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    sábado, 25 de febrero de 2012

    Poemas de Cesare Pavese.


    Reseña biográfica
     
    Poeta, novelista y traductor  italiano nacido en Santo Stefano Belbo, en 1908.
    Cursó los primeros estudios en Turín bajo la orientación de Augusto Monti quien fuera figura relevante del antifascismo. Obtuvo la Licenciatura en Letras en 1932, y antes de dedicarse a la poesía trabajó como editor y traductor de Melville y Anderson. En 1935 fue detenido  por su actividad política y confinado en Brancaleone Calabro. Un año después regresó a Turín, se afilió al partido comunista, tradujo a John Dos Passos, Gertrude Stein y Daniel Defoe, y  publicó la obra "Trabajar cansa".
    Entre 1936 y 1950 produce una parte muy importante de su obra, con títulos como "El oficio de poeta""Diálogos con Leuco","Vendrá la muerte y tendrá tus ojos""El oficio de vivir"
    "La casa en la colina" "La luna y la fogata".
     Agobiado por la depresión y el desengaño, se quitó la vida en
    agosto de 1950. ©
    En el centenario de sus nacimiento. 1908-1950.
    TRABAJAR CANSA
    Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran
         a la cara
    entre los tallos delgados: la mujer le muerde los
         cabellos
    y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe
         turbada.
    Coge el hombre su mano delgada y la muerde
    y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar
         tumbos.
    La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.
    La muchacha, sentada, se acicala el peinado
    y no mira al compañero, tendido, con los ojos
         abiertos.
    Los dos, ante una mesita, se miran a la cara
    por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.
    De vez en cuando, les distrae un color más alegre.
    De vez en cuando, él piensa en el inútil día
    de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer
    que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.
    Si con su piel le toca la pierna, bien sabe
    que mutuamente se envían miradas de sorpresa
    y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres
         que pasan
    no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos
    se desnudarán con un hombre. O es que acaso las
         mujeres
    sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada.
    Se han perseguido todo el día y la mujer tiene aún la
         mejillas
    enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda
         gratitud.
    Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un
         bosque,
    interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía
         le quema.
    Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la
         roca
    de una cueva- de hermoso adianto y envuelve al
         compañero
    con una mirada embelesada. Él mira fijamente la
         maraña
    de tallos negruzcos entre el verde tembloroso
    y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña
    -presentida en el regazo del vestido claro-
    y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violencia
    le sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene
    cada asalto con un beso y le coge las manos.
    Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde
         irá:
    volverá a casa, atolondrado y derrengado,
    pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado
    la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.
    Solamente -y esta será su venganza- se imaginará
    que aquel cuerpo de mujer que hará suyo
    será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.
    Versión de Carles José i Solsora
    Vendrá la muerte
    y tendrá tus ojos...
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos–
    esta muerte que nos acompaña
    de la mañana a la noche, insomne,
    sorda, como un viejo remordimiento
    o un vicio absurdo. Tus ojos
    serán una vana palabra,
    un grito callado, un silencio.
    Así los ves cada mañana
    cuando sobre ti sola te inclinas
    en el espejo. Oh esperanza querida,
    ese día sabremos también nosotros
    que eres la vida y eres la nada.
    Para todos tiene la muerte una mirada.
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
    Será como dejar un vicio,
    como ver en el espejo
    resurgir un rostro muerto,
    como escuchar unos labios cerrados.
    Descenderemos al abismo mudos.
    Versiones de Rodolfo Alonso
    La noche
    Pero la noche ventosa, la límpida noche
    que el recuerdo rozaba solamente, está remota,
    es un recuerdo. Perdura una calma asombrada
    también ella hecha de hojas y de nada. No queda
    de aquel tiempo más allá de los recuerdos, sino un vago
    recordar.
    A veces retorna en el día
    en la inmóvil luz del día de verano
    aquel remoto estupor.
    Por la ventana vacía
    el niño miraba la noche sobre las colinas
    frescas y negras, y lo asombraba verlas en montón:
    vaga y límpida inmovilidad. Entre las hojas
    que susurraban en la sombra, surgían las colinas
    donde todas las cosas del día, las laderas
    y las plantas y las viñas, eran nítidas y muertas
    y la vida era otra, de viento, de cielo,
    y de hojas y de nada.
    A veces retorna
    en la inmóvil calma del día el recuerdo
    de aquel vivir absorto, en la luz asombrada.
    Versiones de Rodolfo Alonso
    La voz
    Cada día el silencio del cuarto solitario
    se cierra sobre el leve derroche de cada gesto
    como el aire. Cada día la breve ventana
    se abre inmóvil al aire que calla. La voz
    ronca y dulce no vuelve en el fresco silencio.
    Se abre como el respiro de quien esté por hablar
    el aire inmóvil, y calla. Cada día es el mismo.
    Y la voz es la misma, no rompe el silencio,
    ronca e igual por siempre en la inmovilidad
    del recuerdo. La clara ventana acompaña
    con su latido breve la calma de entonces.
    Cada gesto percute la calma de entonces.
    Si sonase la voz, volvería el dolor.
    Volverían los gestos en el aire asombrado
