ABC Cultural, 19-junio 2011
Director de Le Monde diplomatique en español, autor de best sellers sobre comunicación como La golosina visual, y promotor del Foro Social Mundial, Ignacio Ramonet es también presidente de la organización internacional Me­dia Watch Global. Acaba de pu­blicar un nuevo ensayo, la ex­plosión del periodismo(Clave Intelectual).


Bien documentado y argumentado, este libro plantea los problemas que afectan a la prensa escrita, víctima a la vez de una crisis de confianza y de un modelo económico vetusto.
En efecto; describo el panorama actual de una prensa sin brújula y atolondrada tras la desintegración de su ecosistema tradicional, acosada por los impactos sucesivos de la revolución digital y del desarrollo vertiginoso de las redes sociales. En la nueva «sociedad-red», cada ciudadano tiene la posibilidad de erigirse en periodista, apropiándose de los dispositivos que la revolución de la Web 2.0 pone a su alcance. Internet, los blogs, Twitter o Facebook transforman el campo de la comunicación como ningún otro medio lo hizo hasta ahora desde la invención de la imprenta en 1440 por Gutenberg. Los usuarios disponen ahora del poder de comunicarse entre sí con sonidos, textos, fotos, vídeos; pueden añadirlos a la información existente, divulgarlos, fundirlos con otros documentos y subirlos a la Red, donde otros los verán, integrándose así en el nuevo movimiento circular de la información.
Multiplica usted los ejemplos de publicaciones que desaparecen.
El panorama desanimaría a cualquiera. Entre 2003 y 2008, la difusión mundial de los diarios de pago cayó un 7,9 por ciento en Europa y un 10,6 por ciento en América del Norte. Solamente en Estados Unidos desaparecieron ciento veinte periódicos, con la pérdida de unos 25.000 empleos. Actualmente, en el mundo, la difusión de la prensa escrita cae un 10 por ciento al año. Al igual que, por ejemplo, el Christian Science Monitor, numerosos órganos han sacrificado sus ediciones impresas. El Financial Times, uno de los adalides del capitalismo liberal, paga a sus redac­tores solamente tres días por semana. Y cuando los sitios web solicitan una cuota de acceso, el número de visitas se hunde (en el Times de Londres pasaron de veintidós millones a doscientas mil...). Por otra parte, la masificación planetaria del periodismo a tiempo parcial hace que las informaciones que hallamos en la Red sean a menudo poco fiables, lo cual provoca en el ciudadano un sentimiento de inseguridad informativa.
¿El tránsito de la era de los medios de masa a la de la masa de los medios será largo y difícil?
Se ha de pasar por un período de selección de tipo darwiniano: muchas especies de periódicos no se adaptarán al nuevo ecosistema y se extinguirán. Otros, en versión papel o digital lucharán contra las tendencias mediáticas actuales (urgencia, brevedad, simplicidad, frivolidad, espectacularidad, inmediatez, superficialidad) y sobrevivirán. Algunos hasta se afianzarán.
La exigencia de velocidad, de tiempo real y los imperativos del mercado hacen que las normas de la investigación se degraden rápido. Por ello se multiplican los errores y los riesgos de manipulaciones. Ciertos géneros apreciados por la opinión pública, como el periodismo de investigación o los reportajes, están ya en vías de desaparición. Cuestan demasiado caros. Mientras tanto, proliferan y se refuerzan los sitios web innovadores. Mejor adaptados al nuevo ecosistema, se atreven a competir con los medios tradicionales en decadencia, superándolos a veces. Además, si antes existían «mediossoles» en torno a los cuales gravitaba el sistema de la información, ahora han surgido los «medios-partículas». Me explico: cada individuo, con su ordenador o su teléfono inteligente, puede difundir sus ideas.
¿Llegaremos a un «periodismo sin periodistas»?
Las redacciones siguen representando el alma de un periódico. Pero van desapareciendo. Los periodistas ya no necesitan reunirse en un lugar preciso para componer un periódico. La prueba: la plantilla del journal de Montréal, el diario más vendido en Quebec, estuvo en huelga durante más de quince meses. Su propietario lo siguió publicando gracias a colaboradores espontáneos que proponían a precio de ganga sus artículos vía internet, e incluso consiguió aumentar la tirada.
Las publicaciones consagradas ya no son las únicas. Los periodistas-ciudadanos les dan lecciones. Sitios como WikiLeaks ponen al descubierto sus fallos.
Una iniciativa como WikiLeaks no sería posible si exis­tiese un verdadero periodismo de investigación. WikiLeaks no hizo sino suplir una carencia. Ahora bien, ha tenido la inteligencia de asociarse con grandes medios internacionales considerados -con razón o sin ella- rigurosos, apelando a la experiencia de sus periodistas para contextualizar, verificar y desmenuzar los telegramas «fugados». De ese modo, WikiLeaks aceptó que existen «periódicos de referencia».
