![]() |
Le grand Palais, Campos Elíseos, París, Isla de Francia |

Henri Michaux
A pesar de que Michaux considera que forma parte de los seres «fatigados de nacimiento», desde siempre no ha hecho más que huir del engaño, ahondar, buscar. Es cierto que nada fatiga tanto como el esfuerzo hacia la lucidez, hacia la visión despiadada. A propósito de un célebre contemporáneo fascinado por la Historia esa gangrena universal , utilizó un día la expresión «ceguera espiritual». El es, por el contrario, alguien que ha abusado de la obligación de ver dentro y alrededor de sí mismo, de ir al fondo no solamente de una idea (lo cual es más fácil de lo que se piensa) sino de la menor experiencia o impresión: ¿acaso no ha sometido a cada una de sus sensaciones a un examen en el que entra de todo: tortura, júbilo, voluntad de conquista? Esa pasión por aprehenderse, esa toma de conciencia exhaustiva, se reduce a un ultimátum que no cesa de darse a sí mismo, a una incursión devastadora en las zonas más oscuras del ser.
Su insurrección contra los sueños debe considerarse a partir de esta constatación, como también la necesidad que sintió, pese a la hegemonía del psicoanálisis, de minimizarlos, de denunciarlos, de ridiculizarlos. Decepcionado por ellos, decidió condenarlos, proclamar su vacío. Pero quizá la verdadera razón de su furor era menos su nulidad que la total independencia de él en que se producen, ese privilegio que tienen de eludir su censura, de ocultarse de él, burlándose y humillándolo con su mediocridad. Mediocres, sí, pero autónomos, soberanos. Si los incriminó y calumnió, si dirigió contra ellos una acusación en regla, verdadero deseo a los entusiasmos de la época, fue en nombre de la conciencia, de la toma de conciencia como exigencia y como deber, y también por orgullo herido. Desacreditando las hazañas del inconsciente, se deshacía una ilusión, la más preciosa, que lleva de moda más de medio siglo.
Toda violencia interior es contagiosa; la suya más que cualquier otra. Nunca se acaba desmoralizando tras una conversación con él. E importa poco que se le vea con frecuencia o sólo de vez en cuando, desde el momento en que, en toda circunstancia esencial, podemos imaginar su reacción o sus palabras: solitario omnipresente, está siempre ahí..., definitivamente inseparable de todo lo que en una existencia es importante. Esa intimidad a distancia no es posible más que con un obseso capaz de imparcialidad, con un introvertido abierto a todo y dispuesto a hablar de todo (hasta de la actualidad). Sus opiniones sobre la situación internacional, sus diagnósticos en materia política, su apreciación del grado de fatalidad que existe en las relaciones de fuerza, son sumamente justos y en ocasiones proféticos. Poseer una percepción tan exacta del mundo exterior y a la vez haber llegado a aprehender el delirio desde dentro, haber logrado recorrer sus formas múltiples, habérselas apropiado por así decirlo, es una anomalía tan cautivadora, tan envidiable, que puede aceptarse como tal sin intentar comprenderla. Sin embargo, voy a sugerir una explicación, forzosamente aproximativa. Nada es más agradable, al menos para mí, que una conversación con Michaux sobre enfermedades. Se diría que las ha presentido y temido todas, que las ha esperado y huido: todos sus libros son un desfile de síntomas, de amenazas vislumbradas y en parte actualizadas, de dolencias pensadas y repensadas. Su sensibilidad para las diversas modalidades de desequilibrio es prodigiosa. La política, baja tentación prometeica, ¿qué es sino un desequilibrio permanente, exasperado, la maldición por excelencia de un simio megalómano? El espíritu menos neutro, el menos pasivo que conozco, no podría no interesarse por ella, aunque sólo fuese para ejercer su sagacidad o asco. Los escritores, cuando se ponen a comentar los acontecimientos, muestran en general una ingenuidad risible. Era importante, creo yo, citar una excepción. Sólo una vez me pareció sorprender a Michaux en flagrante delito no de ingenuidad (es fisiológicamente impropio a ella) sino de «buenos sentimientos», de confianza, de abandono, de algo que entonces traduje en términos que creo útil reproducir aquí:
«Le admiraba por su clarividencia agresiva, por sus rechazos y sus fobias, por la suma de sus aversiones. Aquella noche, en la callejuela donde charlábamos desde hacía dos horas, me dijo, con una ligera emoción totalmente inesperada, que la idea de la desaparición del hombre le conmovía...
