha experimentado una progresión fulgurante, proporcional incluso a los avances del saber. Dado el ritmo actual de producción de resultados científicos, y el encogimiento consecutivo de los campos de investigación de cada investigador, la ignorancia conoce una expansión galopante. Una sirvienta de Tracia nos enseñó un día a tratar la ignorancia como el complemento del saber, y en el sentido fuerte de Nills Bohr, es decir de un punto de vista exclusivo pero igualmente necesario para una descripción completa de los fenómenos. ¿Cuántos historiadores y filósofos de las ciencias han escuchado esta lección de la sirvienta de Tracia, cuántos han aceptado describir la ignorancia al mismo tiempo que el saber que se desarrolla?
    Segundo punto sobre este pozo: lo que oculta la reciprocidad y la complementariedad del saber y de la ignorancia; el drama que Sócrates escenifica en esta anécdota es la incomprensión entre ellos, los científicos y el público. Pues la actividad científica —se lo olvida muy a menudo— no es simplemente productora de conocimiento sino también productora de sentido. Las ciencias de la naturaleza constituyen un universo de sentido que desafía a veces, y cada vez más, al sentido común. ¿Es la incomunicabilidad, es la inconmensurabilidad entre este universo y el universo en el cual vivimos la que provoca la risa de las sirvientas de Tracia? Recuerdo que Michel Serres había planteado la hipótesis de que quizás Tales no había caído al pozo sino que había descendido voluntariamente para observar mejor el cielo, es decir que la boca de sombra que es una trampa que para unos ha de ser evitada, para los otros por el contrario es el observatorio ideal. El malentendido gira pues sobre la significación de los lugares y de las cosas, la distancia entre lo popular y lo científico no es pues simplemente una diferencia de lenguaje, sino una diferencia de visión, de comportamiento, de relación con el mundo. Lo que me lleva a pensar algunas dudas en torno a la legitimidad y a la posibilidad incluso de las empresas de popularización de la ciencia que se definen como traducciones en lengua popular de las lenguas científicas. Pero lo que es más grave es que la incomprensión, como la ignorancia, es recíproca. Para ilustrarla, contaría aún una historia puesto que hace un rato se ha dicho que solo las historias nos enseñaban. Una leyenda que ha circulado desde la Grecia helenística cuenta que Hipócrates de Quíos —de hecho pseudo Hipócrates a causa de las diferencias en la cronología— fue llamado por los abderitanos porque Demócrito, enloquecido, se mantenía a distancia de sus conciudadanos. Solitario, silencioso, se ríe de todo y de nada, y este comportamiento malsano enferma a toda la ciudad de Abdera. Hipócrates toma pues el barco, llega a Abdera y va a entrevistarse con Demócrito y ¡quién lo creyera! terminó yéndose nuevamente convencido que el presunto loco era el más sabio de los mortales. Si se reía de todo era porque los hombres, los mismos que lo acusaban de locura, viven en la intemperancia y la sinrazón. Si vivía aislado era porque los observaba de lejos y porque estaba escribiendo un libro sobre la locura. Esta historia tiene dos resortes, ella presenta dos consecuencias. Primera, si el abismo entre el sabio y la masa, si la incomprensión produce verdaderamente una inversión de los valores razón y sinrazón, razón y locura, entonces se puede dudar de la posibilidad de ese pre-entendimiento que Paul Ricoeur invocaba aquí mismo el martes pasado, que es la condición de toda búsqueda dialógica, de toda investigación en común. Si no existe incluso acuerdo sobre los valores de lo que es la razón y la locura, entonces ¿dónde va a comenzar la investigación?
    En segundo lugar, esta historia de risa muestra que la distancia con respecto a la masa, al vulgo, es solidaria de una aproximación —más allá de las distancias geográficas— entre el físico de Abdera y el médico de Quíos. En otros términos, en lenguaje moderno —y yo creo que en éste ya esta historia no hace reír tanto— la formación de una comunidad científica internacional, con una comunicación en situación óptima, ¿implica necesariamente la imposibilidad de escuchar y de comprender a sus vecinos, de vivir juntos bajo el mismo techo, en la misma ciudad? Los mundos cerrados del proyecto Manhattan o de la Academia Gohod en la ex -URSS ¿son patologías o son la traducción concreta y perfecta del curso normal y regular de las cosas científicas?Es una primera pregunta que yo le plantearía a Michel Serres ¿por qué los fabricantes de saber están en el fondo del pozo, a distancia de sus conciudadanos, y no en una relación de intercambio? En un segundo punto, me gustaría volver sobre los “trobadours”, los que encuentran siguiendo los caminos tortuosos de la investigación, que Michel Serres opone al recto camino enseñado por Descartes en su Discurso. La etimología me parece acá una muy buena guía para aclarar una cara oculta de la investigación científica, durante mucho tiempo ignorada por los epistemólogos y los filósofos inflados de intelectualidad. En La interpretación de la naturaleza, Diderot describía muy gentilmente dos clases de filósofos: los que se agitan y los que tienen ideas. Y contra el primado de la matematización de la física, afirmaba su complementariedad necesaria en toda investigación de la naturaleza.Esta complementariedad entre ellos, el razonamiento deductivo y la agitación del experimentador siguen siendo siempre —yo creo— necesarias para la interpretación de la naturaleza; y acabamos de aprender algo que no sabíamos: que los experimentadores que se debaten en medio de nuestras multitudes de hechos en bruto y tozudos, esos pastores de un rebaño dócil son quizás los verdaderos pensadores, los que cogitan, precisamente. En efecto, a pesar de la intrumentalización creciente, a pesar de los grandes aceleradores, de los equipamientos pesados cada vez más sofisticados, el investigador no puede contentarse con apoyar un botón para forzar a la naturaleza a responder a sus preguntas. Es necesario que se atormente para atormentar a la naturaleza, para obligarla a entregar su sentido, para exigirle que hable. La investigación científica, como todo trabajo, exige labor y pena, ejercicios y contorsiones para adquirir la destreza, la habilidad de las manipulaciones de las cifras, de partículas, de