La filosofía de WikiLeaks profesa que, en democracia, todo secreto oficial termina por descubrirse, Assange no está solo y su acción es imparable. Con la dtvulgación de archivos sobre la corrupción en Túnez desempeñó un papel determinante en el estallido de la rebelión popular, incluso antes del suicidio del joven Mohamed Bouazizi. Dicho esto, la información vía web no podrá provocar el final milagroso de la explotación humana, pues existe la famosa «brecha d­gital» y dos de cada tres habitantes del planeta carecen de acceso a la Red.
Utiliza la imagen de un Gulliver llegado a la isla de los liliputienses, un periodista en el suelo, atado por miles de lazos invisibles. Está desbordado y sometido por la revolución numérica de los enanitos.
La prensa ha dejado de ejercer el «cuarto poder». Es más, los grandes medios plantean un problema al liberalismo; han dejado de ampliar el campo democrático, pasando a restringirlo, incluso a sustituirlo. En esta etapa de la mundialización se comportan como herramientas ideológicas o partidos políticos.
Creo que la primera razón del desapego de la gente hacia la prensa es la falta de credibilidad de esta. Los ciudadanos recelan de unos medios pertenecientes a un puñado de oligarcas que ya controlan el poder económico, y a los que ven a menudo en connivencia con los poderes políticos.
Si miramos la situación de la prensa en general, observa­mos uno de los periódicos más influyentes del mundo, el New York Times, cuya audiencia digital ha sido, en 2008, diez veces mayor que en la versión impresa. Sin embargo, los réditos de la publicidad en la web resultaron diez veces inferiores que en la edición de papel. Conclusión: para que la publicidad en la web sea rentable, el número de lectores digitales ha de ser cien veces superior que los de la edición de papel Difícilmente alcanzable.

CONTRA LA MANIPULACIÓN IDEOLÓGICA EN EL CINE
Por Arantxa Bolaños de Miguel
Ignacio Ramonet[1], director del periódico mensual Le Monde Diplomatique, y feroz propagandista contra el neocapitalismo, ha escrito esta compilación de varios artículos de igual temática: la manipulación de los medios de comunicación –los mass media– en concreto el cine. No siendo un experto en la materia, y sin intentar aparentar lo contrario, este amateur de la crítica cinematográfica nos abre los ojos a la manipulación ideológica del Séptimo Arte.
Este libro es una reedición de uno anterior que escribió Ignacio Ramonet  en 1980, pero éste incluye además una breve introducción, más un apunte sobre las nuevas tecnologías –internet[2]– y del camino que sospecha igual de manido que el cine. La red de redes nació de forma independiente y anárquica –en el mejor sentido de la palabra– como medio de información y comunicación, pero en el siglo XXI se está convirtiendo en una forma nueva más de control por parte de los poderosos hacia el mundo civil.
Analiza pues, de forma pedagógica y con claras intenciones políticas el cine por géneros. Así, desde el cine de catástrofes (como metáfora de la neurosis colectiva norteamericana) que refleja el miedo a ser atacados que sufrió la población en la Guerra Fría, hasta las películas que expresan el horror de la Guerra del Vietnam. Hace una enumeración del género bélico y ensalza Apocalypse Now(Francis Ford Coppola, 1979) como la mejor película que refleja el sin-sentido y la locura de la guerra. También hace un balance de la conexión entre el cine y la publicidad, entre este cine sin pretensiones y de claro contenido ideológico del establishment, y la seducción que provoca la publicidad. La importancia de adaptarse la expresión cinematográfica a las circunstancias del momento, pero no para ser crítica con la situación, sino para evadir de los problemas a la población civil. Así, en momentos en los que la violencia se adueña de las calles comenzaron a aparecer en la pequeña pantalla series que glorifican la labor policial, y ofrecen tranquilidad frente al caos imperante (ejemplos como los de Kojak o Colombo son los que elige Ramonet para representar a esta línea argumental).
Este francotirador contra el poder del capital, en concreto el norteamericano, ha abogado siempre por una independencia europea del control económico y artístico de EEUU[3]. Así, y enfocando más la atención hacia el cine francés –segunda patria suya, ya que su lugar de nacimiento es Pontevedra– ensalza en el capítulo dedicado al cine militante[4], que resulta ser el mejor apartado del libro y en el que expresa su punto fuerte; narra con concisión la evolución del cine militante. Faltan algunos nombres importantes, como Ken Loach y Roberto Rossellini, pero merece sobradamente su lectura. También refleja en un capítulo esta necesidad de diferenciación del cine europeo, pero también su inevitable influencia del cine hollywoodiense en los spaguetti westerns, siendo su máximo exponente Sergio Leone, que a través de la imagen y de los primeros planos sabe como provocar una apabullante tensión y da lección a muchos arrogantes de lo que es el Cine .
El neocapitalismo como forma de poder a través del mercado, en el que a través de la seducción[5] se consigue desviar la atención del consumidor hacia nimiedades e intereses partidistas, es lo que siempre le ha interesado a este politólogo denunciar, sea en su vertiente periodística o ensayística, como en este caso.



