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    sábado, 26 de mayo de 2012

    René Char poeta comprometido con la dignidad humana y la libertad


    René Char



    Nació en Francia 1907 y falleció en 1988. Principales obras: Arsenal, 1929, La tumba de los secretos, 1930, Martillo sin amo,1934, Armario para un camino de los colegiales, 1937, Hojas de Hypnos, 1946, Poema pulverizado, 1947, Furia y misterio, 1948,  Les matinaux, 1950, La Palabra en archipiélago, 1962, El desnudo perdido, 1971, La noche talismanique, 1971, Aromas cazadores, 1975.

    El semblante nupcial
    (Fragmento)


    Cintura de vapor, multitud doblegada, divisores del miedo, tocad mi renacimiento.
    Paredes de mi permanencia, renuncio a los cuidados de mi extensión venial;
    arbolo los expedientes minerales, trabo las primicias de las supervivencias.
    Abrasado de soledad foránea,
    evoco la natación sobre la sombra de su presencia.

    El cuerpo desierto, hostil a su intervención ayer volvía hablando negro.
    Decadencia, no te asombres, haz caer tu pilón de angustias, agrio sueño.
    El  escote disminuye las osamentas de tu exilio, de tu esgrima;
    tú refrescas la servidumbre que se devora las espaldas.
    Carcajada de la noche, detiene este acarreo lúgubre
    de voces vidriosas, de adioses lapidados.

    Ya sustraído el flujo de las lesiones inventivas
    (el azadón del águila arroja en alto la extendida sangre)
    sobre un destino presente he conducido mis franquezas
    hacia el azul polivalvo, la granítica disidencia.

    ¡Oh bóveda de efusión sobre la corona de su vientre,
    queja de dote negra!
    ¡Oh movimiento desecado de su dicción!
    Natividad, guía de los insumisos, que descubran su base,
    la almendra verosímil en la mañana nuevo.
    La noche ha cerrado su llaga de corsario por donde viajaban extraños fuegos
    de artificio entre el vapor sostenido de los perros.
    En el ayer la mica del duelo sobre tu rostro.

    Vidrio inextinguible: mi respiración alcanzaba ya la amistad de tu herida,
    armaba tu realeza inaparente,
    y de los labios de la niebla descendió nuestro placer de un umbral de dunas, y de un techo de bronce.

    La conciencia aumentaba el aparejo estremecido de tu permanencia;
    la simplicidad fiel se extendió por el aire.
    Tañir de la divisa matinal, receso de la estrella precoz.,
    persigo el fin de mis arcos, coliseo cavado.
    Ya bastante besada la crin núbil de los cereales:
    la cardadora, la obstinada, es sometida por nuestros confines.
    Bastante maldecida la bahía de los simulacros nupciales:
    yo toco fondo de un retorno compacto


    Poema
      
        Aguas de verde rayo que tañen el éxtasis de un rostro amado, aguas ricas en viejos crímenes, aguas amorfas, aguas saqueadas por una cercana consagración... Él debió sufrir las advertencias de su memorias eliminada, el fontanero saluda con los labios el amor absoluto del otoño.
        Idéntica sabiduría, tú que compones el porvenir sin creer en el peso que desanima, que él sienta emerger de su cuerpo la electricidad del viaje.


    En las alturas

    Espera aún a que yo venga
    A romper el frío que nos retiene.
    Nube, en tu vida tan amenazada como la mía.
    (Había un precipicio en nuestra casa.
    Por eso hemos partido y nos hemos establecido aquí).