células, qué se yo aún. Poniendo de esta manera el acento sobre los hábitos, sobre esos saberes-hacer incorporados, sobre el vistazo, la ejecución con soltura del experimentador, Michel Serres muestra una dimensión no verbal y sin embargo esencial a la práctica de la investigación científica. Hay una gestual en todo saber científico. Ese saber tácito, que está implicado en la menor empresa de investigación no se enseña ni por los libros, por los programas de computación, ni en los CD-ROM. Presupone un aprendizaje en el terreno, en el contacto con el otro, presupone un hacer y una imitación del otro. Si se describiera la formación del espíritu científico y del cuerpo, no se dejaría describir en términos de obstáculos por superar, ni de ruptura, sino en términos de largos y pacientes ejercicios para preparar los exámenes de bachillerato, y de entrenamiento, repeticiones mecánicas de gestos manuales e intelectuales. La formación del cuerpo científico no es seguramente un despojamiento, una catarsis, sino que es una prueba de endurecimiento que exige experiencia y testarudez, como el manejo del torno del alfarero o la preparación deportiva. En resumen, la ciencia —como toda actividad de creación— es irreductiblemente artesanal. Y yo creo que a causa de esta dimensión, a causa de este artista —en el sentido del siglo XVIII— que habita en todo científico, la ciencia mantiene siempre, de hecho, un doble lenguaje: popular y sabio. Ella tiene —como decía Gabriel Venel de la Química en laEncyclopédie—, en su cuerpo la doble lengua, la popular y la científica.El empirismo, en el sentido de experiencia vivida, yace irreductiblemente en la punta de todo racionalismo. De este modo las relaciones entre lo científico y lo popular se confunden totalmente.Por un lado, los científicos más sabios, en la punta avanzada de la investigación, están encerrados en su estrecha especialidad, ignorantes de playas enteras de saber. Por el otro lado, cada uno de nosotros —en la masa de los ignorantes— hemos tenido la experiencia de estos aprendizajes costosos y difíciles, y por ello hemos adquirido una forma de habilidad. Esto no significa, sin duda, que todos los saberes y saber-haceres sean equivalentes, pero me parece que no está mal empujar violentamente todavía y siempre las distinciones demasiado bien ancladas en nuestros sesos, y los abismos sociales que ellas perpetúan, pues me parece que implican un doble desconocimiento. Ante todo, un no-reconocimiento de los saberes populares y de su legitimidad, y por otra parte, un desconocimiento de la ciencia misma, actividad polimorfa y actividad políglota al mismo tiempo. Muchas gracias.
    Respuesta de Michel Serres:
    Veo que es la 1 y 5 de la tarde y que hay una decena de nuestros amiguitos que tienen 7 años, y que deben tener a la vez mucha hambre y estar tristes por escucharnos. Si hubiera sabido que iban a estar aquí, hubiera adaptado, hubiera encontrado un tercer lenguaje, el lenguaje de los niños. Es preciso pues no hacerlos esperar demasiado. Responderé, sí, rápidamente a Bernadette, agradeciéndole su intervención, y mientras esperamos las preguntas de los asistentes. Sí, creo verdaderamente que hay en la historia de Tales otra caja negra, es la del pozo mismo; y que los fabulistas y los que les hacen aprender de memoria a los niños de 7 a 8 años la fábula de Tales que cayó en el pozo, no han bajado a un pozo ellos mismos.Pues desde que se desciende a un pozo —lo que me ocurrió a mí en mi juventud— se encuentra que en el fondo se ven las estrellas a pleno día. Y sin embargo, se dice por todas partes que no había anteojo de larga vista para la astronomía antes de Galileo; vea pues: es suficiente con descender al fondo de un pozo para saberlo. Por supuesto, los profesores no están obligados a descender todos a los pozos, pero es en efecto un asunto a la vez de oficio, de lengua popular y de cuerpo. Y allí donde estoy de acuerdo con Bernadette, es que los que inventan y los que escriben no son intelectuales, eso no es verdad. Toda la experiencia muestra que no ha sido así. Son corporales, casi todos. Es el cuerpo el que escribe. Es el cuerpo el que tiene una intuición. Tener la idea de lo que puede ser su objeto, ya se trate de una galaxia o de un micrón, es siempre adaptar su cuerpo a un mimo o a una simulación determinada. Jacques Monod, al que conocí perfectamente, me decía: “Me enfermé de los riñones durante tres años porque me había vuelto el ADN”, y eso era verdad. El cuerpo participa y el cuerpo es en gran parte el sujeto de la ciencia. Es necesario también no hablar demasiado porque —y quizás no lo sabéis— a mi me gustan mucho las etimologías; la palabra “baratin”* no viene como se lo cree de esa máquina que permite hacer mantequilla, es decir una “baratte”; para nada, es una etimología extremadamente sabia. La palabra baratin es una palabra científica que viene del griego “prateine” que quiere decir “hacer”. Echa pura cháchara el filósofo que dice: “sólo existe el cuerpo, sólo existe la práctica, sólo existe el pragmatismo”. Un filósofo pragmático no hace sino hablar, ya lo habéis notado. Se le pregunta incluso “por qué has venido a hablar puesto que no hablas sino del cuerpo”. Y es aquí donde interviene la ironía popular llamando a eso cháchara . La cháchara sublime es la de hablar del cuerpo pero no hacer sino discursos.
    Historia de las ciencias, si, se puede también hablar de eso.
    Me gustaría decir que desde hace 30 años que hago historia de las ciencias —o 35 años— nunca he estado más iluminado que cuando la he comparado con la historia de las religiones. Es decir, hay religiones muy organizadas que tienen una especie de burocracia, y luego al lado, están los místicos y los teólogos que a menudo son independientes de esta organización. Bien; bajo ciertos respectos, la ciencia es como esto, es decir que hay toda una organización a la vez de enseñanza, de investigación tecnológica, financiera, de laboratorio y de jerarquía; y después al lado, está los místicos, los que avanzan.Es decir que todo lo que estudia la sociología de las ciencias, es todo salvo la invención. La invención, de cierta manera, está ligada a esa cosa extraña que es el cuerpo particular del que lleva la ciencia en su vientre. Esto sería lo que le respondería a Bernadette agradeciéndole una vez más su intervención.
    Julio 13 de 2007>



