

Desde que rodase Match Point (2005) en Londres, Woody Allen se ha convertido en una especie de cineasta turístico, especializado en ambientar sus historias en entornos de postal de capitales europeas cuyos prebostes, al tiempo, parecen recurrir al director neoyorquino como los antiguos monarcas a los pintores oficiales de la corte: nombres de prestigio para promocionar sus ciudades-marca. Pero nunca se debe infravalorar la inteligencia de Allen. Consciente de que eso es así, él se aprovecha de este nuevo estatus subrayando precisamente el cliché: tanto el del entorno que retrata como el de la visión idealizada del turista que cuenta la historia, la de él y la de sus personajes norteamericanos. Eso ha sucedido en mayor o menor medida: en el Londres de Match Point y Scoop(2006), jugaba con la sociedad de clases británica y con las historias de intriga aderezadas con humor negro. En la desastrosa Vicky Cristina Barcelona (2007), las dos protagonistas fantaseaban con encontrarse con una película de Almodóvar y la hallaban caricaturizada en los personajes de Javier Bardem y Penélope Cruz. En realidad,Allen estaba volcando ahí sus propios clichés personales sobre la capital catalana, y todo esto lo plasma más nítidamente que nunca en la mucho más lograda Midnight In Paris.



La introducción-obertura, tres minutos enlazando en planos fijos los lugares más emblemáticos de la Ciudad de la Luz a ritmo de jazz, deja clara la intención. Y luego ya entra libremente en el argumento. En esta ocasión es un inesperado Owen Wilson quien encarna a su soso sosías, Gil, pero, tras su apariencia de californiano soñador y despistado, se encuentra un personaje repleto de encanto, un escritor frustrado que, de viaje con su futura esposa y los padres de ella, descubre que su vida no es tan satisfactoria como la que él anhelaba pese a garantizarle una excelente situación económica. Para enfrentarse al dilema, cae de bruces en su propia fantasía, su París idealizado, y la película entra en una dimensión de fábula. Cada medianoche, un coche de los años 20 le trasladará a lugares idílicos en los que se codeará con Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Cole Porter, Salvador Dalí, Luis Buñuel y otros representantes de aquella Edad de Oro en la que él siempre quiso vivir, además de una enigmática mujer, Adriana (Marion Cotillard), una especie de alma gemela de Gil que le provocará una alta inquietud sentimental.

Con un pie en La rosa púrpura de El Cairo (1985) y otro en la novela Un americano en la corte del Rey Arturo de Mark Twain –a quien, no en vano, cita en un momento de la película-, Allen construye así su propio homenaje a París como objeto de tantas y tantas visiones románticas, tan encantador y propio de un amante embobado como el que le dedicara Billy Wilder en Irma la dulce. Lo hace con aparente levedad y un humor deliberadamente esquemático (los personajes reales son arquetipos, y los iconos del pasado son pintados de forma hilarantemente desmitificadora), pero la cosa funciona y, al final, tiene mucho más calado del que parece. A sus 75 años, Woody Allen nos da una magistral lección de vida. “¿Y Carla Bruni?”, preguntaréis. Sí, sale, pero su aparición no debe ser tomada más que como una anecdótica nota a pie de página.



La introducción-obertura, tres minutos enlazando en planos fijos los lugares más emblemáticos de la Ciudad de la Luz a ritmo de jazz, deja clara la intención. Y luego ya entra libremente en el argumento. En esta ocasión es un inesperado Owen Wilson quien encarna a su soso sosías, Gil, pero, tras su apariencia de californiano soñador y despistado, se encuentra un personaje repleto de encanto, un escritor frustrado que, de viaje con su futura esposa y los padres de ella, descubre que su vida no es tan satisfactoria como la que él anhelaba pese a garantizarle una excelente situación económica. Para enfrentarse al dilema, cae de bruces en su propia fantasía, su París idealizado, y la película entra en una dimensión de fábula. Cada medianoche, un coche de los años 20 le trasladará a lugares idílicos en los que se codeará con Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Cole Porter, Salvador Dalí, Luis Buñuel y otros representantes de aquella Edad de Oro en la que él siempre quiso vivir, además de una enigmática mujer, Adriana (Marion Cotillard), una especie de alma gemela de Gil que le provocará una alta inquietud sentimental.

