Dirección: 
Theo Angelopoulos. 
Intérpretes: Harvey Keitel (A), Maïa Morgenstern (Las mujeres de Ulises), Erland Josephson (Conservador de la cinemateca), Yorgos Michalakopoulos (Nikos, el amigo periodista), Thanassis Vengos (El taxista), Dora Volanaki (la señora mayor). País: Francia-Italia-Grecia. Año: 1995. 
Argumento: Libremente inspirado en La Odisea, de Homero. Guión: Tonino Guerra, Theo Angelopoulos, Petros Markaris y Giorgio Silvagni. Música: Eleni Karaindrou. B.S.O.: ECM New Series.Fotografía: Yorgos Arvanitis. Dirección artística: Yorgos Patsas y Miodrag Mile Nicolic. Montaje: Yannis Tsitsopoulos. Duración: 176 minutos. 

Premios principales: Gran Premio del Jurado y Premio Fipresci de la Crítica Internacional en el Festival de Cannes de 1995. Nasti d’Argento de la crítica italiana al mejor director extranjero. Premio Sant Jordi 1996 a la mejor película extranjera. Nominación al Premio Goya 1996 a la mejor película europea. 


Gran Premio del Jurado en el Festival de Cine de Cannes 1995. Obtuvo también el Premio Fipresci de la Crítica Internacional y es, con justicia, una película valorada por la crítica, cinéfilos y amantes del arte en general, pero de difícil asimilación para un público mayoritario, tan abotargado hoy por ciertos productos norteamericanos de consumo.
Estructurada en lo básico como La Odisea, cuenta la vuelta de A. (Harvey Keitel), cineasta exiliado en EE.UU., a su ciudad natal de Grecia, para asistir a la proyección de una de sus películas políticamente más conflictivas; pero su principal interés está en encontrar la primera película de los hermanos Manakis, documental e historia de los últimos 50 años de los Balcanes. En su búsqueda, en su odisea, su mirada recogerá la vida —actual y el recuerdo— de diversas ciudades, de Grecia, Albania, Macedonia, Bulgaria, la frontera entre Serbia y Rumania: el Danubio, el Drina... hasta llegar a Sarajevo, donde alcanza su deseo, y encuentra en sí mismo tal vez, cerrando la mirada, un mundo ya perdido, su autobiografía y la de muchos otros... Ante tanta muerte y destrucción, odio entre razas, parece perderse la capacidad de ver, y se quedan los ojos de A. —del hombre— como ciegos, confundidos: «Nuestro siglo comienza y acaba en Sarajevo», dice Angelopoulos, y cita a T.S. Eliot como conclusión: «Cuando el principio y el final se confunden, la historia no nos ha enseñado nada». Tal vez no sea cierto.
Así, La mirada de Ulises es un lento y largo viaje, ensimismado, en el que la mirada interior parece ponderar, cada vez más abrumada, el porqué de tanta ruina. En este viaje de A. hay lugar para la amistad, nunca perdida, y para el amor nunca alcanzado: Una mujer distinta (siempre interpretada por la actriz Maïa Morgenstern) aparece fugazmente junto a A. en todas las ciudades por las que pasa. Paisajes desolados, ciudades desiertas, escombros, fuegos, lejano sonar de bombas, lento fluir de ríos... como si no desearan nunca llegar. Perfiles y sombras, contrastes trágicos, tanto, que parece estar viéndose todo en blanco y negro. Apenas hay palabras. Todos los lenguajes y técnicas narrativas están presentes en esta magna realización.
Angelopoulos —autor desde 1965 de una docena de obras— ha llevado a cabo una obra perdurable, no condicionada a este tiempo de guerra, aunque de él tome su vívida experiencia. Memorables secuencias, largamente sostenidas, quedarán sin duda como perfectas muestras de narrativa cinematográfica. La destrucción humana, que el espectador ve junto al sobrio protagonista, no es tanto una desesperanzada definición del hombre, sino comprensible tristeza tras la muerte de esta amplia patria, que habrá de ser restaurada, sobre todo expulsando de ella el odio. Más adelante, cuando la mirada de Angelopoulos se ilumine con la fe, habrá de componer un canto de esperanza.
http://cineclubimaginario.blogspot.com/2007/11/la-mirada-de-ulises-theo-angelopoulos.html



La mirada de Ulises



No es fácil dar una lectura de Το Βλέμμα του Οδυσσέα (La mirada de Ulises, Theo Angelopoulos, 1995), sin perderse en los innumerables vericuetos que este film esconde. Esta verdadera odisea cinematográfica de 170 mins. de duración nos cuenta la historia de un cineasta griego (Harvey Keitel) que vuelve a su país tras 35 años de ausencia, con el encargo de localizar tres bobinas cinematográficas que al parecer contienen las primeras imágenes rodadas por los dos pioneros del cine griego Miltos y Yannakis Mannakis, bobinas que nunca fueron reveladas para su visionado. La accidentada búsqueda de estas tres míticas bobinas llevará al cineasta, hundido en una crisis de creatividad, a un viaje por la convulsa geografía de los Balcanes, a un reencuentro con su país y su cultura, así como a un reencuentro consigo mismo y su memoria. En un contexto real de confrontación bélica, Angelopoulos convirtió este ambicioso argumento en una obra maestra. He aquí unos cuantos apuntes sobre el film.
              


 

Se corre el peligro de interpretar este largometraje apoyándose únicamente en las abundantes referencias homéricas que la película va desgranando. El cineasta es, por supuesto, una transfiguración de Ulises; la confrontación entre conservadores y progresistas en Grecia así como la Guerra de los Balcanes son trasunto de la guerra de Troya; el asedio a Sarajevo, un trasunto de la misma Troya; las bobinas no serán ni más ni menos que el hogar de Ulises, su Ítaca; las mujeres a las que sucesiva e infructuosamente el cineasta trata de amar son la esquiva Elena (y la Hélade, por extensión); la gigantesca estatua de Lenin que remonta el Danubio a bordo de un carguero es un trasunto del cíclope al que Ulises vence, y a su vez símbolo de la caída del comunismo en Europa; la lista es interminable, podríamos proseguir indefinidamente, sin rozar siquiera el contenido del film…
             
 

En 1995, y en paralelo al rodaje y estreno del la película, se produjo la celebración del primer centenario del cine, y sin embargo, la introducción en la trama de la película de las bobinas de los Mannakis no parece un pretexto para un nostálgico homenaje al cine, o al menos no únicamente eso. Angelopoulos sugiere que la aparición del cine entre las frágiles fronteras de su país es únicamente la antesala de un periodo histórico convulso: la primera guerra de los Balcanes, la I Guerra Mundial, la Segunda, el ir y venir de las dictaduras militares, la implantación del comunismo, su posterior caída, y finalmente la herida abierta del conflicto étnico en la antigua Yugoslavia.


 El guión de la película tiene la virtud de integrar la cuestión histórica superponiéndola al drama personal del protagonista en busca de su identidad, a las mencionadas referencias homéricas, y a la dramatización de determinados episodios biográficos de los hermanos Mannakis. Todos los elementos se desdoblan y se hacen eco mutuamente con unas imágenes en las que Angelopoulos mezcla magistralmente el relato histórico con la memoria y los sueños y del protagonista.





 A un cierto tono documental (imágenes reales de ciudades desoladas de varios países) se suma el fluir puramente simbólico y poético de cada una de las secuencias. Con ello se nos advierte que la mayor parte de los personajes no deben entenderse sino como arquetipos. Es lo que explica que la actriz Maia Morgenstern encarne por sí sola a las cuatro mujeres con las que el cineasta entabla desiguales relaciones amorosas: cada una de ellas no es sino la entrevisión de un mismo ideal, al cual el cineasta siente que no podrá atender hasta que no recupere la inocencia de su propia mirada, que considera cifrada en esas tres míticas bobinas.