    * Traduzco por “cháchara”, aunque soy conciente que esta palabra nuestra viene del italiano… (n. del t.)

    Entrevista Michel Serres - Revista Projet n° 274, Junio 2003.

    Proyecto.- Una reflexión sobre las ciencias atraviesa toda su obra.Ud. comenzó por hacer estudios científicos. ¿Cómo fue que pasó de la Escuela naval a la filosofía?
    Michel Serres – No crea Ud. que las cuestiones concernientes a la ética de la ciencia sean nuevas. Tomemos un ejemplo: al día siguiente de Hiroshima, cuando la física produjo el arma de destrucción masiva, toda mi generación se interrogó sobre la ética de la ciencia. Muchos físicos se volvieron biólogos a causa de la bomba atómica. Este acontecimiento repercutió en el campo de investigación de toda una generación. En cuanto a mí, que había comenzado a trabajar en el campo de las matemáticas y de la física teórica, este contragolpe hizo de mí un filósofo. Soy un hijo de Hiroshima.
    Ciertamente, yo sólo tenía quince años en el momento de la explosión de la bomba. Pero mis profesores habían encajado el golpe y me habían influido. Una vez entré a la Escuela naval descubrí la violencia del arma científica. Renuncié para reorientar mis estudios. Había en mi proceder como una forma de objeción de conciencia.
    Proyecto: ¿Por qué haber escogido Leibniz como primer objeto de sus investigaciones filosóficas?
    Michel Serres – Esta escogencia fue en parte circunstancial, pero no totalmente. Fui testigo de esa revolución que representó la partición entre matemáticas modernas y matemáticas clásicas; ella implicaba un verdadero debate sobre las cuestiones del conocimiento. Leibniz, matemático alemán y filósofo de lengua francesa, había sido el primer contemporáneo de una tal revolución científica. Me hice filósofo a causa de una revolución moral, y mi primer trabajo se dedicó a una revolución científica, las dos implicando una filosofía. Estas son pues razones a la vez contemporáneas y absolutamente esenciales al problema del conocimiento.
    Projet – Ud. emprendió entonces una carrera clásica de enseñante y de investigador. ¿Cómo se cruza el itinerario filosófico personal y el transcurso de una carrera universitaria, en Francia y en los Estados Unidos?
    Michel Serres – Un universitario se sitúa en ese doble movimiento de la enseñanza y de la búsqueda personal. Estaba personalmente orientado hacia la filosofía de las ciencias y mi trabajo consistió en reflexionar sobre ellas.
    Esta investigación se ha prolongado sobre todo por razones circunstanciales en los Estados Unidos: cuando Ud. publica, ¡lo invitan! Pero es necesario decir también que estaba movido por una ambición enciclopédica, en el sentido clásico del término. Quería conocerlo todo y tenía ganas de enseñar tanto en la India, el Japón, en África y en las Américas. Mi oficio, como los otros, sufren el efecto de la mundialización. Por lo demás, hoy, un docente que no haya tenido la experiencia de otros países ¿puede enseñar bien? Incluso enla Sorbona, nuestros estudiantes representan muchas nacionalidades reunidas en una misma sala. De la misma manera que un filósofo debe tener luces sobre la enciclopedia, debe tenerlas sobre los hombres y las culturas.
    Projet – Muy rápido, sus publicaciones han puesto el acento sobre la importancia del “viaje” entre universos científicos.
    Michel Serres – Esta relación estaba en efecto en el centro de mis preocupaciones. En los años 60-70 se produjo un número considerable de cambios. En particular, en un medio preocupado únicamente por la producción —con los marxistas por un lado, y los economistas liberales por el otro, sólo la producción ocupaba la cabeza—, yo dije desde 1961 que la comunicación iba a volverse la espina dorsal del mundo de mañana; esto dio lugar a cinco libros intitulados Hermes. Ahora bien, este cambio fundamental era perceptible sobre todo por los que estaban centrados en las ciencias. En esa época, las ciencias humanas en pleno arranque se distanciaban de las ciencias dura. El mundo se transformaba debido a los resultados de las ciencias duras. Traté pues de llevar la filosofía a ese terreno. Pero la contradicción permanece: los filósofos privilegiados por los mass-media ponen siempre el acento en las ciencias humanas.
    Las transformaciones más grandes, concernientes a la vida, la muerte, el tiempo, la reproducción…, resultan de los trabajos de las ciencias fundamentales (de la biología, en particular) y no de las ciencias humanas. Éstas fotografían el mundo en vez de estudiar las causas de los fenómenos. Mi gran preocupación —durante medio siglo, yo fui el único en hacerlo— ha sido la de anudar las ciencias fundamentales y las ciencias humanas. Piénsese por ejemplo en la teoría del compromiso de Jean-Paul Sartre; ahora vemos sus consecuencias. Los filósofos se han comprometido durante muchos decenios y han “fracasado” con lo contemporáneo. ¿Por qué? ¡Porque descuidaban las evoluciones más profundas! Ningún filósofo de esos años se ha dado cuenta, como lo hice en Hominescencia, del acontecimiento más importante del siglo XX, que representó el fin de la agricultura; echó por tierra nuestra relación con el mundo, con la familia y con las religiones, con el entorno, etc. Es una rotura tan importante como la de fines del neolítico; pasamos de un 60% de agricultores a un 4% en la actualidad.
