En esta imagen, Mann con Einstein en 1938
Cuando, hace mas de cien años (octubre de 1901), un
¡oven de 26 años entregaba al público Die Buddenbrooks, nadie había
oído hablar de Thomas Mann. Un coetáneo suyo señaló en un periódico praguense:
«Habrá que contar con este nombre». Ero Reiner María Rilke y no
se equivocó. Más de cuarenta años después, el aforo del Coolídge Auditarium, en
la Biblioteca del Congreso de los EE UU, no podía acoger a todos los ciudadanos
americanos que, un 13 de octubre de 1943, deseaban atender la conferencia que
impartiría el Premio Nobel Thomas Mann. A aquel título inicial había sumado
otros considerados hoy hitos fundamentales de la literatura del siglo XX: La
montaña mágica, Mario y el mago y el primer volumen de José y
sus hermanos, entre otros. En toda su obra, las raíces de la cultura
alemana daban vida al interés por los problemas intelectuales yexistenciales
del hombre del siglo XX, de manera tan integralmente humanista y liberal, que
por necesidad habían entrado en conflicto con el nacionalsocialismo, entonces
en el poder. El decidido rechazo de la ideología fascista propia de este
partido colocó a Thomas Mann en el exilio, desde 1933. Diversos países europeos
acogieron al escritor hasta que en 1938 emigró a Princeton (EE UU). En la
mencionada conferencia en la Biblioteca del Congreso —inédita en castellano, y
queNueva Revista ofrece aquí parcialmente—, Mann recordaba ante su
auditorio lo que venía repitiendo desde hacía una década: que la civilización
occidental está obligada a hacer frente a cualquier enemigo de la libertad.
Hoy por hoy no es tarea fácil, sino más bien angustiosa, subir al
estrado tras el pulpito del orador y contemplar los ojos de una audiencia que
le observa a uno con expectación y mirada inquisitiva.
Digo «hoy», pero esta situación, que puede resultarle natural al hombre
emprendedor y altamente influyente, al político y partidista, en realidad ha
sido siempre extraña e inapropiada para el artista, el poeta, el músico de las
ideas y de las palabras; una situación en la que nunca se ha sentido a gusto
por cuanto, en cierta medida, le obliga a actuar en contra de su propia
naturaleza. El elemento de extrañeza e incomodidad para él reside en el propio
carácter de la tarea, en dirigir la palabra, en comprometerse, en enseñar, en
declarar convicciones y defender opiniones. Por cuanto el artista, el poeta, es
un ser que absorbe todos los movimientos y tendencias intelectuales, todas las
corrientes y contenidos espirituales de los tiempos y permite que éstos obren
sobre él. Se ve afectado por todos ellos, los digiere mentalmente, les da forma
y de este modo pinta la imagen cultural integral de su época, dirigida tanto a
su mundo contemporáneo como a la posteridad. No predica ni hace propaganda; da
a las cosas una realidad plástica, que no es indiferente a nada ni se
compromete con ninguna causa salvo la de la libertad, la de la objetividad
irónica. No habla por sí mismo; deja que otros hablen y aun cuando no es
dramaturgo, se vale de los mecanismos del teatro, los de Shakespeare, donde la
persona a quien le toca hablar siempre tiene la razón. Hablar de su propia
responsabilidad le resulta algo ajeno, gravoso y alarmante. El es por necesidad
un ente dialéctico y no ignora la verdad que encierran las palabras de Goethe:
«Sobald man spricht, beginnt man schon zuirren» (apenas habla el hombre,
comienza a equivocarse).
[...] Esto es cierto, pero aun así hay momentos y circunstancias
históricas en las que resultaría cobarde, egoísta e inoportuno insistir en la
libertad crítica de uno y retraerse ante una declaración de creencias. Me
refiero nada más y nada menos que a aquellos momentos y circunstancias
históricas en las que la Libertad misma, de la que depende la propia del
artista, está en peligro. Cuando el intelectual, motivado por su necesidad de
libertad, se convierte en un juguete en manos de los asesinos de la misma, está
cavando su propia fosa y actuando de manera reaccionaria, desalmada y suicida.
No hay nada que agrade a estos enemigos más que una mente que no se plantea
nada digno de sí mismo sino una actitud más que irónica, una mente que
desprecia la distinción entre el bien y el mal y que considera la inquietud por
ideas tales como la libertad, la verdad y la justicia como un «asunto burgués».