    y palabras palabras a la voz sumisa.
    Si sonase la voz aun el latido breve
    del silencio que dura, se haría dolor.
    Volverían los gestos del vano dolor,
    percutiendo las cosas en el zumbido del tiempo.
    Pero la voz no vuelve, y el susurro remoto
    no encrespa el recuerdo. La inmóvil luz
    da su latido fresco. Para siempre el silencio
    calla ronco y sumiso en el recuerdo de entonces.
    Versiones de Rodolfo Alonso
    Palabras del político
    Se pasaba ligero por el mercado de los peces
    para lavarse la mirada: los había de plata,
    bermejos, verdes, color mar.
    Comparado con el mar todo escamas de plata
    ganaban los peces. Se pensaba en el regreso.
    Bellas hasta las mujeres del ánfora en la cabeza,
    aceitunada, forjada sobre la forma de los flancos
    dulcemente: cada uno pensaba en las mujeres,
    cómo hablan, ríen, caminan por la calle.
    Reíamos cada uno. Llovía sobre el mar.
    Por las viñas escondidas en las fracturas de la tierra
    el agua macera hojas y racimos. El cielo
    se colorea de nubes escasas, enrojecidas
    de placer y de sol. Sobre la tierra sabores
    y colores en el cielo. Nadie con nosotros.
    Se pensaba en el regreso, como después de una noche
    de insomnio se piensa en la mañana.
    Se gozaba el color de los peces y el jugo
    de la fruta, vivaces en el hedor del mar.
    Ebrios estábamos, en el retorno inminente.
    Versiones de Rodolfo Alonso
    Eres como una tierra...
    Eres como una tierra
    que ninguno ha nombrado.
    Ya nada esperas
    sino la palabra
    que brotará de lo hondo
    como un fruto entre ramas.
    Hay un viento que te alcanza.
    Cosas secas y muertas
    te abruman y andan en el viento.
    Cuerpos, voces antiguas.
    Tiemblas en el verano.
    Versiones de Rodolfo Alonso
    ALTER EGO
    Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje
    en su pecho sedoso: una mujer rojiza
    incrustada, como en un prado, entre el pelo. Allí
         debajo
    brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer.
    Transcurría el día entre blasfemias y silencios.
    Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva
    y aferrada a su pecho peludo, ese hombre
    bramaría aún fuerte en su pequeña celda.
    Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos.
    Un profundo hálito de mar ascendía
    de su cuerpo de huesos grandes y recios: estaba
         tendido
    al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho
    como quien ha despertado y podría saltar de él.
    Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba
    un sudor solar. La pequeña celda
    era insuficiente para el alcance de una mirada suya.
    Al verle las manos, se pensaba en la mujer.
    Versión de Carles José i Solsora
    CELOS
    1
    Uno se sienta de frente y se vacían los primeros vasos
    lentamente, contemplando fijamente al rival con adversa mirada.
    Después se espera el borboteo del vino. Se mira al vacío,
    Bromeando. Si tiemblan todavía los músculos,
    también le tiemblan al rival. Hay que esforzarse
    para no beber de un trago y embriagarse de golpe.
    Allende el bosque, se oye el bailable y se ven faroles
    bamboleantes -sólo han quedado mujeres
    en el entarimado. El bofetón asestado a la rubia
    congregó a todo el mundo para regodearse con el lance.
    Los rivales notaban en la boca un gusto de rabia
    y de sangre; ahora notan el gusto del vino.
    Para liarse a golpes, es preciso estar solos,
    como para hacer el amor, pero siempre está la noche.
    En el entarimado, los faroles de papel y las mujeres
    no están quietos con el aire fresco. La rubia, nerviosa,
    se sienta e intenta reír, pero se imagina un prado
    en que los dos contienden y se desangran.
    Les ha oído vocear más allá de la vegetación.
    Melancólica, sobre el entarimado, una pareja de mujeres
    pasea en círculo; alguna que otra rodea a la rubia
    y se informan acerca de si en verdad le duele la cara.
    Para liarse a golpes es preciso estar solos.
    Entre los compañeros siempre hay alguno que charla
    y es objeto de bromas. La porfía del vino
    ni siquiera es un desahogo: uno nota la rabia
    borboteando en el eructo y quemando el gaznate.
    El rival, más sosegado, ase el vaso
    y lo apura sin interrupción. Ha trasegado un litro
    y acomete el segundo. El calor de la sangre,
    al igual que una estufa, seca pronto los vasos.
    Los compañeros en derredor tienen rostros lívidos
    y oscilantes, las voces apenas se oyen.
    Se busca el vaso y no está. Por esta noche
    -incluso venciendo- la rubia regresa sola a casa.
    2
    El viejo tiene la tierra durante el día y, de noche,
    tiene una mujer que es suya -que hasta ayer fue suya.
    Le gustaba desnudarla, como quien abre la tierra,
    y mirarla largo tiempo, boca arriba en la sombra,
    esperando. La mujer sonreía con sus ojos cerrados.
    Se ha sentado el viejo esta noche al borde
    de su campo desnudo, pero no escruta la mancha
    del seto lejano, no extiende su mano
    para arrancar la hierba. Contempla entre los surcos
    un pensamiento candente. La tierra revela
    si alguien ha colocado sus manos sobre ella y la ha violado:
    lo revela incluso en la oscuridad. Más no hay mujer viviente
    que conserve el vestigio del abrazo del hombre.
    El viejo ha advertido que la mujer sonríe
    únicamente con los ojos cerrados, esperando supina,
    y comprende de pronto que sobre su joven cuerpo
    pasa, en sueños, el abrazo de otro recuerdo.
    El viejo ya no contempla el campo en la sombra.
    Se ha arrodillado, estrechando la tierra
    como si fuese una mujer que supiera hablar.
    Pero la mujer, tendida en la sombra, no habla.
    Allí donde está tendida, con los ojos cerrados, la mujer no habla
    ni sonríe, esta noche, desde la boca torcida
    al hombro lívido. Revela en su cuerpo,
    finalmente, el abrazo de un hombre: el único
    que podría dejarle huella y que le ha borrado la sonrisa.