»En ese momento me despedí de él, persuadido de que nunca le perdonaría semejante conmiseración, semejante debilidad».
Si extraigo de un cuaderno sin fecha esta nota, es para hacer ver que en aquella época apreciaba en él por encima de todo su lado incisivo, crispado, «inhumano», sus explosiones y sus sarcasmos, su humor de desollado vivo, su vocación de convulsionario y de gentleman. En realidad, me parecía secundario que fuese poeta. Recuerdo que un día me confesó que se preguntaba si lo era. Lo es, evidentemente, pero se puede concebir que hubiera podido no serlo.
Lo que Michaux es, aún más evidentemente que poeta, eso lo comprendí cuando supe que de joven, pensando ingresar en las órdenes, leía con pasión a los místicos. De hecho, presumo que, si no hubiera sido un místico, nunca se habría lanzado con tanto encarnizamiento y método a la búsqueda de estados extremos. Extremos más acá de lo absoluto. Sus obras sobre la droga proceden del diálogo con el místico que fue originariamente, místico inhibido y saboteado que esperaba su venganza. Si se reuniesen todos los pasajes de sus libros donde trata del éxtasis, y se suprimiesen en ellos las referencias a la mescalina o a cualquier otro alucinógeno, tendríamos la impresión de hallarnos ante experiencias propiamente religiosas, inspiradas y no provocadas, que merecerían figurar en un breviario de momentos únicos y de herejías fulgurantes. Los místicos no aspiran a abandonarse en Dios sino a superarlo, movidos por no se sabe qué lejano, por una voluptuosidad de lo último que se encuentra en todos aquellos a quienes el trance ha visitado y arrebatado. Michaux nos recuerda a los místicos por sus «ráfagas interiores», por su voluntad de acometer lo inconcebible, de forzarlo, de hacerlo estallar, de ir más allá sin detenerse nunca, sin recular ante ningún peligro. No teniendo ni la suerte ni la desgracia de anclarse en lo absoluto, se crea abismos, produce siempre abismos nuevos, se hunde en ellos y los describe. Esos abismos, se dirá, no son más que estados. Sin duda. Pero todo es estado, y sólo estado, para nosotros que nos hallamos condenados a la psicología desde que ya no nos está permitido extraviarnos en lo supremo.
Místico verdadero, y sin embargo místico irrealizado. Comprendemos a Michaux en la medida en que ha hecho todo lo posible para no desembocar en nada, para conservar su ironía en los extremos mismos a los que sus investigaciones le han llevado. Cuando ha alcanzado alguna experiencia límite, algún «absoluto impuro» en el que, perplejo, vacila, nunca deja de recurrir a una expresión familiar o divertida para mostrar que aún es él mismo, que recuerda que está experimentando algo, que nunca se identificará completamente con ninguno de los instantes de su búsqueda. En tantos excesos simultáneos cohabitan los desbordamientos extáticos de una Angela de Foligno y los sarcasmos de un Swift.