  De Atenas (Grecia) a Skopje (Macedonia) por carretera; de Sofía (Bulgaria) a Bucarest (Rumanía) en tren; y ascendiendo el Danubio, hasta Belgrado y Sarajevo (en la antigua Yugoslavia); estas son las principales escalas del viaje. Por el camino, el cineasta encontrará el amor, hará amistades y se reencontrará con viejos amigos, pero el protagonista no permanece con ninguno de ellos, porque su viaje es una pregunta que solo alcanzará a responder soledad, y su obsesión llegará a transformarse en trance. El simbolismo inherente a todo viaje -que ya glosó Kavafis en su famoso poema- tiene su correlato en una reflexión acerca de los procesos migratorios, las identidades nacionales, y el absurdo de las fronteras. Como las bobinas sin revelar, y como el viaje del cineasta, la cultura en cambio se mueve de un lugar a otro, errabunda y sabia.
 Las indagaciones del cineasta le llevan finalmente Sarajevo. Cansado y enfermo logrará localizar a Ivo Levy (Erland Josephson), el último encargado de la Filmoteca de la ciudad, dedicado por entero a preservar las joyas de su archivo (como quien achica agua en un naufragio permanente) y entre ellas las tres famosas bobinas. Ante la insistencia del director de cine, Levy acepta finalizar el proceso de revelado de las bobinas.



 Mientras el baño químico hace su efecto, Sarajevo es invadida por la niebla, y el cineasta acude junto a sus nuevos amigos a celebrar su hallazgo recorriendo la ciudad en ruinas. Tal y como ocurría realmente durante el conflicto, la niebla obliga a los francotiradores a abandonar su tarea, y los habitantes de Sarajevo aprovechan para visitar a familiares distantes en el núcleo urbano, escuchar música en la calle, y en suma, recuperar su ciudad, o lo que queda de ella. Sin embargo, tan perdido en la cegadora niebla como en el interior de sí mismo, el cineasta escucha cómo a unos pocos pasos de él unos soldados fusilan al Levy y a toda su familia mientras pasean por la orilla del río.

                         
 

 Cuando el cineasta regresa a la filmoteca y finalmente proyecta las bobinas, encuentra en ellas el sentido de su viaje, de su mirada perdida, y por extensión, de “toda la aventura humana”. Las Ítacas no existen.


                     


Después de pergeñar este artículo encontré un estudio de Pere Alberó sobre la película. Está editado por Paidós y puedo afirmar que es realmente recomendable para todo aquel que quiera profundizar en las claves del largometraje.

Llega a España 'Historia de un Estado clandestino' de Jan Karski, espía polaco que denunció el Holocausto e intentó pararlo en vano

TOMMASO KOCH - Madrid - 20/05/2011
Karski
Karski (1914-2000), a la izquierda, con su hermano militar,
 Marian (1867-1964), cuando el testigo del horror tenía 22 años

En la mitología de la Antigua Grecia, el destino que le tocó a Casandra se consideraba una maldición. Tras una pelea sentimental, el dios Apolo le concedió el don de la profecía, que compensó con un castigo atroz: nadie le haría caso. Así que cuando la adivina empezó a repetirles a los troyanos que su ciudad caería presa de los griegos, no recibió respuestas, hasta que un enorme caballo de madera le diera la razón. Jan Karski (Lodz, Polonia, 1914-Washington, 2000) nunca tuvo relaciones con Apolo, pero su maldición fue parecida a la de Casandra. Protagonista de la Resistencia polaca, como espía del Gobierno clandestino, en 1942 Karski entró en el Gueto de Varsovia y en el campo de exterminio de Belzec. Lo que vio fue la mayor tragedia del siglo XX: cuerpos descompuestos, niños agonizantes, cámaras de gas. Es decir, la Solución Final que Hitler estaba llevando a cabo para eliminar a todos los judíos de la faz de la Tierra. Sin embargo, por mucho que Karski intentara contar su historia y pedir a los potentes interlocutores (entre ellos, el presidente estadounidense Franklin Roosevelt) con los que se entrevistó que trataran de detener el drama, sus súplicas cayeron en saco roto. Todo esto, y mucho más, es lo que contienen las 514 páginas de Historia de un Estado clandestino, que Karski publicó en 1944 en EE UU y que la editorial Acantilado saca a la venta estos días en España.
"Cuando Jan entró en el gueto, lo primero que vio fue un niño delgadísimo tirado en el suelo. Se acercó a él y el pequeño levantó la mano como para pedirle ayuda. Sin embargo el oficial que le acompañaba le detuvo. No olvidó nunca cómo le miraba ese niño mientras le obligaban a alejarse de él". El recuerdo y las palabras son de Kaya Mirecka Ploss, íntima de Karski durante 32 años y directora del Instituto Jan Karski para la Tolerancia y el Diálogo, en Washington, quien se ha desplazado hasta la Residencia de los Estudiantes de Madrid para promocionar Historia de un Estado clandestino. Antes del viaje, charlócon su fallecido amigo. "Siempre que se publica su libro en algún país, me pongo ante un gran cuadro de él que tengo en mi casa y le digo: 'Enhorabuena Jan, ¡lo hemos conseguido!", cuenta Mirecka.
Jan Karski
El rostro de Karski con las cicatrices de 
las torturas de la Gestapo, en su primera
 visita a Washington en 1943.-
 US HOLOCAUST MEMORIAL MUSEUM
El libro vendió en EE UU 400.00 ejemplares, pero ya era tarde. Jan Kozielevski (su nombre real) no había logrado los apoyos que contaban de verdad. Entre 1943 y 1944 el espía viajó a Inglaterra y al otro lado del océano. Se entrevistó con el ministro de Exteriores británico, Anthony Eden, y con miembros de los partidos Conservador y Labortista. Relató sus recuerdos del olor a carne humana quemada y mostró sus microfilmes a los cardenales de la Iglesia estadounidense y hasta tuvo acceso al presidente Roosevelt. Durante una hora le informó, en la propia Casa Blanca, de ,lo que pasaría a la historia como el Holocausto. Pero cuando Karski preguntó al hombre más poderoso del mundo qué mensaje debería llevarle al pueblo judío la respuesta que recibió demostró que los Aliados tenían otras prioridades: "Dígales que vamos a ganar esta guerra".
"Fue muy sencillo para los nazis matar a los judíos. Fueron abandonados por todos. Ahora muchos Gobiernos y la Iglesia dicen que intentaron ayudarlos, pero nadie hizo nada", contaba muchos años después el propio Karski. La masacre de seis millones de ellos fue la mancha que persiguió durante toda su vida a un hombre que, según cuenta Mirecka, se sentía culpable por cada desafortunado del planeta y regalaba dinero a la gente de la que no sabía si realmente lo necesitaba o a la que claramente no le hacía falta. "Era republicano y un día, visto que llevaba su contabilidad, vi que había donado 250 dólares a la campaña electoral de Bill Clinton. Me dijo que, tras el escándalo Lewinsky, todos estaban en contra del presidente y él iba a ser su amigo", recuerda Mirecka.
Historias de un Estado Clandestino
Kaya Mirecka Ploss, el editor Jaume Vallcorba (centro) 
y el periodista Miguel Ángel Aguilar, ayer en la 
presentación del libro de Jan Karski en la 
Residencia de los Estudiantes de Madrid.
- ARCHIVO RESIDENCIA DE LOS ESTUDIANTES
A pesar de los primeros fracasos, Karski insistió. Intentó realizar una película, pero Hollywood le cerró las puertas. Cuando debió de darse cuenta de que solo conseguía alargar la lista de sus frustraciones, de repente calló. Fue la rebelión silenciosa y culpable de la Casandra del siglo XX. Durante 40 años se convirtió en un profesor cualquiera de la Universidad de Georgetown, en EE UU. Pero no podía durar. No era un tipo cualquiera, era Jan Karski, "un hombre de esos que sobresalen", afirma el periodista Miguel Ángel Aguilar, invitado a la presentación del libro. En 1981 el polaco volvió a denunciar la indiferencia de las potencias aliadas ante el Holocausto. "Informé de lo que vi. Dios me ha permitido ver y decir lo que he visto, dar testimonio", decía en un vídeo que el director francés Claude Lanzmann incluyó en su película Shoá.
Pelo blanco, ojos azules glaciales y un inglés con fuerte acento polaco, tambaleante por la conmoción que le provoca la memoria, Mirecka habla también de la vida cotidiana de Karski: "Era fuertemente católico. La fe le forzó a hacer todo lo que hizo". Y se transformó en su cruz. Personaje trágico se mire por donde se mire, el espía tuvo que afrontar dramas también en su vida personal. Precisamente por su creencia católica, convenció a su mujer, Pola Nirenska, judía, a convertirse. Pero cuando la familia de ella fue asesinada por los nazis, Nirenska empezó a sentirse una traidora. Cinco veces intentó suicidarse, hasta que un sexto intento y un salto desde la undécima planta de un edificio acabó con su culpabilidad. "Karski nunca lo superó", afirma Mirecka. También se suicidó su hermano, de un disparo.
Casandra tuvo que rendirse ante el rencor de un dios. El destino de Jan Karski fue igual de trágico, pero tuvo un enemigo mucho más terrenal: la indiferencia e incredulidad de un puñado de poderosos.
- Madrid - 20/05/2011