    CREACIÓN
    Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
    Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
    Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
    se me revela más limpia que los rostros aletargados.
    A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
    o a gozar la mañana. No somos distintos,
    idéntica claridad respiramos los dos
    y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
    También el cuerpo del viejo debería ser sano
    y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.
    Esta mañana la vida se desliza por el agua
    y el sol: alrededor está el fulgor del agua
    siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
         descubierto.
    Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
    y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
    y la inmovilidad. Estará la compañera
    -un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
         voz.
    No hay voz que quiebre el silencio del agua
    bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
    bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
    Estremece sentir la mañana que vibre,
    virgen, como si nadie estuviese despierto.
    Versión de Carles José i Solsora

    EL PARAÍSO SOBRE LOS TEJADOS
    Será un día tranquilo, de luz fría
    como el sol que nace o muere, y el cristal
    cerrará el aire sucio fuera del cielo.
    Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
    en la tibieza del último sueño: la sombra
    será como la tibieza. Llenará la estancia,
    por la gran ventana, un cielo más grande.
    Desde la escalera, subida una vez para siempre,
    no llegarán voces, ni rostros muertos.
    No será necesario dejar el lecho.
    Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
    Bastará la ventana para vestir cada cosa
    con una tranquila claridad, casi una luz.
    Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.
    Será los recuerdos como grumos de sombra
    aplastados como las viejas brasas
    en el camino. El recuerdo será la llama
    que todavía ayer mordía en los ojos apagados.
    Versión de Carles José i Solsora

    LAST BLUES, TO BE READ SOME DAY
    Era un sólo galanteo,
    seguramente lo sabías-
    alguien fue herido
    hace mucho tiempo.
    Todo está igual,
    el tiempo ha pasado-
    un día llegaste,
    un día morirás.
    Alguien murió
    hace mucho tiempo-
    alguien que intentó,
    pero no supo.
    Versión de Carles José i Solsora

    MAÑANA
    La ventana entornada recuadra un rostro
    sobre el campo del mar. Los lindos cabellos
    acompañan el tierno ritmo del mar.
    No hay recuerdos en este rostro.
    Sólo una sombra huidiza, como de nubes.
    La sombra es húmeda y dulce como la arena
    de una intacta caverna, bajo el crepúsculo.
    No hay recuerdos. Sólo un susurro
    que es la voz del mar convertida en recuerdo.
    En el crepúsculo, el agua mullida del alba,
    que se impregna de luz, alumbra el rostro.
    Cada día es un milagro intemporal,
    bajo el sol: lo impregnan una luz salobre
    y un sabor a vívido marisco.
    No existe recuerdo en este rostro.
    No hay palabra que lo contenga
    o vincule con cosas pasadas. Ayer,
    se desvaneció de la angosta ventana,
    tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
    ni humanas palabras, sobre el campo del mar.