    A la salud de la serpiente


    I
    Canto el calor con rostro de recién nacido, el calor desesperado.
    II
    A la vez que el pan que parte el hombre, ser la belleza del alba.
    III
    Aquel que se confía en el girasol no meditará dentro de la casa. Todos los pensamientos del amor serán sus pensamientos.
    IV
    En el círculo de la golondrina una tempestad se informa, un jardín se prepara.
    V
    Habrá siempre una gota de agua para durar más que el sol sin que el ascendiente del sol sea quebrantado.
    VI
    Produce aquello que el conocimiento quiere mantener secreto, el conocimiento con sus cien pasadizos.
    VII
    Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideraciones ni paciencia.
    VIII
    ¿Cuánto durará esta falta del hombre, agonizante en el centro de la creación porque la creación lo ha despedido?
    IX
    Cada casa era una estación. Así se repetía la ciudad. Todos los habitantes juntos sólo conocían el invierno, a pesar de su carne recalentada, a pesar del día que no se iba.
    X
    Eres en tu esencia constantemente poeta, constantemente estás en el cénit de tu amor, constantemente ávido de verdad y de justicia. Es sin duda un mal necesario que no puedas serlo asiduamente en tu conciencia.
    XI
    Harás del alma que no existe un hombre mejor que ella.
    XII
    Mira la imagen temeraria donde se baña tu país, ese placer que te ha escapado, por mucho tiempo.
    XIII
    Numerosos son aquellos que esperan que el escollo los subleve, que el fin los atraviese, para definirse.
    XIV
    Agradece a aquel que no se ocupa de tu remordimiento. Eres su igual.
    XV
    Las lágrimas desprecian a su confidente.
    XVI
    Queda una profundidad mensurable allí donde la arena subyuga al destino.
    XVII
    Amor mío, poco importa que yo haya nacido: tú te vuelves visible en el lugar donde yo desaparezco.
    XVIII
    podés caminar, sin engañar al pájaro, desde el corazón del árbol hasta el éxtasis del fruto.
    XIX
    Lo que te recibe a través del placer no es sino la gratitud mercenaria del recuerdo. La presencia que has elegido no produce el adiós.
    XX
    No te curves sino para amar. Si mueres, amas todavía.
    XXI
    Las tinieblas que te infundes están regidas por la lujuria de tu ascendiente solar.
    XXII
    No hagas caso de aquellos a cuyos ojos el hombre pasa por ser una etapa del color sobre la espalda atormentada de la tierra. Que ellos devanen su largo memorial. La tinta del atizador y el rubor de la nube no son sino uno.
    XXIII
    No es digno del poeta abusar de la credulidad del cordero, investir su lana.
    XXIV
    Si habitamos un relámpago, es el corazón de la eternidad.
    XXV
    Ojos que, creyendo inventar un día, habéis despertado al viento, qué puedo yo por vosotros, yo soy el olvido.
    XXVI
    La poesía es, de todas las aguas claras, la que se demora menos en los reflejos de sus puentes.
    Poesía, la vida futura en el interior del hombre recalificado.
    XXVII
    Una rosa para que llueva. AL final de innumerables años, ése es tu deseo.
      
    La rosa de roble
      
    Cada una de las letras que componen tu nombre, oh Belleza, en el cuadro de honor de los suplicios, desposa la llana simplicidad del sol, se inscribe en la frase gigante que cierra el cielo, y se asocia al hombre encarnizado en engañar a su destino con su contrario indomable: la esperanza.
       
    Misión y revocación
      
    Frente a las precarias perspectivas de la alquimia del dios destruido -incompleto en la experiencia- yo os contemplo, formas dotadas de vida, cosas inusitadas, cosas cualesquiera, e interrogo: "¿Mandamiento interno? ¿Intimación del exterior?" La tierra se expurga de sus paréntesis iletrados. Sol y noche en un oro idéntico recorren y negocian el espacio-espíritu, la carne-muralla. El corazón se desvanece... Tu respuesta, conocimiento, ya no es la muerte, universidad suspensiva.

    René Char
    La fuente narrativa

     Prefacio y traducción: Wilfredo Carrizales
        Ilustración: collage de Pedro Holder
    René Char
    René Char siempre amó vivir al margen de la sociedad. Le gustaba trabar amistad con los “matinaux”, rompedores del alba o de la aurora, suerte de vagabundos que transcurrían sus vidas al ritmo de los días y las estaciones.

    Había nacido René Char el 14 de junio de 1907 en L’Isle-sur-la-Sorgue en Provenza, sureste de Francia. El 20 de febrero de 1928 aparecen sus primeros poemas en las “Ediciones Rojo y Negro”, bajo el título Las campanas sobre el corazón, escritos entre los quince y los veinte años. Al año siguiente se adhiere al movimiento surrealista. Cuenta por entonces con veintidós años y la mayor parte de los poetas —Aragon, Eluard, Breton— rondaban los treinta. Yo era un rebelde y buscaba a los hermanos: yo estaba solo en L’Isle, salvo la amistad de Francis Curel que tenía la imaginación nocturna.