El artista Edward Gorey fue un personaje fascinante de principios del siglo XX. Con su estética perturbadora fue un referente para autores como Tim Burton.

POR ANA PRIETO

Los pequeños macabros. Uno de los trabajos de Gorey publicados por Libros de Zorro Rojo.

Los pequeños macabros. Uno de los trabajos de Gorey publicados por Libros de Zorro Rojo.

La A es de Amy, que rodó por una escaleras. La B es de Basil, atacado por unos osos. La C es de Clara, que se consumió sin remedio”. Y el abecedario llega a la Z de Zillah, “que abusó de la ginebra”. Los pequeños macabros se llama este librito extraño de edición hermosa, que acaba de llegar a la Argentina de mano de la editorial barcelonesa Libros del Zorro Rojo. Edward Gorey, su escritor e ilustrador, es considerado por muchos como uno de los grandes artistas del siglo XX. Nació en Chicago en 1925, y como su paisano H.P. Lovecraft, aprendió a leer a los cuatro años para abismarse en la literatura de Poe, de Shelley y de Víctor Hugo. Cuando salió del secundario cursó un semestre en el Art Institute de Chicago, pero le tocó irse a los cuarteles de Utah a hacer trabajo de oficina durante la Segunda Guerra Mundial. De ese tiempo le iba a quedar el infeliz recuerdo de ver cómo sus compatriotas hacían pruebas con morteros y gas venenoso.
Después de la guerra estudió francés en Harvard, y se haría fama por su estampa de dandy atemporal, siempre excéntrico. Cuentan que usaba como mesa una lápida que él y su compañero de cuarto, el celebrado poeta Frank O’Hara, se habían llevado de un cementerio cercano. Cuentan que cuando una amiga suya estuvo internada, él la visitaba todos los días y, para distraerla, confeccionaba lánguidas muñecas de trapo que luego arrojaba dentro de la primera ventana que viese abierta de un auto estacionado. Durante sus años de estudiante fue uno de los fundadores del Poet’s Theatre de Cambridge. Diseñó el vestuario y la puesta de Try Try! de O’hara, de Drácula –que más tarde haría para Broadway–, y buena parte de los pósteres promocionales. Se fascinaba con el surrealismo francés, el teatro Kabuki y las piezas cortas y musicales del teatro Noh.
Se fue a vivir a Nueva York y diseñó las portadas de Kafka, Proust y Conrad de la prestigiosa editorial Doubleday, para la que también ilustró textos de T. S. Eliot, Dickens, Wells y Updike. Era fanático de la danza clásica y no se perdió ni una sola función del New York City Ballet mientras vivió en esa ciudad. Llegaba enfundado en un abrigo de piel de mapache y con sus zapatillas Converse, que puso en los pies de uno de sus personajes más famosos, El huésped dudoso, de 1957.
Como no encontraba a nadie interesado en publicar su primer libro, El arpa sin encordar, creó su propia editorial, Fantod Press en 1953 y lo editó artesanalmente. No fue hasta 1967 que sus libros encontraron compradores cautivos a través de la librería de un amigo suyo. Y se convirtió en un profeta en su tierra. Un profeta de culto.
Sus libros ya habían llegado a la Argentina en formato bilingüe por editorial Valdemar y si se buscan bien aún pueden conseguirse. Pero lo que Zorro Rojo está haciendo ahora es publicarlos tal y como Gorey los concibió originalmente: en pequeño formato. Sucedió que su creciente popularidad y los stocks vacíos lo llevaron a compilar su extensísima obra –más de cien libros– en cuatro tomos, llamados Amphigorey. Pero hasta ese punto él hizo libros pequeñitos, objetitos que se pierden en una biblioteca, tal y como sus criaturas se pierden en la arbitraria crueldad de los hombres, en la desidia y en los males del siglo.
Cómo era ser niño
“No sé si de verdad recuerdo cómo era ser niño”, dijo una vez Gorey. “En mi obra uso mucho a los niños, porque son tan vulnerables”. Los pequeños macabros, su abecedario sombrío, es una de sus creaciones más célebres. Cuenta las circunstancias en las que veintiséis niños pierden la vida en accidentes, por la mano oscura de un adulto, o por algo que bien podría pasar por un suicidio. Quienes hayan leído el libro La melancólica muerte del chico ostra de Tim Burton, mucho más famoso que Edward Gorey, no podrán evitar encontrar una resonancia, que no es otra cosa que un homenaje. Gorey fue el precursor de todo lo que más tarde se convertiría en la inconfundible estética del cineasta Tim Burton(El joven manos de tijera). Pero donde Burton es tierno, ligero y llorón, Gorey es lacerante, irónico y perturbador.
En El dios de los insectos, la pequeña Millicent Frasley desaparece mientras juega en el parque. La niñera enloquece y nadie puede sacarle una pista de lo ocurrido. Los padres en su mansión victoriana apretujan sus pañuelos y esperan en silencio. En La niña desdichada, Charlotte Sophia muere a causa de un amargo malentendido. Y hay algo que se pierde sin remedio cuando se ha traducido a Gorey, y son sus rimas, su métrica en quintillas: la descripción de los destinos más horribles con la melodía de los juegos infantiles. Gorey es también un irreverente. Un incorrectísimo.
Los otros libros que llegaron al país son El huésped dudoso, El zoo absoluto, El Wuggly Ump, La bicicleta epipléjica y El ala oeste, el único sin textos, donde los personajes son las estancias de una mansión solariega: el papel tapiz que se despega, el encaje de un vestido que se ve tras una puerta, un hombre desnudo mirando a la distancia, una niña grande que gatea. Uno se pierde por largos minutos en los detalles de esas ilustraciones blanco y negro del tamaño de la palma de la mano. Algo curioso: Gorey nunca elige los primeros planos: a quien le toca manejar el zoom es al lector.
Su obra incluye también piezas cómicas y “libertinas”, como El cuento de la chica recién desflorada. Un manual de etiqueta, en el que Gorey, bajo el seudónimo de Hyacinthe Phypps, da consejos a muchachas que acaban de perder la virginidad. O El sofá curioso, sobre una jovencita ingenua que se deja seducir por un hombre, por su tía y después por todos los amigos de ambos. O el patético Infante piadoso sobre un pequeño fanático religioso.
Edward Gorey murió en el año 2000 y terminó sus días en Cape Cod, Massachussets, en una casa que hoy es un museo y también un afluente de merchandising. Vivió en completa soledad, salvo por sus gatos, por sus niñitos acechados por la muerte, y por una familia de mapaches que había hospedado en el ático, arrepentido de haber usado sus pieles durante tantos años.
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/melancolica-muerte-ilustrador_0_481752026.html