Resulta admirable que un hombre tan frágil y vulnerable haya acumulado los años sin perder la vivacidad. «Paseo al viejo..., a su maldito cuerpo, que flaquea, que tanto interesa a nuestro cuerpo único para los dos», escribe en 1962 en Vientos y polvos. Siempre en él ese intervalo entre la sensación y la conciencia, esa superioridad sobre lo que es y lo que sabe. De esa manera ha logrado en sus desasosiegos metafísicos, en sus desasosiegos sin más, permanecer, gracias a su obsesión por el conocimiento, exterior a sí mismo. Mientras que a nosotros nuestras contradicciones e incompatibilidades nos dominan y paralizan a la larga, él ha logrado dominar las suyas sin caer en la sabiduría, sin hundirse en ella. Toda su vida le ha tentado la India, pero afortunadamente sólo tentado, pues si por una metamorfosis fatal hubiera acabado hechizado, obnubilado por aquel país, habría sin duda abdicado de esa prerrogativa tan suya de poseer más de una de las taras que conducen a la sabiduría y ser a la vez profundamente refractario a ella. Si le hubiera cogido gusto al vedanta o al budismo, ¡habría sido una catástrofe para él! Hubiera perdido sus dones, su facultad de desmesura. La liberación le hubiese aniquilado como escritor: se le habrían acabado las «ráfagas», los tormentos, las hazañas. Si su trato resulta tan estimulante es justamente porque no se ha rebajado a ninguna fórmula de salvación, a ningún simulacro de iluminación. Michaux no propone nada, es como es, no posee ninguna receta de serenidad, continúa su camino, tantea como si estuviese comenzando. Y nos acepta, a condición de que nosotros tampoco le propongamos nada. Es lo contrario de un sabio, pero un contrario aparte. Me sorprende que no haya sucumbido a tanta intensidad. Su intensidad, es cierto, no se parece a esas otras accidentales, fluctuantes, que se manifiestan por sacudidas: constante, sin fallas, reside en sí misma, y se apoya en sí misma, es precariedad inagotable, «intensidad de ser», expresión que tomo prestada al lenguaje de los teólogos, el único que se ajusta para designar un éxito.
Emile Cioran, Ejercicios de admiración, 1973

Read more: http://bibliotecaignoria.blogspot.com/2011/09/emile-cioran-michaux-o-la-pasion-de-lo.html#ixzz1XKB9POaF
BIOGRAFIA Henri Michaux

Henri Michaux (Namur, Bélgica, 24 de mayo de 1899 - París, 18 de octubre de 1984) fue un poeta y pintor de origen belga, nacionalizado francés.

Henri Michaux (Namur, Bélgica, 24 de mayo de 1899 - París, 18 de octubre de 1984) fue un poeta y pintor de origen belga, nacionalizado francés.
Pasó su
infancia y juventud en Bruselas. Comenzó la
carrera de Medicina en la Universidad de Bruselas, pero en 1919 abandonó sus
estudios para enrolarse como fogonero en un navío de la marina mercante
francesa, en el que viajó a Río de Janeiro y Buenos Aires.
Tras regresar
a Bruselas, en 1923 publica su primer texto -"Cas de folie
circulaire"- en la revista Le
Disque Vert, que dirige su amigo
Franz Hellens. Ese mismo año abandona Bruselas y fija su residencia en París,
donde inicia su carrera literaria y descubre con entusiasmo el surrealismo,
especialmente la obra de Paul Klee, Max Ernst,Giorgio de Chirico y Salvador Dalí. Publica sus primeros libros, Les rêves et la jambe (1923) y Qui
je fus (1927).
En 1927 viaja
por América Latina, especialmente por Ecuador, y recoge sus impresiones del viaje
en su libroEcuador (1929).
Otro viaje, esta vez al Extremo Oriente, entre 1931 y 1932, le proporciona el
material para el libroUn bárbaro en Asia (1933). En 1935 inició un nuevo periplo, que le llevó
a Buenos Aires y Montevideo.
En 1937 se
convierte en el redactor jefe de la revista Hermès, que se publica en Bruselas y cuyo objetivo es
"provocar o facilitar ciertas confrontaciones directas entre la filosofía,
la mística y la poesía". En 1939 realizó nuevos viajes, y se instaló en el
Mediodía de Francia, dedicado a la pintura, en 1941.