    En 1934, él reafirma su independencia. Su obra llega a ser la de un solitario que no acepta ningún compromiso. Ella testimonia su insumisión ante las agresiones del mundo. Char fue un hombre de acción. En 1937 dedica su Placard para un camino de los escolares a los niños de España. Su estadía en Alsacia le va a permitir introducir en su poesía la penumbra de los bosques, la nieve voluptuosa. Desmovilizado en 1940, él ingresará, sin embargo, a la Resistencia bajo el nombre de guerra de “capitán Alejandro”, de 1942 a 1944. La vida dura, subterránea, de los maquis de los Bajos Alpes será consignada después en Hojas de Hypnos (1946): afronta la muerte y la traición, un regreso hacia la vida de las cavernas, sumergido en una noche que sólo ilumina la bujía de Georges de La Tour, amistad fantástica. Después de la Liberación se edita Solos permaneciendo, resumen de los tiempos de la guerra, seguido de Poema pulverizado (1947), de Furor y misterio (1948) y Les matinaux (1950) que son misión para despertar, y da una oportunidad para salir de la reclusión, a los miles de arroyos de la vida diurna.

    Introduce Char la vivacidad de una poesía oral que se hunde en la tradición de los contadores de cuentos provenzales: aquellos lúcidos trashumantes. Después de 1950 la vida de Char, al lado de Ivonne Zervos, se hizo más invisible, pero se enriqueció con el reencuentro con los aliados sustanciales de la pintura (Braque, Staël, Miró, Vieira da Silva) y filósofos y pensadores (Beaufret, Heidegger, Bataille, Camus, Blanchot).

    Sus plaquettes publicadas fueron reunidas por Gallimard: La palabra en archipiélago (1962), El desnudo perdido (1971), La noche talismánica (1971), testimonios de una época de insomnios habitada por los ensayos acerca de pintura; Aromas cazadores (1976), donde intenta trazar un tercer espacio, cuando el espacio íntimo y el espacio exterior son subvertidos, destruidos; Cantos de la Balandrana (1977); Ventanas durmientes y puerta sobre el tejado (1979), donde la áspera denuncia de las utopías sangrantes del siglo XX alterna con el despertar de las ventanas de los pintores; en Las vecindades de Van Gogh (1985), el sentimiento de la proximidad de la muerte rinde una ternura reavivada para salvar al mundo con sus más minúsculos despertadores: Ahora que nosotros estamos liberados de la esperanza y que la velada refresca... aguzanieve, ¡feliz fiesta!

    En la obra de Char la imagen paradojal del poema es la más resistente y toma diversas formas: aforismos que no limitan a la metáfora, sin tutela, poemas versificados al ritmo de marcha, poemas en prosa donde el sujeto se integra a una materia resistente, se anuda a la sintaxis, teatro bajo la floresta donde la palabra se aligera para el vuelo y se cambia y muta y permuta.

    La poesía, colocada entre el furor y el misterio, entre la fragmentación de una energía dislocante y la continuidad de esta inmensidad, esta densidad realmente hecha para nosotros y que con todas las partes, no divinamente, nos mojan y nos hacen gravitar alrededor de cualquier elemento central. Así la contradicción, de la obra con la naturaleza, la historia, la lengua y la animación de la lucha de los leales adversarios, lámpara y viento, serpiente y pájaro, roca y tormenta, luz y defensa, abeja y virtud... Estas exaltadas alianzas de los contrarios producen la agitación de lo real que le permite al poeta, “pasador” y “transeúnte”, atravesar los altos estrechos; imantada por lo desconocido de adelante que aclara y pulveriza el presente, esta poesía que no ha cesado de afirmar un “contraterror”, constituye el anuncio del estallido de las ataduras del hombre, aprisionado en sus intolerancias, opuesto al avasallamiento de los sitios que hacen surgir la muerte. Imperiosa y tierna, nube y diamante, la poesía de Char también danza en los espacios cósmicos con un canto de grillo o de cigarra. El poeta recurre a la apelación, siempre casada con cualquiera, cimentada sobre una presencia común, un presente común que hace pasar, en conjunto, a los seres hacia el porvenir, con viático de esperanza de “lo inesperado”. Ella, su poesía, prosigue, sin interrupción, por la realidad y en la tierra. Char estaba enraizado en su país natal y se inspiró abundantemente en Provenza, en sus piedras, en su flora y su fauna, en sus vientos. Pero esa costa bucólica no es más que la apariencia de una búsqueda siempre asaz rigurosa de su estado del hombre. Este élan absurdo de los cuerpos y del alma; esta bala de cañón que alcanza el blanco en el hecho del estallido, sí, ¡está bien la vida de un hombre! No se puede, al salir de la infancia, indefinidamente estrangular su proximidad.