Edward Gorey siempre

Edward Gorey (1925-2000) ha sido uno de los artistas gráficos más importantes de Norteamérica.  Fue un lector precoz, ya que, según propia confesión, a los tres años ya había leído Drácula y Alicia en el país de las maravillas, a los que seguiríanFrankenstein y las novelas de Agatha Christie, autora por la que mantendría una rendida admiración a lo largo de su vida. La predilección por lo gótico, las historias de crímenes, los mundos absurdos y oníricos se  evidencia  en sus obras. Tras unos años como diseñador de libros, comenzó a crear sus obras y a publicarlas  en su propia editorial, Fantod Press: El arpa sin encordar (1953), El desván del listado (1954), El invitado incierto (1957) y El ejemplo práctico (1958) fueron sus primeros libros.
Las ediciones casi artesanales, de muy corta tirada, mantuvieron el nombre de Edward Gorey en los límites de un autor de culto para una minoría. Fue a partir de 1972, con la publicación de la antología Amphigorey - a la que siguieronAmphigorey también (1974) y Amphigorey además (1983)- cuando empezó a ser conocido y admirado por un público amplio. Libros como El ala oesteLa pareja abominable o Los pequeñines macabros fueron inmediatamente reconocidas como obras maestras. Obras maestras inclasificables, híbridos del cómic, la novela sin palabras, el álbum de viñetas, en las que admirar un   estilo inconfundible,  minucioso y detallista, admirado por Tim Burton. La parte textual es un continuo ejercicio de nonsenselimericks y  absurdo surrealista para desarrollar argumentos macabros con enormes dosis de humor negro. Y  la parte gráfica, próxima a los collages de Max Ernst, es una evocación anacrónica de los tipos y ambientes victorianos (o de la estética de los Wiener Werkstätter, como en El hechizo de hundimiento). Porque en Edward Gorey se mezcla la erudición y el gusto por la cultura popular, el refinado lector de La historia del príncipe Genji y el consumidor compulsivo de series televisivas.
La editorial Valdemar ha publicado Amphigorey,Amphigorey tambiénAmphigorey además y Amphigorey de nuevo, en la colección Avatares. Son ediciones bilingües, muy cuidadas, con traducción y magníficos prólogos de Óscar Palmer Yáñez, de los que hemos obtenidos buena parte de los datos para esta presentación. Recientemente, la editorial El Zorro Rojo ha comenzado a publicar los libros de Edward Gorey en un formato parecido al  original.


La “globalización neoliberal”, según Eric Hobsbawm, supone una mudanza económica, política y cultural del mundo en el siglo XXI. La desigualdad provocará más protestas y revueltas, el poder económico tendrá una orientación asiática y la crisis medioambiental no estará cerca de solucionarse.


Un muy destacado científico ha expresado la opinión de que la raza humana sólo tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de sobrevivir al siglo XXI. Ésta es en cierto sentido una afirmación extrema; pero muy pocos disentiríamos de la idea de que nuestra especie y nuestro globo enfrentan ahora peligros sin precedentes para la presente centuria, aunque sólo sea por el extraordinario impacto que la tecnología y la economía humanas ejercen sobre el medio ambiente. A este ensayo mío no le conciernen tales escenarios apocalípticos: supondré que si la humanidad sobrevivió al siglo XX, igualmente lo hará en el siglo XXI.
El mundo de principios del siglo XXI se caracteriza por tres sucesos principales:
  Las enormes fuerzas que aceleran la velocidad de nuestra capacidad de producción y que, al hacerlo, cambian la faz del mundo. Esto es así y así continuará.
•  Un proceso de globalización acelerado por la revolución en el transporte y las comunicaciones, nos indica que: a) sus efectos mayores corresponden directa o indirectamente a la globalización económica; aunque b) se presenta en todos los campos excepto en los del poder político y la cultura, en la medida en que dependen del idioma.
•  El reciente pero rápido cambio en la distribución de la riqueza, el poder y la cultura, de un patrón establecido que duró de 1750 a 1970 a uno todavía indeterminado.
 