Con un pie en La rosa púrpura de El Cairo (1985) y otro en la novela Un americano en la corte del Rey Arturo de Mark Twain –a quien, no en vano, cita en un momento de la película-, Allen construye así su propio homenaje a París como objeto de tantas y tantas visiones románticas, tan encantador y propio de un amante embobado como el que le dedicara Billy Wilder en Irma la dulce. Lo hace con aparente levedad y un humor deliberadamente esquemático (los personajes reales son arquetipos, y los iconos del pasado son pintados de forma hilarantemente desmitificadora), pero la cosa funciona y, al final, tiene mucho más calado del que parece. A sus 75 años, Woody Allen nos da una magistral lección de vida. “¿Y Carla Bruni?”, preguntaréis. Sí, sale, pero su aparición no debe ser tomada más que como una anecdótica nota a pie de página.





Medianoche en París con Lacan
Por Mario
Goldenberg |
Hoy hace 30 años que Jacques
Lacan no está entre nosotros, pero sigue dando que hablar.
Recordaba el tango con letra de
Borges y música de Piazzolla, que dice: "¿Dónde estarán?, pregunta la
elegía de quienes ya no son, como si hubiera una región en que el Ayer pudiera,
ser el Hoy, el Aún y el Todavía".
La fábula contemporánea de
Woody Allen, Medianoche en París, le permite a Gil Pender, joven y exitoso
guionista de Hollywood aspirante a novelista, encontrar una brecha de
espacio-tiempo en París que lo lleva a los gloriosos años 20, donde encontrará
a Hemingway, Scott Fitzgerald, Grete Stern, Picasso, Man Ray, Matisse, Buñuel entre
otros. El joven Lacan seguramente era uno de los que habitaba esa noche.
Lacan fue parte de esas noches
y esos años. La idea de Allen tiene varias aristas: una de ellas es cómo
aquello tiene vigencia hoy, está presente de alguna manera. Si uno va a La
Closerie des Lilas en Montparnasse puede encontrarse en algún momento con
Ernest Hemingway. Está su geist, término alemán que se puede traducir por
espíritu o fantasma. También el geist de Lacan está en nuestros tiempos, se
sigue hablando de lo que dijo, se sigue hablando de lo que escribió.
Fue alguien que no se adaptó a
las normas, ni a las reglas universales. Eso tuvo su costo: quedar fuera de la
institución IPA; pero le permitió la reconquista del campo freudiano, retornar
al espíritu de la invención freudiana, y recrearlo a partir de allí.
Dejó en claro que la práctica
del psicoanálisis no es moral, como lo son las psicoterapias, sino ética. Y una
ética, distinta al universal kantiano, de lo singular y de lo real.
Que la función de la palabra no
es la comunicación sino más bien el malentendido. Si bien la lengua es un
asunto común, las marcas que dejan las palabras en nuestra manera de ser y en
nuestro cuerpo son singulares, y es en la experiencia del análisis que se
pueden asumir.
También tuvo una especial
inquietud por lo femenino, dijo: "Nunca dije que la mujer es objeto del
hombre, más bien es algo con lo que nunca sabe arreglárselas".
Un particular interés por la
lingüística, por la filosofía, por las matemáticas, por distintos campos del
saber que le permitieron abordar lo real en juego en el psicoanálisis. Esto
tuvo sus consecuencias en otros campos del pensamiento actual donde Lacan sigue
dando qué hablar, sigue siendo una referencia ineludible.
En estos días fue publicado en
París Vida de Lacan de Jacques-Alain Miller, un magnifico y breve libro, que
sin ser una biografía, da cuenta del Lacan persona, de sus rasgos singulares,
su rebeldía, su urgencia, su modo de enseñar, de lo que fue Lacan como
acontecimiento singular. En estos días también estará por nuestras pampas.
Hoy se realizará en París una
Soireé Lacan con motivo de los treinta años de su muerte y la participación de,
entre otros, Badiou, Roudinesco, Miller, Milner, Laurent.
También aquí se realizará una