En determinadas circunstancias es deber del intelectual renunciar a su libertad
por defender la causa de la libertad. Es su deber reunir coraje para afirmar
ideas ante las que el intelectual esnob cree poder encogerse de hombros. Tuve
la siguiente experiencia en Estados Unidos: estaba hablando de la democracia y
de mi creencia en ella, cuando tuve que escuchar a un avispado periodista, que
quería hacer ostentación de espíritu crítico, decir que yo había expuesto
«ideas de la clase media». Con esta declaración estaba expresando él un falso y
reaccionario concepto de lo banal, un error con el que yo ya me había
encontrado demasiadas veces en Europa. [...]
Lo que el erudito periodista caracterizaba como «ideas de la clase
media» no es ni más ni menos que la tradición liberal. Es el conjunto de ideas
de libertad y progreso, de humanidad, de civilización —en resumidas cuentas, la
reivindicación del dominio de la razón sobre el devenir de la naturaleza, sobre
el instinto, la sangre, el subconsciente, la espontaneidad vital primitiva—.
Ahora bien, de ningún modo le resultaría natural al artista, a cualquier ser
humano que guarda algún tipo de relación con lo creativo, dedicarse a hablar
continuamente sobre la razón, como lo hace algún que otro asno erudito. Él sabe
muy bien la importancia que tienen para la vida los poderes subracionales y
superracionales del instinto y de los sueños; y no se siente en absoluto
inclinado a sobrestimar el intelecto como guía y molde para la vida. Está lejos
de ser enemigo del instinto. Reconoce que el rechazo del racionalismo durante
los siglos XVIII y XIX estuvo justificado tanto histórica como
intelectualmente, fue inevitable y necesario, pero basto y desmesurado también;
y si uno tuviera la imaginación suficiente para prever las consecuencias de lo
irracional, del devenir de lo oscuro, de la exaltación del instinto, del culto
a la sangre y al impulso, del «ansia de poder», del «élan vital», del «mito del
grito de guerra» y de la justificación de la violencia —consecuencias en la
esfera de la realidad y de la política resultantes de las ideas concebidas en
la esfera intelectual, qué aparentaban ser muy interesantes y fascinantes en
este ámbito—; si uno tuviera la imaginación suficiente para prever todo eso, el
deseo se evaporaría e iría a parar al costado del barco en el que se encuentra
hasta el más insignificante escritorzuelo o demagogo de bar.
Es un espectáculo terrible contemplar la aceptación popular de la
irracionalidad.
Uno siente que el desastre es inminente, un desastre que la exaltación
exclusiva de la razón nunca podría igualar. La exaltación de la razón puede
resultar cómica por su pedantería optimista y puede quedar en ridículo merced a
fuerzas vitales más potentes que ella; pero no evocala catástrofe. Ésta sólo
puede provenir del ensalzamiento de la antirazón.
En cierta época en la que el fascismo se alzó con el control político en
Alemania e Italia, cuando el nacionalismo se convirtió en el centro y la
expresión universal de todas estas tendencias, yo estaba persuadido deque nada
sino una guerra y una destrucción general podrían ser el resultado final de la
orgía irracionalista, y que lo querían en breve. Lo que parecía necesario era
el recuerdo de otros valores, de la idea de democracia, de la humanidad, de la
paz y de la dignidad y libertad humana. Era este aspecto de la naturaleza
humana el que precisaba de nuestra ayuda.
No existe el menor peligro de que la razón cobre jamás una supremacía
total, de que jamás haya demasiada razón en la tierra. No hay peligro de que la
gente se transforme un día en ángeles desprovistos de emociones, lo que sin
duda resultaría anodino. Pero que se conviertan en bestias, lo que de hecho se
me antojaría demasiado interesante de contemplar, es algo que fácilmente puede
ocurrir, como ya hemos constatado. Ésta es una tendencia mucho más pronunciada
en el ser humano que la insipidez angélica, y con tan sólo exaltar todos los
instintos para dejar emerger los más bajos, que siempre están dispuestos a
apropiarse de tal exaltación para sí mismos, habremos concedido la hegemonía
triunfante a las tendencias bestiales. Es cómodo y autoindulgente abalanzarse
sobre la vertiente de la naturaleza en oposición a la de la mente, sobre la
vertiente más fuerte en cualquier caso. La generosidad sin más y un ligero
sentido de responsabilidad humana deberían decidirnos a proteger y alimentar la
débil y menuda llama de la mente y la razón sobre la tierra, a fin de que
brille y nos caliente un poco más.