[1] Para saber más sobre este polifacético autor visitar  http://www.rebelion.org/autores.php?id=1 y los artículos en su propio periódico, como el siguiente, referido también al poder de los mass media.
[2] Este mismo autor tiene un monográfico sobre este tema : Internet, el mundo que viene, ed. Alianza, Madrid 1998.
[3] Sobre este tema hay innumerable bibliografía, siendo el libro más destacado el que escribió Huy Hennebelle llamado Los Cinemas Nacionales contra el imperialismo de Hollywood, ed. Fernando Torres. Valencia 1977.
[4] Sobre el cine militante hay todo un especialista en España, Andrés Linares que tiene todo un clásico en este tema: El cine militante, Ed. Castellote. Madrid 1976, que llamó a todo este fenómeno de la manipulación ideológica “industria cultural”, siguiendo la estela forjada por la Escuela de Francfort.
[5] “Hoy sabemos, con espanto, que nuestra sumisión y el control de nuestros espíritus no serán conquistados por la fuerza sino a través de la seducción, no como acatamiento de una orden, sino por nuestro propio deseo, no mediante el castigo, sino por el nasia de placer…” pág 37 de Golosina Visual, Ignacio Ramonet, Ed. Debate. Madrid 2000.
Traducción del italiano de Hugo Beccacece / Corriere della Sera
Jóvenes conectados a terminales cibernéticas, libros electrónicos, seres diseñados en laboratorios. Si ese es el futuro, ¿debemos temerle? Claudio Magris y Alessandro Baricco conversan sobre la revolución en marcha que podría significar el fin de los valores clásicos de la cultura occidental.
Durante la campaña electoral de 2001 me di cuenta de que no entendía el mundo. Un manifiesto de Forza Italia mostraba a Berlusconi en mameluco, con la inscripción “Presidente obrero”, una idea que podría habérsenos ocurrido a mí y a mis amigos como una bufonada estudiantil que lo pusiera en ridículo. Habría sido cómico proclamar a Veltroni o a Prodi “Presidentes obreros”. Pero si algo que para mí era una caricatura satírica funcionaba en cambio como una propaganda eficaz, quería decir que las reglas del juego, los criterios de juicio, los mecanismos de la risa habían cambiado; me encontraba en una mesa de póquer creyendo que el as era la carta más alta y descubría que, al contrario, valía menos que el dos de picas.
Alessandro Baricco se adentra en el paisaje de esta mutación de época con extraordinaria agudeza; con esa profundidad disimulada bajo la ligereza que caracteriza su modo de narrar. Quizá Baricco sea un escritor del siglo XIX más que del XX, a pesar de que Novecento es el título de un célebre libro suyo. Se mueve en el mundo saqueado por los bárbaros, como él los llama, con la agilidad de un antílope en un territorio que no es precisamente el suyo, pero en el cual no se encuentra de ningún modo incómodo. Los bárbaros lo son respecto a aquello que se considera la civilización (es decir, respecto a nosotros, que nos consideramos como tal), una civilización que se siente devastada en sus valores esenciales: la duración, la autenticidad, la profundidad, la continuidad, la búsqueda del sentido de la vida y del arte, la exigencia de absolutos, la verdad, la gran forma épica, la lógica habitual, toda jerarquía de importancia entre los fenómenos. En lugar de todo esto, triunfan la superficie, lo efímero, el artificio, la espectacularidad, el éxito como única medida del valor, el hombre horizontal que busca la experiencia en una girándula continuamente mutable. Vivir se convierte en un surfing , una navegación veloz que salta de una cosa a otra como de una tecla a otra en internet; la experiencia es una trayectoria de sensaciones en la que la pulp fiction y Disneylandia valen tanto como Moby Dick y no dejan tiempo para leerMoby Dick. Nietzsche ha descrito con genialidad única el advenimiento de este hombre nuevo y de su sociedad nihilista, en la que todo es intercambiable con cualquier otra cosa, como el papel moneda. Todo esto nace ya con el romanticismo, que ha infringido todo canon clásico, más aún, todo canon; como recuerda Baricco, la primera ejecución de la Novena de Beethoven fue despedazada por los críticos musicales más serios con términos análogos a los que hoy se emplean para despedazar, acusándolas de complicidad con los gustos más bajos y vulgares, muchos performances artísticos o pseudoartísticos. Baricco busca describir –o, en sus novelas, contar– y sobre todo entender el mundo, en vez de quejarse de él, y sostiene justamente, en el bellísimo final de Los bárbaros, que toda identidad y todo valor se salvan no erigiendo una muralla contra la mutación sino operando en el interior de la mutación que es, de cualquier modo, el precio, a veces pesado, que se paga por un gran progreso, por la posibilidad de acceder a la cultura dada a masas antes inicuamente excluidas y que no pueden haber adquirido todavía un señorío coherente.
Si bien todo puede ser comprendido –le planteo cuando lo encuentro en su, y un poco también mía, Revigliasco– no todo puede ser aceptado...