    PENSAMIENTOS DE DINA
    Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida
    y fresca de sol: a esta hora no hay nadie.
    Al rozarlas, las cortezas de los chopos te hacen estremecer
    mucho más que el agua crepitante de un chapuzón. Bajo el
    agua todavía está oscuro
    y hace un frío que pela, pero basta emerger al sol
    y se vuelven a mirar las cosas con ojos lavados.
    Es un placer tenderse desnuda sobre la hierba ya caliente
    y buscar con los ojos entornados las grandes colinas
    que sobrepasan los chopos y me ven desnuda
    y nadie de allí se percata. Aquel viejo en ropa interior
    y sombrero, que iba de pesca, me ha visto zambullirme,
    pero ha creído que era un muchacho y no ha dicho ni pío.
    Esta noche regreso como mujer, vestida de rojo
    -aquellos hombres que me sonríen por la calle no saben
    que ahora estoy tendida aquí, desnuda-, regreso vestida
    a recoger sonrisas. Aquellos hombres no saben
    que esta noche tendré caderas vigorosas bajo el vestido rojo
    y seré otra mujer. Nadie me ve aquí abajo:
    y más allá de las plantas hay dragadores más fuertes
    que aquellos que sonríen: nadie me ve.
    Son necios los hombres -esta noche, bailando con todos,
    será como si estuviese desnuda, como ahora, y nadie sabrá
    que podría encontrarme aquí sola. Seré como ellos.
    Tan sólo que, los muy necios, querrán abrazarme estrechamente,
    susurrarme pícaras proposiciones. ¿Pero qué me importan
              sus caricias? Sé hacerme caricias yo sola.
    Esta noche deberíamos poder estar desnudos y vernos
    sin pícaras sonrisas. Yo sonrío sola
    al tenderme aquí entre la hierba y nadie lo sabe.

    REGRESO DE DEOLA
    Volveremos a la calle a mirar transeúntes
    y también nosotros seremos transeúntes. Idearemos
    cómo levantarnos temprano, deponiendo el disgusto
    de la noche y salir con el paso de otros tiempos.
    Le daremos en la cabeza al trabajo de otros tiempos.
    Volveremos a fumar atolondradamente contra el vidrio,
    allá abajo. Pero los ojos serán los mismos,
    también el rostro y los gestos. Ese vano secreto
    que se demora en el cuerpo y nos extravía la mirada
    morirá lentamente en el ritmo de la sangre
    donde todo se pierde.
    Saldremos una mañana,
    ya no tendremos casa, saldremos a la calle;
    nos abandonará el disgusto nocturno;
    temblaremos de soledad. Pero querremos estar solos.
    Veremos los transeúntes con la sonrisa muerta
    del derrotado, pero que no grita ni odia
    pues sabe que desde tiempos remotos la suerte
    -todo lo que ha sido y será- lo contiene la sangre,
    el murmullo de la sangre. Bajaremos la frente,
    solos, a media calle, a escuchar un eco
    encerrado en la sangre. Y ese eco nunca vibrará.
    Levantaremos los ojos, miraremos la calle.

    SUEÑO
    ¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia
    de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
    en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
    con un temblor de la sangre, con una nada. También
         el cuerpo
    que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.
    Era un juego liviano pensar que un día
    la caricia del alba emergería de nuevo
    cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
    despertaría una mañana, enamorado
    de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
    Un intenso recuerdo te atravesaría
    y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?
    Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo
    en el aire, en la íntima sangre,
    y habrías sabido que el tibio instante
    respondía en el alba a un temblor distinto,
    un temblor de la nada. Lo habrías sabido
    igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo
    se tendía a tu lado.
                                                Dormías con ligereza
    bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
    enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
    te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
    ¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba?
    Versión de Carles José i Solsora