I
El incremento en nuestra capacidad para producir –y para consumir– difícilmente requiere de comprobación alguna. Sin embargo, deseo hacer tres observaciones. La primera concierne a la explotación de recursos cuyo abastecimiento es naturalmente limitado. Esto incluye no sólo las fuentes de energía fósil de las cuales la industria ha dependido desde el siglo XIX –carbón, petróleo, gas– sino de los más antiguos fundadores de nuestra civilización, a saber: agricultura, pesca y bosques. Estas limitaciones naturales o son absolutas dada la magnitud de las reservas geológicas y de tierras cultivables, o relativas cuando la demanda excede la capacidad de estos recursos para su propia renovación, como la excesiva explotación pesquera y de bosques. Cerca del final del siglo XX el mundo no se había aproximado aún al límite absoluto de las fuentes de energía, ni a un incremento sustancial en la productividad agrícola y las extensiones cultivables, aunque el ritmo de incorporación de nuevas tierras aflojó durante la segunda mitad del siglo. Los rendimientos por hectárea de trigo, arroz y maíz subieron a más del doble entre 1960 y 1990. Sin embargo, los bosques fueron seriamente amenazados. La deforestación en pequeña escala ha sido un antiguo problema y ha dejado marca permanente en algunas regiones, notablemente el Mediterráneo. La sobreexplotación pesquera empezó a alcanzar su punto crítico en el Atlántico norte alrededor de los últimos treinta años del siglo XX y se extendió a todo el globo debido a la preferencia por algunas especies. Esto, hasta cierto punto, se ha compensado con la acuicultura, que en la actualidad produce alrededor del 36 por ciento del pescado y marisco que consumimos –cerca de la mitad de las importaciones de pescado de los Estados Unidos. Aunque la acuicultura todavía se encuentra en etapa inicial, el esfuerzo podría terminar en la mayor innovación en la producción de alimentos desde que se inventó la agricultura. Esta vastedad de alimentos alcanzada, que permite alimentar a más de seis mil millones de personas mucho mejor que a los dos mil millones de principios del siglo XX, se logró a través de los métodos tradicionales, además de las tecnologías mecánica y química; de modo que no tiene sentido argumentar que la humanidad no puede ser alimentada sin manipulación genética.
El agotamiento de los recursos no renovables o limitados ciertamente planteará serios problemas al siglo XXI, particularmente si la crisis medioambiental no se encara seriamente.
Mi segunda observación se ocupa del impacto que la revolución tecnológica ha tenido sobre la producción y la mano de obra. En la segunda mitad del siglo XX, por primera vez en la historia la producción dejó de ser de mano de obra intensiva para volverse de capital intensivo y, progresivamente, de información intensiva. Las consecuencias han sido dramáticas. La agricultura sigue siendo el principal deponente de mano de obra. En Japón la población agrícola se redujo del 52,4 por ciento después de la Segunda Guerra Mundial al 5 por ciento en el presente. Lo mismo en Corea del Sur y Taiwán. Aun en China la población agrícola ha disminuido del 85 por ciento en 1950, al 50 por ciento hoy en día. No hay necesidad de comprobar la sangría de campesinos en América Latina desde 1960, pues es evidente. Para decirlo pronto, salvo la India y algunas zonas del África subsahariana, no quedan países campesinos en el mundo. La dramática caída de la población rural se ha compensado con un alto crecimiento de las zonas urbanas que, en el mundo en desarrollo, han dado origen a ciudades gigantes.
En el pasado, este caudal de mano de obra redundante y no calificada era absorbido por la industria –en la minería, la construcción, el transporte, las   manufacturas, etc. Esta situación aún prevalece en China, pero en el resto   del mundo, incluyendo a los países en desarrollo, la industria ha venido deshaciéndose aceleradamente de la mano de obra. Este descenso en la industria no es sólo debido a la transferencia de la producción de regiones   de altos costos a otras de bajos, sino que también va implícita la substitución de tecnologías cuyos costos declinan por mano de obra calificada cuyos costos son inelásticos y al alza con el propio desarrollo económico. Desde 1980, los sindicatos de la industria automotriz en los Estados Unidos han perdido la mitad de sus miembros. Igualmente Brasil empleaba un tercio menos de trabajadores aun cuando produce casi el doble de vehículos automotores en 1995 que en 1980. El incremento en el sector de los servicios junto al crecimiento económico no ofrecen una alternativa viable para dar salida a la mano de obra redundante tanto industrial como agrícola, generalmente de baja escolaridad y con poca capacidad de adaptación. Sin embargo, hasta ahora, el empleo a las mujeres ha resultado relativamente beneficiado, al menos en los países desarrollados.
La mayor parte de la mano de obra redundante la absorbe la economía informal que, según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), comprende el 47 por ciento del empleo no agrícola en el Medio Oriente y Norte de África; 51 por ciento en América Latina; 71 por ciento en Asia y 72 por ciento en el África Subsahariana. El problema se observa muy agudo en los países más pobres y en aquellos otros devastados por la transición económica, como la ex URSS y los Balcanes. Mientras se ha argumentado a favor de la flexibilidad y efectividad de la economía informal sobre todo en el caso latinoamericano, la verdad es que ésta es siempre bastante menos significativa en los países desarrollados (alrededor de diez por ciento en Estados Unidos). En cambio, el contraste entre un rápido crecimiento económico y la incapacidad para generar suficientes empleos es particularmente impactante en la India , cuyo crecimiento se cimienta en capital e información intensivos pero con un 83 por ciento de la fuerza laboral en el sector informal. El gobierno de Manmohan Singh se ha visto en la necesidad de garantizar un mínimo de días de trabajo a la población rural más pobre.
Mi tercera observación es obvia, y es que el enorme incremento en la capacidad humana para producir depende mayormente de los conocimientos y la información. Esto es, en un gran número de gente con altos estudios y no necesariamente sólo en el campo profesional de la investigación y el desarrollo. Aquí, la riqueza acumulada y el capital intelectual de la era de la industrialización occidental continúa dándoles a los países del norte enormes ventajas sobre los países en desarrollo. Aunque el número de asiáticos laureados con Premios Nobel de Ciencia va en aumento desde 1980, sigue siendo pequeño. Los recursos intelectuales en el resto del mundo en desarrollo siguen a la espera de un mejor aprovechamiento. Además, los jóvenes investigadores del mundo en desarrollo pueden trabajar en los centros de investigación del Norte, reforzando así su predominancia.
Sin embargo, el siglo XXI está siendo testigo de la rápida transferencia de   actividades innovadoras, base del progreso moderno, antes monopolizadas por las regiones del Atlántico norte. Esto es muy reciente. El primer laboratorio extranjero para investigación y desarrollo se estableció en China en 1993 (por Motorola); pero en pocos años setecientas empresas transnacionales han hecho lo mismo, mayormente en el sur y el este de Asia, una región especializada en diseño de semiconductores. Y aquí, una vez más, las disparidades regionales parecen aumentar, ya que el progreso depende también de que los gobiernos sean efectivos, se cuente con infraestructura adecuada y, sobre todo, con población educada por encima de los niveles básicos. No hay duda de que en países como la India y, en menor grado, Brasil, la baja escolaridad de la mayoría de la población es un obstáculo; sin embargo, esto se ha compensado por el relativo buen aprovechamiento del escaso número de los altamente educados. Los avances en este aspecto, en el mundo en desarrollo, todavía enfrentan un largo camino. El crecimiento de algunas regiones y el rezago de otras es muy evidente, así como el aumento en las disparidades. Según la revista R&D , en la lista de países más atractivos para invertir, están –en ese orden– China, Estados Unidos, India, Japón, el Reino Unido y Rusia. De América Latina, Brasil ocupó el lugar diecinueve (debajo de Austria), y México el ventitrés.


