El 4 de noviembre de 1954 Stig Dagerman se encerró en el garaje de su casa de Enebyberg, puso en marcha el motor de su coche y se recostó a esperar la muerte. Tenía treinta y un años y era la joven estrella de las letras escandinavas. O al menos lo había sido : entre 1944 y 1949 escribió cuatro novelas, cuatro obras de teatro, un libro de relatos, un reportaje sobre la Alemania de posguerra y cientos de artículos, crónicas y poemas.
Esos cinco
años de escritura brillante y compulsiva (hubo noches en las que completaba
cerca de sesenta cuartillas) le bastaron para alcanzar el éxito. Fue declarado
el heredero de Strindberg y la crítica le emparentó con Kafka y Faulkner. En
1950 sus nervios ya estaban hechos trizas. Era incapaz de terminar los
proyectos que iniciaba, pasaba las noches conduciendo por carreteras solitarias
y su vida junto a su segunda mujer la actriz Anita Björk, se asemejaba a un
sangriento melodrama. “La depresión es una muñeca rusa”, escribió entonces, “y
en la séptima muñeca hay un cuchillo, una hoja de afeitar, un veneno, unas
aguas profundas y un salto al vacío”. Con su habitual mezcla de audacia y buen
gusto, la editorial Pepitas de Calabaza rescata el que se considera testamento
literario de Dagerman, un breve texto titulado “Nuestra necesidad de consuelo
es insaciable”. Se trata de uno de los pocos trabajos a los que el autor sueco
consiguió dar forma en sus últimos años de vida : un ensayo sobre la
angustia que nos hace pensar en un Cioran que desconfiase de los truenos y las
metáforas, o quizá en un Camus al que le hubiesen desconectado la reverberación
del micrófono.
Además de
cómo un sereno adiós a la vida, estas páginas pueden entenderse como una
síntesis del pensamiento de su autor. En el corazón de la obra de Dagerman
palpita un negrísimo átomo de opresión. Su. Gran tema es la imposibilidad del
ser humano para ser feliz en las sociedades modernas. “Para mi, un tipo de
libertad se ha perdido para siempre o por un largo tiempo : la libertad
que procede de la capacidad de dominar su propio elemento”. Dagerman piensa en
Thoreau y en su bosque de Walden. “¿Dónde se encuentra ahora el bosque en el
que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad fuera de las
formas congeladas de la sociedad ?”. Esa insatisfacción, que quizá en un
carácter meridional hubiese generado el enésimo existencialista ‘malgre lui’,
orientó a Dagerman hacia el anarquismo. Desde muy joven frecuentó círculos
libertarios y comenzó a publicar en revistas como “Storm” o “Arbetaren”. El
volumen de Pepitas de Calabaza incluye a modo de anexo algunos textos que arrojan
luz sobre su relación con el anarcosindicalismo. Para el lector español, el más
curioso es una semblanza de Dagerman firmada en 1954 por su amiga Federica
Montseny, en la que, entre exclamaciones maternales y chismorreos románticos,
aparece algún párrafo revelador : « La literatura tradujo un estado
de ánimo, una crisis profunda : demasiado joven para saber esperar ;
demasiado absoluto en sus sentimientos y pensamientos, Stig fue de los que no
pudiendo creer en Todo, no pudieron creer en Nada ».
Dagerman
fue un raro ejemplar político: un anarquista antirromántico. Demasiado
inteligente para dejarse llevar por la propaganda, puso a prueba los clichés
del pensamiento de su época, o dicho con sus palabras, cruzó « el bosque
de convenciones que todo poeta debe atravesar ». En 1946, con los campos
de Europa todavía humeantes, arremete contra Adam Smith, contra Churchill y
contra el Papa, pero también contra Marx y Stalin. Casado en primeras nupcias
con una hija de emigrantes españoles, su visión de la Guerra Civil recuerda en
algo a Orwell. “En España, entre 1936 y 1939, el anarquista era considerado tan
peligroso para la sociedad que se le disparaba desde ambos lados, no estuvo
expuesto solamente, de frente, a los fusiles alemanes e italianos sino también,
por la espalda, a las balas rusas de sus ‘aliados comunistas »
Aunque se
trate de un ejercicio melancólico, es difícil no fantasear con qué habría sido
capaz de hacer Dagerman sino hubiese decidido poner fin a su vida tan pronto.