Escribió
también libros de viajes imaginarios (Voyage en Grande Garabagne, en
1936; Au pays de la magie, en 1941, e Ici, Poddema (1946), compilados en un solo volumen en Ailleurs,
1948); relatos de sus experiencias con las drogas, especialmente con la mescalina (Misérable miracle, en 1956, Connaissance par les gouffres, en 1961), y recopilaciones de aforismos y reflexiones (Passages,en 1950; Poteaux d'angle, en 1971).
Desde 1925,
Michaux se interesó vivamente por las artes plásticas, pero es en 1937 cuando
empieza a dibujar y a pintar. Expuso con regularidad su obra plástica en varias
galerías parisinas, y publicó numerosos libros ilustrados. Se interesó también
por la caligrafía.
Escribieron sobre él otros grandes escritores,
como André Gide, Lawrence Durrell, Octavio Paz y Jean-Marie Le
Clézio.
Entre los años
2006 y 2007 se han celebrado en España dos exposiciones dedicadas a analizar su
contribución a las artes visuales en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y en
el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo[1] de Sevilla.
En esta institución, ubicada en el Monasterio de Santa Maria de las Cuevas, se
incluían tres documentales sobre la vida y obra del escritor.
- Henri Michaux - Yo Remo -
Maldije tu frente tu vientre tu vida
Maldije las calles que tu andar recorre
Los objetos que recoge tu mano
Maldije el interior de tus sueños
Puse un charco en tu ojo que ya no ve
Un insecto en tu oreja que ya no oye
Una esponja en tu cerebro que ya no comprende
Te he enfriado en el alma de tu cuerpo
Te he congelado en tu vida profunda
El aire que respiras te sofoca
El aire que respiras tiene aire de sótano
Es un aire que ya ha sido expirado
Que ha sido expulsado por hienas
El hedor de ese aire ya nadie puede respirarlo
Tu piel está completamente húmeda
Tu piel rezuma el agua del gran miedo
Tus axilas desprenden desde lejos un olor a cripta
Los animales se detienen a tu paso
Los perros aúllan por la noche, levantando la cabeza hacia tu casa
No puedes huir
No tienes ningún hormigueo en la punta del pie
Tu cansancio pone raíces de plomo en tu cuerpo
Tu cansancio es una larga caravana
Tu cansancio llega hasta el país de Nan
Tu cansancio es inexpresable
Tu boca te muerde
Tus uñas te arañan
Ya no es tuya tu mujer
Ya no es tuyo tu hermano
Una serpiente furiosa le ha mordido la planta del pie
Han mancillado tu progenitura
Han mancillado la risa de tu niñita
Han mancillado al pasar el rostro de tu morada
El mundo se aleja de ti
Yo remo
Yo remo
Yo remo contra tu vida
Yo remo
Yo me multiplico en remeros innumerables
Para remar con mayor fuerza contra ti
Caes en lo impreciso
Estás sin aliento
Te cansas aun antes de hacer el menor esfuerzo
Yo remo
Yo remo
Yo remo
Te vas, ebrio, atado a la cola de un mulo
La ebriedad como un inmenso quitasol que oscurece el cielo
Y convoca a las moscas
La ebriedad vertiginosa de los canales semicirculares
Comienzo mal escuchado de la hemiplejía
La ebriedad ya no te abandona
Te tumba hacia la izquierda
Te tumba hacia la derecha
Te tumba sobre el suelo pedregoso del camino
Yo remo
Yo remo
Yo remo contra tus días
En la casa del sufrimiento entras
Yo remo
Yo remo
Sobre un lazo negro tus acciones se inscriben
Sobre el gran ojo blanco de un caballo tuerto rueda tu porvenir
Yo remo

BIOGRAFIA Emile Cioran
Cioran
fue hijo de un sacerdote ortodoxo. Asistió a la Universidad de Bucarest, donde
en 1928 conoció a Eugène
Ionesco y a Mircea Eliade.