Claudio Magris : Tú mismo escribes que es preciso saber qué debe salvarse de lo viejo –que por lo tanto no lo es– en esta transformación total. Esto implica un juicio que no identifica por lo tanto, como hoy se pretende, el valor con el éxito. También Il piccolo alpino [novela de Salvator Gotta que se utilizó en la época fascista como lectura de formación para los jóvenes] vendía hace un siglo muchos más ejemplares que las poesías de Saba, pero no por esto quien lo leía entendía mejor la vida. Si los diarios –como dices– no hablan de una tragedia en África hasta que no se convierte en un pretexto para papel ilustración, esta no es una buena razón para no corregir esta información paupérrima más que falsa. Es, por otra parte, lo que hacen muchos blogs, en los que se encuentra a menudo más “verdad” que en los medios tradicionales.
Alessandro Baricco : Cierto, no todo puede ser aceptado, tienes razón. Pero entender la mutación, aceptarla, es el único modo de conservar una posibilidad de juicio, de elección. Si se reconoce a la nueva civilización bárbara un estatuto, precisamente, de civilización, entonces se hace posible discutir sus rasgos más débiles, que son muchos. Por otra parte creo que la misma barbarie tiene cierta conciencia de sus límites, de sus pasajes riesgosos y potencialmente autodestructivos: en cierto sentido siente la necesidad de los viejos maestros, tiene una hambre espasmódica de ellos. El hecho es que los viejos maestros a menudo no aceptan sentarse a una mesa común, y esto complica las cosas.
Claudio Magris : Creo que no existe una contraposición entre los bárbaros y los otros (¿nosotros?). Aun quien combate muchos aspectos “bárbaros” no está patéticamente out, y puede contribuir a la transformación de la realidad. La civilización de los Habsburgo, tan experta en invasiones bárbaras, no las demonizaba ni las enfatizaba; se limitaba a decir: “Sucedió que...”
Alessandro Baricco : “Sucedió que...”, bellísimo. Cuando pensé en escribirLos bárbaros tenía precisamente un estado de ánimo de ese tipo. “Está sucediendo que...” No tenía en mente contar un apocalipsis ni tampoco anunciar alguna salvación. Sólo quería decir que estaba sucediendo algo genial, y me parecía absurdo no tomar nota de ello.
Claudio Magris : Indagas espléndidamente la estrecha relación que había entre profundidad, rehuida por los bárbaros, y esfuerzo, sublimada y honda moralidad del trabajo y del deber que a menudo conduce al sacrificio y a la violencia. Pero la profundidad no está necesariamente ligada a la falsa ética del sacrificio. Sumergirse y volverse a sumergir en un texto –en un amor, en una amistad, en vez de tocarlos de pasada como lo hacen hoy los bárbaros– no quiere decir deslomarse cavando como un forzado en una mina, pero es como zambullirse repetidamente en el mar y descubrir cada vez nuevas luces y colores que enriquecen las precedentes, o como hacer el amor muchas veces con una persona amada, cada vez más intensamente gracias a la libertad de la confianza incrementada.
Alessandro Baricco : La profundidad, ese es un hermoso tema. Sabes, mientras escribía Los bárbaros consagré mucho tiempo a entender y a describir la formidable reinvención de la superficialidad que esta mutación está realizando. Y me parece fantástico lo que hemos logrado hacer al rescatar una categoría que oficialmente era la identificación misma del mal, y devolverla a la gente como uno de los lugares reservados al Sentido. Pero me doy cuenta de que esto no significa de ningún mundo demonizar, automáticamente, la profundidad. Tú precisamente hablas de amistad, de amor, y si observas a los jóvenes de hoy, casi todos típicos bárbaros, encontrarás el mismo deseo de profundidad que podíamos tener nosotros. O si piensas en su necesidad religiosa, encuentras una ansia de verticalidad que no logras conjugar del todo con la cultura del surfing. En definitiva, ¿sabes qué pienso? Que la mutación ha desmontado la dicotomía de lo superficial y lo profundo: ya no son dos categorías antitéticas. Son las dos movidas de un único movimiento. Son los dos nombres de una única cosa. Te diré más: la superficialidad, en las obras de arte bárbaras, ya no es distinguible como tal, no más de cuanto tú puedas distinguir entre la cosa y el adorno en un cuadro de Klimt, o la pura aritmética en una suite de Bach.
Claudio Magris : Aunque soy más alérgico que tú a los bárbaros, querría defenderlos de una imagen totalitaria. En Google veo también una –aunque inmensa– redecilla semejante a aquella con la que los niños pescan en el mar cangrejos y conchillas. No tengo necesidad de Google para saber algo sobre Goethe, “linkeadísimo”, porque lo encuentro también fácilmente en otra parte, como en el pasado. En cambio Google me ha dado información sobre un personaje mínimo en el que me estoy interesando, una negra africana del siglo XVI, convertida en dama de corte en España, raptada por caribeños, que llegó a ser más tarde su reina. Los blogs corrigen la unilateralidad bárbara de los medios, que hablan sólo de aquello de lo que se habla y se sabe. No creo que Faulkner pueda desaparecer, sería mejor que desapareciera Google; pero creo que Google puede en todo caso ayudar a hacer redescubrir la grandeza de Faulkner a muchos ignorantes. Los bárbaros que invadieron el Imperio romano fueron sus herederos, leyeron y difundieron los Evangelios...