En pocos escritores se da la combinación de sensibilidad exacerbada y capacidad
de análisis que encontramos en él. Como cualquier gran escritor, el autor sueco
es, ante todo, un punto de vista, pero se diría que él es algo más : un
temperamento, una peculiar energía que amalgama valores aparentemente
antagónicos como la fragilidad y el arrojo, el genio y la humildad, la pasión y
la inteligencia.
Stig
Dagerman era delgado, tímido y nervioso. Pensaba que la vida era un ‘viaje
imprevisible entre dos lugares inexistentes’ y que el peor de los males era
‘tener miedo de los hombres y escribir por dinero’. Al comienzo de “Nuestra
necesidad de consuelo es insaciable” encontramos un párrafo que, desde su
publicación, aparece ligado a su posteridad : “No me ha sido dado en
herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder llamar
la atención de dios ni he heredado tampoco el furor disimulado del escéptico,
ni la astucia del racionalista, ni el ardiente candor del ateo. Por eso no me
atrevo a tirar la piedra a quien creé en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra
la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me
alcanzaría a mí mismo ya que de una cosa estoy convencido : la necesidad
de consuelo que tiene el ser humano es insa¬ciable”.
Unos años
antes en uno de sus relatos más conocidos, Dagerman soñaba su propio epitafio :
« Aquí descansa un escritor sueco, cálido por nada, su crimen fue la
inocencia, olvidadle pronto ». Ese relato, como gran parte de su obra,
permanece aún inédito en español. Quienes descubran ahora el encanto de este
anarquista atormentado y brillante entenderán por qué ése es un lujo que no
podemos permitirnos.
Reportero
en Alemania
En 1946
Stig Dagerman viajó a Alemania como corresponsal del periódico sueco
‘Expressen’. Ya había publicado sus dos novelas más importantes ‘La serpiente’
y ‘La isla de los condenados’ y su firma tenía el prestigio suficiente para
atraer la atención de un buen número de lectores.
La guerra
había terminado cuatro años antes y el joven escritor aterrizó en un país en
ruinas, un gran « cementerio bombardeado ». Alguien le recomendó que,
para hacerse una idea de la situación, leyese los periódicos alemanes. Él
prefirió pisar la calle y observar. Estuvo en Berlin, Múnich, Stuttgart y
Hamburgo, se entrevistó con antiguos soldados nazis, con refugiados y supervivientes
de los campos de concentración, asistió a juicios de desnazificación, bajó a
los sótanos donde malvivían familias en condiciones miserables, viajó en trenes
en “más lentos que la muerte » y vio cómo se establecían las redes del
mercado negro. Su conclusión fue sencilla y comprometedora : los alemanes
no eran “un bloque soldado que irradie heladas emanaciones de nazismo”, sino
« una multitud variopinta de individuos hambrientos y temblorosos de
frío”.
La guerra
no es un asunto sencillo y tampoco lo es le victoria. Las potencias aliadas no
hacen demasiado por la población civil y los alemanes de a pie acumulan rencor
hacia los vencedores. ‘Otoño alemán’ (Octaedro) es el libro que recoge estas
crónicas de la posguerra alemana. Se trata de un ejemplo de buen periodismo y
alta literatura, valga la aproximada redundancia. Leyéndolo, uno siente ese
suave estremecimiento físico que nos indica que estamos ante una obra maestra.