Según algunos historiadores formó parte de la Guardia de Hierro, organización fascista, hasta los
primeros años de la Segunda Guerra Mundial, pero según otros su
vinculación durante su primera juventud con los movimientos de derecha fue
teórica. Más tarde, en diversas entrevistas, expresará con virulencia su pesar
y arrepentimiento por ésta penosa colaboración, a la que también vinculan a
otros dos escritores rumanos: Ionesco y Eliade.
Otro
hecho que le pudo haber marcado es que en 1935 su madre le dijo que si hubiera
sabido que iba a ser tan infeliz hubiera abortado. "Soy sólo un accidente.
¿Por qué debo tomarme en serio?.
De
todas formas, el pesimismo de Cioran es más complejo. Es un sentimiento
presente en aquellos que observan el abismo y tienen que seguir existiendo con
el trágico conocimiento que han descubierto. Por ello no es fácilmente
explicable por estos hechos simples.
En
1937 continuaba sus estudios en el Instituto Francés en París, donde vivió la
mayor parte del resto de su vida. "No tengo nacionalidad, el mejor estatus
posible para un intelectual".
Sus
primeros trabajos se publicaron en rumano, pero posteriormente escribiría
exclusivamente en francés. Su estilo se basa en afirmaciones cortas y
aforismos, fuertemente influidos por Nietzsche y el pesimismo deSchopenhauer o Philipp Mainländer.
William
H. Gass definió el trabajo de Cioran como "un romance filosófico en temas
modernos como la alienación, el absurdo, el aburrimiento, la futilidad, la
decadencia, la tiranía de la historia, la vulgaridad del cambio, la conciencia
como agonía, la razón como enfermedad.
Definido
en ocasiones como un "filósofo sin sistema", aunque sus
planteamientos entran dentro de la llamada filosofía del absurdo, sus obras
fueron ampliamente criticadas. Su respuesta era de confrontación respecto a los
filósofos preocupados por crear un sistema lo suficientemente complejo y
estable para que no pudiera ser derribado. Ante esto, Cioran se adentra en la
contradicción como forma de pensamiento, siendo sus afirmaciones
contradictorias incluso en el mismo texto. Afirma la falsedad de toda doctrina
filosófica, basándose en la incapacidad humana de crear ideas libres.
Sentía
una fuerte frustración por el hecho de existir, lo cual le llevaba a un fuerte
enfrentamiento consigo mismo: "La gente me produce asco, tengo asco hasta
de mí mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos
e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos.
En
sus escritos remarcó su especial predilección por dos pueblos, el ruso y el
español, en su virtud de "pueblos derrotados".
En
España marcó profundamente a Fernando
Savater; éste último escribió un ensayo (Ensayo sobre Cioran,
Espasa-Calpe, 1992) sobre él,
tradujo y prologó algunas de sus obras. En México fue traducido por María
Esther Seligson. En Venezuela al ser publicado los Silogismos de la amargura,
en la década del setenta, Cioran gozó de un vasto conocimiento.
Cioran
encontraba especialmente sugerente el suicidio como forma de vida. Consideraba
la muerte como la única existencia real, siendo la vida, a la que llamaría la
"gran desconocida", fuente de todo dolor por la imposibilidad de
asegurar la existencia. A pesar de ello, murió por causas naturales a avanzada
edad.
Se
le relaciona comúnmente con otros autores rumanos como Tristan
Tzara.
E.M.
Cioran no se consideraba un filósofo en el sentido ortodoxo del término, ni
siquiera escritor. Provocador a ultranza, este pensador rumano animó durante su
vida innumerables controversias contra lo establecido, contra las ideas
constituidas en norma o dogmatismo. Fascinado por instaurar un pensamiento a
contracorriente, en el cual el cinismo tiene un lugar preponderante, escribió su
obra aforística sin concesión alguna. Entre Diógenes El Cínico y Epicuro de
Samos, funda una filosofía el el siglo XX, afín a esos presocráticos, donde la
amargura era sublimada por la ironía.