Alessandro Baricco : Los bárbaros que invadieron el Imperio romano eran a menudo poblaciones ya parcialmente romanizadas, guiadas por caudillos que procedían de las filas de los oficiales del ejército imperial.
Claudio Magris : La profundidad, escribes, es a menudo fundamentalista. Ha conducido, en nombre de valores fuertes, a la guerra y a la destrucción. No creo sin embargo que la muchedumbre bárbara, inocente, pacifista de los consumidores de video juegos sea idónea para exorcizar la violencia; la veo en todo caso desarmada e ingenua y, por lo tanto, fácil presa de las persuasiones colectivas que llevan a la guerra. En tu extraordinaria apostilla aHomero, Ilíada dices –y concuerdo plenamente– que la guerra no se derrota con el abstracto pacifismo sino con la creación de otra belleza, desligada de aquella, por más alta que sea, como en la Ilíada. No veo, sin embargo, en los consumidores de Matrix a estos constructores de paz.
Alessandro Baricco : Aparentemente es así. Pero cada tanto me pregunto, por ejemplo, si una de las razones por las cuales, después de las Torres Gemelas, no nos hemos precipitado en una verdadera guerra de religión en amplia escala, no es justamente la barbarie difusa de las masas occidentales y cristianas: la nueva sospecha que les inspira todo lo que se da en forma mítica les impide adherirse en modo visceral a los posibles eslóganes guerreros que en el pasado, y por siglos, han abierto una brecha muy grande entre la gente.
Claudio Magris : Los bárbaros de los que hablamos son occidentales, aunque comprenden elementos de otras culturas. Hoy la así llamada globalización mezcla en escala planetaria otras culturas, tradiciones, niveles sociales, casi épocas diversas, e introduce también valores de profundidad y de esfuerzo, absolutos, fundamentalismos. Una nueva muchedumbre de excluidos se asoma al mercado de la civilización: respecto de ellos, nuestros bárbaros pronto parecerán aristocráticos de otro ancien régime. Por cierto, pasará tiempo antes de que los clandestinos de cualquier lengua y cultura levanten verdaderamente la voz, pero...
Alessandro Baricco : Es cierto. Cuando hablamos de humanismo o de romanticismo, hablamos de mutaciones relacionadas con un mundo pequeñísimo (Europa, y ni siquiera toda), mientras que hoy cualquier mutación se debe confrontar con todo el mundo, porque está obligada a dialogar con todo el mundo. Será una aventura fascinante.
Claudio Magris : Hay otra mutación en acto, no sólo cultural sino antropológica, genética, biológica, que podrá generar una humanidad radicalmente distinta de la nuestra, dueña de su corporeidad, capaz de orientar a su gusto el propio patrimonio genético y de conectar las neuronas propias a circuitos electrónicos artificiales, portadora de una sensualidad que no tiene nada que ver con la que, más o menos, es todavía la nuestra. Por cierto, pasará mucho tiempo de todos modos antes de que algo así pueda ocurrir. Pero no tendrá sentido preguntarse si este hombre o su clon será verdaderamente “otro” respecto de nosotros, si será horizontal o profundo, así como no tendría sentido preguntárselo respecto de nuestros antepasados simiescos o quizá roedores.
Alessandro Baricco : ¿Lo crees? No sé. A mí me parece una frontera bastante más cercana, un destino que pertenece al hombre como lo conocemos hoy, a ese animal. Porque creo que una de las adquisiciones fundamentales del hombre moderno ha sido la de imaginar y generar una continuidad en su camino, una continuidad casi indestructible. No importa cuánto tiempo será necesario, pero cuando conectemos nuestras neuronas con circuitos electrónicos artificiales habrá todavía, junto a nosotros, una mesa de luz y sobre ella un libro: quizá sea de titanio, pero será un libro. Y lo que hacemos cada día, hoy, quizá sin siquiera saberlo, es elegir qué libro será: ¿puedes imaginarte una tarea más alta y divertida? ~




 
Alessandro Baricco
“¡Que vienen los bárbaros!” es la idea que subyace en el libro de Alessandro Baricco[1]. Es un grito de pánico y miedo[2] –según el autor muy extendido hoy- ante una presunta invasión que acabaría con “nuestra civilización”. “Un miedo a ser derrotados y destruidos por hordas bárbaras y que es tan viejo como la historia de la civilización. Imágenes de desertización, de jardines saqueados por nómadas y de edificios en ruinas en los que pastan los rebaños son recurrentes de la decadencia, desde la antigüedad hasta nuestros días[3]”.