Es sin duda uno de los mejores reportajes escritos el siglo pasado. Por eso, el
nombre de su autor merece ser pronunciado entre los de los maestros del género
en la compañía de Albert Londres y Hemingway, junto a Orwell, Michael Herr y
Kapuscinsky
Matar a un Niño
Por Stig Dagerman
Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto
sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos
jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos
de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se
afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan
pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y
abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día
un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño
está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice
que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca
el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina,
y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de
bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y
en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe.
Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de
bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha
se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del
bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un
bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la
muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el
mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y
feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador
que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo
silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no
tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta
izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer
abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha
abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de
rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y
el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su
hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En
la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar
falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados
algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se
dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca
antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa
en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le
quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el
día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el
camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en
el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que
acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y
observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo
detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los
postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla
verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene
seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar
completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho
mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo
de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar.
No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño.
Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y
juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles
tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.
¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que
un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una
mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante
el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una
cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y
sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a
atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel
blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante
riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el
camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra.
Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie,
aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de
azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un
niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino.
Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café,
que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás
olvidarán.
-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura
la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó
comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e
igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató..
Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño
vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer
muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no
hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se
separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que
este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida
para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en
sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida
pasada para "hacer este solo minuto diferente".
Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es
demasiado tarde.
"Nuestra
necesidad de consuelo es insaciable"
por Stig Dagerman. |
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Revista «Husmodern», 1952
Stig Dagerman nació el 25 de octubre de 1923 en Suecia, y murió
voluntariamente el 5 de noviembre de 1954 en el mismo país escandinavo. Desde
muy joven, y hasta el fin de su vida, colaboró con la prensa
anarcosindicalista. También escribió novelas y dramas que le hicieron
conocido como excelente escritor en Europa. El texto que aquí reproducimos
fue originalmente publicado con el título «Vart behov av tröst är omättligt»
en la revista «Husmodern», en 1952. Ha sido extraído del volumen de ensayos
titulado «Nuestra necesidad de consuelo es insaciable», firmado por varios
autores y publicado en 1997 por Al Margen (Valencia), Etcétera (Barcelona) y
la Fundació D´Estudis LLibertaris i Anarcosindicalistes (Barcelona). La
traducción al castellano es de José Mª Caba.
Estoy desprovisto de fe y no
puedo, pues, ser dichoso, ya que un hombre dichoso nunca llegará a temer que
su vida sea un errar sin sentido hacia una muerte cierta. No me ha sido dado
en herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder
llamar la atención de dios; ni he heredado tampoco el furor disimulado del
escéptico, ni las astucias del racionalista, ni el ardiente candor del ateo.
Por eso no me atrevo a tirar la piedra ni a quien cree en cosas que yo dudo,
ni a quien idolatra la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas.
Esta piedra me alcanzaría a mí mismo ya que de una cosa estoy convencido: la
necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.
Yo mismo persigo el consuelo
como el cazador su presa. Por dondequiera que en el bosque lo vislumbre,
disparo. A menudo no alcanzo más que el vacío; pero alguna que otra vez cae a
mis pies una presa. Y como sé que el consuelo no dura más que el soplo del
viento en la copa del árbol, me apresuro a apoderarme de ella.
¿Y qué tengo entonces entre mi
brazos? Puesto que estoy solo: una mujer amada o un desdichado compañero de
viaje. Puesto que soy poeta: un arco de palabras que no puedo tensar sin un
sentimiento de dicha y de horror. Puesto que soy prisionero: una súbita mirada
hacia la libertad.
Puesto que estoy amenazado por
la muerte: un animal vivo aún caliente, un corazón que palpita
sarcásticamente. Puesto que estoy amenazado por el mar: un arrecife de duro
granito.
Pero también hay consuelos que
me llegan como huéspedes sin haberlos invitado y que llenan mi aposento de
odiosos cuchicheos: Soy tu deseo - ¡ama a todo el mundo! Soy tu talento
-¡abusa de él como abusas de ti mismo! Soy tu sensualidad - ¡solamente viven
los sibaritas! Soy tu soledad ¡menosprecia a los seres humanos! Soy tu deseo
de muerte -¡corta!
