En su nuevo libro, Eric Hobsbawm, uno de los intelectuales de izquierda más prestigiosos del siglo XX, rescata a Marx como fundador de la moderna ciencia social, por el contenido radical de los problemas que se atrevió a formular.

POR HERNAN CAMARERO


CAE EL MURO DE BERLIN. Así comenzó, en noviembre de 1989, la reunificación de ambas Alemanias y el fin de la URSS.
CAE EL MURO DE BERLIN. Así comenzó, en noviembre de 1989, 
la reunificación de ambas Alemanias y el fin de la URSS
El estudio de las ideas, las obras y las acciones de Karl Marx (junto a su camarada y amigo Friedrich Engels), y las del heterogéneo movimiento social, político e intelectual que se desplegó a partir de aquéllas, dieron lugar durante el último siglo y medio a una inmensa biblioteca, en los más variados registros de la filosofía, la economía, la política, la historia y la sociología. Como cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840-2011, que acaba de publicar el reconocido historiador inglés Eric Hobsbawm, a sus 93 años de edad, se suma a este catálogo.

La abundante producción de Hobsbawm, desplegada a lo largo de seis décadas, fue dedicada, de una manera u otra, a las circunstancias y las problemáticas históricas dentro de las cuales se produjo el desenvolvimiento del marxismo, con cuya tradición aquél siempre se identificó. Por un lado, la trilogía que presentó los rasgos esenciales del “largo siglo XIX”: La era de la revolución1789-1848La era del capital1848-1875 yLa era del imperio1875-1914, luego continuada por el examen del “corto siglo” en suHistoria del siglo XX1914-1991.

Más específicamente, numerosas reflexiones acerca de las características y el desarrollo del proletariado, el movimiento obrero y las izquierdas, se esparcieron en sus también ya clásicas compilaciones TrabajadoresEl mundo del trabajo o Revolucionarios; en otras, como Marxismo e historia social y Sobre la historia, había avanzado en el análisis de las contribuciones teóricas del impulsor del materialismo histórico.

Este nuevo libro sintoniza con todas estas obras. Puede ubicarse como parte de la travesía de Hobsbawm por desentrañar las claves del mundo contemporáneo burgués y del socialismo marxista como su principal impugnador. Pero le agrega una dimensión eminentemente política y actual, al esbozar elementos de balance del marxismo y sobre sus perspectivas en el siglo XXI.

La mayoría de los dieciséis escritos que configuran la obra son de antigua factura; varios ya habían sido publicados en anteriores volúmenes, aunque pocos en español. Seis aparecieron en las versiones en italiano, inglés o castellano de Historia del Marxismo, coeditada por el propio Hobsbawm. Rescatados de la dispersión, el desconocimiento o el olvido, algunos de estos textos fueron parcialmente reelaborados para esta edición.

En tanto compilación de estudios específicos y fragmentarios, el libro no alcanza a constituirse en una auténtica reflexión global, unitaria y sistemática del tema, abarcadora de todas las dimensiones que su título implícitamente proclama. Aunque su valor es incuestionable, por la acostumbrada maestría con la cual el autor logra síntesis creativas, en las que enhebra el análisis de las ideas con las tramas de la historia social, la política y la economía, combinando el examen estructural con el diacrónico y la indagación teórica con el plano histórico concreto.
Avatares del marxismo
Un recorrido por algunas de las estaciones que jalonaron la aventura intelectual y el despliegue teórico-político de Marx y Engels durante el siglo XIX es lo que nos propone Hobsbawm en toda la primera parte del libro. En uno de sus capítulos examina el modo en que ambos referentes se posicionaron ante las distintas expresiones del socialismo existente hasta los años 1840, en su triple origen: francés, alemán y británico.

En otro, indaga sobre las maneras en que se fueron configurando las ideas políticas de Marx-Engels acerca del Estado, la transición al socialismo, el carácter de la revolución, la dinámica de la lucha de clases, las estrategias y las formas de organización del movimiento socialista.

Asimismo, la recuperación de ciertos prólogos escritos por el autor permite apreciar un ejemplo de cómo encarar un riguroso examen introductorio de una obra, reconociéndola en sus contextos, determinaciones e influencias. Bajo ese enfoque se ausculta La situación de la clase obrera en Inglaterra (el pionero libro de Engels), se apuntan las diversas lecturas posibles del Manifiesto comunista y se valora en detalle la importancia de los tardíamente descubiertos Grundrisse del Marx maduro, en especial, para la reconceptualización de las formaciones precapitalistas.

Finalmente, se ofrece un mapa e itinerario de notable precisión que buscan responder los interrogantes de qué, cuánto, dónde y cómo se publicaban, traducían, circulaban y leían los textos de los impulsores del comunismo moderno.