Criado
desde su nacimiento en Rasinari (1911), pueblo olvidado de las profundidades de
Transilvania, Cioran vive con horror el traslado a Bucarest para asistir al
Liceo. Separado tan tempranamente de lo que él consideraba un “paraíso”,
perdería para siempre la alegría de vivir, pues fueron estos sus únicos años felices.
A pesar de lo que muchos creen, nunca formó parte de la Guardia de Hierro, y
dedicó los días de sus primeros cuarenta años a leer y a estar casi inútilmente
matriculado en la Sorbona[ (gracias a una beca no conseguida por una tesis que
nunca llegó a escribir, sino por dedicar varios años a recorrer Francia en
bicicleta.]
Pero
el exilio no marca su obra, ni siquiera su vida.. Aunque recuerda su pueblo
natal con vivas imágenes casi como recientes, y siente gran apego por la
cultura búlgara y por los pueblos del Este en general, no se siente
perteneciente a ninguna patria. Tal es este desapego, que decide cambiar su
lengua madre por el francés. Incluso cuando Stalin murió y Rumanía se vio libre de la ocupación
soviética, su único sentimiento fue el de pesadumbre: seguramente entonces,
todos sus familiares irían a verle y a molestarle. Desde que vive solo en
Francia su única ocupación ha sido precisamente no hacer nada.
Durante
esa época lee vorazmente, la única ocupación que le satisface. Confesó su
adoración por grandes obras de Dostoievski o Proust),
ya que ésa es la única manera de conocer verdaderamente lo que el autor nos
quiere transmitir. Estuvo marcado intensamente en su juventud por la lectura de
autores como León Chestov, Georg Simmel, Dilthey, Kierkegaard...
En definitiva, lo que siempre ha suscitado interés en él es la
filosofía-confesión, los “casos”, aquellos autores de quienes se puede decir
que son “casos” casi en el sentido clínico de la expresión. Todos aquellos que
van a la catástrofe y que pueden situarse también más allá de ella (no puede
admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse). Por eso no está
marcado por aquellos escritores que han sido simplemente una experiencia
intelectual, como Husserl, Heidegger o Sartre,
del cual incluso ha escrito varios textos contra su obra. Pero sobre todo se
interesa por los ensayos y biografías, independientemente del autor.
Para
E.M. Cioran escribir es la única forma que encuentra de hacer la vida un poco
más soportable. Pero odia escribir, y no sólo eso, sino que publicar lo escrito
supone una aberración... aún así es la única forma de vida que concibe, de
manera que se convierte en un hombre atado a hábitos que le resultan
insoportables.
Con
un gran aliento poético, donde rinde un secreto homenaje al poeta francés
Saint-John Perse quien animara su obra y escribiera comentarios sobre ella, en
ocasiones hace recordar la escritura de aquellos filósofos como Nietzsche donde
la factura formal y la delicia de la prosa emparenta el pensamiento con lo
poético.
En
su juventud, escribe en rumano, pero traduciendo a Mallarmé a su lengua madre tuvo una revelación: es absurdo
escribir en una lengua que nadie conoce; además, escribir en un idioma
desconocido se convierte en una experiencia asombrosa. Al escribir en francés,
uno reflexiona sobre lo escrito, piensa acerca de las palabras, lo que éstas
quieren decir y por qué precisamente usar esa palabra en concreto y no otra
parecida. En Rumania, escribía por escribir apenas sin pensar. Francia le
enseñó que la escritura y ¡el comer! son hechos culturales, pero al llegar a
París se dio cuenta de que también se puede juzgar el sabor de la comida y
opinar sobre ella en amplios debates.
Esta
incapacidad para dedicar su tiempo a una actividad seria y productiva, proviene
de esa sensación de tedio que ha inundado toda su vida. A pesar de haber vivido
intensamente, no ha podido integrarse en la existencia. Podemos pensar que
tienen algo que ver las palabras que en cierta ocasión le dijo su madre: “si
supiese que ibas a sufrir tanto, habría abortado” El saber que su existencia
fue sólo un accidente, y que su nacimiento debería haber sido evitado hacen que
pierda el interés por cualquier cosa, que no encuentre sentido a la vida.