El equilibrio es un listón
estrecho. Veo mi vida amenazada por dos poderes: por un lado, por las ávidas
bocas del exceso; y por otro, por la avara amargura que se nutre de sí misma.
Pero rehuso elegir entre la orgía y la ascesis, aunque sea al precio de una
confusión mental. Para mí no basta con saber que, puesto que no somos libres
en nuestros actos, todo es excusable. Lo que busco no es una excusa a mi vida
sino todo lo contrario a una excusa: la reconciliación. Al fin me doy cuenta
que cualquier consuelo que no cuente con mi libertad es engañoso, al no ser
más que la imagen reflejada de mi desespero. En efecto, cuando mi desespero
me dice: Desespera, puesto que cada día no es sino una tregua entre dos
noches, el falso consuelo me grita: Espera, pues cada noche no es más que una
tregua entre dos días.
Pero de nada le vale al ser
humano un consuelo brillante; necesita un consuelo que ilumine. Y todo aquel
que quiera convertirse en una persona malvada, es decir, una persona que
actúa como si todas las acciones fueran defendibles, debería, al lograrlo,
tener al menos la bondad de advertirlo.
Son innumerables los casos en
los que el consuelo es una necesidad. Nadie sabe cuándo caerá el crepúsculo y
la vida no es un problema que pueda ser resuelto dividiendo la luz por la
oscuridad y los días por las noches; es un viaje imprevisible entre lugares
inexistentes. Puedo, por ejemplo, andar por la orilla y sentir de repente el
horrible desafío que la eternidad lanza sobre mi existencia y el perpetuo
movimiento del mar y la huida constante del viento. ¡En qué se convierte
entonces el tiempo sino en un consuelo por el hecho de que nada de lo humano
es duradero y qué consuelo tan miserable que sólo enriquece a los suizos!
Puedo estar sentado ante la
lumbre en la habitación menos expuesta al peligro y sentir de pronto que la
muerte me rodea. Está en el fuego, en todos los objetos puntiagudos que me
rodean, en la solidez del techo y en el grueso de las paredes, está en el
agua y en la nieve, en el calor y en mi sangre. ¡En qué se convierte entonces
el sentimiento humano de seguridad sino en un consuelo por el hecho de que la
muerte es lo más cercano a la vida y qué consuelo más miserable que no hace
más que recordarnos aquello que quiere hacernos olvidar! Puedo llenar todas las
hojas en blanco con la más hermosa combinación de palabras que mi cerebro
pueda imaginar. Puesto que deseo confirmar que mi vida no es absurda y que no
estoy solo en la tierra, junto todas estas palabras en un libro y se lo
ofrezco al mundo. A cambio, éste me da dinero, gloria y silencio. Pero qué me
importa a mí el dinero y qué me importa contribuir al progreso de la
literatura; sólo me importa aquello que nunca consigo: la confirmación de que
mis palabras conmueven el corazón del mundo. ¡En qué se convierte entonces mi
talento sino en un consuelo a mi soledad y qué consuelo más terrible que sólo
consigue que sienta mi soledad cinco veces más fuerte!
Puedo ver la libertad encarnada
en un animal que atraviesa veloz un claro del bosque y oír una voz que murmura:
¡vive con sencillez, toma lo que desees y no temas las leyes! ¡Pero qué es
este buen consejo sino un consuelo por el hecho de que la libertad no existe
y qué implacable consuelo para quien entiende que el ser humano tarda
millones de años para convertirse en lagarto!
Puedo, finalmente, descubrir
que esta tierra es una fosa común en la que el rey Salomón, Ofelia y Himler
reposan uno junto al otro. De lo cual concluyo que el verdugo y la infeliz
gozan de la misma suerte que el sabio y que la muerte puede parecer un
consuelo a una vida errónea.