    En La fuente narrativa está el fermento que se desplegó a través de Hojas de Hypnos. Las formas son las mismas; los poemas, en prosa, largos o pequeños. El molde axiomático o aforístico.

    A los lectores de la poesía de René Char (especialmente Furor y misterio) les está reservado el descubrimiento de un vocabulario que delinea el retrato de un hombre (un poeta). Voluntarioso, enérgico, tenso por la impaciencia, trémulo, con una fuerza considerable y casi animal. No le provoca nada más que la inmovilidad (es decir: la aceptación, el statu quo, la resignación). Así se explica ese vocabulario, esas imágenes en movimiento. El movimiento no flexible: insinuante. Pero rápido, fuerte, violento, incluso brutal. El poeta proyecta su voz hacia nosotros y hacia sí mismo. Constata que los hombres malogran a menudo los frutos de los sabios y de los humildes. Ante el poeta se manifiestan los espectáculos del mundo y él los amasa con el sudor terreno y los lanza al cielo para que se distribuyan en los nichos que oyen.

    Por temperamento, René Char creó imágenes paroxísticas, cuadros de sangre y luz, para enfrentar a los colores enemigos. También paisajes megalíticos, la carnalidad en erupción, rostros y cuerpos atormentados, situaciones de una hostilidad general. Su poesía posee un acento acuciante, de oráculo, de apóstrofes, de invocaciones e interpelaciones y que se ha elevado a ella misma hasta una familiar altura y especial nobleza y que existe, sobre todo, en la expresión concisa, en la síntesis y en el más fiel laconismo. Su poesía no es una poesía fácil. Sus dificultades muchas veces están en nosotros, debido a nuestros viejos hábitos de ver y a nuestra resistencia a imaginar y volcar lo establecido. Hay que leer y releer para, poco a poco, sentir en nosotros la debacle de antiguos diques y para que la pereza a soñar se torne un cántaro de astros espejeantes.

    René Char contó tanto con enemigos irreductibles como con amigos fieles. Algunos le reprocharon haber contribuido a la edificación de su propia estatua; otros vieron en él a un mistificador que abusó de las seducciones del hermetismo para deslumbrar a los universitarios ávidos de misterios y de vanguardia.

    El poeta murió de una crisis cardiaca el 19 de febrero de 1988. En mayo del mismo año apareció una colección de poemas titulada Elogio de una sospechosa.

    En junio de 2007 se cumplió el centenario del nacimiento de René Char. Tanto en L’Isle-sur-la-Sorgue como en Aviñón, París y Alsacia se realizaron coloquios, lecturas y conversaciones sobre su obra y su vida. Se recordó que también había sido pintor.

    La traducción de los nueve poemas de La fuente narrativa (perteneciente al libro Furor y misterio [1948]) que aquí se ofrece, junto con algunas citas del propio poeta, pretende ser un sencillo homenaje a René Char en el año cuando se alcanzó los cien de su natalicio.
    René Char
    La fuente narrativa (1947)

     Prefacio y traducción: Wilfredo Carrizales
    Fastos

    El verano cantaba sobre su roca preferida cuando tú te me has aparecido, el verano cantaba apartado de nosotros que éramos silencio, simpatía, libertad triste, mar más aún que la mar cuya larga pala azul se entretenía a nuestros pies.

    El verano cantaba y tu corazón nadaba lejos de él. Yo besé tu coraje, entendí tu desconcierto. Camino a lo absoluto de las vaguedades hacia esos altos picos de espuma donde cruzan las virtudes homicidas para las manos que llevan nuestras casas. Nosotros no éramos crédulos. Nosotros éramos agasajados.

    Los años pasaron. Las tormentas murieron. El mundo se marchó. Yo tenía dolor de sentir que tu corazón justamente no me percibía más. Yo te amaba. En mi ausencia de semblante y mi vacío de felicidad. Yo te amaba, cambiante en todo, fiel a ti.