Cualquier acción es una “idiotez” en todo su sentido, si al final del camino no
queda más que una fría sepultura. Caminar por cierto cementerio fue lo que le
llevó a pensar que tanto los hombres lúcidos como los ignorantes llegan a la
misma meta y reciben el mismo premio, de manera que vio ratificadas sus
inquietudes respecto a emplear la vida para cualquier fin.
Pero
es asombrosa, sin embargo, la vitalidad con que plasma sus palabras en los
libros, como una extraña alegría que destella inexplicablemente. Las hojas que
escribe están llenas de fuerza, de pasión, para activar a sus lectores, para en
definitiva “hacer despertar”. Sus libros son como látigos que ironizan la
existencia, descritos con una fuerza que nos hace darnos cuenta de que
realmente estamos vivos.
Esta
viveza y esta pesadumbre serán los elementos principales que encontramos en su
obra, Ese maldito yo, libro de aforismos publicado en 1987. ¿Por qué escribir
en forma de fragmento? Porque, según el propio autor, es un hombre perezoso, y
para escribir de forma continuada un texto con sentido, se necesita ser un
hombre activo.
La
arquitectura aforística de su prosa es fiel al tiempo roto que él y otros
pensadores previos a la postmodernidad denunciaron con lucidez, donde el
concepto del hombre comienza a variar y fomentar lo ambiguo y lo indeterminado.
Desarrollar algo extensamente es una frivolidad. Recomienda el autor que no
leamos su libro de un tirón, sino poco a poco, de noche preferiblemente, y
sobre todo en momentos de pena o hastío. Porque es en esa situación cuando
necesitamos que un simple pensamiento nos libere. Al fin y al cabo, un aforismo
es algo discontinuo, un pensamiento instantáneo, que si bien no encierra mucho
de verdad, si puede contener algo de futuro. Podemos encontrar un aforismo que
afirme un acontecimiento y en la página siguiente otro que niegue eso mismo; y
en realidad ninguno vale más que otro, sino que pertenecen a momentos
distintos. Cioran no pretende ofrecer verdades absolutas, sino que nos lanza
sus aforismos como si fuesen bofetadas.
Así,
el libro se articula en torno a cinco capítulos dónde se expresan casi todas
las ideas que más perturban al autor (que son básicamente las mismas a lo largo
de toda su obra. Los aforismos no están ordenados según las cinco partes, sino
que cada capítulo es una amalgama de muchos temas distintos, y que como
acabamos de decir, se contradicen muchas veces entre ellos.
Una
de las ideas que prevalece es la de la religión. Fuertemente marcado por una
sociedad altamente religiosa (incluido un padre sacerdote), Cioran se considera
agnóstico desde su más tierna infancia, aunque se siente bastante cercano a los
pensamientos hindú y budista; sobre todo porque son los únicos en entender
realmente el concepto de “vacío”, siendo éste el único que puede eliminar
nuestro temor a la muerte. Tampoco quiere ser filósofo, porque le parece que la
mayoría de los filósofos observan los acontecimientos desde lejos, y para poder
hablar de las cosas ha de implicarse uno, conocerlas desde dentro ([Friedrich
Nietzsche [Nietzsche]] y Sartre en ese aspecto eran bastante ingenuos, según él).
Se puede tener un mayor conocimiento sobre la vida siendo por ejemplo,
barrendero, que dedicándose a los estudios filosóficos (de ahí que aborrezca su
encasillamiento como filósofo).
Habitante
de un planeta donde lo inhumano es la norma Cioran antepone el alto humor de su
palabra, el fluir de un pensamiento que fusiona los contrarios y los sublima,
para sumergirnos en un universo filosófico donde todas las verdades están
heridas y todos los dogmas tambalean.