El estudio de los rasgos y la dinámica que asumió el marxismo como movimiento intelectual, social y político desde fines del siglo XIX es el eje de la segunda gran sección de la obra. Se trata de una ambiciosa reconstrucción, adecuadamente historizada. Su núcleo duro está concentrado en cuatro extensos capítulos, que van desbrozando los caminos de la difusión, penetración, recepción, apropiación, recreación, crisis y reconstitución de la cultura marxista en el mundo.

En el primero se aborda la influencia del marxismo europeo en la cultura general durante el período de la Segunda Internacional, entre 1880 y 1914. El segundo discurre bajo el ciclo del antifascismo (1929-1945). El tercero se orienta a la etapa de posguerra, desde 1945 hasta 1983, cuando se cumplía el centenario de la muerte de Marx. Son trabajos ya relativamente conocidos. No así el cuarto, un breve ensayo escrito para esta edición, en el que presenta, aunque de un modo algo superficial, lo que el autor entiende como el proceso de un marxismo “en recesión”, desde aquel último año hasta la actualidad, al compás del agotamiento y caída del “socialismo real”. También alcanzan interés otros dos acotados pero eficaces capítulos, donde se analiza a Gramsci como teórico político original y estratégico, y se examina el éxito de su recepción internacional.
Balance y perspectivas
Cómo cambiar el mundo se abre y se cierra con dos capítulos de elaboración reciente, de tono más ensayístico y político, cuya importancia radica en que permiten aproximarse a la mirada actual de Hobsbawm respecto, tanto a la vigencia de Marx y del marxismo, como al balance que puede hacerse de la vinculación de este último con el proletariado, al que siempre entendió como agente esencial de la transformación social.
Quizás, son los trayectos del libro donde menos centellea la clásica erudición con la que el longevo autor sostenía sus anteriores apuestas historiográficas y en donde aparecen expuestas algunas de las mutaciones de su pensamiento, especialmente en las últimas dos décadas.
Como si dialogara en tensión con su propia obra, Hobsbawm alerta acerca de las espinosas relaciones entre el movimiento obrero y el socialismo marxista a lo largo del siglo XX, apuntando sólo la excepcional existencia de una opción proletaria de masas en pos de una alternativa comunista o revolucionaria (en rigor, nos dice, limitada al período de entreguerras europea o a situaciones puntuales del Tercer Mundo).

En su diagnóstico, el siglo y medio del movimiento obrero aparece disbujado bajo el signo del fracaso como variante histórica de superación al capitalismo: donde quedó contenido por regímenes que hablaban en su nombre, acabó disuelto como actor independiente; en Europa occidental, viró al revisionismo reformista, obtuvo conquistas con el Estado benefactor de posguerra, pero también terminó diluyéndose como sujeto y retrocediendo a posiciones adaptadas a la lógica del capital incluso mayores que las preconizadas por Bernstein.

Señala la pervivencia de las irresolubles inequidades del capitalismo y de la lucha de clases, pero no encuentra que el movimiento obrero disponga de las potencialidades para antagonizar y rebasar a un capitalismo que paradójicamente hoy afronta su “crisis más seria desde la era de la catástrofe” (ni siquiera descarta un posible horizonte de “desintegración o desmoronamiento”); tampoco divisa ningún reemplazante en esta ciclópea tarea de sepulturero.

En este impasse radicarían algunas de las mayores desventuras del marxismo, parece sostener Hobsbawm, para quien, al mismo tiempo, no se ha presentado hasta el momento otra ideología radical o de izquierdas capaz de suplantarlo.

De este modo, las viejas certezas y confianzas respecto al marxismo como forma de comprender y transformar el mundo ceden lugar a un planteo más bien defensivo, aunque firme: si Marx, a pesar de su encuadre decimonónico, fue el referente político-intelectual que dejó una de las huellas más indelebles en el siglo XX, todavía puede cumplir ese mismo rol para el siglo XXI. Y esta vigencia la explica por dos razones.

Una, en tanto este inestable capitalismo globalizado fue genialmente anticipado desde el viejo Manifiesto comunista o El Capital, logrando descubrírselo como una modalidad históricamente temporal de la economía humana y pudiendo desentrañar su modus operandi basado en la expansión, concentración, autotransformación y recurrente crisis.

Sin embargo, aquí se extraña una visión más honda y comprensiva de Hobsbawm respecto al origen y dinámica de la actual crisis capitalista, pues el hincapié explicativo está puesto excesivamente en los efectos de la aplicación del necio fundamentalismo de mercado.
La otra razón de la posible perduración de Marx en el futuro que aquí se argumenta es que ahora podría recuperarse la original potencia crítica de su aporte al quedar liberado de su asociación oficial con los fracasados experimentos soviéticos y, también, en buena medida, del reformismo socialdemócrata, transcurridos en el siglo XX.