    Por esto me obstino en querer reconciliar naturaleza y cultura.Pongamos un ejemplo al respecto: los que hablan de clonación desde hace algunos meses en los periódicos sólo tratan del asunto superficialmente, y desde que el efecto de anuncio de tal o cual secta pasa, ¡ya no se habla más! Las placas profundas deberían interesar a los filósofos, pues son la causa de los volcanes y de los temblores de tierra.
    Es la soldadura entre ciencias la que me permite redefinir, en mi última obra El Incandescente, la naturaleza y la vida. Y para lograrla, mi trabajo se nutre de diálogos. Creo poder decir que discuto mil veces con un científico por una sola vez con un filósofo. Según los períodos, trabajé más sobre las matemáticas, o la física, y desde hace siete u ocho años en bioquímica.
    Projet – ¿No es una apuesta? Científicos y filósofos, hoy, cavan cada uno su surco. El largo término y lo cotidiano pueden excluirse o velarse recíprocamente.
    Michel Serres – El diálogo siempre ha sido penoso. La dimensión enciclopédica es por tanto una de las constantes de la historia de la filosofía. Nunca ha faltado, de Platón y Aristóteles a Valéry, pasando por Leibniz y Bergson, Hegel y Auguste Comte. Pero en efecto, esta tradición esencial es difícil de mantener. Para ser filósofo de lo contemporáneo, pienso que es necesaria una sólida formación en el dominio científico.
    ¿Quién niega que las ciencias humanas deban acogerse en un tal proyecto? Pero si se ignora las ciencias duras, se dice cualquier cosa: ¡Ud. no imagina cuántas estupideces he escuchado a propósito de las OGM!
    Projet – Otra línea de fuerza de su “viaje” es la del diálogo entre los universos culturales. Sus referencias son las de mundos diferentes.
    Michel Serres – Un filósofo debe hacer tres viajes: el primero es el viaje enciclopédico, el segundo es el mundial (un filósofo que no hubiera vista los océanos, los polos y el ecuador, ¡ignoraría el mundo!). El tercer viaje es el que se hace entre los hombres… Este tercer viaje es doble: es necesario tener amigos por todas partes, dialogar con todos, y es menester viajar por las diversas clases sociales. A mi manera de ver, se ve mejor la sociedad desde abajo que de arriba (de arriba, ¡sólo se ven cráneos!). Personalmente, soy de origen modesto, popular, y he viajado mucho entre los hombres.Pero no se trata solamente de encontrar al otro en ese viaje, se trata sobre todo de saber…
    Projet – Precisamente. Hay interferencias, cruces entre los tipos de saberes, distintos del trabajo científico. ¿Puede explicarnos por qué, por ejemplo, Ud. participó en la universidad del cuarto mundo o en las redes de intercambio de los saberes?
    Michel Serres – ¡Sólo nos salvamos por el saber, inversión mucho más segura que la cuenta bancaria! Para una persona, una clase social, una familia o una nación, el porvenir es la sociedad del conocimiento.Trabajo con ATD porque su universidad no transmite un saber sino que lo elabora con los interesados. Estuve mucho tiempo en Francia en “Monsieur Enseignement à distance 1”. Actualmente, las nuevas posibilidades, como la Internet, autorizan una repartición, una participación activa del alumno en la enseñanza ofrecida.
    El saber es el intercambio, y esto me apasiona. En este espíritu, trabajé también con los profesores de gimnasia, cuyo papel es demasiado despreciado, mientras que es esencial para permitir a los jóvenes conservar un equilibrio de vida. El libro que escribí sobre el cuerpo ¡está dedicado a los profesores de educación física!
    Para ilustrar esta importancia de la repartición de los saberes, me gusta recordar esa pequeña lección de economía. Si tengo un pan, y Ud. mil pesos, y procedemos a una transacción, al final Ud. tendrá un pan y yo los mil pesos. Se trata de un juego de suma nula; nada nuevo resulta de este intercambio. Pero en el del saber, en la enseñanza, el juego no es de suma nula puesto que el intercambio aprovecha a muchos; si conoces un teorema y si me lo enseñas, al final del intercambio, los dos lo tenemos. Hay en el intercambio de saberes no un equilibrio sino un crecimiento formidable que la economía no conoce. Los enseñantes son titulares de un tesoro increíble —el saber— que prolifera y que es el tesoro de la humanidad.
    Projet – En sus obras, el sitio dejado al saber es central. Pero, al mismo tiempo, la dimensión pedagógica y humana es también importante. ¿Hay un proyecto universal de repartición del saber que habría que poner en funcionamiento concretamente?