La libertad y la justicia cesaron tiempo ha de ser banales; son vitales;
y considerarlas aburridas no revela más que una aceptación del fraude fascista
pseudorevolucionario, que sostiene que la violencia y el embaucamiento de las
masas son la última palabra y la más actual. La mente más privilegiada
distingue que lo único verdaderamente novedoso que existe en el mundo, lo que
el espíritu vivo está llamado a servir, es algo completamente diferente, a
saber, la democracia social y el humanismo, que lejos de dejarse atrapar por un
relativismo cobarde, tienen una vez más el valor de distinguir entre el bien y
el mal.
Esto es lo que hicieron los pueblos europeos. Rehusaron someterse al
mal, al nuevo orden de Hitler, a la esclavitud. [...] Cuánto más sencillo
hubiera sido para los pueblos europeos si hubieran aceptado el infame nuevo
orden de Hitler, si se hubieran resignado a la esclavitud, si hubieran, como se
dice, «colaborado» con la Alemania nazi. No lo hicieron, ni uno sólo de ellos.
Años de terrorismo brutal, de martirios y ejecuciones no consiguieron quebrar
su voluntad de resistir.
[...] Señoras y señores, es horrible y humillante presenciar el mundo
civilizado viéndose obligado a luchar a muerte contra la mentira políticamente
distorsionada de un agresivo cuento de hadas tradicional, el alemán, que en su
pureza inicial había aportado al mundo tanta belleza.
Anteriormente había sido inocente e idealista, pero este idealismo
comenzó a avergonzarse de sí mismo y se llenó de envidia hacia el mundo y hacia
la realidad. «Alemania es Hamlet», se solía decir. «Tatenarm und
gedankenreich» (carente de proezas y rica en pensamiento), la llamó
Hölderlin; pero prefirió ser rica en proezas, incluso en «retroezas», y pobre
en pensamiento. «Deutschland, Deutschlandüber alies, esto significa el
fin de la filosofía alemana», declaró Nietzsche. Esta envidia hacia el mundo y
la realidad no era sino una envidia de acción política. Y debidoa que esto era
algo completamente ajeno a la mente alemana, la política se concebía como el
seno de un cinismo y maquiavelismo absoluto.
[...] En relación a esto, permítanme hacer un breve comentario en cuanto
a la idea de democracia. Sin duda, la democracia es en primer lugar una
reivindicación, una reclamación de justicia e igualdad de derechos por parte de
la mayoría. Es una demanda justificada que surge desde abajo; pero a mis ojos
es aún más bello si se trata de una buena voluntad, una generosidad y un amor
que van desde arriba hacia abajo. No considería muy democrático que el señorito
Smith o el señorito Jones le dieran una palmada en la espalda a Beethoven y le
gritaran: «¿Cómo estás, viejo?». Eso no es democracia sino falta de tacto y de
respeto por las diferencias; pero cuando Beethoven canta: «Sean besados los
millones, llegue este beso al mundo entero», eso es democracia; porque él
podría decir: «Soy un gran genio y algo bastante especial, en cambio el pueblo
es ordinario; soy demasiado orgulloso y particular como para besarles». Por el
contrario, les llama a todos sus hermanos e hijos de un Padre en los Cielos,
que es también el suyo. Eso es democracia en su máxima pureza, lejos de la
demagogia y de las aduladoras lisonjas dirigidas a las masas. Siempre me he
unido a este tipo de democracia; pero ésta es exactamente la razón por la que
siento profundamente que no existe nada más abominable que el engaño a las
masas y la traición al pueblo. Mis años más infelices fueron aquellos en los
que, en nombre de la paz y del apaciguamiento, el pueblo se vendía al fascismo.
El sacrificio de Checoslovaquia en la conferencia de Munich fue la experiencia
política más horrible y humillante de toda mi vida; y no fui yo sólo quien lo
sintió así, sino toda persona decente de cualquier parte del mundo.
En marzo de 1932, un año antes de partir de Alemania, di un discurso en
honor al centenario de Goethe en la Academia de las Artes de Prusia en Berlín,
una disertación que terminó con las siguientes palabras: «El crédito que la
historia todavía concede a una República libre, a una sociedad democrática,
este crédito a corto plazo consiste en la fe todavía mantenida en que la
democracia es capaz de lograr lo mismo que sus acérrimos enemigos sostienen que
pueden conseguir, es decir, dirigir al Estado y su economía hacia un nuevo orden
mundial». Esta advertencia, que en aquel tiempo iba dirigida hacia los
ciudadanos de la República alemana, podría extenderse hoy día a los ciudadanos
del mundo occidental en general. Si la democracia no es lo suficientemente
valiente, en este mundo así como después de él, para apoyarse en la fortaleza
de las tropas del pueblo y considerar la auténtica batalla que éste libra como
su único sostén, y así perseguir un mundo nuevo más libre y más justo, el mundo
de la democracia social; si, por el contrario, se desentiende de sus propias
tradiciones revolucionarias y se alia con los poderes del antiguo orden, del
orden desechado, a fin de evitar a toda costa lo que denomina anarquía, a fin
de someter toda tendencia revolucionaria; entonces la fe del pueblo europeo que
fue oprimido por el fascismo llegará a su fin y todos ellos, Alemania la
primera, se volverán hacia el poder del Este, en cuyo socialismo la idea de la
libertad individual ya no halla lugar.