Odia
fervientemente la Historia: a pesar de confesarse apátrida desde la infancia,
queda algo en él de apego a su patria y más que a Rumanía, a los países del
Este en general. ¿Y por qué este odio? Porque los países del Este han estado
siempre dominados o invadidos por la Historia, lo que la convierte
consecuentemente en algo demoníaco (ya que tanto él como sus compatriotas han
sido siempre los objetos de Ella). La Historia es la negación de la moral, es
el mayor pesimismo, el mayor cinismo. Es “la obra del diablo”.
Ama
la música y la amistad (aunque confiesa que un amigo es el peor ejemplo del que
podemos aprender, pero debemos conservarlos). Dice en uno de sus aforismos más
conocidos: "si dios le debe todo a alguien es a Bach. Aunque muchas veces
abogue por la nulidad de la vida, lo que cree es que los caminos que el hombre
toma son casi siempre equivocados. Su palabra favorita: perecer. Su arma de
destrucción masiva: la palabra, que es también la curación de todos los males.
“Los charlatanes no frecuentan farmacias”.
Desprecia
trabajar, tomar posicionamiento, tener que explicarse cuando se contradice y
conceder entrevistas. No le gusta hacer planes (ya que todos son inútiles),
desprecia a la mayoría de la gente (“¡el hombre debe desaparecer!”) y sobre
todo a aquellos que son incapaces de apreciar un buen libro o una gran
composición musical. Odia la idea de haber tenido que vivir, y declara
abiertamente todo lo que le deben en gratitud sus hijos no-natos. Para Cioran,
morir es simplemente cambiar de género, pero sin embargo el suicidio no supone
ninguna opción para él, porque "es la existencia del suicidio la que hace
la vida posible".
Incluso
a pesar de que sus aforismos sean contradictorios, si tuviésemos que definir
todo su trabajo en unas pocas líneas, qué mejor que recurrir a uno de sus
aforismos:
“Si
se me pidiese que resumiera lo más brevemente posible mi visión de las cosas,
que la redujese a su mínima expresión, en lugar de palabras escribiría un signo
de exclamación, un ! definitivo”.
El
pensamiento de Cioran, infestado de amargura e ironía lo sitúa entre los
pensadores más provocadores y destellantes de las últimas décadas.
Su
devoción por el escritor argentino Jorge Luis Borges lo llevaría a escribir su
ensayo "El último delicado", donde dibuja un retrato filosófico de
este personaje con su característico humor.
En
su libro "De lágrimas y santos", E.M. Cioran llega muy lejos en la
reflexión sobre el misticismo y la religión y con su acidez inquisidora nos
depara extraordinarios aforismos de gran belleza, donde su cinismo pareciera no
tener límites. Allí lanza esta sentencia: "En el juicio final sólo se
pesarán las lágrimas".
Durante
las últimas décadas su reconocimiento se tornó planetario. Cioran ha escrito en
absoluta febrilidad su vertiginosa obra. No ha creado ninguna ideología, ni su
pensamiento ha dado lugar a ningún tipo de movimiento filosófico. No ha dado
clases, no ha escrito tesis ni doctorados, no ha firmado manifiestos, ni dado
conferencias y no ha sido recordado (ni en vida, ni tras su muerte) más que por
un puñado de amigos: (Mircea Eliade y Eugène
Ionesco fueron algunos de
ellos) y algún que otro estudioso que en un momento determinado se interesó por
su obra. Sin embargo, fue un hombre que durante su larga vida no dejó de
pensar, y sobre todo, que hizo y hace pensar a la gente.
“Recuerde:
mis libros pueden hacer despertar”.


§ El
libro de las quimeras (Cartea amăgirilor, 1936) (Tusquets
Editores)
§ Del
inconveniente de haber nacido (De l'inconvénient d'être né, 1973)
§ Desgarradura
(Écartelèment, 1979)
§ Adiós
a la filosofía y otros textos (Alianza Editorial, 1982)
§ Ejercicios
de admiración y otros textos (Exercices d'admiration. Essais et portrais)
(Tusquets Editores,1993)
§ Conversaciones
(Entretiens) (Tusquets Editores, 1996)
Wikiquote