II
Y paso a la globalización, esto es, el desarrollo mundial como una sola unidad, cuyas transacciones y comunicación están libres de trabas locales y de otra índole.
Esto, en principio, no es nada nuevo. Teóricos como Wallerstein registran un “Sistema Mundial” desde la circunnavegación del globo durante el siglo XVI. Desde entonces se han ido registrando otros varios e importantes avances, principalmente en los campos económico y de las comunicaciones. Dejaré fuera de las comparaciones la fase del proceso previa a 1914. Esa economía nunca abordó seriamente asuntos de producción y distribución de bienes materiales aun cuando sí creó un libre flujo global en las transacciones financieras –aunque en menor escala que las actuales. Fueron tiempos de migraciones de mano de obra casi totalmente irrestrictas por los gobiernos, y en este sentido, una globalización más avanzada que la presente. Y mientras que las comunicaciones sufrieron cambios benéficos y sustanciales en los sistemas postales, telegráficos y organismos de coordinación internacional a mediados del siglo XIX, el número de personas involucradas en transacciones internacionales fue escaso. De hecho, la globalización de la producción ha sido posible gracias al revolucionario avance en las comunicaciones, que virtualmente han abolido las limitaciones en cuanto a lugar, distancia y tiempo se refiere y al no menos dramático adelanto en la transportación de mercancías desde los años sesenta –carga aérea y contenedores–, aun cuando la innovación tecnológica fue menor que en las comunicaciones humanas.
Aquí, tres puntos son relevantes.
El primero es la peculiar naturaleza de este proceso a partir de los años setenta, concretamente el triunfo sin precedente de un capitalismo que descansa en la libre movilidad global de todos los factores de la producción y la de los gobiernos atentos a no interferir en la distribución de los recursos dispuesta por el mercado. Ésta no es la única versión del concepto de globalización. En las décadas anteriores a 1914, su progreso corrió paralelo rivalizando con las políticas proteccionistas, moderadas en la mayoría de los países industrializados y extremas en los Estados Unidos. Durante las décadas doradas posteriores a 1945 esta práctica de sustitución de importaciones corrió paralela a las políticas, no tan infructuosas, del mundo no comunista. No queda claro que los programas neoliberales extremos aseguren un máximo de crecimiento económico, asumiendo que fuese deseable. El más rápido crecimiento del Producto Interno Bruto per cápita observado en el “mundo capitalista avanzado” no se dio en el “orden liberal” de 1870 a 1913, ni tampoco en el “orden neoliberal” de 1973 a 1998, sino solamente en los “años dorados” de 1950-1973. El crecimiento económico de los inicios del siglo XXI ha descansado primordialmente en un dinamismo que Maddison llama “las quince economías asiáticas resurgentes”, cuyo crecimiento ha sido asombroso. Pero no fue el neoliberalismo el que presidió la extraordinaria revolución industrial de Corea del Sur, Taiwán, China y, aun, la India a principios de los años noventa. A la inversa, la situación de 168 economías, fuera de estos dínamos, mostró un rápido deterioro en el último cuarto del siglo XX y fue una catástrofe para la ex URSS, los Balcanes y algunas regiones africanas.
Algunos aspectos de esta globalización neoliberal tienen relevancia directa   sobre la situación mundial general a principios de este siglo XXI. Primero, es patente el incremento en la desigualdad económica y social tanto entre   países como al interior de ellos. Esta desigualdad eventualmente podría disminuir, pues las economías asiáticas más dinámicas podrían alcanzar a los viejos países capitalistas desarrollados; pero en el caso de la India y China, con sus miles de millones de habitantes, hace que la brecha sea tan grande y que el paso al que pudieran alcanzar el mismo PIB per cápita de los Estados Unidos sea tan lento como un caracol. Lo que es más, la rapidez con que crece la brecha entre países ricos y pobres reduce el significado práctico de estos avances.
Sería inapropiado usar a los 52 multimillonarios de Rusia como índice comparativo del estándar de vida en ese país. Éstos representan otra más de las consecuencias de la globalización neoliberal, cuya novedad es que pequeños grupos de ricos globales son tan adinerados que sus recursos podrían ser de la magnitud del ingreso nacional de países como Eslovaquia, Eslovenia, Kenya o, en el caso de los muy ricos, del orden del PIB de Nigeria, Ucrania y Vietnam. Este tipo de crecimiento ha generado en la India un mercado de clase media tipo occidental contado por decenas –algunos aseguran que cientos– de millones; sólo hay que subrayar que, hacia 2005, en este país el 43 por ciento de la población vivía con menos de un dólar al día. Fuertes y crecientes desigualdades en la riqueza, el poder y las oportunidades para tener una vida mejor no son la receta para la estabilidad política.
La segunda característica de la globalización, respaldada por las políticas socialmente ciegas del Fondo Monetario Internacional, ha sido el agudo crecimiento en la inestabilidad económica y en las fluctuaciones económicas. Los viejos países industriales han estado resguardados, comparativamente, de las depresiones cíclicas, excepto por los bruscos virajes a corto plazo del mercado bursátil; sin embargo, el impacto ha sido dramático en grandes partes del mundo y, notablemente, en América Latina, el sudeste asiático y la ex Unión Soviética. Sólo tenemos que recordar las crisis de principios de 1980 en Brasil y, a fines de los noventa, las de Indonesia, Malasia, Tailandia y Corea del Sur y, sin olvidar, la de Argentina a principios del año 2000. Sólo recordemos los cambios políticos que siguieron a estas crisis en varios países. Las economías volátiles no son receta para la estabilidad política.
La tercera característica de la globalización neoliberal es que, al sustituir un conjunto de economías nacionales por una economía global, se reduce severamente la capacidad de los gobiernos para influir en las actividades económicas de su territorio y se daña su capacidad recaudatoria. Esta situación se agudizó mayormente al aceptar todos la lógica del neoliberalismo. Desde la terminación de las economías de planeación centralizada, todos los países, incluyendo a los más grandes, están en mayor o menor grado a merced del “mercado”. Esto no implica que hayan perdido todo peso específico en la economía. Todos los gobiernos centrales y locales, por la naturaleza de sus actividades, son los principales empleadores de la fuerza laboral. Es más, así han retenido su mayor valor histórico: el monopolio de la ley y el poder político. Y esto significa que ya no funcionan como actores económicos en el teatro mundial, ni siquiera como dramaturgos aunque sí como escenógrafos. Pues los actores de hoy, las grandes corporaciones transnacionales, se ven en la necesidad de acudir a ellos pues también son los propietarios de los teatros nacionales que requieren para sus operaciones. La globalización neoliberal ha debilitado seriamente a los Estados nacionales como los conductores del poder y artífices de la política.
Políticamente, el aspecto más serio de este debilitamiento es el de que priva a los gobiernos, sobre todo a los de las economías desarrolladas del Norte y Occidente, de sus ambiciosos y generosos planes sobre seguridad social, mismos que ya desde los tiempos de Bismarck habían sido reconocidos por los gobernantes como la mejor herramienta para la estabilidad social y política, esto es, el Estado benefactor. En vez de esto, el mercado global fundamentalista ofrece un proyecto de prosperidad para todos –o casi todos– a través de los beneficios de un crecimiento económico interminable. Aun en los países como el Reino Unido donde el programa neoliberal ha proveído a la gente de una genuina y bien distribuida riqueza, no han disminuido las demandas de los ciudadanos por más empleos, garantías para sus ingresos básicos, seguro social, salud y pensiones. Sólo la capacidad o voluntad de los gobiernos para proveer lo anterior ha posibilitado el cumplimiento de esas ambiciones.
Esto me trae a la segunda y más amplia de las propuestas sobre globalización y es que ésta, en mayor o menor grado, es universal pero se queda corta ante un problema humano mucho mayor: la política. Históricamente han existido y existen mecanismos económicos en el mundo, pero ninguno dirigido a la creación de un gobierno mundial. Las Naciones Unidas y otros organismos prevalecen por la conveniencia y el permiso que los propios países les otorgan. Los Estados nacionales son las únicas autoridades en el mundo y sobre el mundo para ejercer el poder de la ley y el monopolio de la violencia. De hecho, en el transcurso del siglo XX se dio fin a la era de los viejos y nuevos imperios y, durante la Guerra Fría , se estabilizaron las fronteras de los Estados nacionales, revertiéndose la vieja tendencia hacia la concentración del poder político debido a la expansión imperial y por el surgimiento de Estados nacionales ampliados. Por implicación, esto resultó antiglobalizador. Hoy en día, hay cuatro veces más naciones técnicamente soberanas que hace cien años.