    Michel Serres – Ya presenté ante la UNESCO y en África del Sur un proyecto de repartición universal de los saberes. Por lo demás se lo había propuesto a la universidad de la UNESCO, pero el proyecto fracasó. ¡Ay, no todos los sueños se realizan! La idea de un saber común, muy reciente, me interesa mucho. Hace apenas quince años sabemos que descendemos todos de un pequeño grupo de emigrados de África del Este, y que por tanto somos todos primos en el mundo.Enseñar esto a todos los hombres me parece mucho más importante que enseñarles la guerra de Troya o la gran muralla China que son símbolos de nuestras oposiciones. Y si nuestros niños ya no aprenden la guerra de Troya en el colegio, aprenden la segunda guerra mundial que la misma pesadilla que la guerra de Troya. Insisto sobre este fenómeno muy importante pues, cuando hablamos de historia, olvidamos que tras ella está la antropología. Este proyecto se encuentra al final del libro, el Incandescente.
    Projet – Hay todavía dos campos que no hemos abordado en este diálogo: ante todo el del derecho.
    Michel Serres – Hace alrededor de veinte años, en el G7, el Primer ministro japonés solicitó que se creara un comité de ética mundial que debía reagrupar tres delegados de cada país miembro. Yo era uno de los tres representantes franceses (un científico, un médico y un filósofo). Nos reunimos tres veces, sin lograr incluso definir términos que convinieran a las diversas culturas presentes. En efecto, ninguno de los países miembros del G7 de entonces tenía la misma visión del mundo y la misma moral. ¡Fue un grandioso fracaso!
    Personalmente, mortificado por tener que aceptar un tal fracaso, saqué la conclusión de que quizás el derecho podía sacarnos de él en este dominio. Dejé mi maleta y volví a los estudios, para hacer derecho. Ello condujo a un libro de filosofía del derecho, El contrato natural, en el cual busque de nuevo reconciliar naturaleza y cultura.Entre los griegos el único sujeto de derecho era el ciudadano macho, adulto rico y propietario… En la actualidad, incluso el embrión puede ser sujeto de derechos. Me aventuré a proponer —lo que era atrevido— que el sujeto de derecho no era forzosamente consciente y que por tanto la naturaleza podía convertirse en sujeto de derecho; nadie me entendió, me aplastó el menosprecio de todos los filósofos, pero ahora se comienza a creer en ello. Incluso en los Estados Unidos, se conoce un proceso de un parque contra los que lo usan.
    Projet – El segundo campo del que no hemos hablado es el de la moral.
    Michel Serres – Al comienzo fue la moral la que me llevó a la filosofía.Pero no soy un moralista y no me gusta mucho la filosofía moral.Tengo un secreto que voy a contarle. Como no soy ni un sabio, ni un santo, mi tratado de moral consiste en un libro en el que cuento historias: Nouvelles du monde.
    Projet - ¡Pero Ud. enfrenta en sus libros al menos el problema del hombre que sufre!
    Michel Serres – Por supuesto; hay una moral de la ciencia. Pero hay también un ataque de las cuestiones morales con una racionalidad sólida; por ejemplo, la ley de los grandes números: estamos aplastados en la actualidad por las denuncias de todo tipo que no tienen en cuenta esta ley. El mal está por completo ligado al gran número; cuando hacemos omelettes, el porcentaje de huevos que se nos quiebran aumenta con el número de los que transportamos del refrigerador a la cacerola. Las compañías de seguros funcionan según este mismo razonamiento.
    ¿Qué hacer? Trabajar para que este porcentaje de aparición del mal se vuelva lo más pequeño posible, bien conscientes de que es incompresible. El “cero defectos” es una idea irracional y absurda, y sin duda publicitaria. Es necesario “actuar con” el mal. Dicho de otra manera, si multiplicáis los lavados para purgar vuestro cuerpo de todas las bacterias, se va a volver axeno y todas las bacterias del mundo van a darse cita en ti mañana por la mañana, pues será un formidable pozo de atracciones. ¡También es peligroso querer evitar el mal!
    Projet – Puede que su respuesta sea satisfactoria con respecto al mal al cual se debe hacerle frente en el exterior, ¿pero qué decir del mal que está en nosotros?
    Michel Serres – Mi último libro se llama El incandescente. Hay muchas razones para ello, entre otras que debo quemar en mí el mal que nunca me abandona. Hay otra solución, que llamo la solución del queso. Tomad la podredumbre, las bacterias, sembrad con ellas la leche, y con el mal ¡fabricaréis el bien, para no hablar de algo realmente delicioso!
    Projet - ¿Qué lugar le da Ud. hoy al filósofo y al experto en los debates de sociedad? Bruno Latour afirmaba, en un reciente dossier de Proyecto sobre la decisión pública, que la sociedad por entero se vuelve un laboratorio… ¿Es un experto el filósofo mismo?
    Michel Serres – El juego ha cambiado mucho en los últimos quince años. La experticia está repartida y la cantidad de gentes pueden ser consideradas como expertos en algo se ha vuelto muy importante.