Pero existe un problema a señalar respecto a este inventario. Hobsbawm aún no ha proporcionado una acabada o convincente explicación teórico-histórica de aquel experimento soviético, más específicamente, del estalinismo (a cuyo universo estuvo vinculado, dada su histórica pertenencia al PC británico).

De este modo, lo que se desprende de su visión, es que lo naufragado y ahora reconocido como alejado del verdadero Marx no fue ya el innombrado y reaccionario fenómeno burocrático del estalinismo, sino, como explícitamente lo enuncia, el “leninismo” y las revoluciones y estrategias conjugadas en torno a ese tipo de proyectos.

Esta homologación, va acompañada, por otra parte, con su habitual indiferencia a toda tradición o corriente ubicada a la izquierda del “comunismo oficial”. Aunque luego parece admitir que el legado de Marx está en disputa, abierto e irresuelto, por lo que tanto Bernstein como Lenin pueden ser considerados o no como sus herederos. El tema es polémico y ameritaría un mayor desarrollo y precisión de lo expuesto sólo en las páginas iniciales y finales del libro.

Una vez enunciados los dilemas de la experiencia histórica y quedando desguarnecidos de proyectos definidos de transformación, Hobsbawm incita a rescatar a un Marx como intérprete del mundo, sobre todo, como pensador económico, guía para la comprensión de la historia humana y padre fundador, junto a Durkheim y Weber, de la moderna ciencia social; en síntesis, como portador de un pensamiento de magnitud universal e integrador de todas las disciplinas. Un Marx vigente no ya en todos los análisis, predicciones y respuestas que esgrimió, sino, por el contenido radical con que formuló las preguntas y los problemas.

En verdad, el resto del propio libro, en sus textos menos recientes, propone una recuperación de Marx y del marxismo con un sentido más vasto, complejo y programático. Este contrapunto quizá sea una vía de entrada para la lectura de una obra que retoma algunos buenos pasajes de uno de los intelectuales de izquierda más importantes del siglo XX, dueño de una incuestionable sabiduría historiográfica. La misma que logra plasmarse en varios de los recorridos de estas páginas.
Acaba de reeditarse “Walden”, un libro donde el clásico norteamericano Henry David Thoreau reivindica la naturaleza, la desobediencia civil y una visión trascendente.
POR EZEQUIEL ALEMIAN
THOREAU. Un autor indefinible, porque se mantuvo siempre antes de cualquier definición.
THOREAU. Un autor indefinible, porque se mantuvo siempre antes de cualquier definición.
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Cómo empezar a escribir sobre Henry David Thoreau  (1817-1862)? ¿Recordando, como su amigo Ralph Waldo Emerson, que Thoreau decía que podía transformarse en perro? “Las serpientes se enroscaban en sus piernas, los peces nadaban en sus manos. Podía medir cien metros con sus pasos con mucha más exactitud que otros con una vara o una cadena. Por las noches, se orientaba en los bosques mejor con los pies que con la vista. Como era un hombre superior y muy trabajador, el tiempo tenía para él un valor inestimable. Su paciencia era admirable. Su aislamiento fue natural”, anotó Emerson.