Podrán notar, señoras y caballeros, que no considero algo ideal para la
humanidad un socialismo en el que la idea de igualdad se superponga
completamente a la de libertad; ciertamente estoy lejos de ser un paladín del
comunismo. Sin embargo, no puedo evitar pensar que el miedo atroz del mundo
occidental hacia el término comunismo, este miedo merced al cual los fascistas
pudieron mantenerse durante tanto tiempo en el poder, es bastante supersticioso
e infantil y una de las mayores necedades de nuestra época. El comunismo es hoy
en día el «coco» de la burguesía, al igual que la socialdemocracia lo era para
Alemania en 1880. Bajo Bismarck el socialismo significaba la suma de toda la
destrucción y la sublevación de los sans'CUlotte, de la anarquía caótica.
Todavía resuena en mis oídos el grito del director de mi escuela a unos niños
que habían estropeado varios bancos y mesas con una navaja: «¡Os habéis
comportado como socialdemócratas!». Hoy hubiera dicho: «¡Como comunistas!», por
cuanto el socialdemócrata se ha convertido en este tiempo en alguien respetable
a quien nadie teme.
Les ruego no me malinterpreten. El comunismo es un programa
político-económico acentuadamente restringido y basado en la dictadura de una
clase social, el proletariado; es el resultado del materialismo histórico del
siglo XIX y, por lo tanto, fruto de un periodo particular y sujeto a los
cambios del tiempo. Pero como visión es mucho más antigua y contiene ciertos
elementos que pertenecen exclusivamente a un mundo futuro. Es más antigua
debido a que ya los movimientos religiosos de la Edad Media tardía presentaban
un escatológico carácter comunista; ya desde entonces la tierra, el agua, el
aire, la caza salvaje, los peces y los pájaros debían se propiedad común, los
señores debían trabajar por su pan diario y todos los impuestos y cargas debían
suprimirse. En este sentido, el comunismo es más antiguo que Marx y el siglo
XIX, pero pertenece al futuro en tanto en cuanto el mundo venidero, cuyas
formas comienzan ya a perfilarse y en el cual vivirán nuestros hijos y abuelos,
no puede apenas imaginarse sin ciertos rasgos comunistas — es decir, sin la
idea básica de los derechos comunes de propiedad y disfrute de los bienes de la
tierra, sin una nivelación progresiva de las diferencias de clase, sin el
derecho y el deber de trabajar para todos. Una nación provista del valeroso
progresismo estadounidense y que nunca ha negado sus orígenes en el espíritu
pionero, nos proporciona una visión del mundo venidero en su igualdad y en su
percepción de que el trabajo no es una deshonra para nadie. El acceso generalizado
a las oportunidades educativas y al disfrute ya se ha alcanzado en gran medida.
El mundo entero fuma el mismo tabaco, toma los mismos helados, ve las
mismas películas, escucha la misma música en la radio; hasta las diferencias en
el vestir están desapareciendo progresivamente, y el universitario que se gana
la vida mientras estudia, lo que en Europa hubiera representado una aberración
para la dignidad de su clase, es aquí asunto cotidiano.