    Pero también es preciso preguntarse que es un experto. Si tomamos el ejemplo del alpinismo, debemos preguntarnos quién es el más experto en montaña, el que asciende 62 veces al Monte Blanco o el reportero que se deja depositar en helicóptero sin mérito en todas las más altas cumbres de los Andes, de las Rocosas, de los Alpes y del Himalaya; su conocimiento tiene algún valor. De la misma manera nos podemos preguntar también a propósito del agricultor de Lot-y-Garona que aprendió mucho por experiencia sobre el cultivo de las frutas, o del biólogo de Monsanto experto en OGM . Hay pues un juego de muchos, y una red densa que liga al periodista, el científico, el filósofo, el político, el jurista, el administrador… y el elector. Todos y cada uno aprenden acá la experticia. Por medio de esta juego complejo, en el que nos podemos perder, la sociedad se transforma en una democracia de la experticia. Como este juego es central, las cuestiones son portadoras de gloria, por tanto muy peligrosas.

    Para terminar, le cuento ¡una historia en forma de lección moral! En griego, la palabra aletheia (la verdad) venía del nombre del río del olvido (el Leteo) que se atravesaba después de la muerte. ¿Por qué esta palabra? Porque un genio llamado Homero hizo volver del mas allá a algunos héroes (Aquiles, Ulises) que no fueron pues olvidados sino que conocieron la gloria después de la muerte. La palabra quería pues decir la gloria antes de designar la verdad. Esto implicó un tropel formidable que duró cinco siglos en los que los filósofos y los físicos trataron de dar a la palabra aletheia el sentido que tiene hoy, es decir la conformidad con el hecho y no la gloria social. Y hoy, este es el envite: la gloria social se vuelve, como antaño, el adversario de la verdad. Y el dominio de la comunicación es un lugar de gloria más que un sitio de verdad; es un peligro arcaico, una amenaza grave para nuestra sociedad.
    Traducido por L. A. Paláu. Instituto de filosofía. Medellín, noviembre 15 de 2007.
    Michel Serres (Agen (Lot-et-Garonne), Francia1 de septiembre de 1930) es un filósofo e historiador de las ciencias, miembro de la Academia Europea de Ciencias y Artes.
    Trayectoria