Desde luego, en cierto sentido esta multiplicación de Estados nacionales ha favorecido la globalización económica pues muchas de las pequeñas y enanas unidades políticas dependen totalmente de la economía global porque poseen recursos indispensables –petróleo, destinos turísticos, territorios base para la evasión fiscal, empresas transnacionales. Así pues, algunos países se han beneficiado desproporcionadamente con la globalización. De los quince Estados nacionales con el PIB más alto per cápita en el 2004, doce tienen una población que va de los cien mil a los diez millones de habitantes. La mayoría sin un poder o peso significativos. No obstante, aun los Estados pequeños y aquellas etnias aspirantes a formar el suyo propio, son rocas que rompen el oleaje de la globalización. Ha habido intentos ocasionales de contrarrestar la fragmentación política del mundo, principalmente a través de áreas regionales de libre comercio como el Mercosur, pero sólo la Unión Europea ha logrado ir más allá de lo meramente económico, pero aun sin que se vean indicios claros de avance hacia una federación, ni siquiera a Estados confederados, como estaba en la mente de sus fundadores. La UE , pues, permanece como un hecho irrepetible y producto de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.
Y abundando: los Estados nacionales son lugares políticos y la política tiene una considerable fuerza internacional en una época en que todos los países, democráticos o no, y aún las teocracias, tienen que tomar en cuenta el sentir de sus ciudadanos. Esa ha sido una fuerza suficiente para ponerle un freno a la globalización neoliberal. El ideal de una sociedad global de libre mercado supone la irrestricta distribución de recursos y resultados en base a criterios de mercado. Por razones políticas, los gobiernos no pueden correr el riesgo de dejar en manos del mercado la distribución del producto nacional. Otra, la globalización requiere de un solo lenguaje –una versión globalizada del inglés pero, como lo demuestra la historia reciente en Europa y el sur de Asia, los países pagan las consecuencias si fallan al tomar en cuenta los idiomas dentro de sus territorios. Un mundo neoliberal requiere moverse libremente en la transacción de todos los factores de la producción. Sólo que no existe el libre movimiento internacional de la mano de obra, a pesar del hecho de encontrarse una enorme brecha entre los niveles de salarios de los países pobres y los ricos; millones de pobres en el mundo quieren migrar a las economías desarrolladas. ¿Y por qué no hay libertad migratoria? Porque no   existe gobierno alguno en las economías desarrolladas que se atreva a pasar por alto la resistencia masiva de sus ciudadanos hacia la irrestricta inmigración, tanto en el plano económico como en el cultural. No defiendo   esta situación, sólo señalo su enorme fuerza.
La política, a través de la acción del Estado, proporciona así el necesario contrapeso a la globalización económica. Sin embargo, difícilmente hoy encontramos gobiernos que rechacen las desventajas de la globalización o que pudieran suspenderla en sus territorios, si quisieran. Claramente no todos los países son iguales. Ciertamente, la proliferación de países pequeños y virtualmente débiles da gran prominencia y peso global a un puñado de países o uniones fuertes que dominan hoy en día el mundo: China e India, los Estados Unidos, la Unión Europea , Rusia, Japón y Brasil, quienes tienen alrededor de la mitad de la población mundial y casi las tres cuartas partes del PIB. La globalización económica opera a través de empresas transnacionales sin poder militar ni político, pero que funcionan en un marco determinado por sus propios países de origen, sus políticas, alianzas y rivalidades.
No obstante, los progresos y la voluntad de globalización continuarán aun si –lo que no es imposible– el ritmo para lograr el libre intercambio mundial aflojase en las próximas décadas. Esto me trae a mi tercera proposición: la creación de una economía mundial como una sola y total unidad interconectada y sin obstáculos aún está en la infancia. Así, si tomamos los bienes de exportación como si fuesen el PIB de los 56 países económicamente significativos del mundo, este alcanzó su primer punto máximo alrededor de 1913 con cerca del nueve por ciento de los PIBs conjuntos, pero entre este año y 1990, sólo hubo un crecimiento del 13,5 por ciento; ni siquiera se duplicó. El Instituto Federal Suizo de Tecnología, en Zurich, ha establecido un índice de globalización. En este índice los diez países más económicamente globalizados del mundo sólo incluyen una economía avanzada, la del Reino Unido (como el número 10). De las economías mayormente desarrolladas, Francia clasifica en el puesto 16; los Estados Unidos en el 39 un poco adelante de Alemania y Noruega; Japón ocupa el puesto 67; Turquía clasifica en 52; China en 55; Brasil, 60; Rusia, 76 y la India ocupa el lugar 105. La clasificación en globalización social se distribuye más uniformemente entre las economías occidentales. Con excepción de la mayor parte de América Latina, la globalización social (si se prefiere cultural) refleja un mayor avance que la económica.
Esto indica que el mundo continúa abierto a los choques y tensiones de la   globalización. Consideremos que, mientras los pasados treinta años nos han traído las más grandes migraciones masivas, sólo el 3 por ciento de la   población mundial vive fuera de su país de origen. ¿Qué tan lejos nos llevarán los todavía modestos avances de la globalización? Júzguenlo ustedes.
III
Si hemos de juzgar los cambios en la riqueza, el poder y la cultura en el equilibrio global, debemos, por tanto, definir lo que se entiende por equilibrio mundial, o mejor, por desequilibrio –como prevaleció el planeta en el período de 1750 a 1970. Con una sola excepción –la población– hubo un gran predominio de la región del Atlántico norte, al principio confinada a las partes más relevantes de Europa pero que en el transcurso del siglo XX se inclinó hacia las antiguas colonizaciones de emigrantes europeos a Norteamérica, específicamente los Estados Unidos. Europa y las regiones colonizadas por emigrantes europeos nunca fueron más que una minoría de la población global, digamos el veinte por ciento en 1750, y tal vez el treinta o 35 por ciento hacia 1913.
Desde entonces, ha caído hasta llegar alrededor del quince por ciento.
En cualquier otro sentido, el predominio del Atlántico norte fue absoluto. Cualesquiera que hubiesen sido las circunstancias, la economía mundial se transformó gracias a las tecnologías y al sistema capitalista occidentales. Pero aquí debe hacerse una distinción entre el original predominio europeo y la más reciente fase norteamericana. En el siglo XIX la dinámica global venía del capitalismo europeo pues los Estados Unidos eran mayormente una economía independiente: hasta el siglo XX su impacto sobre América Latina, por ejemplo, era menor comparado con el de Gran Bretaña. Los territorios del mundo estaban ocupados y divididos entre los poderes europeos occidentales del Atlántico Norte y el Imperio ruso. En términos militares la situación no era del todo desequilibrada, pero ninguna potencia que no contase con los recursos técnicos y de organización occidentales podría haberse enfrentado a otra que sí los tuviese. En lo que se refiere al campo intelectual, excepto el religioso, las ideas que cambiaron la política y la cultura en el mundo   llegaron de Europa. Modernización significaba occidentalización. La ciencia y la tecnología, aunque internacionales, se originaban en Europa y sus filiales y estaban virtualmente monopolizadas por los países de la región. Igualmente por lo que hacía a la literatura, comunicación impresa, libros y periódicos.
En términos de poder económico, la globalización reforzó la situación original del norte industrializado y su desarrollo capitalista, el cual también multiplicó la distancia entre la riqueza per cápita de estos países con los del resto del mundo, dando a sus habitantes un elevado nivel de vida, seguridad social y, en general, mejores oportunidades de vida. En términos de lo que podría llamarse “capital intelectual”, el monopolio sobre la ciencia y la tecnología se mantuvo, aunque el centro de gravedad de estos campos se movió de Europa a los Estados Unidos después de concluida la Segunda Guerra Mundial. En el campo de las ideas y hasta la Revolución Iraní de 1979, las ideologías de origen europeo/norteamericano nacidas de las Revoluciones Estadounidense, Francesa y Rusa así como las de los Estados nacionales independientes y aun las del fascismo, fueron ideas casi universales e inspiraron tanto a los propios gobiernos como a los que quisieron deponerlos.