Noche Lacan con la proyección del corto La primera sesión, de Gerard Miller en
la Escuela de la Orientación Lacaniana. La UBA ha hecho su homenaje en la
Facultad de Psicología, con Mazzuca, Rabinovich, Tarrab, Laznik, Sinatra entre
otros.
Seguramente hay muchos más,
éste es el mío..
OTRA VERSIÓN:
Media noche en París
Nunca antes había visto una película de Woody Allen, para mi siempre había sido uno de esos directores de los que todos hablan bien o mal, pero del que yo no podía decir mucho, por el total desconocimiento de su obra, por eso el que su más reciente película Midnight in Paris haya sido un rotundo éxito en taquilla y que fuera severamente alabada por la critica me impulso a ver dicho filme (número 41 en su carrera), para por fin hacerme una idea real del tipo de cine que hace ese director tan polémico.
Media noche en París, título de la película en español, es una comedia romántica con elementos de fantasía, escrita y dirigida por el propio Allen. La premisa central gira en torno a un escritor del 2011 que llega a París en un viaje de placer junto a su prometida y sus futuros suegros, durante su viaje Gil Pender (el escritor) tiene la curiosa oportunidad de viajar en el tiempo al estar en las calles de la ciudad a la medianoche (?) y transportarse a la época de los años veinte (¡?), desde donde comienza a cuestionarse su relación de pareja así como sus metas y expectativas de vida.
La película explora temas tales como la verdadera vocación, la nostalgia que provoca la ciudad de París y como es que desde siempre ha sido un centro de convergencia cultural muy importante para toda Europa, eso porque a partir de que Gil viaja durante varias noches a los 20’s se le presenta la oportunidad de conocer a personalidades muy destacadas de los movimientos modernistas y existencialistas de casi todo los ramos de la cultura de la época: pintura, literatura y cine. El asunto medular de la película es que Gil Pender quiere ser un novelista, sin embargo su actual carrera como libretista de cine le obstaculiza poder terminar su primera novela, es precisamente su visita a la ciudad luz lo que le dará la fuerza necesaria para enfrentar sus inseguridades y replantear toda su vida.
Desde mi muy particular punto de vista la cinta peca de gratuita en muchos aspectos: casi todo el guión es absurdo (dejando de lado el asunto del viaje en el tiempo) y muy simplista, no hay una anagnórisis interesante en el personaje de Gil Pender, sus viajes en el tiempo y el conocer a una chica de aquella época que le “mueve el tapete” es algo tratado de una forma tan superficial que la verdad asusta. Los encuentros con personalidades famosas es otro asunto por demás gratuito y que no aporta algo muy relevante a la trama, hubiera dado lo mismo que el protagonista se trasportara todas las noches a la época de la Revolución Francesa o que conociese a Victor Hugo…
Por otro lado, las actuaciones estan algo raras y se acentúan con unos diálogos bastante ramplones. Owen Wilson como Gil no me provoca nada, eso principalmente porque muchos afirmaban que estaba muy bien dirigido, quizás por eso me hice de altas expectativas y me quede a la espera de algo mejor, pero francamente yo no creo que actuar como un turista tontito sea actuar bien. Las otras actuaciones se diluyen en la “nada”, con todo y que hay actuaciones especiales interesantes (como Kathy Bates), pero al ser casi todos personajes históricos apenas y sirven como mero relleno, por su parte el personaje de Marion Cotillard (interés amoroso de Gil en los 20’s) no ofrece nada interesante, hay un nulo conflicto amoroso entre ambos, pero eso es porque en general no hay un conflicto importante en nada de lo que rodea la película.

Un hipster debe tener un orgasmo viendo Media noche en París; es light, apela a la nostalgia y es de Woody Allen...