    De origen gascón, Serres cursó la carrera naval. Sirvió en la Marina entre 1956 y 1958 (a resultas de lo cual participó, por ejemplo, en la reapertura del canal de Suez. Como obtuvo, además, una agregación en Filosofía en 1955, estudió en la Escuela Normal superior y más tarde doctoró en Letras (1968).
    Tuvo amistad con Michel Foucault cuando ambos enseñaban en la Universidad de Clermont-Ferrand (al tiempo que, por otra parte, Jules Vuillemin). Hablaron a menudo sobre las ciencias humanas y formales con sus estructuras temporales, lo que repercutió en parte en Las palabras y las cosas de Michel Foucault, y también en algunos de los temas que se reflejan en sus propios libros, como en la importante tesis de Serres Le système de Leibniz et ses modèles mathématiques, aparecida en 1968, así como en los dos primeros tomos de la serie Hermès.
    Desde 1969, Serres fue profesor de historia de las ciencias en la Universidad de París I Panthéon-Sorbonne, y más tarde en la Universidad de Stanford, desde 1984. Su ida a los Estados Unidos fue apoyada por René Girard.
    La obra de Serres ha ido diversificándose con estudios muy dispares; unos tratan de historia de la ciencia, libremente pero con agudeza, y otros son ensayos de interpretación, de diverso interés, basados en una especie de comunicación universal entre disciplinas.
    Dirigió el Corpus de obras de filosofía en lengua francesa, publicado por la editorial parisina Fayard. Fue elegido en la Académie française el 29 de marzo de 199o, butaca 18, antes ocupada por Edgar Faure.