Pero ¿quiénes son esos bárbaros? ¿Cuál es nuestra civilización? ¿Qué destrucción tememos? ¿Qué principios y valores perderíamos si sucumbimos ante la invasión? Y, ¿qué podemos hacer ante esta invasión?
De todo esto trata el texto de Baricco que reúne en un libro una serie de artículos publicados el año 2008 en el diario La Repubblica.
Los bárbaros, explica Baricco, -y nosotros resumimos- son todos aquellos, jóvenes o no, que no respetan los modos ni los principios de nuestro arte, nuestra cultura, nuestra filosofía… No respetan ni el buen gusto, ni la elegancia, ni el sentido de nuestra cultura. No distinguen entre las obras de arte y el kitsch –más bien para ellos todo debería ser kitcsh-. No respetan las diferencias entre la buena comida y el buen vino y la comida basura y el vino “light”. No entienden de “buen fútbol” –el de la genialidad individual del jugador insustituible.
No leen literatura ni libros profundos, sino sólo best-seller que provienen del cine o de los videojuegos o que acaban fácilmente en ellos. Pasan por los acontecimientos superficialmente, sin penetrar su sentido. No conocen las ideologías sino las “gestualidades” políticas. No hablan correctamente sino que balbucean. “Utilizando términos románticos, y por tanto, plenamente nuestros: es como si la idea de belleza fuera sustituida por la espectacularidad; es como si se privilegiara la técnica frente a la inspiración, el efecto frente a la verdad.
Podríamos encontrar un resumen de todo este fenómeno: los nuevos bárbaros no creen en el sentido, ni en que para alcanzarlo se necesita la constancia, el esfuerzo, y la profundidad. Niegan, así, el principio del “ascetismo” artístico, científico o creativo que ha constituido el principio básico de “nuestra civilización”, ese principio que nos enseñaba que en un nivel profundo de la vida existe un “alma” y que llegar a ese “alma” es lo que nos otorga sentido. Pues bien, para estos nuevos bárbaros, lo que no tiene sentido es ese “alma”; sencillamente, la niegan.
Repitamos el contraste de valores que presenta Baricco:
Belleza
Espectacularidad
Razón
Emoción
Técnica
Inspiración
Verticalidad jerárquica
Horizontalidad
Valor de uso
Valor de cambio (comercialidad)
Lenguaje profundo
Lenguaje claro
Original (auténtico)
Serie (copia)
Complejo
Simple
Paciencia
Prisa
Comprensión
Experiencia
Baricco explica que este conflicto de los valores “de siempre” y los valores “bárbaros” se puede apreciar en muchos aspectos de la vida y con mucha más fuerza en aspectos de la vida cotidiana. Cita, de un modo muy pedagógico, como el connaisseur auténtico del mundo del vino está siendo sustituido por un amante del vino californiano –para Baricco, el mejor ejemplo de la fabricación de un producto simple, light industrial y comercial.
O cómo el gusto por la calidad individual del futbolista y la apreciación de su “arte” está siendo invadida por el gusto por el fútbol total, tosco y acelerado.
O cómo la lectura de obras literarias clásicas y de auténtico valor artístico está siendo sustituida por la lectura apresurada de bestsellers que no valen nada por sí mismos, sino que son la prolongación –en una secuencia compleja de experiencias de consumo- de un acontecimiento, de una noticia, de una película o de un videojuego.
Luego, nos recuerda que buena parte de estos valores son reliquias de la burguesía del XIX, que admitió sin crítica la confianza en el progreso y la cultura del esfuerzo. Pero que quedó desacreditada por los totalitarismos asesinos del XX –fundados en muchos de los principios heroicos del momento- y, añadimos nosotros, por “la cultura de la facilidad” que impuso la sociedad de consumo.
La lógica de los hechos
Baricco nos advierte unas cuantas cosas ante este fenómeno de miedo a los bárbaros:
1.    Tenemos que reconocer que es un “pánico” antiguo y repetido, que se ha dado siempre que un poder constituido, un estilo o un modo de vida, ha sido asediado o amenazada por otro poder. Por tanto, estaremos asustados, parece decir Baricco, pero no somos los únicos  a lo largo de la historia. En este caso, pierden los valores burgueses, se imponen los de la nueva cultura de la sociedad globalizada.
2.    Es obvio que, a la larga, no hay poder que resista y que las más altas ciudadelas o las más fuerte murallas, acaban sucumbiendo. Por tanto, parece indicar Baricco, conformémonos y asumamos que los valores burgueses perderán.
3.    ¿Y si tratamos de comprender antes que aterrorizarnos? Para ello habría que pensar que nos conviene, antes que asustarnos y huir, entender qué está pasando. Pues bien, para Baricco, el esquema de comprensión es el siguiente:
4.    Lo que está siendo asediado es el mundo de valores propio de la burguesía y un estilo artístico y filosófico, el romanticismo -que aún reside en nuestras mentes como el único esquema capaz de proporcionarnos sentido y “alma”-. ¿Cuáles son los valores de la burguesía? Pues los consabidos: el esfuerzo para obtener el beneficio, la profundidad para ser capaz de llegar al alma recóndita de las emociones; la autenticidad y el valor de lo local y originario (el alma del pueblo, la nación, el ethos auténtico); la constancia y la laboriosidad frente a la ociosidad;  el ascetismo y el ahorro frente al dispendio; etc.