¿O empezar diciendo que Thoreau formó parte del underground railroad, una organización clandestina que facilitó el escape de cien mil esclavos negros hacia los estados del norte? ¿Que era excéntrico, malhumorado y huraño? ¿O que de los casi treinta volúmenes que escribió (en su mayoría diarios personales) sólo dos se publicaron en vida: Una semana en los ríos Concord y Merrimack (1849) y Walden o la vida en los bosques(1854)? ¿Que Walden suele ubicarse en una constelación de textos seminales, para algunos, del carácter norteamericano, publicados entre 1850 y 1855, y que incluye: La letra escarlata, de Hawthorne; Hombres representativos, de Emerson; Moby Dick, de Melville y Hojas de hierba, de Whitman? A Thoreau se lo suele considerar un anarquista “romántico”, o “de derecha”. Por no pagar impuestos que financiaran la guerra con México pasó dos días en la cárcel y luego escribióSobre la desobediencia civil. Ahí señaló que el gobierno más eficaz es el que menos perturba a sus gobernados, pero también criticó a quienes privilegian la libertad de comercio por sobre la libertad “pura y simple”. La economía fue siempre una de sus obsesiones. “Cuesta menos para mí desobedecer al Estado que obedecerlo”, anotó, y ya sobre el final: “El Estado no puede tener derechos sobre mí y sobre mi propiedad, sólo en la medida en que hayan sido concedidos por mi persona”. Su opción por la no violencia fue recordada y reivindicada por Tolstoi, Martin Luther King y Gandhi. También se lo rescata como un precursor del pensamiento ecologista. Señala en un artículo Vanina Escales que Thoreau vivió en un momento en que el sistema de granjas en los Estados Unidos estaba pasando de una agricultura colonial a un industrialismo que era la punta de lanza del capitalismo moderno. Thoreau no sólo defendió la independencia del individuo frente al poder del Estado, “sino también en un mundo donde la palabra progreso era el pasaje hacia un industrialismo que no ve paisajes sino materias primas”, escribe Escales.Viaje a la naturaleza En marzo de 1845, en un terreno que pertenecía a Emerson, “a una milla de cualquier vecino”, a orillas del lago Walden, en Concord, Massachusetts, empezó a construir una cabaña con sus propias manos. La terminó en julio y vivió en ella durante dos años y medio. “Me fui a los bosques porque quería vivir con un objetivo: hacer frente solamente a los hechos esenciales de la vida, ver si podía aprender aquello que me quisiera enseñar y para no descubrir, cuando llegara mi hora, que no había vivido”, escribió. Walden. La vida en los bosques, libro en el que relata esa experiencia, acaba de ser reeditado en una versión completa. Thoreau empezó Walden en el bosque y lo terminó diez años más tarde, “en la civilización”. Un poco a la manera del Facundo, de Sarmiento, con el que comparte cierto carácter fundacional, el de Thoreau es un libro apasionante y deforme. Algunos capítulos tienen una organización temática, otros son la crónica lineal de la experiencia. Pero incluso así lo central de lo que Thoreau en cada uno se escapa, porque la escritura es digresiva, y el pensamiento no es sistemático. “Economía”, se titula el capítulo que abre el libro. La economía de vivir es sinónimo de filosofía. Como “filósofo”, Thoreau invoca continuamente a los pensadores orientales, de la India y de China. Argumenta en contra de los intereses usurarios de los bancos, de la necesidad de trabajar más allá de lo necesario para sobrevivir, del lujo y de las modas. Pero es meticuloso y registra cada centavo que gasta y calcula su beneficio. “Los hombres se han transformado en herramientas de sus herramientas”, anota.Anotaciones de un naturalista Dice que nunca leyó nada interesante en un diario, y que jamás recibió una carta que valiera el peso de la estampilla. El capítulo cuatro es sobre los sonidos del bosque, incluyendo el del tren, que ha construido para los hombres “un destino inflexible”. Los búhos, las lechuzas y los gallos son los pájaros cuyo canto le despierta mayor interés. Escribe sobre la soledad y sobre quienes lo visitan. “¿Qué voy a aprender de las habas?”, se pregunta antes de iniciar una descripción minuciosa y casi mitológica de su trabajo, descalzo, sobre la tierra en la que descansan los restos de naciones primitivas. En los últimos capítulos exhibe más su veta naturalista. Como pionero insospechado de la deriva situacionista y del land art, le gusta dejarse llevar hacia sitios que no conoce. “Es cuando perdemos al mundo que comenzamos a encontrarnos a nosotros mismos”, medita. Narra un combate de hormigas como si fuese una guerra homérica, elogia la castidad (“se vuelve vigor e inspiración”), y dedica varias páginas al análisis de los distintos colores del hielo. Casi sobre el final, casi como al pasar, devela algo esencial: de lo que se trata en realidad es de uno mismo. Cita a W. Habington: “Dirige tu ojo directo al interior y encontrarás/ mil regiones en tu mente/ aún sin descubrir. Viaja por ellas y serás/ experto en cosmografía propia.” Thoreau había estudiado en Harvard y por su amistad con Emerson había asistido a las reuniones del Trascendental Club, que Emerson lideraba. Una de las premisas del trascendentalismo era la capacidad de los individuos para relacionarse con la divinidad sin necesidad de mediaciones de ningún tipo. Cuando el ser humano se pone en contacto con la naturaleza, haciendo uso de la intuición y la observación, puede unirse a la energía cósmica que es el principio generador de la vida. Si no es fácil definir a Thoreau es quizás porque se mantuvo siempre antes de cualquier definición. O tal vez trabajó directamente en contra de ellas. Hay que llegar a los últimos párrafos de Walden para leerlo: “Temo que mi forma de expresión no pueda proyectarse más allá de los límites escuetos de mi experiencia de todos los días. La verdad volátil de nuestras palabras, en todo instante, deberá traicionar lo impropio del resto de nuestra expresión. Su verdad de inmediato se traslada; sólo restan las palabras”.