[...] ¿Qué transformaciones y modificaciones han tenido lugar desde los
días en que se alimentaba a las morenas con la carne de esclavos vivos y más
tarde desde la época industrial? La propiedad privada es sin duda algo
fundamentalmente humano. Pero incluso en nuestros tiempos, ¡cuánto ha cambiado
el concepto de los derechos de propiedad! Ha quedado debilitado y limitado, si
no deteriorado a través de las leyes de herencia y los impuestos, que en
ocasiones son poco menos que una confiscación. La libertad individual, que
guarda una estrecha relación con los derechos de propiedad, se vio obligada a
ajustarse a las exigencias colectivas y realizó esta transformación de manera
casi imperceptible en el transcurso de los años. La idea de libertad, un día
identificada con la revolución y llevada a efecto a través de la soberanía de
los Estados nacionales, está evolucionando para procurar un nuevo equilibrio
entre las dos ideas básicas de la democracia moderna: la libertad y la
igualdad. La primera está siendo lentamente alterada por la segunda. Se apela a
la soberanía de los Estados nacionales para hacer sacrificios en favor del bien
común. El bien común, la comunidad —he ahí la raíz de aquella aterradora
palabra merced a la cual Hitler llevó a cabo sus conquistas—. No me cabe la más
mínima duda de que el mundo y la vida diaria están caminando, nolens
volens, hacia una estructura social para la cual el término
«comunista» no sería totalmente inapropiado, una vida en colectivo, una vida de
dependencia y responsabilidad mutua, de derechos compartidos para el disfrute
de los bienes de la tierra, como resultado de la aún más estrecha relación
existente entre el mundo entero, su contracción, su cercanía motivada por el
progreso técnico, un mundo cuya administración será competencia de todos y
donde toda persona tendrá derecho a la vida.
No crean que lo que estoy diciendo significa que sólo estoy a favor de
lo nuevo y lo que nunca antes se ha probado. Con ello estaría traicionándome a
mí mismo. Jamás el artista es únicamente protagonista y profeta de lo nuevo,
sino que además es heredero y depositario de lo antiguo.
Constantemente saca a luz lo nuevo a partir de la tradición. Del mismo
modo, como estoy lejos de negar los valores de la época burguesa a la que
pertenece la mayor parte de mi vida personal, así también soy consciente de que
las exigencias de los tiempos y los problemas de la paz venidera no son
meramente de naturaleza revolucionaria, sino constructiva, sí, y restaurativa.
Una vez tras otra los levantamientos históricos, tales como el que
estamos experimentando ahora, preceden inevitablemente a un movimiento de
restauración. La necesidad de restablecer es tan imperiosa como la de renovar.
Lo que hay que restablecer por encima de todo son los mandamientos de la
religión, de la cristiandad, que han quedado hollados bajo los pies de una
falsa revolución. A partir de estos mandamientos debe derivarse la ley
fundamental bajo la cual los pueblos del futuro podrán vivir en comunión y a la
cual todos deberán reverencia.
Cualquier intento de pacificación del mundo o de cooperación del pueblo
por el bien común y por el progreso humano se verá frustrado a menos que se
establezca tal ley básica, que a pesar de la diversidad nacional y la libertad,
debe ser válida para todos y reconocida por todos como una Carta Magna de los
derechos humanos, que garantiza a la persona su seguridad en la justicia, su
inviolabilidad, su derecho a trabajar y a disfrutar la vida. Sirva como modelo
para este punto de partida universal la Declaración de Derechos americana.
Es mi convicción, señoras y caballeros, que a través de todo el
sufrimiento y la tribulación de nuestro difícil periodo de transición, surgirá
un nuevo y más emotivo interés en la humanidad y su destino, en su situación
privilegiada con respecto a los reinos de la naturaleza y de la mente, en su
misterio y su sino, un impulso humanista que ya está presente y activo en los
mejores corazones y mentes. Este nuevo humanismo tendrá un carácter, un color y
un tono diferente a los movimientos previamente mencionados. Este nuevo
humanismo habrá aguantado demasiado para contentarse con una ingenuidad
optimista y el deseo de contemplar la vida humana como si fuera de color de
rosa. Aborrecerá la pomposidad. Será consciente de la tragedia de toda vida
humana, sin dejar que esta conciencia destruya su valor y su voluntad. No
revocará sus facetas religiosas, por cuanto en la idea de la dignidad humana y
del valor del alma individual, el humanismo trasciende hacia lo religioso.
Conceptos como la libertad, la verdad y la justicia pertenecen a una
esfera más allá de lo biológico, la esfera de lo Absoluto, la esfera religiosa.
Optimismo y pesimismo son palabras vacías para este humanismo. Se anulan
una a la otra en la voluntad de preservar el honor del hombre, en los caminos
de la benevolencia y el deber. Se me antoja que, sin tal estandarte como guía
de todo pensamiento y acción, la estructura de un mundo mejor y más feliz, la
comunidad mundial que anhelamos alcanzar a partir de nuestro esfuerzo actual,
será inviable. La defensa de la razón frente a la sangre y el instinto no
implica que su capacidad creativa deba ser sobrestimada. La creatividad es sólo
el sentirse guiado por la razón, es un amor siempre activo.
Traducido por Jaime Bonet
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