    El sorgue

    Canción para Ivonne

    Río que demasiado temprano parte, en un tráfico, sin compañero,
    Dona a los niños de mi país el rostro de tu pasión.

    Río donde el relámpago acaba y donde comienza mi casa,
    Que hace rodar por los escalones del olvido la rocalla de mi razón.

    Río, en ti la tierra es escalofrío, el sol, ansiedad.
    Que cada pobre en su noche haga su pan de tu mies.

    Río frecuentemente castigado, río en el abandono.

    Río de los aprendices de callosa condición,
    No hay viento que no se doblegue ante la cresta de tus surcos.

    Río del alma vacía, del harapo y de la sospecha,
    De la vieja desgracia que se devana, del olmo, de la compasión.

    Río de los extravagantes, de los febriles, de los descuartizadores,
    Del sol suelto de su arado para conchabarse con el mentiroso.

    Río de los mejores que sí mismos, río de nieblas abiertas,
    De la lámpara que apaga la angustia alrededor de su sombrero.

    Río de las consideraciones del sueño, río que enmohece el hierro,
    Donde las estrellas son esta sombra que ellas rechazan al mar.

    Río de los poderes transmitidos y de grito embocando las aguas,
    Del huracán que muerde la viña y anuncia el vino nuevo.

    Río del corazón jamás destruido en este mundo loco de prisión,
    Protégenos violento y amigo de las abejas del horizonte.


    ¡Tú has hecho bien en partir, Arthur Rimbaud!

    ¡Tú has hecho bien en partir, Arthur Rimbaud! Tus dieciocho años refractarios a la amistad, a la malevolencia, a la necedad de los poetas de París así como al ronroneo de abeja estéril de tu familia de las Ardenas un poco loca, tú has hecho bien en lanzarlos a los vientos, de echarlos bajo el cuchillo de su precoz guillotina. Tú has tenido razón en abandonar el bulevar de los perezosos, los cafés de los mealiras, por el infierno de las bestias, por el comercio con los astutos y los buenos días de los simples.

    Este impulso absurdo del cuerpo y del alma, esta bala de cañón que da en el blanco y lo hace estallar, sí, ¡esto es la vida de un hombre! No se puede, al salir de la infancia, indefinidamente estrangular a su prójimo. Si los volcanes cambian poco de lugar, su lava recorre el gran vacío del mundo y le aporta las virtudes que cantan en sus heridas.

    ¡Tú has hecho bien en partir, Arthur Rimbaud! Nosotros somos algunos que creemos sin prueba en la felicidad posible contigo.


    Los primeros instantes

    Vemos fluir delante de nosotros el agua creciente. Ella borra de un golpe a la montaña, se despeja de sus flancos maternales. Esto no era un torrente que se ofrecía a su destino sino una bestia inefable de la que nosotros llegamos a ser la palabra y la sustancia. Ella nos tenía enamorados sobre el arco todopoderoso de su imaginación. ¿Cuál intervención nos hubiera podido constreñir? La modicidad cotidiana había huido, la sangre echada estaba rendida a su calor. Adoptados por lo abierto, estarcidos por lo invisible, nosotros éramos una victoria que no requería jamás fin.


    El vencejo

    Vencejo de alas demasiado largas que gira y grita su gozo
    alrededor de la casa. Tal es el corazón.

    Él deseca al trueno. Él siembra en el cielo sereno.
    Si él toca al sol, él se desgarra.

    Su réplica es la golondrina. Él detesta la familiaridad.
    ¿Qué iguala al encaje de la torre?

    Su pausa está en el hueco de lo más sombrío. Ninguno está
    más estrecho que él.

    El verano de la larga claridad, él hilará en las tinieblas,
    por las persianas de medianoche.

    No hay ojos que lo retengan. Él grita, es toda su
    presencia. Un ligero fusil va a derribarle. Tal es el corazón.


    Madeleine en la lamparilla de noche

    para Georges de La Tour

    Yo querría hoy que la hierba fuese blanca para pisar la evidencia de verte sufrir: yo no miraría bajo tu mano joven la forma dura, sin enlucido, de la muerte. Un día discrecional, otros, sin embargo, menos ávidos que yo, quitaron vuestra camisa de tela, ocuparon vuestra alcoba. Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche y un poco de aceite se derrama por el puñal de la flama sobre la imposible solución.