5.    Es una batalla de poder: el poder burgués empieza a sucumbir ante el poder “democrático” de las masas[4]. El autoritarismo jerárquico de la burguesía cede ante la explosión anárquica de las multitudes.
6.    Tiene una lógica que se funda en los siguientes principios: a) Llega, primero, una innovación tecnológica que priva al viejo poder de la “posesión” de algún bien preciado, y concede este bien a un público más amplio. En este caso, es la burguesía la que pierde el dominio sobre la cultura y es Internet –y las multitudes[5]- quien le arrebata el privilegio –podríamos añadir que es el discurso audiovisual el que priva de poder al discurso escrito; b) Se impone la mayor fuerza de comercial de lo nuevo, es decir, produce más beneficios económicos y mayor acumulación de capital lo nuevo que lo viejo; c) se funda en unlenguaje moderno, es decir, una nueva lengua franca, más sencilla, más accesible y menos fundada en la “jerga de la secta” del viejo poder.
7.    Lo que vencerá es el nuevo “demos”: una democracia que no respetará el liderazgo, ni el carisma de los “conductores” y que se afirmará a sí mismo como masa y multitud.
8.    Los que se impondrán son los valores “modernos”: es decir, todos aquellos que nos imponen las hordas “bárbaras”.
El poder de Google
Lo que se impone es “el modelo Google” de conocimiento y comunicación. A saber: encuentre usted todo lo que pida, y de inmediato. Navegue acelerada y sencillamente por experiencias breves, pero intensas. Sienta la emoción de la navegación, de la secuencia anárquica de experiencias –no importa la comprensión, sino la sensación (“experiencia”, dice Baricco). Obtenga energía propia en cada nodo; fuerza para dar un salto adelante. Adquiera la técnica del surf, es decir, aproveche los vientos de superficie y el movimiento de las olas. Déjese llevar: el camino importa más que el rumbo o el puerto de llegada. Mejor. No hay puerto de llegada, hay movimiento. Su energía crecerá con la de las olas. Y las olas son más fuertes cuantas más multitudes las apoyan. Sepa estar en la cresta de ellas. Si debajo de usted hay un mar insondable, no se preocupe, lo que interesa es la superficie, y flotando no se hundirá.
¡Esta es la filosofía Google! Y esta es la que expresa el nuevo sentido de los bárbaros. Bárbaros que no buscan profundidades ni comprensiones, sino que en cada nodo de la red recargan energía, fuerza para seguir adelante, una descarga de información que les impulsa a buscar más información.
La ambivalencia del fenómeno
Baricco se enfrenta al fenómeno que el mismo describe como “invasión de los bárbaros” con algunas metáforas y una cierta ambivalencia.
La metáfora es la de la Muralla china –explicada en unas bellas páginas al final de su libro-. Como la muralla china expresa en su realidad histórica –y como tantas otras murallas- nada pudo ni puede en la actualidad contener a las hordas de bárbaros. Las murallas sólo ofrecen una sensación falsa de seguridad y, en realidad, señalan –y abren el camino de la invasión-. Hay fenómenos que no se pueden contener. Y así sucede con estos bárbaros actuales del sentido. La ambivalencia, es la siguiente: Baricco tiene páginas de crítica y denuncia de las “barbaridades” y páginas en las que –en un esfuerzo de comprensión- expresa su seducción por los nuevos valores.
La conclusión es, visto el conjunto de la obra, claro. Los bárbaros –este nuevo estilo de consumo de información y de vida- no son un fenómeno ni pasajero ni al que se le pueda oponer resistencia. Tampoco se trata de un fenómeno externo a nosotros. Más bien, insiste el autor, es un fenómeno de mutación: somos nosotros mismos –o, al menos, los nuestros- los que están mutando. Y, por ambas razones, conviene conformarse y adaptarse a que el paisaje del futuro será más bárbaro que otra cosa.
Post-modernismo, conformismo, adaptación
El debate que se plantea ha tenido otras ocasiones históricas, es el que se planteó en relación a la cultura de masas y que Umberto Eco describió en un célebre artículo –“Apocalípticos e integrados”-; es el que se refleja en obras tan reconocidas como La industria cultural de Horkheimer y Adorno –críticos con la cultura de masas- o la más comprensiva de Morin, El espíritu del tiempo… Y tantas otras. Por un lado, hay valores y principios que se degradan, pierden solidez y amenazan con el hundimiento de un estilo; por otro, hay valores que progresan se imponen como modernos y avanzan con una fuerza incontenible. ¿Cómo valorarlo? ¿Qué posición adoptar?