¡Pero qué consuelo más atroz
para quien querría ver la vida como un consuelo por la muerte!
No tengo filosofía alguna por
la que moverme como pájaro en el aire o como pez en el agua.
Todo lo que tengo es un duelo que
se libra cada minuto de mi vida entre los falsos consuelos que sólo aumentan
mi impotencia y hacen más profundo mi desespero, y los consuelos verdaderos
que me llevan a la liberación momentánea, o mejor dicho: el consuelo
verdadero, puesto que sólo existe para mí un consuelo verdadero, aquel que me
dice que soy un hombre libre, un individuo inviolable, un ser soberano dentro
de mis límites.
Pero la libertad empieza por la
esclavitud, y la soberanía, por la dependencia. La señal más cierta de mi
servidumbre es mi temor de vivir. La señal definitiva de mi libertad es el
hecho de que mi temor cede el sitio a la alegría de la independencia. Puede
parecer que necesito la dependencia para poder conocer, al fin, el consuelo
de ser un hombre libre, y seguramente es cierto. A la luz de mis actos me doy
cuenta que el objetivo de toda mi vida ha sido labrar mi propia desdicha. Lo
que podría traerme libertad me trae esclavitud y cargas en vez de pan.
Otra gente tiene otros señores.
A mí, por ejemplo, me esclaviza mi talento hasta el punto de no atreverme a
utilizarlo por miedo a perderlo. Además, soy de tal modo esclavo de mi nombre
que apenas me atrevo a escribir por miedo a dañarlo. Y cuando al fin llega la
depresión soy también su esclavo. Mi mayor aspiración es retenerla, mi mayor
placer es sentir que todo lo que yo valía residía en lo que creo haber
perdido: la capacidad de crear belleza a partir de mi desesperación, de mi
hastío y de mis debilidades. Con amarga dicha deseo ver mis casas caer en
ruina y verme a mí mismo sepultado en las nieves del olvido. Pero la
depresión es una muñeca rusa y en la séptima muñeca hay un cuchillo, una hoja
de afeitar, un veneno, unas aguas profundas y un salto al vacío.
Acabo por convertirme en
esclavo de todos estos instrumentos de muerte. Como perros me persiguen, o yo
a ellos como si fuese yo mismo un perro. Y creo comprender que el suicidio es
la única prueba de la libertad humana.
Pero, viniendo de un lugar
insospechado, se acerca el milagro de la liberación. Puede acaecer en la
orilla y la misma eternidad que, hace un momento suscitaba en mí temor, es
ahora el testigo de mi nacimiento a la libertad. ¿En qué consiste este
milagro? Simplemente en el súbito descubrimiento que nadie, ni ningún poder
ni ningún ser humano tiene derecho a exigirme que mi deseo de vivir se
marchite. Ya que si este deseo no existe, ¿qué es lo que puede existir?
Puesto que estoy en la orilla
del mar puedo aprender del mar. Nadie puede exigirle al mar que sostenga
todos los navíos, o al viento que hinche constantemente todas las velas. De
igual modo nadie puede exigirme que mi vida consista en ser prisionero de
ciertas funciones. ¡No el deber ante todo, sino la vida ante todo! Igual que
los demás hombres debo tener derecho a unos instantes durante los cuales
pueda dar un paso al lado y sentir que no soy únicamente parte de esta masa a
la que llaman población, sino una unidad autónoma.
Solamente en este instante
puedo ser libre ante los hechos de la vida que antes causaron mi
desesperación. Puedo confesar que el mar y el viento me sobrevivirán y que la
eternidad no se preocupa de mí. ¿Pero quién me pide preocuparme de la
eternidad? Mi vida es corta sólo si la emplazo en el cepo del tiempo. Las
posibilidades de mi vida son limitadas sólo si cuento el número de palabras o
de libros que tendré tiempo de escribir antes de morir. ¿Pero quién me pide
contar? El tiempo es una falsa unidad de medida para medir la vida. El
tiempo, en el fondo, es una unidad de medida sin valor ya que sólo alcanza
las obras avanzadas de mi vida.