Esta fue la situación que empezó rápidamente a cambiar hacia finales del siglo XX, afectando desigualmente a diferentes partes del mundo. Las regiones importantes en el mundo del siglo XXI son hoy muy distintas en sus estructuras demográficas. En el año 2006 se estimaba que, en países con poblaciones enormes, los niños menores de quince años de edad constituían entre el treinta y el cincuenta por ciento de la población. Para ser más preciso, son cuatro las regiones de jóvenes actualmente: América Latina y el Caribe, al norte del Cono Sur; la subsahariana de África; la importante región musulmana de Oriente Medio y el Norte de África; y el sur y sudeste asiático. Es preciso distinguir claramente entre el subcontinente Indio y sudeste asiático. Dejo fuera los archipiélagos del Pacífico por no ser de gran importancia cuantitativa. Tres regiones desarrolladas o en rápido desarrollo representan a la población en proceso de envejecimiento en el mundo. Europa en el más amplio sentido, incluyendo Rusia y los otros países ex comunistas (no los musulmanes de Asia central) y Norteamérica y Australasia, todas éstas son regiones originalmente colonizadas o pobladas por blancos europeos. Existen, desde luego, diferencias significativas entre Norteamérica, la Unión Europea , los países que integraban la URSS y la Europa del este y el lejano oriente asiático: China, Corea del Sur, Japón, Hong Kong, Taiwán y Singapur.
Para efectos de este trabajo, no me interesa ahora discutir los problemas globales de la transición demográfica que, esperamos, logre estabilizarse en una población mundial de más de seis mil millones.
Es evidente que la humanidad del siglo XXI contendrá una proporción mucho menor de blancos europeos o sus descendientes, una menor proporción de asiáticos del este y una mucho más alta proporción de latinoamericanos, de subsaharianos de África, de musulmanes mediorientales y asiáticos del sur y sureste. Esto tiene una relevancia inmediata sobre la distribución de la pobreza en el globo, que claramente se concentra en las regiones de rápido crecimiento demográfico, a excepción del sureste asiático, donde el desarrollo económico ha reducido la expansión poblacional; y desde luego también, los antiguos países soviéticos. De otra parte, mientras no existan implicaciones inmediatas en la distribución de la riqueza y el poder económico, esto es irrelevante. Así, de las unidades políticas más importantes y que son centros de poder económico, sólo dos –India y Brasil– están presentes en las regiones de crecimiento demográfico; cuatro, los Estados Unidos, la Unión Europea , Rusia y China están en los regiones de estancamiento o disminución poblacional. El África subsahariana, el Medio Oriente musulmán y el sureste asiático están fuera de consideración.
La globalización y el desarrollo económico han afectado a los países de manera asimétrica. De hecho, hoy tenemos un “mundo en desarrollo” dividido en tres partes: los países de desarrollo rápido; los países cuya función principal es la de abastecer materias primas y combustibles fósiles y los países con poco interés en la economía globalizada. En el presente, el este asiático es el más exitoso ejemplo de los primeros, los de rápido desarrollo; los países del antiguo bloque soviético y la mayoría de los musulmanes de Medio Oriente pertenecen a la segunda categoría y la mayoría de los subsaharianos de África, a la tercera.
El cambio más importante que se da a partir de 1970 es la transferencia del centro de gravedad de la economía mundial, de Norteamérica y la Unión Europea hacia el Oriente extendiéndose por el sur y sureste asiáticos. A menudo se olvida que el ascenso hacia la prominencia global de la economía japonesa también ocurrió a finales del siglo XX, así pues, al término de 1968 la producción industrial de Japón alcanzaba no más de cuatro por ciento de la mundial total, por debajo de la del Reino Unido. Desde luego, es verdad que el equilibrio del poder mundial de los negocios continúa, en gran medida, en manos de los viejos países industriales. Sin embargo, la tendencia es clara por el destacado y sorprendente papel de los asiáticos.
Qué tan lejos llegarán los cambios en el equilibrio del poder económico no está claro todavía. Norteamérica y la Unión Europea , los más importantes contribuyentes al PIB mundial, perderán terreno –Estados Unidos tal vez más que la ue. Por su parte, los países del Mar de China avanzarán, pero todavía les falta mucho. A la India , todavía no se le puede juzgar, pero hay que considerarla como claro y futuro jugador importante. A América Latina, con su cercanía al ocho por ciento del PIB mundial, no se le ven trazas de algo importante; los resultados de décadas pasadas han sido más bien decepcionantes y sus prospecciones dependerán del progreso que obtengan los países del Mercosur y México mientras no sean absorbidos aún más por la economía estadounidense. El mundo musulmán del Oriente Medio, con todo y los ingresos por el petróleo y gas, contribuye poco a los cambios y –a excepción de Turquía e Irán– sus prospecciones dependen mucho de la venta de energéticos. Por su parte, los sucesores de los países comunistas, que ahora contribuyen con alrededor del cinco por ciento del PIB posiblemente mejoren algo sus resultados cuando se recuperen de los infaustos sucesos de los noventa. Además de las materias primas y el petróleo, el poder económico de la Rusia desindustrializada tiene hoy un poco más en don- de apoyarse que en los tiempos de la era soviética con todo y la poderosa industria de armamentos y la gente con elevada educación. Por otro lado, a la cada día más empobrecida África subsahariana se le ven escasas esperanzas de poder lograr desempeñar un mejor papel.
De todas las regiones, sólo una, América del Norte, se encuentra bajo el predominio de una sola economía nacional: los Estados Unidos. Cuando las   reliquias de la Guerra Fría incluyendo a Rusia asumieron que el camino se despejaba, el futuro lógico lo encontraron en combinarse con Europa. En el   este y sudeste asiáticos, China puede aspirar a la hegemonía económica que por breve tiempo disfrutó Japón, pero Japón permanecerá como un jugador principal, sin tampoco olvidarnos de la India. Este nuevo y dinámico centro global, por consiguiente, será el campo en la interacción de estos tres gigantes. Ni la región musulmana del Medio Oriente, ni África, potencialmente poseen fuerza hegemónica en los campos económico y político; pero en América del Sur el solo tamaño y potencial de la economía brasileña le asigna a ésta un papel central, todavía más si la economía mexicana se permite seguir atada al sistema de los Estados Unidos.
Esto no significa que estas economías hegemónicas nacionales o regionales estén en conflicto con la ya en buena parte interdependiente economía global, que les otorga a todos beneficios reales o potenciales. Y sí significa que la globalización no puede –como el neoliberalismo lo supone– ser como el fluir suave de un líquido. Existen tres agregados principales, políticos y sociales, en el líquido. Primero, el siglo XXI tiene poco que ofrecer al rico mundo del norte, excepto la erosión, tal vez la pérdida, de su vieja hegemonía que fue también la base de su poder y del extraordinariamente elevado estándar de vida en su gente. Inevitablemente este mundo del norte se resistirá a los cambios, aunque sólo los Estados Unidos –con sus aspiraciones de supremacía de mano fuerte– pueden verse tentados a complementar su resistencia con medios militares. Segundo, la ausencia de autoridades globales efectivas y de un sistema de poder internacional, han creado una situación de gran inestabilidad política y social, turbulencias y gobiernos impotentes en muchas partes del mundo, efectos que durarán todavía algún tiempo. Tercero, las tensiones y desigualdades originadas por una globalización incontrolada, están generando una significativa resistencia popular que limita el campo de acción de los gobiernos neoliberales y de regímenes democráticos. Desde luego, se generarán movimientos de disidencia y rebelión populares.
Nos encontramos en el presente ante una fase de transición, de una economía mundial dominada por el Norte a una de nuevo esquema, probablemente de orientación asiática. Hasta que estas nuevas pautas queden establecidas, es probable que pasemos por algunas décadas de violencia, turbulencias económicas, sociales y políticas, como ha ocurrido en el pasado en similares periodos de transición. No es imposible que esto nos lleve a guerras entre países, sin embargo serán menos probables que en el siglo pasado. Quizá podamos esperar una relativa estabilidad global en algunas décadas, como las posteriores a 1945. Ciertamente la humanidad no se acercará a la solución de la crisis medioambiental del mundo, crisis que la propia actividad humana continuará fortaleciendo. ¿Cuál es la participación de Latinoamérica en esta prospección global? Ésta es una cuestión que ustedes como expertos pueden encarar mucho mejor que yo, que no lo soy.