    A un fervor belicoso

    Nuestra Señora de las Luces que se queda sola sobre el peñasco, malquistada con tu iglesia, favorable a sus insurrectos, no te debemos nada más que una mirada desde aquí abajo.

    Yo te he detestado algunas veces. Tú nunca estabas desnuda. Tu boca estaba sucia. Pero yo sé hoy que había exagerado, pues quienes te besaban habían mancillado tu mesa.

    Transeúntes que somos, jamás exigimos que el reposo viniese antes de la extenuación. Guardiana de los esfuerzos, tú no estás marcada sino por el poco amor con que fuiste cubierta.

    Tú eres el momento de una mentira alumbrada, el garrote enmugrecido, la lámpara castigable. Yo soy asaz brusco como para hacerte pedazos o tomar tu mano. Tú estás sin defensa.

    Demasiados pillos te acechan y acechan tu pavor. No tienes otra escogencia que la complicidad. ¡Severo asco de construir para ellos, de tener que servirles a cambio, de confidente.

    Yo he roto el silencio, pues todos han partido y tú no tienes nada más que un bosque de pinos para ti. ¡Ah! Corre a la carretera, hazte de amigos, tórnate corazón niño bajo la nube negra.

    El mundo ha andado tanto después de tu venida que no es más que una maceta de huesos, que un voto de crueldad. Oh, Señora desvanecida, sirvienta del azar, las luces se trasladan adonde el hambriento las ve.

    Basta de cavar

    Basta de cavar, basta de minar la parte próxima. Lo peor está en cada uno, como cazador, en su flanco. Tú que no eres aquí más que una pala que el tiempo levanta, vuélvete sobre lo que yo amo, que solloza a mi costado, y rómpenos, te lo suplico, para que yo muera de una buena vez.

    Juramento

    Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa dónde va en el tiempo dividido. Ya no es más mi amor. Cualquiera puede hablarle. No se acuerda más; ¿quién exactamente lo amó?

    Él busca a su semejante en miradas de deseo. El espacio que él recorre es mi fidelidad. Dibuja la esperanza y ligera la rechaza. Él es preponderante sin que tome parte.

    Yo vivo en el fondo de él como un pecio dichoso. Sin saberlo él, mi soledad es su tesoro. En el gran meridiano donde inscribe su vuelo, mi libertad lo ahonda.

    Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa dónde va en el tiempo dividido. Ya no es más mi amor, cualquiera puede hablarle. No se acuerda más; ¿quién exactamente lo amó y lo ilumina de lejos para que no caiga?


    Citas de René Char

    Las mujeres son amorosas y los hombres son solitarios. Ellos se vuelven mutuamente a la soledad y al amor.

    El poeta muere de inspiración como el viejo de la vejez. La muerte es para un poeta lo que el punto final es para un manuscrito.

    En la tormenta más fuerte, hay siempre un pájaro para tranquilizarnos. Es el pájaro desconocido; él canta antes de levantar vuelo.

    Tened cuidado: todos no son dignos de confianza.

    Nuestra herencia no está precedida de ningún testamento.

    El relámpago me conserva. La poesía me robará de la muerte.

    Nosotros estamos en el futuro. He aquí el mañana que reina hoy sobre la tierra.

    La palabra levanta más tierra que la que el sepulturero no puede.

    Húndete en lo desconocido que cava. Oblígate a dar vueltas.

    No se puede comenzar un poema sin una partícula de error sobre sí y sobre el mundo, sin un defecto de inocencia en las primeras palabras.

    El poeta es el hombre de la estabilidad unilateral.

    El poema emerge de una imposición subjetiva y de una escogencia objetiva.

    El poema es el amor realizado de deseo retrasado de deseo.

    El poeta no se irrita por la extinción horrible de la muerte, pero confía en que su tacto particular transforma todas las cosas en prolongados tejidos.

    Al poeta le atormenta la ayuda de secretos inmensurables de la forma y la voz de sus fuentes.

    Ser poeta, es tener el apetito para un malestar cuya consumación, entre los torbellinos de la totalidad de las cosas existentes y presentidas, provoca, al momento de su clausura, la felicidad.

    El poeta recomienda: “Inclínate, inclínate más”. Él no siempre sale indemne de ese episodio, pero como el pobre, dice que se libra partiendo a la eternidad de un olivo.
    http://www.letralia.com/transletralia/char/01.htm

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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