Pero todo lo importante que me
ocurre y que da a mi vida un maravilloso contenido: el encuentro con una
persona amada, una caricia, la ayuda en la necesidad, el espectáculo de un
claro de luna, un paseo a vela por el mar, la alegría que se siente por un
hijo, el estremecimiento ante la belleza, todo esto ocurre completamente
fuera del tiempo. Da lo mismo que encuentre la belleza en el espacio de un
segundo o de cien años. La dicha no solamente se sitúa al margen del tiempo
sino que niega toda relación entre la vida y el tiempo.
Descargo pues de mis hombros el
fardo del tiempo y, a la vez, la exigencia de sacar buenos resultados. Mi
vida no es algo que deba ser medido. Ni el salto del ciervo ni la salida del
sol son buenos resultados conseguidos en una prueba. Tampoco una vida humana
es la superación de una prueba, sino algo que crece hacia la perfección. Y lo
que es perfecto no realiza pruebas con buenos resultados, lo que es perfecto
obra en estado de reposo. Es absurdo pretender que el mar está hecho para
sostener armadas y delfines. Ciertamente lo hace, pero conservando su
libertad.
Del mismo modo es absurdo
pretender que el ser humano esté hecho para otra cosa que para vivir.
Ciertamente aprovisiona máquinas y escribe libros, y también podría hacer
otras cosas. Lo importante es que, haga lo que haga, lo hace conservando su
libertad y con la plena conciencia de ser, como cualquier otro detalle de la
creación, un fin en sí. Reposa en sí mismo como una piedra en la arena.
Puedo incluso librarme del poder
de la muerte. No es que pueda librarme de la idea que la muerte corre detrás
de mis talones, y menos aún puedo negar su existencia; pero puedo reducir a
la nada su amenaza dejando de apoyar mi vida en soportes tan precarios como
el tiempo y la gloria.
Por el contrario no está en mi
poder permanecer siempre vuelto hacia el mar y comparar su libertad con la
mía. Llegará el momento en que tendré que volverme hacia la tierra y
encararme a los organizadores de mi opresión. Entonces me veré obligado a
reconocer que el ser humano ha dado a su vida unas formas que, al menos en
apariencia, son más fuertes que él. Incluso con mi libertad recientemente
alcanzada no puedo destruirlas, sino solamente suspirar bajo su peso. Por el
contrario, entre las exigencias que pesan sobre el hombre puedo distinguir
las que son absurdas y las que son ineludibles. Para mí, un tipo de libertad
se ha perdido para siempre o por un largo tiempo: la libertad que procede de
la capacidad de dominar su propio elemento. El pez domina el suyo, el pájaro
el suyo, el animal terrestre el suyo. Thoreau dominaba todavía el bosque de
Walden.
¿Dónde se encuentra ahora el
bosque en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad
fuera de las formas congeladas de la sociedad?
Debo responder: en ninguna
parte. Si quiero vivir libre debo hacerlo, por ahora, dentro de estas formas.
El mundo es más fuerte que yo. A su poder no tengo otra cosa que oponer sino
a mí mismo, lo cual, por otro lado, lo es todo. Pues mientras no me deje
vencer yo mismo soy también un poder. Y mi poder es terrible mientras pueda
oponer el poder de mis palabras a las del mundo, puesto que el que construye
cárceles se expresa peor que el que construye la libertad. Pero mi poder será
ilimitado el día que sólo tenga mi silencio para defender mi inviolabilidad,
ya que no hay hacha alguna que pueda con el silencio viviente.
Este es mi único consuelo. Sé
que las recaídas en el desconsuelo serán numerosas y profundas, pero la
memoria del milagro de la liberación me lleva como un ala hacia la meta
vertiginosa: un consuelo que sea algo más y mejor que un consuelo y algo más
grande que una filosofía, es decir, una razón de vivir.
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