    Obras

    1968 : Le système de Leibniz et ses modèles mathématiques, París, Presses universitaires de France; reed. 1982.
    1969 : Hermès I, la communication, París, Minuit; reed. 1984
    1972 : Hermès II, l'interférence, París, Minuit
    1974 : Hermès III, la traduction, París, Minuit
    1974 : Jouvences. Sur Jules Verne, París, Minuit
    1975 : Auguste Comte. Leçons de philosophie positive, tome I, París, Hermann; en colaboración.
    1975 : Esthétiques sur Carpaccio, París, Hermann
    1975 : Feux et signaux de brume. Zola, París, Grasset
    1977 : Hermès IV, La distribution, París, Minuit, reed. 1981
    1977 : La naissance de la physique dans le texte de Lucrèce, París, Minuit
    1980 : Hermès V, Le passage du Nord-ouest, París de Minuit
    1980 : Le parasite, París, Grasset
    1982 : Genèse, París, Grasset
    1983 : Détachement, Flammarion
    1983 : Rome. Le livre des fondations, París, Grasset
    1985 : Les cinq sens, París, Grasset
    1987 : L'hermaphrodite, París, Flammarion
    1987 : Statues, París, François Bourin,
    1989 : Éléments d'histoire des sciences, París, Bordas; en colaboración
    1990 : Le contrat naturel, París, François Bourin
    1991 : Le tiers-instruit, París, François Bourin
    1991 : Discours de réception de Michel Serres à l'Académie française et réponse de Bertrand Poirot-Delpech, París, François Bourin
    1992 : Éclaircissements, París François, Bourin; entrevistas con Bruno Latour)
    1993 : La légende des Anges, París, Flammarion
    1993 : Les origines de la géométrie, París, Flammarion
    1994 : Atlas, París, Julliard
    1995 : Éloge de la philosophie en langue française, París, Fayard
    1997 : Nouvelles du monde, París, Flammarion
    1997 : Le trésor. Dictionnaire des sciences, París, Flammarion; en colaboración
    1997 : À visage différent, París, Hermann; en colaboración
    1999 : Paysages des sciences, París Le Pommier, en colaboración
    2002 : Variations sur le corps, París, Le Pommier
    2000 : Hergé, mon ami, Moulinsart
    2001 : Hominescence, París, Le Pommier
    2003 : L'incandescent, París, Le Pommier
    2003 : Jules Verne, la science et l'homme contemporain, París, Le Pommier
    2004 : Rameaux, París, Le Pommier
    2006 : Récits d'humanisme, París, Le Pommier
    2006 : L'art des ponts, París, Le Pommier
    2006 : Petites chroniques du dimanche soir, París, Le Pommier
    2007 : Le tragique et la pitié. Discours de réception de René Girard à l'Académie française et réponse de Michel Serres, París, Le Pommier
    2007 : Petites chroniques du dimanche soir 2, París, Le Pommier
    2007 : Carpaccio, les esclaves libérés, París, Le Pommier
    2008 : Le mal propre : polluer pour s'approprier?, París, Le Pommier
    2008 : La guerre mondiale, París, Le Pommier
    2009 : Écrivains, savants et philosophes font le tour du monde, París, Le Pommier
    2009 : Le temps des crises, París, Le Pommier, « Manifestes ! », Paris
    2009 : Van Cleef et Arpels, Le Temps poétique, París, Cercle d'Art, « La collection », con Franco Cologni et Jean-Claude Sabrier
    2009 : Petites chroniques du dimanche soir 3, París, Le Pommier

    Traducciones

    Historia de las ciencias. Cátedra. 1991. ISBN 978-84-376-0988-1.
    El paso del noroeste. Debate. 1991. ISBN 978-84-7444-462-9.
    El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio. Pre-Textos. 1994. ISBN 978-84-8191-016-2.
    Atlas. Cátedra. 1995. ISBN 978-84-376-1385-7.
    La comunicación: Hermes 1. Anthropos. 1996. ISBN 978-84-7658-428-6.
    El contrato natural. Pre-Textos. 2004. ISBN 978-84-87101-47-2.
    ¿En el amor somos como las bestias?. Akal. 2005. ISBN 978-84-460-2097-4.

    Bibliografía

    Niran Abbas (dir.), Mapping Michel Serres, University of Michigan Press, Ann Arbor, 2005, 259 ISBN 0-472-03059-0


    Michael Shortland, « Michel Serres, passe-partout », British Journal for the History of Science, vol. 31, pt. 3:110, septiembre 1998, pp. 335-353


    Sydney Levy (dir.), «An ecology of knowledge : Michel Serres», Sub-Stance, University of Wisconsin Press, Madison, 1997, n° especial 83, vol. 26, n° 2


    Wassim Ladki, L’espace du discours littéraire dans les essais philosophiques de l’écrivain Michel Serres, Université de Nancy 2, 1997, TD


    Jean-Marie Auzias, Michel Serres philosophe occitan, Mussidan, Fédérap, 1992, ISBN 2-85792-067-9


    Mauricio Jalón, «Michel Serres y el diálogo entre las ciencias», Llull, 27, 1991, pp. 507-529.


    Anne Crahay, Michel Serres : la mutation du cogito ; genèse du transcendantal objectif, París-Bruselas, Éditions universitaires - De Boeck Université, 1988 ISBN 2-8041-1146-6

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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