Si se acepta la novedad como tal, se aporta poco, es sólo un fenómeno acrítico de adaptación. Si, en cambio, se plantea una resistencia numantina al cambio, el anquilosamiento es seguro.
La obra de Baricco oscila –al menos desde el punto de vista retórico- entre las dos posiciones. Se plantea la resistencia, pero, a la vez, ve indefectible la adaptación. No toma posición alguna más allá de la apelación genérica a que hay que intentar explicar y comprender el fenómeno.
Se enmarca así en ese estilo post-modernista que desde la asunción de que el modelo del progreso está finiquitado, entabla un diálogo continuo con las nuevas proposiciones sentimentales y estilísticas[6]. Pero la cuestión no es ni la existencia de ese diálogo –que me parece de todo punto de vista exigible- ni la negación -¿cómo podría ser?- del necesario esfuerzo de comprensión hacia los fenómenos culturales contemporáneos. De lo que se trata es de saber si la única opción es la resistencia o la adaptación.
Desde mi punto de vista, el diálogo crítico y la acción propositiva y de cambio es una actitud intermedia. No se trata ya sólo de resistir o comprender, sino de comprender para construir. Esa construcción, obviamente, es hipotética y arriesgada. No tenemos certeza de que sea posible y alcanzable, pero hay que intentarla. Porque la simple adaptación me parece una actitud acomodaticia a los impulsos comerciales –simplemente comerciales, habría que decir- de la actual industria cultural. Y la actitud de simple resistencia, la veo como una nostalgia del pasado.
Diálogo crítico significa, desde mi punto de vista, debate de valores y de objetivos –también de criterios y de juicios-. Actuación  propositiva, de otro lado, significa construir y apostar por determinados valores aunque éstos vayan a contracorriente del flujo dominante. Traducido a la cuestión de los “bárbaros” el diálogo crítico y la acción constructiva significan debate, análisis, lecturas críticas y, al mismo tiempo, hacer lo posible porque valores alternativos se vayan configurando y consolidando.
Por eso ese “fatalismo” que me parece adivinar en algunas –no en todas- las páginas del libro de Baricco me parece contraproducente. Me parece, incluso, injusto. Es cierto que la fragmentación, la sentimentalidad, la sustitución de la superficialidad por la profundidad es un hecho constatable en nuestra cultura actual. Pero también es una realidad que esta nueva cultura-red deja espacio para nuevas profundidades, para diálogos más profundos, para comprensiones más amplias. Son dos polos de una misma realidad que se tensan entre sí, se discuten espacios e, incluso, pueden, en ocasiones, llegar a sinergias e hibridaciones dignas de reconocimiento. Pero como tales polos cobran su valor de su capacidad de atracción en sentido contrario, y no dejan de disputarse espacios.
Es verdad, por tanto, que los bárbaros están ahí, a las puertas de una imaginaria muralla que en teoría nosotros tampoco tenemos muchas razones para defender. Pero lo importante es que para mantenernos en pie, con proyectos y futuro, no podemos, simplemente, dejarnos invadir alegremente, hemos de señalar un rumbo y viajar –o navegar con él.
El libro de Baricco tiene la virtud de enfrentarnos con todos estos problemas básicos de nuestra cultura actual. Ofrece algunas intuiciones iluminadoras y una narración atractiva y pedagógica. Permite, perfectamente, el debate y la reflexión.
Si el lector tiene inquietud por contrastar y discutir las ideas de Baricco, le recomiendo que lea una conversación que ha mantenido con Claudio Magris sobre el libro. Observará un Magris más preocupado que Baricco por la amenaza de los bárbaros, menos complaciente con su “triunfo” y más decidido a anteponer los valores clásicos al vendaval de “superficialidad” contemporáneo.

[1] Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación Barcelona, Anagrama, 2009.
[2] Sobre el miedo como elemento del actual orden social puede verse Z. Bauman: Miedo líquido: la sociedad contemporánea y sus temores, Barcelona, Paidós, 2007. Cf. También el texto de Jaraba sobre Baumanhttp://www.gabrieljaraba.info/gabriel_jaraba_periodista/2008/07/el-miedo-lquido.html. Sin embargo, el miedo del que habla Baricco no es a los extranjeros, sino a lo extraño, la “extranjeridad” que se adueña de nuestras costumbres y estilos de vida.
[3] Por cierto, Kafca escribió un relato sobre la invasión bárbara –siempre enigmático, como toda su literatura- que muy bien pudiera haber servido de inspiración a Baricco en su libro. Y también, en esta misma línea, este “miedo” que señala Baricco es el mismo que Bauman refiere a propósito de los “extranjeros” y que se da como nunca en un mundo globalizado como el nuestro.
[4] Recuérdese Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.
[5] Cf. Francis Pisani y Dominique Piotet, La alquimia de las multitudes,Barcelona, Paidós, 2009
[6] Expresión de este diálogo es la obra de Maffesoli Cf. aquí Iconologías como lo es el libro de Bauman, Ética postmoderna, México, Siglo XXI, 2009.
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