    THE NIGHT YOU SLEPT
    También la noche se te asemeja,
    la noche remota que llora,
    muda, en el corazón profundo,
    y las estrellas pasan cansadas.
    Una mejilla toca una mejilla-
    es un estremecimiento frío, alguien
    se debate y te implora, solo,
    perdido en ti, en tu fiebre.
    La noche sufre y anhela el alba,
    pobre corazón sobresaltado.
    ¡Oh rostro tapado, oscura angustia,
    fiebre que entristece las estrellas,
    hay quien, como tú, espera el alba
    escudriñando tu rostro en silencio!
    Estás tendida bajo la noche
    como un cerrado horizonte muerto.
    Pobre corazón sobresaltado,
    en un tiempo lejano eras el alba.
    Versión de Carles José i Solsora
     
    TIENES ROSTRO DE PIEDRA ESCULPIDA
    Tienes rostro de piedra esculpida,
    sangre de tierra dura,
    viniste del mar.
    Todo lo acoges y escudriñas
    y rechazas
    como el mar. En el corazón
    tienes silencio, tienes palabras
    engullidas. Eres oscura.
    para ti el alba es silencio.
    Y eres como las voces
    de la tierra -el choque
    del cubo en el pozo,
    la canción del fuego,
    la caída de una manzana;
    las palabras resignadas
    y tenebrosas sobre los umbrales,
    el grito del niño- las cosas
    que nunca pasan.
    Tú no cambias. Eres oscura.
    Eres la bodega cerrada
    con la tierra removida,
    donde el niño entró
    una vez, descalzo,
    y que siempre recuerda.
    Eres la habitación oscura
    en la que se vuelve a pensar siempre,
    como en el patio antiguo
    donde nacía el alba.
    1908
    De "La tierra y la muerte"
    TÚ...
    Tú,
    sonrisa moteada
    sobre nieves heladas-
    viento de marzo,
    ballet de ramas
    combadas sobre la nieve,
    gimiendo y encendiendo
    tus pequeños "¡oh!"-
    gamo de blancos miembros,
    gentil,
    podría saber
    todavía
    la gracia deslizante
    de todos tus días,
    la blonda espumosa
    de todos tus caminos-
    se ha helado el mañana
    abajo en la llanura-
    tú, sonrisa moteada,
    tú, risa encendida.

    VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
    -esta muerte que nos acompaña
    de la mañana a la noche, insomne,
    sorda, como un viejo remordimiento
    o un vicio absurdo-. Tus ojos
    serán una vana palabra,
    un grito acallado, un silencio.
    Así los ves cada mañana
    cuando sola sobre ti misma te inclinas
    en el espejo. Oh querida esperanza,
    también ese día sabremos nosotros
    que eres la vida y eres la nada.
    Para todos tiene la muerte una mirada.
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
    Será como abandonar un vicio,
    como contemplar en el espejo
    el resurgir de un rostro muerto,
    como escuchar unos labios cerrados.
    Mudos, descenderemos en el remolino.
    Versión de Carles José i Solsora


    VERANO
    Ha reaparecido la mujer de ojos entreabiertos
    y de cuerpo concentrado, andando por la calle.
    Ha mirado de frente, tendiendo la mano
    en la calle inmóvil. Todo ha vuelto a resurgir.
    En la luz inmóvil del día lejano
    se ha quebrado el recuerdo. La mujer ha alzado
    la frente sencilla y su mirada de entonces
    ha reaparecido. Se ha tendido la mano hacia la mano
    y el apretón angustioso era el mismo de entonces.
    Todo ha recobrado colores y vida
    con la mirada concentrada, con la boca entreabierta.
    Ha regresado la angustia de días lejanos
    cuando un inesperado e inmóvil estío
    de colores y tibiezas emergía ante las miradas
    de aquellos ojos sumisos. Ha regresado la angustia
    que ninguna dulzura de labios abiertos
    puede mitigar. Se cobija, fríamente,
    en aquellos ojos, un inmóvil cielo.
    Era tranquilo el recuerdo
    bajo la luz sumisa del tiempo, era un dócil
    moribundo para quien ya la ventana se aniebla y desaparece.
    Se ha quebrado el recuerdo. El apretón angustioso
    de la leve mano ha vuelto a encender los colores,
    el verano y las tibiezas bajo el vívido cielo.
    Pero la boca entreabierta y las miradas sumisas
    no dan vida más que a un duro, inhumano silencio.
    Versión de Carles José i Solsora

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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    Item Reviewed: Poemas de Cesare Pavese. Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
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